La Rioja
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Autor: Jorge Alacid
Los domingos no son lo que eran
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Jorge Alacid | 08-12-2017 | 10:43| 0

Cartel con domingos cerrado

 

 

Hace algunos años, tropecé almorzando un domingo en una venerable casa de comidas de los alrededores de Logroño con el propietario de un conocido restaurante capitalino. Cuando le hice ver mi extrañeza por ese hábito de librar en festivos recién adquirido en su gremio, que de suyo solía abrir sus puertas 365 días al año (uno más si era bisiesto), desde muy temprana hora hasta rozar la medianoche, me contestó que mientras su banco se lo permitiera, pretendía disfrutar del asueto dominical como un cristiano más. Y que en realidad esa era la tendencia del resto del sector: que eran, y son, contados los restaurantes de Logroño que abren en domingo. Una moda que alcanza de un tiempo a esta parte a nuestros queridos bares.

Los hay, en efecto, que dedican ese día al descanso semanal, lo cual tiene su lógica aunque atenta contra un principio antiguo, según el cual el último día de la semana representaba antaño la jornada más feliz para la máquina registradora. Amiguitos, aquellos buenos días ya acabaron. Échadle la culpa al chachacha, a la segunda residencia, a la moda del senderismo o a todo pasatiempo que aleje a los lugareños de su sede natural para dedicar los domingos a otro tipo de aventuras. Los bares que cada mañana, de lunes a sábado como cantaban Carmen, Jesús e Iñaki, albergan a la clientela de confianza bajan la persiana el domingo. Ocurre en el centro y sucede en la periferia. Incluso en las zonas más queridas para el chiquiteador indómito. Esos bares de Laurel, San Agustín o San Juan que echan el candado ese día y contribuyen a ofrecer una imagen mejorable de la bandera de Logroño que todos ellos representan. El paseo se hace entonces más solitario, con menos competencia en las barras de guardia, lo cual suele garantizar a sus clientes una ruta más calmada, detenida y también más dichosa: no hay mal que por bien… Etcétera.

El mesonero Alfonso lo confirmaba una tarde desde su atalaya de la calle Villegas: “Los domingos no son lo que eran”. Una máxima corroborada por Dani desde el García de la San Juan y por quienes defienden otras barras castizas: los indígenas huyen (huimos) de la ciudad y el esfuerzo en recursos materiales y humanos que supone abrir las puertas del local no se corresponde con el negocio que se ve incapaz de asegurar la menguada parroquia que todavía se resiste a abandonar Logroño. Triunfa entonces entre el empresariado la tentación de concederse un respiro al frente de un negocio bastante esclavo. Es la pescadilla que se muerde la cola, o la pesadilla que se muerde la cola que diría mi subteniente Trujillo, personaje memorable: los bares no abren porque no detectan potencial clientela y la potencial clientela se pira por ahí porque los bares no abren. Vaya a usted a saber si fue antes el huevo o la gallina.

Lo cual encierra un peligro del que ignoro si son muy conscientes quienes se entregan a semejante práctica. Si los bares abandonan a sus feligreses, éstos suelen acudir allí donde saben que serán bien recibidos, domingos incluidos. Y es posible que les guste la novedad, que luego repitan y les sean en consecuencia infieles incluso durante la semana laborable: todo un peligro. Porque observo que hay bares que no se conforman con cerrar los domingos: además cierran los sábados por la tarde, cuando (siempre en teoría) llegaba el momento cumbre para la mayoría de ellos no hace tanto tiempo. También es cierto que forman legión los locales que sí abren en festivo para el vermú matinal: como cada vez encuentran menos competencia porque otros colegas del gremio cierran ese día, sus barras presentan un aspecto estupendo para su cuenta corriente en determinados momentos a partir del mediodía. Detecto que muchos de ellos, cuando el parroquiano se marcha a casa a almorzar, cierran la verja y hasta el lunes: pasear por ciertas calles un domingo de otoño invernal por la tarde recuerda en algo aquel pasaje famoso de la peli de Aménabar, ‘Abre los ojos’, con el protagonista recorriendo un Madrid fantasmal por vacío.

