La Rioja
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Autor: Jorge Alacid
Dos paredes (Bares dedicados II)
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Jorge Alacid | 23-11-2012 | 9:21| 0

La voz emparedado ha hecho carrera en España, luego de castellanizar el original (sándwich) con bastante ingenio. Porque, en efecto, este pincho tan clásico de los bares patrios, ¿qué otra cosa es sino un bocado cuyo interior resguardan dos paredes de mullido pan de molde? Se trata, por otro lado, del bocadillo de toda la vida, aunque puesto al día con un nuevo aire anglosajón. El emparedado revisa eso de colocar embutido o queso entre pan y pan: resulta que también cabe desde una humilde hoja de lechuga a un sencillo trozo de tomate. Al mismo tiempo, resuelve de modo funcional y barato ese bocado rápido que tantas veces exige nuestro estómago.

Es obvio que el emparedado debe mucho al éxito que entre nosotros alcanzó la marca Bimbo. Su popularidad se extendió allá por los años 60, porque contaba con un factor que lo hacía preferible al pan clásico: se mantenía fresco unos cuantos días más. De modo que el sector de la hostelería tomó nota y se lanzó a experimentar, así en el resto del país como en La Rioja. Paz Villar, a quien debo la idea de esta entrada, me recordaba hace unas semanas los que ella tomaba de cría en el fenecido Danubio, lo cual me recordó el tiempo en que fuimos víctimas del debate que de mocete nos planteaban, al modo de las dos Españas, dos bares del Tontódromo: Torcuato y Cibeles. Hubo que elegir y yo me decanté por el último, que se ofrecía como era usual en dos gustos: de tomate o de lechuga.


En aquel Logroño (últimos 70/primeros 80), hubo no obstante una tercera vía, que también me mencionaba Paz Villar: los emparedados del Beti, la castiza barra de Juan XXIII . Para mí, los mejores. Aunque como reconocía arriba fui más bien adicto a Cibeles, no lo hacía tanto atraído por sus emparedados como imantado por su clientela (sector femenino). Porque cuando quería regalarme un bocado de calidad, un emparedado que no se parecía a ningún otro, recurría al Beti. Mediaba también una razón estética: en vez de partir el Bimbo en diagonal, en el Beti lo hacían longitudinalmente. Aquel rectángulo constituía la cena más habitual de los feligreses del Diana: uno salía del cine e incluso en sus peores tiempos, cuando era evidente que el bar languidecía, de su cocina seguía saliendo esa suculenta mercancía que a mí me resultaba… No sé, poco logroñesa.

Sí, el emparedado del Beti me recordaba los que probaba en la catedral del emparedado, el madrileño Rodilla, cuyas franquicias conquistan hoy múltiples rincones de la capital del Reino diversificando su oferta, cierto, pero manteniéndose fiel al producto que les dio fama. Todavía ignoro a qué se debía mi devoción por el emparedado del Beti. Toño del Río, compañero en esta casa que comparte la misma añoranza, define aquel emparedado con una palabra: “Espectacular”. A su juicio, el secreto del emparedado residía en tres elementos: unas anchoas “sensacionales”, una mayonesa “también sensacional” y, sobre todo, “que el pan, aunque de molde, era hecho en panadería”.

P.D. El emparedado hoy, me parece, está en crisis. Otros bocados más elaborados y sugestivos pueblan los bares de Logroño; apenas resiste en alguna barra que se mantiene fiel a tan popular producto, como si a nuestros hosteleros les avergonzara ofrecer algo que estuvo de moda hace demasiado tiempo, cuando era común taparlos con una servilleta o un trapo humedecidos. Yo sospecho que si alguien se animara hoy a lanzar una oferta de emparedados según las viejas leyes, aunque adaptando su formato a las nuevas exigencias del consumidor, arrasaría. Intuición que hago extensible a su derivada, los célebres vegetales a la plancha que tanto éxito cosecharon en otra época y que ahora me permiten despedirme recordando los que preparaba Ángel Martín Vítores en el México de Vara de Rey. Que tantas noches fueron mi cena.

