La Rioja
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Fecha: enero, 2018
Diez pinchos de Logroño… para un amigo de Granada
Jorge Alacid 25-01-2018 | 4:33 | 5

Diez tapas de diez bares de Logroño. Fotos de Justo Rodríguez

 

Semanas atrás, a propósito de una entrada que publiqué sobre el concurso que busca por La Rioja la mejor tapa servida en alguno de nuestros venerables bares, el amigo Javi F. Barrera me retó a un duelo incruento a través del éter. El caballero, periodista como quien esto firma, despliega en el diario hermano Ideal de Granada una interesante propuesta informativa llamada Cableados que en algo emparenta con este blog: también procura callejear en cuanto puede. Así que, fruto de su intuición, el autor de Cableados me planteaba un desafío: que publicara una nueva pieza donde proporcionara al improbable lector, e hipotético turista granadino, una serie de pistas para deambular por los bares de Logroño atacando sus pinchos más beneméritos.

Luego de darle alguna vuelta al asunto y compartir confidencias con el colega Barrera, acordamos cuanto sigue: que, en efecto, publicaría en este blog un artículo como el que ahora perpetro. Algo así como mis diez pinchos favoritos de Logroño. Mejor dicho, aquellos diez más celebres. Los indispensables, más o menos. No porque a mí me lo parezcan, sino porque observo a su alrededor un acabado consenso. Esos diez pinchos que, nos gusten más o nos gusten menos, son los que concitan cierta unanimidad, nunca absoluta. Afortunadamente. A esta pieza responderá el amigo Barrera con otra semejante, aunque ya me advierte de lo siguiente: que eliminará de ella las diez tapas que, como es saludable norma en la patria de Boabdil, ofrecen de regalo los bares granadinos. No: las que proponga la próxima semana serán aquellas que, como éstas que aquí se incluyen, serían las que un logroñés de visita por los alrededores de la Alhambra debería catar inexcusablemente si quiere forjarse una idea cabal de las habilidades culinarias de los bares granadinos.

Así que manos a la obra. Tras consultarlo con la almohada, y con algunas opiniones expertas, lanzo en esta apresurada relación diez pistas, que no solo se destinan a saciar la curiosidad del potencial público, sino a estimular el apetitito de quienes lo lean un día de éstos por Granada. Si además luego se animan dejarse caer por Logroño y comprobar por sí mismos lo atinado (o no) de mis recomendaciones, doblemente agradecido: por haberme leído y por hacerme caso. De modo que oído cocina, en riguroso orden alfabético, con todos ustedes. Dos puntos:

 

Bravas del Jubera

 

1. Bravas. Las del Jubera. Las hay por doquier repartidas en formato cazuelilla por todo el mapa logroñés, pero como ya advirtieron los lectores de este blog (y ellos no pueden equivocarse): las mejores patatas bravas se sirven en esta acreditada casa de la calle Laurel, antes bautizada como La Mejillonera (yo la sigo llamando así). Despachadas como le gustan a un servidor: con simpatía. Con mucha simpatía. Crujientes por fuera, mullidas por dentro, justas de picante y tarifadas a precios de antes del euro. Gloria bendita: santo y seña de Logroño. (Jubera, calle Laurel 18)

 

Bocata de calamares del Torres

 

2. Calamares. En raciones o en bocadillo, los amigos calamares alegran la ingesta de vino con tanta tenacidad como adaptación al ecosistema culinario-hostelero. Quiere decirse que entre pan y pan alcanza su mejor encarnación en el Torres de la calle San Juan, porque sus ideólogos tienen la buena idea de servirlo con una ejemplar salsa alioli sobre la que evito todo comentario: hay que probarlos. Estupendo el punto de fritura, mercancía de primera clase y modélico el servicio: hay otros calamares, pero no son los del Torres. (Bar Torres, calle San Juan 31)

 

Bar Soriano

 

3. Champi. Sí, también hay otros champis que no factura el Soriano de la Laurel (de su travesía, más exactamente) pero estos bocados han alcanzado justa fama por vaya usted a saber qué razón. Lo encantador del bar, por ejemplo, minúsculo espacio que atesora un atractivo insondable no sólo para el indígena, sino también para el forastero, allá penas si no sabe comerse el pincho como debería ser norma. De un bocado, qué importa si lo sirven abrasando y qué más da si la suculenta salsilla se derrama por la pechera. Con gamba o sin ella, el Soriano es mucho Soriano. (Bar Soriano, Travesía de Laurel 2)

