La Rioja
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Añorando Las Cañas
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Jorge Alacid | 26-07-2013 | 15:55| 2
Imagen antigua del Gran Hotel, cuyos bajos alojaron la cafetería Las Cañas.

Un reciente artículo de Eduardo Gómez en Diario LA RIOJA me ha recordado un olvido que estaba cometiendo en este blog: la ausencia de una entrada dedicada a uno de los bares que más he frecuentado en Logroño, Las Cañas. Me refiero a la cafetería primigenia, enclavada en los bajos del Gran Hotel, hoy lamentablemente abandonados luego de su conversión en hamburguesería. El edificio central se mantiene operativo pero, ay, el local donde antaño medio Logroño se daba cita y contribuía a dinamizar ese rincón tan castizo de la ciudad permanece desde hace años reclamando que algún alma caritativa se apiade de él y de paso ayude a galvanizar la zona peatonal vecina.

En sus buenos tiempos, pensar que semejante esquina principal con vistas al Espolón quedaría huérfana de actividad hubiera parecido un disparate. Porque Las Cañas hervía casi durante toda la jornada, el sueño de cualquier hostelero. El desayuno concentraba a la parroquia más madrugadora, el frenesí se disparaba luego para el café matinal, qué decir del aperitivo… Y el bullicio proseguía tras el almuerzo, porque aún se preservaba entonces (primeros años 80) el rito de la merienda de media tarde, preámbulo de otro pico de clientela: el vino o el refresco de última hora. Una última hora que se alargaba y se alargaba, de modo que no era extraño ver bien poblada su barra y sus veladores avanzada ya la noche. Lo dicho: un sueño para sus propietarios. Sobre todo, porque con el buen tiempo se completaba el panorama con una actividad igual de frenética en otro punto estratégico de la cafetería, su señorial terraza. Uno de aquellos pasos de paloma tan caros a Logroño, porque tenía lo que tiene que tener toda terraza: vistas. Vistas a la calle, a los paseantes, a la ciudad. Es decir, vistas para ser visto.

Las Cañas, que había surgido del empeño del empresario Cesáreo Remón, fue durante años epicentro de la agenda futbolística, uno de tantos núcleos blanquirrojos diseminados por la ciudad que se beneficiaba de que su propietario fuera también el llorado y eterno presidente del Club Deportivo Logroñés. Un flanco deportivo que se combinaba con otro taurino, porque allí recuerdo haber asistido a interminables tertulias por San Mateo después de cada tarde en La Manzanera, convocado por el efecto Navalón: el entonces polémico crítico no dejaba indiferente a nadie y garantizaba espectáculos de alto voltaje aunque el mundillo taurino te interesara tan poco como a mí. El tercer eje, de índole artística, lo aseguraba el vecino Gran Hotel, donde por cierto se alojaban también las figuras que venían a la feria matea… en compañía de cómicos y actores, a quienes era habitual ver desayunando en la cafetería aledaña, tanto durante las fiestas como durante el resto de la temporada teatral.

Una suma de factores que, como se deduce, otorgaba al conjunto un ambiente singular, una especie de bandera de la ciudad porque Las Cañas ostentaba ese título en compañía de otras cafeterías (La Granja, Ibiza), de modo que su desaparición supuso una pequeña puñalada en el corazón de quienes fuimos habituales de su barra. Una hermosa barra, decorada con buen gusto como el resto del local, atendida con eficacia por una plantilla de camareros tan diligentes como la propia familia propietaria. Su emigración a la cercana plaza de la Paz no se saldó con el mismo éxito: misterios de la química. El caso es que uno no terminaba de sentirse tan a gusto en el nuevo emplazamiento, aunque lo seguí frecuentando incluso en su última encarnación como Mou. Menos conforme aún me dejaba que en su anterior sede se alzara de repente la mentada hamburguesería: aunque no tengo nada contra las cadenas de comida rápida y me resisto a incorporarme a la aburrida ola antiamericana, siempre pensé que un lugar tan central de Logroño merecía otra cosa y que McDonalds me perdone. Merecía un bar a la altura de nuestras expectativas, que las dejara satisfechas con tanta clase como hizo Las Cañas: pasan los años y cada vez que paseo por esa esquina sigo viendo su terraza poblada, continúo imantado al atractivo de otro de esos bares logroñeses que tanto añoro.

P.D. Recupero aquí el comentario de Eduardo Gómez que dio pie a esta entrada: “Se cumplen 50 años de la inauguración de la cafetería Las Cañas que se instaló en los bajos del desaparecido Gran Hotel cuyo bonito palacete se mantiene en el Espolón. Fue creada por  Cesáreo Remón Armas, un recordado personaje muy popular en Logroño, donde fue concejal, presidente del Club Deportivo Logroñés y miembro de una acreditada agencia inmobiliaria familiar. Esa cafetería y su  terraza veraniega se convirtieron en centro de encuentro del todo Logroño, especialmente en San Mateo”. El todo Logroño y alrededores: porque entre la clientela con que topé una noche ya lejana figura nada menos que la infanta Elena, en su etapa de amazona y asidua del torneo hípico.

