La Rioja

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Somos cañeros

Mapa mundial de cervezas

Explorando el éter, tropecé hace días con esta imagen tan curiosa que reactivó mi idea de dedicar una nueva entrada al deslumbrante mundo de la cerveza: un mapa mundial de marcas. En febrero del 2013, ya avancé alguna de las cavilaciones en este post que aquí os dejo, dedicado en especial a todos los que alguna vez me han preguntado por qué no escribía sobre cervezas. Bueno, pues porque ya había escrito esto: La caña de España.

Lo cual no significa que no pueda, o que no deba, regresar sobre mis pasos y compartir con los improbables lectores alguna reflexión que se podría titular cómo hemos cambiado, igual que la célebre cancioncilla. Es decir, cómo hemos pasado del monocultivo cervercero al actual aluvión de marcas y referencias, ese abrumador desfile de logos con que tropezamos en nuestras barras de confianza o en el súper de la esquina. Lo cual está muy bien, cierto, a cambio de que no ingresemos en las tonterías propias de cuando sufrimos un exceso de información y todos nos convertimos en peritos de ciencias que hasta hace poco ignorábamos.

Hablo por mí: crecí en una época en que apenas conocíamos una cerveza o dos y nos asombrábamos cuando explorábamos otros territorios de España y descubríamos que había vida más allá de la marca San Miguel. Así ocurría cuando uno aterrizaba por Cataluña, por ejemplo. Además de probar el néctar llamado Cacaolat, ignoto por entonces (primeros 70) por La Rioja, era divertido observar a los mayores catando la cerveza Damm, de la que no sabíamos nada. Patrocinaba incluso a algún equipo (de balonmano, creo), pero nada nos decía esa nomenclatura a los habitantes de otros rincones de España. De igual modo fuimos descubriendo que los vecinos del foro (vulgo, Madrid) se decantaban por la marca Mahou; cuando empecé a afeitarme conocí gracias al servicio militar que por Córdoba eran devotos de la cerveza El Águila, cuyas instalaciones tuve a bien recorrer en una visita “cultural” (sic) con que el Ejército español nos obsequiaba a sus reclutas, incluyendo el pertinente episodio dipsómano que tal visita deparaba, mientras los compañeros gallegos de soldadesca se maravillaban de la que era típica en su tierra, consecuentemente bautizada como Estrella… de Galicia, cuyo sabor nos era ajeno. Y de Aragón llegaban confusos mensajes para alertar de los efectos de cierto brebaje apodado Ámbar.

Posteriores excursiones por Andalucía me permitieron comprobar (finales de los 80) que existía una cerveza denominada Cruzcampo, entonces un nombre que nada nos decía pero que sí nos alegraba los viajes detrás del Logroñés por aquellos pagos. De hecho, llamábamos ‘cruzcamperías’ a los garitos de carretera, porque esa era la pócima que despachaban. Y algunas visitas furtivas a territorio guipuzcoano me permitieron comprobar qué significaba el nombre de Keler, que nunca más tomé en vano.

Semejantes milagros empezaron a ocurrir entonces por la España de las autonomías cerveceras: diecisiete regiones, diecisiete marcas distintas. Un mapa rubio y espumoso que empezó a mutar cuando llegó la hora de la globalización: de repente, sonó la hora de las fusiones, las adquisiciones (el barril grande se comió al chico) y las OPAS, no necesariamente hostiles. De repente, empezamos a pronunciar la hache aspirada para pedir una Heineken (bebedizo que no me tiene entre sus fieles) o a trabucarnos al pedir una Carslberg. De repente, el diseño se rindió también al noble arte del botellín, llegaron viajeros desde Centroeuropa que hablaban de los milagrosos prodigios que obraban los monjes trapenses y benedictinos que contaban con sus propios ingenios cerveceros, vinieron desde las islas británicas cervezas de oscuro aspecto llamadas negras… De repente, como ha sucedido con el mundo del vino o del gin-tonic, de no tener ni idea pasamos a convertirnos en expertos. Y mientras hacíamos como que sabíamos, nos iniciábamos en nuevos horizontes (aparecieron las elaboradas con trigo) y nos rascábamos el bolsillo, porque ya sabemos el primer efecto de lo que se convierte en moda: que sube el precio.

