La Rioja
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Réquiem por Las Escalerillas
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Jorge Alacid | 04-09-2015 | 10:01| 0
Aspecto que presenta el antiguo edificio de Las Escalerillas.

 

Cuando este blog inició su andadura, aproveché para proclamar mi devoción incondicional por el desaparecido bar Pachuca, cuya imagen me sirve como emblema (foto cortesía de Justo Rodríguez). El Pachuca era un bar alojado en Marqués de Vallejo como podrá observar cualquier logroñés que descienda hacia Portales y detecte su elegante rótulo saludando entre Ollerías y Hermanos Moroy. Un bar que me tuvo de cliente de muy niño. Tan de niño que mis recuerdos son más bien vagas fantasías, inconcretas. Se trata en consecuencia no tanto de un bar como de un Grial, un ensueño al que agarrarse cuando repasas tu historia sentimental de bebedor de fondo y compruebas que pasan los años. Y que cuando despiertas, el Pachuca sigue ahí.

Señalé entonces al Pachuca como el bar que yo abriría en Logroño si un día los astros se aliaran para permitirme semejante ocurrencia. Ahora añado otra, de parecido destino: irrealizable, me temo. Recientes expediciones nacionales e internacionales me invitan a concluir que hay un tipo de bar que merece su propia resurrección, porque engarza con una línea de garitos que menudean lejos de nosotros, a los que Logroño ha ido renunciando. Otro local al que conceder una nueva vida: Las Escalerillas. Garito castizo y fetén, bizarro como ninguno, pereció hace ya unos cuantos años aunque preservó durante un tiempo la fachada intacta, como ofreciéndose para una improbable reapertura que nunca llegará. Porque si su cierre tuvo algo de tragedia logroñesa, el fatal desenlace que aguardaba a la vuelta de la piqueta tiene toda la pinta de ser una enfermedad. Grave, mortal. La enfermedad que se llevará de nuestro equipaje emocional el Logroño inmemorial a medida que sus vecinos vayamos tolerando desaguisados semejantes.

 

Vista del desaparecido inmueble desde la calle Carnicerías

 

Porque la piqueta, en efecto, arrasó con el edificio donde se alojaba el peculiar asador de cuyos fogones salieron algunos de los mejores corderos nacidos para ser sacrificados en Logroño. Otro tanto sucedía con un bocado célebre en mi mocedad, que yo adoraba aunque ahora admito que genere más bien… ¿Asco? Tal vez. Me refiero a las cabecillas, jugosas viandas que me tuvieron entre sus más fanáticos degustadores y que han ido retrocediendo en nombre de la cocina políticamente correcta. Cabecillas en Las Escalerillas, local muy adecuadamente bautizado porque se emplazaba precisamente en ese tramo de Carnicerías que ingresa en la plaza del Mercado peldaños mediante y que conoció sus mejores años en los años 70. Mesas corridas, manteles a cuadros y una oferta gastronómica que apostaba por el monocultivo de carne asada, piezas que salían perfectas de punto, excelsa gloria para los paladares. Ensaladas de lechuga, cebolla y aceitunas completaban el festín. Una cocina auténtica, virgen, pura. Una cocina que ya no volverá.

 

Interior de la antigua casa de comidas

 

Y  sin embargo… Sin embargo, quien esto firma observa que locales de semejante índole sobreviven con muy buena pinta fuera de Logroño y piensa por lo tanto que si el dios de la hostelería logroñesa le concediera un día un segundo deseo, luego de reabrir el Pachuca para servir de nuevo sus pachuquitas, uno elegiría sin duda Las Escalerillas como el local que volvería a poner en marcha. Olvidaría la mejorable presencia que ofrecía en sus últimos días y recuperaría su espíritu, tan cañí. Derramaría otra vez magia desde sus fogones, despachando sólo corderos, cabritos y cabecillas, qué pasa. Mantendría la liturgia de las ensaladas sucintas y encargaría renovados manteles de cuadros. Conservaría desde luego los bancos corridos, ejemplar modo de atacar la ingesta de calorías que en otros pagos cuenta con una fanática feligresía. Procuraría, por supuesto, modernizar la gestión de higiene y limpieza a costa de perder autenticidad (qué le vamos a hacer). Y enseñaría que otros bares son posibles: son los bares de antes. Los bares de siempre, merecedores como sus clientes de una vida mejor.

 

Degustando cordero en Las Escalerillas

 

P.D. Un par de las fotos que acompañan este post recuerda los últimos días de Las Escalerillas y otro par refleja cómo la incuria municipal permitió, como suele ser norma en Logroño, el derribo del edificio en cuyos bajos se albergaba Las Escalerillas. Un desdén sólo equiparable al desinterés también municipal cuando pasado el tiempo se comprueba que ese agujero se mantiene intacto en el corazón de Logroño. Es también equiparable al pasotimos vecinal, que tolera como también es norma entre los logroñeses esa fea fachada desdentada cuya sola visión causa grima y desazón. Así que el sueño de recuperar Las Escalerillas con que retomo este blog luego del descanso agosteño deberá esperar a que antes se haga realidad otro sueño, otra fantasía: que los bárbaros que fomentan tales estropicios deserten de la manía que le han cogido a Logroño. Y que dejen de maltratarnos a los logroñeses.

 

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Bares de un barrio joven y fresco
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Jorge Alacid | 24-07-2015 | 07:56| 0
Participantes en una edición de Riojano, Joven y Fresco, en el barrio logroñés de Siete Infantes

 

Llega el reportero a la redacción y sin tomar siquiera asiento, su jefa le espeta: “A Siete Infantes”. ¿Cómo? “Sí, a Siete Infantes. Están dando hoy las primeras licencias de ocupación”. ¿Siete Infantes? ¿Qué es eso? Y, sobre todo, ¿dónde cae? Nuestro hombre prefirió disimular su ignorancia, como tantas veces. Marchó tarifando del periódico y se buscó la vida: vaya a usted a saber dónde está Siete Infantes, así que una llamada al concejal de confianza le pone sobre la pista. Donde los Golem, le explica. Vueltas y más vueltas: en ese páramo no había rastro de huella humana aquella mañana. Bloques y más bloques despoblados, ningún coche ocupando las infinitas plazas de aparcamiento y una vaga intuición: tal vez allí, al doblar la esquina… Bingo: un grupito de técnicos municipales, jefes de obra y futuros vecinos se arracima en torno a un portal, teorizando sobre no sé qué secretos de la cota cero. “Perdonen, ¿esto es Siete Infantes?”, pregunta el intruso. El grupito asiente y sigue a lo suyo. Bienvenido al nuevo Logroño.

