La Rioja

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Fecha: enero, 2017
Encierro de camareros
Jorge Alacid 27-01-2017 | 9:04 | 3

Una imagen del encierro en la iglesia de Palacio. Foto de Alfredo Iglesias

 

Hace un par de glaciaciones, a mí también la noche me confundía. Tanto me debió confundir que detecto enormes lagunas en mis recuerdos de aquellas andanzas, perpetradas más de una vez con el amigo Alfredo Iglesias, condiscípulo que fue del colegio San José, fotógrafo de prensa en aquella época y generoso compañero en las lides reporteriles. De los buenos. De los mejores. De entonces procede estas hermosas imágenes en blanco y negro. Unas fotos desconcertantes, como la que preside estas líneas: hay que afinar muy bien el ojo para desvelar todo lo que encierra ese intrigante retrato, cuyo misterio resolví contactando con su autor para que me explicara qué significaba esa mujer acurrucada al pie de una tumba, que había publicado en Facebook. ¿Era una performance? El caballero Iglesias me contestó con una respuesta que añadió más desconcierto a mis cuitas, pero que me permitía rescatar la mencionada imagen para hablar de lo nuestro. De Logroño y sus bares: “Era una camarera de la plaza del Mercado durmiendo en la iglesia de Palacio durante aquel famoso encierro”.

¿Famoso? ¿Encierro? ¿Durmiendo en una iglesia? Todo eran preguntas. Así que el propio Alfredo, que como es propio en tanto fotógrafo logroñés también frecuentó el sector hostelero desde ambos lados de la barra, me puso en contacto con algunos de los protagonistas de esta serie de retratos de formidable poder evocador. Así que gracias a su testimonio fui hilando el relato de aquella peripecia, que como he advertido al principio tenía completamente olvidada: para entonces, primeros años 90, ya nos habíamos vuelto formales. Tal vez demasiado.

Así que, animado por la potencia de esas hermosas fotos de Alfredo, recabé un par de testimonios de los encerrados. Camareros de esa zona del viejo Logroño que por aquella época empezaba a convertirse en escenario para las correrías nocturnas, desplazando hacia sus flamantes bares a los habituales de la Zona, cuyo declive empezó por esos años. Que es donde se oculta, por cierto, la razón de fondo de aquella protesta: los nuevos negocios hosteleros reclamaban un horario que coincidiera con sus expectativas empresariales y tropezaron por el contrario con un amenazante cambio de normativa municipal. El temor a que el Ayuntamiento impusiera un horario impropio para su actividad desembocó en un espontáneo malestar y acabó derivando hacia una protesta algo más organizada. “Es que querían que cerráramos a la una de la mañana”, se escandaliza todavía hoy uno de aquellos rebeldes. Rebeldes, sí: porque, como recuerda a continuación, “a las cuatro de la tarde de un día de Carnavales nos reunimos en un bar de la plaza del Mercado a ver qué podíamos hacer y para las siete ya había voluntarios para encerrarse”.

¿Dónde? En la cercana iglesia de Palacio. Les favorecía la acogida dispensada por el entonces párroco del templo, Esteban, a quien los encerrados reservan una profunda simpatía y sentida gratitud. “Era una persona extraordinaria, que hizo en aquel tiempo un trabajo social tremendo”, coinciden los testimonios recogidos para este artículo. “Sobre todo, porque entonces toda esa parte de Logroño era un barrio muy degradado, con mucha droga”, añaden. El caso es que el párroco escuchó sus reivindicaciones, abrió las puertas de Palacio bajo el compromiso de que el encierro no interfiriese con la actividad propia del culto y proclamó: “La Iglesia siempre estará abierta a las reivindicaciones del pueblo”.