 

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Fotógrafos y camareros
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Jorge Alacid | 22-07-2013 | 10:13| 9

Óscar Solórzano, bandeja y cámara en ristre, retratado por Justo Rodríguez
Llevaba tiempo pensando que una larga lista de fotógrafos de esta casa que nos acoge merece una entrada como ésta en un blog dedicado a los bares logroñeses: muchos de ellos han compatibilizado esa actividad profesional con el oficio, más o menos furtivo, de camarero. La lista se hace todavía más larga si incluimos a otros cuantos fotoperiodistas que ejercen su profesión en Logroño. Me lo advirtió al poco tiempo de abrir este blog el amigo Justo Rodríguez, que reflexionaba en voz alta sobre tan extraña coincidencia con ocasión de un viaje a Sorzano. Iba lanzando nombres al aire un poco improvisadamente mientras conducía; ahora le he pedido que me ayude a ponerlos por escrito, porque me parece que es una curiosidad que tiene su gracia. Y, sobre todo, porque ni él ni yo acertamos a encontrar una explicación.

Empezamos. Según el recuento de Justo, otros colaboradores de Diario LA RIOJA han compartido con él experiencia hostelera. Fernando Díaz, por ejemplo, a quien recuerda en el Otilio. O Miguel Herreros, un clásico del Calderas de la calle Laurel o del antiguo Torres de la San Juan; o Sonia Tercero, habitual en algún garito de la ya difunta marcha najerina, como el 51; o Díaz Uriel, que ejerció en La Universidad de la calle Laurel. Aunque tal vez sea Alfredo Iglesias quien de todos ellos acredite una más larga trayectoria como barman, que ha desembocado en el bar que acaba de abrir en la calle El Cristo.

Salimos de Diario LA RIOJA para completar la relación con Clara Larrea, “que trabajó en el bar Parlamento”, como rememora Justo. Su memoria sitúa a Raquel Manzanares trabajando en algún bar de Nájera, a Rafa Lafuente en El Mexicano de San Agustín y a Sergio Espinosa en el Pasarena, entre otros bares. Mención aparte merece Óscar Solórzano, que compaginó ambos oficios durante su temporada en el bar de los Golem y ahora prueba suerte al frente del Asterisco de avenida de Portugal.

Y concluye el periplo con el propio Justo, quien se inició como barman en La Cartuja, aunque donde aprendió el oficio fue en otro bar de los mismos dueños, El Parador de la calle Mayor, que ahora se llama La Boheme y antes La Resaca. “Fue una experiencia bastante buena”, me confiesa. “Me sirvió para espabilar un poquito. Sólo un poquito, ¿eh?”, bromea. Contaba entonces con 19 años y se empleó a fondo durante cinco, sobre todo los fines de semana; progresivamente empezó a trabajar como fotógrafo, simultaneando ambas ocupaciones durante un tiempo, norma general por otro lado entre sus colegas de barra y de cámara. “De hecho”, recuerda, “el primer encargo para Diario LA RIOJA me lo trajo hasta el mismo bar Chema Glera, anotado en una hoja de esas de maquetar en cuadrículas. Ponía ‘10 horas, La Isla’. O algo así”.

¿Qué tienen en común ambos oficios? Para Justo, las similitudes básicas son evidentes: contacto con la gente, capacidad para la empatía y … desajustes horarios muy semejantes, con las conocidas complicaciones de los dos trabajos para conciliar la vida familiar. Por el contrario, según su experiencia, hay también alguna diferencia: la más acusada, que se liga más detrás de la barra que detrás de la cámara. “Es que eso de la barra… Tiene su atractivo”.

P.D. Esta entrada va dedicada a todos los compañeros fotógrafos de prensa. A los que cito y aquellos a quienes haya podido olvidar, vayan mis disculpas por adelantado. Y para concluir, le pido a Justo Rodríguez que se moje. Que me diga quién de esta relación de colegas le parece mejor fotógrafo y mejor camarero. Esto me responde: “Mejor fotógrafo, Fernando Díaz; y mejor camarero, Óscar Solorzano”. Que es, por cierto, quien aparece en la foto que ilustra estas líneas y que firma, como es natural, Justo Rodríguez.

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Yo, camarero
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Jorge Alacid | 11-07-2013 | 11:03| 4
Pelotaris en el frontón de Cantabria, foto de Herce para Diario LA RIOJA

Mientras preparaba una inminente entrada sobre las actividades como camareros de unos cuantos personajes riojanos, caí en la cuenta de que tal vez fuese más adecuado empezar recordando mi propia (y escasa) experiencia en el sector, por aquello de predicar con el ejemplo. No es gran , pero me apetece sobre todo por traer hasta este blog a una gran familia de la hostelería riojana, los Langarica-Santander, por quienes siento un cariño mayúsculo.

Finales de los años 70, Sociedad Recreativa Cantabria. Todavía había piscina de hombres, de mujeres y mixta (la misteriosa mixta: primera vez que oía esa palabra, pensando que era algún pecado) y al frente del bar se sitúan José Luis y Pili. Acarreaban ya una amplia experiencia en el sector pero nunca se habían enfrentado a semejante toro: por entonces, la sociedad contaba ya con miles de socios, miles para un único bar. Como disponían de una amplia baraja de hijos en edades similares a la mía y la de mis hermanos, las dos familias confraternizaron y de aquella relación surgió eso de ayudarles de vez en cuando en la barra, superados muchas veces ellos y sus camareros de plantilla por el aluvión de clientes, sobre todo en hora punta: la de comer, con incesante demanda de porrones previo intercambio de ficha para compensar roturas, desapariciones o mangancia; la del café, con las correspondientes partidas de cartas y llenazo de no hay billetes para ver por la tele (mayúsculo aparato casi colgado del techo) Verano Azul o lo que echaran entonces (¿Orzowei?); o la hora nocturna, cuando  arreciaban las cenas familiares, de nuevo regadas por el vino con gaseosa emporronado. Sin contar el ingente trajín del restaurante en el momento del almuerzo… Sofocante actividad que agradecía que alguien, cualquiera (es decir, incluso yo) echara una mano.

