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Los bares del Logroñés

Antigua alineación del Club Deportivo Logroñés, en un póster publicado por el diario AS

 

Hace unas semanas surgió la autorizada opinión del amigo José Luis Ouro en las entrañas de este blog y, como el santo Pablo camino de Damasco, gracias a su aportación yo también me caí del caballo. Su comentario en torno a los pósters del Logroñés que sobreviven en un puñado de bares  me invitaba subliminalmente a redactar esta entrada, porque coincidió con una visita al nuevo Las Gaunas, uno de los campos de fútbol más feos que uno ha visto en su vida (y ha visto unos cuantos), acompañando a unos amigos a su inesperada cita con el fútbol de segunda B: ir ese domingo por República Argentina fue como desayunar la magdalena de Proust. Un emocional regreso a la infancia y la adolescencia que me invitaba a esta reflexiones que comparto aquí con quienes, como el arriba firmante, han visto unirse en su corazón dos amores tan esquivos: los bares y el Logroñés.

La imagen que ilustra estas líneas resume a la perfección el equipaje sentimental del que hablaba: veo ese cartel que publicó en su día el diario As y me dan ganas de llorar. Por lo que fue y por lo que pudo haber sido. Lo que fue: una alineación que me conduce a mis años de chaval, cuando peregrinar a Las Gaunas significaba cruzar ante la puerta de unos cuantos locales que me siguen sonando a fútbol. Tucumán, Mar de Plata, Cinco Pesos: la trilogía de garitos que rendía tributo con su nombre a la calle que les acoge, llamada en consecuencia República Argentina. En el último de ellos se despachaban incluso entradas: era un estupendo modo de adquirir una de infantil cuando se llegaba a la edad de cadete y una de cadete entrada en la condición de juvenil, estratagema que funcionaba peor en la taquilla del añorado Las Gaunas (el auténtico) por el celo del taquillero pero que menguaba la derrama exigida para ingresar en nuestro particular teatro de los sueños.

En realidad, la travesía dominical se iniciaba antes, mucho antes: era frecuente quedar con los amigos en algún bar a medio camino entre el hogar familiar y el campo de fútbol, lo cual también resultaba consecuente con la propia historia del club de nuestra devoción, muy ligada al mundo hostelero local. Al Logroñés, en efecto, lo conocí cuando tenía su sede en un desaparecido bar de la calle Bretón, llamado Alfred´s (nomenclatura muy setentera). Por otro lado, su eterno presidente, el recordado Césareo Remón, era un prohombre de la hostelería local, con mando en plaza en el hoy resucitado Las Cañas, así que todo alrededor de los colores blanco y rojo apuntaba hacia el objeto de este blog, los bares. Los bares eran también, por cierto, la salida natural para muchos futbolistas cuando se jubilaban y en los bares era costumbre encontrarse con ellos cuando aún ejercían como tales, matando el tiempo entre partidas de cartas y ligoteo con camareras y clientas: no sé la razón pero desde antaño un tipo de esmerada planta y buena billetera ha atraído al género femenino con una facilidad envidiable. La verdad es que no me lo explico.

De hecho, las andanzas empresariales de unos cuantos exblanquirrojos cuando abandonan el fútbol ya fueron materia de una entrada en este blog. Si hoy vuelvo a explorar esa veta es porque me apetece ir un poco más lejos: pensar qué bares se vinculan en mi memoria con la trayectoria del Logroñés. Y habrá que citar por lo tanto todos cuantos rodeaban el viejo campo de fútbol igual que ahora se asocia al nuevo estadio con los locales surgidos a su alrededor, donde se mantiene la fidelidad a ese rito del café, copa y puro clásico del prepartido. En mi caso, esa cita tenía como escenario el fenecido Wellington de Jorge Vigón, donde uno se aprovisionaba de la cuota de líquido disponible para afrontar el duro trance de aposentarse en la grada de general durante el frío invierno.

