La Rioja

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A la rica patata frita

Ración de patatas fritas gratis en El Flechazo de León

 

Cuando uno era crío solía, como los de su quinta, acostumbrarse con poco, entre otras cosas, porque no había alternativa. La resignación era tendencia nacional: más o menos, todo el mundo se conformaba con casi nada. En materia de bares, por ejemplo, valía con una tostada en La Granja repartida en plan asambleario con el resto de la prole para recompensarnos, bastaba una coca cola compartida en La Rosaleda también entre varios morros, un Cacaolat si era fiesta, pero fiesta grande… La consigna era no importunar a los mayores ni a sus bolsillos, doctrina que juzgo desaparecida: ahora se ha implantado la dictadura infanto-juvenil con aquiescencia generalizada, entre el beneplácito común. Una moda tan extendida, que si cuentas como me dispongo a hacer que hubo un día en que un humilde cucurucho de patatas fritas colmaba tus expectativas parecerá que retrocedo al pleistoceno. Lo cual por cierto es verdad.

Ese añorado cucurucho se servía en la churrería emplazada durante largos años en el tramo inicial de Portales, aunque entonces la calle se llamaba General Mola y era en realidad el tramo final: por aquella época se contaba desde Murrieta. Con ocasión de alguna efeméride, la familia caminaba hasta sus puertas y se procedía al convite anhelado, que en la mayoría de las ocasiones tenía de protagonista al querido churro (y no los habrá probado usted mejores, oiga), pero que en fechas menos señaladas se dedicaba a su hermana menor, la patata frita. Patata frita de churrería, vianda exquisita. Servida en efecto en cucurucho, como los propios churros, que íbamos saboreando como si fuera Beluga de regreso al hogar. Tampoco las he probado mejores. Patatas leves, incandescentes, pero sabrosas, siempre al punto de sal. Patatas fritas que se resquebrajaban al mínimo contacto con la dentadura y formaban un riquísimo puré pajizo, inolvidable. Desde entonces tengo para mí que las patatas fritas constituyen la prueba del nueve de cualquier bar, junto con el estado de sus aseos: si superan ambos requisitos, es que el cliente está en buenas manos.

Lo cual, ay, no suele suceder. Las patatas fritas de churrero pertenecen a otra glaciación, aunque ahora se reediten en formato bolsa: una imitación que sólo en contadas ocasiones recuerda al original. Si traigo a colación este fino manjar tan caro a los bares de nuestra infancia es porque acabo de probar unas de aquellas patatas fritas que me conquistaron de chaval. Bueno, casi: no son las mismas, pero las expedidas bajo la marca Pafritas, casa por cierto de raíz riojana, conservan el aroma y sabor de mi infancia. No tengo el gusto de conocer a sus ideólogos ni más pistas que las proporcionadas mientras me las zampo, aunque, de repente, brotan en cada lineal del supermercado y las  veo ofrecerse en unas cuantas barras de confianza, en distintas encarnaciones. Mi favorita, por si le interesa al improbable lector, llega manchada de pimentón. Un juguetón toque picante que le añade atractivo.

Porque lo habitual es lo contrario. En los muy contados bares logroñeses que se inclinan por obsequiar a la parroquia con algún detalle, es norma que ese obsequio adopte la forma de patata frita. Muchas gracias: visto el paisaje general, poco dado a este tipo de convites, a mí ya me sirve. Pero si además las patatas que se sirven tuvieran alguna gracia, el cliente sería casi feliz del todo. Es usual sin embargo que el platillo donde se ofrecerán las patatas ingrese vacío en un bolsón gigantesco, oculto bajo la barra, y reaparezca lleno de un fruto… Ejem, mejorable. Como si nos diera por masticar una servilleta.

