La Rioja
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Fecha: mayo, 2017
Nuestro hombre en la barra: Demetrio, patrón del decano
Jorge Alacid 27-05-2017 | 9:51 | 0

Demetrio, patrón del Gurugú. Foto de Justo Rodríguez

 

Anote el improbable lector: mezcle una botella de clarete con una dosis (generosa) de sidra. Añada un abundante chorro de pilé 43 y remate la pócima con el toque genial: un golpe de zarzaparrilla. A continuación arroje el bebedizo resultante por un embudo bien pertrechado de hielo picado a una jarra, para tomarlo como manda el canon logroñés: bien frío. Casi helado. Enhorabuena: se está iniciando usted en la ingesta del célebre cóctel llamado americano, santo y seña del venerable Gurugú. Autor de la receta, Demetrio Velasco, quien sigue defendiendo la barra benemérita cuarenta años después de su estreno, depositario de esa fórmula mágica cuyos ingredientes exactos elude proporcionar y cuya patente custodia.

Sobra decir que el hielo lo pone Fontecha.

Será el primer apellido memorable del Logroño de toda la vida que irá surgiendo durante la charla, este bochornoso mediodía primaveral que regala Logroño. De la cocina del decano de los bares de la capital y resto de La Rioja, van apareciendo las golosinas conocidas. Cazuelas de callos y raciones de oreja, néctares que Demetrio despacha con profesionalidad académica: sin perder ripio de la tertulia, va impartiendo su magisterio mientras sirve este platillo, allega aquella copa de Rioja y exprime mientras tanto la memoria según le requiere el periodista.

Cuenta, Demetrio. Cuenta.

 

 

«Desde que cerraron el Suizo de Santo Domingo y luego el de Haro, ya somos los más veteranos», se enorgullece. «Sí, es un privilegio», acepta. Y pone la moviola a funcionar para recitar de carrerilla los hitos fundacionales del bar donde se destetó en el oficio, antes incluso de afeitarse: recién cumplidos los 14 añitos, bajó de Ventosa a ayudar en el negocio que entonces defendía su tío, llamado también Demetrio, quien había tomado bajo su dirección el bar donde antes ejerció de camarero, a las órdenes de Isaac Fernández. Un riojano de Hormilla que había rendido armas con el Ejército en el desastre de Annual y se trajo de aquella guerra el recuerdo del mítico monte melillense: ese Gurugú que le sirvió en 1909 para bautizar su negocio. Calle Los Yerros, esquina avenida de Navarra.
A Isaac le acompañaba al frente del negocio un catalán apellidado Bisbal, quien tomó el camino de vuelta a casa recién superada la Guerra Civil. El cambio en la dirección del local se completó mediados los años 40, cuando desembarcó la familia de nuestro Demetrio, que echa la mirada atrás con algún arrebato de nostalgia. «Es que Logroño era entonces otro, más pequeño. Cabía en un pañuelo», resalta, como justificando esa memoria prodigiosa que se recrea en los alrededores de su bar. Porque esos son sus dominios: Demetrio vive enfrente, «en la casa de Hogar Ciclos», explica. Y aclara para los iniciados: «Donde el difunto Bienve».

 

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Sí, van apareciendo nombres y más nombres. Por ejemplo, el de Ortega, empresario del cine cercano, especializado en «cine, baile y bodas», según el eslogan que nuestro hombre no olvida. O el de la familia Vivanco, cuyo negocio inicial se alojó puerta con puerta al Gurugú. Y entonces Demetrio se ríe, porque se recuerda a sí mismo aprendiendo a andar en bici por esta misma calle del Logroño castizo, auxiliado por Pedro Vivanco.

Aquel Gurugú de suelo de brea y barra de piedra, donde colgaban los paños de cocina que hacían las veces de servilleta. Aquel Gurugú que no olvidan los logroñeses más veteranos, con su insólito botellero colgando insospechadamente del techo: allí habían depositado sus dueños un ingenioso entramado de cepas, donde las botellas se ensartaban a disposición de los camareros. Ojo, no cualquier botella: porque Demetrio aprovecha para reivindicar los tragos de entonces, no aptos para finolis, como la mencionada zarzaparrilla y las añoradas botellas de tres cuartos de coñá. De coñá Soberano.

