La Rioja
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Carretera y tragos

Bar UJTA, en Toral de los Guzmanes

 

En capítulos anteriores, ya tuvimos que emigrar de excursión para justificar la importancia que tiene en el mundo de los bares esa tipología tan fetén llamada el bar de carretera. Cualquiera que haya tomado alguna vez el volante o viajado de paquete habrá ido construyendo en su memoria un feliz rosario con sus más gozosas estaciones, asociadas a sus aventuras como turista por el mapa patrio o allende las fronteras celtibéricas. Ese garito donde había que parar a toda costa, por fuerza, porque el cabeza de familia imponía su criterio al resto de la prole y mamá y sus increíbles hijos acataban la orden y desfilaban obedientes hacia el local, ya sabe el improbable lector de qué estamos hablando: barullo de mondadientes en el suelo, megafonía tronante, bizarra oferta musical (modelo casete) en una esquina de la barra y una cuadrilla de camareros con demasiada mili a sus espaldas.

Ese modelo de bar de carretera ha muerto, amiguitos. Ya os habréis dado cuenta. O sobrevive apenas, al pie de las pocas autovías que consienten su presencia tentadora para el reparador tentempié, el cafelito para estirar las piernas o el castizo universo del menú del día: eso de parar el coche allí donde se observe aparcada una tropa de camiones. Ha muerto como lo conocimos y la culpa la tiene el Ministerio de Fomento, departamento de señalizaciones: puesto que el célebre departamento ministerial que tanto cariño dispensa a La Rioja ha plagado de doble calzada la piel de toro, salvada sea nuestra bendita tierra, ocurre que las nuevas carreteras ya no pasan por donde transcurrían las viejas. Usted puede cruzar kilómetros y kilómetros de autovía sin divisar hasta donde alcance la vista el querido monumento: el bar de carretera ha desaparecido. Nadie sabe cómo ha sido.

Lo acabo de comprobar en un viaje reciente por la Meseta. Alguna maldita señal oficiaba en realidad como señuelo, como trampa para incautos: prometía una parada técnica justo aquí al lado pero era abandonar la rotonda e iniciar un peregrinaje por los pueblos de alrededor que ponía a prueba los reflejos de Google Maps. Luego ocurría que sí: que había un bar. Y hasta una gasolinera. Pero se alojaban tan a desmano que uno perdía el ritmo y hasta la noción del tiempo y el espacio. Despistado, regresaba por esas tierras de nadie, infinitos páramos de la España vacía, hasta ver si acertaba con la salida donde había dejado la autovía y con algo de suerte retomaba el camino. Hasta la siguiente etapa, donde debía ejecutar una maniobra similar: cruzar los dedos de los pies y confiar en San Cristóbal y la diosa fortuna. A ver si el garito estaba más a mano y podía llegar a su destino antes de que cerrara el control.

Lo cual me parece fatal. Sobre todo, en esta época tan pautada, que nos envuelve en un barullo de datos y pistas hasta para las rutinas más primarias. Así que hay gato encerrado: que la señalización evite precisar la distancia exacta donde habita ese prometedor trago (opcional, visita al aseo) sólo puede responder a un deseo preconcebido de hurtar semejante información. Y me desdigo de cuanto acabo de escribir: lo entiendo. Lo entiendo perfectamente. Porque esa magra indicación que en realidad apenas indica nada nos conduce a visitar esos pueblitos alejados del trazado principal que se quedarían aún más muertos de lo que están si el avisado conductor concluyese que no le merece la pena semejante desvío y probara suerte más adelante.

Y además nos quitaría de este otro placer, un placer de otro tiempo. Atravesar la estepa castellana, ese desierto tan poético. Divisar allá al fondo lo que parece ser un pueblo, indicio que confirmamos en cuanto asoma el campanario de la iglesia, la silueta del frontón, la triste marquesina del autobús patrocinada por una caja de ahorros que ya no existe. El paisano fumando boina en ristre al pie del arcén, la señora en bata barriendo la fachada de la casa, el viento solano barriendo también su cuota alícuota del paisaje detenido en el tiempo. Esas estampas propias de la España que conocimos a bordo del 600 familiar (LO-23.152), hoy arrumbadas a mayor gloria de la globalización que todo lo uniforma, depositarias de un genuino encanto que merece sobrevivir tanto como el bar de carretera.

 

Interior del bar UJTA

 