Con lo fácil que sería lo contrario. Hacerse con unas patatas fritas de confianza y regalar una ronda a la clientela. Incluso tengo observado que no resulta tan extraño que el propio bar las manufacture: así ocurre en el maravilloso local llamado muy apropiadamente El Flechazo, a las puertas del Barrio Húmedo de León. Un bar que dispara directamente al corazón de sus parroquianos cuando les invita a generosas raciones elaboradas en la freidora donde suda que te suda el dueño del establecimiento mientras las va alumbrando en su punto, estupendas de sal, diabólicas de picante. Un lujo, como se aprecia en la imagen. Un lujo a nuestro alcance… pero sólo el dichoso día en que nuestros admirados hosteleros se dejen contagiar por estas muestras de magnanimidad y se marquen uno de estos lujos.

Hasta entonces, toca resignarse. Esperar que en la ronda habitual nos encontremos con las mentadas Pafritas o hermanas de semejante calidad para acompañar los tragos o que se eleve el nivel de las que ofrecen de regalo en los bares más hospitalarios. También cabe hacer como servidor cuando iniciaba estas líneas: cerrar los ojos, imaginar Logroño a finales de los años 60 y regresar al calor de la querida churrería de Portales, para saborear de nuevo aquellas patatas fritas memorables. Patatas fritas que saben a infancia.

P.D. La costumbre frecuente en otros pagos de la tapa gratis motivó hace tiempo una entrada en este blog y alguna crítica de hosteleros. Nada tengo contra ellos, como se habrá observado. Más bien al contrario. Hubo también quien opinó que semejante práctica se podía imponer en Logroño y desde entonces observo que poco a poco algunos bares la van implantando. Humildemente. Para mí, suficiente. Porque de momento no aspiro a beneficiarme de la generosidad acreditada por los bares de estas ciudades que recopila este enlace.  Doy fe que en tres de ellas (Granada, Ávila, León) uno se marcha a casa almorzado a base de tapas gratis.

 

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“Camarero, no me ponga un Artadi”

Copa de Artadi, antes de irse de la DOC Rioja

 

Un viernes cualquiera en Logroño, hora del aperitivo. En un bar cuyo nombre evitaré mencionar, célebre por su acrisolada oferta en vinos, comparece un matrimonio. Piden sendos vinos a la camarera, quien se dispone a cumplir su cometido cuando, atención, el caballero salta de su taburete y clama, llamando la atención del resto de parroquianos: “No me pongas Artadi, por favor”. La camarera alega que no: que no le va a poner vino de esa marca, sino de otra de nombre parecido que también evitaremos mencionar. El cliente se tranquiliza y entabla con su pareja la tertulia de rigor. Quienes contemplamos la escena nos sonreímos entre nosotros. La camarera también sonríe: algo nos dice que no es la primera vez que vive una anécdota semejante.

Como este no es un blog de vinos, sino de bares, declino profundizar en la penúltima polémica asociada a los vericuetos de la DOC Rioja y sus bodegas. Hay voces muchísimo más autorizadas que la mía, así que recomiendo a los improbables lectores que si quieren forjarse una opinión sobre ésta y otras controversias acudan a la oferta de opiniones recopiladas en la web de Diario LA RIOJA, empezando por la de mi compañero en esta casa Alberto Gil. Yo me limitaré a observar los efectos que para el consumo de una determinada marca de vinos puede tener la decisión (legítima, claro) adoptada por sus responsables de abandonar el Consejo Regulador y envolverse en la ikurriña, versión alavesa.