 

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Así que, en efecto, debe aceptarse que este Gurugú no es el mismo. Tampoco lo es su clientela, antaño devota del café, copa y puro, incondicional del porrón y por supuesto fanática del trago apodado americano. Ese parroquiano que se encendía con la última polémica taurina (y ahora Demetrio proclama su fe en Julio Robles) y veía partir hacia La Manzanera al séquito que protagonizaba cada tarde de feria, igual que observaba partir los autobuses que tuvieron en esa esquina su improvisada estación antes de que naciera la oficial. Clientela fiel a las gollerías que despacha Begoña, hermana de Demetrio y esposa de Santiago, su socio, con quien lleva en el Gurugú desde 1986, cuando se jubiló su tío. Ojo. Se ha pronunciado el verbo fatídico (jubilarse) y Demetrio se dispara. Revela que le queda poco más de un año para cortarse la coleta. ¿Qué vendrá luego? ¿Le sobrevivirá su bar, lo tomará bajo su tutela su descendencia? Se encoge de hombros. Tose. Pide el estoque: «A mí ya me gustaría». Y añade, los ojos pelín enrojecidos: «Cuando me retire, veré esa puerta cerrada y sentiré que algo me tira».

Porque así quedaría custodiado para la eternidad el inolvidable legado que guardan estas paredes, memoria viva de Logroño. De aquel Logroño del tiempo en que los tratantes ajustaban en sus mesas de formica, entre bocado y bocado, algún negocio de ganado o de cereal. Del Logroño de las interminables partidas de naipes o las familias que atacaban la cocina del Gurugú, cuya compañía tanto agradece el patrón del decano de los bares riojanos. «Cuando viene la gente de siempre, yo gozo, la verdad», confiesa Demetrio. «Y bares como éste», prosigue, «ya no quedan muchos. Antes estaban el Royalty, el Somera y la bodeguita El Abuelo, pero ahora…». Puntos suspensivos que su memoria va rellenando, rápida de reflejos: «Entonces, los mejores bares estaban en la Mayor, no en la Laurel ni en la San Juan, porque esto de ahora, que parece de toda la vida, es sin embargo reciente». Reciente. Más o menos.
Va concluyendo la conferencia magistral. El catedrático Demetrio cita al legendario guarda de la Glorieta, don Nicanor, riojano de Sotés. Y menciona de pasada a Pepe Blanco, cuya familia residía en la vecina calle Hospital Viejo y fue cliente habitual de su Gurugú, el bar que sigue abriendo a las siete de la mañana y sólo cierra los domingos. Y ese mismo Pepe Blanco le sirve A Demetrio para cerrar el grifo de los recuerdos:«Aquí cantaba Pepe lo de ‘Tararí que te vi’».

Tararí que te vi, Demetrio.

P.D. No sólo del Gurugú vive Demetrio y familia. También a veces, qué cosas, les da por salir a tomar la fresca y visitar otros bares. Entonces, deja que sus pasos le guíen hasta el Notre Dame de Duquesa de la Victoria: cruza la Glorieta y se pone en manos de Candi y compañía. También le gusta el Virginia de avenida de la Paz y el Delicias, destino de sus vermús dominicales.

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Y la mejor hamburguesa es…
Jorge Alacid 22-05-2017 | 9:48 | 2

Bugerheim Logroño

 

Ah, la hamburguesa. La hamburguesa, que se hizo carne y habitó entre nosotros. La hamburguesa, bocado merecedor de algunas líneas en este blog porque reúne algunos ingredientes que invitan a compartir las hazañas que le distinguen: a tarifas razonables, se engulle con facilidad y hasta gusta a los niños, ya saben ustedes, los reyes de la casa. La hamburguesa concitó hace unas semanas algunas cavilaciones entre aquellos improbables lectores que se confiesan fans de semejante vianda, impulsados como un resorte cuando desde este blog se les animó a votar. A comer y a votar: que declarasen haciendo clic cuál de las hamburguesas que se proponían como aspirantes al título de la mejor de Logroño gozaban de sus complacencias.

Como sucedió poco antes con otra propuesta análoga, entonces a propósito de los morros, la idea dispuso de amplio seguimiento y aplausos enfervorizados. También hubo algún dardo que cayó sobre la cabeza de quien esto escribe, pero en fin: el periodismo, profesión de riesgo. En aquella entrada se lanzaba una serie de candidaturas para que se animara quien lo desease, teniendo en cuenta siempre un planteamiento preliminar: que los participantes en este juego deberían tomarse la idea como lo que era, un pasatiempo sin pretensiones. Un entretenimiento que sólo aspiraba a divertir y, de paso, ofrecer alguna pista sobre dónde se despachan los mejores ejemplares de ese invento antes conocido como filete ruso.