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Lo más Moderno
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Jorge Alacid | 19-11-2012 | 10:55| 0

El elenco de 'Calle Mayor', a las puertas del Moderno
Manda la tradición que junto a la sede de cualquier periódico se aloje un bar. Por ejemplo, el decano de la prensa regional, el más que centenario Diario LA RIOJA, ha quedado asociado en la memoria ciudadana con el emplazamiento donde todavía lo recuerdan los más veteranos logroñeses: puesto que sentó sus reales en Martínez Zaporta, puede concluirse que la barra que acogería con mayor frecuencia y cariño a sus redactores sería la del Moderno. Eduardo Gómez, perito en bares y doctor en periodismo por la universidad de la calle, lo confirma, aunque agrega: “También se iba mucho al Tigre y al Negresco”.

Para mí, sin embargo, la barra del Moderno es otra cosa: el eslabón que conducía desde la cercana Laurel hacia la Mayor, en la época en que esta última calle aún no había sido abducida por las legiones juveniles. Un semiclandestino pasadizo facilitaba el tránsito entre los dos ventrículos de este corazón tan logroñés, de modo que uno muy bien podía acceder al Moderno por la puerta central (junto al teatro, hoy multicines) y ausentarse por la que conducía hacia la Mayor, donde emergía a la altura del restaurante La Bombilla: ese mismo espacio hoy ganado para la casa mayor (al final de la barra, a mano derecha).

Pero antes de despedirse por una puerta u otra, la clientela detenía su trayecto en la alborotada barra, siempre muy rica en público de toda condición (con preeminencia del más castizo) para ingerir algunos de los vinos que en aquella época garantizaban por apenas un duro un labio ribeteado en negro, como si sus parroquianos fuéramos pioneros de la moda neogótica. Era un vinillo servido en vaso que ayudaba en la ingesta del pincho estrella: sus bocadillos de calamares, que no consigo olvidar. Reforzaban el estómago con tanta maña como el Omeoprazol y eran bastante más sabrosos. Y baratos: calculo que engullí los primeros bocatas por apenas 15 calas de la época (primeros 80), lo cual bastó para imantarme a su barra durante unos cuantos siglos más.

Su encanto, sin embargo, su singular encanto residía en que uno podía imaginar allí, refugiado en su rico maderamen, que estaba en el único café que permitía comparar a Logroño con ciudades gemelas que sí cuentan con establecimientos parecidos. El Iruña de Pamplona o el Novelty de Salamanca: veteranos abrevaderos fundados cuando se inició la civilizada costumbre de pasar el día en los cafés, alargando la hora de regresar a casa, picoteando de una tertulia a otra. El Moderno daba ese tipo: cuando estrenaron ‘La Colmena’, la novela de Cela llevada al cine por Mario Camus en 1982, pensé que así podría ser el Moderno. Mejor dicho: así debería haber sido, pero Logroño, ya se sabe… Antes que la tertulia, por aquí preferimos la ingesta a pie de barra, el tinto rápido y fulminante cuya rápida degustación nos permite lanzarnos raudos a por el bar siguiente.



Hoy, cuando regreso sobre mis pasos y me sumerjo en la hospitalidad de la familia Moracia o mientras saludo a los conocidos a quienes encuentro aquí acodados. Mientras contemplo desfilar a las nuevas promociones de logroñeses ganados para la causa a los sones de ‘Fibra de pájaro’, el himno que atruena a medianoche los fines de semana… Mientras todo eso sucede, vuelve a obrarse el milagro: me veo a mí mismo engullendo el rico bocadillo de calamares que tanto añoro. Veo también abandonando el Moderno al elenco de ‘Calle Mayor’, con Manolito Alexandre al frente en una de las más conseguidas escenas de la película. Y veo, sobre todo, la magia del tiempo detenido: lo que ocurre cuando eres de verdad moderno.

