La Rioja
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Fecha: marzo, 2018
Él nunca lo haría
Jorge Alacid 29-03-2018 | 9:07 | 0

Cartel exhibido por el bar Tizona

 

Alguna vez, animado por el celo que distingue a un querido corresponsal de este blog, ya se ha mencionado aquí el debate establecido entre quienes piensan que pueden ingresar con su mascota en su bar favorito y quienes por el contrario alertan de que semejante costumbre está taxativamente vetada por distintas ordenanzas. Alguna, por cierto, de índole europea. Si regreso ahora sobre mis pasos, es movido por un espíritu de servicio: difundir entre los improbables lectores cuanto se haya legislado sobre tan controvertida materia. Sobre todo, después de que cayeran en mi jurisdicción tres hitos que aconsejan (un suponer) predicar por este territorio la buena (o no demasiado buena) nueva entre tantos y tantos fieles adictos a ir de bares acompañados por sus perros.

En realidad, son malas noticias para ellos. La primera preside estas líneas: la divulgó entre su clientela el bar Tizona, que defiende con mucha clase una barra bien nutrida de golosinas en Ciriaco Garrido con merecido éxito. En ese cartel avisan sus dueños al parroquiano de que, sintiéndolo mucho, está prohibida en su interior la presencia de animales de cuatro patas: se lo advirtió un inspector de consumo que pasaba por allí, cuando observó que un cliente se disponía a eludir la prohibición y le afeó su intención. Convenció según me cuentan con naturalidad y elegancia a los propietarios de la inconveniencia de que en un espacio dedicado al ámbito hostelero convivan nuestras mascotas, por una cuestión elemental de higiene que, como tantas otras, a menudo se olvidan. Y de ahí el cartelito antedicho.

Aquel funcionario, en realidad, se limitó a observar algo que parece de sentido común: que la presencia (o no) de animales en un bar no debería obedecer a un impulso personal, propio de la gestión de su negocio, de cada camarero. Que se trata más bien de una materia legislada por las distintas ordenanzas municipales, regionales, nacionales y (ya se ha dicho) incluso europeas. Ante ese puñado de dictámenes reguladores de tal cuestión, poco puede hace el empresario: sólo, limitarse a cumplirlas. Le gusten más o menos. Por eso me pareció inapropiado (segundo hito) otro cartelito que detecté hace alguna semana a la entrada de otro bar: el dueño se confesaba (en inglés, por cierto) amigo de los animales. Lo cual me parece fetén: esas pobres criaturas que no hacen daño a nadie seguro que agradecerán siempre una cariñosa mano amiga. Con la segunda parte de su aviso no estaba sin embargo tan de acuerdo: la dueña del bar aprovechaba para invitar a sus parroquianos a ingresar en su bar con su mascota. Lo cual, habrá que repetirlo, está prohibido.

 

Bebederos para perros a la entrada del bar Beitia de la calle Somosierra de Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

Tercer hito: concluía días atrás una ronda por la calle Somosierra, cuando el gentil dueño del Beitia me hizo reparar en un par de bebederos para perros situados a la entrada de tan ejemplar establecimiento. ¿La razón? Que, en efecto, había comprobado que la presencia de animales en su local estaba vetada (“Normal, tampoco pueden entrar por ejemplo en un supermercado”, aceptaba) por la legislación y que, en consecuencia, pretendía demostrar que su local nada tenía contra los animales ni contra sus dueños. De modo que había situado esos dos platillos para cumplir con el mandato bíblico: dar de comer y beber al hambriento y al sediento, qué importa si sólo sabe ladrar (hay algún ejemplar análogo que no obstante camina a dos patas). Así, sus propietarios podrían degustar de las ricas gollerías que despacha adentro, en su exitosa barra, sabedores de que sus mascotas les imitarían, sólo que fuera del bar.