Hablo por mí. Hubiera sido una auténtica pena perderme el espectáculo que me regaló la bendita señalización que de casi nada informa. Me hubiera ahorrado esos kilómetros pilotando por la auténtica nada, pensando si me había equivocado de ruta. El placer de deambular al volante sin mirar el reloj, ese privilegio anterior a la implantación del navegador obligatorio. Detener el coche frente a un bar de intimidante aspecto mientras empezaba a chispear y un recio frío mesetario desmentía la primavera. Ingresar en el local y maravillarme por la supervivencia entre nosotros de semejante establecimiento, de enigmática denominación: Club UJTA. Aviso a los malpensados: no es lo que estáis sospechando. Se trata de un bar ejemplar, estupendamente defendido por ese tipo de camarero tan añorado: capaz por sí solo de despachar a toda la clientela sin agobios de ningún tipo, esa clase de profesionalidad discreta que convierten esos metros cuadrados en un espacio de mullido confort. Ya no hay prisas. Afuera sigue lloviznando mientras saboreamos el estupendo cortado, óptimo de punto, acompañado por una estupenda magdalena cortesía de la casa, como el pincho de jugosa tortilla que también te regalan de saque. Un bar donde se tarifa a los precios anteriores a la llegada del euro. Te reciben con un gentil saludo y te desean buen viaje. Un bar de pueblo que se ha convertido en un bar de carretera. De donde te despide nada menos que el amigo Elvis Presley en formato reloj, apoyado sobre un extintor: imposible no amarlo. Imposible olvidar al bar UJTA. Sobre todo, porque de vuelta a la autovía se hará muy entretenido lo que resta de trayecto pensando en eso: en Elvis. Y en qué significa UJTA. Una pista: se aloja en un encantador pueblo leonés llamado Toral de los Guzmanes. Se premiará a los acertantes.

P.D. El viaje mesetario incluyó otra parada no menos formidable. Quien cruce por los aledaños de Mombuey, población zamorana de desconcertante nomenclatura, hará bien en detenerse ante La Ruta, bar y restaurante donde se oficia esa prodigiosa coreografía tan alabada: la que ejecutan sus camareros para dar de comer al hambriento y de beber al sediento a precios muy ajustados, rapidez vertiginosa y elevada profesionalidad. Todo un espectáculo: haga usted como yo, tome una silla del fondo y observe desde allí cómo salen las comandas de la cocina en perfecto orden, disciplinadas como guiadas por un robot japonés. O cómo desfila hacia la salida la multitud hace un minuto apiñada ante la barra o cuán de sabroso se sirve el bocata. Y con qué simpatía ejercen su endiablado trabajo estos magos y magas de la hostelería. Esos hechiceros que te siguen llamando caballero y te desean buen viaje.

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Mi exBuenos Aires querido

La gran familia del Buenos Aires, el domingo en que cerró sus puertas. Foto de Sonia Tercero

 

“Cosas de la vida”, recuerda Felipe Royo, miembro de la familia fundadora del Buenos Aires, que el domingo entonó su último tango. Porque resulta que, también por razones familiares, la clausura de la popular casa de comidas logroñesa que deja a sus incondicionales medio huérfanos le sorprende precisamente en Buenos Aires… A una distancia oceánica del negocio “que durante tantos años ha sido mi casa”, reflexiona por correo electrónico. Al otro lado de la pantalla, es posible que derrame alguna lagrimita. O la contenga.

Porque ocurre que Felipe, quien servirá en este artículo como hilo conductor de la legendaria historia del restaurante que pone fin a más de 80 años de actividad, confiesa que ha pasado media vida “entre las calles Laurel y Bretón de los Herreros, donde se desarrolló toda mi infancia”. El Buenos Aires contaba con acceso a ambas calles, lo cual explica que Royo atesore “recuerdos imborrables”. Por ejemplo, “de las cuadrillas que entonces chiquiteaban, los almuerzos con los comerciantes del Mercado de Abastos como protagonistas, las gambas a la plancha, las tortillas de patata, las salchichas de Galilea, la merluza rebozada, el vino de Tudelilla” y un interminable etcétera. Que le llevan a recordar a su propio padre, “que falleció tan prematuramente”, descargando las cubas de Rioja “y sulfatándolas cada vez que venía la cisterna, que no sé cómo hacía para entrar por la estrecha Laurel”. “De ahí al garrafón y luego a las botellas y así día tras día”, agrega.

 

El Buenos Aires de la calle Laurel

 

¿Más recuerdos? En efecto, alguno queda: la venerable pizarra con los resultados del Logroñés, “que tenía su sede justo enfrente”, o los descansos del Bretón “y las cenas de artistas que pasaban al restaurante por la cercanía entre función y función, con mis abuelos, mis tíos o mis primos… Muchos recuerdos”, resume, “de mi infancia y mi juventud”. Que son la infancia y la juventud de toda una generación de logroñeses que ya peinan alguna cana, con quien seguro que compartirá imágenes comunes, en blanco y negro todavía. Como aquella mesa “donde Román Galarraga, el mítico entrenador blanquirrojo, se tomaba su porroncito de vino en tertulia vespertina, la ventanita que daba a Laurel o las comidas en la calle cuando llegaba San Mateo”.

Desde el genuino Buenos Aires, la querida capital argentina, la moviola de Felipe rebobina otro arsenal de imágenes, ya más recientes. Como el traslado a República Argentina, “donde mi cuñado José Mari y mi hermana Pitu han seguido, con éxito y mucho trabajo, la tradición familiar”. Y puesto que el amigo Soroa, que hoy se corta con su esposa la imaginaria coleta, fue un as del balón (también en blanco y negro, ojo) no sorprenderá saber que su local ejerció como una suerte de sede oficiosa del Logroñés de su edad más gloriosa. “Sentimos como nuestras las vivencias de los Lopetegui, Vergara, Rosagro, Aragón, Maqueda o Vílchez, que eran asiduos y comían a diario e incluso algunas Navidades, cuando no había vacaciones”, subraya Felipe.

