La Rioja
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El vino tenía un precio… superior

De vinos por Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

En anteriores capítulos, ya se mencionó en este espacio las vicisitudes vividas por el vino de Rioja en nuestros bares conspicuos, alrededor de los avatares acaecidos con ocasión de cada subida de precio. Desde aquel legendario boicot de los años 80, protagonizado por la chavalería de entonces, enervada a consecuencia de las tarifas disparatadas con que tropezaron sus pasos una tarde por la calle Laurel, a más recientes peripecias, que me sirvieron para otras entregas donde, gracias al auxilio de unos cuantos maestros en el arte del chiquiteo, reflexionaba en torno a cuánto debía cobrarse un vino de Rioja, fuera del año o crianza. Y alcanzaba una modesta conclusión: que en la política de precios cada local aplicaba la barra libre. Nunca mejor dicho.

Si regreso ahora sobre aquellas pistas es porque en un establecimiento de confianza del Logroño castizo me acaban de advertir en torno al impacto que tiene sobre sus tarifas otra subida más reciente: la registrada en origen por las bodegas que les proveen de vino de Rioja. Según su alarmado relato, luego de unos cuantos años conteniendo el precio de la copa de vino del año en los 80 céntimos, lleva unas semanas ya sirviéndolo a 90, fruto de la escalada similar registrada entre las bodegas que le abastecen. “Y no veo que los clientes protesten”, asegura esta amable tabernera. De donde deduce que en otros bares lo encontrarán más caro: “Seguro que por ahí lo están cobrando a un euro”. Se refiere, en concreto, a la celebrada marca Muñarrate, un tinto estupendo que cuenta también con las complacencias de quien esto escribe…

…Que se ha tomado la molestia de frecuentar otras barras y corroborar que, en efecto, el Muñarrate se está tarifando a un euro en más de una de ellas. Lo cual ratifican otros amigos chiquiteadores, quienes advierten lo siguiente: a) que prácticamente el precio del tinto joven a un euro se encuentra ya unificado entre la hostelería logroñesa. Y b) que hay locales donde incluso se cobran a 1,20 (Ostatu), a 1,40 (Murmurón) y escalan hasta 1,50 (Albiker). También hay quien resiste: el amigo Miguel, famoso entre nosotros defendiendo en Laurel su singular casa de Sierra La Hez, mantiene a 0,80 otro vino igual de estupendo que los arriba citados, el Urrechu.

Resumen. El chiquiteador humilde, el paisano que solo o en compañía de otros colegas mantenía viva la llama de tan acendrada tradición, observa cómo se complica su pasatiempo favorito porque según las últimas noticias llegadas a esta redacción las pagas de nuestros jubilados se contienen tanto como las nóminas de los asalariados. Ir de vinos, aunque sean del año, se convierte en un entretenimiento más caro que de costumbre. Y la culpa, ya se sabe: la tienen los forasteros. Forasteros de dos clases. El turista, por supuesto, que allega su derrama en forma de euros a los bares castizos durante la ingesta del fin de semana y provoca un efecto inflacionista sobre quienes soportan esa tradición de lunes a viernes. Y otro tipo de forastero: el forastero indígena, valga la paradoja. Esto es, aquel que visita Laurel y aledaños muy de vez en cuando: viernes y sábados, por ejemplo. El nuevo chiquiteador.

Así que haga usted, improbable lector, las cuentas, como si esto fuera el ‘Un, dos, tres’. Un tinto joven, a un euro, multiplicado por cuatro rondas, da como resultado cuatro euros por cada tarde. Por cinco días laborables, 20 euros. Si se alterna también al mediodía a semejante ritmo, 40 euros entre lunes y vienes, donde hace unas semanas, a 80 céntimos la copa, la cuenta salía por ocho euros menos si Pitágoras no me confunde. Semana tras semana, cuando vence el mes, la diferencia se va ensanchando, para dolor del bolsillo de quien sufra semejante subida. En el bar donde me avisaron de cómo empezaban a repercutir entre la parroquia el alza de precios que habían notado en origen también me aseguraron que no tenían más remedio. Que llevaban tiempo aguantando hasta que no han podido más. Y que lo sienten de verdad por esos abuelos que son sus clientes más fieles, cuya billetera juzgan menguada. Pero que puesto que en esa barra que no mencionaré se limitan a una subida de diez céntimos y dejan todavía la copa de vino del año por debajo del euro, habrá que concluir que su política de precios parece (todavía) bastante razonable. Hay tarifas más disparatadas, que con probabilidad atenderán a las leyes del mercado, pero no sé… Me malicio que fomentar el consumo (responsable, ojo) del néctar más riojano choca con esta reciente estrategia desestabilizadora, puesto que tarifarlos a precios exagerados puede conducirnos a un escenario temible: acabaríamos bebiendo por encima de nuestras posibilidades.

