La Rioja

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Miscelánea de tragos: Logroño, Madrid, Amberes

El verano empieza a perfumar nuestra vida y al igual que obramos en nuestros quehaceres cotidianos, cuando sacamos la ropa de temporada y retiramos la antigua, me ha parecido pertinente agrupar en esta entrada una serie de impresiones que por sí solas no justifican un artículo pero que sí lo merecen agrupadas bajo el concepto de miscelánea, con un toque esencialmente madrileño puesto que por el foro anduve hace unos días y traigo información más o menos fresca.

Así que mientras me cruzaba por Madrid con caballeros en pantaloneta, ninfas en short y mosqueteros con palo selfi intentando sacarte un ojo. Mientras regateaba perros cagando, perros solitarios, perros por parejas, perros en grupo, mierdas de perro, perros con bozal y perros sin bozal y hasta perros en bolsa (puesto que hacía calor y su dueña evitaba el consecuente sofoco). Mientras comprobaba que hay ciudades incluso en España donde (milagro) ¡¡¡los ciclistas no circulan por las aceras!!! tuve tiempo de hacer aquello que mejor se me da: irme de bares. Aquí va un apresurado resumen.

 

Madrid Eat

 

Madrid te come

Antes, en los años 80, Madrid te mataba y ahora te come, puesto que el bocado es tendencia y al grito de si los clientes no van a los bares, los bares irán a por sus clientes incluso en furgoneta, cada tercer fin de semana del mes se reúnen alrededor de la Torre Picasso una serie de locos con sus divertidos cacharros: a bordo viaja una mercancía hostelera que ya mereció aquí una entrada en exclusiva, una vez detectado que se trata de una corriente al alza. La experiencia es muy recomendable: perfecta organización, no demasiado barullo, oferta culinaria muy variada, tarifas sensatas (cinco euros un estupendo bocata calamarares, por ejemplo) y tragos de cualquier rincón del mundo a disposición del curioso. En junio concluyeron su ronda anual: Madrid Eat (que así se llamaba el invento: pronúnciese Madrit) vuelve después del verano.

Por San Quintín

De tienda de ultramarinos a bar trendy: San Quintín, en la madrileña calle Jorge Juan (cerca del célebre callejón), es una acabada muestra de ese tipo de garitos multifunción que han desembarcado en nuestras vidas como parroquianos. Lo mismo para el vermú que para la copa nocturna o el café de media tarde, el negocio (propiedad del mismo grupo que defiende con éxito otros locales como el Ten con Ten) dispensa estupendos bocados para el aperitivo, sirve también almuerzos desenfadados así en mesas bajas como en las altas que rodean la barra y mezcla en su carta con mucho desparpajo platos de la cocina italiana mezclados con la mejor tradición gastronómica… asturiana, cuya cúspide se llama (nada menos) pizza de pitu de caleya. Nada menos. Por cierto, dispone de una excelente carta de vinos. De vinos de Rioja. Y como es habitual en los Madriles, tiran la caña con mucho estilo.

 

Bar Cabrón, en Amberes. Foto de Miguel Martínez Nafarrate.

 

Bares de otros mundos

Por Flandes anduvo de bares el compañero de esta casa Miguel Martínez Nafarrate y de allí me trae este regalito, ganador hasta ahora de aquel pasatiempo convocado en este blog para premiar al bar con el nombre más raro. Raro por divertido. En este caso, raro y faltón. Ignoramos ambos las razones que movieron a sus dueños a bautizarle con semejante nomenclatura, pero ahí tiene el improbable lector un bar con mucha clase, alojado en Amberes. También ignoramos qué se pretendía con tal nombre: si apelar con semejante denominación a sus potenciales clientes o (tal vez) referirse al propio promotor del negocio.

Bares de este mundo

Vuelve el Perchas. Y se supone que sus orejitas, aunque habrá que aguardar hasta agosto para comprobarlo, porque será cuando el castizo local de la calle Laurel funcione otra vez. También será entonces cuando conozcamos si los nuevos dueños mantienen la fórmula mágica de rebozado que tanta fama le dio. Será también la hora de corroborar si preservan la decoración fetén y bizarra, incluyendo los banderines del Atlético de Madrid. Mientras tanto, los fanáticos de este bocado tienen una estupenda alternativa en la cercana Taberna de Baco: sus orejas no desmerecen las fenecidas (momentáneamente) del mentado Perchas.

