La Rioja
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Nuestro hombre en la barra
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Jorge Alacid | 31-12-2012 | 08:48| 4
Escena de 'Gilda': a este lado de la barra, la Hayworth; al otro, el camarero Tío Pío (Steven Geray)

Aquí os presento a mi camarero favorito. Se llama Tío Pío y no: no es de verdad, aunque a mí me parece más real que otros personajes que no son de ficción, como le ocurre a él. Tío Pío se encarnó en el cine en la piel de Steven Geray como secundario de una de mis pelis preferidas, la mítica ‘Gilda’ con la no menos mítica Rita Hayworth: era ese hombrecito con bigote de morsa parapetado tras la barra que oficiaba como una suerte de coro griego en aquella cinta. Un camarero de los de antes. Se limitaba a poner la copa cuando se la pedían y no ofrecía conversación salvo si la reclamaba su clientela, con dos excepciones: para incordiar a Glenn Ford y para masajear el ego de la Hayworth. Dueño de un fino sentido del humor, en algunas escenas desaparecía del foco con su tic favorito: una especie de cómico resoplido. No recuerdo que dejara para la posteridad ninguna otra interpretación memorable, pero su aparición en ‘Gilda’ le bastó para conquistar mi corazón y de paso situarme en la senda adecuada: desde entonces, comparo a cada camarero con él. De momento, todos salen perdiendo.

Y eso que los he conocido muy buenos a este lado de la pantalla. Y también muy pintorescos, como aquel tan parsimonioso del Tívoli, que defendía la terraza de la calle Bretón a cámara lenta y se las arreglaba para que la cerveza siempre te llegara caliente y el café, frío. Ah, aquellos aristócratas de las barras más castizas, como la saga de los Moracia en el Moderno o los veteranos de la Laurel, alguno ya jubilado: Juanito del Donosti, Sebas del bar homónimo, Manolo de El Soldado de Tudelilla… Y, sobre todo, mis muy predilectos camareros de La Granja, cantera de grandes profesionales (la quinta de Alfonso Soldevilla, por ejemplo). Allá Dámaso, que tripulaba la máquina de café como imagino que un almirante gobierna el puente de mando, aquí el eficaz Joaquín y por todos los lados, Santos, el infatigable Santos, barman y prestidigitador: de sus manos mágicas salía como por ensalmo el cruasán que nadie le había pedido y que te servía solícito incluso a la hora del aperitivo. Cierto que también te lo cobraba: ese era el truco final.

Todos estos camareros senior representaban un eslabón en la cadena según la cual este oficio se ejercía con un señorío antiguo: no digo que ahora se carezca de él, pero a mí me irrita ese aire confianzudo con que a menudo nos tratan desde el otro lado de la barra gentes con quien nunca nos hemos sentado a cenar. Me parece que sus predecesores eran otra cosa. Los habría antipáticos, quién lo duda, pero la mayoría pertenecía a la misma estirpe de todos esos estupendos camareros de Madrid que todavía van a trabajar con corbata y cada minuto te llaman caballero, una debilidad que confieso. “Caballero, qué va a ser”. “Caballero, su cafelito”. “Caballero, al fondo hay sitio”.

Antaño, la relación camarero-cliente se establecía más o menos según estas pautas de respeto, porque pienso que en la hostelería existía un mayor grado de profesionalidad y que no se me enfade nadie. Tal vez porque a menudo era un oficio transmitido de padres a hijos, a quienes les era legado un código de claves que resistía bastante bien el salto generacional porque se transmitía con una sobredosis de cariño y porque consistía en tratarnos como si, en efecto, fuéramos auténticos caballeros. Y damas.

P.D. Como despedida, un regalo. Una línea de diálogo de la mentada ‘Gilda’, entre la Hayworth y nuestro amigo Steven Geray, el gran Tío Pío.
Gilda: ¿Tienes fuego?
Tío Pío: Sí, señora Mundson. Este lugar está tan lleno y usted tan solitaria, ¿no es así?
Gilda: ¿Cómo lo sabes?
Tío Pío: Fuma demasiado. Lo he notado. Sólo la gente frustrada fuma demasiado y sólo los solitarios están frustrados.
(Por cierto, gracias a la Wikipedia me entero de que Geray acabó sus días en un sitio llamado Este Park, villorrio del estado de Colorado. Había abandonado la escena y elegido para vivir sus últimos días un paradójico negocio: un bar. Es decir, que Tío Pío acabó de camarero. Me hubiera encantado que me sirviera un trago).

