La Rioja

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Nuestro hombre en la barra: una saga de camareros logroñeses

Emiliano padre y Emiliano hijo, en La Tarasca. Foto de Justo Rodríguez

 

En el paisaje de los bares logroñeses menudea un paisanaje distinguido por militar en una estirpe común: un linaje familiar. De modo que resulta habitual, así antaño como hogaño, que miembros de la misma saga defiendan barra tras barra, tanto el negocio donde se destetaron acompañando a padres (incluso abuelos), como el propio local donde la última generación de camareros se aposenta para hacer lo que su familia hizo toda la vida: ejercer el noble oficio de camarero. Se suele reconocer a estos eméritos profesionales por un sello peculiar: que lucen como divisa honrar a sus antepasados desempeñándose con un suplemento adicional de esmero.

Una cierta elegancia. Es el caso de Emiliano Sáenz, hijo de otro Emiliano Sáenz: al primero lo reconocerán los clientes del bar La Tarasca, en Siete Infantes. Que no es sólo bar. Funciona como casa de comidas, dispensa copas cuando anochece y encarna el ideal de todo hostelero: prolongar la jornada cuanto haga falta porque tiene respuesta para cada tramo horario. «Como pasaba en el Tívoli», aclara Emiliano hijo, que defiende La Tarasca con su socio Iñaki y con el visto bueno del patriarca, quien asiente: «Sí, el Tívoli empezaba a las seis menos cuarto».

Nada menos. Seis menos cuarto, ojo. Con la aurora, cada día el camarero llamado Pablo Barrón abría la puerta, enchufaba la prodigiosa cafetera de cuatro grupos (reliquia que, cuando cerró el popular bar, quedó en manos amigas, igual que el mítico retrato del Panaderito de Oyón) y empezaba a atender a una parroquia multitudinaria desde tan temprana hora, alimentada por la cercana plaza de Abastos: todos los gremios pasaban por sus mesas para reconfortantes desayunos, copiosos almuerzos, naipes al amor del solysombra, cervezas en la terraza perfumadas por las pipas paridas en la locomotora de Anita.

Emiliano había tomado la dirección del Tívoli en 1969. Cerró en el año 2000: entre ambas fechas, median cantidades abrumadoras de carajillos («Ahora ya no se sabe ni preparar», se lamenta), cafécopaypuro, vasos de rico tinto («Siempre, de Baños de Ebro», subraya) y pócimas ya extinguidas: entonces, la oferta de tragos gozaba de una variedad que los dos Emilianos añoran, incluyendo bebedizos desconocidos para quien esto firma, como el fenecido ponche Nelson. A lo largo de la charla, Emiliano padre exhibirá una memoria prodigiosa. Escalofriante. Recuerda por su nombre a cada camarero que tuvo contratado (Maisi, Fermín Quintanilla…), incluyendo la media docena de profesionales que fichaba por San Mateo, oriundos de Soria y Zaragoza. No olvida nada: tampoco la idea pionera, revolucionaria para la época, de añadir una tapa al chiquiteo, que en su caso adoptó la forma de banderilla de cebolla con bonito. Un bonito en conserva que adquiría en formato XXL, bautizado pandereta en la deliciosa jerga hostelera. Y la joya de la corona, que sus clientes más veteranos recordarán: sus célebres navajas de Cambados, piezas indispensables para el aperitivo. Una golosina que llevaba a peregrinar hasta sus puertas a las más acreditadas cuadrillas logroñesas… cuyos apellidos también Emiliano va recitando.

Pero no daremos nombres. Porque cualquier logroñés se habrá acodado alguna vez en el prodigioso bar de la esquina de Bretón con Gallarza, donde era tan habitual quedar para iniciar la ronda como recurrir a él para el último trago del día. Lo subraya Emiliano hijo, cuya personal historia hostelera se inició en ese mismo espacio, surcado de veladores, ayudando a la vuelta de la mili (años 80) en el negocio familiar.

