La Rioja
img
Autor: Jorge Alacid
Logroño confidencial
img
Jorge Alacid | 14-01-2013 | 4:28| 0

Parcela de la carretera de Soria donde se alojaba Villa Iregua
En busca del bar perfecto peregriné una vez por Logroño, tiempo ha, sin gran éxito. Por entonces ignoraba lo que luego he sabido: que ese Grial no existe. O más bien, que el bar perfecto es una suma de todos. De todos y cada uno de los bares de donde uno va rescatando algún detalle, cierta atmósfera, un determinado ambiente… No tanto la garantía de un trago o un café bien preparado, o la intuición de un servicio ágil, eficaz y discreto. No tanto la esperanza de un interior construido con buen gusto ni la promesa de emboscarse en esa zona de sombra entre la barra y los veladores donde se ejecuta cada noche algún milagro. Lo que buscamos los adictos, me parece, en los garitos de confianza es algo inaprensible, inmaterial. Un espíritu. Un fantasma. A menudo, el recuerdo de una tarde feliz, una tertulia evocadora, una sonrisa amiga, un gesto cómplice, un destello de luz.

Yo sentí que había encontrado lo que buscaba una noche de sábado, cuando caí por casualidad en Villa Iregua. Aunque por entonces ya declinaba, el chalecito (hoy, un solar abandonado: qué pena) de la carretera de Soria albergaba aún los mejores banquetes de Logroño, con aquella cocina burguesa, estilo imperio, que empezó a quedarse un poco desfasada cuando de golpe nos volvimos todos tan modernos. Eso era Villa Iregua para mí: el escenario de las mejores galas capitalinas, el gran teatro de bodas para princesas logroñesas, el perfume de su célebre cóctel de champán, un trago hoy también superado por el tiempo. Ignoraba sin embargo que a un costado del edificio se cobijaba un bar, apenas una barra breve según la recuerdo, decorada con cierto buen gusto insólito por estos lares.

Allí me llevó el azar y allí me dejé conducir unas cuantas noches más. El ambiente era peculiar, por lo veterano de la clientela. Público eminentemente masculino, agolpado en improvisadas tertulias bien provistas del humo de los cigarrillos y los habanos, también adecuadamente regadas. En un espacio no demasiado amplio cabía sin embargo de todo,  medio Logroño, porque yo me las arreglé para procurarme un sitio con visión panorámica y, como el héroe de Dickens, dedicarme a mi pasatiempo favorito: convertirme por un rato en “humilde observador de la naturalaza humana”. En invierno, que fue cuando yo lo frecuenté, la función se iniciaba a esa hora confusa que los cronistas deportivos denominan tarde/noche. Los parroquianos más conspicuos se hacían fuertes alrededor de la barra y en una mesita aledaña alguna pareja entrada en años consumía un cigarrillo con la misma desgana con que atacaba la copa. En las chácharas vecinas parecía ventilarse algún negocio de postín, habida cuenta de que en él participaban esos caballeros que (benditos sean) a esa hora todavía vestían de traje. Al otro lado de la barra, un barman eficaz y taciturno iba a lo suyo, sin alardes, con esa eficacia de profesional antiguo que ya se ha glosado antes en este blog y que parece destinada a desaparecer de nuestros bares de confianza.

En fin, tal vez aquel bar no era para tanto y como tantos otros lo tengo idealizado. Tal vez sólo sucede que aquel tiempo en que clientela y camareros gastaban terno y corbata ya ha desaparecido. También han perdido su sentido bares como aquel, recoleto y noctívago, que atrapaba toda su esencia cuando se ponía el sol y ejercía de (posible) decorado como para una (imposible) peli de cine negro, con su breve aparcamiento de gravilla y esos tragos solitarios, que así lo parecían aunque se tomaran en grupo. De modo que hoy, cuando atravieso la carretera de Soria y veo anidar el polvo en la parcela que fue de Villa Iregua, pienso en su clientela fantasma, huérfana desde la demolición del chalecito. Huérfano Logroño también de un bar como aquel, tan idóneo para la confidencia.

