La Rioja

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Nos vemos en los bares

Bar Umm de Logroño. Foto de Fernando Díaz

Desde que este blog empezó a dar sus primeros pasos, pronto hará dos años, ya descubrí para mi asombro que debía haber tocado alguna tecla que hasta entonces permanecía oculta: resultó que numerosos e improbables lectores participaban del mismo espíritu con que había nacido Logroño en sus bares. Así me lo hacían saber conocidos y desconocidos con quienes me cruzaba (hubo una mujer que vino un día ante a mí para presentarse ¡¡¡porque le hacía mucha ilusión conocerme!!!) y esta aventura en principio banal empezó a contar con cierto seguimiento que se manifestaba en múltiples pruebas de cariño que me tienen todavía noqueado y muy agradecido.

A partir de aquellos balbuceos sospeché que su sorprendente impacto tenía que ver con el don de la oportunidad: poco después, hasta la célebre multinacional de la chispa de la vida lanzó una campaña que pretendía reivindicar la España hostelera en cualquiera de sus manifestaciones. Lo cual confirmaba que me había situado en la trayectoria correcta. Que había un público afín al otro lado del espejo que, como quien esto escribe, consideraba la barra amiga como una prolongación de su hogar: bar, dulce bar. Si hasta la Coca Cola admitía que este país se explica mal o directamente no se entiende sin la aportación de sus garitos más emblemáticos, supuse que perorar sobre los bares, rescatar su memoria o teorizar sobre la relevancia de semejante actividad tenía sentido.

De nuevo para mi asombro, empiezo a intuir que esto de los bares se ha transformado en tendencia, porque resulta que TVE emite este verano un programa que también dignifica ese universo, planteado en parecidos términos a este blog. Me encontré con el mentado espacio la otra noche de casualidad y me lo tragué enterito: salvé las primeras reservas que me provocó la pareja de presentadores hasta que acabaron por caerme más o menos bien y me entregué a sus andanzas por una plaza que conozco cabalmente, San Sebastián. El programa peregrinaba por la parte vieja donostiarra, ingresaba en algunos bares clásicos (aunque faltaba el España, hoy rebautizado como Intza, ay: las mejores rabas del mundo) y acababa deteniéndose en uno de ellos para proclamar lo que cualquiera sabe: que estamos ante el más perfeccionado ejemplo español (con perdón) de barras convertidas en edén culinario.

Porque habrá bares mejores o con más encanto, que nos toquen el corazón con una profundidad superior o que formen parte del imaginario colectivo con mayor razón de ser, pero en cuestión de tapear San Sebastián no abandona jamás el primer puesto del podio. Yo incluso iría más lejos: en la mayor parte de bares españoles, la tapa es el ingrediente que mejora los tragos, pero entre los locales donostiarras casi me parece que sucede al contrario. Como poco, se puede concluir que tanta importancia tiene el bocado como la bebida. Y el garito elegido por TVE lo demostraba: el Gambara, bar que no tengo el gusto de conocer, pecado que prometo dejar de cometer en cuanto vuelva a pisar por aquellas baldosas.

Más allá de su oferta gastronómica, del mimo con que cada cazuelita llegaba al mostrador, del buen gusto en la elección de proveedores y productos, lo que en realidad proclamaba el Gambara es eso mismo que aquí intentamos entre todos: celebrar la vida. Festejar la dicha de regalarse una visita al bar de guardia, confraternizar con los dueños, bromear con los camareros, arreglar el mundo con los amigos de tertulia… Probar un vino memorable, refrescar el gaznate con una caña bien tirada o iniciarse en la rica paleta de pinchos que salen a nuestro encuentro es en realidad una excusa. Lo que buscamos (me parece) es zambullirnos en esa especie de líquido amniótico feliz que se genera cuando vamos de bares. El programa de TVE concluía con los dueños del Gambara recibiendo en la calle el homenaje de amigos y clientes porque cumplían 30 años: a nadie le resultaba raro que tal cosa sucediera. Por eso, porque se trataba de un bar. De los de toda la vida. Donde todo el mundo conoce tu nombre.

