La Rioja
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La sombra del fútbol es alargada
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Jorge Alacid | 20-09-2013 | 11:55| 0
Tragos a la salud de Abadía

Saliendo la otra noche del nuevo Carabanchel, reparé en que la tienda vecina de quesos y otras gollerías fundada por el gran Agustín Abadía (cuyas galopadas por la banda de Las Gaunas sigo venerando) había devenido en bar. Y pensé en qué extrañas piruetas deparaba esa mezcla de fútbol y hostelería en los bares logroñeses, porque esta aventura que emprende el técnico de la SDL no es ni mucho menos insólita: durante largo tiempo se han ido hermanando los dos mundos a través de las peripecias de unos cuantos futbolistas. Sobre todo, de la época en que sólo había un Logroñés.

Eso de convertirse en empresario de la hostelería representaba una salida natural para muchos blanquirrojos, porque no tenían más que fijarse en el ejemplo del eterno presidente Cesáreo Remón, industrial de éxito en ese ramo. En mi memoria, el primer eslabón de esta cadena lleva el apellido de Lotina, el goleador que puso en pie con otros socios el Edén de la calle Lardero, esquina a Vitoria. Ahí sigue el local tan pimpante, aunque desde hace años bajo otra dirección. Muy cerca, décadas después se inauguró un bar de estética norteamericana, impulsado por otro grande de los tiempos gloriosos, José Luis Gilabert, preparador físico del CDL durante algún lustro. Una tendencia inspirada desde tiempo atrás por la saga del Buenos Aires, con sus Royo y sus Viguera, dinastías de largo recorrido en nuestro fútbol, desde su antiguo emplazamiento en la calle Laurel hasta el actual en República Argentina (que es mucho más lógico, teniendo en cuenta su nombre), donde descuella otro exblanquirrojo, Soroa.

Así que remontándonos en el tiempo…. Tirando de moviola surgen tantos casos de unión entre ambos ámbitos que he recurrido a la sabiduría y memoria de Eduardo Gómez para que ayude en la tarea. Gentilmente, me ofrece una larga lista de ejemplos, además de los citados. Así, recuerda a un tal Avelino, futbolista que casó en Logroño con una hija de quienes regían el restaurante Matute. Y no podemos olvidarnos de la casa Zubillaga, hoy bar y antes restaurante, ni de Arriola, al frente de su cafetería en Vara de Rey esquina a Somosierra luego de defender la zaga del Logroñés durante varias temporadas. Ni de Vilanova, quien matrimonió con una descendiente de los empresarios de La Chatilla, ni de Lerchundi, cuya bodeguita llamada Bezares testimonió en la calle Mayor la época en que estos establecimientos eran moneda corriente, ni del gran Belaza y su Génenis de la Gran Vía…

Así que salen unos cuantos casos, como vemos. La tendencia de algunos jugadores de jubilarse como tales y ponerse al frente de una barra se extiende por numerosos rincones de la geografía española, como si los deportistas devenidos en empresarios hosteleros intentaran trasladar la fama que alcanzaron en las canchas a su nuevo oficio y beneficiarse de su tirón mediático. Pero se trata de un oficio complicado, tanto como el de futbolista: como hemos visto de la relación arriba recopilada, algunos flaquearon en el intento. Pero otros no: otros sobreviven, porque manejan al cliente con la misma habilidad con que embocaban el balón en la portería rival. Y a quienes les vimos en pantalón corto sudando la zamarra blanquirroja en el inolvidable Las Gaunas, nos hace ilusión encontrarnos con ellos en estos otros avatares de la vida y desearles, como quien firma estas líneas, mucha suerte en sus negocios.
Y felices fiestas de San Mateo.

P.D. La relación de futbolistas que levantaron negocios en Logroño que me facilita Eduardo Gómez abarca a otros ámbitos más allá del hostelero. De donde él deduce (y razón creo que no le falta) que algo tiene Logroño cuando tantos y tantos antiguos profesionales del Club Deportivo Logroñés eligieron esta ciudad para retirarse, casarse, fundar un hogar, crear su propia prole… Todas esas cosas. Luisín, Berasategui, Casiano, Guerra, Pipo, Eguren, Lasala, Peche, Cachicha, Pedro, Garriga… La relación es tan amplia que habrá que darle la razón al gran Eduardo: sí, algo tendrá Logroño

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De filete ruso a hamburguesa
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Jorge Alacid | 11-09-2013 | 08:34| 6
Samuel L. Jackson, desayunando en Pulp Fiction

Entró en nuestras vidas bajo el nombre de filete ruso y así le seguimos llamando durante largo tiempo. La España franquista era así: desconcertante. Entre denominar ese bocado al modo yanqui o hacerlo incluyendo una referencia al país de nuestros archienemigos los soviets, preferimos esta segunda opción. Por despistar. Poco después, sin embargo, nos hicimos mayores. A medida que McDonalds se fue introduciendo en nuestras vidas, sucumbimos al encanto de la comida rápida que otros llaman basura y entonces sí: entonces la hamburguesa se entronizó en nuestras cocinas, saltó a los bares y ya nadie osa llamarle filete ruso. Una pena.

Una pena, porque compruebo en la Wikipedia que la denominación aún tiene sentido. Aunque los orígenes de la hamburguesa hunden sus raíces, como casi todo, en la avanzada Roma, fueron los mongoles que dominaron las llanuras de la Europa oriental quienes divulgaron la buena nueva en forma de carne picada. De ahí nace esa expresión de filete ruso, que toma prestada alguna licencia de la geografía y la historia, y de ahí proviene también una derivación igualmente popular en nuestros fogones, el steak tartar. Con el tiempo, el gusto por comer carne picada se fue extendiendo e ingresó en el corazón de Centroeuropa, hasta acabar conquistando Hamburgo, cuyo puerto representó durante años el punto de partida de los viajes transoceánicos que poblaron Estados Unidos de hijos del Viejo Continente. Fin de la primera parte: los restaurantes de Nueva York empezaron ya a finales del siglo XIX a ofrecer a su clientela filetes “al estilo de Hamburgo” y el resto es historia. Historia contemporánea.