 

Ensalada de El Soldado de Tudelilla

 

4. Ensalada de tomate. ¿Una ensalada es una tapa? Respuesta: sí. Sí… si la sirve el gran Manolo desde El Soldado de Tudelilla. No debemos llevarle la contraria porque amenazaría con contarnos un chiste. Y no, Manolo. No. Preferimos que saques del fregadero esos misteriosos tomates que siempre están maduros, los partas a la velocidad del rayo y les añadas a sus compañeras de viaje (gloriosa cebolla, jugosas aceitunas) antes de propinar el golpe genial. El toque maestro: sal, aceite y vinagre. Con el ingrediente fundamental: amor. Mucho amor. (El Soldado de Tudelilla, calle San Agustín 33)

 

Miguel, en la barra de La Hez

 

5. Gilda. Igual que el señor Fleming inventó la penicilina medio por descuido, nuestro inventor particular (Miguel le llaman) apareció un día por su bar de la Laurel (Sierra La Hez: con perdón) garrafón en ristre. Se le había echado a perder el vino que guardaba en casa pero una cata de urgencia confirmó el milagro: ese vinagre era un manjar de dioses, sólo apto para estómagos indómitos. Con ese néctar riega sus banderillas, concediendo un mimo especial a la amiga gilda, pincho tradicional que siempre admite reinvenciones. Finolis abstenerse. (Bar Sierra La Hez, Travesía de Laurel 1)

 

Alfonso y Elena, en su Mesón

 

6. Morros. Qué morros tienes, Alfonso: desde tu mesón de la calle Villegas despachas esta golosina marginada por lo culinariamente correcto, que depara grandes niveles de colesterol pero también inolvidables alegrías a quien los cata. Porque qué tienen tus morros, amigo Alfonso, que los hace iniguables. Será esa materia prima sin tacha, procedente de animales de toda garantía. o ese especiado mágico que afina su sabor. Aunque más me malicio que sea culpable de semejante placer la mano experta que en la cocina le procura un cariño sin igual. (Mesón Alfonso, calle Villegas 31)

 

Orejita del Perchas

 

7. Orejitas. El amigo granadino que viaje hasta Logroño deberá ser todo oídos: así está garantizado que sacie su curiosidad atacando la ración de orejas que propone el Perchas. Claro que el bar antiguo proponía una decoración vintage, con su banderín del Atlético de Madrid, que añadía un encanto bizarro a la ingesta de semejante bocado pero en su actual formato esa orejita rebozada asegura lo mismo que aseguraba su hermana mayor: un delicado aterrizaje en la panza, luego de mordisquear las sutiles membranas y confirmar lo tantas veces sabido. Que hay otras orejas, pero están en éstas. (Bar Perchas, Travesía de Laurel 3)

 

Un tigre del Cinco Pesos

 

8. Tigre. Dícese del selvático animal de piel pintarrajeada que tanto aporta al recetario clásico español. Porque en formato mejillón, adopta en efecto las características de esa fiera, una ingeniosa denominación que se despacha desde el Cinco Pesos según una receta personal e intrasferible. Como la fórmula de la Coca Cola. El discreto empanado, un leve embozo que multiplica las propiedades de esa jugosa carne mejillonera, administrada en esta casa con la sabiduría que proporciona saber el punto exacto de picante. Una textura memorable, que se recomienda degustar de dos en dos. (Bar Cinco Pesos, República Argentina 27)

 

Brindando en el Lorenzo

 

9. Tío Agus. Hablando de fórmulas secretas: en qué jugosa salsa se envuelve el bocatita denominado Tío Agus, que despachan por cientos, por miles, desde el Lorenzo. Se ignora, desde luego: sus custodios, alquimistas de este delicioso manjar que tiene cautivada a su clientela. Algo sí sabemos. Que se factura según la receta de la abuela Damiana, matriarca de la familia de reconocida pericia en los fogones, y que el condimento sirve para realzar las virtudes intrínsecas de la estupenda materia prima del bocata: lomo (“de parte trasera”, como matizan sus ideólogos). Que aproveche. (Mesón Lorenzo, Travesía de Laurel 4)

 

Juan, en la puerta del Sebas

 

