La Rioja
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Tres rondas gratis para celebrar un cumpleaños
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Jorge Alacid | 08-11-2013 | 09:03| 12
Soplando una velita

“Siempre he mantenido que el alma auténtica de una ciudad española, el espíritu secreto de eso que llaman capital de provincias (Logroño, por ejemplo) suele encontrarse en sus bares”. Se me permitirá incluir aquí ese colmo de la vanidad que significa la autocita: las palabras entrecomilladas se citaban hace un año, con motivo de la inauguración de este blog que hoy cumple su primer aniversario. Confío en haber estado a la altura de las expectativas que yo mismo generé: si tengo que guiarme por mi propio olfato, debo confesar que las he superado ampliamente.

Se trata de una de las experiencias profesionales más gratificantes que he tenido la suerte de vivir. Digo profesionales porque, aunque este blog no es periodismo en su sentido más estricto, yo me lo he tomado como si lo fuera. Procurando dotar de amenidad a mis andanzas por Logroño y alrededores, haciéndome eco de las sugerencias que me llegan de los improbables lectores y aceptando algún tirón de orejas. Aceptando incluso los inmerecidos: son gajes del oficio y no empañan el tono general de satisfacción con que resumo este primer año de andadura.

Así que este es un post un poco almibarado, con exceso de merengue. No me quiero poner muy solemne: me limitaré a dar las gracias a todos. A los visitantes, los furtivos y los casi perennes. A quienes dejan su comentario, a quienes comparten algún post por las redes sociales, a quienes le dan al botón ése de Facebook que dice que les gusta lo que escribo. Y también a los que me han reprochado esto o aquello: prometo corregir mis fallos, tan humanos ellos.

Para soplar esa tarta con una velita, se me ha ocurrido premiar a los seguidores que deben vivir al otro lado de la pantalla. He seguido esa tradición tan celtibérica de invitarles a una consumición… y que la paguen otros. Así que mi eterno agradecimiento a Tastavín, Taberna del Tío Blas y La Tavina, los tres bares a quienes pedí que me ayudaran en esta experiencia y que han contestando con la generosidad que les presumía. De modo que los tres primeros en contestar a una pregunta muy facilita sobre Logroño y sus bares, tendrán a su disposición un par de vinos y otros tantos pinchos en los bares citados, según ese mismo orden. Quien conteste con la respuesta acertada, me puede dejar su móvil bien el blog, bien en mi perfil privado de facebook si lo prefiere y yo me pondré en contacto con los ganadores para gestionarles la consumición con los tres locales colaboradores.

Ahí va la pregunta. Fácil, fácil, facilísima: cómo se llamaba el bar, ya desaparecido, localizado a la entrada de González Gallarza a mano derecha en el edificio que ahora se está rehabilitando, con terraza a Bretón de los Herreros. Os recuerdo que es un bar que ahora se pretende reinaugurar.

P.D. El capítulo de agradecimientos a mis lectores quiero personalizarlo en dos de ellos, probablemente los más fieles. Paco Pérez Abad y Julia Baigorri, cuyos comentarios me han llegado a emocionar más de una vez. Comparten no sólo fidelidad a este blog sino una activa y enriquecedora presencia en las redes sociales, además de una humanidad desbordante y un corazón igual de desbordante. A todos, muchas gracias; a ellos dos, muchísimas.

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Gilda: salada, verde y picante
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Jorge Alacid | 01-11-2013 | 18:47| 0
Gildas en la barra del Ibiza de Logroño

Ya se ha mencionado aquí en otras entradas, aunque hoy sea difícil de creer: hubo un tiempo en que las barras logroñesas permanecían vírgenes al universo de la tapa, el mundo de la cazuelita, el ámbito del pincho. Esa conquista es reciente; uno vagabundeaba por la calle Laurel y apenas le asaltaba un breve rosario de oferta culinaria. Los champis del Soriano, las bravas del Jubera, los pinchos morunos del Páganos y casi que para uno de contar. La fiebre gastronómica que tanto abrillanta el rito del chiquiteo ha ido ganando terreno con el paso del tiempo, hasta alcanzar hoy alguna cumbre: uno puede muy bien alimentar el buche mientras refresca el gaznate, a la vez que también se anima la vista porque la verdad es que la mayoría de esos bocados entran primero por los ojos.

En aquella época, sin embargo, apenas se mantenía cierta fidelidad a la gastronomía mediante el recurso que acreditaron algunos bares de ofrecer ese monumento al ingenio que a mi juicio representa el humilde pincho llamado gilda, como la célebre película, a la que debe precisamente el nombre. ¿De qué estamos hablando? Pues de ese combinado de anchoa, aceituna y guindilla, que añade a veces pepinillo y forma una asociación a mi juicio imbatible como aperitivo. Ensartados sus ingredientes mediante el bizarro palillo, el resultado se denomina así, gilda, porque sus creadores pensaban en la mismísima Rita Hayworth cuando idearon este manjar: como la protagonista de la famosa peli y receptora de la no menos legendaria bofetada, esta banderilla es “salada, verde y un poco picante”, según informa la Wikipedia. Y no seré yo quien lo rectifique: salada, verde (ejem, un término ya un pelín pasado de moda) y picante era la protagonista de aquel film que sigo venerando, y salada, verde y picante es la tapa que desde hace décadas se distribuye ya elaborada en conserva. Amortajada: como la propia Hayworth, que en gloria esté.