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El bar de Hopper
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Jorge Alacid | 24-12-2012 | 09:44| 2
Nighthawks, 1942. Óleo sobre lienzo ( Chicago, Art Institute), obra de Edward Hopper

Paso cada mañana por su puerta desde hace meses y todavía no he visto adentro a ningún cliente. Supongo que en algún momento de su vida habrá conocido a alguien acodado en su barra, o sentado en las mesas interiores, o bien disfrutando de su terraza, pero sospecho que tal prodigio no será muy habitual. Y lo supongo por el aire conformista con que veo al dueño del bar abrir sus puertas, acomodarse en una silla y ponerse a rellenar crucigramas. Apilados a su vera, observo también un puñado de periódicos y revistas atrasadas, a la espera de ser consultados como terapia para afrontar cada jornada, que a primera hora ya tiene la pinta de ser larga. Muy larga. Mientras su amo se entretiene leyendo, nadie entra tampoco en el bar. La resignación invade ya cada rincón: ni siquiera se ha molestado en dar las luces.
Ya es de noche. Cuando regreso a casa, apenas una débil bombilla ilumina el interior. Nuestro hombre sigue aguardando al misterioso cliente que nunca aparece; el día languidece y tan solo una charla casual y furtiva con un vecino le alegra un par de minutos. Luego regresa a su guarida, donde a veces parpadea un televisor que parece anclado en la edad analógica. A veces, cuando cruzo ante su puerta, desearía que un milagro se hubiera obrado y la clientela acudiera en masa a tomarse un café o paladear un vino. En otras ocasiones, pienso sin embargo que hay algo cautivador en esta atmósfera sombría que derrama el bar y me parece que si su suerte cambiara también le abandonaría el encanto destartalado que me ha conquistado. Lo siento por el dueño, pero yo lo prefiero así.
El ambiente peculiar de los bares sin clientes ha inspirado una hermosa literatura, sobre todo norteamericana, y resulta muy caro también al cine. Recuerdo el bar de Fat City, donde paseaba sus miserias el héroe de John Huston, y no olvido tampoco a todos esos innumerables bares sin nombre donde ahogan sus penas en alcohol los protagonistas de tantas películas, aliviados por un camarero eficaz y silencioso contra quien rebota el eco de sus fracasos. Y me viene a la memoria el estupendo lienzo de Hopper, artista cuya sabiduría supo atrapar el alma de nuestra civilización, la soledad que rodea al hombre contemporáneo en cuadros como el que acompaña estas líneas. En su barra, al menos sí hay algún cliente. Exactamente tres. Un caballero de espaldas y una pareja que parece conversar con el camarero; en realidad, podría ocurrir que no hablaran con nadie, que se limitaran a mirar hacia el horizonte que aquí parece poco prometedor. A través del ventanal asoma una calle inhóspita, intercambiable. Intuimos que pertenece a Estados Unidos pero ese paisaje urbano que se precipita sobre el abismo de la oscuridad puede pertenecer a cualquier ciudad.
Incluso a Logroño. Si Hopper resucitara un día y se diera una vuelta por nuestras calles, tal vez reparase en este bar sin clientes que me tiene hipnotizado. Hasta es posible que en lugar de retratar su espíritu fúnebre, prefiriese penetrar en él y saltar al otro lado del cuadro. El arte dentro del arte. El auténtico bar de Hopper.

P.D. La crisis, la dichosa crisis, ha golpeado el consumo y se ha cebado con el sector de la hostelería. Así que bares donde entre poca gente… En fin, que hay unos cuantos. Una pena. Una pena cuantificada. Amablemente, Juan Donaire me pasa desde la Cámara de Comercio unos datos que deparan una sombría fotografía de la situación: entre el 2006 y el 2011, desapareció cerca del 9% por ciento de bares y restaurantes en Logroño. La caída es mayor en La Rioja: en el entorno del 30%. Lo dicho: una pena.

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Tívoli, hay otros bares pero están en éste (Bares dedicados VI)
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Jorge Alacid | 24-12-2012 | 09:36| 0

Bar Tívoli, alojado en un edificio ya derribado, hoy en reconstrucción

En noviembre de 1999 cerró sus puertas el Tívoli, estupenda atalaya situada en una esquina de alto poder estratégico: entre Bretón de los Herreros y Gallarza. Mi personal adiós tuvo forma de artículo, publicado entonces en Diario LA RIOJA, que ahora recupero gracias a José Ignacio Foronda. Lo traigo aquí a petición popular, porque desde que inicié la aventura de este blog unos cuantos corresponsales lo han citado entre los bares de Logroño que más añoranza provocan. Para mí fue durante un largo tiempo como una extensión de mi casa, así que pocos garitos llevo tan dentro de mi corazón. Ahí va.

“Hubo un Tívoli oculto, un Tívoli fantasmal que abría aún de noche, cuando amanecía, poblado por una turbamulta de tratantes de ganado, empleados de abastos y vendedores de lotería, una tropa canalla adicta al solysombra y al subastao. Pero no fue aquel Tívoli silente en cuyos lavabos desapareció una generación de logroñeses el que importa ahora en que dice adiós. El que nos ocupa brotó de repente a finales de los 70, reflotado por la legión de desheredados del Merlín, aquel fumadero de opio de la calle Portales. Los primeros frutos de la España democrática tomaron al asalto la terraza del Tívoli, se hicieron fuertes tras la montaña de pipas que, embutidas en saco de papel blanco, distribuía la locomotora del tren y vieron llegar los 80; el ‘Tejerazo’ y el ‘Naranjito’, la visita del Papa y la victoria del PSOE. Demasiado en demasiado poco tiempo.