No aburriré más al improbable lector con esta profusión de fechas, citas y teorías sobre el nacimiento de la hamburguesa. Le regalo el enlace con la mentada Wikipedia y salto a la España de los 80, cuando desembarcó este célebre bocadillo que nos introdujo en el universo del pan de sésamo y las altas calorías con kétchup. Yo recuerdo haber consumido la primera en un bar logroñés ya desaparecido, entonces en la cumbre de su fama: el llorado Bierhause (o como se dijera), en la esquina de Gran Vía con Labradores, último eslabón de una manzana muy pródiga en experiencia hosteleras, la llamada manzana del Robinson que se componía de la mentada hamburguesería, el homónimo pub que merecerá una entrada un día de estos y su hermano menor, el Robinson Grill (donde, si no me falla la memoria, también se despachaban hamburguesas). De ahí, el devoto de esta religión tuvo que peregrinar hacia la cercana y aún activa cervecería Kaiser, imperio de la hamburguesa y de la pantalla de gigante de televisión, dos productos que así de unidos propiciaron inolvidables noches futboleras. Allí me tuvo de cliente durante el Mundial de México, los cuatro goles de Butragueño en Querétaro y (ay) el penalti fallado por Eloy ante Bélgica que prolongó nuestra maldita cita con los cuartos de final.

Tanto las del Kaiser como las del Bierhause eran hamburguesas, sí, pero no militaban dentro de la corriente de cocina rápida. Un estupendo pedazo de carne, adornado con mostaza, elaborado con esmero y presentado con dignidad; no digo que sean cualidades que falten en establecimientos como McDonalds y Burger King, por citar las dos más conocidas franquicias, contra las que nada tengo. Dan de comer por poco precio y hacen felices a los más pequeños de la casa, lo cual no es poca cosa según me parece. Son garitos sin embargo en las antípodas de los que surgen ahora por Logroño, cuya aparición justifica estas líneas: el Bococa de Bretón de los Herreros y el Burgerheim de Víctor Pradera, a quienes deseo la mejor suerte y prometo una visita. Porque soy adicto a ese manjar que me rejuvenece: me recuerda cuando era un crío y le llamaba filete ruso.

P.D. La hamburguesa, como cualquier producto de origen yanqui, permanece en deuda con el mundo del cine, desde la misma estética de aquellos garitos americanos que ahora se intentan imitar en Europa, España incluida. Grease, American Beuty (en su versión drive thru con el impagable Kevin Spacey de camarero), Regreso al futuro… Una larga lista que estaría incompleta si no incorporamos Pulp Fiction, cinta que se abre con Travolta teorizando en torno al cuarto de libra con queso al estilo francés (Royale con queso) e incluye la memorable secuencia cuya imagen ilustra estas líneas y cuyo enlace dejo aquí: la piedra angular de todo buen desayuno americano, a la salud de la variedad hawaiana llamada Big Kahuna.  Y que aproveche.

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Bares enredados
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Jorge Alacid | 04-09-2013 | 11:36| 4
Página web de Dharmapuntocero

 

En el principio fue el verbo y el verbo se hizo carne en internet. Así ocurre en tantos órdenes de la vida y así ocurre también en el universo de los bares, un mundo cada vez menos ajeno a cuanto sucede en el éter. Durante este verano he tenido algo más de tiempo para observar que también los bares logroñeses se sumergen en la red en busca de lo que requiere cualquier negocio: notoriedad, relevancia, potenciación de la marca, contacto con la clientela… Ese rosario de intangibles cada vez más tangibles, porque un bar que cuide a su parroquia a través de su web o las redes sociales no hará otra cosa que procurarle la misma atención que hasta ahora era habitual por medios convencionales. Y recibirá por lo tanto idéntica cálida respuesta.

De ahí que me haya resultado pertinente recopilar aquí algunas de las iniciativas hosteleras de Logroño con mayor predicamento en la red. Traducido: qué bares me parece que exprimen con más talento las posibilidades que ofrece Internet. No es un recuento científico; más bien, un resumen de aportaciones interesantes, que puede incurrir en el pecado de obviar algunas que se hayan escapado de mi radar. Van por adelantado mis disculpas a los posibles ausentes, pero allí va la lista. En la calle Laurel, me llaman la atención la constancia de La Taberna del Tío Blas y el bar (también restaurante) El Muro; sobre todo el primero, que utiliza sabiamente el impacto de las redes sociales (a riesgo a veces de saturar el éter). Mención aparte merece Casa Pali, donde se intuye una notable astucia en eso de estar presente en la red de un modo bien elegante, sin caer en exageraciones.

En la cercana San Agustín, anote el improbable lector las referencias de La Anjana y De Perdidos al Río, bastante activos; en la calle San Juan, se percibe una inteligente gestión internáutica (si tal palabra existe) detrás de Tastavín, que propone una cobertura que juzgo modélica: no te mete la bebida ni la comida por la boca, sino que deja caer su oferta como quien no quiere la cosa. Se podría considerar publicidad subliminal si no fuera porque toda la publicidad es así: subliminal. Y en la Mayor, gloria al Iturza, donde se incurre en una paradoja que me hace feliz: que el bar más castizo de la calle, uno de los pocos que ha resistido más o menos como siempre, lidere hoy las corrientes más avanzadas en el uso de las nuevas tecnologías. Su presencia en la red copia fielmente el modelo de gestión del bar: no opta por el diseño más rompedor, sino que apuesta por mantener sellada la lealtad con su clientela, su baza más fuerte frente a la competencia. Es constante su aparición en Facebook, donde logra prolongar en las redes su idilio con la parroquia, aprovechando de paso para liderar campañas como la recién emprendida a favor de que se permita seguir consumiendo en la calle.

