La Rioja
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Riojanos de bares por Madrid
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Jorge Alacid | 10-01-2014 | 09:24| 4
Entrada al bar Museo del Jamón, en Madrid

La anterior entrada dedicada a Madrid y sus bares derivó en una interesante aportación de los lectores del blog, cuyas sugerencias sirven para dibujar una especie de mapa de bares madrileños que los riojanos tenemos entre nuestros  predilectos a la hora de acodarnos en sus barras y aposentarnos en sus veladores. De ahí que ahora prosiga por el mismo camino: de paso, incorporo otras referencias que quedaron olvidadas en la anterior entrada.

Por ejemplo, sus cafés. Los míticos cafés de Madrid, con el Gijón como emblema de aquel pasado tan rico que hoy apenas sostienen este garito y el Comercial de la Glorieta de Bilbao. Del resto (Pombo y sus hermanos), no queda ni el polvo que regó sus mesas en la larga noche del siglo XX. Una pena, porque en los dos supervivientes se obra el milagro de imaginar cómo fue aquel tiempo en que los parroquianos vivían (literalmente) en el café, útil para refugiarse de la intemperie y entregarse a la gran afición española: la charla, también llamada tertulia. Pero la lista de garitos madrileños donde uno también se siente como en casa es todavía más larga: incluye cervecerías como la Alemana de la plaza Santa Ana o tabernas como La Venencia, bar de difícil catalogación. Ubicada en el Madrid castizo (calle de Echegaray), la Venencia parece una suerte de local amish, como si sus dueños desconfiaran de todo cuanto sucedió de 1970 a esta parte: allí el tiempo se paró más o menos por esa época, de modo que franquear su puerta supone ingresar en el mundo de los bares que conocieron nuestros abuelos. De paso, la parroquia se entera de qué cosas no les gustan a los propietarios: no les gustan las fotos, ni las cervezas (tampoco los refrescos) ni las propinas. Sí les gusta seguir anotando con tiza la cuenta sobre la barra de madera y servir los vinos andaluces que  monopolizan su oferta a precios comedidos. Cerca de la Venencia, anoto otros bares fetén y castizos que me han tenido alguna vez como cliente: Viva Madrid y La Trucha.

Seguimos ruta, pero lo hacemos a bordo de las sugerencias dejadas aquí por los corresponsales del blog. Mónica Orduña apunta el Jurucha de la calle Ayala, que yo desconocía hasta que una expedición reciente al foro me ha permitido salvar ese error. Le agradezco el consejo: es un bar de Madrid, en efecto, de los de toda la vida. En esa misma zona del barrio de Salamanca, César Cantabrana registra otros locales: Casa Poli, El Lago de Sanabria, Sakuskiya…  Y luego toma carrerilla y despliega su sabiduría por toda la ciudad: Alarcia de la plaza Salvador Dalí, Riaño, Palacio del Vermú (los dos en Cea Bermúdez), el Cantábrico de la calle Padilla, el Txangurro de Doctor Fleming, la Cruz Blanca de Goya esquina a Alcalá

Guillermo Sáez, actual vecino de la Glorieta de Bilbao, aporta sus propias preferencias de esa zona: Las Nieves, Las Hoces del Duratón y La Fábula. También recuerda un reportaje publicado en Diario LA RIOJA por Teri Sáenz contando las hazañas de otro garito cañí, el Casa Julio de la calle Madera, cuyas croquetas cautivaron a los mismísimos U2. No es extraño: sus propietarios provienen de La Rioja, de modo que son gente diestra en el manejo de los fogones. Y la gentil compañera Noemí Iruzubieta nos recuerda un descubrimiento en La Latina: el Museo de La Radio.  Concluyo este itinerario improvisado con la recomendación que nos deja Víctor Rubio, glosando las grandezas de Casa Ciriaco, el favorito de Tierno Galván y Julio Camba.

Son sólo unos ejemplos seleccionados de las miles de opciones que depara Madrid a cualquier aficionado a eso de trasegar en buena compañía. Hay muchísimas más, como es obvio: empezando por uno de mis favoritos, el Museo del Jamón, cuya fachada me sirve para ilustrar estas líneas. Porque en locales como éste se depositan las virtudes de tanto bar anónimo.

Bar Los Rotos, en la calle Infantas de Madrid

P.D. Hablando de bares, de riojanos y de Madrid, es de justicia recordar que también hay garitos que cumplen esas tres exigencias. Son riojanos, son bares y están en Madrid: el bar del Centro Riojano, por ejemplo, de gran éxito en su sede de la calle Serrano. O las franquicias que bajo dos advocaciones (Drunken Duck o Los Rotos, cuyo local de la calle Infantas aquí aparece) ha abierto el gran Alfonso Soldevilla en la capital del Reino. O el local que están a punto de inaugurar la gente del Porto Vecchio en la calle Orense.  Seguro que habrá unos cuanto más como ellos, pero uno tiene sus limitaciones: no conoce todas esas pequeñas embajadas de la patria riojana cuya irresistible oferta compite con las grandes ligas de la hostelería madrileña.

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Madrid en sus bares
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Jorge Alacid | 03-01-2014 | 19:39| 4
Interior de la cervecería Santa Bárbara (foto de la web del local)

Año nuevo, entrada nueva. Con novedad incorporada: el blog se marcha de viaje fuera de La Rioja. Por primera vez nos alejamos de nuestra tierra, protagonista hasta ahora de todas las entradas, con Logroño en primerísimo plano y una escapada furtiva a Cenicero, donde tengo (más bien tenía) puestas tantas complacencias en materia de bares. Por aquello de ser coherentes, es natural que esta incursión como visitante tenga Madrid por escenario: salvada sea la ciudad donde nací, el foro representa mi segundo destino favorito como cliente de esta o de aquella barra. Con una particularidad: que en Madrid se rinde culto desde antiguo a un tipo de bar castizo y retrechero como un chotis al que reservo sincera y emocionada devoción.