 

 

Otra imagen del encierro en la iglesia de Palacio. Foto de Alfredo Iglesias

 

 

Dicho y hecho. Un grupo de primeros voluntarios se arracimó en el templo desde el primer día de la protesta, organizó turnos, comidas y demás detalles logísticos y consiguió su propósito inicial: llamar la atención. Se ocupó de su protesta no sólo la prensa regional, sino también medios nacionales y aunque pronto se detectaron algunas divisiones entre los encerrados (“Nos hicieron una guerra bastante sucia para boicotearnos”, recuerda uno de ellos), lo cierto es que el Ayuntamiento, entonces con alcalde socialista, dobló la rodilla y aceptó sus condiciones. Más o menos: implantó una doble opción de cierre, a las 2.30 horas y a las 4 horas que ha llegado en lo sustancial incólume hasta nuestros días, “por el curioso procedimiento de separar a los bares en función de su espacio y del número de baños que tenía”, como explica otro de aquellos camareros rebeldes, cuyo resumen se desdobla en dos vetas. Por un lado, triunfa cierta nostalgia por aquellas dos semanas de encierro protagonizadas por una veintena de personas, donde imperó un espíritu de generosa confraternización, aunque de fondo prevalece una visión más amarga. “Fue una época bastante injusta para la gente de los bares”, concluye. “Hoy me parece que en el Ayuntamiento se hacen las cosas mejor con nosotros”.

¿Mejor? Quién sabe. Habrá quien prefiera este tiempo y habrá quien, por el contrario, se admire de aquella capacidad para rebelarse que hoy parece olvidada. Desde luego, yo no me imagino que ante una circunstancia semejante calara ahora entre nuestros camareros favoritos la idea de encerrarse en la iglesia más cercana para protestar ante el Ayuntamiento. Ahora, la única movilización masiva que conocemos en materia de bares tienden a promoverla no los camareros, sino los clientes: se llama botellón. Lo cual desatará desde luego el enfado de los hosteleros logroñeses, aunque no tanto como para pasarse las noches durmiendo en sus sacos en el claustro de Palacio. Que es lo que hicieron aquellos inolvidables camareros en los años 90, a quienes recuerdan estas líneas y tampoco olvidan las mágicas fotos de Alfredo Iglesias.

 

Imagen del encierro en la iglesia de Palacio. Foto de Alfredo Iglesias

 

P.D. Las andanzas de Alfredo Iglesias en aquella época durante la cual frecuentaba la noche logroñesa con mayor asiduidad que ahora no sólo registran esta célebre asonada de Palacio: también recoge, como se ve en el collage de fotos adjunto, otros memorables momentos vinculados a nuestro querido universo temático, Logroño y sus bares. Hermosas imágenes condensadas bajo estas líneas que merecen un vistazo de quienes profesen alguna devoción por la fotografía, versión blanco y negro. Los colores de los bares donde nos iniciamos como logroñeses.

 

Bares de Logroño, según Alfredo Iglesias

 

Bares de Logroño, según Alfredo Iglesias

 

Bares de Logroño, según Alfredo Iglesias

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El bar de Teo
Jorge Alacid 20-01-2017 | 8:13 | 9

El fotógrafo Teo, en la exposición de López Osés. Foto de Justo Rodríguez

 

Quien curiosee estos días por la exposición que cuelga de las salas del Ayuntamiento, desbordante de la magia de las imágenes en blanco y negro del Logroño antiguo, tropezará a la entrada con un singular rincón. En los muros de este coqueto apartado observará referencias a un viejo bar de Logroño, que todavía sobrevive en la calle Ingeniero Lacierva. El Siglo XX, que así se llama tal casa, merece de los organizadores (los prodigiosos personajes de la Casa de la Imagen) un capítulo preliminar antes de ingresar en la muestra donde se exhiben las instantáneas del benemérito fotógrafo López Osés. Porque ahí, en aquel bar que poco tenía que ver mediada la pasada centuria con su aspecto actual, impartía magisterio el propio López Osés en compañía de otros miembros de su estirpe: retratistas del Logroño inmemorial. Como Teo, el imprescindible protagonista de estas líneas. Porque aquel bar era el bar de Teo.

