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Calle Laurel, huelga de chiquiteadores

Imagen de la calle Laurel a finales de los años 80. Foto de Enrique del Río

 

La fértil conversación que propicia este blog con algunos conspicuos corresponsales suele degenerar en surrealistas intercambios de pareceres, la mayoría en privado para mantener a los niños fuera de nuestro alcance. Algunas chácharas sí que alcanzan el éter público, pero la que dispara las líneas que vienen a continuación arrancó confidencialmente: si hoy ve la luz es porque con ocasión de una pieza antigua a propósito del Villa Rica, el amigo Néstor Santo Tomás (autor del dibujo que alguien recordará donde se veía a su cuadrilla tomando vinos y creador también de otra imagen con un mapa de los bares de Logroño de los años 80) recordó una tarde en que acudió alarmado a la redacción de esta casa que me alberga. Le acompañaba otro colega de andanzas por Laurel y alrededores, incendiado como él ante el dramático aumento de precio que acababa de experimentar el vino en sus bares de confianza.

Porque el vino, en efecto, tenía un precio. Pero era un precio tan exagerado para los chiguitos de entonces que no se les ocurrió otra cosa, bendita sea tanta inconsciencia, que presentarse en la redacción de Diario LA RIOJA y reclamar la presencia del redactor de guardia, quien por cierto todavía resiste entre estas paredes. Ante este compañero Néstor y compañía expresaron sus amargas quejas, sostenidas por una cifra fundamental: el número 30. Porque a 30 pesetas se acababa de elevar el chato de tinto, desde las 25 hasta entonces imperantes, una subida de cinco calas que generó un alud de protestas… de las que servidor todo lo ignoraba. Y como advertía, tampoco se acordaba aquel colega que recibió la indignación de Santo Tomás y resto de chiquiteadores, a quienes les flaqueaba también la memoria: sabían que fue después de San Mateo, pero no recordaban el año. ¿1986? ¿Tal vez el año siguiente?

Primera visita a la hemeroteca. Éxito nulo. Pasamos a la siguiente pantalla: preguntar, como buen periodista. De nuevo, sin éxito. Manolo responde encogiéndose de hombros desde la barra de El Soldado de Tudelilla: “Aquello me suena, pero no tuvo mucho… Esto. ¿Cómo se dice ahora? Mucho discurso”. Como observamos, el arquitecto de las célebres ensaladas se ha levantado sarcástico, pero empiezan a aflorar los recuerdos hacia fechas más lejanas y esto me cuenta a continuación: “Cuando verdaderamente se castigó al cliente fue cuando se subió de 50 céntimos a una peseta pero cuídate: eso fue a finales de los 50 o primeros años 60”. Y añade mientras riega de vinagre sus legendarios tomates: “Fue una verdadera revolución: la gente se ponía en la puerta del bar con una bota de vino: si veía que no habían subido el precio, entraba. Y si no, trago de vino de la bota”.

Todo muy homérico. Gracias, Manolo. Pero tu testimonio no ayuda mucho (la verdad) en nuestras pesquisas, que carecen también del auxilio del casi siempre eficaz Eduardo Gómez. Le suena, le suena la protesta popular, pero poco más. Así que acudimos a otra fuente cabal: Míchel, alma del Calderas, confirma que hacia 1980 “estaba el chiquito a 10 pesetas y una cántara nos costaba a los bares 850 pesetas; un año después”, prosigue su relato, “subió la cántara a 3.500 y en 1982, a 4.500”. “Una exageración”, opina. “Creo que entonces ya se puso el vino a 25 pesetas y que acabó la década así, más o menos”, añade. Con una advertencia adicional: “En aquellos tiempos, no todos los bares teníamos el mismo precio”. Lo cual tampoco ahora sucede a menudo, según la modesta experiencia de quien esto firma.

Pero volvamos al grano: a nuestras nuevas incursiones en la hemeroteca en busca de la noticia sobre aquel remoto plante de chiquiteadores. Gatillazo tras gatillazo, recurro otra vez al amigo Juan Luis Varona, habitual de esta sección en su condición de leal lector. Un memorión, que suele garantizar información exacta y fiable. Pero esta vez sin éxito. Sí, también le suena aquella airada protesta de sus colegas de cuadrilla, que sitúa hacia mediados los años 80 pero… Nada más. Así que va pasando el tiempo, uno no termina de datar aquel acontecimiento y cree llegada la hora de compartir sus cuitas con el improbable lector. No tanto por saber si algún alma caritativa arroja algo de luz, sino por iluminar humildemente aquel pasado no tan lejano en que las cuadrillas todavía perpetraban sus romerías por Laurel y alrededores a razón de una ronda diaria, el vinazo se servía en vasos de duralex y el chiquiteador salía de casa dotado de un perfil beligerante que, ay, ahora algunos añoramos: aquel parroquiano logroñés no permitía que le tomaran el pelo en sus barras de confianza y lo denunciaba donde debía. En las páginas de Diario LA RIOJA.

