La Rioja
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Autor: Jorge Alacid
De propina
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Jorge Alacid | 14-11-2014 | 8:44| 0

Propina, del latín ‘propinare’: dar de beber. Y añado yo: extraña costumbre que va desapareciendo del universo hostelero patrio, en proporción a la implantación de nuevos usos entre los camareros y su clientela. Y añado todavía más: así como hogaño se medía el carácter rumboso de un parroquiano por su tendencia a dejar tras cada consumición unas monedas (o algún billete, incluso: eran los tiempos anteriores al euro), hoy esos dispendios parecen anticuados, propios de otras épocas, testigos de un mundo que huye.

En realidad, todo cuando tengo que decir yo sobre las propinas lo expresa mucho mejor el amigo Steve Buscemi en el memorable arranque de Reservoir dogs. Lo resumo para quien no haya visto la peli o la haya olvidado: digamos que… Ejem… El Señor Rosa no es muy partidario y aquí dejo este video que lo demuestra. Su postura  abre un encendido debate con el resto de comensales típicamente norteamericano, porque en la tierra del tío Sam la propina viene de serie en cualquier actividad del sector servicios. Como bien saben quien haya visitado aquel país, es usual que el precio de según qué cosas (una consumición, por supuesto, pero también un viaje en taxi) no sea excesivamente caro visto con ojos celtibéricos, pero de repente la factura se dispara cuando se le agrega un misterioso tanto por ciento. Un porcentaje que suele variar, pero que las fuentes consultadas para esta entrada sitúan en el entorno del 18%: cuando yo viajé por allí, ese incremento se anotaba al final de la cuenta explícitamente, pero viajeros recién llegados de aquellos lares me aseguran que ya ni se toman la molestia. Te aplican de saque la propina y uno sólo se entera cuándo pregunta a santo de qué ha subido tanto la consumición: será entonces cuando sepa que en realidad no le han cobrado la propina, sino el llamado tip. Esto es, el acrónimo de una especie de impuesto revolucionario llamado To Insure Promptnes, que traducido a la lengua de Gonzalo de Berceo significa ‘para asegurar prontitud’.

Eufemismos, como se ve, los hay también en la jerga del imperio. Y ahí quería llegar: qué pagamos cuando pagamos una propina. ¿Prontitud? Bueno, en algún local yo estaría dispuesto a abonar un recargo para no esperar tanto, la verdad. Pero se supone que con la propina distinguimos un servicio más esmerado de lo habitual, una velada especial gracias a la contribución del camarero de guardia, un detalle que nos haya regalado el bar de confianza… Porque pagar una propina por algo que ya estás abonando cuando te haces cargo de la minuta (que te pongan un vino, por ejemplo) tiene poco sentido. Por la misma razón, tal conducta se debería haber hecho extensiva a lo largo de la historia a distintos sectores de actividad económica, donde uno no los ha contemplado casi nunca. ¿Por qué entonces deberíamos dejar propina en un bar y no en la charcutería? ¿Por qué no darle una propia al quiosquero por el periódico?

Es un misterio que no acabo de entender. Como he explicado más arriba, uno no es partidario de la propina. No me importa pagar un precio más elevado de lo que debería a cambio de algún complemento adicional que sí lo valga, pero añadir un suplemento a cambio de vaya usted a saber qué… Nunca le he visto demasiado sentido, aunque lo practico: a veces, lo confieso, porque me da apuro llevarme unas monedas del platillo ante la mirada inquisitorial del camarero. Y todos tendremos que aceptar que siempre que dejamos una propina, queda en el aire la duda de si deberíamos haber sido más generosos, porque aquí no hay coeficientes como el TIP yanqui y por lo tanto podemos sospechar que se esperaba algo más de nosotros.

De modo que concluyo como empezaba: no le veo sentido. Pagar una propina por algo que ya estás abonando, pagar una propina sea cual sea el servicio que te ofrecen, pagar una propina aunque el vino no se sirva en condiciones, la caña se tire mal o el pincho de tortilla sepa igual que la que hice yo una vez en casa… Pagar una propina si te atienden con antipatía, el suelo está lleno de servilletas y mondadientes y en lugar de copa te ofrecen duralex… En fin, que me quedo con el argumento de Mr. Pink y agrego un toque logroñés: a mí no me importa pagar propina si en el bar me ponen algo de regalo. Y me basta un cucurucho de cacahuetes.