 

Bar art decó

 

P.D. Pongamos que volvemos a Madrid. Lo aviso para quien quiera pasar un maravilloso rato deambulando por las salas de la Fundación March en la calle Castelló, que albergan hasta este domingo una inmejorable travesía alrededor del art decó, así que tiene que darse prisa.  Viene a cuento de este blog esta sugerencia porque entre las piezas se incluye la imagen situada sobre estas líneas: se titula ‘Bar en casa del señor Coste’ y se trata de una obra de Jean-Marie Rothschild: un breve apunte de lápiz, carboncillo, gouaché y barniz sobre papel donde observamos en efecto el atildado garito de que el citado Monsieur Coste disponía en su domicilio. Un bar para él solo, solito en su casita. Un capricho que merecerá una entrada en exclusiva atendiendo el consejo que me traslada una gentil dama, seguidora de este blog, sobre esos bares que ni siquiera exigen salir de casa.

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El cono de Logroño

La Veneciana de Marqués de Vallejo

 

Llegaba de veraneo mi abuela Emilia, dejaba las maletas en casa y nos conminaba: “Vamos a tomar un mantecado”. Esa palabra me encantaba: mantecado. Así denominaba mi abuela a los helados, a todos los helados, en aquel tiempo en que apenas se podía elegir entre dos o tres sabores: el de mantecado, en efecto, limón, chocolate… Poco más. De modo que peregrinábamos raudos hasta La Veneciana y por el camino nos íbamos preguntando qué clase de helados eran aquellos que para alguien como mi abuela, vecina de Barcelona nada menos, representaban el paraíso. ¿En Logroño se despachaban unos helados de los que carecía la llamada Ciudad Condal? La respuesta surgía espontánea mientras los saboreábamos: aunque fueran de Logroño, aquellos eran unos helados fetén. Inigualables.

Con el paso del tiempo, La Veneciana de Marqués de Vallejo se ha instalado en mi corazón por razones que ahora no vienen a cuento, pero es que en realidad siempre estuvo ahí, en la región donde habita la historia sentimental de quien esto escribe. Por sus helados, por supuesto, pero también por ese célebre luminoso de discreta elegancia, el más famoso cono de Logroño que sigue saludando al paseante cuando llega desde El Espolón y tropieza con mi vista ciudadana preferida, La Redonda al fondo. Ese rótulo, la acerca festoneada por los chicles que la clientela lanzaba al suelo para atacar el codiciado cucurucho de insuperable barquillo, el helado regalándose y embadurnándote mientras te lo zampabas… Todo esto pertenece al equipaje emocional de tantos y tantos logroñeses, educados en la religión única de La Veneciana hasta que llegó Isago a Vara de Rey: hasta que la propia casa matriz se desplegó por el resto de la ciudad, hasta este momento actual en que la devoción que algunos sentimos por ese bocado frío que nos sigue sabiendo a verano ya dispone en Logroño de otros destinos.

No serán lo mismo, claro. No serán los helados de nuestra infancia, aunque el día en que me pareció oportuno saludar la llegada del verano con una entrada dedicada al helado pensé antes si una heladería se puede considerar como un bar. Me contesté a mí mismo que sí: que tomarse un helado en La Veneciana o en cualquier otra heladería representa un ejercicio de sincera fe en el modelo hostelero, porque este sector de la alimentación en frío dispensa también otros productos (desde café a chocolate con churros, pasando por el granizado) y porque el helado, que solemos devorar mientras vamos caminando, también admite ser degustado en el interior de cada establecimiento.