Se trata del bar español de-toda-la-vida. Es decir, barra de mármol con barandilla de latón y estribo, a cuyo pie solía estar acodado un caballero con un palillo en los labios chupando cabezas de gambas que escupía con bastante estilo por las comisuras hacia el suelo… El suelo: el suelo era otra historia. Este tipo de bar solía alfombrar el suelo de serrín, costumbre hoy en retirada, lo cual garantizaba un barrillo muy  gracioso en la suela del zapato en cuanto caían cuatro gotas en el exterior; junto al serrín, brillaban alguna servilleta, cáscaras de cacahuetes y también alguna de mejillón, junto a un surtido de mondadientes que la parroquia sorteaba como podía en dirección hacia ese punto donde en cualquier bar madrileño había sitio: el fondo. Al fondo siempre había sitio y allí se acomodaba uno igual que se acomoda ahora, a ver pasar la vida, la fauna fascinante que entra y sale, mientras un profesional de la hostelería (chaquetilla blanca, botonadura dorada) con más mili que el palo de la bandera tira con gran estilo la caña y llama caballero a los varones y señoras a las damas. Ese tipo de bar, ay, me temo que sólo existe ya en la imaginación y en alguna barra veterana, que parece montar este teatrillo sólo para turistas.

Así ocurre por ejemplo en uno de los locales que tengo en más alta estima, el llamado Casa Labra, de espléndido maderamen junto a la Puerta del Sol y no menos espléndidos buñuelos de bacalao, donde se preserva un ritual antes muy típico y que hoy reaparece: me refiero al reparto de tareas según el cual un camarero te atiende, otro te acerca la consumición, un tercero te cobra parapetado tras una caja registradora de la época de Manuela Malasaña… Digo que reaparece porque veo comportarse de tal guisa a los nuevos garitos franquiciados, donde imponen la misma norma, como en el juego de los cinco deditos: este te atiende, este otro te lo sirve, este tercero te lo cobra… La diferencia es que en Labra, como en otros locales de tradición cañí, la tropa de camareros interpreta esta coreografía como quien lava, sin el aire marcial propio de ciertos garitos cuyas barras defienden unos recién llegados a la profesión: como si en Labra y compañía cada camarero hubiera heredado de los veteranos de su oficio una manera de ejercerlo con garbo muy airoso. Con pasmosa fidelidad a los tiempos en que Madrid todavía exhibía sus bares enmoquetados con serrín.

Eran otros tiempos. Lo entiendo. Como advierten los propios dueños de Labra en su web, el local que defienden en el corazón de Madrid (calle Tetuán) sirve para dar fe de los años en que la ciudad disponía de 1.500 tabernas, allá por el año de 1900. Hoy es una tipología en desuso porque el trago, ya lo sabemos, se ha globalizado y tendemos a esperar como clientes el mismo trato, el mismo servicio y hasta idéntica decoración en cualquier local de cualquier confín del planeta. De modo que con las viejas tabernas han desaparecido también otros clásicos bares madrileños, vulgo la cervecería: en la imagen que adorna estas líneas aparece mi favorita de Madrid, la de Santa Bárbara (ubicada en la plaza homónima). Lujosos metales, bello suelo de damero y una barra donde nunca falla otro clásico de la capital del Reino: los boquerones en vinagre, Ana Botella los bendiga. Con una particularidad: que en Madrid se rinde tributo a lo grande a esta muestra de cortesía comentada otras veces en este blog consistente en la oferta de una banderilla gratis con cada consumición. De modo que el improbable lector de este blog considerará justificado por lo tanto esta excursión por los bares ubicados alrededor del kilómetro cero español: cómo no enamorarse de ellos si te obsequian con una tapa, tiran la caña como nadie, te tratan de usted y te llaman caballero. Esos bares de Madrid donde al fondo, en efecto, siempre hay sitio.

Barra del café La Giubbe Rosse, en Florencia (Italia)

P.D. En la tradición de regalar un bocado junto al vino o la cerveza, Madrid experimenta hoy con una tendencia observada fuera de España. Concretamente, en Italia: esos bares que disponen en una mesa (situada al fondo, donde siempre hay sitio) una variada oferta de bocados. Gratis total. La clientela los va liquidando con la consumición y a medida que desaparecen los dueños los van reponiendo. En algún garito italiano he encontrado ensaladas, distintos platos de pasta, emparedados de diversas clases… La foto que ilustra este caso fue tomada este verano en Florencia (en el hermoso café Le Giubbe Rosse) e ilustra esta moda que como advierto ya empieza a imponerse en Madrid. Tal vez algún día llegue a Logroño. Tal vez.

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Bares y vino de Rioja: y el ganador es…
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Jorge Alacid | 27-12-2013 | 09:00| 0
Lorenzo Cañas, en el cartel promocional de la oferta turística de La Rioja

Este blog despide el año con la tercera y última entrega (de momento) de la serie iniciada semanas atrás para repasar el trato que recibe en nuestros bares el producto más singular de esta tierra, el vino de Rioja. Para culminar esta serie de reflexiones, que no tienen ningún valor científico pero que pretenden contribuir humildemente a un debate abierto a la tertulia habitual entre la clientela, ofrezco dos ángulos para enfocar el tema en cuestión: por un lado, la opinión de un perito en bares, Eduardo Gómez; por otro, haremos recuento de las opiniones que han participado en el debate y elaboraremos un modesto palmarés.

