La Rioja
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Autor: Jorge Alacid
Una de caparrones
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Jorge Alacid | 16-03-2018 | 4:28| 0

Caparrones de La Mengula

 

En algún momento de mi larga vida como cliente de tantos y tantos bares logroñeses fantaseé (las nubes del alcohol, supongo) con qué pincho se me ocurriría acompañar los tragos conspicuos en el improbable caso de que un día me diera una ventolera y pasara al otro lado de la barra. Creo haber mencionado aquí una de esas ocurrencias: servir chuletillas al sarmiento, un bocado no tan habitual como pareciera por Logroño. Cosas de las infraestructuras que exige ese manjar para despacharse como debiera. Menos entendible me parece otra de aquellas ideas que me asomaban al caletre por entonces y todavía me asaltan ahora de vez en cuando: servir como cazuelita una de esas glorias de la cocina riojana que son sus legumbres. Pedirte un vino y que te ofrecieran una de caparrones.

Lo cual empieza a ser una laguna mitigable y mitigada. Mitigada por las buenas gentes que defienden algunos de nuestros bares favoritos. En La Méngula, “un clásico de Laurel que se trasladó a San Agustín”, como el propio bar informa, tropecé hace semanas con la muy agradable sorpresa de un perolito donde alguien con estupenda mano para la cocina prepara unos caparrones fetén. Naturales por cierto de Santurde, según avisó gentil el ideológo de todo esto, viejo compinche de los tiempos en que uno frecuentaba estos rincones de Logroño (ay) con puntualidad ferroviaria y periodicidad casi diaria. Una delicia cuya imagen ilustra estas líneas: me ahorro más comentarios. Ahí verán ustedes mi bodegón favorito. Un bodegón muy riojano. Acompañado, por cierto, de un surtido de guindillas: se le saltan a uno las lágrimas.

 

Garbanzos y pochas en La Taberna de Baco

 

Esta cazuelita autóctona forma parte de un itinerario donde he ido anotando al menos un par de entradas más, a falta de que algún improbable lector me corrija y añada sus propias aportaciones. Porque hablando de buena mano para la cocina: en La Taberna de Baco, ejemplar establecimiento de modélicos fogones, sirven unas pochas tan inolvidables como recomendables. También disponen de otro plato cumbre del recetario regional, antaño más presente hogaño: garbanzos. Con sus sacramentos tan suculentos. Y sus competitivas tarifas: las pochas, a tres euros y medio; los garbanzos, un euro más. Las fotos que sujetan estas líneas pueden satisfacer la curiosidad de quien sienta la tentación de asomarse por este nutritivo establecimiento de la calle San Agustín: el paraíso debe ser algo así.

 

Pochas con chopitos, en el Torres de Laurel

 

Agregue quien así lo desee otra cazuela de pochas igualmente memorable, que caté recientemente en la calle Laurel: las que ofrece el Torres, en esta aventura allende la calle San Juan, nutrida de una barra de estupendas ambrosías donde descollaba precisamente ese mentado platillo. Unas pochas, sí, pero ojo: no unas pochas cualquiera. Aquí las sirven mezcladas con… chopitos. Un clásico del combinado huerta/mar que quita el sentido. Observe quien tenga alguna duda la foto que preside este párrafo y confiese: sí, dan ganas de atacar el perolillo.

Cierto que se trata de bocados contundentes, que reclaman estómagos aguerridos dispuestos a huir del modelo de tapa minimal tan en boga. Tal vez no tengan un público potencialmente predispuesto a dejarse seducir por sus encantos: desde luego, no es mi caso. Y sospecho que habrá más parroquianos a quienes no les disguste (más bien, todo lo contrario), deambular por sus bares predilectos pensando que en algún momento de sus rondas podrían concederse un capricho en forma de legumbre indígena. Para lo cual se necesitará que al otro lado de la barra encuentren quien satisfaga sus pretensiones: profesionales intrépidos, cuya audacia les conduce a darle unas cuantas vueltas a la cabeza, luego otras tantas al puchero y ofrecer a la clientela estos platos de siempre que gozan de larga vida. Y que admiten este formato: formato pincho o cazuelita. Para disfrutar tapeando. Que es gerundio.

