La Rioja
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Oporto en sus bares
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Jorge Alacid | 08-06-2018 | 18:45

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Le llaman la ciudad gris. El comentario se le escapa a una guía que conduce a mi lado a una reata de turistas entre la Torre de los Clérigos y las vecinas iglesias carmelitas. Gris tiene en nuestro imaginario como hispanohablantes una condición peyorativa, como sinónimo de mediocre, triste o sombrío. Pero este gris de Oporto es un gris distinto. Un gris azulado que paradójicamente abrillanta nuestros pasos mientras deambulamos entre su adoquinado. La luz gris en la incierta hora del amanecer se derrama sobre el Duero, que ejerce como espejo y la devuelve corregida y aumentada, proyectando sus haces sobre la ciudad toda, cuyas bodegas al otro lado del río ejercen igualmente como faros. Faros de luz gris, atonal, que proyectan su propia iluminación sobre las barras conspicuas. Por ejemplo, los bares de vino (de vino de Oporto, claro) y los cafés al estilo centroeuropeo: aunque esquinada a esta orilla atlántica del continente, la capital del Duero pertenece al linaje de las grandes ciudades europeas que entronizaron el café como la acabada muestra de civilización que representa. Así que Oporto presume de ellos: esa tríada de locales memorables por donde el visitante se dispone a curiosear recién deshecha la maleta.

Primera etapa, el Majestic. Imposible ingresar: el viajero, que anduvo por aquí hace una década cuando Oporto todavía no figuraba entre los destinos favoritos del turista (cuando el turismo tampoco era aún lo que hoy es: el monstruo que viene a visitarnos), recuerda aposentarse en sus veladores a ver pasar la vida. Opción descartada ahora cada vez que desfila ante sus puertas, porque hay que hacer fila. Fila larguísima y perenne. Una legión de clientes aguarda paciente turno frente a la bella filigrana modernista de su fachada y mira por entre los ventanales hacia el interior, a ver si hay suerte y algún parroquiano deja su silla libre. De modo que el paseo prosigue hacia el vecino A Brasileira, otro bellísimo ejemplo de que otros bares eran posibles. Su acogedora decoración art déco justifica la presencia constante de turistas (sí, otra vez) fotografiando su entrada, pero aquí dentro hay espacio de sobra: ejemplar servicio, tarifado a precios comedidos como en el resto de la ciudad y una idea de confort muy perfeccionada, como era norma antaño en tantos bares semejantes.

Tercera posta, el Guaraní. También exhibe un encantador ambiente, una atmósfera silente y gentil donde es incluso posible escuchar el silencio o asombrarnos con el eco de nuestras propias voces. De nuevo, un servicio de modélica profesionalidad, que despacha un café y un cruasán por apenas un par de euros (repito, dos euros: en Oporto se rigen por precios anteriores a la moneda única) y y te regala además unas estupendas vistas a través de las cristaleras hacia la avenida Os Aliados, eje central de esta ciudad que a medida que avanza la mañana va desmintiendo el gris original. Triunfa el sol del mediodía: llega la hora de conocer el resto de la oferta que en materia de bares ofrecen estas calles color marengo.

Que son bares de vinos, claro. En mi pobre experiencia, sólo recuerdo un par de ciudades europeas que puedan competir en esta tipología con Oporto. Se trata de Burdeos, en cuyas calles tropieza el visitante a menudo con locales semejantes despachando el néctar bordelés, y Reims, donde ocurre otro tanto con el champán. Son bares recoletos, que no precisan por lo tanto de grandes alharacas para sorprender al visitante con esas ambrosías alumbradas Duero arriba y acunadas luego en las bodegas de la vecina Gaia, al otro lado del río. Apenas unos metros cuadrados son suficientes para que duerman unas cuantas referencias de tanta calidad como diversidad, servidas en copas como manda Baco a cargo de camareros con un elevado sentido del oficio. Bares minúsculos en algún caso, de encantadora estética, diseminados por el ombligo de la ciudad para gloria del turista universal. Que completan la oferta propia de las mencionadas bodegas, donde el extranjero puede muy bien forjarse una idea de la riqueza vinícola que atesora este rincón de Portugal y llevarse algo de trabajo a casa: de regreso al hogar podrá avanzar en su placentera indagación no sólo alrededor de los vinos dulces que han dado fama a los nativos sino estos otros tintos y blancos que forman una gozosa baraja de posibilidades para atrapar el alma del país a través de un itinerario inigualable. A través de sus vinos, por supuesto.

