La Rioja
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Fecha: junio, 2017
Bares entre los bares
Jorge Alacid 30-06-2017 | 7:36 | 0

 

Durante el recién acabado curso escolar, el suplemento Degusta que publica cada semana Diario LA RIOJA incluía el último sábado de mes un reportaje dedicado a realzar la biografía de algunos de nuestros camareros logroñeses favoritos. Cuyas peripecias saltaban luego al mundo digital, puesto que protagonizaban la entrada semanal que Logroño en sus bares despacha a sus improbables lectores. El criterio de selección era muy sencillo: sólo aparecían los camareros que me dieran la gana. Claro está, con algunos requisitos previos: que contaran a sus espaldas con una densa y proteica trayectoria. Que sus bares se hubieran convertido en faro, guía y brújula de sus potenciales clientes. Que estuviera en el conjunto de ellos representada la rica diversidad del sector. Y que me cayeran bien: avinagrados, abstenerse.

La mayoría de los reportajes, luego de detenerse en la vida (y milagros) de sus protagonistas, desembocaba en una playa común, donde se les proponía un juego que a buena parte de ellos les desconcertaba. Se trataba de que pue por un momento saltaran al otro lado de la barra. Que cavilaran a qué bares dirigían sus pasos cuando mandaban el delantal al tinte, bajaban la persiana y abandonaban el propio negocio. Porque de sus respuestas se podría deducir qué locales son los favoritos de quienes más saben de esto. Una especie de bares entre los bares. El bar por excelencia.

Error. Repasando ahora las respuestas recogidas entre los camareros seleccionados se observa una tendencia que conduce nuestras conclusiones a un escenario diferente. En primer lugar, porque la práctica totalidad de los entrevistados reconocía que este es un oficio sacrificado como pocos, de modo que cuando desertan de su propio bar resulta muy habitual que se entretengan con cualquier otra cosa que no les recuerde su rutina, tan esclava. Que lo último que quieran es ir a otro bar. Además, coincidían unos cuantos en confesar que cuando se marchan a tomar algo por ahí suelen decantarse por los bares que tienen más a mano, sin grandes cavilaciones. Así que los alojados en la Laurel se diseminan por esa calle, los de la San Juan otro tanto… Difícil encontrar por lo tanto una pauta. Propósito al que tampoco beneficiaba una tendencia observada en otros de los consultados: que solían elegir aquellos que tienen más cerca de casa.

Fin del preámbulo. Que por otro lado me parecía imprescindible para interpretar cabalmente lo que sigue: el recuento de los bares favoritos de nuestros camareros de confianza. La relación de bares que se enumeran es de postín: Soriano, Lorenzo, Alfonso, Junco, Eldorado, Sierra la Hez, García, Chufo, Gurugú y Taberna de Mere, local por cierto inactivo cuya fama legendaria justificaba su inclusión en la lista. Y la relación de bares que he recopilado, fruto de sus respuestas, es la que sigue:
Notre Dame
Virginia
Delicias
Claret
Cuatro
El Refugio
Samaray
Tastavin
Junco
El Soldado de Tudelilla
Gaudí
Galdós
Géminis
Samper
Álvaro
Alfonso
Mauleón II
La Encina
Camarote
Nuevo Plaza
San Mateo
Blanco y Negro
Jubera
Sebas