Habrá desde luego otros bares logroñeses donde semejantes bocados sean norma. Una alternativa menos sofisticada pero que gozará del aplauso de quienes, naturales y foráneos, buscan en sus incursiones por los bares una vía distinta a la globalización que todo lo invade. Puesto que nos arriesgamos a que la moderna hostelería copie sin cuento los hallazgos de otros colegas diseminados por el universo mundo, el regreso a la culinaria tradicional será una virtud que permitirá a quien la enarbole conquistar territorios que claman por la diversidad. También la gastronómica. Pinchos destinados a superar con nota varios objetivos: recuperar estos platos tan propios de la cocina de toda la vida, demostrar que admiten ser despachados en versión reducida y reconfortar a la parroquia que no los olvida. Y de paso, hacernos feliz a quienes nos conformamos con poca cosa: con escuchar al camarero de guardia pedir con voz vibrante a sus colegas de los fogones eso de ‘y una de caparrones’.

Marcando mucho la doble erre.

P. D. En anteriores capítulos, ya se ha comentado lo estupendo que sería tropezar por Logroño con bares cuya oferta gastronómica apuntara directamente al corazón de La Rioja, esto es, a los proveedores locales. Es decir: que cuando hablamos de legumbres, como en este caso, se cite su procedencia, a poder ser con denominación de origen. Productos de pueblo, como los vinos de pueblo que recién ha empezado a promocionar la DOC Rioja. Que combinan por cierto fetén con estas cazuelitas, que es usual acompañar desde antiguo con unos tintos jóvenes. Vino del año, ese néctar que sobrevive a duras penas en nuestras barras conspicuas.

 

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Lyon, cumpleaños feliz
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Jorge Alacid | 10-03-2018 | 9:33| 0

Santi, al frente de su bar. Foto de Juan Marín

 

Como ha ocurrido en ocasiones precedentes, este blog se abre hoy a las aportaciones de una estrella invitada: el querido compañero Martín Schmitt, que comparte desvelos en esta casa que con tanta paciencia nos acoge. Dueño por cierto de su propio itinerario como cliente de tantos bares del barrio de Lobete que también compartidos. Y ahí ha puesto el ojo y afillado la pluma: para reseñar como merece el cumpleaños recién celebrado por una de las referencias de este rincón de Logroño, el Lyon. Así que allá va lo que nos cuenta.

El 9 de marzo de 1983 los hermanos Paulino y Santiago Robres abrían por primera vez la puerta del Lyon, un pub que se ha transformado en taberna con una coqueta decoración pero cuya alma continúa inalterable al paso del tiempo, siempre en el mismo sitio (Jorge Vigón, 55) y atendido desde hace más de dos décadas por el menor de los Robres, familia oriunda de Azofra. Nada menos que 35 años de historia, quizá el establecimiento más longevo de la ciudad que siempre ha estado bajo la misma tutela.

Con Joaquín Sabina, un clásico de la taberna de Lobete, sonando de fondo, el bar se montó en una lonja propiedad de su padre. Paulino, que por entonces tenía 22 años de edad, y Santi, de 19, siempre lo tuvieron claro: “Queríamos que fuese un pub, no un bar de barrio”. Por aquellos años, esta zona de Lobete “estaba muerta”. “Estaba el Pierrot y poco más”, rememora Santi. Con moqueta de la época, los vidrios tintados, elegantes sofás y una generosa barra bien surtida, el establecimiento arrancó con el horario de apertura de pub: a partir de las 15 horas.

Poco a poco, por el lugar empezaron a aflorar distintos establecimientos que hicieron de la zona una referencia en los años ochenta diferenciada de la zona de marcha. Con Manhattans, Brandy Alexander, licores y cócteles sobre la barra, el Lyon comenzó a reunir a una interesante clientela venida de distintas zonas de la ciudad, e incluso a celebrar cotillones de Nochevieja. “Bajaban unas cuadrillas muy majas”, afirma Santi y nombra a distintos empresarios, magistrados, deportistas (muchas plantillas del Logroñés, por ejemplo) y políticos de distintas épocas.

El Isopo, el Cristal, el Montevideo, el Bianco, los Delfines, el Jaque, el Piano… La zona se fue convirtiendo en un barrio de copas que atraía a muchos logroñeses. Fueron los años dorados de esta esquina del este de la capital hasta que se puso de moda la plaza del Mercado y el esplendor dejó paso al declive del barrio, a vivir su peor época. Pero el Lyon tuvo la capacidad y la clientela suficiente para no caer en ese ocaso que no solo destruyó pubs; también se llevó por delante alguna vida.