Y ahora sí. Ya no hay duda: uno se lo imagina tecleando este chorro de melancolía a orillas del Río de la Plata y alguna lágrima seguro que va cayendo. “Son muchas emociones que desde tan lejos se sienten más si cabe”, admite. “Llega la hora del merecido descanso y sólo me queda desear lo mejor a todos”. Capítulo que incluye a familiares, amigos y clientes. Que también lloran hoy un poco.

 

En la cocina de la desaparecida casa de comidas. Foto de Sonia Tercero

 

P.D. Como habrá intuido el improbable lector, con esa entrada (que publicó el lunes pasado en las páginas de Diario LA RIOJA) incumple el autor su promesa de honrar al universo de Logroño en sus bares. Porque el Buenos Aires no es un bar, sino casa de comidas ejemplar. Se aceptará esta salvedad por varias razones: por ejemplo, que puesto que soy dueño y señor de este espacio, alguna licencia me podré permitir. Pero sobre todo por dos razones: por el carácter emblemático del negocio recién clausurado y porque además el Buenos Aires, en realidad, sí es un bar. Porque una vez lo fue, en los lejanos tiempos de la calle Laurel. Y algo de su espíritu habrá permanecido todos estos largos en República Argentina.

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Menéndez Pelayo, una sabrosa manzana

Vista de Menéndez Pelayo. Foto de Justo Rodríguez

 

Estas líneas se empezaron a alumbrar la otra mañana, mientras observaba una foto antigua, custodiada por Jesús Rocandio en la Casa de la Imagen. Es la imagen que aparece más abajo: estuve un rato intentando calibrar desde dónde la había tirado el gran Teo, porque no caía, no caía… Al fondo se alzaba la iglesia de Santa Teresita, un poco más cerca unos jardines cercaban algún edificio invisible para el ojo humano, una anciana y ¿su nieta? miraban al fotógrafo mientras trabajaba, esa costumbre tan española. La calle era en realidad un camino, un lodazal, una bañera urbana bien provista de charcos según era norma en la infancia de quienes comparten generación con quien esto escribe. Pero de repente… De repente…

De repente atiné con la localización. Era la calle Menéndez Pelayo. Por donde había deambulado unas horas antes, practicando el recomendable rito del aperitivo sabatino. No había tampoco ese día demasiada gente. En eso sí que se parecían la antigua calle de la foto y la nueva cuyas baldosas venía de pisar. En todo lo demás, salvada sea la mentada iglesia, Menéndez Pelayo era otra. Una calle radicalmente distinta. De la calle en blanco y negro recuerdo bien que ese chalé que se entreveía en la instantánea de Teo alojaba la sección B, por así decirlo, de los Escolapios, orden religiosa que defendía en tan magro edificio su colegio menor: el mayor se ubicaba donde todavía hoy resiste, en Doce Ligero. Entonces, el chalecito coqueto coronaba el tránsito desde la calle Santa Isabel y hacía frontera con la auténtica nada. Poco más tenía Logroño que ofrecer lejos de esas calles. Campas infinitas para delicia de las ranas, otro colegio (Jesuitas) un poco más allá y en general unos andurriales sin asfaltar por donde podías encontrarte fumando a los internos de la Bene, pioneros entre nosotros en raparse la cabeza. No por estética. Por piojos.

 

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Ese Logroño murió, como sabrá el improbable lector. Este otro Logroño ha encontrado en el breve tramo que nace en Somosierra y muere en Huesca, una alternativa para los incondicionales de las rondas que evitan desplazarse hacia el ombligo de la ciudad. Porque en realidad, aunque sus parroquianos hablan de Menéndez Pelayo como si toda la calle fuera un espacio para la ingesta de alcoholes y bocados, sólo esa manzana aloja los bares de su predilección. Una leve manzana, aunque sabrosa. Entre ellos, alguno que ha aparecido por aquí otras veces. El Barrio, el primero que llamó mi atención cuando decidí mirar hacia Menéndez Pelayo con otros ojos. Cuando me alertó, nada más nacer este blog, un caballero de que seguía despachando en su local los célebres pachuquitas que hicieron famoso al llorado Pachuca, aquella barra mínima de Marqués de Vallejo cuyo eco guía mis pasos. Cuya rotulación preside estas líneas desde que fueron alumbradas, va para seis años.

Aquel bar se llama Taberna de Pelayo. Vecino del citado Barrio, lo encontrará usted cerca de la calle Huesca. Especializado en cazuelas y demás golosinas propias de todo bar logroñés, como el resto de hermanos de esa calle se ha especializado en procurar un estupendo ambiente al mediodía Tan estupendo que sus habituales tienden a estirar el vermú más allá de la hora del almuerzo, lo cual no es difícil: aquí se practica con tanta generosidad la terapia del picoteo que algunas de estas gollerías permiten regresar a casa con el estómago lleno y el paladar reconfortado. El propio Barrio Bar dispone de su barra muy pródiga en raciones retén, como su exquisito bocata de calamares, y otrosí sucede en los locales aledaños. La tortilla del Serenella, por ejemplo, dispone de un reconocido prestigio. Viene de ganar este año el concurso que organiza Diario LA RIOJA, mérito que alcanzó en otras ediciones precedentes. Y acaba la ronda con el Teide, bar que completa el grupo de negocios abiertos en esa acera y que ofrece unos metros más allá su versión restaurante: el Orpas, celebrada casa de comidas de la calle Santa Isabel.