No son muchos bares, como se ve. En esta relación faltan unos cuantos (mis disculpas por adelantado) pero es cuestión de tiempo; hace unos años, meses incluso, este era todavía un camino sin explorar. Las páginas web de la calle Laurel (donde se agrupa a los locales de la vecina San Agustín) y la calle San Juan abrieron hace tiempo una vía hacia la conquista de potenciales clientes (sobre todo, residentes fuera de Logroño) que todavía son un tímido acercamiento. Como en tantos ámbitos, lo mejor está por llegar.

P.D. Punto y aparte merecen dos experiencias hosteleras de acusado arraigo en la red. La primera el Tondeluna de Francis Paniego y Luisa Barrachina, un inclasificable local donde lo que menos importa es el nombre que le otorguemos: lo fundamental es su contenido, una atractiva oferta que apuesta por divulgarse a través de las redes sociales aprovechando la maestría que acredita Paniego en estos (y otros) menesteres; y el Dharma Dospunto.cero, que corrobora desde su mismo nombre su vocación por hacerse fuerte en internet y al que envío desde aquí un abrazo solidario para que supere cuanto antes los quebrantos causados por un reciente siniestro.

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Nuestra Milán-San Remo
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Jorge Alacid | 02-08-2013 | 18:02| 2
Mapa de la clásica ciclista

La primera vez que oí en mi vida, hace un par de glaciaciones, la clásica ciclista llamada Milán-San Remo quedé noqueado. No entendía nada. Milán y San Remo eran para mí entonces dos enclaves que, desde luego, no situaba en la lejana Italia, sino más cerca. Mucho más cerca: en Vara de Rey. Es decir, en Logroño. Porque Milán, además de dar nombre a las gomas de borrar a las que permanezco todavía fiel, para mí era un bar. Sólo un bar, el emplazado en la calle mentada. Y San Remo, otro tanto: un bar que, en su caso, añadía a sus encantos el de ejercer como restaurante, un clásico del Logroño de su época. Así que mientras los ciclistas tenían que sudar sobre el sillín cerca de 300 kilómetros antes de ver la pancarta de meta frente al Mediterráneo que baña San Remo, cualquier logroñés podía protagonizar su propia carrerita con sólo andar unos metros: poco más de una manzana, entre Gran Vía y avenida de España, bastaba para cubrir un itinerario muy pródigo en ricas experiencias hosteleras.

La clausurada puerta del Milán, en Vara de Rey

Yo conocí más bien poco aquellos bares en su época gloriosa. Cosas de la edad: me pillaron con pantalón corto. Sí recuerdo que cuando acompañaba a mis padres al Milán era una aventura gloriosa, porque era un local castizo y fetén, al que emparento lejanamente con el canon que desde Madrid emanaba Chicote. Barra profunda a la izquierda, unas mesitas al fondo a otra altura y una decoración propia de esas cafeterías a la americana que empezaron a ser comunes en España y que hoy apenas sobreviven. Aquel Milán que puso en pie Julián González Sarasa añadía a su oferta cierta condición bohemia, porque ejerció como faro para la ‘intelligentsia’ local entrada ya la década de los 70. Una especie de canto del cisne: con la llegada de la democracia, como curiosamente le ocurrió a otros bares, el Milán echó el cierre, incapaz tal vez de adaptarse a los nuevos tiempos. Me parece que su estilo inclasificable fue el mismo que la nueva propiedad quiso respetar cuando reabrió en los años 80, con parecido y amargo destino: el bar, que llegó a contar con una festiva e incondicional clientela, volvió a cerrar. Y hasta ahora. (Aunque el edificio está en rehabilitación y uno, que pasó allí sus buenos ratos en la segunda etapa, sueña con que alguna mano amiga e intrépida se anime a reabrirlo).

Rótulo del San Remo, en avenida de España con Vara de Rey

Del San Remo, que resiste con éxito ya sólo como bar, guardo todavía menos recuerdos, aunque sí uno muy vivo. Que lo llevaba un tal Boni y que allí se debía comer muy bien, porque su nombre se pronunciaba en casa con esa untuosidad que se concede a los establecimientos que hacen felices nuestros paladares y nos remueven los jugos gástricos. Así que le he preguntado a Eduardo Gómez sobre su propia experiencia como cliente de aquel local y matiza mis impresiones: “En realidad, Boni llevaba el bar y su mujer, que tenía muy buena mano para la cocina, se encargaba de los fogones, con gran éxito por cierto. Era una carta muy riojana, con un plato estrella llamado ‘El avión’ y que no era otra cosa que un gran solomillo, muy suculento por cierto”. Prohombres de aquel Logroño ocupaban sus mesas cada día para el almuerzo, convertido el San Remo en una cita tradicional del Logroño hostelero, con una fama creciente que se acreditaba por San Mateo: era el lugar elegido por los pelotaris que acudían al Adarraga para reponerse del esfuerzo de cada velada, según recuerda el propio Eduardo Gómez, quien sin embargo ignora si detrás de esa coincidencia de disponer de nuestra propia clásica Milán-San Remo se escondía algún mensaje oculto. Más bien piensa, como yo, que es una mágica coincidencia. Una de esas cosas que sólo pasan en Logroño.

Cerrado por vacaciones

P.D. Este blog se toma unas semanas de vacaciones. Aprovecha el verano para retomar fuerzas, idear nuevas rutas hosteleras y hacer algo de trabajo de campo. No obstante, como ocurre con nuestros bares, también acepta encargos: si alguien anda por ahí interesado en dedicar una entrada a su garito favorito, sólo tiene que pedirlo. Se hará lo que se pueda. Pero ya en septiembre.

