La Rioja
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Cómo conocí a vuestros jefes (Bares televisados II)
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Jorge Alacid | 29-03-2013 | 15:34| 3
Amigos en Central Perk

Como avisaba en una entrada anterior, la evolución de las series televisivas consagra un esquema de guión que, en el caso de las comedias de situación, puede formularse así: una historia general más dos secundarias es igual a un decorado principal y dos secundarios. Es entonces cuando aparece por regla general nuestro amigo el bar. Que ocupa un espacio episódico en series como ‘Dos hombres y medio’ (y ahí tenemos a Charlie Sheen haciendo de sí mismo mientras pide otra copa en el bar de guardia, que en algún lado leí que se llamaba Harpers), pero que ejerce a veces un papel protagonista: qué seria de los amigos de ‘Fiends’ sin su Central Perk, falso café regentado por el gran Gunter, con su sofá y sus mastodónticas tazas y sus gigantescos platos…

Amigos en McLaren´s

Imposible imaginar a sus hermanos pequeños (Barney y el resto del elenco de ‘Cómo conocí a vuestra madre’) lejos de McLaren´s, bar imaginario (aunque por internet encuentras a quien asegura que es real… y también que Elvis vive) empotrados siempre en la misma mesa y sometidos a una dieta que definitivamente ha dejado atrás las infusiones y la cafeína de Ross, Phoebe y resto de la alegre pandilla en favor de tragos más maduros, más acordes con la nueva era. Ahí tenemos la primera (gran) diferencia: el punto bobalicón de los clientes de Central Perk frente a la obsesión por el alcohol y el sexo de la cofradía de McLaren´s. Es decir, del humor naif y un punto ñoño a la comedia gamberra: eso es lo que denominan un salto generacional.

Amigos, el Bada Bing

Los dos bares quedan emparentados en nuestro imaginario televisivo por una razón de peso: tienen muy buena pinta. No son Cheers, pero a uno no le hubiera importado tomarse un capuccino con Jennifer Aniston o una copa con cualquiera de las amiguitas de Barney. Ambas son barras a la neoyorquina, sin ese punto canalla que sin embargo el cine ha sabido capturar mejor: desventajas de tener que inventarse una historia para todos los públicos. Problema del que carece el rey de los bares televisados, situado al otro lado del río Hudson: esto es, la diferencia entre la glamurosa Manhattan y la sórdida Nueva Jersey. La diferencia llamada Bada Bing, estupendo tugurio multitarea propiedad de Silvio Dante, lugarteniente de Tony Soprano.

En el Bada Bing, clave de arco del conjunto de la serie, se puede tomar una copa de alta graduación etílica, por supuesto, pero sirve para más cosas: ver cómo se contorsionan las remesas de siliconadas bailarinas en top less que forman parte de los atractivos del local. Sirve para los almuerzos de la tropa del gang mafioso, instalados sus miembros eternamente en esa rebotica que también se puede emplear como escenario de un crimen o de varios. Sirve para el trapicheo de droga a cargo de los amigos de Bin Laden. Sirve para tertulias inacabables sobre esto o aquello, bien regadas de pastrami. Sirve como centro de negocios, puesto que en su seno se diseñan operaciones de cierta envergadura delictiva como bien sabe el FBI, cuyos agentes acostumbran a visitar el garito para sortear (o no) la tentación del soborno. Además, pone buena música: Jefferson Airplane, Elvis Costello, Otis Redding, los Kinks, los Rolling, Dylan…

No tiene gran mérito: conocemos al pinchadiscos, porque a Silvio lo encarna con singular intuición Steve Van Zant, músico fetiche de Bruce Springsteen. El hostelero perfecto: aguien acostumbrado a hacer la vida mejor a sus jefes. A The Boss, por supuesto; también al cabecilla de los Soprano; y, obviamente, a nosotros: a los que pagamos esta ronda televisada.

P.D Gracias a Gustavo Franco, creador del blog tribunalatina.com, me entero de que ‘bada bing’ es una expresión reconocida por el Diccionario Oxford de Inglés para enfatizar que algo predecible y con esfuerzo ocurrirá. Algo violento. Según relata Franco, los creadores de Los Soprano, se inspiraron para bautizar su garito en una escena de El Padrino: cuando Al Pacino (Michael Corleone) explica a su hermano mayor heredoro del clan, Sonny Corleone (interpretado por James Caan), cómo hacerse con la supremacía de las familias mafiosas, éste lo subestima y le asegura que muy probablemente alguien podría apuntarle en la sien con un arma y hacer “bada bing!”.  Y por cierto que el club existe, aunque no con ese nombre: es en realidad un club nocturno en la Ruta 17 en Lodi (Nueva Jersey) llamado Satin Dolls.

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Tragos y naipes
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Jorge Alacid | 26-03-2013 | 15:41| 4
Los jugadores de cartas, según Paul Cezanne

Echa uno la vista hacia atrás y concluye que si ha frecuentado tantos y tantos bares, trasegado tragos de distintas categorías, engullido viandas de todo pelaje, es porque (entre otros factores) sus veladores constituyeron durante largo tiempo una extensión del hogar familiar, hábitat idóneo para uno de los grandes pasatiempos nacionales: las cartas. O sea, jugar a los naipes, a veces también a los dados. Entre partida y partida, apuesta va y apuesta viene, varias generaciones de logroñeses han hecho suyo alguno de los bares de su ciudad, se han apoderado de sus tapetes y desgastado las barajas, mientras el tabernero rellenaba los vasos y el bolsillo del parroquiano se iba aflojando a cambio de convertirse en perito en julepe.

El mundillo de los bares adictos al naipe es en Logroño proclive a las leyendas. No sólo porque cada logroñés lleva dentro un campeón imbatible al mus (por ejemplo, quien esto escribe), sino porque se cuentan tantas historias sobre fortunas perdidas en una mala noche de póker, tantos próceres locales en plan burlanga, que es difícil saber dónde empieza la verdad, dónde acaba la exageración. Lo que puedo asegurar es que las mesas que me tuvieron entre sus clientes no movían grandes botines. Apenas se jugaba uno la consumición y a otra cosa: lo interesante era lo que ocurría mientras tanto. Porque cuando se repartían las cartas, se estrechaban lazos de amistad con el compañero o los rivales y se medía la naturaleza de la condición humana: la mesa de juegos representa un microcosmos muy útil para entender de qué va esto tan raro de vivir. El astuto, el codicioso, el ingenuo, el jeta… Los diferentes estereotipos que hallabas al salir del garito se podían ver allí mismo, entre aquellas cuatro paredes.

