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Bares underground

Bar Badulaque, en Logroño

 

Respondo a una amable invitación lanzada días atrás por un fiel seguidor de este blog, el amigo José Luis Ouro, quien a propósito de una entrada dedicada a los bares alojados en las cimas de ciertos edificios del universo mundo echaba en falta algún artículo destinado precisamente a lo contrario: los bares underground. Esos abrevaderos subterráneos cuya mística los emparenta con un turbio universo de tragos clandestinos, propios del Chicago aquel de los años de la prohibición y garitos semejantes. En Logroño, cavilaba yo mientras sopesaba si aceptar la invitación de Ouro, algún local de tales características ha alumbrado nuestro desempeño como clientes: así que finalmente reconocí que, en efecto, merecía la pena pasar a limpio el listado de aquellos bares que albergó o alberga el subsuelo logroñés, porque encarnan una cierta mirada distinta sobre un sector demasiadas veces demasiado predecible.

Y si asumí el encargo fue porque, revisitando mi propio archivo de entradas, descubrí que alguna vez me había detenido en homenajear a una serie de bares difuntos que exigían descender a sus entrañas como en aquella novela de Julio Verne: ahí figura por ejemplo el legendario Continental, bar que siempre incluiré en mi lista de favoritos. Era emocionante bajar por las escalerillas que en su anterior encarnación conducían a la famosa bolera Trébol y apurar los tragos desde el centro del centro de Logroño, como rezaba su atinada propaganda. Clientes de un refugio posnuclear, alguna vez reaparecimos a la luz del Espolón mientras dejábamos atrás la noche. Sí, recuerdo el Continental y no olvido tampoco otros bares igualmente subterráneos aquí glosados, como el añorado Sajarahuit de avenida de Colón y su legendaria gramola donde tantas veces coreé aquel himno de la ELO. Y rescato de mi memoria también la encantadora bodeguita ya igualmente desaparecida que se ubicaba en las tripas de avenida de España…

Observo de paso que contra la tendencia de situar en las entrañas de nuestra ciudad este tipo de establecimientos conspira sobre todo la normativa vigente, muy celosa en la prevención de posibles incidentes cuya resolución se complica cuando debe evacuarse a la parroquia hacia el exterior y ese exterior se emplaza escaleras arriba. En un rápido recuento, ahora mismo me viene a la memoria un local de estas características de inauguración más o menos reciente: la discoteca que alberga el Casino de la calle Sagasta. ¿Algún improbable lector sabe de otros similares? Se agradecerá cualquier aportación, aunque ya digo que flamantes aperturas de bares logroñeses me invitan a concluir que estos casos son realmente extraños entre nosotros porque así lo prescribe la ordenanza municipal: es el caso del Ibiza, por ejemplo, cuyo subsuelo está vetado para acoger a la clientela, que deberá conformarse con la planta baja para tal propósito.

De modo que aquellos bares que usted y yo llevamos en la cabeza cuando pensamos en los situados bajo nuestros pies (Tívoli, Maltés, La Luna o el Chiqui, encarnado ahora como Badulaque luego de convulsas peripecias, como recuerda el propio Ouro) ofrecen esa fisonomía porque se abrieron tal vez cuando las limitaciones legales no lo eran tanto: cuando se aceptaba ese gesto tan común de descender al corazón de Logroño para un trago o para un bocado. Wine Fandango, por citar otro caso, también puede incluirse en esta lista underground, y disculpas por la cita en inglés. Lo cual era, habrá que reiterar, más usual antaño que hogaño: esos formalismos burocráticos han ido configurando ante nuestros ojos una ordenanza en materia de bares muy tiquismiquis, de modo que se amputa a las rondas por nuestros bares favoritos esa aureola de misterio que caracteriza el descenso hacia tantas barras subterráneas donde tan dichosos fuimos.

La defensa llama a declarar dos casos que algún improbable lector que ingresara como parroquiano allá en la primera glaciación puede compartir: la chocolatería Moreno, alguna vez citada aquí, ese festín que alborotaba nuestra primera infancia. Y el bar Colón de la avenida homónima, que regentaba maese Basilio: allá al fondo, luego de superar un desnivel, se dilucidaban unas cuantas partidas de naipes según la parafernalia propia de otra época. Uno apareció alguna vez por aquellas mesas, cátedra oficiosa del mus logroñés, como si peregrinara en efecto por el Chicago de los felices 20. Pero no había chicas bailando charlestón ni los secuaces de Al Capone: sólo unos paisanos con boina alrededor de los tapetes de felpa, que alargaban las tardes concentrados en la partida y sus tragos furtivos con esa seguridad que ofrece saber que en las entrañas de tu ciudad, en los territorios fronterizos con la clandestinidad, todo sabe mejor. O al menos distinto.