El mandatario de la bodega argumenta que tomó tal decisión amparado en factores puramente vinícolas. No conozco al caballero, pero vale: me lo creo. Me creo menos que haya sido ajeno al revuelo político organizado alrededor de su abandono de la DOC: supongo que, como cualquiera en su pellejo, aprovechará para pescar en aguas revueltas y extraer los beneficios que pueda para su bodega de su deserción. Menos en serio me tomo un par de coartadas que le he leído en las entrevistas que va concediendo desde que hace poco más de un mes abandonó Rioja: la primera, su frase de que Álava es Álava y La Rioja es La Rioja. Por supuesto. Imposible estar en desacuerdo: y Castellón es Castellón y las Islas Vírgenes, otro tanto. Pero ocurre que, salvo algún nacionalista recalcitrante, cuando el consumidor pide un vino de Rioja no suele reclamar que proceda de una subzona concreta. Porque, entre otras cosas, qué tiene que ver una bodega de Álava como Artadi con otra de esa misma provincia como Faustino. Y porque además resulta que algunas uvas con que tales vinos se elaboran proceden, en efecto, de viñedos alaveses, pero resulta que otras llegan de cepas riojanas. Y me malicio que ni el catador más reputado sabrá confesar cuando saborea alguno de estos vinos de nuestros amados vecinos si detecta el ADN vasco en el fruto que procura esa gloria que llega a nuestros gaznates.

Segundo desacuerdo con el bodeguero: le he leído que Álava respira vino por los cuatro costados. ¿Seguro? Porque yo algo conozco esa tierra, a la que me siento unido de corazón, y el vino sólo surca sus venas de la sierra de Cantabria a esta parte. Vastas regiones de la provincia permanecen ajenas a la cultura de la vid, de donde concluyo que, como ocurre siempre que la política se inserta en cualquier debate, todos acabamos siendo rehenes de nuestra tendencia a la hipérbole.

En resumen: que me intriga saber si algún otro cliente riojano ha vetado en su itinerario chiquitero los vinos de Artadi como observé en la anécdota con que arrancan estas líneas. Uno, nada amigo de boicoteos porque es tanto como escupir al cielo con las consecuencias conocidas, admite que siente curiosidad sobre el auténtico impacto que opera esta deserción en la ingesta diaria de nuestros vinos favoritos en las barras de confianza. El Rioja, con todas sus imperfecciones y necesidad urgente de mejoras, sigue jugando en las grandes Ligas. Y la jugosa oferta que uno encuentra en los mejores bares de Logroño evita tener que pronunciar la frase que encabezaba estas líneas porque resulta innecesario sortear a las bodegas desafectas. Las que se quedan nos ofrecen vino suficiente y de garantías. Vinos extraordinarios.

P.D. En Artadi aseguran que venden ahora más vino que antes; de lo cual me alegro sinceramente. Y les felicito: tienen suerte de que haberse encerrado en Álava para proteger a sus vinos de la maléfíca influencia riojana. Porque si hubiesen hecho el recorrido contrario, abandonar la subzona alavesa para cobijarse bajo el exclusivo paraguas de Rioja, me temo que eso de ‘Camarero, no me ponga un Artadi’ tal vez hubiese sido petición corriente… en las queridas barras de nuestros vecinos del norte.

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Nuestro hombre en la barra: Colo Cortés, centinela de la calle Bretón

Colo Cortés, en una imagen antigua, en el Bretón

 

Centinela de la calle Bretón de Logroño, Colo Cortés y su café ejercen de faro de esa arteria principal de Logroño, cuya barra célebre pilota, así en su anterior ubicación como en su actual sede. A su condición de tabernero a la antigua (es decir, ese tipo de camarero que conoce por su nombre al parroquiano conspicuo y goza de visión periférica para atender con un ojo la terraza exterior, con el otro la barra indoor y con el sexto sentido, los veladores del piso superior), el profesional apodado Colo agrega su faceta como mecenas de la cultura local.

Así que larga vida al Bretón y larga vida por lo tanto a Colo, quien confiesa que ingresó en la cofradía de los bares hace 29 años. «Fue algo fortuito», admite. «En realidad, el Bretón lo montó el exmarido de mi mujer cuando ya llevaban dos años separados», prosigue. Y añade: «Le ayudamos en muchas cosas y le presentamos a su socio, pero luego tuvieron algunos problemillas entre ellos y nosotros lo solucionamos entrando de socios» del negocio. Era el 1 de enero de 1987. «Sin ninguna experiencia, Isabel y yo», rememora Cortés, «cogimos los mandos de la cafetera y la bandeja de servir mesas. Y hasta ahora».