10. Tortilla de patata. La del Sebas. Por supuesto, las hay de todos los gustos repartidas por el mapa del Logroño hostelero, pero la del Sebas añade atractivos adicionales. No es el menor de ellos observar cómo la mercancía viaja hacia el nivel de la calle desde el piso superior que aloja la cocina, a través de ese discreto montacargas que pertenece al imaginario propio de todo logroñés. Pero es que cuando la parroquia ataca el pincho comprueba que aquí todo está en su sitio: la perfecta carta de vinos acompaña la cata de un jugoso bocado, sutilmente deconstruido desde el siglo anterior al nacimiento de Ferrán Adrià. La tortilla que se deshace en la boca. (Bar Sebas, calle Albornoz 3)

P. D. El suculento duelo que aquí protagonizaremos está destinado a acabar en empate, porque de momento es un pugilato virtual. Salvo que alguien (los perpetradores de este experimento, por ejemplo) se animen a una cata en ambas ciudades protagonistas del experimento y puntúen la veintena de recomendaciones. Para lo cual, en todo caso, habrá que esperar: la próxima semana nos responderá Javi Barrera desde Granada. A ver qué nos ofrece, que promete ser jugoso. Aunque tal vez no tanto como la idea que le ronda la cabeza: desempatar un siglo de éstos en la otra ciudad que tan bien conoce, Donosti. Me pongo en sus manos.

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Dos veces doble
Jorge Alacid 19-01-2018 | 9:00 | 0

Interior de la cervecería El Doble. Foto de la web Bacomanía

 

Algún corresponsal de este blog me sugería hace semanas, a partir de algún comentario sobre la pujante escena de bares que aloja la madrileña calle Ponzano, que le dedicara una entrada para glosarla en exclusiva. Así que con esa recomendación azotándome el hipotálamo regresé días atrás por la mencionada calle y alrededores, que forman una adictiva panoplia de locales. Una malla muy rica en diversas tipologías, lo cual añade un elevado interés a la trasiega por sus barras, puesto que el cliente tiene donde elegir: desde el garito de toda la vida a la anciana taberna; desde el bar a la madrileña en plan tasca, hasta lo último de lo último en gastrobares. Anote el improbable lector otros atractivos: por ejemplo, que a diferencia de otras zonas de Madrid tomadas por el turismo, lo cual genera alguna incomodidad por lo atestado de los bares y las exorbitantes hojas de precios, Ponzano tiene algo de isla. Un oasis. Bares para los indígenas: héte aquí un eslogan que resume el encanto de esta zona. Que además, y ese es otro aliciente, pilla muy a mano. En el corazón del foro.

Así que este blog se marcha de nuevo de excursión. Y se marcha de nuevo a Madrid. ¿De qué bares hablamos cuando hablamos de Ponzano? En realidad, de una baraja de ellos muy recomendables. Porque, como mencionaba arriba, su oferta es poliédrica y panorámica, lo cual garantiza alta actividad en dos horas puntas del día: la del aperitivo, que se despacha al estilo madrileño (esto es, vermú largo: dícese del que se prolonga hasta bien entrada… la tarde) y la nocturna. Esa franja que se edifica a partir de las ocho y aquí dura hasta la medianoche, cuando la marea humana (ojo: hablamos de auténticas muchedumbres) se disgrega en busca de prolongar la ingesta o de regreso al hogar. La calle central, la citada Ponzano, y las aledañas (Bretón, Espronceda, Alonso Cano) ofrecen durante esos dos tramos horarios (sobre todo, en fin de semana) un aspecto formidable, con algunos hitos que no renuncio a mencionar.

Por ejemplo, La Máquina, una de las franquicias de mayor rango capitalino, donde se ofrece un picoteo lejanamente inspirado en el recetario asturiano que convoca diariamente ante su barra a una multitud. Difícil hacerse un hueco. O La Malquerida, reluciente local también propicio para el tapeo, que obsequia como el resto de sus hermanos con la típica cazuelita de regalo tan propia de Madrid. Más referencias: Fide (con su estupenda batería de latas, esas suculentas conservas de lujo), la taberna de Alipio Ramos (inexcusable visita, aunque sólo esa por su espíritu tan bizarro) o Sala de Despiece, minúsculo establecimiento donde resulta habitual topar con el personal haciendo fila a sus puertas, deseando hacerse con alguna de sus golosinas.