De modo que hoy confieso que esta temporada se lleva en mi nevera aquella Estrella de Galicia de cuya existencia no había oído hablar cuando vestía de caqui, igual que antes me rendí a la Keler, la Ámbar o la San Miguel primigenia. Suelo volver, sin embargo, a los primeros amores: siempre me quedará la bendita Mahou, que me sigue sabiendo a mis primeras incursiones madrileñas, tan añoradas. Y veo este mapa que decora estas líneas, culpable directo de ellas, y me consuela pensar que desconozco gran parte de toda esa relación de marcas y que, en consecuencia, todavía estoy a tiempo de caer rendido a los efectos de la novedad. De hacer el papanatas con la cerveza que se lleve la próxima temporada. De seguir añorando el tiempo anterior a la implantación en Logroño del local Bier Hause, la primera barra donde supimos que, en efecto, no todas las cervezas son iguales.

P.D. Se cita Beer House y se cita bien: que yo recuerde, fue la primera cervecería logroñesa implantada como tal y que el difunto Baden me perdone, porque Baden era casi tanto casa cervezera como depósito de mariscos, esos bichitos que tan felices nos hacen. Bier House se enclavaba al final de la Gran Vía, en la manzana más hostelera de la ciudad: la manzana del Robinson, el emblemático pub que da nombre a ese grupo de edificios entre Chile y Labradores. Junto a Beer House, cuya oferta gastronómica consistente en perritos calientes fue también otra novedad revolucionaria para la época, se alzaba el Robinson Grill, elegante garito que me tuvo entre sus clientes precisamente cuando empecé a conocer que una cerveza, además de amargura, propina otros placeres.

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Lo que había que echarle

Lorenzo Cañas y el pequeño Mario, catando las tortillas del concurso de Degusta LA RIOJA

En noviembre del año 2012, una de las primeras entradas del blog Logroño en sus bares ya se detuvo en revisar ese territorio tan caro al universo hostelero logroñés: el suculento mundo de las tortillas. Si hoy vuelvo sobre mis pasos es porque Diario LA RIOJA ha convocado de nuevo su tradicional concurso, resuelto este viernes con el fallo del jurado que puede leerse en la información adjunta. Y, sobre todo, me detengo de nuevo en ese apetitoso cruce entre el huevo y la patata gratamente sorprendido por la respuesta de los participantes: más de 60 establecimientos de la capital riojana acudieron a la Plaza de Abastos con sus mejores creaciones para someterlas al veredicto de los expertos. Señal de que este concurso tiene impacto y de que tiene recorrido, porque tiene lo principal: un puñado de seguidores dispuestos a secundar la convocatoria y participar en esa suerte de fiesta de la gastronomía local que el concurso significa.

Digo gastronomía y digo bien: pocos bocados más entrañables y más lujosos para quien esto firma, porque encierra lo mejor de la sabiduría popular. Con la tortilla me sucede como con otros platos de la cocina de toda la vida: que siempre me pregunto a quién se le ocurrió. Quién fue la primera persona que decidió que un chorro de aceite humeante admitía de buen grado una ración generosa de patatas, que mezclada con unos cuantos huevos desembocaban en tan jugoso resultado. Debió ser alguien muy sabio. Porque su invento ha resistido el paso del tiempo y gana adeptos con los años: lo mismo que el concurso de tortillas, por cierto, a pesar de su juventud.

Lo cual me lleva a repasar mi propia trayectoria como cliente de los bares logroñeses y degustador de aquellos que ofrecían y ofrecen este pincho, que también admite el formato generoso. Es poco corriente pedirse una tortilla entera en un local, pero los hay como La Travesía o el Porto Vecchio en cualquiera de sus encarnaciones donde sí que tal plato es moneda común. Lo habitual, sin embargo, es pedirse una ración de tamaño de entre cinco y diez minutos, acompañar la ingesta con un trago y saborear ese delicado manjar como si fuera la magdalena de Proust. Es decir, pensando en cuántas y cuántas tortillas nos han hecho felices en nuestras barras favoritas. Las mías ya están mencionadas en esta entrada anterior pero no me importa repetirlas, porque el recuento me rejuvenece: ah, el Oslo, el Porto Novo, el Sebas, La Esquina… Ah, el Ignacio, sobre todo: me veo de nuevo frente a su mostrador, donde ahora se emplaza la mencionada La Travesía, engullendo de chaval la dosis dominical tras cada cita en Las Gaunas y aquella tortilla me vuelve a saber a la dichosa adolescencia en blanco y rojo, cuando la vida parecía infinita.