P.D. Justo cuando la semana pasada empezaba a escribir estas líneas, tropecé con un artículo de Eduardo Gómez que despedía al gran Mere, camarero que fue de Villa Iregua. Os dejo el enlace de larioja.com, muy recomendable (http://www.larioja.com/v/20130108/rioja-logrono/adios-clasico-logrones-20130108.html)

Ver Post >
Los bares bizarros
img
Jorge Alacid | 11-01-2013 | 10:08| 0

Entrada al bar Iturza, esta misma semana, según la cámara de Justo Rodríguez

Un corresponsal me advirtió hace tiempo de que el uso que yo atribuía al adjetivo tan de moda, bizarro, era incorrecto. Lo comprobé en la RAE y concluí que llevaba razón. Bizarro, advierte la Academia, significa valiente en su primera acepción y generoso, lúcido o espléndido en una segunda entrada. De unos años a esta parte, bizarro es sin embargo una palabra que se adjudica a algo más indefinible: personas, cosas o conductas un pelo fuera de lo normal, singulares. Con una singularidad, añado yo, como de otra época, cercana al casticismo. Un punto cañí. Por eso hablamos a veces de bares bizarros: aquellos que funcionan como una máquina del tiempo y te transportan a un momento de la historia ajeno al común de los presentes días, pero al mismo tiempo muy vigente.
Los bares bizarros de Logroño siempre serán para mí por lo tanto las veteranas barras de la calle Mayor. Es decir, no aquellos garitos contra los que hoy se empotra la clientela más joven en las noches del fin de semana, que han transformado la calle hasta dejarla irreconocible para unos cuantos entre quienes me incluyo. No, los bares bizarros son aquellos otros cuya parroquia envejece con ellos y mantiene una extraña lealtad a los antiguos hábitos y tradiciones. De ahí su encanto.
Hacia los primeros 80, nadie con menos de 30 años se daba una vuelta por la Mayor, de modo que descubrir aquellos bares donde se aparcaba la generación de nuestros padres y abuelos tuvo algo de epifanía. Lo he contado aquí en la entrada dedicada al Moderno: uno salía por la puerta trasera que daba al restaurante La Bombilla y de repente se le abría un mundo desconocido, con bares anónimos e intercambiables que sin embargo eran también al mismo tiempo únicos en su condición. Supervivientes de cuando la calle contaba con mucha más vida, vida vecinal y vida comercial, vida por supuesto hostelera. La ronda solía empezar en el Iturza, se detenía en un bar situado enfrente cuyo nombre he olvidado, cruzaba de nuevo la acera para una parada en el Bretón y concluía en el aledaño Cuatro Calles, garito que disponía de otros alicientes añadidos a la trasiega de alcohol: su dueño, que era pelirrojo y tanto nos recordaba al actor Danny Kaye (ya olvidado, supongo). Y, rareza máxima, el tipo era del Barça, lo cual entonces representaba una extravagancia. Además, reservaba en un rincón unas mesas para servir cazuelitas, otro exotismo en aquella época donde lo habitual eran bares sin ningún tipo de aliciente culinario.
Se exceptúa, eso sí, el Iturza, que ofrecía el pincho más raro que yo recuerde: un huevo duro. Repito: un huevo duro. El dueño extraía de una nevera contemporánea de Napoleón las bebidas y si la clientela le jaleaba, a veces aceptaba pelar el huevo duro luego de machacarlo ¡contra la frente! Se me saltan las lágrimas. Hoy todavía no puedo entrar en el Iturza sin refrescar esos prodigiosos días, cuando quienes empezábamos a afeitarnos pensamos que había una alternativa a la Laurel a poco que otra generación explorase los viejos territorios del Logroño de siempre. De hecho, poco después se abrió en la Mayor el primer bar ‘moderno’ que hizo bueno nuestro pronóstico: se llamó La Costanilla, ya disponía de una tapa digna de tal nombre (una zapatilla: esto es, una rebanada de pan con jamón y tomate) y su estilo era definitivamente otro, más acorde con los nuevos tiempos que se avecinaban y que se concretarían luego en el vecino Tifus de Travesía de Santiago. Nada que ver con esos antros que fueron declinando con la excepción mentada del resucitado Iturza, que funciona hoy un poco como me parece que funcionó en aquellos días. Como una especie de faro del fin de los tiempos, orgulloso de su estirpe, el último bar de toda una época. Un bar que hace bueno el adjetivo bizarro. Valiente, generoso, lúcido, espléndido y también singular.
P.D. Esa antigua exploración por la calle Mayor representó un descubrimiento de un puñado de bares que estaban ahí, esperando a que alguien los incorporase a la habitual ruta dipsómana. Un viaje que incluyó alguna cata en el Negresco, ya mencionada en este blog, y la conquista para los nuevos usos juveniles de otro garito muy querido, el Tigre, con su (en efecto) hermosa cabeza de tigre disecada. También disponía de  una estupenda juke box, una de las últimas de Logroño, que me invitó hace años a un escribir un relato corto publicado en una antología que editaba entonces Diario LA RIOJA. Cualquier día lo traigo por aquí.

