La Rioja
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El bar de la Hípica
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Jorge Alacid | 09-10-2015 | 10:00| 2
Imagen reciente del bar de la Hípica, recogida en una publicación de la propia sociedad

 

Nosotros éramos de Cantabria. Cuando digo nosotros me incluyo a mí, al resto de mi familia y a diez mil personas más, lo cual abarcaba al universo de los llamados veraneantes: gentes llegadas en general del País Vasco, en busca de un clima más seco para mejorar de sus diversas afecciones, que se encontraban en las piscinas de la llamada Sociedad Recreativa como el resto de socios, es decir, como en casa. O mejor que en casa, que al menos la mía carecía de piscina, frontón, tostadero y pistas de tenis. También carecíamos de Tomasa, la célebre encargada del guardarropa de mujeres, un as de la megafonía: “Ángel Nieto, que salga a retirar la moto, que la tiene mal aparcada”. Cantabria incorporaba a su irresistible oferta canicular, cuando los veranos duraban no menos de tres meses, bares de distinto signo: el central, ubicado en el corazón de su casa social y defendido por Emiliano y los Langarica (que ya han aparecido aquí unas cuantas veces), así como otro más pequeño que duró poco, vigilando la piscina denominada de niños, y algunas casetas distribuidas aquí y allá. Por ejemplo, junto a la piscina mixta: entonces, las piscinas tenían sexo. Cosa que también ocurría con los frontones.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que fue habitual la doble militancia: se podía ser de Cantabria y de la Hípica a la vez. De modo que se soslayaba así la curiosa rivalidad que existía entre ambas instalaciones, porque lo usual era lo contrario: que unos y otros asegurasen que la suya (su piscina) era la mejor y por lo tanto vetasen su ingreso en la piscina rival, competencia que se ampliaba también a las fenecidas piscinas del Cayaks allá por Los Lirios, con una cuarta variante que recuerdo más minoritaria: el Adarraga. Con los años, hubo que decantarse y algunos tuvimos que renunciar a la felicidad que nos embargaba cada vez que cruzábamos el Ebro, íbamos a la Hípica y nos bañábamos en sus piscinas, aunque lo mejor de esas incursiones era su bar: el bar de la Hípica.

Escribo el bar de la Hípica y me suena una frase rara. Para los logroñeses menos veteranos, una explicación previa: la Sociedad Hípica Deportiva Militar era y es una instalación ubicada en el norte de Logroño, colgada sobre el río, propiedad entonces del Ejército y, en consecuencia, destinada en teoría a albergar sólo a quienes tuvieran algo que ver con la milicia. Ocurría que, por el contrario, hacerse con su carné de socio resultaba bastante sencillo para la tropa civil, aunque se tenía que superar la extrañeza de ver por allí a los mozos vestidos de caqui formando parte de la plantilla. Otra extrañeza, que sin embargo tenía bastante sentido visto su origen militar, era que la Hípica tenía de jefe superior a un mando del Ejército, pero así eran las cosas por Logroño (y España entera, creo): todo era muy raro.

De modo que ya estamos puestos en situación: servidor se desplaza con el resto de la prole hasta la Hípica, juega un rato al tenis en aquellas pistas lentísimas de tierra batida y decide refrescar el gaznate. Ahí lo tienen ustedes: el bar más bonito del mundo. O el bar de piscinas más bonito del mundo, mejor dicho. Al menos, así nos lo parecía. Porque el club social era como todos, más o menos, sin grandeza alguna, pero resulta que algún alma inquieta y talentosa decidió incorporar al edificio central un ala que penetraba en su entorno, dotarla de barra y servir los tragos y bocados a la clientela que se arracimaba en bañador, al aire libre. Lo cual, como sabe bien quien haya probado esa experiencia, representa el edén para el cliente conspicuo y veraniego: hacerse con su sitio en la barra chorreando aún el meyba, atacar el porrón de cerveza con gaseosa una vez recibido el permiso paterno y otear la magnífica vista que desde allí se obtenía, con las congéneres del otro sexo deambulando igual que uno, con el sucinto bañador por toda vestimenta.

El permiso paterno era importante, trascendental, para esas tomas de decisiones, porque en realidad toda la familia viajaba hasta la Hípica guiada, en efecto, por el jefe de la casa: a mi padre le gustaba más Cantabria, pero encontraba que esta barra que ilustra estas líneas gozaba de un encanto supremo. Nos transmitió su encendida predilección por ella con tanta pasión que empezó a hacerse habitual que en cuanto poníamos un pie en la Hípica, lo primero era pasar por su barra exterior, hasta el punto de que he olvidado si alguna vez estuve dentro del bar. Supongo que sí, pero no importa: Logroño en sus bares le debía una visita a aquel paraje por donde no he vuelto a acercarme desde hace tiempo y porque así reivindico de paso la importancia que los bares de las piscinas tuvieron en nuestras vidas.

Unas vidas muy distintas a las de ahora. Uno sigue siendo socio de Cantabria, pero apenas asomo por allí y desde luego que el bar actual ya no es el que era porque no es el que recuerdo, el que me conquistó el corazón. En Las Norias han tenido incluso problemas algún año para dar con un abastecedor que se hiciera cargo de su bar, porque se ve que allí ya no se detecta el mismo negocio que había antes. Los hábitos pasan, las modas se suceden, cambian las pautas de consumo. Sospecho que compartir con quienes nos preceden la extraña belleza que caracterizaba a esas barras de las piscinas donde nos salieron las primeras espinillas supone un vano intento. Pero también habrá quienes se pasearon algún día por la Hípica y su barra exterior igual que quien esto firma, para ver pasar la vida. Y habrá quienes tampoco olvidan aquel mágico barullo (medio pop, medio camp) donde confraternizaban mayores y pequeños. Y habrá quienes piensen como yo que alguna vez en ese bar se detuvo el tiempo.

P.D. Apenas he vuelto a la Hípica desde los primeros años 70. Mis visitas se han limitado posteriormente a quehaceres profesionales (la cobertura de su concurso hípico, infanta Elena incluida, en su etapa preMarichalar), que no exigían superar la barrera de entrada. Una mañana en que lo intenté, el soldado de guardia vetó mi acceso, cosa que entendí. Entendí menos que no le conmovieran mis explicaciones: intentaba hacerle ver cuán hermosa era la barra que aguardaba el fondo, la importancia que había tenido en mi mocedad, las ganas que tenía de volver a acodarme en ella. Inmutable, me enseñó la puerta de salida: su dedo señalaba hacia el bar de Julio. Lo cual no era mala opción. Aunque, desde luego, se trata de un local que carece de esa barra de la Hípica donde la adolescencia local y sus mayores pudieron contemplar el mundo en bañador. Un mundo donde los tragos sabían a cloro.

