La Rioja
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El vino tenía un precio (primera parte)
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Jorge Alacid | 10-11-2017 | 09:23

Copas de vino de Rioja. Foto de Justo Rodríguez para Diario LA RIOJA

 

Hace unos meses, este blog alojó una reflexión retrospectiva sobre cierto boicot de la clientela conspicua de los bares castizos con ocasión de una fulgurante (aunque lejana) subida del precio del vino, allá en el pleistoceno. Bueno, no tan lejana. Porque aquella rebelión ocurrió en los años 80 (ochenta): las tarifas se dispararon de un día para otro y los parroquianos reaccionaron como corresponde. Cabalmente. Es decir, que no sólo se indignaron, sino que peregrinaron hasta su red social favorita para proclamar su ira: las páginas de Diario LA RIOJA. Allí se consignó su protesta… con nulo éxito, la verdad: el precio del vino siguió por las nubes, pero al menos los firmantes del manifiesto tuvieron la oportunidad de divulgar al mundo su enojo explayándose a conciencia. Sin limitarse como hoy a la dictadura de los 140 caracteres. (perdón: 280 al cierre de esta edición).

Aquel episodio (bastante camp, hay que admitirlo) me intrigó. Más allá de la exploración arqueológica, me parecía que fomentaba alguna clase de pesquisa en torno al presente. Al aquí y al ahora. Así que, atención: pregunta. A cuánto se cobra la copa de vino en nuestros bares favoritos. Porque el lector habrá observado que la política de precios en el gremio de la hostelería puede calificarse como oscilante, o (por no tildarlo de veleta) veleta. Es decir, que no hay un precio único para el mismo producto, puesto que en determinarlo intervienen distintos factores que acaban por distorsionar la realidad. Se llama economía de mercado. Es una rama de la parapsicología. Así que, habida cuenta mis muchas limitaciones en este ámbito y en otros cuantos, hice lo de siempre. Consultar a fuentes generalmente bien informadas, como se decía antes en el periodismo. Con todos ustedes, el logroñés Fernando Bóbeda, observador agudo y dueño de un blog sobre vino cuya lectura recomiendo vivamente.

Quien recogió con la cortesía y sagacidad habituales la invitación, que se sustanciaba en la siguiente propuesta: que fuera anotando en sus periplos chiquiteadores que le llevan de la San Juan a la Laurel y zonas aledañas (y bebo porque me toca) a cuánto se cobra un vino. Se trata por lo tanto de una prueba muy arbitraria, que no pretende molestar a nadie sino que se limita a medir a título de ejemplo muy empírico qué le pasa a una botella de vino cuando ingresa en un bar y contribuye a rellenar unas cuantas copas. Qué sucede en ese momento en que el camarero de guardia acude a la máquina registradora y te trae la factura. Valga esta experiencia que relata el amigo Bóbeda para hacernos una idea, teniendo en cuenta que inició su peregrinaje en el ya remoto verano.

“Tomé como referencia el Tobías Selección, de Cuzcurrita”, relata. “Encontré precios que van de 1,50 a 2,10 euros en una botella que a precio de bar oscila entre los 5 y los 6 euros”. Siguiente ejemplo, Tobelos, la bodega de Briñas. “Es más constante”, explica. “Se cobra a una horquilla entre 2 y 2,30 euros, cuando en precio de origen es sólo ligeramente superior”, añade. “Mi referencia”, apunta sobre este particular, “es precio de botella en origen multiplicado por 2,5, contando siete copas por botella en crianza y ocho en cosechero”.

¿Sirven de algo a alguien estas correrías cronometradas calculadora en mano de nuestro hombre? Veamos. Porque avanzando el estío se dejó caer el amigo Bóbeda por la querida León, donde prosiguió sus investigaciones. Con estos resultados. “Un corto y un Ramón Bilbao Reserva, más tapa de chorizo y cecina con media barra de pan, nos salió por 3,60 euros”, anota. En otro local, registra lo siguiente: “Un corto y un Zuazo Gastón, más dos lonchas generosas de queso, 3 euros”. Y subraya: “Lo dejo a tu criterio”. Como insinuando que… Como insinuando que rellene el improbable lector los puntos suspensivos y luego tome nota de la siguiente parada leonesa del referido peritador: “Corto de cerveza más Rioja Bordón y dos croquetas, 3,50”.

Proseguimos, con pesquisas más recientes. “Estar poteando por San Juan y pedir un Bozeto de Tom Puyaubert en dos bares ejemplares sirviendo vino –prácticamente pared con pared por dar más datos-, y pagar en uno 1,70 y 2,20 en el otro”, añade. Se pueden agregar puntos suspensivos (licencia de quien firma estas líneas) o concluir que, en efecto, la economía de mercado es una rama de la parapsicología. Para comprender algunos de sus estropicios, se necesita la güija. O bien concluir con el mentado Bóbeda su siguiente dictamen. Primer principio, compartido por cierto, en forma de pregunta: “¿El vino se vende caro en Logroño? Te diré que el del cosechero sí me parece un precio abusivo”. Y dos: “La idea final es que las cuadrillas de chiquiteros como las hemos conocido no interesan. Y si sobreviven únicamente podemos encontrarlas en los barrios. Ellos, los chiquiteadores, no alternan a vinos con crianza, únicamente a cosecheros. Resultado: Laurel y San Juan están vedadas para ellos por razones económicas”.

A lo cual, servidor, que carece de semejante ciencia, sólo puede añadir la frase célebre de Tony Soprano: “Amén a todo”. Y que, como los folletines antiguos, continuará.

P.D. A este menester de calibrar el precio de un vino, que ya insisto en que carece de validez científica y debe tomarse como lo que es (un pasatiempo), contribuye el autor de estas líneas con su propio trabajo de campo. Una factura recién endosada en un bar de Madrid, bastante chulo por cierto: se aloja en la calle Ponzano esquina a Bretón, zona hoy en pleno proceso de gentrificación, bajo el nombre de La Malcriada. El precio puede quitar el hipo: 7,80 euros, a suerte de 3,90 por cabeza. Era un Rioja de Luis Cañas, fetén por cierto. Que en Logroño se tarifa mucho más económico, aunque aquí debo añadir alguna advertencia que matiza la conclusión más apresurada. Una, que como es costumbre en Madrid, la dosis de vino era generosa, tirando a exagerada: con esa ración se llenan entre nosotros un par de copas, así que el vino te saldría por la mitad (1,95 euros). Segundo aviso: que, como también es costumbre en la capital del Reino de España, se acompaña de una tapa de regalo, un jugoso huevo relleno que me transportó a la infancia, cuando semejante bocado poblaba las mesas familiares de media España. Tercera apostilla: que hubo otro obsequio de la casa, a petición del consumidor, consistente en un platillo de estupendas aceitunas, una de mis devociones. Y cuarto: que todo lo antedicho fue despachado con gracia, simpatía y sentido de la profesionalidad por una espabiladísima camarera. De donde concluyo que el precio final, inicialmente astronómico, finalmente no fue para tanto. Y que el poeta tenía razón: es de necios confundir valor con precio.