De las recientes tortillas que se han ido presentado al concurso, he tenido la dicha de catar un par de ellas: la del Serenella, gracias al detalle que tuvieron sus dueños con esta casa cuando, eufóricos por el primer premio que se llevaron en el 2013, nos obsequiaron a una ronda. Y he catado igualmente, sólo que previo pago, la que ese mismo año se llevó el galardón en la categoría que premia la introducción de más ingredientes que la tradicional patata y el perenne huevo: fue la elaborada en La Tavina, que despachan en generosa dosis y me pareció un pincho estupendo. Con un aliciente adicional: que como el resto de sus hermanas se aposenta en las cavidades estomacales formando un mullido colchón donde el trasiego de alcoholes encuentra el apropiado confort. En otras palabras, que garantiza lo que pronto supimos de jóvenes: que la tortilla de patata representa un bocado ideal en las horas de entrega a la dipsomanía, religión que nos tuvo entre sus creyentes cuando no había tantas donde elegir. Ya se han citado aquí unas cuantas de aquellas sugerentes reliquias: añada el improbable lector cuantas se han presentado al concurso, las ganadoras y las que quedaron eliminadas, y agregue también aquellas que salen a su encuentro en cada bar de Logroño.

Observará que encierran un paraíso común y festivo, un edén culinario. Y observará también que hay mucho y bueno donde elegir. Las distinguidas en esta edición del concurso lo merecen, sin duda, pero también aquellas que no se presentaron o que no pasaron la primera criba. Es cuestión de gustos, ya lo sabemos. Aunque también es cierto que hay gustos y gustos: un jurado que incluya entre sus miembros el docto dictamen de Lorenzo Cañas, perito en fogones y ejemplar ser humano, es imposible que pueda equivocarse.

P.D. En materia de tortillas, el mapa logroñés de bares disponía hace nada de una referencia singular, que solía citarse en cada catálogo nacional donde se recopilan estos precopilan estos placeres: la tortilla del Tahití. Disponía, ojo, y dispone, aunque desde que el bar se mudó de República Argentina y se convirtió en restaurante alojado en la calle Laurel dejó de ser por lo tanto una tapa para devenir más bien en plato principal para saborear sentado. Una tortilla famosa en toda España, multipremiada y elogiada, cuyo secreto (me parece) residía en un elemento a mi entender sustancial: que no se presentaba demasiado cuajada. Así es como servidor la prefiere pero ya se ha dicho: todo en esta vida es cuestión de gustos.

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Baden, marisco y cerveza negra

Fachada del Baden, ya clausurado

Baden-Baden, localidad alemana famosa por su balneario, perteneciente al estado de Baden-Wurtemberg. Baden-Baden, de donde nació aquella expresión ya en desuso que también sirvió para bautizar una película célebre en su tiempo: Madrid, en verano, Baden-Baden. Lo cual significaba que con la canícula la capital del Reino se despoblaba, circunstancia de donde nació otro mito: el madrileño como Rodríguez, denominación muy cañí que tanta gracia les hace a los amigos latinoamericanos. Baden: en Logroño, dícese del famoso bar alojado en Travesía de Ollerías, pionero en el sector hostelero local por varias de sus aportaciones. La primera, servir marisco, un lujo al alcance de pocos bolsillos allá cuando abrió sus puertas, hace ahora 43 años. La segunda, que de sus grifos empezó a manar cerveza negra, rareza que ahora no lo es tanto pero que entonces alcanzó la categoría de acontecimiento.

Viene a cuento tan largo preámbulo del suceso que conmociona al mapa logroñés de bares: cierra Baden. Cierra y con su cierre desaparece una leyenda, porque sus mariscos y sus cañas ejercieron como un poderoso imán para unas cuantas generaciones que jamás habían visto de cerca una navaja (salvo en el escaparate de Suso, tal vez) y pensaban que cuando salía negra la cerveza era porque el artefacto andaba averiado y aquel bebedizo tan turbio no prometía nada bueno. De modo que Baden, sobre todo en los años 80 y primeros 90, se convirtió en parada obligatoria para quienes quisieran ser testigos de tantos y tantos mágicos sucesos que cada día se oficiaban en su barra. Las navajas salían perfectas de la plancha, impoluto el punto de sal, al igual que los berberechos  y los mejillones se ofrecían envueltos en una salsa picante y jugosa, muy adictiva, cuyo secreto jamás compartió el jefe de todo aquello, José López de Foronda, quien ahora se retira y disfrutará del merecido descanso que la plancha del bar no le concedía.