 

Vista antigua de la calle Menéndez Pelayo, foto Teo (Archivo Casa de la Imagen)

 

Fin de la historia. Aunque acto seguido me desmentiré a mí mismo, en realidad ahí se agota la oferta hostelera de Menéndez Pelayo. Es cierto que quien pretenda organizar una excursión más prolongada para saciar su hambre y su sed, o su curiosidad, puede perpetuar su paseo por las calles aledañas, que forman con la citada una alternativa cada vez más pujante a otras rondas urbanas, sobre todo porque enlaza a través de Somosierra y República Argentina con Gil de Gárate y compañía. Se cierra entonces el círculo festivo y gozoso. Un círculo que obedece a sus propias consignas, porque en tan escasos metros cuadrados se reúne una clientela diversa y variopinta, otra de sus grandes virtudes. El neojisterismo local tiene en el Barrio uno de sus faros, por el Serenella puede tropezarse el paseante con alguna consejera del Gobierno riojano y los parroquianos conspicuos no perdonan su ronda eterna añadiendo un toque camp al paisaje que termina de completar una gloriosa fotografía. Más reluciente que la original, esa que inspiró este paseo por Menéndez Pelayo y sus bares. Aquel Logroño en blanco y negro, aquel Logroño sin asfaltar. Aquel Logroño donde un fotógrafo aún llamaba la atención.

Aquel Logroño tan querido.

P. D. Anótese que Menéndez Pelayo completa su oferta hostelera con una casa de comidas vegana, el popular restaurante El Sol, lo cual todavía representa una rareza entre nosotros. Y dispone de otra rareza más, en la misma calle. Una rareza que antes no lo era (tanto). Un despacho de vinos, el que defiende la familia Bobadilla en la esquina con Santa Isabel, gemelo del que sobrevive al final de Pérez Galdós. Todo un emporio: dos negocios de vinos en Logroño, casi los últimos que resisten de aquel antiguo linaje que antaño fue tan usual. Y puesto que mantenerlos abiertos constituye a mi juicio un desempeño de mayúsculo mérito, prometo volver sobre mis pasos y dedicarles a los Bobadilla una entrada en exclusiva.

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Visite nuestro VAR

Aficionados logroñeses de la selección viendo por la tele de un bar el Mundial de Sudáfrica. Foto de Juan Marín

 

Uno. Bar Chacal, calle Fermín Irigaray. Un discreto pasadizo entre avenida de La Paz (entonces dedicada al general innombrable) y Duquesa de la Victoria. 1979, final de la Recopa, torneo menor ya desaparecido. Me cuelo en el local acompañado de un compinche, fanático del Real Madrid. Que accede a seguir mis pasos con la esperanza de que nos dejen ver el partido por televisión, izada sobre la puerta. Fingimos más edad de la que tenemos (yo, casi un párvulo: 16 tacos), nos apoltronamos entre las parejitas que se meten mano en el piso superior y asistimos a una proeza jamás vista por mis ojos: el Barcelona llevándose un título europeo ante el Fortuna de Dusseldorf, un equipazo de leyenda que todo el mundo ha olvidado, comandado por los hermanos Allofs según recuerdo. El Barça, dirigido por Quim Rifé (me encantaba ese nombre), se lleva la púrpura en un partidazo del Lobo Carrasco, aquel mago que necesitaba un par de balones para él solito. Euforia máxima: un clímax tan mayúsculo que nos vamos sin pagar. El dueño nos grita algo desde la esquina. Echamos a correr hacia avenida de Colón: qué felicidad. Mi primer simpa.

Dos. Una noche de diciembre de 1983, una breve multitud transita por la calle Laurel. De vez en cuando, los chiquiteadores incondicionales de las infinitas rondas ingresan en algún local que dispone de televisión, que todavía por entonces tenía algo de extravagante rareza. Mientras trasiegan aquellos trallazos de trillita llamados vinos de la casa, vigilan de refilón el España-Malta. La proeza es imposible. Ganar por más de once goles es un prodigio que ni siquiera se cumple en el torneo de verano de Cantabria, referencia futbolera local de la época. Son los primeros 80 pero la Movida ni siquiera existía (o no nos habíamos enterado de ella por casa, lo cual viene a ser lo mismo). Quiere decirse que la juventud contemporánea todavía no gastaba la trenca de Adolfo Domínguez, tan célebre: se llevaba más una especie de chambergo intitulado coreano, que nos protegía de la intemperie entre bar y bar. El Donosti, por ejemplo, defendido entonces por Juanito y familia. Donde acabamos imantados ante la tele: los goles, oh maravilla, iban cayendo como las hojas en otoño. Lo imposible parecía posible, que diría Rajoy, a quien ya estamos echando de menos. Y llegó, claro que llegó. Llegó el gol de Señor, el gol de José Angel de la Casa y el mío, en la portería custodiada por el patrón del Donosti. Porque con la euforia del 12-1, media barra se fue sin pagar. Aún siento remordimientos