Continuará.

P.D. Hablando de vinos, cómo no iba a recoger este blog la alborozada noticia del regreso de El Guardaviñas de la calle Mayor, local ya mencionado en otras ocasiones que cuenta con distintos atractivos (por ejemplo: en su carta de tapeo figuran las ancas de rana) más allá de su interesante carta de vinos. Que no ignora otras denominaciones foráneas pero que rinde como debería ser norma en Logroño tributo a los vinos de Rioja, como se puede observar en la fotografía que ilustra estas líneas: su hermosa pizarra, de sabroso retrogusto.

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Café teatro

La Sala Negra, en la calle Lardero. Foto de Justo Rodríguez

 

Yo he visto cosas que vosotros no creeriáis (segunda parte). Por ejemplo, la sala Gonzalo de Berceo (antaño, Cine Rialto; hogaño, Filmoteca Rafael Azcona) convertida en cabaret, dispuestas por el patio de butacas las canónicas sillas thonet alrededor de las correspondientes mesitas y las buenas gentes de la Escuela de Teatro atacando las cumbres del music-hall. He visto asimismo un desternillante café cantante en los salones deslumbrantes del venerable Círculo Logroñés, función que se fundió a negro mientras una célebre vedette se sentaba a horcajadas de un político socialista de la época, quien recién liquidada su americana de pana se veía sometido a todo tipo de tocamientos, celebrados a carcajadas por el resto de la parroquia. Y he visto músicas, teatros y vodeviles acompañando la ingesta de alcoholes en nuestras barras predilectas, aunque hasta ahora no había visto lo contrario. Otra cosa que vosotros… Etcétera. Un teatro que también es un bar. No al contrario, como era norma por Logroño.

El descubrimiento es reciente y tiene algo de epifanía. La Sala Negra se aloja en la maltratada calle Lardero, uno de esos rincones de Logroño al que profeso afecto antiguo pero que evito transitar siempre que puedo: hay zonas de la ciudad que son un ataque contra el buen gusto. Y contra mi corazón tan logroñés, que todavía recuerda cuando aquella calle y las aledañas no habían sido objeto de la ira municipal, combinada con la desidia campante. Así que ese es el primer milagro: todo un prodigio que sobrevivan almas sensibles entre nosotros dispuestas a liarse los euros a la cabeza y levantar un teatro. Que no por lo pequeño de sus dimensiones deja de ser gran proeza.

Me parece que ahí es donde reside la auténtica magia de semejante empeño, que sirve para precipitar estas líneas: dedicar un espacio tan coquetamente organizado para que suceda algo memorable. Los promotores (no tengo el gusto, pero aquí allego mi más sincera enhorabuena y el testimonio de mi consideración más distinguida) han debido pensar que habitan entre nosotros ciudadanos que conservan algo de curiosidad, miembros de un potencial público predispuestos a dejarse seducir por un menú muy suculento: formado por unos cuantos tragos, por supuesto, pero sobre todo por las viejas disciplinas artísticas que se resisten a abandonar esta civilización. El teatro, desde luego, en distintas encarnaciones (el dirigido al público infantil, por ejemplo), pero también cine y música: todo cabe en esta caja mágica que hace honor a su nombre. La Sala Negra.

