La Rioja
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Autor: Jorge Alacid
La invasión del torrezno
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Jorge Alacid | 08-09-2017 | 10:52| 0

Torreznos del bar Julio. Foto de Justo Rodríguez

 

Una voz amiga me lo tenía avisado: nos invaden. Ojo: nos están invadiendo. Pasito a pasito (¿Suave? ¿Suavecito?), las barras logroñesas se ven colonizadas por un bocado trasplantado desde la vecina (y querida) Soria. Se trata de una singular golosina que usted, improbable lector, habrá catado en cualquiera de sus encarnaciones logroñesas: el amigo torrezno. Años ha, semejante delicia exigía subir Piqueras (hermosa expresión) para visitar las barras sorianas donde se despachaba, mientras protagonizaba una sentida rivalidad entre los bares de la capital y aledaños: a ver cuál lo sirve mejor. Yo solía decantarme por los que salían de los fogones del Mesón Castellano, allá en la Plaza Mayor, porque garantizaba un punto exacto de textura. Me relamo mientras veo de nuevo (en sueños) aquel platillo: servido en taquitos, crujiente la capa exterior y mullido el jugoso fondo. Una suculenta tapa que fue ganando adeptos y conquistando feligreses, para grave escándalo (supongo) de la Sociedad Española de Cardiología.

Por entonces, el torrezno apenas abandonaba su hogar soriano. Imposible encontrarlo desde luego en Logroño, donde uno relataba la buena nueva de sus viajes a la orilla del Duero y era como predicar en el desierto: nadie sabía qué les estabas contando. ¿Porque (pregunta) de qué hablamos cuando hablamos de torrezno? La defensa llama a declarar a la wikipedia, en ausencia de testimonios de mayor prestigio. Que declara lo siguiente: “El torrezno es una tira de tocino frita  o  salteada en sartén o tostada en una parrilla”. Y añade un par de datos. Uno: que son considerados patrimonio gastronómico de la humanidad (gloria a la UNESCO). Y dos: que la voz torrezno proviene del latín torrēre. Ergo, tostar, acercar algo al fuego hasta que toma color. Alea jacta est.

Dicho lo cual, debe aceptarse que el torrezno no es privativo de Soria. Ojo: también se sirve en Ávila, por ejemplo, donde no es extraño su consumo durante el desayuno y además acompaña a esa cazuela tan recia (y tan castellana) llamada patatas machaconas. Pero si el torrezno soriano ha alcanzado fama principal, será por su habilidad para abrirse paso entre la dictadura de lo gastronómicamente correcto: de aquellas exploraciones pretéritas por Soria que aquí relato a la expansión actual median unos cuantos años, durante los cuales el torrezno ha acabado por rendir a sus encantos a una parroquia cada día más masiva. Que por cierto: también los puede probar acompañando unas migas, ejemplar plato no menos soriano.

Así que este bocado lo despacha hoy fetén, por ejemplo, el amigo Alfonso en su mesón de la calle Villegas. Aunque juega con ventaja: se nota que nació en Soria. Lo ofrecen igual de suculento en el Monterrey de Vara de Rey y lo encontramos también en barras tan acreditadas como el bar Julio, cuya clientela se hermana cada día con los vecinos sorianos mientras atacan la misma gollería: la foto que ilustra estas líneas pertenece a esa castiza barra, acampada a orillas del Ebro con una oferta apabullante en torreznos. Torreznos, sí: un bocado nacido en las entrañas del amigo gorrino (su costillar, más concretamente). Puro y riquísimo tocino, con su leve capa de piel. Manjar sometido por supuesto a esa creciente moda culinaria que exige revisar cada entrada del recetario antiguo: en La Lobita, casa de comidas alojada en la pinariega localidad soriana de Navaleno con su estrella Michelín y todo, lo incluyen en su carta bajo un título intrigante. Lo llaman ‘Evolución del torrezno’ (sic), presentado en estos términos tan misteriosos: “Snack etéreo y torrezmochi”. Más y más sic. Pero mientras aclaramos qué cosa será un torrezmochi, ataquemos la bandeja donde se presentan sus hermanos mayores y musitemos para nuestros adentros: larga vida al torrezno.

Mientras lo permita el colesterol.

P.D. Antes de las vacaciones, cuando el verano todavía (todavía) era una bella promesa de interminable horizonte, este blog preguntó a sus improbables lectores cuál era su terraza preferida, siendo como es un pasatiempo tan propio de la canícula. Gracias a sus aportaciones, concluimos que la diversidad domina: porque se mencionaron los casos de La Gitana Loca, el Bretón, Cacao o Cuatro, pero la mayoría se decantó (ay) por las difuntas. Los desaparecidos veladores de la antigua cafetería Las Cañas o el Trébol. De modo que se confirma que el bar ideal no existe: sólo habita entre nuestros sueños.