P.D. La atenta observación del programa de TVE me pilló recién regresado a casa luego de una ruta que incluyó dos bares que acaban de abrir sus puertas: Tívoli y Umm (retratados sus responsables en la foto de Fernando Díaz que acompaña estas líneas). En ellos y en el resto del itinerario que tracé esa noche comprobé que, en efecto, la reivindicación del bar sigue teniendo sentido. Así que aconsejo a mis improbables lectores que perseveren en esa costumbre este verano, periodo durante el cual este blog se toma su habitual descanso. Mientras tanto, nos vemos en los bares.

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León en sus bares

Camarote Madrid, en una foto de la web guiatapaear

 

Hágame un favor el improbable lector: si este verano huye de casa pero deserta de viajar al exterior y también elude visitar las playas españolas en cualquiera de sus encarnaciones, tome la ruta que lleva a la hermosa población de León y maravíllese con sus ricos tesoros y con el sobresaliente encanto de sus bares. Desplazarse como ahora hace este blog a la mentada ciudad le dejará un envidiable sabor de boca y el bolsillo sufrirá menos de como suele: allí también impera la costumbre de la tapa gratis.

Porque León ofrece en sus bares una acabada panoplia de opciones: desde el desayuno con churros en los salones el Hotel París que tanto frecuenté, hasta el vermú en alguno de sus garitos más conspicuos. Para este rito, sugiero no irse muy lejos: en los locales de la plaza de San Marcelo o en los ubicados en la misma calle Ancha donde se aloja el venerable hotel y sus aledaños se oficia la tradición del aperitivo con mucha clase, empezando por el servicio de caña que en León se tira con bastante estilo. Por ejemplo, en el Camarote Madrid de la calle Cervantes, bar tan estupendo como su propio nombre. También se puede practicar dicha costumbre (aunque yo prefiero acudir de anochecida) en el vecino y muy célebre Barrio Húmedo: como quien lo desee hallará gracias a google un pródigo listado con la oferta que se desperdiga por este rincón del León castizo, aquí sólo detallaré aquellos que me tuvieron durante un tiempo entre sus fieles más devotos. Es el caso de La Bicha, donde se puede catar ese delicioso bocado llamado moraga que tanto reconforta en el duro invierno. En la misma plaza de San Martín se alza El Tizón, local modelo recio mesón castellano, tan caro a la España interior, cuya barra homenajea al noble embutido patrio. Del Húmedo se puede salir a través de un local inconmensurable, de bella nomenclatura: El Flechazo, primordial paso de paloma cuyos fogones despachan por cientos jugosas raciones de patatas fritas extrafinas espolvoreadas con un sutil toque de pimentón. Cortesía de la casa, por cierto.

Y es que en León es común en todos los bares ofrecer una tapa según se traspasa la puerta, con ejemplar prodigalidad. En el mentado mesón El Tizón convidan a un platillo de salchichón y chorizo ibéricos tan generoso que tiene efectos paradójicos. O no tanto. En teoría, tan exagerada invitación evitaría tener que pedir una consumición con cada ronda pero en la práctica ocurre lo contrario: la parroquia acostumbra a corresponder al detalle de la casa reclamando una de caña de lomo o cualquier gollería similar y todos tan contentos. Quid pro quo, que diría el doctor Lecter. (Gran gastrónomo, por cierto).

 

Bar del parador de San Marcos, imagen de la web holidaycheck

 

Semejantes guiños a la clientela se desperdigan por todo León, cuya oferta hostelera más fetén no se agota en el Húmedo. No demasiado lejos, en dirección hacia San Isidoro, habita un recoleto espacio: el parque del Cid, jardines de romántico encanto. A su alrededor se despliegan unos cuantos locales fieles a la tipología de tasca que lamentablemente se bate hoy en retirada; uno de ellos, La Abacería, fue unas cuantas noches parada obligatoria porque garantizaba una acogida calurosa que se agradece especialmente cuando afuera amenaza el relente. Ver nevar desde sus ventanales entre trago y trago es un capricho que animo a concederse. Y aquí va otro par de ellos para cerrar esta entrada: acodarse en el establecimiento Prada a tope, donde los productos así denominados se degustan sin necesidad de visitar la sede central en Cacabelos (lo cual por cierto también tiene su aquel), o aposentarse en la privilegiada barra del Parador de San Marcos, mirar por el ventanuco donde hace siglos ocupó su celda el poeta Quevedo (el edificio tuvo antaño, entre otros usos, el de cárcel) y compartir sus versos: “Mejor es morir en el vino que vivir en el agua”..

