La Rioja
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Fecha: enero, 2018
‘El bar’
Jorge Alacid 12-01-2018 | 8:25 | 0

Cartel de la película 'El bar'

 

Puesto que su hermano mayor vive en Logroño, hace algún tiempo no era tan raro tropezarte con Alex de la Iglesia por estas calles pobladas de bares tan parecidos al que protagoniza su peli así titulada: ‘El bar’. Con el paso del tiempo, ocurre que o bien su visita ya no es tan habitual o es que tal vez no coincidimos como aquella mañana de Navidad en que guardamos paciente fila en la tienda donde cada uno protestaba por la mala vida que nos daban nuestros respectivos Macs. Donde por cierto recibimos esa clase de trato que justifica que al menos quien esto escribe se cambiara de ordenador y que la citada tienda desapareciese pronto de nuestra vista. Ignoro si también el director de ‘El bar’ desertó de Steve Jobs: las noticias que llegan de él no descienden a estos detalles. Se limitan a confirmar su éxito en el mundo del cine, sus cuitas como director de la Academia ya superadas y su ejemplar habilidad para convertir cada entrega de su filmografía en un capítulo donde indaga sobre eso tan raro que llamamos España. Eso tan raro llamado nosotros.

España en sus bares: acodado en la barra, el pie en el estribo, De la Iglesia jugueteaba tal vez con el mondadientes por entre las comisuras de los labios mientras cavilaba sobre su penúltimo artefacto como quien va encajando piezas en ese rompecabezas nacional y se pregunta cómo se construye el imaginario que nos rodea, siempre tan cañí. Y concluye: se construye en el bar. Ese tipo de espacio donde cada cual saca lo peor de sí mismo, el ruido ambiente todo lo contamina y la redención tantas veces resulta imposible: sí, el bar. Por supuesto. El bar como metáfora de España. Ojo: no cualquier bar. No: para reflexionar sobre ese españolito que viene al mundo para que le hielen el corazón, De la Iglesia elige el bar de-toda-la-vida. Serrín en el suelo, cabezas de gambas al pie de las mesas de formica, taburetes vintage y camareros con mucha mili en el mandil, que cada mañana procuran preservar intacto ese universo tan caro a toda una generación de ciudadanos que encuentran entre sus paredes lo que resulta tan difícil de hallar fuera de España, con la señalada excepción de algunos garitos italianos según mi pobre experiencia. Es decir, el bar como complemento del hogar familiar, donde sin embargo podemos comportarnos con esa clase de libertad que nos niega el propio domicilio.

Dicen que De la Iglesia quería rodar su peli en el totémico Palentino de la madrileña calle del Pez: ese tipo de bar que ya empieza a no existir. El bar que todavía resiste en algunos recodos de nuestras ciudades, Logroño incluida. Ese bar que todos llevamos dentro, donde todavía se tarifan las viandas y tragos a precios anteriores a la fiebre del euro. Pero los dueños del Palen se negaron a dejarse invadir por la cofradía del cine y las pantallas del país se vieron colonizadas por una especie de clon de ese Palentino que, en efecto, también media España lleva dentro. Lo cual parece una metáfora pertinente del cine como fábrica de sueños y también como una vigorosa confirmación de que algunos caballeros patrios no se dejan avasallar por la fama sobrevenida de este tiempo tan vertiginoso: que inventen ellos, vino a decir el dueño del Palentino.

Así que De la Iglesia y compañía se inventaron, en efecto, su clon del Palen, lo poblaron de esas mismas criaturas que usted y yo hemos visto en nuestra andanzas como parroquianos (el camarero fetén, el cliente insoportable, el parroquiano rarito que lleva anidando en el mismo rincón tanto tiempo como la botella de Fundador que envejece en la vitrina) y convirtieron (de nuevo) al bar en protagonista: porque eso ocurre también en este película, que acabo de despachar desde el deuvedé familiar. Que el auténtico protagonista, el primer actor es el propio bar.

