La Rioja
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Autor: Jorge Alacid
El bar de toda la vida
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Jorge Alacid | 23-04-2013 | 3:27| 0

Imagen antigua del bar Gurugú, facilitada por Daniel Velasco

El debate sobre cuál es el bar más antiguo de Logroño quedó hace años sentenciado a favor del Gurugú, castizo local enclavado en la mitad de dos mundos: el universo formado por el centro conspicuo, frontera con la Judería (barrio que otros llaman Villanueva) y el Logroño que nació con el Ensanche truncado. El Gurugú mira hacia la Glorieta desde su alojamiento en avenida de Navarra, calle antaño central que hoy… Digamos cariñosamente que ha conocido mejores días, cuando en ella habitó Rafael Azcona, nada menos, y anidaba una pequeña burguesía local que a mediados de los 70 inició un viaje hacia el sur de Logroño que todavía (¡Todavía!) no ha terminado.

El Gurugú es un bar simpático, que se mantiene fiel a esa idea de taberna de toda la vida y va evolucionando al ritmo que marca su barra, generosa en suculentas raciones de tapas de una tipología hoy más rara de ver que antaño. Hablo de sus callos, por ejemplo, difíciles ya de encontrar por Logroño; pero hablo más en general de una cierta atmósfera, de un espíritu indómito que le lleva a militar en ese tipo de bares que contribuyeron a forjar el alma de una ciudad

Esta es también una entrada dedicada. Dedicada a la familia Velasco, que pilota el bar casi desde su fundación y dedicada sobre todo a uno de sus últimos eslabones, Daniel, periodista que compartió alguna tarde con quien esto firma y a quien debo la generosa información que me proporciona para sellar esta historia del bar de los Demetrio, Domingo y compañía. “Sabemos que el Gurugú nació en 1909”, señala Daniel. “Se desconoce el nombre del fundador pero se sabe que participó en Melilla en la batalla del monte Gurugú en ese mismo año y de ahí el nombre”, añade. Así que aquel misterioso promotor apareció por Logroño, alumbró el bar… y poco más.

La auténtica historia que los Velasco pueden acreditar arranca en los años 50, “cuando coge el bar el tío del actual propietario, es decir, mi padre, quien lo regenta con su hermana y su cuñado”. Y desde su sede en avenida Navarra esquina con la calle Los Yerros difunde al mundo desde tiempo inmemorial esa paleta gastronómica especializada en sardinas con guindilla, bacalao, bonito y los citados callos, convertida en cátedra del mus logroñés y epicentro del mundillo taurino: “Los toreros recorrían a pie el trayecto entre La Manzanera y el Gran Hotel y siempre paraban a tomar algo en nuestro bar”, relata Daniel. “Así surgió la expresión que se popularizó en Logroño: ‘Del Gurugú a los toros y de los toros al Gurugú’”. A su puerta paraban años ha los autobuses que venían de Estella y Viana hasta Logroño, de modo que el bar se convirtió en una suerte de embajada navarra en La Rioja, punto de encuentro para los vecinos de esas localidades fronterizas y sede oficiosa de tratantes de ganado y militares de toda condición. Lo resume así el mentado Daniel Velasco: “En definitiva, que ¡el Gurugú es el Gurugú, viva historia política-torera-civil de Logroño y su casco antiguo! Y hasta que a este servidor le quede una gota de sangre hará lo imposible para que el bar más antiguo de Logroño se mantenga en pie y prospere”.

P.D. Decía arriba que el Gurugú se enclava en la Judería, la Villanueva o como quiera que ese barrio se llame. Los expertos no se ponen de acuerdo y a mí me da un poco igual: para los críos del Logroño de mi época, sus siete calles serán siempre los siete pecados y que nadie se me enfade. Hacía alusión esta expresión popular a los garitos de dudosa reputación que albergaba sobre todo una de esas calles, Rodríguez Paterna, que ahí resisten aunque ya un poco en retirada. A mí nunca me pareció una denominación peyorativa: soy bastante partidario de cometer algunos pecadillos en esta perra vida. Uno de ellos, el de la gula, se satisfacía también sin salir de la mentada Rodríguez Paterna: lo saciaba el extinto bar La Viga, donde ingerí el primer bocadillo de tortilla pagado de mi bolsillo. Nunca lo olvidaré: por lo suculento del ingrediente y lo mayúsculo del bocado, media barra de pan hueco tamaño ‘king size’. Todavía estoy haciendo la digestión.