Mi pobre actividad fue doble. Consistió, por un lado, en hacerme cargo a ratos de un rincón de la barra donde se despachaban chucherías infantojuveniles, como los pastelitos llamados Tigretón, Bucaneros y Pantera Rosa, que eran lo más demandado, en reñida competencia con los Palotes: acababa de salir con sabor a fresa, gran suceso. Mi otro cometido era algo más exigente: junto a la mixta (otra vez la palabreja) se situaba un pequeño quiosco de bebidas, que se abría al mediodía y se cerraba a la hora de comer. Se alimentaba su oferta de refrescos y polos (empezaba por entonces a descollar el llamado Calipo, según recuerdo) y mi labor consistía en llenar la cámara frigorífica, despachar la mercancía (a veces, con gran éxito: llegó a vaciarse en más de una ocasión la nevera), chapar y entregar la recaudación. ¿Qué percibía a cambio? Cariño. Sobredosis de cariño, sobre todo porque Pili, jefa de aquel matriarcado, es una de las personas más bondadosas y generosas que he conocido. Su cariño se materializaba en forma de jugosos bocadillos y en la licencia para dormir en la casa que a la familia de abastecedores cedía la dirección de la sociedad. Un curioso piso situado encima del bar.

Allí vivía también el entonces regente, Ricardo, y allí subíamos ya de madrugada, porque para merecer la dicha de dormir en Cantabria y (sobre todo) gozar del privilegio de bañarse a la luz de la luna con todas las piscinas a tu disposición, primero había que dejar el bar recogido e impoluto, lo cual exigía llevar la basura hasta el exterior de las instalaciones, las llamadas ‘quincenas’, un macrovertedero ubicado donde hoy se alza la UR, muy rico en la fauna propia de los basureros y perfumado como cualquiera se puede imaginar. Superado aquel trance, luego del mentado chapuzón nocturno, llegaba la hora de dormir…. Y hasta la mañana siguiente: fueron un par de veranos de mozalbete que significaron mi estreno y mi despedida del sector. Una experiencia gratificante que, ya lo sé, no sirve de gran cosa comparada con el sacrificio que exige defender una barra en plan profesional, pero que a mí me valió para abrir un poco más los ojos y concluir que una vez yo también fui camarero.

P.D. He estado buscando en mi archivo algún testimonio gráfico que demuestre que, en efecto, trabajé de camarero pero sin suerte. Tampoco he podido localizar fotos antiguas de Cantabria, de su bar o de sus piscinas. En el archivo de Diario LA RIOJA encuentro no obstante esta imagen de Herce: cuatro pelotaris en el frontón de hombres. Entre ellos, el legendario Jorcano, a quien recuerdo viviendo eternamente en el rebote, cuya pared era una prolongación de la pared del bar. Por allí sacaba para los pelotaris sus míticos porrones Emiliano, quien precedió a los Langarica defendiendo aquel bar de mi infancia.

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Tu propia calle Laurel
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Jorge Alacid | 05-07-2013 | 16:10| 9
Imagen antigua de la calle Laurel, firmada por Enrique del Río

El improbable lector habrá observado como yo un rito que practica cada fanático de la calle Laurel: nuestra impenitente apuesta por un escogido grupo de bares, en demérito de otros. Quiere decirse que la calle celebérrima ofrece tal baraja de locales que es (casi) imposible visitarlos todos en una ronda, aunque hay quien lo intenta con las consecuencias conocidas. El caso es que por diferentes e ignotas razones acabamos entrando sólo en alguno de ellos, de modo que aunque recorramos la calle una y otra vez permanecemos ajenos a la oferta oculta en otros cuantos, algunos muy clásicos.

Me ofrezco como ejemplo. Ingreso por Gallarza y sé que podré detenerme en La Tavina y La Taberna del Tío Blas, La Taberna del Volapié y el Donosti en ese tramo inicial, pero en el resto hace años que no entro. Me pregunto por qué, pero ignoro la respuesta. Antaño sí fui habitual del Ángel y del Torrecilla, también del Achuri, pero por misteriosos motivos ya dejé de frecuentarlos. Asimismo era asiduo al Charro, cuyos pinchos de morros tanto me emocionaban, pero me despedí de él igual que hice con tantos otros: Villarrica, Pato Borracho, Jubera… Cruzo delante de la puerta del Páganos y del Bambi y me intriga saber qué razón me impide ingresar en ellos pese a que allá en el Pleistoceno, cuando me inicié como adicto a esta calle, formaban parte de mis favoritos.

Por el contrario, algunos, como el Sebas, siguen inmutables en mi carné de baile. Y será también habitual que me acode en la barra del Blanco y Negro (y siga echando de menos a Julián) y en el jamonero Pata Negra, pero cuando enfilo hacia San Agustín estoy seguro de que será difícil verme en la mayor parte de bares de ese tramo, a excepción del Soriano y salvo que aparezca por Logroño Eduardo Rubio y le acompañe a comernos una oreja en El Perchas. Últimamente, no obstante, he sucumbido también al encanto del Tío Agus y su pincho homónimo. Pero me pregunto por qué abandoné mi antiguo cariño por el Charly o La Rueda. Tampoco para esta cuestión tengo respuesta.