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En torno al casticismo
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Jorge Alacid | 02-10-2015 | 08:31| 0
Barrio Bar, en la calle Menéndez Pelayo de Logroño. Foto de Miguel Herreros para Diario LA RIOJA

 

San Mateo, exterior día. Intento ingresar (miedoso) en el renovado Perchas y… Y confirmo mis peores temores: el bar, ay, ya no es lo que era. Ojo, que me parece fetén: porque el caso es que, frente a lo sospechado, el garito ha vuelto a la vida luego de esos meses de actividad paralizada y cuenta con el favor de la parroquia, agolpada a sus puertas, llenando el escaso espacio disponible. Pero no es el mismo Perchas: aunque sus orejas célebres se dispongan en la barra al antiguo modo, la decoración ha cambiado de manera tan radical que al cliente conspicuo le resulta imposible reconocer al Perchas de toda la vida. Aquel bar con aspectos, ejem, mejorables, pero dotado de esa autenticidad tan castiza que confiere el paso de los años. Un factor, ese de la autenticidad, que juzgo en retroceso al menos en Laurel y aledaños, donde el progreso de la llamada ‘donostización‘ se va interiorizando en perjuicio de la tipología más bizarra.

¿Qué bares quedan que todavía profesen devoción a la imagen que de ellos tiene su clientela desde hace décadas? Los hay, los hay. El Soriano (desde luego), el Soldado (por supuesto), el Sebas (quién lo duda, incluido su misterioso ascensor)… Pero así como antaño esta era la forma habitual que adoptaban nuestros bares favoritos, un sencillo recuento a toda prisa desvela que ahora son más bien una minoría. Gana peso el bar muy rico en iluminación, decorado igual que tantos otros, barra estilo San Sebastián (es decir, ajena al modelo de pincho único) y camareros/as jovencitos/as a quienes aquella vieja calle Laurel no les dice nada.

A los veteranos, por el contrario, fue aquella Laurel la que nos amamantó como clientes y a la que aún rendimos pleitesía, al menos en la memoria. Nos hemos ido acostumbrando, qué remedio, a las novedades que se van incorporando y las honramos como merecen: porque está muy bien eso de que te pongan un vino (de Rioja, si es posible) en condiciones, en una copa en condiciones y con tapas en condiciones. Pero no sé, no sé… Me malicio que a medida que las nuevas generaciones vayan tomando a su mando cada negocio de sus predecesores, será inevitable ver cómo perecen los bares de siempre. Los castizos. Los que no necesitaban más decoración que un banderín del Atlético de Madrid para conquistarnos. Los que podían haraganear en materia de higiene pero aseguraban fidelidad a los viejos tiempos, lo cual es a menudo todo lo que necesitamos de nuestros garitos de confianza.

Para mi sorpresa y alegría, mientras los bares más veteranos de la Laurel empiezan a batirse en retirada, aprecio en otras esquinas de Logroño un movimiento de parecida intensidad pero en dirección opuesta. En garitos como La Guarida de la calle del Carmen observo esa lealtad hacia la tipología clásica del bar logroñés, un concepto que también hace suyo el Barrio de Menéndez Pelayo, donde sirven un estupendo vermú (preparado) y ofrecen una rica paleta de humus y otras gollerías… en mesas de formica, mobiliario cuya reaparición en nuestras vidas me consuela y reconforta, como reconforta la alegre imagen que regala el local, debida al ingenio de Jordi Frías, Mangolele para el mundo (en la foto que ilustra estas líneas).

En general, los bares de la calle citada (Menéndez Pelayo) tienen algo de territorio comanche: una especie de reserva donde es posible coincidir con miembros del Gobierno de La Rioja disfrutando del aperitivo (milagro, milagro). Bares que nos recuerdan cómo eran los bares de nuestra mocedad, tal vez menos pródigos en modernidades (ya saben, tipo piruleta de foie a la miel de Cameros sobre lecho de escarola de Varea), pero más ricos en encantos. En esa clase de encantos intangibles que, valga la paradoja, son muy tangibles: porque nos tocan el corazón.

P.D. Los bares más auténticos nos tocan más el corazón… y menos el bolsillo. Porque la modernidad ha traído al sector hostelero tarifas tan desconcertantes que exigen continuas derramas para proseguir la ronda. Será que los bares, a medida que dejan de ser auténticos, se convierten en más caros, siguiendo una juguetona e inexplicable ley nacida hace ya demasiados años, cuando nos volvimos locos de repente, euro mediante. Asi que a nadie le extrañe que el éxito creciente de los bares mentados (y de otros tantos: Copas Rotas, La Gitana, El 77, que ni siquiera necesitan ser auténticamente longevos) porque ejercen como una especie de parque temático: nos devuelven al Logroño de hace unas cuantas décadas. Cuando lo auténtico era también barato.

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Nuestro hombre en la barra: Francisco Martínez Bergés
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Jorge Alacid | 25-09-2015 | 08:20| 0
Paco Martínez Bergés, en una imagen de archivo de sus inicios en el sector hostelero

 

Nuestro hombre en la barra nace hoy con la pretensión de convertirse en sección, mensual si es posible, dentro de este blog para rendir tributo a los responsables de todo esto: los camareros que han construido el edificio del Logroño hostelero. Iremos conociendo sus vidas y sus preocupaciones, empezando por (digamos) el jefe de todos ellos, el responsable de hostelería de la FER Paco Martínez Bergés, veterano del sector desde que se bautizó como camarero en la añorada Zona, entonces emergente destino de nuestros tragos favoritos, procedente de su Navarrete natal. Así lo cuenta el propio Paco: “Yo empecé en la hostelería en Navarrete con una discoteca que se llamaba Keoma, que puso en marcha mi familia. Luego abrimos también en Navarrete el bar Boston pero poco después terminé los estudios de Maestría y un pariente me aconsejó que adelantara la mili, porque a la vuelta tenía trabajo en la Electra”. “El caso”, prosigue, “es que en la mili coincidí en Mallorca con otro chico de Logroño, Alberto Ruiz Zaldívar, y a los dos nos encantó el mundillo de los bares de copas que descubrimos entonces”.

¿Resultado de aquel encuentro fortuito y militar? Que los dos compañeros de armas se licenciaron y desembarcaron en Logroño abriendo en la calle Labradores el célebre Tío Tito. Un bar que garantizaba llenos apoteósicos cada noche, sobre todo los fines de semana, gracias a un ambiente de envidiable confraternización entre la clientela, sabiamente empujada por los propietarios del local hacia algo parecido a esa felicidad propia de la escasa edad de sus parroquianos. Tío Tito fue un éxito tan abrumador que animó a los dueños, entre ellos el propio Paco, a expandir el negocio. De modo que nuestro hombre en la barra cita de carrerilla algunas de las aperturas que siguieron a aquel triunfo inicial con una envidiable memoria que abruma al periodista. “Apunta”, le dice. “Luego de Tío Tito monté Casablanca con otro socio, en la carretera de Laguardia donde está ahora el Señorío de Biasteri, y más adelante el Ópera de la calle San Antón. Un tiempo después me lo quedé yo solo y fui abriendo otros: el Habana de Marqués de Vallejo, donde está ahora el Gambrinus, el Itabo de Jorge Vigón, el Mojito en la calle Sagasta, el Ópera del Berceo, luego el Mulligan…”

Espera, espera. Afila el boli el perodista y sigue atendiendo el relato de Paco, quien confiesa que entre todos estos negocios citados tiene muy claro su favorito: “Hombre, mi referencia siempre será el Ópera, es mi corazoncito”. Allí lo pueden encontrar sus numerosos clientes, que han forjado con ese bar el tipo de lealtad que se consigue cuando uno de estos locales toca la fibra sentimental de su parroquia. “Ah, entonces daba gusto trabajar”, rememora. “Pese a las horas que metíamos, que eran todas, era un ambiente especial, muy distinto al de ahora”: ¿En qué ha cambiado la hostelería logroñesa? Paco lo tiene muy claro: en los hábitos de la clientela. “Antes se gastaba con más alegría y se gastaba todos los días, no como ahora, que los bares casi se quedan para el fin de semana”. Recuerda que era habitual que alguien se hiciera cargo de una ronda de cinco cubatas para convidar a sus amigos “mientras que ahora paga cada cual lo suyo, porque se ha perdido en parte ese espíritu festivo que había antes a la hora de alternar”. “Ahora todos van más a lo suyo”, se lamenta.

