La Rioja
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Barcelona en sus bares
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Jorge Alacid | 29-09-2017 | 11:23

Fachada del Boadas. Imagen de su web

 

Si Logroño es el territorio de la infancia, Barcelona es el país de los sueños. Logroño era la prosa; Barcelona, la poesía. Porque para un crío educado en el monocultivo de bares logroñeses acudir, guiado por la mano paterna, hasta El Corte Inglés de la plaza de Cataluña y aposentarse en su terraza exterior mientras a la espalda se ofrecía el maravilloso espectáculo de su buffet policrómico suponía ingresar en el reino de la fantasía. España, años 70. La fantasía hecha realidad. La fantasía que te acompañará toda la vida, de modo que pensar en Barcelona significa verse a uno mismo en pantalón corto, jugando con las palomas de la plaza, retratándose en Canaletas y esperando la hora en que tomara el ascensor hacia, en efecto, el bar de El Corte Inglés. Donde los sueños se materializaban en forma de Pepsi Cola o Cacaolat.

Que Logroño en sus bares se marche hoy de excursión por Barcelona obedece a razones propias de la agenda política, que tienen mejores analistas que quien esto firma para no llegar a ninguna conclusión y lanzar de paso algún insulto por el camino. Lo que pretenden estas líneas que siguen es reivindicar a Barcelona en sus bares, aquellos locales que tanto hicieron por mi educación sentimental en la infancia y la adolescencia. Cuando descubrí que a la baraja de garitos logroñeses podía añadir otra tipología que resultaría también definitiva para construir la imagen completa del concepto bar en mi párvulo magín.

El bar de El Corte Inglés era desde luego una parada obligatoria en la preceptiva visita anual a la Capital Condal, pero el peregrinaje por sus calles exigía otros hitos igual de memorables. Por ejemplo, la Barceloneta. Cuando la Barceloneta no era todavía el territorio olímpico que llegó con los Juegos del 92 y se transformó en un parque temático para el turisteo. Aquellas memorables casas de comidas, con la barra rozando los dos metros de altura, que obligaba a auparte de puntillas para pedir la comanda. Camareros con mandil gigante, pizarras asimismo ciclópeas con la oferta del día, pollos ‘a last’ (me encantaba esa denominación) y, sí, esos tragos insólitos por Logroño, donde no se tenía noticia de la Pepsi desde luego (aquí éramos todavía fans monotemáticos de la Coca Cola) y por supuesto se ignoraba todo sobre el bebedizo llamado Cacaolat. Era también frecuente que aquellos bares despacharan con la mayor normalidad del mundo una botella de agua con gas, preferentemente Vichy. Lo cual nos turbaba, porque aquella pócima se reservaba en los hogares logroñeses para esos momentos en que a alguien le dolía la tripa y no había a mano el otro brebaje misterioso que todo lo curaba: el agua del Carmen.

 

Granja de la calle Petrixol. Foto de La Vanguardia

 

Las rutas barcelonesas por sus bares incluían a media tarde otro capítulo obligado: alguna de las chocolaterías alojadas en la querida calle Petrichol (hoy, Petrixol: que Puigdemont me perdone) y alguna de las cantinas de la vecina plaza del Pino (disculpas de nuevo: plaza del Pi) para el tentempié previo a la hora de cenar, que en mi caso tenía carácter de festival cuando tal acontecimiento tenía lugar en una cafetería americana ubicada en la Diagonal, cuya lujuriosa oferta desataba en mi imaginación los mismos efectos que la mención a un pollo asado para el idolatrado Carpanta. De aquel bar, un establecimiento amplísimo llamado La Oca, se podía salir además con un atractivo adicional: la propia cena. Es decir, llevarte contigo las sobras. Porque había adoptado la buena costumbre (americana) de preparar una tartera de ocasión para que te comieras en casita aquello por lo que habías pagado. Un hábito hoy muy frecuente, pero que entonces representaba una novedad marciana. Tan marciana como nuestra respuesta: preferías no acabarte la cena para saborear ese momento en que salías a la Diagonal túper en ristre. Aunque sólo llevara dentro las patatas fritas de guarnición tenía su aquel perfumar con el guiso el taxi amarillo y negro que te recogía.

Con el tiempo, clausurada la costumbre familiar de recorrer Barcelona con periodicidad ferroviaria, se espaciaron las visitas, que adoptaron también un enfoque más maduro: cosas de la edad. Fue cuando empecé a comprobar que la ciudad había cambiado. No necesariamente a mejor. La mentalidad nacionalista (cainita, identitaria y clasista, valga la redundancia) se apropiaba, lenta pero contundentemente, del carácter barcelonés que me resultaba tan próximo. Tan querido. Un carácter tranquilo, ingenuo y bienintencionado. Cortés, educado, cívico. Así es como recuerdo la Barcelona de entonces, simbolizada en aquel tipo de bar llamado granja que festoneba la ciudad entera y tan agradable resultaba: Barcelona, como el tipo de España al que muchos aspirábamos. Que (ay) se fue convirtiendo en algo distinto. Más agresivo. Menos confortable. No reparto culpas: simplemente, lo anoto.

Al menos esa fue mi experiencia la última vez que recorrí sus calles de arriba a abajo, que es el método habitual: de la montaña al mar. Un paseo que tuvo el sabor amargo de toda despedida. Adiós a La Venta del Tibidabo, con su maravillosa terraza (a mis pies la ciudad, como cantaba Loquillo) y adiós los bares de la Barceloneta, ya consagrados a la globalización y carentes del encanto de sus predecesores. Adiós al Café de la Ópera, decimonónico local situado en las Ramblas que garantizaba facturas astronómicas y un paseo por el siglo XIX. Y adiós al Boadas, coctelería donde culminé una velada memorable, que puesta por escrito va a quedar (lo siento) muy pedante: un perfecto gin tonic tras escuchar a Van Morrison en concierto, con el majestuoso (y vecino) Liceo como escenario. A la salida, el cantante de Belfast pasó en coche (lunas tintadas) a mi vera, sombrero en ristre. Le dije adiós con la mirada. También le dije adiós a Barcelona. La de la infancia y la de mis sueños. La Barcelona de los bares inolvidables que siempre seguirá siendo mía.

 

Exterior del bar Roy de Sitges. Foto de la web

 

P.D. Las excursiones a esa añorada Barcelona aquí revisitada se incluían en un paquete con destino a la vecina Sitges, la playa de mi niñez. Que dispone de su propia panoplia de bares, entre los cuales tiendo a aconsejar el venerable café Roy de la céntrica calle Parelladas (perdón de nuevo: Parellades en la lengua de Gerard Piqué). Un laberíntico local pródigo en encantos, cuyas maravillas exigirían otro artículo ad hoc. O ex profeso. Las resumo en dos: su inigualable terraza, subida a una coqueta tarima, y sus legendarias tertulias, donde cualquiera puede participar, a condición de que acredite sentido común y sentido del humor. Curiosamente, dos de las virtudes hoy en retroceso por aquel rincón de España (de España, al cierre de esta edición).