La Rioja
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El bar de Teo
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Jorge Alacid | 20-01-2017 | 08:13

El fotógrafo Teo, en la exposición de López Osés. Foto de Justo Rodríguez

 

Quien curiosee estos días por la exposición que cuelga de las salas del Ayuntamiento, desbordante de la magia de las imágenes en blanco y negro del Logroño antiguo, tropezará a la entrada con un singular rincón. En los muros de este coqueto apartado observará referencias a un viejo bar de Logroño, que todavía sobrevive en la calle Ingeniero Lacierva. El Siglo XX, que así se llama tal casa, merece de los organizadores (los prodigiosos personajes de la Casa de la Imagen) un capítulo preliminar antes de ingresar en la muestra donde se exhiben las instantáneas del benemérito fotógrafo López Osés. Porque ahí, en aquel bar que poco tenía que ver mediada la pasada centuria con su aspecto actual, impartía magisterio el propio López Osés en compañía de otros miembros de su estirpe: retratistas del Logroño inmemorial. Como Teo, el imprescindible protagonista de estas líneas. Porque aquel bar era el bar de Teo.

Lo confirma el propio interesado con su característico vozarrón, cuya intensidad jamás decae. El octogenario fotógrafo, memoria viva y andante de Logroño, explica que en efecto allá por los años 60 se hizo un hueco con sus colegas de tertulia en el Siglo XX animados por una poderosa razón: que el bar tenía tele. Nada menos. Según sus cálculos, nada menos que la segunda tele instalada en Logroño: la primera se ubicó en la factoría de Estambrera, vaya usted a saber por qué. Para solazar (se supone) a sus trabajadores, de modo que se hurtaba el espectáculo al común del pueblo. Cuya alternativa consistía en peregrinar hasta el Siglo XX, aposentarse ante el vetusto aparato y aguardar: a ver si funcionaba la magia. Porque lo habitual, recuerda Teo, era que la pantalla vomitase aquel añorado universo fantasmal ininteligible, rico en niebla y otros fenómenos similares, hasta que al fin (milagro, milagro) brotaban algunas imágenes y la parroquia se asomaba a la modernidad.

Que en aquel bar tenía nombres vieneses. El programa que concitaba más entusiasmo entre Teo y compañeros de quinta era aquel show protagonizado por el entonces célebre Franz Johan, austriaco él al igual que sus colegas de escena, como la añorada Hertha Frankel, ventrílocua elegantísima que se expresaba a través de la perrita Marilín. Todo, como se ve, muy marciano: sobre todo observado más de cincuenta años después. Pero si el improbable lector, por el contrario, hubiera formado parte de la cofradía de aquellos pioneros del fotoperiodismo logroñés tal vez hubiera experimentado una emoción semejante y lunes tras lunes, el día consagrado a la tertulia, hubiera conducido sus pasos hasta el bar de Teo.

Y no era un bar cualquiera. Lo defendía el exitoso Pepe, quien había ganado justa fama gracias al singular espacio vecino que también llevaba su firma en la calle Oviedo, donde aún sobrevive: el Rincón de Pepe. Con su queso gigante y otras lindas costumbres tan camps, Pepe se hizo un hueco en aquel Logroño y expandió sus dominios a la vuelta de la esquina. En realidad, llevaba los bares en la sangre: heredero de la saga de Los Navarros, aquel legendario local del Logroño castizo, oficiaba como sumo sacerdote en su Siglo XX gracias al respaldo que le concedía su condición de dueño de la única tele dispuesta al público logroñés, así como merced a otras virtudes netamente hosteleras: su barra, por ejemplo. Que Teo recuerda bien provista de distintas golosinas y sus alabadas banderillas.

Se entenderá por lo tanto que allí se estableciera aquella tertulia hoy recuperada por las buenas gentes de Jesús Rocandio: la entrada a la exposición debe por lo tanto entenderse como un homenaje a aquel López Osés (excelente fotógrafo cuya obra merece luego una detenida visita), Teo y resto de contertulios. Como el famoso artista y profesor Vicente Gallego, o como el singular Agustín, cuya pista medio ha perdido Teo: “Era hijo de los que llevaban el bar Turismo de la calle Sagasta y volvió a Logroño después de haber vivido en Londres trabajando como guía”. Llevaba como se ve en la sangre eso del turismo (jeje), lo cual explica su carácter inquieto. O así le recuerda Teo, quien se detiene rememorando una excursión que por aquel tiempo le llevó a bordo de un venerable Seiscientos hasta Burgos, guiado por el propio Pepe y un colega del gremio hostelero (dueño del bar de la estación de autobuses) hasta Ribadelago, municipio burgalés donde en los años 70 brotó nada menos que petróleo.

Los tres amigos volvieron a Logroño sin haber cristalizado su sueño de convertirse en magnates del petrodolar; regresaron a las infinitas tertulias de cada lunes en el bar Siglo XX, donde les daban las tantas hablando de esto y de lo otro. De Picasso, por ejemplo, quien tenía en el pintor Gallego a un defensor incondicional. Hablando, en definitiva, “de todo un poco”, como subraya Teo. Quien añora esas noches interminables, pródigas en vino con gaseosa y otras pócimas de la época; aquel bar que reclamaba la visita puntual de “toda la gente bien de Logroño”; aquel Siglo XX en cuyo cuartito donde se guardaban las botellas el memorable Pepe convirtió un buen día su local en el primero de Logroño con televisión al servicio de sus parroquianos. Que le devolvieron el favor como debería ser norma: prometiéndose a sí mismos no olvidarle.

