La Rioja
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Autor: Jorge Alacid
Nuevos en esta plaza
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Jorge Alacid | 30-09-2016 | 7:40| 0

Inauguración del Espacio Gastro 1911. Foto de Díaz Uriel

 

En vísperas de San Mateo, el maestro Eduardo Gómez nos solía orientar a los logroñeses con un artículo imprescindible en Diario LA RIOJA para los tragos que se avecinaban: avisaba en esa pieza de las aperturas de bares que llegaban con las fiestas de la capital y así uno podía incorporar jugosas novedades a las rutas clásicas. Se trata de una costumbre que tiene sentido: un hostelero hará desde luego muy bien en abrir las puertas de su negocio en esas fechas donde crece el número de clientes y la máquina registradora brinca de alegría.

Gómez, perito en bares y habitual de esta sección, tiene recogidas en sus legendarias libretas las numerosísimas aperturas de bares que Logroño ha conocido, un registro que merecería un vasto capítulo en la historia pendiente de escribir de los bares logroñeses. Valdrá de momento este breve apunte que envía nuestro enciclopédico amigo: anota, por ejemplo, que en las fiestas de 1927 se abrió La Granja de la calle Sagasta, igual que ocurrió en 1965 con motivo de la apertura del Milán de Vara de Rey o como en las vísperas festivas de 1995, cuando se reinauguró el reformado Robinson de Gran Vía…

Unas cuantas muescas en ese revólver mateo. Porque la historia no se detiene, como el propio maestro consignó días atrás en este periódico. También este año San Mateo ha vivido una larga serie de inauguraciones que merece la pena destacar. Habrá desde luego unas cuantas y a todas ellas habrá que desearles mucha suerte. En su representación, yo sólo citaré tres de ellas. En orden cronológico inverso a su inauguración.

Espacio Gastro 1911
Una enigmática denominación que aguarda en el corazón de Logroño. Concretamente, en los salones del Hotel Marqués de Vallejo, alojado en la calle homónima, acaba de abrirse este coqueto bar. Muy recomendable, sobre todo para los incondicionales de los bares de hotel, como es mi caso. Un bar que aprovechó la cercanía de las fiestas para cortar la cinta inaugural a lo grande, con exposición del artista Remírez de Ganuza incluida, vinos de la prestigiosa bodega del mismo nombre y bocados de postín.

 

Donde Fede, en la calle Gallarza. Foto de Justo Rodríguez

 

Donde Fede
Una denominación menos enigmática para otro bar recién inaugurado: porque Fede es el célebre logroñés Fede Bezares, que estrena su nuevo proyecto empresarial en el espacio que antes albergó al legendario comercio Fortunato Redón. Un anchuroso espacio donde reina la tortilla de patata, en plena ronda castiza de vinos (calle Gallarza, frente a la Plaza de Abastos), a caballo entre Laurel y San Agustín. En la barra, detalle fetén: unos platitos de alegrías riojanas para acompañar el bocado.

 

Bar Barvento, en la esquina de Portales y Once de Junio. Foto de Justo Rodríguez

 

Barvento
Con algo más de antelación, en pleno verano, Barvento abrió sus puertas en la esquina entre Portales y Once de Junio, según el modelo clásico del mismo grupo hostelero, de acusado arraigo en Logroño, que defiende otras barras de Logroño. El Tívoli, sin ir más lejos. Barvento ocupa un coqueto espacio en un rincón con mucho encanto, con vistas al corazón de la ciudad. Ideal para el cafelito matutino, el tentempié del mediodía y lo que se tercie: a gusto del consumidor.

Tres eran tres las aperturas relatadas, pero en realidad hubo más. Unas cuantas más. Eduardo Gómez recogió en Diario LA RIOJA algunas cuantas: Comodoro, en la esquina enttre Huesca Vara de Rey, La Cantina de San Agustín en la calle homónima, el nuevo Gurbindo alojado en la plaza dedicada al fallecido músico… Y anotó otra novedad adicional: la reapertura del Torcuato, legendario local que en mi mocedad discutió al vecino Cibeles y al no lejano Beti su condición de templo del emparedado logroñés. Larga vida por lo tanto al nuevo Torcuato y larga vida al resto de bares nuevos en esta plaza.