Paulino, ya por los años noventa, dejó el bar para centrarse en el negocio de los seguros y Santi continuó simultaneando su trabajo en un local de suministros industriales con el pub hasta hace tres años y medio, cuando cumplió medio siglo de vida. El negocio siempre fue una cuestión de familia. Su padre, también llamado Paulino, acudía cada mañana a limpiar. Al fallecer, hace diez años, el relevo lo tomó su madre, Beatriz, que hasta el día de hoy se encarga de dejar impoluto un local que con el paso del tiempo ha sufrido una metamorfosis. De hecho, en el 2011 cambió drásticamente de ‘look’ para transformarse en una coqueta taberna irlandesa.

Pero antes, con la construcción del aparcamiento subterráneo de Jorge Vigón, el barrio se revitalizó. Mucho tuvo que ver la apertura del Drunken Duck en la esquina de Jorge Vigón y Eliseo Pinedo, que empezó a atraer nuevamente a gente de fuera de Lobete. Los ‘camellos’ fueron desapareciendo, las redadas policiales en la zona fueron disminuyendo y aquellos antiguos pubs se transformaron en bares de barrio, como el Rincón de las Tapas, el Vigón, el Sol Nórdico o el Dos Torres. Y la taberna del Lyon como testigo de los continuos vaivenes de Lobete, siempre fiel a su estilo.

 

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El nombre del establecimiento fue una casualidad. Querían los Robres un nombre corto para un pub. Y el escogido fue Lyon. Buscaron entonces el escudo de la ciudad gala y le sumaron unas uvas para riojanizar la imagen del pub. Una taberna que en sus inicios proyectaba películas, incluso antes que en los cines, aunque con el paso del tiempo (y con la marcha del negocio de Paulino) el fútbol fue ganando protagonismo. Las moquetas, los sofás de los ochenta y los cócteles dejaron paso a la madera, a las publicidades de taberna, a los adornos de un club de golf inglés, a las copas y la cerveza. Mucha cerveza.

Son muy pocos días los que en estos 35 años de vida ha cerrado sus puertas el Lyon Tavern. Quizá algún partido de su querido Barça al que acudía Santi con amigos o una época en la que estuvo saliendo con una joven dama del barrio, que le reclamaba más allá de las puertas de su local. Pero nunca hubo boda. “Me casé con mi bar, del que me fiaba más”, afirma con una sorna inocente el propietario. Gracia y orgullo, el mismo con el que puede llegar a hablar (no a mostrar) de su camiseta firmada del mismísimo Leo Messi. Un regalo que le dio el jugador del Athletic de Bilbao Óscar de Marcos, que también tiene un ronconcito en donde se le recuerda.

Luego de estos 35 años de vida, Santi tiene innumerables historias, algunas que no puede revelar por “secreto profesional” y otras que ya forman parte del decorado del Lyon, como las visitas casi diarias del extinto Taburete. Sobre su barra se han materializado fichajes del Logroñés, se han creado partidos políticos, se han escrito libros y creado canciones, entre otras mil anécdotas. Después de estas tres décadas y media, su propietario se confiesa “inmensamente feliz”. Santi tiene la clientela que quiere y disfruta de su trabajo como pocos. Seguirán pasando los años y seguramente allí estará el Lyon Tavern, “since 1983”, como reza el rótulo de la entrada, como testigo discreto de la hostelería logroñesa.

P. D. Como bien anota el compañero Martín Schmitt, el Lyon contribuye a forjar una dinámica zona de bares allá al fondo de Jorge Vigón, donde tiene su domicilio quien esto firma. Quien por otro lado reconoce que eso de acudir a los bares que le caen demasiado cerca de casa no goza de su predilección, de modo tiende a desertar tanto del vecino Lyon como de la mayoría de bares arriba incluidos. Porque nos gusta estar en los bares mejor que en casa: y si la casa pilla demasiado cerca, el bar de abajo parece más la prolongación del sofá familiar que una alternativa para nuestro pasatiempo favorito.

