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La invasión de las terrazas crecientes

Terraza del actual café Moderno, cuando se llamaba Oriental

 

Gobernaba Logroño José Luis Bermejo allá a finales del siglo pasado. Quien esto escribe deambulaba por los corredores del Ayuntamiento buscando alguna noticia que llevar a la redacción cuando tropezó con un edil cariacontecido a la salida de una comisión, quien le entregó una cuartilla donde se condensaba el motivo de su queja: allí, dibujado con la pericia de un niño de cuatro años se contenía el despliegue de veladores de un céntrico bar de Logroño. Apenas un boceto con unas mesitas con sus sillas, diseminadas en el entorno del local: un croquis indispensable para contar con el permiso municipal, de modo que el Ayuntamiento pudiera enviar luego a sus inspectores a comprobar si, en efecto, la terraza veraniega se ajustaba al plan propuesto por el empresario y aprobado por la municipalidad.

La causa de su desconsuelo era evidente: tanto el concejal como el periodista transitaban a diario por la zona donde se ubicaba aquel bar y podían comprobar que el dibujo no se correspondía con la realidad. El dueño del local había multiplicado por ene su propuesta, repartiendo mesas y sillas por donde le placía, invadiendo el espacio dedicado en teoría al peatón y molestando a los vecinos, así a los más cercanos como a los de enfrente: en la cumbre de su desparpajo, había cruzado la calzada y extendido sus dominios como le dio la gana. No era esta sin embargo la razón última del pesar que mostraba nuestro edil. Su escandalizada pena tenía que ver con lo que acababa de comprobar en comisión: que el Ayuntamiento se encogía de hombros. Los responsables de Urbanismo alegaban que si procedían contra este empresario debían hacerlo también contra la práctica totalidad de bares con terraza. No había inspectores suficientes para comprobarlo… ni ganas tampoco de ejecutar el indispensable celo municipal, puesto que acarreaba la necesidad de pisar algunos callos.

 

Veladores en la calle Portales de Logroño

 

Pienso a menudo en aquella anécdota a la vista de cómo ha ido evolucionando este universo de las terrazas logroñesas. Y reparo sobre todo ahora en que colonizan el verano de nuestra ciudad, a partir de una foto que colgó en su cuenta de facebook el político Miguel González de Legarra. Al principio no la entendí y eso que nací a dos pasos de donde fue tomada: resulta que ‘eso’ es la calle Portales, a la altura de La Redonda. Y no: no es una instalación artística ni performance alguna. Se trata tan sólo de cómo ha desplegado a su alrededor un bar allí emplazado sus veladores. Obsérvese que, sumadas las sillas y mesas al resto de mobiliario urbano, apenas queda un triste pasillo para que transite el ciudadano. Nada que uno no vea también en otros rincones de la ciudad: hay calles donde el paseo se convierte en una carrera de obstáculos, entre terrazas, ciclistas, farolas que nadie pide, bancos que nadie usa y peatones que caminan a la logroñesa, es decir, pensando como Fraga que toda la calle es suya. Intente usted sortearlos: mala idea. Mejor haga como yo: cruce de acera…

… Y se la encontrará tomada por otra terraza, que se van extendiendo hasta el infinito y más allá. Uno, que ha sido cliente antiguo y tenaz de este acabado ejemplo de cómo un bar se convierte en fenómeno social donde ver y ser visto, entiende que el placer de disfrutar de un trago o un bocado al aire libre es una de las grandes conquistas de nuestro tiempo. Así que no tengo nada contra ellas, sino todo a favor; tampoco estas líneas deben leerse como un alegato contra el empresariado local de la hostelería, que bastante sufre con tener que hacer malabares para que le cuadren las cuentas cada día y que anda este fin de semana soliviantado, así que lo último que precisa es que le toquen las narices o la caja registradora. Pero no deja de sorprender la permisividad municipal con una moda que atenta contra las formas civilizadas de compartir el espacio público: esto de plantar la terraza donde a uno le apetezca, allá penas si molesta al resto de paisanos o de si cumple los requisitos del Ayuntamiento (o los impuestos por el puro sentido común) me parece una mala idea. A todos se nos puede acusar de conducta incívica en un momento cualquiera de nuestra trayectoria como ciudadanos. Pero entronizar este desprecio a los demás que significa la invasión de las terrazas crecientes me parece lo antedicho: mala idea. Una mala forma de ser logroñeses.