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Jamón, jamón
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Jorge Alacid | 19-04-2013 | 12:00| 0

Mesón jamonero Rincón de Pepe, en la calle Oviedo de Logroño

Aquellos de mis improbables lectores que descubrieron recién nacidos que había microondas en la cocina y gozaron desde niños de aparatos en televisión a todo color con mando a distancia creerán que, en lógica consecuencia, esto de comer jamón cuando a uno le venga en gana es una costumbre que también frecuentaron sus mayores. Pues no, amiguitos: hay malas noticias. El suculento bocado nacido del exquisito pernil del cochino ibérico representaba no hace tanto tiempo un viaje por la excelencia gastronómica, puesto que su cotización se medía en un hermoso puñado de pesetas que en mi mocedad escaseaban. De modo que toparse por Logroño y resto del orbe con un bar cuya oferta gastronómica estuviera capitalizada por el jamón suponía una extrema rareza.

Un exotismo, vaya. Viajar por lo tanto hasta la calle Oviedo en busca del Rincón de Pepe equivalía a una peregrinación hasta tierra extraña, donde de repente el explorador tropezaba con un alimento como de dibujos animados. Una fantasía bicolor, blanquirroja como nuestro amado Logroñés. El bar que despachaba aquella mercancía fetén era, curiosamente, de lo más normalito. Era y es, porque todavía sigue allí anclado, un espacio rectangular, con la barra a mano izquierda muriendo a la altura de la cocina, desde donde salían los bocadillos con su prometedor ingrediente desbordando las rebanadas de pan, de modo que alguna loncha amenazaba con irse al suelo. Eran, como se deduce, raciones generosas, según la moda hostelera de aquel entonces (mediados de los 70, más o menos). Quiere decirse en consecuencia que quienes atendían el bar no racionaban sus manjares como es ahora tendencia, porque tenía probablemente en mejor consideración a su clientela: tal vez porque entendía que para llegar hasta la puerta de su local sus parroquianos tenían que cruzar medio Logroño y desdeñar por lo tanto otras invitaciones también muy jugosas. Aunque, cierto, no tanto como la suya: hago memoria y no consigno ningún otro bar de la época cuyo banderín de enganche fuera el jamón.

Hoy, esta imagen en blanco y negro ya no tiene sentido. El embutido estrella del padre cerdo puebla las barras logroñesas y en algunas de ellas es el rey. Son los llamados jamoneros, tipología hostelera que yo juzgo inventada por algún madrileño, puesto que en la capital del Reino rinden antiguo tributo a este producto, que cuenta allí incluso con su propio museo: el Museo del Jamón, en efecto,franquicia de extravagante denominación de cuyo techo cuelgan como estalacticas decenas de patas de cochino gritando cómeme. Sin ir tan lejos, Logroño cuenta también con unos cuantos bares de estas características, donde satisfacer razonablemente nuestra querencia por esta cumbre de la gastronomía española que tanto atrae a los turitas que nos visitan. Y, en efecto, ya sabemos todos que donde esté el de Jabugo o el de Guijuelo, que se quite el de Teruel o el cordobés de Pozoblanco, pero quienes tenemos un paladar no tan exquisito nos conformamos con que el jamón sea honrado y de calidad: no es necesario alcanzar todos los días el cielo.

¿Mis favoritos? Tampoco en esto soy muy original. Me decanto en mis excursiones por la calle Laurel por el Pata Negra, jamonero a quien le nació no hace mucho un hermano pequeño en San Agustín. Otras veces opto por el que sirven en El Soldado de Tudelilla, que a menudo llega acompañado por un chiste de Manolo: hay veces en que incluso tiene gracia. Tanta gracia como el toque de tomate con adorna el pan, un guiño catalán que le otorga encanto. Pero si soy sincero, el que sigo prefiriendo es el del Rincón de Pepe: me gusta tanto que no he vuelto a entrar en el bar desde niño. Supongo que para conservar su sabor en mi memoria.

P.D. Hace poco, instalado en uno de los bares que la franquicia 5 Jotas tiene desplegados por Madrid, asistí a un prodigio: la apertura y corte de un jamón ante mis asombrados ojos. Un momento maravilloso. No porque fuera una escena inédita, sino porque uno no se cansa de verla. Siglos de sabiduría popular se concentran en cada rincón de este manjar, que marida bien con cualquier vino, entra también muy bien con cerveza y me parece que alcanza en Andalucía su excelencia: hasta en la más humilde taberna se sirve con garantías. Y los chistes de los camareros suelen ser mejores que los de Manolo. Dicho sea desde el cariño.