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Avenida de Portugal: bares de hoy y de siempre
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Jorge Alacid | 02-03-2018 | 6:45| 0

Marta y Eduardo, al frente de La Algarada. Foto de Justo Rodríguez

 

Igual que la difunta España en blanco y negro se dividió entre Joselito y Belmonte, también el Logroño que se asomaba a la tele en color se vio colonizado por un cisma semejante: hubo que elegir entre Lucan´s o Llacolén. Según recuerdo del tiempo en que me atacó el acné, aquellos bares de nuestros padres se vieron sometidos a un pulso incruento entre los partidarios de uno o de otro negocio, que abrieron sus puertas a finales de los 70 para entronizar entre nosotros el neoconcepto de cafetería con posibles. No eran ya los antiguos cafés propios de otros tiempos ni los venerables locales de estética americanizada: aquellos dos establecimientos simbolizaban la llegada de una nueva cultura hostelera, donde fue obligatorio el uniforme para los camareros. Tan obligatorio como las patillas de hacha, el poblado mostacho y la esmerada educación para dirigirse a la clientela. “¿Qué le sirvo al caballero?”.

Lucan´s y Llacolén, o Llacolén y Lucan´s, abrieron una nueva vía en la entonces más o menos naciente avenida de Portugal para el parroquiano a quien el Logroño castizo se le empezaba a quedar pequeño. Hubo quienes abogaron por la doble militancia, y por lo tanto saltaban de un bar a otro aprovechando su vecindad, pero también resultó habitual que quienes se apostaban para la tertulia eterna en uno de esos bares procurasen no moverse del sitio, según un protocolo que les exigía hacerse con un hueco allá al fondo del Lucan´s, por ejemplo, o sentarse en las mesitas situadas sobre la tarima del fondo, entre los vespertinos jugadores de naipes. Y convertirse desde ese emplazamiento en observadores privilegiados de la naturaleza humana logroñesa, entregarse a la cháchara propia de semejante pasatiempo y esperar el advenimiento de la buena nueva: la democracia, por poner otro ejemplo. Que a mí me sorprendió en esa misma calle, donde en compañía de un grupo de adultos asistí desde las pantallas de televisión de un finado negocio de electrodomésticos al momento histórico del trémulo y jovencito entonces Rey Juan Carlos jurando su cargo en las Cortes; cuando luego pasé por delante de las dos cafeterías mentadas, comprobé que Bob Dylan tenía razón: los tiempos estaban cambiando. Aquella generación de clientes estaba llamada a ser reemplazada de inmediato por la quinta de sus hijos.

De modo que esa calle tan céntrica, con su hermosa curva en dirección a Murrieta, sirvió como laboratorio de ensayos: de aquella España entronizada por las dos cafeterías mencionadas, pasamos a la España de la Movida casi sin darnos cuenta, que era más o menos lo que simbolizaron poco después dos bares abiertos en esa misma acerca. Años 80: llegan el Junco y también el Dominó. Como veníamos de visitar el extinto Merlín de Portales, fue sencillo fingir que ya éramos modernos. Tan fácil como convertir a toda la calle en una creciente alternativa a los bares del puro centro, porque la suma de unos y otros acabó desembocando en una ronda consolidada. Tan consolidada que me maravilla cómo todavía resiste, aunque bajo otras encarnaciones. Resiste además en perfecto estado de revista.

Porque el antiguo Lucan´s recibe hoy transformado en La Algarada, donde me sorprendió gratamente hace un par de mañanas corroborar que entre nosotros sobrevive el rito del vermú: pese al frío reinante, por sus puertas fueron desfilando los miembros de esa cofradía adicta al aperitivo, a quienes se obsequia con un espectacular bodegón muy rico en calorías (morros y torreznos, qué belleza) según ingresan en el local. Y como el servicio es muy profesional, no resulta difícil maliciarse que parece más que asegurada la herencia del viejo bar, donde por cierto veló sus primeras armas el querido Alfonso del mesón homónimo de la calle Villegas.

 

Foto antigua de Llacolén. Archivo Casa de la Imagen

 

La Algarada sirve como aduana para franquear el resto de la calle. Porque Llacolén también pereció. Aquel bar cuya estética rompedora preside este párrafo se vio con el paso del tiempo sustituido por el Canela, donde ahora se observa a diario un bullicio semejante al del bar vecino, incluyendo su popular menú del día. El Junco, no: el Junco sigue estupendo de salud, allí donde lo dejaron los dos socios fundadores, lo cual no puede decirse (ay) del Dominó, en cuyos veladores echamos más de una tarde los miembros de mi generación, agasajados como solía ser norma por su ideólogo, el formidable Landaluce. Ese espectacular botellero que era su ombligo quedó demolido, pero todavía sobrevive en mi imaginación. Que tampoco olvida los buenos ratos pasados en la acera de enfrente: donde hoy se alza el Casablanca, antaño fueron los dominios del Mesón del Rey, un imán para la jet logroñesa de los primeros años 80. Ni olvida que (vuelvo a saltar de orilla) que en el local llamado Latino me zampé mi primera pizza logroñesa. Qué cosas: en aquel tiempo, lo más vanguardista era atacar un plato de pasta carbonara.

