La Rioja
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Autor: Jorge Alacid
¿Cuál es la mejor terraza de Logroño?
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Jorge Alacid | 21-07-2017 | 10:20| 0

 

Ser fiel a tu ciudad exige lealtad a tu pasado. Una frase cuyos factores también pueden leerse al revés, lo cual en el caso de la devoción al universo de los bares reclama un compromiso adicional no sólo con los que resisten, sino también con los difuntos. De modo que cuando uno revisa, mientras peina sus canas (metáfora), su propia biografía debe aceptar que el verano le sabe a muchas cosas. A siestas memorables (ah, ese reguero de salivilla incluido), galvana canicular (ah, el gozo de no hacer nada) y desenfreno juvenil y noctívago (ah, esas resacas dominicales). También me sabe a pipas: los girasoles del tren de Anita, tantas veces citados en este blog, que nutrían las interminables tardes de la adolescencia apoltronados en la terraza del primer Tívoli.

Porque, en efecto, las terrazas eran para el verano. A diferencia del tiempo presente: las cosas de la ley contra el tabaco poblaron de veladores acristalados España entera, allá penas si afuera hiela o nieva. Antaño, la clientela se aposentaba en sus terrazas de confianza cuando asomaban los primeros indicios de buen tiempo y abandonaba semejante costumbre allá por San Mateo. Cada cual probaría las que fueran de su preferencia: en mi caso, deberé reconocer mi deuda de gratitud con la primera que recuerdo, la del Ibiza, con sus insuperables vistas al Espolón y a la vida en sí misma, que entonces estaba toda por delante, aunque frecuenté también como alguna otra generación logroñesa la terraza por excelencia, hoy infelizmente desaparecida: la formada por todas aquellas mesitas metálicas de La Rosaleda vecina.

Derramo una imaginaria lágrima a la espera de que reabra el querido quiosco de mi infancia y continúo mi paseo de terraza en terraza, moviola mediante. Porque uno se fue haciendo mayor, qué remedio, y acabó como se ha mencionado: atrincherado en el Tívoli, terraza de donde nos acabó expulsando lo de siempre. La moda. Porque se impuso el Moderno como tendencia terraceril ochentera y allá acampamos, a la vera de la familia Moracia. Largas, larguísimas tardes de estío, cuando el tiempo parecía de goma y se estiraba hasta la frontera de ingresar en la calle Laurel y sus hermanas.

Por aquel tiempo, me confieso también adicto a la primera terraza de la modernidad: la alojada en El Espolón bajo los dominios del cedro y del bar subterráneo llamado Trébol, que por entonces (años 80) ya adoptaba la encarnación célebre. Había nacido el Continental y, en efecto, para que te dieran en Logroño el carné de moderno tenías que sentarte allí un buen rato. Habíamos inventado el postureo pero no lo sabíamos. Ignorantes de semejante hazaña, nos limitamos a apurar la cerveza y experimentar nuevas conquistas. Sonaba la hora del Bretón.

Allá emigramos. A la sombra de Colo, en sus dos versiones, vimos crecer las patas de gallo y otras calamidades contemporáneas. Por supuesto, catamos otras terrazas en el universo logroñés, pero si uno pretende sincerarse ante el improbable lector deberá aceptar que ha citado aquellas donde ha puesto sus complacencias con mayor asiduidad y cariño. Quiere decirse que semejante relato de sus propios pasos lo podría firmar quien así lo desee, detallando sus preferencias. Las terrazas del centro y las de la periferia. Las terrazas de siempre y las recién llegadas. Las propicias para el horario vespertino y las más adecuadas por las horas nocturnas. Las terrazas que nos atraen por un indescifrable motivo y aquellas que capturan nuestra atención por lo esmerado de su servicio, la simpatía de sus camareros o porque nos da la real gana.