Y que abajo siempre hay sitio.

P.D. Se ha incluido unas líneas arriba al difunto Chiqui entre ese listado de bares underground, aunque ahora luce una nueva encarnación: se llama, como se observa en la imagen, Badulaque. Que viene a ser el mismo rótulo que brilla en el imaginario comercio que regenta el no menos imaginario indio Apu en la también imaginaria serie de televisión célebre en el universo mundo, Los Simpson. Pero el televisivo Badulaque no es un bar, ojo: ese negocio hostelero lo gestiona en la mentada serie otro personaje famoso, llamado Moe. Ocurre que Badulaque es una palabra que ha adquirido últimamente relevancia gracias a su impacto en la tele y como tal se denominan unos cuantos establecimientos de toda laya (tipo tienda para todo, mayoritariamente), aunque en realidad se trata de una voz que admite muy variadas acepciones, todas extrañas para definir a un bar: como anota la RAE, badulaque significa “afeite compuesto de varios ingredientes”. O bien “chanfaina, guisado de bofes o livianos”. Y también “persona necia, inconsistente”. De donde se deduce que cuando los traductores de Los Simpson otorgaron ese nombre al local de Apu pensaban probablemente en la primera acepción: un sitio donde se encuentra un poco de todo, en efecto. Aunque desconocían que también significa bar underground en su manifestación logroñesa.

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Qué morros tienes: y el ganador es…

Ricardo, del Monterrey, con su diploma 'oficioso'

 

Este artículo es una sucesión de agradecimientos. Gratitud profunda por la exagerada, inesperada y fenomenal acogida que tuvo la idea lanzada aquí hace cosa de un mes: plantear al improbable lector que se pronunciara sobre qué bar de Logroño sirve los mejores morros. Que resultó no recibir tan improbable respuesta: nada menos que 2.319 votos recogió aquella pregunta. Ojo, atención, aviso: como ya se anunciaba en aquel artículo, no abrigaba quien lo escribió ningún ánimo científico. Era algo más sencillo y divertido, una competición inocente, que sirviera para avivar el debate sobre la pertinencia de que semejante bocado figure todavía, en plena era vegana y políticamente correcta también en lo culinario, en las cartas de algunos locales castizos. Con éxito, por cierto, como atestigua no sólo esta encuesta tan informal que alojamos en este blog, sino la demanda que semejante golosina suscita entre la clientela.

En aquel artículo ofrecía mi particular triunvirato de bares con sus respectivos morros ofreciéndose (con perdón) a la parroquia, pero había muchos más, desde luego. A mis predilectos Claret, Alfonso y Monterrey animaba a quien se apuntara a este entretenimiento a sumar sus preferencias. Hubo apelaciones al Charli de la Laurel, el Vinuesa, Perejil, La Rueda… Un largo etcétera, puesto que a las propuestas que incorporaban los lectores del propio blog debe añadirse las alojadas en las redes sociales: allí florecieron los elogios a bares como Dame Caña, Jovari, Álvaro o El Resbalón. Se registraron incluso encendidas alabanzas hacia algunos ya difuntos, porque desaparecieron los locales que los despachaban: El Cazador, por ejemplo, o el Numanci. Y repasando el listado de respuestas observo algunas otras propuestas interesantes, cuyo relato completo se extiende hasta el infinito, así que citaré sólo algunas que se repiten más: 19 gansos, por ejemplo, o el bar de Prado Viejo. Figuran también Yeda, Las Huertas, Darwin, La Cortijana y un larguísimo etcétera. Quien esté interesado, aquí tiene el enlace donde se incluyen todas las contestaciones, que en algún caso se extiende hasta la periferia logroñesa.

