La Rioja
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Autor: Jorge Alacid
Saluda a todo el que veas
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Jorge Alacid | 18-09-2014 | 5:58| 0

Hace un año, por estas fechas consigné una estupenda sorpresa en este mismo blog: en un bar de la calle Laurel nos convidaron a zurracapote, servido fresco en el porrón preceptivo. Ocurría que Logroño se preparaba para sus fiestas mateas y en ese local habían decidido recuperar una tradición perdida vaya usted a saber en nombre de qué nuevas y funestas costumbres. Porque antaño era casi obligatorio: en la mayoría de bares, sus propietarios preparaban la riquísima pócima para regalar al indígena y al forastero, a quien se iniciaba en ese brebaje escasamente conocido lejos de entre nosotros. Tengo observado que tal hábito se mantiene fuera de Logroño, en algunos municipios de La Rioja, lo cual me parece una manera muy apropiada para corroborar si, como dicen, por esta tierra somos o no somos hospitalarios. Con el porrón de zurracapote lo podemos saber: así se pasa de las palabras a los hechos.

Viene a cuento este prolegómeno de que veo llegada la hora de honrar al santo Mateo y revisar la curiosa metamorfosis que los bares patrios protagonizan cuando desembarcamos en el rito del cohete (que algún hortera llamará chupinazo), bullicio callejero y resto de tópicos que perpetramos por Logroño cada 21 de septiembre. Los bares, ay, dejan un poco de serlo: las muchedumbres que, sobre todo en fin de semana, se despliegan por nuestras calles y plazas exigen una respuesta inmediata para satisfacer sus necesidades en materia de tragos y bocados, los camareros necesitarían otra vida para atender cada demanda, es habitual por otro lado la derrama en forma de vomitonas y demás desperdicios entre quienes debutan esos días en la costumbre de desparramarse y, en fin, la ciudad es otra. Sus bares también: sus bares en determinados casos incluso cierran sus puertas, porque sus propietarios prefieren ahorrarse los sofocos mateos, y hay quienes abandonan su perfil tradicional para aceptar las exigencias de una clientela… poco exigente. Se trata de pasarlo bien, sin grandes pretensiones, y entonces nuestras barras de confianza se convierten simplemente en una excusa: parte del decorado.

No ignoro que se mezclan estas dos tendencias (el bar que se fuga y el bar que se maquilla) con otras menos llamativas. Fuera del centro, las barras conspicuas mantienen su fisonomía, adornadas sólo con algún detalle mateo (camareros con pañuelo al cuello), e incluso habitan entre nosotros las que procuran un esfuerzo adicional por estar a la altura del reto que supone recibir a una legión de visitantes que sólo viajan a Logroño por esos días y, por lo tanto, se llevarán de aquí la imagen que se desprenda de la semana festiva. Y luego están los bares que se inauguran por San Mateo, subgénero logroñés del que ya hablamos aquí hace nada, y los bares furtivos: se trata de esas casetas que aparecen por fiestas y amplían la oferta hostelera, con resultados… mejorables. Son como bares de compromiso, que añaden una nota de color al folclore local con mucho chunda-chunda por los bafles, versión macarrada pura o versión sevillanas. No los cuento entre mis favoritos, aunque confieso que sí: que los he frecuentado.

Y los he frecuentado desde la primera vez que una carpa de esta guisa brotó ante nuestros ojos: ocurrió en los primeros 80, allá en avenida de Portugal, donde antaño se alzó el garaje Elías. En el abandonado solar, la compañía andaluza de vinos llamada Terry instaló sus reales, con una enorme barra al fondo, con su suelo de madera para zapatearlo al ritmo de los bailes andaluces (cosa que no sucedía apenas: entonces casi nadie sabía bailar sevillanas por estas tierras) y con sus corrales donde un caballo blanco, fetiche de la marca desde los días de la tele con sólo dos cadenas, esperaba la hora de acudir enjaezado hasta la plaza de toros.

La novedad fue muy bien acogida entre la fauna local y fuimos muchos quienes descubrimos los vinos de Jerez y los amontillados. También descubrimos por entonces que la manzanilla no tenía necesariamente que ser ese bebedizo caliente que te daban si te dolían las tripas, sino un delicioso néctar alumbrado en un lugar de hermoso nombre: Sanlúcar de Barrameda. Nos acostumbramos al pan de picos para acompañar las tapas propias del sur, con su jamón finamente cortado y sus pescados fritos que en nada se parecían al de San Bernabé, y aceptamos lo que deberíamos aceptar estos días: que Logroño cambia por fiestas.