Fin del preámbulo. Lo antedicho sirve simplemente como excusa para acudir a la almendra central de estas líneas, que se despiden hasta la vuelta de vacaciones lanzando al éter esta pregunta: cuál es la terraza favorita de quienes se diseminan por Logroño y sus bares. Quien se anime, ya sabe: esta es su casa. Puede opinar también en las redes sociales donde circula este blog, en la seguridad de superado el veraneo tendrá cumplida respuesta: recopilaremos entonces las respuesta que vayan llegando y premiaremos al ganador. Aunque en realidad todas la terrazas lo son: ganan todas porque todas cuentan con el favor de su parroquia. Que es el mérito principal al que supongo que aspiran. Y el intangible de que dentro de unos años alguien recuerde que una vez fue felizmente dichoso entregado al placer de no hacer nada: limitarse a ver pasar la vida sentado en su velador favorito.

P.D. Como tantas veces, las mejores cosas de la vida no ocurren sin embargo en la realidad: pertenecen al reino de los sueños. Pura fantasía. De modo que no debería extrañar a nadie si cuando nos preguntan a unos cuantos logroñeses de nuestra quinta sobre cuál es nuestra terraza predilecta, contestemos sin dudar señalando a esa cuya imagen decora estas líneas. Aquel glorioso invento de Rocandio y sus buenas gentes de Cámara Oscura, la milagrosa reencarnación de unos cuantos ilustres en los veladores del Ibiza. La playa imaginaria del Logroño imaginario.

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Los bares (nuevos) son para el verano
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Jorge Alacid | 14-07-2017 | 3:37| 0

 

Ocurría antaño que las aperturas de bares en Logroño florecían allá por San Mateo. Como se ha contado aquí, no hace falta haber ganado el premio Nobel ni ocupar el Palacio de la Moncloa para poseer una inteligencia natural que permite concluir que los empresarios logroñeses se meten en ese jardín allá cuando pronostican mayor movimiento en la máquina registradora, un aliviador empujón muy agradecido cuando se empieza en todo negocio. Esto es, por fiestas mateas. Así que la lista de garitos que abrieron sus puertas en los días previos al cohete, que algún hortera llamará chupinazo, representa una fecunda tendencia logroñesa. Valga citar tres establecimientos emblemáticos, proteicos iconos de la historia local, para avalar semejante sentencia: nada menos que fue esa la época elegida, cada cual en su respectivo año, para inaugurar el café La Granja, la cafetería Milán y el pub Robinson. Que no son tres bares cualesquiera: son tres monumentos.

Con el paso del tiempo, ocurre que las fiestas no son lo que eran. O bien que cualquier momento del año es bueno para lanzarse a la piscina. Así se evidencia en el florecimiento de inauguraciones que han preludiado este verano pródigo en nuevos bares: porque, como ya avisamos aquí al improbable lector, renació el Baden bajo una nueva dirección, lo cual llenará de felicidad a quienes pensaban que Logroño quedaba medio amputado si perdía un local tan célebre.
Avanzamos. Seguimos nuestra caminata por la calle San Juan y observamos un curioso fenómeno: el Torres ha mutado. Mejor dicho, se ha desdoblado. Su segunda encarnación, sin renunciar por supuesto a mantener la actividad en la casa madre, se prolonga ahora hasta la calle Laurel, donde ofrece desde hace alguna semana su misma oferta. Estupendos bocados, prestigiosos vinos. Y un servicio eficaz, muy profesional, que rellena el hueco que ocupaba Casa Pali.

 

 

Este peculiar movimiento hostelero guarda alguna semejanza con otra pirueta protagonizada en el centro de Logroño. El Ritz, veterano y popular establecimiento, cerró durante unas cuantas semanas para someterse a una particular cirugía: reabrió luego de su cambio de manos, que vuelven a ser las originales, mientras que parte de quienes defendían hasta ahora esa barra se trasladan a avenida de España para situar bajo su tutela el Príncipe de Cameros.

