La Rioja
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Autor: Jorge Alacid
El Ibiza de Jerónimo (Bares dedicados X)
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Jorge Alacid | 18-03-2013 | 7:24| 0

Jerónimo Jiménez, cronista que fue de Logroño

Publiqué este artículo en Diario LA RIOJA en 1998. Lo recupero ahora porque llevo todo el día acordándome de Jerónimo Jiménez, con quien compartí alguna confidencia en esta casa y a quien guardo gran aprecio. Hoy hemos conocido que se va a recuperar en la web municipal su libro sobre las calles de Logroño y le he dedicado cinco minutos de cariñosa memoria, los suficientes para recordar que estas líneas sobre el Ibiza que le tenía entre su clientela fija las escribí gracias a su prodigioso amor a la ciudad que le tuvo de cronista oficial. Así que va por usted, maestro.

“En el principio, fue La Granja y también ahora fue la primera en pasar por el quirófano. Manos hábiles reformaron sus dependencias, mantuvieron esa barra curva que confiere al bar la condición de navío e introdujeron, más allá del lavado de cara, novedades tan imprevisibles como las diapositivas que ahora se exhiben desde la tremenda escalera. La pasada semana, también el Ibiza concluyó su cirugía estética. Del trance sale con evidentes alusiones a la isla que le da nombre asomando entre las vidrieras y un reloj descomunal presidiendo la zona de mesas. “Tenemos la lista de precios más antigua de Logroño”, avisan sus propietarios, que lo son desde quince años atrás. “El bar tendrá unos sesenta”, reitera uno de ellos, Lucio, mientras anuncia la habilitación de un espacio para ofrecer comidas al mediodía y anticipa una barra plagada de tentaciones para el paladar. El resto de los cambios afecta más a las entrañas que al exterior. Se ha mejorado el espacio para los camareros, remozado los lavabos y ya augura una terraza más ambiciosa que la original, beneficiaria de la ganancia de acera propiciada por la vecina reforma de El Espolón.

Apenas queda rastro del antiguo bar americano, aunque su emplazamiento permitirá al Ibiza continuar erigido como faro que guía al viajero recién arribado a Logroño. “La popularidad del Ibiza”, confirma Eduardo Gómez, logroñés de pro, perito en bares, “radica en que allí quedaba todo el mundo cuando venía a Logroño. Como estaba en El Espolón y al lado del Gobierno Civil, era el sitio más idóneo”. Aunque en los últimos años, una colección de fotografías antiguas insinuaba cierta dependencia al mundo pelotazale, el Ibiza apenas ha registrado filiación alguna. “Nunca fue como La Granja, que era el bar de los toreros porque se alojaban muchos enfrente, en La Numantina“.

En ambos bares reinó otro riojano hijo del siglo, el gran Pepe Blanco. En el Ibiza se arrancó por primera vez ante el público, en La Granja lo recuerda el cronista haciéndose cargo de la consumición de los parroquianos. No es la única coincidencia. Los dos bares están unidos por sus barras tan sinuosas y por haber compartido un tiempo semejante, el Logroño de principios de siglo que vio nacer a La Granja, la ciudad que atravesó la postguerra en el caso del Ibiza.

Imagen de la cafetería Ibiza, fotografiada por Justo Rodríguez

“El Ibiza nació en 1941”. El dato exacto lo esgrime Jerónimo Jiménez, no sólo cronista logroñés, sino habitual de la cafetería de Muro de la Mata, donde confiesa consumir alguna tarde, parapetado entre sus escritos. La nostalgia le invade cuando recuerda el viejo Espolón, cuyo frente de soportales -entonces, todavía sin ellos- proponía un recorrido por un tipo de establecimiento hoy desaparecido: “café-concierto”. De los recuerdos de Jiménez emergen nombres de resonancias míticas, como el Continental, el Danubio, el Comercio o el Ringo, también el Aéreo-Club, aunque pertenezca este último a otra estirpe ajena a aquellos bares que en la posguerra calentaron el ánimo de los logroñeses con un cóctel de café y pasadobles. “En las cristaleras de cada bar”, precisa, “se anunciaba con pintura blanca la actuación de ese día. Parece que lo estoy viendo: ‘Hoy actúa fulanito, con la orquesta Creación y su cantor Cambero’. Cada café tenía un estrado al fondo y en verano, todos sacaban las terrazas al mismo Espolón”.