P.D. Contabilizar la muy extensa nómina de bares leoneses que ofrecen un detalle a su clientela con cada consumición resulta una tarea hercúlea que excede el espacio de este blog. Ya se han ido mencionando algunos de ellos pero no quiero concluir esta líneas sin rendir tributo a uno en concreto, la cafetería Las Meninas de la calle Alfonso. Lo recuerdo cuando se llamaba El Greco,  un local de esmerado servicio, con ese ambiente un punto madrileño tan común en unos cuantos garitos de León, que obsequiaba a la parroquia con un delicado bocado dulce, una suerte de minirrosquilla, para acompañar el cafecito mañanero que uno sigue sin olvidar. Y en ese simpático detalle veo resumido lo que aquí vengo relatando: que darse una vuelta por León es tan aconsejable como visitar sus bares.

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Agitados y batidos

Don Draper, cóctel en ristre: ni agitado ni batido

Cae en mis manos una noticia fechada hace ya semanas donde el estupendo periodista Javier Albo (corresponsal de Diario LA RIOJA en Santo Domingo) relata el campeonato celebrado en la Escuela de Hostelería, con el fin de designar al representante riojano en un certamen de coctelería  nacional. Lo cual me ha llevado a recordar los avatares que dicha práctica ha conocido en nuestros bares logroñeses en su pasado más reciente: es decir, del Angelo a esta parte. Porque fue el Angelo el garito donde uno vio por primera vez la oferta de cócteles como bandera de su repertorio. Aquel local alojado en el pasaje entre Doctores Castroviejo y Jorge Vigón sólo me trae buenos recuerdos: allí solían terminar trasnochando quien esto escribe y sus colegas de redacción y talleres, cuando el cierre se alargaba y no apetecía demasiado irse a casa, frescas aún la tinta del periódico y la excitación por la noticia que acababa de llegar a portada. Cada vez que paso ante su puerta dedicada hoy a otros menesteres se me vuelve a hacer de noche y me asalta el fantasma de Luis Roldán recién capturado por tierras asiáticas.

Para esa época, el Angelo era ya sólo un pub. Lo de coctelería había sido una aportación ligada a sus primeros años, pero como entonces yo no militaba entre sus fieles ignoro por lo tanto si llegó a triunfar. Sospecho lo contrario, porque de hecho el concepto cóctel sigue siendo entre nosotros una rara ave. Salvo que como sinónimo nos valga el cubata de toda la vida o eso que nuestros padres dieron en llamar, con su nomenclatura camp muy años 60, un combinado. Pero me temo que no: en el imaginario colectivo la palabra cóctel remite a una preparación más sofisticada, ingredientes un pelo extravagantes, una aceituna (o una guinda) rematando el brebaje y las manos rápidas del barman oficiando semejante ritual como luego veríamos a Tom Cruise en la película homónima. Y no: nada de esto sucede cuando te pides un cubata. Ni ahora, ni cuando nos iniciamos en ese rito. El camarero arrojaba la cuota de destilado correspondiente, le añadía el refresco de rigor, unos cuantos hielos y ya tenías tu cubata de ron, tu vodka con naranja (el añorado destornillador), tu vermú con soda. No: no se nos pasaba por la cabeza que eso fuera un cóctel.

Así que vuelvo sobre mis pasos: qué es un cóctel. Qué le pedimos a una copa común para que escale a ese nivel. Concluyo que lo antedicho: más o menos, una inquietud mayor entre quienes lo sirven y quienes lo disfrutan. Una apuesta por huir del estereotipo, una vuelta al recetario antiguo: una pretensión tal vez pedante, pero que tiene su punto. Desde luego, yo no incluyo en este universo del cóctel al gin tonic de toda la vida, por más tonterías que ahora se hayan puesto de moda y que, como todas las modas, acabarán pasando de largo. Aunque quién sabe: estas mezclas tan extemporáneas y complicadillas que a veces incluyen hasta ¡¡¡cachos de pepino en la copa!!! tal vez sólo sean el precedente de una nueva tendencia hacia tragos más evolucionados, complejos y sutiles.