Otros hinchas disponían de su campamento base en otros bares, pero todos teníamos algo en común, creo: acudir tras cada tarde en Las Gaunas al Carabanchel o al Negresco, para observar en sus monumentales pizarras (precursoras de internet sin saberlo) los resultados del resto de equipos competidores. Y una segunda coincidencia: cuando tropezábamos con el póster del Logroñés en cualquier bar, de modo automático ese bar se convertía en ‘nuestro’ bar. Así que el improbable lector de este blog puede practicar ahora el siguiente rito: cierre los ojos, ingrese en el desaparecido bar La Simpatía y contemple el póster que aquí adjuntamos, similar al que allí existía. Y recite conmigo: de pie, Belaza, Marín, Álava, Corcuera, Cenitagoya (sin bigote) y García Fernández; agachados, Hernáez, Luisi, Ortega, Berasategui e Iriarte (con pelo). Al fondo, la grada de un estadio abarrotado (sí, más o menos como ahora), que no era Las Gaunas pero que se parece en su humilde y venerable aspecto: tribuna sin asientos, rótulos muy años 70, ausencia de cuarto árbitro así como de otras tonterías recientes. Ah, y ese público que se protege del sol con sombreros de papel: ese público que si fuera de Logroño vendría de tomarse su carajillo en el Mar de Plata, de fumarse una faria en el Tucumán o de comprar su entrada de cadete en el Cinco Pesos para engañar al boina que custodiaba la entrada a Las Gaunas. Pensando que toda la vida sería así de feliz.

P.D. Decía que ese póster con las leyendas en blanco y rojo de mi mocedad me disparaba la emoción… por lo que pudo haber sido. Es decir, qué hubiera pasado con el fútbol en Logroño de no incurrir en el rosario de tropezones y fiascos que hemos ido conociendo, sobre los que no abundaré. Es una página tan dolorosa, por absurda, que prefiero olvidarla. Prefiero quedarme con lo bueno. Los bares y el Logroñés, el viejo Las Gaunas… con sus propios bares: los ambigús de General y Preferente (donde era tan fácil irse sin pagar) y los camareros ambulantes, cuya letanía todavía me parece escuchar: “Hay Kas Limón, Kas Naranja, Kaskol, esquisoles…”

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El Perchas, en torno al casticismo

Entrada al bar El Perchas, foto de Justo Rodríguez

El logroñés trasterrado que vuelve a casa por vacaciones observa distintos ritos de reinmersión en su tierra natal, que suelen manifestarse en directa proporción a la personalidad de quien se trate: habrá quien refresque su abono para ingresar como de crío en las piscinas de Cantabria, habrá también quien tome asiento en las veladas veraniegas del Espolón para asistir a los conciertos de la Banda Municipal y habrá quien si regresa al hogar familiar por Navidad aproveche para discutir si era mejor Iberpop que Actual, uno de esos temas de conversación tan apasionantes y tan caros para Logroño. Lo que es seguro es que unos y otros acabarán dando una vuelta por la calle Laurel, leales a sus bares favoritos. Y también casi seguro que uno de ellos será El Perchas, con sus orejitas y sus banderines del Atlético de Madrid. Bueno, pues hay malas noticias para ellos y para los indígenas: si el dios de la hostelería no lo remedia, esta será la última Navidad con El Perchas, sus orejitas y sus banderines de Atlético de Madrid.

Disgusto, decepción, dolor incluso: así son las reacciones que uno contempla a su alrededor, cuando comenta con amigos y conocidos la noticia de la próxima defunción de uno de los bares más peculiares del Logroño bizarro. Disgusto, decepción y dolor así en los que viven trasterrados, en efecto, como entre quienes son habituales a la ronda diaria o semanal por la calle Laurel. Apenas hace unas semanas comentábamos por este blog la difícil supervivencia que acecha a los bares cariñosamente llamados viejunos, entre los cuales El Perchas ocupa lugar de honor. Bueno, pues la supervivencia es más que difícil: para algunos es imposible, pero ahuyente el improbable lector cualquier asomo de lágrimas. Aunque la noticia nos hiele el corazón a sus devotos, en realidad llega la hora de celebrar este adiós que se avecina: cuando concluya diciembre, un matrimonio de esforzados trabajadores logroñeses se acogerá a la bendita jubilación. Y ambos podrán comprobar si como cuentan jubilación viene de júbilo.

En su caso, yo creo que sí. Seguro que quienes nos han alegrado las incursiones en la calle Laurel desde que éramos unos mocosos se han ganado el derecho a procurarse unos años más tranquilos. Sin que les incordie el borracho de guardia, sin los sofocos que exige atender una barra tan solicitada, sin la esclavitud que significa un negocio donde se produce el contrasentido de que unos trabajan para que otros disfruten. El Perchas es todo eso, cierto, pero también mucho más: uno de los escasos testigos del tiempo en que todos (repito: todos) los bares de Logroño eran más o menos así.