Fantasmal y vacío también Logroño en según qué calles en según qué tardes de domingo. Algún bar que sobrevive a la marea del cierre dominical presenta un aspecto desolador, nada atractivo. Mal iluminado, una exigua parroquia formada a veces por un solitario cliente con pinta de necesitar mucho cariño, el camarero absorto con la tele, sin que nada conspire a su alrededor en fomento del hábito de ingresar en ese recinto habitualmente propicio para celebrar la vida… Una pena. Una pena entendible. Los camareros también tienen su corazón, que pueden alimentar con mayor dedicación y energía si se conceden un respiro de este tipo. A costa de que entre nosotros prolifere lo que llama la medicina moderna ‘síndrome del domingo por la tarde’, con efectos conocidos ya analizados por la literatura científica: introspección, melancolía, frustración… Aunque hasta hace poco era peor: podías poner la tele un domingo por la tarde y que apareciese algún ejemplar de la familia Campos acampado en Tele 5.

Una excusa inigualable para acudir al bar más cercano. Si es que estaba abierto.

P.D. Los domingos no son lo que eran tampoco para un sector de la hostelería que jugaba ese día al fijo en la quiniela: siempre cantaba bingo. Me refiero a la gremio de las churrerías. No tanto las de Logroño, del subsector portátil, que alegran la mañana desde las plazas y parques que las alojan: pongamos que hablo de las churrerías de Madrid. Como la que regenta ejemplarmente (modélicos sus churros y porras) la familia Cuenca en la chamberilera calle Ponzano, que encontré clausurada en una reciente excursión dominical: al sábado siguiente, sus ideológos se apresuraron a justificar el cierre, con el argumento de que su clientela fetén ya no son los parroquianos que se apretujaban antaño en sus escasos metros cuadrados para llevarse un manjar inigualable. Su negocio estriba ahora en los bares adyacentes, que pugnan por tan rica mercancía para garantizar un desayuno más español que la bata de cola. Y como los bares madrileños de esa jurisdicción (y de otros tantos barrios del centro) han tomado la costumbre de cerrar en domingo, el amigo churrero hace otro tanto. Y se encoge de hombros: “Algún día habrá que descansar, ¿no?”.

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Porque nos gustan los bares: qué pasa (y los ganadores son…)
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Jorge Alacid | 01-12-2017 | 9:11| 0

Fiesta de aniversario del Ibiza. Foto de Justo Rodríguez

 

Gracias, gracias, gracias… Me confieso abrumado por la respuesta de tanto y tanto improbable lector que aceptó participar en este juego/pasatiempo/sorteo que propuse hace una semana para festejar los cinco años de vida del blog. Y me reconozco agradecido por supuesto a las buenas gentes del Ibiza, Wine Fandango y Gurugú que generosamente aceptaron participar invitando a los ganadores a una consumición para celebrar lo que celebramos siempre que visitamos un bar (la vida, creo), mientras repaso en estas líneas algunas de las aportaciones que me han hecho llegar con la gentileza habitual los corresponsales desde el otro lado de la pantalla.

Así que ahí va una selección de algunas ideas arrojadas en respuesta a la consulta formulada entre signos de interrogación. Atención, pregunta: ¿por qué nos gustan los bares? A lo cual responde un amable lector con esta consideración que suscribo fervientemente: “Porque lo llevamos en el ADN. No hay que fiarse de aquellos que recelen de los bares”. Amén. Coincido asimismo con otra respuesta: “Porque el bar es la vida”. Y con esta tercera: “Son espacios en los que la razón se deja llevar por el aroma, el ruido y la sensación de que TODO está bien”. Hay quien subraya que acudir a los bares de guardia resulta una diversión preferible a quedarse en el sofá de casa, quien resalta que le parecen el escenario más pertinente para disfrutar “de los pequeños placeres de la vida” y quien reivindica su adecuación para lo antedicho: para celebrar la vida; ergo, para “compartir los buenos momentos con los amigos”.