La propia Wikipedia me recuerda un dato que alguien me mencionó algún día y ya había olvidado: que la gilda nació en un bar de San Sebastián, Casa Vallés (calle Reyes Católicos, 10, donde aún aguanta), a cuyo propietario se le ocurrió pensando en algún bocado que animara a la ingesta de vino. Lo cuenta en su blog con todo lujo de detalles (incluido un paseo por los vinos de Rioja) el caballero apodado Apicius Apicio, cuya entrada recomiendo leer. Como los encurtidos excitan los jugos gástricos con una eficacia inigualable, la gilda se entronizó en los bares de la España del siglo pasado y ahí la tienen ustedes, resistiendo el avance de las tropas de Ferrán Adriá muy gallardamente. De hecho, todavía ahora, cuando tropiezo con esa tapa en algún mostrador, siento como un escalofrío, porque regreso con ella al pasado y temo que en cualquier momento vuelvan también el tapete de hule, las mesas de formica y otros rancios atributos de los tiempos de Cuéntame. Porque la gilda apenas ha evolucionado desde aquellos lejanos años en que se hizo presente (hay quien le añade huevo duro, ingrediente que a mi parecer desvirtúa el hallazgo original) y esa perseverancia en mantenerse fiel a la tradición la hará siempre muy atractiva a mis ojos. Tan atractiva como la propia Hayworth con quien tantas cosas comparte. Ya lo sabe usted, improbable lector: salada, verde y un poco picante.

P.D. La foto que ilustra estas líneas está tomada en el venerable Ibiza pero la gilda se encuentra aún en numerosos bares logroñeses, con frecuencia los más castizos. Admite distintas preparaciones, como el citado detalle del huevito duro de codorniz, pero las fuentes consultadas coinciden en señalar al bar La Hez de la calle Laurel como el templo de la gilda entre nosotros. Así que larga vida a la Hez y larga vida a la gilda.

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Dejad que los bares se acerquen a mí
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Jorge Alacid | 25-10-2013 | 16:28| 6
Imagen del bar Tívoli, por gentileza de Vicky Pujades

La burocracia tiene razones que el corazón no entiende. Bueno, hay cosas que no entiende uno ni poniendo a funcionar su humilde cabecita. Por ejemplo, desde antaño yo he renunciado a comprender en nombre de qué argumento no puede abrirse un bar allí donde a su promotor le pete. Por qué tiene que pedir permiso, a qué instancia le interesa saber si lo abre al lado de otro, enfrente o donde no haya ninguno. Renuncio también a entender la razón de que tal desatino opere sólo en el universo hostelero; a cuento de qué no se extiende esta política al gremio de las mercerías, al sector de las panificadoras o al rubro de las agencias de viaje.

Entro en materia: desde hace tiempo se pregona desde el Ayuntamiento logroñés la suspensión de la ordenanza que hasta ahora exige en ciertos rincones de Logroño mantener una distancia prefijada entre bar y bar. Como nuestra particular serpiente del Lago Ness, este anuncio aparece, se oculta, rebrota y vuelve a esconderse, en función de extraños equilibrios políticos. Según vengo deduciendo de las peculiares conductas de Gobierno local y oposición en torno a este particular, se trata de no molestar a nadie, táctica que asegura siempre justo lo contrario: se acaba por molestar a todo el mundo. Al consumidor, por ejemplo, del que nadie suele acordarse en estas disquisiciones. O a la libre competencia, otro elemento que debiera ser de obligado cumplimiento para las administraciones todas.

La polémica es vieja. Tan vieja que da hasta pereza volver sobre ella. Y muy absurda: incluso las últimas normas llegadas de Bruselas y Madrid consideran una antigualla la ordenanza municipal, propia de tiempos más proteccionistas. Javier Campos, colega en esta casa que nos acoge a ambos, se ha pronunciado sobre ella en su blog Nanay de Logroño. Dejo aquí el enlace porque aporta información a estas líneas que son más bien una queja. Una queja doliente y sorprendida, dirigida a quién sabe quién y resumida en este ruego: por favor, dejad que los bares vengan a mí.

Porque cuando las ordenanzas se retuercen hasta casi estrangularlas, cuando se pretende que la normativa desafíe el sentido común para que se adapte a las contingencias políticas, el resultado suele desembocar en el absurdo. Hay que ir con la cinta métrica por Logroño para ver si el local donde este caballero pretende abrir su garito (el cielo ayude a este valiente) se sitúa o no a la distancia adecuada respecto a la puerta de servicio de aquel otro bar cercano, al que tal vez incluso le pudiera interesar su vecindad. Como quiera que sobre este asunto gravita también el hecho curioso de que hay dos asociaciones que representen al sector en Logroño, la confusión está garantizada. Y reina por lo tanto el sinsentido: ronda por ahí algún empresario que incluso en estos tiempos sombríos parece decidido a abrir su negocio hostelero pero choca contra el muro de la burocracia. Así que acabo donde empecé: aceptando que ignoro qué poderosas razones han justificado y justifican este atentado contra la lógica. Y que confesando que me choca sobremanera que sea un Gobierno local amigo (en teoría) de la libertad de empresa el que ampare esta sinrazón.