Yo espero que sea para bien, aunque desde que me recojo pronto tiendo a pensar lo contrario. Lo cual no me impide desear al improbable lector unas felices fiestas y rogarle humildemente que deje de orinar por las esquinas. Es preferible que siga el mandato de uno de mis refranes logroñeses favoritos: en estas fiestas mateas, saluda a todo el que veas.

P.D. Se ha citado antes el caso de los camareros que protegerán estos días sus gargantas con el pañuelo y traigo malas noticias: aunque se empeñen algunos en lo contrario, aunque los puristas seamos ya una minoría en plan abuelo Cebolleta, el pañuelo de fiestas es rojo. Rojo, repito: se decidió subvertir esta costumbre que sí preservan en los pueblos riojanos, sobre todo Ebro abajo, para no parecernos a los vecinos navarros. Pero la tradición es la tradición, así que insisto: el pañuelo mateo es rojo. Escrito lo cual, que cada uno se ponga el que más le guste, preferiblemente el que vende Diario LA RIOJA inspirado en nuestra baldosa indígena. Al fin y al cabo, en efecto, estos días Logroño será un pañuelo.

 

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Profesional y camarero
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Jorge Alacid | 12-09-2014 | 7:50| 0

Jesús Ortega, en el centro, en su etapa al frente del Mesón del Rey

Como recordaba al principio de lanzarme con este blog, una vez fui cliente asiduo del Tizona, bar integrado junto a otros dos de esa misma manzana (el Apolo y Texas, ya difuntos) en una especie de prolongación del vermú dominical que protagonizaba la vecina avenida Jorge Vigón. Cuando el aperitivo se estiraba más allá de Drugstore, Vivero y resto de hitos de esta última calle, algunas cuadrillas solían acabar echando la espuela en cualquiera de este trío de locales de Colón, confraternizando con una parroquia más veterana que la propia del llamado tontódromo. Recuerdo aquel Tizona más o menos como ahora: la barra a la derecha, a la izquierda las mesitas subidas sobre un peldaño y una barra surtida con sabrosas golosinas. Por fortuna, hay bares que nunca cambian. Gloria a todos ellos.

Y gloria al Tizona, cuya actual encarnación confieso que apenas he frecuentado. Ignoro la razón: tal vez porque me pilla demasiado cerca de casa. Paso unas cuantas veces al día junto a su puerta, observo el bullicio habitual y me llegan continuas alabanzas de numerosos logroñeses conspicuos, a quienes veo muchas noches de viernes picoteando las chucherías que despacha su barra. Conozco, como supongo que conocerá cualquiera, a los devotos de sus pimientos rellenos y conozco, como supongo que conocerá cualquiera, la profesionalidad con que defiende ese negocio el caballero llamado Jesús Ortega, a quien traigo hasta aquí a modo de saludo y despedida: el buen hombre apura sus últimos días al frente del bar, próxima la jubilación. Mala y buena noticia: por un lado, sus fieles se resignan a perder a su camarero de confianza; por otra parte, el señor Ortega se tiene muy bien ganado el descanso, porque ejerce su oficio desde tiempo inmemorial y porque así se marchará como los toreros caros, por la puerta grande. Dejando tras de sí un aroma de gran profesionalidad y amor por su profesión mientras se dispone a cortarse la coleta.

Y aunque como digo apenas he frecuentado su actual casa, su jubilación me ha recordado los días en que sí fui asiduo del negocio donde lo conocí, el añorado Mesón del Rey de avenida de Portugal. A quienes aún no peinan canas, les refresco la memoria: se situaba donde hoy se alza el bar Casablanca. Y era bar y era restaurante, con una particularidad que su dueño se llevó hasta el Tizona cuando bajó aquella persiana: una clientela muy fiel. Fidelísima. Una clientela tan leal que convirtió aquel bar en algo más que un bar: la prolongación de su casa. Entraba uno tras salvar la breve y simpática escalinata y observaba casi siempre a los mismos parroquianos, casi siempre los mismos matrimonios, que peregrinaban hasta allí en cuanto ponían el pie en la calle. ¿La razón? Yo lo llamo elegancia, clase, estilo. En el servicio, en el producto… Una decoración austera, efectivamente en plan mesón, muy al estilo de los locales que proliferaban por esa misma época (últimos 70, primeros 80) por Madrid.