No es la única queja. En nombre del sector al que representa, menciona los conocidos problemas generados por la fiscalidad que juzga abusiva, los elevados costes laborales, “las rentas leoninas” y se detiene también en añorar otra pérdida: la desaparición en buena medida de la figura del camarero profesional. “Antes, cuando yo empecé en esto, era normal que estuvieras tres meses sólo mirando, aprendiendo de los veteranos. No te dejaban ni preparar un café”. “Ese tipo de profesional estaba más cuidado que ahora”, reconoce, aunque también advierte que no todos son males en el panorama de los bares logroñeses: “Los clientes que vienen de fuera se marchan encantados porque les llama la atención nuestra hospitalidad, les gusta hablar con el camarero, que vaya todo más despacio”.

Ventajas de vivir en una ciudad pequeña. Ventajas de ir de barra en barra por Logroño. Ese Logroño en sus bares que se resiste a desaparecer y que mantendrá viva su esencia mientras lo permitan los administradores y mientras los administrados sigan encontrando la deseada complicidad al otro lado de la barra en hombres como este Paco Martínez Bergés cuya máxima sigue siendo la misma: “Que cuando entre el cliente en nuestro bar sea el sitio en donde esté más a gusto”.

P.D. Con las aportaciones de Paco y quienes le sigan en esta serie vamos a ir elaborando una especie de mapa que podría titularse así: ‘Los bares de los bares’. Es decir, cuáles de ellos son los favoritos de quienes se dedican a este oficio. Así que cuando responde a la invitación de citar a sus tres bares predilectos, Paco lo tiene claro: “El Olympia del parque del Carmen y dos de la calle Laurel: el Muro y el Soriano”.

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Porrones mateos
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Jorge Alacid | 18-09-2015 | 08:15| 0
Porrones en el bar Wine Fandango de Logroño

 

Ingenioso artilugio diseñado para la ingesta de vino y otros alcoholes, el porrón ha ido desapareciendo de nuestros bares con la misma contundencia con que antes los dominaba. Repaso en mi memoria alguno de esos bares y la verdad es que están indisolublemente unidos a este caprichoso invento que garantizaba tragos cortos y algunas risas cuando no atinabas y el líquido que contuviera corría gracioso por el pescuezo hacia el escote (tenía más gracia, por lo tanto, si lo empuñaban manos femeninas). Quien menos ducho se mostraba en la práctica contaba con la alternativa de retirar el tapón del chorro grande y beber por allí o verter en un vaso la pócima que lo llenara, provocando entre el resto de la parroquia algún abucheo y nuevas risas. Beber en porrón era por lo tanto divertido y casaba muy bien con el espíritu festivo que se supone debería dominar cada incursión por nuestras barras favoritas.

Entre los porrones que han dominado mi experiencia como parroquiano citaré dos referencias logroñesas. El bar de Cantabria, por supuesto, donde recuerdo que además de la consumición había que abonar un peaje que te era devuelto cuando también tú devolvías el preciado botín: se ve que algún artista optó en su momento por llevarse el porrón a casa. Con la imposición del sistema de canje se procuraba que el manazas de turno tuviera más cuidado de no romperlo y en consecuencia no pudiera trocar luego por efectivo la chapita que nos daban Emiliano (primero) y José Luis (después), cuyo precio he olvidado aunque me suena que era una tarifa intimidante. Vaya, que había que andarse con ojo para no perder la citada chapa ni romper el mentado porrón, cuyo contenido era como la España de entonces: bipolar. O vino con gaseosa o cerveza también con gaseosa: ahí acababan nuestras opciones. Era habitual que la ronda se pagase en función del resultado con que se saldaran las partidas de mus o tute disputadas en las mesas vecinas y era no menos habitual que más que porrón hubiera porrones. Porque los perdedores reclamaban la revancha, pedían otra ronda y… Porrón y cuenta nueva: lo que empezaba como una tranquila mano de naipes se podía convertir en un maratón de órdagos, trago va y trago viene.

Mi otra experiencia porronera favorita se sustanciaba en el viejo Soldado de Tudelilla, en su antiguo emplazamiento de la calle Laurel. En este caso, el porrón venía en formato minimal. Pequeños porroncitos ideados para la consumición individual, despachados a los solitarios clientes que se arracimaban en sus bancos corridos con vistas al tragaluz de la calle Bretón para acompañar la merienda. Eran los mismos porrones, supongo, que servían para arrojar vinagre de vino a las ensaladas, los mismos porrones que luego peregrinaron a la nueva y actual sede de San Agustín, donde también fue común que ejercieran de aceiteras. Recientes disposiciones legales en materia de consumo hostelero han vetado su empleo en esta curiosa función, una nueva muestra de la saña burocrática con el universo de los bares: sospecho que el burócrata de guardia tenía mejores cosas donde ocupar su tiempo. Pero en fin…

Estos pequeños porrones serán probablemente los únicos que hayan conocido las nuevas generaciones de clientes porque eran los empleados para arrojar un golpe de vino blanco al caldo invernal, ese clásico logroñés. Y poco más puede anotarse sobre su actual vigencia, aunque observo que el Wine Fandango ha decretado su reaparición para esparcir entre la clientela novedosos tragos con toque vintage. Es decir, el porrón de toda la vida admitiendo nuevos usos según la pócima con que haya sido rellenado. Lo cual me parece fetén . Tan fetén que fue el detonante de esta entrada, destinada a rememorar los tiempos en que el porrón habitaba entre nosotros con frecuencia indesmayable, sobre todo en épocas como ésta en la que entramos: por San Mateo era habitual que cada bar logroñés presumiera de elaborar el mejor zurracapote y lo pusiera de matute a disposición de sus parroquianos, porrón mediante. Una feliz costumbre que ya está tardando en regresar.

P.D. Se pone uno a escribir sobre porrones y de repente todo conspira para que semejante ocurrencia tenga sentido. Lo prueba esta noticia recién encontrada por la red: la aparición por Madrid de un bar denominado nada menos que El Porrón Canalla, estupendo nombre que merecerá una visita de quien esto firma en cuanto se dé una vuelta por el foro. Así que no parece nada marciana mi idea de que vuelva el porrón si hasta tanto moderno de los Madriles  apuesta por su reaparición para servir cerveza y vino (vaya, como el bar de Cantabria hace mil años) o sangría, el zurracapote nacional. Así que servirlo por San Mateo en los bares de Logroño no parece tan descabellado. Y de paso, sirve para felicitar las fiestas a indígenas y forasteros. Justo como hace este blog. 