Era otro Tívoli porque era otro Logroño. Su padre y su madre, Ana Mari, factor decisivo del éxito del local custodiando la cocina, habían desembarcado en este bar luego de otros desempeños: el original, en el local de las piscinas de Cantabria, adonde llegaron desde su valle de Ocón natal para convertirse en abastecedores de una sociedad que entonces conservaba el aire familiar que fue perdiendo durante los diez años en que Emiliano se ocupó de derrochar profesionalidad, aliviando a pelotaris y futbolistas domingueros con sus porrones, organizando verbenas y llamando por su nombre a todo el mundo, desde el presidente y secretario de entonces (Pedro Urbiola y Jesús Uribe), hasta al ideólogo de aquel universo, el padre Gato, pasando por cada socio grande y pequeño. Era unEmiliano casi juvenil, recién casado: tenía 25 años y ya desplegaba su talento discreto y eficaz, que luego le ganaría justa fama en el Tívoli.

De Cantabria, Emiliano y familia viajaron al Sagasta: entonces, único instituto de Logroño. Atendían en los recreos las dos barras del edificio sirviendo bocadillos para aquel tumulto de alumnos y despachaban también las comidas a los estudiantes de fuera. Más de doscientos servicios diarios de lunes a viernes que ponían a prueba su energía y que aún les procuran alegrías: son centenares los antiguos alumnos que les recuerdan con cariño y no hace tanto apareció por La Tarasca uno de ellos, natural de Murillo, con tres botellas de vino para regalar a Emiliano. Merecido. Durante un par de años, la familia llegó a atender tres negocios a la vez, entre Cantabria, Sagasta y el Tívoli. Un milagro cuyo secreto revela el patriarca: «Teníamos que ir a todos los sitios corriendo, corriendo».

Hoy, jubilado y a punto de cumplir los 82 años, Emiliano repasa con su hijo la trayectoria que inició de camarero en Cantabria, desgranan confidencias, participan de unas cuantas ideas comunes. A saber, que un bar debe honrar dos atributos: limpieza y atención al cliente. Y que los tiempos, en efecto, van cambiando. A mejor, apunta el padre, porque los adelantos ayudan a perfeccionar el cuidado a la parroquia: el trabajo, coinciden, «hoy es más fácil». Aunque también detectan nubarrones: pérdida de respeto en el trato entre camarero y cliente, menor celo en los detalles mayores y menores del servicio, una exigencia sin embargo cada día creciente… Un complejo mundo que Emiliano hijo observa parapetado tras su máxima: «En La Tarasca estamos Iñaki y yo para seguir dándolo todo». Una idea que entronca con otra que su padre regala al periodista: «Si tienes algo bueno, no le eches nada malo».

 

Emiliano Sáenz, tirando la caña en el Tívoli

 

P.D. Emiliano padre confiesa que quedó tan exhausto de su actividad profesional que hoy le cuesta ir al bar… incluso de cliente. Se decanta para sus escapadas por el Marbella de Juan XXIII, muy cerquita de casa, y por las tertulias del Círculo La Amistad, benéfica institución que le tiene entre sus socios. Poco más. Lejanos los días en que aprovechaba algún descanso del Tívoli para darse su vuelta por los vecinos mostradores que sus colegas de entonces defendían en el Logroño castizo. La Simpatía, Soriano, Perchas, Donosti, La Florida, El Soldado… Leyendas logroñesas, a las que Emiliano hijo añade sus propias referencias: el Asterisco, García, Tastavin… El pasado y el presente reunidos en una misma saga de camareros logroñeses.