P.D. La controversia sobre la distancia entre bares se acaba de avivar porque se atisba la reapertura del Tívoli, suceso que acogí con tanta ilusión… como desconsuelo ahora que se anuncia que tal vez no: que tal vez la mentada normativa impida que se ejecuten los planes de esos intrépidos empresarios dispuestos a arriesgar sus inversiones con un proyecto que yo agradezco  muy sinceramente. Porque pocos bares habré frecuentado más. Porque pocos bares llevo grapados con tanta fuerza a este corazón tan logroñés, como atestigua esta  entrada antigua de el blog. Sería una  lástima que el Tivoli (que ilumina estas líneas gracias a una foto cedida por la amiga Vicky Pujades) tropezara con la ridícula burocracia; entre otras cosas, porque ingresar en el Logroño antiguo por esa aduana de muy castizo sabor nos permitiría saldar nuestra deuda con tantos disparates urbanísticos por allí perpetrados.

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Los bares hipsters
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Jorge Alacid | 18-10-2013 | 08:22| 2
Interior del bar EneDe, en la Gran Vía de Logroño

¿Qué es hipster me pregunto mientras clavo mi pupila sobre la pantalla azul? Y me respondo a mí mismo a bote pronto: la última tontería en ponerse de moda en materia de pedantería con el lenguaje. Pero si me concedo un par de minutos de reflexión, acepto sin embargo que sólo podemos tomar del inglés y verterlo al idioma de nuestro Gonzalo de Berceo aquello que en español no existe. Y no: ese concepto es tan reciente que la RAE todavía no se ha hecho cargo de él. Así que hipster se puede definir por las bravas de la siguiente manera: más o menos, es una mezcla de tendencias entre jipis y pijos, de donde nacería el estupendo vocablo jipipijo que ofrezco gratis a la mentada RAE. De modo que hay ropa hipster, peinados hipsters y, sobre todo, actitud hispter. Aunque si nos queremos poner científicos, acude en nuestra ayuda el venerable The New York Times, en cuyas páginas nos desvela la Wikipedia que el profesor norteamericano Mark Greig dio en el clavo: a su juicio, el término hipster debe aplicarse a “un marco socioeconómico fundamentado en la tendencia a la pequeña burguesía de una generación joven insegura de su futuro estatus social”. Amén, mister Greig.

¿A cuento de qué viene esta digresión? ¿Qué hacemos hablando de estas cosas en un blog sobre bares? Pues porque en alguna de mis andanzas fuera de Logroño he notado que cobra fuerza la teoría de convertir algunos locales en hipsters. Son garitos donde predomina esa falsa informalidad tan propia de este concepto, barras que valen para todo: un café mañanero, el vermú del mediodía, la merienda cuando atardece, la copa noctívaga… Bares que son también restaurantes, según ese fenómeno que ya se mencionó aquí en otras entradas, atendidos por camareros de aire cool y decorados por amigos de otro término muy en boga: el vintage. Es decir, el mobiliario de la abuela reconvertido para que parezca moderno. Todo muy trendy. Hipster, vaya. Jipipijo.

De modo que surge una nueva interrogación: ¿hay bares hipster en Logroño? Hum, me alegra que me hagan esa pregunta. La respuesta es la de siempre: depende. Depende de que acertemos a definir bien el término y le encontremos respuesta en la baraja de locales de nueva creación. Por ejemplo: la hamburguesería Bococa tiene toda la pinta de ser hipster, aunque sólo sea porque hipster suele ser la fauna que a menudo se deja caer por allí. Y en la Gran Vía acaban de abrir EneDe, un local que es tan hipster que según me informaba una camarera en una visita reciente ni siquiera tiene barra: eso sí que es ser moderno pero de verdad. Es este bar cuya foto acompaña estas líneas y donde, la verdad, se está muy a gusto: una decoración cuidada que sin embargo no abruma, el mobiliario lanzando múltiples guiños para entretener al cliente y el jardín medio zen del fondo a mano derecha, una curiosidad tan logroñesa que me dejó encantado. Y la carta tiene buena pinta: un bocado frugal y rápido pero imaginativo. Adjetivos que casan muy bien con la estética hispter.

Así que habemus hispter. Si alguien se anima a iluminar al autor de este blog con algún bar seguidor de tal tendencia, será bienvenido. Y mientras tanto, podrá hacer suyas estas cavilaciones con las que empezaba esta entrada: qué es hipster me pregunto mientras clavo mi pupila sobre la pantalla azul. Y concluyo: hipster eres tú.

P.D. Investigando por internet para esta entrada, he descubierto que en efecto la tendencia hipster entre los bares patrios no es una ocurrencia mía ni monopolio de Logroño, como era de prever. Hay bares hipster en Barcelona, capital de ese país tan raro que se han inventado Mas y compañía; bares hipster en Madrid, donde incluso los ofrecen en plan ruta; y lo más padrísimo, bares hipster allende los mares, en el DF mexicano, güey. Por haber, hay hasta un vídeo en youtube llamado El bar hipster, esta marcianada cuyo enlace aquí os dejo. Una auténtica fricada. Una fricada hipster, claro.