En mi caso, las cuatro paredes del José Mari, bar de avenida de Colón que ahora se ha encarnado en otro nombre, aunque su fisonomía es todavía la de siempre: la barra a la derecha según se entra y al fondo, un cubículo conectado con la cocina, un recoleto lugar para darle al mus, al tute o al subastao, las tres disciplinas más habituales en aquel recinto. El José Mari tenía como principal aliciente la discreción, factor clave en este ámbito, porque el jugador de cartas es muy celoso de su intimidad y no quiere que le vean ganando ni (mucho menos) perdiendo. Y a esa discreción ayudaba lo recóndito del rincón donde se jugaba y la discreción propia de quienes regentaban el bar, el propio José Mari y su esposa, a quienes sigo recordando con cariño. Como tantos hosteleros de su generación, allí los podías ver (casi) los 365 días del año, defendiendo su barra con gran sentido de la profesionalidad. Garantizando a sus clientes lo que éstos ansiaban: estar como en casa. O mejor.

Algunos raros días el bar José Mari cerraba (los domingos, creo recordar) y sus fans teníamos que emigrar. No íbamos muy lejos. La alternativa más común obligaba a caminar sólo unos pasos, en dirección al Colón de maese Basilio, que disponía de un espacio bajo el nivel de la calle donde era típico encontrarse con su parroquia conspicua tirando de naipe sin muchas ganas de compartir aquel rectángulo con clientes menos habituales. Y si también el Colón fallaba, como recurso de emergencia se podía buscar amparo en el Neira de Albia de Castro o el Alhambra de Marqués de la Ensenada. No hubo más. Apenas acudí a otras timbas como las que era fama que se organizaban en el Moderno o el Gurugú. Y claro: también fui informado de otras celebradas en rincones opacos, clandestinas manos de póker donde alguna fortuna cambió de propietario y sé de algún prohombre arruinado por culpa de una escalera de color. Pero evito dar detalles. Prefiero hacer bueno el mandato con que los jugadores saludábamos a los mirones que asistían a nuestras partidas: los de fuera, a callar. Y a sacar tabaco.

P.D. No sólo de naipes vivía el jugador que se hacía fuerte en su bar de confianza. Menos habitual, pero también típico, era jugarse la consumición a los dados, moda que se fue desinflando y creo que hoy agoniza. No sé la razón, pero los dados tenían peor reputación. Tal vez, por la costumbre bastante extendida de jugar con ellos al 7-14-21, pasatiempo también periclitado. Era algo así: el que sacaba el pito número 7 pedía una consumición, que pagaba quien sacaba el número 14 y consumìa el afortunado con el número 21. Afortunado, sólo a veces: era común pedir pócimas extrañas, bocados asquerosos… La gracia, la puñetera gracia, consistía en que en algún momento le tocara a la misma persona pedir la consumición, pagarla y tener que tomársela, sobre todo si era alguna guarrada. Así que, bien pensado, no me extraña tanto que los dados sean hoy un juego difunto.

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Un bar con nombre de bollo
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Jorge Alacid | 21-03-2013 | 20:12| 0
Café Suizo de Haro, en la plaza de la Paz

El Suizo es ese café con nombre de bollo, un bar que comparte su denominación con la golosina homónima, desplegada por toda España, La Rioja incluida. En efecto, Logroño tuvo su Café Suizo, ya desaparecido, aunque muy presente en la memoria de sus ciudadanos más longevos. Se alzaba en la calle que hoy conocemos como avenida de La Rioja, en pleno Espolón, y ejercía según parece como imán vecinal, una de esas barras que pronto se convierten en referencia, sobre todo porque entonces escaseaban: así sucedía a principios del siglo XX, cuando el Suizo se ofrecía como el faro que iluminara el ocio logroñés, entonces una conquista todavía reciente.

En efecto, a todos los cafés suizos que se diseminaron por el solar patrio se debe la entronización no sólo del café, sino de la tertulia que surgía de modo natural, ese Parlamento oficioso que tanta literatura generó hasta hace no tanto. Lo cuenta el prestigioso historiador Antonio Bonet Correa en su imprescindible volumen ‘Los cafés históricos’, donde señala el año de 1881 como fecha fundacional de estos cafés, cuyo nacimiento sitúa en Bilbao. De ahí se fueron expandiendo por Madrid, Pamplona, Sevilla, Granada… Nada menos que 53 establecimientos de estirpe helvética llegó a alojar el suelo español, tres de ellos en La Rioja que uno sepa: el citado de Logroño, el también desaparecido (ay) de Santo Domingo y el que motiva estas líneas: el Café Suizo de Haro, hermoso ejemplo de esta tipología que tanto encanto procura a las ciudades que aún los acogen y se resisten a derribarlos.

¿De dónde nace su atractivo? La respuesta es sencilla: de que sirven como testimonio de un tiempo que ya cesó. Por lo general se ubican en edificios de arraigado sabor y estilizada arquitectura fin de siglo, en el corazón de las localidades que los albergan. Despliegan una teoría de veladores así en la terraza exterior como en su interior: la primera, paso de paloma obligado para enterarse de por dónde discurre la vida ciudadana; la segunda, escenario de improvisadas tertulias bien regadas, donde un día descolló el vate local, velaron sus primeras armas los aspirantes a escritor o ejerció como virrey el literato de guardia. Si hoy refresco el recuerdo de estos cafés suizos es porque fui adicto al de Santo Domingo y todavía hoy aguardo el milagro de que reabran sus puertas cada vez que enfilo El Espolón calceatense. Y soy igualmente adicto al de Haro, que visito cada vez que asomo por la plaza de la Paz, que hoy imagino rebosante de la curiosidad de indígenas y forasteros por la flamante exposición La Rioja Tierra Abierta.