En fin. Que lejos de mi ánimo denostar al mundo perruno en general, que para algo ha sido históricamente señalado con una expresión (eso de perra vida) que señala la dificultad que históricamente han tenido sus integrantes para llegar al final de cada día. Pero aprovecho para recordar lo antedicho. Que aunque existe alguna confusión legal en cuanto a la interpretación de la norma, parece claro que no: que los animales deben permanecer fuera del bar y sus dueños, dentro. Y que no se trata de una decisión que puedan adoptar (como bien advierten los ejemplos citados arriba) los dueños de cada bar: la Administración decide por ellos, igual que en otras cuestiones cotidianas, puesto que se trata de garantizar el cumplimiento de las ordenanzas.

A este respecto, añado este comentario que me hacía llegar un compañero, encendido defensor por cierto del reino animal, días atrás: el desagradable impacto que le generaba ingresar en cierto bar que no nombraremos porque su dueño, propietario a la vez de unos perros de impresionante tamaño, los dejaba sueltos por el local, generando ruidos, malestar y hasta cierta inquietud entre la clientela. De modo que regresamos al principio de este artículo: como bien nos alertan desde el Tizona, resulta compatible adorar a los perros y limitar su presencia en los bares. A veces es por su bien: pueden verse expuestos como sus dueños a la desagradable sensación de acodarse en su barra predilecta, dirigir su mirada a la televisión y que aparezca Tele 5.

Él nunca lo haría.

P.D. Se ha citado arriba el Beitia y se vuelve a mencionar aquí, porque tal vez algún feligrés asiduo habrá notado el tributo sutil que este bar rinde al llorado Florida de la calle San Agustín, cuyos ajos tanto reconfortaron a sus parroquianos conspicuos en aquel Logroño en blanco y negro. Ajos en vinagre, un suculento, sencillo y recio bocado que en el Beitia despachan según la receta clásica y bajo esa misma denominación: para que no quepan dudas del homenaje que se rinde al viejo bar desaparecido, el gigantesco tarro donde duermen esas cabecitas de ajos luce su nombre bien visible. Florida. Y ya está dicho todo.

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Saturnino Ulargui: pequeña calle, grandes bares
Jorge Alacid 23-03-2018 | 9:16 | 0

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En aquel Logroño de entonces, para mi febril imaginación adolescente no había signo de mayor distinción que esa venerable placa del nomenclator local: calle particular de Saturnino Ulargui. Particular, menudo lujo. Me sonaba a una especie de privilegiado pasadizo, donde los propietarios (la familia Ulargui) sólo admitían a sus allegados. Cuñados y demás familia. Eso era tener clase: transitar desde avenida Portugal hacia el oeste de la ciudad, entonces un inhóspito páramo más o menos mal urbanizado sólo gracias a la gentileza del amigo Saturnino, de quien no tenía el gusto (aunque conocía bien a varios integrantes de la querida familia Ulargui, a quienes desde aquí envío un saludo, empezando por Berta madre).

Qué era en realidad esa calle. Bueno, lo antedicho. Casi un callejón más que calle, que surgió de repente una vez demolidas las construcciones adyacentes (incluyendo la señorial fábrica de conservas Trevijano, icono logroñés del pasado siglo) para que la ciudad pudiera crecer y multiplicarse, según el mandato bíblico. Más allá, hacia Poniente, se extendía un mar de huertas, la recién nacida Gonzalo de Berceo (llamada entonces prolongación de la Gran Vía), Luis Barrón y alrededores (avenida de Bailén, por ejemplo: también bautizada por el ingenio popular como Quinta Avenida). Pero en Saturnino Ulargui (calle particular) no había nada, en realidad: un puñado de grúas auguraba la construcción de bloques que se avecinaba. No tardaron mucho en llegar: cuando lo hicieron, de nuevo el vulgo bautizó a su manera esa calle neonata como “la calle de la Cruz Roja”, pues la benéfica entidad plantó allí sus reales procedente de Portales y se convirtió en la referencia ciudadana del conjunto de la calle. De la calle Saturnino Ulargui.