Lo prometido. Aquí va lo que nos cuenta el amigo Eduardo, viejo conocido de este blog. “Logroño, haciendo gala de capital de una de las regiones más importantes en la obtención de vino de calidad, es pródigo en establecimientos donde poder degustar ese producto. Sin embargo, no se acompaña a ese irrefutable concepto, el de ser servido a tono con la calidad y el prestigio que merece. Nuestra experiencia al respecto se inicia cuando hace años había en nuestra ciudad bares y tabernas donde los vasos, toscos en su mayoría, los enjuagaban, después de ser usados, en el espacio creado en el mostrador donde corría el agua de pozo. El recipiente lo sacudían para eliminar las gotas de agua y servían el vino, habitualmente en botellas anónimas rellenadas anteriormente. Eso ya está olvidado. Pero se mantienen en gran número los vasos en lugar de copas. Se siguen complementando hasta alcanzar la cantidad ajustada con vino de otra botella. Se aceptan sin rechistar, especialmente en fechas de gran aglomeración, vinos servidos en vasos de plástico. Y resulta habitual que haya restaurantes donde no dejan al cliente el corcho de la botella que acaban de abrir para que, si lo desea, lo pueda observar y oler y en los que se cambia de vino y se siga utilizando la misma copa del vino anterior. Probablemente haya profesionales que conozcan esas premisas, pero existen obstáculos, especialmente económicos, que impiden desarrollarlas”.

Y la segunda promesa. Así queda esta improvisada clasificación de buenos bares para servir el vino de Rioja en Logroño, luego de conocer las preferencias de quien firma estas líneas, más cuatro expertos en estas cosas del vino: Alberto Gil, Toño del Río, José Ramón Jiménez y Chema Martínez Glera.
Bar Torres, 5 votos
La Tavina, 4 votos
El Rincón de Alberto, 3 votos
Sebas, 2 votos
Y con un voto cada uno, Tastavín, Taberna del Tío Blas, Murillo, Pata Negra y Vinissimo

Insisto en que esta clasificación carece de pretensiones, así que aprovecho para resumir en los bares citados una nota común de buen trato a nuestros vinos, para que aquellos locales que también se caracterizan por esta misma tendencia en la hostelería logroñesa se vean en ellos reflejados y, en consecuencia, reciban todos nuestras enhorabuenas. Ánimo: sus clientes no les olvidan.

P.D. Como colofón, dejo esta nota a pie de página con que Eduardo Gómez cierra su aportación, con un llamamiento a mejorar la temperatura de servicio de nuestros vinos. Esta es su preferencia en materia de vinos de Rioja: “Si hubiera que señalar algún establecimiento en nuestra ciudad que se acerca a un buen servicio del vino, ese sería el restaurante La Merced que capitanea Lorenzo Cañas Metola”. Que es el caballero que aparece en la foto que decora estas líneas, en una imagen de cuando ejerció de actor por un día. Al servicio del vino de Rioja.

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Los bares del Rioja
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Jorge Alacid | 21-12-2013 | 17:44| 0
Fabiola Gil, Rioja y pinchos en La Tavina

Como decíamos ayer… Como decíamos ayer, el vino de Rioja recibe en nuestros días un tratamiento más adecuado y respetuoso en la hostelería logroñesa que antaño. Servicio más esmerado, referencias con mayor profundidad de banquillo, vajillas apropiadas: lo que tenía que haber sido norma desde siempre, pero que sólo es habitual de un tiempo, de un cercano tiempo a esta parte. De eso iba mi entrada anterior en el blog y de eso va esta nueva aportación: si antes pedí a Alberto Gil, periodista experto en el mundo del vino, cuáles eran sus tres bares favoritos de Logroño a la hora de tomarse un Rioja y yo mismo ofrecí mi propio sexteto de los muchos donde tengo puestas mis complacencias vinateras, ahora abro esta ventana para que otros tantos consumados catadores y amantes del vino de Rioja aporten sus propios puntos de vista.
Recuento de efectivos. Recordaré que mis elegidos fueron La Tavina, Sebas, Pata Negra, Murillo, Vinissimo y Torres , mientras que el señor Gil se decantó por tres de ellos: La Tavina, Sebas y Torres. (También incluyó su propia casa, aunque eso es otra historia). Ahora le pido lo mismo, que se mojen, a Toño del Río, José Ramón Jiménez (El Buscador de Vinos) y Chema Martínez Glera. Esto me contestan.

Toño del Río.

-El bar Torres de la calle San Juan, una sensacional aparición de los últimos tiempos. Tratan el vino como se trata a una enamorada. Buena oferta y buenas iniciativas.

– El Tastavin. Justo al lado. Impagable variedad y trato delicado. Vajilla a tono.

– El Rincón de Alberto. En la calle San Agustín. Su pasión por el vino es inversamente proporcional al tamaño del lugar. Para perderse.

José Ramón Jiménez.

“Para mi lo más importante no es que un bar tenga cientos de referencias, sino que las que tiene las cuide”, me explica. “Con cuidar no me refiero solo a tener una buena nevera para atemperar los vinos o un buen almacén, buenas copas y todo el instrumental necesario para el servicio del vino: con cuidar me refiero a que las personas encargadas de servirlo lo hagan con cariño, que sepan lo que están sirviendo y den confianza al consumidor de que la elección ha sido la correcta”, añade. Y concluye: “Formar a la plantilla de camareros me parece fundamental para conseguir un perfecto servicio”. Y esta es su apuesta:

1. Rincón de Alberto en la Calle San Agustín: tanto en comida como en referencias de vinos, Alberto ha sabido cuidar mucho el detalle a la hora de atender a sus clientes. Un bar pequeño con una calidad altísima de atención y de vinos.
2. La Tavina: aquí no solo juega la atención y el buen servicio que te ofrecen sino el concepto en sí del local. Tener la opción de elegir tu vino entre muchas referencias tanto nacionales como internacionales es una verdadera gozada.
3. La Taberna de Tío Blas en Laurel y El Torres en San Juan: buenas referencias, muy buenos pinchos, pero sobre todo, una atención espectacular, algo que, como he dicho, para mí es de lo más importante.