 

 

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Nuestro hombre en la barra (III)
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Jorge Alacid | 10-10-2013 | 17:17| 0
Imagen del Negresco, uno de los favoritos de Eduardo Gómez, con Luis Santos al frente

 

Retomo en esta entrada la ruta por la vida como cliente de nuestros bares logroñeses del gran Eduardo Gómez, sobre quien ya entregué dos capítulos: en el primero, relataba sus andanzas como pipiolo; en el segundo, sus peripecias hosteleras ya casado y más entrado en razón. En este tercer episodio me cuenta a qué garitos acudió a medida que ingresaba en eso que llaman la edad adulta, porque me parece que su experiencia puede servir como paradigma de toda una generación de logroñeses.

“Hay un momento en que por la edad o por cambiar de ambiente o de compañías, se modificaban las rutas y se visitaban nuevos establecimientos, que eran los que se ponían de moda”, confiesa. Era el Logroño de los años 60, más o menos, cuando los locales “de visita obligada” se alzaban en  Marqués de Vallejo y alrededores. Cita el Bahía, “cuya barra era atendida por los hermanos Dionisio y Lucio y la guapa Mari Carmen, considerada la primera señorita que trabajó en una cafetería logroñesa”, o el Rango, situado enfrente, “con Paco, conocido como el Chiroli como encargado”. Ese es el mismo Paco que poco después se estableció en la calle Ollerías y lanzó allí su original tapa de champiñones, luego tan imitada. “Cerca quedaba el Pachuca”, agrega Eduardo, “un local reducido pero siempre lleno de quien apreciaba su excelente barra, con una cocina de excepción”.

El Pachuca ya se ha mencionado aquí en los balbuceos de este blog. Lo dirigía Ricardo, “un andaluz furibundo seguidor del Betis, que aguantaba con estoicismo ejemplar las indirectas cuando su equipo había perdido”. Unos metros más al sur, en el Espolón se solía frecuentar el Aéreo Club de Muro de la Mata, con militares de Aviación copando su terraza y “abundante presencia de elegantes señoritas”. Era igualmente habitual pasarse por el vecino Danubio, “que se hizo famoso por sus emparedados” y muy emparentado con ambos sitúa al Hijelmo, puesto que compartían una clientela semejante: se ubicaba junto al teatro Bretón y disponía de un salón al fondo “donde las parejas se intercambiaban proyectos de futuro tomándose un mosto”. Elegante manera de contar las cosas, don Eduardo.

Nuestro hombre también acostumbraba a visitar en la calle San Juan el bar Noche y Día, defendido por Faustino Martínez, “un gran profesional con una personalidad singular”. Y más bares: el Comercio, “con sus sesiones de bailarinas, tarde y noche”, Los Leones, “donde se iba a bailar” y el Ibiza, “compitiendo con La Granja como punto de encuentro para los forasteros”. Con el tiempo, Eduardo incluyó en sus correrías el Borgia y Las Cañas, “compartiendo aficionados al futbol y a los toros” y mantuvo el rito de tomar el aperitivo en el Victoria de la calle Carnicerías, “ donde atendía el recordado Ojitos” o en el Nemesio de la misma calle, así como en el peculiar El Primero de la Segunda, ubicado en  Herrerías.

Continuará

P.D. En opinión de Eduardo Gómez, la modernidad en materia de bares llegó a Logroño con la apertura del Milán de Vara de Rey y “su moderno diseño obra de Mená, un gran decorador local”, y con la inauguración del local Siglo XX creado por el ausejano José Mangado, “que, a pesar de la entonces considerada desplazada  situación, constituía una visita obligada”. “Fue muy llamativa la aparición de la marisquería Iru en Víctor Pradera, de vida muy efímera, al contrario de la longeba Sala Ducal, muy concurrida, como lo era en verano el Bolo Pin Club, en ambos casos con excelentes orquestas”.

Lo dicho: continuará.

 

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¿De pie o sentados?
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Jorge Alacid | 05-10-2013 | 11:38| 0
Terraza en un bar de la localidad francesa de Aix-en-Provence

 

Como cantaba Sergio Dalma, beber sentado no es beber. O algo así. Quiere decirse que la parroquia conspicua de cada garito suele estar formada por esos tipos acodados en la barra que radiografían con mirada aviesa a los flojos que prefieren enseñorearse de las mesas y hacerse cargo de la consumición en mullidos sofás o sillas menos confortables. Como alternativa, existe la posibilidad de hacerse el amo de un taburete y situarse en ese privilegiado paso de paloma, opción que yo siempre asociaré al cantante Pepe Blanco, quien solía adoptar tan gallarda postura cuando tomaba posesión de su esquina en La Granja (un pie sobre el estribo) y amenazaba con hacerse cargo de la ronda: “Queda invitado todo el mundo”.

Pero volvamos al presente. Tiendo a pensar que optar por beber sentado o de pie suele tener que ver con la edad. De cadete o juvenil, lo nuestro era el trago rápido y a otra cosa. Pero a medida que avanzan las canas y las arrugas… Ay, amigo: uno entra en los bares de confianza buscando un apoyo donde ubicar el trasero (también llamado pompis) y prefiere la copa, el vino o la caña de larga ingesta, a poder ser acompañada de un detalle culinario del amigo hostelero. (Si es gratis, muy agradecido).  Lo cual no es tan sencillo de encontrar como parece. De hecho, era una empresa harto difícil hace no demasiado tiempo, pero se ve que los amables dueños de los garitos de confianza han caído en la cuenta de que este detalle de asentar a su clientela les hace ganar puntos y alegra por otro lado la máquina registradora. Porque sentado uno consume más: se acomoda y al primer trago suele seguir otro o la demanda de una cazuelita para acompañarlo y así sucesivamente… Todos tan contentos. El cliente, porque le añade confort a la visita a su bar favorito; el hostelero, por lo antedicho: porque la factura se amplía en la misma proporción. Y todos tan contentos.