Lo confirma el propio interesado con su característico vozarrón, cuya intensidad jamás decae. El octogenario fotógrafo, memoria viva y andante de Logroño, explica que en efecto allá por los años 60 se hizo un hueco con sus colegas de tertulia en el Siglo XX animados por una poderosa razón: que el bar tenía tele. Nada menos. Según sus cálculos, nada menos que la segunda tele instalada en Logroño: la primera se ubicó en la factoría de Estambrera, vaya usted a saber por qué. Para solazar (se supone) a sus trabajadores, de modo que se hurtaba el espectáculo al común del pueblo. Cuya alternativa consistía en peregrinar hasta el Siglo XX, aposentarse ante el vetusto aparato y aguardar: a ver si funcionaba la magia. Porque lo habitual, recuerda Teo, era que la pantalla vomitase aquel añorado universo fantasmal ininteligible, rico en niebla y otros fenómenos similares, hasta que al fin (milagro, milagro) brotaban algunas imágenes y la parroquia se asomaba a la modernidad.

Que en aquel bar tenía nombres vieneses. El programa que concitaba más entusiasmo entre Teo y compañeros de quinta era aquel show protagonizado por el entonces célebre Franz Johan, austriaco él al igual que sus colegas de escena, como la añorada Hertha Frankel, ventrílocua elegantísima que se expresaba a través de la perrita Marilín. Todo, como se ve, muy marciano: sobre todo observado más de cincuenta años después. Pero si el improbable lector, por el contrario, hubiera formado parte de la cofradía de aquellos pioneros del fotoperiodismo logroñés tal vez hubiera experimentado una emoción semejante y lunes tras lunes, el día consagrado a la tertulia, hubiera conducido sus pasos hasta el bar de Teo.

Y no era un bar cualquiera. Lo defendía el exitoso Pepe, quien había ganado justa fama gracias al singular espacio vecino que también llevaba su firma en la calle Oviedo, donde aún sobrevive: el Rincón de Pepe. Con su queso gigante y otras lindas costumbres tan camps, Pepe se hizo un hueco en aquel Logroño y expandió sus dominios a la vuelta de la esquina. En realidad, llevaba los bares en la sangre: heredero de la saga de Los Navarros, aquel legendario local del Logroño castizo, oficiaba como sumo sacerdote en su Siglo XX gracias al respaldo que le concedía su condición de dueño de la única tele dispuesta al público logroñés, así como merced a otras virtudes netamente hosteleras: su barra, por ejemplo. Que Teo recuerda bien provista de distintas golosinas y sus alabadas banderillas.

Se entenderá por lo tanto que allí se estableciera aquella tertulia hoy recuperada por las buenas gentes de Jesús Rocandio: la entrada a la exposición debe por lo tanto entenderse como un homenaje a aquel López Osés (excelente fotógrafo cuya obra merece luego una detenida visita), Teo y resto de contertulios. Como el famoso artista y profesor Vicente Gallego, o como el singular Agustín, cuya pista medio ha perdido Teo: “Era hijo de los que llevaban el bar Turismo de la calle Sagasta y volvió a Logroño después de haber vivido en Londres trabajando como guía”. Llevaba como se ve en la sangre eso del turismo (jeje), lo cual explica su carácter inquieto. O así le recuerda Teo, quien se detiene rememorando una excursión que por aquel tiempo le llevó a bordo de un venerable Seiscientos hasta Burgos, guiado por el propio Pepe y un colega del gremio hostelero (dueño del bar de la estación de autobuses) hasta Ribadelago, municipio burgalés donde en los años 70 brotó nada menos que petróleo.

Los tres amigos volvieron a Logroño sin haber cristalizado su sueño de convertirse en magnates del petrodolar; regresaron a las infinitas tertulias de cada lunes en el bar Siglo XX, donde les daban las tantas hablando de esto y de lo otro. De Picasso, por ejemplo, quien tenía en el pintor Gallego a un defensor incondicional. Hablando, en definitiva, “de todo un poco”, como subraya Teo. Quien añora esas noches interminables, pródigas en vino con gaseosa y otras pócimas de la época; aquel bar que reclamaba la visita puntual de “toda la gente bien de Logroño”; aquel Siglo XX en cuyo cuartito donde se guardaban las botellas el memorable Pepe convirtió un buen día su local en el primero de Logroño con televisión al servicio de sus parroquianos. Que le devolvieron el favor como debería ser norma: prometiéndose a sí mismos no olvidarle.

Así que proeza superada: uno puede pasear por la exposición de López Osés, sumergirse en el Logroño de esos años y detenerse a la salida en el recuerdo de aquel tiempo en que todavía se abrían por la ciudad bares de este linaje. Bares recios, de mobiliario castellano y decoración bizarra: bares, sí. No gastrobares.