 

Óscar, delante de su Asterisco. Foto de Justo Rodríguez

 

Hoy, la calle dispone de abundante oferta hostelera, casi de cualquier estilo (incluyendo otro italiano: Tagliatella), de modo que puede interpretarse como una especie de condensado de Logroño en sus bares. Hacia el fondo, cuenta con marisquería (La Lonja), franquicias (indígenas y forasteras: The Drunken Duck, Cien Montaditos), bares tan concurridos como La Tertulia y restaurantes de toda la vida, como Pan y Vino o el Avenida 21. Un logroñés podría atrincherarse en avenida de Portugal y ver todas sus expectativas en materia de bares más o menos satisfechas, incluyendo por supuesto el cafelito matinal, el tentempié reparador del mediodía o la copa noctívaga: todo ese arsenal garantiza el exitoso Asterisco, ejemplar local donde se ubicó hace alguna década un restaurante al modo alemán. El primer codillo que uno vio por Logroño, con su chucrut y sus birras de dimensiones también muy nibelungas. Añada el improbable lector la opción de El Pasaje, alojado en el tránsito hacia Gran Vía, y obtendrá el retrato completo de una calle muy propicia para nuestro entretenimiento favorito: ir de bares. Por los de hoy y por los de siempre.

P. D. Este gozoso rosario quedaría mutilado si excluyera de sus cuentas un emblemático establecimiento, del que soy devoto: Iturbe. Que se emplaza en el cruce con Víctor Pradera y que es pastelería, de acuerdo, pero también café: que aquí despachan por cierto modélico de sabor, lo cual no es demasiado habitual por Logroño según mi modesta experiencia. Y cuya ingesta puede acompañarse con alguna de las golosinas propias de la casa. Cada logroñés tendrá sus favoritas, pero mi consejo en este caso no es muy original: su ensaimada me parece insuperable. Propia de un local que, como tantos otros de esa calle donde hace esquina, rinde tributo al pasado, al presente y al porvenir.

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Todos eran mis pinchos
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Jorge Alacid | 22-02-2018 | 4:56| 0

Cartel con los pinchos a concurso

 

En el frontispicio de este blog ya quedó el improbable lector avisado: de qué hablamos cuando hablamos de bares. Respuesta: de sentimientos. De la construcción de nuestra identidad, tan asociada al itinerario eterno por nuestras barras predilectas. De emociones coincidentes. Así que todo trago debería contener una generosa dosis emotiva para conquistar de verdad nuestros corazones, igual que cuando atacamos nuestros bocados favoritos. ¿Puede cautivar nuestro espíritu la ingesta de un bocadillo de tortilla? Por supuesto. Sobre todo, si semejante prodigio ocurre en la coyuntura apropiada, rodeado del contexto adecuado. Esa magia. Cuando nos convertimos en parroquianos de nuestros templos de confianza. Cuando el entorno conspira para edificar momentos memorables, que apuntan a la parte sentimental de nuestras vidas: si alguien lo duda, le recomiendo que visite el bar Virginia de Nájera con el ánimo predispuesto a dejarse seducir no tanto por las golosinas que despacha (que también) como por la emoción con que son facturadas.

Emoción. Los miembros del jurado que dilucida el mejor pincho riojano del 2018 nos sentamos en las mesitas del bar para asistir a ese milagro: el milagro de la emoción compartida. La que derrocha la matriarca de todo esto, Conchi, mientras nos va explicando cómo ha preparado esta delicia que se dispone a servirnos: el pincho es suculento, glorioso, pero lo que nos conmueve de verdad es su relato. Porque es un relato emotivo. Le tiemblan las manos, tal vez por el nerviosismo, y a veces titubea, también por culpa de la emoción: lo propio de los seres humanos. De los seres humanos racionales y emotivos.