 

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A las cinco en Chevalier (Relato corto)
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Jorge Alacid | 12-09-2015 | 09:59| 4
Chevalier

 

El amigo César Cantabrana se dirigió al guardián de este blog meses atrás, animado a compartir aquí sus reflexiones a partir de una mención entonces reciente al bar Chevalier, garito ubicado en avenida de Colón allá en el Pleistoceno. Como me encantó lo que escribió, le propuse publicarlo aquí, cosa que aceptó encantado. Así que allá va, con mi agradecimiento. Seguro que quienes lo lean disfrutan tanto como yo. Sobre todo, si conocieron el Chevalier en su época de mayor esplendor.

“Entraron los cuatro amigos riéndose a carcajadas, dándose empujones como los borricos, vamos como cada sábado por la tarde en la que, después de ver la serie Heidi, quedaban a las 5 en punto en la puerta del Chevalier. Nadie entraba hasta que el último amigo llegaba para pasar todos juntos una divertida tarde de sábado. El Chevalier era una cafetería que se inauguró algunos años antes con muchas pretensiones y que, pasado el tiempo, no había sido capaz de cuajar entre la gente mayor y bien de Logroño que seguía prefiriendo los viejos establecimientos instalados en el Espolón como el Ibiza, el Ringo o el Noche y Día, en la calle Sagasta La Granja, el mítico Los Leones en Portales o las nuevas propuestas abiertas en Gran Vía o en Avenida de Portugal como el Alevi o el Llacolén.

Avenida de Colón no había sido una buena elección. Pero lo que los dueños no habían previsto es que iba a ser tomada, literalmente, por bandadas de adolescentes del colegio de enfrente. Aunque mayoritariamente la grey era de los hermanos Maristas, rápidamente se incorporaron al local las cuadrillitas de niñas de colegios próximos y algunos chavales de Escolapios y otras bandas rivales de los temidos Jesuitas. El orgullo de pertenencia a un grupo estudiantil, la rivalidad deportiva, la presencia de jóvenes pollitas y los ardores guerreros propios de adolescentes hormonados hacían del Chevalier, en aquel sábado del 77, un polvorín apunto de estallar. Pero no. Por aquel entonces, los chicos de colegio bien dirimían sus conflictos no en peleas tabernarias si no sobre la arena o el barro de los campos de fútbol donde podían clavarse a placer los tacos en las espinillas o gemelos, darse unos buenos codazos en la cara o un buen rodillazo en la rabadilla. Estaba permitido: estaban jugando al fútbol y por aquel entonces la masa de enfebrecidos padres aún no habían llegado a los campos del anexo de Las Gaunas, a los del Loyola, Balsamaiso, Berceo, Atlético Riojano, La Unión en el barrio de Ballesteros, Villegas o el del Yagüe, cuyo equipo estaba formado por los más temidos camorros de Logroño. Era su guerra y allí, en el rectángulo de juego, cada mañana de domingo ardía el hacha. Luego, una pasada por la enfermería, la ducha y a casa cojeando, pero satisfechos.

Los amigos, que hacía poco habían cumplido los 16, pidieron la cerveza con gaseosa de rigor y se sentaron en su mesa. Porque tenían la mesa del rincón del fondo, al lado de la máquina Juke Box, en propiedad. Era una cuadrilla curiosa y un poco a contracorriente formada por un marista, un jesuita y dos hermanos que vivían desde hacía ya algún tiempo en Pamplona pero que no dejaban de volver a Logroño cada viernes después terminar sus labores escolares en el colegio claretiano. Esa cuadrilla era la más guapa, la más chula, la más lista y la más fuerte. O eso les parecía a ellos. Los cuatro eran amigos desde que abrieron los ojos ya que tres de ellos en tercera generación, ya que sus padres y abuelos también lo eran. En aquel tiempo, en una pequeña ciudad de provincias, no resultaba raro. Y eran amigos a muerte, con todas sus consecuencias. Desde el punto de la mañana hasta las diez de la noche, en que tenían que volver obligatoriamente a sus casas, estaban juntos. Se les veía pasear por Logroño con las sempiternas bolsas de deporte Adidas Munich 72 ya que entre la gimnasia del colegio, el fútbol en el Logroñés Junior con sus entrenamientos, ligas y torneos, la bicicleta, tenis, natación y piraguas en la Hípica no había día al año que las dejaran descansar.

Los sábados por la tarde quedaban muy prontito y se iban a motear por el camino viejo de Lardero hasta el monte La Pila donde apartados de miradas indiscretas encendían unos celtas cortos y sin boquilla. De vuelta a casa, a cambiarse y al Chevalier donde ya estaría el grupito de chavalas con las luego darían unas vueltas por el ‘tontódromo’ oficial de la ciudad, marcándose delante de las pandillas rivales. El ruido del Chevalier era a todas horas ensordecedor, las risas, los gritos, las llamadas de mesa a mesa.. Tan solo alguna vez la ruidos muchachada, como por encantamiento, se callaba para escuchar la música que salía de la juke box. La vieja máquina de discos del Chevalier era uno de los últimos ejemplares que aún quedaban en los bares de Logroño. Aún se podía encontrar a alguno de esos dinosaurios musicales como en el bar Bambi y en el Torrecilla de la Laurel. Máquinas que todavía cumplían su labor y que por un pavo los tipos más duritos podían escuchar el Hurricane de Bob Dylan o el I´m you de Peter Frampton y las chicas más románticas el Linda de Miguel Bosé o El jardín prohibido del empalagoso Sandro Giacobbe.

Eran tiempos de cambio, el anciano general había muerto hacía muy poco pero ya se podían escuchar los ritmos frenéticos del after punk de los Ramones o el propio punk, que los más adelantados traían, o hacían traer de las misteriosas islas británicas, vinilos calentitos de grupos de los más raro, como los Smiths. Tiempos de transición musical en los que convivían Manolo Escobar con su Que viva España y los Sex Pistols con su God save the Queen. Los cuatro amigos apostaban decididamente por la música americana de los Chicago, Boston, Supertramp, Simon&Garfunkel, Pink Floyd y, por supuesto, los Eagles, modernos donde los hubiera. En sus míticos guateques a oscuras en la bodega de la calle Mayor era lo que se escuchaba los domingos de 5 a 8.

El Chevalier servía como base de operaciones donde las amistades y los primeros amores se fraguaban en las atestadas mesas entre montones de cáscaras de pipas, ceniceros llenos de colillas y vasos vacíos de Coca Cola. La tarde salía barata en el Chevalier, unas 20 pelas a escote, 15 más en la obligada salida al Nico a jugar al futbolín y algunas pesetillas extra si comprabas algunos ducados por unidades. Tardes en las que muchas parejitas salieron de la mano pensando que su amor duraría toda la vida y casi todas no llegaron ni al final del curso. En esos tiempos las parejas las juntaban los amigos, es decir, a un chico le gustaba una chica de la cuadrilla de niñas de la mesa de enfrente, se designaba un portavoz que hacía las labores de celestino con una de las amigas de la novia, generalmente la más fea porque hacía con sus amigas las labores de consejera o madre. Ésta pasaba el recado a la interesada que veía en la mesa de enfrente al pollo colorado como un tomate y decidía que sí o que no, entre las risas histéricas y codazos de sus amigas. Si la respuesta era positiva, ya podían empezar a salir agarrados del Chevalier con su recién conseguido status de novios oficiales.