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El Buenos Aires querido (Bares dedicados XII)
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Jorge Alacid | 16-04-2013 | 8:34| 0

Imagen del desaparecido bar Buenos Aires, en la calle Laurel

Esta entrada lleva dedicatoria doble. Doble, porque iba inicialmente destinada a Felipe Royo, uno de los más constantes corresponsales del blog, que desde hace tiempo me venía pidiendo que contara algo del bar Buenos Aires, difunto bar de la Laurel. Yo no quería desanimarle, pero en realidad tenía poco que decir de aquel local porque apenas la frecuenté. Su desaparición coincidió, más o menos, con mis primeras visitas a la calle que lo alojaba, de modo que apenas recuerdo otra cosa que una barra alta, altísima, desproporcionada; un camarero parlanchín y bastante peculiar; y una muy apetitosa sinfonía de cazuelas, tapas y banderillas.

El caso es que acabé por pedir ayuda al maestro Eduardo Gómez, porque me apetecía cumplir con la petición de Felipe Royo, y por una de esas coincidencias de la vida resulta que me envió el escrito que a continuación reproduciré apenas unas horas antes de que falleciera Carmelo Fernández, tan vinculado por lazos familiares y sentimentales al Buenos Aires. Así que estas líneas van también dedicadas a él y a los suyos; como un homenaje postrero a su memoria.

Cuenta Eduardo lo siguiente: “El desaparecido Buenos Aires, que cerró hace hace 25 años, fue uno de los bares más antiguos de la calle Laurel, compartiendo vecindad con otros establecimientos como el Cachetero, el Taza, el Matute. el Achuri el Chaval, La Taberna de Laurel,la carbonería de Santibáñez, la panadería de Anselmo, el almacén de plátanos de Viguera y el de Alamañac y los almacenes de Piazuelo y de Redón. Y poco más. En los años 50 lo abrió el pradejonero Carmelo Fernández, quien llegaba del Seis Doble que regentó durante varios años en la calle San Agustín, con pensión que albergaba a los futbolistas que llegaban para jugar en Logroño, como fue el caso de Miguel Royo, un madrileño que procedía del Atlético Aviación. Vino a hacer la mili y acabó casándose con Carmen, hija de Carmelo”.

“Del antiguo edificio se recuerda la imagen sedente probablemente de finales del XVI, de que fue bautizada como la Virgen de Laurel por encontrarse en esa calle y que se encuentra recogida en el patio del Museo Provincial, adonde llegó al derribarse la casa de Bretón de los Herreros, 26, en cuyas traseras, que daban a la calle Laurel, se encontraba el Buenos Aires. Estaba situada en una hornacina que la familia Fernández, propietaria del establecimiento, cuidaba de que tuviera adornos florales. Precisamente, antes de que el edificio desapareciera, aprovechando la presencia del pintor logroñés Antonio López Morales realizando la pintura del establecimiento, se brindó a restaurar la imagen, cuyo recubrimiento se encontraba deteriorado por encontrarse expuesta a las inclemencias del tiempo”.

“El bar Buenos Aires se convirtió en restaurante muy estimado, de actividad continuada donde se degustaba una cocina muy riojana, con gran afluencia en las mañanas para copiosos almuerzos. Como tenía también entrada por Bretón de los Herreros, frente al teatro Bretón, lo aprovechaban los funcionarios del juzgado y el personal del teatro para sus piscolabis y también como escapatoria para algún desaprensivo. Servía también para llevarles la cena a los artistas que actuaban en el teatro cuando había funciones tarde y noche. Fue sede de la Peña Logroño y se recuerda especialmente la presencia como camarero de Felisín, un personaje popular e irrepetible, ocurrente y dicharachero. Y sobre todo se recuerda la cocina tradicional que se degustaba, las gambas a la plancha que aparecían por la ventana de la cocina que daba al mostrador, donde la presencia de Miguel Royo, admirado como futbolista, realzaba el establecimiento”.

Vista de la calle Laurel, con el Buenos Aires a la derecha. La foto es de Teo

P. D. Recuerda también el gran Eduardo cómo en 1989 el edificio de la calle Laurel fue vendido por la familia Fernández. Ahora, en su antigua ubicación, se erige un edificio cuyos bajos acogen al restaurante El Muro. “No tardó mucho tiempo Pitu, nieta de los fundadores, casada con José Mari Soroa, también futbolista de fama. para establecer un nuevo Buenos Aires en República Argentina”, recalca el señor Gómez. Y ahí en República Argentina sigue el restaurante, funcionando ejemplarmente: que sea por muchos años.