¿Y cómo eran? Fieles a sí mismos. No había música atronando por los bafles, las referencias de vino de Rioja eran las justas y las necesarias y el mismo decorado heredero del tiempo de su fundación seguía recibiendo a la parroquia, que entraba en el bar habiendo alcanzado uno de los propósitos que se forja uno cuando practica semejante tradición: el cliente sabía a lo que iba. Sabía a lo que iba a El Perchas. No había sorpresas, alabado sea Logroño.

Porque el cliente venía a eso, al monopincho. A por la orejita. ¿Despacha otras tapas el Perchas que no sean sus orejitas? Yo diría que no, pero la verdad es que lo ignoro. El simpático cerdito que saluda a la entrada eclipsa cualquier oferta que no sea la habitual: engullir una de las orejas que sus hermanos habían perdido para que fuera rebozada en la minúscula cocina donde tan felices nos han hecho. Sé que habrá entre nosotros y entre quienes nos visitan desafectos a la causa de la orejita; ellos se lo pierden, porque se trata de un bocado singular por lo exquisito: porque en esa escasa superficie delicadamente rebozada cabe un sugerente mundo gastronómico, cuyas completas virtudes no citaré. Me limitaré a reivindicar la que me pareció siempre más atractiva: su textura. Esa textura pringosa, esa primera capa un punto viscosa que a menudo resulta tan complicado despegar de los dedos, esa cualidad gelatinosa que se combina sabiamente con el crujiente secreto que aguarda adentro, el suculento cartílago cuyo chasquido sabe a gloria.

Sí, El Perchas quedó asociado oreja mediante en nuestra memoria igual que el Soriano con sus champis o el Moderno con sus bocadillos de calamares. Quienes nos sucedan en esta práctica de corretear por los bares encontrarán si no han encontrado ya sus propias referencias, que les inundarán de nostalgia dentro de unas décadas. Pero sería una pena que las siguientes generaciones se pierdan los tesoros que alegraron las tardes de quienes les precedieron, para quienes casi la orejita era lo de menos. Lo importante era ingresar en El Perchas como quien entra en el túnel del tiempo. Un viaje en torno al casticismo al que Logroño no debería renunciar. Porque la calle Laurel quedará mutilada, perderá encanto, será otra sin El Perchas. Sin sus orejitas y sin sus banderines del Atlético de Madrid.

P.D. Cuentan mis confidentes de confianza (valga la redundancia) que hay una esperanza a la vuelta de Navidad: que fructifiquen las negociaciones emprendidas por los actuales titulares de El Perchas con algún interesado en perpetuar el negocio. Ojalá. Ojalá sea cierto, aunque uno se lo creerá sólo cuando lo vea: cuando vea que le sigue saludando el cerdito de la entrada. A cambio, aceptaría incluso que el nuevo dueño cambiara la decoración para desearle larga vida a El Perchas, a sus orejitas y sus banderines del Atlético de Madrid.

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A la calle

BAR ITURZA DE LA CALLE MAYOR. 13/11/2014. DÍAZ URIEL para Diario LA RIOJA

Como decíamos ayer… Comentaba la semana pasada los curiosos avatares que viven algunos bares logroñeses so capa de la no menos curiosa normativa municipal que veta el consumo allende sus puertas. Y puesto que prometía una reflexión más pausada, allá voy. Lo primero, aquí dejo el titular: no lo entiendo. Y acto seguido, desarrollo la idea, tal y como nos sugerían nuestros maestros en la asignatura de Redacción de primer curso.

No entiendo esto de vigilar quién se toma qué en dónde por varias razones. La fundamental, es que no soy nada partidario de regular la actividad empresarial en un sector como el hostelero, que no es precisamente la industria de defensa: quiere decirse que no se trata de un ámbito vital para la ciudadanía. Forma parte de las actividades secundarias, de modo que legislar sobre tal sector me parece una pérdida de tiempo: yo, que soy acendrado partidario de la cosa pública, pienso que la Administración sí debe velar por nosotros en aquellos aspectos decisivos (educación, sanidad, servicios sociales), porque creo que lo hace mejor que la esfera privada (ya lo siento: lo digo de corazón) y porque no debemos permitir que tales ámbitos se conviertan sólo en un negocio. Pero también opino que, en consecuencia, la mano pública no pinta nada en otros negocios: el Ayuntamiento (todos los ayuntamientos) deberían dejar que un emprendedor abriera dónde y cuándo quisiera su comercio y, salvo que derive en conflicto con la vida privada del resto de convecinos o por motivos de orden público, que cada camarero aguante su barra.