P.D. He invitado a Eduardo Gómez a que escriba unas líneas recordando aquella relación entre periodismo y hostelería, alrededor de Martínez Zaporta. Esto nos cuenta: “Cuando la redacción y los talleres de Nueva Rioja se encontraban el edificio que daba a la plaza de Martínez Zaporta 7 y a la calle Mayor, se vivía un animado entorno del que disfrutaban periodistas y empleados. A unos metros estaba el bar Negresco, donde se respiraba un gran ambiente deportivo que solucionaba algunos problemas que surgían en la sección de deportes de la redacción, que dirigía entonces Norberto Santarén. Cerca, en el inicio de Carnicerías, se encontraba el bar Victoria que también visitaban los redactores cuando hacían un receso. Enfrente de este bar estaba una magnífica tienda de comestibles de Rosi Bellido que junto a la de Bastida, que estaba justo debajo del despacho del director del periódico, solucionaban cualquier necesidad culinaria. Y frente a la entrada de los talleres, en la calle Mayor, estaba el bar Tigre, que también aprovisionaba a linotipistas y empleados cuando necesitaban apagar la sed”.

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Lo que hay que echarle
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Jorge Alacid | 09-11-2012 | 11:38| 0

Huevos. Lo que hay que echarle son huevos. Batirlos bien, mezclarlos con la rica patata de la tierra y darle el toque personal, el detalle secreto que garantice que esta tortilla que ve usted en nuestra barra es única, es exquisita. No tiene rival. El pincho español por antonomasia siempre será la tortilla de patata, ese plato donde se une el alma de una nación que reconvirtió a su aire un plato traído de la vecina Galia: los españoles le echamos más huevos y, sobre todo, patatas, hasta hacer nuestra la omelette francesa. De paso, abrimos uno de esos debates que nos dividen a los celtíberos según nuestra mejor tradición cainita: a ver quién le echa más huevos. Es decir, qué tortilla es la mejor.

Pues de acuerdo: le echaremos huevos. O sea, que habrá que mojarse. Quien suscribe profesaba veneración por la que despachaba el Oslo de Doctores Castroviejo, prima hermana del Porto Novo antes de que el bar de Ciriaco Garrido se transformara en Vecchio. Hoy, en cualquiera de sus exitosas encarnaciones, Porto Vecchio garantiza un producto sabroso y muy bien presentado, que en su formato para llevar a casa nos ahorra de paso meternos en la cocina.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, cuando de tortillas se trata yo suelo encaminar mis pasos hacia el viejo Logroño. Allí sienta sus reales desde no hace tanto el entrañable Tahití de República Argentina, cuya tortilla tiene bien ganada su fama en forma de premios como los recogidos en San Sebastián durante su festival gastronómico y en forma de elogios de su clientela, que ha emigrado hasta la calle Laurel en demanda de sus celebrados fogones. Muy cerca se aloja otra de mis favoritas: la del Sebas.

Yo mantengo un cariño antiguo hacia el Sebas por variadas razones. La primera, el propio Sebas, a quien recuerdo defendiendo la barra de la calle Albornoz… y escapándose en cuanto podía con su cuadrilla para la ronda diaria por los bares vecinos. Era un síndrome que sufrían unos cuantos hosteleros de su generación: parecían estar más a gusto al otro lado de la barra, compartiendo vinos, risas y chácharas con los amigos. Del Sebas también me tiene enamorado su ascensor: ese ingenioso montacargas que despacha las mercancías desde el enigmático piso de arriba. Y del Sebas me encanta su interminable carta de vinos, formidable panoplia donde se alojan los de toda la vida (viva Murmurón…) y los recién llegados, los indígenas (que son mayoría) y los foráneos, que no solo de Rioja viven nuestros paladares. Y, por fin, del Sebas destaco su tortilla, con o sin (picante), en esta ruta que ahora me lleva hasta la calle San Juan.
Las dueñas de La Travesía, foto de Juan Marín
Mejor dicho, a su travesía. Allí se alojaba el Mere, que tanto bien hizo por nuestros estómagos adolescentes. Pero en esta España de las dos tortillas, en este país donde uno debe decidir entre Joselito y Belmonte y por lo tanto comprometerse y significarse, yo confieso: mi predilecta se despacha en el bar Ignacio. Quiero decir que se despachaba, porque el Ignacio desapareció, aunque no su secreto, que supo legar a quienes lo regentan desde su jubilación, convertido en La Travesía (cuyas responsables aparecen en la foto, cortesía de Juan Marín). De natural jugosa, con el huevo no demasiado hecho y la patata un poco bailando, en el camino hacia la deconstrucción que tan feliz haría al señor Adriá. Es mi favorita aunque creo que también por un componente sentimental, tipo Proust: como para el escritor francés las magdalenas, para mí esta tortilla representa el regreso al edén de la adolescencia. Porque hasta esa barra peregrinaba los domingos a la salida de Las Gaunas, cuando solo había un Logroñés, para reconfortarme con su suculento pincho, que hoy me sigue sabiendo a la grada de General, al marcador simultáneo Dardo. A Belaza, Lavernia y Amantegui. A patata y a huevos. Muchos huevos.