Para mí, esa era la clave de su éxito, que se extendía al restaurante ubicado al final del local, casi siempre lleno: que era un bar de estirpe madrileña, con camareros perfectamente ataviados (imprescindible corbata y opcional pajarita, como se observa en la foto), que tiraban la caña como si fueran hijos de la capital del Reino, cortaban con mimo el jamón que daba la bienvenida y garantizaban discreción a los clientes, sobre todo los arracimados en el recodo situado a la izquierda de la puerta. Te trataban como uno quiere que lo hagan en cada bar: con esmerada atención, pero sin confianzas. Una cortesía seca: mi favorita. Y ahora que Jesús empieza a entonar el adiós, me apetece dedicarle estas líneas porque encarna a mi juicio un tipo de profesional que se bate en retirada. Defender una barra con tanta categoría durante tanto tiempo sólo está al alcance de algunos elegidos: ojalá que quienes hoy perpetúan ese oficio vean en él a un ejemplo de cómo revestir de dignidad una profesión que tiene mucho de designio bíblico. Porque se ocupa de dar de comer al hambriento y de beber al sediento.

P.D. Me recuerda Jesús Ortega a través de su hijo Diego, compañero en esta casa, que  el Mesón del Rey se inauguró en marzo de 1976 y cerró sus puertas en el año 2000. Un año después, en agosto del 2001, se puso al frente del Tizona donde ahora se despide de la profesión para averiguar si, como dicen, la palabra jubilación viene de júbilo.

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Tus bares favoritos
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Jorge Alacid | 05-09-2014 | 8:23| 0

 

Iba yo a tomar un vino por la calle Laurel cuando… Cuando de repente, de cháchara con los amigos, surgió un animado debate: cuál es nuestro bar favorito de Logroño. Como es lógico y muy saludable, no nos pusimos de acuerdo en absoluto, pero en aquella discusión germinó la idea de convertir esa controversia en una entrada de este blog: cuál es el bar favorito… de mis seguidores de facebook. Así que lancé la idea a una decena de ellos y aquí resumo lo que me contestan. Mi idea es seguir haciendo la misma pregunta al resto de seguidores. A todos, muchas gracias. Y a quienes se sumen espontáneamente, también muy agradecido.

Allá vamos. El amigo José Luis Alonso nos cuenta lo siguiente:  “Para tomar unas cervezas un jueves o viernes me gusta El Dorado y el Route 66 por ambiente, música y variedad/calidad de cervezas. Si el plan es tomar unos vinos y pinchos me gustan sobre todo La Tavina y Torres también por calidad y oferta además de iniciativas”. Y se confiesa: “Vamos, supongo que no seré muy “.

A caballo entre Logroño y Zaragoza, aquí llega Jorge Gascón: “Yo, que soy un casta, no renuncio al Sebas y al Soldado de Tudelilla. Fueraparte, el Bretón; y para el copeteo, siguen estando La Luna, El Dorado y el Stereo”. Otra confesión: “Me estoy dando cuenta que cuando voy a Logroño sólo voy de bares”. Y coda final: “Me sigue gustando ir a bares en los que conoces el nombre de pila del camarero”.

Con todos ustedes, la gran Noemí Iruzubieta: “De Logrono, el Single Rock y La Fama en la plaza del Mercado. De la Mayor el Menhir, el Iturza y la Jala. Para tomar algo a cualquier hora el Fax”. ¿Su favorito? “El Malabar, en Portales”.

Ahora, veamos qué opina el colega Rubén Vinagre: “Berlín en Bretón de los Herreros (Impagable la tortilla con bollo de las mañanas entre semana. Para las 12 ha volado. Buen precio y mejor conversación); Pasapoga, frente Escuela de Artes (renovado pero con el espíritu Logroño de Toda la Vida LTV); y La Tavina (pinchos singulares y vino en condiciones)”.

Julia Baigorri ofrece un completo surtido de sus preferencias, por zonas geográficas y usos horarios: “Extrarradio: El embarcadero, en verano. Te sientas en la barandilla mirando al río al atardecer y se está de maravilla. No sé si ha sido cosa de suerte pero no he tenido problema con los mosquitos. En la Laurel, Taberna del tío Blas y su barra increíble y el Blanco y Negro con su bocatita de bacalao. Alternativos, que se dice ahora, La Retro: las chicas encantadoras y se está como en el salón de tu casa. Para el café de media mañana se estaba muy a gusto en el Millenium, pero tiene toda la pinta de que han cerrado; en invierno se está de gloria ‘cara al sol’ (con perdón) en La Mercedes y los que más frecuento, por cercanía, son Rocío y As de Copas”.