Bar, dulce bar: artículo en la revista Belezos

P.D. Y de propina, un anuncio. Ya está en la calle la revista Belezos, que incluye una colaboración firmada por servidor en torno a La Rioja en sus bares. Si os apetece echarle un vistazo, muy agradecido: aquí os dejo la foto de las primeras páginas. La verdad es que este número ha quedado muy bien y contiene artículos harto interesantes. Espero haber estado a la altura.

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Dos años de blog… y cinco rondas gratis
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Jorge Alacid | 07-11-2014 | 7:57| 0

Como en este blog pensamos que Bilbao es un barrio de Logroño, nos hemos venido arriba y para festejar los primeros dos años de vida sorteamos unas cuantas rondas por algunos de nuestros bares de confianza. Cinco consumiciones para dos personas, en locales de acusada raigambre logroñesa: Donosti, Taberna de Baco, Calderas, La Retro y Torres. A todos ellos, gracias infinitas por su generosa colaboración, vertiginosa por cierto: nada más rogar que se animaran a participar en este sorteo, se apresuraron a contestar afirmativamente. Así que de nuevo, muchas gracias.

¿Qué tienen que hacer los improbables lectores para merecer este obsequio? Poca cosa. Leer hasta el final de esta entrada, donde figura una pregunta muy facilita de contestar para todo logroñés que peine ya alguna cana, relativa a nuestro querido universo de bares. El año pasado, para conmemorar la primera vela en esta tarta compartida en que se ha convertido este blog, ya contamos con la desinteresada contribución de otros tres bares: Tastavín, Taberna de Tío Blas y La Tavina. A cambio de degustar sus consumiciones, los ganadores sólo tuvieron que hacer lo mismo que se les pide ahora a quienes acierten con la pregunta de este año: quedar con los dueños de los bares (desde el blog nos ocuparemos de las gestiones) y mandarnos una foto cuando les sirvan sus rondas. Nada más. Facilito. Los ganadores serán los cinco primeros que contesten en la web de Diario LA RIOJA. Repito: en la web. No a través de redes sociales.

Este año, soplamos las dos velitas en la tarta coincidiendo con la puesta en marcha de una iniciativa para la cual he contado con el apoyo de unos cuantos seguidores: a través de facebook rogué a unos cuantos de ellos que me dijeran cuáles eran sus bares favoritos de Logroño. Animado por la entusiasta respuesta, lancé acto seguido una nueva entrega: cuáles son los bares favoritos… de diez periodistas. El resultado se publicó hace unas semanas; ahora, mientras espero respuesta de esos dos nuevos colectivos de clientes logroñeses (concretamente, diez políticos y diez riojanos que viven fuera). Cuando recopile las contestaciones de los veinte encuestados y, sin ningún ánimo estadístico ni sociológico, renovaré con ellas esa especie de clasificación que he ido publicando.

Listas de bares favoritos al margen, lo prometido es deuda: aquí va la pregunta prometida. Repito: se llevarán las cinco rondas los que primero contesten en larioja.com. Tienen que dejar un teléfono de contacto o una dirección de correo para ponerles luego en contacto con los bares respectivos. El orden será el mismo en que se han mencionado arriba los bares colaboradores, es decir: Donosti, Taberna de Baco, Calderas, La Retro y Torres. Así que allí vamos. Esta es la pregunta. ¿Cómo se llamaba el bar alojado hace años en los bajos del Espolón, que sustituyó a la antigua bolera llamada Trébol?

P.D. Como esta entrada va de agradecimientos, la despido como empecé: dando las gracias. A los bares que colaboran en el sorteo y a los seguidores que he ido encontrando por el camino. Con todos estoy en deuda: por sus atinados comentarios, sus no menos acertadas críticas y por su generosa contribución a que, más o menos cada semana, me anime a dejar por aquí alguna pincelada de lo que significa Logroño en sus bares. Y como bandera de todos ellos, me permito el lujo de agradecer especialmente el cariño con que distingue a este blog Ramón Gil, que añade a su dedicación un factor que me llega al corazón: que sigue mis andanzas desde la lejanía. Así que insisto: muchas gracias a Ramón y muchas gracias a todos. Seguiremos informando.

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La ciudad que yo quiero
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Jorge Alacid | 31-10-2014 | 5:08| 0

 

Las pistas que este blog ha ido dejando desde que inició su andadura, hace ya un par de años, permiten construir una teoría según la cual la aportación de los bares a nuestra educación sentimental discurre en paralelo a otra condición que les concede un estatus simbólico de elevado poder: su contribución a hacer ciudad, que diría un urbanista. Pocas veces podremos observar con tanta claridad como ahora su aportación al caso concreto de Logroño: por una de esas felices y raras casualidades, coincide la celebración del centenario del edificio que alberga al entrañable café Moderno con la reapertura del antiguo Las Cañas, convertido ahora en Wine Fandango. Que no se me enfaden los dueños, pero yo le seguiré llamando al viejo estilo: Las Cañas.