Ver Post >
San Millán, patrimonio de la humanidad (Bares dedicados VIII)
img
Jorge Alacid | 08-01-2013 | 6:20| 0

Bohemios, en la calle San Millán
Vuelvo sobre mis pasos por un rincón de Logroño que apenas atravieso para atender la invitación de una corresponsal. Corroboro lo que sospechaba: que hay una parte de esta ciudad que apenas cambia. Así sucede con algunos confines que exploré décadas atrás, cuando un poco por cansancio buscaba como tantos una alternativa a las rutas clásicas del fin de semana, muy a menudo liquidadas en ese itinerario tan común que conducía del Laurel a la Zona y pare usted de contar. Aburridos de pisar siempre las mismas baldosas, intentábamos encontrar nuevos alicientes en barrios todavía más o menos vírgenes, bares apartados del recorrido habitual. Hubo un intento de fundar una zona paralela a la auténtica en el tramo final de Jorge Vigón (Cristal y alrededores, decisivos para una generación logroñesa) y hubo otro ensayo que tampoco llegó a fraguar del todo en el entorno de la calle San Millán: fracasó el experimento como parque temático de bares pero triunfaron algunos de ellos por sí solitos. Y ahí siguen algunos, resistiendo.
El más veterano si mis cuentas no fallan es el Bohemios, barra inclasificable porque nació más bien como disco-pub, ofera hostelera que tuvo sentido en la década de los 80 pero que ahora uno no sabría definir muy bien en qué consistía: mitad discoteca, mitad pub, finalmente se conformó con ser un bar, lo cual no es poco. Un bar singular, con gran encanto. Aquel acogedor espacio en el epicentro de San José-Madre de Dios sirvió también como cabeza de puente para un viaje por todo aquel barrio que no fructificó, aunque me tuvo entre sus fieles en una lejana época: sus dueños conseguían eso tan difícil de que uno se sintiera allí no como en casa sino mejor. Como la música no estaba mal y sintonicé con el resto de la parroquia, un grupo de habituales que también habían encontrado allí una extensión de su hogar, me dio tiempo a cavilar refugiado entre los mullidos cojines si aquel local podría liderar la mentada ruta alternativa.
No hubo tal. Sólo algún local vecino soportó ese ritmo. Un poco más hacia avenida de la Paz, en la acera de enfrente se ubicaba y se ubica otro veterano, el Top, uno de tantos bares en plan navaja suiza, porque servía para el aperitivo dominical, el cafelito de media mañana, la partida de sobremesa… Un clásico logroñés. Cerca sobrevive también (con muy buena salud, me parece) el venerable Iris, castizo rincón donde se podía tomar la última copa igual que el primer desayuno, uno de esos locales todoterreno que tanto abundan en Logroño. Darma, Reading… La zona de San Millán estuvo a punto de cristalizar como tal con motivo de la apertura del Cacodilato, garito de divertida denominación que ejerció un acusado magnetismo sobre un sector bastante amplio de la adolescencia logroñesa de la época, primeros 80. Transformado luego en su actual encarnación como La Conejera, lo recuerdo bioen regado de vespinos a la puerta, antes de emigrar sus ideólogos a otro enclave también de curioso nombre, el Isopo, la longeva barra de Jorge Vigón, culpable de haber provocado un pequeño seísmo en los usos hosteleros riojanos: fue de los primeros bares en sacar el futbolín y el billar americano de la cárcel de los salones de juegos, una tendencia que luego siguieron unos cuantos garitos (Abraxas, Continental) con notable éxito.
El corazón de aquel breve mapa de bares latía en San Millán, calle cuyo resonante nombre nos remite al valle homónimo, hoy bendecido por la Unesco. Justicia poética: tal reconocimiento debería extenderse a la calle logroñesa que alberga los bares mentados, espinazo de esa hipotética zona de garitos patrimonio de la humanidad logroñesa que ha funcionado durante lustros como fuente de goces epicúreos y factor de cohesión social para la vida de todo el barrio, cuya clientela observo que los recuerda con más complacencia que nostalgia. Que no es poco.
P.D. La corresponsal que me invita a esta entrada se confiesa como una habitual de San Millán y adláteres. Recuerda a Luis y Valentín defendiendo la barra del Bohemios y cómo el citado Luis fundó luego por su cuenta el Darma en la misma calle. Menciona también a Ramón y Luismi al frente del Reading, quienes según sus noticias fueron quienes se hicieron con el Cacodilato y lo transformaron como La Conejera. Los tirantes de Manolo el del Top, el Venecia vecino, el bar Caballero de Mena y Navarrete que regentaron Isi y su hermano, cuyas legendarias patatas bravas siguen sin ser olvidadas…