Así que allá va este consejo: si acude algún improbable lector uno de estos días por Haro para deleitarse con la recién inaugurada muestra y quiere conocer de primera mano un destilado de la escencia local, déjese caer por el Suizo. Tiene los escenarios de la exposición a un paso, a mano también La Herradura y el horno de Terete; la estupenda vista de su arquitectura de los siglos XIX y XX merece también un paseo, que puede concluir en La Florida. Puede elegir igualmente entre las bodegas de todas las épocas para echarles un pormenorizado vistazo. Pero, sobre todo, merece la pena deleitarse con ese aroma de otra época, con la sensación de que visitamos uno de esos bares destinados pronto a ser barridos por la modernidad mal entendida, le confiere un aire especial a la visita. Y de paso uno se reconcilia con el oficio de camarero, que en estas paredes se desarrolla con gentileza y profesionalidad.

P.D. Cita Antonio Bonet en el libro citado cómo el invento del café suizo se debe a dos viajeros que, procedentes del país alpino, arribaron un día de 1881 a Bilbao y mientras esperaban el velero que les llevara hasta América se vieron sorprendidos por la costumbre de que los mocetes que paseaban por el Arenal de la mano de sus niñeras: cada tarde su merienda consistía en pan con chocolate. Así que Matossi y Franconi, que así se apellidaban ambos caballeros, decidieron quedarse en la villa vizcaína, tomaron asiento en el corazón del Bocho y empezaron a sacar de un horno sus bollos de leche recién cocidos. Éxito rotundo: había nacido el bollo suizo, que hoy todavía resiste. Nuestros amigos fundaron pronto una pastelería que concitó el aplauso de los bilbaínos y, con buena lógica, acto seguido abrieron un lugar donde untar el bollo: es decir. un café. Un café, por supuesto, suizo.

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El Ibiza de Jerónimo (Bares dedicados X)
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Jorge Alacid | 18-03-2013 | 19:24| 4
Jerónimo Jiménez, cronista que fue de Logroño

Publiqué este artículo en Diario LA RIOJA en 1998. Lo recupero ahora porque llevo todo el día acordándome de Jerónimo Jiménez, con quien compartí alguna confidencia en esta casa y a quien guardo gran aprecio. Hoy hemos conocido que se va a recuperar en la web municipal su libro sobre las calles de Logroño y le he dedicado cinco minutos de cariñosa memoria, los suficientes para recordar que estas líneas sobre el Ibiza que le tenía entre su clientela fija las escribí gracias a su prodigioso amor a la ciudad que le tuvo de cronista oficial. Así que va por usted, maestro.

“En el principio, fue La Granja y también ahora fue la primera en pasar por el quirófano. Manos hábiles reformaron sus dependencias, mantuvieron esa barra curva que confiere al bar la condición de navío e introdujeron, más allá del lavado de cara, novedades tan imprevisibles como las diapositivas que ahora se exhiben desde la tremenda escalera. La pasada semana, también el Ibiza concluyó su cirugía estética. Del trance sale con evidentes alusiones a la isla que le da nombre asomando entre las vidrieras y un reloj descomunal presidiendo la zona de mesas. “Tenemos la lista de precios más antigua de Logroño”, avisan sus propietarios, que lo son desde quince años atrás. “El bar tendrá unos sesenta”, reitera uno de ellos, Lucio, mientras anuncia la habilitación de un espacio para ofrecer comidas al mediodía y anticipa una barra plagada de tentaciones para el paladar. El resto de los cambios afecta más a las entrañas que al exterior. Se ha mejorado el espacio para los camareros, remozado los lavabos y ya augura una terraza más ambiciosa que la original, beneficiaria de la ganancia de acera propiciada por la vecina reforma de El Espolón.

Apenas queda rastro del antiguo bar americano, aunque su emplazamiento permitirá al Ibiza continuar erigido como faro que guía al viajero recién arribado a Logroño. “La popularidad del Ibiza”, confirma Eduardo Gómez, logroñés de pro, perito en bares, “radica en que allí quedaba todo el mundo cuando venía a Logroño. Como estaba en El Espolón y al lado del Gobierno Civil, era el sitio más idóneo”. Aunque en los últimos años, una colección de fotografías antiguas insinuaba cierta dependencia al mundo pelotazale, el Ibiza apenas ha registrado filiación alguna. “Nunca fue como La Granja, que era el bar de los toreros porque se alojaban muchos enfrente, en La Numantina“.

En ambos bares reinó otro riojano hijo del siglo, el gran Pepe Blanco. En el Ibiza se arrancó por primera vez ante el público, en La Granja lo recuerda el cronista haciéndose cargo de la consumición de los parroquianos. No es la única coincidencia. Los dos bares están unidos por sus barras tan sinuosas y por haber compartido un tiempo semejante, el Logroño de principios de siglo que vio nacer a La Granja, la ciudad que atravesó la postguerra en el caso del Ibiza.

Imagen de la cafetería Ibiza, fotografiada por Justo Rodríguez

“El Ibiza nació en 1941”. El dato exacto lo esgrime Jerónimo Jiménez, no sólo cronista logroñés, sino habitual de la cafetería de Muro de la Mata, donde confiesa consumir alguna tarde, parapetado entre sus escritos. La nostalgia le invade cuando recuerda el viejo Espolón, cuyo frente de soportales -entonces, todavía sin ellos- proponía un recorrido por un tipo de establecimiento hoy desaparecido: “café-concierto”. De los recuerdos de Jiménez emergen nombres de resonancias míticas, como el Continental, el Danubio, el Comercio o el Ringo, también el Aéreo-Club, aunque pertenezca este último a otra estirpe ajena a aquellos bares que en la posguerra calentaron el ánimo de los logroñeses con un cóctel de café y pasadobles. “En las cristaleras de cada bar”, precisa, “se anunciaba con pintura blanca la actuación de ese día. Parece que lo estoy viendo: ‘Hoy actúa fulanito, con la orquesta Creación y su cantor Cambero’. Cada café tenía un estrado al fondo y en verano, todos sacaban las terrazas al mismo Espolón”.