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Como riojanos vuestros que son

Bodega del Riojano, en Santander. Foto publicada por El Diari Montañés

 

Pasatiempo marciano para amigos de los bares que sean naturales y residentes en La Rioja: navegar por google observando el largo cúmulo de referencias dedicadas a glosar cuantos bares llamados El Riojano, Riojano, Rioja o algo parecido encuentra uno a su paso por el éter. Más de 400.000 referencias. Gloria bendita. Sí, ya sé que no es nada científico, sino un paseo virtual que, en mi caso, acompaña al que me concedo cuando visito alguna ciudad y me maravillo ante un letrero donde una nomenclatura semejante me reconcilie con el añorado y perdido universo de las bodeguilla. Una tipología que apenas sobrevive en Logroño y alrededores. Y que, en efecto, lejos de entre nosotros tendía a ser así denominada: con la marca Rioja bien visible.

Se trataba de un tipo de bar que tuvo sentido, sentido pleno por cierto, cuando lo defendían aquellos paisanos que recorrieron España proclamando la buena nueva, que sabía a vino de Rioja. Y para que no hubiera dudas, en efecto bautizaban así sus negocios: Rioja, ya entonces, era sinónimo de vino, bebida por excelencia en aquel tiempo. Años 50, 60 o 70 del pasado siglo: sin la parafernalia actual, oculta en grandes barricas que luego servían de mostradores viajaba aquella mercancía para ser expedida a granel. Se beneficiaban de ella no sólo los chiquiteadores de guardia, sino el vecino de los alrededores: bajaba a la bodeguilla más cercana, aproximaba la botella al garrafón y se marchaba por donde había venido, para acompañar el almuerzo. Con o sin; con o sin gaseosa.

Con el tiempo, ese universo en blanco y negro ha ido mudando. Como tengo por aquí advertido, la propia costumbre del vino sin embotellar ha periclitado, de modo que su consumo ha quedado reducido a incondicionales de tales prácticas… que ya apenas encuentran dónde ejercerla. Por Logroño, donde durante largo tiempo fue una costumbre diaria, apenas quedan espacios consagrados a semejante rito: apunte el improbable lector la bodeguilla que Neira defiende al final de la calle Milicias y casi que debe parar de contar. Como es lógico, los bares que de esta guisa pululaban por Logroño evitaron siempre mencionar en el rótulo eso de El Riojano, La Riojana o cosas por el estilo. En esos casos, era redundante.

Todo lo contrario de cuanto ocurre fuera de nuestras fronteras. Hay mesones, bares y tabernas así llamados por Cádiz, Madrid, Huesca, Marbella, Bilbao… El más célebre de esta familia se aloja en Santander: el Riojano, local emplazado en la céntrica calle Río de la Pila (junto a la plaza Pombo, suculenta zona de garbeo y tapeo), ganó justa fama a lo largo del pasado siglo merced al impulso propinado por su ideólogo, Víctor Merino, riojano en efecto. Nacido en Autol, fallecido prematuramente en accidente de tráfico, Merino construyó en el corazón de la capital cántabra una casa de comidas verdaderamente ejemplar, fruto de la herencia paterna. Aquel primitivo mesón Riojano se transformó durante su dirección en algo distinto al primigenio negocio: un acabadísimo restaurante que demostraba cómo se puede mantener fidelidad a las raíces y, a partir del respeto hacia la herencia familiar, crear algo distinto, de una envergadura mayor. Un Riojano a lo grande.

La foto que ilustra estas líneas, obtenida en el hermano El Diario Montañés, recuerda cómo era aquella Bodega del Riojano de Santander. Una hermosura de foto. Una belleza de establecimiento. Una herencia maravillosa que nadie debería dilapidar. Desde luego, menos que nadie, un riojano

P. D. Moderna Tradición, local de reciente inauguración, situó a su entrada un rosario de depósitos donde presumo que se esconde un jugoso botín en forma de vino de Rioja. Cuando todavía estaba en obras y entré una tarde a curiosear, me intrigó esa sucesión de depósitos. Pensé que se trataba de un guiño hacia el pasado: barricas contemporáneas donde se expide vino a granel por la canilla. Luego, cuando le he visitado unas cuantas veces (con resultados espléndidos, por cierto) he comprobado que tales depósitos parecen más bien formar parte de la decoración. Prometo preguntar, enterarme y divulgar los hallazgos que encuentre.

