La Rioja
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Dos veces doble

Interior de la cervecería El Doble. Foto de la web Bacomanía

 

Algún corresponsal de este blog me sugería hace semanas, a partir de algún comentario sobre la pujante escena de bares que aloja la madrileña calle Ponzano, que le dedicara una entrada para glosarla en exclusiva. Así que con esa recomendación azotándome el hipotálamo regresé días atrás por la mencionada calle y alrededores, que forman una adictiva panoplia de locales. Una malla muy rica en diversas tipologías, lo cual añade un elevado interés a la trasiega por sus barras, puesto que el cliente tiene donde elegir: desde el garito de toda la vida a la anciana taberna; desde el bar a la madrileña en plan tasca, hasta lo último de lo último en gastrobares. Anote el improbable lector otros atractivos: por ejemplo, que a diferencia de otras zonas de Madrid tomadas por el turismo, lo cual genera alguna incomodidad por lo atestado de los bares y las exorbitantes hojas de precios, Ponzano tiene algo de isla. Un oasis. Bares para los indígenas: héte aquí un eslogan que resume el encanto de esta zona. Que además, y ese es otro aliciente, pilla muy a mano. En el corazón del foro.

Así que este blog se marcha de nuevo de excursión. Y se marcha de nuevo a Madrid. ¿De qué bares hablamos cuando hablamos de Ponzano? En realidad, de una baraja de ellos muy recomendables. Porque, como mencionaba arriba, su oferta es poliédrica y panorámica, lo cual garantiza alta actividad en dos horas puntas del día: la del aperitivo, que se despacha al estilo madrileño (esto es, vermú largo: dícese del que se prolonga hasta bien entrada… la tarde) y la nocturna. Esa franja que se edifica a partir de las ocho y aquí dura hasta la medianoche, cuando la marea humana (ojo: hablamos de auténticas muchedumbres) se disgrega en busca de prolongar la ingesta o de regreso al hogar. La calle central, la citada Ponzano, y las aledañas (Bretón, Espronceda, Alonso Cano) ofrecen durante esos dos tramos horarios (sobre todo, en fin de semana) un aspecto formidable, con algunos hitos que no renuncio a mencionar.

Por ejemplo, La Máquina, una de las franquicias de mayor rango capitalino, donde se ofrece un picoteo lejanamente inspirado en el recetario asturiano que convoca diariamente ante su barra a una multitud. Difícil hacerse un hueco. O La Malquerida, reluciente local también propicio para el tapeo, que obsequia como el resto de sus hermanos con la típica cazuelita de regalo tan propia de Madrid. Más referencias: Fide (con su estupenda batería de latas, esas suculentas conservas de lujo), la taberna de Alipio Ramos (inexcusable visita, aunque sólo esa por su espíritu tan bizarro) o Sala de Despiece, minúsculo establecimiento donde resulta habitual topar con el personal haciendo fila a sus puertas, deseando hacerse con alguna de sus golosinas.

 

Interior de El Doble, en la esquina de Ponzano con Abascal. Foto de Mahou

 

En esta relación de urgencia se deberá anotar también Casa Tino, Pinzano o La Parroquia, por citar unos cuantos casos más. Pero si debo confesar mi favorito, no tengo dudas: El Doble. Castiza cervecería que lo tiene todo para enamorarme, en su doble versión. Por que hay dos bares llamados El Doble en la misma calle. La más humilde en tamaño, hermana mayor por antigüedad de la breve familia de locales, es mi favorita: se aloja en la misma Ponzano, en el tramo cercano a Ríos Rosas, y encierra una saludable promesa de tragos reconfortantes y bocados cañís. Entre los primeros, como es natural en cualquier garito de la capital, la caña, extraordinariamente bien tirada por supuesto; entre los segundos, esos platillos de boquerones tan vinculados al imaginario hostelero-madrileño, ofrecidos entre una sinfonía de piezas de marisco tarifadas a precios contenidos.

Tantos los acreditados tragos como los bocados fetén se despachan además con ese tipo de profesionalidad tan cara a los bares de siempre: una magistral coreografía ejecutada por el equipo de camareros que barren todo el frente de barra sin inmutarse, allá penas si no cabe nadie más en el minúsculo pero encantador espacio: ellos nunca se alteran. Un monumento a la eficacia. Con una mano sirven, con otra recogen y con su sexto sentido te allegan la tapa cortesía de la casa, mientras ejecutan tan sabia representación de su oficio (que antes no era tan rara) sin una mala cara. Sin un error mientras facturan la cuenta ni equivocarse con las vueltas. Y sin tomarse jamás esa confianzas muy propias por el contrario entre tantos y tantos presuntos colegas de profesión. Que algo deberían aprender en esta universidad llamada El Doble.