 

Fiesta de aniversario del Wine Fandango

 

En total, he recogido más de sesenta respuestas a lo largo de esta semana. Las hay de todas las categorías. Las remitidas en tono humorístico (“Porque el camarero está leyendo el As con avidez. Ya en serio. Porque en alguno de ellos te encuentras como en casa y así te tratan”) y en tono melancólico: “Porque nos gusta disfrutar de los pequeños momentos de descanso y libertad que podemos tener fuera del trabajo o charlando con los nuestros”. También las hay de índole sociológica. O psicológica: “Porque dejamos los problemas en casa”. Aunque para concluir esta apresurada recopilación de las contestaciones que más me han llamado la atención rescato la que me lanza un lector con quien no puedo estar más de acuerdo: “Porque Logroño son sus bares”. Y porque a veces me parece acertada la frase célebre según la cual una imagen vale más que mil palabras, dejo que hablen por mí las dos fotos que ilustran estas líneas. Una, tomada el jueves en el Ibiza por Justo Rodríguez, durante los festejos de su primer año de vida: en esas caras de felicidad de su clientela puede reconocerse el improbable lector. Aunque para rostros dichosos, los semblantes de los ideológos del Wine Fandango durante su propia celebración: las propias de quienes festejan la alegría de vivir.

Concluyo con mi propia opinión. He reflexionado al respecto, mientras iba recopilando las contestaciones aportadas, y concluyo recordando lo que decía el maestro García Márquez. Cuando alguien le preguntaba por qué escribía, el maestro colombiano solía contestar que escribía para hacer feliz a sus amigos. Yo opino algo parecido: la idea del bar está en mi corazón íntimamente unida a la idea de amistad. En realidad, la vinculo con un concepto todavía más profundo, distinto. La noción de camaradería. Me malicio que en una barra tendemos a hermanarnos no sólo con los amigos y conocidos, sino también con los desconocidos. Nos reconocemos como miembros de una misma fraternidad, contra quienes suelen conspirar los poderes establecidos y la dictadura de lo políticamente correcto. Y, en efecto, como sentenciaba la célebre tonada: “No hay (nada) como el calor del amor en un bar”. Sí, ese calorcito amigo, que predispone a bucear alrededor de una sensación de la que soy muy fan, la que proclamaba Blanche DuBois en ‘Un tranvía llamado deseo’, cuando anunciaba que se disponía a entregarse “a la amabilidad de los extraños”. Lo cual asegura cierta dicha, aunque sea pasajera. Y en pocos lugares como los bares de Logroño uno ha sido tan felizmente dichoso. Tal vez sólo en Las Gaunas, dueño de una sensación parecida. La felicidad de la derrota.

P.D. Los ganadores del sorteo son… Se hizo por riguroso orden telemático: introduciendo una cifra aleatoria en una maquinita que fue alumbrando tres numeritos, mediante el sistema llamado Random Number Generator, que resultaron se los correspondientes a Esmeralda León, destinataria de la generosidad del Wine Fandango; Rosa Larrea, a quien le invitarán a una ronda en el Gurugú; y Rafa Benito, que se lleva el premio del Ibiza. A todos ellos, mi gratitud infinita. Por haber participado en este entretenimiento y por integrar el grupo de improbables lectores a quienes uno no pone cara pero a quienes siente al otro lado de la pantalla.