Porque la estética que reclama el mundo del cóctel tiene cierto encanto. Anticuado, pero encanto, porque nos habla de otro tiempo. Del tiempo en que bares como el citado Ángelo (o el Gin Fizz de la calle Vitoria en cualquiera de sus encarnaciones) tenía sentido. Del tiempo en que un caballero como el señor de la foto, Don Draper para el mundo, se cobijaba en su taburete del bar denominado PJ Clarks (que no es de ficción y sobrevive en Manhattan) para desayunarse un cóctel llamado old fashioned, cuya receta comparto con los improbables lectores: sírvase en vaso bajo de whisky una dosis de bourbon, añada un golpe de angostura, sume un leve toque de soda y remate la jugada con sendas rodajas de naranja y limón. Si luego se lanza a por las primeras faldas que pille, es que en efecto ese bebedizo es un old fashioned: usted ya se ha convertido en Mr. Draper.

P.D. Desvela la amiga Wikipedia que el citado old fashioned se denomina así en honor al coronel James Pepper, dueño de la marca Old 1776 Whiskey y miembro del club donde tal trago se preparó por primera vez. Debe no obstante su fama reciente a la serie Mad men, igual que el mundo del cóctel se corporeizó entre nosotros a través de otra pantalla: en concreto, la más grande, donde otro galán llamado James Bond popularizó el célebre trago llamado Dry Martini. Es ciertamente común encontrarlo hoy en las cartas de los garitos fetén de Nueva York, donde me informan que hoy también se abre paso la moda del gin tonic. Sólo que los vecinos de Woody Allen no lo llaman así: lo llaman ‘gin and tonic’.

 

 

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Tívoli, de noche y de día

Entrada al nuevo Tívoli, llamado Noche y Día. Foto de Jonathan Herreros

La historia del Tívoli se ha contado un millón de veces. Entre otros sitios, aquí mismo: este blog ha ido haciendo memoria de la aportación decisiva del castizo bar a la construcción de un cierto Logroño, de una cierta mirada sobre Logroño. Se ha relatado su condición de antro favorito de la abigarrada multitud empleada en variopintos oficios en la aledaña plaza de Abastos, recordado su condición de faro ciudadano en los convulsos años 80, cuando una nueva generación se aposentó en los garitos que hasta entonces detentaban más sus abuelos que sus padres, y saludado su inminente reapertura en cuando se tuvo noticia de que la manzana que otros apodarán Los Gabrieles (pero que aquí siempre defenderemos como la del Tívoli) se preparaba para su reconversión, luego de tantos, de demasiados años varada.

Bueno, pues el nuevo Tívoli acaba de abrir sus puertas y suma su atractiva barra a la renovada oferta hostelera de Logroño. Lo hace bajo una nueva encarnación, un exitoso capítulo más de la factoría conocida como Noche y Día, que tomando como ejemplo el primitivo local de la calle San Juan, ha ido sembrando de negocios con ese nombre media ciudad. En la misma calle Gallarza, pero haciendo frontera con Portales, habita uno, dos se alojan en la Gran Vía y otro más en Once de Junio. Ahora ya tienen un hermano pequeño, lo cual es una noticia formidable al menos para mí: ingresar en territorio Laurel y ver sus dos puertas cerradas me espantaba, aunque me parece que el mayor ataque que sufrió no vino por su cierre, cuando Emiliano y familia echaron la persiana, sino cuando permitimos que se instalara esa salida del parking subterráneo invadiendo la acera de la calle Bretón, uno de los espacios más queridos por sus incondicionales. Allí se aposentaba la terraza cumbre del verano logroñés y allí despachó Anita su exquisita mercancía en forma de girasoles, misteriosamente ocultos en el vientre de la máquina de tren donde más logroñeses alguna vez nos hemos montado. Deliciosas pipas, por cierto, esmeradamente recogidas en aquellas bolsas de papel blanco que ejercen para muchos de nosotros el mismo efecto que para Proust su magdalena.

