La Rioja

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Aquí hay caldo
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Jorge Alacid | 06-01-2017 | 09:57

Entrada al bar Gil de República Argentina. Foto de Justo Rodríguez

 

Laurel, primera glaciación. En medio del frío invernal, las huellas de los caminantes que peregrinan de bar en bar trazan un surco sobre la acera, orillada la nieve a ambos lados de la calle: dos muretes blanquísimos. Desde el Blanco y Negro baja a gran velocidad un hombrecillo que transporta en un carrito de la compra su mercancía. Ambos (el hombrecillo, el carrito) conocieron días mejores, lo cual no puede decirse del botín oculto en el interior de la bolsa: un jugoso arsenal de reconfortantes patatas calientes. El vendedor las parte en dos mitades según las normas de higiene de la época: es decir, inexistentes. Bajo el mismo criterio que atenta contra la salud pública esparce la sal y luego se marcha hasta el siguiente garito, una vez cobrada la breve miseria que pedía por semejante regalo. Regalo, sí: para nuestros maltrechos estómagos, que agradecían acompañar aquellos vinazos de carretero con algún bocado igual de bizarro y los engullían como si fueran un manjar.

Otra alternativa para combatir el frío ambiente en las eternas rutas invernales por Laurel y alrededores se materializó poco tiempo después. Algunos bares empezaron a repartir caldo entre su clientela, que agradecía de corazón el trago cuando ingresaba entre vaharadas en el local de turno, se calentaba por el método habitual (patadas contra el suelo) y atacaba la bendita pócima a cucharadas (los menos), directamente de la taza a la boca (la mayoría) o con un leve toque de vino blanco (servidor). Vino servido por cierto en porrón, utensilio hogaño casi desaparecido de nuestros bares favoritos: con los inspectores de consumo hemos topado.

La fiebre del caldo se fue popularizando mediados los años 80 y todavía hoy pueden observarse sus efectos en las barras conspicuas. Lo cual resulta una rareza logroñesa: según me asegura cierto forastero, alojado en esta misma casa, por otras tierras no suele ser tan común que los bares despachen caldo. De dónde viene semejante costumbre, me pregunto mientras yo mismo disfruto en casa del reparador tentempié. Me contesta desde el fondo de mi conciencia al maestro Eduardo Gómez, quien me recuerda que hace años ya publicó en Diario LA RIOJA una pieza que reivindicaba aquel universo logroñés donde el caldo aparecía prácticamente en cada barra. Es decir, que no se trataba ni se trata de novedad alguna. Con una particularidad propia de los años de su fundación, allá en el pleistoceno: que entonces, cuando Gómez gastaba pantalón corto, era gratis. Cortesía de la casa. Ahora nos cobran (no mucho; no llega al euro en el Gurugú, por ejemplo) lo que antes era una dádiva, porque los camareros se apiadaban de su gélida parroquia, según una norma implantada, como recuerda el amigo Eduardo, por el desaparecido bar Bilbao de la calle Mayor. “Salía de la cocina el camarero Gallastegui, portando una bandeja con tacitas que distribuía entre la clientela”, refresca su memoria. Aunque ojo: aquella parroquia rumbosa agradecía el detalle y a escote aportaba la voluntad. Unas monedas en la bandeja y al bar siguiente; por ejemplo, el Racimo de Oro de la misma calle, ducho también en el arte de servir caldo.

 

Oferta de caldo en el Gurugú

 

Yo no conocí tal costumbre. Cuando el caldo resucitó ante nosotros, ya era de pago. Pero no era un pago oneroso, de modo que por unas pesetas salías del bar algo mejor de como entrabas. Era usual que, además, al trago de caldo se añadiera el vino preceptivo propio de cada ronda, que también calentaba lo suyo aunque no con carácter tan vertiginoso. Y si además aparecía por allí el hombrecito con las patatas calientes como de contrabando, menú perfecto. Sobre todo, porque se tarifaba a precios muy contenidos. Aquellos caldos de verduras, que en algún caso se adornaban con el conocido perfume a Starlux o Avecrem; esos caldos que en los bares de mayor pedigrí añadían un toque a (hueso de) jamón nos aliviaron en mi mocedad de los rigores invernales. Que por cierto vuelven estos días a golpearnos mientras protagonizamos la misma ruta inmemorial por los bares logroñeses. Lo cual me lleva a confesar que no: que no tengo ni idea de por qué en otras localidades del norte de España nunca llegó a extenderse esta bonita costumbre, pese a que también acompañaba el mismo frío ambiente. Ellas se lo pierden. Ese termo siempre dispuesto, ese chorro que brota entre vapores, esa taza humeante que aguarda sobre el platillo, ese leve toque de porrón… Ah, el caldo. La particular magdalena de Proust de tantos y tantos logroñeses: por allí al fondo, mientras vuelve a nevar en mi imaginación, creo ver si cierro los ojos al hombrecillo que baja desde el Blanco y Negro por la calle Laurel a repartir su mercancía.

Aquella sí que era una auténtica patata caliente.

P.D. Unos minutos patrocinados: Diario LA RIOJA, que con tanta generosidad y paciencia acoge estas correrías por Logroño y sus bares, ofrecerá a su propia parroquia el próximo domingo día 15 una ración de caldo. Sí, caldo: en tetrabrik, de la prestigiosa marca Aneto. Ideal para saborear en casa, aunque también existe la opción de transportarlo a la Laurel, rogar que lo caliente el camarero de confianza y a ver si por ensalmo aparece el hombrecillo con las patatas calientes. Milagros más raros se han visto en esta calle. Y fin de la publicidad.