Pocos bares logroñeses me llegan más directamente al corazón como éste, por razones que no viene a cuento explicar. Cierro los ojos y parece que vuelvo a ver su antigua decoración en bambú, la larguísima barra, los Remón al frente. Su reciente reinauguración es otra belleza. Sólo le hace falta que el tiempo añada brillo al local, lo llene de recuerdos y por lo tanto se integre en nuestro itinerario emocional, aunque yo prefiero destacar de su flamante reapertura otro aspecto, lo que mencionaba arriba: que los bares forjan como pocos negocios la imagen de una ciudad. Y la imagen de una ciudad, como se sabe, depende en gran medida de los ciudadanos. Al menos, la ciudad que yo quiero.

Aunque últimamente hayamos delegado graciosamente esa tarea en nuestros representantes públicos, lo cierto es que gran parte de lo bueno y de lo malo que hagamos con Logroño compete a los logroñeses. Una certeza que se cumple con solo mirar hacia el Moderno centenario: no hablaré aquí del magno edificio (los interesados pueden consultar el imprescindible volumen ‘Formación de la ciudad contemporánea. Logroño entre 1850 y 1936’, obra de Inmaculada Cerrillo Rubio), sino de los propietarios del café alojado en su planta baja. El Moderno, faro y guía del corazón de Logroño, dota de personalidad a toda la plaza Martínez Zaporta, ejerce como referencia local (“¿Quedamos en el Moderno?” era antaño una frase mil veces repetida) y queda imantado en nuestro cacumen a partir de múltiples entradas: sus bocadillos de calamares, su terraza perenne y esas fotos antiguas que decoran sus paredes y a veces aparecen donde menos se espera. De todas ellas, mi favorita es un fotograma: esa escena de Calle Mayor donde se ve al grupito capitaneado por Manolo Alexandre abandonar el bar, irrumpiendo en la noche logroñesa. Una imagen llena de magia y de misterio.

 

Imaginar Logroño sin el Moderno es imposible. Tan imposible como doloroso ha sido contemplar durante demasiados años la esquina del tercer palacete de Vara de Rey vacía, como si a la ciudad le hubieran amputado uno de sus órganos. En realidad, toda esa fachada de palacetes sirve como símbolo de los desastres perpetrados durante años: resulta curioso, y ejemplar, que sólo haya sobrevivido y continúe en uso el destinado para la función pública. Los otros dos, los gestionados por manos privadas, perecieron. En el caso del que hace esquina con Duquesa de la Victoria, su resurrección como sede de una Consejería… En fin, evito opinar que me caliento. El resultado parece bastante mejorable y ahí me quedo. En el segundo, al menos sus actuales propietarios preservaron el edificio del Gran Hotel tan añorado y ahora han invertido esfuerzo, energía y dinero en recuperar el viejo café Las Cañas, luego de aquella desdichada reforma que… También prefiero no recordarlo.

Tanto el Moderno como Las Cañas han protagonizado sus respectivas entradas en este blog, así que insisto: si  vuelvo a mencionarlos no es tanto por lo que son como por lo que significan. Dos tótems para el Logroño hostelero, sin duda, pero también dos símbolos de la ciudad. Dos locales que en cierto sentido nos representan porque en ellos se reconocen varias generaciones de logroñeses y porque sirven para ilustrar mi teoría de que cuando los ciudadanos se empeñan, la ciudad mejora. O al menos se vuelve más habitable. La dedicación de la saga de los Moracia al Moderno ha permitido que su café sobreviera en buen estado hasta nuestros días; otro tanto puede decirse de los Arambarri: nos han devuelto uno de nuestros bares bandera. Así que la ciudad les debe agradecimiento. Yo, desde luego, les doy las gracias a unos y a otros. Y les deseo larga vida al Moderno y a Las Cañas. O como se llame ahora.

P.D. Esta condición de los bares como iconos de la región me ha servido este verano de materia para la reflexión. Por encargo de la revista Belezos, he entregado a la imprenta un artículo sobre la contribución de los bares a la socialización de La Rioja, desde su núcleo urbano esencial hasta los confines del medio rural. De modo que los improbables lectores interesados en ver el fruto de mis cavilaciones, ya lo saben: el último número recién editado contiene un artículo que encarna, más o menos, la continuidad de Logroño en sus bares por otros medios. A su disposición en las librerías de esta tierra.