La buena noticia tiene alguna ramificación no menos grata, porque uno tenía intención de   seguir llamando Tívoli al histórico bar fuera cual fuese el nombre ideado por la nueva propiedad para su reinauguración. No hará falta: aunque el rótulo principal indica Noche y Día, en el chaflán, la puerta por donde se ingresaba antes en la zona de mesas, luce reluciente el nombre de siempre: Tívoli. De modo que pronunciarlo permite una larga excursión en el tiempo hacia aquellos años, cuando el local anidaba en el imaginario de la hostelería logroñesa más canalla. Los años del Turismo de la calle Sagasta, por ejemplo, o del Merlín de Portales, aunque este último detentara su propia declinación: no era el bar heredado de nuestros antepasados sino el fundado por nuestra propia quinta.

Así que larga vida al Tívoli. En sus mesas no veremos ya a los eternos jugadores de naipes dándole  al subastao a ver quién pagaba la ronda de solysombra. Tampoco habitarán su barra de aluminio los fruteros, carniceros y resto de la cofradía del mercado de San Blas que allí se acodaban a veces desde antes de que saliera el sol. Desapareció hace tiempo y no se ha recuperado ahora el ventanuco que daba a los dominios del mentado Emiliano, donde nos aposentábamos en nuestro particular paso de paloma de la larguísima adolescencia logroñesa. Se fueron también los yonquis, porque ya ni siquiera hay yonquis como se conocieron por entonces. Aquel viejo Tívolí protagonizó un mutis tan discreto como discreta ha sido su reapertura, de modo que nos toca a los demás subsanar ese vacío: el Tívoli ha vuelto. Que corra la voz.

P.D. Hace apenas unos años, ingresar en Laurel y alrededores exigía salvar un enorme hueco: el dejado por el cierre del Tívoli y la inexistencia de bares flanqueando la entrada a la propia calle. La Taberna del Tío Blas, primero, y La Tavina después corrigieron tal error. Hoy, con el propio Tívoli abierto, aquella herida deja de sangrar. Y lo hace con clase: como se aprecia en la foto de Jonathan Herreros, el nuevo local ve la luz con ese aire un punto hipster tan caro al sector en los últimos años, organizándose a partir de una elegante barra en forma de ele, predominio de maderamen y un hermoso neón con su nombre, Noche y Día. Así será, aunque insisto: mi corazón tan logroñés le seguirá llamando como siempre.

 

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Bares, el ruido y el frío

Música en un bar de cine, con los fabulosos Baker Boys y su fabulosa cantante

Quien escribe estas líneas es logroñés. Riojano. Habitante de la futura Ebrorregión. Lo cual significa que si puede expresarse a gritos, para qué va a hablar en voz baja. Como tantos paisanos, sigo esta tendencia en cada ocasión que me peta: saludando al conocido voceando desde el coche (opcional acompañamiento de bocina), hablando por el móvil hasta que reviente el medidor de decibelios y, por supuesto, vociferando en los bares y resto de locales del sector de la hostelería. Aunque debo confesar que, comparado con otros compatriotas peritos en la misma costumbre, mis gritos no son gran cosa: son multitud los riojanos que me superan en eso de expresarse a pleno pulmón, de modo que pese a los atributos arriba citados a veces parezco más bien escandinavo. En eso de hacer ruido en los bares, siempre hay quien te gana. Empezando por los dueños.

