La Rioja

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Bares de un barrio joven y fresco

Participantes en una edición de Riojano, Joven y Fresco, en el barrio logroñés de Siete Infantes

 

Llega el reportero a la redacción y sin tomar siquiera asiento, su jefa le espeta: “A Siete Infantes”. ¿Cómo? “Sí, a Siete Infantes. Están dando hoy las primeras licencias de ocupación”. ¿Siete Infantes? ¿Qué es eso? Y, sobre todo, ¿dónde cae? Nuestro hombre prefirió disimular su ignorancia, como tantas veces. Marchó tarifando del periódico y se buscó la vida: vaya a usted a saber dónde está Siete Infantes, así que una llamada al concejal de confianza le pone sobre la pista. Donde los Golem, le explica. Vueltas y más vueltas: en ese páramo no había rastro de huella humana aquella mañana. Bloques y más bloques despoblados, ningún coche ocupando las infinitas plazas de aparcamiento y una vaga intuición: tal vez allí, al doblar la esquina… Bingo: un grupito de técnicos municipales, jefes de obra y futuros vecinos se arracima en torno a un portal, teorizando sobre no sé qué secretos de la cota cero. “Perdonen, ¿esto es Siete Infantes?”, pregunta el intruso. El grupito asiente y sigue a lo suyo. Bienvenido al nuevo Logroño.

La escena ocurrió a principios de los años 90. El redactor, el mismo que ahora escribe estas líneas, conoció de semejante y misteriosa forma esa esquina de la ciudad, donde cierto arquitecto municipal le había hablado de una prometedora pasarela de madera fabricada en Suiza, preparada para viajar con destino al enigmático parque de San Miguel, paraje del nuevo barrio que uno ni siquiera sabía situar en el mapa de su ciudad. Unos días después volvió por Siete Infantes para otro reportaje: le habían avisado de que se ocupaba aquella tarde el monumental edificio del IRVI que ocupaba (y ocupa) toda una manzana, acontecimiento que no quiso perderse. Cientos de vecinos tomaban de repente posesión de sus casas, como si invadieran un pueblo abandonado que hacían suyo: como colonos, con la misma fiebre de los pioneros del Far West.

Luego fueron llegando El Cubo, El Arco, Valdegastea… Madre de Dios y San José renovaron su fisonomía, Logroño saltó la Circunvalación hacia Los Lirios, también Yagüe,Varea y La Estrella pasaron por el quirófano, nació Cascajos… Pero de todos esos barrios de la periferia aquel donde un reportero primerizo en información logroñesa se destetó fue en Siete Infantes, de modo que regresar sobre sus pasos hoy le rejuvenece. Sucede con ocasión de cada cita con el Riojano, Joven y Fresco que alberga ese sector de la ciudad, así como con otras expediciones, que sirven para confirmar que la vida inunda el barrio… incluida la vida hostelera.

Valga por lo tanto este largo preámbulo para confirmar que hay bares en Logroño lejos del centro. Bares atractivos, con buen servicio y una oferta complementaria a los de siempre. Bares donde se obra el prodigio de reencontrarse con la segunda generación de veteranos del oficio, como Emiliano, hijo del gran Emiliano (valga la redundancia) de quien uno se confiesa seguidor desde que defendía el bar de Cantabria hasta que se hizo una leyenda logroñesa en el Tívoli. Su bar se llama La Tarasca y es un espectáculo: desde la profesionalidad que uno observa en estos camareros de toda la vida a quienes Baco bendiga, a los suculentos bocados que despacha en su barra a un ritmo incesante, barriendo todos los tramos horarios. Algo semejante ocurre en el cercano Dover, de inacabable terraza desbordante de público e incesante ocupación, gestionado también con semejante profesionalidad, o en el elegante Amalur.

Porque en Siete Infantes hay bares porque hay público: el barrio cuenta con una ancha población formada por miles de logroñeses a quienes da servicio esta panoplia de locales con muy buena pinta. Por ejemplo, el jamonero Jabugo, donde uno cató por primera vez esa exquisitez llamado secreto ibérico, así que nunca lo olvidará, o unos cuanto más: es el caso del Museum, donde Basi ofrece muestras del talento hostelero que ya desplegó cerca de esta casa, en el Monterrey.