Lo cual certifica que, en efecto, cualquier tiempo pasado fue anterior.

P.D. Intrigado por esta viejuna polémica, recurrí también al célebre bloguero Fernando Bóbeda, a quien recomiendo seguir en esta dirección, porque además mantiene la inveterada costumbre de homenajear al vino de Rioja por nuestras rondas más castizas. No, tampoco le suena aquella controversia, pero sí que aprovecha para comprometerse a compartir en este espacio sus reflexiones en torno a la cuestión central: a cuánto se tarifa hoy un vino en Laurel, San Juan y alrededores. Así que, como los folletines antiguos, continuará.

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Los bares sorianos

Bar Soriano, soriano entre sorianos. Foto de Juan Marín

 

El periodista penetra (con perdón) en el bar, afila el boli, abre la libreta y pregunta al caballero que defiende la barra.
– A ver, cuéntame tus andanzas. ¿Dónde naciste?
– En Soria.
– Ah, en Soria. Qué curioso.

La escena se repite una y otra vez. Sí, es curioso: se repite hasta en el Soriano. Resulta que los dueños son de Soria, vaya casualidad. Así que sarcasmos al margen, al periodista le da por estrujarse el magín y compartir sus cavilaciones con el improbable lector, puesto que ha descubierto que los bares logroñeses ejercen como una especie de embajada de Soria en la capital de La Rioja. Una legación multisede: se daba por descontado que las buenas gentes del Soriano habían cruzado Piqueras para instalarse entre nosotros con sólo leer su rótulo, pero uno no calculaba que esa misma aventura la habían protagonizado unos cuantos de nuestros camareros favoritos.

Repase usted esta lista: Alfonso, que tutela el benemérito mesón así llamado en la calle Villegas echándole por cierto bastante morro, también es natural de la provincia aledaña. Otro tanto ocurre con el amigo Lorenzo, que dejó las frías tierras de la Meseta que tanto conmovían a Machado para buscarse la vida profesional en Logroño y alcanzar un éxito innegable, de la calle Ollerías a la calle Laurel donde su descendencia perpetúa hoy el oficio. También Abel Carazo, ideólogo del Mesón Chufo, nació en Soria y también salió tarifando en cuanto pudo según confiesa. Y así ocurre con Jesús, que se jubiló no hace tanto del oficio de tabernero en el Tizona y antes ejerció con el mismo sentido de la profesionalidad otras barras igual de añoradas, como el Mesón del Rey.

De modo que no extrañará la escena que encabeza estas líneas: uno ingresa en un bar cualquiera de Logroño, le da palique al dueño, le pregunta cómo cayó por aquí y ya imagina la respuesta: soriano, por supuesto. Y de ahí estas reflexiones en búsqueda de la relación causa/efecto… que está clara, clarita (clarinete) para cualquiera que haya visitado la amada Soria, así la capital como su interior, en repetidas oportunidades como quien esto escribe: el inhóspito clima, además de otras consideraciones de tipo sociológico que dan para alguna tesis, empuja a los habitantes de tan gélido territorio a escapar de allí y peregrinar por el universo patrio para encauzar sus vidas.

Así que hay sorianos por Zaragoza a puñados, como los encontrará usted por supuesto en Madrid y también en Barcelona. Un futuro mejor, un porvenir que suponían repleto de oportunidades, o al menos más halagüeño que el observado a su alrededor, empujaba lejos de casa a los paisanos de Fermín Cacho. Y, ojo, les sigue empujando: se trata de la provincia más despoblada de España, en reñida competencia con Teruel, un desierto demográfico que últimamente produce una elevada literatura al respecto. De modo que tiene sentido que también Logroño, por cercanía o por simpatía o por una coalición entre ambos factores, sirviera como tierra de acogida para los queridos vecinos.

Y guarda asimismo coherencia que quienes emigraban de su tierra a buscarse más o menos la vida ingresaran en el ámbito hostelero, porque se trata de un oficio donde en aquellos tiempos se cumplía la máxima de iniciarse desde abajo, sin hacer demasiadas preguntas al neófito, casi siempre un alevín. Quien luego iría trepando por los escalones de la profesión y superaría las distintas etapas: del relato de los camareros sorianos arriba citados y de otros cuantos compañeros de generación se deduce que todos cumplían itinerarios parecidos. Se empleaba alistado cada cual a las órdenes del jefe del bar donde caían en suerte, procuraban después mejorar en sus condiciones laborales y en todos iba mientras anidando la idea de independizarse en cuanto se dieran las condiciones que lo permitiesen. Ponerse al frente de su propio negocio y materializar sus sueños.