El éxito de Baden fue tan mayúsculo en su época que alcanzó un carácter histórico cuando se convirtió en el primer bar logroñés que contaba con su propia franquicia. Un angosto local situado en Saturnino Ulargui, en aquel tiempo en que esta calle se convirtió en la referencia para el picoteo que hoy sigue siendo. Quien esto escribe ha sido cliente más o menos habitual de ambos Baden: del original y de aquel hermano pequeño, que tuvo muy corta vida. Lo cual siempre me pareció injusto: era una barra elegante, de corte clásico, con una carta donde los productos del mar se tarifaban a precios bastante comedidos. Y donde se tiraba también la caña con mucho estilo. De modo que su clausura, que precedió a la que ahora nos ocupa, representó una puñalada para todos los fanáticos de ambas mercancías, quienes hoy también guardan luto por el cierre de uno de esos bares que acaban adquiriendo la condición de guía y faro de una ciudad. Una brújula.

El adiós del Baden, del que me invitan a escribir las queridas Vicky y Cristina (ahora caigo que el dúo tiene nombre de película de Woody Allen), llega en un momento de cierta tristeza para la hostelería logroñesa, igual que para el conjunto del comercio local. Se baten en retirada otros garitos con muy buena pinta, como La Retro, y bajan la persiana hasta los más castizos, como el vecino Alejandro de la calle del Carmen en trance de ser recuperado para la causa hostelera, o el Rincón de la Travesía, en la cercana San Juan. Caen también como moscas tiendas de toda la vida, lo cual es una manera muy efectiva de cortocircuitar el corazón de una ciudad. El dueño de Samantha, la perfumería de Jorge Vigón de cuyo propio cierre escribí en otro sitio cercano días atrás, me confesaba que había ido elaborando una lista de comercios de-Logroño-de-toda-la-vida cerrados en los últimos cinco años que helaba el corazón. En cierto sentido, también el Baden puede incluirse en tan fatídica relación: la de aquellos establecimientos que contribuyeron a forjar la imagen de una ciudad, cuya despedida nos deja más pesarosos. Y nos deja más viejos, a solas con nuestros recuerdos. Huérfanos, en cierto sentido. Porque como me preguntaba Cristina desde Italia estos días: dónde se podrán encontrar ahora en Logroño unas navajas como aquellas. Siento contestarle a ella y a quien se haga la misma pregunta que no tengo ni idea. Me temo que en ningún sitio: porque aquellos manjares y tragos de nuestra mocedad, los bares donde vimos pasar la vida cuando aún parecía ancha y larga, sólo alimentan ya nuestras fantasías.

Porque eran bares hechos del mismo material que el mítico halcón maltés: del material con que se construyen nuestros sueños.

P.D. La noticia del cierre del Baden (que por cierto se rotula al modo alemán en el cartel de la entrada, es decir, Baden-Baden) la adelantó en primicia, como suele, el infatigable compañero Eduardo Gómez en las páginas de Diario LA RIOJA. También daba cuenta de otros adioses recientes, como los arriba citados, lo cual me hizo caer en la cuenta de que van pereciendo unos cuantos locales del Logroño castizo. Porque se jubiló el Perchas y ahí sigue el local vacío, a la espera de que algún intrépido se anime. De modo que me malicio que estamos ante un cambio cultural de proporciones más extensas que una pura coincidencia. Me malicio si las ordenanzas en materia de alquileres antiguos algo tendrán que ver en esta larga serie de despedidas.

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La ruta del pincho pote

 

Bar de la calle Labradores que invita a practicar el pincho pote. Foto de Juan MarínCualquier logroñés habrá podido comprobar de un tiempo a esta parte cómo se extiende entre nosotros esa práctica denominada al modo euskaldun: el llamado pincho pote. Se trata de una actividad desplegada también en distintas localidades de La Rioja, pero como pretendemos seguir siendo fieles en lo posible a la patria chica, en esta entrada abordaremos tan sólo los seguidores que ha encontrado entre los bares logroñeses. Que lo son en buen número: de hecho, se me ocurrió escribir estas líneas cuando tropecé en el venerable Beti con el anuncio de que también ese local forma parte de una reducida, aunque castiza, ruta de establecimientos dedicados a tal costumbre: integra un trío que completan los vecinos Pesos y Gaona.