Otra segunda generación de camareros, otro bar que merece la pena, otro barrio que engrandece Logroño. Un barrio joven y fresco que le rejuvenece a uno: cuando vuelve a pasear por sus calles, se mete en la máquina del tiempo y se vuelve a ver a sí mismo, libreta en ristre, preguntando a unos indígenas si ese desierto se llama Siete Infantes. Pensando en cuándo alguna mano amiga haría el favor de abrir un bar por allí.

P.D. Este blog se toma vacaciones como suele. Así que desea a sus improbables lectores refrescantes tardes de hamaca y lectura, chapoteos varios, epifanías caniculares y provechosas excursiones. Y aprovecha para rendir tributo a un convecino desaparecido hace unos días: el distinguido jurista logroñés Conde-Pumpido, quien apareció por aquí en su condición de miembro de la tertulia del Carlton, que pierde a uno de sus señeros efectivos. Cada día se hará más difícil a sus antiguos contertulios seguir jugando a los chinos… Asi que en su honor, derramo esta sincera lágrima sobre la arena. Una lágrima que cayó en la arena de la costa amalfitana.

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Los bares peregrinos

Almuerzo para peregrinos en el albergue de Logroño. Foto de Enrique del Río

 

El auge del Camino de Santiago deviene en peculiares consecuencias para distintos ámbitos, desde los más naturales (el mundo de la cultura o el de la religión), hasta los más alejados de ese impulso espiritual que empuja a tanto peregrino hacia Galicia. La economía, por ejemplo, en cualquiera de sus encarnaciones se beneficia del impulso que generan estos amantes de la caminata o de la bici, que en algún caso viajan también en vehículos a motor. Sospecho que no se bañarán en los albergues en monedas y billetes tipo Tío Gilito, porque parece incompatible esa exhibición de opulencia con el arrebato interior propio del peregrino, pero algún gasto tendrán que hacer. Tendrán que alimentarse, supongo, y no de cualquiera manera, porque la travesía reclama una generosa dosis de hidratos de carbono y suplementos vitaminados. Y tendrán que echar un trago de vez en cuando, acodados en los garitos de cada población que salga a su encuentro. Refrescarse con la bota de vino a la sombra de un árbol camino de Santiago será un placer seguro que grato, sólo comparable al experimentado tomando sitio en los bares diseminados por el llamado Camino Francés, que cruza La Rioja y deja en consecuencia su propio reguero de locales dispuestos para acoger al peregrino.

Así ha nacido en el gremio hostelero logroñés una suerte de subsector que podemos llamar ‘Ponga un peregrino en su barra’. Lo saben muy bien todos aquellos bares desplegados por el trazado que en Logroño toma el Camino, desde el puente de Hierro hasta la Ruavieja, trepando luego hasta la plaza del Parlamento. Es en esta zona donde se concentra lo mejor de la oferta para el peregrino, que el sábado próximo festeja a su patrón. Son bares que, como ya hemos comentado en otra entrada, se dedican a los devotos de Santiago con una atención especial, que se nota ya incluso en los horarios de apertura. Madrugan estas buenas gentes porque madrugan los peregrinos, quienes espantan así los calores veraniegos para alcanzar todavía con la fresca su siguiente etapa. Así que por El Revellín y alrededores menudean los bares especializados en desyunos peregrinos, menos frugales que de costumbre. Y como suele suceder, pronto se corre la voz entre los caminantes, que llegan a Logroño sabiendo muy bien qué usos deben acometer: Dónde comer, dónde desayunar, qué bares son los mejores para no desviarse mucho de la ruta ni entretenerse o, por el contrario, cuáles son preferibles para callejear un poco por la ciudad que provisionalmente los acoge, disfrutar de su oferta de tragos y bocados, salirse un rato de la ruta.