P.D. La extensión exagerada de la terraza suele acarrear otros motivos de preocupación. Por ejemplo, la escandalosa (y peligrosa) altura que alcanzan las sillas cuando se recoge la terraza, que en algún caso llegan al primer piso del edificio colindante y han provocado ya algún siniestro, por fortuna menor. También ahí me parece que el Ayuntamiento mira hacia otro lado, al igual que se inhibe con esa funesta manía de arrastrar los veladores cuando se despliegan por el entorno de cada bar, a desprecio de la ordenanza municipal sobre ruidos. Aunque para ruido, la agradable sinfonía que se perpetra cada mañana, cuando se descorren los gigantescos candados que sujetan sillas y mesas y se dejan caer graciosamente al suelo. Ese sí que es el auténtico himno de Logroño.

 

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¿Todos los bares son iguales?

Imagen del desaparecido Casa Taza de la calle Laurel. Foto de la web de La Rioja Turismo

Cerró el Perchas, falleció hace tiempo La Simpatía, resisten el Sebas, el Iturza, el Gurugú, el Soldado y otros clásicos, llegan otros nuevos y… Peligro: regreso sobre mis pasos para hacer mío (con permiso del copyright) el concepto que acuñó en este blog el trasterrado colega Guillermo Sáez y aprovecho para alertar sobre el riesgo de caer en ese fenómeno que llamó con acierto donostización. Es decir, que todos los bares logroñeses corren el riesgo de ser iguales, en el vano intento de emular a los pretendidamente hermanos ricos de San Sebastián, que desde luego lo son… por las facturas que endosan. Y si nuestros queridos bares pierden su identidad, perderán también su misterio y su encanto, una amenaza que cualquier parroquiano puede atisbar con sólo darse una vuelta por sus bares de confianza.

Ocurre que algún decorador ha debido entregar original y copia de algún hallazgo en materia de bares y de repente todos son casi idénticos. Si además los disfrazas con vocablos tipo gastrobar o neotaberna, el resultado es que llegará el día en que pasear por Valladolid, Granada o Logroño mientras te zampas un pincho o te tomas un trago será como jugar al juego de las siete diferencias: adivina en qué se distingue esta barra de aquella otra. El último en rendirse a semejante plaga es el venerable Casa Taza de la Laurel, la misma calle donde se están perpetrando últimamente todos estos atentados. Pocos bares como el Taza tan unidos a mi corazón, pocos garitos donde uno haya malgastado tantas horas con el pasatiempo favorito de la adolescencia: perder el tiempo…

… Que es una manera inteligente de ganarlo. Ganarlo aposentado en el paso de paloma que representaba el ventanal situado a la diestra según se entraba, custodiado por un anciano pariente de los propietarios a quien no le hacía demasiada gracia ver allí apoltronados a los más jóvenes de su clientela. Circulen, circulen: no lo decía pero lo insinuaba, un mandato tácito al que respondíamos como suele, haciéndonos el longuis, el sueco o el orejas. Sólo cuando de modo expreso nos aclaraba el buen hombre que no estaba demasiado conforme con que lleváramos allí media hora apalancados por el triste precio de un vaso de vino (servido en Duralex, entre cinco y seis pesetas: finales de los 70) decidíamos hacerle caso y aposentarnos en el vecino Tívoli, que disponía del mismo servicio de centinelas y por un precio parecido (e idéntico modelo de cristalería) nos convertía en custodios de la calle Laurel, cuyo acceso vigilábamos desde el ventanal que daba a la barra. De paso, nos comíamos un millón de pipas del tren de Anita.