La escena ocurrió a principios de los años 90. El redactor, el mismo que ahora escribe estas líneas, conoció de semejante y misteriosa forma esa esquina de la ciudad, donde cierto arquitecto municipal le había hablado de una prometedora pasarela de madera fabricada en Suiza, preparada para viajar con destino al enigmático parque de San Miguel, paraje del nuevo barrio que uno ni siquiera sabía situar en el mapa de su ciudad. Unos días después volvió por Siete Infantes para otro reportaje: le habían avisado de que se ocupaba aquella tarde el monumental edificio del IRVI que ocupaba (y ocupa) toda una manzana, acontecimiento que no quiso perderse. Cientos de vecinos tomaban de repente posesión de sus casas, como si invadieran un pueblo abandonado que hacían suyo: como colonos, con la misma fiebre de los pioneros del Far West.

Luego fueron llegando El Cubo, El Arco, Valdegastea… Madre de Dios y San José renovaron su fisonomía, Logroño saltó la Circunvalación hacia Los Lirios, también Yagüe,Varea y La Estrella pasaron por el quirófano, nació Cascajos… Pero de todos esos barrios de la periferia aquel donde un reportero primerizo en información logroñesa se destetó fue en Siete Infantes, de modo que regresar sobre sus pasos hoy le rejuvenece. Sucede con ocasión de cada cita con el Riojano, Joven y Fresco que alberga ese sector de la ciudad, así como con otras expediciones, que sirven para confirmar que la vida inunda el barrio… incluida la vida hostelera.

Valga por lo tanto este largo preámbulo para confirmar que hay bares en Logroño lejos del centro. Bares atractivos, con buen servicio y una oferta complementaria a los de siempre. Bares donde se obra el prodigio de reencontrarse con la segunda generación de veteranos del oficio, como Emiliano, hijo del gran Emiliano (valga la redundancia) de quien uno se confiesa seguidor desde que defendía el bar de Cantabria hasta que se hizo una leyenda logroñesa en el Tívoli. Su bar se llama La Tarasca y es un espectáculo: desde la profesionalidad que uno observa en estos camareros de toda la vida a quienes Baco bendiga, a los suculentos bocados que despacha en su barra a un ritmo incesante, barriendo todos los tramos horarios. Algo semejante ocurre en el cercano Dover, de inacabable terraza desbordante de público e incesante ocupación, gestionado también con semejante profesionalidad, o en el elegante Amalur.

Porque en Siete Infantes hay bares porque hay público: el barrio cuenta con una ancha población formada por miles de logroñeses a quienes da servicio esta panoplia de locales con muy buena pinta. Por ejemplo, el jamonero Jabugo, donde uno cató por primera vez esa exquisitez llamado secreto ibérico, así que nunca lo olvidará, o unos cuanto más: es el caso del Museum, donde Basi ofrece muestras del talento hostelero que ya desplegó cerca de esta casa, en el Monterrey.

Otra segunda generación de camareros, otro bar que merece la pena, otro barrio que engrandece Logroño. Un barrio joven y fresco que le rejuvenece a uno: cuando vuelve a pasear por sus calles, se mete en la máquina del tiempo y se vuelve a ver a sí mismo, libreta en ristre, preguntando a unos indígenas si ese desierto se llama Siete Infantes. Pensando en cuándo alguna mano amiga haría el favor de abrir un bar por allí.

P.D. Este blog se toma vacaciones como suele. Así que desea a sus improbables lectores refrescantes tardes de hamaca y lectura, chapoteos varios, epifanías caniculares y provechosas excursiones. Y aprovecha para rendir tributo a un convecino desaparecido hace unos días: el distinguido jurista logroñés Conde-Pumpido, quien apareció por aquí en su condición de miembro de la tertulia del Carlton, que pierde a uno de sus señeros efectivos. Cada día se hará más difícil a sus antiguos contertulios seguir jugando a los chinos… Asi que en su honor, derramo esta sincera lágrima sobre la arena. Una lágrima que cayó en la arena de la costa amalfitana.

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Los bares peregrinos
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Jorge Alacid | 17-07-2015 | 11:58| 0
Almuerzo para peregrinos en el albergue de Logroño. Foto de Enrique del Río

 

El auge del Camino de Santiago deviene en peculiares consecuencias para distintos ámbitos, desde los más naturales (el mundo de la cultura o el de la religión), hasta los más alejados de ese impulso espiritual que empuja a tanto peregrino hacia Galicia. La economía, por ejemplo, en cualquiera de sus encarnaciones se beneficia del impulso que generan estos amantes de la caminata o de la bici, que en algún caso viajan también en vehículos a motor. Sospecho que no se bañarán en los albergues en monedas y billetes tipo Tío Gilito, porque parece incompatible esa exhibición de opulencia con el arrebato interior propio del peregrino, pero algún gasto tendrán que hacer. Tendrán que alimentarse, supongo, y no de cualquiera manera, porque la travesía reclama una generosa dosis de hidratos de carbono y suplementos vitaminados. Y tendrán que echar un trago de vez en cuando, acodados en los garitos de cada población que salga a su encuentro. Refrescarse con la bota de vino a la sombra de un árbol camino de Santiago será un placer seguro que grato, sólo comparable al experimentado tomando sitio en los bares diseminados por el llamado Camino Francés, que cruza La Rioja y deja en consecuencia su propio reguero de locales dispuestos para acoger al peregrino.

Así ha nacido en el gremio hostelero logroñés una suerte de subsector que podemos llamar ‘Ponga un peregrino en su barra’. Lo saben muy bien todos aquellos bares desplegados por el trazado que en Logroño toma el Camino, desde el puente de Hierro hasta la Ruavieja, trepando luego hasta la plaza del Parlamento. Es en esta zona donde se concentra lo mejor de la oferta para el peregrino, que el sábado próximo festeja a su patrón. Son bares que, como ya hemos comentado en otra entrada, se dedican a los devotos de Santiago con una atención especial, que se nota ya incluso en los horarios de apertura. Madrugan estas buenas gentes porque madrugan los peregrinos, quienes espantan así los calores veraniegos para alcanzar todavía con la fresca su siguiente etapa. Así que por El Revellín y alrededores menudean los bares especializados en desyunos peregrinos, menos frugales que de costumbre. Y como suele suceder, pronto se corre la voz entre los caminantes, que llegan a Logroño sabiendo muy bien qué usos deben acometer: Dónde comer, dónde desayunar, qué bares son los mejores para no desviarse mucho de la ruta ni entretenerse o, por el contrario, cuáles son preferibles para callejear un poco por la ciudad que provisionalmente los acoge, disfrutar de su oferta de tragos y bocados, salirse un rato de la ruta.

 

desayuno para peregrinos

 

Estos visitantes disponen de otros bares algo más alejados del centro, pero siempre en ruta hacia La Grajera (paraje de salida e Logroño en direccion a Santiago) donde la oferta peregrina también sale a su encuentro. Así sucede en el caso de la foto de arriba, tomada en una panadería sita en la manzana del Robinson; y hay, sobre todo, bares y restaurantes del corazón logroñés donde la atención al peregrino forma parte del menú (nunca mejor dicho) propio de ellos. Ocurre con el Moderno, negocio multiusos que cuenta con tantas facetas (antaño y hogaño) que acaba apareciendo por este blog muy a menudo. Observo que en sus mesas interiores y en los veladores de la terraza acostumbran a aposentarse estos viajeros a quienes resulta fácil identificar por la cara exangüe, el gesto exánime, el flaco rostro, la concha peregrina coronando el cayado: son esos visitantes que se derrumban literalmente sobre la silla y atacan el vaso y el plato con un apetito especial. Han dejado atrás penalidades sin cuento desde Roncesvalles hacia Logroño y saben que les espera un calvario similar en cuanto abandonen Murrieta, apriete el sol y la fatiga se agudice.