Aunque no de todos, cierto: la tendencia actual, frente a lo habitual antaño, pasa por pedir el helado favorito, abonar la consumición y, luego de optar entre cucurucho o tarrina, irse con el bocado a otra parte. La heladería de siempre, por el contrario, garantizaba un ancho espacio en el local para la degustación calmada, lo cual ocurre aún en algún establecimiento de Logroño así como en esas heladerías que sobreviven lejos de nosotros. Porque el fino catador de helados habrá observado que tal cosa sucede en la monumental Giolitti, catedral del helado: ubicada en el corazón de Roma, junto al Panteón, despacha su oferta con ejemplar generosidad y la tarifa a precios por cierto muy ajustados. Otro tanto ocurre en la también muy antigua Nossi Bé, céntrica heladería bilbaína que lleva funcionando junto al puente del Arenal desde 1911, cuando se fundó como tostadero de café. Hoy ofrece cosas tan raras como helados de chipirón o de bacalao al pil pil, según la costumbre que han ido adoptando otros maestros como el calahorrano Sirvent (gloria a su destreza heladera) o el extraordinario maestro logroñés Fernando Sáenz Duarte, a quien debemos bocados tan sutiles como el helado de lías de vino blanco… Se me hace la boca agua. Agua helada…

Son sólo algunas de las referencias que regalo al improbable lector de estas líneas, con la advertencia reproducida arriba: que habrá mejores helados, pero que uno lleva en su corazón los de La Veneciana por fidelidad a su memoria y por lealtad a su ciudad, a la ciudad que recuerda de cuando era un crío, llegaba la abuela Emilia y nos invitaba al mejor mantecado del mundo.

 

Foto antigua de La Veneciana de Logroño

 

P.D. La familia Bez defiende La Veneciana desde que se implantara en Logroño (inicialmente, en la calle Portales) procedente de San Sebastián. Las historias que relataba el inolvidable abuelo Augusto emocionaban a todo quien le escuchara: eran relatos tan memorables como su arrojo, su audacia empresarial, su capacidad de sacrificio. En San Sebastián, la casa madre de La Veneciana sigue recibiendo a la clientela igual que por Logroño los descendientes de Augusto fueron luego desplegando su negocio por Gran Vía, Juan XXIII, Vara de Rey y, de nuevo, Portales. Es decir, donde todo empezó, hoy a cargo de la tercera generación. Su oferta se ha ido enriqueciendo con el paso del tiempo, de modo que supongo que cada logroñés tendrá su helado favorito. Por si alguien se lo pregunta, y también porque me apetece dejarlo por escrito, el mío fue, ha sido, es y será el de siempre: su inmejorable helado de café.

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Londres en sus pubes

Pub The Holy Bush, en el barrio londinense de Hampstead

Nos vamos de excursión. Como suele ser norma, Logroño en sus bares desmiente su nombre y así como antes peregrinó por La Rioja (y visitó los amados bares de Cenicero) y resto de España (Madrid, León, Soria, entre otros destinos), hoy protagoniza su primera expedición extranjera: el viaje reciente de dos compañeros hacia la capital del antiguo Imperio británico me ha refrescado la memoria, que es casi tanto decir como el corazón. Porque uno lleva Londres dentro de su yo más íntimo… incluso desde antes de aterrizar por primera vez en sus calles. Que ya tiene mérito amar algo sin conocer ese algo.

Lo cual significa que desde crío quien esto firma estaba loquito por todo lo que oliera a Inglaterra. Desde su fútbol hasta su rugby, incluyendo los hermosos estadios que albergan ambas disciplinas. Y su música, sus actores (ah, el estupendo Michael Caine) y sus actrices (la inolvidable Julie Christie), sus cabinas de teléfono, sus autobuses de dos pisos, sus taxis, sus policías de extravagantes sombreros… y sus pubs. También llamados pubes. A uno le gustaban los pubs también antes de conocerlos, así que una visitados comprobó que conocerlos es amarlos. Porque la atmósfera que en ellos habita es genuina, irrepetible. Porque la costumbre de abrevar tanto en su interior como en sus alrededores es una hermosa manera de hermanamiento entre clientes, así como un estupendo itinerario para iniciarse en la ingesta de cerveza y sus evocadoras denominaciones: lager, bitter, brown, India pale…

El pub en realidad debe interpretarse como un termómetro de la vida en Londres: en una sociedad tan adicta a la estratificación por clases, los pubs se dividen según esa misma lógica, de modo que hay pubs y pubs porque, en efecto, siempre ha habido clases. Un observador curioso podrá determinar qué tipo de clientela acude a cada uno en función de factores como la vestimenta, la inclusión de mujeres entre la parroquia (más común entre los pubs más top, que diría Mr. Mou, vecino por cierto de esa ciudad) y algún detalle adicional. Por ejemplo, yo he notado que los ricos se ríen más: esos pijísimos londinenses que salen del curro en la City tras mover por el orbe unos cuantos milloncejos a través del éter no pueden contener la risa. Su euforia desencorbatada, su manera de celebrar el éxito de la última operación, la desenvoltura con que se piden otra pinta… Poco que ver con el cliente taciturno del pub de arrabal, que consume su jarra mirando al techo, habla entre dientes y sólo se anima si en la omnipresente televisión gana su caballo favorito.