Tres. Ese gol coreado por un gallo antológico que permanece en la memoria de una generación abrió la puerta a la Eurocopa’84 que seguí desde el bar más futbolero de Logroño. El Negresco, alabado sea El Orejas. Sus pizarras, como las del Carabanchel cercano, marcaban los goles en cada división nacional con la misma puntualidad y eficacia que internet, ese invento cuyo creador tal vez se inspirase lejanamente en aquel carrusel de tiza. El local de Martínez Zaporta garantizaba además una frescura inigualable. Ideal para los partidos de la últimas tardes de primavera, cuando el calor empieza a apretar y se agradece que los ánimos se enfríen: lo propio de cuando jugaba la selección de entonces, siempre tan tiritona. La guiaba el mítico Miguel Muñoz, a quien atribuían aposentar sus posaderas sobre una flor que le acompañó hasta la final del torneo, que tuve la desgracia de visionar (entonces se empleaba mucho ese verbo) en la soledad del hogar familiar. No fue el caso de la fase de grupos: el Negresco fue mi hogar provisional hasta que una tarde, mientras concluía no sé qué partido, dejé por unos segundos la silla, me acerqué a la barra a pedir algo y cuando regresé a mi asiento, lo encontré ocupado por un tipo de aspecto patibulario, pionero en el arte del tatuaje, a falta de un par de afeitados y pinta de llevar encima mucha mili. Ah, bendita inconsciencia juvenil. Decidí plantarle la cara y rogarle educadamente que se levantara, mientras la selección sesteaba por la tele. Un silencio glacial inundó el bar. El caballero me miró como si estuviera ante un extraterrestre, se puso de pie hinchando el plexo torácico y acercando mucho, mucho, mucho (pero que mucho) sus ojos a los míos me respondió que no le daba la gana. Tenía intención de plantarle la cara (sí, de nuevo la bendita inconsciencia juvenil) cuando el amigo Luis Santos se me acercó. Me tomó por el brazo y me condujo a la salida. Protesté. Le dije que no había pagado la consumición pero no me hizo caso. “Anda, vete para casa, hijo”. Y me fui sin pagar. Yo empezaba a ver una pauta en todo eso.

Cuatro. Mundial de México de 1986, gran acontecimiento: llegan a España las pantallas gigantes. El Kaiser, legendario local al que dediqué ya alguna entrada hace tiempo, luce la primera que dispuso un bar de Logroño. La noticia corre como la pólvora entre los veinteañeros locales, que ni siquiera sabían de la existencia de esa calle (Labradores) y mucho menos de una barra con semejante nombre. También lo desconocíamos todo sobre su plato estrella, la hamburguesa, que nos sonaba demasiado yanqui cuando aún cometíamos la tontería de adorar al Che, enfermedad de la que algún compañero de quinta sigue sin curarse. La selección nacional va avanzando hasta la orilla final donde solía morir, pero ese triste epílogo todavía lo ignorábamos mientras asistíamos a esas hazañas en tamaño king size que procuraba aquel megapantallón donde vimos los cuatro goles de Butragueño en Querétaro y la pifia de Eloy ante Bélgica, el penalti fallado que nos devolvió a la realidad. Y que también nos devolvió a casa. Y que a mí me devolvió a la vida cotidiana: la humilde pantallita en blanco y negro del Tívoli, donde vi la mano de Dios de Maradona y el golazo que precedió al de Messi ante el Getafe anotado esta vez para superar a los belgas y llegar a la final, que seguir desde la terraza de Bretón de los Herreros, tan querida. De donde era por cierto muy frecuente irse sin pagar: no fue mi caso. Me hacía mayor y renegaba de la tradición. Aunque siempre me pregunté quién se ocupó de pagar las cervezas el día que desalojamos el Kaiser tras doblar la rodilla ante el guardameta Pfaff y resto de diablos rojos. Creo que ese no fui yo.

Y cinco. En 1981, había asistido a un prodigio. El Amazonas, bar de Jorge Vigón que contaba al fondo con una salita donde se jugaba a las cartas y de vez en cuando se veía la tele, fue el lugar elegido para deleitarme con la primera final de Copa de Europa que vi disputar al Real Madrid. Sí, el de Florentino, cuyo reino ya se sabe que no es de este mundo sino galáctico. El mundo propio de los seres superiores. Sí, fue fantástico: era el único de toda la concurrencia que quería que ganara el Liverpool, lo cual me hacía ya entonces sentirme un mal español. Gozo doble, por lo tanto: ah, la irreverencia adolescente, cuánto la añoro. El partido fue un tostón. Tan aburrido que sólo recuerdo de aquella noche el clímax. Enfilaba la recta final cuando un tuercebotas llamado Alan Kennedy, lateral izquierdo de mis adorados Reds, ató la pelota a la puntera, caminó con ella hacia la portería y chutó con tal puntería que obró el maravilloso milagro de silenciar a la cuadrilla de beodos adoradores del club merengue que me acompañaban. Yo había quedado para ver el partido en otro bar que no recuerdo, pero me confundí de sitio. Para cuando observé que ningún amigo me acompañaba, estaba ya demasiado absorto viendo a toda aquella parroquia exultante porque se veía segura de la victoria madridista y pensé la maldad siguiente: no quiero perderme qué sucede si la Copa viaja a Liverpool. Que fue lo que ocurrió, para mi íntima satisfacción: tuve que contener la alegría con tal intensidad que alcancé la calle y es posible, sólo posible, que me fuera del bar sin pagar. En justa venganza, el dios del fútbol me condenó 34 años después a a aceptar la derrota en ese mismo torneo del amado club de Anfield, con la famosa llave de judo incluida.

