La Rioja
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Fecha: abril, 2018
El vino tenía un precio… superior
Jorge Alacid 20-04-2018 | 5:51 | 0

De vinos por Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

En anteriores capítulos, ya se mencionó en este espacio las vicisitudes vividas por el vino de Rioja en nuestros bares conspicuos, alrededor de los avatares acaecidos con ocasión de cada subida de precio. Desde aquel legendario boicot de los años 80, protagonizado por la chavalería de entonces, enervada a consecuencia de las tarifas disparatadas con que tropezaron sus pasos una tarde por la calle Laurel, a más recientes peripecias, que me sirvieron para otras entregas donde, gracias al auxilio de unos cuantos maestros en el arte del chiquiteo, reflexionaba en torno a cuánto debía cobrarse un vino de Rioja, fuera del año o crianza. Y alcanzaba una modesta conclusión: que en la política de precios cada local aplicaba la barra libre. Nunca mejor dicho.

Si regreso ahora sobre aquellas pistas es porque en un establecimiento de confianza del Logroño castizo me acaban de advertir en torno al impacto que tiene sobre sus tarifas otra subida más reciente: la registrada en origen por las bodegas que les proveen de vino de Rioja. Según su alarmado relato, luego de unos cuantos años conteniendo el precio de la copa de vino del año en los 80 céntimos, lleva unas semanas ya sirviéndolo a 90, fruto de la escalada similar registrada entre las bodegas que le abastecen. “Y no veo que los clientes protesten”, asegura esta amable tabernera. De donde deduce que en otros bares lo encontrarán más caro: “Seguro que por ahí lo están cobrando a un euro”. Se refiere, en concreto, a la celebrada marca Muñarrate, un tinto estupendo que cuenta también con las complacencias de quien esto escribe…

…Que se ha tomado la molestia de frecuentar otras barras y corroborar que, en efecto, el Muñarrate se está tarifando a un euro en más de una de ellas. Lo cual ratifican otros amigos chiquiteadores, quienes advierten lo siguiente: a) que prácticamente el precio del tinto joven a un euro se encuentra ya unificado entre la hostelería logroñesa. Y b) que hay locales donde incluso se cobran a 1,20 (Ostatu), a 1,40 (Murmurón) y escalan hasta 1,50 (Albiker). También hay quien resiste: el amigo Miguel, famoso entre nosotros defendiendo en Laurel su singular casa de Sierra La Hez, mantiene a 0,80 otro vino igual de estupendo que los arriba citados, el Urrechu.

Resumen. El chiquiteador humilde, el paisano que solo o en compañía de otros colegas mantenía viva la llama de tan acendrada tradición, observa cómo se complica su pasatiempo favorito porque según las últimas noticias llegadas a esta redacción las pagas de nuestros jubilados se contienen tanto como las nóminas de los asalariados. Ir de vinos, aunque sean del año, se convierte en un entretenimiento más caro que de costumbre. Y la culpa, ya se sabe: la tienen los forasteros. Forasteros de dos clases. El turista, por supuesto, que allega su derrama en forma de euros a los bares castizos durante la ingesta del fin de semana y provoca un efecto inflacionista sobre quienes soportan esa tradición de lunes a viernes. Y otro tipo de forastero: el forastero indígena, valga la paradoja. Esto es, aquel que visita Laurel y aledaños muy de vez en cuando: viernes y sábados, por ejemplo. El nuevo chiquiteador.

Así que haga usted, improbable lector, las cuentas, como si esto fuera el ‘Un, dos, tres’. Un tinto joven, a un euro, multiplicado por cuatro rondas, da como resultado cuatro euros por cada tarde. Por cinco días laborables, 20 euros. Si se alterna también al mediodía a semejante ritmo, 40 euros entre lunes y vienes, donde hace unas semanas, a 80 céntimos la copa, la cuenta salía por ocho euros menos si Pitágoras no me confunde. Semana tras semana, cuando vence el mes, la diferencia se va ensanchando, para dolor del bolsillo de quien sufra semejante subida. En el bar donde me avisaron de cómo empezaban a repercutir entre la parroquia el alza de precios que habían notado en origen también me aseguraron que no tenían más remedio. Que llevaban tiempo aguantando hasta que no han podido más. Y que lo sienten de verdad por esos abuelos que son sus clientes más fieles, cuya billetera juzgan menguada. Pero que puesto que en esa barra que no mencionaré se limitan a una subida de diez céntimos y dejan todavía la copa de vino del año por debajo del euro, habrá que concluir que su política de precios parece (todavía) bastante razonable. Hay tarifas más disparatadas, que con probabilidad atenderán a las leyes del mercado, pero no sé… Me malicio que fomentar el consumo (responsable, ojo) del néctar más riojano choca con esta reciente estrategia desestabilizadora, puesto que tarifarlos a precios exagerados puede conducirnos a un escenario temible: acabaríamos bebiendo por encima de nuestras posibilidades.