 

Vista de la calle Santiago, obra de López Osés

 

P.D. En los muros del Ayuntamiento cuelgan hasta el día 29 las fotos de López Osés, donde el visitante encontrará otras imágenes que celebran el universo logroñés de los bares. Por ejemplo, la ubicada sobre estas líneas: una foto de la calle Santiago, a cuya izquierda se observa un despacho de vinos atendido por la cooperativa Arca de Noé de San Asensio. El mismo espacio donde se instalaría años después el añorado Tifus. El mismo local que hoy ocupa La Jala.

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Aquí hay caldo
Jorge Alacid 13-01-2017 | 9:52 | 0

Entrada al bar Gil de República Argentina. Foto de Justo Rodríguez

 

Laurel, primera glaciación. En medio del frío invernal, las huellas de los caminantes que peregrinan de bar en bar trazan un surco sobre la acera, orillada la nieve a ambos lados de la calle: dos muretes blanquísimos. Desde el Blanco y Negro baja a gran velocidad un hombrecillo que transporta en un carrito de la compra su mercancía. Ambos (el hombrecillo, el carrito) conocieron días mejores, lo cual no puede decirse del botín oculto en el interior de la bolsa: un jugoso arsenal de reconfortantes patatas calientes. El vendedor las parte en dos mitades según las normas de higiene de la época: es decir, inexistentes. Bajo el mismo criterio que atenta contra la salud pública esparce la sal y luego se marcha hasta el siguiente garito, una vez cobrada la breve miseria que pedía por semejante regalo. Regalo, sí: para nuestros maltrechos estómagos, que agradecían acompañar aquellos vinazos de carretero con algún bocado igual de bizarro y los engullían como si fueran un manjar.

Otra alternativa para combatir el frío ambiente en las eternas rutas invernales por Laurel y alrededores se materializó poco tiempo después. Algunos bares empezaron a repartir caldo entre su clientela, que agradecía de corazón el trago cuando ingresaba entre vaharadas en el local de turno, se calentaba por el método habitual (patadas contra el suelo) y atacaba la bendita pócima a cucharadas (los menos), directamente de la taza a la boca (la mayoría) o con un leve toque de vino blanco (servidor). Vino servido por cierto en porrón, utensilio hogaño casi desaparecido de nuestros bares favoritos: con los inspectores de consumo hemos topado.

La fiebre del caldo se fue popularizando mediados los años 80 y todavía hoy pueden observarse sus efectos en las barras conspicuas. Lo cual resulta una rareza logroñesa: según me asegura cierto forastero, alojado en esta misma casa, por otras tierras no suele ser tan común que los bares despachen caldo. De dónde viene semejante costumbre, me pregunto mientras yo mismo disfruto en casa del reparador tentempié. Me contesta desde el fondo de mi conciencia al maestro Eduardo Gómez, quien me recuerda que hace años ya publicó en Diario LA RIOJA una pieza que reivindicaba aquel universo logroñés donde el caldo aparecía prácticamente en cada barra. Es decir, que no se trataba ni se trata de novedad alguna. Con una particularidad propia de los años de su fundación, allá en el pleistoceno: que entonces, cuando Gómez gastaba pantalón corto, era gratis. Cortesía de la casa. Ahora nos cobran (no mucho; no llega al euro en el Gurugú, por ejemplo) lo que antes era una dádiva, porque los camareros se apiadaban de su gélida parroquia, según una norma implantada, como recuerda el amigo Eduardo, por el desaparecido bar Bilbao de la calle Mayor. “Salía de la cocina el camarero Gallastegui, portando una bandeja con tacitas que distribuía entre la clientela”, refresca su memoria. Aunque ojo: aquella parroquia rumbosa agradecía el detalle y a escote aportaba la voluntad. Unas monedas en la bandeja y al bar siguiente; por ejemplo, el Racimo de Oro de la misma calle, ducho también en el arte de servir caldo.