 

desayuno para peregrinos

 

Estos visitantes disponen de otros bares algo más alejados del centro, pero siempre en ruta hacia La Grajera (paraje de salida e Logroño en direccion a Santiago) donde la oferta peregrina también sale a su encuentro. Así sucede en el caso de la foto de arriba, tomada en una panadería sita en la manzana del Robinson; y hay, sobre todo, bares y restaurantes del corazón logroñés donde la atención al peregrino forma parte del menú (nunca mejor dicho) propio de ellos. Ocurre con el Moderno, negocio multiusos que cuenta con tantas facetas (antaño y hogaño) que acaba apareciendo por este blog muy a menudo. Observo que en sus mesas interiores y en los veladores de la terraza acostumbran a aposentarse estos viajeros a quienes resulta fácil identificar por la cara exangüe, el gesto exánime, el flaco rostro, la concha peregrina coronando el cayado: son esos visitantes que se derrumban literalmente sobre la silla y atacan el vaso y el plato con un apetito especial. Han dejado atrás penalidades sin cuento desde Roncesvalles hacia Logroño y saben que les espera un calvario similar en cuanto abandonen Murrieta, apriete el sol y la fatiga se agudice.

Es probable que todos ellos den por bueno el sacrificio porque es probable que todos ellos supieran cabalmente a qué esfuerzos se abocaban cuando empezaron la travesía. Pero también es probable que, asumiendo lo que les esperaba, agradezcan un refrigerio amigo allá donde se detengan. Algunos otros hitos riojanos del Camino, como Santo Domingo, me parece que aprovechan mejor que Logroño el paso de este tipo de turistas ocasionales, viajeros de un día o poco más. Que lo aprovechan mejor en el mejor sentido: la oferta gastronómico-hostelera se perfecciona en mayor medida de lo observado en la capital, menudean los comercios alrededor de la catedral con esa clase de souvenires y memorabilia varia propias de un fenómeno cultural convertido en acontecimiento turístico-festivo. Lo cual tiene sus ventajas: a cambio de peregrinar a Santiago y obtener la recompensa en forma de credencial. te llevas también tu particular guía de bares de este trozo de España. Doble premio. Y si a tu paso florece un rosario de barras cuyos desayunos, almuerzos y bocados de toda condición también se ponen mirando a Galicia, creo que incluso al Apóstol le parecerá fetén.

 

 

P.D. Imaginación al poder. Imaginación al Camino. Hasta de sushi están llenos los caminos del Señor, que son inescrutables pero también humanos: algo habrá que comer y que trasegar, incluidas las acababas muestras de la gastronomía nipona.Así que bandeja en ristre quien pase por Logroño, Segovia o Valladolid (hitos del Camino de Madrid) puede ir zampando hasta Compostela las delicias de Sushicatessen, franquicia de comida japonesa presente en esas tres capitales. Maki va, maki viene, hasta el Obradoiro.

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Medio cubata, el regreso

Foto antigua de la pastelería/cafetería Iturbe, en la calle Vara de Rey de Logroño

 

Un comentario en este blog a propósito de una entrada anterior sobre la cafetería/pastelería Iturbe me hizo añorar el pasado aquel en que tomarse media consumición era un hábito frecuente. Media consumición: hoy lo cuentas y da risa. Pero en nuestra mocedad era moneda común. Y es pertinente la metáfora porque todo se reducía a eso, a las monedas. Mejor dicho, a su escasez. Como no menudeaban precisamente las pesetas en nuestros bolsillos, de modo que ni siquiera necesitábamos billeteras (puesto que carecíamos, en efecto, de billetes), el empresariado hispano disponía de ofertas ‘ad hoc’ (me encanta esta expresión) adaptadas en consecuencia a ese generalizado paisaje de austeridad.

De modo que en algún estanco o en ciertos puestos ambulantes era posible, mientras nos crecían las primeras espinillas, hacerse con cigarrillos por unidades. Fumar era un vicio, sí, pero sobre todo era un vicio caro: cualquier economía no se lo podía permitir. Desde luego, el paquete (con perdón) era propio de gente con posibles. Exigía cierta capacidad de ahorro lejos de nuestras posibilidades, así que o lo sisabas en casa o te hacías con los pitillos de uno en uno.