Creció el tráfico en dirección a los urinarios, por seis pesetas que costaba un vino (un mal vino) se podía asistir en su barra a espectáculos insólitos para el Logroño de entonces: el rito iniciático de los primeros yonquis locales, cuando ni ellos mismos sabían que lo eran ni casi existía tal palabra, yonqui. Uno de ellos salió una noche del lavabo con la jeringuilla colgada del brazo y nadie en el bar se inmutó; recibió el trato común al resto de fenómenos extraordinarios que entonces se sucedían (la huelga del metal, la Cruz de los Caídos que se derribaba) e ignorado marchó con su ‘pico’ Gallarza abajo, tal vez en dirección al Moderno, constituido de súbito en el otro polo que compitió en magnetismo con el Tívoli en atrapar a la juventud local.

Pero el que nos ocupaba tampoco es ese Tívoli. El auténtico fue aquel que demostró que era posible la convivencia entre una nueva generación que reinó festiva en los antros de sus mayores y los parroquianos de toda la vida, que asistieron divertidos al ingreso en los nuevos tiempos. El puré que formaron unos y otros representó durante años el triunfo de una nueva manera de entender la vida, cuando todo Logroño cabía en el Tívoli y había que sentarse en sus veladores para mirar y ser mirados. Años en que el sigiloso Emiliano imperaba tras la barra decorada con fotos del Panaderito de Oyón y algún póster del Real Madrid de los Garcías, los años de Maisi, el camarero más lento del mundo, que surtía la terraza tras superar inverosímil cada tarde la cuestecita hacia Bretón, despachaba las consumiciones, recogía las cáscaras de pipas y se equivocaba en la cuenta, flotando siempre en una nube vagamente dipsómana.

Su sustituto, un joven camarero chisgarabís, desconocía que en su bandeja llevaba el adiós a los buenos tiempos. Más veladores poblaron la calle Bretón arriba, surgieron terrazas en cada confín de la ciudad, el Casco Antiguo se desmembró y el Logroño juvenil votó por la Mayor. El Tívoli se sumergió entonces en una dulce decadencia. Clausurada la verja que daba a Gallarza (alternativa portátil a la terraza propiamente dicha), empezó a ofrecerse como tantas esquinas logroñesas: qué gran chaflán para un banco. Hoy, quienes un día plantaron la tienda en su terraza, arrojan una lágrima por él; en realidad, habían empezado a prepararse para este día hace poco más de un año, cuando vieron que la salida del aparcamiento se había comido media calle, un montón de sueños”.

Emiliano, dueño del Tívoli, el último día de funcionamiento del bar
P.D. Emiliano y familia fueron los últimos del Tívoli. Yo les tenía especial simpatía porque habían defendido antes otro bar por mí muy querido, el de las piscinas de Cantabria, mi segundo hogar de tantos veranos. A él le dediqué un relato, ‘Échale la culpa a Emiliano’, recogido en un libro sobre la historia de la Federación Riojana de Pelota. A ver si un día de éstos lo recupero en este blog.

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'La Zona' única
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Jorge Alacid | 17-12-2012 | 10:58| 17

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: la calle Chile colapsada por un multitud de farra, convertida en peatonal a la fuerza por una multitud jaranera allá en los ‘sanmateos’ de los 80. Claro que eran otros tiempos: todavía el Ayuntamiento de Logroño no había convertido el Casco Antiguo en depositario de este tipo de ocio beodo, de modo la algarabía propia del sábado noche y de cada periodo festivo se trasladaba al entorno de la mentada calle. Lo que llamamos ‘la Zona’.

En el principio fue el Robinson, pub ya desaparecido con el que estamos en deuda los logroñeses, porque introdujo la mentada palabreja, pub. Una voz que hasta entonces solo manejaban los más viajados de entre nosotros, aquellos que se habían paseado ya por Oxford Street o habían gozado de algún intercambio idiomático por la insular Dublín. Qué era un pub, se preguntaba el común de los mortales. Pues un bar con pretensiones. Uno que abría a la hora en que los de toda la vida cerraban y en lugar del porrón de vino centraba su oferta en destilados de nombres más sugerentes. También, más caros. El Robinson conoció un triunfo tan exagerado que alcanzó el Olimpo que caracteriza a este tipo de locales: convertirse en referencia ciudadana. Dar nombre a un enclave urbano; en su caso, a toda una manzana. Lo prueba que el garito cerró hace años pero aún se denomina así a ese rincón de la Gran Vía donde se erigía.