Ver Post >
Nos vemos en los bares (Bares dedicados VII)
img
Jorge Alacid | 04-01-2013 | 9:14| 0

Portada del disco 'Nos vemos en los bares', de Celtas Cortos

A petición de una gentil corresponsal, dedico esta entrada a la reivindicación no tanto de un bar o de una ruta de bares como de una tendencia hostelero-sentimental a la que, de verdad, yo he sido bastante ajeno. Ella se refería a ese rito iniciático en las cosas de Cupido que tenía como escenario el entorno de ciertos garitos, improvisados pasos de paloma para la exhibición hormonal y el coqueteo juvenil a la hora del recreo escolar. Según su experiencia, lo de menos era el bocado que sirviera de tentempié a media mañana: lo esencial de aquellas excursiones entre clase y clase era acertar con un punto de encuentro a mitad de camino entre los colegios de chicos y de chicas, división entonces habitual. Un lugar intermedio donde observar la correcta evolución de cada objeto de deseo generacional o comprobar si las nuevas hornadas se desarrollaban según lo previsto. Un sitio para ver y ser visto, donde hacer buena esa frase hecha según la cual todos en Logroño nos vemos en los bares. Como dirían (y cantarían) los Celtas Cortos. Que sin embargo eran de Valladolid. Y bastante pesados, por cierto.