Melancólico, el cronista de Logroño aporta fechas para una historiografía de la hostelería local. Cita el Moderno, inaugurado como Novelty en 1925, o su querido Palacio del Billar (después, Las Cañas, junto al Gran Hotel), abierto en 1933. Añade los casos de otros establecimientos tan veteranos y aún activos como el Gurugú, el Royalty o el Tívoli -antiguo Bar Puerto Rico, con sus billares- hasta detenerse en La Granja, nacida el 17 de septiembre de 1927 y protagonista de un itinerario común a estos bares: de café, a cafetería. “La Granja y el Ibiza pasaron en los 60 a convertirse en otra cosa. Desaparecieron los antiguos cafés con música en directo y los sustituyeron por el diseño con que ahora les conocemos”. Pioneros en la tipología de bar americano, vagamente deudores de la estética del Chicote madrileño, en ellos no queda nada, se alegra Jiménez, del sobresalto que produjo la transformación del Ibiza, operada en 1960, cuando su barra se pobló de camareras. Nada menos.

P.D. Repasando este viejo escrito reparo en su título, que resultó profético: ‘Logroño, en sus bares’. Parece que se trataba de una premonición que me ha perseguido durante 15 años y ha desembocado en este blog. Era, como se habrá deducido, una mera excusa: aprovechando que La Granja e Ibiza se habían remozado, fui repasando con la ayuda de Jerónimo y Eduardo la historia sentimental de nuestra ciudad. Y mientras el Ibiza, tras no pocos contratiempos, ahí sigue con sus puertas abiertas, ver clausurada La Granja es otra herida en nuestro corazón tan logroñés.

 

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Bares televisados (Donde todo el mundo sabe tu nombre)
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Jorge Alacid | 14-03-2013 | 16:25| 2
Los hermanos Crane, Niles y Frasier, compartiendo un café

Llevaba tiempo pensando en publicar un post sobre un asunto decisivo en mi educación sentimental, la fusión entre bares y televisión, pero no acertaba a dar con el vínculo adecuado. Hasta que leyendo hace días el último número de ‘Jot Down’ como San Pablo de su caballo, yo me caí del sofá: ahí estaban los hermanos Crane, Frasier y Niles, compartiendo confidencias en el café que ejerce de alternativa al sempiterno decorado de sus peripecias, el apartamento de Seattle con vistas a la célebre torre Space Needle… Ese café, una especie de miniStarbucks (franquicia que por cierto también nació en Seattle), encerraba la línea argumental que yo buscaba, porque así fue como conocí a mi psiquiatra favorito: como cliente de un bar. Pero no de cualquier bar. El bar catódico llamado ‘Cheers’. El bar donde todo el mundo sabe tu nombre.

El elenco de 'Cheers', en el figurado bar homónimo

‘Cheers’ representó para mí durante años la cumbre de la teleserie de humor. Me gustaba tanto, la tenía y tengo tan idealizada, que me resisto todavía hoy a ver algún capítulo: temo que haya quedado desfasada. Que me defraude. Su galería de personajes, desde el protagonista a los secundarios, me parece inigualable. Los guiones funcionaban como relojes suizos y cada detalle (la sintonía, los títulos de crédito, los botellines de agua de Ted Danson) ayudaba a construir una atmósfera especial. Eso que llaman magia: la magia de la tele, sumada a la magia de un bar donde a mí me hubiera gustado pasar un rato. No lo descarto: aunque tropecé hace nada con un hermano gemelo de aquel garito paseando por Dublín, el original se sitúa en Boston, ciudad que merece una visita aunque sólo sea para acodarse en aquella barra formato circo romano, donde un grupo de perdedores (mi favorito era el gordo llamado ‘Noooorm’) se daba mutuamente carrete a la espera de que cayera por allí algún listillo. Un tal Frasier, por ejemplo.

Nuestro hombre, el neurótico caballero interpretado por el estupendo Kelsey Grammer, protagonizó una de las primeras ‘spin-off’ que yo recuerdo: el salto de una serie a otra a través de las aventuras de un secundario de la primera que pasa a ejercer como epicentro de la siguiente. Una pirueta que suele dar malos resultados pero no en este caso: Frasier me sigue pareciendo otra cumbre de la comedia de humor, ese artefacto fabricado en Estados Unidos con un talento inimitable. En menos de una hora, tres vetas narrativas se entretejen alrededor de la columna vertebral del relato (las desventuras de un pobre diablo y su consultorio radiofónico, atormentado por sus neuras y sus fracasados ligues), mientras un coro de comediantes en estado de gracia compiten en destreza para el gag, la ironía seca, el chiste con doble y triple lectura, la gestualidad propia del cine mudo… Veo algún episodio de Frasier de vez en cuando y continúa siendo un producto de elevada calidad: nunca decepciona y muchas veces te lleva lejos, muy lejos.

Grupo de 'nerds' tomando algo en el bar de la facultad

Tan lejos como que a través de sus héroes veo el precedente de otra serie actual que (me parece) trata de lo mismo: unos inadaptados haciéndose fuertes en casa y concediéndose apenas un respiro para citarse en un café… o en el bar de la facultad. En las entrañas de ‘The big bang theory’ he creído encontrar otra línea de continuidad: si ‘Frasier’ es ‘Cheers’ por otros medios, el inmarcesible Sheldon Cooper puede declinarse como una suerte de hermano menor del gran Niles Crane, a su vez hermano menor de Frasier. El actor David Hyde Pierce, comediante de primer orden, semeja a Jim Parsons (Sheldon) en sus manías, sus problemas con las tías, su pedantería, su nula habilidad social… Podemos ver a Niles como el primer ‘nerd’ televisivo igual que puede uno asomarse a cualquier episodio de ‘Cómo conocí a vuestra madre’ y coincidir conmigo: ah, aquí están los hermanitos pequeños de Ross, Chandler, Phoebe y compañía. Que de eso irá la segunda entrada de esta serie sobre los bares televisados.

P.D. Gracias al citado ejemplar de ‘Jot Down’ me entero de la atormentada vida de Kelsey Grammer, cuyas peripecias os recomiendo conocer. Y me entero también de que el propio actor, fanático de la música, interpreta la canción que cierra cada episodio de ‘Frasier’. El tipo tiene clase.