Por seguir fieles al mundo de la nomenclatura sajona, tras el Robinson llegó otro garito perfumado por el mismo idioma: el Pat Garret. Se alojaba en la calle Fundición, entonces recién abierta, que suponía un misterio para la mayoría de indígenas. Allí había radicado, en efecto, una fundición: no éramos muy imaginativos para denominar al nuevo callejero. Aquel Pat Garret ha ido resistiendo con gallardía el paso del tiempo  en sus distintas encarnaciones: que yo recuerde, fue La Enagua (y me tuvo entre sus adictos), Tris Tras, Eagles y hoy se llama Biribay. Con su denominación inicial cuajó un éxito extraordinario, porque no solo triunfó como tal sino también como miembro fundador de la cofradía de locales que surgieron a su alrededor. Había nacido ‘la Zona’, aprovechándose del impacto que alcanzaba la discoteca Valentino con sede en la calle Chile, una especie de flautista de Hamelín. A su rebufo pronto abrió Braulio con sus locuras (pócima cuya composición exacta sigo ignorando: se admiten sugerencias) y el resto es historia contemporánea. De los primeros años data Mi Amigo y poco después, sin que nadie supiera muy bien la razón, un mapa de garitos diseminados había ganado en coherencia y se postulaba como alternativa para una práctica que también nacía entonces: lo de tomar copas por la noche en plan masivo, moda hoy muy interiorizada por la ciudadanía que es sin embargo una costumbre reciente.

Portada del dsico Abraxas, obra de Carlos Santana

Aquellos bares exigían de su clientela tanta lealtad que rozaba con la militancia pura. Era común que los fans del Tío Tito mirasen con ojeriza a los del Lorca y así sucesivamente, como si fueran hinchas de equipos rivales. En mi caso, admito que no le hice ascos a casi ninguno: ni siquiera al Belle Epoque, discoteca que solía cerrar nuestras excursiones noctívagas y ahora, luego de distintos cambios de denominación, retoma su nombre primigenio. Pero si debo decantarme por alguno, yo confieso: en mis primeras noches no salía del Saxo. Más adelante, tomé partido por el Abraxas, bar deudor del disco homónimo de Carlos Santana que que siempre llevaré en mi corazón. Así que dejé el Rocky, el Celta y compañía para otros compañeros de quinta mientras veía languidecer con ellos aquella panoplia de bares que hoy, me parece, viven cierta decadencia. Pongo como ejemplo mi querido Abraxas, convertido en epicentro de la cumbia latina: me alegro por sus clientes, pero lo siento porque mi trunca mi itinerario sentimental por aquel Logroño, que jamás volverá a detenerse en esa puerta de la calle Labradores.

P.D. La ciudad que más me recuerda a Logroño es Albacete. El tamaño es parecido, el número de habitantes también y, sorpresa, cuando caí por allí un sábado y pregunté dónde tomar una copa, me respondieron así: “En la Zona”. Así que uno se sentía como en casa en aquel lugar de la Mancha, aunque detectaba pronto alguna diferencia. Por ejemplo, que en Albacete carecían en su zona de copas de un garito de alterne decorado como el rancho de Bonanza como el que nosotros aún exhibimos y carecían también del Numancia, castizo bar de la calle Chile que ha hecho bueno su nombre: ajeno a la propuesta hostelera del resto de sus colegas, resiste como icono de los viejos bares de siempre. Resiste como resistieron  los numantinos.

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El bar más simpático (Bares dedicados V)
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Jorge Alacid | 13-12-2012 | 10:07| 3
Fernando y Teresa, del bar La Simpatía

Fernando y Teresa: así se llaman los miembros de la pareja que vemos en la foto. Tal vez sus caras les suenen a los logroñeses más veteranos, porque durante más de 30 años defendieron una de las barras más populares, la del bar La Simpatía. Un rincón entrañable en la más castiza de nuestras calles, la Laurel, de la que ya ocupé antaño. En aquella entrada, recordaba un par de detalles: uno, su tapa célebre, el singular cojonudo que emigró hacia el vecino Donosti cuando cerró sus puertas La Simpatía allá por el 2009. Y dos, la voz de jotero de Javi, quien sustituyó a la pareja de la foto al frente del bar y hacía honor a su nombre: desde luego, era un tipo de lo más simpático.

Si traigo aquí el recuerdo de aquel local desaparecido es porque lo menciona Víctor, un corresponsal que vive fuera del Logroño que le vio nacer. Como se le resiste la informática y no consigue publicar su comentario en el blog, me remite por correo electrónico un concentrado de nostalgia por los bares que sobreviven (es adicto al Perchas, según confiesa, y mantiene la costumbre de visitar El Soldado cuando se pasa por su tierra natal) y por los ya difuntos. Y el primero entre ellos, La Simpatía, que para mí encierra también un misterio: hubiera apostado cualquier cosa cuando cerró a que rápidamente reabriría, pero ya se ve… Los mercados, también los del sector hostelero, son un enigma.