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Portales, nuevos en esta calle

Principal de Portales, vista desde San Agustín. Foto de Justo Rodríguez

 

Una entrada reciente a propósito del bar llamado Calenda, antaño Doblón, condujo mis pasos hacia la calle donde se asienta, Portales, que fue la mía durante mis primeros veinte años de vida. Y recordé que hasta la apertura del mentado local, y de su vecino Merlín al que prometo regresar un día de éstos a través de persona interpuesta, la calle apenas contaba con bar alguno. El sector hostelero le era ajeno, salvedad sea la añorada churrería de Samaniego y algún otro hito que ahora no recuerdo. Nada que ver, por lo tanto, con su fisonomía actual. La calle ha mudado su piel casi por completo. Han desaparecido algunos de los comercios más queridos (¡Dulín y La Mariposa de Oro resisten!) y en su lugar, ya se sabe: aparecen bares. Bares y nada más que bares. Que será el destino de otros negocios próximos a agonizar, por razones que la razón no entiende.

No me extenderé más en esta manía de ampliar el sector hostelero que nos ha dado ahora por Logroño. Prefiero centrarme en aquello que tiene de positivo. Por ejemplo, una apertura reciente: se llama Principal, ocupa un ancho espacio en la manzana lindante entre San Agustín y Gallarza donde se alzó aquel macrocomercio tan querido llamado Emiliano Alonso y se suma en consecuencia a la colonización de ese tramo para la hostelería. Ahora mismo, salvo la muy castiza relojería de Cárdenas, todos (todos: ojo) los negocios que se emplazan en la mano de los impares pertenecen al mismo ramo. Son bares y una pastelería, de esas contemporáneas: quiere decirse que a la magdalena le llaman muffin y al pastel, cake.  Por cierto: un negocio encantador.

El resto, media docena de locales, forman una curiosa fraternidad que luego se extiende por sus dos costados. Hacia Murrieta, al veterano y loado Eldorado le han nacido unos cuantos hermanos pequeños con el paso de los años y en la esquina con Once de Junio se espera un próximo alumbramiento. Y hacia los Chapiteles, ocurre otro tanto. Bares como el mentado Calenda, heladerías y restaurantes, aunque alguno de ellos se transformará pronto en… Bingo. Otro bar. Lo cual, entre otras novedades para quienes conocimos la calle dominada por una gozosa variedad de tiendas (librerías, por ejemplo: ya sólo queda Cerezo) representa un cambio cultural de extraordinario relieve, una de cuyas manifestaciones más ingratas se encarna en el imperio de la terraza.

Que es otra peculiaridad logroñesa. A mí me encanta, como a cualquiera, pasar un rato al aire libre en compañía de sus tragos favoritos y dejando que fluya la tertulia, pero me parece que como ocurre en otros ámbitos, aquí reina la ley… de la selva. Hace unas semanas, crucé la calle de arriba a abajo. Lloviznaba y había bajado el termómetro: un desapacible atardecer desaconsejaba sentarse en los veladores, cosa que en efecto sucedía. Las terrazas no tenían ningún cliente (repito: ninguno) pero allí estaban todas desplegadas, invadiendo el espacio compartido.

Lo cual contribuye como dejaba antes escrito a que la calle se haya convertido en una especie de parque temático para el ocio hostelero. Dejo para otros juicios más expertos que el mío si tal deriva tiene sentido. A mí me parecerá siempre fetén que todo empresario con espíritu emprendedor crea llegada la hora de convertir cualquier local en el bar que soñaba y procuraré arrimarme a su barra aunque sólo sea por el cariño que profeso a Portales y para compartir estas cavilaciones con el improbable lector, a quien recomiendo que se deje caer por el recién abierto Principal, terraza por cierto incluida: bocados suculentos, servicio esmerado y camareros en perfecto estado de revista. A todos ellos les deseo mucha suerte.