Una última coincidencia termina de hermanar a los protagonistas de estas líneas: en ninguno de los casos mencionados germinó la idea de regresar sobre sus pasos una vez conquistado cierto éxito en la pequeña historia de la hostelería logroñesa. Todos ellos mantienen desde luego el vínculo con su tierra natal y visitan cuando pueden a la parentela que les sobrevive, como les sobrevive la casa familiar y algún terrenito donde cultivan la nostalgia. Pero ninguno de los consultados, ni tampoco otros paisanos que según sus noticias asimismo ejercieron de camareros por estas buenas barras logroñesas, sintió la tentación de volver a casa. De donde se deduce que les fue bien por Logroño. O al menos no les fue mal. También se deduce que aquí forjaron su propio camino, se ennoviaron, formaron su familia y el resto de detalles que le terminan de anclar a uno al suelo. Y tercera deducción: que los logroñeses les trataron bien. Que no se sintieron extraños, una certeza que no debería sorprendernos: aunque tengo para mí que Logroño le da un poco la espalda a Soria, deambular por sus calles y someterse al rito de las rondas de bar en bar resulta una experiencia no sólo gratificante, sino cercana. En pocos rincones como en el Tubo soriano se siente uno como si paseara por la calle Laurel. De donde se alcanza la cuarta y última deducción: que cualquier logroñés es un poco soriano.

Sobre todo, un logroñés en sus bares

P.D. Y hablando de Soria, capítulo de recomendaciones: quien no conozoca la taberna de Lázaro en El Collado, ya está tardando. Un bar de otra época. De otra época mejor, claro. Donde triunfan los platillos de cacacuhetes, el vino dulce servido en frascas y la decoración más fetén, con sus carteles taurinos, las fotos del venerado diestro local José Luis Palomar y ese memorable corcho donde la clientela lleva alguna década llenándolo de fotos de carné. Y las cortinillas de la entrada de abalorios, las puertas de varias hojas… El bar de Lázaro desde luego es todo un milagro.

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Nuestro hombre en la barra: Abel, mesonero oficial de Logroño

Abel y Rosa, en el Mesón Chufo. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace unos días fue viernes. Y como cada viernes siguiente a los Jueves Flamencos que llenan de cante y baile el Bretón, el Mesón Chufo se levanta con resaca. Una resaca benéfica: el singular recuerdo que deja entre sus paredes el paso de los artistas que la noche anterior pusieron el teatro en pie, puesto que desde hace tiempo quienes desfilan por sus tablas guardan la modélica costumbre de venir luego a cenar aquí. A rendirse ante la cocina prodigiosa que despacha Rosa desde los fogones y Abel sirve con ese tipo de profesionalidad de camarero antiguo tan añorada. Un mesonero como los de antes. El mesonero oficial de Logroño. O uno de ellos.

Y hoy ya es sábado. Alejado el eco de la familia flamenca, cuyas juergas legendarias acabaron vetadas por la ley antitabaco pero sobreviven en su versión más contenida, llega el momento cumbre del fin de semana para este castizo local que soplará en junio 25 velas en la imaginaria tarta que sus dueños levantan a mayor gloria de ese tipo de bares, los bares de siempre, del Logroño de siempre. Un bar que Abel Carazo pilota desde la barra como el capitán de navío explora el horizonte de su singladura: paciente, metódico, señorial. El tipo de aristocracia profesional que puebla los mejores bares, adiestrados sus protagonistas en la mejor universidad: la escuela de la vida.

Que en su caso es larga. El boli se queda sin tinta mientras Abel derrama los grandes hitos de su carrera, iniciada pronto: a los 14 años, en su Soria natal. Y va desgranando bares como el Alcázar donde se destetó, o el Pacho, primeras cuentas de un rosario laboral que le llevó luego a la lejana Costa Brava, jovencito empleado en una discoteca de Playa de Aro que recuerda llena de guiris. Donde conoció a Julio Iglesias, nada menos. Entonces, otro primerizo que se asomaba al mundo cantando ‘Manuela’ a francesas y alemanas. Y se ríe Abel mientras rememora la anécdota célebre, según la cual el futuro suegro de la Kournikova le pidió una noche que le presentara a unas chicas que apuraban sus consumiciones en un rincón de la disco. Pero Abel se negó y lo dicho: todavía se está riendo.