Como Víctor, yo también lo echo de menos. Ubicado en el centro neurálgico de la Laurel, su entrada es hoy el sitio elegido por cantantes ambulantes y artesanos para vender sus mercancías. La puerta, cerrada y decorada con cartelería varia, da un poco de pena. Nada que ver con el llenazo que solía presentar, sobre todo los fines de semana; en mis primeras incursiones, cuando todavía lo pilotaban Fernando y Teresa, a mí me gustaba acomodarme en las mesas del fondo que en sus últimos años apenas se utilizaban. Habían cambiado los usos y costumbres de la clientela y se había mudado también una de sus insignias, que para mí ejercía la misma atracción que un imán: un viejo póster del Logroñés de los años 70, donde aparecían algunos de mis antiguos ídolos adolescentes. El portero García Fernández, el lateral Cenitagoya, con su bigote y su cara de no hacer prisioneros, el extremo rubio Simarro… Era el equipo que uno llevará siempre en el corazón, de modo que ingresar en La Simpatía era como volver a Las Gaunas.

Con el tiempo, la coartada para detenerme no eran tanto sus cojonudos, pincho que nunca me ha hecho demasiada gracia, como el propio Javi. Me gustaba verle dirigir su local con un chiste siempre en los labios, algún comentario ingenioso, la frase adecuada para cada cliente. Y me hacía gracia también una tapa que yo devoraba con mayúsculo placer, sus calamares rebozados. Las rabas de siempre, que allí se preparaban con buena mano y una sobredosis de cariño. Víctor, a quien dedico esta entrada, recuerda sin embargo La Simpatía por sus embuchados. Y me cuenta una anécdota: que en los últimos años, como resultó que Javi dejó de incluirlos en la oferta de su bar, ambos llegaron a un acuerdo: Víctor los compraba en una carnicería de la cercana Plaza de Abastos, se los llevaba a al bar, Javi los preparaba y luego se los comían a medias. “Al vino invitaba Javi”, concluye.

Me parece una fórmula que podría ampliarse a otros bares, pero al revés: uno lleva la botella de Rioja, la comparte a medias con su camarero de confianza y éste a cambio le sirve un bocado gratis. Es solo una idea…

P.D. El embuchado ya se ha citado aquí como uno de esos productos de la casquería de toda la vida que hoy casi, casi, casi han desaparecido de nuestros bares. Los que quedan, me parece, tienen pinta de haberse fabricado en serie, lo cual tiene su explicación, porque las exigencias en materia de control sanitario fuerzan a extremar el celo en su elaboración. Pero quienes no tenemos el paladar y el estómago tan delicados… En fin, que echamos en falta aquel sabor tan poderoso, su recia textura que exigía raudo un trago de vino, la memoria de cuando no nadábamos como ahora en la opulencia (ja) y hasta las tripas de un animal nos parecía una oferta gastronómica tentadora. Yo creo que estos platos siguen teniendo su público: tal vez si se anunciaran como almohada de entresijos pasada por la brasa de no sé qué… También es solo una idea.

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Bares de hotel
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Jorge Alacid | 10-12-2012 | 08:50| 2

 

Publicidad del Gran Hotel de Logroño

En el mapa de bares que hemos podido cartografiar durante toda nuestra vida de consumidores de distintas clases de refrescos, tragos e infusiones, figura un tipo único, de encanto singular: el bar de hotel. Puesto que este blog de momento no tiene pensado salir de casa (aunque todo se andará), mencionaré solo de pasada algunos de los que recuerdo más vivamente del resto de España, que pueden ser compartidos por unos cuantos: la rotonda del madrileño Palace, repleta de atractivo fin de siglo; los salones del Reconquista ovetense, donde el tiempo permanece dormido; la terraza del Real de Santander, porque tomarse una copa equivale a saborear la mar océana… Vaya, me ha salido una lista bastante pija, pero en fin. Añada el lector cuantos ejemplos quiera de sus viajes que (como el Capitán Tan) haya hecho a lo largo y ancho de este mundo (incluido el espectacular y vecino Los Agustinos de Haro), pero yo me quedo en Logroño.

Y me quedo con una conclusión: los bares de hotel no tienen demasiada suerte entre nosotros. A mí me gustaba ir al del NH Herencia Rioja, porque gozaba de eso que tampoco es tan habitual en otras barras: un servicio más esmerado que el común. Dejé de ir porque sentía que la cuenta también se esmeraba en parecida proporción. De alguno he tenido que huir por las mismas razones que atropellan nuestros sentidos (y el buen gusto) en otros locales: la televisión a todo volumen que nadie atiende, las charlas a gritos (a la riojana, vaya) y el resto de ruido ambiente que forman esa sinfonía tan conocida entre nosotros llamada contaminación acústica. Lo cual era precisamente lo que uno no encontraba en los bares de hotel, de suyo presididos por cierto amor por la armonía: las horas pasando más despacio, mobiliario con cierta vocación de confort más allá de lo habitual, la promesa de una clientela más cosmopolita (cosmopolita por Logroño solía ser incluso un señor de Burgos)…