P.D. El recuento de aperturas recientes incorpora necesariamente otras que contribuyen a animar el mapa de bares de Logroño. A todos ellos, repito: mucha suerte. Y mucha suerte también a otra apertura que se anuncia para el mes entrante: superada la fiesta del Pilar reabrirá sus puertas el Ibiza. Pero como esa es otra historia, seguiremos informando.

 

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Los sorianos del Soriano
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Jorge Alacid | 26-09-2016 | 10:27| 0

Larga vida al Soriano, plancha mediante Foto de Justo Rodríguez

 

A media mañana, Laurel está vacía. ¿Vacía? No. En un recodo de la Travesía, el Soriano resiste abierto. No está solo. Le acompañan La Tavina y La Taberna del Tío Blas, que saludan al paseante cuando ingresa en la calle y le acompañan también el Sebas y El Soldado de Tudelilla. Nada más. El resto de bares permanece con la cancela clausurada, aprovisionándose en su mayoría para albergar a los incondicionales del vermú. Tráfico de furgonetas y carretillas, la banda sonora típica de cuando entrechocan las botellas, chácharas improvisadas a la puerta del bar… Y en el Soriano, gloria bendita. Sus defensores aprovechan que todavía no aparece la clientela para regalarse un almuerzo como manda el cánon logroñés: picadillo y vino de la casa.

Y entre trago y bocado, la moviola se pone a funcionar. Los sorianos del Soriano (los hermanos Pepe, Santiago y Ángel, con Marisol en la cocina) miran hacia atrás sin nostalgia, afinan la plancha de donde saldrán las conocidas golosinas en forma de champis y, millones de tapas después, siguen sin sacar pecho: «Lo que hiciste ayer no sirve de nada», avisa Ángel. Y Pepe asiente desde el fondo del bar, mirando hacia el porvenir.

Ah, el futuro. El futuro se presenta prometedor, porque las nuevas generaciones de la saga ya van tomando su responsabilidades al frente de la castiza casa, nacida en 1972: los patriarcas, el matrimonio formado por Toribio y Úrsula, abandonaron el hogar familiar en Ventosa de San Pedro, rincón soriano próximo a San Pedro Manrique y con el espíritu audaz de los pioneros tomaron bajo su tutela este breve espacio. Apenas 40 metros cuadrados donde se arraciman desde entonces sus vástagos, leales al mandato bíblico de crecer y multiplicarse. Algunas cosas, sin embargo, se mantienen más o menos incólumes, como su pincho estrella. Esa ingeniosa banderilla donde se mezcla el campo (en modo de champiñón) con el mar (adoptando la forma de gamba), agitada por la suculenta salsa marca de la casa, cuyo secreto custodian como si fuera la versión logroñesa de la fórmula de la Coca Cola.

– Por los ingredientes de la salsa no os pregunto.

– No, porque no te lo vamos a decir.

Carcajada breve. El relato prosigue. Se remonta a esa década de los 70, recién fundado el bar y ya con sus champis como bandera, cuando a los dos o tres años la familia empezó a comprobar que su fórmula funcionaba. Que la parroquia distinguía con su presencia los afanes del Soriano por dotar de algo más de vida ese tramo de la calle Laurel que ni siquiera es la calle Laurel en sí: un espacio que se repartían entonces con el Blanco y Negro, La Rueda y el Perchas. Ningún otro bar acompañaba al Soriano y resto de hermanos de la Travesía en su indesmayable peripecia, que acabó triunfando. Hoy, ese rincón de Logroño ofrece el mismo bullicioso aspecto de la calle central y sirve además como pasadizo para completar el recorrido e incluir a la también muy animada San Agustín.