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¿Cuál es la mejor terraza de Logroño?
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Jorge Alacid | 21-07-2017 | 10:20| 0

 

Ser fiel a tu ciudad exige lealtad a tu pasado. Una frase cuyos factores también pueden leerse al revés, lo cual en el caso de la devoción al universo de los bares reclama un compromiso adicional no sólo con los que resisten, sino también con los difuntos. De modo que cuando uno revisa, mientras peina sus canas (metáfora), su propia biografía debe aceptar que el verano le sabe a muchas cosas. A siestas memorables (ah, ese reguero de salivilla incluido), galvana canicular (ah, el gozo de no hacer nada) y desenfreno juvenil y noctívago (ah, esas resacas dominicales). También me sabe a pipas: los girasoles del tren de Anita, tantas veces citados en este blog, que nutrían las interminables tardes de la adolescencia apoltronados en la terraza del primer Tívoli.

Porque, en efecto, las terrazas eran para el verano. A diferencia del tiempo presente: las cosas de la ley contra el tabaco poblaron de veladores acristalados España entera, allá penas si afuera hiela o nieva. Antaño, la clientela se aposentaba en sus terrazas de confianza cuando asomaban los primeros indicios de buen tiempo y abandonaba semejante costumbre allá por San Mateo. Cada cual probaría las que fueran de su preferencia: en mi caso, deberé reconocer mi deuda de gratitud con la primera que recuerdo, la del Ibiza, con sus insuperables vistas al Espolón y a la vida en sí misma, que entonces estaba toda por delante, aunque frecuenté también como alguna otra generación logroñesa la terraza por excelencia, hoy infelizmente desaparecida: la formada por todas aquellas mesitas metálicas de La Rosaleda vecina.

Derramo una imaginaria lágrima a la espera de que reabra el querido quiosco de mi infancia y continúo mi paseo de terraza en terraza, moviola mediante. Porque uno se fue haciendo mayor, qué remedio, y acabó como se ha mencionado: atrincherado en el Tívoli, terraza de donde nos acabó expulsando lo de siempre. La moda. Porque se impuso el Moderno como tendencia terraceril ochentera y allá acampamos, a la vera de la familia Moracia. Largas, larguísimas tardes de estío, cuando el tiempo parecía de goma y se estiraba hasta la frontera de ingresar en la calle Laurel y sus hermanas.

Por aquel tiempo, me confieso también adicto a la primera terraza de la modernidad: la alojada en El Espolón bajo los dominios del cedro y del bar subterráneo llamado Trébol, que por entonces (años 80) ya adoptaba la encarnación célebre. Había nacido el Continental y, en efecto, para que te dieran en Logroño el carné de moderno tenías que sentarte allí un buen rato. Habíamos inventado el postureo pero no lo sabíamos. Ignorantes de semejante hazaña, nos limitamos a apurar la cerveza y experimentar nuevas conquistas. Sonaba la hora del Bretón.

Allá emigramos. A la sombra de Colo, en sus dos versiones, vimos crecer las patas de gallo y otras calamidades contemporáneas. Por supuesto, catamos otras terrazas en el universo logroñés, pero si uno pretende sincerarse ante el improbable lector deberá aceptar que ha citado aquellas donde ha puesto sus complacencias con mayor asiduidad y cariño. Quiere decirse que semejante relato de sus propios pasos lo podría firmar quien así lo desee, detallando sus preferencias. Las terrazas del centro y las de la periferia. Las terrazas de siempre y las recién llegadas. Las propicias para el horario vespertino y las más adecuadas por las horas nocturnas. Las terrazas que nos atraen por un indescifrable motivo y aquellas que capturan nuestra atención por lo esmerado de su servicio, la simpatía de sus camareros o porque nos da la real gana.

Fin del preámbulo. Lo antedicho sirve simplemente como excusa para acudir a la almendra central de estas líneas, que se despiden hasta la vuelta de vacaciones lanzando al éter esta pregunta: cuál es la terraza favorita de quienes se diseminan por Logroño y sus bares. Quien se anime, ya sabe: esta es su casa. Puede opinar también en las redes sociales donde circula este blog, en la seguridad de superado el veraneo tendrá cumplida respuesta: recopilaremos entonces las respuesta que vayan llegando y premiaremos al ganador. Aunque en realidad todas la terrazas lo son: ganan todas porque todas cuentan con el favor de su parroquia. Que es el mérito principal al que supongo que aspiran. Y el intangible de que dentro de unos años alguien recuerde que una vez fue felizmente dichoso entregado al placer de no hacer nada: limitarse a ver pasar la vida sentado en su velador favorito.