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Ibiza, la playa de Logroño
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Jorge Alacid | 30-07-2013 | 07:48| 0
Fotomontaje para 'Logroño Imaginario': celebridades en la terraza del Ibiza

Alguna vez ha aparecido en este blog la cafetería Ibiza, epicentro del Logroño hostelero, pero una reciente visita me anima a dedicarle una entrada en exclusiva. Porque es uno de los escasos bares-de-toda-la-vida que todavía resisten en Logroño y porque a pesar de algunas reformas perpetradas en su decoración que me parecen, hum, mejorables, en líneas generales se mantiene fiel a la imagen que se ha incorporado en nuestro corazón logroñés desde que la recuerdo. Su terraza perenne, sus camareros eternos, su barra infinita… Si Logroño tuviera playa, Ibiza sería su chiringuito principal. Le acompaña hasta el nombre.

El Ibiza es también uno de esos bares vinculados a la historia sentimental de quien esto firma, porque empecé a frecuentarlo desde muy crío, convocado por la llamada de la gentil Mari Carmen Cantero y su padre, don Paco, que regentaban una peluquería de señoras sobre el bar y tenían la costumbre de sentarse en sus veladores al final de la jornada. Sobre todo, en verano. Así que cada vez que paso por el Muro de la Mata pienso en Paco y me pongo de buen humor; no es el único fantasma que convoco: como se ve en la foto que ilustra esta entrada, también por sus mesitas se dejaron caer alguna vez Picasso, James Dean, Liz Taylor, Marilyn Monroe, Montgomery Clift y Marlon Brando. Como se deduce, es una broma: un divertido fotomontaje ideado con ocasión de aquella exposición titulada ‘Logroño imaginario’, firmado según recuerdo por Jesús Rocandio y la gente de Cámara Oscura. Ellos vieron lo que cualquiera puede intuir: que el Ibiza es bandera de esta ciudad. Uno de esos monumentos que todos deberíamos contribuir a preservar. Sobre todo teniendo en cuenta que ha sufrido no pocos sobresaltos en los últimos tiempos, hasta el punto de que su supervivencia ha estado en entredicho. Felizmente, el Ibiza se ha sobrepuesto a la amenaza de cierre y ahí lo tiene usted, tan pichi, más o menos como siempre: la terraza en su sitio, la formidable barra esperando a la clientela y un servicio profesional, a la antigua usanza.

Digo que el Ibiza resiste más o menos como siempre y acto seguido me corrijo: hace unos meses incorporó una novedad decorativa, puesto que el reloj gigante que preside las mesas interiores aparece ahora festoneado por una gavilla de fotos antiguas. Entre ellas, el mentado montaje de ‘Logroño imaginario’. Pero hay más: un recorte publicado en Diario LA RIOJA en 1941, dando cuenta de la apertura del establecimiento y su mudanza desde la vecina calle Bretón, antiguas imágenes del Espolón, otra muy hermosa del bar que a ojo dataría más o menos en los años 60, es decir, cuando yo lo conocí… De todo esto me informó un amable camarero, que me sorprendió interesándome por estas fotos y me fue relatando unos cuantos detalles que yo ignoraba. Me marché pensando en dedicarle esta entrada y se me olvidó preguntarle por una cuestión central que espero dilucidar uno de estos días: qué paso con aquel teléfono de principios del siglo XX que formaba parte indispensable de su iconografía y que ahora juzgo desaparecido o, al menos, lejos de nuestros ojos. Un teléfono tan vinculado al Ibiza como su hermosa rotulación, ese neón que parpadea alguna noche invocando el espíritu de Pepe Blanco.

Pero esa es otra historia..

P.D. Que cuento a continuación en una posdata más larga de lo habitual. Creo que merece la pena: se trata de una información que Eduardo Gómez publicó en Diario LA RIOJA en febrero del 2012, con ocasión del cambio de titularidad entre los propietarios. Ahí va: “El rumor de un posible traspaso de la cafetería Ibiza, que se ha extendido rápidamente por Logroño, ha sido confirmado personalmente por su nuevo propietario, Alfonso Soldevilla Iriarte, director gerente de Drunken Duck, extendida cadena de cafeterías y restaurantes popularizada como El Pato Borracho. (…) -El título del Ibiza, tan arraigado en la ciudad, se mantendrá, así como la actual plantilla de personal, a la que se sumarán nuevas incorporaciones. (…) El Ibiza es uno de los establecimientos de hostelería más antiguos de Logroño, ocupando los bajos de una casa proyectada en 1938 por el arquitecto logroñés Agapito del Valle para el promotor Fermín Sáenz Padilla. Su situación era el número 4 de Muro de la Mata, completando el bloque que se edificó en los terrenos que dejó libre el Seminario Conciliar. En sus primeros pasos mantuvo la competencia con los cafés que existían en el resto de Muro de la Mata, el café Comercio, el Continental, el Brillante, el Correos, que después se convirtió en el Aéreo Club y el Danubio, que fueron desapareciendo al transformarse los respectivos domicilios en edificios de mayor porte. Todos ellos tenían terrazas veraniegas en el Espolón, si bien se hizo notar que el Ibiza mantenía, además, en todo tiempo la que situaban bajo los soportales del Muro, exactamente igual que ahora. En los primeros años de actividad, el Ibiza se sumó a la competencia que ofrecía actuaciones musicales y allí dio sus primeros pasos el que después fuera famoso cantante, nuestro paisano Pepe Blanco. Dadas las dimensiones del establecimiento, entonces propiedad de doña Julia y dirigido por los hermanos Pepe y Luis, éste director de la administración y Pepe en la barra, era necesaria una amplia plantilla, siendo muchos los profesionales que tras curtirse en él se independizaban, como fueron los casos de Sergio, Langarica y Luis, entre otros. También se recuerdan a Arturo Castelló, Macanas, Amado Pascual, Natalio Lacalle y a Inma, una de las primeras mujeres que trabajó en una cafetería. No podemos olvidar a Carmelo y a Miguel Ángel. El establecimiento sufrió una amplia remodelación, reanudándose la actividad el 14 de agosto de 1996 con nuevos promotores, uno de los cuales, Lucio Nicolás, ha sido el último gestor del negocio”.