Melancólico, el cronista de Logroño aporta fechas para una historiografía de la hostelería local. Cita el Moderno, inaugurado como Novelty en 1925, o su querido Palacio del Billar (después, Las Cañas, junto al Gran Hotel), abierto en 1933. Añade los casos de otros establecimientos tan veteranos y aún activos como el Gurugú, el Royalty o el Tívoli -antiguo Bar Puerto Rico, con sus billares- hasta detenerse en La Granja, nacida el 17 de septiembre de 1927 y protagonista de un itinerario común a estos bares: de café, a cafetería. “La Granja y el Ibiza pasaron en los 60 a convertirse en otra cosa. Desaparecieron los antiguos cafés con música en directo y los sustituyeron por el diseño con que ahora les conocemos”. Pioneros en la tipología de bar americano, vagamente deudores de la estética del Chicote madrileño, en ellos no queda nada, se alegra Jiménez, del sobresalto que produjo la transformación del Ibiza, operada en 1960, cuando su barra se pobló de camareras. Nada menos.

P.D. Repasando este viejo escrito reparo en su título, que resultó profético: ‘Logroño, en sus bares’. Parece que se trataba de una premonición que me ha perseguido durante 15 años y ha desembocado en este blog. Era, como se habrá deducido, una mera excusa: aprovechando que La Granja e Ibiza se habían remozado, fui repasando con la ayuda de Jerónimo y Eduardo la historia sentimental de nuestra ciudad. Y mientras el Ibiza, tras no pocos contratiempos, ahí sigue con sus puertas abiertas, ver clausurada La Granja es otra herida en nuestro corazón tan logroñés.

 

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Bares televisados (Donde todo el mundo sabe tu nombre)
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Jorge Alacid | 14-03-2013 | 4:25| 0

Los hermanos Crane, Niles y Frasier, compartiendo un café

Llevaba tiempo pensando en publicar un post sobre un asunto decisivo en mi educación sentimental, la fusión entre bares y televisión, pero no acertaba a dar con el vínculo adecuado. Hasta que leyendo hace días el último número de ‘Jot Down’ como San Pablo de su caballo, yo me caí del sofá: ahí estaban los hermanos Crane, Frasier y Niles, compartiendo confidencias en el café que ejerce de alternativa al sempiterno decorado de sus peripecias, el apartamento de Seattle con vistas a la célebre torre Space Needle… Ese café, una especie de miniStarbucks (franquicia que por cierto también nació en Seattle), encerraba la línea argumental que yo buscaba, porque así fue como conocí a mi psiquiatra favorito: como cliente de un bar. Pero no de cualquier bar. El bar catódico llamado ‘Cheers’. El bar donde todo el mundo sabe tu nombre.

El elenco de 'Cheers', en el figurado bar homónimo

‘Cheers’ representó para mí durante años la cumbre de la teleserie de humor. Me gustaba tanto, la tenía y tengo tan idealizada, que me resisto todavía hoy a ver algún capítulo: temo que haya quedado desfasada. Que me defraude. Su galería de personajes, desde el protagonista a los secundarios, me parece inigualable. Los guiones funcionaban como relojes suizos y cada detalle (la sintonía, los títulos de crédito, los botellines de agua de Ted Danson) ayudaba a construir una atmósfera especial. Eso que llaman magia: la magia de la tele, sumada a la magia de un bar donde a mí me hubiera gustado pasar un rato. No lo descarto: aunque tropecé hace nada con un hermano gemelo de aquel garito paseando por Dublín, el original se sitúa en Boston, ciudad que merece una visita aunque sólo sea para acodarse en aquella barra formato circo romano, donde un grupo de perdedores (mi favorito era el gordo llamado ‘Noooorm’) se daba mutuamente carrete a la espera de que cayera por allí algún listillo. Un tal Frasier, por ejemplo.

Nuestro hombre, el neurótico caballero interpretado por el estupendo Kelsey Grammer, protagonizó una de las primeras ‘spin-off’ que yo recuerdo: el salto de una serie a otra a través de las aventuras de un secundario de la primera que pasa a ejercer como epicentro de la siguiente. Una pirueta que suele dar malos resultados pero no en este caso: Frasier me sigue pareciendo otra cumbre de la comedia de humor, ese artefacto fabricado en Estados Unidos con un talento inimitable. En menos de una hora, tres vetas narrativas se entretejen alrededor de la columna vertebral del relato (las desventuras de un pobre diablo y su consultorio radiofónico, atormentado por sus neuras y sus fracasados ligues), mientras un coro de comediantes en estado de gracia compiten en destreza para el gag, la ironía seca, el chiste con doble y triple lectura, la gestualidad propia del cine mudo… Veo algún episodio de Frasier de vez en cuando y continúa siendo un producto de elevada calidad: nunca decepciona y muchas veces te lleva lejos, muy lejos.