El cronista ya ha llegado hasta este rincón najerino inclinado a dejarse enamorar por el bar Virginia y por su pincho participante en el concurso, porque algo sabe de todo esto: en las páginas de Diario LA RIOJA se publican con puntualidad ferroviaria las ejemplares peripecias que protagoniza Conchi, a quien apodan Mamá África por la generosa entrega con que atiende en verano a los temporeros que acampan por Nájera. Así que ya sospechamos de entrada que nos encontraremos ante una mujer excepcional, augurio que confirmamos en cuanto acude a nuestra vera con unos platillos donde observamos algo más que alimentos. Mucho más. Se trata de un alimento de otro linaje: alimento espiritual. En términos prosaicos, desde luego es un manjar: un milhojas perfecto de punto, en cuyas capas ha ido infiltrando distintas cremas de enorme sutileza y profundo sabor. Remata el pincho con una portada de papel comestible: no en vano, Conchi llama a su pincho La Voz del Najerilla, denominación donde se condensan varios homenajes. Al papel prensa, al periodista de guardia siempre por esa comarca y a los propios valores que atesoran Nájera y sus alrededores: el conjunto del pincho, nos avisará luego, pretende recrear los fardos de periódicos que aguardan cada mañana a sus potenciales lectores junto al quiosco de confianza. Brillante Conchi, brillante el bar Virginia.

Y brillantes en realidad todos esos hermanos que se disputan este sábado en Riojafórum la corona que pone en juego el ganador del año pasado, certamen que también me reclutó entonces para el bendito encargo de jurado. Reitero mi agradecimiento a la organización y reitero además mi enhorabuena: el concurso está milimétricamente bien planificado, cuenta cada año con más aspirantes (rozando los 70 este año), cubre más o menos todo el territorio (cariñoso tirón de orejas a las cabeceras cuyos bares siguen sin animarse: una pena) y sirve para hacernos una idea cabal de cómo están La Rioja y sus bares. Donde hay de todo, por supuesto, como en cualquier ámbito de la vida, pero al menos entre los concursantes se garantiza aquello que deberíamos dar siempre por supuesto pero que (ay) luego resulta que no es tan frecuente: amor por el oficio.

Todo ese arsenal de virtudes lo detecta uno en el Virginia, pero también en el resto de bares de Nájera que tuve la suerte de recorrer. Sus pinchos podrán conmover más o menos, pero todos aseguran un elevado nivel medio. Sus creadores ponen a prueban su ingenio, calibran lo atinado o intrépido de sus propuestas, las someten al inmejorable método de prueba y error. Cuando llega el tribunal, se afanan en defender a sus criaturas, explican con qué vino las deberíamos maridar, de dónde nace su inspiración. Se maravillan cuando ven los pinchos publicados en el cuadernillo que los recopila o en las páginas de Diario LA RIOJA, que les dedica ancho y generoso espacio. Y se emocionan contándonos satisfechos el esfuerzo final con que sirven ese pincho que nace de sus entrañas y someten al veredicto auténtico: el juicio de la clientela. Que nunca se equivoca, aunque a veces no lleve razón.

He ido observando el mismo comportamiento que aquí detallo no sólo en los bares de Nájera que le tocaron en suerte al grupo de jurados donde me alistó la organización. Las mismas conclusiones extraigo de mi deambular por Santo Domingo, Igea, Calahorra, Pradejón, Pradillo, Sorzano o Logroño. Alto sentido de la dignidad entre los profesionales de cada bar y una generosa dosis de compromiso, con su profesión y con la localidad que les alberga. En algún caso, compromiso mayúsculo, como es norma con los pequeños pueblos donde algunos tienen su sede, esa región interior donde el bar es algo más que un bar: brújula y faro del municipio.

Mientras escribo estas líneas, todavía está pendiente de dictaminarse qué bares se llevarán los mejores premios. Pero este artículo no va de eso. Es una reflexión más panorámica, sin vencedores ni vencidos. Porque según mi veredicto, lamentando de nuevo que no se animen a participar bares de tan entrañables lugares como Alfaro, Ezcaray y algún otro rincón, mi ganador está claro. Ganan La Rioja. Ganan sus bares y ganan quienes los defienden. Y también ganamos quienes les visitamos. Quienes asistimos a la sagrada tradición de salir al indesmayable encuentro con nuestros bares favoritos para que nos atienda, nos den conversación y alivien nuestra hambre y nuestra sed. Para que incluso nos emocionen.