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Añorando Las Cañas
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Jorge Alacid | 26-07-2013 | 15:55| 2
Imagen antigua del Gran Hotel, cuyos bajos alojaron la cafetería Las Cañas.

Un reciente artículo de Eduardo Gómez en Diario LA RIOJA me ha recordado un olvido que estaba cometiendo en este blog: la ausencia de una entrada dedicada a uno de los bares que más he frecuentado en Logroño, Las Cañas. Me refiero a la cafetería primigenia, enclavada en los bajos del Gran Hotel, hoy lamentablemente abandonados luego de su conversión en hamburguesería. El edificio central se mantiene operativo pero, ay, el local donde antaño medio Logroño se daba cita y contribuía a dinamizar ese rincón tan castizo de la ciudad permanece desde hace años reclamando que algún alma caritativa se apiade de él y de paso ayude a galvanizar la zona peatonal vecina.

En sus buenos tiempos, pensar que semejante esquina principal con vistas al Espolón quedaría huérfana de actividad hubiera parecido un disparate. Porque Las Cañas hervía casi durante toda la jornada, el sueño de cualquier hostelero. El desayuno concentraba a la parroquia más madrugadora, el frenesí se disparaba luego para el café matinal, qué decir del aperitivo… Y el bullicio proseguía tras el almuerzo, porque aún se preservaba entonces (primeros años 80) el rito de la merienda de media tarde, preámbulo de otro pico de clientela: el vino o el refresco de última hora. Una última hora que se alargaba y se alargaba, de modo que no era extraño ver bien poblada su barra y sus veladores avanzada ya la noche. Lo dicho: un sueño para sus propietarios. Sobre todo, porque con el buen tiempo se completaba el panorama con una actividad igual de frenética en otro punto estratégico de la cafetería, su señorial terraza. Uno de aquellos pasos de paloma tan caros a Logroño, porque tenía lo que tiene que tener toda terraza: vistas. Vistas a la calle, a los paseantes, a la ciudad. Es decir, vistas para ser visto.

Las Cañas, que había surgido del empeño del empresario Cesáreo Remón, fue durante años epicentro de la agenda futbolística, uno de tantos núcleos blanquirrojos diseminados por la ciudad que se beneficiaba de que su propietario fuera también el llorado y eterno presidente del Club Deportivo Logroñés. Un flanco deportivo que se combinaba con otro taurino, porque allí recuerdo haber asistido a interminables tertulias por San Mateo después de cada tarde en La Manzanera, convocado por el efecto Navalón: el entonces polémico crítico no dejaba indiferente a nadie y garantizaba espectáculos de alto voltaje aunque el mundillo taurino te interesara tan poco como a mí. El tercer eje, de índole artística, lo aseguraba el vecino Gran Hotel, donde por cierto se alojaban también las figuras que venían a la feria matea… en compañía de cómicos y actores, a quienes era habitual ver desayunando en la cafetería aledaña, tanto durante las fiestas como durante el resto de la temporada teatral.

Una suma de factores que, como se deduce, otorgaba al conjunto un ambiente singular, una especie de bandera de la ciudad porque Las Cañas ostentaba ese título en compañía de otras cafeterías (La Granja, Ibiza), de modo que su desaparición supuso una pequeña puñalada en el corazón de quienes fuimos habituales de su barra. Una hermosa barra, decorada con buen gusto como el resto del local, atendida con eficacia por una plantilla de camareros tan diligentes como la propia familia propietaria. Su emigración a la cercana plaza de la Paz no se saldó con el mismo éxito: misterios de la química. El caso es que uno no terminaba de sentirse tan a gusto en el nuevo emplazamiento, aunque lo seguí frecuentando incluso en su última encarnación como Mou. Menos conforme aún me dejaba que en su anterior sede se alzara de repente la mentada hamburguesería: aunque no tengo nada contra las cadenas de comida rápida y me resisto a incorporarme a la aburrida ola antiamericana, siempre pensé que un lugar tan central de Logroño merecía otra cosa y que McDonalds me perdone. Merecía un bar a la altura de nuestras expectativas, que las dejara satisfechas con tanta clase como hizo Las Cañas: pasan los años y cada vez que paseo por esa esquina sigo viendo su terraza poblada, continúo imantado al atractivo de otro de esos bares logroñeses que tanto añoro.

P.D. Recupero aquí el comentario de Eduardo Gómez que dio pie a esta entrada: “Se cumplen 50 años de la inauguración de la cafetería Las Cañas que se instaló en los bajos del desaparecido Gran Hotel cuyo bonito palacete se mantiene en el Espolón. Fue creada por  Cesáreo Remón Armas, un recordado personaje muy popular en Logroño, donde fue concejal, presidente del Club Deportivo Logroñés y miembro de una acreditada agencia inmobiliaria familiar. Esa cafetería y su  terraza veraniega se convirtieron en centro de encuentro del todo Logroño, especialmente en San Mateo”. El todo Logroño y alrededores: porque entre la clientela con que topé una noche ya lejana figura nada menos que la infanta Elena, en su etapa de amazona y asidua del torneo hípico.