Según mi lógica particular (que es bastante ilógica, lo confieso), acabaré la ronda en El Soldado de Tudelilla, ya en San Agustín, en cuyos bares por otro lado tampoco tiendo a detenerme demasiado. Y observo que con la calle San Juan me sucede algo parecido: en unos bares entro casi siempre, en otros casi nunca. Con una curiosidad añadida: si tropiezas con algún conocido por alguna de estas calles del Logroño castizo y te incorporas a su propia ronda, descubres que le ocurre algo parecido. Que tiene una serie de bares de confianza donde entra como si estuviera en su casa y sin embargo a mí me son ajenos. También sucede al contrario en aquellos donde yo soy asiduo y donde nuestro acompañante se siente fuera de lugar. Así que concluyo que esta conducta tan absurda obedece tan sólo a manías, las manías de cualquier consumidor, las de todo cliente: en unos bares se respira una atmósfera más atractiva, de otros salimos alguna vez escaldados, los hay donde depositamos todas nuestras complacencias en los camareros, simpatizamos con los dueños… Las mismas razones que se pueden esgrimir para tantas cosas en la vida: como el amor en general, también el cariño hacia los bares es cuestión de química.

P.D. La asociación que agrupa a los bares de la calle Laurel cuenta con una página web (http://callelaurel.org/bares-de-logrono) donde se detallan los bares miembros. Incluye, como por otro lado hace los clientes, a bares de la aledaña San Agustín y de esos dos ramales (Albornoz, Travesía), que en nuestro imaginario común también forman parte de la propia calle. Según su prolija relación, ese dédalo de callejuelas cuenta con 16 restaurantes y 49 bares, aunque conviene precisar un par de cosillas: una, que hay locales que figuran (como el mentado Soldado de Tudelilla), en ambas categorías; y dos, que entre los bares se cita a la panadería El Paraíso. Que yo sepa, no sirve tragos, aunque es cierto que hace unos panes estupendos, de calidad y muy variados.

 

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Más que bares, restaurantes
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Jorge Alacid | 03-07-2013 | 08:17| 2
Cartel de menú del día en un local de Logroño

La tendencia de servirse de los bares no sólo como escenario de nuestros mejores tragos sino como núcleo de los bocados más sabrosos gana tantos adeptos en Logroño que cualquier observador habrá concluido como yo: hoy es casi más común comer en ellos que en un restaurante. No habrá estadísticas fiables, pero es obvio que la tradición del menú del día se ha hecho fuerte en los bares, de modo que es raro el que no ha sucumbido a ella. Sobre todo, los más recientes: bar que abre, bar que impone el menú del día o algún sucedáneo. Es una tendencia llegada desde fuera como tantas otras, desde las grandes ciudades donde las distancias entre el hogar y el puesto de trabajo son tan amplias que complican arracimar a la familia en torno al puchero común como antaño.

No es el único cambio social que impacta sobre las costumbres hosteleras. Complicación para conciliar la vida familiar, horarios laborales en mutación permanente, escasez de tiempo para cocinar, cierta tendencia contemporánea a la pereza… Todo parece conspirar en favor del menú del día, lo cual también representa un nicho de negocio recién llegado para muchos bares: ahí tienen un filón para atrapar a la clientela, sobre todo porque hay bares donde todavía (¡Todavía!) se mantiene la tradición no sólo de comer, sino de comer muy bien, alcanzando esa vieja hazaña de comer como en casa. O parecido.

Los hay fieles a este rito desde hace tiempo, porque son bares ajenos a las modas cuya imagen de marca se conduce por esos derroteros toda la vida: pienso en el entrañable local que pilota la buena gente de La Cortijana, un estupendo tres en uno porque es fonda, bar y casa de comidas. Su modelo se ha ido extendiendo con tino, amparándose en la certeza de que las cocinas (aunque minúsculas) de muchos bares ofrecen altas garantías a la parroquia. Si las golosinas dispuestas en forma de pincho, tapa o cazuelas tanto nos emocionan, por qué no darse un pequeño homenaje con ellas en formato de primer y segundo plato (bebida y postre opcionales). De hecho, parece que los bares que descartan entregarse a los favores del menú del día quedan fuera de mercado, descatalogados. Como en otras cosas, pienso que el Victoria de Víctor Pradera (aunque para mí el Victoria siempre será el fundacional de Carnicerías) fue pionero en implantar esta moda, atrayendo hacia sus mesas para almorzar a oficinistas, políticos, bancarios y, sobre todo, la tropa de los cercanos juzgados que ahora se dispone a emigrar hacia Murrieta. Siguiendo su ejemplo los bares logroñeses ofrecen hoy una amplia panoplia que oscila entre los menús más elaborados a los menos dotados (con perdón: quiero decir, con menos posibilidades de elegir), pasando por quienes asumen el menú del día como un mero trámite y quienes por el contrario lo enarbolan como emblema.