P.D. Como tantas veces, las mejores cosas de la vida no ocurren sin embargo en la realidad: pertenecen al reino de los sueños. Pura fantasía. De modo que no debería extrañar a nadie si cuando nos preguntan a unos cuantos logroñeses de nuestra quinta sobre cuál es nuestra terraza predilecta, contestemos sin dudar señalando a esa cuya imagen decora estas líneas. Aquel glorioso invento de Rocandio y sus buenas gentes de Cámara Oscura, la milagrosa reencarnación de unos cuantos ilustres en los veladores del Ibiza. La playa imaginaria del Logroño imaginario.

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Los bares (nuevos) son para el verano
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Jorge Alacid | 14-07-2017 | 3:37| 0

 

Ocurría antaño que las aperturas de bares en Logroño florecían allá por San Mateo. Como se ha contado aquí, no hace falta haber ganado el premio Nobel ni ocupar el Palacio de la Moncloa para poseer una inteligencia natural que permite concluir que los empresarios logroñeses se meten en ese jardín allá cuando pronostican mayor movimiento en la máquina registradora, un aliviador empujón muy agradecido cuando se empieza en todo negocio. Esto es, por fiestas mateas. Así que la lista de garitos que abrieron sus puertas en los días previos al cohete, que algún hortera llamará chupinazo, representa una fecunda tendencia logroñesa. Valga citar tres establecimientos emblemáticos, proteicos iconos de la historia local, para avalar semejante sentencia: nada menos que fue esa la época elegida, cada cual en su respectivo año, para inaugurar el café La Granja, la cafetería Milán y el pub Robinson. Que no son tres bares cualesquiera: son tres monumentos.

Con el paso del tiempo, ocurre que las fiestas no son lo que eran. O bien que cualquier momento del año es bueno para lanzarse a la piscina. Así se evidencia en el florecimiento de inauguraciones que han preludiado este verano pródigo en nuevos bares: porque, como ya avisamos aquí al improbable lector, renació el Baden bajo una nueva dirección, lo cual llenará de felicidad a quienes pensaban que Logroño quedaba medio amputado si perdía un local tan célebre.
Avanzamos. Seguimos nuestra caminata por la calle San Juan y observamos un curioso fenómeno: el Torres ha mutado. Mejor dicho, se ha desdoblado. Su segunda encarnación, sin renunciar por supuesto a mantener la actividad en la casa madre, se prolonga ahora hasta la calle Laurel, donde ofrece desde hace alguna semana su misma oferta. Estupendos bocados, prestigiosos vinos. Y un servicio eficaz, muy profesional, que rellena el hueco que ocupaba Casa Pali.

 

 

Este peculiar movimiento hostelero guarda alguna semejanza con otra pirueta protagonizada en el centro de Logroño. El Ritz, veterano y popular establecimiento, cerró durante unas cuantas semanas para someterse a una particular cirugía: reabrió luego de su cambio de manos, que vuelven a ser las originales, mientras que parte de quienes defendían hasta ahora esa barra se trasladan a avenida de España para situar bajo su tutela el Príncipe de Cameros.

Vamos concluyendo nuestra caminata. Regresamos al corazón de Logroño, donde El Rincón de Alberto también emigró hace nada unos pocos metros y abrió su nueva y esplendorosa sede en la misma calle San Agustín. Además, se anuncian otras aperturas en Herrerías y Portales, calle esta última donde ya iba haciendo falta algún que otro bar y alguna heladería (es sarcasmo). Y la pista de más y más estrenos se desperdiga por todo Logroño. Los nuevos bares, habrá que insistir, parece que son para el verano. Lo cual no evitará que cuando San Mateo asome por el horizonte germinen otros proyectos hoy en barbecho. Y que dentro de unos meses, quien esto escribe enchufe de nuevo el ordenador, afile el teclado y procure el interés del improbable lector mientras, inspirado por el ejemplo del colega Eduardo Gómez, ataque el enésimo listado de aperturas que se vislumbran en el horizonte: como decíamos ayer…

P.D. Como decíamos ayer… Tiene sentido la cita célebre porque el maestro Gómez guarda la saludable costumbre de recitar para esta casa los bares abiertos en las vísperas mateas. Que hace un año fueron abundantes: bastará recordar tres de ellos (Espacio Gastro 911, Donde Fede y Bar Vento) para acreditar que, en efecto, por Logroño somos fieles a esa tradición. Y que la tendencia contraria no tiene tantos adeptos: se abren bares en cada estación del año, pero ver alguno que cierra suele ser raro. Raro, raro, raro