Casa Taza bajó un día la persiana, como el Tívoli mentado. Pero así como el Tívoli tardó alguna década en reaparecer ante nosotros con muy buena pinta, fruto (se supone) de un esforzado proyecto empresarial, del viejo Taza al nuevo apenas mediaron unos meses: lo que tardaron los nuevos dueños en liquidar cualquier rastro de vida inteligente anterior y convertirlo, cambio de nombre mediante, a la nueva fe de los bares de diseño, que lo mismo te asaltan en Logroño que en cualquier otra ciudad española. Ofician esta recién adoptada religión a través de un altar donde se exhiben las golosinas de rigor, usted ya me entiende: piruleta de no sé qué, esencia de esto, perfume de aquello, homenaje a mi abuela en forma de galleta de foie con reducción de Pedro Ximénez y mucha, mucha, mucha cebolla caramelizada…

Supongo que habrá algún término medio entre el viejo vinazo servido en duralex y estos nuevos hábitos. Y proclamo de paso que cada empresario que se lanza a la aventura de poner un bar, defender su barra, pagar las nóminas y resto del gasto corriente, conquistar a la clientela… Bueno, es una aventura que merecerá siempre el respeto de quien esto firma. Lo que subyace en estas líneas no es tanto una crítica concreta como una reflexión de fondo: lo mismo cualquier día nos liquidan el entrañable depósito donde el Calderas pone el vino a refrescar.

P.D. En materia de ‘donostización’, por Logroño no se ha extendido sin embargo la costumbre de exhibir los pinchos en la barra sin tapar propia de San Sebastián. Así como el inspector de guardia de nuestro Ayuntamiento exige cubrir con hasta tres trincheras las tapas de cada local, con alguna salvedad cuya justificación se me escapa, por San Sebastián reina una conspiración entre Administración, administrados y turistas para que cada bar salude a la clientela mostrando su rica oferta sin obstáculos ni cortapisas. Ignoro la razón: o por aquí somos más escrupulosos, o por las vascongadas menos. Pero el resultado es que mientras allí las tapas te entran por los ojos, en Logroño hay que salvar unos cuantos fielatos. Y en eso sí que todos los bares de España no son iguales.

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Querida Zona

Pub Dante, en la calle Chile de Logroño

 

En diciembre del 2012, publiqué en este blog un artículo dedicado a uno de focos más conspicuos del Logroño hostelero: la llamada Zona. En esa entrada cuyo enlace dejo aquí al improbable lector, rememoraba aquellos años (finales de los 70, la década de los 80 casi completa) en que la oferta de ocio nocturno ciudadano prácticamente se acababa allí y mencionaba también unos cuantos bares que cualquiera habrá retenido en su memoria si conoció aquel paraíso del copeteo durante la época en que las hombreras estaban de moda. El pionero Robinson, el inolvidable La Enagua, el desconcertante Rocky, el memorable Abraxas, el Saxo (mi favorito) y el resto de la alineación. No redundaré por lo tanto en aquella incursión por la nostalgia porque prefiero decantarme por un baño de realidad muy actual. Actualísimo. Un reciente paseo por aquellas calles (Vitoria, Chile, Fundición) me confirma lo que ya intuíamos: que la Zona como tal prácticamente no existe.

Lo que existe es un puñado de bares que se niega a capitular, encomiable actitud que no basta para considerar ese paraje como un concepto en sí mismo, una noción ciudadana y redonda, una comunidad de locales entendida al estilo antiguo, cuando se constituyó. Es decir, al estilo de la época en que aquella esquina de Logroño empezó a habitarse y nació La Zona. Los bares de hoy viven desperdigados y me temo que su clientela potencial se ha diseminado igualmente por otras esquina de la ciudad, del Espolón hacia el Norte, más o menos. Supongo que lo agradecerán los habitantes del barrio, a quienes recuerdo defendiendo su derecho al descanso cuando semejante reivindicación sonaba casi como una extravagancia, pero también imagino que habrá quien, como quien esto firme, añore aquella época de esplendor. El bullicio jaranero que acompañaba la ingesta de las distintas clases de destilados en que nos iniciamos por entonces alcanzaba el clímax por San Mateo: las calles se convertían de facto en peatonales, porque no había ser humano sensato que decidiera conducir por allí su utilitario, y el trajín de copas iba desde el bar hacia afuera, una tendencia que hoy también estaría proscrita.