Vamos concluyendo nuestra caminata. Regresamos al corazón de Logroño, donde El Rincón de Alberto también emigró hace nada unos pocos metros y abrió su nueva y esplendorosa sede en la misma calle San Agustín. Además, se anuncian otras aperturas en Herrerías y Portales, calle esta última donde ya iba haciendo falta algún que otro bar y alguna heladería (es sarcasmo). Y la pista de más y más estrenos se desperdiga por todo Logroño. Los nuevos bares, habrá que insistir, parece que son para el verano. Lo cual no evitará que cuando San Mateo asome por el horizonte germinen otros proyectos hoy en barbecho. Y que dentro de unos meses, quien esto escribe enchufe de nuevo el ordenador, afile el teclado y procure el interés del improbable lector mientras, inspirado por el ejemplo del colega Eduardo Gómez, ataque el enésimo listado de aperturas que se vislumbran en el horizonte: como decíamos ayer…

P.D. Como decíamos ayer… Tiene sentido la cita célebre porque el maestro Gómez guarda la saludable costumbre de recitar para esta casa los bares abiertos en las vísperas mateas. Que hace un año fueron abundantes: bastará recordar tres de ellos (Espacio Gastro 911, Donde Fede y Bar Vento) para acreditar que, en efecto, por Logroño somos fieles a esa tradición. Y que la tendencia contraria no tiene tantos adeptos: se abren bares en cada estación del año, pero ver alguno que cierra suele ser raro. Raro, raro, raro

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Las mejores bravas de Logroño son…
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Jorge Alacid | 11-07-2017 | 5:08| 0

Premio para el Jubera

 

No hubo sorpresas. Preguntaba en este blog semanas atrás cuáles eran las patatas bravas favoritas de los logroñeses y la respuesta recogida roza la unanimidad. Casi por aclamación, las cazuelitas que sirven con semejante bocado en el Jubera de la calle Laurel (La Mejillonera en su anterior encarnación) se han llevado por delante a cuantas alternativas iban surgiendo. Todas ellas, por cierto, a partir de las aportaciones de los improbables lectores. Que se manifestaron en el propio blog, en la cuenta de facebook de quien esto firma y en la propia de la web de Diario LA RIOJA. Así que enhorabuena a los agraciados. Esa ejemplar familia que lleva unos cuantos años haciendo felices a nuestros paladares

Aunque debe advertirse que, aunque su victoria fue amplia, llegó tras un intenso debate: no tanto para dilucidar al ganador, como para discutir si las bravas son o no un plato de raíz madrileña. Y si, en consecuencia, el resto de cazuelitas con tal golosina repartidas por toda España son o no vulgares copias, tristes remedos del plato madre, o versiones que mejoran el original. Porque terció en el debate un corresponsal madrileño, que no se limitó a elogiar el bocado patrio, sino que añadió feas palabras sobre las bravas logroñesas. Y amigo, eso no. Con el Jubera y resto de bares hermanados por esa cazuelita fetén hemos topado.

De modo que hubo quien defendió con ardor semejante al lector madrileño las bravas indígenas y se armó una zapatiesta, como diría el personaje de algún tebeo añejo. Lo cual no impide que la fotografía final que ofrecen las aportaciones de tantos y tantos lectores con quienes mantengo deuda de gratitud. Incluidos los que me critican. Incluidos los que me critican porque entendían que sentía predilección por el Jubera. Lo cual es tan cierto como que dejaba este espacio libre para que quien tuviera una alternativa mejor nos convenciera.

Cosa que no currió. El Jubera acumuló treinta y cinco votos. Lejos, muy lejos, del segundo clasificado, un local alojado en la misma calle: la Taberna del Laurel, un clásico del Logroño castizo, se llevó ocho nominaciones. Al imaginario podio se subió para recoger la imaginaria medalla de bronce el Perejil, bar donde por cierto también tengo el gusto de haber catado sus bravas: me sumo a las felicitaciones. Son estupendas: gran producto (de El Villar de Torre, aseguran en un cartelito) y bien jugosas de picante.