Nueva vuelta de manivela a su particular moviola: nos vamos de viaje hasta Tenerife, donde se perfeccionó en un cometido al que había llegado no por casualidad. Porque desde luego a Abel le gustaban los bares, asegura, mientras recoge los últimos vasos de las rondas del mediodía. Le gustaban tanto que regresó a Soria decidido a abrirse camino en ese gremio, donde pensaba entrar por la puerta grande: pensaba ser camarero en Madrid. Una idea que duró apenas unos minutos: se apeó del autobús en la capital, vio a los grises interrumpir una manifestación a golpe de porrazos y regresó sobre sus pasos.¿ Siguiente destino? «El primer autobús salía para Burgos y ese cogí». Nueva oleada de risas.

Pero, ay, Burgos no le convenció. Así que nuestro hombre se imitó a sí mismo: acudió a la estación y se volvió a subir al primer autobús sin elegir destino, dejando que la fortuna guiara sus pasos. La tuvo: tuvo fortuna. Ese autobús le depositó en Logroño, donde inició su prolongada carrera profesional. Apunte usted, señor periodista: Abel Carazo se inició en las barras logroñesas en el llorado Llacolén que regentaba Raúl Adán, acumuló puntos en el carné de camarero haciendo horas extras en barras igual de míticas, como El Pasaje o el Tívoli, y desembocó allá donde le conoció quien firma estas líneas, defendiendo el bar de las queridas piscinas de Cantabria. Donde multiplicó su suerte exponencialmente: allí conoció a su mujer, Rosa, y de allí salieron ya convertidos en pareja para explorar nuevos mundos.

Mundos no demasiado remotos. Porque su primer empleo como recién casados se alojaba en una esquina de ese mismo Logroño, el de toda la vida: en Puente Madre se acodaban los incondicionales de los baños en el Iregua al calor de los dos chiringuitos acostados junto a la Fuente de los Zapateros. Uno de ellos lo regentaba el famoso Cordero; el otro lo llevaron Abel y Rosa durante un verano calamitoso («No paró de llover», apunta ella) pero inolvidable. Echa la vista atrás Abel y se recuerda a sí mismo de jovencito, desplegando su ingenio por los veladores donde la parroquia se disputaba sus ensaladas, sus tortillas y sus porrones. Un ambiente como de familia Ulises que los logroñeses más veteranos no olvidan.

Lo cual queda atestiguado por la atención que le presta en plena cháchara una pareja de parroquianos que mientras pone la oreja va rellenando los vacíos de su relato si la memoria flaquea. De la orilla del Iregua saltó Abel a ejercer como camarero en Los Bracos y aquí su historia es un jardín de senderos que se bifurcan, como en aquel cuento de Borges: un ramal le mantenía anclado al hotel de la calle Bretón, mientras otro conducía sus pasos hacia el Mesón Chufo, una criatura recién nacida en este rincón de Logroño que se ofrecía entonces como ruta alternativa a las rondas tradicionales. Porque habían nacido de repente no sólo el Chufo, sino el Secre, que también alojó al lado su Cava. Y luego brotaron Las Tejas y otras referencias que más o menos resisten, cirugía mediante. Idéntica transformación a la operada en el Chufo, cuya carta de cazuelitas se ha ido ampliando a medida que crecían las exigencias de la clientela. Que ya no se conforma con lo de siempre, que reclama tradición a sus bocados (y ahí vemos sus memorables alcachofas con foie y huevo), pero también modernidad. «El otro día vino una cuadrilla de chavales y nos dijo que no esperaban encontrar una barra tan moderna», subraya Rosa, mientras presume de incluir hoy en su recetario gollerías tan insólitas por Logroño como los erizos de mar.

Ahí reside tal vez la magia del Chufo, que sabe atraer a una legión de seguidores de su doble alma: un bar de siempre, pero reinventado. Fiel al espíritu de aquel local inaugurado por Julio Bayano, donde Abel ofició de camarero hasta que lo hizo suyo. El Chufo así bautizado en tributo a un pastor, navarro de Los Arcos como el propio Bayano, que dejó atrás aquellas fuentes de cogollos de Tudela que le labraron justa fama. El Chufo cuyos dueños siguen buscando inspiración entre los libros de cocina desparramados por el hogar familiar («Tenemos recetarios hasta por el baño») y mirando hacia el porvenir fiados a una esperanza común:#«Que la gente no deje de venir».

 

Abel Carazo, retratado de jovencito, según la estética de los 70

 

P.D. Norma de esta sección: preguntar a sus protagonistas qué bares eligen para sus escarceos al otro lado de la barra propia. El periodista invita a seleccionar tres referencias pero luego cada entrevistado contesta como le place, lo cual está fetén. Abel y Rosa, no: se someten a los rigores de ese número mágico y aportan tres bares de su confianza. Tres. Sólo tres. A saber, Claret, Cuatro y El Refugio. Y una lágrima final: por esas cosas del azar, en los días mediados entre la publicación de este reportaje en Diario LA RIOJA y esta versión digital, ha fallecido el mencionado Raúl Adán, creador que fue del Llacolén. DEP.