Chema Martínez Glera.

La Tavina. Sin duda alguna, la oferta más amplia de vinos, en especial en la planta Vinoteca, donde también se puede disfrutar de sus botellas.

El Rincón de Alberto. El vino como capricho. Desde un Rioja hasta alguno de los más grandes de Francia.

Torres. Cada vino tiene su explicación. Formación al otro lado de la barra, conocimiento y amabilidad.

P.D. Esta posdata va también de vinos. Está protagonizada por Fabiola Gil, feliz acreedora de uno de los premios que sorteamos en este blog en comandita con tres bares (Tastavin, Taberna de Tío Blas y La Tavina) por su primer aniversario. A Fabiola le invitaron hace una semana la buena gente de La Tavina a una ronda doble con pinchos incluidos y aquí está la foto que lo atestigua. Muchas gracias a todos.

 

 

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El Rioja en tus bares
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Jorge Alacid | 13-12-2013 | 10:45| 6
Brindando con vino de Rioja en la calle Laurel. La foto es de Enrique del Río

 

Comentaba de pasada en una reciente entrada en este blog el caso de un negocio llamado Vinoteca que instaló en Juan XXIII allá por los años 80 un hijo del llorado Pepe Blanco. Fue la primera vez que oí esa palabra: vinoteca. Por entonces, esa enfermedad de la ignorancia que yo padecía (de la que uno nunca termina de sanar) era bastante común. Quiere decirse que el vino, incluso el servido en esta tierra que lo glorifica o precisamente por eso, era metódicamente maltratado en nuestros bares. El Rioja parecía un producto más valorado fuera que en casa. Como el vino de cosechero campaba a sus anchas por toda la región, y Logroño no era una excepción sino la regla, lo habitual era que se ofreciera en nuestros bares del siguiente modo, y que me perdonen los hosteleros más veteranos: lanzado más que depositado, preferiblemente en vaso (nunca en copa, que es conquista reciente) y según la ley del mejor postor. Es decir, cuanto más barato, mejor para quien lo expedía, puesto que la clientela se tomaba lo que le pusieran. Nulo nivel reivindicativo como bebedores de Rioja.

El resultado se ha comentado ya aquí en entradas anteriores: aquel vino de sabor más bien ácido, sin ninguna gracia, sólo favorecía los colocones propios de la Laurel y resto de templos. La feligresía aceptaba cualquier trago que se pareciera remotamente al vino, incluso si acababa por motear los labios sospechosamente de color morado, prueba fehaciente de que había tongo. Era un vino de matute. Sospecho que ni siquiera hubiera aprobado el examen del Consejo Regulador.

De modo que aquel empresario logroñés que un día decidió rendir tributo al Rioja y nos inició en el vocabulario hoy tan en boga, repleto de retrogusto, aromas a regaliz y frutos rojos, que ha popularizado voces como las hermosa denominaciones de nuestras variedades (mi favorita es la palabra viura, aunque garnacha tampoco está mal) ejerció como adelantado de su tiempo: acertó con veinte años de adelanto, que es una manera segura de equivocarse. El negocio cerró, pero no en mi memoria: cada vez que entro por la puerta de su sucesor, el templo de las chucherías llamado El Ángel, le rindo un imaginario tributo y le doy las gracias.

Le agradezco que nos enseñara una lección que progresivamente sus colegas de gremio han ido aprendiendo: no se puede maltratar al vino. Menos, al vino de Rioja. Y mucho menos en La Rioja. No recuerdo qué bar impuso la moda pero enhorabuena: el vino se ha ido glorificando entre nosotros, alcanzando el estatus que siempre debió tener, un sitio de privilegio en la oferta de nuestros locales que hoy compiten en servirlo con garantías, incluso con mimo… hasta llegar al extremo contrario: antes no llegábamos, ahora nos pasamos. Nos pasamos de listos, de pijillos. Ya sabemos que en torno al mundo del vino se han popularizado los usos y costumbres del nuevo rico, lo cual abre la posibilidad de que surja ese tonto que todos llevamos dentro.

No obstante lo cual, prefiero mil veces este tratamiento que hoy merece el Rioja entre nosotros que el arriba citado. Que yo sepa, hay dos bares en Logroño cuya columna vertebral es precisamente el vino y por eso se llaman vinotecas, como aquel que abría estas líneas. La Tavina de la calle Laurel y Crixto 14, de la calle del Cristo. Y es también habitual que la oferta en vinos sea el gancho con que otros locales nos atraen a los clientes: el Sebas, por ejemplo, será para mí siempre el bar de una de mis tortillas favoritas, pero de paso rinde tributo al vino de la tierra con tanto esmero como variedad. No es el único; cada cual tendrá sus favoritos, pero aquí citaré algunos de los míos: la bodega Murillo de República Argentina, el Pata Negra de la mentada Laurel y el Viníssimo y el Torres de la San Juan.

Todos ellos son, tal vez sin saberlo, pequeñas vinotecas. Y le dan la razón con varias décadas de retraso a quien tuvo la bendita idea de pensar que en la tierra de los mil Riojas nos merecíamos algo mejor que aquellos vinos que sabían precisamente a eso: a tierra.