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Las mejores bravas de Logroño son…
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Jorge Alacid | 11-07-2017 | 5:08| 0

Premio para el Jubera

 

No hubo sorpresas. Preguntaba en este blog semanas atrás cuáles eran las patatas bravas favoritas de los logroñeses y la respuesta recogida roza la unanimidad. Casi por aclamación, las cazuelitas que sirven con semejante bocado en el Jubera de la calle Laurel (La Mejillonera en su anterior encarnación) se han llevado por delante a cuantas alternativas iban surgiendo. Todas ellas, por cierto, a partir de las aportaciones de los improbables lectores. Que se manifestaron en el propio blog, en la cuenta de facebook de quien esto firma y en la propia de la web de Diario LA RIOJA. Así que enhorabuena a los agraciados. Esa ejemplar familia que lleva unos cuantos años haciendo felices a nuestros paladares

Aunque debe advertirse que, aunque su victoria fue amplia, llegó tras un intenso debate: no tanto para dilucidar al ganador, como para discutir si las bravas son o no un plato de raíz madrileña. Y si, en consecuencia, el resto de cazuelitas con tal golosina repartidas por toda España son o no vulgares copias, tristes remedos del plato madre, o versiones que mejoran el original. Porque terció en el debate un corresponsal madrileño, que no se limitó a elogiar el bocado patrio, sino que añadió feas palabras sobre las bravas logroñesas. Y amigo, eso no. Con el Jubera y resto de bares hermanados por esa cazuelita fetén hemos topado.

De modo que hubo quien defendió con ardor semejante al lector madrileño las bravas indígenas y se armó una zapatiesta, como diría el personaje de algún tebeo añejo. Lo cual no impide que la fotografía final que ofrecen las aportaciones de tantos y tantos lectores con quienes mantengo deuda de gratitud. Incluidos los que me critican. Incluidos los que me critican porque entendían que sentía predilección por el Jubera. Lo cual es tan cierto como que dejaba este espacio libre para que quien tuviera una alternativa mejor nos convenciera.

Cosa que no currió. El Jubera acumuló treinta y cinco votos. Lejos, muy lejos, del segundo clasificado, un local alojado en la misma calle: la Taberna del Laurel, un clásico del Logroño castizo, se llevó ocho nominaciones. Al imaginario podio se subió para recoger la imaginaria medalla de bronce el Perejil, bar donde por cierto también tengo el gusto de haber catado sus bravas: me sumo a las felicitaciones. Son estupendas: gran producto (de El Villar de Torre, aseguran en un cartelito) y bien jugosas de picante.

Pero hubo más. Tantas entradas que dan para una especie de ruta logroñesa de las bravas. Anótese usted el Sella, el Gargonich y Los Ángeles, por ejemplo. O el Tramuntana de la calle San Juan. Y piense en ese mullido bocado que aguarda en cada uno de esos destinos, la patata crujiente en su exterior y jugosa por dentro. La cazuela que aguarda la mano amiga que agregue un toque de salsa de tomate y otro de mayonesa para que, por precios tarifados módicamente, nos aseguren un momento memorable en esas barras de confianza. Las barras bravas.

Bravo por las bravas.

 

 

Cazuelita del Jubera

 

P. D. En sus aportaciones a esta encuesta, los amigos lectores no se conformaron con incluir las lejanas tierras madrileñas como ejemplo de manufactura modélica de las queridas patatas bravas, aunque nadie se animó a dar alguna pista más concreta. Hubo quien añadió alguna opción más cercana: por ejemplo, en Arnedo, donde se asegura que el bar Numancia las elabora fetén. Y cerquita, sin salir de La Rioja Baja, en Rincón de Olivedo se aloja el bar Jorpe, donde otro lector sugiere catar sus ricas cazuelitas. Anotado queda.

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Bares entre los bares
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Jorge Alacid | 30-06-2017 | 7:36| 0

 

Durante el recién acabado curso escolar, el suplemento Degusta que publica cada semana Diario LA RIOJA incluía el último sábado de mes un reportaje dedicado a realzar la biografía de algunos de nuestros camareros logroñeses favoritos. Cuyas peripecias saltaban luego al mundo digital, puesto que protagonizaban la entrada semanal que Logroño en sus bares despacha a sus improbables lectores. El criterio de selección era muy sencillo: sólo aparecían los camareros que me dieran la gana. Claro está, con algunos requisitos previos: que contaran a sus espaldas con una densa y proteica trayectoria. Que sus bares se hubieran convertido en faro, guía y brújula de sus potenciales clientes. Que estuviera en el conjunto de ellos representada la rica diversidad del sector. Y que me cayeran bien: avinagrados, abstenerse.