Así ocurría antaño en los salones del desaparecido y (al menos por mí) muy llorado Gran Hotel, una de esas pérdidas irreparables para la fisonomía urbana de nuestra ciudad, que carecía de barra propiamente dicha pero que compensaba esta ausencia con una opción doble: bien la de echarle jeta y que te sirvieran algo en sus inmarcesibles salones, bien la posibilidad de saltar apenas unos metros y presentarte en el vecino Las Cañas, otro bar difunto que merecerá una entrada en este blog cualquier día de éstos. De hecho, para muchos de nosotros Las Cañas ejerció a menudo como el auténtico bar del Gran Hotel, cuya clientela también lo sentía así mientras se acomodaba en los veladores con vistas al Espolón o se acodaba a al pie de la barra que con tanto arte manejaron los Remón.

Ese hueco en el imaginario logroñés que ocupó el Gran Hotel me parece que lo defiende ahora el Carlton desde su atalaya en la Gran Vía. Porque se aloja en un espacio igualmente céntrico, porque va siendo ya mayor y por lo tanto venerable, porque se mantiene fiel a esa idea de hotel de toda la vida… Y el bar tiene su punto. Coqueto, recogido, con estupendas vistas a la calle y un cuerpo de camareros atento y servicial. Su mayor interés reside para mí a eso del mediodía, cuando un grupo de seniors logroñeses se reúne allí para el aperitivo o el cafelito tardío y, la verdad, da gusto verlos. Todavía activos, aún inquietos, con un aire juvenil a pesar de los achaques, alguna vez me ha parecido que jugaban a los chinos, entrañable pasatiempo desaparecido que sin embargo fue el método clásico años ha para ver quién pagaba la ronda. Son los Pumpido, Alloza y compañía, testimonio del Logroño de siempre, como la atmósfera que se respira en las estancias del hotel. Un sabor de otra época.

P.D.
Acabo esta entrada con un recuerdo emocionado (ahora que viven días sombríos) para todos los bares de paradores, hermosos rincones que he frecuentado con gran gozo. Los de Santo Domingo y Calahorra, por supuesto, pero también sus hermanos: la llamativa galería del parador de Sos, los solemnes espacios de los de Segovia o Sigüenza, el recoleto patio del de Mérida, el enigmático ambigú del de León y, sobre todo, el maravilloso Parador de Cádiz, cuyo barra se asoma a la bahía y mirando al mar se queda un poco como su clientela: colgada.

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Laurel se empina (Bares dedicados IV)
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Jorge Alacid | 07-12-2012 | 09:07| 1
Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez

El amigo Justo Rodríguez me envía esta foto del Soriano por si acaso le reservo alguna entrada a nuestra calle más popular, la Laurel. Lo cual me recuerda un artículo que allá en el 2006 publiqué en Diario LA RIOJA y ahora  recupero, con dedicatoria para el caballero. Se titulaba ‘Laurel se empina’. Me temo que, aunque ha perdido vigencia en estos seis años (algún bar ha desaparecido, por ejemplo), ahora todavía se empina más. Ahí va.

Mi bar favorito de la calle Laurel es el Donosti. Le tengo un cariño que ha superado incluso las reformas contra él perpetradas, que acabaron por deteriorar su alma, de suyo tan castiza. En el Donosti vi el 12-1 de España a Malta, así que cada vez que oigo el gallo de José Ángel de la Casa cantando el gol de Señor lo asocio con su empinada barra, con su atmósfera muy familiar: el padre, Juanito, ejercía de capataz y su mujer dominaba la cocina, mientras los críos hacían los deberes en las mesas del fondo. El Donosti era un sorprendente bar cuesta arriba, que servía como metáfora de la calle donde se aloja: Laurel, la misma que sólo ciertos horteras o algún despistado osa denominar ‘La senda’, apelativo que los indígenas detestamos.
Ahora regreso al Donosti de nuevo reconfortado, porque una de las chicas del desaparecido Iruña ha tomado el relevo de los anteriores dueños, lo cual interpreto como un presagio, la intuición de que sigue valiendo la pena trepar por esta cuesta y destripar su secreto. Porque Laurel no es una calle, es una religión, la Iglesia laica de Logroño, con su colegio episcopal, su feligresía, sus sacristanes y hasta sus beatas. Con su propio misterio trinitario: Laurel es una y trina, porque en realidad hay otras dos calles (la Travesía, Albornoz) tributarias, una más si contamos el tramo inicial de San Agustín, allí donde tantas rondas desembocan.