Grupo de 'nerds' tomando algo en el bar de la facultad

Tan lejos como que a través de sus héroes veo el precedente de otra serie actual que (me parece) trata de lo mismo: unos inadaptados haciéndose fuertes en casa y concediéndose apenas un respiro para citarse en un café… o en el bar de la facultad. En las entrañas de ‘The big bang theory’ he creído encontrar otra línea de continuidad: si ‘Frasier’ es ‘Cheers’ por otros medios, el inmarcesible Sheldon Cooper puede declinarse como una suerte de hermano menor del gran Niles Crane, a su vez hermano menor de Frasier. El actor David Hyde Pierce, comediante de primer orden, semeja a Jim Parsons (Sheldon) en sus manías, sus problemas con las tías, su pedantería, su nula habilidad social… Podemos ver a Niles como el primer ‘nerd’ televisivo igual que puede uno asomarse a cualquier episodio de ‘Cómo conocí a vuestra madre’ y coincidir conmigo: ah, aquí están los hermanitos pequeños de Ross, Chandler, Phoebe y compañía. Que de eso irá la segunda entrada de esta serie sobre los bares televisados.

P.D. Gracias al citado ejemplar de ‘Jot Down’ me entero de la atormentada vida de Kelsey Grammer, cuyas peripecias os recomiendo conocer. Y me entero también de que el propio actor, fanático de la música, interpreta la canción que cierra cada episodio de ‘Frasier’. El tipo tiene clase.

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Bar de frontón
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Jorge Alacid | 11-03-2013 | 7:35| 0

Daniel y Juan Pablo García Jiménez (Federación Riojana de Pelota)

En 1993 colaboré en un libro de la Federación Riojana de Pelota, que conmemoraba sus primeros 50 años, por invitación de Carlos Muntión. Le envié este artículo que recupero aquí, que tiene que ver con la pelota como Moby Dick con la caza de ballenas: es decir, que es la excusa. En realidad, hablaba de un bar. El de las piscinas de Cantabria. Se titulaba ‘Échale la culpa a Emiliano’.

Emiliano tuvo la culpa. Cada mañana de domingo, cada tarde de verano, un puñado de curiosos tomaba al asalto el emparrado el banco corrido alineado contra la pared continua al rebote. Era la misma pared de donde nacía la puerta trasera del bar de Cantabria. Periódicamente, de ella emergía Emiliano con algún porrón de vino con gaseosa que alimentara la afición pelotazale -entonces se decía así- de quienes allí se asentaban, más atraídos por la promesa de algún sólido almuerzo o alguna edificante merienda que por la posibilidad de que algo sucediera en el frontón propiamente dicho. Con el tiempo, todos acabamos girando la vista hacia los pelotaris. Alguno de ellos también se sumaba al convite cuando aparecía Emiliano desde el bar con el porrón y dejaba en suspenso su participación en aquellas interminables disputas a pala con pelota de goma, especialidad -luego lo supimos- menor en el universo de la pelota.

Pero nunca se nos ocurrió que la diversión pudiera graduarse a quienes nos concentrábamos allí, especialmente cuando caía la tarde de cualquier verano, convocados a menudo por el campeonato que organizaba a sociedad. Dividido en primera y segunda categoría, el torneo trasladaba la atención de los socios a cuanto sucedía en aquel territorio que limitaba al sur con el frontón ‘de mujeres’, al norte con el bar, con un pintoresco emparrado al final del ancho y el frontis paralelo a la piscina ‘mixta’. Porque aquel era aún el tiempo en que las piscinas y hasta los frontones tenían sexo. El ‘de hombres’ tenía incluso arrendatarios: bastaba con apuntarse en la pizarra que alguien custodiaba en el vestuario para que durante una hora el disfrute del frontón se concediese a éste o a aquel agraciado, suceso que acostumbraba a marginar a los aficionados más jóvenes, en beneficio de sexagenarios pelotaris -recuerdo hoy a un tal Cundín- que copaban toda la pizarra -y con ella, el frontón- desde temprana hora.