Qué ha sucedido para que tantos y tantos bares exhiban ahora la persiana bajada, el cartel de Se vende reciba al visitante y a su alrededor sólo acampe una mustia tristeza… Es sencill responder alegando, como he mencionado arriba, que también en el sector hostelero se imponen ciertas modas y vaya usted a reclutar hoy a las manadas de dipsómanos que asaltan cada noche de fin de semana los locales del Casco Antiguo para convencerles de que regresen a la Zona que tantas alegría deparó a sus papás y hermanos mayores. Yo mismo soy un acabado ejemplo de esta reconversión en hábitos parroquianos: en mis contadas incursiones para tales menesteres noctívagos me decanto por alguno de los garitos del corazón de Logroño y ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me tomé una copa por la calle Vitoria y alrededores. También ignoro la razón: supongo que, como animal gregario que me confieso, también en esto de salir de noche sigo la norma logroñesa y procuro no apartarme de ella.

Lo cual es una pena. Un abandono que me reprocho. Pasé muy buenos ratos en la Zona, con el mencionado caso del Saxo como emblema: cada sábado sabía que podían ocurrir unas cuantas cosas en mis excursiones nocturnas, pero sobre todo sabía que alguna de ellas me pillaría en el bendito pub de la calle Chile, ya hace años reconvertido. Al lado resiste el Lorca, milagro, milagro. De la rica y proteica historia que este puñado de bares protagonizaron hace ya unas cuantas décadas apenas sobreviven un par de ellos. El Biribay, por ejemplo, un caso muy curioso porque será uno de los locales con más encarnaciones que ha conocido Logroño y ahí lo tienen a su disposición quienes quieran tomarse un trago acompañado de música en directo, para desmentir la idea de que semejantes empeños empresariales están destinados a fracasar en Logroño, por nuestra propensión al aborregamiento del sota, caballo y rey.

De modo que estas líneas sirven para exculparme un tanto de mi deserción de aquella Zona que tantas noche de gloria me regaló. Calculo que todavía en los primeros 90 peregriné con cierta asiduidad por allí. Trabajaba entonces cerca y era habitual acabar alguna noche de trabajo tomando una copa antes de regresar a casa en el Amalys, por ejemplo, en el PH (territorio por cierto de los futbolistas del entonces también glorioso Logroñés) o en un garito que estaba al lado, cuyo nombre he olvidado, pero donde nos atendían con profesionalidad y cortesía Chus y Jaque, quienes también acabarían por saltar al otro lado para defender desde que dejaron aquel bar la barra de La Travesía. Cambiaron los cubatas por la tortilla de patatas, una metáfora de lo que en realidad sucedió para que dejáramos de frecuentar la Zona: ocurrió que nos hicimos mayores, incapaces de seguir aquel ritmo. Volver sobre nuestros pasos como clientes, como hago yo con esta entrada dedicada a la querida Zona, sólo sirve para corroborar que el tiempo pasa. Y que cualquier tiempo pasado fue anterior.

 

Bar Numancia, en la calle Chile de Logroño

 

P.D. El hecho de que la Zona como tal, como concepto global, haya desaparecido de nuestra actualidad (yo creo que ni siquiera nadie la llama ahora así) no significa que los bares allí repartidos no funcionen con regularidad y éxito. Pongo un caso: el Dante. Ubicado en donde antaño se alzó la discoteca Valentino, cuenta con una fiel clientela, tira estupendamente la cerveza y dispone de una esmerada oferta musical para acompañar los tragos. Y a uno, que se pasó media vida en la acera de enfrente (con perdón), apoltronado entre los sillones de bambú del Saxo, le parece una suerte de justicia poética que sobreviva con tanta clase y estilo. Aunque el monumento a esa vocación de permanencia habría que ubicarlo en la puerta del Numancia: fue bar cuando a su alrededor sólo había pubs y sigue siendo bar décadas después. Hace honor a su denominación: en efecto, Numancia resiste.