P.D. larioja.com, el portal que alberga estas líneas, organizó este año un concurso para determinar cuál es la mejor tortilla de La Rioja. Vano intento, pero meritorio. Vano, porque en cuestión de gustos, ya se sabe… Nada está escrito. Meritorio, porque al menos nos permite descubrir unos cuantos bares que merecen una visita. Menciono aquí a los ganadores, ambos de Logroño: Bar Mirvi (Obispo Fidel García, 4), en la categoría tradicional, y Robusta (Doctor Múgica, 2), en la categoría de con… Que en su caso se traduce en con… pimiento y cebolla.

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Bares dedicados (I)
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Jorge Alacid | 07-11-2012 | 9:16| 0

Una imagen de la desaparecida Chocolatería Moreno. La foto es de Juan Marín

Por invitación de una seguidora de este blog, inauguro una sección con aroma a radio, aquella mítica sección de la postguerra de canciones dedicadas. En este caso, bares dedicados. Así que para Noemí, aquí tiene lo que pedía. Una entrada para recordar a la desaparecida Chocolatería Moreno; es un artículo que publiqué en Diario LA RIOJA en febrero del 2008 y que ahora recupero. Se titulaba ‘Chocolate feliz’.

Seguro que usted ha sido uno de ellos. Uno de tantos padres que cierta vez acudió a alguno de esos antros llamados chiquipark porque una de sus criaturas soplaba las velas que tocaran ese día y le habían organizado una fiestecita. Sí, seguro que usted también se ha resignado a aburrirse mientras la chavalería disfrutaba sudando en la pista de bolas y ha comprobado la escasa atención que la grey infantil prestaba a la merienda. Habrá regresado a casa después de hacer fila para secarle el pelo a su cachorro y cierta tarde se habrá tropezado con un rastro de globos recién inflados que en la carretera de Soria anunciaba algún cumpleaños infantil.
¿Cuándo empezó esta moda? ¿Quién la impuso? ¿Cuántos cafés llevo esperando a que acabe el dichoso guateque del crío? Las preguntas surgen espontáneas, pero, salvo para la tercera (calculo que voy por el tercero), apenas encuentro respuestas. Sospecho que se trata de una concesión más en este camino sin retorno que exige para estos querubines una infancia feliz y desahogada, sin sobresaltos, que incluya cada semana una fiesta. Cómo consentir que nuestros retoños tengan que conformarse con el humilde chocolate con churros, aquel clásico que embadurnó nuestra mocedad, y se les prive de payasos, magos y globos. Sobre todo, que no falten los globos.
Abandono. Me marcho a Moreno, la chocolatería que resiste el ataque de la modernidad desde su atalaya en la calle del Peso, entrañable rincón donde la formica aún impone su ley y una oleada de nostalgia invade su impagable vitrina, sus churros que siguen sabiendo milagrosamente a churros, los precios que ignoran los estropicios que el euro (y la codicia de algún hostelero) causaron a nuestros bolsillos. Uno iba a Moreno con cada cumpleaños, recibía el pescozón de rigor por mancharse el jersey de chocolate y volvía a casa: la fiesta había terminado. En eso consistía. En realidad, no había mucho donde escoger. Tu capacidad de elección se limitaba a optar por Moreno, esa deliciosa merienda en el subsuelo logroñés, o decantarte por Reyga, palacio de los cumpleaños, aunque sólo fuera por el colosal espacio que ocupaba en Víctor Pradera, una bajera siempre mal iluminada de donde nacía ese olor a galleta que acompañó alguna infancia. Había otras posibilidades: la misteriosa chocolatería de República Argentina, estrecha como el talle de Carla Bruni, o esa tercera vía que llevó el nombre de Manolo Iturbe, genial pastelero que oficiaba desde el obrador de Vara de Rey, aunque lo exiguo de su confitería aconsejase acudir a Moreno en cuanto el número de invitados superaba la media docena.