Afortunadamente, no era, sin embargo, la única posibilidad con que contaba la chiquillería de entonces. También se encontraba a su disposición el frontón ‘de mujeres’, escenariomonopolizado en horario matutino por un rosario de pintorescas aficionadas, una suerte de Lily Alvarez de la pelota a pala. En horario vespertino, el mismo frontón se rendía al ‘primi’, colectivista juego que entusiasmaba a los más pequeños y fomentaba la unión entre sexos que esa curiosa división de frontones y piscinas negaba.

Existía aún otra opción. Se trataba de acceder al frontón ‘de hombres’ en las desdichadas horas que seguían a la comida. Era entonces un recinto inhóspito, abatido por un sol inclemente, donde nadie osaba asomarse pala en ristre. Quien se arriesgara a una insolación tenía en aquellas horas el refugio perfecto para golpear mil veces la pelota contra el frontis sin que nadie le molestara. Aquella era la hora de Juan Pablo y Daniel. Aliados con algún otro infeliz explorador, los hermanos García Jiménez disfrutaban de la exclusiva del frontón. Pronto comprobamos que en la cancha se comportaban igual que fuera: Juan Pablo, pelotari silente y sutil, andaba por el frontón con la misma naturalidad que su hermano Daniel, más explosivo y temperamental. Una característica les unía: cuando creíamos que aquel era un deporte de mancos, los hermanos nos recordaron que se puede golpear la pelota indistintamente con la diestra y la siniestra. Por el contrario, los ídolos de aquel tiempo apenas acertaban a empalar con su mano buena y hasta había quien incorporaba desde el tenis la funesta costumbre de golpear al revés.

No era el caso de nuestros Daniel y Juan Pablo. Cuando ni el oro olímpico ni la Copa del Rey ni los Campeonatos del Mundo podían siquiera asomarse a su imaginación, ya se ejercitaban en el noble oficio de enviar pelotazos al rebote con ambas manos. Como decía Daniel, “lo bueno de la pelota es que siempre tendrás los dos brazos igual de fuertes”. Juan Pablo añadía a su capacidad como pelotari un aplaudido virtuosismo para recuperar las pelotas que morían en la red de rejilla que coronaba el frontón. Los García Jiménez coincidían también en su habilidad para aprovechar cada momento en que quedase vacante el frontón y colocarse allá con sus palas. Cualquier excusa era válida: desde el intervalo que mediaba entre el arriendo de frontón de hora en hora, hasta esos minutos que los pelotaris perdían en prepararse o los ratos en que, con la pelota calada, los jugadores marchaban de excursión en su búsqueda. Daniel y Juan Pablo, que rondaban por el frontón pala al hombro, avanzaban en su aprendizaje en esos momentos de vacío pelotazale que llevaban al paroxismo cuando veían que el recinto se adjudicaba a lamentables pelotaris, incapaces de enviar la pelota más allá del cuadro cinco. En estas ocasiones, los hermanos se apoderaban del rebote y jugaban allí seguros de que los verdaderos ocupantes del frontón nunca les molestarían. Al revés, a los arrendatarios sí les molestaba esta insolencia adolescente, pero todos sus argumentos para mover de su territorio a los dos mozos se estrellaban contra la certeza de que el frontón, en justicia, debía ser para el mejor. Y los mejores eran Daniel y Juan Pablo.

Porque todos los que nos protegíamos del sol bajo el emparrado, junto al ancho, sabíamos ya -quizá lo supimos siempre- que asistíamos a la forja de dos campeones. Aunque los ídolos de entonces fuesen Pitín con su muñeca prodigiosa, Jorcano -que vivía a media pensión en el rebote- Sacristán y su ’meyba” color salmón o el propio padre de las criaturas, Daniel García Villanueva, que entendía el frontón como una continuación de la medicina. Aunque el ídolo de entonces fuese el gran Quemada, todos nos empezamos a rendir a la evidencia en cuanto a los pequeños hermanos, tras algún exitoso coqueteo con el tenis vía materna, se hicieron fuertes en el frontón. Con aquellas pelotitas negras -las de punto rojo eran las mejores- y aquellas palas hoy pasadas de moda, Daniel y Juan Pablo galvanizaron la pelota en Cantabria en un curioso proceso de retroalimentación: mientras ellos creaban afición, la afición creaba dos campeones de quienes enorgullecerse.