De todos ellos, sólo dos se mencionan más de una vez. Ambos, por duplicado. Claret y Junco. El resto son solitarias entradas que los camareros consultados disparan movidos por factores aleatorios. A menudo, sentimentales. Lo cual prueba que incluso los camareros tienen su corazoncito: les gusta, como a usted y como a mí, que les acojan con algún cariño al otro lado de la barra cuando ejercen de parroquianos, encontrar en sus locales predilectos esa clase de confort que buscamos mientras trasegamos nuestros tragos y bocados favoritos y, en sus respectivos casos, enhebrar tertulia con los colegas de oficio. Compartir inquietudes y también anécdotas comunes: porque durante la recopilación de este material me llamaba la atención que la mayor parte de ellos no sólo participaba de cavilaciones coincidentes, sino que integraban una especie de fraternidad. Algunos habían defendido antaño la misma barra o alguna otra vecina, habían tenido los mismos jefes o se encontraban en esa zona de sombra noctívaga que se extendía cuando todos eran más jóvenes y luego de cerrar el local propio tomaban la última copa (o la penúltima, o la antepenúltima) en los mismos sitios, una costumbre que hermana mucho. Hermana incluso a camareros y clientes, que forman en realidad la gran fratría donde los entrevistados se reconocen: esa clientela fiel forma parte de sus mejores recuerdos. Un estado de ánimo compartido al otro lado de la barra, por esa la parroquia constituida por sus incondicionales: unos y otros son como de la familia.

P. D. El relato colectivo que forman los testimonios recogidos por esta pléyade de camareros merece (a mi humilde juicio) un análisis más pormenorizado. Una especie de documento conjunto que sirva como radiografía de la hostelería logroñesa reciente, con evidente conexión con el mundo de la sociología, nivel amateur. Nuestros hábitos como clientes trazan un camino lleno de migas que sirven para conocernos algo mejor: sobre esta base, prometo novedades a la vuelta del verano. Continuará.

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Nuestro hombre en la barra: Mere, camarero de camareros
Jorge Alacid 26-06-2017 | 7:52 | 0

LOGRONO. La Taberna del Mere. Duquesa de la Victoria. Hermenegildo Garcia Nájera, el Mere. 20 junio 2017. Justo Rodriguez

 

Hermenegildo García, Mere para el mundo. Hijo de Manolo y de Consuelo, nieto de Julia, «la de La Chatilla», sobrino de Amada, hermano de Manolo, Moisés y Enrique. Leyenda viva de Logroño, taurino indesmayable, fanático del frontón, eterno fumador de habanos («Me he llegado a fumar hasta nueve al día, apunta: Montecristo del tres, 898 o Fonseca del uno»), amigo de la buena mesa, inagotable conversador y mejorable contador de chistes. A quien el improbable lector recordará de cuando con apenas ocho añitos defendía ya la barra del negocio familiar en La Chatilla de Mercaderes. O de cuando, tres años después, estrenó con el resto de su progenie (su tío Lorenzo, asociado con el futbolista Zubillaga) el bar Bambi de la Laurel, fundado como marisquería y cafetería. Sí, ese es Mere: aquel crío que no olvidarán los logroñeses más veteranos, encargado de rellenar las botellas con vino de garrafón y otros menesteres menores en esa academia de camareros que fue la hostelería de su tiempo.

Sigamos su rastro, que Mere recita con su privilegiado memorión desde la barra (tapicería de cuero, filigrana de marquetería) que le hizo célebre en la ciudad donde nació hace 73 años. Logroñés castizo (mitad de Sagasta, mitad de la Mayor), se retiró hace tres años de esta taberna benemérita cuyo eslogan puede ser la frase que pronuncia silabeando mucho, como suele: «Si no has estado en mi bar, es que no has alternado mucho». Sentencia que uno acepta como la pulla que merece, mientras salva su deuda con la Taberna de Mere anotando el torrente de información que bombea a caudales. Un alud de datos, fechas y anécdotas imposible de resumir.

–Mere, necesitaría para ti un suplemento entero.
–Pues pídelo, chico.

Risotada. Y continúa avanzando su biografía, que le lleva hasta la San Juan, en cuya travesía abre con trece añitos (ha leído usted bien: trece, sólo trece) el bar que le dio nombre. Ese Mere de la Travesía y sus inolvidables tortillas que facturaba su madre, bautizado con su nombre por ocurrencia de su abuelo Moisés, «que me quería mucho». De donde Mere saltaría a Torredembarra, junto con su colega Agustín Cañas para desempeñarse en el hotel Costa Fina, nueva casilla de ese imaginario parchís hostelero que le devolvería luego a Logroño, empleado en la sala Ducal de Antonio Cendra bajo la dirección de otro mito de entonces, su encargado Óscar, a quien cubre de elogios: «Un campeón».

