La Rioja
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¿Qué bar sirve las mejores bravas de Logroño?
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Jorge Alacid | 02-06-2017 | 11:06

 

 

La otra mañana volví al Jubera, reciente todavía su nueva reinvención. Perdón, error: en realidad, donde estuve fue en La Mejillonera. Porque así es como conocí este bar benemérito de la calle Laurel en mi remota mocedad y así le sigo llamando para mis adentros, aunque desde luego no ignoro que semejante ocurrencia no pasa de ser una de tantas marcianadas propias. Para el resto del mundo, el Jubera es por supuesto el Jubera. Bandera y faro del protagonista de estas líneas que aquí arrancan, su plato fetiche: las patatas bravas. Un bocado que ya ha merecido alguna entrada en este blog, puesto que se trata del tipo de cazuela que deberían honrar los bares indígenas: una golosina suculenta, tarifada a precios comedidos, ingeniosa y además nutritiviva.

Lo tienen todo las bravas, aunque por razones que se me escapan se trata de una vianda en peligro de extinción. No, no son tantos los bares patrios que la consagran en su carta, de modo que cuando uno hace memoria no aparecen a bote pronto las bravas en demasiadas barras. Una pena. O una alegría para aquellos locales que sí las tienen entronizadas como merecen, porque las convierten en parte de su identidad. Una estrategia de marketing que siguen en el Jubera, por volver sobre mis pasos, igual que hacen las gentes del Soriano con el champi. ¿Sabe alguien si en estos dos casos se sirve algún bocado más al margen de los mencionados? Yo sospecho que no. Ni falta que les hace: las bravas son al Jubera como una cuenta en Panamá al fiscal anticorrupción. Inseparables.

Así que llega la hora que el improbable lector estaba esperando, aunque tal vez no lo supiese. La hora de decantarse. Por tercera vez consecutiva, según una pauta recién instaurada de una encuesta al mes, toca votar. ¿Qué patatas bravas son las mejores de Logroño? En ocasiones precedentes, con motivo de consultas análogas sobre los morros y las hamburguesas, desde aquí ofrecimos un listado de sugerencias. Alternativas a las que podían sumarse cuantas se quisieran. Pero esta vez el sondeo se plantea a la brava, por aquello de ser consecuentes: que ponga cada cual las que más le gusten, haremos recuento cuando pasen unos días y llevaremos al galardonado el título que le adjudiquen quienes se animen a votar. ¿A qué bar? Ya se ha dicho: a cualquiera. Uno no tiene por el Jubera más preferencia que la citada: que regresa a su adolescencia cuando ataca esa barra, dispuesto el platillo con el suculento bocado, justo de picante y la patata en su punto (un punto crujiente por fuera, mullidita por dentro), y se vuelve a ver a sí mismo en La Mejillonera. Perdón, en el Jubera. Pero quien prefiera cualquier otra, ya sabe: en los comentarios a esta noticia puede dejar detalle de su bar predilecto

Porque hay más. En los bares castizos del centro y en los locales de la periferia, en las barras de barrio y hasta en los gastrobares cuentan que han sido (re)descubiertas. Las bravas nuestras de cada día continúan acompañando el deambular de las nuevas generaciones por sus garitos de confianza, puesto que devuelven corregida y aumentada la promesa que encierran cuando las pedimos: lo dicho, un bocado sabroso a precio razonable. Un clásico del recetario riojano que siempre vuelve porque en realidad nunca se ha ido. Sencillo de preparar, pero difícil de cocinarlo en casa: una de tantas cosas que nos gustan de nuestras incursiones lejos del hogar.

Sencillo no quiere decir simple. Mucho ojo. Ahí, en esa sutil utilización de materias primas que cualquiera encuentra en su despensa, reside el encanto de tantos y tantos platos. De modo que quien esto firma descarta ingresar en la cofradía de quienes sostienen que las bravas no pasan de ser una ración de patatas hervidas espolvoreadas con salsa de tomate y mahonesa, controversia reciente animada desde Gran Bretaña, ya saben: cuna de la gastronomía mundial con su pastel de riñones y otras deliciosas creaciones. Opinión de la que aquí mismo me desmarco: envidia. Nos tienen envidia. De las bravas, la paella y el tiquitaca. Y proclamo. Las bravas son un gran invento. Y tan español como Gribraltar. 

P. D. En anteriores entradas, mencionaba mi predilección por una versión renovada de las patatas bravas que saboreé unas cuantas veces en el Tondeluna. Se conoce que acabé siendo tan devoto de semejante bocado, preparado al estilo de Sergi Arola (y como tal se mencionaba en la carta), que incluso cuando lo habían retirado de la carta lo seguía incluyendo entre mis favoritos. Observo que sigue sin volver a servirse en el Tondeluna, lo cual encierra cierta lógica: el recetario de cualquier local debe adaptarse a la lógica de los tiempos, evolucionar, incluir nuevas entradas. Pero yo sigo siendo fiel al sabor delicioso de aquel manjar, una revisión muy inspirada de las bravas que servía para demostrar lo de siempre: que la cocina popular es un tesoro donde siempre se puede seguir indagando. Y que pocos bocados tan populares como las mencionadas bravas, a cuyas virtudes añade un atributo singular: ejerce como mullida alfombra para trasegar vino tras vino.