Por otro lado, no olvido las sabias palabras que una vez me regaló un munícipe logroñés, nada amigo de regular aquellas actividades… que no se pueden regular. Porque no hay medios humanos ni materiales. El buen concejal debería saber que tipificar como sancionable todo aquello que sólo se puede sancionar poniendo a un guardia detrás de cada logroñés… En fin: que no es buena idea, puesto que resulta imposible, una locura, una insensatez. Si te estás tomando un vino, te llaman al móvil y sales del bar copa en ristre porque dentro no se oye nada, ¿te llevas una receta del municipal de guardia? ¿Charlar sosegadamente con la espalda contra la fachada del bar con otro cliente que también esgrime su vaso es merecedor de castigo? ¿Por qué en unos bares sí y en otros no? Mientras paladeas tu consumición sin meterte con nadie a las afueras del local de confianza simplemente porque te apetece disfrutar de una noche estrellada (qué cursi me pongo), ¿debes ser reconvenido por la ordenanza municipal mientras apenas unos metros más allá se celebra un botellón multitudinario?

Yo confieso. Sí, también he pasado algún rato en la calle Mayor tomando una caña fuera del Iturza, uno de los bares bajo el ojo policial. Lo he hecho en compañía de otras gentes que disfrutaban de un rato tranquilo, de tertulia, sin importunar a los vecinos más de lo que incordia una procesión, una manifestación o Logrostock, por poner algún ejemplo local. Y también he intentado alguna vez llegar hasta mediada la calle Laurel (donde por cierto vive gente que paga igualmente sus impuestos, tasas y tributos) y he tenido que desistir, por el elevadísimo número de personas que estaban tomando vino… Bingo: en la calle. No veo la diferencia. Y tampoco veo por qué alguien no puede abrir un bar donde le pete si tiene los permisos en regla, sin tener que medir la distancia que le separa del local más cercano.

Así que voy concluyendo. Pese a lo antedicho, no soy nada partidario de la ley de la selva hostelera. Me parece correcto que el Ayuntamiento resguarde los intereses ciudadanos en este ámbito, donde tiene bastante trabajo, por cierto, aunque en otro subapartado: no hay más que ver el descontrol al que Logroño se ve sometido en tiempo de terrazas, que ahora es todo el año. ¿Esa invasión del espacio común con los engendros que se han popularizado últimamente no debería merecer del Gobierno local algo más de atención? ¿Se sanciona a mucho camarero abusón por el insoportable arrastre de veladores de cada noche? ¿Esas acumulaciones de sillas en altura que en algún caso han provocado algún siniestro no son más peligrosas para el orden público que una pareja que se toma un vino a la puerta de un bar de la calle Mayor?

Ah, todo son preguntas. Las respuestas, como cantaba el bardo de Minnesota, están en el viento, maifren. En consecuencia, persiga la Administración lo que de verdad, de verdad, pero de verdad de la buena, perturba la convivencia y permita que esa mano invisible que según la doctrina liberal regula la economía dirija las actividades más cotidianas de los logroñeses, sobre todo en cuestión de bares. Porque para que nos echen a la calle nunca hemos necesitado la ayuda del Ayuntamiento.

P.D. En teoría, el celo municipal en este ámbito se dirige a garantizar el cumplimiento del artículo 22.4 de la ordenanza municipal de Logroño, según el cual “los titulares de las actividades deberán velar para que los clientes no produzcan molestias por ruido en el interior del local e impedir la salida del establecimiento por parte de éstos con bebidas y alimentos servidos para su consumo en el local, para lo cual adoptarán las medidas necesarias y eficaces que garanticen el cumplimiento de esta obligación”. Una cuestión, como se ve, de obligado incumplimiento, salvo que cada bar contrate servicio de seguridad. O salvo que vivamos en Corea del Norte y no me haya enterado.

 

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Bares viejunos

Bares de viejos, bares viejunos

Viejuno: voz introducida en nuestra jerga coloquial gracias al ingenio de la escudería de cómicos capitaneada por el gran Joaquín Reyes. Uno de esos hallazgos que glorifican el idioma español, porque añade un guiño semántico del que carece la palabra matriz: viejuno no es viejo sino una determinada clase de viejo. Se debería emplear más bien como sinónimo de anticuado: por ejemplo, Eduardo Punset sería viejo, pero no viejuno. Viejuna sería en realidad su hija Elsa, a pesar de ser más joven. No sé si me explico.