Superadas no obstante algunas de las peculiaridades del pub, empezando por el idioma, para cualquier españolito ingresar en cualquiera de ellos es ingresar sin embargo en territorio amigo. Pocos locales se parecen más a nuestro querido bar de barrio, porque reúne esa misma condición de faro ciudadano y se nutre de una idéntica clientela por lo asidua y fiel, una clientela que genera esa clase de confraternización entre camarero y parroquiano tan cara a este blog, Una vocación de permanencia que se ilustra en el largo tiempo que gran parte de tales pubs lleva enraizado en la calle que lo acoge. Y, además, son bonitos: quiere decirse que el pub inglés, luego tan imitado, posee un cierto estilo, una decoración peculiar, vintage desde antes de que existiera el concepto vintage. Es decir, cuando lo antiguo era realmente auténtico: un espacio nacido para disfrutar de la cerveza tirada con habilidosa mano (y menos fresquista que en España, como se sabe), para estirar la tertulia, para concederse un rato viendo pasar la vida solo o en compañía de otros. Dios salve por lo tanto al pub: quienes paseen por Londres deberán sin dudarlo visitar la larga lista de célebres museos, recorrer Harrods y saludar en mi nombre a la Reina Isabel, pero deberán también incluir en su itinerario una visita al pub de la esquina para comprobar que los seres humanos nos parecemos más de lo que pensamos. Porque uno puede bautizarse como londinense con apenas tomar asiento en el taburete, reclamar su jarra, consumir su pinta y hacer lo que todos: mirar por la tele a ver si gana su caballo favorito.

P.D. De mi primera visita a Londres tengo guardado un completo resumen de los pubs que fui conociendo, que en posteriores viajes he vuelto a recorrer: una ruta de alto contenido sentimental. Uno se recuerda más joven peregrinando de pub en pub, recordando los buenos ratos pasados, los descubrimientos ya superados porque dejaron de serlo… Los anoto aquí por si alguien siente curiosidad: The Malrlborough Head, muy cerca de Oxford Street (en la calle North Audley); The Duke of York, también junto a Oxford Street, en Dering St.; Museum, obviamente frente al British; Red Lyon, junto a Picadilly, en Duke of Saint James St.; en la misma zona, The Argyl Arm (en Argyl St.); Marquis of Granby, al sur del Tamésis (calle Dean Bradley, por Millbank); Marquis of Clanricarde, un pub de barrio en Sussex Gardens; y el divertido Hog in the Pound (literalmente, Cerdo en la libra), en la calle South Molton. De paso, aprovecho para reivindicar mi favorito, que conocí años después: se ubica en el amado barrio de Hampstead, en un escondido callejón al que sólo puede accederse preguntando a los vecinos… que tratarán de despistar al turista como es tendencia en Londres. Superada las trampas, allí lo ve el improbable lector en la imagen que ilustra estas líneas: The Holy Bush, una belleza de garito que hubiera hecho feliz a Dickens.

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La sonrisa de Manolo Iturbe

Logo de la pastelería Iturbe

 

Entra un caballero en la cafetería, deja sus cosas en un recodo de la barra y recibe de la camarera una invitación en forma de pregunta: “¿Un cortado?”. Nuestro hombre responde que sí y toma asiento, sin percibir que protagoniza un imprescindible rito en forma de civilizada red social, mi red social favorita: la establecida entre camareros y clientes. Claro que para que tal suceso sea posible necesitamos reunir una serie de requisitos: profesionalidad al otro lado de la barra, cortesía en este lado y una relación fijada a lo largo del tiempo, de bastante tiempo. De modo que se precisa que el bar donde semejante prodigio acontece permanezca anclado en el corazón de la ciudad desde hace algo más que un cuarto de hora. Desde que uno tiene memoria, por ejemplo, como sucede en el escenario de este episodio, una anécdota que me sirve para dedicar esta entrada al local que los deudos de Manolo Iturbe defienden con mucha clase en la esquina de Víctor Pradera con avenida de Portugal.