Pero tomemos un poco de aire. Mere llena unos vasos con clarete de San Asensio («De mi amigo Florentino, otro campeón»), sirve embutidos de Alejandro («También un campeón»: campeón es su palabra fetiche) y dispara sus recuerdos en dirección a su siguiente destino, la legendaria casa El Cocinero de Calvo Sotelo. Esa universidad donde se diplomó, bajo el magisterio de José María Sánchez, toda una saga de conocidos camareros entre quienes Mere destaca a Lorenzo Cañas. «Pon que es el mejor, un grande. Grande como profesional pero aún más grande como persona». Nueva cuenta en su rosario profesional: ahora vemos a Mere al frente del bar alojado en Villa Iregua, otra mítica barra que defendió con Agustín Cañas. Aquel chalecito de la carretera de Soria, propiedad de una familia bilbaína, los Toledo, engendró a una modélica generación de camareros a quienes Mere recuerda con un punto de emoción;la misma que regala cuando repasa la inacabable retahíla de clientes que se acodarían después en su propio local, puesto que con ellos ejecutaría un movimiento semejante al del flautista de Hamelín: los apellidos del Logroño de siempre (Adarraga, Quemada, Arzubialde y compañía) le acompañarían en su nueva odisea hacia Duquesa de la Victoria. Con los ojos cerrados, como si fuera un líder religioso. Un gurú. Año 1976. Bienvenidos a La Taberna de Mere.

Que había nacido como pub, al estilo de la moda entonces pujante, bajo la denominación de Peter&John, nombre que abandonó por La Barca de Robinson, en honor al célebre local del final de la Gran Vía. Y llegados a este punto, nuestro hombre se acelera. Como un vendaval enumera los favores debidos a tantos amigos convertidos en clientes (¿O es al revés?), con quienes mantiene infinita deuda de gratitud. Alfredo Barquín y Julio Revuelta estrenan una lista muy prolija. Una especie de miniGotha logroñés de la época, que encabezan Cholo Eizaga, Francis Martínez Corbalán y Manel Reboiro. Y prosigue con «don Gabino», el llorado ejecutivo bancario que contó en sus últimos años con su butaca particular en este local: un asiento tapizado en azul que Mere hizo fabricar para que uno de sus parroquianos favoritos estuviera como en casa.

O mejor que en casa, puesto que ése es el secreto de nuestros bares predilectos. Que garanticen una atmósfera genuina, esa clase de ambiente que Mere aseguraba durante el largo tiempo en que estuvo al frente de este bar que hoy, ya clausurado, guarda una apariencia de museo. Donde el visitante tropieza todavía con un espíritu familiar, una presencia fantasmal pero cercana y grata. Tal vez porque si hablaran sus paredes, donde cuelgan las fotos de sus incondicionales, veríamos a la Niña Pastori charlar con Victoria Abril o Lolita Flores, a Arturo Fernández de cháchara con Curro Romero y una tertulia multitudinaria donde participarían El Viti, Arzak, Arguiñano, José Mari Manzanares, Titín, Francis Paniego, Niño de la Capea, Joaquín Cortés, Emilio Gutiérrez Caba («Hicimos la mili juntos»), Concha Velasco, Lucio, Palomo Linares y Pepe Blanco. Todos ellos, desde luego, unos campeones.