 

Lorenzo, con su pincho. Foto de Justo Rodríguez

 

P.D. Mi admiración por Lorenzo Cañas no cabe en estas líneas. Para corresponder a los altos merecimientos que le adornan, tendría que consagrar un blog para él solito, cosa que el propio Lorenzo descartaría: entre sus virtudes, no es la menor la humildad. Una modestia genuina que hasta hace no tanto tiempo resultaba bastante usual entre nosotros, una actitud muy alejada de estos días en que cualquier medianía de cualquier ámbito reclama la atención del universo mundo para cuanto se le ocurra perpetrar. Naderías, casi siempre. Cañas, todo lo contrario: tiende a huir de la notoriedad, aunque sin gran éxito. Tengo para mí que pocas personas concitan una unanimidad tan coincidente cuando se trata de elegir a un riojano cabal que pudiera representar nuestros mejores atributos. Lorenzo Cañas sería el tipo ideal que los resumiera. Su última y desprendida propuesta se acaba de alumbrar. Con motivo de Fitur, el Ayuntamiento de Logroño pidió a nuestro hombre que ideara un pincho cuyas características resumieran el espíritu (culinario) de la ciudad. Cañas, que ejerce entre sus muchas aficiones como cofrade del pez, lo tuvo claro: unió la sutil línea de puntos (cocina, Logroño, peces) y preparó en consecuencia un pincho llamado Bernabé (la originalidad no es su fuerte). Que recogió generalizados aplausos entre quienes lo cataron y animó al colega Sergio Moreno a peregrinar a La Grajera, detenerse ante los fogones de Cañas y guisar el reportaje que el improbable lector puede catar en este enlace y vislumbrar en esta foto. Y como estas líneas iban de eso, de pinchos, me parece de justicia rematarlas con ese bocado que lleva el nombre del patrón pero a quien yo me permito bautizar a mi bola: el pincho de Lorenzo. Y me marcho: que me tengo que poner mi sombrero para descubrirme ante Cañas.

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Clarete, por favor
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Jorge Alacid | 16-02-2018 | 8:54| 0

Cartel a la entrada de San Asensio, tierra del clarete

 

Qué hermosa palabra es clarete. Un riojanismo del que sentirse orgulloso. Clarete. Oyes pronunciar a tu vera esas tres sílabas y ya dan ganas de pedirte un vino. Una voz incomparablemente mejor que rosado, dónde va usted a parar. Clarete además posee alguna reminiscencia extranjerizante, que nos deposita en el país de Dickens y Conan-Doyle. Sus héroes solían pedirse una jarra de claret mientras avanzaban en esas peripecias de ficción, tan a menudo preferibles a la vida real. Claret, en efecto, se tomaba Sherlock (entre pipa de nicotina y trallazo de morfina) luego de cavilar por entre las nieblas de Londres. Claret, por supuesto, se pedían los personajes del Club Pickwick, un trago muy adecuado para avanzar en su fatigosa tarea de observadores de la naturaleza humana. Que eso somos nosotros cuando nos convertimos en parroquianos del Sebas, El Soldado o el Soriano: vigías de nuestros semejantes, vaso de clarete en mano.

Acepte el improbable lector esta digresión, que viene a cuento de una reciente invitación formulada por un conspicuo corresponsal, quien me animaba a extenderme en mis propios avatares como incondicional de este vino tan genuinamente riojano. Una palabra que juzgo en retirada cuyo anacronismo creciente tiene su encanto: a mí me divierte ingresar en un bar atendido por camareros recién superado el acné y pedir que me sirvan un clarete. Su cara de desconcierto explica muy bien lo mal que estamos en algunos usos y varias costumbres. No hace demasiado una de estas camareras, casi impúber, tuvo que reclamar la ayuda de su jefe: luego de un interrogatorio al alimón, al fin entendieron qué quería tomar y accedieron a servirme un clarete. De Cordovín, por cierto. Rosados abstenerse.

De qué hablamos por lo tanto cuando hablamos de clarete. Acude en mi auxilio el mago Abel Mendoza, el hechicero que proporciona vinos tan magníficos como su generosa sabiduría. “El auténtico clarete”, aclara el mago vinatero desde su guarida en la Sonsierra, “se hacía en San Asensio”. “Era un vino que fue muy popular en los años 70, con un color cebolla muy característico, aunque luego la fama se la llevó Cordovín”, añade. Vinos sangrados en el lagar, habitualmente a partir de uvas tinta de variedad garnacha, que algunos elaboradores mezclaban a veces con blanca (viura, sobre todo). Con el paso del tiempo, recuerda Mendoza, “en Rioja se fue tendiendo hacia otro tipo de elaboraciones, buscando un color más propio de los vinos provenzales”. Y ese vino clarete se convirtió en otra cosa: se convirtió en rosado, “como todos esos vinos catalanes que empezaron a proliferar, con colores más rojizos, rosáceos”. De modo que se ha ido, en efecto, perdiendo la esencia de aquellos claretes, cuya desaparición no deja Mendoza de lamentar. Y se apunta, desde luego, a su reivindicación: “Yo estoy a favor de dignificar el trabajo del viticultor y de todo lo que suponga apostar por los elementos distintivos. De todo aquello que diferencie al Rioja”.