No siempre fue así: en el Soriano recuerdan que en sus orígenes servían alguna otra banderilla más, pero pronto la evolución natural del bar se inclinó por la monotapa, como es norma en otros bares de la calle. No es el único cambio. En general, ha desaparecido el rito del chiquiteo entre semana a cargo de esas cuadrillas multitudinarias de logroñeses conspicuos («Había rondas de hasta veinte vinos»), la feligresía se deriva de modo natural hacia el fin de semana, gana protagonismo el turista nacional y extranjero… Todos llegan atraídos por la fama del Soriano, beneficiario de las ventajas del mundo digital: «Cuando llega, el cliente ya sabe a qué viene». Aunque su corazón dedica un ancho espacio a la parroquia clásica: «El cliente de Logroño es fabuloso».

Lo corroboran mientras recuerdan cuando abrían en San Mateo y antes de poner la plancha a funcionar «el día del cohete ya teníamos a un montón de chavales esperando a la entrada». Una costumbre superada: el Soriano lleva casi una década cerrando en fiestas, aunque sus responsables se quedan por Logroño, tal vez porque les gusta ver los demás bares desde la barrera. Que se reparta el sudor. Porque en el Soriano desde luego se suda. Se suda la camiseta («La plancha se pone a 250 grados», avisan) y se continuará sudando, como confirma el benjamín de la familia, mientras atiende las palabras de sus mayores: «El éxito nunca viene solo, pero no se te puede subir a la cabeza».

– O sea: hay Soriano para rato.

– Sí, lo hay. Para mucho rato.

Larga vida al Soriano.

P. D. Este artículo se publicó el sábado pasado, en el suplemento Degusta que cada semana entrega Diario LA RIOJA. Con periodicidad mensual, acoge en sus páginas esta sección, ‘Nuestro hombre en la barra’, enfocada como homenaje a las buenas gentes que con tanta paciencia nos aguantan desde tiempo inmemorial. A todos les pregunto lo mismo cuando acabo de entrevistarles: a qué bares suelen ir cuando dejan el suyo propio y se convierten en clientes. Y esto me responden desde el Soriano, a través del amigo Santiago: que le gusta el San Mateo de avenida de la Paz y el cercano Claret, también ubicado en ese rincón de Logroño. “Y por la calle Laurel, el Blanco y Negro, el Sebas, el Jubera…”, añade. Como se ve, los bares de siempre.

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La Simpatía ya no vive aquí
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Jorge Alacid | 16-09-2016 | 7:24| 0

Local que albergaba al bar La Simpatía

 

Paseo matinal por el corazón de Logroño. Aprovecho para atravesar por la Laurel: me gusta el olor a bar por la mañana. Me gusta sobre todo cuando apenas pasean por la calle sus dueños, que se quitan las legañas de tertulia con sus proveedores, se afanan con la escoba, se preparan para el inminente aperitivo. De repente, en el tramo central tropiezo con una agradable sorpresa: obras en el local que alojó el querido La Simpatía, escenario de tan buenos y frecuentes ratos. Tomo unas fotos con el móvil mientras entran y salen los operarios, a quienes pregunto ingenuo cuándo reabre el bar. Uno de ellos me mira asombrado y me comunica la mala noticia: no abre. Al revés: ocurre que van a rehabilitar el edificio, incluida su fachada por Bretón de los Herreros.

Puñalada en el corazón. En efecto, afino la mirada y me encuentro con que los trabajadores van retirando en esos momentos el material arrumbado en sus rincones. Incluido por cierto un misterioso colchón: parece que alguna vez anidó el amor en La Simpatía… Otro operario se ayuda de una carretilla para ir derribando el material más grueso, mientras confirma lo adelantado por su compañero: “Van a construir otro edificio para oficinas”. Habituales de la calle Laurel, apostados de miranda en ese tramo, corroboran la información. Termino mis fotos. Sigo trepando por la calle hacia el Blanco y Negro: atrás dejo a mi otro yo, el que encontró tantas veces consuelo en La Simpatía para sus itinerarios por la Laurel.

Porque La Simpatía era uno de mis bares favoritos por varias razones. Entre ellas, una que alguna vez he citado, así que perdón si me repito demasiado: un póster del Logroñés que colgado allí, fuera de contexto puesto que quienes posaban para el fotógrafo llevaban años retirados, me devolvía directamente a la infancia. Al crío que iba a Las Gaunas a ver a García Fernández, Simarro y otros ídolos setenteros. Me sentaba a consumir un porroncito en la mesa de formica, vigilado por el bigote del futbolista Cenitagoya y resto de dioses tutelares en blanco y rojo, y en cuanto cerraba los ojos volvía a comer pipas en el banquito corrido de General mientras me helaba de frío.

