La Rioja

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Los Leones, un bar de cine (y IV)

Actores de Calle Mayor, en el interior de Los Leones

 

Como decíamos ayer…

Como decíamos anteayer

Como decíamos el otro día…

Este serial por entregas para recordar la legendaria vida de Los Leones concluye aquí, cuando, coincidiendo con la renovación del alquiler del establecimiento, Ricardo Bellido decidió limitar sus afanes empresariales al naciente Milán y dejó el bar de Portales en manos de una rama de la familia fundadora, los Barrenengoa. Aunque el negocio siguió abierto, sufrió desde entonces una rápida decadencia que todavía se acentuó cuando tomó su dirección un nuevo empresario, a quien le tocó la fatal suerte de expedir su certificado de defunción, en los primeros años 70.

Para entonces, Bellido ya había desaparecido también. Trágicamente, falleció en 1969 en un accidente de tráfico cerca de Aranda, un día invernal en que viajaba hasta Madrid porque quería poner en marcha en Logroño una academia de coctelería y pretendía pedir consejo al príncipe del combinado nacional, el inmortal Perico Chicote. Su viuda siguió al frente del Milán, pero ya nada era lo mismo. Tampoco Logroño, aunque algunas cosas nunca cambian. Afortunadamente. Maite recuerda cómo los contertulios de su padre en Los Leones, que le siguieron en su nueva aventura, acudieron en su socorro cuando tuvo que ayudar a su madre en el Milán y eran ellos los que se ocupaban de cerrar el bar cada noche, como si mantuvieran su propio código de honor con el camarada fallecido. Un gesto de caballerosidad extrema que sólo se explica por la profunda huella que en sus vidas había dejado la experiencia de ser los privilegiados clientes de Los Leones, cuando se abandonaban a la amabilidad y destreza de Ricardo Bellido, a quien su hija recuerda hoy tal y como era: gentil, discreto, serio, audaz. “Un hombre entrañable”, resume Maite, quien reserva espacio en su memoria para dedicarse a evocar uno de los momentos centrales: el homérico relato de cómo Los Leones se convirtió en un bar de cine.

 

Otra escena de Calle Mayor rodada en Los Leones

 

Semejante prodigio tiene que ver con su conversión en plató cinematográfico con ocasión del rodaje de Calle Mayor, la monumental cinta de Juan Antonio Bardem a mayor gloria de Logroño, sus vecinos y su memoria. Ocurre que entre las localizaciones que eligió el cineasta para documentar esa tragicomedia de la vida en provincias, junto al café Moderno y la biblioteca del instituto, se decantó también por Los Leones. Su propia condición de espacio cinematográfico, con esa sucesión tan teatral de escondites, recovecos y laberintos, se lo puso muy fácil a Bardem, que encontró en una superficie muy condensada lo que estaba buscando: el café. El café, esa institución tan española, muy enraizada en la vida de una ciudad como Logroño: eso era Los Leones, eso supo ver el buen ojo del director de Calle Mayor y eso fue lo que apareció en la pantalla, para solaz de Maite Belllido, puesto que no sólo apareció en la inolvidable película en su papel de niña postulante, sino que vivió el rodaje como una aventura interminable.

Calle Mayor, rodada en 1956, permitió a la familia Bellido convivir con la fiesta del cine vista desde sus entrañas. En Los Leones se rodaron unas cuantas escenas imprescindibles, porque al coro de holgazanes bromistas les venía muy bien ese café a la antigua como escenario de sus pillerías de brocha gorda. Así que la familia del cine se instaló en el bar de la calle Portales e hizo que brotara la magia, con tanta intensidad que Maite todavía sigue sin olvidar multitud de anécdotas: tenía 9 añitos entonces, la edad en que la vida te empieza a sorprender y se fija por lo tanto con mayor determinación cada recuerdo en tu retina. Sobre todo, si tienes un memorión como el de ella, capaz de desgranar casi fotograma por fotograma la película 60 años después.