Como se deduce, Mere es un forofo del mundo del toro, lo cual le condenaba en la añeja feria de San Mateo a llevar los bolsillos desbordantes de encargos que repartía según la siguiente norma: «Al contado». Más carcajadas. Aunque alguna nube cruza su semblante. Mere se emociona si recuerda a su familia, empezando por su esposa. Y acuosa la retina, revisa el listado completo de clientes y amigos. O amigos y clientes: «Tú entrabas aquí y en una esquina veías a Miguel Ángel Baños y en la otra, a Pedro González Ripa». Más campeones: la cuadrilla de Luisja Rodríguez Moroy, la de Jaime García Calzada o la de Ignacio y resto de compañeros de Comercial Cantábrica… Los Chopera, el añorado Javier Echarri (¿Eso que asoma por sus ojos es una lagrimilla?), Eduardo Gómez («Otro fenómeno, ponlo, ponlo»), Manolo Montaña, Abundio Baños y resto de su prole, Pepe «el de Tebriz», Balta «el de Garel», Rosel, Cadiñanos, Dionisio Ruiz, su estanquero Julio, los Bezares, los Adarraga, Javier Pascual…

–¿Te dejas a alguien, Mere?
–No sé… Pon a Emilio Carreras. Un campeón.

Anotado queda. El bochorno de junio azota la Glorieta. Como las puertas de la Taberna, también la libreta se cierra. Sus páginas contienen algo más que el relato de una vida: encierran una suerte de atlas histórico de Logroño. La ciudad que fue, un estilo de vida desaparecido. Cuando el coñá era el rey de las barras y las damas preferían tragos como Calisay o Cointreau. Cuando media docena de anises llevaban marca de origen riojano. Cuando Mere, de terno siempre impecable, agitaba en su coctelera un Manhattan, un Gin Fizz o un Americano y, animado por una copa de chinchón, acababa ciertas noches de farra bailando jotas con los clientes que abarrotaban el bar. Llenos casi diarios: la auténtica medida de su éxito. «Yo creo que venían por mí. Porque contaba chistes a punta pala».

Risotada final. Confesión.

– ¿Echas de menos el bar?
– A veces. Y lo volvería a abrir. Pero sólo con la gente que quiero.

Hermenegildo García, Mere para el mundo. Camarero de camareros. Un fenómeno. Un grande. Un campeón.

P. D. Cuando se le pregunta a Mere, como es norma en esta sección, sobre sus bares favoritos (salvando el suyo) de Logroño, contesta con una variante propia de su personalidad: derivando la respuesta a otro sector vecino, el de la restauración. Así que en vez de bares, enumera sus restaurantes favoritos, una relación que inaugura El Cachetero, que era como su segundo hogar en su anterior encarnación, y que incluye al Egüés, Buenos Aires, Taberna de Herrerías y La Cocina de Ramón. Que aproveche. Y un par de bares ya difuntos: el añorado El Duque (“Pon que su dueño Sufi era mi amigo”) y el Robinson también desaparecido.

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Malas noticias: hay ciudades con más bares
Jorge Alacid 16-06-2017 | 7:47 | 3

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Hay mañanas en que uno se levanta con el cuerpo levantisco. Un 2 de mayo particular. Y como aquel de 1808, mientras repasas las noticias que llueven sobre la pantalla, te dan ganas de emular al célebre alcalde de Móstoles, don Andrés Torrejón, y promulgar la versión propia e indígena de su no menos célebre bando: “La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid a salvarle”. Qué más da que el mentado bando sea aprócrifo y genere serias dudas sobre su autoría. En mi actualización, quedaría más o menos así: “Logroño está en peligro. Sus bares perecen víctimas de la perfidia castellano-leonesa. Riojanos, acudid a salvarle”. Un llamamiento que me brota natural del alma cuando tropiezo con esa información según la cual nuestra amada ciudad se sitúa en un discreto sexto lugar en una clasificación que debería encabezar: el número de bares por habitante. Un reciente sondeo nos ilustra sobre nuestro mejorable desempeño en cuestión tan trascedental: nos superan cinco capitales de provincia, castellano-leonesas la mayoría como se observará en el gráfico adjunto. Enhorabuena a León, ciudad que ha merecido en este blog encedidos elogios por la calidad y encanto de los bares que aloja: lidera la tabla gracias a que dispone de un local por cada 5,03 habitantes. Nada que no pueda superarse.