Es probable que todos ellos den por bueno el sacrificio porque es probable que todos ellos supieran cabalmente a qué esfuerzos se abocaban cuando empezaron la travesía. Pero también es probable que, asumiendo lo que les esperaba, agradezcan un refrigerio amigo allá donde se detengan. Algunos otros hitos riojanos del Camino, como Santo Domingo, me parece que aprovechan mejor que Logroño el paso de este tipo de turistas ocasionales, viajeros de un día o poco más. Que lo aprovechan mejor en el mejor sentido: la oferta gastronómico-hostelera se perfecciona en mayor medida de lo observado en la capital, menudean los comercios alrededor de la catedral con esa clase de souvenires y memorabilia varia propias de un fenómeno cultural convertido en acontecimiento turístico-festivo. Lo cual tiene sus ventajas: a cambio de peregrinar a Santiago y obtener la recompensa en forma de credencial. te llevas también tu particular guía de bares de este trozo de España. Doble premio. Y si a tu paso florece un rosario de barras cuyos desayunos, almuerzos y bocados de toda condición también se ponen mirando a Galicia, creo que incluso al Apóstol le parecerá fetén.

 

 

P.D. Imaginación al poder. Imaginación al Camino. Hasta de sushi están llenos los caminos del Señor, que son inescrutables pero también humanos: algo habrá que comer y que trasegar, incluidas las acababas muestras de la gastronomía nipona.Así que bandeja en ristre quien pase por Logroño, Segovia o Valladolid (hitos del Camino de Madrid) puede ir zampando hasta Compostela las delicias de Sushicatessen, franquicia de comida japonesa presente en esas tres capitales. Maki va, maki viene, hasta el Obradoiro.

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Medio cubata, el regreso
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Jorge Alacid | 10-07-2015 | 08:27| 1
Foto antigua de la pastelería/cafetería Iturbe, en la calle Vara de Rey de Logroño

 

Un comentario en este blog a propósito de una entrada anterior sobre la cafetería/pastelería Iturbe me hizo añorar el pasado aquel en que tomarse media consumición era un hábito frecuente. Media consumición: hoy lo cuentas y da risa. Pero en nuestra mocedad era moneda común. Y es pertinente la metáfora porque todo se reducía a eso, a las monedas. Mejor dicho, a su escasez. Como no menudeaban precisamente las pesetas en nuestros bolsillos, de modo que ni siquiera necesitábamos billeteras (puesto que carecíamos, en efecto, de billetes), el empresariado hispano disponía de ofertas ‘ad hoc’ (me encanta esta expresión) adaptadas en consecuencia a ese generalizado paisaje de austeridad.

De modo que en algún estanco o en ciertos puestos ambulantes era posible, mientras nos crecían las primeras espinillas, hacerse con cigarrillos por unidades. Fumar era un vicio, sí, pero sobre todo era un vicio caro: cualquier economía no se lo podía permitir. Desde luego, el paquete (con perdón) era propio de gente con posibles. Exigía cierta capacidad de ahorro lejos de nuestras posibilidades, así que o lo sisabas en casa o te hacías con los pitillos de uno en uno.

He ido olvidando dónde se despachaba esa mercancía, pero no me extrañaría que fuera en aquellos inolvidables recreativos donde nos iniciamos en pecaminosas costumbres: la nicotina, por supuesto, pero también el futbolín (emtonces, todavía sin mosca), la máquina flipper (que aprendimos a manipular para ganarnos una partida extra… salvo que apareciese la palabra maldita, tilt) o el rock and roll versión gramola. Una religión que me tuvo entre sus fieles allá en el Pleistoceno, usuario como tantos logroñeses hijos del colegio San José de los billares de Nico, en cuya máquina musical (también denominada juke box) si cierro hoy los ojos aún creo ver a ciertas chavalas colocando su disco favorito en su postura favorita: decúbito prono. Y yo ya me entiendo.

Ocurría otro tanto en el ámbito hostelero: que también la mercancía se ofrecía en formato minimal. A medida que uno empezaba a fumar, la edad exigía otros hábitos. Y uno de esos peajes reclamaba nuestra presencia en los primeros bares, de donde no era extraño que fuéramos desalojados en cuanto los mayores de ambos lados de la barra detectaban nuestra presencia y nos enseñaban majestuosamente la puerta: no, no éramos mayores de edad. Ni siquiera valía la pena enseñar el carné, del que tal vez incluso carecíamos: nuestra párvula jeta evitaba ese trance. Un trago que también había que franquear cuando tocaba ir al cine a una película vetada para menores de 18 años: más o menos como ahora. Así que a medida que avanzaba la pelusa en el bigote, se retiraba el acné y se nos ponía voz de tenor empezó a tener sentido echarle algo de morro, acodarse en la barra elegida y pedirse… un mosto. Cinco pesetas. Una limonada, un Cacaolat si eras muy moderno (y el dueño del bar comprendía de qué estabas hablando) o algún bebedizo tipo gaseosa o aquel invento llamado jariguay, palabra inolvidable: el alcohol estaba prohibido no sólo en los garitos, sino también en casa. Con alguna salvedad: aquellos peculiares bocadillos de vino con azúcar que formaron parte de la merienda para más de una generación de riojanitos.

Se entenderá que por lo tanto menudease entonces en nuestra vida la consumición partida por la mitad, que admitía dos versiones: o bien te pedías una entera y compartías tragos y tarifa con algún miembro de la cuadrilla o bien la reclamabas así. Media tónica con hielo, como me recordaba el amigo César Cantabrana abriendo sin quererlo el baúl de estos recuerdos. Eran, como bien rememora, los tiempos del Iturbe de Vara de Rey, cuando esa pócima costaba apenas 7 pesetas (que había que sudar para reunirlas, ojo); unos años más adelante, ese mismo brebaje encarecía su precio porque le añadíamos algo de alcohol (un golpe de ginebra Fockink, por ejemplo) puesto que empezábamos a afeitarnos y veíamos cercana la hora de hacer la mili. Sonaba la hora no tanto del cubata como del medio cubata, nuestro trago predilecto.

