La Rioja
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Gil de Gárate, bares para todos
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Jorge Alacid | 01-06-2018 | 18:44

 

Vista del comienzo de la calle Gil de Gárate, con alguno de los bares más cercanos a la Gran Vía. Foto de Justo Rodríguez

 

Cuenta desde antiguo un buen amigo que Gil de Gárate lo tiene todo para triunfar como calle propicia para instalar un bar. Sobre todo, si se decanta por instalar terraza adicional. Por dos razones. La primera, que se trata de una calle, como corresponde a las alumbradas por esa época en que se urbanizó el sur de la Gran Vía, carente de garajes, lo cual evita el tránsito constante de vehículos que entran y salen y tanto incomodan en otras calles peatonales cuando uno se aposenta en su velador favorito. Y dos, que parece tratarse de una calle fresquita. Donde la temperatura en verano no alcanza los rigores propios de la canícula inherentes a otros rincones de la ciudad. Donde da gusto sentarse porque corre el aire. Yo añado otro motivo, muy evidente, que ayuda a explicar el auge de Gil de Gárate como escenario de las rondas logroñesas: que está en el centro de Logroño.

Y que posee además una particular personalidad, desde los tiempos en que se llamaba como el aborrecible general, de cuyo nombre no quiero acordarme. De entonces datan mis primeras exploraciones por Gil de Gárate: de la época en que todavía resistía allí el Paulino, bar de acusado y misterioso encanto. Fin de la ronda: en el Paulino nacía y también moría cualquier amago de atractivo en materia de bares por aquella calle, aunque resulta que los había. Y desde luego los hay. Hoy, en su última encarnación, el Paulino cerró y ahí sigue su cancela clausurada. En otros tiempos, hubiera significado el fin de la calle como itinerario para nuestros pasatiempo predilecto, pero hoy su puerta cerrada apenas representa un leve contratiempo. Un obstáculo que puede subsanarse unos metros más allá, en dirección a Pérez Galdós, puesto que en la otra acera florecen unos cuantos bares que cito en orden de aparición: Sydney (que dispone de otra versión, calle arriba, especializada en condumios de origen argentino), En las nubes (ya mencionado aquí otras veces, a cuenta por ejemplo del cachopo que habita entre nosotros) y La Carbonera (nuevo en esta plaza): un bar de reluciente encanto, que dispone de un coqueto comedor, en cuya barra aconsejo dejarse guiar por su sabiduría en materia de vinos y por algunas gollerías fetén. Por ejemplo, su tortilla de patata, despachada al momento, recién hecha, en un formato muy novedoso. Disfrazada de tortilla francesa.

Y en el tramo entre Pérez Galdós y Somosierra, más y más hitos. Por ejemplo, Los Porrones. O el Perejil (de cuyas patatas bravas guardo por cierto un excelente recuerdo), que sirven como pasarela para la incorporación de esta ronda por Gil de Gárate al circuito que forman otras calles como República Argentina, que alguna vez han aparecido ya por aquí. Como aduana, a cada mano de la calle precisamente en la esquina con Somosierra, ejercen así el Varia como el Jaspyr, local que según mi memoria tiene algo de histórico: lleva allí, sirviendo al propósito de nuclear al conjunto del barrio alrededor de su barra, hace ya alguna glaciación. Vecino por cierto del bar que me faltaba por completar esta relación, que merece un párrafo aparte por su singular tipología. El Bogart. Que es más que un bar: el Bogart es un disco-bar.

Dícese de aquellos bares alumbrados a la luz de las modas musicales, allá a finales de los 70, y de las exigencias de un nuevo tipo de público (que hoy ya estará disfrutando, se supone, de las ventajas de la jubilación) que reclamaba bares donde mover el esqueleto, por recuperar un tropo propio del lenguaje de aquel tiempo. Bares de horario vespertino-nocturno, que organizaban su espacio para asegurarse de que contaban con sitio para dos elementos complementarios: una breve pista de baile, coronada a menudo por la célebre bola de cristalitos, y una zona opaca, allá al fondo. Dotada de su mullido peluche, que tendía a fagocitar hacia su interior a las parejitas que gozaban de esa privilegiada ubicación, ajena al escrutino público y poco o nada dotada de iluminación. Ah, el amor. Cuántos logroñeses tendrían a Bogart por Cupido. El conjunto (del Bogart y de cualquier establecimiento de su linaje) se completaba con la cabina del pinchadiscos (D.J., o dillei, en la jerga de quienes no conocieron la mili), combinados camp (el Licor 43, por citar un caso famoso en su día, mezclaba muy bien con la cocacola) y mucho pantalón no menos camp: más bien, campana. Pantalón campana para el chico y para la chica. Opcional, pata de elefante.

De modo que el paseo por Gil de Gárate concluye. En su entorno, ya se ha dicho que florecen otros locales de resplandeciente presente, merecedores de su propio artículo. Lo cual configura una ruta de grandes atractivos, entre los cuales descuella uno que me parece singular: que hay bares para todos los gustos. Para cada sector de población. Para los chiquiteadores natos y para las nuevas hornadas. Para acompañar la ronda con algún bocado indígena o con otros llegados desde lares foráneos. Hay sitio incluso para las parejitas, las de ahora y las de ayer: las que retozaron en el reservado del Bogart. Las que siguen a tiempo de saborear los placeres que se ocultan en la zona oscura del último disco-bar de Logroño.

P.D. La calle Gil de Gárate ocuparía el primer puesto en el imaginario trono de la hostelería logroñesa si atendiéramos tan sólo a los preceptos de la guía Michelín: allí se aloja el único local capitalino premiado por los inspectores franceses del librito rojo. Un restaurante japonés, Kiro Sushi, donde no tengo el gusto. No es por supuesto un bar, sino una casa de comidas, cuyo libro de reservas me cuentan que recuerda mucho al que regula las visitas a ‘La última cena’ de Leonardo. Así que hasta el día en que pruebe sus viandas, me reservo mi parecer, aunque no me resisto a dejar sentada mi opinión al respecto de su coqueta decoración: desde la puerta, el restaurante rezuma estilo. Un imagen ejemplar. Que dota de un atractivo adicional al conjunto de la calle.