Bueno, pues ya tenemos ganadores. Los cinco locales que presentamos al improvisado concurso se han clasificado en las siguientes posiciones: Burgerheim, Kaiser, Frabrikburger, Internacional, Bococa y Torres. Es decir, que gana la hamburguesa del Burgerheim, establecimiento donde no tengo el gusto: no, todavía no he catado sus gollerías, aunque cuento de primera mano con informes favorables. Así que enhorabuena. Que sigan haciendo felices a sus clientes por largo tiempo, con esa receta que tanto éxito cosecha.

Al primer grupo de bares recién mencionados se fueron uniendo otros que proponían los seguidores del blog. Los he ido apuntando porque, aunque por una falta de pericia de quien esto escribe en la organización de la encuesta, no aparecen entre los bares más votados debe consignarse que cuentan con una excepcional acogida y con su propio grupo de fans. Se trata de los siguientes locales: Sport Tavern, Muuu, Tequeños Take Away, Entrepuentes, Chester, En las nubes, Kenia, Doctor Zhivago, Route 66, Covent Garden… Espero no haberme olvidado de ninguno; a todos ellos, otra cerrada ovación. Felicidades: no es fácil concitar tan favorable respuesta de la clientela haciendo bandera de un producto con un muy elevado nivel de competencia.

Y a seguir currando. Cuando la otra tarde desembarqué por el local ganador, a esa hora en que todavía no había abierto sus puertas, la plantilla se encontraba en formación, pasando revista a mesas y sillas y demás utensilios, con la parrilla preparada para la faena que se avecinaba. El jefe, de picoteo en un rincón. Cogiendo fuerzas: llegaba el fin de semana y, como cualquier otro establecimiento de Logroño, no ignora que se encuentra ante el momento cumbre de su particular calendario. El caballero agradeció el detalle de haber sido elegido en esta consulta tan informal, comunicó la buena nueva a sus compañeros y se acercó hacia la calle: por Víctor Pradera ya se asomaban los primeros parroquianos. Viernes noche: la hamburguesa será, como defiende Samuel L. Jackson, el desayuno norteamericano por excelencia pero en la capital de La Rioja se prefiere su ingesta a otras horas: para almozar o o de cena. Cuando los bares especializados en semejante bocado se convierten en máquinas de picar carne.

P.D. Morros, hamburguesas y… Y de postre, patatas bravas. Las recias cazuelitas, ese bocado tan castizo, ya calientan la banda. Uno de estos días os animaremos a votar en la encuesta que preparemos. Así que como decía el periodismo clásico, seguiremos informando.

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Calle Laurel, huelga de chiquiteadores
Jorge Alacid 15-05-2017 | 7:33 | 0

Imagen de la calle Laurel a finales de los años 80. Foto de Enrique del Río

 

La fértil conversación que propicia este blog con algunos conspicuos corresponsales suele degenerar en surrealistas intercambios de pareceres, la mayoría en privado para mantener a los niños fuera de nuestro alcance. Algunas chácharas sí que alcanzan el éter público, pero la que dispara las líneas que vienen a continuación arrancó confidencialmente: si hoy ve la luz es porque con ocasión de una pieza antigua a propósito del Villa Rica, el amigo Néstor Santo Tomás (autor del dibujo que alguien recordará donde se veía a su cuadrilla tomando vinos y creador también de otra imagen con un mapa de los bares de Logroño de los años 80) recordó una tarde en que acudió alarmado a la redacción de esta casa que me alberga. Le acompañaba otro colega de andanzas por Laurel y alrededores, incendiado como él ante el dramático aumento de precio que acababa de experimentar el vino en sus bares de confianza.

Porque el vino, en efecto, tenía un precio. Pero era un precio tan exagerado para los chiguitos de entonces que no se les ocurrió otra cosa, bendita sea tanta inconsciencia, que presentarse en la redacción de Diario LA RIOJA y reclamar la presencia del redactor de guardia, quien por cierto todavía resiste entre estas paredes. Ante este compañero Néstor y compañía expresaron sus amargas quejas, sostenidas por una cifra fundamental: el número 30. Porque a 30 pesetas se acababa de elevar el chato de tinto, desde las 25 hasta entonces imperantes, una subida de cinco calas que generó un alud de protestas… de las que servidor todo lo ignoraba. Y como advertía, tampoco se acordaba aquel colega que recibió la indignación de Santo Tomás y resto de chiquiteadores, a quienes les flaqueaba también la memoria: sabían que fue después de San Mateo, pero no recordaban el año. ¿1986? ¿Tal vez el año siguiente?