Aquella Semana Santa memorable, con José Suárez disparando suspiros entre las damas de Logroño a su paso por Portales, la sonrisa de Betsy Blair imantando la pantalla, el enorme talento de figurantes como Manolito Alexandre, la pura magia del cine chocando contra la propia magia encerrada en el blanco y negro de las calles logroñesas… Todo ese equipaje inmemorial que Maite Bellido va recitando mientras no deja de recordarse caracterizada para su papelito en la peli: con su uniforme de la Compañía de María, gorrito incluido, y el chicle bazoka haciendo pompas mientras pide una ayudita hucha en ristre a la pareja protagonista. Una figurante con chicle, como figurantes fueron (bien que con frase) otras vecinas de Logroño (la Bruna, la Peña) en la mítica cinta de Bardem, alumbrada en Los Leones cuando Los Leones simbolizaban todo un mundo: cuando todo un mundo cabía en un café.

Cuando todo un mundo cabía en la calle mayor de cualquier ciudad de provincias.

P.D. Postdata final. Como dejé sentado al comienzo de esta serie de entregas dedicadas a Los Leones, me siento en deuda de gratitud con Maite Bellido por la generosidad con que me fue regalando sus recuerdos de cría en el querido café de Portales. Y ado también la estupenda contribución del caballero Santi de Santos, quien me envió otras de las fotos que ilustran estas líneas, y la aportación de Eduardo Gómez, en este artículo que me sirvió de inspiración. Y por supuesto con mi señora madre, que activó mi interés por Los Leones cuando recopiló para mí el puñado de fotos donde aparece con sus amigas de jovencitas (guapas y elegantes todas: Mari Paz, Rosi, Mari Tere) y en una Nochevieja con mi padre y el matrimonio Somalo, la querida Mari Ángeles y el llorado Alberto. Así que lo dicho: muchas gracias a todos. Los Leones se despiden de ustedes.

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Los Leones, un bar de cine (III)

Clientes de ficción en Los Leones: son los actores de Calle Mayor

 

Como decíamos ayer… Como decíamos anteayer…

Bajo la dirección ya en solitario de Ricardo Bellido, llega el gran momento de Los Leones, los años que no olvidan los logroñeses que fueron sus clientes fieles. Con esa clase de lealtad hacia el bar que les trataba mejor que su propio hogar, con la clase de vínculo que se forja cuando entre quienes habitan a ambos lados de la barra nace ese algo tan parecido a la amistad o la camaradería. “Había clientes que eran como de la familia”, confirma Maite Bellido. Las sesiones de baile, con el pick-up de maleta que adquirió su padre como banda sonora cuando no reclutaba músicos en vivo, marcaban el calendario de Logroño, esa secuencia de bailes jueves/sábado/domingo que no convenía perderse si uno quería saber entonces qué se cocía por la ciudad, porque por Los Leones acababan desfilando todos: los indígenas, por supuesto, pero también los forasteros. Comerciantes de paso y mozos de reemplazo, alguno de los cuales abonaría una anécdota asombrosa: cuando Aurora, la hija de Maite, se fue a vivir a Barcelona mucho tiempo después, acabó en casa de un matrimonio… que se había conocido bailando en el café familiar, mientras el caballero cumplía el servicio militar en Logroño.

Casualidades de la vida. La vida, sí. Ah, la vida. La vida tiene cosas que la razón no entiende, como alertaba el bolero, de modo que se comprenderá que a Maite se le nuble a ratos la vista mientras abre su corazón para que bombee esos recuerdos condensados durante tantas y tantas tardes en el negocio de la calle Portales, atenta al discurrir a los clientes, dando cháchara a las parejas más conspicuas, preparando con su padre el cotillón de Nochevieja. “Desde un mes antes”, rememora, “ya le decían: ‘Ricardo, resérvame una mesa’. Y mi padre hacía un plano con las mesitas, les iba poniendo nombre, preparaba las bolsas con los bigotes de pega, el confeti y los matasuegras”.