Habrá que advertir en primer lugar de qué hablamos cuando hablamos de pincho pote. Cualquiera lo sabe porque es muy sencillo, pero si queda algún indígena ajeno a sus encantos, aquí va la aclaración: una fórmula barata de incentivar el chiquiteo adosando a precios muy razonables una tapa a la consumición habitual, esto es, el vino, la caña, el refresco… Por módicas tarifas se anima el público a dinamizar la máquina registradora, crece el ambiente en bares y alrededores, se reactiva en consecuencia el consumo. Una estupenda manera de guiñarle un ojo a la clientela y, de paso, demostrar lo que otros negocios (el del cine, por ejemplo) también han conocido recientemente: que los precios suelen ser un muro insalvable en estos tiempos sombríos cuando de alternar se trata. Que superado ese peaje, el cliente se anima.

Así que, milagro, milagro: resulta que cuando se tarifa económicamente volvemos a visitar los bares, tradición que no debería perderse. Resulta por lo tanto pertinente el experimento que aquí pretendemos: invitar a los improbables lectores a que nos ayuden a configurar una especie de ruta por el pincho pote de Logroño. Que nos cuenten qué bares se incluyen en esta tendencia y qué zonas de la ciudad disponen de su propio itinerario. Con sus aportaciones iremos configurando un mapa donde se visualice tanto la ruta de cada barrio como los locales que la integran, con el detalle adicional de explicar en qué consiste cada oferta.

Como ejemplo, además del citado caso del pincho pote trino del entorno de la Glorieta, habrá que mencionar también el que protagoniza la calle Labradores y sus alrededores, valga el pareado. Lo integran, según observo en la cartelería distribuida por Logroño, el Tío Tito, Nimar, Da Vinci, El Porteño, Cazador, Guevara, Chaplin, Roche 2, Teyma, Mi Bar, Versalles, Centro Cántabro y Kaiser, entre otros, que despachan su oferta los jueves y viernes (vino o cerveza más pincho, dos euros; euro y medio si el vino es joven) e incluyen un sorteo entre los participantes. Así lo contaba allá por octubre la compañera María José Lumbreras, quien recopilaba para Diario LA RIOJA algunas de las distintas rutas que se manejan por Logroño. Citaba el precedente de la mal llamada ‘Laurel pobre’, ese itinerario que proponen los bares de la zona de República Argentina y Gil de Gárate, cuyo ejemplo siguen otra zonas además de las mentadas: así ocurre con Albia de Castro y otras calles de Lobete, que limitan esta actividad a los viernes como suele ser habitual.

Pero hay más casos. En ese mismo artículo, Lumbreras recogía la propuesta de un grupo de bares situados por el nuevo Las Gaunas (Los Ángeles, La Guindalera, Bulevar y Toscana), cuya iniciativa tiene también bastante que ver con la aspiración de que los vecinos de esos nuevos sectores residenciales encuentren junto a su hogar la oferta hostelera y de ocio que a menudo les conduce hacia el centro de la ciudad. Pienso que se trata de una intención similar a la que anima a los demás bares: convencer a su clientela de que como cerca de casa, en ningún sitio. Porque una tendencia que domina todas estas nuevas modas de peregrinar por los bares es que ocurren en la periferia: el centro, el auténtico corazón de Logroño, con sus rutas ya consolidadas como Laurel, San Juan y similares, no participa de esta moda. Supongo que porque sus bares cuentan con un arsenal promocional suficiente que evita sumarse a la práctica del pincho pote. Su atractivo radica en su larga historia como zona hostelera, cuyo encanto divulgan las guías de viaje y otras publicaciones por tierra, mar y aire.

De modo que, en resumen, aquí se ha citado una serie de bares adictos al pincho pote. Estaría muy bien que entre todos dibujáramos una ruta logroñesa, una idea que nace con vocación de servicio. Completar ese mapa depende de que alguien al otro lado del blog se anime. Y así podremos concluir entre todos con esa frase tan periodística: seguiremos informando.

P.D. El pincho pote es una variante, en realidad, de una práctica hostelera que ya encontró algún eco en este blog. Aquel mapa de los tapas gratis con que algunos bares imitan la costumbre de otros puntos de la geografía española de obsequiar a su clientela tuvo cierta repercusión gracias a la generosa contribución de los lectores de este blog. En conclusión, lo que tanto una como otra modalidad intentan es que el personal visite sus barras y que, mediante ambas fórmulas, no pueda alegar que el precio es una barrera que le impide disfrutar de su ocio favorito.