Primera visita a la hemeroteca. Éxito nulo. Pasamos a la siguiente pantalla: preguntar, como buen periodista. De nuevo, sin éxito. Manolo responde encogiéndose de hombros desde la barra de El Soldado de Tudelilla: “Aquello me suena, pero no tuvo mucho… Esto. ¿Cómo se dice ahora? Mucho discurso”. Como observamos, el arquitecto de las célebres ensaladas se ha levantado sarcástico, pero empiezan a aflorar los recuerdos hacia fechas más lejanas y esto me cuenta a continuación: “Cuando verdaderamente se castigó al cliente fue cuando se subió de 50 céntimos a una peseta pero cuídate: eso fue a finales de los 50 o primeros años 60”. Y añade mientras riega de vinagre sus legendarios tomates: “Fue una verdadera revolución: la gente se ponía en la puerta del bar con una bota de vino: si veía que no habían subido el precio, entraba. Y si no, trago de vino de la bota”.

Todo muy homérico. Gracias, Manolo. Pero tu testimonio no ayuda mucho (la verdad) en nuestras pesquisas, que carecen también del auxilio del casi siempre eficaz Eduardo Gómez. Le suena, le suena la protesta popular, pero poco más. Así que acudimos a otra fuente cabal: Míchel, alma del Calderas, confirma que hacia 1980 “estaba el chiquito a 10 pesetas y una cántara nos costaba a los bares 850 pesetas; un año después”, prosigue su relato, “subió la cántara a 3.500 y en 1982, a 4.500”. “Una exageración”, opina. “Creo que entonces ya se puso el vino a 25 pesetas y que acabó la década así, más o menos”, añade. Con una advertencia adicional: “En aquellos tiempos, no todos los bares teníamos el mismo precio”. Lo cual tampoco ahora sucede a menudo, según la modesta experiencia de quien esto firma.

Pero volvamos al grano: a nuestras nuevas incursiones en la hemeroteca en busca de la noticia sobre aquel remoto plante de chiquiteadores. Gatillazo tras gatillazo, recurro otra vez al amigo Juan Luis Varona, habitual de esta sección en su condición de leal lector. Un memorión, que suele garantizar información exacta y fiable. Pero esta vez sin éxito. Sí, también le suena aquella airada protesta de sus colegas de cuadrilla, que sitúa hacia mediados los años 80 pero… Nada más. Así que va pasando el tiempo, uno no termina de datar aquel acontecimiento y cree llegada la hora de compartir sus cuitas con el improbable lector. No tanto por saber si algún alma caritativa arroja algo de luz, sino por iluminar humildemente aquel pasado no tan lejano en que las cuadrillas todavía perpetraban sus romerías por Laurel y alrededores a razón de una ronda diaria, el vinazo se servía en vasos de duralex y el chiquiteador salía de casa dotado de un perfil beligerante que, ay, ahora algunos añoramos: aquel parroquiano logroñés no permitía que le tomaran el pelo en sus barras de confianza y lo denunciaba donde debía. En las páginas de Diario LA RIOJA.

Lo cual certifica que, en efecto, cualquier tiempo pasado fue anterior.

P.D. Intrigado por esta viejuna polémica, recurrí también al célebre bloguero Fernando Bóbeda, a quien recomiendo seguir en esta dirección, porque además mantiene la inveterada costumbre de homenajear al vino de Rioja por nuestras rondas más castizas. No, tampoco le suena aquella controversia, pero sí que aprovecha para comprometerse a compartir en este espacio sus reflexiones en torno a la cuestión central: a cuánto se tarifa hoy un vino en Laurel, San Juan y alrededores. Así que, como los folletines antiguos, continuará.

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Los bares sorianos
Jorge Alacid 05-05-2017 | 9:23 | 0

Bar Soriano, soriano entre sorianos. Foto de Juan Marín

 

El periodista penetra (con perdón) en el bar, afila el boli, abre la libreta y pregunta al caballero que defiende la barra.
– A ver, cuéntame tus andanzas. ¿Dónde naciste?
– En Soria.
– Ah, en Soria. Qué curioso.