Aquellas noches de Año Nuevo, la plantilla de Los Leones se quedaba dentro del bar cuando cerraba su puerta (su hermosa puerta giratoria) y prolongaba el festín con su particular recena, hasta bien entrada la madrugada… mientras Maite, entonces una pequeñaja, se tenía que conformar con marcharse a casa de sus primas nada más comer las uvas, imaginando cómo sería la juerga que se avecinaba en su ausencia, sintiendo esa punzada de envidia que todos alguna vez hemos sentido cuando no nos dejaban jugar con los mayores, un sentimiento teñido hoy por la melancolía de saber que aquellos fueron buenos tiempos de verdad.

 

Celebrando una Nochevieja en los años 60

 

Los Leones, años 60. Retrato de grupo

 

Porque mientras repasa los pormenores de su privilegiada vida como vigía de aquel mundo feliz, Maite va desgranando los asombrosos detalles que cabían en Los Leones. Cabían desde luego las veladas sabatinas, comandadas por los famosos ‘Fernandos‘ de Radio Rioja y su no menos célebre programa ‘La sonrisa de los niños’ y cabía por supuesto la pléyade de queridos camareros cuyos nombres va recitando, desde Vicente y Benito, los recordados jefes de barra, hasta el trío formado por Martín, Arturo y Moreno, pertrechados de uniforme (uno en invierno, otro en verano), y el mariscal Calatrava, as de la amabilidad, al igual que sus compañeras de oficio. Porque otra de las novedades que incorporó el bar fue contar con mujeres defendiendo una profesión en teoría de hombres en aquella elegante y enorme barra de Los Leones, más de veinte metros de longitud donde, en efecto, cabía todo un mundo. Defendiendo todos, plantilla, clientes y propietarios, un modo distinto de sentir el negocio de los bares, asomados por lo tanto a los prodigiosos ventanales con vistas a Portales, que entonces era como asomarse a Logroño entero. Orgullosos de participar de la magia contenida en Los Leones, su caprichosa rotulación, su graciosa imagen de marca cuando ese concepto ni siquiera existía.

Un paraíso. Un paraíso para Maite, que notó clausurarse una etapa de su vida a los 17 años, cuando cerró el bar que fue su casa. Ricardo Bellido, que ya había abierto en Vara de Rey un bar igualmente inolvidable, el Milán, se confesó incapaz de seguir el ritmo de trabajo que exigía desdoblarse entre esos dos negocios, a los que añadía en verano la gestión de otra cumbre del Logroño hostelero, el Bolo Pin Club de Calvo Sotelo, sala de fiesta con encanto chic y bailes al aire libre.

Llegaba el adiós a Los Leones: aunque esa es otra historia.

Continuará.

P. D. El Bolo Pin Club ha aparecido ya alguna vez por estas esferas del ciberespacio: una sala de fiestas al aire libre, que por lo tanto abría sólo en los meses de verano, ubicada en Calvo Sotelo frente a los Maristas, que visité con alguna asiduidad de niño acompañado por la mano paterna. No tengo sin embargo ningún recuerdo de su gemelo, el llamado Jardín Victoria, con el que competía el Bolo Pin Club, donde trabajó algún tiempo mi querido tío Javier. Al Bolo vuelvo siempre que puedo en uno de estos viajes memorísticos: lo recuerdo como un acabado ejemplo de aquellas salas que aparecían en las comedias de Hollywood, con las parejas bailando los ritmos yeyés, un elegante emparrado, la barra coqueta al fondo. Retazos de un mundo que se perdió.