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Solteros y solteras

Despedida de soltera en la calle Laurel. Foto de Juan Marín

Rebrota estos días el viejo debate sobre la pertinencia de tolerar, limitar, vetar o directamente prohibir (vaya usted a saber cómo) las despedidas de soltero en los bares del centro de Logroño, puesto que en ocasiones sus participantes suelen alborotar de modo exagerado la tranquila ingesta de bebidas propia de los autóctonos y además derivan alguna vez en espectáculos de dudoso gusto, con exhibición de material plastificado que apela a las contingencias propias de la noche de bodas. Y puesto que los integrantes de tales jolgorios se abandonan a los excesos etílicos, cuyas consecuencias en forma de vómitos, deposiciones y otros fluidos decoran calles y plazas, resulta frecuente entre nosotros que cunda la indignación entre quienes tienen (tenemos) que convivir con dichos espectáculos. Una indignación que tiene su punto farisaico: que levante la mano quien no haya protagonizado allá por su mocedad exhibiciones semejantes, cuyo recuerdo todavía le sonroja.

La penúltima controversia en torno a esta cuestión lleva la firma de UGT, cuyo apartado de autónomos reclamó esta misma semana una regulación (¿?) de estas actividades, que enlaza de manera a mi juicio misteriosa con la pérdida de empleos en el sector hostelero y el cierre de unos cuantos bares logroñeses. Yo juraría que pasa todo lo contrario: que aquellos establecimientos que prefieren negarse a ser invadidos por la cofradía del novio/a en ciernes acompañado/a por sus colegas ven cómo mengua el movimiento de la caja registradora. Y que, al revés, los que acogen con indisimulada satisfacción a estos neoturistas observan cómo crece el negocio. De ahí que me sorprenda esta reclamación sindical.¿Regular las despedidas de soltero dará oxígeno a la economía local? ¿Prescindir de los ingresos que aseguran, no sólo a los bares sino a otros sectores limítrofes, estas visitas de jóvenes y no tan jóvenes dispuestos a gastarse en Logroño lo que probablemente racanean en su lugar de residencia servirá para mejorar la alicaída hostelería logroñesa?

Yo lo dudo. Y lo digo como nada ejemplar ejemplo de cómo se puede cambiar de opinión sobre este asunto, o sobre otro cualquiera, simplemente dejando pasar el tiempo. En un primer momento, superada la fase inicial de asombro, a mí también me incordiaba la presencia de estas legiones de forasteros que con su derroche de ímpetu alteraban la paz que uno desea alcanzar cuando zanganea por la calle Laurel. Y sí: también a mí me llamaba la atención el mal gusto que les caracterizaba, aunque sobre esas cuestiones de gustos prefiero no pronunciarme. Cada cual tiene el suyo y todos son legítimos. (Hay a quien le conmueven los gorgoritos del trovador llamado Pablo Alborán, fíjese usted). Con el discurrir de los años, he ido confirmando que las manifestaciones más exaltadas propias de las despedidas se han ido apaciguando. Que sus promotores observan una conducta menos expansiva. Más contenida. Sí, se les ve mareadillos en el mejor de los casos, por el abuso de distintas sustancias (se supone), pero yo los recordaba antaño más osados. Menos proclives a dejarse seducir por los encantos de la ciudad que visitan, a confraternizar con los indígenas, a la tertulia con los amigos que forman parte de su cuadrilla, objetivos que deberían ser compatibles con el deseado desenfreno y frenesí propio de quienes se disponen a despedir la vida de soltero.

Compruebo además que estas observaciones que aquí comparto con el improbable lector coinciden con el punto de vista de unos cuantos dueños de bares. Alguno me confiesa que sin las ricas aportaciones crematísticas de las despedidas de soltero sería harto difícil llegar incólumes a final de mes. La mayoría me confirma que, en efecto, los excesos de antaño se han civilizado. Que nuestros bares no sufren con ellos más que con las impertinencias propias del resto de la clientela, porque todos los parroquianos podemos montar alguna vez el espectáculo y ponernos muy pesados aunque no participemos en estas algabarías. Que muchos de ellos se acomodan casi durante todo el fin de semana en su bar favorito, una vez que confirman que son bien recibidos y que cuentan con el beneplácito del propietario tanto para el vermú como para el picoteo, tanto para la ronda nocturna como incluso para la copa ya de madrugada en aquellos locales que también las sirven. Y que dinamizan el ambiente, aportando su propia cuota de color al folclore habitual. Y, sobre todo, me dicen lo mismo que yo pienso: cómo se puede regular una despedida de soltero. ¿Poniendo un policía en cada grupo?