La escena se repite una y otra vez. Sí, es curioso: se repite hasta en el Soriano. Resulta que los dueños son de Soria, vaya casualidad. Así que sarcasmos al margen, al periodista le da por estrujarse el magín y compartir sus cavilaciones con el improbable lector, puesto que ha descubierto que los bares logroñeses ejercen como una especie de embajada de Soria en la capital de La Rioja. Una legación multisede: se daba por descontado que las buenas gentes del Soriano habían cruzado Piqueras para instalarse entre nosotros con sólo leer su rótulo, pero uno no calculaba que esa misma aventura la habían protagonizado unos cuantos de nuestros camareros favoritos.

Repase usted esta lista: Alfonso, que tutela el benemérito mesón así llamado en la calle Villegas echándole por cierto bastante morro, también es natural de la provincia aledaña. Otro tanto ocurre con el amigo Lorenzo, que dejó las frías tierras de la Meseta que tanto conmovían a Machado para buscarse la vida profesional en Logroño y alcanzar un éxito innegable, de la calle Ollerías a la calle Laurel donde su descendencia perpetúa hoy el oficio. También Abel Carazo, ideólogo del Mesón Chufo, nació en Soria y también salió tarifando en cuanto pudo según confiesa. Y así ocurre con Jesús, que se jubiló no hace tanto del oficio de tabernero en el Tizona y antes ejerció con el mismo sentido de la profesionalidad otras barras igual de añoradas, como el Mesón del Rey.

De modo que no extrañará la escena que encabeza estas líneas: uno ingresa en un bar cualquiera de Logroño, le da palique al dueño, le pregunta cómo cayó por aquí y ya imagina la respuesta: soriano, por supuesto. Y de ahí estas reflexiones en búsqueda de la relación causa/efecto… que está clara, clarita (clarinete) para cualquiera que haya visitado la amada Soria, así la capital como su interior, en repetidas oportunidades como quien esto escribe: el inhóspito clima, además de otras consideraciones de tipo sociológico que dan para alguna tesis, empuja a los habitantes de tan gélido territorio a escapar de allí y peregrinar por el universo patrio para encauzar sus vidas.

Así que hay sorianos por Zaragoza a puñados, como los encontrará usted por supuesto en Madrid y también en Barcelona. Un futuro mejor, un porvenir que suponían repleto de oportunidades, o al menos más halagüeño que el observado a su alrededor, empujaba lejos de casa a los paisanos de Fermín Cacho. Y, ojo, les sigue empujando: se trata de la provincia más despoblada de España, en reñida competencia con Teruel, un desierto demográfico que últimamente produce una elevada literatura al respecto. De modo que tiene sentido que también Logroño, por cercanía o por simpatía o por una coalición entre ambos factores, sirviera como tierra de acogida para los queridos vecinos.

Y guarda asimismo coherencia que quienes emigraban de su tierra a buscarse más o menos la vida ingresaran en el ámbito hostelero, porque se trata de un oficio donde en aquellos tiempos se cumplía la máxima de iniciarse desde abajo, sin hacer demasiadas preguntas al neófito, casi siempre un alevín. Quien luego iría trepando por los escalones de la profesión y superaría las distintas etapas: del relato de los camareros sorianos arriba citados y de otros cuantos compañeros de generación se deduce que todos cumplían itinerarios parecidos. Se empleaba alistado cada cual a las órdenes del jefe del bar donde caían en suerte, procuraban después mejorar en sus condiciones laborales y en todos iba mientras anidando la idea de independizarse en cuanto se dieran las condiciones que lo permitiesen. Ponerse al frente de su propio negocio y materializar sus sueños.

Una última coincidencia termina de hermanar a los protagonistas de estas líneas: en ninguno de los casos mencionados germinó la idea de regresar sobre sus pasos una vez conquistado cierto éxito en la pequeña historia de la hostelería logroñesa. Todos ellos mantienen desde luego el vínculo con su tierra natal y visitan cuando pueden a la parentela que les sobrevive, como les sobrevive la casa familiar y algún terrenito donde cultivan la nostalgia. Pero ninguno de los consultados, ni tampoco otros paisanos que según sus noticias asimismo ejercieron de camareros por estas buenas barras logroñesas, sintió la tentación de volver a casa. De donde se deduce que les fue bien por Logroño. O al menos no les fue mal. También se deduce que aquí forjaron su propio camino, se ennoviaron, formaron su familia y el resto de detalles que le terminan de anclar a uno al suelo. Y tercera deducción: que los logroñeses les trataron bien. Que no se sintieron extraños, una certeza que no debería sorprendernos: aunque tengo para mí que Logroño le da un poco la espalda a Soria, deambular por sus calles y someterse al rito de las rondas de bar en bar resulta una experiencia no sólo gratificante, sino cercana. En pocos rincones como en el Tubo soriano se siente uno como si paseara por la calle Laurel. De donde se alcanza la cuarta y última deducción: que cualquier logroñés es un poco soriano.