Las diferencias alcanzan también a los precios: aquellos más ambiciosos exigen en consecuencia un mayor esfuerzo al bolsillo, mientras que hay quienes tienen en las tarifas más a ras de tierra su banderín de enganche. Acabo de ver  en avenida de Lobete un bar que anuncia el menú a 9 euros, precio que me parecía imbatible hasta que recordé un reportaje publicado en Diario LA RIOJA sobre la cafetería del club de pádel de La Grajera, donde aún era más barato: 5 euros. Digo era, en pasado, porque cambió el abastecedor y ahora ha subido algo el precio: 8 euros entre semana, 10 sábados y domingos. Lo cual me sigue pareciendo igual de milagroso.

P.D. No soy gran adicto al menú del día pero reconozco que cuando lo frecuento apenas salgo defraudado. Supongo que, como el resto de clientela, porque rebajo bastante mis expectativas, de modo que es más sencillo quedar satisfecho. Soy menos partidario de los menús para llevar a casa, que es el envés de esta práctica del menú del día, a la que se entregan los establecimientos de comida preparada y algunos bares adictos a eso que por Yanquilandia llaman ‘take away’. Me permito sin embargo dar un consejo: el menú solidario de Rosana, carnicería en Vara de Rey con Huesca. No lo he catado jamás, pero veo su cartel ondeando en la puerta y pienso que merece la pena. Sobre todo, por la parte de la solidaridad.

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El orden de tu nombre
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Jorge Alacid | 28-06-2013 | 17:56| 0
No se lo digas a papá, bar de Barcelona

Repasando la última entrada dedicada al Bretón, compruebo que Logroño no escapa a una tendencia nacional en la rotulación de bares: falta de originalidad. En grado sumo. Los más comunes en toda España, según informa Coca Cola en la campaña que acaba de lanzar dedicada a lo mismo que este blog (la reivindicación del bar como depositario del espíritu español), son tres denominaciones que tampoco descubrieron América: Plaza, Avenida y La Parada. Con las dos primeras pueden encontrarse bares en Logroño; de La Parada, por el contrario, no tengo noticias.

Más corriente resulta titular al local con el nombre de la calle o plaza donde se ubica: ahí tenemos al mentado Bretón, a quien acompañan el Vigón (sí, de Jorge Vigón), el Colón de la avenida homónima, el San Juan de la calle San Juan y la Taberna del Laurel que, en efecto, se ubica en la calle Laurel… Hay tantos ejemplos logroñeses de esta corriente que no caben esta entrada. También son frecuentes los bares que te permiten repasar el atlas mundial. Londres, Roma, Lyon, Niza, Monterrey… Es común igualmente darles un aire extranjero (si no te gusta Londres, siempre nos quedará London) o bautizarlos con el nombre del propietario: aunque algunos no lo sepan, siempre he sospechado que quien puso en marcha el bar Sebas se llamaba Sebastián. Pero igual me equivoco.

Mis favoritos son sin embargo aquellos que incluyen alguna gracia, un gesto, un guiño que busca desde la rotulación la complicidad con la clientela. ¿Por ejemplo? Por ejemplo me encanta la humorada de quien le puso a su local nada menos que El Perchas, como el famoso taxista de aquella época en que parecía que sólo había un taxista en Logroño. Y sigo sin olvidar otros garitos desaparecidos cuyo nombre se repiten como un eco en mi cabeza: el bar Capri de Murrieta, ya citado aquí, donde sin embargo nunca vimos el Mediterráneo. O aquel pub situado más o menos enfrente, que impuso la moda de nombres con mensaje, tan ochentera: No se lo digas a papá. Que por cierto es un nombre que he encontrado en otros puntos de España (el de la foto es de Barcelona). Aquello de no se lo digas a papá era un consejo que los dueños se podían haber evitado: no, nunca se cuentan a papá según qué cosas. Ni a mamá. Aquel bar era contemporáneo del célebre y también difunto Yo qué sé, denominación harto curiosa que permitía el juego de palabras que su inventor probablemente deseaba. Algo así:
– Hija mía adorada, ¿dónde estuviste anoche?
– Yo qué sé, mamá querida.

Las últimas modas en hostelería me parecen que trabajan más este flanco de la nomenclatura, que para mí tiene más importancia de la que parece. Si nuestro bar de confianza carece de un nombre del que enorgullecerse, un imán que nos atrape desde el brillo del neón… Mal asunto. Les exigimos siempre un poco más. Saxo, Tivoli, Moderno, Donosti, Iturza, Gurugú, Bretón… Suenan contundentes, nos atraen desde que pronunciamos cada sílaba, porque poseen imagen de marca. Una poderosa imagen de marca, pese a que quienes así los llamaron lo ignoraran todo sobre mercadotecnia, que es un arte reciente. Aunque para mago del marketing, el artista a quien se le ocurrió aquello de El Soldado de Tudelilla, hermoso nombre que aún suena mejor en inglés como sugería Eduardo Gómez: The Soldier from Tudelilla.

P.D. Estas líneas se iniciaron recordando la campaña que Coca Cola ha impulsado más o menos coincidiendo con la apertura de este blog. Mientras sopeso si me querello contra la bebida de Atlanta y les pido que me indemnicen por los royalties que me han usuprado, no está mal eso de celebrar a  este sábado, un puñado de bares logroñeses se suma a la iniciativa, que promete animar los ya de por sí animados garitos de la ciudad. Incluso aquellos donde se toma Coca Cola.