Quiere decirse que nos habíamos hecho mayores, más o menos. Lo cual significó en esta España mía, esta España nuestra, que nos volvimos locos. Por algún misterioso pasadizo entraba dinero que desmentía aquellos tiempos tan grises y nos lanzamos a esa piscina del consumismo donde aún chapoteamos. Donde pedirse como era norma un medio cubata no sólo parece una ordinariez, propia de gente pobretona y humilde, sino un anacronismo: para empezar, ningún camarero te entiende. Hice hace un par de años la prueba porque llevaba encima unas cuantas copas y sólo me apetecía media: en la barra de ese bar que no citaré aún se están riendo. Yo, sin embargo, pienso que esos días volverán y no será nada malo. Espero que signifique que hemos recobrado la cordura. Porque no creo que suponga que nos hemos metido en la máquina del tiempo y reaparecido en Iturbe, viendo a Cantabrana y pandilla ligar con las chicas de las Escolapias y la Enseñanza (o al menos intentarlo) mientras se toman ese combinado tan camp: media tónica con hielo y limón.

P.D. Gracias a esa entrada en torno a Iturbe, otro habitual lector, el querido logroñés Víctor Rubio, me informa desde Bilbao de la existencia de un Iturbe anterior al de Vara de Rey, que fue el primero que uno conoció. Se nota que es bastante mayor que yo porque se confiesa cliente de aquel local primigenio, ubicado en avenida de La Rioja, más o menos donde ahora se alza el Banco Santander. También ignoraba una especialidad salada de la casa, sus al parecer suculentos emparedados. Según cuenta, mejores que los de Cibeles. Cosa que me permito dudar.

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Bares de nuestros padres
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Jorge Alacid | 03-07-2015 | 07:34| 1
Foto antigua de la terraza del Ibiza, obra de Tomás Asensio. Archivo Municipal de Logroño

Hace unos días, mientras asistía al parlamento con que Félix Revuelta agradecía el premio Mercurio, caí en la cuenta de que nuestra experiencia como clientes de los bares favoritos se nutre de varios caminos: por un lado, los bares que elegimos según se lleve esa temporada. Por otro lado, aquellos que nos resultan más cercanos a nuestro corazón, los bares adonde acudimos una y otra vez porque representan para nosotros algo más, algo más que bares. Y una tercera vía: los bares que fueron propios de nuestros padres, de donde nos fugábamos espantados porque nos olían a naftalina… y donde sin embargo acabamos desembocando por una pura cuestión biológica. Es decir, a medida que alcanzamos la edad que tenían nuestros padres cuando sus bares predilectos nos parecían demasiado viejunos. Camps. Carrozas, palabra que por cierto ha desaparecido de nuestro vocabulario.

En su discurso de agradecimiento, Revuelta recordaba ante los convocados por el Club de Marketing su propia trayectoria como logroñés. Incluía un emocionado recuerdo a su etapa de pinche en el estanco familiar, que todavía se aloja hoy frente a la fuente de Murrieta, repartiendo según las consignas paternas por los cercanos bares de la calle Laurel y aledaños aquella mercanía formada por cartones de Celtas. Aludía también el dueño de Naturhouse a cómo pasando el tiempo su familia adquirió un bar, que resultó ser un bar que luego me tuvo entre sus fieles, en una etapa supongo que posterior a cuando lo defendían los Revuelta. Se trataba del bar Texas, a cuya máquina flipper estuve enganchado en la adolescencia: sí, el mismo bar Texas ya desaparecido que formaba parte de un trío de locales, el Apolo y el superviviente Tizona, ubicados los tres en la manzana de avenida de Colón entre Jorge Vigón y Villamediana, un trío que ha aparecido ya aquí en otras entradas.

Asi que repasando mi propio ejemplo, reviso la historia de quienes nos precedieron trasegando infusiones, alcoholes y destilados por Logroño y recuerdo que cuando uno vestía pantalón corto (no pantaloneta, ojo) veía a sus progenitores y compañeros de quinta deambulando por La Granja y el Ibiza, o apoltronados en los veladores de La Rosaleda. También frecuentaban el Pachuca y el Ringo cercanos, por supuesto acudía al Milán y el San Remo, aquella clásica ruta, así como se dejaban caer por el Alevi de la Gran Vía, el Llacolén y Lucans de avenida de Portugal y ya de más mayores por el Duque, inolvidable pub ubicado en los bajos del hotel París, así como por el Mesón del Rey (hoy Casablanca) y el Doblón de Portales. El Robinson, Pat Garret y Mi Amigo fueron los garitos de la Zona favoritos de aquella generación, me parece, lo cual significaba que para sus hijos eran los tres que había que evitar a toda costa.

A la hora de disfutar de la cocina local, esos logroñeses que hoy disfrutan de la jubilación fueron devotos de Las Escalerillas y el Buenos Aires, claro, del Carabanchel y del Cachetero, del Iruña y Matute, porque en realidad tampoco había tanto donde elegir. Se habían iniciado en la afición que luego heredamos sus hijos en locales tipo Bolo Pin Club, Rango y otros que uno apenas llegó a conocer y, como el resto de la ciudad, a medida que Logroño crecía iban abandonando los viejos bares de la calle Mayor y alrededores para trepar hacia el ensanche nacido en torno a la Gran Vía y ocupar en consecuencia los bares que allí se fueron alojando, con una querencia común hacia el desaparecido Las Cañas (resucitado ahora como Wine Fandango) y alguna incursión en esos negocios que acarician una cuerda en el interior de cada cual: en mi caso, las expediciones a por el bocata de jamón del Rincón de Pepe de la calle Oviedo, el bar de las piscinas de Cantabria, también el de la Hïpica con su barra exterior… que merecerá una entrada propia un día de estos.

Muchos de ellos han periclitado, otros han mudado su fisonomía hasta quedar irreconocibles. Pero en los que resisten yo he acabado entrando alguna vez, salvando ese temor intangible que tanto respeto me imponía antes su entrada, porque era tanto como ingresar en el mundo adulto. En el mundo de los adultos de cuando yo era un crío o un mocete. Al Ibiza, por ejemplo, suelo peregrinar una mañana cada finales de julio según un rito personal cuya justificación no viene a cuento, pero que sirve para hermanarme con aquel tiempo en que lo frecuentaba de niño y convoco en consecuencia a mis propios fantasmas. Los mismos fantasmas particulares que me parece que invocaba el otro día Félix Revuelta cuando recibía el premio Mercurio, miraba hacia atrás y se veía de crío repartiendo tabaco por la calle Laurel. Cuando el mostrador del Texas seguro que le venía grande porque no era su bar aunque sí lo fuera: era el bar de sus padres.

P.D. Hay bares que se forman parte del itinerario sentimental de cada logroñés y hay otros, raros bares por escasos, donde coincidimos todos alguna vez: esos bares son de todos. Me parece que uno de ellos es el Moderno. Iban nuestos padres y también nuestros abuelos, fuimos luego nosotros quienes formamos parte de su clientela y tengo observado que las nuevas promociones mantienen la costumbre de acomodarse en su barra, hacerse fuertes en la terraza o aposentarse entre el maderamen del interior. Tal vez porque lo lleva en el nombre: el Moderno siempre es moderno.