Cuya hermana pequeña se ubica un par de manzanas más allá, esquina con Abascal. Es un local más amplio, que allega otra diferencia: mientras El Doble primitivo decora sus muros con imágenes de tipología taurina, en este otro local (como el anterior, invadido de suyo por una clientela tan fiel como festiva) domina ese tipo de decoración que a uno tanto le cautiva. Ergo, fotos. Fotos, fotos y más fotos del dueño del establecimiento y sus camareros con famosos de todo pelo, categoría donde militan desde esos cantantes que mejor harían en cerrar algún día su boca hasta esas caras que tanto nos suenan pero no sabemos identificar, pasando por futbolistas ya superados sus días de gloria y actores tipo Jimmy Barnatán, que parecen haber nacido para hacerse fotos por los bares de Madrid.

De modo que, como se deduce, ambas versiones de El Doble y resto de cofrades en la hermandad de Ponzano y su entorno lo tienen todo para seducir al cliente más exigente. Hasta el punto de que algún vecino se confiesa alarmado ante el proceso de gentrificación que vive el barrio, fruto del éxito que le distingue como zona de ocio. Pero es un ocio tranquilo, muy llevadero. Dominado por la clase de éxito que ejerce como imán para quienes tengan en este tipo de pasatiempo (ir de bares) su entretenimiento predilecto. Hasta que una nueva tendencia llegue a la ciudad y se lleve a los curiosos hacia otras calles y otros bares. Cuando eso suceda, en ésta o en la siguiente glaciación, tenga usted la seguridad de que algunos locales perecerán pero que entre ellos no estará El Doble. Que resistirá, porque es un bar de los de antes. Un clásico. Y lo clásico, ya se sabe: es aquello que nunca se pasa de moda.

P.D. Apunto a continuación un enlace a otro blog donde se relata la biografía de El Doble y animo a quienes estén interesados a no limitar sus paseos por Ponzano a las rondas de vinos o cañas con el siguiente aviso: aquí también se desperdigan unas estupendas casas de comidas. Donde se come por cierto muy bien, a tarifas comedidas, con esa misma peculiaridad arriba mentada: que hay ofertas para todos los gustos. Desde lo muy pijo a lo más cañí. Con referencias autóctonas y presencia de cocinas de otros mundos. Por ejemplo, Italia. Representada en la calle Ríos Rosas esquina a Modesto Lafuente por Mercato Italiano, negocio que es un poco de todo: tienda de barrio, cafetería, charcutería, quesería y embajada oficiosa del país de Raffaella Carrà, donde también se puede degustar sentado algunos de esos platos que elaboran para llevar a casa. Con el aliciente de que si coincides con uno de sus habituales, Carlos Boyero, puedes criticar con él la última película de Almodóvar mientras te zampas una ración de mortadela de Bolonia.

 

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‘El bar’

Cartel de la película 'El bar'

 

Puesto que su hermano mayor vive en Logroño, hace algún tiempo no era tan raro tropezarte con Alex de la Iglesia por estas calles pobladas de bares tan parecidos al que protagoniza su peli así titulada: ‘El bar’. Con el paso del tiempo, ocurre que o bien su visita ya no es tan habitual o es que tal vez no coincidimos como aquella mañana de Navidad en que guardamos paciente fila en la tienda donde cada uno protestaba por la mala vida que nos daban nuestros respectivos Macs. Donde por cierto recibimos esa clase de trato que justifica que al menos quien esto escribe se cambiara de ordenador y que la citada tienda desapareciese pronto de nuestra vista. Ignoro si también el director de ‘El bar’ desertó de Steve Jobs: las noticias que llegan de él no descienden a estos detalles. Se limitan a confirmar su éxito en el mundo del cine, sus cuitas como director de la Academia ya superadas y su ejemplar habilidad para convertir cada entrega de su filmografía en un capítulo donde indaga sobre eso tan raro que llamamos España. Eso tan raro llamado nosotros.

España en sus bares: acodado en la barra, el pie en el estribo, De la Iglesia jugueteaba tal vez con el mondadientes por entre las comisuras de los labios mientras cavilaba sobre su penúltimo artefacto como quien va encajando piezas en ese rompecabezas nacional y se pregunta cómo se construye el imaginario que nos rodea, siempre tan cañí. Y concluye: se construye en el bar. Ese tipo de espacio donde cada cual saca lo peor de sí mismo, el ruido ambiente todo lo contamina y la redención tantas veces resulta imposible: sí, el bar. Por supuesto. El bar como metáfora de España. Ojo: no cualquier bar. No: para reflexionar sobre ese españolito que viene al mundo para que le hielen el corazón, De la Iglesia elige el bar de-toda-la-vida. Serrín en el suelo, cabezas de gambas al pie de las mesas de formica, taburetes vintage y camareros con mucha mili en el mandil, que cada mañana procuran preservar intacto ese universo tan caro a toda una generación de ciudadanos que encuentran entre sus paredes lo que resulta tan difícil de hallar fuera de España, con la señalada excepción de algunos garitos italianos según mi pobre experiencia. Es decir, el bar como complemento del hogar familiar, donde sin embargo podemos comportarnos con esa clase de libertad que nos niega el propio domicilio.