P. D. Esta entrada continuará próximamente con otra sobre esta misma cuestión, puesto que el vino de Rioja lo reclama y merece. Como despedida, he pedido a mi compañero en Diario LA RIOJA Alberto Gil, gran periodista y excepcional conocedor del mundo del vino, que me cite sus tres bares favoritos a la hora de tomarse un vino en Logroño. Ahí va lo que me cuenta:

“1. Por supuesto, el Sebas, especialmente por la oferta de vino joven que ha escaseado históricamente y sigue siendo un grave defecto generalizado en la hostelería logroñesa.

2. La Tavina, porque, después de disfrutar con amigos durante años en San Sebastián y otras ciudades de vinos que no podía pagarme en solitario a precios de vinoteca, pagados a escote y sentado en un sitio agradable con algo de picar a precios razonables, ha abierto, por fin, esa posibilidad en Logroño (en casa del herrero siempre cuchara de palo).

3. Mi casa, aunque está cerrada al público. Por dos razones básicas: yo soy de botella más que de copa y, en segundo lugar, porque con la hostelería que, en términos generales, tenemos resulta que con la supuesta cultura del vino que le ha entrado de repente, chatear de vinos supone pagar unos márgenes del 300, 400 ó 500 por cien a unos tipos que ni cultivan la uva ni pagan por ella a los viticultores, compran las botellas de dos en dos (individuales no cajas) y si sacan más rendimiento a la birra ya le pueden ir dando por culo al vino de Rioja y a la madre que lo parió como históricamente han hecho. Es decir, que acepto de buen gusto pagar un 20, un 30, un 40 ó un 50% de margen a quien se lo curra, invierte, cultiva, elabora y vende el vino que al espabilao de turno que ha ido al IKEA a comprar unas copas y gana lo que no está escrito sin riesgo alguno.

(P.D.: si hay que decir un tercer bar, me gusta también el Torres, en la calle San Juan).”

 

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Bares de todo el mundo
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Jorge Alacid | 05-12-2013 | 19:37| 10
Nieves, en su restaurante de Logroño. Foto de Sonia Tercero

En el principio, fueron los chinos. Quiere decirse que los primeros garitos regentados en tierra logroñesa llegaron de Oriente, como los Reyes Magos. En su caso, cambiaron el oro, el incienso y la mirra por el chop suey, las setas con bambú y el rollito de primavera. Y como les ocurre a tantos extranjeros que aterrizan por La Rioja, pronto muchos de ellos se integraron entre nosotros. Amigos para siempre: aquí vemos, en la foto de Sonia Tercero que ilustra este comentario, a la emblemática Nieves, cuyo restaurante chino ejerce desde antaño como faro para toda esa comunidad de nuevos logroñeses. Hay restaurantes de esa denominación de origen por cada barrio de Logroño; yo confieso que mi primera vez (me refiero a cenar en un chino) ocurrió en una casa de comidas ubicada en Pérez Galdós, ya desaparecida. Luego frecuenté esta costumbre en una rica panoplia de ellos, desperdigados por toda la ciudad: ya no había que viajar a Madrid para practicar el uso de esos demoniacos utensilios que llaman palillos.

Si reflexiono hoy sobre el desembarco en Logroño de los sabores del resto del mundo, es porque de la restauración hemos pasado a la hostelería. No sólo los chinos; hermanos rumanos y sudamericanos, sobre todo, defienden una rica variedad de barras repartidas entre nuestras calles, con un aliento distinto en cada caso que, sin embargo, se resiste a iniciarnos del todo en los aromas de sus orígenes. Carecemos por lo tanto de la cultura gastronómico/alcohólica de que sí gozan en otros lares, sobre todo extranjeros, lo cual suele constituir un aliciente festivo y turístico de primer orden del que aquí carecemos. Una pena: porque se pierde la contribución de ese ejército de camareros llegados de medio planeta y de las manos extranjeras que se ponen al frente de estos negocios. Ya se ha dicho que los hay regentados por rumanos, como el Rincón de las Tapas de Jorge Vigón, y con el dulce acento español de las Américas, como el Mamá Inés; y también los hay, gran novedad más o menos reciente, con orientación china. Sí, china. Porque desde aquel restaurante de Nieves y compañía, hemos pasado al bar y yo me malicio que aunque ahora mismo las muestras de esta tendencia son escasas, todo se andará: primero fueron los restaurantes, luego los bazares, más tarde las tiendas de ultramarinos… La hora de los bares tenía que llegar. Y ya ha llegado.

¿En qué se diferencian estos bares de los bares logroñeses de toda la vida? A simple vista, en nada. Yo observo algunos de ellos con frecuencia y nada en su aspecto exterior ni en el corazón de su barra los distingue del resto del parque autóctono. De hecho, mantienen incluso la misma decoración de la propiedad anterior cuando asumen su traspaso, hasta el punto de que te enteras de que han llegado los chinos porque alguien te lo dice y porque si te fijas, en efecto, ves a estos caballeros y damas asiáticos al frente del mostrador, dispensando… Dispensando la oferta habitual en el resto de bares, salvo una leve variación que tiene su importancia: el precio. Intuyo que van hallando su nicho de mercado gracias a tarifas más comedidas de lo habitual, que despliegan con gran alarde tipográfico en las pizarras que saludan a la entrada. Cafés (y cañas) a un euro encierran hoy su mejor reclamo: el improbable lector los divisará desplegando esta táctica en el café Gran Vía, por ejemplo, o en el Punto de avenida de Colón. Cito los que conozco; ignoro si hay más y desconozco también si su parroquia está contenta. Todavía no he entrado en ninguno, pero las referencias que me llegan de clientes asiduos me invitan a pensar que están aquí para quedarse: que son una competencia seria para los bares de toda la vida, a quienes les empieza a brotar una china en el zapato.

Y perdón por este chiste tan malo.