Pero hubo más. Tantas entradas que dan para una especie de ruta logroñesa de las bravas. Anótese usted el Sella, el Gargonich y Los Ángeles, por ejemplo. O el Tramuntana de la calle San Juan. Y piense en ese mullido bocado que aguarda en cada uno de esos destinos, la patata crujiente en su exterior y jugosa por dentro. La cazuela que aguarda la mano amiga que agregue un toque de salsa de tomate y otro de mayonesa para que, por precios tarifados módicamente, nos aseguren un momento memorable en esas barras de confianza. Las barras bravas.

Bravo por las bravas.

 

 

Cazuelita del Jubera

 

P. D. En sus aportaciones a esta encuesta, los amigos lectores no se conformaron con incluir las lejanas tierras madrileñas como ejemplo de manufactura modélica de las queridas patatas bravas, aunque nadie se animó a dar alguna pista más concreta. Hubo quien añadió alguna opción más cercana: por ejemplo, en Arnedo, donde se asegura que el bar Numancia las elabora fetén. Y cerquita, sin salir de La Rioja Baja, en Rincón de Olivedo se aloja el bar Jorpe, donde otro lector sugiere catar sus ricas cazuelitas. Anotado queda.

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Bares entre los bares
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Jorge Alacid | 30-06-2017 | 7:36| 0

 

Durante el recién acabado curso escolar, el suplemento Degusta que publica cada semana Diario LA RIOJA incluía el último sábado de mes un reportaje dedicado a realzar la biografía de algunos de nuestros camareros logroñeses favoritos. Cuyas peripecias saltaban luego al mundo digital, puesto que protagonizaban la entrada semanal que Logroño en sus bares despacha a sus improbables lectores. El criterio de selección era muy sencillo: sólo aparecían los camareros que me dieran la gana. Claro está, con algunos requisitos previos: que contaran a sus espaldas con una densa y proteica trayectoria. Que sus bares se hubieran convertido en faro, guía y brújula de sus potenciales clientes. Que estuviera en el conjunto de ellos representada la rica diversidad del sector. Y que me cayeran bien: avinagrados, abstenerse.

La mayoría de los reportajes, luego de detenerse en la vida (y milagros) de sus protagonistas, desembocaba en una playa común, donde se les proponía un juego que a buena parte de ellos les desconcertaba. Se trataba de que pue por un momento saltaran al otro lado de la barra. Que cavilaran a qué bares dirigían sus pasos cuando mandaban el delantal al tinte, bajaban la persiana y abandonaban el propio negocio. Porque de sus respuestas se podría deducir qué locales son los favoritos de quienes más saben de esto. Una especie de bares entre los bares. El bar por excelencia.

Error. Repasando ahora las respuestas recogidas entre los camareros seleccionados se observa una tendencia que conduce nuestras conclusiones a un escenario diferente. En primer lugar, porque la práctica totalidad de los entrevistados reconocía que este es un oficio sacrificado como pocos, de modo que cuando desertan de su propio bar resulta muy habitual que se entretengan con cualquier otra cosa que no les recuerde su rutina, tan esclava. Que lo último que quieran es ir a otro bar. Además, coincidían unos cuantos en confesar que cuando se marchan a tomar algo por ahí suelen decantarse por los bares que tienen más a mano, sin grandes cavilaciones. Así que los alojados en la Laurel se diseminan por esa calle, los de la San Juan otro tanto… Difícil encontrar por lo tanto una pauta. Propósito al que tampoco beneficiaba una tendencia observada en otros de los consultados: que solían elegir aquellos que tienen más cerca de casa.