Medito sobre este particular una vez comprobado que empiezan a florecer en Logroño los locales donde gana espacio la zona de mesas en perjuicio de la barra. No habrá que recordar que en esa doble militancia reside uno de los grandes encantos de El Soldado de Tudelilla. La tasca de Manolo (tasca le llamo porque él mismo así denomina su bar) se erigía hasta ahora como un islote bastante solitario donde sustanciar ese dilema que a veces te hacías: me apetece tomar algo, pero prefiero hacerlo sentado. Hogaño, los ejemplos empiezan a menudear: La Tavina, por ejemplo, dispone de un piso propio para el tentempié más sosegado, bien que en taburete, y algo semejante ocurre en Crixto14, la enoteca de la calle del Cristo, al mismo tiempo que proliferan otros casos todavía más sorprendentes por su emplazamiento, más bien atípico. Es el caso del simpático local que se aloja en San Agustín enfrente de De Perdidos al Río, cuyos dueños lo ofrecen como alternativa para quien prefiere picotear sentado. Y en la vecina Laurel ocurre algo semejante en El Altillo de Barlitos, donde los pinchos y las copas trepan hasta lo más alto.

Hay más casos. La Taberna del Volapié, el jamonero Pata Negra, el venerable Las Cubanas… Cito unos cuantos bares que habilitan un espacio más acogedor que el puro rincón de la barra. Sospecho que crearán tendencia: la clientela con más alto poder adquisitivo reclama calma y buenos alimentos, lo cual exige a menudo tomar asiento.  Aunque en su fuero interno uno termine por confesar que, ay, añora los días en que aguantaba la ronda a pie de barra sin tomar aliento. Y frecuentemente sin probar bocado: vino de cosechero a pelo, que garantizaba unos labios tan ennegrecidos como cualquier neogótico.

Pero esa es otra historia.

P.D. Si se trata de estar cómodo, la foto que preside estas líneas sirve como ejemplo. Había mencionado ya en otra entrada la costumbre descubierta en la vecina Francia de emplazar sofás y no sillas en sus terrazas: esta es la prueba. La imagen, tomada este verano en Aix en Provence, ilustra una costumbre que no veo arraigada del todo en España. Desde luego, no en Logroño. Aquí seguimos fieles a la silla de enea de toda la vida, entre otros modelos triunfantes: la de director de cine, que tanto furor causó en los lejanos 80, o esos taburetes de diseño tan alambicado donde permanecer sentado resulta una proeza. Por no mencionar el aposento más clásico de los bares riojanos: el banco corrido. Que no nos lo quiten.

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Se llamaba Tifus
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Jorge Alacid | 27-09-2013 | 09:36| 0
Fachada del bar La Jala. La foto está tomada de su perfil de Facebook

En unos cuantos comentarios a distintas entradas de este blog se recordaba (con ese cariño típico que supura la nostalgia) aquel emblemático bar llamado Tifus que sentó sus reales (qué querrá decir sentar sus reales) en la muy castiza calle Santiago. Ocupaba un angosto local llegando ya a la iglesia homónima y contaba con buena vecindad: al lado se aloja el estupendo inmueble sede de La Becada, el edificio donde nacieron los luego célebres hermanos D´Elhuyar, a quienes tanto debe el wolframio, y enfrente otra sociedad gastronómica, Barriocepo.

Pero ésa es otra historia. Aquí venimos a hablar de un bar que marcaba el territorio desde su mismo nombre: hay que ser muy audaz para pretender imantar a la clientela con un rótulo que apela a una enfermedad, pero en aquel tiempo (últimos años 80, primeros 90) la osadía era el material con que se construían las rotulaciones de nuestros garitos predilectos. El bar se benefició en su origen de la cierta fama local que habían alcanzado sus propietarios, los hermanos Echagoyen, sobre todo el menor de ellos, apodado Jota. Porque Jota era el entonces célebre solista del legendario combo Obras Públikas, grupo también bañado hoy por la nostalgia, que se ofrecía en aquel tiempo como la contribución riojana a la llamada Movida, otrora Nueva Ola. Hubo un momento en que Obras Públikas pareció a punto de dar el gran salto a las grandes ligas nacionales: quiere decirse que aparecieron en la tele y como sus canciones estaban muy bien, sus letras poseían un afilado encanto, apostaban por los ritmos que marcaban la época (ska, mucho ska) y la imagen de conjunto ofrecía una solidez de la que carecieron otros grupos que les precedieron… Bueno, el caso es que Obras Públikas fue ‘el’ grupo de entonces y en lógica consecuencia su cantante ejerció como una suerte de flautista de Hamelín que atraía hasta las inmediaciones de la iglesia de Santiago a una feligresía propia.