Alguna vez se ha hecho recuento en este blog de tantos bares legados por el cine. Eran por supuesto estupendos los del Lejano Oeste, con el pianista a punto de ser abatido en cada secuencia. Donde se perpetraban aquellos insuperables diálogos a lo ‘Johnny Guitar’ (“Miénteme, dime que siempre me has querido”) o nos mondábamos de risa cuando Alan Ladd se pedía en ‘Raíces profundas’… un vaso de leche. Maravillosos garitos también los del cine negro, tragos rápidos y furtivos bien ahumados por la nicotina que exhalaba de sus labios alguna mujer fatal (Rita Hayworth en ‘Gilda’, Ava Gardner en ‘Fugitivos’, Gene Tierney en ‘Laura’, Gloria Grahame en ‘Sobornados’) e inolvidable mi garito predilecto, el bar de Rick en la mil veces vista Casablanca: ese bar donde todos nos escandalizamos cuando el inolvidable Claude Rains se encarnaba en el capitán Renault y descubría que allí, horror, se jugaba a las cartas. En todas esas cintas, en realidad, el bar nunca juega un papel secundario; al contrario, a su alrededor se moviliza la trama, se activan los personajes y crece la película hasta convencernos de la verdad: que nuestra experiencia como espectadores aspira a traspasar la pantalla y acodarnos en esa barra tan prometedora. O sentarnos en sus veladores. Ver la vida pasar desde esos bares que desde luego son de película.

Yo creo que demasiadas veces, cuando ingresamos en alguno de nuestros locales favoritos o visitamos alguno nuevo, nuestro subconsciente (o nuestros corazones) aspiran a tropezarse con uno de esos bares. Un bar de cine, donde confraternizar con la parroquia como si fuéramos estrellas de Hollywood (o de Cinecittà), los camareros fueran tan interesantes como el Tío Pío de ‘Gilda’ y su atmósfera tan inigualable como la del bar de Rick: bares donde te entren por ejemplo ganas de cantar ‘La Marsellesa’ ante un jerarca nazi aunque no te hayas tomado ni un vino.

Así que sólo puedo felicitar al señor De La Iglesia: aunque le pongo algunos peros a su peli, mi enhorabuena. Ha logrado edificar en las diversas pantallas ese bar que todos llevamos dentro.

Y ojalá que los sucesores de Mr. Jobs le hayan arreglado su Mac.

P.D. El bar desde donde emite la emisora de Alex de la Iglesia en su penúltima cinta será de mentirijillas, pero desde luego existe. Aunque ahora se bate en retroceso, se trata de una tipología fetén, que debería preservar la UNESCO. Y es un bar muy madrileño, desde donde contribuye a configurar una proteica paleta de garitos propios del foro con otros dos linajes que también han conocido mejores días. La taberna de toda la vida (larga vida a La Venencia y su inmarcesible tiza) y el café, del que restan algunos fedatarios. El Gijón, por supuesto, y el renacido Comercial: lo visité en una excursión reciente y fue un placer ahuyentar sombríos fantasmas. La nueva dirección le ha lavado la cara pero mantiene la decoración conspicua, tan querida. Su espíritu permanecerá mientras la parroquia de guardia mantenga la saludable costumbre de acodarse en su barra o entablar tertulia en sus mesas. Allí por cierto nos observa una foto de Rafael Azcona: honor a los lares tutelares.

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A la rica tapa
Jorge Alacid 08-01-2018 | 10:30 | 0

Ganadora del mejor pincho de la edición 2016. Foto de Juan Marín

 

Por obra y gracia de una gentil mano amiga, el año pasado fui pastoreado por unos cuantos rincones de esta tierra a la caza y captura del unicornio azul: esto es, la mejor tapa de La Rioja. La organización que impulsa El Rioja y los 5 sentidos pensó en quien esto firma como improbable jurado de la edición 2016, lo cual me resultó gratificante por varias razones, que enumero según me vienen al magín (también llamado caletre o cacumen). Porque me sirvió para integrarme en un contingente de expedicionarios tipo los que reclutó Shackleton para hollar la Antártida… Bueno, tal vez exagero. Lo cierto es que la amigable compañía de esos caballeros procuró un par de sábados bien divertidos, catando los mejores frutos de unos cuantos bares desperdigados por la geografía regional.

La experiencia me ayudó a conocer unas cuantas barras alejadas de Logroño, que piso muy de vez en cuando. Me llamó la atención la alta profesionalidad de varias de ellas, cuyas cocinas albergan inspiradas manos que despachan unas estupendas golosinas que no citaré: está feo eso de ir señalando, según nos adiestraron nuestros mayores. Tercer momento cumbre de aquel peregrinaje de bar en bar, cata que te cata. Que la organización pensó que quien esto firma bien podría pergeñar unas líneas para que, con ocasión de la final celebrada en Riojafórum, se tributara un merecido tributo al gran Sebas del bar homónimo, cometido que cumplí con celebrado agradecimiento por parte de los destinatatios del homenaje (es decir, Sebas y familia), aunque en realidad la gratitud es mía, como ya consigné en su día en este mismo espacio.