Por eso no olvidamos que en aquel destartalado frontón que, incluso tenía sexo, nació una pareja para la gloria. Y tampoco olvidamos que buena parte de la culpa la tuvo Emiliano, el dueño del bar.

P.D. Sobre Cantabria y sus piscinas escribieron al alimón Bernardo Sánchez y José Ignacio Foronda en un libro titulado ‘La ciudad en el ombligo’. (Logroño, 2004). Es un volumen editado por Pepitas de Calabaza que os recomiendo. Creo que su artículo llevaba el hermoso título de ‘Sociedad recreativa’.

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Los bares difuntos (Bares dedicados IX)
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Jorge Alacid | 08-03-2013 | 8:56| 0

Bar Pachuca, según una hermosa foto de Justo Rodríguez

Publiqué este artículo en Diario LA RIOJA hace cuatro años. Se titulaba ‘Los bares difuntos’ y compruebo ahora que ya se ocupaba de divagar en torno a algunos de los protagonistas de este blog, los bares que fueron y ya no son. En concreto, cuatro que tejen una ruta por el corazón de Logroño, que es también un poco el nuestro. Recítese como un mantra: Pachuca, Paulino, Capri, Turismo. Allí va, dedicado a una amable corresponsal que me preguntaba hace días precisamente por el Capri.

1.- Qué emoción descender por Marqués de Vallejo y tropezar con el ‘Pachuca’, bar de nombre improbable, cuya angostura garantizaba llenos apoteósicos a poco que su clientela creciera hasta alcanzar la docena de parroquianos ahítos de sus famosos rebozados. Hoy es uno de tantos bares fantasma, que al menos conserva para delicia de sus antiguos devotos el rótulo tal y como estaba cuando se extinguió. El tiempo le ha tratado bien; a diferencia de otros bares transformados en inmobiliarias, agencias de viaje o sucursales bancarias, este
minúsculo local de Marqués de Vallejo ha logrado preservar su alma esencial. No sólo sobrevive su bella tipografía, sino que la fachada también va ignorando el paso de los años. Resiste el alicatado y milagrosamente resiste el cristal de la puerta, a prueba de gamberros. Echar un vistazo a su oscuro interior es como bucear hacia el pasado: allí vemos la barra breve,
que también sobrevive, mientras se escucha a gritos un sordo rumor: ‘Pachuca, ábrete’.

2.-  Otro bar difunto, modelo resurrecto: cuántas reencarnaciones deben soportar algunos garitos hasta quedar del todo desnaturalizados, de modo que sus asiduos dejan de reconocerse entre estas cuatro paredes que un día fueron suyas. El ‘Paulino’, hermoso bar de intrincada geografía, se asomaba a la Gran Vía desde Queipo de Llano (hoy Gil de Gárate) con un aire muy madrileño: quiere decirse que su dueño acreditaba cierta vocación de estilo, expresada en una decoración más bizarra de lo común, vagamente emparentada con el Chicote capitalino y sucedáneos. Ha sufrido una reconversión tras otra; desfigurado, a sus puertas sin embargo algún alma piadosa todavía cree escuchar la famosa frase: ‘Paulino, levántante y anda’.

3.- Contra la fuente del Trevi se recortó durante años la silueta del ‘Capri’, otro bar periclitado, a mayor gloria del urbanismo local y su gusto por los pastiches. Llegaba uno imantado por la poderosa atracción que ejercía su cristalera con vistas a la curva donde agoniza avenida de Portugal y era obsequiado por un camarero muy atento, servicial pero nunca pesado, que se acodaba en silencio en un extremo de la barra, como un cliente más. La estrecha puerta del bar conducía a un espacio bastante inhóspito, donde nunca hizo calor, de modo que su oculto encanto debía esconderse en la cálida frialdad con que se despachaba a la clientela. Una tarde supimos que no habría próxima vez: el ‘Capri’ iba a escuchar el ‘gori gori’. Algunos
hubiéramos elegido otra canción: ‘Capri, c´est fini’.