Logroñés trasterrado, desde Madrid se pronuncia Guillermo Sáez en estos términos: 1) El Perchas: Cada vez que vuelvo a Logroño compruebo que el tsunami de donostización de la calle Laurel se ha tragado algún bar más. Por eso me reconforta tanto saber que se mantienen en pie sitios como el Perchas, donde solo hay un pincho (y maravilloso), banderines de fútbol de los años setenta y la radio cuelga de una cuerda en la pared. El día del Apocalipsis, me refugiaré en este bar incunable abrazado a una montaña de orejas rebozadas. 2) Maldeamores: soy de los que priorizan la música por encima de cualquier otro activo en un bar. Extinguido el ilustre Bossa Nova, el Menhir y el Maldeamores cogieron el testigo para respiro del puñado de raros que usamos más los oídos que los ojos en la jungla nocturna. Y además, tiene al mando a un fenómeno como Rafa, garante de larga vida a Los Planetas en Logroño”.

Paco Pérez Abad, andarín, bloguero y parroquiano ilustre de Logroño, nos deja este recado: “Mis bares favoritos son el Morry, de la calle Galicia, y el Berlín, de Bretón de los Herreros. El Morry es nuestro centro de reunión de los amigos, buena cerveza, buena gente detrás de la barra, buena terraza… Un sitio muy agradable en definitiva. El Berlín: buen servicio, muy bien situado, hacen unos mojitos estupendos, ponen bien los gintonics, y la cerveza la sirven en vasos grandes a un buen precio. Citaré también el Villarreal, que a pesar de que son forofos del Real Madrid, en su terraza paso infinidad de tardes. Cerveza en copa de balón helada a buen precio, detalles del dueño con nosotros casi siempre, sitio muy agradable en pleno parque del Carmen”.

Y Cristina Garay me contesta así desde Italia, recientes aún sus andanzas logroñesas: “¿Mis bares favoritos de Logroño? ¡Tengo tantos! Pero una vuelta siempre me doy por el Baden y sus encantadoras navajas a la plancha, y por el Blanco y Negro con su ‘matrimonio’, aunque no me convezca demasiado el nombre…”

Turno para el compañero Toño del Río, quien nos cuenta lo que sigue: “En mi barrio, Mesón Alfonso, por sus extraordinarios morros a la brasa, su caña de cerveza (cremosa, no espumosa) y su respetuoso tratamiento al vino. Más lejos, Tastavin, una de las mejores barras de la ciudad y una carta de vinos sobresaliente.Y para tomar una copa, se marcha fuera de la capital hasta el Troika de Ezcaray, “tras cuya barra donde reina uno de los últimos grandes profesionales del ramo en la región”.

Y la décima aportación la firma la siempre gentil Vicky Pujades: “El Junco, de avenida de Portugal. Llevo más de 30 años yendo a ese bar que regentan Jesús (ahora un poco pachucho) y Chuchi. Empecé a frecuentarlo a mediados de los 80 con mis amigas, y ya cuando empecé a salir con Rubén, descubrí que su cuadrilla también era asidua. Todas las Nocheviejas desde hace 25 años (¡Madre mía, un cuarto de siglo!) es el lugar de reunión con todos los amigos antes de ir a cenar. Y siempre que salimos terminamos allí tomando una café, un zumo, un quemadillo, una copa… Y el Calderas de la Laurel es el otro. Lo descubrí hace escasamente dos años pero tiene unos bocatitas de calamares que quitan el ‘sentío´: será porque están hechos con harina de Cádiz…   Atienden tras la barra Conmar y su hija que se llama Macarena, aunque nosotros siempre decimos “Maca hija”, que es lo que su madre le dice: ¡Maca hija, dos de calamares!, ¡Maca hija, dos tintos!”.

P.D. Esta entrada es la primera de una serie que iré publicando de semana en semana, sin un ritmo fijo, incluyendo la propia lista del autor. Por cierto, que repasando la nómina de locales predilectos aquí recogidos, observo que no hay unanimidad, lo cual está muy bien. Y que sólo se repiten por duplicado los siguientes: Eldorado, Menhir, Berlín, Blanco y Negro y La Tavina.