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Vermú, el retorno

Oferta de vermús en el Barrio Bar de Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace alguna década, cuentan los asiduos de las rondas por la calle Somosierra y alrededores (es decir, territorio Balsamaiso) que empezó a frecuentar los bares de rigor un simpático caballero llegado de allende los mares. Se trataba de uno de los primeros logroñeses procedentes de la lejana África, que se ganó el favor de sus vecinos no sólo por su extremada educación y bonhomía, que todavía derrocha, sino porque implantó entre ellos una costumbre que los más veteranos del barrio siguen sin olvidar: a la hora del vermú, se pedía sólo media dosis. Así podía prolongar sus andanzas durante el aperitivo sin miedo a que le atrapara el sopor que tantas veces nos invade si exageramos la ingesta de tan delicioso néctar. Un hábito que luego ha ido conquistando a los parroquianos conspicuos: yo también recuerdo alucinado los días en que era usual tomarse el vermú sin racionarlo. Y también me pregunto cómo aguantábamos en pie. Cómo resistimos hasta la llegada del querido ‘marianito‘ trasegando vasazos y más vasazos de generosa medida, ahítos de Martini y resto de la cofradía vermuteril. De modo que su encarnación en formato mini en la mentada zona de Somosierra se denominó siempre ‘Bienve‘, en honor a su autor, de nombre Bienvenido. Ante quien me quito el sombrero.

Fin de la regresión. Que venía a cuento porque el improbable lector ya se habrá percatado de que el vermú, amigos, ha vuelto. Volvió hace años y aquí dimos cumplida noticia. Volvió sobre todo en su versión contenida, es decir, ese vaso corto donde la pócima magnífica se sirve ahora según marcan tendencia los influencers de semejante práctica, lo cual tiene sentido porque permite por lo tanto alargar el rito del aperitivo hasta donde sea menester. La hora de la cena, por ejemplo. Lo cual nos alegra desde luego a los incondicionales de la familia Martini y resto de referencias: quien esto escribe recuerda la botella presente siempre en el minibar familiar, acompañada de su inseparable amiga en aquellos tiempos fundacionales. Me refiero a la botella de sifón. Y no olvido el glorioso día en que conocí a su hermano pequeño, el vermú blanco, tarifado a sólo ochenta calas (primeros 80) en aquel añorado Amalís de Ciriaco Garrido, que luego ha conocido tantas declinaciones.

No, no olvido tampoco que por esa época me decantaba igualmente por el vermú para las correrías nocturnas, añadiendo a su versión blanca un toque de soda que me hacía creerme James Bond. Aquel trago agitado, no batido, garantizaba desde luego noches igual de agitadas y resacas muy acabadas. De modo que se entenderá la devoción profesada a tan rico bebedizo, que por supuesto también he catado en su versión cenicerense: el llamado Pascali, vermú autóctono nacido en las entrañas de la familia Pascual, estupendo por cierto si se toma como aconsejan sus ideólogos, es decir, frío. Casi helado. Y con el tiempo, desde luego, he ido saboreando otras manifestaciones de ese rico catálogo donde hoy proliferan marcas mil, oriundas algunas de exóticas procedencias, aunque inclinándome siempre que puedo por las más cercanas. Porque tengo puestas mis preferencias no sólo en el mencionado Pascali, sino en el jarrero Martínez Lacuesta: el reserva que elabora la benemérita bodega de Haro me parece una cumbre del vermú nacional. Tampoco le hago ascos al pequeño de la familia riojana, ese San Bernabé tan perfumado y tan rico. Rico, rico.

Vermús de grifo madrileños, vermús con denominación de origen, vermús en la abrumadora oferta de botellas y preparaciones que distingue por ejemplo al Barrio Bar, local que ha aparecido aquí alguna que otra vez y donde aconsejo probar su sabroso preparado, que en efecto se prepara con delicadeza y sentido del oficio. Vermús por tierra, mar y aire: desde Aragón y otros confines del solar patrio me allegan noticias abundantes sobre cómo por allí acampa asimismo esta moda… condenada como todas a lo que ya sabemos, a quedar cualquier siglo de éstos sepultada por la siguiente tendencia. Aunque mientras amanece ese día, podemos acompañar la espera abandonándonos al sugestivo mundo del vermú, el rito dominical por excelencia que ahora se extiende durante todo el fin de semana: ese universo que para muchos empieza ya el viernes, privilegiados miembros del mercado laboral que desconocen qué significa trabajar en sábado o prolongar los horarios hasta entrada la noche…