He ido olvidando dónde se despachaba esa mercancía, pero no me extrañaría que fuera en aquellos inolvidables recreativos donde nos iniciamos en pecaminosas costumbres: la nicotina, por supuesto, pero también el futbolín (emtonces, todavía sin mosca), la máquina flipper (que aprendimos a manipular para ganarnos una partida extra… salvo que apareciese la palabra maldita, tilt) o el rock and roll versión gramola. Una religión que me tuvo entre sus fieles allá en el Pleistoceno, usuario como tantos logroñeses hijos del colegio San José de los billares de Nico, en cuya máquina musical (también denominada juke box) si cierro hoy los ojos aún creo ver a ciertas chavalas colocando su disco favorito en su postura favorita: decúbito prono. Y yo ya me entiendo.

Ocurría otro tanto en el ámbito hostelero: que también la mercancía se ofrecía en formato minimal. A medida que uno empezaba a fumar, la edad exigía otros hábitos. Y uno de esos peajes reclamaba nuestra presencia en los primeros bares, de donde no era extraño que fuéramos desalojados en cuanto los mayores de ambos lados de la barra detectaban nuestra presencia y nos enseñaban majestuosamente la puerta: no, no éramos mayores de edad. Ni siquiera valía la pena enseñar el carné, del que tal vez incluso carecíamos: nuestra párvula jeta evitaba ese trance. Un trago que también había que franquear cuando tocaba ir al cine a una película vetada para menores de 18 años: más o menos como ahora. Así que a medida que avanzaba la pelusa en el bigote, se retiraba el acné y se nos ponía voz de tenor empezó a tener sentido echarle algo de morro, acodarse en la barra elegida y pedirse… un mosto. Cinco pesetas. Una limonada, un Cacaolat si eras muy moderno (y el dueño del bar comprendía de qué estabas hablando) o algún bebedizo tipo gaseosa o aquel invento llamado jariguay, palabra inolvidable: el alcohol estaba prohibido no sólo en los garitos, sino también en casa. Con alguna salvedad: aquellos peculiares bocadillos de vino con azúcar que formaron parte de la merienda para más de una generación de riojanitos.

Se entenderá que por lo tanto menudease entonces en nuestra vida la consumición partida por la mitad, que admitía dos versiones: o bien te pedías una entera y compartías tragos y tarifa con algún miembro de la cuadrilla o bien la reclamabas así. Media tónica con hielo, como me recordaba el amigo César Cantabrana abriendo sin quererlo el baúl de estos recuerdos. Eran, como bien rememora, los tiempos del Iturbe de Vara de Rey, cuando esa pócima costaba apenas 7 pesetas (que había que sudar para reunirlas, ojo); unos años más adelante, ese mismo brebaje encarecía su precio porque le añadíamos algo de alcohol (un golpe de ginebra Fockink, por ejemplo) puesto que empezábamos a afeitarnos y veíamos cercana la hora de hacer la mili. Sonaba la hora no tanto del cubata como del medio cubata, nuestro trago predilecto.

Quiere decirse que nos habíamos hecho mayores, más o menos. Lo cual significó en esta España mía, esta España nuestra, que nos volvimos locos. Por algún misterioso pasadizo entraba dinero que desmentía aquellos tiempos tan grises y nos lanzamos a esa piscina del consumismo donde aún chapoteamos. Donde pedirse como era norma un medio cubata no sólo parece una ordinariez, propia de gente pobretona y humilde, sino un anacronismo: para empezar, ningún camarero te entiende. Hice hace un par de años la prueba porque llevaba encima unas cuantas copas y sólo me apetecía media: en la barra de ese bar que no citaré aún se están riendo. Yo, sin embargo, pienso que esos días volverán y no será nada malo. Espero que signifique que hemos recobrado la cordura. Porque no creo que suponga que nos hemos metido en la máquina del tiempo y reaparecido en Iturbe, viendo a Cantabrana y pandilla ligar con las chicas de las Escolapias y la Enseñanza (o al menos intentarlo) mientras se toman ese combinado tan camp: media tónica con hielo y limón.