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Los bares sin nombre

Bar sin nombre, en Briones

 

El pasado verano, recogiendo una amable invitación de la revista Codal que edita el Instituto de Estudios Riojanos, colaboré con un artículo donde, con un espíritu menos informal que el empleado para las entradas de este blog, reflexionaba sobre la aportación del bar al imaginario riojano, desde la ciudad al mundo rural. Logroño, epicentro de este blog, pertenece al primer ámbito, aunque como nativo de la calle Portales siempre he pensado que mi ciudad natal se trata más bien de un pueblo que ha ido a más. A más, en cuanto a extensión: en su yo más íntimo, Logroño sigue siendo para mí mi pueblo. Mi pueblerina cuna, a la que tanto debo. De modo que cuando uno se aleja de los bares del centro, ese alma rural tan cautivadora y atractiva surge de modo natural y se manifiesta en la supervivencia de los bares nuestros de cada día. Bares viejunos, bares de barrio, que han merecido aquí alguna entrada y la seguirán mereciendo. Porque uno, en su humilde condición de cliente de unos cuantos de ellos, se sigue sintiendo en deuda por su contribución a forjar la identidad ciudadana. Sé que me repito, pero ahí va mi reflexión ya algo manoseada: el bar es faro y brújula de una sociedad. De una cierta manera de entender nuestra civilización.

Sobre este particular han reflexionado también dos compañeros en esta casa común de Diario LA RIOJA, Pío García y Justo Rodríguez, cuyas andanzas por La Rioja habrán podido seguir sus lectores en las páginas del decano de la prensa regional durante todo el 2014, que conmemoró enviándolos de paseo su 125 aniversario del periódico y recordó de paso el viaje similar que años ha protagonizaron otros dos veteranos colegas, Roberto Iglesias y el fotógrafo Herce. En sus travesías, ambos comprobaron lo arriba citado. Que pocas instituciones como el bar vertebran el territorio riojano, hermanan el valle y la sierra, oxigenan la mortecina vida de los municipios menos poblados. En este artículo, Pío García escribió sobre el particular en la web de Diario LA RIOJA e ilustró sus cavilaciones con unas estupendas fotos de Justo Rodríguez, que retrataban el alma de esos bares donde la memoria sentimental de todo un pueblo se fermenta y se custodia. Bares tan especiales, con tanto estilo, que a veces ni siquiera tienen nombre. No lo necesitan.

Véase el bar de la foto que ilustra estas líneas. Tropecé con él deambulando hace unos días por Briones, estupendo lugar por donde llevaba tiempo sin detenerme. El bar estaba abierto pero nadie atendía en su interior. Sólo resonaba el eco de la tele, que se desparramaba por partida doble a diestra y siniestra. Las venerables mesas de formica aguardaban a los imaginarios clientes que a esa hora, media tarde, se resistían a entrar. Del fantasmal camarero nada se sabía ni nada se supo. Ni el sonido de mis pisadas le arrancó de su invisible presencia. Como no se materializó, no pudo por lo tanto responder a la pregunta que me intrigaba: cómo se llama su bar. Porque ningún rótulo descifraba el enigma, no había rastros de su nomenclatura en rincón alguno, ni letrero que despejara el misterio. Incluso la amable carnicera de la esquina se sorprendió cuando le trasladé a ella la pregunta. Miró a través de la puerta de su negocio y comprobó, como si viera por primera vez el bar de enfrente con esos nuevos ojos, que en efecto carecía de nombre. Cuestión que aclaró acto seguido. “Aquí siempre le llamamos el bar de Martina”, respondió.

El bar de Martina, en consecuencia, no precisa rotulación. Al menos para los vecinos de Briones, a quienes habrá acompañado durante años ofreciendo la misma imagen que me regaló a mí. Un bar de toda la vida. Un bar donde ir comprobando el paso del tiempo lentamente, en compañía de las modas que sólo iría adoptando cuando dejaran de serlo, lo cual es una sabia manera de decantación que me parece admirable. Casualmente, cerca del bar de Martina se aloja otro bar sin nombre, como me informó la misma gentil vecina. Otro bar que tampoco lo necesita: es el bar de José Luis, porque así se llamaba un propietario anterior, en cuyo honor se ha perpetuado tal denominación aunque luego haya pasado por otras manos y ahora acabe de reabrir, todavía sin nombre.