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Un bar con mensaje
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Jorge Alacid | 26-06-2013 | 07:58| 4
Manuel Jabois y Colo, presentando 'Manu' en el café Bretón de Logroño

No recuerdo la primera vez que caí por el café Bretón. Tuvo que ser hace varias glaciaciones; lo que sí recuerdo es que me gustó desde el primer día. Alguien con amor por el negocio de la hostelería había montado en mi calle favorita un bar que era más que un bar. Aspiraba a galvanizar las tertulias locales, fijar una imagen distinta de las barras de toda la vida, demostrar que otra decoración era posible… Gusto por los detalles, buena música (hoy ya inexistente), amplia oferta cervecera, cafetera y coctelera… Bienvenido a Logroño.

Con el tiempo, aquel proyecto se consolidó. Su atractivo no consistía sólo en servir tragos de distinta condición a una clientela que se hacía más interesante a medida que el reloj avanzaba, sino que pretendía convertirse en faro ciudadano, uno de esos bares que se enseñaban a las visitas y te hacían quedar bien: aún recuerdo a una célebre diseñadora de moda alucinando con su estética tan conseguida y, sobre todo, con el enorme frutero desbordante de naranjas. Las fotos que pueblan sus paredes atestiguan que el Bretón alcanzó aquel grial que tantos bares ansían pero (ay) casi ninguno consigue: cambiar y seguir siendo el mismo. Lampedusa estaría feliz. ¿Su secreto? Yo creo que son sus camareros y que la propiedad me perdone, aunque gran parte del mérito supongo que será suya: conseguir que una orquesta afine y suene bien empastada no es tarea sencilla. Se necesitan años, entrega apasionada, la sensación de formar parte de un proyecto conjunto. La sensación de que puede que todo cambie pero será para que todo siga igual.

Llevaba tiempo deseando escribir sobre el Bretón , sobre sus azucarillos con mensaje, como enviados por náufragos apasionados de la rima, asonante a ser posible, robinsones de este lado de la barra. No encontraba el momento. El contexto, que se dice en periodismo. En realidad, no lo necesitaba: lo bueno de los bares es que siempre están ahí, de modo que la excusa para perorar alrededor de ellos surge de un modo natural. Por ejemplo, cuando allí se presenta un libro. Lo cual es sin embargo una rareza. Una rareza que por Logroño hemos interiorizado con gran sentido de la deportividad, como si un bar patrocinando un premio literario fuera cosa común, lo más lógico. En realidad, no lo es. Pero somos animales de costumbres: igual que entramos en este segundo Bretón luego de su mudanza, como si nada hubiera pasado, nos hemos ido adaptando a la singularidad que supone ver un bar adherido a la solapa de esos libros que recitamos como una alineación. De Prada (antes de convertirse en el actual De Prada), Benítez Reyes, Ostiz, Zarracina, Iwasaki… Un manojo de apellidos ilustres que confluyen este año en otro de deslumbrante prosodia: Jabois. Dan ganas de pronunciarlo a la francesa, un chiste que el dueño del apellido ya habrá sufrido: Manuel Yabuá.

Si hoy visito el Bretón desde este blog y rememoro las noches algo insomnes como miembro accidental del jurado de su premio literario, compartiendo alguna confidencia con su dueño de corazón tan azulgrana, es porque acaba de a albergar el enésimo acto cultural. El mentado Jabois ha presentado su premiado ‘Manu’ y como es un libro que me ha gustado, que me ha gustado mucho, que me ha gustado muy por encima de mis expectativas y supongo que de mis prejuicios, confío en saldar con estas líneas la deuda que un cliente agradecido mantiene con los bares que cuidan de su buen estado de salud. A cambio, no le pido demasiado. Le pido lo que a todos. Que administren con sabiduría el secreto vínculo con su parroquia, que no exageren con la caja registradora, que no olviden que un bar es más que es un bar. Y de paso, aprovecho para pedirle dos favores, convencido de que no me los concederá: que abandere el regreso del medio cubata. Y que quite la tele.

P.D. El café Bretón no es el único local logroñés así denominado a lo largo de la historia, aunque hoy sí ostenta tal honor en solitario. Que uno recuerde, hubo un bar Bretón ya hace años clausurado en la calle Mayor, frente a la calle de la Merced, en cuyas mesitas más de una vez consumimos solitarios tragos en el invierno de la adolescencia. Era un jalón más de la ruta que incluía el Tigre y el Iturza y desembocaba luego en otro garito difunto, el Cuatro Calles. Del Bretón aquel no olvidaré nunca un detalle que me alucinaba: que tenía agua de pozo. Que la ronda por la Mayor acabara por incluir un vaso de agua siempre me pareció un signo de distinción inmejorable.

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¿Un café, un euro?
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Jorge Alacid | 21-06-2013 | 15:32| 55
Café a un euro, en un bar de la Gran Vía logroñesa

En aquel lejano 1 de enero del 2002, España se sometió a la dictadura del euro, dijo adiós a la vieja y entrañable peseta y, en consecuencia a los consumidores nos volvieron locos. Un poco más locos. Por ‘culpa’ (es un decir), de la difícil conversión aritmética en pesetas de la nueva moneda, se permitió al empresariado español una argucia que, en aquellos años en que andábamos majaretas perdidos y creíamos que nuestro país era Las Vegas, le funcionó muy bien: de repente, lo que costaba 100 pesetas pasó a costar 166. No es que valiera esa cantidad, ojo: es que eso era lo que te cobraban. Un sablazo en toda regla que a algunos nos hizo daño donde más nos dolía: en el cafelito. En el corazón: creíamos que los clientes les importábamos un poco más a los dueños de nuestros bares de confianza.