 

Interior del local. Foto de Justo Rodríguez

 

Porque es una sala y porque es negra. Cuando ingresa el visitante, le deslumbra precisamente la ausencia de luz (valga la paradoja). Se guía por su instinto, orientados sus pasos por una tenue iluminación que garantiza el efecto deseado (un suponer, claro): que el espacio, su propia magnitud, se apodere del espíritu de quienes lo habitan. Allá al fondo se divisa el escenario breve, con su telón esperando a ser descubierto. En la otra esquina, una escaleras dibujan un imaginario podio por donde se irán diseminando los potenciales espectadores que acudan al reclamo de la programación: una manera de organizar estos metros cuadrados que algo tiene de tributo sutil al anfiteatro clásico (también otro suponer). Quienes además pueden elegir para disfrutar de la velada la opción velador, y discúlpese en tontorrón juego de palabras: entre el escenario y el fondo de la sala se ofrecen unas mesitas para la ingesta de cafés, infusiones, cervezas o combinados, despachados con profesionalidad y sentido del oficio según mi experiencia por un servicio que surge del ventanuco situado en uno de los laterales.

Eso es todo. Nada más y nada menos: porque menos es más, ya lo sentenció el sabio. En realidad, el cliente conspicuo nunca ha precisado de mucho adorno ambiental para procurarse un rato inolvidable en su bar favorito: a menudo, sobra todo aquello que nada aporte y sólo despiste. El ornamento también aquí es delito. Debe decirse algo parecido del propósito central de una sala de teatro: lo fundamental ocurre sobre las tablas. Allí arriba, encima del escenario. Y aquí abajo. Porque mientras saboreamos el cafelito (servido por cierto en su punto), nos conformamos con poco, que es mucho. Nos conformamos con que nadie arruine este ecosistema tan preciado, el rico humus donde pueden convivir en armonía dos ámbitos tan proteicos: el suculento universo teatral, el jugoso mundo de los bares. Sin estridencias. Con elegancia y buen gusto: justo lo que propone la Sala Negra.

Algo que vosotros no creeriáis.

P. D. No sólo de café viven los locales donde se puede mezclar (agitar, incluso) la fenomenología propia del mundo hostelero con las emociones propias de cada manifestación artística: en paralelo a la Sala Negra, acaba de reabrir sus puertas (no es un secreto, de acuerdo) la sala Stereo, icono de la calle Mayor, tótem de la noche logroñesa, templo de la música en directo. Prometo una próxima visita para relatar cuanto vea: tal vez, cosas que vosotros no creeriáis.

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Barista y camarero

Óscar Solorzáno, en su bar, Asterisco. Foto de Justo Rodríguez

 

Seguro que a usted, amigo e improbable lector, le habrá sucedido alguna vez. Que se ha dejado caer por cierta barra desconocida de buena mañana para disponerse al pasatiempo nacional del cafelito, solo o en compañía de otros (el periódico, por ejemplo: Diario LA RIOJA, a ser posible) y cuando le allega el camarero de guardia la taza con su platillo y el azucarillo preceptivo (opcional galletita cortesía de la casa) y se la acerca a los labios, ocurre que: a) El aspecto no invita precisamente a su ingesta; o b) Las apariencias engañan: es posible que se turbio aguachirle esconda un néctar, una auténtica ambrosía. O c) Me lo tomo de un trago y que pase lo que tenga que pasar.

Ocurre que cuando se cumplen los peores vaticinios, el adorado café se convierte en un sucedáneo de la primera marca de laxante que se nos pase por la cabeza. Un mal trago. En semejantes casos, tiendo a exhibir mi hipotética hoja de reclamaciones: es decir, no vuelvo a poner el pie en semejante local. Lo cual por otro lado me anima a un movimiento de intensidad parecida pero sentido opuesto: valorar en su justa medida (esto es, con matrícula de honor) a todos aquellos bares y todos aquellos profesionales que rinden pleitesía a los dioses del planeta torrefactado y despachan en tiempo y forma el delicioso producto que tanta fama viejuna concedió a Juan Valdés.

Admítas este rodeo para presentar a un caballero que ya ha aparecido por aquí en ocasiones precedentes. Se llama Óscar, defiende con mucha clase el exitoso bar llamado Asterisco de la logroñesa avenida de Portugal, donde no sólo sirve esas aclamadas copas que tanto aplauden los clientes noctívagos: también se ha especializado en el desaparecido arte del café, con tanto estilo que representará a sus colegas riojanos, y a la región entera, en el concurso nacional de baristas que ya se anuncia. Así que como autoridad en la materia, se ha sometido disciplinadamente a un interrogatorio cuyo extracto se resumen a continuación.

Breve historia del café, en cinco misterios.