Antaño, este bar/cafetería/pastelería/bombonería (este local que es más bien un monumento) ocupaba un icónico enclave frente al Banco de España. Lo recuerdo como una catedral del dulce, con una decoración muy sesentera, así en los materiales empleados (formica, creo) como en los colores que muy adecuadamente adoptaban la tonalidad más acorde con el establecimiento: eran tonos pastel. Y pasteles había, seguro, pero yo nunca les hice mucho caso: era más bien devoto de su chocolate con churros, que nos administraban sobre todo con ocasión de los cumpleaños que entonces, en los años previos al chiquipark, la bolera y otras conquistas recientes, se celebraban con un sentido de la medida y de la austeridad más acorde con nuestra mentalidad también sesentera. Lo cual significa que nos concedían bastante menos tonterías que hoy.

 

Interior del local de Iturbe

 

Aquel local regentado y bautizado por Manolo Iturbe falleció, aunque no del todo: yo lo sigo viendo tal cual era cada vez que cruzo delante de su imaginaria puerta en Vara de Rey. Y no falleció del todo porque emigró con sus descendientes hacia su actual emplazamiento, para dicha de los fans de la auténtica repostería, de la bollería fetén. El día en que el caballero arriba citado ingresó en el local, quien esto firma se dedicaba a comprobar la extraordinaria diferencia que existe entre una ensamaida de verdad, elaborada con mimo en un obrador de siempre, frente a la bollería de cartón piedra que sale de ya sabe usted dónde: de esas pastelerías franquiciadas que perpetran cada día un atentado contra el cruasán y contra el buen gusto. También contra la tradición.

Porque de eso van estas líneas: de la tradición. De cómo aún es posible entrar en algún bar y que te ofrezcan el café sin pedirlo; en Iturbe incluso van más lejos: lo sirven de saque, en cuanto ven al cliente asomar por la puerta, porque ya saben qué va a pedir. Así que estas líneas tratan de cómo es milagroso que todavía sobrevivan entre nosotros locales donde te recibe la sonrisa que Manolo Iturbe y los suyos nos dedican desde ese hipnotizante logo que adorna tanto esta casa como la ubicada en Poeta Prudencio. Un flan (o una tarta, tal vez, pensaba yo: ahora me entero de que es un suflé) con forma de señor descubriéndose el sombrero de que va tocado, dibujado ignoro por qué mano: una mano genial, en cualquier caso. Porque esa imagen de Iturbe ha sobrevido también hasta nuestros días puesto que ilustra a la perfección lo que aguarda dentro, cuando traspasas el elegante rótulo y te encuentras el conocido festín de gollerías sin igual, empezando por sus idolatradas milhojas y acabando por otro bocado salado sin igual, el pan que llega desde la calle Mayor y luce en su interior el nombre de Primi.

 

Iturbe, en la esquina entre avenida de Portugal y Víctor Pradera

 

Y al igual que antaño era habitual que una pastelería se dotase de una barra donde ofrecer a la clientela no sólo sus dulces, sino un cafelito o una taza de cacao para acompañar su ingesta, con el tiempo tal costumbre ha dejado de ser tan frecuente, así que hay que celebrar como merece que Iturbe todavía resista y combine con sabiduría ambos mundos: el hostelero y el pastelero. De modo que gloria a Manolo Iturbe, a sus inmarcesibles trufas y, sobre todo, a la enorme sabiduría que encierra el hecho evidente de despreciar las modas, permanecer fiel a su estilo inmemorial, conducir con mucho estilo así el mostrador de la confitería como la breve barra donde se atiende al cliente con ese tipo de venerable categoría que uno tanto añora. Gloria a un bar donde además se sirve con esmero algo tan sencillo (en apariencia) como un café cortado, incluyendo algún capricho en esta materia como el que distingue al compañero Juan Marín, habitual de la casa, fan de Iturbe y autor de las fotos que ilustran esta entrada. Gloria en fin a un bar donde el parroquiano habitual ya sabe que ni siquiera tiene que pedir el café; un local donde el cliente fiel siempre estará seguro de que según tome asiento alguien le atenderá desde el otro lado de la barra, con cordial profesionalidad y sin pegajosas ceremonias, con la pregunta que estaba esperando: “¿Un cortado?”.