Así pasaba una generación, la mía, la vida en aquellos años adolescentes de finales de los felices años 70 cuando todo era pura emoción, alegría, risa, primeros cigarrillos y la música de vinilo en las inolvidables tardes de sábado que empezaban, obligatoriamente, a las 5 en Chevalier”.

Fin
Junio 2015

A la memoria de Richard y Alvarito, dos de los cuatro magníficos, que subieron al cielo antes de tiempo.

P.D. Reitero mi agradecimiento a César, fiel seguidor de este blog. Y animo a quien quiera seguir su ejemplo a, si lo desea, ponerse en contacto con servidor y enriquecer este blog que no sería nada, literalmente nada, sin la generosa colaboración de sus improbables lectores.

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Réquiem por Las Escalerillas
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Jorge Alacid | 04-09-2015 | 10:01| 0
Aspecto que presenta el antiguo edificio de Las Escalerillas.

 

Cuando este blog inició su andadura, aproveché para proclamar mi devoción incondicional por el desaparecido bar Pachuca, cuya imagen me sirve como emblema (foto cortesía de Justo Rodríguez). El Pachuca era un bar alojado en Marqués de Vallejo como podrá observar cualquier logroñés que descienda hacia Portales y detecte su elegante rótulo saludando entre Ollerías y Hermanos Moroy. Un bar que me tuvo de cliente de muy niño. Tan de niño que mis recuerdos son más bien vagas fantasías, inconcretas. Se trata en consecuencia no tanto de un bar como de un Grial, un ensueño al que agarrarse cuando repasas tu historia sentimental de bebedor de fondo y compruebas que pasan los años. Y que cuando despiertas, el Pachuca sigue ahí.

Señalé entonces al Pachuca como el bar que yo abriría en Logroño si un día los astros se aliaran para permitirme semejante ocurrencia. Ahora añado otra, de parecido destino: irrealizable, me temo. Recientes expediciones nacionales e internacionales me invitan a concluir que hay un tipo de bar que merece su propia resurrección, porque engarza con una línea de garitos que menudean lejos de nosotros, a los que Logroño ha ido renunciando. Otro local al que conceder una nueva vida: Las Escalerillas. Garito castizo y fetén, bizarro como ninguno, pereció hace ya unos cuantos años aunque preservó durante un tiempo la fachada intacta, como ofreciéndose para una improbable reapertura que nunca llegará. Porque si su cierre tuvo algo de tragedia logroñesa, el fatal desenlace que aguardaba a la vuelta de la piqueta tiene toda la pinta de ser una enfermedad. Grave, mortal. La enfermedad que se llevará de nuestro equipaje emocional el Logroño inmemorial a medida que sus vecinos vayamos tolerando desaguisados semejantes.

 

Vista del desaparecido inmueble desde la calle Carnicerías

 

Porque la piqueta, en efecto, arrasó con el edificio donde se alojaba el peculiar asador de cuyos fogones salieron algunos de los mejores corderos nacidos para ser sacrificados en Logroño. Otro tanto sucedía con un bocado célebre en mi mocedad, que yo adoraba aunque ahora admito que genere más bien… ¿Asco? Tal vez. Me refiero a las cabecillas, jugosas viandas que me tuvieron entre sus más fanáticos degustadores y que han ido retrocediendo en nombre de la cocina políticamente correcta. Cabecillas en Las Escalerillas, local muy adecuadamente bautizado porque se emplazaba precisamente en ese tramo de Carnicerías que ingresa en la plaza del Mercado peldaños mediante y que conoció sus mejores años en los años 70. Mesas corridas, manteles a cuadros y una oferta gastronómica que apostaba por el monocultivo de carne asada, piezas que salían perfectas de punto, excelsa gloria para los paladares. Ensaladas de lechuga, cebolla y aceitunas completaban el festín. Una cocina auténtica, virgen, pura. Una cocina que ya no volverá.

 

Interior de la antigua casa de comidas

 

Y  sin embargo… Sin embargo, quien esto firma observa que locales de semejante índole sobreviven con muy buena pinta fuera de Logroño y piensa por lo tanto que si el dios de la hostelería logroñesa le concediera un día un segundo deseo, luego de reabrir el Pachuca para servir de nuevo sus pachuquitas, uno elegiría sin duda Las Escalerillas como el local que volvería a poner en marcha. Olvidaría la mejorable presencia que ofrecía en sus últimos días y recuperaría su espíritu, tan cañí. Derramaría otra vez magia desde sus fogones, despachando sólo corderos, cabritos y cabecillas, qué pasa. Mantendría la liturgia de las ensaladas sucintas y encargaría renovados manteles de cuadros. Conservaría desde luego los bancos corridos, ejemplar modo de atacar la ingesta de calorías que en otros pagos cuenta con una fanática feligresía. Procuraría, por supuesto, modernizar la gestión de higiene y limpieza a costa de perder autenticidad (qué le vamos a hacer). Y enseñaría que otros bares son posibles: son los bares de antes. Los bares de siempre, merecedores como sus clientes de una vida mejor.

 

Degustando cordero en Las Escalerillas

 

P.D. Un par de las fotos que acompañan este post recuerda los últimos días de Las Escalerillas y otro par refleja cómo la incuria municipal permitió, como suele ser norma en Logroño, el derribo del edificio en cuyos bajos se albergaba Las Escalerillas. Un desdén sólo equiparable al desinterés también municipal cuando pasado el tiempo se comprueba que ese agujero se mantiene intacto en el corazón de Logroño. Es también equiparable al pasotimos vecinal, que tolera como también es norma entre los logroñeses esa fea fachada desdentada cuya sola visión causa grima y desazón. Así que el sueño de recuperar Las Escalerillas con que retomo este blog luego del descanso agosteño deberá esperar a que antes se haga realidad otro sueño, otra fantasía: que los bárbaros que fomentan tales estropicios deserten de la manía que le han cogido a Logroño. Y que dejen de maltratarnos a los logroñeses.

 

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Bares de un barrio joven y fresco
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Jorge Alacid | 24-07-2015 | 07:56| 0
Participantes en una edición de Riojano, Joven y Fresco, en el barrio logroñés de Siete Infantes

 

Llega el reportero a la redacción y sin tomar siquiera asiento, su jefa le espeta: “A Siete Infantes”. ¿Cómo? “Sí, a Siete Infantes. Están dando hoy las primeras licencias de ocupación”. ¿Siete Infantes? ¿Qué es eso? Y, sobre todo, ¿dónde cae? Nuestro hombre prefirió disimular su ignorancia, como tantas veces. Marchó tarifando del periódico y se buscó la vida: vaya a usted a saber dónde está Siete Infantes, así que una llamada al concejal de confianza le pone sobre la pista. Donde los Golem, le explica. Vueltas y más vueltas: en ese páramo no había rastro de huella humana aquella mañana. Bloques y más bloques despoblados, ningún coche ocupando las infinitas plazas de aparcamiento y una vaga intuición: tal vez allí, al doblar la esquina… Bingo: un grupito de técnicos municipales, jefes de obra y futuros vecinos se arracima en torno a un portal, teorizando sobre no sé qué secretos de la cota cero. “Perdonen, ¿esto es Siete Infantes?”, pregunta el intruso. El grupito asiente y sigue a lo suyo. Bienvenido al nuevo Logroño.