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Los Leones, un bar de cine (II)

Orquestina Maipú, que actuaba en Los Leones (foto cedida por el blog Recuerdos de Logroño)

 

Como decíamos ayer…

Los Leones era más que un bar: era un casón majestuoso, donde hoy se levanta el edificio al que aún da nombre, convertido en pasaje en aquellos años 70 que tanto daño hicieron por la memoria de Logroño. Aquel Los Leones, fundado por la familia Barrenengoa al estilo de los grandes cafés centroeuropeos, con su acabada estética ‘fin de siècle’, protagonizó un prodigio inaudito para los logroñeses: de la mano de los Bellido, supo preservar ese legado en los detalles de su elegante decoración (un poco al estilo del cine Diana, como apunta juiciosa Maite Bellido), mientras abrazaba la modernidad mejor entendida gracias a la sabiduría del decorador Arturo Menac, protagonista indispensable de esta historia. Parece un actor secundario, porque se limitó a redecorar el local, pero acabará convertido en actor principal, como ocurre en las mejores películas. Menac aportó su ingenio para que Los Leones se convirtiera en una cafetería a la americana sin borrar nunca de sus espaciosos salones ese perfume a la antigua. Un mismo bar, dos almas: ahí residía probablemente el encanto que todavía atesora en la memoria de los logroñeses más veteranos, como observa la propia Maite cuando tropieza en sus andanzas por la ciudad con algún antiguo cliente y entabla tertulia como si Los Leones siguiera abierto. Como si se hubiera cerrado ayer.

Amplio, elegante, coqueto. Los Leones triunfó porque al olfato de Bellido para el negocio hostelero que había interiorizado en el Victoria de la calle Carnicerías cuya familia regentaba se sumó el buen gusto de Menac para los detalles mayores y menores. Bellido, en compañía de sus cuñados Dionisio, Carlos y Domingo Ochoa, se mudó en los años 50 al café de la calle Portales, que transformó a su gusto. Impuso el concepto de café restaurante, toda una novedad para la ciudad y para la época, y dispuso un auténtico teatro de operaciones ocupando casi la totalidad del edificio. Porque ahí radicaba, como subraya su hija Maite, uno de los misteriosos encantos de aquel bar: que, en efecto, era más que un bar, prácticamente un edificio consagrado a la hostelería. Un entramado muy rico en vericuetos, por donde Maite se recuerda jugando de cría con sus amigas, aprovechando la taquilla para estudiar o la cocina con vistas a la barra para asomarse al mundo de los mayores que le fascinó desde muy cría.

Un edificio con bodega en su vientre, con tostadero de café en la planta superior, con pasillos que podían acabar con el piso donde se ubicaba el Club Deportivo Logroñés o el recodo donde tenía su sede el Club Taurino o la esquina donde se alzó el Hogar Navarro. Un pequeño laberinto asomado a un patio central de mayúsculas dimensiones, puesto que contaba incluso con una pileta donde Maite se bañaba, en cuyas aguas recuerda la presencia sorprendente de una familia de carpas. Un bar pionero en tantas cosas: allí se instaló la primera cámara frigorífica con que contó Logroño, donde se elaboraba tanto la leche merengada como la leche helada, prodigio de cuya existencia servidor no tenía noticia. Allí se aposentó el primer mostrador de que dispuso la marca Frigo para sus helados, allí vivía (bien que en uno de los pisos superiores) la familia fundadora y allí acabó montando el añorado Manolo Iturbe su primer obrador y su primer despacho de pasteles, recién desembarcado desde Haro.

Se comprenderá por lo tanto el impacto que tuvo para Maite el negocio familiar y se comprenderá también cómo Logroño se fue adaptando a tantas novedades al ritmo que marcaba la familia Bellido, con Ricardo al frente y la madre, Teresa Ochoa, gobernando desde la cocina. Hacia 1954, el resto de los Ochoa habían tomado bajo su dirección el entonces emergente Bahía, bar recién abierto en la cercana Marqués de Vallejo, así que Ricardo y su familia se quedaron solos al frente de Los Leones, apareció el citado Arturo Menac y entre todos hicieron magia: un truco de prestigitador convirtió el ya célebre café en algo distinto, más ambicioso, más memorable. Un bar que fuera icono de Logroño. Con la reforma, la zona del restaurante se convirtió en cafetería y brotó también una sala de baile, según la moda que empezaba a enseñorearse de otras ciudades de España. O, mejor dicho, dos salones de baile: uno se situaba en la zona superior, destinado a los precios más populares, al que se accedía desde Hermano Moroy; el otro, más chic, congregaba a la naciente clase media logroñesa que tal vez aún no sabía que lo era, pero que se permitía ya alguna alegría en forma de bailes de salón, amenizados casi siempre por la misma orquesta, la legendaria Orquesta Azul, cuya alineación Maite todavía recita de memoria. “Creo que alguno todavía vive”, aventura.