De donde deduzco que sí: que me fui sin pagar del Amazonas.

P. D. Vienen a cuento estos recuerdos ahora que observo la tradición tan extendida de dirigirse al bar favorito para observar las maniobras de Iniesta y compañía. El fútbol encuentra en las pantallas de las barras de guardia, o en las terrazas de ciertos locales, su aliado predilecto, aunque desde luego ha degenerado hoy en un tipo de juego que yo a ratos detesto. Todo choque ahora es falta, si el choque es muy abrupto merece siempre tarjeta (una obsesión compartida entre locutores, futbolistas y árbitros, claro) y si ocurre en el área, penalti fijo, sobre todo con tanto jugador ducho en el arte de la simulación. Así que cada partido es una invitación a que surjan por el campo unos cuantos francotiradores, que disparan misteriosos misiles con tal acierto que los jugadores se desploman… a la misma velocidad del rayo con que luego se levantan una vez conseguidos sus objetivos. Cómo será que ha nacido una estrella reciente a quien apodan Penaldo, auténtico as de estas payasadas, con perdón para los payasos. A mí me aburren tanto como ese invento reciente, el llamado VAR. Que sólo se salva porque esa denominación me permite el tontorrón juego de palabras con que titulo estas líneas mientras trato de recordar lo antedicho: si pagué o no pagué todas esas cuentas. O si me fui sin pagar.

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Viva La Gallega

La Universidad y La Casita, en la Travesía de Laurel. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace alguna tarde me ocurrió en un suceso memorable. Sentado en la mesa de una taberna gallega, pedí una jarra de Ribeiro, que la camarera allegó a mi mesa acompañada de unas pequeñas tazas de cerámica, donde depositó ese néctar. Sufrí una regresión de inmediato. Volví a verme de chaval, acodado en la barra de cierto bar de la calle Laurel (su Travesía, más exactamente), atacando una pócima similar en una vasija semejante. El bar se llamaba La Universidad. Y puesto que lo atendía una camarera gallega, tenía sentido atreverse con el Ribeiro de la casa, que entonces (antes de la globalización hostelera) todavía conservaba un punto exótico. Aquellas jarritas marrones se alojaron en mi hipotálamo para los restos, por lo que observo. Y llevarse tantos años después aquel bebedizo a los labios tenía algo de atreverse con el elixir de la juventud. Siento notificar que sin ningún éxito, improbable lector.

Días después, asistí a otro prodigio de este mismo linaje galaico-riojano, lo cual me convenció de que le debía unas cuantas líneas a la añorada dama. Crucé ante la puerta de uno de los bares que defiende su prole en esa esquina de nuestro itinerario favorito y observé su renovada fisonomía, dotada de un excelente gusto. La herencia de aquella extraordinaria mujer cuyo nombre (ay, lo siento) he olvidado se desdobla al menos para mi memoria en un par de barras medio vecinas en la calle Laurel, aunque yo siempre la recordaré al frente del bar llamado La Universidad: la primera universidad con que contó Logroño. Un tributo tal vez al remoto campus compostelano.

La gallega (así la llamamos: así la seguiré llamando) ofrecía no sólo vino de Ribeiro y algunas golosinas que nuestros bolsillos adolescentes no se podían permitir. Ofrecía sobre todo simpatía, el factor esencial que buscamos en nuestros camareros predilectos. Que ella regalaba en generosas dosis. También nos despachaba con idéntica prodigalidad algo que también buscábamos, aunque sin saberlo. Comprensión. Escuchaba las cuitas de sus clientes más jóvenes como si de verdad le interesaran. En aquellas confidencias que ella atendía gentil se sustanciaba la eterna angustia que procura la juventud, de la cual sólo te enteras cuando has pasado a la siguiente etapa de tu vida. Algo de lo que ella también entendía: con mucha mano izquierda, la eterna sonrisa tan contagiosa como inolvidable, guiaba tus pasos hacia una suerte de espacio placebo. Que eso era su bar. Una universidad de cuanto la vida nos iba a ir enseñando.