La escena ocurrió a principios de los años 90. El redactor, el mismo que ahora escribe estas líneas, conoció de semejante y misteriosa forma esa esquina de la ciudad, donde cierto arquitecto municipal le había hablado de una prometedora pasarela de madera fabricada en Suiza, preparada para viajar con destino al enigmático parque de San Miguel, paraje del nuevo barrio que uno ni siquiera sabía situar en el mapa de su ciudad. Unos días después volvió por Siete Infantes para otro reportaje: le habían avisado de que se ocupaba aquella tarde el monumental edificio del IRVI que ocupaba (y ocupa) toda una manzana, acontecimiento que no quiso perderse. Cientos de vecinos tomaban de repente posesión de sus casas, como si invadieran un pueblo abandonado que hacían suyo: como colonos, con la misma fiebre de los pioneros del Far West.

Luego fueron llegando El Cubo, El Arco, Valdegastea… Madre de Dios y San José renovaron su fisonomía, Logroño saltó la Circunvalación hacia Los Lirios, también Yagüe,Varea y La Estrella pasaron por el quirófano, nació Cascajos… Pero de todos esos barrios de la periferia aquel donde un reportero primerizo en información logroñesa se destetó fue en Siete Infantes, de modo que regresar sobre sus pasos hoy le rejuvenece. Sucede con ocasión de cada cita con el Riojano, Joven y Fresco que alberga ese sector de la ciudad, así como con otras expediciones, que sirven para confirmar que la vida inunda el barrio… incluida la vida hostelera.

Valga por lo tanto este largo preámbulo para confirmar que hay bares en Logroño lejos del centro. Bares atractivos, con buen servicio y una oferta complementaria a los de siempre. Bares donde se obra el prodigio de reencontrarse con la segunda generación de veteranos del oficio, como Emiliano, hijo del gran Emiliano (valga la redundancia) de quien uno se confiesa seguidor desde que defendía el bar de Cantabria hasta que se hizo una leyenda logroñesa en el Tívoli. Su bar se llama La Tarasca y es un espectáculo: desde la profesionalidad que uno observa en estos camareros de toda la vida a quienes Baco bendiga, a los suculentos bocados que despacha en su barra a un ritmo incesante, barriendo todos los tramos horarios. Algo semejante ocurre en el cercano Dover, de inacabable terraza desbordante de público e incesante ocupación, gestionado también con semejante profesionalidad, o en el elegante Amalur.

Porque en Siete Infantes hay bares porque hay público: el barrio cuenta con una ancha población formada por miles de logroñeses a quienes da servicio esta panoplia de locales con muy buena pinta. Por ejemplo, el jamonero Jabugo, donde uno cató por primera vez esa exquisitez llamado secreto ibérico, así que nunca lo olvidará, o unos cuanto más: es el caso del Museum, donde Basi ofrece muestras del talento hostelero que ya desplegó cerca de esta casa, en el Monterrey.

Otra segunda generación de camareros, otro bar que merece la pena, otro barrio que engrandece Logroño. Un barrio joven y fresco que le rejuvenece a uno: cuando vuelve a pasear por sus calles, se mete en la máquina del tiempo y se vuelve a ver a sí mismo, libreta en ristre, preguntando a unos indígenas si ese desierto se llama Siete Infantes. Pensando en cuándo alguna mano amiga haría el favor de abrir un bar por allí.

P.D. Este blog se toma vacaciones como suele. Así que desea a sus improbables lectores refrescantes tardes de hamaca y lectura, chapoteos varios, epifanías caniculares y provechosas excursiones. Y aprovecha para rendir tributo a un convecino desaparecido hace unos días: el distinguido jurista logroñés Conde-Pumpido, quien apareció por aquí en su condición de miembro de la tertulia del Carlton, que pierde a uno de sus señeros efectivos. Cada día se hará más difícil a sus antiguos contertulios seguir jugando a los chinos… Asi que en su honor, derramo esta sincera lágrima sobre la arena. Una lágrima que cayó en la arena de la costa amalfitana.

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Los bares peregrinos
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Jorge Alacid | 17-07-2015 | 11:58| 0
Almuerzo para peregrinos en el albergue de Logroño. Foto de Enrique del Río

 

El auge del Camino de Santiago deviene en peculiares consecuencias para distintos ámbitos, desde los más naturales (el mundo de la cultura o el de la religión), hasta los más alejados de ese impulso espiritual que empuja a tanto peregrino hacia Galicia. La economía, por ejemplo, en cualquiera de sus encarnaciones se beneficia del impulso que generan estos amantes de la caminata o de la bici, que en algún caso viajan también en vehículos a motor. Sospecho que no se bañarán en los albergues en monedas y billetes tipo Tío Gilito, porque parece incompatible esa exhibición de opulencia con el arrebato interior propio del peregrino, pero algún gasto tendrán que hacer. Tendrán que alimentarse, supongo, y no de cualquiera manera, porque la travesía reclama una generosa dosis de hidratos de carbono y suplementos vitaminados. Y tendrán que echar un trago de vez en cuando, acodados en los garitos de cada población que salga a su encuentro. Refrescarse con la bota de vino a la sombra de un árbol camino de Santiago será un placer seguro que grato, sólo comparable al experimentado tomando sitio en los bares diseminados por el llamado Camino Francés, que cruza La Rioja y deja en consecuencia su propio reguero de locales dispuestos para acoger al peregrino.

Así ha nacido en el gremio hostelero logroñés una suerte de subsector que podemos llamar ‘Ponga un peregrino en su barra’. Lo saben muy bien todos aquellos bares desplegados por el trazado que en Logroño toma el Camino, desde el puente de Hierro hasta la Ruavieja, trepando luego hasta la plaza del Parlamento. Es en esta zona donde se concentra lo mejor de la oferta para el peregrino, que el sábado próximo festeja a su patrón. Son bares que, como ya hemos comentado en otra entrada, se dedican a los devotos de Santiago con una atención especial, que se nota ya incluso en los horarios de apertura. Madrugan estas buenas gentes porque madrugan los peregrinos, quienes espantan así los calores veraniegos para alcanzar todavía con la fresca su siguiente etapa. Así que por El Revellín y alrededores menudean los bares especializados en desyunos peregrinos, menos frugales que de costumbre. Y como suele suceder, pronto se corre la voz entre los caminantes, que llegan a Logroño sabiendo muy bien qué usos deben acometer: Dónde comer, dónde desayunar, qué bares son los mejores para no desviarse mucho de la ruta ni entretenerse o, por el contrario, cuáles son preferibles para callejear un poco por la ciudad que provisionalmente los acoge, disfrutar de su oferta de tragos y bocados, salirse un rato de la ruta.