Que dejó de ser particular. Integrada en la trama urbana, no tardó en proponerse como una alternativa a los itinerarios castizos para nuestro pasatiempo favorito: ir de bares. Pronto surgieron unos cuantos de ellos, que servían como cabeza de playa desde la calle Laurel y aledaños para la conquista de la entonces todavía flamante zona: una especie de territorio fronterizo, donde se podía mitigar el aullido de las tripas con alguna cazuelita mientras aguardábamos la hora de ingresar en los pubs de confianza de Chile, Vitoria, Fundición y resto de calles. De esa época datan algunas referencias que todavía resisten, en perfecto estado de revista, por cierto: el Mesón Don Chufo, por ejemplo, alguna vez citado aquí por su ejemplar desempeño al frente de una barra de extraordinario encanto y maravillosos fogones.

O el Tejas, que me tuvo entre sus fieles clientes hace alguna glaciación, porque me caía al lado del curro que entonces me tenía alistado y era una garantía para la clientela tardona, como era mi caso. Más allá de la medianoche incluso, cuando salía de trabajar en fin de semana me dejaba caer por su jurisdicción en busca del reparador bocata de jamón, que no olvido. Otros negocios no han corrido la misma suerte: han ido cambiando de manos y de nombre, mientras veían a su alrededor cómo la calle cambiaba. Un cambio vertiginoso, casi revolucionario en los últimos años: desde su peatonalización, la calle Saturnino Ulargui es otra. Un edén de bares de todos los formatos que han galvanizado estos metros cuadrados con una contundencia que merecía una entrada en este blog dedicada en exclusiva a glosar sus bondades: será una calle pequeña, pero caben bares muy grandes.

Porque, en efecto, permanecen con envidiable estado de salud los bares arriba mencionados, adictos a la tipología de mesón o taberna. Como resiste bajo otra denominación el actual Mesón Antonio, vecino del Café Luz, una institución en la calle en su anterior encarnación, esquina a Guardia Civil. Allá al fondo se divisa desde hace unos meses La Chispa Adecuada, ya citado aquí (ojo a su ensaladilla rusa y otras golosinas); en la acera de enfrente, más y más oferta. Porque allí se emplaza desde hace largo tiempo el restaurante La Galería, que ofrece también servicio de bar en su coqueta terraza. Y muy cerquita, frontera con avenida de Portugal, allá donde antes probaron suerte una baraja de negocios, acaba de abrir una barra especializada en un trago de moda, el vermú: se llama Vermú Tiki, un juego de palabras que ayuda a desvelar en efecto en qué consiste el principal ingrediente de su oferta. Que la calle completa con un local desdoblado: al Muu le salió enfrente un hermano pequeño, La Dehesa de Muu, de modo que salvo olvido, omisión o error, queda completado este estupendo mapa de bares logroñeses que puede agregar todavía un par de entradas más: la que protagoniza el Gran Vía, cafetería alojada en la avenida homónima pero que tiene también entrada por Saturino Ulargui. Y dos, un bar que resiste en mi memoria: el Baden. Mi hermosa marisquería, que una vez abrió filial en esta calle desde su emplazamiento original en Travesía de Ollerías. Donde pasé más de una tarde poniendo en peligro (gozosamente) la tasa de ácido úrico, ignorante por entonces de que un día alumbraría este artículo a mayor gloria de esta calle donde caben todos los bares.

P.D. Que Saturnino Ulargui tiene vocación hostelera se confirma porque dispone incluso de hotel (para quienes se vean muy perjudicados por la ingesta o declinen regresar esa noche a casa) y de vinoteca (para quienes quieran perjudicarse, pero poco: el vino, con moderación). Cuenta (ya se ha mentado) con restaurante y añade otro atractivo adicional con sólo pasear un poco y acercarse hacia la Gran Vía o Murrieta por la calle Guardia Civil: la pastelería Goya, la otra vinoteca anexa esquina a Murrieta y la chocolatería Mallorca, de la que todo ignoro en su actual versión pero que fue refugio, oasis y tantas cosas más en mi mocedad. Allí descubrí un manjar que he dejado de frecuentar: el vegetal a la plancha. De donde se deduce que la calle será benemérita pero que también el Mallorca siempre lo será para mí.