P.D. Gracias a esa entrada en torno a Iturbe, otro habitual lector, el querido logroñés Víctor Rubio, me informa desde Bilbao de la existencia de un Iturbe anterior al de Vara de Rey, que fue el primero que uno conoció. Se nota que es bastante mayor que yo porque se confiesa cliente de aquel local primigenio, ubicado en avenida de La Rioja, más o menos donde ahora se alza el Banco Santander. También ignoraba una especialidad salada de la casa, sus al parecer suculentos emparedados. Según cuenta, mejores que los de Cibeles. Cosa que me permito dudar.

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Bares de nuestros padres

Foto antigua de la terraza del Ibiza, obra de Tomás Asensio. Archivo Municipal de Logroño

Hace unos días, mientras asistía al parlamento con que Félix Revuelta agradecía el premio Mercurio, caí en la cuenta de que nuestra experiencia como clientes de los bares favoritos se nutre de varios caminos: por un lado, los bares que elegimos según se lleve esa temporada. Por otro lado, aquellos que nos resultan más cercanos a nuestro corazón, los bares adonde acudimos una y otra vez porque representan para nosotros algo más, algo más que bares. Y una tercera vía: los bares que fueron propios de nuestros padres, de donde nos fugábamos espantados porque nos olían a naftalina… y donde sin embargo acabamos desembocando por una pura cuestión biológica. Es decir, a medida que alcanzamos la edad que tenían nuestros padres cuando sus bares predilectos nos parecían demasiado viejunos. Camps. Carrozas, palabra que por cierto ha desaparecido de nuestro vocabulario.

En su discurso de agradecimiento, Revuelta recordaba ante los convocados por el Club de Marketing su propia trayectoria como logroñés. Incluía un emocionado recuerdo a su etapa de pinche en el estanco familiar, que todavía se aloja hoy frente a la fuente de Murrieta, repartiendo según las consignas paternas por los cercanos bares de la calle Laurel y aledaños aquella mercanía formada por cartones de Celtas. Aludía también el dueño de Naturhouse a cómo pasando el tiempo su familia adquirió un bar, que resultó ser un bar que luego me tuvo entre sus fieles, en una etapa supongo que posterior a cuando lo defendían los Revuelta. Se trataba del bar Texas, a cuya máquina flipper estuve enganchado en la adolescencia: sí, el mismo bar Texas ya desaparecido que formaba parte de un trío de locales, el Apolo y el superviviente Tizona, ubicados los tres en la manzana de avenida de Colón entre Jorge Vigón y Villamediana, un trío que ha aparecido ya aquí en otras entradas.

Asi que repasando mi propio ejemplo, reviso la historia de quienes nos precedieron trasegando infusiones, alcoholes y destilados por Logroño y recuerdo que cuando uno vestía pantalón corto (no pantaloneta, ojo) veía a sus progenitores y compañeros de quinta deambulando por La Granja y el Ibiza, o apoltronados en los veladores de La Rosaleda. También frecuentaban el Pachuca y el Ringo cercanos, por supuesto acudía al Milán y el San Remo, aquella clásica ruta, así como se dejaban caer por el Alevi de la Gran Vía, el Llacolén y Lucans de avenida de Portugal y ya de más mayores por el Duque, inolvidable pub ubicado en los bajos del hotel París, así como por el Mesón del Rey (hoy Casablanca) y el Doblón de Portales. El Robinson, Pat Garret y Mi Amigo fueron los garitos de la Zona favoritos de aquella generación, me parece, lo cual significaba que para sus hijos eran los tres que había que evitar a toda costa.

A la hora de disfutar de la cocina local, esos logroñeses que hoy disfrutan de la jubilación fueron devotos de Las Escalerillas y el Buenos Aires, claro, del Carabanchel y del Cachetero, del Iruña y Matute, porque en realidad tampoco había tanto donde elegir. Se habían iniciado en la afición que luego heredamos sus hijos en locales tipo Bolo Pin Club, Rango y otros que uno apenas llegó a conocer y, como el resto de la ciudad, a medida que Logroño crecía iban abandonando los viejos bares de la calle Mayor y alrededores para trepar hacia el ensanche nacido en torno a la Gran Vía y ocupar en consecuencia los bares que allí se fueron alojando, con una querencia común hacia el desaparecido Las Cañas (resucitado ahora como Wine Fandango) y alguna incursión en esos negocios que acarician una cuerda en el interior de cada cual: en mi caso, las expediciones a por el bocata de jamón del Rincón de Pepe de la calle Oviedo, el bar de las piscinas de Cantabria, también el de la Hïpica con su barra exterior… que merecerá una entrada propia un día de estos.