 

desayuno para peregrinos

 

Estos visitantes disponen de otros bares algo más alejados del centro, pero siempre en ruta hacia La Grajera (paraje de salida e Logroño en direccion a Santiago) donde la oferta peregrina también sale a su encuentro. Así sucede en el caso de la foto de arriba, tomada en una panadería sita en la manzana del Robinson; y hay, sobre todo, bares y restaurantes del corazón logroñés donde la atención al peregrino forma parte del menú (nunca mejor dicho) propio de ellos. Ocurre con el Moderno, negocio multiusos que cuenta con tantas facetas (antaño y hogaño) que acaba apareciendo por este blog muy a menudo. Observo que en sus mesas interiores y en los veladores de la terraza acostumbran a aposentarse estos viajeros a quienes resulta fácil identificar por la cara exangüe, el gesto exánime, el flaco rostro, la concha peregrina coronando el cayado: son esos visitantes que se derrumban literalmente sobre la silla y atacan el vaso y el plato con un apetito especial. Han dejado atrás penalidades sin cuento desde Roncesvalles hacia Logroño y saben que les espera un calvario similar en cuanto abandonen Murrieta, apriete el sol y la fatiga se agudice.

Es probable que todos ellos den por bueno el sacrificio porque es probable que todos ellos supieran cabalmente a qué esfuerzos se abocaban cuando empezaron la travesía. Pero también es probable que, asumiendo lo que les esperaba, agradezcan un refrigerio amigo allá donde se detengan. Algunos otros hitos riojanos del Camino, como Santo Domingo, me parece que aprovechan mejor que Logroño el paso de este tipo de turistas ocasionales, viajeros de un día o poco más. Que lo aprovechan mejor en el mejor sentido: la oferta gastronómico-hostelera se perfecciona en mayor medida de lo observado en la capital, menudean los comercios alrededor de la catedral con esa clase de souvenires y memorabilia varia propias de un fenómeno cultural convertido en acontecimiento turístico-festivo. Lo cual tiene sus ventajas: a cambio de peregrinar a Santiago y obtener la recompensa en forma de credencial. te llevas también tu particular guía de bares de este trozo de España. Doble premio. Y si a tu paso florece un rosario de barras cuyos desayunos, almuerzos y bocados de toda condición también se ponen mirando a Galicia, creo que incluso al Apóstol le parecerá fetén.

 

 

P.D. Imaginación al poder. Imaginación al Camino. Hasta de sushi están llenos los caminos del Señor, que son inescrutables pero también humanos: algo habrá que comer y que trasegar, incluidas las acababas muestras de la gastronomía nipona.Así que bandeja en ristre quien pase por Logroño, Segovia o Valladolid (hitos del Camino de Madrid) puede ir zampando hasta Compostela las delicias de Sushicatessen, franquicia de comida japonesa presente en esas tres capitales. Maki va, maki viene, hasta el Obradoiro.

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Medio cubata, el regreso
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Jorge Alacid | 10-07-2015 | 08:27| 1
Foto antigua de la pastelería/cafetería Iturbe, en la calle Vara de Rey de Logroño

 

Un comentario en este blog a propósito de una entrada anterior sobre la cafetería/pastelería Iturbe me hizo añorar el pasado aquel en que tomarse media consumición era un hábito frecuente. Media consumición: hoy lo cuentas y da risa. Pero en nuestra mocedad era moneda común. Y es pertinente la metáfora porque todo se reducía a eso, a las monedas. Mejor dicho, a su escasez. Como no menudeaban precisamente las pesetas en nuestros bolsillos, de modo que ni siquiera necesitábamos billeteras (puesto que carecíamos, en efecto, de billetes), el empresariado hispano disponía de ofertas ‘ad hoc’ (me encanta esta expresión) adaptadas en consecuencia a ese generalizado paisaje de austeridad.

De modo que en algún estanco o en ciertos puestos ambulantes era posible, mientras nos crecían las primeras espinillas, hacerse con cigarrillos por unidades. Fumar era un vicio, sí, pero sobre todo era un vicio caro: cualquier economía no se lo podía permitir. Desde luego, el paquete (con perdón) era propio de gente con posibles. Exigía cierta capacidad de ahorro lejos de nuestras posibilidades, así que o lo sisabas en casa o te hacías con los pitillos de uno en uno.

He ido olvidando dónde se despachaba esa mercancía, pero no me extrañaría que fuera en aquellos inolvidables recreativos donde nos iniciamos en pecaminosas costumbres: la nicotina, por supuesto, pero también el futbolín (emtonces, todavía sin mosca), la máquina flipper (que aprendimos a manipular para ganarnos una partida extra… salvo que apareciese la palabra maldita, tilt) o el rock and roll versión gramola. Una religión que me tuvo entre sus fieles allá en el Pleistoceno, usuario como tantos logroñeses hijos del colegio San José de los billares de Nico, en cuya máquina musical (también denominada juke box) si cierro hoy los ojos aún creo ver a ciertas chavalas colocando su disco favorito en su postura favorita: decúbito prono. Y yo ya me entiendo.

Ocurría otro tanto en el ámbito hostelero: que también la mercancía se ofrecía en formato minimal. A medida que uno empezaba a fumar, la edad exigía otros hábitos. Y uno de esos peajes reclamaba nuestra presencia en los primeros bares, de donde no era extraño que fuéramos desalojados en cuanto los mayores de ambos lados de la barra detectaban nuestra presencia y nos enseñaban majestuosamente la puerta: no, no éramos mayores de edad. Ni siquiera valía la pena enseñar el carné, del que tal vez incluso carecíamos: nuestra párvula jeta evitaba ese trance. Un trago que también había que franquear cuando tocaba ir al cine a una película vetada para menores de 18 años: más o menos como ahora. Así que a medida que avanzaba la pelusa en el bigote, se retiraba el acné y se nos ponía voz de tenor empezó a tener sentido echarle algo de morro, acodarse en la barra elegida y pedirse… un mosto. Cinco pesetas. Una limonada, un Cacaolat si eras muy moderno (y el dueño del bar comprendía de qué estabas hablando) o algún bebedizo tipo gaseosa o aquel invento llamado jariguay, palabra inolvidable: el alcohol estaba prohibido no sólo en los garitos, sino también en casa. Con alguna salvedad: aquellos peculiares bocadillos de vino con azúcar que formaron parte de la merienda para más de una generación de riojanitos.

Se entenderá que por lo tanto menudease entonces en nuestra vida la consumición partida por la mitad, que admitía dos versiones: o bien te pedías una entera y compartías tragos y tarifa con algún miembro de la cuadrilla o bien la reclamabas así. Media tónica con hielo, como me recordaba el amigo César Cantabrana abriendo sin quererlo el baúl de estos recuerdos. Eran, como bien rememora, los tiempos del Iturbe de Vara de Rey, cuando esa pócima costaba apenas 7 pesetas (que había que sudar para reunirlas, ojo); unos años más adelante, ese mismo brebaje encarecía su precio porque le añadíamos algo de alcohol (un golpe de ginebra Fockink, por ejemplo) puesto que empezábamos a afeitarnos y veíamos cercana la hora de hacer la mili. Sonaba la hora no tanto del cubata como del medio cubata, nuestro trago predilecto.