 

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Primer misterio, la materia prima. “De largo, es lo principal: sin un gran producto no puede prepararse un gran café”. Al campeonato de España Óscar acude con un café seleccionado por Baqué”, empresa que patrocina el certamen. “El café me lo suministra esa casa, que tiene una afección de cafés llamados de especialidad: suelen ser pequeñas cantidades, que consiguen a través de pequeños tostadores: el mío es un Perú”.

Segundo misterio, qué cosa es un café Perú. “Es un café bastante suave, con toques a miel y caramelo, menos cuerpo de lo habitual, aunque lo compensa con el sabor y la acidez, que son espectaculares”.

 

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Tercer misterio, la mano del hombre. ¿Qué convierte a Óscar en catedrático cafetero? “Bueno, hay que dar una serie de pasos, aprenderlos y llevarlos a cabo: el punto de molienda, cómo ejercer la presión correcta dentro del cacillo o cuáles son los tiempos exactos de extracción”. Misterios menores dentro de un misterio mayor: por qué nunca sale igual un café a otro. “Es algo que sólo detectan los paladares más expertos. Ocurre como con el vino: un enólogo sí que sabe sacar las diferencias de un vino que está en una barrica y es igual que el que está en la barrica de al lado. Aquí pasa lo mismo: son jueces profesionales, con mucha experiencia”.

Cuarto misterio, el servicio. Óscar y el resto de competidores tienen que preparar ocho cafés: cuatro expresos, dos capuccinos y dos de especialidad: todos ellos, dispuestos en bandeja ante el jurado, que valorará no sólo la presencia, sino también la profesionalidad. Y el ingenio, claro: nuestro hombre se decanta en el apartado de creaciones propias por un café denominado con el sugerente nombre de onírico. “Lleva naranja, menta, miel de azahar, un expreso como materia prima y aire de flor de azahar”, resume. “Lo meteremos en la carta habitual del Asterisco, pero más adelante, cuando pase todo este lío: hacia el 1 de mayo”.

 

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Y quinto misterio, el más misterioso de todos: la magia. El toque personal de cada concursante. Que en el caso de Óscar, modestia aparte, se distingue por su acreditada habilidad para preparar combinados “supongo que a consecuencia de mi experiencia en el mundo de la coctelería”. Aunque también avisa: “Dentro de los campeonatos, el mismo ejercicio te da la medalla de oro pero te puedes quedar fuera: depende del paladar de los jueces. Aunque intentan ser lo más objetivos posible, los 17 que nos presentamos vamos con la intención de ganar pero luego las diferencias entre el primero y el quinto son mínimas”. Y aviso adicional: “Todos jugamos más o menos con las mismas bazas”.

Roma locuta, causa finita. Es decir, que cuando habla el experto, poco o nada podemos añadir los profanos. Aunque nos reconozcamos leales y veteranos seguidores de la mística del cafelito, esa delicia que nos alegra la mañana o endulza la sobremesa. Que en sus peores versiones tiene algo de patada en el paladar, pero que cuando se sirve con esmero, sentido de la profesionalidad, buen café y mejor cafetera, nos reconcilia con nuestros bares favoritos y los camareros de confianza. Los que nunca estarán de mal café. Y perdón por el tontorrón juego de palabras que me sirve para clausurar estas digresiones.

P. D. Barista o camarero: esa es la cuestión. De un tiempo a esta parte, la palabra barista se emplea con frecuencia en la jerga hostelera, aunque como advierte Óscar Solorzano “la RAE no la reconoce”. “Los académicos ya se pueden poner las pilas”, bromea. Porque, en efecto, se trata de una voz que gana enteros, aunque el común de los mortales no sepa muy bien de qué hablamos cuando hablamos de barista. Le responde a ese hipotético ciudadano el patrón del Asterisco: “La diferencia es que el barista es un camarero que se encarga exclusivamente del café. Es decir, que todos los baristas son camareros pero no todos los camareros son baristas”. Palabra de Óscar: barista y camarero.

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Él nunca lo haría

Cartel exhibido por el bar Tizona

 

Alguna vez, animado por el celo que distingue a un querido corresponsal de este blog, ya se ha mencionado aquí el debate establecido entre quienes piensan que pueden ingresar con su mascota en su bar favorito y quienes por el contrario alertan de que semejante costumbre está taxativamente vetada por distintas ordenanzas. Alguna, por cierto, de índole europea. Si regreso ahora sobre mis pasos, es movido por un espíritu de servicio: difundir entre los improbables lectores cuanto se haya legislado sobre tan controvertida materia. Sobre todo, después de que cayeran en mi jurisdicción tres hitos que aconsejan (un suponer) predicar por este territorio la buena (o no demasiado buena) nueva entre tantos y tantos fieles adictos a ir de bares acompañados por sus perros.