Son los bares que fueron, los bares tal y como los recordamos en nuestro corazón, los bares que siempre serán. Garantizan una cierta atmósfera, un intangible, un valor del que sólo seremos conscientes cuando desaparezcan. Si un día dejaran huérfana a su clientela producirían tal vez un efecto similar al día en que decidieran rotular su nombre: nadie lo entendería. Porque tal rotulación es redundante (no se necesita, tengo que insistir) y porque el municipio donde se alojan, el barrio que les alberga, dejaría de ser el mismo. Aunque suene a paradoja, su fortaleza reside en su anonimato. Porque es un anonimato sólo figurado.

P.D. Mientras preparaba esta entrada, por esas casualidades que cada día me desconciertan más, me llegó el encargo de colaborar con un libro cuya publicación se prepara en torno, precisamente, a la rotulación comercial. Es decir, cómo se intitulan los comercios logroñeses, con un capítulo dedicado al mundo de los bares. A todos aquellos bares que, al contrario de los arriba citados, sí que lucen orgullosos su nombre.

 

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Bares con banda sonora

Bar Sierra de la Hez, en la calle Travesía de Laurel. Foto de Miguel Herreros

 

En los años tiernos de nuestra mocedad, los bares logroñeses aparentaban una condición fúnebre que sólo desmentía la gracia de sus dueños o de sus camareros o de sus parroquianos habituales. Si no reunían ninguna de estas circunstancias, penetrar en su interior servía sólo para confirmar ese mismo aire tristón que ofrecía visto desde la entrada. Entre los elementos de que contribuian a garantizar una atmósfera tan sombría en aquellos primeros bares donde uno se destetó como cliente figuraba la ausencia total de música, lo cual entonces amputaba también la posibilidad de cierto confort ambiental: estoy hablando de la era anterior al imperio del decibelio agresivo. Como máximo, un transistor retransmitía las radionovelas de la tarde, lo cual contribuía poderosamente a forjar ese aroma tan parecido al de un ataúd. Bares mustios, sin apenas pinchos en la barra, decorados con escasa ambición y adictos al vino de garrafón. Bares sin posesía, o con un rara poesía. Bares, todos ellos, sin música.

En contraste, voces llegadas de provincias vecinas hablaban de otro tipo de bares. Bares con cierta vocación de estilo, cuya oferta estrictamente hostelera se combinaba con alicientes desconocidos por Logroño: por ejemplo, que ellos si disponían de música. Música juvenil, pensada para capturar a la clientela adolescente. Música que acabó por llegar a nosotros, inundando hasta los bares de la calle Laurel, entre otras conquistas. Tenía cierta lógica, cierta justicia poética: por aquel tiempo acababa de fallecer Carmen Medrano, uno de los tres vértices del grupo que había inmortalizado aquel himno tan logroñés, ‘De lunes a sábado’, canción que incluía la estrofa célebre: “De la calle San Juan, a la calle Laurel”.

Así que la calle Laurel ya tenía su canción y además música en los bares. En realidad, esto de la música era pura cirugía estética, no lo esencial. Quiere decirse que merced a otros atributos más decisivos había entrado la modernidad en nuestros locales predilectos, adoptando en algún caso la forma de los 40 Principales. Hubo quien aprovechó esa puerta abierta por los gorgoritos del grupo de moda para dotarse de su propio plan de negocio con una perspectiva aún más ambiciosa, donde la música no fuera un ingrendiente secundario sino el principal, de modo que empezaron a menudear los bares donde la oferta musical ejercía como el atractivo clave, el imán que atraía a su clientela.

En aquellos bares, no se trataba tanto de tomar un trago sino de tomarlo mientras los bafles atronaban con las canciones del grupo que se llevara entonces o de aquellos temas convertidos en banderas que ayudaban a configurar la conciencia de toda una generación. Así ocurrió, pienso, con el Merlín y otro tanto con el Tifus, local que contaba con el aliciente igualmente musical de que sus dueños algo tenían que ver con aquel combo tan añorado llamado Obras Públikas. Así que sorprenderse ahora como nos sorprendimos entonces cuando ingresábamos en un bar y sonaba la música en su interior tiene un aire bastante camp. Cierto que en demasiadas ocasiones preferiríamos el modelo antiguo: que la música desapareciera (o al menos bajara el volumen a un nivel decente) para que su lugar fuera ocupado por la cháchara propia de quienes van de bares a compartir confidencias. Pero las incomodidades que depara la contaminación acústica no desaniman a los dueños de bares de Laurel y similares, así que la música sigue haciendo tanta compañía como en los bares de copas, donde se pone a prueba cada fin de semana la misteriosa relación entre la ingesta de destilados y los sones que nos avasallan por los altavoces.