Dicen que De la Iglesia quería rodar su peli en el totémico Palentino de la madrileña calle del Pez: ese tipo de bar que ya empieza a no existir. El bar que todavía resiste en algunos recodos de nuestras ciudades, Logroño incluida. Ese bar que todos llevamos dentro, donde todavía se tarifan las viandas y tragos a precios anteriores a la fiebre del euro. Pero los dueños del Palen se negaron a dejarse invadir por la cofradía del cine y las pantallas del país se vieron colonizadas por una especie de clon de ese Palentino que, en efecto, también media España lleva dentro. Lo cual parece una metáfora pertinente del cine como fábrica de sueños y también como una vigorosa confirmación de que algunos caballeros patrios no se dejan avasallar por la fama sobrevenida de este tiempo tan vertiginoso: que inventen ellos, vino a decir el dueño del Palentino.

Así que De la Iglesia y compañía se inventaron, en efecto, su clon del Palen, lo poblaron de esas mismas criaturas que usted y yo hemos visto en nuestra andanzas como parroquianos (el camarero fetén, el cliente insoportable, el parroquiano rarito que lleva anidando en el mismo rincón tanto tiempo como la botella de Fundador que envejece en la vitrina) y convirtieron (de nuevo) al bar en protagonista: porque eso ocurre también en este película, que acabo de despachar desde el deuvedé familiar. Que el auténtico protagonista, el primer actor es el propio bar.

Alguna vez se ha hecho recuento en este blog de tantos bares legados por el cine. Eran por supuesto estupendos los del Lejano Oeste, con el pianista a punto de ser abatido en cada secuencia. Donde se perpetraban aquellos insuperables diálogos a lo ‘Johnny Guitar’ (“Miénteme, dime que siempre me has querido”) o nos mondábamos de risa cuando Alan Ladd se pedía en ‘Raíces profundas’… un vaso de leche. Maravillosos garitos también los del cine negro, tragos rápidos y furtivos bien ahumados por la nicotina que exhalaba de sus labios alguna mujer fatal (Rita Hayworth en ‘Gilda’, Ava Gardner en ‘Fugitivos’, Gene Tierney en ‘Laura’, Gloria Grahame en ‘Sobornados’) e inolvidable mi garito predilecto, el bar de Rick en la mil veces vista Casablanca: ese bar donde todos nos escandalizamos cuando el inolvidable Claude Rains se encarnaba en el capitán Renault y descubría que allí, horror, se jugaba a las cartas. En todas esas cintas, en realidad, el bar nunca juega un papel secundario; al contrario, a su alrededor se moviliza la trama, se activan los personajes y crece la película hasta convencernos de la verdad: que nuestra experiencia como espectadores aspira a traspasar la pantalla y acodarnos en esa barra tan prometedora. O sentarnos en sus veladores. Ver la vida pasar desde esos bares que desde luego son de película.

Yo creo que demasiadas veces, cuando ingresamos en alguno de nuestros locales favoritos o visitamos alguno nuevo, nuestro subconsciente (o nuestros corazones) aspiran a tropezarse con uno de esos bares. Un bar de cine, donde confraternizar con la parroquia como si fuéramos estrellas de Hollywood (o de Cinecittà), los camareros fueran tan interesantes como el Tío Pío de ‘Gilda’ y su atmósfera tan inigualable como la del bar de Rick: bares donde te entren por ejemplo ganas de cantar ‘La Marsellesa’ ante un jerarca nazi aunque no te hayas tomado ni un vino.

Así que sólo puedo felicitar al señor De La Iglesia: aunque le pongo algunos peros a su peli, mi enhorabuena. Ha logrado edificar en las diversas pantallas ese bar que todos llevamos dentro.

Y ojalá que los sucesores de Mr. Jobs le hayan arreglado su Mac.

P.D. El bar desde donde emite la emisora de Alex de la Iglesia en su penúltima cinta será de mentirijillas, pero desde luego existe. Aunque ahora se bate en retroceso, se trata de una tipología fetén, que debería preservar la UNESCO. Y es un bar muy madrileño, desde donde contribuye a configurar una proteica paleta de garitos propios del foro con otros dos linajes que también han conocido mejores días. La taberna de toda la vida (larga vida a La Venencia y su inmarcesible tiza) y el café, del que restan algunos fedatarios. El Gijón, por supuesto, y el renacido Comercial: lo visité en una excursión reciente y fue un placer ahuyentar sombríos fantasmas. La nueva dirección le ha lavado la cara pero mantiene la decoración conspicua, tan querida. Su espíritu permanecerá mientras la parroquia de guardia mantenga la saludable costumbre de acodarse en su barra o entablar tertulia en sus mesas. Allí por cierto nos observa una foto de Rafael Azcona: honor a los lares tutelares.