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Una de caparrones
Jorge Alacid 16-03-2018 | 4:28 | 1

Caparrones de La Mengula

 

En algún momento de mi larga vida como cliente de tantos y tantos bares logroñeses fantaseé (las nubes del alcohol, supongo) con qué pincho se me ocurriría acompañar los tragos conspicuos en el improbable caso de que un día me diera una ventolera y pasara al otro lado de la barra. Creo haber mencionado aquí una de esas ocurrencias: servir chuletillas al sarmiento, un bocado no tan habitual como pareciera por Logroño. Cosas de las infraestructuras que exige ese manjar para despacharse como debiera. Menos entendible me parece otra de aquellas ideas que me asomaban al caletre por entonces y todavía me asaltan ahora de vez en cuando: servir como cazuelita una de esas glorias de la cocina riojana que son sus legumbres. Pedirte un vino y que te ofrecieran una de caparrones.

Lo cual empieza a ser una laguna mitigable y mitigada. Mitigada por las buenas gentes que defienden algunos de nuestros bares favoritos. En La Méngula, “un clásico de Laurel que se trasladó a San Agustín”, como el propio bar informa, tropecé hace semanas con la muy agradable sorpresa de un perolito donde alguien con estupenda mano para la cocina prepara unos caparrones fetén. Naturales por cierto de Santurde, según avisó gentil el ideológo de todo esto, viejo compinche de los tiempos en que uno frecuentaba estos rincones de Logroño (ay) con puntualidad ferroviaria y periodicidad casi diaria. Una delicia cuya imagen ilustra estas líneas: me ahorro más comentarios. Ahí verán ustedes mi bodegón favorito. Un bodegón muy riojano. Acompañado, por cierto, de un surtido de guindillas: se le saltan a uno las lágrimas.

 

Garbanzos y pochas en La Taberna de Baco

 

Esta cazuelita autóctona forma parte de un itinerario donde he ido anotando al menos un par de entradas más, a falta de que algún improbable lector me corrija y añada sus propias aportaciones. Porque hablando de buena mano para la cocina: en La Taberna de Baco, ejemplar establecimiento de modélicos fogones, sirven unas pochas tan inolvidables como recomendables. También disponen de otro plato cumbre del recetario regional, antaño más presente hogaño: garbanzos. Con sus sacramentos tan suculentos. Y sus competitivas tarifas: las pochas, a tres euros y medio; los garbanzos, un euro más. Las fotos que sujetan estas líneas pueden satisfacer la curiosidad de quien sienta la tentación de asomarse por este nutritivo establecimiento de la calle San Agustín: el paraíso debe ser algo así.

 

Pochas con chopitos, en el Torres de Laurel

 

Agregue quien así lo desee otra cazuela de pochas igualmente memorable, que caté recientemente en la calle Laurel: las que ofrece el Torres, en esta aventura allende la calle San Juan, nutrida de una barra de estupendas ambrosías donde descollaba precisamente ese mentado platillo. Unas pochas, sí, pero ojo: no unas pochas cualquiera. Aquí las sirven mezcladas con… chopitos. Un clásico del combinado huerta/mar que quita el sentido. Observe quien tenga alguna duda la foto que preside este párrafo y confiese: sí, dan ganas de atacar el perolillo.

Cierto que se trata de bocados contundentes, que reclaman estómagos aguerridos dispuestos a huir del modelo de tapa minimal tan en boga. Tal vez no tengan un público potencialmente predispuesto a dejarse seducir por sus encantos: desde luego, no es mi caso. Y sospecho que habrá más parroquianos a quienes no les disguste (más bien, todo lo contrario), deambular por sus bares predilectos pensando que en algún momento de sus rondas podrían concederse un capricho en forma de legumbre indígena. Para lo cual se necesitará que al otro lado de la barra encuentren quien satisfaga sus pretensiones: profesionales intrépidos, cuya audacia les conduce a darle unas cuantas vueltas a la cabeza, luego otras tantas al puchero y ofrecer a la clientela estos platos de siempre que gozan de larga vida. Y que admiten este formato: formato pincho o cazuelita. Para disfrutar tapeando. Que es gerundio.