Un ejemplo. Estupenda mañana de primavera en Logroño, cafelito mañanero en una terraza con vistas al río. Se escucha el rumor del padre Ebro viajando hacia Zaragoza, la brisa acompaña la banda sonora matinal con un leve eco, los adictos al footing (ahora se dice running: mejor, muuuuuuuuucho mejor que decir corriendo en castellano, no vaya a ser que logremos entendernos) van echando el bofe sumando el sonido de sus pisadas a la polifonía general… Y de repente… De repente, sin que nadie lo haya pedido, desde los altavoces atruena el chundachunda de los 40 fundamentales. Horror. Bueno, un horror relativo: a nadie salvo al abajo firmante parece importarle. El resto de la parroquia hace lo habitual en estos casos: elevar a su vez el nivel del propio vocerío, de modo que poco a poco todos nos convertimos en cien por cien riojanos. Adiós a la plácida mañana de bar: ya estamos hablándonos a gritos para sobreponernos al ruido. Cortesía de la casa.

Yo me marché esa mañana, miembro de la cofradía de resignados ante el ruido que nos arrebata el placer de acodarnos a gusto en nuestra barra de confianza y preservar el rito sagrado de la tertulia. Sobre todo, porque he comprobado que sonorizar en condiciones un bar no es tan difícil. Sí que es caro, así que viene siendo habitual que se empiece a ahorrar en estos detalles y se acabe por pensar en el cliente como si careciera de los derechos propios a cada consumidor. Ya ni siquiera me extraña que no nos extrañe: nos hemos acostumbrado a ingresar en cualquier bar, sufrir la música que nadie ha pedido a niveles que harán feliz al otorrino de guardia y marcharnos a otro local. Con la música a esta parte: porque en el siguiente solemos padecer igual trato, con parecidos resultados. Desaparece la charla relajada y en tono confidencial, que se ve sustituida por ese griterío tan alarmante y no: no nos quejamos. Hay una ventaja: te acostumbras a hablar a gritos, sin escuchar a tu interlocutor, y ya te pueden fichar de tertuliano en la TDT.

El caso es que no nos quejamos, aunque dudo que podamos seguir así mucho tiempo, porque ya digo que no es tan difícil insonorizar bien un bar. Hace años asistí a la inauguración de un local en Logroño y por azar me tocó compartir mesa con el arquitecto autor del proyecto. El buen hombre me contaba cómo había desplegado su talento para convertir aquel espacio en un lugar cálido, agradable. A su juicio, la clave, oh sorpresa, era la insonorización: lo había forrado de madera. Autóctona, por cierto: madera de bosques riojanos. Siempre que vuelvo por allí, recuerdo esa conversación, porque es un raro ejemplo de local donde puedes hablar sin forzar la voz y el compañero de al lado, milagro, milagro, resulta que te oye. El prodigio se repite en sentido opuesto: te hablan y escuchas lo que te dicen sin que sufran las cuerdas vocales del vecino. En consecuencia, se genera un ambiente agradable, dan ganas de quedarse un rato más, pedir otra ronda. Te felicitas por haber dado con un espacio civilizado, donde no te sientes amenazado por el bafle. Un lugar donde la única música que quieres escuchar es el murmullo del vino cayendo sobre la copa y la charla de los amigos. Un lugar llamado bar.

P.D. Escribo estas líneas inspirado por una reciente entrada en el blog de El Comidista, el muy interesante espacio que el hermano menos famoso de la familia López Iturriaga gestiona con olfato y mucha clase. Aquí os dejo un enlace para disfrutar con sus ocurrencias como he disfrutado yo http://blogs.elpais.com/el-comidista/2014/06/por-favor-disparen-al-pianista.html. A las que añado una advertencia: en verano, el ruido interior de los bares se traslada a las terrazas; adentro acecha otro enemigo temible: el aire acondicionado. Una muestra muy conseguida de hasta donde llega nuestra estupidez occidental, el derroche de energía sin sentido, la exhibición de opulencia que a mí me deja siempre cavilando: cómo es posible que en verano tengas que abrigarte para entrar en un bar. Cuándo nos volvimos todos tan locos.

 

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El primer bar de tapas

Rotulación del bar Victoria

El primer bar de tapas de Logroño para mi generación fue el Victoria. Me refiero al antiguo Victoria, el ubicado en la muy castiza calle de Carnicerías, que tan buenos recuerdos me trae: el afilador/paragüero encajado en el portal de una vivienda, la espectacular tienda de Rosi (Mantequería Suiza), la carnicería de Tere y Valentín y sus filetes de caballo (jugo incluido), La Tropical, la panadería de Garpesa… Hoy es una calle que apenas nadie pisa si puede eludirlo, porque se convirtió a la nueva religión de las copas del fin de semana, con el evidente deterioro: añada el improbable lector el feo aspecto del abandonadísimo solar que hace esquina con Zaporta para que se entienda que un logroñés conspicuo evite darse por allí un paseo.