Pasa el tiempo. El Bretón ve consolidarse su fama como referencia local, galvaniza a su alrededor a una pléyade de incondicionales que le reservan su más cálida lealtad y va navegando hasta hoy. «Siempre he sido propietario del negocio», recuerda Colo. «Primero, del propio Bretón, y luego, ya en 1998, del Tortilla Flat, actual Maltés, y dos años después, del Odeón». Desde hace dos años, a esa breve cartera de bares incorpora el Maravillas, también en la misma calle Bretón.

¿El secreto de tan feliz y ya longeva trayectoria? Colo lo tiene claro. El Bretón, alega, ha sido leal al ideal que pretendía implantar cuando tomó sus riendas.«Mantener en lo posible esa forma de trabajar de la hostelería de servicio rápido y agradable, un tipo de bar donde el cliente se sienta como en casa». Con los inconvenientes sobrevenidos, por supuesto, consustanciales al sector y propios de quien se toma el oficio con sentido de la profesionalidad. «La burbuja inmobiliaria», subraya, «afectó a la hostelería como a otros sectores». Con una particularidad:que los jóvenes ya no querían ser camareros, sino que preferían trabajar en la construcción «porque se ganaba más dinero». En conclusión, malas noticias para visitar los bares de confianza. «Sí, fueron años en que la profesión se resintió, tanto en la formación de los camareros como en los intereses de los empresarios». Años de plomo para la hostelería, cuando se convirtió en perversa tendencia la idea de «montar bares para luego traspasarlos». Una moda que repercutió de mala manera, en forma de alquileres cada vez más caros, traspasos a precios astronómicos y, en definitiva, con la entronización de un modelo de gestión que primaba «explotar la novedad al máximo en contraposición al empresario convencional, para quien su negocio debía tener largo recorrido», bares «con ambición de durar muchos años», como advierte Colo. Bares que se arriesgan a ser pulverizados por los que optan por durar poco y ganar dinero en escaso tiempo.

¿Aquellos años se fueron? Tal vez. El improbable lector no debe albergar grandes esperanzas de que mute el signo de los tiempos y en consecuencia los bares vuelvan a ser lo que fueron. Le quedará no obstante al cliente leal a su bar favorito alguna certeza, como la que dispara el ideólogo del Bretón: que en todos sitios de España, avisa, «hay buena hostelería y hostelería de batalla». La admisión de que, en efecto, «Logroño tiene sus calles de pinchos, pero otros lugares de España también». La certeza, en definitiva, de que «las grandes ciudades han perdido más» en materia de bares.
Concluye Colo sus cavilaciones aceptando una propuesta: que se imagine fuera del bar. Que piense en su propia experiencia como cliente. ¿Qué bar logroñés elegiría? Respuesta:«Solía ir al Junco de mi amigo Jesús hasta que falleció». Así que ahora barre para casa: cuando no acude al Tastavin de la calle San Juan, se inclina por el Dover. ¿Razón? «Es de mis hijos».

P.D. Con este artículo inauguro una sección en papel que se podrá leer cada último sábado de mes en las páginas del suplemento Degusta que publica Diario LA RIOJA. Ahí nos veremos. Ahí, y donde siempre: en los bares.

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Mi amigo el pub

Rótulo del Robinson Pub

 

Debemos al extinto establecimiento bautizado como Robinson el descubrimiento entre los logroñeses de una voz por entonces (años 70) extraña para nuestra mentalidad celtibérica: la palabra pub. Hubo quien la pronunciaba tal cual, pero pronto llegaron gentes mejor informadas, adiestradas en el idioma de la familia Windsor, para avisarnos de que debíamos ajustar nuestros labios y pronunciarla como si fuera una bofetada: paf. Así que el Robinson Pub, el desaparecido local que tiene entre sus méritos haber dado nombre a una manzana entera de Logroño, inauguró una tipología de bares que ya dejaron de ser bares: eran pubes. O pubs. Eran pafs.