Pero, de momento, Logroño mira desde muy lejos a la capital del Bernesga: se tiene que conformar con un bar por cada 3,53 vecinos. Un sexto puesto que puede (y debe) mejorarse. Todavía (¡todavía!) pueden abrirse más y más bares, quehacer en que están empeñados unos cuantos empresarios locales de cuyos afanes daremos cuenta un día de éstos. Si prosperan sus iniciativas, al menos podríamos alcanzar una plaza de podio, que ocupan ahora mismo otras dos ciudades de esa misma región vecina: Salamanca (con una ratio de 4,22) y Zamora (que acredita una marca de 4,14). Claro que para sobrepasar a ambas competidoras antes debería rebasar Logroño a otras dos ciudades: Ourense (que dispone de un registro de 4,05 vecinos por cada bar) y Palencia, que luce un promedio de 3,60 y dispara por lo tanto la pregunta que el improbable lector se estará haciendo. ¿Qué pasa por Castilla y León, que tiene a cuatro ciudades entre las cinco primeras? Ya le respondo yo: ni idea.

Y de paso le lanzo un aviso: ojo a los que vienen por detrás. Logroño no debería descuidarse porque aventaja en muy poca distancia a San Sebastián, La Coruña, Granada, Bilbao, Segovia, Valencia, Oviedo, Lugo y Soria: todas ellas con un coeficiente superior al de tres vecinos por cada bar. Lo cual refleja la exuberancia que carateriza al solar patrio y desmiente la singularidad que en otras cuestiones reclaman los españoles alojados en la periferia. Malas noticias para el nacionalismo rampante: no, no somos tan diferentes. Uno viaja por el país sin observar graves divergencias en una cuestión tan decisiva para configurar nuestra identidad: nuestra patria son los bares, así vivamos en Hernani, Agoncillo o Santa Coloma (de Gramanet). Somos miembros de una fraternidad única en el mundo, la constituida por los clientes de los bares predilectos y las barras de ocasión, los locales de guardia abiertos las 24 horas y los establecimientos que visitamos de cuando en cuando. Hay un bar en cada esquina del suelo español: imposible que seamos tan diferentes los unos de los otros. En lo único que nos distinguimos, e incluso esa tendencia está mutando, es respecto a los foráneos. Están locos esos paisanos que no disfrutan como nosotros: se pierden una de las cosas buenas de la vida. La vida en los bares.

Algo que se pierden quienes no viven en un estado tan autoritario como el nuestro, como advertía recientemente el conocido politólogo Pep Guardiola. En realidad, bares los hay por el universo mundo: es decir, un ciudadano de Arkansas, un paisano de Burdeos o un habitante de Nápoles dispone de numerosas alternativas para abrevar en su entorno más próximo. De lo que todos ellos carecen es de esa amplísima panoplia de garitos para regalarse esa actividad tan dichosa: la de ir de bares. Porque no es lo mismo ir que estar. De ahí esa proliferación abismal que caracteriza a las ciudades y pueblos de España, donde se observa una tendencia parecida al margen de los hechos diferenciales, de suyo tan postizos. Los bares hermanan a la España interior con la costera, ignoran las fronteras autonómicas y derraman sus bienes incluso por la tierra interior. Algo se muere en el alma cuando un bar se va: los municipios que los pierden saben de lo que hablo.

P.D. Hablando de pueblos, la información que adjunto en el enlace arriba incluido incorpora un mapa de España por municipios, que arroja como vencedor al pueblo aragones Sallent de Gállego. Ocurre que esta localidad, como las que encabezan esa clasificación, se ubican en zonas de verano, donde la acumulación de bares se desborda y la población habitual, no la flotante, es más bien escasa. De ahí que a menos vecinos, mejor posición en ese listado. Lo cual compruebo que sucede también en La Rioja: Torrecilla, municipio donde la segunda residencia es norma y en verano dispara su censo, registra una ratio de 5,78 vecinos por cada bar. Ezcaray, sin embargo, donde concurren semejantes factores se queda lejos: en 3,38. Menos incluso que Logroño.