En realidad, son malas noticias para ellos. La primera preside estas líneas: la divulgó entre su clientela el bar Tizona, que defiende con mucha clase una barra bien nutrida de golosinas en Ciriaco Garrido con merecido éxito. En ese cartel avisan sus dueños al parroquiano de que, sintiéndolo mucho, está prohibida en su interior la presencia de animales de cuatro patas: se lo advirtió un inspector de consumo que pasaba por allí, cuando observó que un cliente se disponía a eludir la prohibición y le afeó su intención. Convenció según me cuentan con naturalidad y elegancia a los propietarios de la inconveniencia de que en un espacio dedicado al ámbito hostelero convivan nuestras mascotas, por una cuestión elemental de higiene que, como tantas otras, a menudo se olvidan. Y de ahí el cartelito antedicho.

Aquel funcionario, en realidad, se limitó a observar algo que parece de sentido común: que la presencia (o no) de animales en un bar no debería obedecer a un impulso personal, propio de la gestión de su negocio, de cada camarero. Que se trata más bien de una materia legislada por las distintas ordenanzas municipales, regionales, nacionales y (ya se ha dicho) incluso europeas. Ante ese puñado de dictámenes reguladores de tal cuestión, poco puede hace el empresario: sólo, limitarse a cumplirlas. Le gusten más o menos. Por eso me pareció inapropiado (segundo hito) otro cartelito que detecté hace alguna semana a la entrada de otro bar: el dueño se confesaba (en inglés, por cierto) amigo de los animales. Lo cual me parece fetén: esas pobres criaturas que no hacen daño a nadie seguro que agradecerán siempre una cariñosa mano amiga. Con la segunda parte de su aviso no estaba sin embargo tan de acuerdo: la dueña del bar aprovechaba para invitar a sus parroquianos a ingresar en su bar con su mascota. Lo cual, habrá que repetirlo, está prohibido.

 

Bebederos para perros a la entrada del bar Beitia de la calle Somosierra de Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

Tercer hito: concluía días atrás una ronda por la calle Somosierra, cuando el gentil dueño del Beitia me hizo reparar en un par de bebederos para perros situados a la entrada de tan ejemplar establecimiento. ¿La razón? Que, en efecto, había comprobado que la presencia de animales en su local estaba vetada (“Normal, tampoco pueden entrar por ejemplo en un supermercado”, aceptaba) por la legislación y que, en consecuencia, pretendía demostrar que su local nada tenía contra los animales ni contra sus dueños. De modo que había situado esos dos platillos para cumplir con el mandato bíblico: dar de comer y beber al hambriento y al sediento, qué importa si sólo sabe ladrar (hay algún ejemplar análogo que no obstante camina a dos patas). Así, sus propietarios podrían degustar de las ricas gollerías que despacha adentro, en su exitosa barra, sabedores de que sus mascotas les imitarían, sólo que fuera del bar.

En fin. Que lejos de mi ánimo denostar al mundo perruno en general, que para algo ha sido históricamente señalado con una expresión (eso de perra vida) que señala la dificultad que históricamente han tenido sus integrantes para llegar al final de cada día. Pero aprovecho para recordar lo antedicho. Que aunque existe alguna confusión legal en cuanto a la interpretación de la norma, parece claro que no: que los animales deben permanecer fuera del bar y sus dueños, dentro. Y que no se trata de una decisión que puedan adoptar (como bien advierten los ejemplos citados arriba) los dueños de cada bar: la Administración decide por ellos, igual que en otras cuestiones cotidianas, puesto que se trata de garantizar el cumplimiento de las ordenanzas.