 

Interior de El Doble, en la esquina de Ponzano con Abascal. Foto de Mahou

 

En esta relación de urgencia se deberá anotar también Casa Tino, Pinzano o La Parroquia, por citar unos cuantos casos más. Pero si debo confesar mi favorito, no tengo dudas: El Doble. Castiza cervecería que lo tiene todo para enamorarme, en su doble versión. Por que hay dos bares llamados El Doble en la misma calle. La más humilde en tamaño, hermana mayor por antigüedad de la breve familia de locales, es mi favorita: se aloja en la misma Ponzano, en el tramo cercano a Ríos Rosas, y encierra una saludable promesa de tragos reconfortantes y bocados cañís. Entre los primeros, como es natural en cualquier garito de la capital, la caña, extraordinariamente bien tirada por supuesto; entre los segundos, esos platillos de boquerones tan vinculados al imaginario hostelero-madrileño, ofrecidos entre una sinfonía de piezas de marisco tarifadas a precios contenidos.

Tantos los acreditados tragos como los bocados fetén se despachan además con ese tipo de profesionalidad tan cara a los bares de siempre: una magistral coreografía ejecutada por el equipo de camareros que barren todo el frente de barra sin inmutarse, allá penas si no cabe nadie más en el minúsculo pero encantador espacio: ellos nunca se alteran. Un monumento a la eficacia. Con una mano sirven, con otra recogen y con su sexto sentido te allegan la tapa cortesía de la casa, mientras ejecutan tan sabia representación de su oficio (que antes no era tan rara) sin una mala cara. Sin un error mientras facturan la cuenta ni equivocarse con las vueltas. Y sin tomarse jamás esa confianzas muy propias por el contrario entre tantos y tantos presuntos colegas de profesión. Que algo deberían aprender en esta universidad llamada El Doble.

Cuya hermana pequeña se ubica un par de manzanas más allá, esquina con Abascal. Es un local más amplio, que allega otra diferencia: mientras El Doble primitivo decora sus muros con imágenes de tipología taurina, en este otro local (como el anterior, invadido de suyo por una clientela tan fiel como festiva) domina ese tipo de decoración que a uno tanto le cautiva. Ergo, fotos. Fotos, fotos y más fotos del dueño del establecimiento y sus camareros con famosos de todo pelo, categoría donde militan desde esos cantantes que mejor harían en cerrar algún día su boca hasta esas caras que tanto nos suenan pero no sabemos identificar, pasando por futbolistas ya superados sus días de gloria y actores tipo Jimmy Barnatán, que parecen haber nacido para hacerse fotos por los bares de Madrid.

De modo que, como se deduce, ambas versiones de El Doble y resto de cofrades en la hermandad de Ponzano y su entorno lo tienen todo para seducir al cliente más exigente. Hasta el punto de que algún vecino se confiesa alarmado ante el proceso de gentrificación que vive el barrio, fruto del éxito que le distingue como zona de ocio. Pero es un ocio tranquilo, muy llevadero. Dominado por la clase de éxito que ejerce como imán para quienes tengan en este tipo de pasatiempo (ir de bares) su entretenimiento predilecto. Hasta que una nueva tendencia llegue a la ciudad y se lleve a los curiosos hacia otras calles y otros bares. Cuando eso suceda, en ésta o en la siguiente glaciación, tenga usted la seguridad de que algunos locales perecerán pero que entre ellos no estará El Doble. Que resistirá, porque es un bar de los de antes. Un clásico. Y lo clásico, ya se sabe: es aquello que nunca se pasa de moda.

P.D. Apunto a continuación un enlace a otro blog donde se relata la biografía de El Doble y animo a quienes estén interesados a no limitar sus paseos por Ponzano a las rondas de vinos o cañas con el siguiente aviso: aquí también se desperdigan unas estupendas casas de comidas. Donde se come por cierto muy bien, a tarifas comedidas, con esa misma peculiaridad arriba mentada: que hay ofertas para todos los gustos. Desde lo muy pijo a lo más cañí. Con referencias autóctonas y presencia de cocinas de otros mundos. Por ejemplo, Italia. Representada en la calle Ríos Rosas esquina a Modesto Lafuente por Mercato Italiano, negocio que es un poco de todo: tienda de barrio, cafetería, charcutería, quesería y embajada oficiosa del país de Raffaella Carrà, donde también se puede degustar sentado algunos de esos platos que elaboran para llevar a casa. Con el aliciente de que si coincides con uno de sus habituales, Carlos Boyero, puedes criticar con él la última película de Almodóvar mientras te zampas una ración de mortadela de Bolonia.