Así la recuerdo hoy. Diligente, elegante, discreta. Una mujer muy atractiva, con su roja cabellera incendiada, flameando a lo largo de la breve barra. Una camarera modélica. Todavía por entonces (finales de los 70, primeros 80) era raro encontrarse por el corazón de Logroño con un bar atendido por una mujer. Aquella extravagancia para la época se disolvía pronto en la atmósfera de normalidad con que ella presidía su quehacer. Una estupenda profesional, de esas que ya no quedan apenas. Que sabe cuándo necesita su parroquiano alguna palabra o cuándo prefiere la discreción; en esos momentos, se mantenía agazapada en un rincón, secando los vasitos de cerámica. Hasta que volvía a sonreír iluminando el bar entero, lo cual solía ocurrir cuando entraba una cuadrilla de alevines de chiquiteros. Le atraía la clientela más joven, un cariño recíproco: La Universidad fue uno de los primeros bares donde quienes nos empezamos por entonces a afeitar no nos sentíamos incomodados ni intimidados por la feligresía senior. Donde fuimos universitarios sin saberlo. Y sin saberlo además nos dio clases una estupenda catedrática en los conocimientos que más necesitábamos: los de la vida. Que luego seguimos aprendiendo en el bar abierto un poco más allá, La Casita.

Aquella leyenda de la calle Laurel falleció prematuramente. Recuerdo poco de aquellos años, pero no olvido que un día me estampó dos besos (uno en cada carrillo) en homenaje a un reportaje que acababa de publicar, protagonizado por una de sus hijas, entonces una precoz amazona que destacaba en el mundo de la hípica. Cosa que yo ignoraba mientras entrevistaba a la chiquilla. Brindamos con las tacitas de Ribeiro y me alejé de su bar, que dejé de frecuentar: también en nuestra conducta como parroquianos nos dejamos llevar por las modas. Las últimas veces que la entreví desde la puerta ya no me recordaba tanto a la mujer que conocí. Le costaba sonreír. Señal de que venían tiempos fatales, aunque en cierto sentido le acompañó la suerte que a muy pocos seres humanos distingue: tiene la fortuna de no ser olvidada. No creo equivocarme si concluyo estas líneas, mientras paseo de nuevo por este tramo de calle, que ese sentimiento que mantengo en fidelidad hacia ella por los buenos ratos compartidos será una emoción común para una generación de logroñeses. Que no la olvidan. Para quienes nuestra querida gallega siempre estará viva.

P.D. Gracias a la web de la calle Laurel me corrijo a mí mismo: sí, sí recuerdo cómo se llamaba aquella camarera gallega. Se llamaba María Luisa. En la web se anota que fundó en 1987 La Casita con su marido, José Andrés, y que su hija Esther se ocupa hoy de seguir los pasos familiares recién renovada la fisonomía del bar con una imagen muy de mi gusto, como ya he mencionado arriba. También registra la misma web que La Universidad, el bar fundacional bautizado con el paso del tiempo como pulpería, nació allá en 1978. Y que, en efecto, conserva sus tacitas de Ribeiro. Esa punzada madrileña en mi corazón tan logroñés que disparó estas líneas.

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Oporto en sus bares

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Le llaman la ciudad gris. El comentario se le escapa a una guía que conduce a mi lado a una reata de turistas entre la Torre de los Clérigos y las vecinas iglesias carmelitas. Gris tiene en nuestro imaginario como hispanohablantes una condición peyorativa, como sinónimo de mediocre, triste o sombrío. Pero este gris de Oporto es un gris distinto. Un gris azulado que paradójicamente abrillanta nuestros pasos mientras deambulamos entre su adoquinado. La luz gris en la incierta hora del amanecer se derrama sobre el Duero, que ejerce como espejo y la devuelve corregida y aumentada, proyectando sus haces sobre la ciudad toda, cuyas bodegas al otro lado del río ejercen igualmente como faros. Faros de luz gris, atonal, que proyectan su propia iluminación sobre las barras conspicuas. Por ejemplo, los bares de vino (de vino de Oporto, claro) y los cafés al estilo centroeuropeo: aunque esquinada a esta orilla atlántica del continente, la capital del Duero pertenece al linaje de las grandes ciudades europeas que entronizaron el café como la acabada muestra de civilización que representa. Así que Oporto presume de ellos: esa tríada de locales memorables por donde el visitante se dispone a curiosear recién deshecha la maleta.

Primera etapa, el Majestic. Imposible ingresar: el viajero, que anduvo por aquí hace una década cuando Oporto todavía no figuraba entre los destinos favoritos del turista (cuando el turismo tampoco era aún lo que hoy es: el monstruo que viene a visitarnos), recuerda aposentarse en sus veladores a ver pasar la vida. Opción descartada ahora cada vez que desfila ante sus puertas, porque hay que hacer fila. Fila larguísima y perenne. Una legión de clientes aguarda paciente turno frente a la bella filigrana modernista de su fachada y mira por entre los ventanales hacia el interior, a ver si hay suerte y algún parroquiano deja su silla libre. De modo que el paseo prosigue hacia el vecino A Brasileira, otro bellísimo ejemplo de que otros bares eran posibles. Su acogedora decoración art déco justifica la presencia constante de turistas (sí, otra vez) fotografiando su entrada, pero aquí dentro hay espacio de sobra: ejemplar servicio, tarifado a precios comedidos como en el resto de la ciudad y una idea de confort muy perfeccionada, como era norma antaño en tantos bares semejantes.