Fin del preámbulo. Que por otro lado me parecía imprescindible para interpretar cabalmente lo que sigue: el recuento de los bares favoritos de nuestros camareros de confianza. La relación de bares que se enumeran es de postín: Soriano, Lorenzo, Alfonso, Junco, Eldorado, Sierra la Hez, García, Chufo, Gurugú y Taberna de Mere, local por cierto inactivo cuya fama legendaria justificaba su inclusión en la lista. Y la relación de bares que he recopilado, fruto de sus respuestas, es la que sigue:
Notre Dame
Virginia
Delicias
Claret
Cuatro
El Refugio
Samaray
Tastavin
Junco
El Soldado de Tudelilla
Gaudí
Galdós
Géminis
Samper
Álvaro
Alfonso
Mauleón II
La Encina
Camarote
Nuevo Plaza
San Mateo
Blanco y Negro
Jubera
Sebas

De todos ellos, sólo dos se mencionan más de una vez. Ambos, por duplicado. Claret y Junco. El resto son solitarias entradas que los camareros consultados disparan movidos por factores aleatorios. A menudo, sentimentales. Lo cual prueba que incluso los camareros tienen su corazoncito: les gusta, como a usted y como a mí, que les acojan con algún cariño al otro lado de la barra cuando ejercen de parroquianos, encontrar en sus locales predilectos esa clase de confort que buscamos mientras trasegamos nuestros tragos y bocados favoritos y, en sus respectivos casos, enhebrar tertulia con los colegas de oficio. Compartir inquietudes y también anécdotas comunes: porque durante la recopilación de este material me llamaba la atención que la mayor parte de ellos no sólo participaba de cavilaciones coincidentes, sino que integraban una especie de fraternidad. Algunos habían defendido antaño la misma barra o alguna otra vecina, habían tenido los mismos jefes o se encontraban en esa zona de sombra noctívaga que se extendía cuando todos eran más jóvenes y luego de cerrar el local propio tomaban la última copa (o la penúltima, o la antepenúltima) en los mismos sitios, una costumbre que hermana mucho. Hermana incluso a camareros y clientes, que forman en realidad la gran fratría donde los entrevistados se reconocen: esa clientela fiel forma parte de sus mejores recuerdos. Un estado de ánimo compartido al otro lado de la barra, por esa la parroquia constituida por sus incondicionales: unos y otros son como de la familia.

P. D. El relato colectivo que forman los testimonios recogidos por esta pléyade de camareros merece (a mi humilde juicio) un análisis más pormenorizado. Una especie de documento conjunto que sirva como radiografía de la hostelería logroñesa reciente, con evidente conexión con el mundo de la sociología, nivel amateur. Nuestros hábitos como clientes trazan un camino lleno de migas que sirven para conocernos algo mejor: sobre esta base, prometo novedades a la vuelta del verano. Continuará.

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Nuestro hombre en la barra: Mere, camarero de camareros
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Jorge Alacid | 26-06-2017 | 7:52| 0

LOGRONO. La Taberna del Mere. Duquesa de la Victoria. Hermenegildo Garcia Nájera, el Mere. 20 junio 2017. Justo Rodriguez

 

Hermenegildo García, Mere para el mundo. Hijo de Manolo y de Consuelo, nieto de Julia, «la de La Chatilla», sobrino de Amada, hermano de Manolo, Moisés y Enrique. Leyenda viva de Logroño, taurino indesmayable, fanático del frontón, eterno fumador de habanos («Me he llegado a fumar hasta nueve al día, apunta: Montecristo del tres, 898 o Fonseca del uno»), amigo de la buena mesa, inagotable conversador y mejorable contador de chistes. A quien el improbable lector recordará de cuando con apenas ocho añitos defendía ya la barra del negocio familiar en La Chatilla de Mercaderes. O de cuando, tres años después, estrenó con el resto de su progenie (su tío Lorenzo, asociado con el futbolista Zubillaga) el bar Bambi de la Laurel, fundado como marisquería y cafetería. Sí, ese es Mere: aquel crío que no olvidarán los logroñeses más veteranos, encargado de rellenar las botellas con vino de garrafón y otros menesteres menores en esa academia de camareros que fue la hostelería de su tiempo.