Más enigmática y más gloriosa resulta la presencia de banda sonora en locales como el retratado arriba por Miguel Herreros: el Sierra de la Hez, cuyo dueño despacha su muy rica oferta en encurtidos (gloria a la gilda y al pepinillo en vinagreta) con un estupendo catálogo de vinos, amenizando de paso a la clientela con los temas que expulsa el aparato instalado en retaguardia, pródigo en el supersonido de los 70 e incluso más allá, puesto que garantiza ese tipo de felicidad tontorrona propia de encadenar en un mismo bucle antiguos himnos de Siniestro Total con los éxitos de José Vélez, María Ostiz y otros incunables. Me sugirió una voz amiga que le dedicara unas líneas y cumplo de esta manera mi promesa con sumo agrado, pensando en los días en que acompañar nuestros vinos con alguna de nuestras canciones favoritas nos parecía cosa imposible.

Y es también un placer que esta cavilación en torno a los bares de Logroño y la música coincida con otro hallazgo: el tema que el cantante riojano Isaac Miguel dedica a la cale Laurel. Mejor dicho, dedicó hace años: ocurre que mi perfeccionable cultura musical no había reparado en él hasta ahora. Mis disculpas y este video, donde el cantante antes conocido como el solista de Rene confiesa lo que todo logroñés alguna vez habrá pensado: “Hoy voy a la calle Laurel a ponerme contento”.  Quien lo quiera escuchar en directo, ahí lo tiene: este sábado, día 18, a las 22.30 horas en el Menhir de Logroño.

P.D. Sobre cómo algunos bares agreden a su clientela con la música que nadie pide y que acaba ejerciendo de molesto taladro en el pabellón auditivo ya escribí en la entrada que aquí adjunto. No es el caso de los bares mencionados arriba: en el caso concreto del Sierra de la Hez ocurre justo al contrario, porque propone en realidad una delicada manera de acompañar viandas y tragos con una banda sonora inmarcesible. Y de paso, garantiza un provechoso repaso a la música de la era yeyé, con la que algunos seguimos estando en deuda.

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Candidatos por las cafeterías

Pedro Sanz y Mariano Rajoy, leyendo Diario LA RIOJA en El Soldado de Tudelilla en el 2010. Foto de Juan Marín

 

Una reciente declaración de Mariano Rajoy me ha invitado a preguntarme qué bares logroñeses frecuenta nuestra clase política. Recordaba el presidente del Gobierno de España que su partido, a diferencia de otros que evitó nombrar, no va buscando “candidatos por las cafeterías”. Así que yo, como un personaje de tebeos, me dije: “Sopla, caramba, carape”. Es decir, unas exclamaciones tan arcaicas como el propio autor de la frase. Y acto seguido me pregunté a qué se refería el inquilino de La Moncloa, cuestión para la que carecía y carezco de respuesta. Debe ser un mensaje subliminal que lanzaba a ver si alguno de sus competidores se daba por aludido.

El caso es que seguí cavilando en torno a la frasecita y concluí que no me gustaba. Porque el autor de un blog de bares debe, ante todo, defender a los susodichos: es decir, las barras en donde todos alguna vez nos hemos acodado. Por lo tanto, nada puede haber de deshonroso en buscar a quien sea (candidatos, damas de compañía, compañeros de tertulia) en las cafeterías, así que el presidente debería pensarse mejor sus ocurrencias puesto que, por otro lado, el bar goza de un elevado poder simbólico en el imaginario popular que hace mal en minimizar ahora que llegan elecciones: el bar, como prolongación de la calle. El bar, como depositario de las inquietudes ciudadanas. El bar, en fin, como el lugar donde sí que habría que ir buscando a los españoles en edad de votar. A los electores y, por qué no, a los elegibles.