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¿Por qué nos gustan los bares? (Con premio para que el responda)
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Jorge Alacid | 24-11-2017 | 4:16| 0

Listado de las entradas más visitadas en el blog

 

Debo a Mr. Google la feliz noticia de que hace cinco años alumbramos aquí este blog que tantas satisfacciones me reporta. Al menos a mi corazón tan logroñés. Y hablo en primera persona del plural porque el gozo que me procura abrir con frecuencia más o menos semanal esta ventana al universo mundo se vincula directamente con la posibilidad de interactuar con quienes se encuentran al otro lado de la pantalla. He descubierto mi propio expediente X: sí, hay alguien ahí fuera. Lo cual representa la parte más dichosa de esta experiencia iniciada sin saber muy bien por qué, sin una razón genuina. Sin método. O sin otro método que la pura intuición: pensaba entonces, y sigo pensando todavía hoy con más motivo, que en los bares se encierra un capítulo particularmente interesante de eso que el maestro Vázquez Montalbán llamaba nuestra educación sentimental (tomando de prestado de Flaubert). Y que dedicar un rato a reflexionar por qué nos gustan (tanto) los bares podía representar una aventura compartida por quienes se hagan la misma pregunta.

Cinco años después, confieso que he visto cosas que nadie de vosotros creería. Bares llamados gastrobares, por ejemplo. Bares rotulados en inglés, por añadir otra dosis de magia. Bares de Logroño y del resto del mundo. Camareros de confianza, parroquianos conspicuos, clientela de aluvión y feligreses fieles hasta el tuétano a su bar predilecto, que ahí siguen: acodados en su barra de guardia. Hemos visto desaparecer y aparecer de nuevo las orejas del Perchas. Y otro tanto añado del Ibiza o del Tívoli. Algunos garitos murieron, tal vez para siempre, aunque siempre queda viva la esperanza de verlos alguna mañana resucitar… Cruzaron por esta pantalla los gintonic con pepino, nada menos, que parecen haber pasado a mejor vida: sólo pensar en ellos se me funden las meninges. Cruzaron también otros tragos y otros bocados, pero sobre todo cruzaron ante mis asombrados ojos las muestras de reconocimiento de tantos y tantos lectores que alguna vez me hicieron llegar sus parabienes, así virtual como presencialmente (adverbio que detesto, por cierto). También algún reproche, que admití (creo) con sentido de la deportividad. Y algún insulto, por supuesto: cosas de este tiempo tan proclive al cainismo.

Cuando digo que me siento emocionado y agradecido como Lina Morgan en Hostal Royal Manzanares, no rebajo un ápice (ni un adarme) la placentera sensación que me procura el impacto generado por estas líneas perpetradas a mayor gloria de nuestro pasatiempo favorito. Las cifras hablan por mí. Según los datos que me facilitan, el blog se acerca en estos años a los 300.00 usuarios únicos. Otros tantos escalofríos. Aún me alucina más la estadística de páginas vistas: supera el medio millón. Si alguien siente la misma curiosidad que yo, le aporto otra clasificación: las entradas más vistas en este tiempo. En el 2013, una sobre las tapas gratis que sirven en algunos bares de Logroño; al año siguiente, encabezó esa tabla una reflexión en torno a los bares viejunos que todavía resisten entre nosotros; en el 2015, la pieza titulada ‘Nueva vida para el Ibiza’ y en el 2016, ‘Y el cachopo habitó entre nosotros’. Este año, se sube a lo más alto de ese imaginario podio una entrada publicada hace ya unos meses: una encuesta sobre qué bar sirve las mejores bravas de Logroño. Se ve que al público lector le gusta tanto como a mí este tipo de consultas, porque la entrada número dos iba sobre los mejores morros y la tercera, otrosí de las hamburguesas.