La fauna que eligió el Tifus como epicentro no era la típica clientela: eran ese tipo de parroquianos para quienes el bar servía como prolongación de su casa. No era un bar: era su bar. Su bandera, su emblema, su símbolo. Cuando semejante fenómeno ocurre, el bar se convierte en icono generacional y tiene algo de frontera, porque sus responsables ejercen de aduaneros: son quienes deciden si te aceptan como cliente, previo examen para comprobar que das el tipo requerido. Era importante por lo tanto ingresar con la pinta adecuada y ser adicto a los manjares que allí se despachaban, creo recordar que con el tirolés como bebedizo estrella. También puntuaba ser inmune al olorcillo que emanaba de los misteriosos cigarrillos que una gran parte del personal fumaba junto a la puerta, apoyándose contra la pared hasta crear un muro de humo que alguna noche alcanzó dimensiones bastante interesantes.

Como se deduce, el Tifus era un bar divertido. Muy divertido. Garantizaba ese tipo de diversión que exige encontrarse en plena forma para disfrutar de sus encantos, una predisposición juvenil que (lo siento) uno fue incapaz de ofrecer con regularidad. Su auge me pilló ya un poco caduco, pasado de forma. En esos casos, es mejor hacerse a un lado y dejar que los bares sean conquistados por una parroquia más propicia, verla disfrutar como cuando disfrutaba tú aquel lejano día en que tropezaste con el bar de tu vida.

Si traigo ahora aquí al difunto Tifus es porque compruebo con alegría que, luego de algún vaivén pasajero, el bar renace. Con otro nombre pero (me parece) con semejante espíritu. Un aire festivo inunda el viejo recinto denominado hoy La Jala, cuyos fans forman una combativa legión que lo ha convertido en su favorito y no aceptan otras alternativas (salvado sea el Iturza, con el que tantas cosas comparte), de modo que gracias a ese boca-oreja tan militante y tan típico de Logroño se erige ahora en lo que el Tifus fue: un bar icónico. Canónico. Con una particularidad que se agradece: precios comedidos. Un modelo de bar triunfante según me parece, cuyo ejemplo pueden muy bien imitar desde el sector, para que la oferta se diversifique. No todo van a ser garitos de diseño, con tapas de apellidos larguísimos y crianzas cobrados como reservas. Así que larga vida a La Jala: el Tifus estaría orgulloso.

P.D. El Tifus nunca fue un bar empotrado en su propio circuito de tragos según es moda en Logroño. Al Tifus había que ir, porque la calle apenas ocultaba otros encantos en forma de bares que la legendaria bodeguilla Montiel, local situado a mano derecha según se entraba por la calle Mayor. Montiel fue una de las últimas de esta tipología en arrojar la toalla, un modelo de bar ya en retirada que se ha glosado antes en este blog, que tuvo algo de lugar de encuentro entre generaciones: la Mayor empezaba a cotizarse entre las nuevas hordas juveniles y aquella bodeguilla ejerció como cabeza de puente para llegar al Tifus, con los abuelos haciéndose los amos de las sillas y los porrones pero aceptando compartir su pincho estrella, las raciones de hígado empanado que nunca me tuvieron entre sus adictos.

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La sombra del fútbol es alargada
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Jorge Alacid | 20-09-2013 | 11:55| 0
Tragos a la salud de Abadía

Saliendo la otra noche del nuevo Carabanchel, reparé en que la tienda vecina de quesos y otras gollerías fundada por el gran Agustín Abadía (cuyas galopadas por la banda de Las Gaunas sigo venerando) había devenido en bar. Y pensé en qué extrañas piruetas deparaba esa mezcla de fútbol y hostelería en los bares logroñeses, porque esta aventura que emprende el técnico de la SDL no es ni mucho menos insólita: durante largo tiempo se han ido hermanando los dos mundos a través de las peripecias de unos cuantos futbolistas. Sobre todo, de la época en que sólo había un Logroñés.

Eso de convertirse en empresario de la hostelería representaba una salida natural para muchos blanquirrojos, porque no tenían más que fijarse en el ejemplo del eterno presidente Cesáreo Remón, industrial de éxito en ese ramo. En mi memoria, el primer eslabón de esta cadena lleva el apellido de Lotina, el goleador que puso en pie con otros socios el Edén de la calle Lardero, esquina a Vitoria. Ahí sigue el local tan pimpante, aunque desde hace años bajo otra dirección. Muy cerca, décadas después se inauguró un bar de estética norteamericana, impulsado por otro grande de los tiempos gloriosos, José Luis Gilabert, preparador físico del CDL durante algún lustro. Una tendencia inspirada desde tiempo atrás por la saga del Buenos Aires, con sus Royo y sus Viguera, dinastías de largo recorrido en nuestro fútbol, desde su antiguo emplazamiento en la calle Laurel hasta el actual en República Argentina (que es mucho más lógico, teniendo en cuenta su nombre), donde descuella otro exblanquirrojo, Soroa.