Continuará.

P.D. Hablando de vinos, cómo no iba a recoger este blog la alborozada noticia del regreso de El Guardaviñas de la calle Mayor, local ya mencionado en otras ocasiones que cuenta con distintos atractivos (por ejemplo: en su carta de tapeo figuran las ancas de rana) más allá de su interesante carta de vinos. Que no ignora otras denominaciones foráneas pero que rinde como debería ser norma en Logroño tributo a los vinos de Rioja, como se puede observar en la fotografía que ilustra estas líneas: su hermosa pizarra, de sabroso retrogusto.

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Café teatro
Jorge Alacid 13-04-2018 | 7:26 | 0

La Sala Negra, en la calle Lardero. Foto de Justo Rodríguez

 

Yo he visto cosas que vosotros no creeriáis (segunda parte). Por ejemplo, la sala Gonzalo de Berceo (antaño, Cine Rialto; hogaño, Filmoteca Rafael Azcona) convertida en cabaret, dispuestas por el patio de butacas las canónicas sillas thonet alrededor de las correspondientes mesitas y las buenas gentes de la Escuela de Teatro atacando las cumbres del music-hall. He visto asimismo un desternillante café cantante en los salones deslumbrantes del venerable Círculo Logroñés, función que se fundió a negro mientras una célebre vedette se sentaba a horcajadas de un político socialista de la época, quien recién liquidada su americana de pana se veía sometido a todo tipo de tocamientos, celebrados a carcajadas por el resto de la parroquia. Y he visto músicas, teatros y vodeviles acompañando la ingesta de alcoholes en nuestras barras predilectas, aunque hasta ahora no había visto lo contrario. Otra cosa que vosotros… Etcétera. Un teatro que también es un bar. No al contrario, como era norma por Logroño.

El descubrimiento es reciente y tiene algo de epifanía. La Sala Negra se aloja en la maltratada calle Lardero, uno de esos rincones de Logroño al que profeso afecto antiguo pero que evito transitar siempre que puedo: hay zonas de la ciudad que son un ataque contra el buen gusto. Y contra mi corazón tan logroñés, que todavía recuerda cuando aquella calle y las aledañas no habían sido objeto de la ira municipal, combinada con la desidia campante. Así que ese es el primer milagro: todo un prodigio que sobrevivan almas sensibles entre nosotros dispuestas a liarse los euros a la cabeza y levantar un teatro. Que no por lo pequeño de sus dimensiones deja de ser gran proeza.

Me parece que ahí es donde reside la auténtica magia de semejante empeño, que sirve para precipitar estas líneas: dedicar un espacio tan coquetamente organizado para que suceda algo memorable. Los promotores (no tengo el gusto, pero aquí allego mi más sincera enhorabuena y el testimonio de mi consideración más distinguida) han debido pensar que habitan entre nosotros ciudadanos que conservan algo de curiosidad, miembros de un potencial público predispuestos a dejarse seducir por un menú muy suculento: formado por unos cuantos tragos, por supuesto, pero sobre todo por las viejas disciplinas artísticas que se resisten a abandonar esta civilización. El teatro, desde luego, en distintas encarnaciones (el dirigido al público infantil, por ejemplo), pero también cine y música: todo cabe en esta caja mágica que hace honor a su nombre. La Sala Negra.