P.D. Cada vez que visito Iturbe me reprocho a mí mismo no frecuentar su barra con mayor dedicación, porque me asalta una sensación de placidez que no encuentro en otros sitios de la misma índole. Será que ingreso en el territorio de la infancia, supongo, porque todo me recuerda al mentado local de Vara de Rey. Antaño también compartí largas tardes de bollería y café en otro establecimiento similar, el que defendía (y defiende) Tupinamba en Jorge Vigón pero Iturbe tiene ese algo, ese espíritu de fidelidad a una época y a una manera de entender el negocio, que lo hace a mi juicio insuperable. Y ese logo que se quita el sombrero es igualmente insuperable: yo también me lo quito ante él.

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¿El bar más divertido?

Bar Pirulo, en el barrio logroñés de La Estrella

 

El mensaje lanzado la semana pasada al improbable lector desde este blog en busca de bares con nombres juguetones alcanzó cierto eco, de modo que he juzgado conveniente cerrar con una nueva entrada esa búsqueda del bar cuya denominación nos parezca a quien esto escribe y a quien atienda al otro lado de la pantalla el más divertido, con sinceros agradecimientos a todos los que han participado en este juego. Entre ellos, Benjamín Blanco, que me habló el otro día de un bar llamado Celona, ubicado curiosamente en Madrid. Buen chiste. O el también compañero Toño del Río, quien se acordaba de otro garito madrileño denominado Bar Clays. Un bar con interés, propio para ahorradores. Supongo.

En sus comentarios a esa entrada en la web de Diario LA RIOJA, la amable y desconocida (también lo supongo) Arantxa recuperaba la memoria de aquel local llamado logroñés La Conejera, ubicado en la calle Cigüeña, cuyo nombre le intimidaba tanto como le divertía. “No me atreví a entrar”, recuerda. Se trata del mismo bar cuya primera denominación también apostaba por la rotulación chispeante e ingeniosa: se llamó Cacodilato. De aquella época, cuando bautizar a estos negocios con alguna invención que se apartara de lo convencional era tendencia, rememoro ahora el llamado Profesor Isopo, desaparecido hace años de su enclave en Jorge Vigón. De un poco antes es Braulio El Loco, pionero de la Zona, otro local que se distinguía por ese tipo de guiño a la clientela que nace de una denominación como poco… Hum, distinta.

 

Bar Der Troya

 

A través de Facebook también percibí un gratificante retorno de esta propuesta. Teodoro Hernáez, antiguo condiscípulo del colegio San José, me avisa de un asador canario llamado Misasuntos, una broma mejorable, creo. Más gracia me hizo un bar cercano, muy cercano: se aloja en el logroñés barrio de La Estrella y debo su aportación al amigo Manuel Sáenz Júdez. Se trata del Bar Pirulo (para chulo, chulo…). Lejos de casa, el colega José Luis Ouro rescata dos curiosidades: un local de Valencia bautizado como El ombligo de Sharon (¿Stone?) y otro de Malasaña tan largo como evocador: El perro de la parte de atrás del coche. Yo no me tomaría nada allí, ni un triste trago, la verdad. También añade el compinche Ouro otra cita logroñesa, el Barlovento, ubicado igualmente por La Estrella, como el Pirulo, y agrega una curiosidad, aunque como me advierte tiene toda la pinta de ser un fake: Bar der Troya. Como bien avisa, alguien debería quedarse con la idea.

Proseguimos. Noemí Iruzubieta propone que un empresario misterioso abra en algún lado un bar llamado Tolo (me troncho) y apunta hacia Laguardia para traer hasta aquí dos bares que pueden considerarse complementarios: al parecer, uno se llamaba Mete y otro Saco. Una seguidora igual de fiel, Julia Baigorri, pone el foco en el barrio de Cascajos, donde alerta de la presencia de una cervercería muy apropiadamente llamada Dame Kaña, donde me informa que tiran estupendamente la cerveza. La simpar Marian San Martini hace honor a su apellido y ofrece información jugosa en materia de bares: según recuerda, en una telenovela de los años 90 salía un garito llamado La mujer de arena, sugerente denominación que merecería pasar a este lado de la realidad, como bien afirma: “Siempre decía que si ponía un bar le llamaría así”.