Fin de la segunda digresión. Regreso sobre mis pasos, al benéfico mundo vermutero que le tendrá ganado a cualquiera para la causa aunque sólo fuera para rendirse ante el ingenio popular, capaz de bautizar con la voz ‘marianito’ ese modelo corto del Martini. Admirable destreza verbal, de dimensiones parecidas a las que acreditaron quienes alumbraron esta pócima bendita: sombrerazo ante quienes idearon la versión primigenia, mezclando hierbas y más hierbas, los frutos que salían a su paso porque se extrujaron el magín hasta dar con la fórmula que nos legaron a sus predecesores para que nos entreguemos al hábito de estirar el aperitivo hasta la hora de cenar. Si hay alguien por ahí interesado, que sepa que según una fuente de autoridad tan prestigiosa como el llamado Museo del Vermú (restaurante así llamado y alojado en Reus, localidad tarraconense de ejemplar contribución al mundillo vermutero) el primer referente histórico se localizó en 1549, “cuando Constantino Cesare De Notevoli, en su obra Ammaestramenti dell’agricoltura, nos habla de una receta de vino con absenta que tenía fines terapéuticos y curativas”.

Así que con el vermú topamos, en efecto, hace casi 500 años. Palabra que por cierto yo siempre prefiero escribir sin la letra final, esa te tan traviesa que se atraganta frecuentemente. Y por supuesto que sin la w doble de la voz original, un invento al parecer alemán que contribuyó a popularizarse entre nosotros desde que se extendió la mentada costumbre del formato pequeño, el querido ‘marianito’ que por Bilbao aseguran que se descubrió allí. Lo cual no me parece mal: es una plaza donde se rinde tributo desde antaño al cortés hábito del aperitivo y en consecuencia se tiene entronizado al amigo vermú. Que, como los bilbaínos, puede nacer donde le plazca.

P.D. Otras fuentes de autoridad atribuyen la autoría del vermú nada menos que a Hipócrates, el griego famoso por su juramento. Se trataría por lo tanto de una bebida medicinal, una hipótesis contra la que nada tengo. Y no estoy solo en semejante devoción: observando la otra mañana la pizarra donde despliega su oferta el mentado Barrio Bar corroboré que el vermú, en efecto, ha retornado y aventuré que se quedará largo tiempo entre nosotros. Aunque sólo sea porque admite tantas combinaciones como quepan en los ingeniosos caletres de nuestros camareros favoritos, capaces de extender la magia de semejante trago en distintos formatos y preparaciones: quien no haya disfrutado todavía del célebre Aperol Spritz o del bienamado Negroni, tan propio del aperitivo milanés, ya sabe: esa es su casa.

 

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Regreso a la calle Ollerías

Vista de la calle Ollerías, con Marqués de Vallejo al fondo. Foto de Justo Rodríguez

 

Alguna mañana debía ingresar quien esto escribe en territorio vetado: Ollerías. Ya curioseé cierta vez por sus alrededores, puesto que resulta difícil evitar una calle tan castiza, alojada como está en el corazón de Logroño y sus bares. Tan cercana a la San Juan por ejemplo, calle que ha merecido aquí alguna mención que otra. Fronteriza también con el querido Pachuca, cuyo deteriorado rótulo decora el frontispicio de este blog. Y Ollerías aparecía también de vez en cuando si poníamos en marcha la moviola: unos cuantos veteranos de las barras logroñesas se iniciaron en la profesión en aquellos bares que festoneaban la acera de los impares, porque la otra se limita a ejercer de trasera de los inmuebles de Muro de la Mata. Y no: en esa mano no hay otro bar que la puerta de servicio del ejemplar Tondeluna, más o menos donde antaño estuvo la del Aéreo Club. Enfrente, sólo habita ahora mismo el local llamado In vino veritas, emigrado de la San Juan. No tengo el gusto. Me resisto a ingresar entre sus muros, tal vez como un pueril tributo que rindo a la memoria de aquel Logroño que sí tuvo esta calle entre las más fetén para eso tan nuestro: ir de bares.

Es decir, eso de tomar unos vinos y acompañarlos de algún bocado. Curioso: porque como recuerda el benemérito Eduardo Gómez, Ollerías albergaba pocos bares, pero selectos, y todos ellos homenajeaban a Baco como suelen pero también rendían pleitesía al recetario local. Sus barras despachaban golosinas de alto nivel cuando semejante oferta gastronómica era más bien rara en la hostelería logroñesa. Así se dispara el recuerdo de aquellas gollerías, animado en este desempeño no sólo por el perito Gómez, sino por el memorión Chema Macua, funcionario del Parlamento, que me suele recibir cuando acudo a aburrirme a los plenos espetándome su frase célebre: “A ver cuándo escribes de Ollerías”. Sentencia que suele abrochar con la siguiente exclamación, expresada mientras contenemos la saliva: “¡Ah, aquellos bocatas de oreja de La Chistera!”.