Muchos de ellos han periclitado, otros han mudado su fisonomía hasta quedar irreconocibles. Pero en los que resisten yo he acabado entrando alguna vez, salvando ese temor intangible que tanto respeto me imponía antes su entrada, porque era tanto como ingresar en el mundo adulto. En el mundo de los adultos de cuando yo era un crío o un mocete. Al Ibiza, por ejemplo, suelo peregrinar una mañana cada finales de julio según un rito personal cuya justificación no viene a cuento, pero que sirve para hermanarme con aquel tiempo en que lo frecuentaba de niño y convoco en consecuencia a mis propios fantasmas. Los mismos fantasmas particulares que me parece que invocaba el otro día Félix Revuelta cuando recibía el premio Mercurio, miraba hacia atrás y se veía de crío repartiendo tabaco por la calle Laurel. Cuando el mostrador del Texas seguro que le venía grande porque no era su bar aunque sí lo fuera: era el bar de sus padres.

P.D. Hay bares que se forman parte del itinerario sentimental de cada logroñés y hay otros, raros bares por escasos, donde coincidimos todos alguna vez: esos bares son de todos. Me parece que uno de ellos es el Moderno. Iban nuestos padres y también nuestros abuelos, fuimos luego nosotros quienes formamos parte de su clientela y tengo observado que las nuevas promociones mantienen la costumbre de acomodarse en su barra, hacerse fuertes en la terraza o aposentarse entre el maderamen del interior. Tal vez porque lo lleva en el nombre: el Moderno siempre es moderno.

 

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Miscelánea de tragos: Logroño, Madrid, Amberes

El verano empieza a perfumar nuestra vida y al igual que obramos en nuestros quehaceres cotidianos, cuando sacamos la ropa de temporada y retiramos la antigua, me ha parecido pertinente agrupar en esta entrada una serie de impresiones que por sí solas no justifican un artículo pero que sí lo merecen agrupadas bajo el concepto de miscelánea, con un toque esencialmente madrileño puesto que por el foro anduve hace unos días y traigo información más o menos fresca.

Así que mientras me cruzaba por Madrid con caballeros en pantaloneta, ninfas en short y mosqueteros con palo selfi intentando sacarte un ojo. Mientras regateaba perros cagando, perros solitarios, perros por parejas, perros en grupo, mierdas de perro, perros con bozal y perros sin bozal y hasta perros en bolsa (puesto que hacía calor y su dueña evitaba el consecuente sofoco). Mientras comprobaba que hay ciudades incluso en España donde (milagro) ¡¡¡los ciclistas no circulan por las aceras!!! tuve tiempo de hacer aquello que mejor se me da: irme de bares. Aquí va un apresurado resumen.

 

Madrid Eat

 

Madrid te come

Antes, en los años 80, Madrid te mataba y ahora te come, puesto que el bocado es tendencia y al grito de si los clientes no van a los bares, los bares irán a por sus clientes incluso en furgoneta, cada tercer fin de semana del mes se reúnen alrededor de la Torre Picasso una serie de locos con sus divertidos cacharros: a bordo viaja una mercancía hostelera que ya mereció aquí una entrada en exclusiva, una vez detectado que se trata de una corriente al alza. La experiencia es muy recomendable: perfecta organización, no demasiado barullo, oferta culinaria muy variada, tarifas sensatas (cinco euros un estupendo bocata calamarares, por ejemplo) y tragos de cualquier rincón del mundo a disposición del curioso. En junio concluyeron su ronda anual: Madrid Eat (que así se llamaba el invento: pronúnciese Madrit) vuelve después del verano.