En fin, que fueron pasando los días, el debate se encendió y también se apagó. Cosas del vértigo informativo. Llegó por lo tanto el momento de hacer balance, cuadrar resultados y otorgar este oficioso premio al ganador: que ha resultado ser el Monterrey, barra que defiende el amigo Ricardo con los suyos y donde el cliente puede solazarse con otras gollerías, como los torreznos sorianos o las deliciosas migas. En la foto que ilustra estas líneas le vemos con el ‘diploma’ que le entregué el pasado miércoles, luego de saborear sus (en efecto) exquisitos morros: me estoy refiriendo a los que llenaban el platillo donde nos los sirvió.

Ricardo agradeció el detalle y yo creo que alguna gracia le hizo eso de proclamarse campeón oficioso de este incruento torneo cuyo único objetivo era pasar el rato. A quien le gusten más otros morros (de nuevo, con perdón) pues que disfrute de ellos y persevere en su afición mientras el cardiólogo se lo permita. Quedó informado de que el título oficial todavía está pendiente de ser organizado por una hipotética Academia Riojana del Morro, que ya está tardando en constituirse: porque si de algo podemos presumir por esta tierra, desde luego, es de morro. Morro nunca falta. Y al creador de este pasatiempo (es decir, servidor de ustedes) también le hizo tilín eso de que el premio se quedara en casa, o más o menos. Para cualquier habitante de la redacción que con tanta paciencia nos aloja, el Monterrey fue durante largo tiempo una extensión del periódico. Y yo, que llevaba tiempo sin entrar luego de los contratiempos observados desde la marcha de la familia Zapata, he vuelto a acudir atraído por la excelente barra que ahora le caracteriza y me alegra que contribuya a dotar de atractivo a esa minironda de tres bares en la misma manzana. Y me congratula también saber gracias al propio Ricardo que estamos en buenas manos: sus morros proceden de cerdos riojanos. Son por lo tanto cerdos de confianza.

 

Gráfico con la encuesta, obra de Diego Ortega

 

P.D. En el gráfico que adjunto se observa la evolución de las votaciones y el resultado final: el Monterrey acumuló 921 votos, el Alfonso se lleva la medalla de plata con 549 y tercero quedó el Claret, con 364 votos. Un elevado porcentaje se distribuyó en el capítulo de otros a los bares que mencionaba arriba. Así que este artículo acaba como empezó: dando las gracias a todos, clientes, encuestados y bares aludidos. Y anunciando para próximas entregas una votación semejante a propósito de un bocado menos castizo: la hamburguesa.

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Bares de altura

Bar de la Casa de Granada en Madrid

 

Como cualquiera de mis improbables lectores, yo también he frecuentado bares raros. Entre los más raros, siempre recordaré aquella olvidada cantina que albergaba el hangar del parque móvil de la Policía Armada, al final de Murrieta (frente al viejo Hospital). Un cubículo oscuro donde despachaban los botellines de cerveza más baratos de Logroño, incongruencia que nunca me tomé la molestia de aclarar. Así que si ahora escribo que acabo de conocer uno de los bares más raros (pero raros, raros) de mi vida, yo mismo siento una extrañeza genuina: porque, en efecto, tiene que ser muy raro. Muy pero que muy raro.

Se ubica en Madrid, junto a la plaza de Tirso de Molina. Su primera peculiaridad es el acceso: puesto que se aloja en un edificio de viviendas, el potencial cliente deberá pulsar el timbre del último piso. La puerta se abrirá como suele cuando el portero automático es más automático que de costumbre y se ingresará entonces en el portal, que es un portal como otro cualquiera: gemelo de los propios de todo inmueble construido durante el franquismo. Tan idéntico que el potencial parroquiano seguirá creyendo que se ha equivocado de sitio. Que aquí hay un malentendido, posibilidad corroborada por la cara de extrañeza que pone el (llamémosle) portero de la finca: un jovencito de aire latinoamericano, que atiende gentil y tímido a las visitas aunque no detrás del mostrador preceptivo, sino parapetado tras un pupitre, los buzones a la espalda. El caballero abre mucho los ojos cuando le preguntas por el inverosímil destino de tus andanzas pero resulta que sí: que has acertado. Que en esa casa se aloja un bar. Aunque luego añade más misterio a esta expedición titubeante cuando te señala el ascensor (sólo apto para tres personas, ojo) y te pregunta a su vez: “¿Va al bar o al concierto?”.