 

Oferta de caldo en el Gurugú

 

Yo no conocí tal costumbre. Cuando el caldo resucitó ante nosotros, ya era de pago. Pero no era un pago oneroso, de modo que por unas pesetas salías del bar algo mejor de como entrabas. Era usual que, además, al trago de caldo se añadiera el vino preceptivo propio de cada ronda, que también calentaba lo suyo aunque no con carácter tan vertiginoso. Y si además aparecía por allí el hombrecito con las patatas calientes como de contrabando, menú perfecto. Sobre todo, porque se tarifaba a precios muy contenidos. Aquellos caldos de verduras, que en algún caso se adornaban con el conocido perfume a Starlux o Avecrem; esos caldos que en los bares de mayor pedigrí añadían un toque a (hueso de) jamón nos aliviaron en mi mocedad de los rigores invernales. Que por cierto vuelven estos días a golpearnos mientras protagonizamos la misma ruta inmemorial por los bares logroñeses. Lo cual me lleva a confesar que no: que no tengo ni idea de por qué en otras localidades del norte de España nunca llegó a extenderse esta bonita costumbre, pese a que también acompañaba el mismo frío ambiente. Ellas se lo pierden. Ese termo siempre dispuesto, ese chorro que brota entre vapores, esa taza humeante que aguarda sobre el platillo, ese leve toque de porrón… Ah, el caldo. La particular magdalena de Proust de tantos y tantos logroñeses: por allí al fondo, mientras vuelve a nevar en mi imaginación, creo ver si cierro los ojos al hombrecillo que baja desde el Blanco y Negro por la calle Laurel a repartir su mercancía.

Aquella sí que era una auténtica patata caliente.

P.D. Unos minutos patrocinados: Diario LA RIOJA, que con tanta generosidad y paciencia acoge estas correrías por Logroño y sus bares, ofrecerá a su propia parroquia el próximo domingo día 15 una ración de caldo. Sí, caldo: en tetrabrik, de la prestigiosa marca Aneto. Ideal para saborear en casa, aunque también existe la opción de transportarlo a la Laurel, rogar que lo caliente el camarero de confianza y a ver si por ensalmo aparece el hombrecillo con las patatas calientes. Milagros más raros se han visto en esta calle. Y fin de la publicidad.

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Nuestro hombre en la barra: el camarero de los mil bares
Jorge Alacid 05-01-2017 | 4:51 | 0

Chuchi, ideológo del bar Junco

 

Llega Chuchi al Junco, reparte cien saludos, regala mil sonrisas. Se sirve una cerveza («Tostada, eh?»), se sigue riendo a cada frase y pone a funcionar la moviola. Afuera acampan el frío y la niebla; dentro, guarecidos al calor de la fiel parroquia que jamás le abandona, en efecto Chuchi recuerda. Y recuerda bien, con tino y brío: Logroño, los bares de Logroño que ha defendido desde que se inició en el oficio a los 16 años, le caben en la cabeza. «Yo empecé en El Rincón de Pepe de la calle Oviedo». Primera catarata de imágenes. En blanco y negro: reaparecen ante nuestros ojos el tinto a dos pesetas y el gigantesco queso suizo que decoraba el castizo local que aún mantiene la luz encendida. Procedía Chuchi de Santa María de Cameros («Ponlo, ¿eh?»), población ignota perteneciente a San Román que el cronista no tiene el gusto. Su padre lo puso a trabajar a tan temprana edad, lo cual entonces no era raro, y de allí nace la segunda oleada de recuerdos, ya en color: segunda estación, el Majari de Jorge Vigón, propiedad entonces de otra familia camerana, los Espinosa.

¿Ya le gustaba esta profesión? Chuchi disuelve la pregunta mientras cabecea y sigue sonriendo a su estilo: con los ojos. «No sé, no sé… No sé si me gustó. Yo lo que trataba era de ir disfrutando con lo que tenía en cada momento». Y precisa: «No tengo la sensación de haber elegido este oficio, más bien creo que ocurrió al contrario: que el oficio me eligió a mí». Y del Majari de Ángel Mari y resto de la prole, a la tercera etapa: Vivero, imperial marisquería situada bien cerquita, una cuenta mayúscula del rosario de bares que en aquel tiempo (finales de los 70, primeros 80) alegraban toda esa esquina de Logroño a la hora del vermú masivo. Anote el improbable lector una pausa obligada (servicio militar se llama la figura) y recobre la pista de Chuchi por otros bares de sobresaliente enjundia, como el Borgia de la Gran Vía. Para entonces, nuestro hombre ya se ha permitido alguna escapada a Pamplona, siempre al otro lado de la barra, y su cara le empezará a sonar a quienes por esa época frecuentasen la añorada Zona logroñesa: sí, ese camarero sonriente del Braulio El Loco (pionero en aquella ruta) era Chuchi. El mismo que aguanta en su puesto cuando el pub muta a su siguiente encarnación, bautizada Yesterdey. El mismo que va hilando destinos como camarero aliado con su gran amiga: la casualidad.