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Bar de frontón
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Jorge Alacid | 11-03-2013 | 19:35| 4
Daniel y Juan Pablo García Jiménez (Federación Riojana de Pelota)

En 1993 colaboré en un libro de la Federación Riojana de Pelota, que conmemoraba sus primeros 50 años, por invitación de Carlos Muntión. Le envié este artículo que recupero aquí, que tiene que ver con la pelota como Moby Dick con la caza de ballenas: es decir, que es la excusa. En realidad, hablaba de un bar. El de las piscinas de Cantabria. Se titulaba ‘Échale la culpa a Emiliano’.

Emiliano tuvo la culpa. Cada mañana de domingo, cada tarde de verano, un puñado de curiosos tomaba al asalto el emparrado el banco corrido alineado contra la pared continua al rebote. Era la misma pared de donde nacía la puerta trasera del bar de Cantabria. Periódicamente, de ella emergía Emiliano con algún porrón de vino con gaseosa que alimentara la afición pelotazale -entonces se decía así- de quienes allí se asentaban, más atraídos por la promesa de algún sólido almuerzo o alguna edificante merienda que por la posibilidad de que algo sucediera en el frontón propiamente dicho. Con el tiempo, todos acabamos girando la vista hacia los pelotaris. Alguno de ellos también se sumaba al convite cuando aparecía Emiliano desde el bar con el porrón y dejaba en suspenso su participación en aquellas interminables disputas a pala con pelota de goma, especialidad -luego lo supimos- menor en el universo de la pelota.

Pero nunca se nos ocurrió que la diversión pudiera graduarse a quienes nos concentrábamos allí, especialmente cuando caía la tarde de cualquier verano, convocados a menudo por el campeonato que organizaba a sociedad. Dividido en primera y segunda categoría, el torneo trasladaba la atención de los socios a cuanto sucedía en aquel territorio que limitaba al sur con el frontón ‘de mujeres’, al norte con el bar, con un pintoresco emparrado al final del ancho y el frontis paralelo a la piscina ‘mixta’. Porque aquel era aún el tiempo en que las piscinas y hasta los frontones tenían sexo. El ‘de hombres’ tenía incluso arrendatarios: bastaba con apuntarse en la pizarra que alguien custodiaba en el vestuario para que durante una hora el disfrute del frontón se concediese a éste o a aquel agraciado, suceso que acostumbraba a marginar a los aficionados más jóvenes, en beneficio de sexagenarios pelotaris -recuerdo hoy a un tal Cundín- que copaban toda la pizarra -y con ella, el frontón- desde temprana hora.

Afortunadamente, no era, sin embargo, la única posibilidad con que contaba la chiquillería de entonces. También se encontraba a su disposición el frontón ‘de mujeres’, escenariomonopolizado en horario matutino por un rosario de pintorescas aficionadas, una suerte de Lily Alvarez de la pelota a pala. En horario vespertino, el mismo frontón se rendía al ‘primi’, colectivista juego que entusiasmaba a los más pequeños y fomentaba la unión entre sexos que esa curiosa división de frontones y piscinas negaba.

Existía aún otra opción. Se trataba de acceder al frontón ‘de hombres’ en las desdichadas horas que seguían a la comida. Era entonces un recinto inhóspito, abatido por un sol inclemente, donde nadie osaba asomarse pala en ristre. Quien se arriesgara a una insolación tenía en aquellas horas el refugio perfecto para golpear mil veces la pelota contra el frontis sin que nadie le molestara. Aquella era la hora de Juan Pablo y Daniel. Aliados con algún otro infeliz explorador, los hermanos García Jiménez disfrutaban de la exclusiva del frontón. Pronto comprobamos que en la cancha se comportaban igual que fuera: Juan Pablo, pelotari silente y sutil, andaba por el frontón con la misma naturalidad que su hermano Daniel, más explosivo y temperamental. Una característica les unía: cuando creíamos que aquel era un deporte de mancos, los hermanos nos recordaron que se puede golpear la pelota indistintamente con la diestra y la siniestra. Por el contrario, los ídolos de aquel tiempo apenas acertaban a empalar con su mano buena y hasta había quien incorporaba desde el tenis la funesta costumbre de golpear al revés.

No era el caso de nuestros Daniel y Juan Pablo. Cuando ni el oro olímpico ni la Copa del Rey ni los Campeonatos del Mundo podían siquiera asomarse a su imaginación, ya se ejercitaban en el noble oficio de enviar pelotazos al rebote con ambas manos. Como decía Daniel, “lo bueno de la pelota es que siempre tendrás los dos brazos igual de fuertes”. Juan Pablo añadía a su capacidad como pelotari un aplaudido virtuosismo para recuperar las pelotas que morían en la red de rejilla que coronaba el frontón. Los García Jiménez coincidían también en su habilidad para aprovechar cada momento en que quedase vacante el frontón y colocarse allá con sus palas. Cualquier excusa era válida: desde el intervalo que mediaba entre el arriendo de frontón de hora en hora, hasta esos minutos que los pelotaris perdían en prepararse o los ratos en que, con la pelota calada, los jugadores marchaban de excursión en su búsqueda. Daniel y Juan Pablo, que rondaban por el frontón pala al hombro, avanzaban en su aprendizaje en esos momentos de vacío pelotazale que llevaban al paroxismo cuando veían que el recinto se adjudicaba a lamentables pelotaris, incapaces de enviar la pelota más allá del cuadro cinco. En estas ocasiones, los hermanos se apoderaban del rebote y jugaban allí seguros de que los verdaderos ocupantes del frontón nunca les molestarían. Al revés, a los arrendatarios sí les molestaba esta insolencia adolescente, pero todos sus argumentos para mover de su territorio a los dos mozos se estrellaban contra la certeza de que el frontón, en justicia, debía ser para el mejor. Y los mejores eran Daniel y Juan Pablo.