 

Interior del local. Foto de Justo Rodríguez

 

Porque es una sala y porque es negra. Cuando ingresa el visitante, le deslumbra precisamente la ausencia de luz (valga la paradoja). Se guía por su instinto, orientados sus pasos por una tenue iluminación que garantiza el efecto deseado (un suponer, claro): que el espacio, su propia magnitud, se apodere del espíritu de quienes lo habitan. Allá al fondo se divisa el escenario breve, con su telón esperando a ser descubierto. En la otra esquina, una escaleras dibujan un imaginario podio por donde se irán diseminando los potenciales espectadores que acudan al reclamo de la programación: una manera de organizar estos metros cuadrados que algo tiene de tributo sutil al anfiteatro clásico (también otro suponer). Quienes además pueden elegir para disfrutar de la velada la opción velador, y discúlpese en tontorrón juego de palabras: entre el escenario y el fondo de la sala se ofrecen unas mesitas para la ingesta de cafés, infusiones, cervezas o combinados, despachados con profesionalidad y sentido del oficio según mi experiencia por un servicio que surge del ventanuco situado en uno de los laterales.

Eso es todo. Nada más y nada menos: porque menos es más, ya lo sentenció el sabio. En realidad, el cliente conspicuo nunca ha precisado de mucho adorno ambiental para procurarse un rato inolvidable en su bar favorito: a menudo, sobra todo aquello que nada aporte y sólo despiste. El ornamento también aquí es delito. Debe decirse algo parecido del propósito central de una sala de teatro: lo fundamental ocurre sobre las tablas. Allí arriba, encima del escenario. Y aquí abajo. Porque mientras saboreamos el cafelito (servido por cierto en su punto), nos conformamos con poco, que es mucho. Nos conformamos con que nadie arruine este ecosistema tan preciado, el rico humus donde pueden convivir en armonía dos ámbitos tan proteicos: el suculento universo teatral, el jugoso mundo de los bares. Sin estridencias. Con elegancia y buen gusto: justo lo que propone la Sala Negra.

Algo que vosotros no creeriáis.

P. D. No sólo de café viven los locales donde se puede mezclar (agitar, incluso) la fenomenología propia del mundo hostelero con las emociones propias de cada manifestación artística: en paralelo a la Sala Negra, acaba de reabrir sus puertas (no es un secreto, de acuerdo) la sala Stereo, icono de la calle Mayor, tótem de la noche logroñesa, templo de la música en directo. Prometo una próxima visita para relatar cuanto vea: tal vez, cosas que vosotros no creeriáis.

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Barista y camarero
Jorge Alacid 06-04-2018 | 8:05 | 0

Óscar Solorzáno, en su bar, Asterisco. Foto de Justo Rodríguez

 

Seguro que a usted, amigo e improbable lector, le habrá sucedido alguna vez. Que se ha dejado caer por cierta barra desconocida de buena mañana para disponerse al pasatiempo nacional del cafelito, solo o en compañía de otros (el periódico, por ejemplo: Diario LA RIOJA, a ser posible) y cuando le allega el camarero de guardia la taza con su platillo y el azucarillo preceptivo (opcional galletita cortesía de la casa) y se la acerca a los labios, ocurre que: a) El aspecto no invita precisamente a su ingesta; o b) Las apariencias engañan: es posible que se turbio aguachirle esconda un néctar, una auténtica ambrosía. O c) Me lo tomo de un trago y que pase lo que tenga que pasar.

Ocurre que cuando se cumplen los peores vaticinios, el adorado café se convierte en un sucedáneo de la primera marca de laxante que se nos pase por la cabeza. Un mal trago. En semejantes casos, tiendo a exhibir mi hipotética hoja de reclamaciones: es decir, no vuelvo a poner el pie en semejante local. Lo cual por otro lado me anima a un movimiento de intensidad parecida pero sentido opuesto: valorar en su justa medida (esto es, con matrícula de honor) a todos aquellos bares y todos aquellos profesionales que rinden pleitesía a los dioses del planeta torrefactado y despachan en tiempo y forma el delicioso producto que tanta fama viejuna concedió a Juan Valdés.

Admítas este rodeo para presentar a un caballero que ya ha aparecido por aquí en ocasiones precedentes. Se llama Óscar, defiende con mucha clase el exitoso bar llamado Asterisco de la logroñesa avenida de Portugal, donde no sólo sirve esas aclamadas copas que tanto aplauden los clientes noctívagos: también se ha especializado en el desaparecido arte del café, con tanto estilo que representará a sus colegas riojanos, y a la región entera, en el concurso nacional de baristas que ya se anuncia. Así que como autoridad en la materia, se ha sometido disciplinadamente a un interrogatorio cuyo extracto se resumen a continuación.