P.D.  Las primeras noticias de inmigrantes en nuestros bares nos llegaron no tanto gracias a los bares que han fundado sino merced a su presencia como profesionales al servicio de jefes indígenas. Eran aquellos años anteriores a la crisis, cuando nos volvimos locos: una manifestación de nuestra paranoia fue que nos volvimos ricos de repente, de modo que los oficios más sacrificados no encontraron mano de obra local y pasaron a ser desempeñados por extranjeros. Al principio, te hacía gracia ver su impericia tirando una caña; hoy, los que resisten son profesionales tan capaces como los de toda la vida, con quienes tiendo a simpatizar de modo natural: basta pensar en los avatares que habrán sufrido hasta buscar entre nosotros su lugar bajo el sol. O a ese lado de la barra.

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Por encima de nuestras posibilidades
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Jorge Alacid | 23-11-2013 | 08:51| 4
Julia Baigorri, retratada en la hermosa barra de la Taberna del Tío Blas

 

Hace un tiempo vi en un bar un letrero que rezaba: “Prohibido hablar de la cosa”. Me pareció una buena idea, un mandato que procuro obedecer. Lo cual es harto difícil, porque la cosa le sale a uno al paso en cada esquina. Por ejemplo, si te dedicas a hablar de bares, de la difícil situación que presenta el consumo patrio, es recurrente acabar citando a la cosa. ¿Cómo evitarlo? Procurando poner el foco sobre los aspectos más positivos de la convivencia hostelera, los negocios que florecen, los que renacen, los que resisten, los que se mueven… Aunque el riesgo de moverse, ya lo sabemos, es que uno acaba por no salir en la foto. Pero me parece que aquellos negocios que hoy afrontan un panorama tan sombrío echándole lo que hay echarle, además de imaginación, se merecen un trato cariñoso. Más cariñoso de lo habitual.

Viene esto a cuento de una letanía que llevo escuchando por Logroño desde que tengo memoria. Que tal bar o restaurante tienen entre nosotros difícil encaje. Que es difícil sobrevivir entre nosotros con un tipo de local que exige más masa crítica de la que por pura demografía le corresponde a Logroño. Que seguro que tales garitos tendrían una clientela incondicional en una gran capital, pero aquí en provincias… Hum: quien profiere estas sentencias las suele acompañar de una tosecilla, invitando a abandonar sus planes a quien haya tenido semejante ocurrencia de ser ambicioso, de buscar para su negocio un enfoque distinto, alejado del tópico, lo tiene tan crudo como yo con Carmen Electra. Mejor dicho: tal vez tengo yo más opciones con Carmen Electra que un empresario del sector poniendo en marca en Logroño un bar que exige un tipo de cliente con cierto poder adquisitivo… mejor que la media, por utilizar una expresión de moda en La Rioja. O un cliente habituado a un tipo de local que es común fuera de nuestras fronteras pero que no cuaja entre nosotros. O un cliente a la altura de las expectativas que generan aquellos establecimientos que se salen de la norma y aspiran a ser algo más. Un faro, una guía, un icono.

Porque suele tratarse de locales caros de mantener, emplazados de suyo en rincones de la ciudad de elevada exigencia económica (vulgo, alquileres por las nubes) y obligan a un gasto en proveedores y recursos humanos también por encima de la media. En consecuencia, las facturas suelen viajar en la misma proporción, una tendencia difícil de seguir con el feo panorama que atraviesan nuestros bolsillos. Y me rebelo. Nunca olvidaré aquella tienda de delicatesen llamada La Vinoteca (primera vez que leía tal palabra) que el hijo del llorado Pepe Blanco abrió en Juan XXIII, una idea planteada con demasiadas décadas de adelanto. Hoy sería un negocio con recorrido: entonces, en los años 80 del pasado siglo, fue uno de esos bares por encima de nuestras posibilidades. Un hermoso local, consagrado al vino de Rioja, de efímera biografía.

Sigo citando historias parecidas. Una fama similar le cayó como sambenito al fenecido La Merced que el cocinero Lorenzo Cañas defendió durante largos años en la calle Mayor: que era demasiado para Logroño. Resistió como pudo, pero acabó sucumbiendo: una pena. Al parecer, en efecto, era demasiado para nosotros, que no nos merecemos tanto lujo. Se ve que por aquí no deberíamos haber salido del bar con serrín en el suelo y parroquiano con mondadientes acodado en la barra. Qué decir de El Duque, estupendo pub ubicado en los bajos (con perdón) del Hotel París, en pleno Espolón: tampoco resultó ser lo que merecían los logroñeses.

Lo dicho. Una pena porque acabaremos sin podernos conceder un lujo, el privilegio de apoltronarnos en bares que se salgan del sota/caballo/rey contra los que nada tengo, por otro lado. Pero un poco más de variedad no molesta, ciertamente. Y a servidor no le da gana  claudicar y acabar aceptando que tenemos lo que nos merecemos. Fantaseando como tantas otras veces en torno al Logroño que pudo haber sido y no fue.

P.D. Ilustra estas líneas la foto de la gran Julia Baigorri, corresponsal impenitente de este bloguero y querida maestra, quien tuvo la dicha de ser premiada con una consumición en la Taberna del Tío Blas, cortesía de sus generosos dueños, con ocasión del sorteo con que este blog celebró su primer aniversario. Reitero las gracias a la buena gente del bar y a Julia, que también es buena gente.