 

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Miscelánea de tragos: Logroño, Madrid, Amberes
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Jorge Alacid | 26-06-2015 | 07:36| 0

El verano empieza a perfumar nuestra vida y al igual que obramos en nuestros quehaceres cotidianos, cuando sacamos la ropa de temporada y retiramos la antigua, me ha parecido pertinente agrupar en esta entrada una serie de impresiones que por sí solas no justifican un artículo pero que sí lo merecen agrupadas bajo el concepto de miscelánea, con un toque esencialmente madrileño puesto que por el foro anduve hace unos días y traigo información más o menos fresca.

Así que mientras me cruzaba por Madrid con caballeros en pantaloneta, ninfas en short y mosqueteros con palo selfi intentando sacarte un ojo. Mientras regateaba perros cagando, perros solitarios, perros por parejas, perros en grupo, mierdas de perro, perros con bozal y perros sin bozal y hasta perros en bolsa (puesto que hacía calor y su dueña evitaba el consecuente sofoco). Mientras comprobaba que hay ciudades incluso en España donde (milagro) ¡¡¡los ciclistas no circulan por las aceras!!! tuve tiempo de hacer aquello que mejor se me da: irme de bares. Aquí va un apresurado resumen.

 

Madrid Eat

 

Madrid te come

Antes, en los años 80, Madrid te mataba y ahora te come, puesto que el bocado es tendencia y al grito de si los clientes no van a los bares, los bares irán a por sus clientes incluso en furgoneta, cada tercer fin de semana del mes se reúnen alrededor de la Torre Picasso una serie de locos con sus divertidos cacharros: a bordo viaja una mercancía hostelera que ya mereció aquí una entrada en exclusiva, una vez detectado que se trata de una corriente al alza. La experiencia es muy recomendable: perfecta organización, no demasiado barullo, oferta culinaria muy variada, tarifas sensatas (cinco euros un estupendo bocata calamarares, por ejemplo) y tragos de cualquier rincón del mundo a disposición del curioso. En junio concluyeron su ronda anual: Madrid Eat (que así se llamaba el invento: pronúnciese Madrit) vuelve después del verano.

Por San Quintín

De tienda de ultramarinos a bar trendy: San Quintín, en la madrileña calle Jorge Juan (cerca del célebre callejón), es una acabada muestra de ese tipo de garitos multifunción que han desembarcado en nuestras vidas como parroquianos. Lo mismo para el vermú que para la copa nocturna o el café de media tarde, el negocio (propiedad del mismo grupo que defiende con éxito otros locales como el Ten con Ten) dispensa estupendos bocados para el aperitivo, sirve también almuerzos desenfadados así en mesas bajas como en las altas que rodean la barra y mezcla en su carta con mucho desparpajo platos de la cocina italiana mezclados con la mejor tradición gastronómica… asturiana, cuya cúspide se llama (nada menos) pizza de pitu de caleya. Nada menos. Por cierto, dispone de una excelente carta de vinos. De vinos de Rioja. Y como es habitual en los Madriles, tiran la caña con mucho estilo.

 

Bar Cabrón, en Amberes. Foto de Miguel Martínez Nafarrate.

 

Bares de otros mundos

Por Flandes anduvo de bares el compañero de esta casa Miguel Martínez Nafarrate y de allí me trae este regalito, ganador hasta ahora de aquel pasatiempo convocado en este blog para premiar al bar con el nombre más raro. Raro por divertido. En este caso, raro y faltón. Ignoramos ambos las razones que movieron a sus dueños a bautizarle con semejante nomenclatura, pero ahí tiene el improbable lector un bar con mucha clase, alojado en Amberes. También ignoramos qué se pretendía con tal nombre: si apelar con semejante denominación a sus potenciales clientes o (tal vez) referirse al propio promotor del negocio.

Bares de este mundo

Vuelve el Perchas. Y se supone que sus orejitas, aunque habrá que aguardar hasta agosto para comprobarlo, porque será cuando el castizo local de la calle Laurel funcione otra vez. También será entonces cuando conozcamos si los nuevos dueños mantienen la fórmula mágica de rebozado que tanta fama le dio. Será también la hora de corroborar si preservan la decoración fetén y bizarra, incluyendo los banderines del Atlético de Madrid. Mientras tanto, los fanáticos de este bocado tienen una estupenda alternativa en la cercana Taberna de Baco: sus orejas no desmerecen las fenecidas (momentáneamente) del mentado Perchas.

 

Bar art decó

 

P.D. Pongamos que volvemos a Madrid. Lo aviso para quien quiera pasar un maravilloso rato deambulando por las salas de la Fundación March en la calle Castelló, que albergan hasta este domingo una inmejorable travesía alrededor del art decó, así que tiene que darse prisa.  Viene a cuento de este blog esta sugerencia porque entre las piezas se incluye la imagen situada sobre estas líneas: se titula ‘Bar en casa del señor Coste’ y se trata de una obra de Jean-Marie Rothschild: un breve apunte de lápiz, carboncillo, gouaché y barniz sobre papel donde observamos en efecto el atildado garito de que el citado Monsieur Coste disponía en su domicilio. Un bar para él solo, solito en su casita. Un capricho que merecerá una entrada en exclusiva atendiendo el consejo que me traslada una gentil dama, seguidora de este blog, sobre esos bares que ni siquiera exigen salir de casa.

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El cono de Logroño
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Jorge Alacid | 18-06-2015 | 15:00| 0
La Veneciana de Marqués de Vallejo

 

Llegaba de veraneo mi abuela Emilia, dejaba las maletas en casa y nos conminaba: “Vamos a tomar un mantecado”. Esa palabra me encantaba: mantecado. Así denominaba mi abuela a los helados, a todos los helados, en aquel tiempo en que apenas se podía elegir entre dos o tres sabores: el de mantecado, en efecto, limón, chocolate… Poco más. De modo que peregrinábamos raudos hasta La Veneciana y por el camino nos íbamos preguntando qué clase de helados eran aquellos que para alguien como mi abuela, vecina de Barcelona nada menos, representaban el paraíso. ¿En Logroño se despachaban unos helados de los que carecía la llamada Ciudad Condal? La respuesta surgía espontánea mientras los saboreábamos: aunque fueran de Logroño, aquellos eran unos helados fetén. Inigualables.

Con el paso del tiempo, La Veneciana de Marqués de Vallejo se ha instalado en mi corazón por razones que ahora no vienen a cuento, pero es que en realidad siempre estuvo ahí, en la región donde habita la historia sentimental de quien esto escribe. Por sus helados, por supuesto, pero también por ese célebre luminoso de discreta elegancia, el más famoso cono de Logroño que sigue saludando al paseante cuando llega desde El Espolón y tropieza con mi vista ciudadana preferida, La Redonda al fondo. Ese rótulo, la acerca festoneada por los chicles que la clientela lanzaba al suelo para atacar el codiciado cucurucho de insuperable barquillo, el helado regalándose y embadurnándote mientras te lo zampabas… Todo esto pertenece al equipaje emocional de tantos y tantos logroñeses, educados en la religión única de La Veneciana hasta que llegó Isago a Vara de Rey: hasta que la propia casa matriz se desplegó por el resto de la ciudad, hasta este momento actual en que la devoción que algunos sentimos por ese bocado frío que nos sigue sabiendo a verano ya dispone en Logroño de otros destinos.