Sigamos su rastro, que Mere recita con su privilegiado memorión desde la barra (tapicería de cuero, filigrana de marquetería) que le hizo célebre en la ciudad donde nació hace 73 años. Logroñés castizo (mitad de Sagasta, mitad de la Mayor), se retiró hace tres años de esta taberna benemérita cuyo eslogan puede ser la frase que pronuncia silabeando mucho, como suele: «Si no has estado en mi bar, es que no has alternado mucho». Sentencia que uno acepta como la pulla que merece, mientras salva su deuda con la Taberna de Mere anotando el torrente de información que bombea a caudales. Un alud de datos, fechas y anécdotas imposible de resumir.

–Mere, necesitaría para ti un suplemento entero.
–Pues pídelo, chico.

Risotada. Y continúa avanzando su biografía, que le lleva hasta la San Juan, en cuya travesía abre con trece añitos (ha leído usted bien: trece, sólo trece) el bar que le dio nombre. Ese Mere de la Travesía y sus inolvidables tortillas que facturaba su madre, bautizado con su nombre por ocurrencia de su abuelo Moisés, «que me quería mucho». De donde Mere saltaría a Torredembarra, junto con su colega Agustín Cañas para desempeñarse en el hotel Costa Fina, nueva casilla de ese imaginario parchís hostelero que le devolvería luego a Logroño, empleado en la sala Ducal de Antonio Cendra bajo la dirección de otro mito de entonces, su encargado Óscar, a quien cubre de elogios: «Un campeón».

Pero tomemos un poco de aire. Mere llena unos vasos con clarete de San Asensio («De mi amigo Florentino, otro campeón»), sirve embutidos de Alejandro («También un campeón»: campeón es su palabra fetiche) y dispara sus recuerdos en dirección a su siguiente destino, la legendaria casa El Cocinero de Calvo Sotelo. Esa universidad donde se diplomó, bajo el magisterio de José María Sánchez, toda una saga de conocidos camareros entre quienes Mere destaca a Lorenzo Cañas. «Pon que es el mejor, un grande. Grande como profesional pero aún más grande como persona». Nueva cuenta en su rosario profesional: ahora vemos a Mere al frente del bar alojado en Villa Iregua, otra mítica barra que defendió con Agustín Cañas. Aquel chalecito de la carretera de Soria, propiedad de una familia bilbaína, los Toledo, engendró a una modélica generación de camareros a quienes Mere recuerda con un punto de emoción;la misma que regala cuando repasa la inacabable retahíla de clientes que se acodarían después en su propio local, puesto que con ellos ejecutaría un movimiento semejante al del flautista de Hamelín: los apellidos del Logroño de siempre (Adarraga, Quemada, Arzubialde y compañía) le acompañarían en su nueva odisea hacia Duquesa de la Victoria. Con los ojos cerrados, como si fuera un líder religioso. Un gurú. Año 1976. Bienvenidos a La Taberna de Mere.

Que había nacido como pub, al estilo de la moda entonces pujante, bajo la denominación de Peter&John, nombre que abandonó por La Barca de Robinson, en honor al célebre local del final de la Gran Vía. Y llegados a este punto, nuestro hombre se acelera. Como un vendaval enumera los favores debidos a tantos amigos convertidos en clientes (¿O es al revés?), con quienes mantiene infinita deuda de gratitud. Alfredo Barquín y Julio Revuelta estrenan una lista muy prolija. Una especie de miniGotha logroñés de la época, que encabezan Cholo Eizaga, Francis Martínez Corbalán y Manel Reboiro. Y prosigue con «don Gabino», el llorado ejecutivo bancario que contó en sus últimos años con su butaca particular en este local: un asiento tapizado en azul que Mere hizo fabricar para que uno de sus parroquianos favoritos estuviera como en casa.