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El hielo tenía un precio
Jorge Alacid 08-06-2017 | 8:29 | 0

 

 

 

Este artículo dejará helado al improbable lector. O le encenderá el ánimo. Porque llega el verano y uno, cliente borrego donde los haya, tiende a solazarse con ese refrigerio tan peculiar llamado café con hielo. Peculiar porque la presencia de este último elemento amenaza con desnaturalizar el elemento central de semejante trago, pero qué importa: el parroquiano español es así. De modo que reclamará al camarero de confianza ese vaso conteniendo un manojo de cubitos, verterá la pócima contra el insomnio de la que es devoto y se refrescará el gaznate como es norma en los meses de calor. Y luego pedirá la cuenta y cruzará los dedos: a ver si este es uno de esos bares que también cobran el hielo.

Fin de la digresión: entramos a matar. Porque esta cuestión tiende a calentar los debates entre ambos lados de la barra. Los bares que facturan incluso el hielo tienen sus razones. Los clientes críticos con tal práctica, las suyas. Alegan los primeros que no se trata tanto de cobrar el hielo en sí, sino el servicio más exigente que es propio de ciertos tragos. Es decir, que no suelen tarifarlo cuando ayuda a congelar las copas o los refrescos, sino que se limitan a elevar el precio cuando acompañan al café mencionado: entonces, a la tacita le escolta el vaso donde nos lo tomamos, de modo que algún sentido tiende el alegato de la defensa.

Pero el tribunal popular llama ahora a declarar a los testigos de la acusación. La clientela convertida en celoso fiscal deduce que ese cobro adopta el aspecto de atraco, porque pocas cosas tan baratas como el humilde cubito de hielo: ingrese usted en el supermercado de la esquina o en la gasolinera más cercana, llévese por unas monedas unos cuantos sacos y observará que su economía doméstica no sufre grandes contratiempos. Y haga otra prueba, la prueba millones de veces repetida: meter agua en las cubiteras de la nevera familiar, sección congelado, y observará otro tanto, una generosa ración de hielo en formato cubito. Sólo comprar el periódico es más barato.

De modo que el jurado se retira a deliberar. En sus cavilaciones continúan frescas (mejor dicho, heladas) las opiniones de unos y otros. Las ha recopilado quien esto escribe a propósito de una polémica desatada en un grupo logroñés de Facebook, donde un particular tuvo la idea de registrar fotografiada la factura que calentó la polémica. Venía de disfrutar de su cortado con hielo y en efecto: el cortado costaba 2,40 y el puñado de cubitos, 0,30. Y claro: se armó un zafarrancho de orden bélico, como es propio de las redes sociales, donde el espíritu ingresa de suyo levantisco.

En los párrafos anteriores he resumido, más o menos, las dos vertientes de la controversia, aunque luego, a medida que iba comentando esta polémica, encontré a mi alrededor una tercera vía: la de quienes alertan de que hay bares que, en efecto, cobran los cubitos cuando sirven un café con hielo, pero evitan endosarlo por separado en la factura. Lo cobran de saque, sin dar más detalles y evitando que figure el detalle en la cuenta. El cliente mal informado paga la cifra que ponga en el papelito y se evita por lo tanto un sofoco añadido a los calores de la canícula: le parecerá exagerado el precio (o no), pero a otra cosa. Sin mayores discusiones.