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A la rica tapa

Ganadora del mejor pincho de la edición 2016. Foto de Juan Marín

 

Por obra y gracia de una gentil mano amiga, el año pasado fui pastoreado por unos cuantos rincones de esta tierra a la caza y captura del unicornio azul: esto es, la mejor tapa de La Rioja. La organización que impulsa El Rioja y los 5 sentidos pensó en quien esto firma como improbable jurado de la edición 2016, lo cual me resultó gratificante por varias razones, que enumero según me vienen al magín (también llamado caletre o cacumen). Porque me sirvió para integrarme en un contingente de expedicionarios tipo los que reclutó Shackleton para hollar la Antártida… Bueno, tal vez exagero. Lo cierto es que la amigable compañía de esos caballeros procuró un par de sábados bien divertidos, catando los mejores frutos de unos cuantos bares desperdigados por la geografía regional.

La experiencia me ayudó a conocer unas cuantas barras alejadas de Logroño, que piso muy de vez en cuando. Me llamó la atención la alta profesionalidad de varias de ellas, cuyas cocinas albergan inspiradas manos que despachan unas estupendas golosinas que no citaré: está feo eso de ir señalando, según nos adiestraron nuestros mayores. Tercer momento cumbre de aquel peregrinaje de bar en bar, cata que te cata. Que la organización pensó que quien esto firma bien podría pergeñar unas líneas para que, con ocasión de la final celebrada en Riojafórum, se tributara un merecido tributo al gran Sebas del bar homónimo, cometido que cumplí con celebrado agradecimiento por parte de los destinatatios del homenaje (es decir, Sebas y familia), aunque en realidad la gratitud es mía, como ya consigné en su día en este mismo espacio.

Si vuelvo hoy sobre mis pasos es porque el calendario obliga: el día 12, este viernes, se acaba el plazo para que quienes lo deseen prueben suerte en la edición 2018. Debo advertir que además de lo arriba citado, también regresé satisfecho de la experiencia porque la organización se tomó el asunto con elevadísima profesionalidad. Me maravilló su pericia adiestrando a los miembros del tribunal, la claridad expositiva que emana de Mikel Zeberio, ideológo de esta cosa de las tapas, y la perfecta sincronía con que todos fuimos ejecutando nuestros movimientos según un guión que dispone incluso de preboceto: en los días previos a que se cierre la inscripción, unos cuantos sherpas se diseminan por los bares patrios observando su desempeño y animando a aquellos que creen más dotados para esto de la tapa a que se apunten y prueben fortuna.

En este cometido se procura de paso que la representación del sector sea geográficamente homogénea. Quiere decirse que entre los inscritos haya por supuesto bares de Logroño, pero también se presenten de La Rioja interior. Que las cabeceras de comarca cuenten con sus propios embajadores y que, en el caso de la capital, en las candidaturas no sólo se postulen esos bares que usted y yo conocemos, sino aquellos otros que se desempeñan con espíritu de superación y olfato culinario y tal vez por alojarse en la periferia se arriesgan a pasar desapercibidos. Así sucedió el año pasado y así supongo (y espero) que suceda éste: que la suerte, como en la lotería navideña, esté repartida…

A lo cual sin embargo no ayuda ese perfil conformista que también usted y yo hemos notado en amplias capas de la hostelería regional. Que parecen demasiado cómodas abandonadas al sota, caballo y rey. Y que además no parecen muy animadas a competir entre sí, por aquello de que si no ganas se te queda la célebra cara de tonto. Lo cual puede resultar comprensible, pero hasta cierto punto: si todo el mundo hiciera lo mismo, España no acudiría al Mundial de fútbol, no vaya a ser que la eliminen. Otra tragedia semejante: también nos quedaríamos sin Eurovisión

Lo cierto es que, si algún improbable y potencial candidato lee estas líneas y acaba por animarse, a mí me parece que no se arrepentirá. Más allá de que el jurado acabe por incluirlo entre quienes pasan a la final y al margen de que luego consiga o no convencer al docto tribunal que se dará cita el 24 de febrero en Riojafórum, formado ya exclusivamente por profesionales de la cocina, y sea por lo tanto merecedor de algún premio, sólo por inscribirse ya detectará unas cuantas ventajas. Su candidatura le permitirá explorar su recetario y mejorarlo… Observar lo que sucede a su alrededor dentro de su gremio, que siempre se aprende algo… Conocer la opinión de los miembros del jurado cuando les visitemos, que en algo también contribuirá a perfeccionar su trabajo… Son unos beneficios intangibles, que se resumen en el célebre dicho: renovarse o… Puntos suspensivos. Que cualquier interesado puede rellenar a golpe de ingenio, buena mano para la cocina, mejor ojo para la presentación y ese toque final que mejora cualquier cosa salida de cualquier fogón. Simpatía. El golpe mágico que asegura un buen servicio y garantiza las mejores tapas.

P. D. El ganador del año pasado de este mismo certamen fue un pincho que no figuraba entre los que cató el grupo de jurados donde me integré. Se trata de la tapa ‘Oído cocina‘, del bar Letras de Laurel, a cuya responsable, Lucía Grávalos, se le debieron llenar ese día los oídos, precisamente, de elogios, puesto que el tribunal que le concedió el galardón se prodigó en alabanzas con tanto entusiasmo que me apresuré a citarme ante su barra y reclamar ese bocado. Que es, como se ha podido adivinar y habrán podido degustar los interesados, una oreja. Una oreja en su salsa, con su laurel y su perfume a guindilla. Delicioso. Doy fe. Aunque en materia de orejas, siempre nos quedará el Perchas. El antiguo y el actual. Por no citar las de Taberna de Baco… Si alguien sabe de alguna más, soy todo oídos.