Por San Quintín

De tienda de ultramarinos a bar trendy: San Quintín, en la madrileña calle Jorge Juan (cerca del célebre callejón), es una acabada muestra de ese tipo de garitos multifunción que han desembarcado en nuestras vidas como parroquianos. Lo mismo para el vermú que para la copa nocturna o el café de media tarde, el negocio (propiedad del mismo grupo que defiende con éxito otros locales como el Ten con Ten) dispensa estupendos bocados para el aperitivo, sirve también almuerzos desenfadados así en mesas bajas como en las altas que rodean la barra y mezcla en su carta con mucho desparpajo platos de la cocina italiana mezclados con la mejor tradición gastronómica… asturiana, cuya cúspide se llama (nada menos) pizza de pitu de caleya. Nada menos. Por cierto, dispone de una excelente carta de vinos. De vinos de Rioja. Y como es habitual en los Madriles, tiran la caña con mucho estilo.

 

Bar Cabrón, en Amberes. Foto de Miguel Martínez Nafarrate.

 

Bares de otros mundos

Por Flandes anduvo de bares el compañero de esta casa Miguel Martínez Nafarrate y de allí me trae este regalito, ganador hasta ahora de aquel pasatiempo convocado en este blog para premiar al bar con el nombre más raro. Raro por divertido. En este caso, raro y faltón. Ignoramos ambos las razones que movieron a sus dueños a bautizarle con semejante nomenclatura, pero ahí tiene el improbable lector un bar con mucha clase, alojado en Amberes. También ignoramos qué se pretendía con tal nombre: si apelar con semejante denominación a sus potenciales clientes o (tal vez) referirse al propio promotor del negocio.

Bares de este mundo

Vuelve el Perchas. Y se supone que sus orejitas, aunque habrá que aguardar hasta agosto para comprobarlo, porque será cuando el castizo local de la calle Laurel funcione otra vez. También será entonces cuando conozcamos si los nuevos dueños mantienen la fórmula mágica de rebozado que tanta fama le dio. Será también la hora de corroborar si preservan la decoración fetén y bizarra, incluyendo los banderines del Atlético de Madrid. Mientras tanto, los fanáticos de este bocado tienen una estupenda alternativa en la cercana Taberna de Baco: sus orejas no desmerecen las fenecidas (momentáneamente) del mentado Perchas.

 

Bar art decó

 

P.D. Pongamos que volvemos a Madrid. Lo aviso para quien quiera pasar un maravilloso rato deambulando por las salas de la Fundación March en la calle Castelló, que albergan hasta este domingo una inmejorable travesía alrededor del art decó, así que tiene que darse prisa.  Viene a cuento de este blog esta sugerencia porque entre las piezas se incluye la imagen situada sobre estas líneas: se titula ‘Bar en casa del señor Coste’ y se trata de una obra de Jean-Marie Rothschild: un breve apunte de lápiz, carboncillo, gouaché y barniz sobre papel donde observamos en efecto el atildado garito de que el citado Monsieur Coste disponía en su domicilio. Un bar para él solo, solito en su casita. Un capricho que merecerá una entrada en exclusiva atendiendo el consejo que me traslada una gentil dama, seguidora de este blog, sobre esos bares que ni siquiera exigen salir de casa.

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El cono de Logroño

La Veneciana de Marqués de Vallejo

 

Llegaba de veraneo mi abuela Emilia, dejaba las maletas en casa y nos conminaba: “Vamos a tomar un mantecado”. Esa palabra me encantaba: mantecado. Así denominaba mi abuela a los helados, a todos los helados, en aquel tiempo en que apenas se podía elegir entre dos o tres sabores: el de mantecado, en efecto, limón, chocolate… Poco más. De modo que peregrinábamos raudos hasta La Veneciana y por el camino nos íbamos preguntando qué clase de helados eran aquellos que para alguien como mi abuela, vecina de Barcelona nada menos, representaban el paraíso. ¿En Logroño se despachaban unos helados de los que carecía la llamada Ciudad Condal? La respuesta surgía espontánea mientras los saboreábamos: aunque fueran de Logroño, aquellos eran unos helados fetén. Inigualables.