 

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… Y abierto por vacaciones
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Jorge Alacid | 31-08-2014 | 8:19| 0

Inauguración de la Taberna de Baco, en su nueva etapa.Foto de Juan Marín para Diario LA RIOJA

Como decíamos ayer… Así como el verano ha traído para mi asombro una imagen algo alicaída de los bares logroñeses, con las persianas bajadas en más de un sorprendente caso, también debe consignarse el efecto contrario: que sigue habiendo almas intrépidas que se animan a ponerse detrás del mostrador. Son los que abren por vacaciones y a ver qué pasa. Uno tiene puestas todas sus complacencias en estos audaces vecinos que desafían el frío ambiente que continúa registrando eso tan español de consumir tragos y pinchos, de modo que sólo puedo desearles la mejor de las fortunas y dedicarles de paso unas cuantas líneas.

Lo merecen Rodrigo y María, quienes han decidido japoneizar con Sushicatessen ese tramo de Víctor Pradera que ha quedado tan chulo, con su hamburguesería diseño hipster (hoy parece que todo es hipster, etiqueta que sirve para un roto y para un descosido) y el renovado Victoria, que ya mereció una entrada en el blog. A la calle, que se prepara para días de sufrimiento en cuanto se muden los juzgados, ya sólo le queda para rematar su atractiva imagen que le cambien el nombre, esa nomenclatura tan aciaga. Pero esa es otra historia…

Y merecen también su espacio en esta entrada Tere y Marian, que afrontan el desafío mayúsculo de hacerse cargo de la exitosa Taberna de Baco (en la foto de Juan Marín para Diario LA RIOJA), puesto que se trata de un reto doble: por una parte, preservar a la fiel clientela que habían conseguido atrapar las anteriores propietarias, a quienes por cierto es fácil ver todavía por el bar, aunque a este lado de la barra; por otra, pretenden como es lógico imponer su propio estilo, manteniéndose fieles a la esencia del local pero dotando a su gestión de una impronta distinta. Se puede ver en su carta de tapas ese doble lenguaje: lealtad hacia las conquistas antiguas y un estilo diferente en los pinchos que ofrecen como novedad. Con un aliciente adicional, que debería ser norma en cada establecimiento: que al cliente le obsequian con una sonrisa.

Cito estos dos casos pero hay más ejemplos de movimiento en el sector. No había tenido hasta hace unas semanas la oportunidad de regresar al Pasapoga, que encontré muy mejorado respecto a sus últimas encarnaciones lo cual me alegra, porque fui cliente habitual del bar durante un tiempo y tiene un hueco por lo tanto en mi corazón. Y a la vuelta, frente a la Glorieta, el Pesos se dispone estos días para una renovación a fondo: otro garito cuya terraza me contó entre sus asiduos en la anterior glaciación… Me cuentan que abre pronto sus puertas otro bar en Portales frente a la Redonda y habrá que recordar ciertas aperturas recientes: el Tívoli y el Umm, recogidos también en este blog, y Las Cañas, cuya inauguración se avecina para dicha de quienes fuimos tan devotos antes de ser devorada la añorada cafetería por la multinacional de las hamburgueserías.

Y más estrenos: en Albia de Castro ocupa flamante esquina un bar llamado The Corner con buena pinta (al menos desde fuera) y hay nuevos inquilinos para la calle Laurel acaba de abrir sus puertas…. Tal vez para desmentirme a mí mismo en mis sombríos vaticinios de la anterior entrada, tal vez porque Logroño mantiene su hábito de animarse de cara a San Mateo: con las fiestas asomando ya por el horizonte próximo, suele ser costumbre que el sector hostelero aproveche para darle un homenaje a la caja registradora abriendo negocios justo cuando más logroñeses (y forasteros) se lanzan a la calle. Confío en que todos estos movimientos sean de largo alcance: que no se trate de una moda pasajera, sino que contribuyan a aliviar el lánguido paisaje que atravesamos. Así que a todos, a los citados en estas líneas y también aquellos a quienes sin querer me haya olvidado, les deseo lo mismo: larga vida para ellos y para sus clientes.

P.D. Las novedades en el sector de la hostelería logroñesa acaecidas durante este verano alcanzan también a la aparición de un simpático elefante a la entrada de la calle Laurel, cortesía de la Taberna del Tío Blas. El animalito tiene su gracia, aunque según las últimas noticias llegadas a esta redacción carece de nombre: desde el bar cuya pared decora están abiertos a sugerencias. Quien se anime, ya sabe: le esperan en su página de facebook.

