La Rioja
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Avenida de Portugal: bares de hoy y de siempre
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Jorge Alacid | 05-03-2018 | 09:21

Marta y Eduardo, al frente de La Algarada. Foto de Justo Rodríguez

 

Igual que la difunta España en blanco y negro se dividió entre Joselito y Belmonte, también el Logroño que se asomaba a la tele en color se vio colonizado por un cisma semejante: hubo que elegir entre Lucan´s o Llacolén. Según recuerdo del tiempo en que me atacó el acné, aquellos bares de nuestros padres se vieron sometidos a un pulso incruento entre los partidarios de uno o de otro negocio, que abrieron sus puertas a finales de los 70 para entronizar entre nosotros el neoconcepto de cafetería con posibles. No eran ya los antiguos cafés propios de otros tiempos ni los venerables locales de estética americanizada: aquellos dos establecimientos simbolizaban la llegada de una nueva cultura hostelera, donde fue obligatorio el uniforme para los camareros. Tan obligatorio como las patillas de hacha, el poblado mostacho y la esmerada educación para dirigirse a la clientela. “¿Qué le sirvo al caballero?”.

Lucan´s y Llacolén, o Llacolén y Lucan´s, abrieron una nueva vía en la entonces más o menos naciente avenida de Portugal para el parroquiano a quien el Logroño castizo se le empezaba a quedar pequeño. Hubo quienes abogaron por la doble militancia, y por lo tanto saltaban de un bar a otro aprovechando su vecindad, pero también resultó habitual que quienes se apostaban para la tertulia eterna en uno de esos bares procurasen no moverse del sitio, según un protocolo que les exigía hacerse con un hueco allá al fondo del Lucan´s, por ejemplo, o sentarse en las mesitas situadas sobre la tarima del fondo, entre los vespertinos jugadores de naipes. Y convertirse desde ese emplazamiento en observadores privilegiados de la naturaleza humana logroñesa, entregarse a la cháchara propia de semejante pasatiempo y esperar el advenimiento de la buena nueva: la democracia, por poner otro ejemplo. Que a mí me sorprendió en esa misma calle, donde en compañía de un grupo de adultos asistí desde las pantallas de televisión de un finado negocio de electrodomésticos al momento histórico del trémulo y jovencito entonces Rey Juan Carlos jurando su cargo en las Cortes; cuando luego pasé por delante de las dos cafeterías mentadas, comprobé que Bob Dylan tenía razón: los tiempos estaban cambiando. Aquella generación de clientes estaba llamada a ser reemplazada de inmediato por la quinta de sus hijos.

De modo que esa calle tan céntrica, con su hermosa curva en dirección a Murrieta, sirvió como laboratorio de ensayos: de aquella España entronizada por las dos cafeterías mencionadas, pasamos a la España de la Movida casi sin darnos cuenta, que era más o menos lo que simbolizaron poco después dos bares abiertos en esa misma acerca. Años 80: llegan el Junco y también el Dominó. Como veníamos de visitar el extinto Merlín de Portales, fue sencillo fingir que ya éramos modernos. Tan fácil como convertir a toda la calle en una creciente alternativa a los bares del puro centro, porque la suma de unos y otros acabó desembocando en una ronda consolidada. Tan consolidada que me maravilla cómo todavía resiste, aunque bajo otras encarnaciones. Resiste además en perfecto estado de revista.

Porque el antiguo Lucan´s recibe hoy transformado en La Algarada, donde me sorprendió gratamente hace un par de mañanas corroborar que entre nosotros sobrevive el rito del vermú: pese al frío reinante, por sus puertas fueron desfilando los miembros de esa cofradía adicta al aperitivo, a quienes se obsequia con un espectacular bodegón muy rico en calorías (morros y torreznos, qué belleza) según ingresan en el local. Y como el servicio es muy profesional, no resulta difícil maliciarse que parece más que asegurada la herencia del viejo bar, donde por cierto veló sus primeras armas el querido Alfonso del mesón homónimo de la calle Villegas.

 

Foto antigua de Llacolén. Archivo Casa de la Imagen

 

La Algarada sirve como aduana para franquear el resto de la calle. Porque Llacolén también pereció. Aquel bar cuya estética rompedora preside este párrafo se vio con el paso del tiempo sustituido por el Canela, donde ahora se observa a diario un bullicio semejante al del bar vecino, incluyendo su popular menú del día. El Junco, no: el Junco sigue estupendo de salud, allí donde lo dejaron los dos socios fundadores, lo cual no puede decirse (ay) del Dominó, en cuyos veladores echamos más de una tarde los miembros de mi generación, agasajados como solía ser norma por su ideólogo, el formidable Landaluce. Ese espectacular botellero que era su ombligo quedó demolido, pero todavía sobrevive en mi imaginación. Que tampoco olvida los buenos ratos pasados en la acera de enfrente: donde hoy se alza el Casablanca, antaño fueron los dominios del Mesón del Rey, un imán para la jet logroñesa de los primeros años 80. Ni olvida que (vuelvo a saltar de orilla) que en el local llamado Latino me zampé mi primera pizza logroñesa. Qué cosas: en aquel tiempo, lo más vanguardista era atacar un plato de pasta carbonara.

 

Óscar, delante de su Asterisco. Foto de Justo Rodríguez

 

Hoy, la calle dispone de abundante oferta hostelera, casi de cualquier estilo (incluyendo otro italiano: Tagliatella), de modo que puede interpretarse como una especie de condensado de Logroño en sus bares. Hacia el fondo, cuenta con marisquería (La Lonja), franquicias (indígenas y forasteras: The Drunken Duck, Cien Montaditos), bares tan concurridos como La Tertulia y restaurantes de toda la vida, como Pan y Vino o el Avenida 21. Un logroñés podría atrincherarse en avenida de Portugal y ver todas sus expectativas en materia de bares más o menos satisfechas, incluyendo por supuesto el cafelito matinal, el tentempié reparador del mediodía o la copa noctívaga: todo ese arsenal garantiza el exitoso Asterisco, ejemplar local donde se ubicó hace alguna década un restaurante al modo alemán. El primer codillo que uno vio por Logroño, con su chucrut y sus birras de dimensiones también muy nibelungas. Añada el improbable lector la opción de El Pasaje, alojado en el tránsito hacia Gran Vía, y obtendrá el retrato completo de una calle muy propicia para nuestro entretenimiento favorito: ir de bares. Por los de hoy y por los de siempre.

P. D. Este gozoso rosario quedaría mutilado si excluyera de sus cuentas un emblemático establecimiento, del que soy devoto: Iturbe. Que se emplaza en el cruce con Víctor Pradera y que es pastelería, de acuerdo, pero también café: que aquí despachan por cierto modélico de sabor, lo cual no es demasiado habitual por Logroño según mi modesta experiencia. Y cuya ingesta puede acompañarse con alguna de las golosinas propias de la casa. Cada logroñés tendrá sus favoritas, pero mi consejo en este caso no es muy original: su ensaimada me parece insuperable. Propia de un local que, como tantos otros de esa calle donde hace esquina, rinde tributo al pasado, al presente y al porvenir.