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El supersonido de los bares de los 70
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Jorge Alacid | 12-04-2013 | 10:54| 0

Aquellas viejas gramolas

De entre todos los detalles que añoro de aquellos bares de mi mocedad figura singularmente uno muy especial: las gramolas. Los difuntos jukebox, hermosos armatostes que se aplastaban contra las paredes de nuestros garitos de confianza, hasta donde habían emigrado desde su lugar natural: los billares, también llamados futbolines o salas de juegos. Fue allí donde los conocí: saludando a la entrada del Nico o del Toky, por citar los dos que más frecuenté de crío. Ya cuando empecé a afeitarme, tropecé con las amadas gramolas en unos cuantos bares, de donde se fueron retirando a medida que otros artilugios, como las primeras máquinas de marcianitos o los pinballs, reclamaban ese espacio. Su acta de defunción se firmó cuando desembarcaron los tragaperras, de modo que se rompió ese matrimonio de acto que formaban la máquina de donde salía música y la máquina de donde salía tabaco… que a veces también se anunciaba con alguna melodía que apagaba las tonadas del juke box.

Una pena. Porque en aquellos aparatos se podía escuchar la música que nos negaban los 40 fundamentales o la propia discoteca familiar. Los discos costaban una pasta y hacerse con ellos exigía medir muy bien las monedas que tuviéramos en el bolsillo; de hecho, preferíamos gastarnos la pasta en los elepés que en los sencillos, así que algunos temas de moda sólo salían a nuestro encuentro en los bares. De modo que pasar la tarde sentado delante de la gramola, pulsando ese numerito enigmático del disco, verlo luego moviéndose como por control remoto, encajando en la aguja mágicamente, reintegrándose luego a su lugar tras la primera escucha… Aquello de darle al botoncito (K14, Credence; F3,Sandro Giacobbe; A1, Los Pecos) y que saliera la música por los bafles tenía su embrujo. Un embrujo magnético, que te llevaba a clasificar los bares en función de la música que ofertaban sus gramolas.

Durante largo tiempo, ese bar que contenía el supersonido de los 70 (y de los últimos 60, y de los primeros 80) fue para mí una barra ya difunta: el Sajarahuit de avenida de Colón. Bar de incierta nomenclatura (¿Qué nos querría decir el dueño con ese nombrecito? ¿Tal vez había servido como legionario en el antiguo Sahara español?), le confería un encanto singular su emplazamiento subterráneo y la mentada gramola que uno se topaba a la entrada, según descendía por las escaleras. La barra a la derecha y al final, semiocultas por un biombo, unas breves mesas para jugar las cartas: lo que se dice un bar de barrio, de esos que abundaban tanto por Logroño, que gozaba de una clientela fiel sobre todo los domingos a la hora del aperitivo y los sábados a media tarde. Allí veo aún a los parroquianos conspicuos, dándole al naipe, y allí me veo a mí, subido al taburete, siempre el mismo ritual: uno de la cuadrilla ponía Queen (su carrera de bicicletas, ¡¡¡aquel póster de ciclistas en top less!!!), el segundo subía un tema de Deep Purple (en efecto, fumando en el retrete) y al final caía mi favorito, la ELO, grupo que sólo los más incondicionales recordarán del que era muy fan por entonces. El tema se llamaba Dulce Mentirosa y era imposible de adquirir en las tiendas, ni siquiera lo mandaba Disco Play en su boletín mensual, tan deseado. Así que una tarde, cuando supimos por el dueño que el bar se cerraba al día siguiente y nunca más volvería a abrir sus puertas, le pedimos que nos vendiera a cada uno nuestro disco favoritos. Ingenuos, pensábamos que nos los regalaría, pero no: nos los cobró. Ni siquiera nos dio la carpeta: nos conformamos con el puro single, que nos llevamos a casa como un tesoro. Visto con perspectiva, en cada nueva audición compruebo que no estaba mal, pero que no era para tanto.
Como la nostalgia, en general.

P. D. Cuando las gramolas ya habían desaparecido de las barras logroñesas, encontrarse con una de ellas representaba para la trasiega un aliciente de gran envergadura, que justificaba excursiones a bares que en principio caían lejos de la jurisdicción personal. Así ocurría con el viejo Tigre, que se mantuvo durante años fiel al jukebox… aunque con una oferta musical digna de mejor causa. Su encanto tenía un punto kitsch: rancheras pasadas de moda, cantantes ignotos, canciones rancias más que rancias… Sólo brillaban los Rolling, que desempolvaron para aquel garito de la calle Mayor una versión del Come on de Chuck Berry: una bella antigualla que justificaba cada visita a un bar curioso como pocos, con su cabeza de (en efecto) tigre bengalí disecada vigilando a la clientela.