Sopla. Resulta que en los últimos pisos de este venerable edificio (Calle del Doctor Cortezo, 17 para quien esté interesado) que conoció días mejores (o tal vez no: tal vez siempre ofreció este mismo aire provisional y pelín destartalado) se duplica la oferta: música en el quinto piso, tragos y bocados en el sexto. Así que nuestros pasos no se equivocan, no. Acaban conduciendo hasta la sede que la Casa de Granada ha elegido en la capital del Reino para atender a los hijos de la ciudad nazarí repartidos por estas callejuelas: porque, por supuesto, la Casa de Granada colgada de esta azotea es también un bar.

Aunque el bar es uno de tantos. Lo cual equivale, ojo, a un elogio: uno de tantos como había antaño, de manera que el camarero te llamará eso de caballero y luego señalará hacia el fondo (donde siempre hay sitio) para que te acomodes y confirmes que sí: que hay vida para los bares allá en las alturas. Un sexto piso no es gran cosa, ya se sabe, comparado con las cumbres que hollan los rascacielos que con tan hortera contumacia se apoderan de Madrid, a los que presumo también adornados de bares en su última planta. Pero como esta es una zona castiza como pocas, no hay otros edificios que le hagan sombra, lo cual tiene sus ventajas: las vistas son desde luego memorables.

Veamos: en primer término, observamos un conjunto de edificios hermanos al nuestro que divisados desde este emplazamiento recuerdan poderosamente el añorado inmueble número 13 de la imaginaria Rúe del Percebe. Entre ellos, por cierto, el que alberga a la CNT: un imponente caserón que comparte vecindario con las exhaustas huestes del Madrid de toda la vida, hoy a punto de ser devoradas por el turista que todos llevamos dentro.

Pero atención: allá al fondo, las luces de la ciudad se difuminan y construyen su propia constelación. Se intuye la carretera de Andalucía, tal vez la de Extremadura… La noche me confunde. Más acá, en primer plano, una multitudinaria doble fila espera a que abra el teatro vecino: no es para menos, adentro aguardan Los Morancos y su fino humor de la Penibética. Es hermoso ver desde aquí a todas esas diminutas figuras sin que se enteren de que están siendo vistos, uno de los principales placeres de estos bares de altura diseminados por medio mundo que sin embargo nunca han cuajado en Logroño.

Uno, en su humilde experiencia, puede presumir de haber visitado unos cuantos garitos afines a esta tipología: los tragos desde el campamento base son más sosos comparados con la posibilidad de acodarte en la barra y contemplar la vida cenitalmente. Son esos bares con deuda de oxígeno de Nueva York y Los Ángeles (y pido perdón por la pedantería), pero también de la más cercana Córdoba, donde me maravillé de las espectaculares vistas sobre el Guadalquivir en un local cuya planta baja se ofrece expedita, al mando de un cancerbero cuya única misión es embutir a la parroquia en el ascensor y remitirlos a abrevar a los pisos superiores.

Pensando en aquellas añoradas expediciones para liquidar un trago de altura me distraigo mientras anoto las bondades de la Casa de Granada, al margen de su atractiva ubicación. Caña estupendamente tirada, como es propio por estos lares, y raciones de tapas andaluzas tarifadas comedidamente: los fans de la tortilla de camarones tienen aquí uno de tantos paraísos para saciar su devoción. Servicio profesional, también muy al estilo madrileño, y lo antedicho: vistas al corazón de la ciudad y su periferia. Pero oscurece del todo y corre algo de biruji madrileño, de modo que toca trayecto de vuelta. Tráfico denso de clientes que vienen y van engullidos en el misterioso ascensor triplaza, saludos al portero barbilampiño y nuevas cavilaciones, preguntas sin respuesta: por qué en Logroño no hay bares de altura.

Con perdón.

 

Torre Ónix, en Logroño

 

P.D. Puesto que me intriga desde hace tiempo la ausencia en Logroño de bares en terrazas, azoteas y similares, cada vez que cruzo ante el edificio que antecede estas líneas me respondo a mí mismo: ése es el sitio. La llamada Torre Ónix, un breve rascacielos que alojó en su planta baja un bar ya abandonado, que tal vez hubiera tenido más éxito de haberse ubicado en el último piso. Es pura elucubración, lo confieso. Se admiten otras ideas, igual de extravagantes. Siempre que estén a la misma altura, por favor.

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¿Qué es una tapa?