 

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Fotógrafos y camareros
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Jorge Alacid | 22-07-2013 | 10:13| 9

Óscar Solórzano, bandeja y cámara en ristre, retratado por Justo Rodríguez
Llevaba tiempo pensando que una larga lista de fotógrafos de esta casa que nos acoge merece una entrada como ésta en un blog dedicado a los bares logroñeses: muchos de ellos han compatibilizado esa actividad profesional con el oficio, más o menos furtivo, de camarero. La lista se hace todavía más larga si incluimos a otros cuantos fotoperiodistas que ejercen su profesión en Logroño. Me lo advirtió al poco tiempo de abrir este blog el amigo Justo Rodríguez, que reflexionaba en voz alta sobre tan extraña coincidencia con ocasión de un viaje a Sorzano. Iba lanzando nombres al aire un poco improvisadamente mientras conducía; ahora le he pedido que me ayude a ponerlos por escrito, porque me parece que es una curiosidad que tiene su gracia. Y, sobre todo, porque ni él ni yo acertamos a encontrar una explicación.

Empezamos. Según el recuento de Justo, otros colaboradores de Diario LA RIOJA han compartido con él experiencia hostelera. Fernando Díaz, por ejemplo, a quien recuerda en el Otilio. O Miguel Herreros, un clásico del Calderas de la calle Laurel o del antiguo Torres de la San Juan; o Sonia Tercero, habitual en algún garito de la ya difunta marcha najerina, como el 51; o Díaz Uriel, que ejerció en La Universidad de la calle Laurel. Aunque tal vez sea Alfredo Iglesias quien de todos ellos acredite una más larga trayectoria como barman, que ha desembocado en el bar que acaba de abrir en la calle El Cristo.

Salimos de Diario LA RIOJA para completar la relación con Clara Larrea, “que trabajó en el bar Parlamento”, como rememora Justo. Su memoria sitúa a Raquel Manzanares trabajando en algún bar de Nájera, a Rafa Lafuente en El Mexicano de San Agustín y a Sergio Espinosa en el Pasarena, entre otros bares. Mención aparte merece Óscar Solórzano, que compaginó ambos oficios durante su temporada en el bar de los Golem y ahora prueba suerte al frente del Asterisco de avenida de Portugal.

Y concluye el periplo con el propio Justo, quien se inició como barman en La Cartuja, aunque donde aprendió el oficio fue en otro bar de los mismos dueños, El Parador de la calle Mayor, que ahora se llama La Boheme y antes La Resaca. “Fue una experiencia bastante buena”, me confiesa. “Me sirvió para espabilar un poquito. Sólo un poquito, ¿eh?”, bromea. Contaba entonces con 19 años y se empleó a fondo durante cinco, sobre todo los fines de semana; progresivamente empezó a trabajar como fotógrafo, simultaneando ambas ocupaciones durante un tiempo, norma general por otro lado entre sus colegas de barra y de cámara. “De hecho”, recuerda, “el primer encargo para Diario LA RIOJA me lo trajo hasta el mismo bar Chema Glera, anotado en una hoja de esas de maquetar en cuadrículas. Ponía ‘10 horas, La Isla’. O algo así”.

¿Qué tienen en común ambos oficios? Para Justo, las similitudes básicas son evidentes: contacto con la gente, capacidad para la empatía y … desajustes horarios muy semejantes, con las conocidas complicaciones de los dos trabajos para conciliar la vida familiar. Por el contrario, según su experiencia, hay también alguna diferencia: la más acusada, que se liga más detrás de la barra que detrás de la cámara. “Es que eso de la barra… Tiene su atractivo”.

P.D. Esta entrada va dedicada a todos los compañeros fotógrafos de prensa. A los que cito y aquellos a quienes haya podido olvidar, vayan mis disculpas por adelantado. Y para concluir, le pido a Justo Rodríguez que se moje. Que me diga quién de esta relación de colegas le parece mejor fotógrafo y mejor camarero. Esto me responde: “Mejor fotógrafo, Fernando Díaz; y mejor camarero, Óscar Solorzano”. Que es, por cierto, quien aparece en la foto que ilustra estas líneas y que firma, como es natural, Justo Rodríguez.

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Yo, camarero
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Jorge Alacid | 11-07-2013 | 11:03| 4
Pelotaris en el frontón de Cantabria, foto de Herce para Diario LA RIOJA

Mientras preparaba una inminente entrada sobre las actividades como camareros de unos cuantos personajes riojanos, caí en la cuenta de que tal vez fuese más adecuado empezar recordando mi propia (y escasa) experiencia en el sector, por aquello de predicar con el ejemplo. No es gran , pero me apetece sobre todo por traer hasta este blog a una gran familia de la hostelería riojana, los Langarica-Santander, por quienes siento un cariño mayúsculo.

Finales de los años 70, Sociedad Recreativa Cantabria. Todavía había piscina de hombres, de mujeres y mixta (la misteriosa mixta: primera vez que oía esa palabra, pensando que era algún pecado) y al frente del bar se sitúan José Luis y Pili. Acarreaban ya una amplia experiencia en el sector pero nunca se habían enfrentado a semejante toro: por entonces, la sociedad contaba ya con miles de socios, miles para un único bar. Como disponían de una amplia baraja de hijos en edades similares a la mía y la de mis hermanos, las dos familias confraternizaron y de aquella relación surgió eso de ayudarles de vez en cuando en la barra, superados muchas veces ellos y sus camareros de plantilla por el aluvión de clientes, sobre todo en hora punta: la de comer, con incesante demanda de porrones previo intercambio de ficha para compensar roturas, desapariciones o mangancia; la del café, con las correspondientes partidas de cartas y llenazo de no hay billetes para ver por la tele (mayúsculo aparato casi colgado del techo) Verano Azul o lo que echaran entonces (¿Orzowei?); o la hora nocturna, cuando  arreciaban las cenas familiares, de nuevo regadas por el vino con gaseosa emporronado. Sin contar el ingente trajín del restaurante en el momento del almuerzo… Sofocante actividad que agradecía que alguien, cualquiera (es decir, incluso yo) echara una mano.