De repente, alrededor del mentado Robinson brotaron como champiñones bares que, en efecto, habían perdido tal condición. A menudo sólo abrían de noche, concentraban su clientela durante el fin de semana y hacían de la oferta musical una bandera, emblema de sus negocios, junto con un servicio que en origen aspiraba a cierta cuidada elegancia: servían incluso combinados. Aquellos bares eran pubs. ¿En qué se distinguían de la norma? Difícil precisarlo. Yo creo que se diferenciaban del bar de toda la vida en cierta vocación de estilo. Decorados casi todos a su bola, pero con mayor inteligencia y recursos económicos: como si fueran de Oxford Street. En realidad, se llamaban pubs porque carecíamos de una palabra que nos ayudara en el idioma nacido en San Millán para definirlos cabalmente. Porque desde luego no eran pubs al estilo inglés: es decir, ese garito tan propio para la monoingesta de cerveza, muy rico en maderamen, decorado en estilo british.

Desde luego el Robinson se ajustaba a esa imagen, pero el resto que fueron surgiendo formaban un cajón de sastre donde cabía todo: cabía por supuesto Mi Amigo, emplazado a espaldas del propio Robinson, deudor de la misma estética. Pero los locales que luego fueron surgiendo por ese dédalo de calles casi nuevas para un logroñés de toda la vida (Chile, Vitoria, Fundición) tenían su propia identidad.  El Rocky, por ejemplo, nada tenía que ver con el Celta, ni éste se parecía demasiado al Saxo. Sólo estaban emparentados en su condición de faros nocturnos: de haber nacido hoy les hubiéramos denominado como solemos, como bares de copas. Que es lo que eran.   Más o menos.

El pub reapareció en nuestras vidas mediados los años 90, ya con la personalidad más sólidamente construida: toda esa moda de bares temáticos, consagrados al golf, al viejo mundo ferroviario o al rugby, se sostenía sobre la parafernalia típica de los auténticos pubs ingleses, aunque los nuestros fueran de imitación. Brotaron también como setas: veinte años después, sólo unos cuantos han sobrevivido, como humildes embajadas británicas en suelo logroñés. Los originales también viven su propia decadencia: esta entrada nace precisamente alumbrada por la noticia de que el pub de siempre, el pub que nos apresuramos a conquistar en cada escapada a las islas, ha vivido días mejores. Así lo proclama este artículo publicado en The Guardian, que me invitó a poner en marcha la moviola y recordar la poderosa influencia que el pub ha tenido sobre nuestra vida como parroquianos de nuestros bares favoritos.

Así que yo confieso: del mismo modo en que la nueva hornada de pubs me dejan más bien frío porque no dejo de pensar en ellos como copias de los pubs conspicuos de Londres y alrededores, aquellos primeros pubs que en realidad no lo eran me tuvieron como leal cliente durante unas cuantas noches de sábado. Resultaba imposible entonces irse a dormir sin darse una vuelta por la Zona y apoltronarse en los garitos de guardia, donde uno alcanzaba esa aspiración tantas veces citada: que se estuviera mejor que en casa. Sonaba la música que queríamos, nos acompañaban las gentes más amigas y, sobre todo, metabolizábamos mejor la ingesta de distintos alcoholes, con un sentido de la deportividad que nos ha ido abandonando. El pub nos arrulló en los días de farra, nos inició precariamente en el idioma inglés y nos permitió descubrir que no todos los bares son iguales: que había bares más allá del Turismo, el Tívoli y el Moderno.

De modo que me permito discrepar de la prensa inglesa y desmentir sus profecías: el pub habrá vivido días mejores, pero su defunción me parece lejana mientras perviva en nuestra memoria tan logroñesa y en los hábitos tan británicos, donde es usual que sirva como el bar de la esquina, institución española que por el contrario sí parece en trance de periclitar. Porque aunque algún día desaparezca, siempre nos quedará su recuerdo. Conclusión muy a la inglesa: el pub ha muerto, viva el pub. Larga vida al pub.