Me cuentan que un enclave estratégico para este intercambio bastante inocente de miradas y chismorreos fue el Porto Novo de Ciriaco Garrido, que unía al atractivo de su oferta gastronómica (la sempiterna tortilla de patata, que ahí sigue, encarnada ahora como Porto Vecchio) lo ajustado de sus precios y, sobre todo, una situación inmejorable para el tráfico de emociones juveniles entre los alumnos de Maristas y las estudiantes de Agustinas. No excluyo que también acudieran las más intrépidas de entre las jovencitas de la Enseñanza, aunque les quedara a desmano, ni que asistieran también (como es obvio) las chicas de Adoratrices, a quienes les caía más bien al lado. Como se puede deducir, demasiado trabajo para el alumnado masculino del colegio San José, del que fui miembro durante una lejana época, cuando perpetrar tales actividades resultaba imposible: más que nada, porque los bolsillos no estaban para grandes fiestas. O llegabas a clase con el almuerzo solucionado desde casa o te lo procurabas a costa de codazos en la mínima barrita que daba a Calvo Sotelo, donde el bocata se despachaba barato, barato. Muy barato. Tanto, que una pequeña marea humana se echaba literalmente encima del religioso encargado del bar y liquidaba las existencias en apenas cinco minutos, una prisa entendible porque había que destinar el tiempo restante del asueto a lo realmente importante: el fútbol.

Las chicas estaban por entonces tan alejadas de nuestro horizonte más cercano como los chicos para ellas; desde luego, nadie imaginaba que pudiera coincidir con el respectivo objeto de deseo en bar alguno, porque esa práctica, la de ir a los bares, estaba vetada para nuestra quinta salvo que fuéramos acompañados de padres o tutores. Como en el cine. Lo máximo que se nos concedía era frecuentarlas en alguna sala de juegos, donde solo ingresaban las más audaces con la excusa de poner música en alguna maquinita. Pienso en el Nico, tan vinculado también a Maristas, o en el vecino Toky. Los bares como nexo de encuentro mixto eran cosa del fin de semana, en la ya citada ruta por Cibeles, Vivero y demás templos del vermú dominical, que según me entero ahora sirvieron también para ese jueguecillo seductor del bocata del recreo aliñado con miraditas. Una vez que colegios e institutos se poblaron de chicas y chicos a la vez, hubo que consignar otros enclaves decisivos en la educación sentimental de los púberes logroñeses. Así, las hordas del Sagasta tomaron al asalto el Chup Chup de avenida de Navarra (con algún desertor que optaba por La Esquina de la calle San Juan); en el D´Elhuyar se decantaron por el Neira; y, en fin, desde el ya extinto COU Valvanera se invadió el Sebas de Laurel, que a la hora del recreo no ofrecía resistencia. Es posible que en aquellas barras, entre bocado y bocado, se fraguara algún noviazgo. Y seguro que para alguna parejita el primer beso tendrá siempre sabor a tortilla de patata.

P.D La tendencia de trasladar los centros escolares al extrarradio puede provocar dos efectos en materia de bares: uno, que el sector hostelero decida plantar sus locales allá donde vea niños y niñas en edad de consumir. Dos, el más probable: que vuelvan el táper, el bocata envuelto en papel de aluminio, el taco de galletas y demás golosinas propias del avituallamiento a la hora del recreo. El nuevo Maristas carece de garitos a su alrededor, de modo que resulta temerario pensar en excursiones a Cascajos o al bar del San Pedro en busca del bocata perdido; otro tanto ocurre en Marianistas, excepto que algún valiente se anime a salvar la rotonda e ingresar en el barrio de La Estrella a la hora del almuerzo; más suerte tienen por Alcaste: al menos el vecino ambigú del Adarraga sirve como escenario para el esparcimiento infantil al salir de clase.

Ver Post >
Nuestro hombre en la barra
img
Jorge Alacid | 31-12-2012 | 8:48| 0

Escena de 'Gilda': a este lado de la barra, la Hayworth; al otro, el camarero Tío Pío (Steven Geray)

