La Rioja
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Los contertulios
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Jorge Alacid | 31-12-2017 | 10:14

Vista de La Granja. Foto de Jalón Ángel (Archivo Casa de la ImagenI

 

En aquel tiempo ancestral los niños observábamos a nuestros padres a una distancia prudente, siguiendo el viejo mandato: no molestar. No importunar a los mayores, a quienes uno se acostumbró a ver de lejos en aquella cafetería La Granja que durante años ejerció como una prolongación del hogar familiar. Te sentaban en el sofacito bajo la escalera, te obsequiaban como mucho con un vaso de agua del grifo y ejercías de actor sin frase en la película que sólo protagonizaban ellos, los adultos. Ellos y nosotros éramos planetas aislados cuyas órbitas sólo de vez en cuando se rozaban entre sí. Los mayores también formaban su propia órbita, la construida en torno a la tertulia orquestada con sus afines, planetas de sí mismos: de la tertulia vecina podía desprenderse cierta mañana algún miembro que se encontraba de repente huérfano de compañía y buscaba algo de calor entre los semiextraños. Tertulias casi siempre multitudinarias: yo localizaba entre aquel barullo de ternos y corbatas, risotadas y chocar de cucharillas en las tacitas de café a mi padre como una sombra fugaz, subsumido entre la piña formada por el resto de contertulios y sentía una punzada de envidia. De mayor quería ser como ellos.

¿Y cómo eran ellos en aquella interminable tertulia que fue Logroño durante largos años? Lo antedicho. Señores pulcramente aseados y vestidos, la barba rasurada (salvo en el caso de aquel militar célebre o del médico apodado así, El Barbas), que procuraban arreglar el mundo cada día para comprobar al filo de la medianoche que su propósito había sido en vano. También algún grupo de mujeres, damas de distinguida indumentaria compartiendo risas o atacando en solitario el cafelito. Pero sobre todo hombres. Hombres sentados en las mesitas del fondo, convertidas en paso de paloma según los dictados del camarero Santos y del jefe de todo aquello, Dámaso, vigía sutil desde la máquina de café. Más hombres con el pie en el estribo de la barra, el pañuelo asomando por el bolsillo de la americana, que se dejaban limpiar los zapatos mientras se pedían una de gambas, hábito al que mi padre fue sin embargo siempre refractario y esa herencia me dejó: no permitir que nadie te lustre jamás el calzado.

Aquella tertulia de La Granja fue perdiendo integrantes por razones de pura biología, que tiene cosas que la razón no entiende. Del primitivo grupo se quedaron sólo unos pocos contertulios, embargados por esa clase de tristeza que se alcanza cuando sabes lo que antes ignorabas: que la vida es una enfermedad mortal. Sólo quedaban ya junto a mi padre el relojero Barrios, Antonio (el del Ayuntamiento) y el legendario Julio, cuya estatura alcanzaba para mí la aureola de un Matías Prats (senior), por la sencilla razón de que lo escuchaba de buena mañana hablando cada día desde el micrófono de Radio Rioja: como trabajaba en Obras Públicas, se encargaba del parte de carreteras. Yo los seguí viendo luego ya de adolescente tomando la misma distancia, la larga distancia. Me asombraba su tenacidad para sostener la costumbre de acodarse en aquella hermosa barra curvilínea manteniéndose fieles a unas pocas máximas, pero de imprescindible cumplimiento: por ejemplo, nunca quedaban con antelación. No existía la cita previa: cada cual se dejaba caer más o menos a la misma hora, de modo que todos ellos se agrupaban con la misma naturalidad y elegancia de los trozos de glaciar cuando se desprenden de la roca madre y vagan por la mar océana hasta dar con otro de los suyos.