Breve historia del café, en cinco misterios.

 

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Primer misterio, la materia prima. “De largo, es lo principal: sin un gran producto no puede prepararse un gran café”. Al campeonato de España Óscar acude con un café seleccionado por Baqué”, empresa que patrocina el certamen. “El café me lo suministra esa casa, que tiene una afección de cafés llamados de especialidad: suelen ser pequeñas cantidades, que consiguen a través de pequeños tostadores: el mío es un Perú”.

Segundo misterio, qué cosa es un café Perú. “Es un café bastante suave, con toques a miel y caramelo, menos cuerpo de lo habitual, aunque lo compensa con el sabor y la acidez, que son espectaculares”.

 

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Tercer misterio, la mano del hombre. ¿Qué convierte a Óscar en catedrático cafetero? “Bueno, hay que dar una serie de pasos, aprenderlos y llevarlos a cabo: el punto de molienda, cómo ejercer la presión correcta dentro del cacillo o cuáles son los tiempos exactos de extracción”. Misterios menores dentro de un misterio mayor: por qué nunca sale igual un café a otro. “Es algo que sólo detectan los paladares más expertos. Ocurre como con el vino: un enólogo sí que sabe sacar las diferencias de un vino que está en una barrica y es igual que el que está en la barrica de al lado. Aquí pasa lo mismo: son jueces profesionales, con mucha experiencia”.

Cuarto misterio, el servicio. Óscar y el resto de competidores tienen que preparar ocho cafés: cuatro expresos, dos capuccinos y dos de especialidad: todos ellos, dispuestos en bandeja ante el jurado, que valorará no sólo la presencia, sino también la profesionalidad. Y el ingenio, claro: nuestro hombre se decanta en el apartado de creaciones propias por un café denominado con el sugerente nombre de onírico. “Lleva naranja, menta, miel de azahar, un expreso como materia prima y aire de flor de azahar”, resume. “Lo meteremos en la carta habitual del Asterisco, pero más adelante, cuando pase todo este lío: hacia el 1 de mayo”.

 

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Y quinto misterio, el más misterioso de todos: la magia. El toque personal de cada concursante. Que en el caso de Óscar, modestia aparte, se distingue por su acreditada habilidad para preparar combinados “supongo que a consecuencia de mi experiencia en el mundo de la coctelería”. Aunque también avisa: “Dentro de los campeonatos, el mismo ejercicio te da la medalla de oro pero te puedes quedar fuera: depende del paladar de los jueces. Aunque intentan ser lo más objetivos posible, los 17 que nos presentamos vamos con la intención de ganar pero luego las diferencias entre el primero y el quinto son mínimas”. Y aviso adicional: “Todos jugamos más o menos con las mismas bazas”.

Roma locuta, causa finita. Es decir, que cuando habla el experto, poco o nada podemos añadir los profanos. Aunque nos reconozcamos leales y veteranos seguidores de la mística del cafelito, esa delicia que nos alegra la mañana o endulza la sobremesa. Que en sus peores versiones tiene algo de patada en el paladar, pero que cuando se sirve con esmero, sentido de la profesionalidad, buen café y mejor cafetera, nos reconcilia con nuestros bares favoritos y los camareros de confianza. Los que nunca estarán de mal café. Y perdón por el tontorrón juego de palabras que me sirve para clausurar estas digresiones.

P. D. Barista o camarero: esa es la cuestión. De un tiempo a esta parte, la palabra barista se emplea con frecuencia en la jerga hostelera, aunque como advierte Óscar Solorzano “la RAE no la reconoce”. “Los académicos ya se pueden poner las pilas”, bromea. Porque, en efecto, se trata de una voz que gana enteros, aunque el común de los mortales no sepa muy bien de qué hablamos cuando hablamos de barista. Le responde a ese hipotético ciudadano el patrón del Asterisco: “La diferencia es que el barista es un camarero que se encarga exclusivamente del café. Es decir, que todos los baristas son camareros pero no todos los camareros son baristas”. Palabra de Óscar: barista y camarero.

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