Porque todos los que nos protegíamos del sol bajo el emparrado, junto al ancho, sabíamos ya -quizá lo supimos siempre- que asistíamos a la forja de dos campeones. Aunque los ídolos de entonces fuesen Pitín con su muñeca prodigiosa, Jorcano -que vivía a media pensión en el rebote- Sacristán y su ’meyba” color salmón o el propio padre de las criaturas, Daniel García Villanueva, que entendía el frontón como una continuación de la medicina. Aunque el ídolo de entonces fuese el gran Quemada, todos nos empezamos a rendir a la evidencia en cuanto a los pequeños hermanos, tras algún exitoso coqueteo con el tenis vía materna, se hicieron fuertes en el frontón. Con aquellas pelotitas negras -las de punto rojo eran las mejores- y aquellas palas hoy pasadas de moda, Daniel y Juan Pablo galvanizaron la pelota en Cantabria en un curioso proceso de retroalimentación: mientras ellos creaban afición, la afición creaba dos campeones de quienes enorgullecerse.

Por eso no olvidamos que en aquel destartalado frontón que, incluso tenía sexo, nació una pareja para la gloria. Y tampoco olvidamos que buena parte de la culpa la tuvo Emiliano, el dueño del bar.

P.D. Sobre Cantabria y sus piscinas escribieron al alimón Bernardo Sánchez y José Ignacio Foronda en un libro titulado ‘La ciudad en el ombligo’. (Logroño, 2004). Es un volumen editado por Pepitas de Calabaza que os recomiendo. Creo que su artículo llevaba el hermoso título de ‘Sociedad recreativa’.

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Los bares difuntos (Bares dedicados IX)
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Jorge Alacid | 08-03-2013 | 08:56| 0
Bar Pachuca, según una hermosa foto de Justo Rodríguez

Publiqué este artículo en Diario LA RIOJA hace cuatro años. Se titulaba ‘Los bares difuntos’ y compruebo ahora que ya se ocupaba de divagar en torno a algunos de los protagonistas de este blog, los bares que fueron y ya no son. En concreto, cuatro que tejen una ruta por el corazón de Logroño, que es también un poco el nuestro. Recítese como un mantra: Pachuca, Paulino, Capri, Turismo. Allí va, dedicado a una amable corresponsal que me preguntaba hace días precisamente por el Capri.

1.- Qué emoción descender por Marqués de Vallejo y tropezar con el ‘Pachuca’, bar de nombre improbable, cuya angostura garantizaba llenos apoteósicos a poco que su clientela creciera hasta alcanzar la docena de parroquianos ahítos de sus famosos rebozados. Hoy es uno de tantos bares fantasma, que al menos conserva para delicia de sus antiguos devotos el rótulo tal y como estaba cuando se extinguió. El tiempo le ha tratado bien; a diferencia de otros bares transformados en inmobiliarias, agencias de viaje o sucursales bancarias, este
minúsculo local de Marqués de Vallejo ha logrado preservar su alma esencial. No sólo sobrevive su bella tipografía, sino que la fachada también va ignorando el paso de los años. Resiste el alicatado y milagrosamente resiste el cristal de la puerta, a prueba de gamberros. Echar un vistazo a su oscuro interior es como bucear hacia el pasado: allí vemos la barra breve,
que también sobrevive, mientras se escucha a gritos un sordo rumor: ‘Pachuca, ábrete’.

2.-  Otro bar difunto, modelo resurrecto: cuántas reencarnaciones deben soportar algunos garitos hasta quedar del todo desnaturalizados, de modo que sus asiduos dejan de reconocerse entre estas cuatro paredes que un día fueron suyas. El ‘Paulino’, hermoso bar de intrincada geografía, se asomaba a la Gran Vía desde Queipo de Llano (hoy Gil de Gárate) con un aire muy madrileño: quiere decirse que su dueño acreditaba cierta vocación de estilo, expresada en una decoración más bizarra de lo común, vagamente emparentada con el Chicote capitalino y sucedáneos. Ha sufrido una reconversión tras otra; desfigurado, a sus puertas sin embargo algún alma piadosa todavía cree escuchar la famosa frase: ‘Paulino, levántante y anda’.

3.- Contra la fuente del Trevi se recortó durante años la silueta del ‘Capri’, otro bar periclitado, a mayor gloria del urbanismo local y su gusto por los pastiches. Llegaba uno imantado por la poderosa atracción que ejercía su cristalera con vistas a la curva donde agoniza avenida de Portugal y era obsequiado por un camarero muy atento, servicial pero nunca pesado, que se acodaba en silencio en un extremo de la barra, como un cliente más. La estrecha puerta del bar conducía a un espacio bastante inhóspito, donde nunca hizo calor, de modo que su oculto encanto debía esconderse en la cálida frialdad con que se despachaba a la clientela. Una tarde supimos que no habría próxima vez: el ‘Capri’ iba a escuchar el ‘gori gori’. Algunos
hubiéramos elegido otra canción: ‘Capri, c´est fini’.

Posdata. Según el protocolo generacional de los 70, te hacías mayor cuando en la barra del ‘Turismo’ te atrevías a pedir un tinto con paracaídas. Evitabas a la meretriz de guardia en la entrada, ingresabas en territorio lumpen y el camarero te regalaba un gruñido. Finalmente, el bar recibió la visita de la piqueta, pero no debería olvidarse su condición de pionero; después del ‘Turismo’, nada fue igual en la calle Sagasta, donde demasiadas noches se corea el conocido himno: ‘Ni es claro ni es tinto, es calimocho‘.

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El aperitivo no estaba muerto
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Jorge Alacid | 05-03-2013 | 10:58| 1
Pachuquito o pelayito: la tapa gloriosa reaparecida.

Mis disculpas. En una de mis primeras entradas me apresuré a certificar la defunción del aperitivo dominical y ahora compruebo que no: que me precipité. Lo que había desaparecido era en realidad su versión masiva, aquellos vermús multitudinarios cuyo recuerdo comprobé que compartía al menos un par de generaciones de logroñeses. Recientes exploraciones me permiten concluir que tan civilizada costumbre se mantiene hoy en algún rincón de nuestra ciudad. Por no hablar de la provincia: el vermú en cualquier municipio riojano conserva incluso su añejo aire religioso, que exige una feligresía ávida de su ingesta, como si fuera el mandamiento número once.