No serán lo mismo, claro. No serán los helados de nuestra infancia, aunque el día en que me pareció oportuno saludar la llegada del verano con una entrada dedicada al helado pensé antes si una heladería se puede considerar como un bar. Me contesté a mí mismo que sí: que tomarse un helado en La Veneciana o en cualquier otra heladería representa un ejercicio de sincera fe en el modelo hostelero, porque este sector de la alimentación en frío dispensa también otros productos (desde café a chocolate con churros, pasando por el granizado) y porque el helado, que solemos devorar mientras vamos caminando, también admite ser degustado en el interior de cada establecimiento.

Aunque no de todos, cierto: la tendencia actual, frente a lo habitual antaño, pasa por pedir el helado favorito, abonar la consumición y, luego de optar entre cucurucho o tarrina, irse con el bocado a otra parte. La heladería de siempre, por el contrario, garantizaba un ancho espacio en el local para la degustación calmada, lo cual ocurre aún en algún establecimiento de Logroño así como en esas heladerías que sobreviven lejos de nosotros. Porque el fino catador de helados habrá observado que tal cosa sucede en la monumental Giolitti, catedral del helado: ubicada en el corazón de Roma, junto al Panteón, despacha su oferta con ejemplar generosidad y la tarifa a precios por cierto muy ajustados. Otro tanto ocurre en la también muy antigua Nossi Bé, céntrica heladería bilbaína que lleva funcionando junto al puente del Arenal desde 1911, cuando se fundó como tostadero de café. Hoy ofrece cosas tan raras como helados de chipirón o de bacalao al pil pil, según la costumbre que han ido adoptando otros maestros como el calahorrano Sirvent (gloria a su destreza heladera) o el extraordinario maestro logroñés Fernando Sáenz Duarte, a quien debemos bocados tan sutiles como el helado de lías de vino blanco… Se me hace la boca agua. Agua helada…

Son sólo algunas de las referencias que regalo al improbable lector de estas líneas, con la advertencia reproducida arriba: que habrá mejores helados, pero que uno lleva en su corazón los de La Veneciana por fidelidad a su memoria y por lealtad a su ciudad, a la ciudad que recuerda de cuando era un crío, llegaba la abuela Emilia y nos invitaba al mejor mantecado del mundo.

 

Foto antigua de La Veneciana de Logroño

 

P.D. La familia Bez defiende La Veneciana desde que se implantara en Logroño (inicialmente, en la calle Portales) procedente de San Sebastián. Las historias que relataba el inolvidable abuelo Augusto emocionaban a todo quien le escuchara: eran relatos tan memorables como su arrojo, su audacia empresarial, su capacidad de sacrificio. En San Sebastián, la casa madre de La Veneciana sigue recibiendo a la clientela igual que por Logroño los descendientes de Augusto fueron luego desplegando su negocio por Gran Vía, Juan XXIII, Vara de Rey y, de nuevo, Portales. Es decir, donde todo empezó, hoy a cargo de la tercera generación. Su oferta se ha ido enriqueciendo con el paso del tiempo, de modo que supongo que cada logroñés tendrá su helado favorito. Por si alguien se lo pregunta, y también porque me apetece dejarlo por escrito, el mío fue, ha sido, es y será el de siempre: su inmejorable helado de café.

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Londres en sus pubes
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Jorge Alacid | 13-06-2015 | 15:51| 0
Pub The Holy Bush, en el barrio londinense de Hampstead

Nos vamos de excursión. Como suele ser norma, Logroño en sus bares desmiente su nombre y así como antes peregrinó por La Rioja (y visitó los amados bares de Cenicero) y resto de España (Madrid, León, Soria, entre otros destinos), hoy protagoniza su primera expedición extranjera: el viaje reciente de dos compañeros hacia la capital del antiguo Imperio británico me ha refrescado la memoria, que es casi tanto decir como el corazón. Porque uno lleva Londres dentro de su yo más íntimo… incluso desde antes de aterrizar por primera vez en sus calles. Que ya tiene mérito amar algo sin conocer ese algo.

Lo cual significa que desde crío quien esto firma estaba loquito por todo lo que oliera a Inglaterra. Desde su fútbol hasta su rugby, incluyendo los hermosos estadios que albergan ambas disciplinas. Y su música, sus actores (ah, el estupendo Michael Caine) y sus actrices (la inolvidable Julie Christie), sus cabinas de teléfono, sus autobuses de dos pisos, sus taxis, sus policías de extravagantes sombreros… y sus pubs. También llamados pubes. A uno le gustaban los pubs también antes de conocerlos, así que una visitados comprobó que conocerlos es amarlos. Porque la atmósfera que en ellos habita es genuina, irrepetible. Porque la costumbre de abrevar tanto en su interior como en sus alrededores es una hermosa manera de hermanamiento entre clientes, así como un estupendo itinerario para iniciarse en la ingesta de cerveza y sus evocadoras denominaciones: lager, bitter, brown, India pale…

El pub en realidad debe interpretarse como un termómetro de la vida en Londres: en una sociedad tan adicta a la estratificación por clases, los pubs se dividen según esa misma lógica, de modo que hay pubs y pubs porque, en efecto, siempre ha habido clases. Un observador curioso podrá determinar qué tipo de clientela acude a cada uno en función de factores como la vestimenta, la inclusión de mujeres entre la parroquia (más común entre los pubs más top, que diría Mr. Mou, vecino por cierto de esa ciudad) y algún detalle adicional. Por ejemplo, yo he notado que los ricos se ríen más: esos pijísimos londinenses que salen del curro en la City tras mover por el orbe unos cuantos milloncejos a través del éter no pueden contener la risa. Su euforia desencorbatada, su manera de celebrar el éxito de la última operación, la desenvoltura con que se piden otra pinta… Poco que ver con el cliente taciturno del pub de arrabal, que consume su jarra mirando al techo, habla entre dientes y sólo se anima si en la omnipresente televisión gana su caballo favorito.