 

Interior de La Simpatía, durante las obras en el edificio de la calle Laurel

 

No era su único atractivo. Con el tiempo, me aficioné a consumir en La Simpatía sus inolvidables raciones de rabas, que Javi coreaba con su bonita voz de jotero. También le reía los chistes como el resto de la parroquia: como si tuvieran gracia. Me gustaba La Simpatía por su punto castizo, porque no había sucumbido a la moda gastrobarística que entonces empezaba a ser tendencia. Y porque había conseguido que cristalizara entre sus paredes ese intangible tan caro: una atmósfera distinta. Para mí era un bar especial y se entenderá por lo tanto que cuando cerró, luego de mil peripecias con la propiedad del inmueble, también desapareciera de repente una parte de la calle Laurel, tal y como tantos y tantos la habíamos conocido. Para mitigar el dolor, hubo que conformarse con el exitoso traslado de uno de sus pinchos fetiches, el famoso cojonudo, al cercano Donosti, donde custodian el secreto de semejante manjar.

Luego he pasado un millón de veces ante su puerta. Siempre cerrada. Y pensaba para mí lo mismo: qué pena. Qué estupendo bar sería un renacido La Simpatía, aunque no estuviera Javi cantando más que pidiendo otra de calamares. Aunque tampoco reapareciera el querido póster del Logroñés. Cuando la otra mañana volví a pisar su suelo, mientras retrataba su interior en las fotos que ilustran estas líneas, sentí una lástima todavía amplificada. Aunque luego me maliciaba que una vez reconstruido el edificio su planta baja muy bien podría albergar otro bar, sospecho que ese hipotético garito nunca será el mismo.

Que Cenitagoya nos perdone a los logroñeses.

P.D. Comparto con el improbable lector una anécdota revelada por un querido miembro de la cofradía de adictos a los bares de Logroño, quien tenía por costumbre zamparse un embuchado en La Simpatía. Una tradición bruscamente alterada: una tarde, Javi le comentó que ya no iba a despachar esa golosina tan estupenda porque no le salía rentable. Pero entre ambos dieron con una solución alternativa: desde entonces, este caballero se proveía de embuchados en la cercana Plaza de Abastos, acudía con ellos a la plancha de La Simpatía y sus buenas gentes le preparaban tal manjar, tarifado ad hoc. Que me diga alguien dónde se obra hoy en Logroño un prodigio semejante.

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Bravo por las bravas
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Jorge Alacid | 09-09-2016 | 7:33| 0

Las bravas del Jubera

 

La sección de entradas dedicadas que alguna vez alberga este blog abre hoy sus puertas a la sugerencia veraniega de una lectora, quien me comentó que durante una ronda de vinos había hilado tertulia con su cuadrilla en torno a una cuestión trascendental. ¿La política de pactos? No. ¿La sesión de investidura, que por entonces amagaba? Tampoco. ¿Trump, Clinton, Lopetegui? No, no y no. Su charla derivó hacia un asunto todavía más decisivo para nuestras vidas: en dónde se despachan las mejores patatas bravas de Logroño.

Por esos días había surgido en una web nacional una especie de mapa español de esa cazuela tan cañí, cuya ingesta asegura que los tragos que la acompañen se adocenarán en tan mullida almohadilla. Procuran un bocado rápido y jugoso, a menudo barato. ¿Barato? Me desmiento. En un bar logroñés cuyo nombre he olvidado (aunque no olvido pasar de largo) tuve que ardillar allá en el pleistoceno quinientas de las antiguas pesetas, cosa de la que me enteré cuando me hice cargo de la factura: como la ración era tan escuálida cometí el error de pedir dos de esas cazuelitas. Como diría Victoria Abril, dos cazuelas a quinientas pesetas cada una, mil napos del ala. Más la bebida tarifada, un rejón que todavía me duele.