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Los contertulios

Vista de La Granja. Foto de Jalón Ángel (Archivo Casa de la ImagenI

 

En aquel tiempo ancestral los niños observábamos a nuestros padres a una distancia prudente, siguiendo el viejo mandato: no molestar. No importunar a los mayores, a quienes uno se acostumbró a ver de lejos en aquella cafetería La Granja que durante años ejerció como una prolongación del hogar familiar. Te sentaban en el sofacito bajo la escalera, te obsequiaban como mucho con un vaso de agua del grifo y ejercías de actor sin frase en la película que sólo protagonizaban ellos, los adultos. Ellos y nosotros éramos planetas aislados cuyas órbitas sólo de vez en cuando se rozaban entre sí. Los mayores también formaban su propia órbita, la construida en torno a la tertulia orquestada con sus afines, planetas de sí mismos: de la tertulia vecina podía desprenderse cierta mañana algún miembro que se encontraba de repente huérfano de compañía y buscaba algo de calor entre los semiextraños. Tertulias casi siempre multitudinarias: yo localizaba entre aquel barullo de ternos y corbatas, risotadas y chocar de cucharillas en las tacitas de café a mi padre como una sombra fugaz, subsumido entre la piña formada por el resto de contertulios y sentía una punzada de envidia. De mayor quería ser como ellos.

¿Y cómo eran ellos en aquella interminable tertulia que fue Logroño durante largos años? Lo antedicho. Señores pulcramente aseados y vestidos, la barba rasurada (salvo en el caso de aquel militar célebre o del médico apodado así, El Barbas), que procuraban arreglar el mundo cada día para comprobar al filo de la medianoche que su propósito había sido en vano. También algún grupo de mujeres, damas de distinguida indumentaria compartiendo risas o atacando en solitario el cafelito. Pero sobre todo hombres. Hombres sentados en las mesitas del fondo, convertidas en paso de paloma según los dictados del camarero Santos y del jefe de todo aquello, Dámaso, vigía sutil desde la máquina de café. Más hombres con el pie en el estribo de la barra, el pañuelo asomando por el bolsillo de la americana, que se dejaban limpiar los zapatos mientras se pedían una de gambas, hábito al que mi padre fue sin embargo siempre refractario y esa herencia me dejó: no permitir que nadie te lustre jamás el calzado.

Aquella tertulia de La Granja fue perdiendo integrantes por razones de pura biología, que tiene cosas que la razón no entiende. Del primitivo grupo se quedaron sólo unos pocos contertulios, embargados por esa clase de tristeza que se alcanza cuando sabes lo que antes ignorabas: que la vida es una enfermedad mortal. Sólo quedaban ya junto a mi padre el relojero Barrios, Antonio (el del Ayuntamiento) y el legendario Julio, cuya estatura alcanzaba para mí la aureola de un Matías Prats (senior), por la sencilla razón de que lo escuchaba de buena mañana hablando cada día desde el micrófono de Radio Rioja: como trabajaba en Obras Públicas, se encargaba del parte de carreteras. Yo los seguí viendo luego ya de adolescente tomando la misma distancia, la larga distancia. Me asombraba su tenacidad para sostener la costumbre de acodarse en aquella hermosa barra curvilínea manteniéndose fieles a unas pocas máximas, pero de imprescindible cumplimiento: por ejemplo, nunca quedaban con antelación. No existía la cita previa: cada cual se dejaba caer más o menos a la misma hora, de modo que todos ellos se agrupaban con la misma naturalidad y elegancia de los trozos de glaciar cuando se desprenden de la roca madre y vagan por la mar océana hasta dar con otro de los suyos.

Otra máxima era el silencio. Podían estar durante un largo rato cuchicheando, otras veces alzaban algo la voz o reían alguna ocurrencia del vecino, pero la mayor parte del tiempo la dedicaban a contemplar mudos la vida a través de los enormes ventanales que daban a la calle Sagasta. Vieron desaparecer a la plantilla clásica de camareros, dijeron adiós a la gallarda decoración icónica y se despidieron también de los miembros más veteranos de las otras tertulias, que en consecuencia dejaron de orbitar a su alrededor. Se transformaron sin saberlo en numantinos: resistían como (casi) los últimos logroñeses adictos al rito inmemorial de la confidencia ritual o el cotilleo repentino. Al hábito de jugarse la consumición a los chinos (o los dados). A la tendencia matinal de abandonarse a la conversación en principio intrascendente donde sin embargo anidaba a menudo la auténtica sustancia de los días.

