La Rioja
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Bares underground
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Jorge Alacid | 24-03-2017 | 08:31

Bar Badulaque, en Logroño

 

Respondo a una amable invitación lanzada días atrás por un fiel seguidor de este blog, el amigo José Luis Ouro, quien a propósito de una entrada dedicada a los bares alojados en las cimas de ciertos edificios del universo mundo echaba en falta algún artículo destinado precisamente a lo contrario: los bares underground. Esos abrevaderos subterráneos cuya mística los emparenta con un turbio universo de tragos clandestinos, propios del Chicago aquel de los años de la prohibición y garitos semejantes. En Logroño, cavilaba yo mientras sopesaba si aceptar la invitación de Ouro, algún local de tales características ha alumbrado nuestro desempeño como clientes: así que finalmente reconocí que, en efecto, merecía la pena pasar a limpio el listado de aquellos bares que albergó o alberga el subsuelo logroñés, porque encarnan una cierta mirada distinta sobre un sector demasiadas veces demasiado predecible.

Y si asumí el encargo fue porque, revisitando mi propio archivo de entradas, descubrí que alguna vez me había detenido en homenajear a una serie de bares difuntos que exigían descender a sus entrañas como en aquella novela de Julio Verne: ahí figura por ejemplo el legendario Continental, bar que siempre incluiré en mi lista de favoritos. Era emocionante bajar por las escalerillas que en su anterior encarnación conducían a la famosa bolera Trébol y apurar los tragos desde el centro del centro de Logroño, como rezaba su atinada propaganda. Clientes de un refugio posnuclear, alguna vez reaparecimos a la luz del Espolón mientras dejábamos atrás la noche. Sí, recuerdo el Continental y no olvido tampoco otros bares igualmente subterráneos aquí glosados, como el añorado Sajarahuit de avenida de Colón y su legendaria gramola donde tantas veces coreé aquel himno de la ELO. Y rescato de mi memoria también la encantadora bodeguita ya igualmente desaparecida que se ubicaba en las tripas de avenida de España…

Observo de paso que contra la tendencia de situar en las entrañas de nuestra ciudad este tipo de establecimientos conspira sobre todo la normativa vigente, muy celosa en la prevención de posibles incidentes cuya resolución se complica cuando debe evacuarse a la parroquia hacia el exterior y ese exterior se emplaza escaleras arriba. En un rápido recuento, ahora mismo me viene a la memoria un local de estas características de inauguración más o menos reciente: la discoteca que alberga el Casino de la calle Sagasta. ¿Algún improbable lector sabe de otros similares? Se agradecerá cualquier aportación, aunque ya digo que flamantes aperturas de bares logroñeses me invitan a concluir que estos casos son realmente extraños entre nosotros porque así lo prescribe la ordenanza municipal: es el caso del Ibiza, por ejemplo, cuyo subsuelo está vetado para acoger a la clientela, que deberá conformarse con la planta baja para tal propósito.

De modo que aquellos bares que usted y yo llevamos en la cabeza cuando pensamos en los situados bajo nuestros pies (Tívoli, Maltés, La Luna o el Chiqui, encarnado ahora como Badulaque luego de convulsas peripecias, como recuerda el propio Ouro) ofrecen esa fisonomía porque se abrieron tal vez cuando las limitaciones legales no lo eran tanto: cuando se aceptaba ese gesto tan común de descender al corazón de Logroño para un trago o para un bocado. Wine Fandango, por citar otro caso, también puede incluirse en esta lista underground, y disculpas por la cita en inglés. Lo cual era, habrá que reiterar, más usual antaño que hogaño: esos formalismos burocráticos han ido configurando ante nuestros ojos una ordenanza en materia de bares muy tiquismiquis, de modo que se amputa a las rondas por nuestros bares favoritos esa aureola de misterio que caracteriza el descenso hacia tantas barras subterráneas donde tan dichosos fuimos.

La defensa llama a declarar dos casos que algún improbable lector que ingresara como parroquiano allá en la primera glaciación puede compartir: la chocolatería Moreno, alguna vez citada aquí, ese festín que alborotaba nuestra primera infancia. Y el bar Colón de la avenida homónima, que regentaba maese Basilio: allá al fondo, luego de superar un desnivel, se dilucidaban unas cuantas partidas de naipes según la parafernalia propia de otra época. Uno apareció alguna vez por aquellas mesas, cátedra oficiosa del mus logroñés, como si peregrinara en efecto por el Chicago de los felices 20. Pero no había chicas bailando charlestón ni los secuaces de Al Capone: sólo unos paisanos con boina alrededor de los tapetes de felpa, que alargaban las tardes concentrados en la partida y sus tragos furtivos con esa seguridad que ofrece saber que en las entrañas de tu ciudad, en los territorios fronterizos con la clandestinidad, todo sabe mejor. O al menos distinto.

Y que abajo siempre hay sitio.

P.D. Se ha incluido unas líneas arriba al difunto Chiqui entre ese listado de bares underground, aunque ahora luce una nueva encarnación: se llama, como se observa en la imagen, Badulaque. Que viene a ser el mismo rótulo que brilla en el imaginario comercio que regenta el no menos imaginario indio Apu en la también imaginaria serie de televisión célebre en el universo mundo, Los Simpson. Pero el televisivo Badulaque no es un bar, ojo: ese negocio hostelero lo gestiona en la mentada serie otro personaje famoso, llamado Moe. Ocurre que Badulaque es una palabra que ha adquirido últimamente relevancia gracias a su impacto en la tele y como tal se denominan unos cuantos establecimientos de toda laya (tipo tienda para todo, mayoritariamente), aunque en realidad se trata de una voz que admite muy variadas acepciones, todas extrañas para definir a un bar: como anota la RAE, badulaque significa “afeite compuesto de varios ingredientes”. O bien “chanfaina, guisado de bofes o livianos”. Y también “persona necia, inconsistente”. De donde se deduce que cuando los traductores de Los Simpson otorgaron ese nombre al local de Apu pensaban probablemente en la primera acepción: un sitio donde se encuentra un poco de todo, en efecto. Aunque desconocían que también significa bar underground en su manifestación logroñesa.