Últimamente, noto la calle aún más cuesta arriba. He comprobado que eso de empinar (el codo) es contagioso, porque también se empinan las cajas registradoras, cuyos propietarios se valen de la debilidad que sus parroquianos sentimos por sus bares. Los fieles ni nos inmutamos ante la minuta ni ante el prodigioso efecto multiplicador que le sucede al vino cuando llega a esta calle: su valor se dispara en la misma proporción en que mengua la cantidad depositada en la copa.
A mí me da lo mismo. Amo la calle Laurel y escalaré por ella aunque todavía se empine más. Disfruto viendo las manos de prestidigitador de Manolo, que parte tomates a velocidad endiablada mientras cuenta algún chiste en El Soldado. Adoro la bella voz de jotero con que Javi pide un cojonudo en La Simpatía y me hipnotiza el montacargas por donde la buena gente del Sebas arría su exquisita tortilla de patata. El Blanco y Negro, el Taza, el recuperado Donosti… Todos forman parte de mi corazón tan logroñés y a todos he vuelto tras algún exilio temporal en San Juan y la Mayor, cuando esta última calle aún no había sido tomada por las hordas adolescentes, cuando aún la reconocía como la de toda la vida. Así que seguiré sonriendo con las ocurrencias de Manolo, saboreando los calamares que preparan donde Javi y maravillándome con las referencias de Rioja que han ido coleccionando los herederos de Sebas. Soy un cliente fácil que sólo desea precisamente eso: que nos lo pongan algo más fácil.

P.D. El Soriano no se aloja estrictamente en la Laurel, pero ya advierto arriba que la calle es una especie de tres en una. El imaginario popular también denomina como Laurel a la calle Albornoz y a la Travesía, en cuyo número dos radica en realidad esta barra tan célebre, dedicada al monocultivo del pincho único que le da fama: ese champiñón cuyo misterio (dicen) está en la salsa, una fórmula tan secreta como la de la Coca Cola. Ese champi que yo sigo intentando tomar sin pringarme: en vano, lo confieso.

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Llanto por el vermú desaparecido
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Jorge Alacid | 03-12-2012 | 08:53| 11

Allá por el 2006 publiqué en Diario LA RIOJA un artículo titulado ‘Vuelve el Tontódromo’  donde elucubraba sobre la reaparición de hordas adolescentes en el paseo de las Cien Tiendas. Ignoro si la recuperación de tal enclave como paso de paloma para los púberes logroñeses ha fraguado finalmente: lo que tengo seguro es que su recuperación como cabeza de puente para el vermú dominical sigue sin cuajar. Entre otras cosas, porque el vermú en general ha dimitido. Falleció años ha en Logroño, vaya usted a saber por qué. En aquel artículo me maliciaba si habría perecido a manos de Valdezcaray: la costumbre de visitar la estación de esquí riojana y sus gemelas pirenaicas despobló de potencial clientela aquellos bares del entorno de Jorge Vigón y Juan XIII, así como al resto del sector hostelero. También admito que los nuevos usos noctámbulos que imponen regresar a casa de amanecida quita encanto a eso de despertarse al mediodía y encaminarse hacia la barra favorita, de modo que Logroño parece un desierto a la hora del aperitivo cada domingo. Excuso comentar entre semana. Una pena.

Sobre todo, si se compara con las ciudades vecinas, donde tan civilizada costumbre se mantiene. Uno alarga la hora de volver a casa a por el almuerzo, picotea allí o allá, va saltando de tertulia en tertulia y pasa revista al censo logroñés. Así sucede, según he comprobado, en las vecinas Bilbao (ciudad de gran tamaño) o Soria (menos poblada). Pero en nuestras calles… Parece un imposible, porque los domingos ni siquiera están abiertos muchos bares. Cerrados gran parte de ellos, el paseo matutino acaba en la Estación Nostalgia. Nostalgia por aquel tiempo en que uno ni siquiera podía entrar en Cibeles: lo impedía una multitud acodada en la barra y otra de similar tamaño parapetada afuera en torno a la puerta. El vecino Torcuato presentaba el mismo llenazo de no hay billetes, de modo que la masa acudía  al Napoli… y más de lo mismo. El Porto Novo, parecido. El Amalis, otro tanto.

La ruta proseguía hacia la mentada Jorge Vigón con parada en Dickens (local enanísimo en la esquina con Juan XXIII que más tarde devino en bar de copas) y Wellington, como si estuviéramos en Londres. Era igualmente vano intentar tomarse un vino en Majari, por lo angosto del espacio y por el gentío que lo asaltaba. Más sencillo era ocupar un hueco en la larguísima barra del Drugstore, mi preferido de entre todos los citados, que contaba con la ventaja de pinchar música bastante decente… si Simple Minds te gustaba tan obsesivamente como a su dueño. La muchedumbre se diseminaba a la altura del Amazonas (con su coqueto reservado para ver la tele y jugar la partida) y, sobre todo, por Vivero, una barra muy chic así llamada por las piezas de marisco que ofrecía… pero que casi nadie se podía permitir.