Así que me remito a lo antedicho: gracias. Gracias infinitas. Alguna vez he pensado que esta andadura tendrá que acabar un día. Que puede morir solita porque llegará el instante trágico en que lo haya contado todo (o casi todo) de Logroño en sus bares, pero es un pensamiento fugaz que la realidad se encarga de desmentir. Porque ocurre lo antedicho (bis): que el universo de los sentimientos es infinito y perdón por ponerme cursi. Y eso es un bar. Un depositario de nuestras emociones más auténticas, el espacio donde nos reconocemos a nosotros mismos, a nuestro pasado común e inagotable. De modo que me parece que hay blog para rato. Además, sucede que cualquier andanza que uno perpetre por estas calles y plazas logroñesas (y alrededores) le lleva inevitablemente a ese universo tan querido, así que tiendo a condicionar mi mirada y dirigirla hacia el objeto de este blog: todos los caminos conducen a los bares. Y sucede también que con frecuencia tropiezo con voces amigas que me animan a perseverar. Me lanzan sugerencias, proponen pistas, me invitan a proseguir con estas cavilaciones que, como digo, se escriben en primera persona del plural. Así que sólo por la deuda de gratitud que reservo a tan leales corresponsales me siento animado a proseguir dando guerra al menos otros cinco años.

Será un paseo romántico: de la mano. Autor y lectores, a quienes invito a acompañarme en este itinerario emocional. Ya digo que hoy me he levantado especialmente cursi. Y para corroborar que cuanto prometo se cumple, allá va este desafío: quien me responda a la pregunta que intitula estas líneas (¿Por qué nos gustan los bares?), participará en un sorteo cuyo premio corre a cargo de tres bares de absoluta garantía, muy caros a este blog, que también andan de cumpleaños. El Wine Fandango, que sopla ahora tres velitas, y el Ibiza, que celebra su primer aniversario de su exitosa reencarnación. Y el tercero, en representación de todos los demás bares logroñeses, el decano: el Gurugú. Los tres obsequiarán a los agraciados con algunas de las golosinas que les han procurado justa fama, así que les dirijo a todos ellos un agradecimiento adicional. Porque yo me limitaré a hacer eso tan habitual de Logroño y del resto de España. Algo tan propio de tantos bares: invitar a los parroquianos, siempre que la cuenta la pague otro.

También me encargaré de lo de siempre: de contarlo.

Pero esa es otra historia. Y lo dicho: para participar, puedes hacer clic en este enlace: http://especial.larioja.com/concursos/logronobares/index.php

P.D. No quisiera ponerme fúnebre, pero como he mencionado arriba estos cinco años han dado también para alguna despedida. Dos de ellas, más o menos recientes. Una ocurrió en mayo, aunque la he conocido hace apenas unos días. El veterano patrón del Hostal El Duque de Medinaceli, aquí alguna vez glosado como ejemplo de honorable desempeño al frente de esa tipología tan querida de bar de carretera, dejó de defender entonces la barra donde sigo parando para el tentempié camino de Madrid: una llorada pérdida. Aunque más llorada, porque me toca más de cerca, es el reciente fallecimiento de Pilar Santander, ejemplar leyenda del Logroño hostelero. La veo asomada al hueco de la cocina vigilando el correcto funcionamiento del bar de Cantabria, siempre gentil y siempre eficaz. Y siempre haciendo gala de una virtud que juzgo hoy en retroceso: la generosidad. Cuando pienso en alguien generoso, pero generoso de raíz, pienso en ella. Y derramo por Pili una imaginaria lágrima. Por su bondad infinita. Por una persona buena de verdad. Buena, como pedía Machado, en el buen sentido de la palabra.

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Una de calamares
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Jorge Alacid | 17-11-2017 | 9:34| 0

Calamares en cucurucho en La Tarasca. Foto de Justo Rodríguez

 

A petición del querido público, al que tanto debo, como si fuera una folclórica de los años bizarros reclamo la atención del improbable lector a cuenta de una pregunta que me intriga: dónde sirven los mejores calamares de Logroño. Lanzo al aire este interrogante en espera de pronta respuesta, movilizado en efecto por las inquietudes que me trasladó un corresponsal de este blog, que me animó a enviar esta consulta por el éter a partir de sus propias cuitas. Yo le comenté que en su momento ya había tributado cumplido reconocimiento a semejante golosina, que me tiene desde antiguo entre sus devotos confesos, como se espera de todo feligrés que alguna tarde cayera en los dominios de la familia Moracia y engullera sus legendarios bocatas de calamares. O como se presupone de todo riojano que un día viajara hasta Madrid e hiciera lo que cualquier logroñés que se viste por los pies nada más aterrizar en la capital del Reino: a) Peregrinar hasta El Corte Inglés más cercano. Y b) Pedir una de calamares en la plaza Mayor y aledaños.