Por entonces, todavía era común según recuerdo tomarte el cortado por unas 90 o 95 pelas, aunque lo habitual era que costara 100 o que incluso subiera al entorno de las 105 o las 110 en algún local de postín. Para lo que nadie estaba preparado era para aquella multa que súbitamente nos impusieron en aquel duro invierno: recién implantada la moneda única, en la mañana del día 2, ya nos pidieron un euro en algún bar (¡¡¡cerca de 70 pesetas de diferencia!!!). Lo pagamos confundidos mientras hacíamos cábalas mentales y para cuando nos habían dado las vueltas o analizábamos el ticket, mientras salíamos del bar todavía envueltos en cálculos y más cálculos, ya era tarde. Se acababa de instaurar la dictadura de un café, un euro. Pronto hubo bares a quienes la subida se les hizo corta: 1,05, 1,10, 1,15… Uno se iba indignando en la misma proporción pero como miembro de la masa borreguil española iba aceptando cada multa hasta que un día dijo basta: fue cuando en un bar me impusieron una sanción de 1,20 por el café. No he vuelto a semejante garito, que es una forma de protestar discreta y cobarde, lo admito, pero efectiva: no verán ya mis huellas dactilares en sus tazas ni en sus cucharillas.

El caso es que, pese a este tipo de desplantes de la clientela, el café trepó por el IPC hasta olvidar el tiempo en que incluso cuando lo cobraban a un euro ya nos parecía una exageración. De ahí que me llamase la atención, a medida que iba dando entrada en el blog a la serie sobre tapas gratis en los bares de Logroño, que en paralelo a esta tendencia haya surgido entre nosotros una iniciativa similar: la de esos bares que, como se observa en esta foto tomada en la Gran Vía, han vuelto sobre sus pasos y ofrecen de nuevo el café a un euro. Aleluya. Albricias. En esta regresión que trae consigo un ciclo económico tan sombrío, no sólo te invitan de vez en cuando a alguna golosina dulce, sino que incluso se rebaja el precio, prodigio que no he visto en otros negocios. Ni siquiera en la propia hostelería logroñesa: las tarifas siguen en general por las nubes, pero el café se ha plegado a esta nueva norma que debería haber sido lo habitual hace años. Pero, en fin… Aceptamos su arrepentimiento y animamos al resto del sector a imitar a sus colegas más generosos. Si algún improbable lector se anima, podemos ir recopilando sus aportaciones: a ver si sale otro mapa de los bares con cafés a un euro.

P.D. La foto que ilustra estás líneas está tomada en la Gran Vía, a la entrada del bar Skape, uno de los ganados para esta causa de un café, un euro. No he comprobado si tal milagro se ha extendido por otros bares del centro, pero un amable corresponsal me informa de lo siguiente: en la degustación de El Pato de Hermanos Moroy, con José al frente de la barra, también lo ofrecen a un euro.

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A esta ronda invita la casa
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Jorge Alacid | 19-06-2013 | 08:46| 0
Las tapas gratis, en la portada de Diario LA RIOJA

Nuevas tapas, nueva entrada en el blog. Compruebo que esta idea de dotar a Logroño de la misma estrategia tan común en otros bares donde te ofrecen algún detalle gratis gana adeptos, lo cual no equivale precisamente a descubrir el Mediterráneo: cualquiera lo podía esperar. Pero es verdad que, al margen de lo que reclame la clientela, el debate gana sentido porque son los propios hosteleros quienes se suman a la iniciativa y hasta la lideran. Que en la mayoría de los bares de Logroño se siga ignorando esta práctica es tan evidente como que, por el contrario, muchos sí la han hecho suya, la utilizan como reclamo frente a la competencia y alcanzan el éxito: su popularidad no deja de crecer, sin que por ello decaiga su profesionalidad ni se mitigue la calidad de su oferta gastronómica. Más bien al contrario.

Así que una vez superada la primera oleada, parece pertinente hacer recuento de novedades. Porque hay unas cuantas. Diario LA RIOJA dedicó el pasado día 7 de junio un extenso reportaje en su cuadernillo semanal GPS al mencionado asunto, donde se recopilaban las aportaciones anotadas en este blog a partir de la experiencia propia (las menos) y los avisos de los lectores (los más) pero se incluían también otras distintas. Martín Schmitt, compañero en esta casa, recordó que el Lyon de Jorge Vigón ofrece patatas fritas con cada consumición y que el Perejil de Gil de Gárate sirve una amplia oferta de tapas también gratuitas, aunque su predilecto es el Boston de República Argentina, “donde te ponen hasta huevos rotos”. Y otra compañera, Estibaliz Espinosa, añadía por su cuenta un local de la plaza Primero de Mayo, el Patio de Mayo, donde también invitan al pincho con la consumición.