A este respecto, añado este comentario que me hacía llegar un compañero, encendido defensor por cierto del reino animal, días atrás: el desagradable impacto que le generaba ingresar en cierto bar que no nombraremos porque su dueño, propietario a la vez de unos perros de impresionante tamaño, los dejaba sueltos por el local, generando ruidos, malestar y hasta cierta inquietud entre la clientela. De modo que regresamos al principio de este artículo: como bien nos alertan desde el Tizona, resulta compatible adorar a los perros y limitar su presencia en los bares. A veces es por su bien: pueden verse expuestos como sus dueños a la desagradable sensación de acodarse en su barra predilecta, dirigir su mirada a la televisión y que aparezca Tele 5.

Él nunca lo haría.

P.D. Se ha citado arriba el Beitia y se vuelve a mencionar aquí, porque tal vez algún feligrés asiduo habrá notado el tributo sutil que este bar rinde al llorado Florida de la calle San Agustín, cuyos ajos tanto reconfortaron a sus parroquianos conspicuos en aquel Logroño en blanco y negro. Ajos en vinagre, un suculento, sencillo y recio bocado que en el Beitia despachan según la receta clásica y bajo esa misma denominación: para que no quepan dudas del homenaje que se rinde al viejo bar desaparecido, el gigantesco tarro donde duermen esas cabecitas de ajos luce su nombre bien visible. Florida. Y ya está dicho todo.

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Saturnino Ulargui: pequeña calle, grandes bares

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En aquel Logroño de entonces, para mi febril imaginación adolescente no había signo de mayor distinción que esa venerable placa del nomenclator local: calle particular de Saturnino Ulargui. Particular, menudo lujo. Me sonaba a una especie de privilegiado pasadizo, donde los propietarios (la familia Ulargui) sólo admitían a sus allegados. Cuñados y demás familia. Eso era tener clase: transitar desde avenida Portugal hacia el oeste de la ciudad, entonces un inhóspito páramo más o menos mal urbanizado sólo gracias a la gentileza del amigo Saturnino, de quien no tenía el gusto (aunque conocía bien a varios integrantes de la querida familia Ulargui, a quienes desde aquí envío un saludo, empezando por Berta madre).

Qué era en realidad esa calle. Bueno, lo antedicho. Casi un callejón más que calle, que surgió de repente una vez demolidas las construcciones adyacentes (incluyendo la señorial fábrica de conservas Trevijano, icono logroñés del pasado siglo) para que la ciudad pudiera crecer y multiplicarse, según el mandato bíblico. Más allá, hacia Poniente, se extendía un mar de huertas, la recién nacida Gonzalo de Berceo (llamada entonces prolongación de la Gran Vía), Luis Barrón y alrededores (avenida de Bailén, por ejemplo: también bautizada por el ingenio popular como Quinta Avenida). Pero en Saturnino Ulargui (calle particular) no había nada, en realidad: un puñado de grúas auguraba la construcción de bloques que se avecinaba. No tardaron mucho en llegar: cuando lo hicieron, de nuevo el vulgo bautizó a su manera esa calle neonata como “la calle de la Cruz Roja”, pues la benéfica entidad plantó allí sus reales procedente de Portales y se convirtió en la referencia ciudadana del conjunto de la calle. De la calle Saturnino Ulargui.

Que dejó de ser particular. Integrada en la trama urbana, no tardó en proponerse como una alternativa a los itinerarios castizos para nuestro pasatiempo favorito: ir de bares. Pronto surgieron unos cuantos de ellos, que servían como cabeza de playa desde la calle Laurel y aledaños para la conquista de la entonces todavía flamante zona: una especie de territorio fronterizo, donde se podía mitigar el aullido de las tripas con alguna cazuelita mientras aguardábamos la hora de ingresar en los pubs de confianza de Chile, Vitoria, Fundición y resto de calles. De esa época datan algunas referencias que todavía resisten, en perfecto estado de revista, por cierto: el Mesón Don Chufo, por ejemplo, alguna vez citado aquí por su ejemplar desempeño al frente de una barra de extraordinario encanto y maravillosos fogones.

O el Tejas, que me tuvo entre sus fieles clientes hace alguna glaciación, porque me caía al lado del curro que entonces me tenía alistado y era una garantía para la clientela tardona, como era mi caso. Más allá de la medianoche incluso, cuando salía de trabajar en fin de semana me dejaba caer por su jurisdicción en busca del reparador bocata de jamón, que no olvido. Otros negocios no han corrido la misma suerte: han ido cambiando de manos y de nombre, mientras veían a su alrededor cómo la calle cambiaba. Un cambio vertiginoso, casi revolucionario en los últimos años: desde su peatonalización, la calle Saturnino Ulargui es otra. Un edén de bares de todos los formatos que han galvanizado estos metros cuadrados con una contundencia que merecía una entrada en este blog dedicada en exclusiva a glosar sus bondades: será una calle pequeña, pero caben bares muy grandes.