Superadas no obstante algunas de las peculiaridades del pub, empezando por el idioma, para cualquier españolito ingresar en cualquiera de ellos es ingresar sin embargo en territorio amigo. Pocos locales se parecen más a nuestro querido bar de barrio, porque reúne esa misma condición de faro ciudadano y se nutre de una idéntica clientela por lo asidua y fiel, una clientela que genera esa clase de confraternización entre camarero y parroquiano tan cara a este blog, Una vocación de permanencia que se ilustra en el largo tiempo que gran parte de tales pubs lleva enraizado en la calle que lo acoge. Y, además, son bonitos: quiere decirse que el pub inglés, luego tan imitado, posee un cierto estilo, una decoración peculiar, vintage desde antes de que existiera el concepto vintage. Es decir, cuando lo antiguo era realmente auténtico: un espacio nacido para disfrutar de la cerveza tirada con habilidosa mano (y menos fresquista que en España, como se sabe), para estirar la tertulia, para concederse un rato viendo pasar la vida solo o en compañía de otros. Dios salve por lo tanto al pub: quienes paseen por Londres deberán sin dudarlo visitar la larga lista de célebres museos, recorrer Harrods y saludar en mi nombre a la Reina Isabel, pero deberán también incluir en su itinerario una visita al pub de la esquina para comprobar que los seres humanos nos parecemos más de lo que pensamos. Porque uno puede bautizarse como londinense con apenas tomar asiento en el taburete, reclamar su jarra, consumir su pinta y hacer lo que todos: mirar por la tele a ver si gana su caballo favorito.

P.D. De mi primera visita a Londres tengo guardado un completo resumen de los pubs que fui conociendo, que en posteriores viajes he vuelto a recorrer: una ruta de alto contenido sentimental. Uno se recuerda más joven peregrinando de pub en pub, recordando los buenos ratos pasados, los descubrimientos ya superados porque dejaron de serlo… Los anoto aquí por si alguien siente curiosidad: The Malrlborough Head, muy cerca de Oxford Street (en la calle North Audley); The Duke of York, también junto a Oxford Street, en Dering St.; Museum, obviamente frente al British; Red Lyon, junto a Picadilly, en Duke of Saint James St.; en la misma zona, The Argyl Arm (en Argyl St.); Marquis of Granby, al sur del Tamésis (calle Dean Bradley, por Millbank); Marquis of Clanricarde, un pub de barrio en Sussex Gardens; y el divertido Hog in the Pound (literalmente, Cerdo en la libra), en la calle South Molton. De paso, aprovecho para reivindicar mi favorito, que conocí años después: se ubica en el amado barrio de Hampstead, en un escondido callejón al que sólo puede accederse preguntando a los vecinos… que tratarán de despistar al turista como es tendencia en Londres. Superada las trampas, allí lo ve el improbable lector en la imagen que ilustra estas líneas: The Holy Bush, una belleza de garito que hubiera hecho feliz a Dickens.

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La sonrisa de Manolo Iturbe
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Jorge Alacid | 07-06-2015 | 17:19| 4
Logo de la pastelería Iturbe

 

Entra un caballero en la cafetería, deja sus cosas en un recodo de la barra y recibe de la camarera una invitación en forma de pregunta: “¿Un cortado?”. Nuestro hombre responde que sí y toma asiento, sin percibir que protagoniza un imprescindible rito en forma de civilizada red social, mi red social favorita: la establecida entre camareros y clientes. Claro que para que tal suceso sea posible necesitamos reunir una serie de requisitos: profesionalidad al otro lado de la barra, cortesía en este lado y una relación fijada a lo largo del tiempo, de bastante tiempo. De modo que se precisa que el bar donde semejante prodigio acontece permanezca anclado en el corazón de la ciudad desde hace algo más que un cuarto de hora. Desde que uno tiene memoria, por ejemplo, como sucede en el escenario de este episodio, una anécdota que me sirve para dedicar esta entrada al local que los deudos de Manolo Iturbe defienden con mucha clase en la esquina de Víctor Pradera con avenida de Portugal.

Antaño, este bar/cafetería/pastelería/bombonería (este local que es más bien un monumento) ocupaba un icónico enclave frente al Banco de España. Lo recuerdo como una catedral del dulce, con una decoración muy sesentera, así en los materiales empleados (formica, creo) como en los colores que muy adecuadamente adoptaban la tonalidad más acorde con el establecimiento: eran tonos pastel. Y pasteles había, seguro, pero yo nunca les hice mucho caso: era más bien devoto de su chocolate con churros, que nos administraban sobre todo con ocasión de los cumpleaños que entonces, en los años previos al chiquipark, la bolera y otras conquistas recientes, se celebraban con un sentido de la medida y de la austeridad más acorde con nuestra mentalidad también sesentera. Lo cual significa que nos concedían bastante menos tonterías que hoy.

 

Interior del local de Iturbe

 

Aquel local regentado y bautizado por Manolo Iturbe falleció, aunque no del todo: yo lo sigo viendo tal cual era cada vez que cruzo delante de su imaginaria puerta en Vara de Rey. Y no falleció del todo porque emigró con sus descendientes hacia su actual emplazamiento, para dicha de los fans de la auténtica repostería, de la bollería fetén. El día en que el caballero arriba citado ingresó en el local, quien esto firma se dedicaba a comprobar la extraordinaria diferencia que existe entre una ensamaida de verdad, elaborada con mimo en un obrador de siempre, frente a la bollería de cartón piedra que sale de ya sabe usted dónde: de esas pastelerías franquiciadas que perpetran cada día un atentado contra el cruasán y contra el buen gusto. También contra la tradición.

Porque de eso van estas líneas: de la tradición. De cómo aún es posible entrar en algún bar y que te ofrezcan el café sin pedirlo; en Iturbe incluso van más lejos: lo sirven de saque, en cuanto ven al cliente asomar por la puerta, porque ya saben qué va a pedir. Así que estas líneas tratan de cómo es milagroso que todavía sobrevivan entre nosotros locales donde te recibe la sonrisa que Manolo Iturbe y los suyos nos dedican desde ese hipnotizante logo que adorna tanto esta casa como la ubicada en Poeta Prudencio. Un flan (o una tarta, tal vez, pensaba yo: ahora me entero de que es un suflé) con forma de señor descubriéndose el sombrero de que va tocado, dibujado ignoro por qué mano: una mano genial, en cualquier caso. Porque esa imagen de Iturbe ha sobrevido también hasta nuestros días puesto que ilustra a la perfección lo que aguarda dentro, cuando traspasas el elegante rótulo y te encuentras el conocido festín de gollerías sin igual, empezando por sus idolatradas milhojas y acabando por otro bocado salado sin igual, el pan que llega desde la calle Mayor y luce en su interior el nombre de Primi.

 

Iturbe, en la esquina entre avenida de Portugal y Víctor Pradera

 

Y al igual que antaño era habitual que una pastelería se dotase de una barra donde ofrecer a la clientela no sólo sus dulces, sino un cafelito o una taza de cacao para acompañar su ingesta, con el tiempo tal costumbre ha dejado de ser tan frecuente, así que hay que celebrar como merece que Iturbe todavía resista y combine con sabiduría ambos mundos: el hostelero y el pastelero. De modo que gloria a Manolo Iturbe, a sus inmarcesibles trufas y, sobre todo, a la enorme sabiduría que encierra el hecho evidente de despreciar las modas, permanecer fiel a su estilo inmemorial, conducir con mucho estilo así el mostrador de la confitería como la breve barra donde se atiende al cliente con ese tipo de venerable categoría que uno tanto añora. Gloria a un bar donde además se sirve con esmero algo tan sencillo (en apariencia) como un café cortado, incluyendo algún capricho en esta materia como el que distingue al compañero Juan Marín, habitual de la casa, fan de Iturbe y autor de las fotos que ilustran esta entrada. Gloria en fin a un bar donde el parroquiano habitual ya sabe que ni siquiera tiene que pedir el café; un local donde el cliente fiel siempre estará seguro de que según tome asiento alguien le atenderá desde el otro lado de la barra, con cordial profesionalidad y sin pegajosas ceremonias, con la pregunta que estaba esperando: “¿Un cortado?”.