 

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‘El bar’
Jorge Alacid 12-01-2018 | 8:25 | 0

Cartel de la película 'El bar'

 

Puesto que su hermano mayor vive en Logroño, hace algún tiempo no era tan raro tropezarte con Alex de la Iglesia por estas calles pobladas de bares tan parecidos al que protagoniza su peli así titulada: ‘El bar’. Con el paso del tiempo, ocurre que o bien su visita ya no es tan habitual o es que tal vez no coincidimos como aquella mañana de Navidad en que guardamos paciente fila en la tienda donde cada uno protestaba por la mala vida que nos daban nuestros respectivos Macs. Donde por cierto recibimos esa clase de trato que justifica que al menos quien esto escribe se cambiara de ordenador y que la citada tienda desapareciese pronto de nuestra vista. Ignoro si también el director de ‘El bar’ desertó de Steve Jobs: las noticias que llegan de él no descienden a estos detalles. Se limitan a confirmar su éxito en el mundo del cine, sus cuitas como director de la Academia ya superadas y su ejemplar habilidad para convertir cada entrega de su filmografía en un capítulo donde indaga sobre eso tan raro que llamamos España. Eso tan raro llamado nosotros.

España en sus bares: acodado en la barra, el pie en el estribo, De la Iglesia jugueteaba tal vez con el mondadientes por entre las comisuras de los labios mientras cavilaba sobre su penúltimo artefacto como quien va encajando piezas en ese rompecabezas nacional y se pregunta cómo se construye el imaginario que nos rodea, siempre tan cañí. Y concluye: se construye en el bar. Ese tipo de espacio donde cada cual saca lo peor de sí mismo, el ruido ambiente todo lo contamina y la redención tantas veces resulta imposible: sí, el bar. Por supuesto. El bar como metáfora de España. Ojo: no cualquier bar. No: para reflexionar sobre ese españolito que viene al mundo para que le hielen el corazón, De la Iglesia elige el bar de-toda-la-vida. Serrín en el suelo, cabezas de gambas al pie de las mesas de formica, taburetes vintage y camareros con mucha mili en el mandil, que cada mañana procuran preservar intacto ese universo tan caro a toda una generación de ciudadanos que encuentran entre sus paredes lo que resulta tan difícil de hallar fuera de España, con la señalada excepción de algunos garitos italianos según mi pobre experiencia. Es decir, el bar como complemento del hogar familiar, donde sin embargo podemos comportarnos con esa clase de libertad que nos niega el propio domicilio.

Dicen que De la Iglesia quería rodar su peli en el totémico Palentino de la madrileña calle del Pez: ese tipo de bar que ya empieza a no existir. El bar que todavía resiste en algunos recodos de nuestras ciudades, Logroño incluida. Ese bar que todos llevamos dentro, donde todavía se tarifan las viandas y tragos a precios anteriores a la fiebre del euro. Pero los dueños del Palen se negaron a dejarse invadir por la cofradía del cine y las pantallas del país se vieron colonizadas por una especie de clon de ese Palentino que, en efecto, también media España lleva dentro. Lo cual parece una metáfora pertinente del cine como fábrica de sueños y también como una vigorosa confirmación de que algunos caballeros patrios no se dejan avasallar por la fama sobrevenida de este tiempo tan vertiginoso: que inventen ellos, vino a decir el dueño del Palentino.

Así que De la Iglesia y compañía se inventaron, en efecto, su clon del Palen, lo poblaron de esas mismas criaturas que usted y yo hemos visto en nuestra andanzas como parroquianos (el camarero fetén, el cliente insoportable, el parroquiano rarito que lleva anidando en el mismo rincón tanto tiempo como la botella de Fundador que envejece en la vitrina) y convirtieron (de nuevo) al bar en protagonista: porque eso ocurre también en este película, que acabo de despachar desde el deuvedé familiar. Que el auténtico protagonista, el primer actor es el propio bar.