Porque, en efecto, permanecen con envidiable estado de salud los bares arriba mencionados, adictos a la tipología de mesón o taberna. Como resiste bajo otra denominación el actual Mesón Antonio, vecino del Café Luz, una institución en la calle en su anterior encarnación, esquina a Guardia Civil. Allá al fondo se divisa desde hace unos meses La Chispa Adecuada, ya citado aquí (ojo a su ensaladilla rusa y otras golosinas); en la acera de enfrente, más y más oferta. Porque allí se emplaza desde hace largo tiempo el restaurante La Galería, que ofrece también servicio de bar en su coqueta terraza. Y muy cerquita, frontera con avenida de Portugal, allá donde antes probaron suerte una baraja de negocios, acaba de abrir una barra especializada en un trago de moda, el vermú: se llama Vermú Tiki, un juego de palabras que ayuda a desvelar en efecto en qué consiste el principal ingrediente de su oferta. Que la calle completa con un local desdoblado: al Muu le salió enfrente un hermano pequeño, La Dehesa de Muu, de modo que salvo olvido, omisión o error, queda completado este estupendo mapa de bares logroñeses que puede agregar todavía un par de entradas más: la que protagoniza el Gran Vía, cafetería alojada en la avenida homónima pero que tiene también entrada por Saturino Ulargui. Y dos, un bar que resiste en mi memoria: el Baden. Mi hermosa marisquería, que una vez abrió filial en esta calle desde su emplazamiento original en Travesía de Ollerías. Donde pasé más de una tarde poniendo en peligro (gozosamente) la tasa de ácido úrico, ignorante por entonces de que un día alumbraría este artículo a mayor gloria de esta calle donde caben todos los bares.

P.D. Que Saturnino Ulargui tiene vocación hostelera se confirma porque dispone incluso de hotel (para quienes se vean muy perjudicados por la ingesta o declinen regresar esa noche a casa) y de vinoteca (para quienes quieran perjudicarse, pero poco: el vino, con moderación). Cuenta (ya se ha mentado) con restaurante y añade otro atractivo adicional con sólo pasear un poco y acercarse hacia la Gran Vía o Murrieta por la calle Guardia Civil: la pastelería Goya, la otra vinoteca anexa esquina a Murrieta y la chocolatería Mallorca, de la que todo ignoro en su actual versión pero que fue refugio, oasis y tantas cosas más en mi mocedad. Allí descubrí un manjar que he dejado de frecuentar: el vegetal a la plancha. De donde se deduce que la calle será benemérita pero que también el Mallorca siempre lo será para mí.

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Una de caparrones

Caparrones de La Mengula

 

En algún momento de mi larga vida como cliente de tantos y tantos bares logroñeses fantaseé (las nubes del alcohol, supongo) con qué pincho se me ocurriría acompañar los tragos conspicuos en el improbable caso de que un día me diera una ventolera y pasara al otro lado de la barra. Creo haber mencionado aquí una de esas ocurrencias: servir chuletillas al sarmiento, un bocado no tan habitual como pareciera por Logroño. Cosas de las infraestructuras que exige ese manjar para despacharse como debiera. Menos entendible me parece otra de aquellas ideas que me asomaban al caletre por entonces y todavía me asaltan ahora de vez en cuando: servir como cazuelita una de esas glorias de la cocina riojana que son sus legumbres. Pedirte un vino y que te ofrecieran una de caparrones.

Lo cual empieza a ser una laguna mitigable y mitigada. Mitigada por las buenas gentes que defienden algunos de nuestros bares favoritos. En La Méngula, “un clásico de Laurel que se trasladó a San Agustín”, como el propio bar informa, tropecé hace semanas con la muy agradable sorpresa de un perolito donde alguien con estupenda mano para la cocina prepara unos caparrones fetén. Naturales por cierto de Santurde, según avisó gentil el ideológo de todo esto, viejo compinche de los tiempos en que uno frecuentaba estos rincones de Logroño (ay) con puntualidad ferroviaria y periodicidad casi diaria. Una delicia cuya imagen ilustra estas líneas: me ahorro más comentarios. Ahí verán ustedes mi bodegón favorito. Un bodegón muy riojano. Acompañado, por cierto, de un surtido de guindillas: se le saltan a uno las lágrimas.