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Bares favoritos: cuál va ganando…
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Jorge Alacid | 24-10-2014 | 6:14| 0

La ocurrencia que me permitió allá en septiembre lanzar como si fuera un mensaje en una botella (metáfora muy apropiada para un blog sobre bares) una encuesta para determinar cuál es el bar favorito de (algunos) logroñeses tuvo tan estupenda acogida que poco después le siguió otra para divulgar los predilectos de mis compañeros de oficio, periodistas y asimilados. Así que repasando estos días las respuestas a ambas entradas, me ha dado por confeccionar una especie de clasificación que (aviso) no tiene ningún propósito, salvo el de pasar el rato. Entretenerse, una de mias palabras preferidas en español: por su graciosa construcción y por lo que significa.

El caso es que en la primer entrada la tabla quedaba encabezada por una constelación de locales (Eldorado, Menhir, Berlín, Blanco y Negro y La Tavina) emparentados porque habían recibido los mismos votos: dos cada uno. La encuesta, insisto, no tiene otra finalidad que la de servir como pasatiempo y por lo tanto carece de rigor científico. Contestaron diez personas a quienes les pregunté y ése fue el resultado: cinco bares igualados. La suma de las nuevas aportaciones (también diez) de los periodistas que accedieron a participar en este juego depara sin embargo una correlación de fuerzas. Debo confesar que me lo pasé estupendamente la otra tarde mientras los iba contabilizando, como si fuera el José Luis Uribarri de esta historia: todo sonaba a Eurovisión.

En fin, sin más rodeos, aquí comparto con vosotros, improbables lectores, las consecuencias de dejar opinar libremente a veinte logroñeses sobre sus bares de confianza. Y el ganador es… De momento, el bar Torres de la calle San Juan. Digo de momento porque perpetro próximas entradas sobre este particular y porque la clasificación está muy igualada: al Torres le votan cuatro encuestados y lidera esta encuesta perseguido de cerca por dos establecimientos también sitos en el corazón de Logroño, el Bretón y La Tavina, ambos con tres votos.

Citaré aquí a continuación aquellos que han conquistado el corazón de al menos dos encuestados, porque si incluyo a todos la lista sale demasiado larga. Larga y un pelín marciana: hubo quien no se conformó con Logroño y peregrinó hasta Ezcaray para incluir al Troika allí radicado. Y hubo quien votó por un garito que poco después se despidió: el extinto y llorado Tizona. Así que, superadas estas incidencias, queda consignado que al menos con dos votos figuran en esta clasificación los siguientes bares, si no me he equivocado: Menhir, Berlín, Blanco y Negro, Eldorado, Malabar, Iturza, La Jala, Soriano, Sebas, Embarcardero, Fax y Tastavin. Dicho queda. Si alguien más se anima, ya sabe dónde publicar sus preferencias: bien como un comentario en este blog, bien a través de las redes sociales por donde también se difunde. Y reitero: que nadie se tome este entretenimiento como otra cosa ni por favor (lo ruego) se ponga a votar por votar, por hacerse el gracioso o porque su amiguete tiene tal o cual bar.

Para asuntos más serios, quien lo desee puede optar por la sección de política.

O no.

P.D. Decía arriba que la encuesta sigue en movimiento porque he lanzado la misma pregunta sobre cuál es su bar favorito a dos colectivos. Uno, el de políticos, benditos sean: gracias a ellos, los periodistas todavía parecemos humanos. Y dos, el de riojanos en el exterior. Es decir, aquellos paisanos cuyas respuestas, que ha empezado a recibir, llegan con sobredosis de nostalgia. Lo cual añade un valor adicional: sobredosis de sentimentalismo. Justo lo que necesitamos en tantos y tantos bares.

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Bares de carretera
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Jorge Alacid | 18-10-2014 | 7:57| 0

Fachada del Duque de Medinaceli. Foto extraída de su página web

Este blog ha protagonizado antaño alguna escapada fuera de su universo tradicional, Logroño. Ha visitado bares de otros lugares (qué lugares), incursionado en los alrededores de la capital riojana y picoteado por aquí y por allá, antes de regresar siempre a casa. Hoy también toca excursión: movido por la curiosidad que despierta cierta tipología, el llamado bar de carretera, y pensando que es una suerte de establecimiento que ha vivido tiempos mejores y cuya desaparición tal vez se aproxima, me parece llegada la hora de rendirle tributo.