Mala ideas: podrían pensar que es un estriper.

P.D. Las quejas de los autónomos afiliados a UGT, más allá de la polémica sobre las despedidas de soltero, incluyen algún dato incontestable: por ejemplo, que sólo en enero de este 2015 casi neonato se han perdido en Logroño 15 bares. Una pérdida que se añade a la caída del empleo en el sector y a la mengua de beneficios. Cifras que cualquiera puede comprobar dándose una vuelta por la calle, sobre todo entre semana. Y entre las bajas, una que duele especialmente en este blog: el adiós de La Retro, local insólito y lleno de encanto de la calle Calvo Sotelo, que mereció una entrada hace cerca de un año y que ha bajado la persiana. Suerte al caballero Jota en sus próximas aventuras.

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Bares en serie

Lone Star

Recientes incursiones en el planeta televisivo me han removido el cacumen hasta retrotraerme al tiempo en que dediqué una entrada a los bares que vemos por la pequeña pantalla. Una nomenclatura que ya no tiene sentido: hay pantallas más pequeñas por todos los lados, incluido el hogar familiar, y la televisión es cualquier cosa menos pequeña cuando nos regala el talento que caracteriza a los grandes gurús de HBO y similares leyendas. Dicho lo cual, lo que ahora sigue es una reflexión sobre qué tipo de imagen proyecta el amigo americano en función de la serie que toque esta temporada.

 

the wire

The Wire, una ronda de café griego

Pocos bares, pero elegidos. Baltimore, otrora patricio enclave de la costa este, sirve como degradado escenario para unas atípicas aventuras de polis y casos, con la delgada línea de lo legal y lo moral tintineando como telón de fondo. De modo que esta serie oscila entre los garitos bien regados de alcohol destilado donde los buenos y los malos (sean quienes sean, que nunca queda claro) acaban su jornada laboral y un par de locales convertidos casi en un personaje más durante la segunda temporada: por un lado, el bar donde los estibadores del puerto tienen puestas todas sus complacencias, atendido por una dama que desde luego no estudió en Oxford (modales mejorables) y donde el pequeño Sobotka solía exhibir sus atributos (en sentido estricto). Un tugurio temible, aunque intimida más mi favorito: el destartalado bar donde, también en esa misma segunda temporada, el secundario llamado El Griego tenía instalada su oficina. Feo local, repleto de mugre, camarero con aspecto de expresidiario y un eterno café humeando junto al ventanal desde donde nuestro hombre ve corromperse el mundo. Si visita usted Baltimore, ya me contará si el garito merece la pena. Y recuerdos para Omar y para McNulty.

 

Homeland

Homeland, el hombre que bebía Rolling Rock

Las andanzas de los hombres y mujeres de la CIA por Washington y alrededores dejan escaso margen para la vida social, de modo que cuando los protagonistas del thriller más largo de la historia toman asiento en algún taburete y se relajan ante una copa… en realidad no se relajan: siguen trabajando. Así que los bares que aparecen en pantalla suelen ser espacios laborales: algunas confidencias imprescindibles para que progrese la trama suelen ocurrir en la barra de un hotel, uno de esas barras impersonales de hoteles impersonales que tanto abundan por el gigante yanqui. Con alguna excepción memorable: la familia Brody entregándose al mullido confort del mundo hamburguesa en un garito de Gettysburg, donde son interrumpidos por un coro de electores que quiere conocer al nuevo héroe americano (cuando el engaño aún persiste) y el propio protagonista concediéndose el capricho de una cerveza cuando comunica a su excompañero de armas y amante de su mujer que le deja con ella barra libre, nunca mejor dicho. Una charla que tiene lugar en el típico garito para la soldadesca, con su mesa de billar y resto de detalles característicos. Todo muy previsible, salvo un detalle: la cerveza elegida por Mr. Brody. Rolling Rock. Hermoso nombre para una marca muy poco conocida en España (al menos para quien esto firma), tal vez un mensaje en clave para los fans de Homeland, tal vez una pista falsa. Una de tantas pistas falsas.