Mi pobre actividad fue doble. Consistió, por un lado, en hacerme cargo a ratos de un rincón de la barra donde se despachaban chucherías infantojuveniles, como los pastelitos llamados Tigretón, Bucaneros y Pantera Rosa, que eran lo más demandado, en reñida competencia con los Palotes: acababa de salir con sabor a fresa, gran suceso. Mi otro cometido era algo más exigente: junto a la mixta (otra vez la palabreja) se situaba un pequeño quiosco de bebidas, que se abría al mediodía y se cerraba a la hora de comer. Se alimentaba su oferta de refrescos y polos (empezaba por entonces a descollar el llamado Calipo, según recuerdo) y mi labor consistía en llenar la cámara frigorífica, despachar la mercancía (a veces, con gran éxito: llegó a vaciarse en más de una ocasión la nevera), chapar y entregar la recaudación. ¿Qué percibía a cambio? Cariño. Sobredosis de cariño, sobre todo porque Pili, jefa de aquel matriarcado, es una de las personas más bondadosas y generosas que he conocido. Su cariño se materializaba en forma de jugosos bocadillos y en la licencia para dormir en la casa que a la familia de abastecedores cedía la dirección de la sociedad. Un curioso piso situado encima del bar.

Allí vivía también el entonces regente, Ricardo, y allí subíamos ya de madrugada, porque para merecer la dicha de dormir en Cantabria y (sobre todo) gozar del privilegio de bañarse a la luz de la luna con todas las piscinas a tu disposición, primero había que dejar el bar recogido e impoluto, lo cual exigía llevar la basura hasta el exterior de las instalaciones, las llamadas ‘quincenas’, un macrovertedero ubicado donde hoy se alza la UR, muy rico en la fauna propia de los basureros y perfumado como cualquiera se puede imaginar. Superado aquel trance, luego del mentado chapuzón nocturno, llegaba la hora de dormir…. Y hasta la mañana siguiente: fueron un par de veranos de mozalbete que significaron mi estreno y mi despedida del sector. Una experiencia gratificante que, ya lo sé, no sirve de gran cosa comparada con el sacrificio que exige defender una barra en plan profesional, pero que a mí me valió para abrir un poco más los ojos y concluir que una vez yo también fui camarero.

P.D. He estado buscando en mi archivo algún testimonio gráfico que demuestre que, en efecto, trabajé de camarero pero sin suerte. Tampoco he podido localizar fotos antiguas de Cantabria, de su bar o de sus piscinas. En el archivo de Diario LA RIOJA encuentro no obstante esta imagen de Herce: cuatro pelotaris en el frontón de hombres. Entre ellos, el legendario Jorcano, a quien recuerdo viviendo eternamente en el rebote, cuya pared era una prolongación de la pared del bar. Por allí sacaba para los pelotaris sus míticos porrones Emiliano, quien precedió a los Langarica defendiendo aquel bar de mi infancia.

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Tu propia calle Laurel
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Jorge Alacid | 05-07-2013 | 16:10| 9
Imagen antigua de la calle Laurel, firmada por Enrique del Río

El improbable lector habrá observado como yo un rito que practica cada fanático de la calle Laurel: nuestra impenitente apuesta por un escogido grupo de bares, en demérito de otros. Quiere decirse que la calle celebérrima ofrece tal baraja de locales que es (casi) imposible visitarlos todos en una ronda, aunque hay quien lo intenta con las consecuencias conocidas. El caso es que por diferentes e ignotas razones acabamos entrando sólo en alguno de ellos, de modo que aunque recorramos la calle una y otra vez permanecemos ajenos a la oferta oculta en otros cuantos, algunos muy clásicos.

Me ofrezco como ejemplo. Ingreso por Gallarza y sé que podré detenerme en La Tavina y La Taberna del Tío Blas, La Taberna del Volapié y el Donosti en ese tramo inicial, pero en el resto hace años que no entro. Me pregunto por qué, pero ignoro la respuesta. Antaño sí fui habitual del Ángel y del Torrecilla, también del Achuri, pero por misteriosos motivos ya dejé de frecuentarlos. Asimismo era asiduo al Charro, cuyos pinchos de morros tanto me emocionaban, pero me despedí de él igual que hice con tantos otros: Villarrica, Pato Borracho, Jubera… Cruzo delante de la puerta del Páganos y del Bambi y me intriga saber qué razón me impide ingresar en ellos pese a que allá en el Pleistoceno, cuando me inicié como adicto a esta calle, formaban parte de mis favoritos.

Por el contrario, algunos, como el Sebas, siguen inmutables en mi carné de baile. Y será también habitual que me acode en la barra del Blanco y Negro (y siga echando de menos a Julián) y en el jamonero Pata Negra, pero cuando enfilo hacia San Agustín estoy seguro de que será difícil verme en la mayor parte de bares de ese tramo, a excepción del Soriano y salvo que aparezca por Logroño Eduardo Rubio y le acompañe a comernos una oreja en El Perchas. Últimamente, no obstante, he sucumbido también al encanto del Tío Agus y su pincho homónimo. Pero me pregunto por qué abandoné mi antiguo cariño por el Charly o La Rueda. Tampoco para esta cuestión tengo respuesta.