La que también merece Portales.

P.D. En los alrededores de la calle siguen naciendo nuevos bares cuya visita me parece aconsejable. Sobre los restos de la añorada casa Echaven, al final de Sagasta, lleva un tiempo de flamante apertura Moderna Tradición. Bienvenido sea. Todavía más curioso me parece recorrer el enlosado suelo hidráulico de la venerable  farmacia García Baquero reconvertida ahora en bar, en un recodo de la plaza del Mercado. Se llama La Despensa del Marqués, ofrece tapas estupendas con vistas a La Redonda y además de respetar el antiguo piso su reforma ha descubierto una curiosa columna de piedra y madera para custodiar el abovedado interior. El día en que deje de sonar Bisbal por la megafonía será un bar casi perfecto.

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Un bar en un libro

El Moderno, cuando aún no lo era

 

Durante casi un año, Diario LA RIOJA ha ido publicando cada domingo una serie insólita porque recogía la historia de un bar. Un café, mejor dicho. El Café Moderno. Se trataba de, aceptando la propuesta de colaborar dirigida desde la dirección del establecimiento que pilota Mariano Moracia, retratar la vida de Logroño, España y el mundo a través de su reflejo en la propia peripecia del Moderno. Esta serie ya concluye. Por eso me ha parecido pertinente recuperar en este espacio el prólogo que en su día escribí como pórtico, para que el lector se hiciera una idea de qué iba a ir publicando el periódico decano de la prensa regional. Aunque ya me he ocupado otras veces del singular negocio de la plaza Martínez Zaporta, me malicio que sigue teniendo sentido dedicarle esta entrada.

Allá vá.

Érase una vez una ciudad. Una ciudad con su trajín, su bullicio, su algarabía. Una ciudad con sus ciudadanos, por supuesto. Ciudadanos con sus cuitas, sus dimes y sus diretes, aunque vaya a usted a saber qué significa dimes y qué significa diretes. Con sus cavilaciones, en fin. Con sus inquietudes, ensoñaciones, fantasías y (también, también) con sus pequeñas o grandes miserias cotidianas.

Y érase una vez un café. Llámelo el amigo lector bar, cafetería, garito, cantina, taberna, tasca o como guste. Nosotros le llamaremos café porque eso es precisamente el protagonista de este cuento, un café. Así que tenemos una ciudad y un café, que poco más se necesita para construir una historia larga, profunda y adictiva. Y no es un café cualquiera: es el Moderno, alojado en la muy castiza plaza de Martínez Zaporta, corazón de Logroño. Así que con todos ustedes el Café Moderno, nada menos, que lleva meses soplando las primeras cien velas de la imaginaria tarta (o no tan imaginaria) que sus leales le han preparado para celebrar como merece la magna efeméride. Porque durante el año 2016 ha cumplido su centenario y por si acaso la propiedad, la clientela y demás parientes no están presentes cuando celebre sus 200 años, que todo puede suceder, consideraron llegada la hora de honrar al Moderno como suele hacerse en estos casos: echando la casa por la ventana. Mejor dicho, el café.

De modo que la familia Moracia, con Mariano al frente, prometía emociones fuertes para celebrar el año y cumplió con su advertencia a medida que avanzaba el calendario. Como preludio, desde el día 6 de septiembre las páginas de Diario LA RIOJA volvió a asociar su nombre, el del periódico decano de la región, con el café ubicado allí donde antaño se levantó su sede. Porque el Moderno es uno y trino: es café, claro que sí, pero también fue teatro (hoy, sólo cine) y, además, un singular edificio de viviendas, rematado por una elegante cúpula en su cima y ocupada su planta baja durante largo tiempo por menesteres de todo tipo; entre ellos, en efecto, el de albergar el siglo pasado la redacción y talleres de Diario LA RIOJA, suceso que no olvidan los logroñeses que más canas peinan.