Continuará.

P.D. A lo largo de estas líneas que ya avanzan por su segundo capítulo ha aparecido alguna vez el legendario decorador Arturo Menac, cuya aparición por Logroño allá en los años 50 y 60 galvanizó la escena de los bares locales, donde concentró gran parte de su talento, ingenio y buen gusto. Yo así recuerdo Los Leones, como una meca del lujo aplicado al sector hostelero, pero luego he ido conociendo otras de sus inolvidables hazañas: a su mano se debió, también aliado con los Bellido, la decoración del Milán y de su olfato nacieron el Ibiza, Las Cañas, La Granja… No sigo, que se me saltan las lágrimas: acabo de citar alguno de mis bares favoritos. La mayoría difuntos.

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Los Leones, un bar de cine (I)

Entrada por Portales a Los Leones, durante el rodaje de Calle Mayor

 

Cuando uno pasea en Logroño la mirada por la nostalgia, sus pasos le conducen hacia la misma conclusión: lo que pudo haber sido. Lo que pudo ser esta ciudad si sus vecinos y dirigentes hubieran mostrado algo más de amor por su pasado, más cariño por sus calles, más afecto hacia sus rincones más entrañables. Una desolada visión que vale también para el universo de los bares, porque Logroño acoge un cementerio consagrado a la memoria de los locales difuntos, algunos de los cuales han tenido ya espacio en este blog.

Sirva este preámbulo como antesala de las líneas que se disponen a honrar a uno de los más hermosos bares que acogió Logroño, hermoso desde su misma nomenclatura: Los Leones. Un establecimiento heredero de una tipología muy cara a la vieja Europa que dejó sin embargo escasos ejemplos entre nosotros: el café. El gran café. Eso era Los Leones. Un gran café, el mejor de su género con que contaron los logroñeses del siglo pasado para emplearlo en lo que se emplean este tipo de garitos: para ver pasar la vida. El cliente deviene en observador atento de las cuitas de su ciudad, anota en su caletre las variaciones que observa tras los ventanales, registra el movimiento del resto de parroquianos y confraterniza con los dueños del local tanto como con sus camareros, que acaban formando parte de su propio paisaje vital.

Para que semejante suceso acontezca, se requieren algunos requisitos que Los Leones superaba con excelente nota. Un céntrico emplazamiento (la calle Portales), un espacio majestuoso (y majestuoso era como se observará en las imágenes que ilustran esta entrada), un servicio que garantizase que el cliente se sintiera allí mejor que en casa… Los Leones era eso y era mucho más, porque al crío que uno era entonces, cuando lo frecuentaba guiado por la mano paterna, le impresionaba lo grandioso del escenario y todavía le  emocionaba más saber que sirvió como improvisado plató para la película Calle Mayor, como atestigua gentil Maite Bellido, convertida en amable cicerone para el autor de estas líneas en su condición de fedataria de Los Leones, el café donde ejerció de princesa.

Porque Maite es hija de Ricardo Bellido, dinámico empresario hostelero a quien la memoria popular asociará siempre con el desaparecido local, y a ella le debo los datos que a continuación desgrano sobre la historia de la cafetería, así como algunas de las fotos que ilustran estas líneas. Gracias a su testimonio confirmo lo que sospechaba: que a veces, la historia de una ciudad entera puede condensarse en un breve apunte biográfico, en la mínima peripecia de uno de sus vecinos, en la trayectoria leve de sus rincones más castizos. En ellos está representada la vida entera de esa ciudad, que a menudo se pespuntea como es norma en el caso de Logroño contra el telón de fondo de sus bares. Sobre todo, cuando sus bares alcanzan una fama que trasciende sus avatares: cuando se transforman en icono local, faro y brújula.