Promesa cumplida, Chema. Aquí estoy recordándome a mí mismo tal y como fui, tal y como fuimos tantos logroñeses de mi quinta, cuando guiados por la mano paterna penetrábamos en aquel universo promisorio. Nuestro favorito era el Paco y sus champis inolvidables (y pioneros). El paseo continuaba a continuación hacia otras cuentas del breve rosario de locales, para saborear nuevas viandas igual de sugestivas. Las cazuelitas del Sergio, por supuesto. Paco, Sergio, La Chistera… y algunos otros locales que me recuerda el señor Gómez, de los que todo lo desconocía: el Turco, por ejemplo, precedente del citado Paco. El Nuevo Choco, El Trece, Mi Tierra… Una serie de bares que desembocaban en el Baden de la Travesía, por donde se abandonaba la calle hacia la San Juan aledaña, un paseo que yo también hago ahora alguna tarde: para recordarme a mí mismo de nuevo. Para recordar la calle que no se borra uno de la memoria, por un par de razones.

La primera, amable. Cariñosa: en un piso de esa calle vendía huevos por docenas una pareja de simpáticos ancianos a quien recurríamos en casa cuando se desabastecía el hogar familiar y había que echar a correr si queríamos cenar tortilla. Uno regresaba con el preciado botín, acompañado también por el inolvidable sabor de las mejores rosquillas que usted habrá probado nunca: puesto que en esa casa se rompían los huevos entre trajín y trajín igualmente por docenas, jamás faltaba por lo tanto materia prima para elaborar ese delicioso dulce de sartén. Y contengo de nuevo la saliva.

Pero el segundo fogonazo que dispara la memoria cuando alguien me menciona la calle Ollerías me borra la sonrisa de la cara. Es un recuerdo cruel. Aquel criminal atentado de ETA, con sus tres víctimas mortales y otro herido que salvó la vida de milagro. Fotos en blanco y negro de aquella barbarie, la ciudad azotada por el terror, el funeral en La Redonda desbordante de tensión. La calle Ollerías. A eso también me sabe Ollerías, qué le vamos a hacer.

Aunque tal vez si alguna bondadosa mano municipal ideara un siglo de éstos algún plan para reactivar la mortecina calle, casi moribunda a pesar de su paradójica vecindad con El Espolón, yo también me haría un favor a mí mismo y volvería sobre mis pasos sin nostalgia. Sólo para recordar al niño que fui y olvidar de paso aquel espanto, pero sobre todo para concederle una oportunidad a esa calle memorable como pocas para quien se destetó en las rondas por los bares de confianza pastoreado por sus mayores, iniciándose en el rito finisecular del pincho, la tapa, la banderilla y la cazuelita, por aquella memorable tríada de bares: Paco, La Chistera, Sergio…

Y también para que cuando me encuentre de nuevo con Chema Macua, mientras intento esquivar como puedo el sopor que domina tantas sesiones parlamentarias, pueda contestarle que sí: que ya he escrito sobre Ollerías. Y que ya estamos en paz.

En todos los sentidos. También contra el terrorismo etarra.

P.D. Me cuentan quienes deambulan a diario por la calle San Juan, entre comunes lamentos por el mejorable aspecto que ofrece Ollerías, que la calle ha sido colonizada por ese hito tan logroñés: el merendedro, que ocupa varias bajeras. Lo cual me devuelve también a la infancia, porque cierto condiscípulo de los Maristas celebraba en uno de esos locales su cumpleaños: su familia poseía allí un almacén, que se empleaba para fiestas infantiles en la etapa anterior a la invención del célebre chiquipark. Por ahí recuerda Eduardo Gómez que caía la trasera del bar El Tercio, alojado en la calle San Juan, cuyo excusado hacía frontera con Ollerías, de manera que algún gracioso solía gastar a quienes allí se aliviaban la siguiente broma: aprovechaba que el cliente del lavabo se encontraba apoltronado en la taza para tirar de la cisterna de improsivo, con gran estrépito de risas y ofendidas quejas del agraviado. Porque hasta para esas cosas tenía gracia Ollerías.

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¿Cuál es la mejor hamburguesa de Logroño?