 

True detective

True detective, el hombre que bebía Lone Star

De la cerveza episódica en Homeland a la cerveza protagonista en True Detective. Cerveza multiusos: el contenido se vierte metódicamente en el gaznate del amigo Matthew McConaughey (Rustin ‘Rust’ Cohle en la cinta) y el continente sirve estupendamente para que el personaje progrese en sus clases de pretecnología, como se advierte en la imagen. Una lata tras otra de Lone Star, un trabajo manual tras otro, el libreto avanza para pasmo del espectador, a quien se llevará de paseo por ese descenso a los infiernos que desvela lo de casi siempre: que el averno habita entre nosotros. Por ejemplo, en un bar de carretera poblado por moteros narcotraficantes, uno de los tremendos locales por donde el caballero Rust y su colega Martin Hurt (a quien encarna también formidablemente Woody Harrelson) van cabalgando sus noches, amamantadas de alcohol. Lo cual es muy pertinente con la idea central que anima estas líneas: conocimos al joven Woody al frente de la barra de otro bar de ficción, el televisivo Cheers, y en un bar acaba varado en True Detective el señor McConaughey. Un estrafalario garito, perdido en mitad de la nada: metáfora muy apropiada para atrapar la esencia de la serie, un largo viaje por la cara B del sueño americano. Que sabe a cerveza Lone Star.

 

Los Pollos Hermanos

Breaking bad, menudo pollo

Porque el sueño americano, en efecto, suele adoptar a menudo la forma de pesadilla. Un finísimo trecho separa el canónico ‘way of life’ (casa con jardín delantero, familias de espléndidas dentaduras, piscina en la parte de atrás) de los atroces secretos que ocultan esos mismos unifamiliares de irreprochable césped, cuya piscina admite muy bien otros usos. El señor Walter White lo prueba: en apenas un parpadeo se ve embullido en una catástrofe de dimensiones bíblicas que por culpa del efecto dominó va llamando a más y más catástrofes. Una comedia en el sentido noble del término que se visualiza en ese universo tan caro a la América de la llamada basura blanca: subempleos, falta de líquido disponible a final de mes y, sí, muchos sueños rotos. Una hecatombe que desemboca en bares nada memorables, con una excepción: el nuclear y proteico Pollos Hermanos, un sitio (otro más) que tampoco es lo que parece, en cuyos fogones se cocina una de esas subtramas tan caras a los guionistas de la serie, quienes encuentran en estos afluentes del río madre una imaginativa manera de que progrese la acción. La receta del éxito: muslos de pollos con metanfetamina.

 

House of cards

House of cards, las mejores costillas de Washington

Del mejor pollo de Alburquerque a las mejores costillas de Washington.Y si Walter White casi siempre da pena y a ratos un poco de risa, con Frank Underwood sucede más o menos lo contrario: que da bastante miedito pero a veces también un poco de pena. El retrato de un dirigente sin escrúpulos que borda Kevin Spacey puede leerse como el reverso del presidente Barlett de El Ala Oeste que hubiera pasado por la banda de Tony Soprano y se pasea por los mismos bares de la capital del imperio que ya vimos en Homeland. Anodinos locales con camareros demasiado sonrientes, copichuelas con esos palitos que les gustan tanto poner por Yanquilandia y un pianista al fondo tocando piezas que nadie le ha pedido. Todo muy aburrido, lo cual encaja poco con el perfil del protagonista, el hombre que convenció a su mujer para desposarse con esta frase: “Conmigo nunca te aburrirás”. El espectador, tampoco. Thriller político de gran altura, interpretaciones mayúsculas (ah, esa Robin Wright, Lady Macbeth vestida por Armani)y un guión afilado que incluye algún área de descanso: son esos raros momentos en que nuestro hombre visita su garito predilecto y ataca su ración de costillas, las mejores de la ciudad. Un sucio bar que esconde un tesoro: vale como metáfora de la serie. La política como estercolero que a veces también oculta algún diamante.

P.D. Este repaso incluye también series como la fallida The Newsroom, ese artefacto de Alan Sorkin sobre la realidad del periodismo que no acaba de funcionar por exceso de almíbar. Le sobra el excesivo tiempo dedicado a explorar la veta sentimental, los idilios cruzados de los protagonistas, y le falta un buen bar: el único que aparece con cierta frecuencia es el garito adonde acuden los becarios del programa. Un garito sin ningún misterio cuyo mayor atractivo reside en su agresiva política de precios: las copas son muy baratas. Un argumento bastante pobre: para que nos cautive un bar, aunque sea de ficción, se agradecen coartadas más atractivas.

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