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Los bares circulares (Bares dedicados XI)
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Jorge Alacid | 09-04-2013 | 11:46| 0

Casino de Alfaro

Nuestro protagonista de hoy es un tipo de bar que me resulta especialmente querido. Es una tipología que se bate en retirada pero que tal vez pueda resucitar si cambia la tendencia actual que uniformiza nuestras barras de siempre, de modo que las nuevas hornadas descubran el encanto de trasegar allí donde ya abrevaron sus antepasados. Son bares con una atmósfera especial, declinados en la voz pasiva: los bares de los casinos, de los círculos de toda condición que pueblan nuestra geografía en menor número (ay) que antaño.

Logroño posee algún ejemplo destacado. El bar del Círculo Logroñés, que he visitado últimamente, parece repuesto de sus distintas encarnaciones recientes, no todas fructíferas. Hoy se respira un ambiente otoñal, cierto, propio de la edad ya avanzada de sus incondicionales, pero supone un auténtico placer sentarse en sus sofás y ver cómo hasta nuestros logroñeses más veteranos conservan el buen humor y el entusiasmo de acudir al encuentro de la tertulia amiga mientras ven caer la tarde por los hermosos ventanales del majestuoso edificio. No hace falta ser socio para disfrutar de un trago tranquilo y servido con profesionalidad en el corazón de Logroño, suspirando por la Glorieta: a ver cuándo la arreglan.

Segundo ejemplo, también circular: el Círculo de la Amistad, cuya barra no se aloja a pie de calle como la anterior, sino que exige trepar por las escaleras del inmueble de Portales que la acoge y tropezarse con un bar de otro mundo, de cuando estas entidades contaban con un acusado arraigo social. Quien haya acudido alguna vez al local sabrá que merece la pena: un oasis de otro siglo empotrado en medio de la ciudad, donde alguna vez nuestros abuelos pidieron baile a nuestras abuelas y las consumiciones exhiben tarifas también muy propias de aquella época, lo cual es otro de sus atractivos.

No hace tanto tiempo, este modelo de establecimientos se repartía por todo el país, ayudando a vertebrar la España ociosa y hostelera. Dotaban de singularidad incluso a municipios poco poblados y contribuían a formar cierta idea de comunidad colectiva. De hecho, los logroñeses que más canas peinen recordarán el viejo casino de las Azpilicueta en el Espolón, donde hoy se alza el BBVA: una institución que parecía sólidamente anclada en el imaginario local… hasta que se derribó el bello palacete. Acababa de llegar la modernidad, que en esta tierra adopta la forma de piqueta. Parecida suerte han corrido otros casos semejantes: de Fuenmayor conservo el recuerdo de una institución semejante, alojada en la plaza frente a la iglesia. Resiste sin embargo el de Cenicero y desde su atalaya en la hermosa plaza saluda al visitante el casino de Soto, icono camerano.

Dejo para el final mi favorito, el que motiva estas líneas dedicadas a la amiga Inés: el Casino de Alfaro. Siempre que voy de visita procuro detenerme en su barra y ver la vida pasar. La vida de la provincia, la vida que guarda lealtad a cómo éramos en una antigüedad aún reciente, la que nos cuenta de dónde venimos para que sepamos hacia dónde vamos… Según lo recuerdo, apenas ha cambiado desde tiempo inmemorial y a mí me gusta que así sea, porque se mantiene fiel a la idea que de él forjaron los socios fundadores: aunque haya quien vea arcaico su mobiliario o anacrónico el concepto mismo de tal institución, yo opino lo contrario. Que debería protegerse como se protegen a las especies en extinción. Desde la hermosura del edificio a su emplazamiento privilegiado, el Casino de Alfaro representa lo mismo que representaron sus hermanos, los vivos y los ya difuntos: el termómetro ideal para medir el estado de ánimo de los municipios que los albergan. Lo cual no es poca cosa.

P.D. Que este tipo de bares representa una oportunidad de negocio y consolidan el centro histórico de las ciudades lo sabe bien cualquiera que visite en Madrid el Círculo de Bellas Artes. Un coqueto espacio, idóneo para comer razonablemente bien a precios ajustados, así como para una copa, un vino, un café o un tentempié (me encanta esta palabra). Y una terraza en la calle también muy agradable. El recorrido por tan magno inmueble incluye por unos cuantos euros un viaje hasta su azotea, que depara inigualables vistas de la capital del Reino. Quedan ustedes informados.

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