Proclamación de la ganadora como mejor tapa, del bar Letras de Laurel. Foto de Juan Marín

 

De buena mañana, nos convocan en Riojafórum a una feligresía de paisanos llegados de aquí y de allá. Saludas a los conocidos, te presentas a los desconocidos e ingresas en una sala donde el verbo tronante, tan juicioso, de Mikel Zeberio lanzará a continuación una de esas preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez: quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. ¿Estamos solos en la galaxia o acompañados? Pero, sobre todo, sobre todo, sobre todo: qué es una tapa. Qué cosa es un pincho. Qué una banderilla. Los congregados nos removemos incómodos en nuestros asientos, miramos al techo, garabateamos en los cuadernos… Cualquier coartada vale con tal de no reconocer lo obvio: que no tenemos ni idea. Al menos, quien esto suscribe. Pero va a intentar responder a Zeberio, la voz de la conciencia.

Porque ojo: claro que sabemos distinguir de qué hablamos cuando hablamos de tapas, pero resulta que ese universo es de uso personal. Para empezar: ¿tapa es sinónimo de pincho? Y seguimos para bingo: un pincho de tortilla, ¿es una tapa? Porque hay quien advierte, como recuerda el propio Zeberio, que los más talibanes de entre la clientela conspicua que abarrota los bares de confianza piensa (con cierta razón) que una tapa debe permitir su ingesta de golpe. Si se necesita cubertería, ya no es tapa. Lo cual eliminaría de este ámbito al pincho de tortilla, desde luego, pero también al pimiento relleno y otros venerables hermanos del recetario regional.

En fin, que de tanto estrujar el magín, a uno le empiezan a doler las entrañas. Zeberio, en compañía de las buenas gentes que organizan el concurso de tapas de La Rioja, nos va proporcionando pistas, indicios, una leve guía. Las piezas oportunas para que nosotros, honorables miembros del jurado que dictaminará cuáles de los más de 50 platos inscritos pasan a la gran final, construyamos el rompecabezas. Con el resultado conocido: el mejor pincho riojano se elabora en el bar Letras de Laurel, de la calle homónima. Y es una orejita.

Pero lo que sirve como detonante para estas líneas no es tanto felicitar a los participantes y, por supuesto, honrar al ganador, coronado por la opinión del llamado jurado técnico, a cuyos integrantes también habrá que dar la enhorabuena. Lo pertinente es hacernos la pregunta con que se iniciaron nuestras cavilaciones. Cómo distinguir una tapa de una cazuela y un pincho de una banderilla. ¿La gilda es una tapa? Yo creo que sí, pero es sólo mi opinión. También me lo parecen los mentados pimientos rellenos, así como la tortilla de patata en formato pincho. A mi humilde juicio, en este concurso que pretende elegir el mejor bocado nacido de los bares riojanos debe abandonarse cualquier pelea terminológica y centrarse en lo auténticamente relevante: reconocer al más suculento de los platos candidatos.

Porque la discusión entre pinchos o tapas es bizantina: yo creo que, en realidad, todos sabemos muy bien de qué estamos hablando. La clave, la genuina clave, es el tiempo: que ese manjar que nos ofrecen para acompañar el vino se consuma con rapidez. Es decir, que si tardamos más de la cuenta en finiquitarlo, si necesitamos de servicios auxiliares (tipo cucharilla de moka o cuchillo de pescado) demasiado rebuscados… Si exige un plato de dimensiones tipo ensaladera y una ornamentación versallesca de puro barroca… Entonces, improbable lector, eso que nos ofrecen será un condumio rico y hasta riquísimo. Habrá que arrodillarse ante sus autores y reclamar para ellos las bendiciones del cielo. Pero no: no será una tapa.

Las diez finalistas reunían, a mi parecer, esos requisitos. Bocados de rápida degustación, los que todos buscamos cuando peregrinamos para las rondas habituales. Si necesitas auxiliarte de tenedor, será en formato mínimo, como ese platillo de café donde cabe una ración breve pero sabrosa de lo que sea. Desde luego, bajo esta tipología se despachan las creaciones de los concursantes que tuve el privilegio de catar en mis excursiones por Logroño y alrededores. Que me permitieron alcanzar una conclusión que cualquiera puede compartir: también aquí lo que triunfa es el ingenio. La imaginación y la creatividad, por supuesto, pero contenidas. Puestas al servicio del producto sin artificios. Pensar en el recetario clásico y adaptarlo tanto al futuro como al presente. Entre los miembros del tribunal que tuvieron la paciencia de acogerme triunfó esta idea de premiar no tanto lo original por rebuscado sino por genuino: porque encerraba el sabor de siempre, aunque reinventando con éxito en los casos mejor puntuados.