La mayoría de los reportajes, luego de detenerse en la vida (y milagros) de sus protagonistas, desembocaba en una playa común, donde se les proponía un juego que a buena parte de ellos les desconcertaba. Se trataba de que pue por un momento saltaran al otro lado de la barra. Que cavilaran a qué bares dirigían sus pasos cuando mandaban el delantal al tinte, bajaban la persiana y abandonaban el propio negocio. Porque de sus respuestas se podría deducir qué locales son los favoritos de quienes más saben de esto. Una especie de bares entre los bares. El bar por excelencia.

Error. Repasando ahora las respuestas recogidas entre los camareros seleccionados se observa una tendencia que conduce nuestras conclusiones a un escenario diferente. En primer lugar, porque la práctica totalidad de los entrevistados reconocía que este es un oficio sacrificado como pocos, de modo que cuando desertan de su propio bar resulta muy habitual que se entretengan con cualquier otra cosa que no les recuerde su rutina, tan esclava. Que lo último que quieran es ir a otro bar. Además, coincidían unos cuantos en confesar que cuando se marchan a tomar algo por ahí suelen decantarse por los bares que tienen más a mano, sin grandes cavilaciones. Así que los alojados en la Laurel se diseminan por esa calle, los de la San Juan otro tanto… Difícil encontrar por lo tanto una pauta. Propósito al que tampoco beneficiaba una tendencia observada en otros de los consultados: que solían elegir aquellos que tienen más cerca de casa.

Fin del preámbulo. Que por otro lado me parecía imprescindible para interpretar cabalmente lo que sigue: el recuento de los bares favoritos de nuestros camareros de confianza. La relación de bares que se enumeran es de postín: Soriano, Lorenzo, Alfonso, Junco, Eldorado, Sierra la Hez, García, Chufo, Gurugú y Taberna de Mere, local por cierto inactivo cuya fama legendaria justificaba su inclusión en la lista. Y la relación de bares que he recopilado, fruto de sus respuestas, es la que sigue:
Notre Dame
Virginia
Delicias
Claret
Cuatro
El Refugio
Samaray
Tastavin
Junco
El Soldado de Tudelilla
Gaudí
Galdós
Géminis
Samper
Álvaro
Alfonso
Mauleón II
La Encina
Camarote
Nuevo Plaza
San Mateo
Blanco y Negro
Jubera
Sebas

De todos ellos, sólo dos se mencionan más de una vez. Ambos, por duplicado. Claret y Junco. El resto son solitarias entradas que los camareros consultados disparan movidos por factores aleatorios. A menudo, sentimentales. Lo cual prueba que incluso los camareros tienen su corazoncito: les gusta, como a usted y como a mí, que les acojan con algún cariño al otro lado de la barra cuando ejercen de parroquianos, encontrar en sus locales predilectos esa clase de confort que buscamos mientras trasegamos nuestros tragos y bocados favoritos y, en sus respectivos casos, enhebrar tertulia con los colegas de oficio. Compartir inquietudes y también anécdotas comunes: porque durante la recopilación de este material me llamaba la atención que la mayor parte de ellos no sólo participaba de cavilaciones coincidentes, sino que integraban una especie de fraternidad. Algunos habían defendido antaño la misma barra o alguna otra vecina, habían tenido los mismos jefes o se encontraban en esa zona de sombra noctívaga que se extendía cuando todos eran más jóvenes y luego de cerrar el local propio tomaban la última copa (o la penúltima, o la antepenúltima) en los mismos sitios, una costumbre que hermana mucho. Hermana incluso a camareros y clientes, que forman en realidad la gran fratría donde los entrevistados se reconocen: esa clientela fiel forma parte de sus mejores recuerdos. Un estado de ánimo compartido al otro lado de la barra, por esa la parroquia constituida por sus incondicionales: unos y otros son como de la familia.

P. D. El relato colectivo que forman los testimonios recogidos por esta pléyade de camareros merece (a mi humilde juicio) un análisis más pormenorizado. Una especie de documento conjunto que sirva como radiografía de la hostelería logroñesa reciente, con evidente conexión con el mundo de la sociología, nivel amateur. Nuestros hábitos como clientes trazan un camino lleno de migas que sirven para conocernos algo mejor: sobre esta base, prometo novedades a la vuelta del verano. Continuará.

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