Entre ellos, figura desde luego el citado Mariano Moracia, penúltimo eslabón de la maquinaria que pusieron en marcha sus antecesores para gloria de Logroño y sus bares. A Mariano se le ocurrió aprovechar el centenario del café para contar en este periódico su historia, que es un poco la  historia de todos nosotros: a través de sus episodios fue asomando la vida de una ciudad entera, Logroño, capital de una región cuya trayectoria puede leerse también espigando entre los avatares del Moderno. Porque cada acontecimiento, la letra grande y la letra menuda de la Historia, los personajes que la enriquecieron (y aquellos que se empeñaron en empeorarla), las peripecias propias del café y las tribulaciones de sus dueños, empleados y clientela se han ido proyectando contra el telón de fondo de su barra, sus veladores y su terraza. Y porque las interminables tertulias, los jugadores de dominó, los habituales del menú del día, los parroquianos más fieles y los clientes furtivos han edificado la biografía delModerno mientras de paso escribían la historia sentimental de Logroño.

De modo que a Mariano Moracia le resultó sencillo convencer a Diario LA RIOJA de la pertinencia de publicar este serial durante los meses que mediaron hasta junio. Antes ya alistó para la causa a otro logroñés conspicuo, José Gómez, a quien se debe la recopilación de datos, fechas y anécdotas que resumen la vida del café. Luego reclutó a la ingeniosa pluma del periodista Luis Javier García, brillante artífice de los capítulos que cada domingo fueron viendo la luz en el periódico decano de la prensa regional.

Son sólo un par de nombres propios de la larga nómina de protagonistas convocados para la misión de perpetuar la memoria del Moderno. A todos ellos se agregó Diario LA RIOJA con su propósito de siempre: reforzar su vínculo con sus lectores. Mirar la vida a través de los ventanales del Moderno. Observar cómo nos reconocemos los riojanos reflejados  en los espejos del café. Meditar sobre qué sociedad ha forjado el paso del tiempo. Y abrazar el jugoso porvenir hacia donde nos guía el  tictac del reloj Coppel, el venerable reloj del Moderno que desde hace un siglo marca la hora de Logroño. El reloj que encierra también su alma.

P.D. La recopilación de todos los artículos publicados engrosa un recio volumen donde el lector interesado podrá bucear por los intestinos del Moderno, su vida y milagros. Su edición está próxima; a la venta en las mejores librerías.  

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Tragos, rumbas y rocanrol

Nuria, en la puerta del Maltés. Foto de Justo Rodríguez

 

Un bar donde sonaran Los Ronaldos y Peret, por supuesto. Donde se profesara la devoción que merece Celia Cruz, desde luego. Un bar donde siempre se escuchara de fondo alguna tonada, donde la música naciera también del magín de sus clientes, quienes entregarían en la barra su botín en forma de cedés o casetes para construir una banda sonora colectiva a mayor gloria de la rumba y del rocanrol. Sería un bar pilotado por una maga, una hechicera. Una camarera que mezclara sutil en sus pócimas alcohol, sonrisas y un toque de pícaro misterio. Una camarera llamada Nuria que lleva en su corazón el bar que quería y lo comparte con quienes visitan estos metros cuadrados de armónica complicidad dispuestos en la calle Bretón: el bar se llama Maltés, ejerce de faro, guía y brújula como se exige a los mejores bares para noctívagos y resto de la fauna logroñesa que encontró hace 16 años en Nuria a su confidente favorita y en este bar, su bar predilecto.

Ocurrió en el año 2000, recuerda Nuria. Quienes hayan seguido sus sigilosos pasos por Logroño la recordarán en otras encarnaciones como camarera que ella recita como quien rememora una suerte de monopoly de bares indígenas donde prestó servicio. La Buhardilla, Plas, Isopo… Defendió también alguna barra en la calle Laurel, mientras se aventuraba en el territorio hostelero como una exploradora que busca su particular tierra prometida denominada trabajo por cuenta propia. Se topó con ese grial aquí, en este bar donde ahora echa la vista atrás y se reconoce en la chica que con 16 años menos aceptó el traspaso del Maltés de sus propietarios originales, quienes durante siete años habían intentado sin gran éxito incorporar al bar a la ruta de las grandes ligas logroñesas.