Aquí os presento a mi camarero favorito. Se llama Tío Pío y no: no es de verdad, aunque a mí me parece más real que otros personajes que no son de ficción, como le ocurre a él. Tío Pío se encarnó en el cine en la piel de Steven Geray como secundario de una de mis pelis preferidas, la mítica ‘Gilda’ con la no menos mítica Rita Hayworth: era ese hombrecito con bigote de morsa parapetado tras la barra que oficiaba como una suerte de coro griego en aquella cinta. Un camarero de los de antes. Se limitaba a poner la copa cuando se la pedían y no ofrecía conversación salvo si la reclamaba su clientela, con dos excepciones: para incordiar a Glenn Ford y para masajear el ego de la Hayworth. Dueño de un fino sentido del humor, en algunas escenas desaparecía del foco con su tic favorito: una especie de cómico resoplido. No recuerdo que dejara para la posteridad ninguna otra interpretación memorable, pero su aparición en ‘Gilda’ le bastó para conquistar mi corazón y de paso situarme en la senda adecuada: desde entonces, comparo a cada camarero con él. De momento, todos salen perdiendo.

Y eso que los he conocido muy buenos a este lado de la pantalla. Y también muy pintorescos, como aquel tan parsimonioso del Tívoli, que defendía la terraza de la calle Bretón a cámara lenta y se las arreglaba para que la cerveza siempre te llegara caliente y el café, frío. Ah, aquellos aristócratas de las barras más castizas, como la saga de los Moracia en el Moderno o los veteranos de la Laurel, alguno ya jubilado: Juanito del Donosti, Sebas del bar homónimo, Manolo de El Soldado de Tudelilla… Y, sobre todo, mis muy predilectos camareros de La Granja, cantera de grandes profesionales (la quinta de Alfonso Soldevilla, por ejemplo). Allá Dámaso, que tripulaba la máquina de café como imagino que un almirante gobierna el puente de mando, aquí el eficaz Joaquín y por todos los lados, Santos, el infatigable Santos, barman y prestidigitador: de sus manos mágicas salía como por ensalmo el cruasán que nadie le había pedido y que te servía solícito incluso a la hora del aperitivo. Cierto que también te lo cobraba: ese era el truco final.

Todos estos camareros senior representaban un eslabón en la cadena según la cual este oficio se ejercía con un señorío antiguo: no digo que ahora se carezca de él, pero a mí me irrita ese aire confianzudo con que a menudo nos tratan desde el otro lado de la barra gentes con quien nunca nos hemos sentado a cenar. Me parece que sus predecesores eran otra cosa. Los habría antipáticos, quién lo duda, pero la mayoría pertenecía a la misma estirpe de todos esos estupendos camareros de Madrid que todavía van a trabajar con corbata y cada minuto te llaman caballero, una debilidad que confieso. “Caballero, qué va a ser”. “Caballero, su cafelito”. “Caballero, al fondo hay sitio”.

Antaño, la relación camarero-cliente se establecía más o menos según estas pautas de respeto, porque pienso que en la hostelería existía un mayor grado de profesionalidad y que no se me enfade nadie. Tal vez porque a menudo era un oficio transmitido de padres a hijos, a quienes les era legado un código de claves que resistía bastante bien el salto generacional porque se transmitía con una sobredosis de cariño y porque consistía en tratarnos como si, en efecto, fuéramos auténticos caballeros. Y damas.

P.D. Como despedida, un regalo. Una línea de diálogo de la mentada ‘Gilda’, entre la Hayworth y nuestro amigo Steven Geray, el gran Tío Pío.
Gilda: ¿Tienes fuego?
Tío Pío: Sí, señora Mundson. Este lugar está tan lleno y usted tan solitaria, ¿no es así?
Gilda: ¿Cómo lo sabes?
Tío Pío: Fuma demasiado. Lo he notado. Sólo la gente frustrada fuma demasiado y sólo los solitarios están frustrados.
(Por cierto, gracias a la Wikipedia me entero de que Geray acabó sus días en un sitio llamado Este Park, villorrio del estado de Colorado. Había abandonado la escena y elegido para vivir sus últimos días un paradójico negocio: un bar. Es decir, que Tío Pío acabó de camarero. Me hubiera encantado que me sirviera un trago).

Ver Post >