Pero debo admitir que nunca me había hecho a mí mismo la citada pregunta: dónde sirven los mejores calamares de Logroño. Añado a continuación que me declaro incondicional de una de sus encarnaciones recientes, que también han aparecido por aquí alguna vez: los que despachan en el Torres, en formato bocata como homenajeando a la versión original del Moderno, y aliñados con un estupendo alioli, salsa de la que soy muy fan. Pero servido en plan ración… Reconozco que no caigo. Porque ocurre con esta tapa castiza, integrante de lo mejor del recetario clásico, que exige una elaboración a menudo tan compleja que se descarta su presencia en las barras conspicuas entre semana. Sus incondicionales tendrán que conformarse con saborearla en los fines de semana, lo cual limita un poco cualquier seguimiento.

Dicho lo cual, ahí va una apresurada lista que me proporcionan fuentes de toda confianza. Que invitan a darse un festín con las raciones que despachan, por ejemplo, en el Samaray de la calle San Juan, establecimiento con solera donde los haya. O las que ofrece, segunda recomendación, el Sella de República Argentina. En ambos casos debo reconocer que toco de oído. Sí que me atrevo a soltar una sugerencia de primera mano: en La Tarasca del barrio de Siete Infantes se despachan en gracioso cucurucho unas raciones deliciosas, que consume ávida su clientela del fin de semana según tengo observado.

Aunque yo confieso: mis rabas favoritas de siempre se sirven en un bar… donostiarra. Esto es, de San Sebastián, para quienes no dominen el idioma vascuence. Se trata del Intza, por si alguien está interesado, aunque tal vez le suene más por su anterior denominación: se llamaba España, con perdón. Bar España de San Sebastián… Lo que hay que ver Y ahí lo dejo. Tropecé hace un par de glaciaciones por casualidad frente a su barra multicolor, donde brillaba la promesa de un sinfín de gollerías, que descarté en cuanto vi que desde la pizarra me llamaba el anuncio mil veces contemplado en otros tantos locales: ‘Hay rabas’. Desde entonces, no me permito pasear por la capital de Guipúzcoa sin concederme ese regalo, consistente en efecto en una espléndida ración de calamares presentada como yo prefiero. Un rebozo sutil, casi inexistente. Nada que ver con esas masas exageradas en donde uno acaba buscando el tuétano del calamar como el haba en el rosco de Reyes: allá al fondo parece que se divisa. Los calamares del Intza se preparan según una norma radicalmente contraria: una leve capa enharinada, la evanescente huella del huevo batido… Lo cual desvela el secreto de tal bocado: el producto. Calamares de primera para una ración de primera.

Así que lo dicho: si en Logroño los preparan igual de bien en cualquier barra, aquí se consignarán las aportaciones de sus seguidores. Esta es su casa. De paso se agradecerá de quien posea información fetén que aclare ese tipo de preguntas que uno se ha hecho siempre, del tipo ‘Quiénes somos’, ‘De dónde venimos’ o ‘Por qué cantamos bajo la ducha’. Esto es, por qué le llaman calamares cuando quieren decir rabas. También llamado el juego de las siete diferencias: yo, la verdad, reconozco que no distingo los unos de las otras. Pero las engullo con un placer similar, incluyendo factores de índole sentimental: al contacto con el paladar, regreso a la tierna adolescencia y me vuelvo a ver a mí mismo atacando el bocata del Moderno. La dicha culinaria costaba entonces quince tristes pesetas. Y disponía de una ventaja adicional: como se elaboraban con una materia parecida al chicle, aquellos calamares sabían a gloria. Porque se podían estirar hasta bien entrada la madrugada.