Así que remontándonos en el tiempo…. Tirando de moviola surgen tantos casos de unión entre ambos ámbitos que he recurrido a la sabiduría y memoria de Eduardo Gómez para que ayude en la tarea. Gentilmente, me ofrece una larga lista de ejemplos, además de los citados. Así, recuerda a un tal Avelino, futbolista que casó en Logroño con una hija de quienes regían el restaurante Matute. Y no podemos olvidarnos de la casa Zubillaga, hoy bar y antes restaurante, ni de Arriola, al frente de su cafetería en Vara de Rey esquina a Somosierra luego de defender la zaga del Logroñés durante varias temporadas. Ni de Vilanova, quien matrimonió con una descendiente de los empresarios de La Chatilla, ni de Lerchundi, cuya bodeguita llamada Bezares testimonió en la calle Mayor la época en que estos establecimientos eran moneda corriente, ni del gran Belaza y su Génenis de la Gran Vía…

Así que salen unos cuantos casos, como vemos. La tendencia de algunos jugadores de jubilarse como tales y ponerse al frente de una barra se extiende por numerosos rincones de la geografía española, como si los deportistas devenidos en empresarios hosteleros intentaran trasladar la fama que alcanzaron en las canchas a su nuevo oficio y beneficiarse de su tirón mediático. Pero se trata de un oficio complicado, tanto como el de futbolista: como hemos visto de la relación arriba recopilada, algunos flaquearon en el intento. Pero otros no: otros sobreviven, porque manejan al cliente con la misma habilidad con que embocaban el balón en la portería rival. Y a quienes les vimos en pantalón corto sudando la zamarra blanquirroja en el inolvidable Las Gaunas, nos hace ilusión encontrarnos con ellos en estos otros avatares de la vida y desearles, como quien firma estas líneas, mucha suerte en sus negocios.
Y felices fiestas de San Mateo.

P.D. La relación de futbolistas que levantaron negocios en Logroño que me facilita Eduardo Gómez abarca a otros ámbitos más allá del hostelero. De donde él deduce (y razón creo que no le falta) que algo tiene Logroño cuando tantos y tantos antiguos profesionales del Club Deportivo Logroñés eligieron esta ciudad para retirarse, casarse, fundar un hogar, crear su propia prole… Todas esas cosas. Luisín, Berasategui, Casiano, Guerra, Pipo, Eguren, Lasala, Peche, Cachicha, Pedro, Garriga… La relación es tan amplia que habrá que darle la razón al gran Eduardo: sí, algo tendrá Logroño

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De filete ruso a hamburguesa
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Jorge Alacid | 11-09-2013 | 08:34| 6
Samuel L. Jackson, desayunando en Pulp Fiction

Entró en nuestras vidas bajo el nombre de filete ruso y así le seguimos llamando durante largo tiempo. La España franquista era así: desconcertante. Entre denominar ese bocado al modo yanqui o hacerlo incluyendo una referencia al país de nuestros archienemigos los soviets, preferimos esta segunda opción. Por despistar. Poco después, sin embargo, nos hicimos mayores. A medida que McDonalds se fue introduciendo en nuestras vidas, sucumbimos al encanto de la comida rápida que otros llaman basura y entonces sí: entonces la hamburguesa se entronizó en nuestras cocinas, saltó a los bares y ya nadie osa llamarle filete ruso. Una pena.

Una pena, porque compruebo en la Wikipedia que la denominación aún tiene sentido. Aunque los orígenes de la hamburguesa hunden sus raíces, como casi todo, en la avanzada Roma, fueron los mongoles que dominaron las llanuras de la Europa oriental quienes divulgaron la buena nueva en forma de carne picada. De ahí nace esa expresión de filete ruso, que toma prestada alguna licencia de la geografía y la historia, y de ahí proviene también una derivación igualmente popular en nuestros fogones, el steak tartar. Con el tiempo, el gusto por comer carne picada se fue extendiendo e ingresó en el corazón de Centroeuropa, hasta acabar conquistando Hamburgo, cuyo puerto representó durante años el punto de partida de los viajes transoceánicos que poblaron Estados Unidos de hijos del Viejo Continente. Fin de la primera parte: los restaurantes de Nueva York empezaron ya a finales del siglo XIX a ofrecer a su clientela filetes “al estilo de Hamburgo” y el resto es historia. Historia contemporánea.

No aburriré más al improbable lector con esta profusión de fechas, citas y teorías sobre el nacimiento de la hamburguesa. Le regalo el enlace con la mentada Wikipedia y salto a la España de los 80, cuando desembarcó este célebre bocadillo que nos introdujo en el universo del pan de sésamo y las altas calorías con kétchup. Yo recuerdo haber consumido la primera en un bar logroñés ya desaparecido, entonces en la cumbre de su fama: el llorado Bierhause (o como se dijera), en la esquina de Gran Vía con Labradores, último eslabón de una manzana muy pródiga en experiencia hosteleras, la llamada manzana del Robinson que se componía de la mentada hamburguesería, el homónimo pub que merecerá una entrada un día de estos y su hermano menor, el Robinson Grill (donde, si no me falla la memoria, también se despachaban hamburguesas). De ahí, el devoto de esta religión tuvo que peregrinar hacia la cercana y aún activa cervecería Kaiser, imperio de la hamburguesa y de la pantalla de gigante de televisión, dos productos que así de unidos propiciaron inolvidables noches futboleras. Allí me tuvo de cliente durante el Mundial de México, los cuatro goles de Butragueño en Querétaro y (ay) el penalti fallado por Eloy ante Bélgica que prolongó nuestra maldita cita con los cuartos de final.