Nuria sí lo consiguió. Reina desde entonces en este breve espacio que dejó más o menos tal y como estaba el día en que puso aquí el pie, desparramó por la barra y la terraza su atributo esencial, la autenticidad, y adornó el conjunto con lo antedicho: buena música, buenos tragos. «Aquí se bebe de todo. Bueno, mis clientes en realidad se beben lo que yo les ponga». Primera risotada. Luego habrá más, alguna con un punto de emoción contenida, como cuando se le pregunta por esa extraña fraternidad alcanzada con su clientela y cita al célebre Walsky como su parroquiano preferido. «Me gustó este espacio desde el primer momento», reflexiona mientras esparce la mirada a su alrededor, en esta hora incierta del crepúsculo y asiente: en efecto, lo especial del Maltés es su atmósfera.

 

Poniendo música. Foto de Justo Rodríguez

 

Su atmósfera y su camarera. Reina de ese feudo donde los clientes han acabado por pertenecer a este bar «más que yo misma», como confiesa con ese punto ingenuo con que va hilando la cháchara. Porque se sorprende observando que su clientela «es más o menos la misma de cuando abrí el bar, aunque todos estamos algo más viejos, claro, porque la gente nunca se va, no sé qué pasa que dura mucho», igual que le llama la atención que, en realidad, a ese proteico grupo inicial se han ido sumando nuevas generaciones que encuentran en el Maltés lo mismo que sus mayores: tragos, rumbas, roncanrol. Atributos que son más que palabras: son una actitud, que Nuria defiende con vigorosa energía sobre todo en esos tramos finales de la noche, cuando hace magia de verdad. Cuando abre su circo de tres pistas: ajusta el volumen para que los bafles inunden de música la estancia, sirve el último trago al feligrés de turno, elucubra con el conversador infatigable del fondo, despacha tal vez a algún pelma que nunca falta.

Luego, cuando baja la persiana, hay veces en que Nuria no se marcha. Se queda como de guardia, de tertulia en la puerta, apurando la noche. Siente que el día ha valido la pena cuando logra sumar a la
parroquia de confianza «a esa gente nueva que de repente viene y consigo que se quede». Rodeada de fulgencios y mangoleles, Nuria sospecha que antes que un bar, el Maltés es «como una burbuja, como un agujero negro», apreciación corroborada por las afiladas plumas que visitaron un día sus dominios y se alistaron en su club de fans. «Tanto doy a mis clientes, tanto dan ellos» dispara como un eslogan posible para el Maltés.

–También es un oficio ingrato.

–También, pero yo lo veo más como algo divertido. Mi único deseo es seguir divirtiéndome. Y mientras mis clientes me sigan acompañando, yo sigo.

P.D. Cuando Nuria deja su puesto avanzado de centinela en la calle Bretón y se sitúa a este lado de la barra, confiesa su predilección por unos cuantos bares logroñeses, entre los cuales cita tres: el de Manuel en la calle Albia de Castro, el Villarreal del parque del Carmen y, sobre todo, el Moderno. Un clásico en permanente renovación. Un posible modelo para el Maltés.

 

Moderno

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Bar Iturza, nueve letras

Rótulo pintado del bar Iturza, en la calle Mayor. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace unos cuantos meses, recibí el encargo de colaborar con una publicación que pretendía reflexionar sobre el impacto que generan en Logroño algunos indómitos rótulos de comercios muy característicos. Espigué la lista de potenciales candidatos y me decanté por escribir sobre el bar Iturza, cuya rotulación tanto me ha intrigado desde antiguo. El caso es que el tiempo iba pasando, el proyecto no terminaba de cristalizar y hace unos días recibí de su promotor la noticia de que en efecto la publicación no verá la luz, al menos de momento. De modo que me ha parecido oportuno recuperar en esta entrada las líneas que en su momento puse en limpio sobre un bar muy particular y un rótulo no menos fetén.