Pero ésa es otra historia.

P.D. La Rioja, como es sabido, dispone de su propio puerto de mar. Hasta no hace tanto, eran célebres las anchoas en conserva elaboradas en la factoría de… Albelda. Supongo que las pescaban en el vecino Iregua. Dispone también la región de sus propios calamares autóctonos, naturales como es lógico de Tricio: a la vega del Najerilla se cultivan estos apreciados ejemplares, que aparecen con elevada frecuencia y sobresaliente garantía de calidad en los mejores bares de Logroño. Y que son además mis favoritos cuando me someto a semejante placer en la intimidad del hogar.

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El vino tenía un precio (primera parte)
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Jorge Alacid | 10-11-2017 | 9:22| 0

Copas de vino de Rioja. Foto de Justo Rodríguez para Diario LA RIOJA

 

Hace unos meses, este blog alojó una reflexión retrospectiva sobre cierto boicot de la clientela conspicua de los bares castizos con ocasión de una fulgurante (aunque lejana) subida del precio del vino, allá en el pleistoceno. Bueno, no tan lejana. Porque aquella rebelión ocurrió en los años 80 (ochenta): las tarifas se dispararon de un día para otro y los parroquianos reaccionaron como corresponde. Cabalmente. Es decir, que no sólo se indignaron, sino que peregrinaron hasta su red social favorita para proclamar su ira: las páginas de Diario LA RIOJA. Allí se consignó su protesta… con nulo éxito, la verdad: el precio del vino siguió por las nubes, pero al menos los firmantes del manifiesto tuvieron la oportunidad de divulgar al mundo su enojo explayándose a conciencia. Sin limitarse como hoy a la dictadura de los 140 caracteres. (perdón: 280 al cierre de esta edición).

Aquel episodio (bastante camp, hay que admitirlo) me intrigó. Más allá de la exploración arqueológica, me parecía que fomentaba alguna clase de pesquisa en torno al presente. Al aquí y al ahora. Así que, atención: pregunta. A cuánto se cobra la copa de vino en nuestros bares favoritos. Porque el lector habrá observado que la política de precios en el gremio de la hostelería puede calificarse como oscilante, o (por no tildarlo de veleta) veleta. Es decir, que no hay un precio único para el mismo producto, puesto que en determinarlo intervienen distintos factores que acaban por distorsionar la realidad. Se llama economía de mercado. Es una rama de la parapsicología. Así que, habida cuenta mis muchas limitaciones en este ámbito y en otros cuantos, hice lo de siempre. Consultar a fuentes generalmente bien informadas, como se decía antes en el periodismo. Con todos ustedes, el logroñés Fernando Bóbeda, observador agudo y dueño de un blog sobre vino cuya lectura recomiendo vivamente.

Quien recogió con la cortesía y sagacidad habituales la invitación, que se sustanciaba en la siguiente propuesta: que fuera anotando en sus periplos chiquiteadores que le llevan de la San Juan a la Laurel y zonas aledañas (y bebo porque me toca) a cuánto se cobra un vino. Se trata por lo tanto de una prueba muy arbitraria, que no pretende molestar a nadie sino que se limita a medir a título de ejemplo muy empírico qué le pasa a una botella de vino cuando ingresa en un bar y contribuye a rellenar unas cuantas copas. Qué sucede en ese momento en que el camarero de guardia acude a la máquina registradora y te trae la factura. Valga esta experiencia que relata el amigo Bóbeda para hacernos una idea, teniendo en cuenta que inició su peregrinaje en el ya remoto verano.

“Tomé como referencia el Tobías Selección, de Cuzcurrita”, relata. “Encontré precios que van de 1,50 a 2,10 euros en una botella que a precio de bar oscila entre los 5 y los 6 euros”. Siguiente ejemplo, Tobelos, la bodega de Briñas. “Es más constante”, explica. “Se cobra a una horquilla entre 2 y 2,30 euros, cuando en precio de origen es sólo ligeramente superior”, añade. “Mi referencia”, apunta sobre este particular, “es precio de botella en origen multiplicado por 2,5, contando siete copas por botella en crianza y ocho en cosechero”.