Sí, volvamos a Moreno, que son medio parientes: su anciano chucho, al que supongo ya desaparecido, cortejó un tiempo a mi perrita, pero aquel romance no cuajó, tal vez por la diferencia de edad. Volvamos a Moreno, donde descubriste lo feliz que puedes ser cuando mojas el churro.

P.D. Si alguien tiene interés en convertirse en la segunda entrada de esta sección; es decir, si le apetece que recordemos aquí algún otro garito, no tiene más que pedirlo. Como una folclórica más, uno se debe a su público

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Qué lugares
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Jorge Alacid | 05-11-2012 | 11:44| 0

Una imagen del bar Pachuca de Logroño, firmada por Justo Rodríguez

 

Siempre que desciendo por Marqués de Vallejo acabo dedicando alguna miradita al difunto bar Pachuca, cerrado desde hace décadas… aunque ahí sigue. En pie. De momento. Ocupando el mismo espacio que cuando funcionaba, con su hermoso rótulo adornando el acceso que franquearíamos si la puerta decorada por teselas multicolores no se empeñara en mantenerse cerrada. Y automáticamente, movido por un extraño mecanismo mental, a cada mirada que le dirijo le sigue una cavilación, un deseo que nunca se hará realidad: si un día la fortuna me convirtiera en millonario y quisiera concederme un capricho. Si en tal caso me volviera majareta y me diera por abrir un bar en Logroño, ese bar sería el Pachuca.
Ignoro qué extraño magnetismo oculta su barra desaparecida.

Tal vez sea solo un símbolo, porque siempre he mantenido que el alma auténtica de una ciudad española, el espíritu secreto de eso que llaman capital de provincias (Logroño, por ejemplo) suele encontrarse en este tipo de establecimientos. En sus bares. En sus bares, sus cafés, sus cafeterías y sus garitos de cualquier condición. Porque eso de beber hermana mucho a la ciudadanía. Hermana tanto que me pareció posible encontrar algún eco al otro lado de esta pantalla cuando se me ocurrió la aventura que aquí se inicia, un blog donde se irá explorando el mapa de los bares logroñeses, sin que deba descartarse alguna incursión fuera de las fronteras de la ciudad.

Y para recalcar esa idea de hermanamiento ciudadano con que hoy surge Logroño en sus bares, se admiten sugerencias. Desde luego, serán bienvenidos los comentarios, las dudas y hasta los reproches. Se considerarán sospechosas las alabanzas (si es que aparecen) y se intentará no conceder demasiada trascendencia a las palabras con que dibujemos este itinerario sentimental que para algunos de nosotros, para unos cuantos logroñeses, significa la historia de nuestros bares.

P.D. Aunque las fuentes consultadas no se ponen de acuerdo, y puesto que sólo de muy crío recuerdo haberme acodado en la barra del Pachuca en compañía de mis padres, el relato más plausible de su biografía que he logrado trazar es el siguiente, gentileza de un amable informador que prefiere permanecer en el anonimato. El Pachuca, según me cuenta, fue un bar montado por un sevillano llamado Ricardo, acrisolado hincha del Betis. Logroño acababa de inaugurar la década de los 60 cuando tropezó con este bar que anunciaba ya el desarrollismo en su sorprendente barra. Sorprendente, por la variedad y atractivos de sus pinchos. El más popular, bautizado ‘pachuquito’, consistía en huevo cocido y rebozado con jamón y queso. Pero había más ejemplos de gastronomía camp: canapés de queso roquefort, una tortilla de patata al parecer sabrosísima y la tapa estrella, los langostinos cocidos y sumergidos en mayonesa. Semejante festín duró hasta los años 80, cuando cerró luego de algún adiós provisional. Y así sigue, difunto y clausurado: esperando a ver si  algún valiente se anima.

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