Tercera posta, el Guaraní. También exhibe un encantador ambiente, una atmósfera silente y gentil donde es incluso posible escuchar el silencio o asombrarnos con el eco de nuestras propias voces. De nuevo, un servicio de modélica profesionalidad, que despacha un café y un cruasán por apenas un par de euros (repito, dos euros: en Oporto se rigen por precios anteriores a la moneda única) y y te regala además unas estupendas vistas a través de las cristaleras hacia la avenida Os Aliados, eje central de esta ciudad que a medida que avanza la mañana va desmintiendo el gris original. Triunfa el sol del mediodía: llega la hora de conocer el resto de la oferta que en materia de bares ofrecen estas calles color marengo.

Que son bares de vinos, claro. En mi pobre experiencia, sólo recuerdo un par de ciudades europeas que puedan competir en esta tipología con Oporto. Se trata de Burdeos, en cuyas calles tropieza el visitante a menudo con locales semejantes despachando el néctar bordelés, y Reims, donde ocurre otro tanto con el champán. Son bares recoletos, que no precisan por lo tanto de grandes alharacas para sorprender al visitante con esas ambrosías alumbradas Duero arriba y acunadas luego en las bodegas de la vecina Gaia, al otro lado del río. Apenas unos metros cuadrados son suficientes para que duerman unas cuantas referencias de tanta calidad como diversidad, servidas en copas como manda Baco a cargo de camareros con un elevado sentido del oficio. Bares minúsculos en algún caso, de encantadora estética, diseminados por el ombligo de la ciudad para gloria del turista universal. Que completan la oferta propia de las mencionadas bodegas, donde el extranjero puede muy bien forjarse una idea de la riqueza vinícola que atesora este rincón de Portugal y llevarse algo de trabajo a casa: de regreso al hogar podrá avanzar en su placentera indagación no sólo alrededor de los vinos dulces que han dado fama a los nativos sino estos otros tintos y blancos que forman una gozosa baraja de posibilidades para atrapar el alma del país a través de un itinerario inigualable. A través de sus vinos, por supuesto.

Aunque no sólo. En mi peregrinaje por la ciudad, caí en la jurisdicción de dos propuestas hosteleras, bien singulares. Ambas forman parte del collage de fotos que ilustran estas líneas. Por un lado, el mercado de Matosinhos, barrio oceánico dotado de alta personalidad, donde el cliente puede aprovechar para hacer la compra mientras disfruta de un trago en uno de los bares de su perímetro interior. Nada que no hayan visto mis ojos en otras esquinas de España pero que no termina de fraguar por Logroño. Y dos, algo también mil veces visto: una terraza al borde del mar, cuya imagen también aparece ahí arriba. Pero esta es una terraza con valor añadido: se sitúa también en Matosinhos al lado de las famosas piscinas debidas del ingenio de uno de sus más prestigiosos vecinos, el multipremiado arquitecto Álvaro Siza. Unas piletas que surgen del contacto con la mar océana, ese espectáculo que no termina nunca de cansar a quien nació tierra adentro. Que se imagina a sí mismo con facilitad gozando del paisaje apoltronado en una de estas butacas. Disfrutando de un tawny o un ruby. O de un cortadito, que aquí llaman pingo, hermosa voz.

Otras razones para regresar siempre a Oporto. Como la sorpresa que encontré en otro de mis paseos, que me sirve para cerrar esta entrada. El local llamado Miss Pavlova, coqueto café alojado fuera de la mirada de los curiosos: al fondo de una tienda de regalos, bazar o lo que sea, ubicada al lado de Aliados. En la rúa Almansa, este discreto café camulflado ofrece (según dicen los reclamos) la mejor tarta de Oporto, de crujiente merengue y relleno de crema. Para dar con semejante golosina, se tiene que atravesar el comercio que la alberga: una especie de juego de muñecas rusas hosteleras. Un bar de sutil delicadeza, el atributo que resume las grandes virtudes de Oporto en sus bares: el discreto encanto de la hostelería.

P.D. Si llega de Logroño, cliente de cualquier bar de Oporto se maravillará cuando se vea dominado por un placer antiguo, que antes no era tan extraño en nuestros bares. El silencio. Uno se sentaba en su local predilecto y milagro: aún podía escuchar su propia voz. También la del compañero de barra, hazaña que hoy exige acabar medio afónico. Ocurría tal milagro antes de que irrumpiera en el servicio hostelero una generación de camareros que habían visto denegada su inclusión en la sección de metales de la Filarmónica de Berlín. En venganza, se desparramaron a continuación por nuestros bares favoritos, donde cada día perpetran su propia fanfarria: ese estruendo de vajillas que chocan entre sí, el formidable estrépito de la cristalería, el ruido aparatoso de la cubertería… Y el momento cumbre: cuando se vacía el lavavajillas, ese clímax que haría tan feliz a Von Karajan y obliga en consecuencia a la parroquia a entenderse entre gritos, incapaz de escucharse a sí misma entre el barullo que forman también el altísimo volumen de la televisión que casi nadie ve y la banda sonora que nadie ha pedido, música de ascensor que estropea el momento íntimo que uno aspira a encontrar cuando le despachan un trago. Un trago y una dosis de silencio. Justo lo que todavía se encuentra en los cafés de Oporto, en sus bares de vinos.

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