Posdata. Según el protocolo generacional de los 70, te hacías mayor cuando en la barra del ‘Turismo’ te atrevías a pedir un tinto con paracaídas. Evitabas a la meretriz de guardia en la entrada, ingresabas en territorio lumpen y el camarero te regalaba un gruñido. Finalmente, el bar recibió la visita de la piqueta, pero no debería olvidarse su condición de pionero; después del ‘Turismo’, nada fue igual en la calle Sagasta, donde demasiadas noches se corea el conocido himno: ‘Ni es claro ni es tinto, es calimocho‘.

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El aperitivo no estaba muerto
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Jorge Alacid | 05-03-2013 | 10:58| 0

Pachuquito o pelayito: la tapa gloriosa reaparecida.

Mis disculpas. En una de mis primeras entradas me apresuré a certificar la defunción del aperitivo dominical y ahora compruebo que no: que me precipité. Lo que había desaparecido era en realidad su versión masiva, aquellos vermús multitudinarios cuyo recuerdo comprobé que compartía al menos un par de generaciones de logroñeses. Recientes exploraciones me permiten concluir que tan civilizada costumbre se mantiene hoy en algún rincón de nuestra ciudad. Por no hablar de la provincia: el vermú en cualquier municipio riojano conserva incluso su añejo aire religioso, que exige una feligresía ávida de su ingesta, como si fuera el mandamiento número once.

En Logroño se impone sin embargo ir por partes, como le gustaba al amigo Jack. El puro centro sigue siendo un desierto, excepción hecha del entorno de avenida de Portugal, muy frecuentado por reputados (con perdón) miembros de esta casa que nos aloja y dotado de mayor atractivo en cuanto reabra el Malasaña según manda la tradición de los camareros fotógrafos. Me consta porque exploré esa ruta personalmente que alrededor de República Argentina se forma un ambiente con bastante bullicio, porque incluye los legendarios tigres del Cinco Pesos y porque se nutre de las huestes diseminadas por Menéndez Pelayo, Huesca y Somosierra, incluido el bar del parque Gallarza. Precisamente en esta ruta dominical tropecé con una emocionante reaparición: la del ‘pachuquito’, tapa incluida dentro de la primera entrada de este blog. Un gentil corresponsal me había advertido de que en un establecimiento de Menéndez Pelayo, defendida su barra por un antiguo camarero del difunto Pachuca de Marqués de Vallejo, se despachaba todavía aquel glorioso pincho (huevo cocido rebozado con jamón y queso) y allí acudí a comprobarlo: en efecto, como atestigua la foto, ante mis ojos brotó el misterioso bocado, que me zampé con gran placer. Como si fuera la magdalena de Proust. Por cierto, el bar (y los bares vecinos) estaba lleno. Y por cierto: como el bar se llama Pelayo, su dueño tuvo la humorada de rebautizarlo ante mí como ‘pelayito’.

Por el contrario continúa vacío el otrora glorioso ‘tontódromo’ y continúa por razones que tienen que ver más con la sociología que con la hostelería: Logroño, ay, no es lo que era. Ha mudado su piel, vaya usted a saber si para mejorar. Me lo alertaba en este blog Paz Villar: el domingo nos pilla ahora alertagados, poco dispuestos a otra cosa que no sea pasear al perro, ir a por el pan y el periódico y volver a casa. Los más intrépidos honran esa institución tan riojana llamada segunda residencia y pare usted de contar porque ya me salen las cuentas: sólo se animan al aperitivo los más adictos de entre nosotros, solo los más comodones, aquellos que se apuntan a la ronda a cambio de que les caiga cerca de casa. De hecho, hay quien sale a tomar el vermú en chándal, hábito que aprovechamos a denunciar desde este púlpito: si se toma en chándal, eso ni es vermú ni es nada.

P.D. Gracias a un artículo en elpais de Mikel Iturriaga y Mónica Escudero, me acabo de enterar de unos cuantos secretos en torno al vermú. Una palabra de origen alemán (y yo que pensaba que venía de Italia, como el Martini) que distingue a una bebida con raíces en la Grecia clásica, introducida en España en el siglo XIX, cuya notoriedad social es todavía más reciente: tengo para mí que su repercusión se alcanza en la época el desarrollismo, vinculada a una emergente clase media que ya se podía permitir algún lujo (véase la familia Alcántara). Y con el vermú llegó la moda de incorporar una tapa para el aperitivo: así nacieron la bomba de la Cova Fumada barcelonesa, las bravas así bautizadas en Casa Pellizco de Madrid o mi favorita: la entrañable gilda, alumbrada en Casa Vallés de San Sebastián.

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