Alguna vez se ha hecho recuento en este blog de tantos bares legados por el cine. Eran por supuesto estupendos los del Lejano Oeste, con el pianista a punto de ser abatido en cada secuencia. Donde se perpetraban aquellos insuperables diálogos a lo ‘Johnny Guitar’ (“Miénteme, dime que siempre me has querido”) o nos mondábamos de risa cuando Alan Ladd se pedía en ‘Raíces profundas’… un vaso de leche. Maravillosos garitos también los del cine negro, tragos rápidos y furtivos bien ahumados por la nicotina que exhalaba de sus labios alguna mujer fatal (Rita Hayworth en ‘Gilda’, Ava Gardner en ‘Fugitivos’, Gene Tierney en ‘Laura’, Gloria Grahame en ‘Sobornados’) e inolvidable mi garito predilecto, el bar de Rick en la mil veces vista Casablanca: ese bar donde todos nos escandalizamos cuando el inolvidable Claude Rains se encarnaba en el capitán Renault y descubría que allí, horror, se jugaba a las cartas. En todas esas cintas, en realidad, el bar nunca juega un papel secundario; al contrario, a su alrededor se moviliza la trama, se activan los personajes y crece la película hasta convencernos de la verdad: que nuestra experiencia como espectadores aspira a traspasar la pantalla y acodarnos en esa barra tan prometedora. O sentarnos en sus veladores. Ver la vida pasar desde esos bares que desde luego son de película.

Yo creo que demasiadas veces, cuando ingresamos en alguno de nuestros locales favoritos o visitamos alguno nuevo, nuestro subconsciente (o nuestros corazones) aspiran a tropezarse con uno de esos bares. Un bar de cine, donde confraternizar con la parroquia como si fuéramos estrellas de Hollywood (o de Cinecittà), los camareros fueran tan interesantes como el Tío Pío de ‘Gilda’ y su atmósfera tan inigualable como la del bar de Rick: bares donde te entren por ejemplo ganas de cantar ‘La Marsellesa’ ante un jerarca nazi aunque no te hayas tomado ni un vino.

Así que sólo puedo felicitar al señor De La Iglesia: aunque le pongo algunos peros a su peli, mi enhorabuena. Ha logrado edificar en las diversas pantallas ese bar que todos llevamos dentro.

Y ojalá que los sucesores de Mr. Jobs le hayan arreglado su Mac.

P.D. El bar desde donde emite la emisora de Alex de la Iglesia en su penúltima cinta será de mentirijillas, pero desde luego existe. Aunque ahora se bate en retroceso, se trata de una tipología fetén, que debería preservar la UNESCO. Y es un bar muy madrileño, desde donde contribuye a configurar una proteica paleta de garitos propios del foro con otros dos linajes que también han conocido mejores días. La taberna de toda la vida (larga vida a La Venencia y su inmarcesible tiza) y el café, del que restan algunos fedatarios. El Gijón, por supuesto, y el renacido Comercial: lo visité en una excursión reciente y fue un placer ahuyentar sombríos fantasmas. La nueva dirección le ha lavado la cara pero mantiene la decoración conspicua, tan querida. Su espíritu permanecerá mientras la parroquia de guardia mantenga la saludable costumbre de acodarse en su barra o entablar tertulia en sus mesas. Allí por cierto nos observa una foto de Rafael Azcona: honor a los lares tutelares.

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A la rica tapa
Jorge Alacid 08-01-2018 | 10:30 | 0

Ganadora del mejor pincho de la edición 2016. Foto de Juan Marín

 

Por obra y gracia de una gentil mano amiga, el año pasado fui pastoreado por unos cuantos rincones de esta tierra a la caza y captura del unicornio azul: esto es, la mejor tapa de La Rioja. La organización que impulsa El Rioja y los 5 sentidos pensó en quien esto firma como improbable jurado de la edición 2016, lo cual me resultó gratificante por varias razones, que enumero según me vienen al magín (también llamado caletre o cacumen). Porque me sirvió para integrarme en un contingente de expedicionarios tipo los que reclutó Shackleton para hollar la Antártida… Bueno, tal vez exagero. Lo cierto es que la amigable compañía de esos caballeros procuró un par de sábados bien divertidos, catando los mejores frutos de unos cuantos bares desperdigados por la geografía regional.

La experiencia me ayudó a conocer unas cuantas barras alejadas de Logroño, que piso muy de vez en cuando. Me llamó la atención la alta profesionalidad de varias de ellas, cuyas cocinas albergan inspiradas manos que despachan unas estupendas golosinas que no citaré: está feo eso de ir señalando, según nos adiestraron nuestros mayores. Tercer momento cumbre de aquel peregrinaje de bar en bar, cata que te cata. Que la organización pensó que quien esto firma bien podría pergeñar unas líneas para que, con ocasión de la final celebrada en Riojafórum, se tributara un merecido tributo al gran Sebas del bar homónimo, cometido que cumplí con celebrado agradecimiento por parte de los destinatatios del homenaje (es decir, Sebas y familia), aunque en realidad la gratitud es mía, como ya consigné en su día en este mismo espacio.