En el reportaje de Diario LA RIOJA se agregaban otras pistas, como el Jaspyr (Somosierra 24), donde ofrecen desde hace cuatro años una tapa gratis con cada trago a cambio de 1,50 euros. O el Ceres de la calle Hermanos Moroy, que entre lunes y jueves acompaña la consumición con una cazuelita de bravas; o La Pizarra de la calle San Juan, Nuestro Bar de la calle Huesca, el Sagasta de Muro de Cervantes, El Bulevar de avenida de la Paz, La Jala de la calle Santiago… Y una curiosidad: se mencionaba también al Colonny de Portales, donde con el desayuno se ofrece una rica tostada de pan con tomate y aceite para enriquecer el desayuno. Doy fe: vi las rebanadas desplegadas ante mí la única vez que he estado en ese bar en horario de mañana pero ni se me ocurrió que fueran gratis. No se me pasaba por la cabeza. Se ve que mi mentalidad tan logroñesa no estaba preparada para ser obsequiado con un detalle tan generoso. Os dejo el nuevo mapa de tapas, con las recientes incorporaciones.

P.D. Recientes expediciones a Madrid me confirman que por el foro se sigue sin conocer al bar que se haya arruinado por ofrecer un triste puñado de cacachuetes o un modesto plato de aceitunas para acompañar la bebida. En cualquiera de ellos te invitan a algo; tengo observado que incluso los bares dedicados a esa gloriosa tradición española del menú del día obsequian con una cazuelita según se sienta su cliente. No tengo noticias de que por Logroño ocurra algo semejante, pero no me importaría equivocarme. Sigo abierto a sugerencias que me saquen de mi error.

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Los bares de todos
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Jorge Alacid | 14-06-2013 | 17:49| 0
Cafetería del Ayuntamiento de Logroño (foto de Justo Rodríguez)

Hace poco nos enteramos de por qué Zapatero pensaba que los cafés costaban menos de un euro: se ve que sólo los tomaba en el bar del Congreso, cuyos abastecedores se permiten ciertas alegrías en su política de precios. No sólo en el cafelito que sirven a 80 céntimos, sino en la ingesta de destilados que ofrecen a tarifas revolucionarias: ¡¡¡cubatas a  tres euros y medio!!! O, mejor dicho, los ofrecían: visto el revuelo levantado por los copazos de nuestros representantes, en la  Cámara Baja se lo han pensado mejor y ahora anuncian otro pliego de condiciones para la concesión de los servicios de cafetería durante los próximos cuatro años. Unas condiciones más cercanas al sentido común.

Por lo tanto, adiós (momentáneo) a esas tarifas tan agresivas que se anunciaban: desayuno completo por 1,05 euros, menú del día en autoservicio a 9 euros (dos platos y postre), copa de Ron Habana Club de siete años a 5,65 euros… En su intención inicial, los responsables del Congreso explicaron que se trataba de precios tasados, que la cafetería cumple otros cometidos, que tiene horarios extraños en función de la demanda de la Cámara…

Argumentos que suenan raros, aunque puede que no lo sean: animado por la polémica desatada por los copazos de sus señorías, pregunté en el Ayuntamiento de Logroño cómo configuran sus propios pliegos de condiciones en las cafeterías municipales… que son más de las que uno se puede imaginar. No sólo incluyen al propio bar del edificio municipal: hay que añadir las cafeterías del Embarcadero, el bar del parque del Ebro y el del parque González Gallarza, La Fundación del parque del  Carmen, el quiosco del parque de La Ribera y el quiosco del Espolón; fuera del núcleo urbano, se añade la cafetería de La Grajera, que cierra en época invernal. En total, ocho establecimientos que tienen su propio pliego de condiciones y que no admiten otras intromisiones desde el Ayuntamiento; es decir, que cada uno puede fijar su propia hoja de precios, como señala el concejal Pedro Sáez Rojo. Con una salvedad: el mentado bar de la propia sede consistorial, al que se impone una serie de precios máximos porque las distintas corporaciones han entendido que ofrece un servicio más a los trabajadores municipales, al margen de que también esté abierto a cualquier otro cliente. “En el caso de los demás bares”, añade Sáez Rojo, “como están diseminados por todo Logroño se prefiere no imponer los precios para no lesionar la competencia de los que están situados en sus respectivos entornos”.

Así que volvemos al principio. ¿Cómo se sustancian las exigencias del Ayuntamiento en los servicios que ofrece la cafetería municipal? Pues en que su horario es idéntico al de las oficinas del propio Consistorio y sus precios, sensiblemente inferiores, fruto de la mentada política de tarifas máximas: según establece el pliego municipal, cada oferta para hacerse con los servicios del bar debe detallar de a cuánto sale cada consumición. Incluye también otra particularidad que desanimará a los amigos de la polémica: aquí no se sirven copas, a diferencia del bar del Congreso. Es decir, de alcohol, sólo vino, cerveza y vermú. Y, en efecto, la cuenta sale barata: una caña más un bocata, por ejemplo, se sirve a 2,65 euros. Y el cortado es el que se tomaría Zapatero: sólo tendría que abonar 95 céntimos.

P.D. Desde el Ayuntamiento logroñés me facilitan estos datos con las concesiones de sus establecimientos hosteleros, que comparto aquí porque pienso que tienen su interés.                                                               Bar Playa del Ebro, (1.495,26 euros de cánon); bar Parque del Carmen (632,17 euros); Quiosco Espolón (2.963,93 euros); bar Parque González Gallarza (2.552,61 euros); cafetería-mirador Parque del Ebro (102,90 euros); bar Parque La Grajera (63,50 euros, cierra en invierno); bar Parque del Ebro-Ribera Campus (1.231,04 euros).

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