Que en el caso de los bares que me tocó en suerte visitar no citaré. Es de mala educación: prefiero destacar la sensación dominante, la buena salud que presentan los bares riojanos. Hemos visto honradez extrema en el ejercicio del noble oficio de tabernero, hombres y mujeres que desafían los inconvenientes de su profesión retorciéndose el caletre hasta dar con la idea fetén que no se le ocurrió al colega. Que saben presentar sus creaciones con mimo y dulzura, defenderlas ante el tribunal con sensatez y un poco de chispa. Cuidar su presentación y, sobre todo, rendir tributo al dios del sabor. Durante nuestro itinerario catamos bocados que eran auténticas bendiciones de la ciencia gastronómica pero, en realidad, lo mejor fue saborear el estupendo estado de revista que presentan nuestros bares.

Y, de paso, logramos regresar a casa para contestarle a Zeberio que ya sabemos qué es una tapa. Una tapa es eso que te comes en tu bar favorito en menos tiempo del que tardas en leerte estas líneas.

 

Sebas, con su hijo, tras recibir el homenaje en Riojafórum. Foto de Juan Marín

 

P.D. No había ingresado nunca en un tribunal de esta índole, así que debo confesar que me inicié en la experiencia con algo de temor. Un temor pronto disipado: la estupenda organización, la medida orientación que nos proporcionaron a los neófitos, el clima de saludable discusión que manteníamos en cada bar entre nosotros, las reflexivas respuestas que nos ofrecían los participantes cuando les preguntábamos por las entretelas de sus creaciones… Todos esos ingredientes sirvieron para coronar a los mejores del 2017. Que, en realidad, todavía no lo son: yo creo que ganarán de verdad ese título cuando todos ustedes los visiten, les despachen sus golosinas y ofrezcan sus comentarios a los artistas que nos esperan donde siempre. En los bares. Como, por ejemplo, en el Sebas: a cuyo emperador tuve el honor de redactar estas líneas de homenaje que aquí reproduzco.

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Nuestro hombre en la barra: El bar soy yo (y mis clientes)

Miguel, en la barra de su bar. Foto de Justo Rodríguez

 

Una mañana de 1991, Miguel se desayunaba como debe todo riojano: leyendo este periódico. Desconocía entonces que se aproximaba la hora de la magia: en sus páginas, su mujer tropezó con un anuncio donde leyó ‘Se traspasa’. Le dio un codazo a su marido, quien telefoneó al número donde daban razón del traspaso. Oh, casualidad: respondió Antonio, un navarro al que Miguel conocía de su etapa como camarero en el mítico Junco de avenida de Portugal. «Yo llevaba tiempo queriendo ponerme por mi cuenta y cuando vimos el anuncio, mi mujer me dijo: ‘Ahí lo tienes’». Arreglado en efecto el contrato con el anterior defensor de esta breve barra, veterano icono de la calle Laurel, se obró el milagro: el bar Sierra La Hez pasó a sus manos. Y ahí sigue.

A nuestro hombre (Miguel Ángel Ruiz Rivas, para el mundo) le había inoculado el veneno de la hostelería la diosa del azar. Recuerda que solía andar con otros chiquillos callejeando por su barrio, la Zona Oeste, y el dueño de cierto añorado jamonero de la calle Industria le permitió un día pasar al otro lado de la barra. Tenía catorce añitos.

- ¿Te atreves?
- ¿Cómo que si me atrevo? Ahora verás.

Han pasado cuarenta años. Hoy, Miguel se confiesa en deuda con una actividad a la que ha consagrado toda su vida, «aunque la verdad es que tampoco he cambiado mucho de bares». En efecto, el logroñés castizo le recordará defendiendo el simpático ambigú del cine Avenida, donde luego se desempeñó durante un tiempo su mujer: para entonces, Miguel ya había sido alistado en la mencionada academia del Junco, a cargo de los catedráticos Jesús y Chuchi, a cuyas órdenes militó durante ocho años. Bajo su padrinazgo peregrinó luego durante unos pocos meses hasta otro negocio que abrió la misma pareja, el Bulevar, de donde le rescató ese anuncio de Diario LA RIOJA. Apalabró el traspaso y se hizo fuerte entre estos veinte escasos metros cuadrados donde, en efecto, hace magia: La Hez se ha convertido en indispensable para cualquier itinerario por la calle central de Logroño en sus bares. Como ya lo era desde que vio la luz en 1987. Una criatura alumbrada por aquella pareja formada por el llorado Félix, ese riojano de El Redal a quien apodaban El Coronel, y su socio José Luis.