Y de Facebook a Twitter. En ese otro mundo cada día menos virtual dejó su mensaje el amigo Manuel Martín, corroborado por otro Martín, apellidado Schmitt, quien parece algo conocer de bares. Así supe de un local denominado Donde Queráis, garito que completa una broma de este tipo: “¿Dónde quedamos? Donde Queráis”. El chiste, bastante malo por cierto, se le ocurrió a su promotor, un empresario argentino que regentó el bar en la calle Mayor, muy cerca de Mercaderes, hasta que acabó cerrando. Ahí sigue, con la verja echada y su nombre saludando todavía desde la rotulación.

Revisando por internet a partir de estas y otras aportaciones he observado que estos juegos de palabras son en su mayoría bastante pueriles. Ingenioso, ingenioso, pero ingenioso de verdad no he pillado ni uno. Me siguen haciendo más gracias (uno es así) aquellos hallazgos de hace algunos años que ya mencioné en la entrada inicial: No se lo digas a papá y cosas por el estilo. Estos otros inventos recientes tienen un aire naif que me recuerda a los tebeos de mi infancia, sobre todo los debidos a Ibáñez. Era habitual que sus personajes deambularan por locales llamados Bar Tolo, Bar Bacoa, Bar Budo o cosas por el estilo. Así que ahora que al papá de Mortadelo y Filemón le ha dado por ironizar con nuestra triste vida política, muy podría ilustrar las andanzas de mis detectives favoritos alrededor de este garito: el Bar Cenas. Nada menos. Especializado en chorizo. Nada menos.

 

Otro chiste en forma de bar

 

P.D. Puesto que en la entrada anterior proclamé mi preferencia por el bar llamado Turismo, periclitado en el siglo pasado en su sede de la calle Sagasta, el compañero Justo Rodríguez se apresuró a advertirme de un detalle que yo ignoraba: que en su fase final, alguien le borró las dos letras finales y pasó a denominarse simplemente Turis. Bar Turis. No lo conocí con esa nueva denominación: me quedo por lo tanto con el recuerdo de su nombre original y su aspecto primigenio. Cierro los ojos y lo vuelvo a ver: y lo que veo no es agradable. Puro lumpen, creo.

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Los bares más divertidos

Villalo Bar, en Villalobar. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace ahora un año, Coca Cola lanzó una campaña de promoción de los bares patrios que reclamó aquí su sitio en forma de la entrada que hoy recupero. Aproveché aquella ocasión para reivindicar que yo lo vi primero (quiero decir, eso de poner de moda nuestros bares) y para rememorar la hermosa sinfonía que forman los nombres de aquellos que son o fueron más queridos. Si regreso sobre mis pasos ahora es porque me anima a hacerlo un hallazgo en forma de enlace en internet, donde se repasan también los nombres de unos cuantos bares. De unos cuantos bares con nombres raros. Raros, raros, raros. Raros y divertidos.

Veamos.Tenemos desde Bar Veider para fanáticos de la saga de George Lucas, hasta La Birra de Brian: ídem para los seguidores de Monty Phyton. Desde Menoc Donald (un chiste muy malo, me parece), hasta El Quinto Coño: al parecer, un garito alejado del centro, o eso prefiero pensar. Y otro juego de palabras muy mejorable: La Tapilla Sixtina. En fin… En esto del sentido del humor no nos detendremos: hay quien lo ejerce con ingenio, quien lo ignora y quien lo emplea sólo cuando le interesa. Esta breve recopilación, que incluye aportaciones tan gloriosas como Tasca Gao (me troncho), el restaurante Puta Parió (me desarma), Churrasic Park (me echo a llorar), Mary con Juan (sigo llorando, pero de risa) o Aroma de Berga (evito comentarios), me ha invitado a pensar en lo sosos que somos por Logroño cuando bautizamos bares. Y qué lejanos quedan los tiempos en que acudíamos a garitos llamados No se lo digas a papá o a discotecas denominadas Yo qué sé. Bueno, en realidad, yo iba a poco a ambos locales pero me consta que hicieron furor en su tiempo y que contaron como aliada con esa nomenclatura tan divertida. O al menos tan distinta.