Habrá desde luego otros bares logroñeses donde semejantes bocados sean norma. Una alternativa menos sofisticada pero que gozará del aplauso de quienes, naturales y foráneos, buscan en sus incursiones por los bares una vía distinta a la globalización que todo lo invade. Puesto que nos arriesgamos a que la moderna hostelería copie sin cuento los hallazgos de otros colegas diseminados por el universo mundo, el regreso a la culinaria tradicional será una virtud que permitirá a quien la enarbole conquistar territorios que claman por la diversidad. También la gastronómica. Pinchos destinados a superar con nota varios objetivos: recuperar estos platos tan propios de la cocina de toda la vida, demostrar que admiten ser despachados en versión reducida y reconfortar a la parroquia que no los olvida. Y de paso, hacernos feliz a quienes nos conformamos con poca cosa: con escuchar al camarero de guardia pedir con voz vibrante a sus colegas de los fogones eso de ‘y una de caparrones’.

Marcando mucho la doble erre.

P. D. En anteriores capítulos, ya se ha comentado lo estupendo que sería tropezar por Logroño con bares cuya oferta gastronómica apuntara directamente al corazón de La Rioja, esto es, a los proveedores locales. Es decir: que cuando hablamos de legumbres, como en este caso, se cite su procedencia, a poder ser con denominación de origen. Productos de pueblo, como los vinos de pueblo que recién ha empezado a promocionar la DOC Rioja. Que combinan por cierto fetén con estas cazuelitas, que es usual acompañar desde antiguo con unos tintos jóvenes. Vino del año, ese néctar que sobrevive a duras penas en nuestras barras conspicuas.

 

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Lyon, cumpleaños feliz
Jorge Alacid 10-03-2018 | 9:33 | 1

Santi, al frente de su bar. Foto de Juan Marín

 

Como ha ocurrido en ocasiones precedentes, este blog se abre hoy a las aportaciones de una estrella invitada: el querido compañero Martín Schmitt, que comparte desvelos en esta casa que con tanta paciencia nos acoge. Dueño por cierto de su propio itinerario como cliente de tantos bares del barrio de Lobete que también compartidos. Y ahí ha puesto el ojo y afillado la pluma: para reseñar como merece el cumpleaños recién celebrado por una de las referencias de este rincón de Logroño, el Lyon. Así que allá va lo que nos cuenta.

El 9 de marzo de 1983 los hermanos Paulino y Santiago Robres abrían por primera vez la puerta del Lyon, un pub que se ha transformado en taberna con una coqueta decoración pero cuya alma continúa inalterable al paso del tiempo, siempre en el mismo sitio (Jorge Vigón, 55) y atendido desde hace más de dos décadas por el menor de los Robres, familia oriunda de Azofra. Nada menos que 35 años de historia, quizá el establecimiento más longevo de la ciudad que siempre ha estado bajo la misma tutela.

Con Joaquín Sabina, un clásico de la taberna de Lobete, sonando de fondo, el bar se montó en una lonja propiedad de su padre. Paulino, que por entonces tenía 22 años de edad, y Santi, de 19, siempre lo tuvieron claro: “Queríamos que fuese un pub, no un bar de barrio”. Por aquellos años, esta zona de Lobete “estaba muerta”. “Estaba el Pierrot y poco más”, rememora Santi. Con moqueta de la época, los vidrios tintados, elegantes sofás y una generosa barra bien surtida, el establecimiento arrancó con el horario de apertura de pub: a partir de las 15 horas.