Ese el caso de Los Leones, que no siempre se llamó así. Maite recuerda que cuando su padre, Ricardo, tomó posesión del emblemático establecimiento todavía se llamaba Los Dos Leones. Ocupaba el mismo emplazamiento, tan cañí: en efecto, ubicado en la calle que fue central de Logroño, tenía también salida hacia Hermanos Moroy, lo cual justificará algunos divertidos enredos que Maite irá contando a lo largo de la conversación que aquí resumiremos.

Así que como en las novelas por entregas, ahí va la famosa palabra: continuará.

Juan Antonio Bardem y José Suárez, con otros clientes de Los Leones

 

P.D. Por primera vez, una de las entradas de este blog tendrá vocación de serial. Lo merece la altura y prestigio del local que protagoniza estas líneas y lo merece el abundante caudal de información que con amabilidad y asombrosa memoria me regaló Maite Bellido. Lo merece también la deuda que uno tiene contraída con aquellos espacios que habitó de crío, donde quedó atrapada una parte de nuestra memoria: me recuerdo de niño, acudiendo a buscar a mis padres, que fueron clientes fieles del café, para subirme a sus rodillas o los de sus colegas de tertulia mientras me invitaban a un chocolate. Sólo el de Moreno me supo alguna vez tan rico.

 

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Del Ibiza a Los Leones

Un grupo de amigas, de merienda en Los Leones. Foto tomada en los años 50

La pasada semana, fruto de la amabilidad de los nuevos propietarios, publiqué en Diario LA RIOJA un artículo que representaba la continuidad de otro escrito meses atrás, donde daba cuenta de la reapertura del Ibiza que ya se avecina. En esta segunda pieza, aprovechaba para ofrecer más información y situar la inauguración del rejuvenecido local allá por junio. Se tituló ‘Próximo verano, destino Ibiza’. Lo comparto ahora con los improbables lectores.

La nueva vida del Ibiza, la popular cafetería de El Espolón, tardará en hacerse realidad unos meses, algún tiempo más de lo previsto inicialmente. Ocurre que el proyecto para resucitar la desaparecida cafetería, que cerró sus puertas el año pasado luego de una azarosa etapa final, ha acabado por alcanzar una ambición que va más allá de la idea programada por sus promotores. Quienes haya desfilado estos últimos días por delante de sus puertas lo habrán podido comprobar: apenas queda nada del anterior negocio. El Ibiza, fiel a su condición camaleónica, se prepara para reinventarse. De nuevo. ¿Cuándo abrirá con su rejuvenecido aspecto? David Houngbeme, joven empresario logroñés responsable de la iniciativa, se resiste a ofrecer una fecha concreta. Le gustaría que pudiera recibir de nuevo a la clientela en junio, aunque prefiere extremar la cautela: “Es mejor abrir cuando lo tengamos todo listo que precipitarnos”. Así que, salvo contratiempo mayúsculo en las obras de reforma, este verano los logroñeses ya podrán retozar por el Ibiza, incluyendo su célebre terraza.

El cambio más acusado lo encontrarán los parroquianos en el interior: la barra de siempre ha desaparecido, mientras los operarios que se ocupan de la remodelación van y vienen por un espacio completamente diáfano que cobrará actividad a medida que culminen los actuales trabajos de saneamiento e infraestructuras, “que nos han llevado más tiempo de lo que pensábamos al principio”, reconoce Houngbeme. Con la esperanza de que esta fase intermedia de la obra concluya en breve, los promotores del nuevo Ibiza insisten en su idea de modificar algo más que la piel del venerable bar. Su intención es que su proyecto hostelero preserve el espíritu del Ibiza de siempre pero adaptado a las exigencias de los nuevos tiempos: por ejemplo, recuperar su actividad de café cantante, una condición que los logroñeses más veteranos recordarán del antiguo local.