Yo ignoraba todo esto, por supuesto, aunque algo intuía. Desde entonces mantengo un respecto secular hacia las tertulias en los bares y también a sus integrantes. Supongo que fue la clase de enseñanza que adquirí por el método que garantiza la perfección en el arte del adiestramiento: que lo entendieras por tu cuenta. Solito. Sin lecciones ni sermones. No se necesitaba a ningún maestro para concluir que la regla básica era sencilla: abrir muy bien los ojos y los oídos. Porque ahí se encerraba el misterio de la vida, que por entonces aún me parecía interminable.

No lo era. Este otoño se llevó a Antonio, el último miembro de aquella tertulia paterna. Mi padre fue el primero en caer, hace ahora veinticinco años: repaso la cifra y todavía me asombro. Porque aunque La Granja ha vivido mejores tiempos y su actual aspecto clausurado invita a la depresión, yo todavía sigo pasando por su puerta y siento su presencia fantasmal acompañando mis pasos logroñeses. Aún veo también a sus compañeros de tertulia, que militaban en una categoría distinta a la de amigo: ninguno lo era. No, no eran amigos. Eran otra cosa, más sutil y profunda. Camaradas. Compañeros de viaje. Así que terminada la cháchara mañanera, cada cual se iba por donde había venido, lo cual quedaba confirmado en cuanto veías al relojero Barrios haciendo de nuevo guardia ante su tienda de Portales, sardónico centinela de la calle, una de las personas más divertidas que he conocido. También él se fue, como Julio, cuya voz dejé de atender en Radio Rioja alertando de no sé qué peligro acechando en la carretera hacia Navajún por Valdemadera.

Hoy, una preciosa foto de Jalón Ángel retratando aquel bar tal y como lo conocí, tal y como lo recuerdo en estas ensoñaciones, me invita a contener algún sollozo por tanta y tanta pérdida. Por la de quienes nos precedieron en este valle de lágrimas y por la pérdida de esa antigua ceremonia de la tertulia, que apenas se practica ya entre nosotros. En esa foto, que se exhibe estos días en el Ayuntamiento cortesía de la Casa de la Imagen, La Granja es una presencia no menos fantasmal que la fantasmal presencia de quienes la habitaron: iluminada por una luz que haría feliz a Hopper, enfocada desde Hermanos Moroy, la elegante rotulación invita a ingresar en ese acogedor vientre tan rico en líquido amniótico donde aguarda la promesa de un Logroño mejor. Donde Santos te despacharía el cruasán que tú no sabías que querías pedir y Dámaso vigilaría desde la máquina del café como el timonel de una fragata. Donde los caballeros se darían codazos entre risas mientras lanzaban sus alegatos al aire repleto de humo, fumando con la distinguida parsimonia que sólo algún logroñés castizo preserva y arreglando cada mañana lo que al día siguiente se volvería a estropear, mientras jugaban a los chinos (o a los dados) en silencio.

Mientras la vida iba y venía alrededor de nuestro pequeño mundo.

P. D. Tal vez la tertulia murió cuando murió la tipología de cafés que las cobijaban. Carentes de locales estilo La Granja, los logroñeses se resignaron a deambular en busca de la tertulia perdida y sólo hallada, según mi recuento, en dos bares: el Ibiza, donde al fondo puede tropezar la clientela cada mañana con un grupito de veteranos en el arte de hablar por los codos, y el Carlton, cuya tertulia alguna vez ha aparecido también por aquí. Donde acaba de causar baja otro de sus miembros, Félix Pedrosa, logroñés de esa misma estirpe. El linaje de logroñeses caballerosos y elegantes que nos dejan el listón casi insuperable a sus sucesores.

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El vino tenía un precio (III)

Listado antiguo de precios de bodegas La Rioja Alta

 

El improbable lector tal vez recuerde un par de entregas recientes en este espacio que compartimos en el éter dedicadas a cavilar sobre qué (diantres) ocurre con el precio del vino. Por qué se tarifa una copa del mismo néctar a cotizaciones distintas en función de extraños sucesos paranormales cuya explicación a veces no satisface en demasía nuestras expectativas y genera incluso más y más dudas. Se trataba de una reflexión coral, que se benefició de las aportaciones nacidas al otro lado de la pantalla, alguna de las cuales llevaban la firma de Fernando Bóbeda, periodista y bloguero de fértil e interesante producción en un ámbito de coincidentes querencias: el mundo del vino. A su magisterio debo todas estas indicaciones adicionales que me ha hecho llegar, apuntando hacia el fondo del asunto: cuándo se jodió todo.