Cartel de hamburguesa vintage

 

Cualquier improbable lector de mi generación (cuaternario superior) recordará el día maravilloso en que ingresó en el recetario familiar un nuevo bocado que nuestras sabias madres tuvieron la gentileza de presentarnos: se llamaban filetes rusos. Eran los años postreros del franquismo, cuando la palabra ruso se podía pronunciar ya sin el temor atávico a que irrumpiera en el hogar familiar la Brigada Político Social y te llevara al calabozo, mano de grasa incluida. Aquel manjar disponía de grandes posibilidades para cautivarnos, empezando por su exótica denominación: no era un filete cualquiera, ojo. Era un filete ruso. Yo imaginaba grandes colectividades exproletarias en la lejana Siberia dedicadas a elaborar albóndigas, las albóndigas de toda la vida, que luego otra multitud de hombres y mujeres aplastaban con sus soviéticas manitas hasta convertir las primigenias bolas de carnes en filetes de magro tamaño. Filetes rusos.

Con el tiempo, nos enteramos de que en realidad aquella delicia se llamaba hamburguesa. Y puesto que se trataba de un plato típico en Yanquilandia, nosotros ejercimos como todo buen español que se viste por los pies: lo boicoteamos. Nada que pudiera llegar del país de Bob Dylan nos podía engatusar, salvo tal vez el propio Bob Dylan (y Ava Gardner, añado). Así que resistimos el avance del ejército gastronómico invasor, que tuvo entre nosotros su particular Vietnam. No, no transigimos… hasta cierto punto. Porque siguieron pasando los años, aquel antiamericanismo adolescente dejó de bombear con la energía de antaño y hubo incluso algún compañero de viaje que detectó grandes ventajas para la alimentación de la clase obrera en aquel trozo de carne que se tarifaba a precios comedidos. Cautivos y desarmados, McDonalds alcanzó sus últimos objetivos: la progresía española dobló la rodilla.

Ya nadie le llamaba filete ruso. Ya nadie le hacía ascos (bueno, algún antiyanqui recalcitrante quedará por ahí) y ya nadie se oponía de dejarse seducir por un bocado que acabó conquistando las barras de nuestros bares predilectos, donde empezaron a exhibirse con esa clase de entusiasmo tan español: de no querer saber nada de la hamburguesa, pasamos a ofrecerla en todas las encarnaciones posibles. Alguna de ellas, inventadas, ojo: las he visto hasta de pescado. Pero hasta que semejante conquista terminó de triunfar entre nosotros, algunos miembros de esta generación adiestrados en su consumo cuando aún se conocía por su nombre original nos iniciamos en su ingesta extradomiciliar en el añorado Bier Hause (o como se llamara en cristiano) de Gran Vía, local extinto que tanto hizo por divulgar las excelencias de la cocina internacional acompañada de cervezas igualmente exóticas para la época (finales de los años 70). Las despachaban también fetén en el vecino, e igualmente difunto, Robinson Grill y en semejante empeñó se distinguió poco después la no muy lejana Káiser, que ahí resiste en Labradores: como una hamburguesería pionera en tantas cosas. En la pantalla gigante de televisión, por ejemplo.

 

 

En este blog alguna vez hemos perpetrado algún artículo a propósito de la querida hamburguesa, recordando su rica aportación a la historia del cine y reivindicando por lo tanto con el maestro Quentin su condición principal: la base de un buen desayuno americano. Sobre todo, si hablamos de la célebre hamburguesa cajún. Pero a petición del público a quien tanto debo (como si fuera una folclórica), acojo la petición lanzada tiempo atrás por una fiel seguidora para lanzar la pregunta que ustedes estaban esperando: cuál es la mejor hamburguesa de Logroño. Y para animar la encuesta, allego algunas propuestas: la del Torres, la del Bococa y la del citado Káiser. O Burgerheim, por ejemplo. O la más reciente Fabrikburger. O la clásica Cervecería Internacional. Y vote. Vote usted, si hace el favor. Y también consuma hamburguesas sin remordimientos: los carnés de antiyanquis ya están todos repartidos. Y muchos de sus antiguos críticos se acabaron por convertir a esta religión hamburguesina. A la Coca Cola también. Y a Bob Dylan, por supuesto. Y Ava Gardner, añado.

P.D. Iremos recopilando las votaciones que tengan ustedes la amabilidad de depositar y un día de éstos proclamaremos los resultados. Como ocurrió hace poco en otra votación reciente, aquella en torno al universo de los morros, este artículo debe tomarse como lo que es: un juego, un pasatiempo, un entretenimiento. Una manera de reconocer que la hamburguesa forma parte de nuestros bares favoritos, que es tanto como decir de nuestros corazones. Y que es la base de un buen desayuno americano, como nos advirtió con razón el amigo Samuel L. Jackson.

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