En Logroño se impone sin embargo ir por partes, como le gustaba al amigo Jack. El puro centro sigue siendo un desierto, excepción hecha del entorno de avenida de Portugal, muy frecuentado por reputados (con perdón) miembros de esta casa que nos aloja y dotado de mayor atractivo en cuanto reabra el Malasaña según manda la tradición de los camareros fotógrafos. Me consta porque exploré esa ruta personalmente que alrededor de República Argentina se forma un ambiente con bastante bullicio, porque incluye los legendarios tigres del Cinco Pesos y porque se nutre de las huestes diseminadas por Menéndez Pelayo, Huesca y Somosierra, incluido el bar del parque Gallarza. Precisamente en esta ruta dominical tropecé con una emocionante reaparición: la del ‘pachuquito’, tapa incluida dentro de la primera entrada de este blog. Un gentil corresponsal me había advertido de que en un establecimiento de Menéndez Pelayo, defendida su barra por un antiguo camarero del difunto Pachuca de Marqués de Vallejo, se despachaba todavía aquel glorioso pincho (huevo cocido rebozado con jamón y queso) y allí acudí a comprobarlo: en efecto, como atestigua la foto, ante mis ojos brotó el misterioso bocado, que me zampé con gran placer. Como si fuera la magdalena de Proust. Por cierto, el bar (y los bares vecinos) estaba lleno. Y por cierto: como el bar se llama Pelayo, su dueño tuvo la humorada de rebautizarlo ante mí como ‘pelayito’.

Por el contrario continúa vacío el otrora glorioso ‘tontódromo’ y continúa por razones que tienen que ver más con la sociología que con la hostelería: Logroño, ay, no es lo que era. Ha mudado su piel, vaya usted a saber si para mejorar. Me lo alertaba en este blog Paz Villar: el domingo nos pilla ahora alertagados, poco dispuestos a otra cosa que no sea pasear al perro, ir a por el pan y el periódico y volver a casa. Los más intrépidos honran esa institución tan riojana llamada segunda residencia y pare usted de contar porque ya me salen las cuentas: sólo se animan al aperitivo los más adictos de entre nosotros, solo los más comodones, aquellos que se apuntan a la ronda a cambio de que les caiga cerca de casa. De hecho, hay quien sale a tomar el vermú en chándal, hábito que aprovechamos a denunciar desde este púlpito: si se toma en chándal, eso ni es vermú ni es nada.

P.D. Gracias a un artículo en elpais de Mikel Iturriaga y Mónica Escudero, me acabo de enterar de unos cuantos secretos en torno al vermú. Una palabra de origen alemán (y yo que pensaba que venía de Italia, como el Martini) que distingue a una bebida con raíces en la Grecia clásica, introducida en España en el siglo XIX, cuya notoriedad social es todavía más reciente: tengo para mí que su repercusión se alcanza en la época el desarrollismo, vinculada a una emergente clase media que ya se podía permitir algún lujo (véase la familia Alcántara). Y con el vermú llegó la moda de incorporar una tapa para el aperitivo: así nacieron la bomba de la Cova Fumada barcelonesa, las bravas así bautizadas en Casa Pellizco de Madrid o mi favorita: la entrañable gilda, alumbrada en Casa Vallés de San Sebastián.

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Retrato de logroñés con bar al fondo (II)
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Jorge Alacid | 02-03-2013 | 10:12| 2

Eduardo con Mere, en su desaparecida taberna. La foto es de Díaz Uriel
Retomo aquí la conversación que voy manteniendo con Eduardo Gómez en torno a nuestra común afición por los bares de Logroño. En la primera entrega, recordaba sus años de mocete por los bares de la calle Mayor. Tengo buenas noticias para quienes leyeran aquella entrada. Eduardo ya ha crecido. Ahora es un jovencito, que ronda los 25 años. Con su cuadrilla de amigos (los Rábanos, Pastor, Segura y compañía) ha abierto una nueva ruta por el chiquiteo logroñés. Es una excursión nocturna: donde antes reinaba el vino, ahora les ha dado por un combinado de moda, Kas con ginebra. O sea, que según deduzco de sus recuerdos, debió ser así como llegó a nosotros el gin-Kas, un trago que hoy todavía resiste en los labios de algún clásico que le hace ascos a la tónica y se desmarca así del cóctel de moda, el gin-tonic cuyas aventuras ya se glosaron también en este blog

Por aquella época, más o menos hacia finales de los años 50, rememora Eduardo, “nuestra ronda de por la tarde seguía empezando como siempre, en el Negresco, pero por la noche acabábamos por ir al Bahía de Marqués de Vallejo y al Rango, que estaba enfrente”. En este último bar se inició como camarero un personaje legendario para la historia hostelera de Logroño, el célebre Paco a quien apodaban ‘Chiroli’, a quien se atribuye la invención del famoso champi, esa tapa hoy tan famosa que el mentado Paco defendió en el bar homónimo que luego emplazó en Ollerías.

Eduardo y su cuadrilla incluían en su ronda una visita al Noche y Día de la calle San Juan que regentaba “el amigo Faustino”, y marchaban luego hacia el Dúcal que ya entonces defendía la familia Cendra, según recuerda. Y de Duquesa de la Victoria, hacia Calvo Sotelo: siguiente y última parada, el Bolo Pin Club, frente a Maristas, bar ya desaparecido, que incluía bolera y sala de fiestas. Aunque lo de última parada es un decir, porque en realidad allí se iniciaba para la cuadrilla el recorrido inverso, evolucionando según los nuevos tiempos: “Tomábamos de todo, pero lo habitual ya no era el vino: era el Tío Pepe”. El fino andaluz por antonomasia, que Eduardo y los suyos alternaban con un trago largo, el citado gin-Kas que costaba por entonces “unas dos pesetas”. Esto es, 0,01 euros para los esnobs que se empeñan en contar según la nueva moneda. ¿Era también el señor Gómez un poco esnob pidiendo semejante cóctel? El interesado lo descarta con una sonrisilla: “Lo que pasaba es que uno de nuestros amigos era representante de la ginebra gallega Elizabeth, que era la que pedíamos. Y como otro amigo llevaba la representación de Kas…”. Pues ya se ve: fácil conclusión. La amistad les unía tanto que acabó por patrocinar aquellas rondas, que solían concluir en otra barra desaparecida: la del difunto Comercio, ubicado en el Muro de la Mata, donde después se alzó el Ringo tan recordado y hoy se asienta la pastelería Viena. “Al Ibiza íbamos menos”, confiesa. “Éramos más del Comercio que llevaban los hermanos Lasheras, sobre todo porque ahí solíamos quedar a jugar a las cartas”.