O mejor que en casa, puesto que ése es el secreto de nuestros bares predilectos. Que garanticen una atmósfera genuina, esa clase de ambiente que Mere aseguraba durante el largo tiempo en que estuvo al frente de este bar que hoy, ya clausurado, guarda una apariencia de museo. Donde el visitante tropieza todavía con un espíritu familiar, una presencia fantasmal pero cercana y grata. Tal vez porque si hablaran sus paredes, donde cuelgan las fotos de sus incondicionales, veríamos a la Niña Pastori charlar con Victoria Abril o Lolita Flores, a Arturo Fernández de cháchara con Curro Romero y una tertulia multitudinaria donde participarían El Viti, Arzak, Arguiñano, José Mari Manzanares, Titín, Francis Paniego, Niño de la Capea, Joaquín Cortés, Emilio Gutiérrez Caba («Hicimos la mili juntos»), Concha Velasco, Lucio, Palomo Linares y Pepe Blanco. Todos ellos, desde luego, unos campeones.

Como se deduce, Mere es un forofo del mundo del toro, lo cual le condenaba en la añeja feria de San Mateo a llevar los bolsillos desbordantes de encargos que repartía según la siguiente norma: «Al contado». Más carcajadas. Aunque alguna nube cruza su semblante. Mere se emociona si recuerda a su familia, empezando por su esposa. Y acuosa la retina, revisa el listado completo de clientes y amigos. O amigos y clientes: «Tú entrabas aquí y en una esquina veías a Miguel Ángel Baños y en la otra, a Pedro González Ripa». Más campeones: la cuadrilla de Luisja Rodríguez Moroy, la de Jaime García Calzada o la de Ignacio y resto de compañeros de Comercial Cantábrica… Los Chopera, el añorado Javier Echarri (¿Eso que asoma por sus ojos es una lagrimilla?), Eduardo Gómez («Otro fenómeno, ponlo, ponlo»), Manolo Montaña, Abundio Baños y resto de su prole, Pepe «el de Tebriz», Balta «el de Garel», Rosel, Cadiñanos, Dionisio Ruiz, su estanquero Julio, los Bezares, los Adarraga, Javier Pascual…

–¿Te dejas a alguien, Mere?
–No sé… Pon a Emilio Carreras. Un campeón.

Anotado queda. El bochorno de junio azota la Glorieta. Como las puertas de la Taberna, también la libreta se cierra. Sus páginas contienen algo más que el relato de una vida: encierran una suerte de atlas histórico de Logroño. La ciudad que fue, un estilo de vida desaparecido. Cuando el coñá era el rey de las barras y las damas preferían tragos como Calisay o Cointreau. Cuando media docena de anises llevaban marca de origen riojano. Cuando Mere, de terno siempre impecable, agitaba en su coctelera un Manhattan, un Gin Fizz o un Americano y, animado por una copa de chinchón, acababa ciertas noches de farra bailando jotas con los clientes que abarrotaban el bar. Llenos casi diarios: la auténtica medida de su éxito. «Yo creo que venían por mí. Porque contaba chistes a punta pala».

Risotada final. Confesión.

– ¿Echas de menos el bar?
– A veces. Y lo volvería a abrir. Pero sólo con la gente que quiero.

Hermenegildo García, Mere para el mundo. Camarero de camareros. Un fenómeno. Un grande. Un campeón.

P. D. Cuando se le pregunta a Mere, como es norma en esta sección, sobre sus bares favoritos (salvando el suyo) de Logroño, contesta con una variante propia de su personalidad: derivando la respuesta a otro sector vecino, el de la restauración. Así que en vez de bares, enumera sus restaurantes favoritos, una relación que inaugura El Cachetero, que era como su segundo hogar en su anterior encarnación, y que incluye al Egüés, Buenos Aires, Taberna de Herrerías y La Cocina de Ramón. Que aproveche. Y un par de bares ya difuntos: el añorado El Duque (“Pon que su dueño Sufi era mi amigo”) y el Robinson también desaparecido.

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