Sobre todo, un logroñés en sus bares

P.D. Y hablando de Soria, capítulo de recomendaciones: quien no conozoca la taberna de Lázaro en El Collado, ya está tardando. Un bar de otra época. De otra época mejor, claro. Donde triunfan los platillos de cacacuhetes, el vino dulce servido en frascas y la decoración más fetén, con sus carteles taurinos, las fotos del venerado diestro local José Luis Palomar y ese memorable corcho donde la clientela lleva alguna década llenándolo de fotos de carné. Y las cortinillas de la entrada de abalorios, las puertas de varias hojas… El bar de Lázaro desde luego es todo un milagro.

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Nuestro hombre en la barra: Abel, mesonero oficial de Logroño
Jorge Alacid 01-05-2017 | 8:03 | 0

Abel y Rosa, en el Mesón Chufo. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace unos días fue viernes. Y como cada viernes siguiente a los Jueves Flamencos que llenan de cante y baile el Bretón, el Mesón Chufo se levanta con resaca. Una resaca benéfica: el singular recuerdo que deja entre sus paredes el paso de los artistas que la noche anterior pusieron el teatro en pie, puesto que desde hace tiempo quienes desfilan por sus tablas guardan la modélica costumbre de venir luego a cenar aquí. A rendirse ante la cocina prodigiosa que despacha Rosa desde los fogones y Abel sirve con ese tipo de profesionalidad de camarero antiguo tan añorada. Un mesonero como los de antes. El mesonero oficial de Logroño. O uno de ellos.

Y hoy ya es sábado. Alejado el eco de la familia flamenca, cuyas juergas legendarias acabaron vetadas por la ley antitabaco pero sobreviven en su versión más contenida, llega el momento cumbre del fin de semana para este castizo local que soplará en junio 25 velas en la imaginaria tarta que sus dueños levantan a mayor gloria de ese tipo de bares, los bares de siempre, del Logroño de siempre. Un bar que Abel Carazo pilota desde la barra como el capitán de navío explora el horizonte de su singladura: paciente, metódico, señorial. El tipo de aristocracia profesional que puebla los mejores bares, adiestrados sus protagonistas en la mejor universidad: la escuela de la vida.

Que en su caso es larga. El boli se queda sin tinta mientras Abel derrama los grandes hitos de su carrera, iniciada pronto: a los 14 años, en su Soria natal. Y va desgranando bares como el Alcázar donde se destetó, o el Pacho, primeras cuentas de un rosario laboral que le llevó luego a la lejana Costa Brava, jovencito empleado en una discoteca de Playa de Aro que recuerda llena de guiris. Donde conoció a Julio Iglesias, nada menos. Entonces, otro primerizo que se asomaba al mundo cantando ‘Manuela’ a francesas y alemanas. Y se ríe Abel mientras rememora la anécdota célebre, según la cual el futuro suegro de la Kournikova le pidió una noche que le presentara a unas chicas que apuraban sus consumiciones en un rincón de la disco. Pero Abel se negó y lo dicho: todavía se está riendo.

Nueva vuelta de manivela a su particular moviola: nos vamos de viaje hasta Tenerife, donde se perfeccionó en un cometido al que había llegado no por casualidad. Porque desde luego a Abel le gustaban los bares, asegura, mientras recoge los últimos vasos de las rondas del mediodía. Le gustaban tanto que regresó a Soria decidido a abrirse camino en ese gremio, donde pensaba entrar por la puerta grande: pensaba ser camarero en Madrid. Una idea que duró apenas unos minutos: se apeó del autobús en la capital, vio a los grises interrumpir una manifestación a golpe de porrazos y regresó sobre sus pasos.¿ Siguiente destino? «El primer autobús salía para Burgos y ese cogí». Nueva oleada de risas.