La palabra ha hecho fortuna últimamente, porque sirve para identificar de modo fetén algo o alguien pasado de moda, superado por el paso del tiempo, anacrónico… pero poseedor de cierta gracia. El encanto de lo camp. Así que hay gente viejuna, pero también menús viejunos (el cóctel de marisco, por ejemplo), ropa viejuna (el chaleco, tal vez) y bares, en efecto, viejunos. Véase el dibujado en la imagen que ilustra estas líneas: tropecé con él en el perfil de facebook del bar Pali Carlitos y lo relacioné con un comentario dejado semanas atrás en este blog por el periodista Guillermo Sáez. Sostenía el paisano trasterrado a Madrid que Logroño en general y su calle Laurel en particular se arriesgan a sufrir lo que denomina proceso de ‘donostización‘. Es decir, que de repente los bares o son modernos o no son, con esas barras al estilo de San Sebastián en permanente competición a ver quién tiene el pincho más hermoso o la enoteca mejor dotada. Alertaba el susodicho Sáez de la pervivencia que juzga en peligro de locales como el glorioso Perchas, emblema de los bares viejunos. Y que nadie detecte nada peyorativo en semejante atributo: el bar viejuno, a quien esto firma, le parece una especie cuya continuidad debería garantizarse por ley.

Así que de qué hablamos cuando hablamos de bares viejunos. Viene de nuevo en nuestro auxilio la imagen citada, de modo que la pregunta se contesta fácilmente: un bar viejuno debe contener un póster futbolero pasado de moda (el Atlético de Madrid en el mentado caso del Perchas, aquel del Logroñés que sigo añorando del difunto La Simpatía), un transistor analógico, máquinas de marcianitos de cuando ni SuperMario había nacido… Un mostrador de zinc, unas mesas de formica, vasos de Duralex, ceniceros de latón triangulares con el logo de Martini… Camareros de toda la vida con pinta de haberlo visto todo, una barra consagrada al monocultivo del pincho único (o mejor: sin pinchos), unos parroquianos pegados al estribo… Ayuda a esta configuración que el bar se sitúe fuera de los circuitos habituales, condición que cumplen por lo tanto los locales ubicados en los barrios alejados del centro de Logroño: allí se puede asegurar que (casi) todos los bares son en consecuencia viejunos.

Pienso en establecimientos como el citado Perchas, claro, bandera del bar viejuno cuando este concepto ni siquiera existía. Y pienso en una curiosa derivada: el bar viejuno concebido como bar… moderno. Es decir, que su idiosincrasia singular le permite sobrevivir a las modas que vienen y van. Que vienen y van mientras ellos, estos bares fieles a su propia identidad clásica, permanecen al margen de las tendencias… hasta que ellos mismos se convierten en eso, en tendencia. Me refiero por ejemplo al Iturza de la Mayor, que ha aparecido unas cuantas veces en este blog: antaño era uno de los bares típicos de esa ruta castiza, junto al Bretón y el Cuatro Calles, cuando la calle todavía no se había convertido en refugio del público joven. Entonces (años 80), el Iturza ya nos parecía merecedor del encanto de lo viejuno, pero esta palabra no se había inventado. Ahora, le ocurre otro tanto con su clientela renovada: reconforta encontrar en nuestras correrías por los bares de confianza un garito por donde no pasa el tiempo. Un bar refractario a esa ola de ‘donostización’ que mencionaba arriba: así es el Iturza, que tal vez sea viejuno, pero no viejo. Y así son también el Perchas o el Soriano, inasequibles a su oferta del pincho único (las orejitas o el champi que despachan al margen de neotabernas, gastrobares y resto de recientes entradas en el universo hostelero): bares a quienes el adjetivo que mejor les cuadra es el del auténticos. Con sus servilleteros con mondadientes en el lateral, televisor Telefunken y cortinilla de abalorios franqueando la entrada. O con su autógrafo dedicado del Panaderito de Oyón, por ejemplo, como ocurría en el antiguo Tívoli: uno de esos bares que ha pasado de ser viejuno a emblema de lo nuevo.

Cosas de la edad: nos ha pasado a todos, pero al contrario.