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Bares low cost
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Jorge Alacid | 15-11-2013 | 18:04| 0
Cien Montaditos, nuevo en esta plaza

 

Échele usted la culpa a Ryanair o a la dichosa crisis que tanto ha cambiado nuestros hábitos como consumidores, pero la fiebre del low cost (bajo coste en la lengua del páter Gonzalo de Berceo) se extiende y llega a cualquier rincón de nuestra sociedad, incluido el querido sector hostelero, donde la economía ha golpeado duro y ha obligado a alterar algunas costumbres. Los bares, la mayoría de ellos, viven una metamorfosis desplegada en Logroño bajo múltiples disfraces: se extiende por distintos barrios la fiebre del pincho-pote que dicen por el norte, la tapa gratis invade numerosas barras y florecen los establecimientos cuya oferta se basa en los precios comedidos. Tragos a bajo coste, vaya, como decíamos arriba: encriptado, sus dueños nos envían el mensaje de que, bueno, su local tal vez no será el mejor lugar del mundo para trasegar un vino o engullir una cazuelita, pero también prometen que el tono medio es más que digno. Y que al bolsillo le duele menos.

De modo que por Logroño van desembarcando franquicias de cierto arraigo por el resto de España. Por ejemplo, Copas Rotas, establecimiento antes conocido como La Granja, que ya protagonizó una entrada en este blog. A su rebufo aterriza ahora Cien Montaditos, exitoso proyecto que tiene copado medio Madrid según pueda advertir cualquier viajero. A partir de mi propia y reciente experiencia, me malicio que cualquier día también nos visitarán los dueños de Pizza y Pan, negocio que tiene conquistada la capital del Reino, y tal vez también La Sureña, cadena de cervecerías cuyo atractivo radica… Bingo: radica en el precio. Cañas (bien tiradas, por cierto) a un euro y tapas tarifadas en función del mismo principio low cost.

En realidad, se trata de un camino que antes trilló otra franquicia célebre, Telepizza. Por no mentar de nuevo a las protagonistas de otro post anterior, las muy yanquis cadenas de hamburgueserías y pollo frito de Kentucky. El ideario que propagan desde hace décadas es el mismo que me sirve de detonante para estas líneas: que se puede beber y comer con cierto nivel de dignidad a precios más baratos de lo habitual. Un mensaje que ha terminado por calar en la hostelería logroñesa: rebobine usted, improbable lector, sus peripecias por los bares de confianza y reconocerá conmigo que en los últimos meses brotan pizarras y pizarrines para  anunciar ofertas de todo pelaje. Acabo de tropezarme en la calle Laurel con una que reza ‘Preñaos a un euro’. Y veo por avenida de Portugal una marisquería cuyos precios abren la puerta a esa pregunta que uno alguna vez se ha hecho: ¿Marisco barato? ¿No es una contradicción en sus términos?

Así que lo dicho. Uno no entiende mucho de sociología ni de tendencias económicas pero sospecho que este tipo de bares ha llegado a Logroño para quedarse. Entre otras cosas, porque creo que estaremos durante un largo rato instalados en esta época de vacas flacas para el consumo. Y si remonta la situación, dudo que se lleve por delante a los locales de bajo coste. Más bien sostengo que el logroñés se acabará convirtiendo a la religión del ahorro y a partir de ahora  mirará más de lo que miraba las facturas. A título de ejemplo, ofrezco el mío personal. No tengo otro. Cuando alterno, no suelo fijarme en el precio de cada trago o cada bocado. Busco un ambiente de confianza, trasegar mientras disfruto de la compañía, en demanda de un rato agradable y despreocupado: doy importancia esos intangibles. Pero también me gusta pensar que esta oferta convive con otra más económica. De modo que concluyo: si puedo elegir, prefiero viajar en primera clase. Pero también he descubierto que la por tantas razones muy odiada Ryanair te lleva más o menos a los mismos sitios. Y por menos dinero.

No sé si me explico.

P.D.  En realidad, como en tantos otros campos, también en la hostelería puede detectarse esa regresión en materia de consumo que nos atenaza. Volvemos a los tiempos anteriores a que nos volviera loco tanta riqueza desbordante, cavilando más que antaño antes de depositar un euro en la barra, alargando el trago, midiendo la tapa que lo acompaña… No me extrañaría verme alguna tarde volviendo a mis orígenes: atacando el célebre bocata de calamares del Moderno que tantos buenos ratos me procuró, sobre todo porque por quince pesetas te dejaba la tripa almohadillada para una larga temporada. Aquel bocata sí que fue el primer bocata low cost.

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Tres rondas gratis para celebrar un cumpleaños
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Jorge Alacid | 08-11-2013 | 09:03| 12
Soplando una velita

“Siempre he mantenido que el alma auténtica de una ciudad española, el espíritu secreto de eso que llaman capital de provincias (Logroño, por ejemplo) suele encontrarse en sus bares”. Se me permitirá incluir aquí ese colmo de la vanidad que significa la autocita: las palabras entrecomilladas se citaban hace un año, con motivo de la inauguración de este blog que hoy cumple su primer aniversario. Confío en haber estado a la altura de las expectativas que yo mismo generé: si tengo que guiarme por mi propio olfato, debo confesar que las he superado ampliamente.

Se trata de una de las experiencias profesionales más gratificantes que he tenido la suerte de vivir. Digo profesionales porque, aunque este blog no es periodismo en su sentido más estricto, yo me lo he tomado como si lo fuera. Procurando dotar de amenidad a mis andanzas por Logroño y alrededores, haciéndome eco de las sugerencias que me llegan de los improbables lectores y aceptando algún tirón de orejas. Aceptando incluso los inmerecidos: son gajes del oficio y no empañan el tono general de satisfacción con que resumo este primer año de andadura.

Así que este es un post un poco almibarado, con exceso de merengue. No me quiero poner muy solemne: me limitaré a dar las gracias a todos. A los visitantes, los furtivos y los casi perennes. A quienes dejan su comentario, a quienes comparten algún post por las redes sociales, a quienes le dan al botón ése de Facebook que dice que les gusta lo que escribo. Y también a los que me han reprochado esto o aquello: prometo corregir mis fallos, tan humanos ellos.