Pero, ay, Burgos no le convenció. Así que nuestro hombre se imitó a sí mismo: acudió a la estación y se volvió a subir al primer autobús sin elegir destino, dejando que la fortuna guiara sus pasos. La tuvo: tuvo fortuna. Ese autobús le depositó en Logroño, donde inició su prolongada carrera profesional. Apunte usted, señor periodista: Abel Carazo se inició en las barras logroñesas en el llorado Llacolén que regentaba Raúl Adán, acumuló puntos en el carné de camarero haciendo horas extras en barras igual de míticas, como El Pasaje o el Tívoli, y desembocó allá donde le conoció quien firma estas líneas, defendiendo el bar de las queridas piscinas de Cantabria. Donde multiplicó su suerte exponencialmente: allí conoció a su mujer, Rosa, y de allí salieron ya convertidos en pareja para explorar nuevos mundos.

Mundos no demasiado remotos. Porque su primer empleo como recién casados se alojaba en una esquina de ese mismo Logroño, el de toda la vida: en Puente Madre se acodaban los incondicionales de los baños en el Iregua al calor de los dos chiringuitos acostados junto a la Fuente de los Zapateros. Uno de ellos lo regentaba el famoso Cordero; el otro lo llevaron Abel y Rosa durante un verano calamitoso («No paró de llover», apunta ella) pero inolvidable. Echa la vista atrás Abel y se recuerda a sí mismo de jovencito, desplegando su ingenio por los veladores donde la parroquia se disputaba sus ensaladas, sus tortillas y sus porrones. Un ambiente como de familia Ulises que los logroñeses más veteranos no olvidan.

Lo cual queda atestiguado por la atención que le presta en plena cháchara una pareja de parroquianos que mientras pone la oreja va rellenando los vacíos de su relato si la memoria flaquea. De la orilla del Iregua saltó Abel a ejercer como camarero en Los Bracos y aquí su historia es un jardín de senderos que se bifurcan, como en aquel cuento de Borges: un ramal le mantenía anclado al hotel de la calle Bretón, mientras otro conducía sus pasos hacia el Mesón Chufo, una criatura recién nacida en este rincón de Logroño que se ofrecía entonces como ruta alternativa a las rondas tradicionales. Porque habían nacido de repente no sólo el Chufo, sino el Secre, que también alojó al lado su Cava. Y luego brotaron Las Tejas y otras referencias que más o menos resisten, cirugía mediante. Idéntica transformación a la operada en el Chufo, cuya carta de cazuelitas se ha ido ampliando a medida que crecían las exigencias de la clientela. Que ya no se conforma con lo de siempre, que reclama tradición a sus bocados (y ahí vemos sus memorables alcachofas con foie y huevo), pero también modernidad. «El otro día vino una cuadrilla de chavales y nos dijo que no esperaban encontrar una barra tan moderna», subraya Rosa, mientras presume de incluir hoy en su recetario gollerías tan insólitas por Logroño como los erizos de mar.

Ahí reside tal vez la magia del Chufo, que sabe atraer a una legión de seguidores de su doble alma: un bar de siempre, pero reinventado. Fiel al espíritu de aquel local inaugurado por Julio Bayano, donde Abel ofició de camarero hasta que lo hizo suyo. El Chufo así bautizado en tributo a un pastor, navarro de Los Arcos como el propio Bayano, que dejó atrás aquellas fuentes de cogollos de Tudela que le labraron justa fama. El Chufo cuyos dueños siguen buscando inspiración entre los libros de cocina desparramados por el hogar familiar («Tenemos recetarios hasta por el baño») y mirando hacia el porvenir fiados a una esperanza común:#«Que la gente no deje de venir».

 

Abel Carazo, retratado de jovencito, según la estética de los 70

 

P.D. Norma de esta sección: preguntar a sus protagonistas qué bares eligen para sus escarceos al otro lado de la barra propia. El periodista invita a seleccionar tres referencias pero luego cada entrevistado contesta como le place, lo cual está fetén. Abel y Rosa, no: se someten a los rigores de ese número mágico y aportan tres bares de su confianza. Tres. Sólo tres. A saber, Claret, Cuatro y El Refugio. Y una lágrima final: por esas cosas del azar, en los días mediados entre la publicación de este reportaje en Diario LA RIOJA y esta versión digital, ha fallecido el mencionado Raúl Adán, creador que fue del Llacolén. DEP.

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