Es decir, cuándo empezamos a notar las bruscas oscilaciones en el precio que ahora tanto nos alarman. Fernando opina cuanto sigue: “Creo que el chiquitero es una raza a extinguir, al menos como nuestros padres la han conocido. Y más en el ‘territorio comanche’ de la calle Laurel, que es en lo que se ha convertido la que fue durante generaciones senda del alterne y las relaciones sociales”. Disparo inicial, al que añade otra observación: “El alternador de todo los días no interesa”. Se refiere al detonante de aquella primera entrada que dediqué en su día a glosar los avatares del precio del vino: “Esas cuadrillas que hace cuarenta años simularon una huelga porque habían subido el precio del vaso de 10 a 15 pesetas son carne de cañón para los nuevos propietarios, que no taberneros en su mayoría, de la Laurel”. Aunque ojo: Bóbeda juzga “legítimo” este tipo de estrategias hosteleras de nuevo cuño, “porque no deja de ser un negocio, pero triste”. Luego se pone melancólico: “Los tiempos en los que ibas con tu padre y su cuadrilla se han terminado. Allí veías, oías y callabas. Y si te daban permiso, echabas un trago. Siempre vino del año, por supuesto. Y de calzarte un pincho, ni hablar”.

Como se ve, el arriba firmante tampoco es inmune al efecto de la caída de hojas del calendario. Lo cual no le resta apetito investigador: resulta que por su cuenta ha ido recopilando una serie de facturas fruto de sus andanzas en pos del buen vino y mejor yantar por las barras de Logroño y alrededores. Alrededores en sentido amplio: incluyen desde San Sebastián a Salou, capital riojana para el exilio vacacional, próxima como sabemos a independizarse. Cuyo resultado resumo a continuación. Una jugosa propuesta que admite toda clase de lecturas: empezando por Salou, donde un par de tiques demuestran que incluso han adoptado por tierras tarraconenses la política logroñesa en materia de tarifas… Por el contrario, las facturas recopiladas a orillas de la Concha confirman lo apuntado. Que por regla general, y habrá excepciones para todos los paladares y retrogustos, en San Sebastián se tarifa el vino de Rioja más comedidamente.

Ahí va algún ejemplo. Anota en sus paseos chiquiteadores crianzas por 1,80 euros, aunque la mayoría se coloca en el entorno de los dos euros y apenas en un ejemplo se añade veinte céntimos más… Por el contrario, en sus andanzas por los queridos bares del Logroño castizo sólo en un caso le cobran el crianza por debajo de esa frontera de los dos euros. Y el vino joven observa fluctuaciones análogas por desconcertantes: la horquilla se sitúa entre el euro más 40 céntimos de su tope más alto, hasta los 80 céntimos de su cotización más conservadora. Vinos distintos, precios distintos… Tal vez porque también los bares son distintos.

Ahí es donde probablemente reside la almendra de este relato: que el mismo vino no puede costar el mismo precio porque ningún bar es lo mismo. Todos son diferentes. En el precio que cobran se añaden otros elementos que agregan valor. Algunos son casi intangibles, como la profesionalidad en el servicio, la atención a la clientela, el esmerado trato que reciben los miembros de su bodega, más valiosa cuanto más abundante… Uno supone que el estocaje inherente a esta política de respetuoso tratamiento del vino también tendrá su reflejo en la hoja de precios. Otros factores conspiran también para que las tarifas se alteren nerviosamente. Por ejemplo, la copa donde se arroja tan preciada ambrosía. Porque hay copas y copas: algunas, hermosas copas. De cristal transparente y delicado, limpiado obsesivamente, o ese otro material con que tropezamos tantas veces, que ha olvidado ya la última vez en que sus dueños recurrieron al Mistol o al Fairy. Ocurre que, como advierte Bóbeda aprovechando que le concedo de nuevo la palabra, “la profesionalidad del camarero es fundamental, pero cuántos profesionales hay detrás de las barras de la calle Laurel”. Se responde en términos muy pesasoros: “Con los dedos de la mano podríamos contarlos”. Y registra lo siguiente: “Descorchan una botella, no la mueven si se les pide un crianza genérico y se les muere sin terminarla. Y si intentas devolver un vino oxidado/aquinado/acorchado en Laurel… Habemus problema”.

Arrojados los dados sobre el tapete, quien se anime a participar en esta discusión civilizada como corresponde a los enamorados del Rioja, ya sabe: ésta es su casa. Sólo se pide respeto por la opinión contraria y argumentos (que no ocurrencias) para defender los postulados propios. Ahí va uno por si sirve de algo: según una experiencia reciente que me allegaba un caballero logroñés, las tendencias en consumo, así en ropa como en delicias gastronómicas, apuestan por los extremos. Esto es, que tendrán más éxito los vinos en nuestros bares cuanto más caros (por paradójico que suene) o cuanto más baratos. Una tesis que demuestra, amigos, que también en este sector la clase media tiene difícil llegar a fin de mes. Y que, como refleja la tarifa de precios que ilustra estas líneas (cortesía de La Rioja Alta), cualquier tiempo pasado fue anterior.

P. D. Entre su generosa aportación a este debate, con la común idea de arrojar alguna luz que permita hallar alguna esperanza al final de tan delicada controversia, Fernando Bóbeda incluye una interesante entrada que firmó en su blog hace un par de años. Una comparativa entre precios del vino a nivel logroñés, donostiarra y bordelés. De donde se desprende una pregunta que lanza al cielo en estos términos: “¿Por qué los riojanos vendemos tan mal lo nuestro y los que nos rodean tan bien?”. Cuestión sobre la que, por cierto, se interrogaba en parecidos términos no hace tanto el conocido (y multiestrellado) cocinero Dabiz Muñoz. Que entre encendidos elogios a un blanco de Rioja, un inmarcesible Tondonia, dudaba de que los vinos de la DOC acierten tarifándose a niveles tan bajos en el mercado internacional. Opinión con la que, por cierto, simpatizo.

