La Rioja
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La invasión del torrezno
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Jorge Alacid | 10-09-2017 | 09:24

Torreznos del bar Julio. Foto de Justo Rodríguez

 

Una voz amiga me lo tenía avisado: nos invaden. Ojo: nos están invadiendo. Pasito a pasito (¿Suave? ¿Suavecito?), las barras logroñesas se ven colonizadas por un bocado trasplantado desde la vecina (y querida) Soria. Se trata de una singular golosina que usted, improbable lector, habrá catado en cualquiera de sus encarnaciones logroñesas: el amigo torrezno. Años ha, semejante delicia exigía subir Piqueras (hermosa expresión) para visitar las barras sorianas donde se despachaba, mientras protagonizaba una sentida rivalidad entre los bares de la capital y aledaños: a ver cuál lo sirve mejor. Yo solía decantarme por los que salían de los fogones del Mesón Castellano, allá en la Plaza Mayor, porque garantizaba un punto exacto de textura. Me relamo mientras veo de nuevo (en sueños) aquel platillo: servido en taquitos, crujiente la capa exterior y mullido el jugoso fondo. Una suculenta tapa que fue ganando adeptos y conquistando feligreses, para grave escándalo (supongo) de la Sociedad Española de Cardiología.

Por entonces, el torrezno apenas abandonaba su hogar soriano. Imposible encontrarlo desde luego en Logroño, donde uno relataba la buena nueva de sus viajes a la orilla del Duero y era como predicar en el desierto: nadie sabía qué les estabas contando. ¿Porque (pregunta) de qué hablamos cuando hablamos de torrezno? La defensa llama a declarar a la wikipedia, en ausencia de testimonios de mayor prestigio. Que declara lo siguiente: “El torrezno es una tira de tocino frita  o  salteada en sartén o tostada en una parrilla”. Y añade un par de datos. Uno: que son considerados patrimonio gastronómico de la humanidad (gloria a la UNESCO). Y dos: que la voz torrezno proviene del latín torrēre. Ergo, tostar, acercar algo al fuego hasta que toma color. Alea jacta est.

Dicho lo cual, debe aceptarse que el torrezno no es privativo de Soria. Ojo: también se sirve en Ávila, por ejemplo, donde no es extraño su consumo durante el desayuno y además acompaña a esa cazuela tan recia (y tan castellana) llamada patatas machaconas. Pero si el torrezno soriano ha alcanzado fama principal, será por su habilidad para abrirse paso entre la dictadura de lo gastronómicamente correcto: de aquellas exploraciones pretéritas por Soria que aquí relato a la expansión actual median unos cuantos años, durante los cuales el torrezno ha acabado por rendir a sus encantos a una parroquia cada día más masiva. Que por cierto: también los puede probar acompañando unas migas, ejemplar plato no menos soriano.

Así que este bocado lo despacha hoy fetén, por ejemplo, el amigo Alfonso en su mesón de la calle Villegas. Aunque juega con ventaja: se nota que nació en Soria. Lo ofrecen igual de suculento en el Monterrey de Vara de Rey y lo encontramos también en barras tan acreditadas como el bar Julio, cuya clientela se hermana cada día con los vecinos sorianos mientras atacan la misma gollería: la foto que ilustra estas líneas pertenece a esa castiza barra, acampada a orillas del Ebro con una oferta apabullante en torreznos. Torreznos, sí: un bocado nacido en las entrañas del amigo gorrino (su costillar, más concretamente). Puro y riquísimo tocino, con su leve capa de piel. Manjar sometido por supuesto a esa creciente moda culinaria que exige revisar cada entrada del recetario antiguo: en La Lobita, casa de comidas alojada en la pinariega localidad soriana de Navaleno con su estrella Michelín y todo, lo incluyen en su carta bajo un título intrigante. Lo llaman ‘Evolución del torrezno’ (sic), presentado en estos términos tan misteriosos: “Snack etéreo y torrezmochi”. Más y más sic. Pero mientras aclaramos qué cosa será un torrezmochi, ataquemos la bandeja donde se presentan sus hermanos mayores y musitemos para nuestros adentros: larga vida al torrezno.

Mientras lo permita el colesterol.

P.D. Antes de las vacaciones, cuando el verano todavía (todavía) era una bella promesa de interminable horizonte, este blog preguntó a sus improbables lectores cuál era su terraza preferida, siendo como es un pasatiempo tan propio de la canícula. Gracias a sus aportaciones, concluimos que la diversidad domina: porque se mencionaron los casos de La Gitana Loca, el Bretón, Cacao o Cuatro, pero la mayoría se decantó (ay) por las difuntas. Los desaparecidos veladores de la antigua cafetería Las Cañas o el Trébol. De modo que se confirma que el bar ideal no existe: sólo habita entre nuestros sueños.