Y lo hago empezando por mi favorito: el Duque, sito en el municipio soriano de Medinaceli, al pie de la carretera… Que ya casi no es carretera: desde que se inauguró la autopista que en paralelo une Zaragoza y Madrid, al igual que otros locales situados en la misma tesitura ha tenido que acostumbrarse a ver cómo la clientela disminuye. Lo que no desciende, sin embargo, es la atención que se presta al viajero: trato esmerado, barra de confianza para el cafelito mañanero o vespertino (acompañado de una insuperable bayonesa), cortés servicio a la antigua (mi favorito) y unas estanterías donde se despachan los mejores productos de la tierra y su contorno. Incluido un hallazgo reciente: los miniadoquines. Esto es, las golosinas típicas de Aragón que ahora se ofrecen en formato minimal. En consecuencia, sospecho que en lugar de los habituales ripios que decoraban el interior del envoltorio, ahora se escribirán haikus.

El atractivo del Duque se combina en invierno con su espectacular Nacimiento, un deslumbrante Belén que ocupa la barra del interior, y durante todo el año con su comedor: un hogareño recinto donde se come estupendamente, con ese estilo de cocina burguesa que uno tanto añora. A quien le gusten tanto las migas como a quien esto escribe, que anote el Duque en su agenda camino de Madrid: las sirven con gajos de naranja en lugar de granos de uva e incluyen un secreto que las hace más jugosas y no tengo permiso para desvelar.

El Duque me sirve también para volver sobre mis pasos y recordar que, en efecto, estos establecimientos han vivido mejores días. Su gran aliado, como se deduce de la expresión ‘bar de carretera’, era eso: la carretera. Y al igual que ocurre en Medinaceli, allá donde se ha visto sustituida por una autopista a mayor gloria de la seguridad vial el bar desaparece de nuestro horizonte y cede el testigo a esas áreas de servicio, tan uniformes como mejorables. Quien haya comido, bebido o tomado un triste tentempié memorables en alguna de ellas, que levante la mano. No: no hay nadie a favor en la sala.

Antaño sucedía todo lo contrario. Quien peine alguna cana recordará los tiempos anteriores al GPS, cuando el cabeza de familia preparaba el viaje aquilatando horarios, sopesando itinerarios y colocando entre salida y destino una imaginaria chincheta en el mapa de carreteras: allí era donde tocaba parar. En los trayectos cortos, tipo Logroño-Pamplona, esa paradita se podía evitar. Pero en los desplazamientos más largos, ya se sabía que para llegar a Zaragoza era inevitable detenerse en Tudela. Y de camino hacia Bilbao, en alguna de las fondas o ventas que remataban el puerto que se eligiera para ascender desde el valle del Ebro en dirección al Cantábrico; otro tanto sucedía si el punto de destino era San Sebastián o Santander.

Aquella España interior murió a manos del mapa radial de autopistas, lo cual está muy bien pero quita romanticismo al viaje. Uno apenas ha frecuentado la ruta que lleva por Burgos hacia Madrid porque siempre prefirió cruzar Piqueras cuando había que rendir cuentas en la capital del Reino, pero conoce a toda esa legión de peregrinos que besa el suelo cada vez que pisa Landa o Tudanca o sus hermanas pequeñas. Son esos bares de carretera donde el anecdotario familiar, las escapadas con la pareja o los viajes de trabajo (una expresión que tiene algo de contradicción en sus términos) se engordan y adquieren aires de leyenda. Lo cual resulta muy pertinente, porque se unen dos mundos de alto poder simbólico. Los bares y la carretera: cómo olvidar las visitas al Duque de Medinaceli, la cháchara con los dueños (tres generaciones al frente), el sabor de la bayonesa, el aroma de las migas y la mística del viaje.

P.D. El bar de carretera admite distintas versiones: para ciertos viajeros, incluso Logroño y sus bares pertenecen a ese territorio. Porque era habitual en los tiempos del Seiscientos que las carreteras cruzaran las ciudades, los viajeros se detuvieran en ellas, estirasen las piernas y conocieran su oferta hostelera. Por ejemplo, para la familia Delibes, su bar de carretera se situaba en Logroño y más que un bar, era un restaurante: el Cachetero. Sus hijos cuentan cómo el cabeza de familia y llorado escritor se las apañaba para cruzar siempre por Logroño camino de Valladolid, aparcar cerca del Espolón e ingresar en la popular casa de comidas de la calle Laurel para regalarse unas verduras, unas hortalizas, algo de casquería o un asado. Un motivo más para reconocer el talento del autor de ‘Los santos inocentes’: a su ingenio como escritor le acompañaba un rico olfato como gourmet.

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