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Una oportunidad para La Granja

Foto del antiguo La Granja, de Justo Rodríguez

 

Con este título encabecé hace unos días un artículo publicado en Diario LA RIOJA, para compartir con el improbable lector mi esperanza de que un local tan querido se dote de una posibilidad de supervivencia ahora que acaba de ver clausuradas sus puertas. Para quienes no lo leyeron, lo lanzó por este conducto hacia el éter. Decía así.

En los últimos años, unos cuantos bares históricos del corazón logroñés han reabierto sus puertas luego de delicadas operaciones quirúrgicas. Ocurrió con el Tívoli de la esquina entre Bretón y Gallarza; fue también el caso de la antigua cafetería Las Cañas, alojada en los bajos de lo que fue Gran Hotel, hoy resucitada como Wine Fandango; y hace ahora un año el Ibiza del Espolón reapareció también con gran éxito. No ha sido lastimosamente el caso de La Granja, el legendario café de la calle Sagasta, que acaba de clausurar una etapa fallida después de su intento de reconvertirse en bar de copas, modalidad ‘low cost’. Bajo la denominación de ‘Copas Rotas’, el veterano establecimiento (próximo a cumplir un siglo de actividad) volvió a la vida hace cuatro años, una experiencia recién truncada: sus clausurados ventanales con vistas al Logroño castizo aguardan hoy una mano amiga que le devuelva el pulso.

Así lo esperan los clientes conspicuos, que fueron declinando con el paso del tiempo, una vez que su transformación en bar de copas, apuntando hacia la parroquia propia de la noche, no alcanzó el acierto deseado. Y así lo esperan también los comerciantes de alrededor y vecinos del barrio, que se enteraron del cierre abruptamente. Por sorpresa, una mañana de hace un par de semanas lo vieron cerrado. Y cerrado sigue, sin ninguna señal visible en su exterior que permita confiar en la posibilidad de su reapertura.

Se trata de una opción que ha cobrado fuerza por su entorno: la resurrección de La Granja bajo un proyecto renovado que pilotaría un prestigioso grupo de la hostelería local. De momento, sólo una ilusión. Que choca contra la auténtica realidad: las puertas clausuradas y los sueños rotos de sus hasta ahora responsables. Que hace cuatro años, cuando ponían en marcha su negocio, recordaban su apuesta por un nuevo concepto de bar franquiciado, donde todo cuesta mayoritariamente un euro. Antes que en Logroño, la idea de este bar de bajo costo se había implantado en Madrid, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Baleares, Galicia y Navarra. Según sus promotores, el bar nacía con un espíritu condensado en una frase con pinta de eslogan: que la calidad no está reñida «para nada» con los precios. Su propuesta hostelera aspiraba a abarcar un anchuroso horario: desde el desayuno mañanero hasta la franja nocturna. «Un lugar para la primera copa», como explicaban los jóvenes empresarios que impulsaron el proyecto.

Unos propósitos que el paso del tiempo ha frustrado. Queda, no obstante, la esperanza de que algún emprendedor se anime y resucite el local bajo su añejo espíritu, resumido en estas palabras de Eduardo Gómez, colaborador de este periódico y perito en bares. «Por su céntrica situación y la amplitud de sus instalaciones se convirtió en el centro de reunión de logroñeses y de forasteros en San Mateo, especialmente del mundo del toro y de la pelota», rememoraba hace cuatro años, cuando el local volvió a nacer. Era su himno a la antigua Granja de las bandejas de ensaladilla rusa y las raciones de almejas que suministraba la vecina pescadería Suso. La Granja que busca una nueva oportunidad.

P.D. El artículo añadía un par de aportaciones; una, debida como las anteriores líneas al ingenio y erudición logroñesa del maestro Eduardo Gómez, de quien recuperaba una pieza donde glosaba la historia del histórico café de Sagasta. El segundo apoyo a la información central servía para lanzar otra imaginaria lágrima por otra defunción: la reciente desaparición de otro local singular del centro de Logroño, el Viena de Muro de la Mata. Y recordaba allí que, aunque carente del carácter emblemático que confiere a La Granja su longevidad, Viena representó en su momento un ambicioso proyecto hostelero que reunía en un mismo local al menos un par de almas: por un lado, como pastelería; por otro, como cafetería, adornada con una sugerente terraza con vistas al Espolón. Luego de algunos contratiempos, el establecimiento tiene sus puertas cerradas desde hace algún mes, con el cartel de la inmobiliaria como sello de su defunción. Abierto en noviembre del 2008, luego de una inversión que sus promotores cifraron en 3 millones de euros en sus 200 metros cuadrados que buscan una nueva (y mejor) vida.

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