Así que escuchadas todas las partes, llega el turno de presentar las conclusiones ante el jurado popular: el formado por los clientes de Logroño en sus bares. Ante quienes ofrezco mi propia opinión: la verdad, a mí eso de cobrar un suplemento por el servicio del café con hielo me parece exagerado. Uno se lo prepara a menudo en su domicilio y no tropieza con graves quebrantos adicionales en comparación con el humilde cafelito sin hielo ni nada. Sí: hay que allegar otro vaso, pasar el café de la tacita una vez azucarado, agregarle unos cubitos… Pero lo dicho: no creo que haya para tanto. Me resisto a pensar que tan modesto trajín equivale a 0,30 euros, aunque luego haya que limpiar el vaso y la cucharilla: se les hace hueco en el lavaplatos y a correr. ¿Eso cuesta cincuenta calas del antiguo sistema monetario? Me permito dudarlo.

Pero en fin: en estas cuestiones tiendo a sostener la opinión de que los comerciantes de cualquier gremio (es decir, no sólo el hostelero) nos cobran cuanto estemos dispuestos a pagar. No vale quejarse: uno apoquina la cifra preceptiva y en su mano está volver o no al bar donde se ha sentido perjudicado. Que es la mejor manera de mostrar su malestar: silencio administrativo. No hace falta calentarse ni dejar que se congele su mosqueo. Reservemos los calores y la frialdad para menesteres más trascendentes: por ejemplo, quién sirve las mejores patatas bravas de Logroño.

Porque seguimos con las votaciones.

P.D. El café con hielo ingresó en nuestra vida como parroquianos conspicuos allá en los lejanos años 70, como una versión contenida (también en su precio) de otra novedad que aterrizó en Logroño por esa época: el irlandés. O el escocés: se conoce que cualquier cosa con hielo y café que reclame una dosis de destilado tendía a confundir de tierra natal a quienes lo servían. Ese chorro de güisqui elevaba la factura exponencialmente, pero era una tarifa que se podía pagar (y de hecho se pagaba) porque a cambio uno se regalaba un trago fetén y modernísimo para entonces y fardaba una barbaridad cuando se lo despachaban porque veía al resto de clientes darse codazos estupefactos preguntándose sobre la naturaleza de semejante pócina. Según la amiga Wikipedia, el café irlandés consiste en mezclar por supuesto café y desde luego güisqui, pero también una densa crema de dos centímetros de espesor. Vale también la nata. Y no: no es lo mismo que el escocés, que recurre como elemento adicional al helado de vainila. En nuestros días, superado aquel impacto inicial de su aparición que nos dejó noqueados, su presencia en las barras de confianza tiende a declinar, aunque tengo observado que el Bretón preserva ambas especialidades en su carta de cafés, en compañía de otras variedades igualmente sabrosas. El café polar, por ejemplo. Que también te puede dejar helado.

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¿Qué bar sirve las mejores bravas de Logroño?
Jorge Alacid 02-06-2017 | 11:06 | 17

 

 

La otra mañana volví al Jubera, reciente todavía su nueva reinvención. Perdón, error: en realidad, donde estuve fue en La Mejillonera. Porque así es como conocí este bar benemérito de la calle Laurel en mi remota mocedad y así le sigo llamando para mis adentros, aunque desde luego no ignoro que semejante ocurrencia no pasa de ser una de tantas marcianadas propias. Para el resto del mundo, el Jubera es por supuesto el Jubera. Bandera y faro del protagonista de estas líneas que aquí arrancan, su plato fetiche: las patatas bravas. Un bocado que ya ha merecido alguna entrada en este blog, puesto que se trata del tipo de cazuela que deberían honrar los bares indígenas: una golosina suculenta, tarifada a precios comedidos, ingeniosa y además nutritiviva.

Lo tienen todo las bravas, aunque por razones que se me escapan se trata de una vianda en peligro de extinción. No, no son tantos los bares patrios que la consagran en su carta, de modo que cuando uno hace memoria no aparecen a bote pronto las bravas en demasiadas barras. Una pena. O una alegría para aquellos locales que sí las tienen entronizadas como merecen, porque las convierten en parte de su identidad. Una estrategia de marketing que siguen en el Jubera, por volver sobre mis pasos, igual que hacen las gentes del Soriano con el champi. ¿Sabe alguien si en estos dos casos se sirve algún bocado más al margen de los mencionados? Yo sospecho que no. Ni falta que les hace: las bravas son al Jubera como una cuenta en Panamá al fiscal anticorrupción. Inseparables.