Según mi lógica particular (que es bastante ilógica, lo confieso), acabaré la ronda en El Soldado de Tudelilla, ya en San Agustín, en cuyos bares por otro lado tampoco tiendo a detenerme demasiado. Y observo que con la calle San Juan me sucede algo parecido: en unos bares entro casi siempre, en otros casi nunca. Con una curiosidad añadida: si tropiezas con algún conocido por alguna de estas calles del Logroño castizo y te incorporas a su propia ronda, descubres que le ocurre algo parecido. Que tiene una serie de bares de confianza donde entra como si estuviera en su casa y sin embargo a mí me son ajenos. También sucede al contrario en aquellos donde yo soy asiduo y donde nuestro acompañante se siente fuera de lugar. Así que concluyo que esta conducta tan absurda obedece tan sólo a manías, las manías de cualquier consumidor, las de todo cliente: en unos bares se respira una atmósfera más atractiva, de otros salimos alguna vez escaldados, los hay donde depositamos todas nuestras complacencias en los camareros, simpatizamos con los dueños… Las mismas razones que se pueden esgrimir para tantas cosas en la vida: como el amor en general, también el cariño hacia los bares es cuestión de química.

P.D. La asociación que agrupa a los bares de la calle Laurel cuenta con una página web (http://callelaurel.org/bares-de-logrono) donde se detallan los bares miembros. Incluye, como por otro lado hace los clientes, a bares de la aledaña San Agustín y de esos dos ramales (Albornoz, Travesía), que en nuestro imaginario común también forman parte de la propia calle. Según su prolija relación, ese dédalo de callejuelas cuenta con 16 restaurantes y 49 bares, aunque conviene precisar un par de cosillas: una, que hay locales que figuran (como el mentado Soldado de Tudelilla), en ambas categorías; y dos, que entre los bares se cita a la panadería El Paraíso. Que yo sepa, no sirve tragos, aunque es cierto que hace unos panes estupendos, de calidad y muy variados.

 

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Más que bares, restaurantes
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Jorge Alacid | 03-07-2013 | 08:17| 2
Cartel de menú del día en un local de Logroño

La tendencia de servirse de los bares no sólo como escenario de nuestros mejores tragos sino como núcleo de los bocados más sabrosos gana tantos adeptos en Logroño que cualquier observador habrá concluido como yo: hoy es casi más común comer en ellos que en un restaurante. No habrá estadísticas fiables, pero es obvio que la tradición del menú del día se ha hecho fuerte en los bares, de modo que es raro el que no ha sucumbido a ella. Sobre todo, los más recientes: bar que abre, bar que impone el menú del día o algún sucedáneo. Es una tendencia llegada desde fuera como tantas otras, desde las grandes ciudades donde las distancias entre el hogar y el puesto de trabajo son tan amplias que complican arracimar a la familia en torno al puchero común como antaño.

No es el único cambio social que impacta sobre las costumbres hosteleras. Complicación para conciliar la vida familiar, horarios laborales en mutación permanente, escasez de tiempo para cocinar, cierta tendencia contemporánea a la pereza… Todo parece conspirar en favor del menú del día, lo cual también representa un nicho de negocio recién llegado para muchos bares: ahí tienen un filón para atrapar a la clientela, sobre todo porque hay bares donde todavía (¡Todavía!) se mantiene la tradición no sólo de comer, sino de comer muy bien, alcanzando esa vieja hazaña de comer como en casa. O parecido.

Los hay fieles a este rito desde hace tiempo, porque son bares ajenos a las modas cuya imagen de marca se conduce por esos derroteros toda la vida: pienso en el entrañable local que pilota la buena gente de La Cortijana, un estupendo tres en uno porque es fonda, bar y casa de comidas. Su modelo se ha ido extendiendo con tino, amparándose en la certeza de que las cocinas (aunque minúsculas) de muchos bares ofrecen altas garantías a la parroquia. Si las golosinas dispuestas en forma de pincho, tapa o cazuelas tanto nos emocionan, por qué no darse un pequeño homenaje con ellas en formato de primer y segundo plato (bebida y postre opcionales). De hecho, parece que los bares que descartan entregarse a los favores del menú del día quedan fuera de mercado, descatalogados. Como en otras cosas, pienso que el Victoria de Víctor Pradera (aunque para mí el Victoria siempre será el fundacional de Carnicerías) fue pionero en implantar esta moda, atrayendo hacia sus mesas para almorzar a oficinistas, políticos, bancarios y, sobre todo, la tropa de los cercanos juzgados que ahora se dispone a emigrar hacia Murrieta. Siguiendo su ejemplo los bares logroñeses ofrecen hoy una amplia panoplia que oscila entre los menús más elaborados a los menos dotados (con perdón: quiero decir, con menos posibilidades de elegir), pasando por quienes asumen el menú del día como un mero trámite y quienes por el contrario lo enarbolan como emblema.

Las diferencias alcanzan también a los precios: aquellos más ambiciosos exigen en consecuencia un mayor esfuerzo al bolsillo, mientras que hay quienes tienen en las tarifas más a ras de tierra su banderín de enganche. Acabo de ver  en avenida de Lobete un bar que anuncia el menú a 9 euros, precio que me parecía imbatible hasta que recordé un reportaje publicado en Diario LA RIOJA sobre la cafetería del club de pádel de La Grajera, donde aún era más barato: 5 euros. Digo era, en pasado, porque cambió el abastecedor y ahora ha subido algo el precio: 8 euros entre semana, 10 sábados y domingos. Lo cual me sigue pareciendo igual de milagroso.

P.D. No soy gran adicto al menú del día pero reconozco que cuando lo frecuento apenas salgo defraudado. Supongo que, como el resto de clientela, porque rebajo bastante mis expectativas, de modo que es más sencillo quedar satisfecho. Soy menos partidario de los menús para llevar a casa, que es el envés de esta práctica del menú del día, a la que se entregan los establecimientos de comida preparada y algunos bares adictos a eso que por Yanquilandia llaman ‘take away’. Me permito sin embargo dar un consejo: el menú solidario de Rosana, carnicería en Vara de Rey con Huesca. No lo he catado jamás, pero veo su cartel ondeando en la puerta y pienso que merece la pena. Sobre todo, por la parte de la solidaridad.

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