¿Sirven de algo a alguien estas correrías cronometradas calculadora en mano de nuestro hombre? Veamos. Porque avanzando el estío se dejó caer el amigo Bóbeda por la querida León, donde prosiguió sus investigaciones. Con estos resultados. “Un corto y un Ramón Bilbao Reserva, más tapa de chorizo y cecina con media barra de pan, nos salió por 3,60 euros”, anota. En otro local, registra lo siguiente: “Un corto y un Zuazo Gastón, más dos lonchas generosas de queso, 3 euros”. Y subraya: “Lo dejo a tu criterio”. Como insinuando que… Como insinuando que rellene el improbable lector los puntos suspensivos y luego tome nota de la siguiente parada leonesa del referido peritador: “Corto de cerveza más Rioja Bordón y dos croquetas, 3,50”.

Proseguimos, con pesquisas más recientes. “Estar poteando por San Juan y pedir un Bozeto de Tom Puyaubert en dos bares ejemplares sirviendo vino –prácticamente pared con pared por dar más datos-, y pagar en uno 1,70 y 2,20 en el otro”, añade. Se pueden agregar puntos suspensivos (licencia de quien firma estas líneas) o concluir que, en efecto, la economía de mercado es una rama de la parapsicología. Para comprender algunos de sus estropicios, se necesita la güija. O bien concluir con el mentado Bóbeda su siguiente dictamen. Primer principio, compartido por cierto, en forma de pregunta: “¿El vino se vende caro en Logroño? Te diré que el del cosechero sí me parece un precio abusivo”. Y dos: “La idea final es que las cuadrillas de chiquiteros como las hemos conocido no interesan. Y si sobreviven únicamente podemos encontrarlas en los barrios. Ellos, los chiquiteadores, no alternan a vinos con crianza, únicamente a cosecheros. Resultado: Laurel y San Juan están vedadas para ellos por razones económicas”.

A lo cual, servidor, que carece de semejante ciencia, sólo puede añadir la frase célebre de Tony Soprano: “Amén a todo”. Y que, como los folletines antiguos, continuará.

P.D. A este menester de calibrar el precio de un vino, que ya insisto en que carece de validez científica y debe tomarse como lo que es (un pasatiempo), contribuye el autor de estas líneas con su propio trabajo de campo. Una factura recién endosada en un bar de Madrid, bastante chulo por cierto: se aloja en la calle Ponzano esquina a Bretón, zona hoy en pleno proceso de gentrificación, bajo el nombre de La Malcriada. El precio puede quitar el hipo: 7,80 euros, a suerte de 3,90 por cabeza. Era un Rioja de Luis Cañas, fetén por cierto. Que en Logroño se tarifa mucho más económico, aunque aquí debo añadir alguna advertencia que matiza la conclusión más apresurada. Una, que como es costumbre en Madrid, la dosis de vino era generosa, tirando a exagerada: con esa ración se llenan entre nosotros un par de copas, así que el vino te saldría por la mitad (1,95 euros). Segundo aviso: que, como también es costumbre en la capital del Reino de España, se acompaña de una tapa de regalo, un jugoso huevo relleno que me transportó a la infancia, cuando semejante bocado poblaba las mesas familiares de media España. Tercera apostilla: que hubo otro obsequio de la casa, a petición del consumidor, consistente en un platillo de estupendas aceitunas, una de mis devociones. Y cuarto: que todo lo antedicho fue despachado con gracia, simpatía y sentido de la profesionalidad por una espabiladísima camarera. De donde concluyo que el precio final, inicialmente astronómico, finalmente no fue para tanto. Y que el poeta tenía razón: es de necios confundir valor con precio.

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