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Cerrado por vacaciones…
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Jorge Alacid | 30-08-2014 | 7:54| 0

Paseo agosteño por la Laurel y calles adyacentes. Uno sale de su retiro estival y tropieza con la cruda realidad del consumo hostelero: bares semivacíos y, sorpresa, sorpresa, muchos locales con este cartel colgado: Cerrado por vacaciones. Quiere decirse que, como se supone que nadie se pega tiros en el propio pie, los dueños de nuestros garitos de confianza habrán calibrado qué impacto puede tener sobre su negocio bajar la persiana por unos días y han obrado en consecuencia: la máquina registradora dejará de sonar pero caerá también el gasto corriente y el empresariado hostelero se concederá un descanso. Nada que objetar, aunque da para pensar: no recuerdo que antaño un bar de la calle Laurel cerrara en estas fechas, justo cuando se supone que los nativos contamos con más tiempo libre para enlazar una ronda con otra. Sí que hubo quienes, como el difunto La Simpatía o el Soriano, sellaban siempre sus puertas en San Mateo para evitarse la habitual turba de beodos, pero cerrar en pleno verano es algo que nunca vieron mis ojos. Y si tal cosa sucede en frecuencia sospechosa, es que la visita a los bares amenaza con dejar de ser tendencia. También en la canícula. Feo asunto.

Esto es: si el dueño del local calcula que se puede permitir un respiro en las fechas en teoría más propicias al consumo, la terracita veraniega, la tertulia con los amigos y la afluencia de turistas, se pueden extraer unas cuantas conclusiones pesarosas. La primera, que los hábitos de la clientela han cambiado. Radicalmente. En verano gana peso (supongo: todo esto son meras suposiciones) la vida en la segunda residencia, la visita constante al pueblo de adopción, las exigencias de la agenda en la urbanización hacia donde tanto logroñés ha emigrado. La segunda teoría, que discurre en paralelo, es que el consumo no acaba de remontar, lo cual se aprecia en diversos detalles: por ejemplo, que cada vez menos camareros atienden la barra, lo cual genera un servicio, hum, mejorable, así como largas estancias para ser despachado.

La tercera conclusión que uno, convertido en sociólogo aficionado, extrae de todo esto es que han cambiado también los hábitos al otro lado de la barra: el sector hostelero, antaño tan esclavo, seguro que hoy también exige una dedicación exhaustiva, pero ha dejado de ser en general ese tipo de negocio familiar que ataba al tajo a la parentela directa. Sin apenas vacaciones, pausas ni descansos. Poco que ver con esta imagen: hace unas cuantas décadas vi cerrar apresuradamente el bar una mañana de sábado a su dueño, porque se marchaba a toda prisa… a casarse. Nada menos. Una exagerada entrega al negocio, ya lo sé, pero que da una idea de cómo se ejercía antes este oficio y cómo se ejerce hoy.

Las comparaciones son odiosas. Que cada cual se decante por un modelo o por otro: aquellos bares que siempre parecían estar abiertos y estos otros que, en pleno verano, cuando llevas a los amigos residentes fuera de Logroño a acodarse en su barra favorita se dan con la puerta en las narices. Y yo los entiendo: viendo la lánguida parroquia que acude a los que resisten sin bajar la persiana comprendo perfectamente que el hostelero actual, ese que ya no tiene a la familia pegada a sus pies y que prefiere contratar a una plantilla (ahora más bien cortita) para que le ayude en el negocio, husmee que el contexto económico no arranca y se marche de vacaciones. Desde hace tiempo, ya va siendo usual que el sector cierre los domingos: una manera de explorar si pasa algo cuando decides desertar por un día de las continuas exigencias que genera el trabajo, larguísimas mañanas y tardes aguardando a que alguien se anime a entrar… Hasta decidirse por colgar en verano el cartelito de cerrado y a otra cosa. Aunque es posible también una visión menos sombría: que sí, que la crisis se ha marchado, los bares funcionan a pleno pulmón y con las renovadas ganancias sus dueños echan el candado y se piran a Benidorm. Ojalá esta versión sea la buena. Aunque no sé, no sé…

P.D. A favor de una visión más optimista del sector hostelero, que es la que yo prefiero (aunque no sé, no sé), juega la saludable novedad de recientes aperturas y traspasos, un movimiento saludable que protagonizará la próxima entrada.

 

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