Poco a poco, por el lugar empezaron a aflorar distintos establecimientos que hicieron de la zona una referencia en los años ochenta diferenciada de la zona de marcha. Con Manhattans, Brandy Alexander, licores y cócteles sobre la barra, el Lyon comenzó a reunir a una interesante clientela venida de distintas zonas de la ciudad, e incluso a celebrar cotillones de Nochevieja. “Bajaban unas cuadrillas muy majas”, afirma Santi y nombra a distintos empresarios, magistrados, deportistas (muchas plantillas del Logroñés, por ejemplo) y políticos de distintas épocas.

El Isopo, el Cristal, el Montevideo, el Bianco, los Delfines, el Jaque, el Piano… La zona se fue convirtiendo en un barrio de copas que atraía a muchos logroñeses. Fueron los años dorados de esta esquina del este de la capital hasta que se puso de moda la plaza del Mercado y el esplendor dejó paso al declive del barrio, a vivir su peor época. Pero el Lyon tuvo la capacidad y la clientela suficiente para no caer en ese ocaso que no solo destruyó pubs; también se llevó por delante alguna vida.

Paulino, ya por los años noventa, dejó el bar para centrarse en el negocio de los seguros y Santi continuó simultaneando su trabajo en un local de suministros industriales con el pub hasta hace tres años y medio, cuando cumplió medio siglo de vida. El negocio siempre fue una cuestión de familia. Su padre, también llamado Paulino, acudía cada mañana a limpiar. Al fallecer, hace diez años, el relevo lo tomó su madre, Beatriz, que hasta el día de hoy se encarga de dejar impoluto un local que con el paso del tiempo ha sufrido una metamorfosis. De hecho, en el 2011 cambió drásticamente de ‘look’ para transformarse en una coqueta taberna irlandesa.

Pero antes, con la construcción del aparcamiento subterráneo de Jorge Vigón, el barrio se revitalizó. Mucho tuvo que ver la apertura del Drunken Duck en la esquina de Jorge Vigón y Eliseo Pinedo, que empezó a atraer nuevamente a gente de fuera de Lobete. Los ‘camellos’ fueron desapareciendo, las redadas policiales en la zona fueron disminuyendo y aquellos antiguos pubs se transformaron en bares de barrio, como el Rincón de las Tapas, el Vigón, el Sol Nórdico o el Dos Torres. Y la taberna del Lyon como testigo de los continuos vaivenes de Lobete, siempre fiel a su estilo.

 

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El nombre del establecimiento fue una casualidad. Querían los Robres un nombre corto para un pub. Y el escogido fue Lyon. Buscaron entonces el escudo de la ciudad gala y le sumaron unas uvas para riojanizar la imagen del pub. Una taberna que en sus inicios proyectaba películas, incluso antes que en los cines, aunque con el paso del tiempo (y con la marcha del negocio de Paulino) el fútbol fue ganando protagonismo. Las moquetas, los sofás de los ochenta y los cócteles dejaron paso a la madera, a las publicidades de taberna, a los adornos de un club de golf inglés, a las copas y la cerveza. Mucha cerveza.

Son muy pocos días los que en estos 35 años de vida ha cerrado sus puertas el Lyon Tavern. Quizá algún partido de su querido Barça al que acudía Santi con amigos o una época en la que estuvo saliendo con una joven dama del barrio, que le reclamaba más allá de las puertas de su local. Pero nunca hubo boda. “Me casé con mi bar, del que me fiaba más”, afirma con una sorna inocente el propietario. Gracia y orgullo, el mismo con el que puede llegar a hablar (no a mostrar) de su camiseta firmada del mismísimo Leo Messi. Un regalo que le dio el jugador del Athletic de Bilbao Óscar de Marcos, que también tiene un ronconcito en donde se le recuerda.

Luego de estos 35 años de vida, Santi tiene innumerables historias, algunas que no puede revelar por “secreto profesional” y otras que ya forman parte del decorado del Lyon, como las visitas casi diarias del extinto Taburete. Sobre su barra se han materializado fichajes del Logroñés, se han creado partidos políticos, se han escrito libros y creado canciones, entre otras mil anécdotas. Después de estas tres décadas y media, su propietario se confiesa “inmensamente feliz”. Santi tiene la clientela que quiere y disfruta de su trabajo como pocos. Seguirán pasando los años y seguramente allí estará el Lyon Tavern, “since 1983”, como reza el rótulo de la entrada, como testigo discreto de la hostelería logroñesa.