P.D. El Iturza ha sido noticia reciente porque milita entre los bares que protagonizan esa curiosa batalla civil por la moda (también reciente) de tomar la consumición en la calle. Una de esas cuestiones que siempre me intrigan: por qué se legisla desde la Administración algo que los ciudadanos gestionan por sí solos sin mayores problemas. Prometo una reflexión más larga sobre tal cuestión, en una próxima entrega. Seguiremos informando

 

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De propina

Propina, del latín ‘propinare’: dar de beber. Y añado yo: extraña costumbre que va desapareciendo del universo hostelero patrio, en proporción a la implantación de nuevos usos entre los camareros y su clientela. Y añado todavía más: así como hogaño se medía el carácter rumboso de un parroquiano por su tendencia a dejar tras cada consumición unas monedas (o algún billete, incluso: eran los tiempos anteriores al euro), hoy esos dispendios parecen anticuados, propios de otras épocas, testigos de un mundo que huye.

En realidad, todo cuando tengo que decir yo sobre las propinas lo expresa mucho mejor el amigo Steve Buscemi en el memorable arranque de Reservoir dogs. Lo resumo para quien no haya visto la peli o la haya olvidado: digamos que… Ejem… El Señor Rosa no es muy partidario y aquí dejo este video que lo demuestra. Su postura  abre un encendido debate con el resto de comensales típicamente norteamericano, porque en la tierra del tío Sam la propina viene de serie en cualquier actividad del sector servicios. Como bien saben quien haya visitado aquel país, es usual que el precio de según qué cosas (una consumición, por supuesto, pero también un viaje en taxi) no sea excesivamente caro visto con ojos celtibéricos, pero de repente la factura se dispara cuando se le agrega un misterioso tanto por ciento. Un porcentaje que suele variar, pero que las fuentes consultadas para esta entrada sitúan en el entorno del 18%: cuando yo viajé por allí, ese incremento se anotaba al final de la cuenta explícitamente, pero viajeros recién llegados de aquellos lares me aseguran que ya ni se toman la molestia. Te aplican de saque la propina y uno sólo se entera cuándo pregunta a santo de qué ha subido tanto la consumición: será entonces cuando sepa que en realidad no le han cobrado la propina, sino el llamado tip. Esto es, el acrónimo de una especie de impuesto revolucionario llamado To Insure Promptnes, que traducido a la lengua de Gonzalo de Berceo significa ‘para asegurar prontitud’.

Eufemismos, como se ve, los hay también en la jerga del imperio. Y ahí quería llegar: qué pagamos cuando pagamos una propina. ¿Prontitud? Bueno, en algún local yo estaría dispuesto a abonar un recargo para no esperar tanto, la verdad. Pero se supone que con la propina distinguimos un servicio más esmerado de lo habitual, una velada especial gracias a la contribución del camarero de guardia, un detalle que nos haya regalado el bar de confianza… Porque pagar una propina por algo que ya estás abonando cuando te haces cargo de la minuta (que te pongan un vino, por ejemplo) tiene poco sentido. Por la misma razón, tal conducta se debería haber hecho extensiva a lo largo de la historia a distintos sectores de actividad económica, donde uno no los ha contemplado casi nunca. ¿Por qué entonces deberíamos dejar propina en un bar y no en la charcutería? ¿Por qué no darle una propia al quiosquero por el periódico?

Es un misterio que no acabo de entender. Como he explicado más arriba, uno no es partidario de la propina. No me importa pagar un precio más elevado de lo que debería a cambio de algún complemento adicional que sí lo valga, pero añadir un suplemento a cambio de vaya usted a saber qué… Nunca le he visto demasiado sentido, aunque lo practico: a veces, lo confieso, porque me da apuro llevarme unas monedas del platillo ante la mirada inquisitorial del camarero. Y todos tendremos que aceptar que siempre que dejamos una propina, queda en el aire la duda de si deberíamos haber sido más generosos, porque aquí no hay coeficientes como el TIP yanqui y por lo tanto podemos sospechar que se esperaba algo más de nosotros.

De modo que concluyo como empezaba: no le veo sentido. Pagar una propina por algo que ya estás abonando, pagar una propina sea cual sea el servicio que te ofrecen, pagar una propina aunque el vino no se sirva en condiciones, la caña se tire mal o el pincho de tortilla sepa igual que la que hice yo una vez en casa… Pagar una propina si te atienden con antipatía, el suelo está lleno de servilletas y mondadientes y en lugar de copa te ofrecen duralex… En fin, que me quedo con el argumento de Mr. Pink y agrego un toque logroñés: a mí no me importa pagar propina si en el bar me ponen algo de regalo. Y me basta un cucurucho de cacahuetes.