Así que aquí dejamos por hoy a Eduardo, naipe en ristre. Dentro de unos días reanudamos con él nuestros comunes paseos por Logroño y sus bares.

P.D. Tanto en la entrada anterior como en ésta Eduardo Gómez incluye una cariñosa referencia a Pedro Rábanos, miembro de su cuadrilla recientemente fallecido. El semblante se le nubla un poco cuando habla de él: “Era una gran persona, muy entrañable, con muchas virtudes”. Entre ellas, destaca una: “Era muy divertido, un gran bromista”. Alguna de esas bromas le tuvo a él como víctima, como aquella vez en que le ató la mano a los barrotes de la cama que compartían en Nieva de Cameros “y así me tuvo toda la noche”. No fue la única experiencia compartida. Empleado de la Electra en su sede junto a La Guillerma, era habitual contemplar en esa zona vecina del Ebro a Pedro Rábanos haciendo deporte o enseñando a nadar a los críos: fue allí donde, de nuevo ayudado por Eduardo, que se valió de su único brazo, Pedro Rábanos se lanzó con él al río para socorrer a un bañista que se ahogaba. “Y lo salvamos”, recuerda. Y se emociona de nuevo: “Es que Pedro era muy, muy, muy majo”.

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Bienvenido al ambigú
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Jorge Alacid | 26-02-2013 | 09:56| 0
Ambigú del Teatro Bretón de Logroño, foto de Justo Rodríguez

Ambigú, hermosa entrada en el Diccionario de la Real Academia. Ambigú, voz de origen francés. Ambigú: según el Diccionario de Dudas, “adaptación gráfica de la voz francesa ambigu, que se usa en español con los sentidos de ‘comida compuesta de platos normalmente fríos que se sirven todos a la vez y espacio donde se disponen’ y ‘lugar de un local de espectáculos donde se sirven bebidas y cosas de comer’. Su plural es ambigús”. Quedan ustedes por lo tanto invitados a entrar en este ambigú, una palabra que imagino en trance de desaparición porque a punto de desaparecer está el lugar al que dio nombre y porque hoy apenas nadie se toma la molestia de disponer de un ambigú allá donde antes era lo típico: en el cine, la estación de tren o la plaza de toros.

Lo cual es una pena. Repaso los ambigús donde alguna vez me estabulé desde la primera infancia y tengo que dejarlo: se me llenan los ojos de melancolía. El ambigú del cine Diana, por ejemplo, aquella humilde esquina ganada para la clientela donde nos aprovisionamos tantas veces de girasoles y golosinas. El del Moderno, otro tanto. Creo recordar que incluso el Sahor y los Duplex, que proponían en su momento otra forma de acercarse al cine, contaban con ambigú: un minúsculo quiosquillo defendido casi siempre por manos femeninas, donde se despachaba una mercancía varia que en algún momento incluyó cigarrillos sueltos. Era otra época, como se ve, cuando se podía fumar incluso en el cine.

Hubo más ambigús en Logroño que frecuenté menos, como el legendario de la antigua plaza de toros: la nueva de La Ribera, entre otros muchos defectos, retiró aquel rincón para reemplazarlo por una sucesión de barras desprovistas del encanto del ambigú de La Manzanera, epicentro del casticismo. Más habituado estaba a detenerme en otro, el de la estación de tren también difunta: como se ve, a instalación nueva, ambigú muerto. El de Renfe era una oscura cantina, un antro sin atractivo donde apenas apetecía detenerse, cuya parroquia solía estar formada por ferroviarios de rostros tiznados por el carboncillo que despedían las locomotoras. Añade usted algún viajante y tendrá el retrato de la eterna clientela de este tipo de garitos donde se consumía la espera entre tanto y tanto tren retrasado.

Repaso los ambigús que han desfilado por mi vida y encuentro que se diferencian de los bares convencionales en algún aspecto: en su tamaño, por ejemplo, de costumbre menor. Mucho menor. Y, sobre todo, en ese aire furtivo, provisional, propio de barras que sólo abrían en contadas ocasiones, vinculadas al tráfico que generase la instalación que les acogiera. Su horario y sus hábitos eran por lo tanto los propios del cine donde anidaban, la estación de tren que les albergaba, la plaza de toros en cuyo vientre se ocultaban. Había ambigús también emplazados en casas de comidas, de modo que era típico que en alguna de ellas te hicieran aguardar para darte mesa en una breve barrita situada a la entrada: el Iruña de la calle Laurel, por ejemplo, disponía en su acceso de un ambigú. Uno se tomaba allí el aperitivo antes de ingresar en el restaurante, civilizado hábito que algún cocinero todavía mantiene aunque al espacio destinado a estas operaciones le llame de otra manera: pero no te equivoques, amigo, eso es un ambigú.

Dejo para el final EL AMBIGÚ, así, con mayúsculas. El ambigú logroñés por excelencia, el que nos devuelve a aquellos años en que era común distraer la espera entre las dos películas de la añorada sesión doble, hoy transformado en un recoleto bar de enorme encanto que sirve para los mismos fines aunque, como le sucede al resto de sus hermanos, abre sólo sus puertas cuando la ocasión lo requiere: es el ambigú del Bretón, que podéis ver en esta hermosa foto de Justo Rodríguez.

P.D. Hay otro ambigú que resiste en Logroño: el del Adarraga. Le ocurre como a los demás, a los difuntos y a los que sobreviven: que sólo está disponible cuando lo está el frontón, lo cual no significa que sólo abra en días de partido o para la feria matea. Genera tanta actividad el mundo de la pelota, es tan común que Titín y compañía se ejerciten por allí un día sí y otro también, que me cuentan que el ambigú abre entre semana y se ha convertido en punto de encuentro de las familias que recogen a los niños en el vecino Alcaste y se detienen allí para el cafecito. Esto del cafecito lo supongo: no me imagino a los infantes sucumbiendo a los encantos del bocado célebre de este ambigú, su legendario bocadillo de sardinas con guindilla, que exige estómagos más recios. Aunque vaya usted a saber.

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