Convertirse en un clásico no es tarea sencilla en ningún negociado.Desde luego, tampoco en el hostelero. Se precisa estilo, clase. Entender cabalmente esa máxima que Miguel enuncia con sencillez suprema, una frase imposible de desmentir: «El bar soy yo. Y, claro, mis clientes». Dictamen que luego desarrolla juicioso:«He cogido verdadero cariño a muchos de mis clientes, pero lo más importante para mí es que es un cariño mutuo: en muchos casos me siento muy querido». Y sentencia ante el periodista:«Te puedo asegurar que esto no lo cambio por nada en el mundo». No hace falta que lo jure: hasta el bar se ha acercado este mediodía un parroquiano que le allega el reconfortante (y tardío) cafelito matinal, con quien entabla la tertulia propia de los camaradas. Y a la cháchara se suma pronto otro incondicional, quien hoy descarta tomarse un vino: prefiere atacar directamente sus banderillas. Gloria bendita para cualquier paladar autóctono.

Ah, los vinagres. Los vinagres que configuran la sucinta pero suculenta oferta gastronómica de La Hez, para dicha de los fanáticos del encurtido. Pinchos que encierran sus secretos, por supuesto: resulta que este vinagre que derrama Miguel con generosidad sobre sus gildas, pepinillos y demás familia nace directamente de su casa, donde lo custodia con mimo y sentido de la profesionalidad. Con tanta destreza que hay clientes que se lo llevan embotellados hasta sus destinos de residencia, allá penas si son peninsulares o moran en las Baleares o las Canarias. Porque este vinagre de Rioja, un producto natural que nada sabe de conservantes o edulcorantes, poco apto para estómagos finolis, alegra el más triste condumio: de paso, engullir una de estas banderillas equivale a la concesión del carné de logroñés.

Aunque no es el único misterio que ocultan estas paredes. Miguel alardea, con justa razón, de que en esta «caja de cerillas» se condensa la mejor oferta de vinos de Rioja de la calle en proporción a su menguado espacio. Media docena de marcas de buenos cosecheros y esas otras señoriales referencias protagonizadas por los blancos de Rioja que deberían figurar en todas las casas del lugar: Viña Soledad, por ejemplo, ese néctar tan raro de hallar demasiadas veces. Banderillas divinas, vinos fetén y el tercer vértice que completa la jugada: la música. Pero ojo: no cualquier música. Lo atestiguan esas hileras de casetes ya en desuso donde se alinea la gozosa oferta propia de todo universo pop. Que en La Hez también ejerce como aduana: suenan Los Pekenikes y la clientela ingresa en la máquina del tiempo. «Me gustan las viejas glorias, pero también la música clásica», advierte Miguel, mientras apunta hacia el moderno aparato que reemplazó hace nada al anterior magnetofón mastodóntico. El signo de los tiempos: lo pequeño es hermoso, pero lo grande también lo era.

Se trata de un cambio sólo cosmético: porque aquí sigue sonando la misma banda sonora, el supersonido de los 70. ¿Alguna otra añoranza?«Las cuadrillas tradicionales han desaparecido», reflexiona como lo hace el común de los taberneros logroñeses. «Pero las pocas que quedan, siguen viniendo», prosigue, «y algunas vienen ahora con los nietos. «También he cambiado yo. He pasado de camarero a tasquero», acaba con una risotada.

La charla va concluyendo. Se acoda en la barra un trío de logroñesas frisando la cincuentena, a quienes Miguel saluda según el manual del buen riojano («¿Qué queréis, chicas?»), les sirve la bebida, les propone algún bocado y se interesa por la salud de una de ellas, convertido de repente en médico de cabecera. Porque eso espera todo cliente de sus camareros favoritos: una atención servicial, cortés. Cordial sin ser empalagosa. Y algo de filosofía, escuela mundana. «Esto es un escaparate a la vida», señala hacia la calle. «He visto a Logroño cambiar de pueblo grande a ciudad pequeña», cavila en voz alta. «Por mí, encantado. Y que dure, siempre que nos sigamos todos conociendo por el nombre».