Otra máxima era el silencio. Podían estar durante un largo rato cuchicheando, otras veces alzaban algo la voz o reían alguna ocurrencia del vecino, pero la mayor parte del tiempo la dedicaban a contemplar mudos la vida a través de los enormes ventanales que daban a la calle Sagasta. Vieron desaparecer a la plantilla clásica de camareros, dijeron adiós a la gallarda decoración icónica y se despidieron también de los miembros más veteranos de las otras tertulias, que en consecuencia dejaron de orbitar a su alrededor. Se transformaron sin saberlo en numantinos: resistían como (casi) los últimos logroñeses adictos al rito inmemorial de la confidencia ritual o el cotilleo repentino. Al hábito de jugarse la consumición a los chinos (o los dados). A la tendencia matinal de abandonarse a la conversación en principio intrascendente donde sin embargo anidaba a menudo la auténtica sustancia de los días.

Yo ignoraba todo esto, por supuesto, aunque algo intuía. Desde entonces mantengo un respecto secular hacia las tertulias en los bares y también a sus integrantes. Supongo que fue la clase de enseñanza que adquirí por el método que garantiza la perfección en el arte del adiestramiento: que lo entendieras por tu cuenta. Solito. Sin lecciones ni sermones. No se necesitaba a ningún maestro para concluir que la regla básica era sencilla: abrir muy bien los ojos y los oídos. Porque ahí se encerraba el misterio de la vida, que por entonces aún me parecía interminable.

No lo era. Este otoño se llevó a Antonio, el último miembro de aquella tertulia paterna. Mi padre fue el primero en caer, hace ahora veinticinco años: repaso la cifra y todavía me asombro. Porque aunque La Granja ha vivido mejores tiempos y su actual aspecto clausurado invita a la depresión, yo todavía sigo pasando por su puerta y siento su presencia fantasmal acompañando mis pasos logroñeses. Aún veo también a sus compañeros de tertulia, que militaban en una categoría distinta a la de amigo: ninguno lo era. No, no eran amigos. Eran otra cosa, más sutil y profunda. Camaradas. Compañeros de viaje. Así que terminada la cháchara mañanera, cada cual se iba por donde había venido, lo cual quedaba confirmado en cuanto veías al relojero Barrios haciendo de nuevo guardia ante su tienda de Portales, sardónico centinela de la calle, una de las personas más divertidas que he conocido. También él se fue, como Julio, cuya voz dejé de atender en Radio Rioja alertando de no sé qué peligro acechando en la carretera hacia Navajún por Valdemadera.

Hoy, una preciosa foto de Jalón Ángel retratando aquel bar tal y como lo conocí, tal y como lo recuerdo en estas ensoñaciones, me invita a contener algún sollozo por tanta y tanta pérdida. Por la de quienes nos precedieron en este valle de lágrimas y por la pérdida de esa antigua ceremonia de la tertulia, que apenas se practica ya entre nosotros. En esa foto, que se exhibe estos días en el Ayuntamiento cortesía de la Casa de la Imagen, La Granja es una presencia no menos fantasmal que la fantasmal presencia de quienes la habitaron: iluminada por una luz que haría feliz a Hopper, enfocada desde Hermanos Moroy, la elegante rotulación invita a ingresar en ese acogedor vientre tan rico en líquido amniótico donde aguarda la promesa de un Logroño mejor. Donde Santos te despacharía el cruasán que tú no sabías que querías pedir y Dámaso vigilaría desde la máquina del café como el timonel de una fragata. Donde los caballeros se darían codazos entre risas mientras lanzaban sus alegatos al aire repleto de humo, fumando con la distinguida parsimonia que sólo algún logroñés castizo preserva y arreglando cada mañana lo que al día siguiente se volvería a estropear, mientras jugaban a los chinos (o a los dados) en silencio.

Mientras la vida iba y venía alrededor de nuestro pequeño mundo.

P. D. Tal vez la tertulia murió cuando murió la tipología de cafés que las cobijaban. Carentes de locales estilo La Granja, los logroñeses se resignaron a deambular en busca de la tertulia perdida y sólo hallada, según mi recuento, en dos bares: el Ibiza, donde al fondo puede tropezar la clientela cada mañana con un grupito de veteranos en el arte de hablar por los codos, y el Carlton, cuya tertulia alguna vez ha aparecido también por aquí. Donde acaba de causar baja otro de sus miembros, Félix Pedrosa, logroñés de esa misma estirpe. El linaje de logroñeses caballerosos y elegantes que nos dejan el listón casi insuperable a sus sucesores.