Si vuelvo hoy sobre mis pasos es porque el calendario obliga: el día 12, este viernes, se acaba el plazo para que quienes lo deseen prueben suerte en la edición 2018. Debo advertir que además de lo arriba citado, también regresé satisfecho de la experiencia porque la organización se tomó el asunto con elevadísima profesionalidad. Me maravilló su pericia adiestrando a los miembros del tribunal, la claridad expositiva que emana de Mikel Zeberio, ideológo de esta cosa de las tapas, y la perfecta sincronía con que todos fuimos ejecutando nuestros movimientos según un guión que dispone incluso de preboceto: en los días previos a que se cierre la inscripción, unos cuantos sherpas se diseminan por los bares patrios observando su desempeño y animando a aquellos que creen más dotados para esto de la tapa a que se apunten y prueben fortuna.

En este cometido se procura de paso que la representación del sector sea geográficamente homogénea. Quiere decirse que entre los inscritos haya por supuesto bares de Logroño, pero también se presenten de La Rioja interior. Que las cabeceras de comarca cuenten con sus propios embajadores y que, en el caso de la capital, en las candidaturas no sólo se postulen esos bares que usted y yo conocemos, sino aquellos otros que se desempeñan con espíritu de superación y olfato culinario y tal vez por alojarse en la periferia se arriesgan a pasar desapercibidos. Así sucedió el año pasado y así supongo (y espero) que suceda éste: que la suerte, como en la lotería navideña, esté repartida…

A lo cual sin embargo no ayuda ese perfil conformista que también usted y yo hemos notado en amplias capas de la hostelería regional. Que parecen demasiado cómodas abandonadas al sota, caballo y rey. Y que además no parecen muy animadas a competir entre sí, por aquello de que si no ganas se te queda la célebra cara de tonto. Lo cual puede resultar comprensible, pero hasta cierto punto: si todo el mundo hiciera lo mismo, España no acudiría al Mundial de fútbol, no vaya a ser que la eliminen. Otra tragedia semejante: también nos quedaríamos sin Eurovisión

Lo cierto es que, si algún improbable y potencial candidato lee estas líneas y acaba por animarse, a mí me parece que no se arrepentirá. Más allá de que el jurado acabe por incluirlo entre quienes pasan a la final y al margen de que luego consiga o no convencer al docto tribunal que se dará cita el 24 de febrero en Riojafórum, formado ya exclusivamente por profesionales de la cocina, y sea por lo tanto merecedor de algún premio, sólo por inscribirse ya detectará unas cuantas ventajas. Su candidatura le permitirá explorar su recetario y mejorarlo… Observar lo que sucede a su alrededor dentro de su gremio, que siempre se aprende algo… Conocer la opinión de los miembros del jurado cuando les visitemos, que en algo también contribuirá a perfeccionar su trabajo… Son unos beneficios intangibles, que se resumen en el célebre dicho: renovarse o… Puntos suspensivos. Que cualquier interesado puede rellenar a golpe de ingenio, buena mano para la cocina, mejor ojo para la presentación y ese toque final que mejora cualquier cosa salida de cualquier fogón. Simpatía. El golpe mágico que asegura un buen servicio y garantiza las mejores tapas.

P. D. El ganador del año pasado de este mismo certamen fue un pincho que no figuraba entre los que cató el grupo de jurados donde me integré. Se trata de la tapa ‘Oído cocina‘, del bar Letras de Laurel, a cuya responsable, Lucía Grávalos, se le debieron llenar ese día los oídos, precisamente, de elogios, puesto que el tribunal que le concedió el galardón se prodigó en alabanzas con tanto entusiasmo que me apresuré a citarme ante su barra y reclamar ese bocado. Que es, como se ha podido adivinar y habrán podido degustar los interesados, una oreja. Una oreja en su salsa, con su laurel y su perfume a guindilla. Delicioso. Doy fe. Aunque en materia de orejas, siempre nos quedará el Perchas. El antiguo y el actual. Por no citar las de Taberna de Baco… Si alguien sabe de alguna más, soy todo oídos.

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