Porque por casualidad un día tropezó con otro ilustre de la hostelería logroñesa, el añorado Jesús, que defendía su propio bar allá en Murrieta. «Me preguntó si sabía de algún camarero para un proyecto nuevo que tenía intención de abrir en avenida de Portugal», vacía de nuevo Chuchi su memoria. «Y le dije algo que llevaba tiempo pensando: que algún día tenía que montar yo mi propio bar. Y que si me aceptaba de socio». Corría el año de 1982. La calle era muy distinta a la actual, mal iluminada y deficientemente urbanizada, pero ese Logroño empezaba a conquistar el sur para colonizarlo de bares y saludó con éxito la aventura. Sí, todo era distinto. Distinto como el bar que los dos Jesús pretendían levantar, un bar diferente, «lo cual con sus pros y sus contras, ¿eh?», dispara Chuchi. «Aunque fueron más los pros», acepta. El recién nacido se llamó Junco y como Junco sobrevive en perfecto estado de revista en esta ciudad que tanto ha cambiado con el paso del tiempo. «A mejor, ¿eh?», avisa.

«Cuando inauguramos el Junco pensamos que para hacer lo de siempre, mejor nos quedábamos donde estábamos», sonríe de nuevo Chuchi. De sus andanzas hosteleras por Pamplona se había traído la idea de ofrecer en Logroño una novedad que entonces tuvo carácter casi de conmoción social: zumos y batidos, hoy tan extendidos. Aunque el éxito tardó en llegar («Al principio fue duro, sobre todo los inviernos, claro: a ver quién se pedía entonces un batido en invierno»), finalmente una parroquia muy fiel empezó a poblar su barra y aposentarse en sus veladores. Donde usted la puede ver todavía hoy: y señala Chuchi hacia un grupito de clientes frisando la cuarentena que se desparrama con su chiquillería por el local. «Esos vienen desde que tenían dieciséis o diecisiete años».

Porque, en efecto, el tiempo pasa. Pasa incluso para el propio protagonista de esta historia, que sin embargo promete resistir en su fortín de avenida de Portugal: «No me pesa venir a trabajar». Y lanza la sonrisa número mil: «Además, todos los días me doy cuenta de que aquí dentro soy alguien para la gente, tengo ya una relación distinta con los clientes, casi de amistad». ¿Algo que añore? En la enésima mirada hacia atrás, la sonrisa se nubla: «A mi socio Jesús». El otro Jesús, fallecido hace unos años: «Bueno, yo era y soy Chuchi. A él yo siempre le llamaba don Jesús. Era una gran persona». Confesión postrera: «Sí, es lo único que echo de menos».

Y reflexión final. Explique usted por favor eso de que Logroño y sus bares han cambiado a mejor. Respuesta de Chuchi: «Es que la sociedad entera ha cambiado a mejor. La nuestra es una generación privilegiada, porque nosotros salimos de la nada. De la auténtica nada».

 

Chuchi, con su socio del Junco. Foto de Justo Rodríguez

 

 

P.D. Como suele ser norma en otros hombres del otro lado de la barra consultados en esta serie, también Chuchi se inclina por los bares del Logroño de siempre cuando se le pregunta por sus predilectos. Los locales adonde acude cuando se convierte en cliente y deja de ser camarero. Anote el improbable lector: el García de la calle San Juan, La Travesía de la cercana calle (que en efecto la atraviesa) y dos de Laurel. Por un lado, Sierra La Hez, con su impagable oferta de encurtidos, y el Gargonich.

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