P. D. Como bien anota el compañero Martín Schmitt, el Lyon contribuye a forjar una dinámica zona de bares allá al fondo de Jorge Vigón, donde tiene su domicilio quien esto firma. Quien por otro lado reconoce que eso de acudir a los bares que le caen demasiado cerca de casa no goza de su predilección, de modo tiende a desertar tanto del vecino Lyon como de la mayoría de bares arriba incluidos. Porque nos gusta estar en los bares mejor que en casa: y si la casa pilla demasiado cerca, el bar de abajo parece más la prolongación del sofá familiar que una alternativa para nuestro pasatiempo favorito.

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Avenida de Portugal: bares de hoy y de siempre
Jorge Alacid 02-03-2018 | 6:45 | 2

Marta y Eduardo, al frente de La Algarada. Foto de Justo Rodríguez

 

Igual que la difunta España en blanco y negro se dividió entre Joselito y Belmonte, también el Logroño que se asomaba a la tele en color se vio colonizado por un cisma semejante: hubo que elegir entre Lucan´s o Llacolén. Según recuerdo del tiempo en que me atacó el acné, aquellos bares de nuestros padres se vieron sometidos a un pulso incruento entre los partidarios de uno o de otro negocio, que abrieron sus puertas a finales de los 70 para entronizar entre nosotros el neoconcepto de cafetería con posibles. No eran ya los antiguos cafés propios de otros tiempos ni los venerables locales de estética americanizada: aquellos dos establecimientos simbolizaban la llegada de una nueva cultura hostelera, donde fue obligatorio el uniforme para los camareros. Tan obligatorio como las patillas de hacha, el poblado mostacho y la esmerada educación para dirigirse a la clientela. “¿Qué le sirvo al caballero?”.

Lucan´s y Llacolén, o Llacolén y Lucan´s, abrieron una nueva vía en la entonces más o menos naciente avenida de Portugal para el parroquiano a quien el Logroño castizo se le empezaba a quedar pequeño. Hubo quienes abogaron por la doble militancia, y por lo tanto saltaban de un bar a otro aprovechando su vecindad, pero también resultó habitual que quienes se apostaban para la tertulia eterna en uno de esos bares procurasen no moverse del sitio, según un protocolo que les exigía hacerse con un hueco allá al fondo del Lucan´s, por ejemplo, o sentarse en las mesitas situadas sobre la tarima del fondo, entre los vespertinos jugadores de naipes. Y convertirse desde ese emplazamiento en observadores privilegiados de la naturaleza humana logroñesa, entregarse a la cháchara propia de semejante pasatiempo y esperar el advenimiento de la buena nueva: la democracia, por poner otro ejemplo. Que a mí me sorprendió en esa misma calle, donde en compañía de un grupo de adultos asistí desde las pantallas de televisión de un finado negocio de electrodomésticos al momento histórico del trémulo y jovencito entonces Rey Juan Carlos jurando su cargo en las Cortes; cuando luego pasé por delante de las dos cafeterías mentadas, comprobé que Bob Dylan tenía razón: los tiempos estaban cambiando. Aquella generación de clientes estaba llamada a ser reemplazada de inmediato por la quinta de sus hijos.

De modo que esa calle tan céntrica, con su hermosa curva en dirección a Murrieta, sirvió como laboratorio de ensayos: de aquella España entronizada por las dos cafeterías mencionadas, pasamos a la España de la Movida casi sin darnos cuenta, que era más o menos lo que simbolizaron poco después dos bares abiertos en esa misma acerca. Años 80: llegan el Junco y también el Dominó. Como veníamos de visitar el extinto Merlín de Portales, fue sencillo fingir que ya éramos modernos. Tan fácil como convertir a toda la calle en una creciente alternativa a los bares del puro centro, porque la suma de unos y otros acabó desembocando en una ronda consolidada. Tan consolidada que me maravilla cómo todavía resiste, aunque bajo otras encarnaciones. Resiste además en perfecto estado de revista.