P.D. Cada vez que visito Iturbe me reprocho a mí mismo no frecuentar su barra con mayor dedicación, porque me asalta una sensación de placidez que no encuentro en otros sitios de la misma índole. Será que ingreso en el territorio de la infancia, supongo, porque todo me recuerda al mentado local de Vara de Rey. Antaño también compartí largas tardes de bollería y café en otro establecimiento similar, el que defendía (y defiende) Tupinamba en Jorge Vigón pero Iturbe tiene ese algo, ese espíritu de fidelidad a una época y a una manera de entender el negocio, que lo hace a mi juicio insuperable. Y ese logo que se quita el sombrero es igualmente insuperable: yo también me lo quito ante él.

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¿El bar más divertido?
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Jorge Alacid | 29-05-2015 | 18:03| 1
Bar Pirulo, en el barrio logroñés de La Estrella

 

El mensaje lanzado la semana pasada al improbable lector desde este blog en busca de bares con nombres juguetones alcanzó cierto eco, de modo que he juzgado conveniente cerrar con una nueva entrada esa búsqueda del bar cuya denominación nos parezca a quien esto escribe y a quien atienda al otro lado de la pantalla el más divertido, con sinceros agradecimientos a todos los que han participado en este juego. Entre ellos, Benjamín Blanco, que me habló el otro día de un bar llamado Celona, ubicado curiosamente en Madrid. Buen chiste. O el también compañero Toño del Río, quien se acordaba de otro garito madrileño denominado Bar Clays. Un bar con interés, propio para ahorradores. Supongo.

En sus comentarios a esa entrada en la web de Diario LA RIOJA, la amable y desconocida (también lo supongo) Arantxa recuperaba la memoria de aquel local llamado logroñés La Conejera, ubicado en la calle Cigüeña, cuyo nombre le intimidaba tanto como le divertía. “No me atreví a entrar”, recuerda. Se trata del mismo bar cuya primera denominación también apostaba por la rotulación chispeante e ingeniosa: se llamó Cacodilato. De aquella época, cuando bautizar a estos negocios con alguna invención que se apartara de lo convencional era tendencia, rememoro ahora el llamado Profesor Isopo, desaparecido hace años de su enclave en Jorge Vigón. De un poco antes es Braulio El Loco, pionero de la Zona, otro local que se distinguía por ese tipo de guiño a la clientela que nace de una denominación como poco… Hum, distinta.

 

Bar Der Troya

 

A través de Facebook también percibí un gratificante retorno de esta propuesta. Teodoro Hernáez, antiguo condiscípulo del colegio San José, me avisa de un asador canario llamado Misasuntos, una broma mejorable, creo. Más gracia me hizo un bar cercano, muy cercano: se aloja en el logroñés barrio de La Estrella y debo su aportación al amigo Manuel Sáenz Júdez. Se trata del Bar Pirulo (para chulo, chulo…). Lejos de casa, el colega José Luis Ouro rescata dos curiosidades: un local de Valencia bautizado como El ombligo de Sharon (¿Stone?) y otro de Malasaña tan largo como evocador: El perro de la parte de atrás del coche. Yo no me tomaría nada allí, ni un triste trago, la verdad. También añade el compinche Ouro otra cita logroñesa, el Barlovento, ubicado igualmente por La Estrella, como el Pirulo, y agrega una curiosidad, aunque como me advierte tiene toda la pinta de ser un fake: Bar der Troya. Como bien avisa, alguien debería quedarse con la idea.

Proseguimos. Noemí Iruzubieta propone que un empresario misterioso abra en algún lado un bar llamado Tolo (me troncho) y apunta hacia Laguardia para traer hasta aquí dos bares que pueden considerarse complementarios: al parecer, uno se llamaba Mete y otro Saco. Una seguidora igual de fiel, Julia Baigorri, pone el foco en el barrio de Cascajos, donde alerta de la presencia de una cervercería muy apropiadamente llamada Dame Kaña, donde me informa que tiran estupendamente la cerveza. La simpar Marian San Martini hace honor a su apellido y ofrece información jugosa en materia de bares: según recuerda, en una telenovela de los años 90 salía un garito llamado La mujer de arena, sugerente denominación que merecería pasar a este lado de la realidad, como bien afirma: “Siempre decía que si ponía un bar le llamaría así”.

Y de Facebook a Twitter. En ese otro mundo cada día menos virtual dejó su mensaje el amigo Manuel Martín, corroborado por otro Martín, apellidado Schmitt, quien parece algo conocer de bares. Así supe de un local denominado Donde Queráis, garito que completa una broma de este tipo: “¿Dónde quedamos? Donde Queráis”. El chiste, bastante malo por cierto, se le ocurrió a su promotor, un empresario argentino que regentó el bar en la calle Mayor, muy cerca de Mercaderes, hasta que acabó cerrando. Ahí sigue, con la verja echada y su nombre saludando todavía desde la rotulación.

Revisando por internet a partir de estas y otras aportaciones he observado que estos juegos de palabras son en su mayoría bastante pueriles. Ingenioso, ingenioso, pero ingenioso de verdad no he pillado ni uno. Me siguen haciendo más gracias (uno es así) aquellos hallazgos de hace algunos años que ya mencioné en la entrada inicial: No se lo digas a papá y cosas por el estilo. Estos otros inventos recientes tienen un aire naif que me recuerda a los tebeos de mi infancia, sobre todo los debidos a Ibáñez. Era habitual que sus personajes deambularan por locales llamados Bar Tolo, Bar Bacoa, Bar Budo o cosas por el estilo. Así que ahora que al papá de Mortadelo y Filemón le ha dado por ironizar con nuestra triste vida política, muy podría ilustrar las andanzas de mis detectives favoritos alrededor de este garito: el Bar Cenas. Nada menos. Especializado en chorizo. Nada menos.

 

Otro chiste en forma de bar

 

P.D. Puesto que en la entrada anterior proclamé mi preferencia por el bar llamado Turismo, periclitado en el siglo pasado en su sede de la calle Sagasta, el compañero Justo Rodríguez se apresuró a advertirme de un detalle que yo ignoraba: que en su fase final, alguien le borró las dos letras finales y pasó a denominarse simplemente Turis. Bar Turis. No lo conocí con esa nueva denominación: me quedo por lo tanto con el recuerdo de su nombre original y su aspecto primigenio. Cierro los ojos y lo vuelvo a ver: y lo que veo no es agradable. Puro lumpen, creo.

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