Una lección bien aprendida en otros pagos, no lejanos. Navarra sí que apostó por su rosado, los castellanos viejos otro tanto por el de Cigales y hoy los claretes riojanos sufren una competencia cruel. Doblemente cruel. Porque nuestros vinos ni siquiera pueden llamarse por ese nombre (la nomenclatura clarete está taxativamente prohibida: legalmente, debe emplearse la voz rosado) y porque en calidad nada tienen que envidiar a sus mentados hermanos. Más bien al contrario: algunos de estos vinos en algo recuerdan a otros miembros de su familia, los Bandol que elaboran en la Provenza francesa y que, como es norma en el país vecino, se tarifan a precios que revelan su auténtica estatura. Nada que ver, por lo tanto, con las prácticas tan desdichadamente habituales en la DOC Rioja, donde tan a menudo se confunde valor y precio. (Veáse, por ejemplo, lo que cuenta por aquí el señor Luis Gutiérrez, el enviado por Robert Parker para habitar entre nosotros).

De donde se deduce que en materia vinícola, como en tantos otros ámbitos, en La Rioja podemos avanzar hasta el infinito, porque partimos desde muy lejos. En estos tiempos de búsqueda permanente de la diferenciación, el clarete debería tener sus mejores aliados entre los riojanos, es decir, entre bodegueros y clientes potenciales. Deberíamos ser los abanderados de la diversidad. Pero ocurre a menudo lo contrario; nos sometemos con gusto a la dictadura de la globalización que todo lo uniforma, y el rico acervo cultural (cultural en todos los sentidos, no sólo lingüístico: el vino es sobre todo cultura, y milenaria además) que distingue a cada territorio tiende a perderse. O al menos a desnaturalizarse: cuando en una barra de Logroño se quedan estupefactos, como si hablaras suajili, si tienen que servirte un clarete es que algo se ha estado haciendo mal desde hace demasiado tiempo.

¿Se puede corregir el error? Lo dudo. El viento de la corrección vinícola impone sus propias reglas con tal potencia que se lleva por delante incluso lo más íntimo. El amor hacia lo propio, que amenaza con ver convertidos a los incondicionales del clarete en una especie de habitantes de la aldea gala de Asterix y compañía. Lo cual, bien pensado, tiene sus ventajas: porque aquellos galos resistieron. Y resistir equivale a triunfar. Así que como ellos deberíamos resistir quienes nos negamos a sucumbir a esta moda que incluso nos obliga a dejar de llamar clarete al clarete. El mismo vino que por San Asensio lanzan al aire en su singular y masiva Batalla veraniega. Un acontecimiento que podría tener un estupendo compañero de viaje, un complemento algo más prosaico: la reivindicación de los grandes vinos claretes que han alumbrado por ese rincón de La Rioja desde siempre. Un clarete de calidad, que acabaría con tanta confusión terminológica y apuntaría directamente al corazón de todo vino: al pueblo. Clarete, un vino de pueblo: lo regalo como eslogan si algún intrépido se arrima por aquí y se anima a secundarme. Y para el resto, para quienes habitamos a este otro lado de la barra, dejo otro consejo: que sigamos pidiendo clarete. Aunque a cualquier camarero barbilampiño le lleve una eternidad despacharlo.

 

Bodegón riojano, en Bodega Guillermo de Cuzcurrita. Foto del autor

 

P.D. Para quienes estén interesados en participar de estas disquisiciones, les recomiendo el artículo que dejó escrito en Diario LA RIOJA el experto Pepe Hidalgo, quien alcanza conclusiones más o menos similares a las arriba expuestas, aunque adornadas en su caso con las virtudes de su docto magisterio.  Y para situar el debate en términos más prosaicos, añado la imagen situada sobre este último párrafo, capturada recientemente en la celebérrima Bodega Guillermo de Cuzcurrita, a cuya cortesía me abandoné bien pertrechado de la botella que aparece integrando ese bodegón tan riojano. Botella de clarete, por supuesto. Y de lágrima, como nos avisó el propio patrón de ese ejemplar negocio. Un néctar.

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