Porque el antiguo Lucan´s recibe hoy transformado en La Algarada, donde me sorprendió gratamente hace un par de mañanas corroborar que entre nosotros sobrevive el rito del vermú: pese al frío reinante, por sus puertas fueron desfilando los miembros de esa cofradía adicta al aperitivo, a quienes se obsequia con un espectacular bodegón muy rico en calorías (morros y torreznos, qué belleza) según ingresan en el local. Y como el servicio es muy profesional, no resulta difícil maliciarse que parece más que asegurada la herencia del viejo bar, donde por cierto veló sus primeras armas el querido Alfonso del mesón homónimo de la calle Villegas.

 

Foto antigua de Llacolén. Archivo Casa de la Imagen

 

La Algarada sirve como aduana para franquear el resto de la calle. Porque Llacolén también pereció. Aquel bar cuya estética rompedora preside este párrafo se vio con el paso del tiempo sustituido por el Canela, donde ahora se observa a diario un bullicio semejante al del bar vecino, incluyendo su popular menú del día. El Junco, no: el Junco sigue estupendo de salud, allí donde lo dejaron los dos socios fundadores, lo cual no puede decirse (ay) del Dominó, en cuyos veladores echamos más de una tarde los miembros de mi generación, agasajados como solía ser norma por su ideólogo, el formidable Landaluce. Ese espectacular botellero que era su ombligo quedó demolido, pero todavía sobrevive en mi imaginación. Que tampoco olvida los buenos ratos pasados en la acera de enfrente: donde hoy se alza el Casablanca, antaño fueron los dominios del Mesón del Rey, un imán para la jet logroñesa de los primeros años 80. Ni olvida que (vuelvo a saltar de orilla) que en el local llamado Latino me zampé mi primera pizza logroñesa. Qué cosas: en aquel tiempo, lo más vanguardista era atacar un plato de pasta carbonara.

 

Óscar, delante de su Asterisco. Foto de Justo Rodríguez

 

Hoy, la calle dispone de abundante oferta hostelera, casi de cualquier estilo (incluyendo otro italiano: Tagliatella), de modo que puede interpretarse como una especie de condensado de Logroño en sus bares. Hacia el fondo, cuenta con marisquería (La Lonja), franquicias (indígenas y forasteras: The Drunken Duck, Cien Montaditos), bares tan concurridos como La Tertulia y restaurantes de toda la vida, como Pan y Vino o el Avenida 21. Un logroñés podría atrincherarse en avenida de Portugal y ver todas sus expectativas en materia de bares más o menos satisfechas, incluyendo por supuesto el cafelito matinal, el tentempié reparador del mediodía o la copa noctívaga: todo ese arsenal garantiza el exitoso Asterisco, ejemplar local donde se ubicó hace alguna década un restaurante al modo alemán. El primer codillo que uno vio por Logroño, con su chucrut y sus birras de dimensiones también muy nibelungas. Añada el improbable lector la opción de El Pasaje, alojado en el tránsito hacia Gran Vía, y obtendrá el retrato completo de una calle muy propicia para nuestro entretenimiento favorito: ir de bares. Por los de hoy y por los de siempre.

P. D. Este gozoso rosario quedaría mutilado si excluyera de sus cuentas un emblemático establecimiento, del que soy devoto: Iturbe. Que se emplaza en el cruce con Víctor Pradera y que es pastelería, de acuerdo, pero también café: que aquí despachan por cierto modélico de sabor, lo cual no es demasiado habitual por Logroño según mi modesta experiencia. Y cuya ingesta puede acompañarse con alguna de las golosinas propias de la casa. Cada logroñés tendrá sus favoritas, pero mi consejo en este caso no es muy original: su ensaimada me parece insuperable. Propia de un local que, como tantos otros de esa calle donde hace esquina, rinde tributo al pasado, al presente y al porvenir.

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