La Rioja
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Bares con dos puertas
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Jorge Alacid | 27-10-2017 | 09:00

El Villa Rica de Logroño, con sus dos puertas

 

Una reciente excursión a Ezcaray me permitió refrescar ese prodigioso milagro que se llama Tres Puertas. El célebre bar así denominado porque, en efecto, dispone de ese trío de entradas para que quien lo desee se regale un homenaje con sus aclamadas patatas fritas, estilo churrero, mientras se felicita para sus adentros por esa maravilla que le obsequia a su vez un local tan curioso y fetén. Porque lo usual, así en la hostelería como en el resto del mundo, es que una propiedad se defienda mediante un único acceso: más de dos puertas, ya se sabe… Como advierte el refrán, bares malos de guardar.

Lo cual me invitó a mi propio peregrinaje mental por aquellos establecimientos de Logroño que disponen de más de una puerta. Porque no había caído hasta ahora en que ofrecen una invitación a ser frecuentados por partida doble, una promesa de gozo por duplicado que les confiere además una imagen singular. Si visitar un bar es siempre (o casi) una experiencia recomendable, ingresar en aquellos que cuentan con doble ingreso predispone para una diversión adicional. Sobre todo en aquellos pretéritos tiempos mozos: ah, los tiempos del ‘simpa’.

No era mi caso, por supuesto, porque me distingue desde antiguo la costumbre de apoquinar cada trago y cada bocado, pero debe admitirse que era una tentación acodarse por ejemplo en la barra del Villa Rica ingresando por la puerta que da a la Laurel y marcharse (luego de jugar a la maquinita dichosa del cochecito que ya mereció aquí alguna divagación) por la puerta que da a Albornoz, para pasmo de la familia que defendía aquella barra conspicua: ale hop, y ya nos habíamos escapado, los labios bien ennegrecidos por aquel vinazo servido en duralex. Previa derrama, eso sí. Abstenerse malpensados.

La trama urbana logroñesa, tan rica en meandros y proclive a la gestación de zonas de oscuridad muy propicias para la ingesta, configura una jugosa panoplia de bares donde tal milagro es posible. Los alojados en la orilla de la calle San Agustín con vistas a Bretón cuentan en algún caso de ese doble acceso, que sólo algunos ejecutan con convencimiento, al igual que ocurre con los ubicados en la Laurel: los que aceptan semejante posibilidad dotan de un encanto adicional a la parroquia. Quien quiera frecuentarlos, ya sabe que además puede jugar de paso al despiste: confundir a quien estuviera vigilando sus pasos…

…Divertimento que yo por ejemplo sigo practicando cada vez que me pongo en manos de Mariano Moracia y resto de la gran familia del Moderno. Exterior noche: entrada por las castizas puertas de Martínez Zaporta, ingesta subsiguiente recreando la mirada con aquel Logroño que fue (y que todavía resiste) y mutis por la puerta de atrás, salvando las mesas que albergan a los incondicionales del menú del día y demás golosinas: previo saludo a quien se ocupa de los fogones en la dependencia vecina, salida a la calle Mayor por la puerta mediocamuflada. Tan emboscada que pocos logroñeses conocen su existencia: el improbable lector que lo ignorase ya queda informado.

Como lo está de aquel prodigioso bar llamado Aéreo Club, que disponía de acceso principal por el Muro de la Mata pero también de puerta alternativa (de servicio, digamos) en la calle Ollerías. Quien hoy transite por tan maltratada calle podrá observar allá al fondo la parte trasera del Tondeluna, establecimiento hostelero donde no consta que se aproveche de tal ingreso salvo para allegar viandas a la cocina. Sí que cuenta con esa opción Los Rotos de la vecina calle San Juan, donde por cierto acaba de inaugurarse otro bar que también cuenta con puertas por duplicado. Valonsadero, local de soriana nomenclatura, despacha su oferta tanto a la clientela que acceda por esa calle como a la feligresía que se decante por la calle Marqués de Vallejo.

Un apresurado recuento de este tipo de locales confirma que está en nuestras manos dibujar un hipotético mapa logroñés con este tipo de bares. Iguazú o Vinuesa, por citar otros casos, podrían figurar en ese listado. Claro que ninguno de ellos (que yo sepa) alcanza la categoría de prodigio sobrenatural del que encabeza estas líneas: el ezcarayense bar Tres Puertas. El paraíso para los fanáticos de la castiza costumbre de frecuentarlos.

P. D. Uno de los bares más raros en que he estado (corrijo: el más raro) se ubica en México DF y tiene como protagonista principal a su puerta. Su única puerta. Que estaba cerrada. Había que tocar el timbre y esperar a que por la mirilla nos inspeccionara un caballero cuya epidermis había conocido mejores días, dueño de un mostacho intimidante. No era Pablo Escobar, pero se le parecía. Igual que el interior recordaba a ese tipo de antros tan caros a las pelis de narcos, incluyendo el personal que lo decoraba. Un tipo de bar como aquellos de Estados Unidos durante la época de la prohibición, cuyas puertas también solían estar cerradas: sólo se abrían si el Alí Babá de guardia lo permitía. Les llamaba ‘spekeasies‘ y todavía hoy sobreviven en la capital del imperio. Esta ruta que publico aquí propone un itinerario por Nueva York a través de esos locales donde te piden la contraseña cuando aporreas su puerta. En cuya barra te acodarías luego de despistar a tus potenciales seguidores cruzando por ejemplo por el interior de la cocina. Como si te fueras a marchar por la puerta de servicio. Un juego del que Logroño también dispone de su propio representante. Aunque en esa guarida, como en estos garitos del actual Manhattan, el alcohol ya no está prohibido.