Así que a los méritos propiamente hosteleros del Victoria habrá que añadir el buen ojo de sus dueños cuando se mudaron desde aquel emplazamiento hasta su actual sede en Víctor Pradera: atrás dejaban un enclave no especialmente apropiado para el tipo de local que defienden. Para mí fue sin embargo una desilusión: me había acostumbrado a iniciar la peregrinación por los bares del Casco Antiguo con una paradita en el Victoria, que solía presentar llenos multitudinarios y me obligaba a ejercitar los codos hasta hacerme con un hueco en la barra, salivar con sus golosinas y decantarme por mi pincho favorito: una tostada con queso rematada por un revuelto de ajetes. Suculento. Pero, sobre todo, era revolucionario: por primera vez un bar de Logroño aspiraba a parecerse a cualquiera de San Sebastián.

Porque en materia de tapas, hasta entonces lo habitual era la santísima trinidad de los bares logroñeses: o bien carecían de ellas y sólo despachaban bebidas, o bien ofrecían manjares poco atractivos casi por compromiso, o bien se inclinaban por la tercera vía, la vía de la tapa única, el monocultivo gastronómico. El Negresco tenía sus mejillones con tomate picante, el Soriano sus champis, el Jubera sus bravas, el Perchas sus orejitas, el Blanco y Negro sus anchoas…. Cada cual se había especializado en un bocado en exclusiva, de modo que las barras solían lucir bastante mustias. Nada que ver con la moderna polifonía de colores, olores y texturas que de repente desembarcaron en el Victoria: la comida entraba por los ojos, literalmente, de modo que empezó a ser habitual que cuando algún conocido recalaba entre nosotros le guiáramos de inmediato a la calle Carnicerías para presumir de bar.

No siempre había sido así. Mis primeros recuerdos del Victoria me remiten a un bar como tantos otros, con sus mesitas a la derecha según se entraba, poca iluminación y los mismos clientes repetidos una y otra vez.  Un bar que de repente se iluminó, como se iluminó España entera a mediados de los años 80: la modernidad había llegado y en el caso del Victoria se materializó en forma de gollerías de diseño, que en los 90 se mudaron con el propio bar frente a los juzgados. Este otro Victoria lo he frecuentado menos. Ignoro la razón, porque cuando me he acodado en su barra me ha deslumbrado como al resto de la clientela tanto buen gusto en su oferta gastronómica. La misma que hoy, luego de su transformación, sigue despachando a ritmo sobresaliente, con la particularidad de que a diferencia de otros bares históricos cuya metamorfosis ha resultado, hum, mejorable (La Granja, Ibiza) el nuevo Victoria me parece que mantiene intacto el espíritu anterior, pero perfeccionado: la hermosa tipografía empleada para rotular la puerta de acceso, la decoración interior, la cocina a la vista según es moda reciente… Metales y maderas para recordar que hubo un Victoria anterior, al que rindo hoy sentido homenaje: aquel de Carnicerías que para toda una generación fue su primer bar de tapas.

P.D. El nuevo Victoria, fiel a su origen, reivindica sus raíces colgando de sus paredes una hermosa colección de fotos antiguas que emocionarán a cualquier logroñés sensible a la historia que segregan sus bares. Como nos tiene contado el gran Eduardo Gómez, el local se alza en Víctor Pradera desde septiembre de 1991. Hasta ese emplazamiento lo llevaron Mario y Olga, que han dejado el testigo en manos de Iván, Sonia y Olga, a quienes acompañan ahora  esas imágenes en blanco y negro que recuperan la esencia del bar original, el ubicado en Carnicerías. Imágenes que nos devuelven al tiempo en que reinaba en su barra el popular camarero llamado Ojitos . Imágenes que, ay, me temo que ya no volverán.

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