Tanto las del Kaiser como las del Bierhause eran hamburguesas, sí, pero no militaban dentro de la corriente de cocina rápida. Un estupendo pedazo de carne, adornado con mostaza, elaborado con esmero y presentado con dignidad; no digo que sean cualidades que falten en establecimientos como McDonalds y Burger King, por citar las dos más conocidas franquicias, contra las que nada tengo. Dan de comer por poco precio y hacen felices a los más pequeños de la casa, lo cual no es poca cosa según me parece. Son garitos sin embargo en las antípodas de los que surgen ahora por Logroño, cuya aparición justifica estas líneas: el Bococa de Bretón de los Herreros y el Burgerheim de Víctor Pradera, a quienes deseo la mejor suerte y prometo una visita. Porque soy adicto a ese manjar que me rejuvenece: me recuerda cuando era un crío y le llamaba filete ruso.

P.D. La hamburguesa, como cualquier producto de origen yanqui, permanece en deuda con el mundo del cine, desde la misma estética de aquellos garitos americanos que ahora se intentan imitar en Europa, España incluida. Grease, American Beuty (en su versión drive thru con el impagable Kevin Spacey de camarero), Regreso al futuro… Una larga lista que estaría incompleta si no incorporamos Pulp Fiction, cinta que se abre con Travolta teorizando en torno al cuarto de libra con queso al estilo francés (Royale con queso) e incluye la memorable secuencia cuya imagen ilustra estas líneas y cuyo enlace dejo aquí: la piedra angular de todo buen desayuno americano, a la salud de la variedad hawaiana llamada Big Kahuna.  Y que aproveche.

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Bares enredados
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Jorge Alacid | 04-09-2013 | 11:36| 4
Página web de Dharmapuntocero

 

En el principio fue el verbo y el verbo se hizo carne en internet. Así ocurre en tantos órdenes de la vida y así ocurre también en el universo de los bares, un mundo cada vez menos ajeno a cuanto sucede en el éter. Durante este verano he tenido algo más de tiempo para observar que también los bares logroñeses se sumergen en la red en busca de lo que requiere cualquier negocio: notoriedad, relevancia, potenciación de la marca, contacto con la clientela… Ese rosario de intangibles cada vez más tangibles, porque un bar que cuide a su parroquia a través de su web o las redes sociales no hará otra cosa que procurarle la misma atención que hasta ahora era habitual por medios convencionales. Y recibirá por lo tanto idéntica cálida respuesta.

De ahí que me haya resultado pertinente recopilar aquí algunas de las iniciativas hosteleras de Logroño con mayor predicamento en la red. Traducido: qué bares me parece que exprimen con más talento las posibilidades que ofrece Internet. No es un recuento científico; más bien, un resumen de aportaciones interesantes, que puede incurrir en el pecado de obviar algunas que se hayan escapado de mi radar. Van por adelantado mis disculpas a los posibles ausentes, pero allí va la lista. En la calle Laurel, me llaman la atención la constancia de La Taberna del Tío Blas y el bar (también restaurante) El Muro; sobre todo el primero, que utiliza sabiamente el impacto de las redes sociales (a riesgo a veces de saturar el éter). Mención aparte merece Casa Pali, donde se intuye una notable astucia en eso de estar presente en la red de un modo bien elegante, sin caer en exageraciones.

En la cercana San Agustín, anote el improbable lector las referencias de La Anjana y De Perdidos al Río, bastante activos; en la calle San Juan, se percibe una inteligente gestión internáutica (si tal palabra existe) detrás de Tastavín, que propone una cobertura que juzgo modélica: no te mete la bebida ni la comida por la boca, sino que deja caer su oferta como quien no quiere la cosa. Se podría considerar publicidad subliminal si no fuera porque toda la publicidad es así: subliminal. Y en la Mayor, gloria al Iturza, donde se incurre en una paradoja que me hace feliz: que el bar más castizo de la calle, uno de los pocos que ha resistido más o menos como siempre, lidere hoy las corrientes más avanzadas en el uso de las nuevas tecnologías. Su presencia en la red copia fielmente el modelo de gestión del bar: no opta por el diseño más rompedor, sino que apuesta por mantener sellada la lealtad con su clientela, su baza más fuerte frente a la competencia. Es constante su aparición en Facebook, donde logra prolongar en las redes su idilio con la parroquia, aprovechando de paso para liderar campañas como la recién emprendida a favor de que se permita seguir consumiendo en la calle.

No son muchos bares, como se ve. En esta relación faltan unos cuantos (mis disculpas por adelantado) pero es cuestión de tiempo; hace unos años, meses incluso, este era todavía un camino sin explorar. Las páginas web de la calle Laurel (donde se agrupa a los locales de la vecina San Agustín) y la calle San Juan abrieron hace tiempo una vía hacia la conquista de potenciales clientes (sobre todo, residentes fuera de Logroño) que todavía son un tímido acercamiento. Como en tantos ámbitos, lo mejor está por llegar.

P.D. Punto y aparte merecen dos experiencias hosteleras de acusado arraigo en la red. La primera el Tondeluna de Francis Paniego y Luisa Barrachina, un inclasificable local donde lo que menos importa es el nombre que le otorguemos: lo fundamental es su contenido, una atractiva oferta que apuesta por divulgarse a través de las redes sociales aprovechando la maestría que acredita Paniego en estos (y otros) menesteres; y el Dharma Dospunto.cero, que corrobora desde su mismo nombre su vocación por hacerse fuerte en internet y al que envío desde aquí un abrazo solidario para que supere cuanto antes los quebrantos causados por un reciente siniestro.

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