P.D. El pub no sería lo mismo sin su contribución a un apartado clave en nuestra experiencia como clientes: la música. De la fusión de ambos elementos nació aquella aberración ochentera conocida como disco-pub. Una desafortunada mezcla que no empaña sin embargo la entronización del pub como refugio para cantantes y grupos en busca de una oportunidad: así nació el pub-rock, institución inglesa donde algunos teóricos detectan el alumbramiento del punk. Puesto que los dueños de los locales descubrieron que crecía la ingesta de cerveza si se acompañaba de aquellos añorados alaridos, en el entorno del londinense Regent Park surgió a mediados de los años 70 un circuito de pubs donde los músicos tocaban a cambio de pintas. Un movimiento alternativo y contracultural que sirvió para que se foguearan eminencias como Elvis Costello o Joe Strummer. Otra razón estupenda para proclamar la vigencia de los garitos donde un día se mezclaron con inteligencia y pasión la espuma de la Guiness y los himnos de los Clash.

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Bares del fin del mundo

Barra del bar de Caracena

 

La carretera lleva hacia ningún lugar. En medio de la nada, rodeados por un paisaje inhóspito de profunda y rara belleza, los amenazantes cortados desplegados alrededor como una promesa intimidante, dejamos el coche al pie de la hermosa ermita de San Pedro y pedimos la llave en el bar vecino. Atiende Antonio, el pequeño de los hijos de Santiago y María de los Ángeles, quien avisa a su hermano mayor, licenciado en Historia que prepara su doctorado en la casa familiar. Logroño en sus bares se ha ido de excursión: apenas dos horas de viaje le han llevado lejos. Muy lejos. Un fin del mundo cercano.

El pueblo de Caracena forma parte del rosario de poblaciones diseminadas por Soria, un magno territorio cuyo interior posee ese atractivo hipnótico que caracteriza a las grandes regiones desérticas. Es un paisaje adictivo si te gustan los paisajes extremos: el frío y el viento baten la vega del río, bautizado con el mismo nombre del pueblito, habitado por apenas una decena de almas según informa el propio Sergio mientras los visitantes recorren el breve y bello templo, admirados ante su pórtico, tan parecido al de la ermita de Canales de la Sierra. Luego, Sergio conduce al grupo hasta la otra iglesia de Caracena, a través de una calle por donde hace siglos que se detuvo el tiempo. El viajero que llegara aquí hace doscientos años tropezaría más o menos con la misma imagen. Pulcras viviendas, hermosos edificios (incluida la vieja cárcel, de misterioso encanto) y un silencio infinito. Al final de la calle principal, la cuesta leve nos devuelve al calor del bar familiar, donde sigue aguardando el pequeño Antonio, quien nos informa de que acude al colegio próximo de San Esteban de Gormaz mientras sirve el suculento refrigerio. Tenemos de aperitivo salmuera: palabras mayores.

A quien escribe le emociona la capacidad del ser humano para desafiar los elementos y ponerse en pie cada mañana. El bar de Caracena admite muchos adjetivos (digno es el primero que se me ocurren) pero el que mejor le encaja es el de homérico: hay hazañas prodigiosas que me parecen menos asombrosas que el coraje que debe reunir día tras día una familia entera para abrir la puerta, tener la barra en perfecto estado de revista, poner en marcha los fogones (de donde se anuncian otras glorias benditas: carrilleras escabechadas, orejas en salsa, anchoas con tomate) y esperar.