Lo cual me parece ciertamente un abuso. Habrá que preparar desde luego las bravas con mimo y por supuesto que llevarán su tiempo, al igual que deberá afrontarse el pago por la materia prima, pero se trata de productos humildes, donde precisamente radica el atractivo de este bocado. De una sencilla patata, sumada al encanto de la mahonesa y la salsa de tomate, dos manjares también al alcance de cualquier bolsillo, nace una tapa de gran raigambre en las barras españolas, también en las logroñesas. Y tarifadas sensatamente, procuran un goce automático y duradero.

Que son los atributos que adornan mis dos favoritas, un particular sobre el que ya había escrito ya una entrada allá en abril del 2013. Como soy poco original, compruebo que en esto coincido con los resultados de esa apresurada encuesta que citaba arriba: las patatas bravas predilectas de los encuestados son también las mías. La primera, en orden cronológico, es la cazuela que ofrecen desde tiempo inmemorial en el Jubera de la calle Laurel, que frecuento (ay) menos de lo que debiera. Aunque siendo sincero me cuesta llamarle a ese bar por su nombre actual: para mí siempre será La Mejillonera. Porque así fue cómo lo conocí cuando me convertí en asiduo de sus castizos metros cuadrados, cuando supongo que la tapa fetiche era el mejillón, cosa de la que no estoy tan seguro: yo siempre me recuerdo a mí mismo atacando el platillo de bravas. Así que lo mismo aquel nombre fundacional era sólo para despistar.

 

Las bravas del Tondeluna

 

La segunda ración de bravas a que convida esta casa la sirven en el fetén Tondeluna, asomado al Espolón, donde el gran Francis Paniego rinde homenaje al ideológo de esta tapa revisitada según la versión de su colega Sergi Arola. Nuestro cocinero más reconocido las despacha de acuerdo con este renovado estilo: crujientes por fuera, blanditas por dentro aunque no completamente desparramadas. Adoptan la forma de canutillo como se observa en la imagen, de modo que la salsa aguarda en su interior: engullidas de un solo golpe, suenan aplausos en el paladar.

Una ovación parecida arrancan también las bravas de La Mejillonera (perdón: del Jubera), donde se cocinan a partir del mismo canon: crujientes por fuera, tiernas en su interior. El bar, como puede observar cualquier incondicional de la Laurel, merece las bendiciones de la clientela, que asegura llenos cada fin de semana. Y garantiza la compañía inmediata de un trago: el picante es lo que tiene. Que ayuda a superar el sofoco que procura una patata cuando es brava. Pero brava de verdad. Donde reside por cierto otro de los debates que acompaña su ingesta: el grado de picante que admitimos los clientes. Si mi experiencia sirve de algo, a medida que pasa el tiempo las bravas me gustan cada vez más picantes.

Una atinada metáfora de la vida y del paso de los años.

P. D. Las distintas escuelas de pensamiento en torno a la elaboración de bravas proponen dos vías hacia la perfección: una salsa clásica, mezcla de mahonesa y tomate, y la propia de cierto rincón meridional de España llamado Cataluña al cierre de esta edición, donde aliñan la cazuela con su conocida devoción hacia el ali oli. Manjar que me tiene entre sus fieles, aunque no precisamente me parece lo más atinado para las bravas: en esta cuestión, soy un clásico. El ajo me parece que nada añade a las bravas y tiende a desvirtuar su esencia, así que dicho queda: espero haber despejado las dudas de la lectora que me trasladó su inquietud mientras España contenía el aliento porque estaba en juego la formación de Gobierno… y saber qué bravas preferimos. Será más fácil alcanzar un consenso sobre esta última cuestión.

 

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Mario Conde estuvo aquí
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Jorge Alacid | 02-09-2016 | 7:16| 0

Dibujo del Perich en Camarote Madrid

 

Escapada veraniega a la querida León. Repaso de urgencia a su mapa de bares: mutan varios de ellos, resisten unos cuantos inolvidables (La Bicha, El Tizón, El Flechazo con sus sabrosas patatas, fritas y gratis), se adhieren otros más a la jugosa oferta hostelera… De tertulia con amigos leoneses de acusado linaje, me confirman lo que cualquiera pueda observar en la España interior: “Aquí han desaparecido la industria y la ganadería. Sólo hay bares y funcionarios”. Como no tengo nada ni contra unos ni contra otros, prosigo la caminata en dirección a otra barra de la que fui devoto, el Camarote Madrid.