 

Ahí va el artículo:

El neón de los bares, la lírica callada de la tipografía, acompañan los pasos ciudadanos desde que el azar nos deposita en el mundo. Mundo Logroño. Así como el bar nos sirve de brújula, el rótulo es nuestro faro. Trepa la niebla desde el río, pero al fondo del Espolón parpadea la cegadora luz que nos avisa: estamos llegando a Ibiza, playa bajo los soportales. A lo lejos luce como un reclamo otro heraldo familiar: Samaray, hermoso nombre. Y sabemos que nos acercamos a casa cuando lo anuncia La Granja, que ilumina la calle Sagasta con una deslumbradora potencia de fuego, formando una nebulosa que se parece bastante a una pesadilla. Es una fantasía animada de ayer y de hoy, porque se nutre del rico catálogo donde bullen otros rótulos imperecederos: Pingouin Esmeralda, La Gaceta del Norte, Orive, Henry Colomer… Vecinos, el cartel de La Numantina, que todavía resiste, y otro ya olvidado: el del Instituto Nacional de Previsión, nomenclatura que haría feliz a Kafka.

Carteles que enmarcan la clase de democracia favorita de los logroñeses, la mesocracia, y que también contribuyen a su ceremonia civil preferida: irse de bares. Una iglesia laica que se anuncia de mil maneras, entre el neón y la brocha gorda, devota de un tipo de letrero que debe su fama al pintor que pinta con amor esas palabras donde día tras día se reconocerán varias generaciones: Bar Iturza. Nueve letras. Nueve, el número bíblico, el número del Espíritu Santo, lo cual resulta pertinente con la atmósfera ambiente del local de la calle Mayor, templo espiritual y dipsómano, adicto al misterio llamado gamba a la gabardina, suculento bocado y poderosa imagen que tal vez bautizó Ramón Gómez de la Serna.

Bar Iturza, la palabra pintada. Dos palabras para ti. Y entre las dos palabras, un registro azul eléctrico aporta el dato prosaico a la desteñida poesía que encierran los cuatro colores del letrero pintado contra la pared, cuya hechura imperfecta remite al día olvidado en que el pintor recibe el encargo y se pertrecha de pinceles. Cuando izado a la escalera perpetra esta manifestación de arte cotidiano y decide en honor de aquellos otros pintores logroñeses que le precedieron en el escalafón recurrir al marrón sutil, festonear de blanco las nueve letras y decantarse por el rojo como color dominante que nada domina, mientras al fondo brilla un azul inesperado ejerciendo de sombra. Cuatro colores al servicio tanto de la parroquia conspicua como de la recién llegada, una coalición de modernos de última hora, parvenus que todo lo ignoran sobre la dramaturgia del huevo duro, antaño divisa del Iturza cuando se traspasaba esta puerta presidida por los cuatro colores que la decoran.

Sucede que el cliente penetra ya en el bar sin ver el letrero, que tal es la hazaña máxima a que aspira cualquier artista: ser invisible. O al menos que lo sea su estilo. Alcanzar por lo tanto ese edén en que el artesano tipógrafo deviene en maestro pintor. Porque pinta con amor. Amor, diosa de los bares.

 

P.D. El artículo transcrito me permitió irme de excursión por los confines de la memoria y trazar ese itinerario de rótulos que he ido citando, donde reparé que exigen capítulo propio aquellos bares con más bellos letreros. Incluyo otro aquí que no aparecía en el texto: el Tívoli, que sus actuales regentes han tenido a bien recuperar en la remodelación todavía reciente. Una pena que por el camino se hayan extraviado otros no menos hermosos: Capri, Dickens, Turismo, Chevalier…

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