En realidad, a Rajoy y al resto de sus colegas de profesión les recomendaría uno todo lo contrario. Que fueran más por los bares, tabernas y cafeterías. Que pisaran más el asfalto y menos la moqueta, consejo que por otro lado me dedicao también a mí para mi propio oficio. Porque a raíz de esa declaración he comprobado que, en efecto, uno apenas se encuentra a los políticos riojanos cuando callejea, ingresa en tal bar, se toma un trago en aquel otro, engulle un pincho en el de más allá. Será casualidad, porque me consta que algunos de ellos tienen esto de los bares entre sus pasatiempos favoritos y de hecho así me lo reconocieron meses atrás, cuando protagonizaron una entrada en este blog buscando el bar predilecto de los logroñeses. Pero así, a bote pronto, apenas recuerdo algún encontronazo con este consejero, aquella concejal, ese director general o alguna parlamentaria.

Hago recuento reciente. En plena Semana Santa tropecé con un miembro del Gabinete Sanz en un bar el centro de Logroño; esa misma noche, deambulando por la calle Laurel, saludé a una edil logroñesa. Eso es todo. Pare de contar el improbable lector. Es verdad que uno ha consumido algún café o algún vino con los miembros de la dirigencia política riojana, pero se trataba de citas previamente concertadas: aquí me refiero a otra cosa, a ese tipo de encontronazos que suceden de modo inesperado entre los conocidos de nuestro entorno y que vendrían a validar la tesis arriba citada. Esto es, que los políticos frecuentan poco las cafeterías y que otro gallo les cantaría, en cuestión de cercanía al administrado, si cambiaran tales hábitos y fueran buscando candidatos por las barras de su ciudad. Otro gallo les cantaría significa que tal vez otra opinión tendrían de ellos sus convencinos.

La foto que ilustra esta entrada confirma la impresión mencionada. Se trata del retrato con que Juan Marín, compañero en Diario LA RIOJA, inmortalizó a Pedro Sanz y Mariano Rajoy con ocasión de una visita del segundo a Logroño. Corría marzo del 2010 y no: no es que hubieran coincidido durante un paseo mutuo por la calle San Agustín, donde fue tomada la imagen. Sólo ocurre que la prensa fue avisada de la visita ambos a El Soldado de Tudelilla, con la intención de divulgar la idea de que nuestros políticos comparten con el pueblo llano al que deben su sueldo aficiones como la de ir de bares. Lo cual no es del todo cierto. Si no fuera porque le guió Sanz hasta el feudo del gran Manolo, Rajoy ni siquiera hubiera sabido dar con el entrañable local que tan felices nos hace desde tan largo tiempo. Y eso que se hubiera perdido: a juzgar por la foto, ésta se captó una vez haber dado cumplida cuenta de la imperial ensalada de tomate y los jugosos huevos fritos, regados con vino de la tierra según se deduce del vaso ya vacío visible a la derecha de Sanz, con apenas un culín (con perdón) recordando su contenido reciente.

De modo que cuando coincida con Rajoy en alguna cafetería madrileña cualquier día de éstos, aprovecharé para afearle su frase. Lo haré en nombre de quienes pensamos que los candidatos están mejor en sus bares de confianza, confraternizando con la parroquia, que apoltronados tras sus escaños o invisibles en sus despachos al ojo ciudadano. Aunque no hay que preocuparse mucho: llega tiempo electoral y será el momento en que veamos a nuestros políticos por todos los lados. Incluidas las cafeterías.

P.D. Hace unos días, coincidí a la puerta de un bar de mi barrio con un grupo de políticos que desmentía mi dictamen según el cual apenas ejercen como parroquianos. Me gustó verles confraternizando, sobre todo porque militan en partidos diferentes. No es la primera vez que tal prodigio ocurre: aquí, en la entrada que protagonizaron el pasado mes de enero en este blog, ya vemos a unos cuantos de ellos decántadose por sus locales predilectos en amigable compañía. Mezclados, pero no revueltos. Como un buen Martini.

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