Así que llega la hora que el improbable lector estaba esperando, aunque tal vez no lo supiese. La hora de decantarse. Por tercera vez consecutiva, según una pauta recién instaurada de una encuesta al mes, toca votar. ¿Qué patatas bravas son las mejores de Logroño? En ocasiones precedentes, con motivo de consultas análogas sobre los morros y las hamburguesas, desde aquí ofrecimos un listado de sugerencias. Alternativas a las que podían sumarse cuantas se quisieran. Pero esta vez el sondeo se plantea a la brava, por aquello de ser consecuentes: que ponga cada cual las que más le gusten, haremos recuento cuando pasen unos días y llevaremos al galardonado el título que le adjudiquen quienes se animen a votar. ¿A qué bar? Ya se ha dicho: a cualquiera. Uno no tiene por el Jubera más preferencia que la citada: que regresa a su adolescencia cuando ataca esa barra, dispuesto el platillo con el suculento bocado, justo de picante y la patata en su punto (un punto crujiente por fuera, mullidita por dentro), y se vuelve a ver a sí mismo en La Mejillonera. Perdón, en el Jubera. Pero quien prefiera cualquier otra, ya sabe: en los comentarios a esta noticia puede dejar detalle de su bar predilecto

Porque hay más. En los bares castizos del centro y en los locales de la periferia, en las barras de barrio y hasta en los gastrobares cuentan que han sido (re)descubiertas. Las bravas nuestras de cada día continúan acompañando el deambular de las nuevas generaciones por sus garitos de confianza, puesto que devuelven corregida y aumentada la promesa que encierran cuando las pedimos: lo dicho, un bocado sabroso a precio razonable. Un clásico del recetario riojano que siempre vuelve porque en realidad nunca se ha ido. Sencillo de preparar, pero difícil de cocinarlo en casa: una de tantas cosas que nos gustan de nuestras incursiones lejos del hogar.

Sencillo no quiere decir simple. Mucho ojo. Ahí, en esa sutil utilización de materias primas que cualquiera encuentra en su despensa, reside el encanto de tantos y tantos platos. De modo que quien esto firma descarta ingresar en la cofradía de quienes sostienen que las bravas no pasan de ser una ración de patatas hervidas espolvoreadas con salsa de tomate y mahonesa, controversia reciente animada desde Gran Bretaña, ya saben: cuna de la gastronomía mundial con su pastel de riñones y otras deliciosas creaciones. Opinión de la que aquí mismo me desmarco: envidia. Nos tienen envidia. De las bravas, la paella y el tiquitaca. Y proclamo. Las bravas son un gran invento. Y tan español como Gribraltar. 

P. D. En anteriores entradas, mencionaba mi predilección por una versión renovada de las patatas bravas que saboreé unas cuantas veces en el Tondeluna. Se conoce que acabé siendo tan devoto de semejante bocado, preparado al estilo de Sergi Arola (y como tal se mencionaba en la carta), que incluso cuando lo habían retirado de la carta lo seguía incluyendo entre mis favoritos. Observo que sigue sin volver a servirse en el Tondeluna, lo cual encierra cierta lógica: el recetario de cualquier local debe adaptarse a la lógica de los tiempos, evolucionar, incluir nuevas entradas. Pero yo sigo siendo fiel al sabor delicioso de aquel manjar, una revisión muy inspirada de las bravas que servía para demostrar lo de siempre: que la cocina popular es un tesoro donde siempre se puede seguir indagando. Y que pocos bocados tan populares como las mencionadas bravas, a cuyas virtudes añade un atributo singular: ejerce como mullida alfombra para trasegar vino tras vino. 

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