Porque el nuevo bar contará con su escenario para actuaciones; de hecho, la insonorización de sus paredes ha representado uno de los trabajos más arduos para los promotores, quienes han tenido que asumir un considerable aumento de su esfuerzo inversor a medida que las obras de reforma avanzaban y veían que se podía perfeccionar su idea inicial, incorporando de paso algunos adelantos tecnológicos y hosteleros. Houngbeme confiesa que esta pretensión de incluir espectáculos musicales en directo tiene que ver con sus propias aficiones, pero también con el hecho de que exista en Logroño con mayor vigor un público potencialmente interesado en estas actividades y que, además, encajan con la historia propia del Ibiza. En realidad, la reforma del local se basa sobre dos principios en principio contradictorios: cómo preservar su legado, incluyendo algunos aspectos de su imagen de marca tan enraizadas en Logroño, e incorporar a la vez un aspecto más acorde con la época actual. Así que todavía aguardará al futuro cliente alguna sorpresa más, habida cuenta lo magnífico del espacio disponible: unos 200 metros cuadrados en la planta baja, a ras de calle. Una superficie que crece en el semisótano, puesto que incluye también el tramo de acera de Muro de la Mata y mordisquea incluso el espacio superior donde se disponen los veladores con vistas a El Espolón. En el subsuelo no habrá actividad hostelera: será una zona reservada para servicios, aseos, cocinas y resto de necesidades propias del negocio. Y esas mencionadas sorpresas.

P.D. Este artículo se titula como se titula porque a las peripecias del Ibiza, próxima su resurrección, quiero añadir un aviso: a partir del próximo viernes aprovecharé para experimentar una idea que se me ha ocurrido a propósito de otro histórico café logroñés, este ya desaparecido: Los Leones. Fruto también de la gentil predisposición de Maite Bellido, hija de sus históricos propietarios, me dio por imitar a los revisteros antiguos y dedicar un mes a una entrada por entregas. Nada menos que cuatro, que ocuparán esta semana y las tres siguientes. Espero que el resultado esté a la altura no sólo de mis expectativas, sino de la majestuosidad del añorado establecimiento de la calle Portales, que dio nombre cuando fue demolido al pasaje que conecta con Hermanos Moroy, donde por cierto aparecen sentadas las gentiles damas que ocupan la foto: entre ellas, mi señora madre, a quien dedicaré la serie de reportajes. A ella, a toda la clientela que tuvo y a la amabilidad de Maite, que me procuró fotos, datos y, sobre todo, sentimientos. El viernes, lo dicho: primera entrega.

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Nuestro hombre en la barra: Juan, el heredero del Sebas

Juan, viendo pasar la vida desde el Sebas. Foto de Juan Marín

 

¿Se puede ejercer como faro y guía de la calle Laurel sin alojarse en ella? La respuesta es sí. Como algún otro bar ubicado en la Travesía o en la calle Albornoz, el bar Sebas, el entrañable bar Sebas, demuestra desde hace casi 60 años que los locales cuya sede no se sitúa en el espinazo central de la Laurel forman parte cabal de ella, porque las alberga el imaginario popular. Porque quien refresque su memoria logroñesa, deberá aceptar que el Sebas quedó sellado a sus correrías por la Laurel desde antaño, igual que otros bares de esa misma estirpe: los clásicos de la Laurel. Los clásicos que siguen en manos de la familia fundadora.