Quiere decirse que nos habíamos hecho mayores, más o menos. Lo cual significó en esta España mía, esta España nuestra, que nos volvimos locos. Por algún misterioso pasadizo entraba dinero que desmentía aquellos tiempos tan grises y nos lanzamos a esa piscina del consumismo donde aún chapoteamos. Donde pedirse como era norma un medio cubata no sólo parece una ordinariez, propia de gente pobretona y humilde, sino un anacronismo: para empezar, ningún camarero te entiende. Hice hace un par de años la prueba porque llevaba encima unas cuantas copas y sólo me apetecía media: en la barra de ese bar que no citaré aún se están riendo. Yo, sin embargo, pienso que esos días volverán y no será nada malo. Espero que signifique que hemos recobrado la cordura. Porque no creo que suponga que nos hemos metido en la máquina del tiempo y reaparecido en Iturbe, viendo a Cantabrana y pandilla ligar con las chicas de las Escolapias y la Enseñanza (o al menos intentarlo) mientras se toman ese combinado tan camp: media tónica con hielo y limón.

P.D. Gracias a esa entrada en torno a Iturbe, otro habitual lector, el querido logroñés Víctor Rubio, me informa desde Bilbao de la existencia de un Iturbe anterior al de Vara de Rey, que fue el primero que uno conoció. Se nota que es bastante mayor que yo porque se confiesa cliente de aquel local primigenio, ubicado en avenida de La Rioja, más o menos donde ahora se alza el Banco Santander. También ignoraba una especialidad salada de la casa, sus al parecer suculentos emparedados. Según cuenta, mejores que los de Cibeles. Cosa que me permito dudar.

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Bares de nuestros padres
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Jorge Alacid | 03-07-2015 | 07:34| 1
Foto antigua de la terraza del Ibiza, obra de Tomás Asensio. Archivo Municipal de Logroño

Hace unos días, mientras asistía al parlamento con que Félix Revuelta agradecía el premio Mercurio, caí en la cuenta de que nuestra experiencia como clientes de los bares favoritos se nutre de varios caminos: por un lado, los bares que elegimos según se lleve esa temporada. Por otro lado, aquellos que nos resultan más cercanos a nuestro corazón, los bares adonde acudimos una y otra vez porque representan para nosotros algo más, algo más que bares. Y una tercera vía: los bares que fueron propios de nuestros padres, de donde nos fugábamos espantados porque nos olían a naftalina… y donde sin embargo acabamos desembocando por una pura cuestión biológica. Es decir, a medida que alcanzamos la edad que tenían nuestros padres cuando sus bares predilectos nos parecían demasiado viejunos. Camps. Carrozas, palabra que por cierto ha desaparecido de nuestro vocabulario.

En su discurso de agradecimiento, Revuelta recordaba ante los convocados por el Club de Marketing su propia trayectoria como logroñés. Incluía un emocionado recuerdo a su etapa de pinche en el estanco familiar, que todavía se aloja hoy frente a la fuente de Murrieta, repartiendo según las consignas paternas por los cercanos bares de la calle Laurel y aledaños aquella mercanía formada por cartones de Celtas. Aludía también el dueño de Naturhouse a cómo pasando el tiempo su familia adquirió un bar, que resultó ser un bar que luego me tuvo entre sus fieles, en una etapa supongo que posterior a cuando lo defendían los Revuelta. Se trataba del bar Texas, a cuya máquina flipper estuve enganchado en la adolescencia: sí, el mismo bar Texas ya desaparecido que formaba parte de un trío de locales, el Apolo y el superviviente Tizona, ubicados los tres en la manzana de avenida de Colón entre Jorge Vigón y Villamediana, un trío que ha aparecido ya aquí en otras entradas.

Asi que repasando mi propio ejemplo, reviso la historia de quienes nos precedieron trasegando infusiones, alcoholes y destilados por Logroño y recuerdo que cuando uno vestía pantalón corto (no pantaloneta, ojo) veía a sus progenitores y compañeros de quinta deambulando por La Granja y el Ibiza, o apoltronados en los veladores de La Rosaleda. También frecuentaban el Pachuca y el Ringo cercanos, por supuesto acudía al Milán y el San Remo, aquella clásica ruta, así como se dejaban caer por el Alevi de la Gran Vía, el Llacolén y Lucans de avenida de Portugal y ya de más mayores por el Duque, inolvidable pub ubicado en los bajos del hotel París, así como por el Mesón del Rey (hoy Casablanca) y el Doblón de Portales. El Robinson, Pat Garret y Mi Amigo fueron los garitos de la Zona favoritos de aquella generación, me parece, lo cual significaba que para sus hijos eran los tres que había que evitar a toda costa.

A la hora de disfutar de la cocina local, esos logroñeses que hoy disfrutan de la jubilación fueron devotos de Las Escalerillas y el Buenos Aires, claro, del Carabanchel y del Cachetero, del Iruña y Matute, porque en realidad tampoco había tanto donde elegir. Se habían iniciado en la afición que luego heredamos sus hijos en locales tipo Bolo Pin Club, Rango y otros que uno apenas llegó a conocer y, como el resto de la ciudad, a medida que Logroño crecía iban abandonando los viejos bares de la calle Mayor y alrededores para trepar hacia el ensanche nacido en torno a la Gran Vía y ocupar en consecuencia los bares que allí se fueron alojando, con una querencia común hacia el desaparecido Las Cañas (resucitado ahora como Wine Fandango) y alguna incursión en esos negocios que acarician una cuerda en el interior de cada cual: en mi caso, las expediciones a por el bocata de jamón del Rincón de Pepe de la calle Oviedo, el bar de las piscinas de Cantabria, también el de la Hïpica con su barra exterior… que merecerá una entrada propia un día de estos.

Muchos de ellos han periclitado, otros han mudado su fisonomía hasta quedar irreconocibles. Pero en los que resisten yo he acabado entrando alguna vez, salvando ese temor intangible que tanto respeto me imponía antes su entrada, porque era tanto como ingresar en el mundo adulto. En el mundo de los adultos de cuando yo era un crío o un mocete. Al Ibiza, por ejemplo, suelo peregrinar una mañana cada finales de julio según un rito personal cuya justificación no viene a cuento, pero que sirve para hermanarme con aquel tiempo en que lo frecuentaba de niño y convoco en consecuencia a mis propios fantasmas. Los mismos fantasmas particulares que me parece que invocaba el otro día Félix Revuelta cuando recibía el premio Mercurio, miraba hacia atrás y se veía de crío repartiendo tabaco por la calle Laurel. Cuando el mostrador del Texas seguro que le venía grande porque no era su bar aunque sí lo fuera: era el bar de sus padres.

P.D. Hay bares que se forman parte del itinerario sentimental de cada logroñés y hay otros, raros bares por escasos, donde coincidimos todos alguna vez: esos bares son de todos. Me parece que uno de ellos es el Moderno. Iban nuestos padres y también nuestros abuelos, fuimos luego nosotros quienes formamos parte de su clientela y tengo observado que las nuevas promociones mantienen la costumbre de acomodarse en su barra, hacerse fuertes en la terraza o aposentarse entre el maderamen del interior. Tal vez porque lo lleva en el nombre: el Moderno siempre es moderno.

 

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