Porque la vida en Soria y en otros tantos parajes de la España rural creo que consiste en eso: en esperar. En saber esperar. Nuestra visita, un frío sábado otoñal, les parecerá a los habitantes de Caracena casi el mismo milagro que para nosotros encierra tropezar con un bar con tanta clase en nuestro itinerario. Un único cliente despacha un plato de cordero guisado; entre bocado y bocado, nos regala un castellano transparente como el cielo de Caracena, un español de otro tiempo, lleno de elegancia, un punto mordaz. La dueña del bar acaba de aparecer desde la cocina con la ración prometida y recibe los parabienes con una humildad nada fingida, mientras se disculpa porque tiene que atender al panadero que aguarda afuera con su furgoneta. Es un día de trajín en el pueblo: dos coches en apenas una hora. La charla se hace sólida, va madurando. Fruto de la lentitud con que pasan aquí las horas, el tiempo parsimonioso: la sabiduría de quien está habituado a esperar.

Hubo un tiempo en que el concepto de humildad explicaba al conjunto de España. No había nada malo en ello. Se estiraba lo poco que había con sentido del decoro. No se transformaba ni enmascaraba la realidad para hacerla más digerible. Por entonces, la humildad venía acompañada por otro elemento que se ha evaporado: la idea de conformarse. Conformarse con lo que había, con lo que hay. Manteles de hule, una pizarra donde la oferta del bar se pintaba a tiza y las viandas sabían a lo que se prometía. La tertulia con el camarero mantenía un cierto nivel de distancia  y las horas, en efecto, transcurrían despacio. Cuando todos esos ingredientes se reunían; cuando tras la ventana amenazaba el frío, crepitaba la hoguera y el calor de las brasas animaba la conversación, reinaba la magia de las pequeñas cosas.

Hoy, para encontrarse con esos y otros placeres, debemos peregrinar al fin del mundo. Dejar atrás la Siberia soriana, apreciar el encanto sigiloso de pueblos como La Rasa, Fresno de Caracena o Carrascosa de Abajo, donde el tiempo viaja desde luego muy lento. Encontrar como en un cuento infantil una luz encendida, una puerta abierta al final de la calle y tropezar con un heroico bar que dignifica el trabajo del resto de sus hermanos en esa meritoria cofradía de sacar adelante un negocio que vive de los cuatro vecinos que le visitan con frecuencia, las cuadrillas de cazadores, los grupos de domingueros más o menos despistados que nos despedimos con la promesa de volver. La promesa que nos gustaría materializar antes de que todo este mundo que también fue el nuestro desaparezca.

 

Comedor del bar de Caracena

 

P.D. La excursión desde La Rioja hasta Caracena es harto recomendable. El paisaje asombroso, el pueblo alucinante, con sus dos iglesias a cual más coqueta, el bar recoleto… presidido por un póster de Titín. Como si estuviéramos en casa. Sí, el viaje merece la pena. Su castillo, el cercano Burgo de Osma, las otras localidades vecinas depositarias de su propio legado histórico y artístico. Y, sobre todo, la sensación de regreso a una especie de Arcadia donde las cosas saben a lo que sabían antaño. Incluida la deliciosa salmuera.

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El bar en casa

 

Llega la cuesta de enero (que ahora dura todo el año), el bolsillo flaquea y en consecuencia nuestras tropas deben permanecer en retaguardia durante unos días sin asaltar sus barras predilectas, contritas porque les domina cierto sentimiento de culpa respecto a los dueños de los bares de confianza, quienes por su parte ven estos días cubrirse de telarañas la máquina registradora. Procede por lo tanto refugiarse en el confort hogareño, si tal prodigio es posible, y encontrar reparación a nuestras incursiones fuera de casa en cuanto ofrece nuestro propio bar: bienvenidos al mueble bar.