Si vuelvo hoy sobre mis pasos es porque el calendario obliga: el día 12, este viernes, se acaba el plazo para que quienes lo deseen prueben suerte en la edición 2018. Debo advertir que además de lo arriba citado, también regresé satisfecho de la experiencia porque la organización se tomó el asunto con elevadísima profesionalidad. Me maravilló su pericia adiestrando a los miembros del tribunal, la claridad expositiva que emana de Mikel Zeberio, ideológo de esta cosa de las tapas, y la perfecta sincronía con que todos fuimos ejecutando nuestros movimientos según un guión que dispone incluso de preboceto: en los días previos a que se cierre la inscripción, unos cuantos sherpas se diseminan por los bares patrios observando su desempeño y animando a aquellos que creen más dotados para esto de la tapa a que se apunten y prueben fortuna.

En este cometido se procura de paso que la representación del sector sea geográficamente homogénea. Quiere decirse que entre los inscritos haya por supuesto bares de Logroño, pero también se presenten de La Rioja interior. Que las cabeceras de comarca cuenten con sus propios embajadores y que, en el caso de la capital, en las candidaturas no sólo se postulen esos bares que usted y yo conocemos, sino aquellos otros que se desempeñan con espíritu de superación y olfato culinario y tal vez por alojarse en la periferia se arriesgan a pasar desapercibidos. Así sucedió el año pasado y así supongo (y espero) que suceda éste: que la suerte, como en la lotería navideña, esté repartida…

A lo cual sin embargo no ayuda ese perfil conformista que también usted y yo hemos notado en amplias capas de la hostelería regional. Que parecen demasiado cómodas abandonadas al sota, caballo y rey. Y que además no parecen muy animadas a competir entre sí, por aquello de que si no ganas se te queda la célebra cara de tonto. Lo cual puede resultar comprensible, pero hasta cierto punto: si todo el mundo hiciera lo mismo, España no acudiría al Mundial de fútbol, no vaya a ser que la eliminen. Otra tragedia semejante: también nos quedaríamos sin Eurovisión

Lo cierto es que, si algún improbable y potencial candidato lee estas líneas y acaba por animarse, a mí me parece que no se arrepentirá. Más allá de que el jurado acabe por incluirlo entre quienes pasan a la final y al margen de que luego consiga o no convencer al docto tribunal que se dará cita el 24 de febrero en Riojafórum, formado ya exclusivamente por profesionales de la cocina, y sea por lo tanto merecedor de algún premio, sólo por inscribirse ya detectará unas cuantas ventajas. Su candidatura le permitirá explorar su recetario y mejorarlo… Observar lo que sucede a su alrededor dentro de su gremio, que siempre se aprende algo… Conocer la opinión de los miembros del jurado cuando les visitemos, que en algo también contribuirá a perfeccionar su trabajo… Son unos beneficios intangibles, que se resumen en el célebre dicho: renovarse o… Puntos suspensivos. Que cualquier interesado puede rellenar a golpe de ingenio, buena mano para la cocina, mejor ojo para la presentación y ese toque final que mejora cualquier cosa salida de cualquier fogón. Simpatía. El golpe mágico que asegura un buen servicio y garantiza las mejores tapas.

P. D. El ganador del año pasado de este mismo certamen fue un pincho que no figuraba entre los que cató el grupo de jurados donde me integré. Se trata de la tapa ‘Oído cocina‘, del bar Letras de Laurel, a cuya responsable, Lucía Grávalos, se le debieron llenar ese día los oídos, precisamente, de elogios, puesto que el tribunal que le concedió el galardón se prodigó en alabanzas con tanto entusiasmo que me apresuré a citarme ante su barra y reclamar ese bocado. Que es, como se ha podido adivinar y habrán podido degustar los interesados, una oreja. Una oreja en su salsa, con su laurel y su perfume a guindilla. Delicioso. Doy fe. Aunque en materia de orejas, siempre nos quedará el Perchas. El antiguo y el actual. Por no citar las de Taberna de Baco… Si alguien sabe de alguna más, soy todo oídos.

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