Para soplar esa tarta con una velita, se me ha ocurrido premiar a los seguidores que deben vivir al otro lado de la pantalla. He seguido esa tradición tan celtibérica de invitarles a una consumición… y que la paguen otros. Así que mi eterno agradecimiento a Tastavín, Taberna del Tío Blas y La Tavina, los tres bares a quienes pedí que me ayudaran en esta experiencia y que han contestando con la generosidad que les presumía. De modo que los tres primeros en contestar a una pregunta muy facilita sobre Logroño y sus bares, tendrán a su disposición un par de vinos y otros tantos pinchos en los bares citados, según ese mismo orden. Quien conteste con la respuesta acertada, me puede dejar su móvil bien el blog, bien en mi perfil privado de facebook si lo prefiere y yo me pondré en contacto con los ganadores para gestionarles la consumición con los tres locales colaboradores.

Ahí va la pregunta. Fácil, fácil, facilísima: cómo se llamaba el bar, ya desaparecido, localizado a la entrada de González Gallarza a mano derecha en el edificio que ahora se está rehabilitando, con terraza a Bretón de los Herreros. Os recuerdo que es un bar que ahora se pretende reinaugurar.

P.D. El capítulo de agradecimientos a mis lectores quiero personalizarlo en dos de ellos, probablemente los más fieles. Paco Pérez Abad y Julia Baigorri, cuyos comentarios me han llegado a emocionar más de una vez. Comparten no sólo fidelidad a este blog sino una activa y enriquecedora presencia en las redes sociales, además de una humanidad desbordante y un corazón igual de desbordante. A todos, muchas gracias; a ellos dos, muchísimas.

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Gilda: salada, verde y picante
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Jorge Alacid | 01-11-2013 | 18:47| 0
Gildas en la barra del Ibiza de Logroño

Ya se ha mencionado aquí en otras entradas, aunque hoy sea difícil de creer: hubo un tiempo en que las barras logroñesas permanecían vírgenes al universo de la tapa, el mundo de la cazuelita, el ámbito del pincho. Esa conquista es reciente; uno vagabundeaba por la calle Laurel y apenas le asaltaba un breve rosario de oferta culinaria. Los champis del Soriano, las bravas del Jubera, los pinchos morunos del Páganos y casi que para uno de contar. La fiebre gastronómica que tanto abrillanta el rito del chiquiteo ha ido ganando terreno con el paso del tiempo, hasta alcanzar hoy alguna cumbre: uno puede muy bien alimentar el buche mientras refresca el gaznate, a la vez que también se anima la vista porque la verdad es que la mayoría de esos bocados entran primero por los ojos.

En aquella época, sin embargo, apenas se mantenía cierta fidelidad a la gastronomía mediante el recurso que acreditaron algunos bares de ofrecer ese monumento al ingenio que a mi juicio representa el humilde pincho llamado gilda, como la célebre película, a la que debe precisamente el nombre. ¿De qué estamos hablando? Pues de ese combinado de anchoa, aceituna y guindilla, que añade a veces pepinillo y forma una asociación a mi juicio imbatible como aperitivo. Ensartados sus ingredientes mediante el bizarro palillo, el resultado se denomina así, gilda, porque sus creadores pensaban en la mismísima Rita Hayworth cuando idearon este manjar: como la protagonista de la famosa peli y receptora de la no menos legendaria bofetada, esta banderilla es “salada, verde y un poco picante”, según informa la Wikipedia. Y no seré yo quien lo rectifique: salada, verde (ejem, un término ya un pelín pasado de moda) y picante era la protagonista de aquel film que sigo venerando, y salada, verde y picante es la tapa que desde hace décadas se distribuye ya elaborada en conserva. Amortajada: como la propia Hayworth, que en gloria esté.

La propia Wikipedia me recuerda un dato que alguien me mencionó algún día y ya había olvidado: que la gilda nació en un bar de San Sebastián, Casa Vallés (calle Reyes Católicos, 10, donde aún aguanta), a cuyo propietario se le ocurrió pensando en algún bocado que animara a la ingesta de vino. Lo cuenta en su blog con todo lujo de detalles (incluido un paseo por los vinos de Rioja) el caballero apodado Apicius Apicio, cuya entrada recomiendo leer. Como los encurtidos excitan los jugos gástricos con una eficacia inigualable, la gilda se entronizó en los bares de la España del siglo pasado y ahí la tienen ustedes, resistiendo el avance de las tropas de Ferrán Adriá muy gallardamente. De hecho, todavía ahora, cuando tropiezo con esa tapa en algún mostrador, siento como un escalofrío, porque regreso con ella al pasado y temo que en cualquier momento vuelvan también el tapete de hule, las mesas de formica y otros rancios atributos de los tiempos de Cuéntame. Porque la gilda apenas ha evolucionado desde aquellos lejanos años en que se hizo presente (hay quien le añade huevo duro, ingrediente que a mi parecer desvirtúa el hallazgo original) y esa perseverancia en mantenerse fiel a la tradición la hará siempre muy atractiva a mis ojos. Tan atractiva como la propia Hayworth con quien tantas cosas comparte. Ya lo sabe usted, improbable lector: salada, verde y un poco picante.

P.D. La foto que ilustra estas líneas está tomada en el venerable Ibiza pero la gilda se encuentra aún en numerosos bares logroñeses, con frecuencia los más castizos. Admite distintas preparaciones, como el citado detalle del huevito duro de codorniz, pero las fuentes consultadas coinciden en señalar al bar La Hez de la calle Laurel como el templo de la gilda entre nosotros. Así que larga vida a la Hez y larga vida a la gilda.

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