No hay tantos. Y uno de ellos es el Sebas, desde que hace 59 años Sebas y Juani abandonaran su Hormilla natal, sopesaran alguna alternativa a su espíritu emprendedor y finalmente se decantaran por abrir en el antiguo bar La Pepita un establecimiento que llevara su propia firma. ¿Cuál? Su hijo Juan lo tiene claro:«Mi padre aportaba su simpatía natural, era el mejor relaciones públicas que podía tener el bar. Y mi madre, Juana, tenía muy buena mano para la cocina». Lo reflejan las golosinas que alumbra la cocina del primer piso, conectada con la planta baja (en total, no más de 60 metros cuadrados) por el legendario ascensor que no deja de subir y bajar con las comandas. Pinchos como su insuperable tortilla de patata, cuyo secreto traspasó Juana cuando se jubiló a las cocineras que ahora custodian ese legado, un recetario formado por otras viandas vinculadas sentimentalmente al Sebas: el hígado, las lecherillas, los pimientos rellenos o las orejitas. Gollerías que antes se despachaban en casa pero que ahora hay que buscar en las barras de confianza.

 

El fundador del Sebas, en una imagen antigua

 

Ocurre en este ámbito de la cocina lo que Juan tiene observado desde hace años: que la Laurel ha perdido su carácter familiar. «Yo me lo pasaba mejor antes», confiesa mientras atiende a la clientela madrugadora. Porque ese es otro hábito que ha ido mutando: el Sebas abre nada menos que a las nueve y media de la mañana para satisfacer el apetito de los adictos al almuerzo del mediodía, pero sólo El Soldado de Tudelilla le imita. El resto de bares va abriendo a medida que avanza la mañana, nada por lo tanto que ver con aquellos años en que la calle Laurel formaba una alegre cofradía de distintas sagas al mando de sus respectivos bares. «Ni siquiera había camareros, salvo Felisín, el del Buenos Aires», rememora. Antaño, la calle era cosa de las familias que defendían sus negocios y la clientela se repartía durante toda la semana, mientras que hogaño el rito del chiquiteo se ha trasladado a viernes y sábado, igual que ha dejado de ser un hábito propio de los indígenas para abrirse a los forasteros. «Empezó a pasar cuando el Logroñés estaba en primera», reflexiona, «y ahora ya es una moda: nos conocen en toda España y los turistas, ya se sabe, son de fin de semana».

No se trata del único rito que se va perdiendo, aunque Juan no admite grandes concesiones a la nostalgia. Aprendiendo de sus padres, desde que a los diez años empezó a echarles una mano, ha ido aplicando su propio ingenio al oficio de camarero: por ejemplo, mejorando la oferta de vinos hasta alcanzar ahora las 150 referencias, con predilección por el Muñarrate o el Murmurón entre los vinos jóvenes. «Tengo buena relación con muchos bodegueros de Rioja», admite Juan. Y lo confirma mirando el reloj: le aguarda Remírez de Ganuza en su bodega de Samaniego.

 

Juani y Sebas, en una foto reciente

 

Así que la charla va concluyendo. Se arraciman en la barra esos logroñeses conspicuos que no perdonan un tentempié a media mañana y Juan abrocha la conversación mirando hacia el ventanuco desde donde ve pasar la vida. Lleva sirviendo vinos y pinchos y manejando el ascensor desde hace 22 años. Hoy tiene 49 y aspira a jubilarse aquí, adaptándose a la lógica de los tiempos que hace años aconsejó prescindir incluso de un elemento central en cualquier bar: la cafetera. Y entregado a su afición favorita: observar. Observar a la clientela, a la competencia. «Se aprende de todo el mundo», advierte. «Y yo todavía sigo aprendiendo», concluye. «Porque la calle Laurel tiene mucho futuro».

P.D. Cuando Juan tiene que contestar cuáles son sus tres bares favoritos de Logroño, resopla primero y luego responde: “Uf, me pones en un compromiso”. “Es que hay tantos”, alega. Así que se toma unos segundos, medita y propone estos tres locales, todos en el corazón de la ciudad: el Soriano y sus champis, La Abuela Encarna y sus arroces de la calle San Agustín y otro clásico de Laurel, La Fontana.

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