Dícese del mobiliario viejuno que en una anterior glaciación estaba dotado de los siguientes elementos: botella de ginebra Fockink, útil como remedio casero para el dolor de muelas y otras calamidades; botella de Licor Valvanera; botella por supuesto de Licor 43; botellita de anís Marie Brizard, que en domicilios más castizos se sustituía por la de Anís Castellana (“Su presencia siempre agrada”: maravilloso eslogan), la cual disponía entre otros usos de la capacidad para transformarse en instrumento musical, especializada en folclore castellano; botella de coñá, pero coñá del de antes (Soberano o Fundador), bebedizo propio de estómagos recios; botella de Calisay, potinge que desapareció de nuestras vidas en la misma época en que también dijimos adiós al querido Cointreau, licor que tanto hizo por dotar de sabor la macedonia materna; botella de Martini, lujo casi asiático que se bebía casi con dosificador para que no pusiera en peligro la economía doméstica…

No sigo. Añada el improbable lector cuantas otras marcas de añejos destilados se le ocurran y completará un acabado mapa de nuestra infancia y adolescencia, una fotografía del mueble bar familiar que guió nuestros primeros tragos, muy distinta por cierto a la imagen que hoy depara el mismo aparato. Yo repaso los líquidos que contiene el mío y reconozco que soy hijo de mi tiempo. Ginebra (desde luego, no Fockink), malta, vermú (riojano, por supuesto… con alguna aportación italiana), pisco chileno y otros bebedizos cuya relación exhaustiva podría aburrirme incluso a mí mismo. Así que resumo: antaño gozábamos de mayor imaginación. Más variedad.

Lo cual casa muy bien con los hábitos consagrados de un tiempo a esta parte. Así como hace años era habitual esa cosa tan curiosa de visitar a la gente en su casa, ahora me parece que prevalece la ingesta en dominios extraños: antes se entraba, hogaño se sale. De modo que los tragos caseros lo suelen ser casi en solitario o, como mucho, en compañía de los integrantes del entorno más inmediato salvo con ocasión de alguna celebración. Resulta por lo tanto inevitable sentir el escozor de la nostalgia cuando reparamos en aquellos lejanos momentos en que el mueble bar casero se abría para obsequiar a las visitas y a los más pequeños de la casa se nos servía un dedal de anís o pócimas semejantes (todavía no se había inventado el pacharán). Ah… Melancólico se pone uno cuando se recuerda viendo por la tele de crío a los protagonistas de cualquier película de los 60 (sobre todo, yanqui) o seriales televisivos manejando con destreza la coctelera para agasajar a sus invitados, sobre todo, si eran féminas: allí Dean Martin era un maestro, precedente gamberro de Don Draper… Segundo ah… La envidia que nos daban aquellos combinados de nombres impronunciables puesto que encerraban una suave cuesta abajo por donde el galán conseguiría deslizar a la chica, luego obsequiada con el final conocido.

El mueble bar como tal acabó desapareciendo. Fue relevado por otro curioso admíniculo hoy también en retirada, el carrito de las bebidas. Ahora me entero por casualidad de que podemos estar asistiendo a su discreta resurrección. Marcas tan cañís como el mentado Licor 43, la ginebra Larios o el icónico Tío Pepe preparan una renovación de su imagen que los dispone adecuadamente para brillar en el mueble bar casero como ocurrió allá en el Pleistoceno. Así que habrá que apoltronarse de nuevo en el sofá, acercarse a los labios una copa de Ponche Caballero e imaginarse que vuelven los años 60: cuando se inventó la temible cuesta de enero que ahora regresa como siempre, llenándonos de frío, aligerando la billetera y condenándonos al dulce placer de beber en casa. Porque cuando despertamos de la siesta, el mueble bar estará ahí.

P.D. La elegante imagen que ilustra estas líneas es una pieza incluida en una exposición sobre art déco que ocupó las madrileñas salas de la Fundación March el año pasado. Obra de Jean-Maurice Rothschild, retrata en un carboncillo datado en 1930 la estupenda pinta que tiene el bar de Monsieur Coste, a quien no tengo el gusto: el estilizado bar que yo metería en mi casa si pudiera. Una preciosidad. Hasta que llegue el día de dotarme de semejante barra, habrá que conformarse con el mueble bar al que ahora mismo acudo a regalarme un trago y desear al improbable lector un feliz 2016.

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