Bar, dulce bar: artículo en la revista Belezos

P.D. Y de propina, un anuncio. Ya está en la calle la revista Belezos, que incluye una colaboración firmada por servidor en torno a La Rioja en sus bares. Si os apetece echarle un vistazo, muy agradecido: aquí os dejo la foto de las primeras páginas. La verdad es que este número ha quedado muy bien y contiene artículos harto interesantes. Espero haber estado a la altura.

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Dos años de blog… y cinco rondas gratis

Como en este blog pensamos que Bilbao es un barrio de Logroño, nos hemos venido arriba y para festejar los primeros dos años de vida sorteamos unas cuantas rondas por algunos de nuestros bares de confianza. Cinco consumiciones para dos personas, en locales de acusada raigambre logroñesa: Donosti, Taberna de Baco, Calderas, La Retro y Torres. A todos ellos, gracias infinitas por su generosa colaboración, vertiginosa por cierto: nada más rogar que se animaran a participar en este sorteo, se apresuraron a contestar afirmativamente. Así que de nuevo, muchas gracias.

¿Qué tienen que hacer los improbables lectores para merecer este obsequio? Poca cosa. Leer hasta el final de esta entrada, donde figura una pregunta muy facilita de contestar para todo logroñés que peine ya alguna cana, relativa a nuestro querido universo de bares. El año pasado, para conmemorar la primera vela en esta tarta compartida en que se ha convertido este blog, ya contamos con la desinteresada contribución de otros tres bares: Tastavín, Taberna de Tío Blas y La Tavina. A cambio de degustar sus consumiciones, los ganadores sólo tuvieron que hacer lo mismo que se les pide ahora a quienes acierten con la pregunta de este año: quedar con los dueños de los bares (desde el blog nos ocuparemos de las gestiones) y mandarnos una foto cuando les sirvan sus rondas. Nada más. Facilito. Los ganadores serán los cinco primeros que contesten en la web de Diario LA RIOJA. Repito: en la web. No a través de redes sociales.

Este año, soplamos las dos velitas en la tarta coincidiendo con la puesta en marcha de una iniciativa para la cual he contado con el apoyo de unos cuantos seguidores: a través de facebook rogué a unos cuantos de ellos que me dijeran cuáles eran sus bares favoritos de Logroño. Animado por la entusiasta respuesta, lancé acto seguido una nueva entrega: cuáles son los bares favoritos… de diez periodistas. El resultado se publicó hace unas semanas; ahora, mientras espero respuesta de esos dos nuevos colectivos de clientes logroñeses (concretamente, diez políticos y diez riojanos que viven fuera). Cuando recopile las contestaciones de los veinte encuestados y, sin ningún ánimo estadístico ni sociológico, renovaré con ellas esa especie de clasificación que he ido publicando.

Listas de bares favoritos al margen, lo prometido es deuda: aquí va la pregunta prometida. Repito: se llevarán las cinco rondas los que primero contesten en larioja.com. Tienen que dejar un teléfono de contacto o una dirección de correo para ponerles luego en contacto con los bares respectivos. El orden será el mismo en que se han mencionado arriba los bares colaboradores, es decir: Donosti, Taberna de Baco, Calderas, La Retro y Torres. Así que allí vamos. Esta es la pregunta. ¿Cómo se llamaba el bar alojado hace años en los bajos del Espolón, que sustituyó a la antigua bolera llamada Trébol?

P.D. Como esta entrada va de agradecimientos, la despido como empecé: dando las gracias. A los bares que colaboran en el sorteo y a los seguidores que he ido encontrando por el camino. Con todos estoy en deuda: por sus atinados comentarios, sus no menos acertadas críticas y por su generosa contribución a que, más o menos cada semana, me anime a dejar por aquí alguna pincelada de lo que significa Logroño en sus bares. Y como bandera de todos ellos, me permito el lujo de agradecer especialmente el cariño con que distingue a este blog Ramón Gil, que añade a su dedicación un factor que me llega al corazón: que sigue mis andanzas desde la lejanía. Así que insisto: muchas gracias a Ramón y muchas gracias a todos. Seguiremos informando.

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