A mí el bar cuyo nombre siempre me hizo más gracia fue el Turismo, garito que sólo algún otro senior recordará. Ubicado en el tramo postrero de Sagasta cuando esa zona de Logroño era más o menos territorio comanche, intimidaba desde el mismo acceso: un amenazador bar cuyo desconcertante nombre inquietaba tanto como la parroquia conspicua, la decoración lumpen o el sombrío aspecto de sus camareros. ¿Por qué se llamará Turismo? Era la pregunta que me hacía cada vez que mis pasos acababan a su alrededor, porque había algo peligroso y por lo tanto atractivo para un mocete que ansiaba ya afeitarse en eso de deambular por la manzana donde se ubicaba, superada la alpargatería de Ochoa. Peligroso y ridículo, como cuando te animaban los más mayores a ingresar y pedirte un tinto con paracaídas. Cosa que hice una tarde: ah, qué ingenuo.

Turismo era un nombre fetén, aunque no tan fetén como Pachuca. A mí me gustaban esos bares con denominaciones que entonces parecían exóticas cuando lo exótico aún existía: es decir, en la época anterior a Ryanair. Bares como Capri, Montecarlo o Roma. Bares como Samaray (¿Qué sería Samaray?) o Ibiza. Sonaban a películas en Cinemascope y despertaban nuestras ensoñaciones, pero ahí se acababa cualquier asomo de osadía: desde luego a nadie se le ocurría frivolizar con la partida de nacimiento de estos negocios. El nombre de un bar debía aparentar seriedad, gusto por el orden, criterio, sensatez: justo lo que uno pretende encontrar al otro lado de la barra. Un espacio cabal donde la diversión obedecía a otros factores, como la ingesta de alcoholes, y donde se negaba cualquier concesión a la autoparodia como después fue norma y ahí arriba figura esa larga nómina de bares con nombres tan curiosos para demostrarlo.

 

Bar Reinols, un bar de ficción de la serie Siete Vidas

 

No creo que exista hoy en Logroño nada por el estilo. Así que estas líneas son un mensaje en una botella, nunca mejor dicho: una invitación a quien lo desee para que me informe de si me equivoco. Si hay por nuestra ciudad desperdigado algún bar cuyo nombre merezca nuestra atención por su peculiaridad, por alguna doble lectura que se nos escapa o por lo que sea. Un pub llamado Is, por ejemplo, como le hubiera gustado titular al suyo a un querido amigo cuando filosofábamos de jóvenes… en la barra de cualquier bar, claro. O un bar llamado Reinols, como el célebre garito de la tele: otro chiste con poca gracia, me parece, aunque ha tenido éxito allá en el madrileño municipio de Pinto, donde hay un local homónimo que no es de ficción. O como estos otros que he ido pescando por la red: el Mastur Bar (jeje), el A tomar por copas (muy soez), el Notinghan Prisa (muy fino) o mi favorito, porque me regaló estupendas veladas allá en el Pleistoceno: el Salsipuedes ovetense.

 

Bar Salsipuedes, en Oviedo.

 

El Salsipuedes tiene doble alma: una acogedora casa de comidas por el día, un animado bar de copas por la noche. Muy animado: tan animado que cuando me tuvo de cliente hizo largo honor a su nombre. Con moraleja añadida: porque cuando al final en efecto lograbas dar con la puerta de salida, te tropezabas con el vecino Bar Sovia… De donde también resultaba difícil salir.

P.D. En Logroño ya confieso que ignoro hasta donde yo conozco si a los dueños de los bares les ha salido la veta ingeniosa cuando bautizan sus locales, pero fuera de la capital las andanzas de los compañeros Pío García y Justo Rodríguez recorriendo La Rioja de cabo a rabo dieron con algunos hallazgos memorables, también en materia hostelera. Es el caso del Villalo Bar, garito ubicado, como su propio nombre indica, en el municipio riojalteño de… Villalobar, donde se toman con buen humor su toponimia y reciben a indígenas y forasteros… pero solo en fin de semana. Los días laborables, como tantos otros bares de La Rioja interior, el visitante lo encontrará cerrado. En honor a su ingenio, le cabe el privilegio de presidir estas líneas.

 

 

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