Con el paso del tiempo, La Veneciana de Marqués de Vallejo se ha instalado en mi corazón por razones que ahora no vienen a cuento, pero es que en realidad siempre estuvo ahí, en la región donde habita la historia sentimental de quien esto escribe. Por sus helados, por supuesto, pero también por ese célebre luminoso de discreta elegancia, el más famoso cono de Logroño que sigue saludando al paseante cuando llega desde El Espolón y tropieza con mi vista ciudadana preferida, La Redonda al fondo. Ese rótulo, la acerca festoneada por los chicles que la clientela lanzaba al suelo para atacar el codiciado cucurucho de insuperable barquillo, el helado regalándose y embadurnándote mientras te lo zampabas… Todo esto pertenece al equipaje emocional de tantos y tantos logroñeses, educados en la religión única de La Veneciana hasta que llegó Isago a Vara de Rey: hasta que la propia casa matriz se desplegó por el resto de la ciudad, hasta este momento actual en que la devoción que algunos sentimos por ese bocado frío que nos sigue sabiendo a verano ya dispone en Logroño de otros destinos.

No serán lo mismo, claro. No serán los helados de nuestra infancia, aunque el día en que me pareció oportuno saludar la llegada del verano con una entrada dedicada al helado pensé antes si una heladería se puede considerar como un bar. Me contesté a mí mismo que sí: que tomarse un helado en La Veneciana o en cualquier otra heladería representa un ejercicio de sincera fe en el modelo hostelero, porque este sector de la alimentación en frío dispensa también otros productos (desde café a chocolate con churros, pasando por el granizado) y porque el helado, que solemos devorar mientras vamos caminando, también admite ser degustado en el interior de cada establecimiento.

Aunque no de todos, cierto: la tendencia actual, frente a lo habitual antaño, pasa por pedir el helado favorito, abonar la consumición y, luego de optar entre cucurucho o tarrina, irse con el bocado a otra parte. La heladería de siempre, por el contrario, garantizaba un ancho espacio en el local para la degustación calmada, lo cual ocurre aún en algún establecimiento de Logroño así como en esas heladerías que sobreviven lejos de nosotros. Porque el fino catador de helados habrá observado que tal cosa sucede en la monumental Giolitti, catedral del helado: ubicada en el corazón de Roma, junto al Panteón, despacha su oferta con ejemplar generosidad y la tarifa a precios por cierto muy ajustados. Otro tanto ocurre en la también muy antigua Nossi Bé, céntrica heladería bilbaína que lleva funcionando junto al puente del Arenal desde 1911, cuando se fundó como tostadero de café. Hoy ofrece cosas tan raras como helados de chipirón o de bacalao al pil pil, según la costumbre que han ido adoptando otros maestros como el calahorrano Sirvent (gloria a su destreza heladera) o el extraordinario maestro logroñés Fernando Sáenz Duarte, a quien debemos bocados tan sutiles como el helado de lías de vino blanco… Se me hace la boca agua. Agua helada…

Son sólo algunas de las referencias que regalo al improbable lector de estas líneas, con la advertencia reproducida arriba: que habrá mejores helados, pero que uno lleva en su corazón los de La Veneciana por fidelidad a su memoria y por lealtad a su ciudad, a la ciudad que recuerda de cuando era un crío, llegaba la abuela Emilia y nos invitaba al mejor mantecado del mundo.

 

Foto antigua de La Veneciana de Logroño

 

P.D. La familia Bez defiende La Veneciana desde que se implantara en Logroño (inicialmente, en la calle Portales) procedente de San Sebastián. Las historias que relataba el inolvidable abuelo Augusto emocionaban a todo quien le escuchara: eran relatos tan memorables como su arrojo, su audacia empresarial, su capacidad de sacrificio. En San Sebastián, la casa madre de La Veneciana sigue recibiendo a la clientela igual que por Logroño los descendientes de Augusto fueron luego desplegando su negocio por Gran Vía, Juan XXIII, Vara de Rey y, de nuevo, Portales. Es decir, donde todo empezó, hoy a cargo de la tercera generación. Su oferta se ha ido enriqueciendo con el paso del tiempo, de modo que supongo que cada logroñés tendrá su helado favorito. Por si alguien se lo pregunta, y también porque me apetece dejarlo por escrito, el mío fue, ha sido, es y será el de siempre: su inmejorable helado de café.

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