Tremendo bar: la distancia no ha hecho sino agigantar su presencia. La barra es formidable, desde luego, con su apabullante cocina en miniatura, sus raciones perfectas de punto y su ágil servicio, muy profesional. La clientela ingresa por oleadas, apura hasta entrada la tarde el aperitivo (honor a los adictos al vermú largo), se lleva bajo el brazo alguna de las golosinas que también se elaboran por encargo. Luego de una bendita fuente de almejas en salsa y de su incombustible arroz negro con calamares, me da por visitar como suelo las paredes donde se iza una larguísima colección de fotos. Son retratos de parroquianos que alguna vez pisaron estas baldosas, retratados y enmarcados según una costumbre que se observa en otros bares, como fue norma en los de Logroño, aunque se trata de un motivo decorativo que ha ido desapareciendo de nuestros bares predilectos. También de los restaurantes. Me recuerdo en el Cachetero viendo una y otra vez las mismas caras de antiguos clientes, celebridades que aguantan mal el paso del tiempo, famosos por un día y otras buenas gentes que quedaron allí, inmortalizadas en la popular casa de comidas de la Laurel.

Pero no hay muchos más en Logroño, salvados sean los muros del Moderno, abrillantados igualmente con las fotos de sus clientes conspicuos y otros momentos de gozo para la familia Moracia. Lo cual es una pena, porque esta decoración tiene un punto fetén para quien esto escribe: permite comprobar cuánto daño hace el paso de los años. Y revisar el pasado. Lo cual depara sorpresas: el prestigioso cliente de ayer, que añadía brillo a su paso por el bar, hoy es un apestado. Y supone también una invitación a la melancolía: algunos de los retratados pasaron a eso que llaman mejor vida, de modo que resulta inevitable cierto escalofrío revisando estas fotos que a menudo adquieren la categoría de panteón. Cómicos, deportistas, políticos… Quienes un día fueron presencias habituales, a quienes veíamos por televisión o aparecían por las páginas del periódico, ahora son vagos fantasmas. Incluso confieso dificultades para reconocerlos por sus nombres, cuando no hace tanto tiempo eran una estampa tan cercana.

Por ejemplo, el Perich. Hoy me temo que su recuerdo se difumina, pero hubo una época en que era una referencia insoslayable cuando abríamos un diario o una revista. El listado de medios donde colaboró es abrumador: Solidaridad Obrera, El Correo Catalán, La Vanguardia, El Periódico, El País, Hermano Lobo, Por Favor, El Jueves… Incluso publicó algún libro con sus chistes: aquel volumen titulado Autopista me regaló grandes tardes en la adolescencia, con la sonrisa siempre a flor de piel. El tipo de sonrisa que despierta el humor inteligente. De Perich, prematuramente fallecido, se recordarán sus gatos, celebérrimos animales que le permitían soltar, en efecto, unas cuantas animaladas que por persona (o bicho) interpuesto lo parecían menos.

 

Foto de Aznar en Camarote Madrid

 

Bueno, fin de la digresión: el caso es que también Perich se sentó una vez en las mesas del Camarote Madrid y dejó como souvenir el chiste sobre Aznar que ilustra estas líneas. Una viñeta con cierta gracia… sobre todo teniendo en cuenta donde está colocado el cuadro que lo enmarca: justo al lado de otra foto del propio Aznar. Que también estuvo aquí.

Igual que Mario Conde.

Pero esa es otra historia.

P.D. La visita a León le reconcilia a uno con ese universo tan caro de los bares donde ofrecen de saque una tapa. Incluyendo el cafelito: con el cortado matutino, la camarera allegó nada menos que medio cruasan, obsequio muy agradecido. Tanto como la tapa que antaño ofrecían en el mentado Camarote Madrid, cuando caía la noche y arreciaba el frío leonés, según cuenta la leyenda: sopas de ajo. Nada más y nada menos. Y lo dicho: gratis.

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