P.D. La Hez es un clásico. Nuestro hombre en su barra, también. Se nota en la nómina de bares que cita Miguel cuando le preguntan por sus favoritos a la hora de ejercer como cliente. Elimina elegante del listado cualquier referencia a la calle Laurel, para que no se moleste nada, y se centra en los alrededores: Junco, Gaudí, Galdós, Géminis, Samper, Álvaro y Alfonso. Anote por cierto el improbable lector que algunos de ellos ya han aparecido en esta sección.

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¿Quién tiene los mejores morros de Logroño?

Un simpático cerdito

 

Sostiene la literatura científica respecto a Logroño y sus bares que la santa trinidad que todo mesonero debería despachar a su clientela, la triple corona de nuestras barras predilectas, está formada por los siguientes ingredientes: caldo, morro y vino de la casa. No puedo estar más de acuerdo, filosofaba para mi caletre mientras me flagelaba consumiendo precisamente el morro que sirven en el Alfonso de la calle Villegas, una reciente epifanía cuyo autor rápidamente me corregirá: no es morro, es careta. Hecha la precisión, me abandono a la degustación de tan exquisito manjar propio de catadores recios de la antigua escuela de parroquianos castizos y me pregunto la bobada que sigue a continuación: quién tiene los mejores morros de Logroño. Con perdón.

Una pregunta pertinente. No hace tanto tiempo, un camarero benemérito me reprochaba que no hubiera catado los que sirven en el venerable Claret de la mencionada calle: aunque me pilla al lado de casa, tenía que aceptar que no. Que no los había probado jamás, laguna que me apresuré a corregir poco después. Con efecto automático: allí mismo me afilié al sindicato de clientes que le reserva profunda devoción, aunque todavía me declaré incapaz de decidir si le daría mi voto como el mejor de Logroño en esa estirpe.

De modo que acabé conduciendo mis pasos a la siguiente conclusión: dejar que los morros vengan a mí. O, mejor dicho, que espero las respuestas del improbable lector que tropiece con estas líneas. A esa doble candidatura, el Alfonso y el Claret, debo añadir para que formen un bonito trío otros morros recién catados, que me dejaron tan satisfecho como el resto de su impresionante barra: el Monterrey de Vara de Rey, donde recomiendo también sus estupendos torreznos y prometo visitar cuanto antes sus prometedoras migas, que pintan fetén. Tres morros, tres: Alfonso, Claret y Monterrey. A los que cualquiera puede añadir los que más le gusten. Clásicos o renovados, da igual: vale con que rindan tributo a este señorial plato, antaño tan común en cada barra, hoy en retirada como el resto del recetario tradicional construido alrededor de la querida casquería.

Una pena. Porque la clientela contemporánea se lo está perdiendo. El jovencito que hoy peregrine sin demasiada información por las barras conspicuas desconocerá, si no ha sido iniciado en semejante periplo por el consejo de ancianos del lugar, que hubo un tiempo en que un bar despachaba morros como el churrero churros. Porque constituían un elemento indispensable para ingresar en la culinaria autóctona y porque se tarifaban a precios comedidos, como era norma entre el llamado material de despojo. Y porque además los más novatos parroquianos de los bares logroñeses nunca sabrán qué divertido era aquello de penetrar en tu bar favorito, pedirte un caldo, tomarte luego un vino y esperar a que el camarero te preguntara lo siguiente:

-¿Quieres algo de picar?

Y la respuesta subsiguiente:

- Sí. Por favor, acércame los morros.

Así que lo dicho: hala, a votar. Quién tiene los mejores morros de Logroño. Con perdón, de nuevo.

 

 

P.D. Una versión renovada de los morros de toda la vida se despacha en La Tavina: su célebre tapa de careta reinventada, que tantos elogios mereció del gran Ferrán Adrià. Quien escribe estas líneas milita entre sus devotos: ahí tiene usted, improbable lector, un acabado ejemplo de cómo la modernidad gastronómica puede celebrar unos felices esponsales con el recetario clásico y cautivar a la parroquia. Pero aquí, habrá que insistir, hablamos de otra cosa: hablamos de morros. Del plato de morros de toda la vida que por cierto en algún bar de confianza sirven también en salsa: por ejemplo, Moderna Tradición, que lo incluye bajo esta apariencia en su carta. Una delicia, por cierto.

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