Así que proeza superada: uno puede pasear por la exposición de López Osés, sumergirse en el Logroño de esos años y detenerse a la salida en el recuerdo de aquel tiempo en que todavía se abrían por la ciudad bares de este linaje. Bares recios, de mobiliario castellano y decoración bizarra: bares, sí. No gastrobares.

 

Vista de la calle Santiago, obra de López Osés

 

P.D. En los muros del Ayuntamiento cuelgan hasta el día 29 las fotos de López Osés, donde el visitante encontrará otras imágenes que celebran el universo logroñés de los bares. Por ejemplo, la ubicada sobre estas líneas: una foto de la calle Santiago, a cuya izquierda se observa un despacho de vinos atendido por la cooperativa Arca de Noé de San Asensio. El mismo espacio donde se instalaría años después el añorado Tifus. El mismo local que hoy ocupa La Jala.

  • viceversa

    Otros de los bares donde también, en esos años, tenian televisión era La Polar, de la calle Garcia Morato. Quizas fue el primer televisor en “color” de Logroño. Ponian delante de la pantalla un filtro el cual permitia que se viese en color, tres franjas anchas horizontales. Recuerdo, como pìonero, al Royalty, donde los lunes, a eso de las nueve de la noche, si la técnica lo permitia, se podian ver los goles de los partidos de futbol, no de todos, jugados el domingo.

    • Jorge Alacid

      Impresionante lo que cuenta usted, amigo/a viceversa. Muchas gracias y un saludo

  • salvadrums

    ¿Bares de decoración bizarra? Por Dios, que un señor periodista utilice ese adjetivo (supongo que como sinónimo de recargado o propio de décadas pasadas) es de juzgado de guardia.Por lo demás un buen artículo que me ha devuelto a mi niñez, viví en la calle Santa Isabel cercana al Siglo XX y El Rincón de Pepe entre otros.

    • Jorge Alacid

      No me ha molestado en absoluto, un placer charlar con usted sobre estas cosas. Y le reitero mi gratitud por sus palabras de elogio hacia el artículo, espero no haberle molestado Coincido con usted en lo del flaco favor de los académicos: todavía sigo estupefacto con la admisión de cloqueta… Un saludo

    • salvadrums

      Jajajajaja, Cloqueta. Ahí me has dao!!!!! Aunque las almondigas de la abuela también tienen lo suyo.Un saludo

  • salvadrums

    ¿decoración bizarra? Como es posible que un periodista, utilice este adjetivo cuando su significado es: 1 – Que es valiente y, por lo general, apuesto.2 – Que es propio de estas personas. Creo que no es motivo para que me borren el comentario. Al menos debería de servir para corregir tan escandaloso error.

    • salvadrums

      Oppss. Creí que me habían borrado el anterior comentario. Disculpen el error

    • Jorge Alacid

      Muchas gracias, señor salvadrums (si eso es un nombre) Por todo. Por sus amables palabras respecto a artículo y ese regreso a la infancia del que habla y por el aviso en torno al uso de la palabra bizarra que usted juzga escandaloso y de juzgado de guardia. Nada menos. Debo advertirle que me he resistido a sumarme a la moda de considerar tal término como sinónimo de extravagante según es tendencia pero hace un tiempo leí esta noticia http://verne.elpais.com/verne/2016/11/10/articulo/1478780253_802615.htmlDesde entonces, me considero liberado del veto a bizarro como sinónimo de atrabiliario o raro Y gracias también por llamarme señor y periodistaUn saludo

    • salvadrums

      Por supuesto, Salvadrums no es mi verdadero nombre (capto la sutil ironía) Adopté el apodo con el me conocen muchos de mis amigos al resultarme imposible registrarme con mi verdadero nombre ni tan siquiera como Salva.Noto cierto retintin en “por sus amables palabras”, es lo que tiene la palabra escrita, que la carecer de entonación puede llevar a malentendidos.Que conste que soy asiduo seguidor de este blog y he comentado en más de una ocasión, que me retrotrae a mi infancia, esa en la que compartía chiquiteo, yo a base de mostitos y sidras, con mi padre y su cuadrilla por las calles Somosierra, República Argentina, Menendez de Pelayo y otras aledañas a donde yo vivía por aquel entonces. Sinceramente gracias por recordarme esos gratos momentos.Sobre el uso de la palabra en cuestión, flaco favor hacen a mi entender los académicos permitiendo la utilización de una palabra por el mal uso debido a una moda o un error, que no se que fue primero.Yo seguiré utilizando la acepción de valiente, llámeme “bizarro”Leí en su día no sin cierta sorpresa el artículo de El País. Le eximo de comparecer en el juzgado de guardia al presentar dicho artículo como prueba de su buena intencionalidad.Espero no haberle molestado y espero con ganas otro de sus excelentes artículos sobre esos bares que sinceramente ya no son lo que eran.Un saludo