Aunque no sólo. En mi peregrinaje por la ciudad, caí en la jurisdicción de dos propuestas hosteleras, bien singulares. Ambas forman parte del collage de fotos que ilustran estas líneas. Por un lado, el mercado de Matosinhos, barrio oceánico dotado de alta personalidad, donde el cliente puede aprovechar para hacer la compra mientras disfruta de un trago en uno de los bares de su perímetro interior. Nada que no hayan visto mis ojos en otras esquinas de España pero que no termina de fraguar por Logroño. Y dos, algo también mil veces visto: una terraza al borde del mar, cuya imagen también aparece ahí arriba. Pero esta es una terraza con valor añadido: se sitúa también en Matosinhos al lado de las famosas piscinas debidas del ingenio de uno de sus más prestigiosos vecinos, el multipremiado arquitecto Álvaro Siza. Unas piletas que surgen del contacto con la mar océana, ese espectáculo que no termina nunca de cansar a quien nació tierra adentro. Que se imagina a sí mismo con facilitad gozando del paisaje apoltronado en una de estas butacas. Disfrutando de un tawny o un ruby. O de un cortadito, que aquí llaman pingo, hermosa voz.

Otras razones para regresar siempre a Oporto. Como la sorpresa que encontré en otro de mis paseos, que me sirve para cerrar esta entrada. El local llamado Miss Pavlova, coqueto café alojado fuera de la mirada de los curiosos: al fondo de una tienda de regalos, bazar o lo que sea, ubicada al lado de Aliados. En la rúa Almansa, este discreto café camulflado ofrece (según dicen los reclamos) la mejor tarta de Oporto, de crujiente merengue y relleno de crema. Para dar con semejante golosina, se tiene que atravesar el comercio que la alberga: una especie de juego de muñecas rusas hosteleras. Un bar de sutil delicadeza, el atributo que resume las grandes virtudes de Oporto en sus bares: el discreto encanto de la hostelería.

P.D. Si llega de Logroño, cliente de cualquier bar de Oporto se maravillará cuando se vea dominado por un placer antiguo, que antes no era tan extraño en nuestros bares. El silencio. Uno se sentaba en su local predilecto y milagro: aún podía escuchar su propia voz. También la del compañero de barra, hazaña que hoy exige acabar medio afónico. Ocurría tal milagro antes de que irrumpiera en el servicio hostelero una generación de camareros que habían visto denegada su inclusión en la sección de metales de la Filarmónica de Berlín. En venganza, se desparramaron a continuación por nuestros bares favoritos, donde cada día perpetran su propia fanfarria: ese estruendo de vajillas que chocan entre sí, el formidable estrépito de la cristalería, el ruido aparatoso de la cubertería… Y el momento cumbre: cuando se vacía el lavavajillas, ese clímax que haría tan feliz a Von Karajan y obliga en consecuencia a la parroquia a entenderse entre gritos, incapaz de escucharse a sí misma entre el barullo que forman también el altísimo volumen de la televisión que casi nadie ve y la banda sonora que nadie ha pedido, música de ascensor que estropea el momento íntimo que uno aspira a encontrar cuando le despachan un trago. Un trago y una dosis de silencio. Justo lo que todavía se encuentra en los cafés de Oporto, en sus bares de vinos.