 

Garbanzos y pochas en La Taberna de Baco

 

Esta cazuelita autóctona forma parte de un itinerario donde he ido anotando al menos un par de entradas más, a falta de que algún improbable lector me corrija y añada sus propias aportaciones. Porque hablando de buena mano para la cocina: en La Taberna de Baco, ejemplar establecimiento de modélicos fogones, sirven unas pochas tan inolvidables como recomendables. También disponen de otro plato cumbre del recetario regional, antaño más presente hogaño: garbanzos. Con sus sacramentos tan suculentos. Y sus competitivas tarifas: las pochas, a tres euros y medio; los garbanzos, un euro más. Las fotos que sujetan estas líneas pueden satisfacer la curiosidad de quien sienta la tentación de asomarse por este nutritivo establecimiento de la calle San Agustín: el paraíso debe ser algo así.

 

Pochas con chopitos, en el Torres de Laurel

 

Agregue quien así lo desee otra cazuela de pochas igualmente memorable, que caté recientemente en la calle Laurel: las que ofrece el Torres, en esta aventura allende la calle San Juan, nutrida de una barra de estupendas ambrosías donde descollaba precisamente ese mentado platillo. Unas pochas, sí, pero ojo: no unas pochas cualquiera. Aquí las sirven mezcladas con… chopitos. Un clásico del combinado huerta/mar que quita el sentido. Observe quien tenga alguna duda la foto que preside este párrafo y confiese: sí, dan ganas de atacar el perolillo.

Cierto que se trata de bocados contundentes, que reclaman estómagos aguerridos dispuestos a huir del modelo de tapa minimal tan en boga. Tal vez no tengan un público potencialmente predispuesto a dejarse seducir por sus encantos: desde luego, no es mi caso. Y sospecho que habrá más parroquianos a quienes no les disguste (más bien, todo lo contrario), deambular por sus bares predilectos pensando que en algún momento de sus rondas podrían concederse un capricho en forma de legumbre indígena. Para lo cual se necesitará que al otro lado de la barra encuentren quien satisfaga sus pretensiones: profesionales intrépidos, cuya audacia les conduce a darle unas cuantas vueltas a la cabeza, luego otras tantas al puchero y ofrecer a la clientela estos platos de siempre que gozan de larga vida. Y que admiten este formato: formato pincho o cazuelita. Para disfrutar tapeando. Que es gerundio.

Habrá desde luego otros bares logroñeses donde semejantes bocados sean norma. Una alternativa menos sofisticada pero que gozará del aplauso de quienes, naturales y foráneos, buscan en sus incursiones por los bares una vía distinta a la globalización que todo lo invade. Puesto que nos arriesgamos a que la moderna hostelería copie sin cuento los hallazgos de otros colegas diseminados por el universo mundo, el regreso a la culinaria tradicional será una virtud que permitirá a quien la enarbole conquistar territorios que claman por la diversidad. También la gastronómica. Pinchos destinados a superar con nota varios objetivos: recuperar estos platos tan propios de la cocina de toda la vida, demostrar que admiten ser despachados en versión reducida y reconfortar a la parroquia que no los olvida. Y de paso, hacernos feliz a quienes nos conformamos con poca cosa: con escuchar al camarero de guardia pedir con voz vibrante a sus colegas de los fogones eso de ‘y una de caparrones’.

Marcando mucho la doble erre.

P. D. En anteriores capítulos, ya se ha comentado lo estupendo que sería tropezar por Logroño con bares cuya oferta gastronómica apuntara directamente al corazón de La Rioja, esto es, a los proveedores locales. Es decir: que cuando hablamos de legumbres, como en este caso, se cite su procedencia, a poder ser con denominación de origen. Productos de pueblo, como los vinos de pueblo que recién ha empezado a promocionar la DOC Rioja. Que combinan por cierto fetén con estas cazuelitas, que es usual acompañar desde antiguo con unos tintos jóvenes. Vino del año, ese néctar que sobrevive a duras penas en nuestras barras conspicuas.

 

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