El viaje acabó alcanzando a la aledaña avenida de Colón (Apolo, Tizona, Texas) hasta conquistar incluso la calle Villamediana, donde se emplazó la primera sede del Bodegón Andaluz: la ronda acababa por lo tanto con sabor a amontillado y aroma de aceitunas negras. Que intente alguien este próximo domingo una excursión semejante: acabará como yo, derramando una imaginaria lágrima por aquel rito desaparecido.

P.D. Me temo que desaparecida la costumbre del aperitivo, las ventas de vermú habrán declinado en consecuencia. Nada que ver con la época en que triunfaba el Martini y resto de productos de sello italiano (Campari, Cinzano: aquellas bebidas tenían nombre de ciclistas), con algún momento de auge francés: sí, también llegamos a sucumbir al Pastis y derivados. Ignorábamos entonces que La Rioja contaba con su propia contribución al célebre trago que siempre imaginamos originario de la soleada península: sí, el vermú también puede ser autóctono. Basta un recorrido por nuestros bares para confirmarlo: allí brotan los apellidos del cenicerense Pascali o del jarrero Lacuesta, en cuyo honor brindo esta entrada.

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Carrusel del Negresco (Bares dedicados III)
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Jorge Alacid | 29-11-2012 | 09:23| 0
Luis Santos, fotografiado por Justo Rodríguez

Puesto que en una entrada anterior me pidió Felipe Royo, fiel corresponsal de este blog, que algún día contara mis recuerdos del Negresco, aprovecho para recuperar este artículo dedicado al desaparecido bar de Martínez Zaporta que publiqué en el 2007 en Diario LA RIOJA, dentro una serie de retratos logroñeses titulada ‘Desde Portales’. Se lo dedico al propio Felipe y, de paso, a Luis Santos. Con la esperanza de que me perdone por lo que cuento al final.

Tengo un vago recuerdo de la pizarra que instalaba el Carabanchel para informar al peatón logroñés de los resultados de la jornada de liga. No he olvidado sin embargo a su hermana pequeña, la exhibida durante años en el Negresco. A su calor, cada domingo se congregaba en el castizo bar de Martínez Zaporta una cofradía de futboleros, ahítos de información. Qué lejos quedaba entonces Internet; ni siquiera había llegado el tiempo de la radio portátil formato minimal. Sí te podías tropezar con algún enfermo del Madrid o del Athletic (los forofos riojanos del Barcelona cabíamos entonces en un taxi) transportando el tremendo transistor por la calle, bien pegado a la oreja, con ocasión de algún partido de la máxima rivalidad, como se decía por entonces: aún no se había popularizado el concepto de derbi, mucho menos el de clásico, otro invento de Valdano.

Aquel era un carrusel deportivo de tiza. Un camarero del bar, o a veces el mismísimo Luis Santos, dejaba de despachar mejillones picantes y se abría paso entre los parroquianos para acercarse hasta la pizarra. Digo pizarra en singular, pero la verdad es que había más de una, casi tocaba a pizarra por categoría. Pizarra de primera división, para anunciar los éxitos
de los equipos grandes y corroborar la información recién divulgada por Vicente Marco. Pizarra de segunda, donde solíamos ver al Logroñés, cuando sólo había uno y el auténtico todavía no había sido secuestrado por la cuadrilla que hoy lo dirige. Pizarra de tercera y pizarra de regional, sin olvidar el día en que el Berceo juvenil militó en las ligas nacionales y fue preciso habilitarle un hueco.

En el Negresco, el equipo verde jugaba en casa, pero sus resultados había que buscarlos por el mismo método con que se rastreaban todos los demás: mirando por entre las cabezas de los futboleros de aquella época, haciéndose sitio a codazos, aguardando con una emoción incomparable el momento en que alguien surgía bayeta en ristre, borraba el marcador de tal o
cual partido ya anticuado y pintaba con tiza el nuevo resultado. Alguna vez, terminado ese lentísimo rito, se escuchó a alguien gritar ¡gol!, un gol coreado con minutos de retraso pero con el mismo entusiasmo que hubiera desplegado su autor de encontrarse en San Mamés, Mestalla o Los Cármenes. También hubo ocasiones en que el camarero que acababa de apuntar un cambio en el simultáneo de tiza, no bien había regresado a la barra cuando ya estaba de vuelta, subido a un taburete para corregir el resultado que acababa de hacerse viejo de repente.

Como nosotros. Se nos ha caído encima la liga de las estrellas de ésta y otras galaxias, sin tiempo de decir adiós a las pizarras y a las hojas volantes llamadas ‘Balonazos’. Sin tiempo de despedir a Luis Santos y su colección de tizas y sin haberle pedido nunca perdón por aquella vez en que me preguntó si quería algo de picar y sólo supe contestarle con una pregunta:
– «¿Tiene usted orejas?».

P.D. El 20 de marzo del 2005, mi compañera  Estibaliz Espinosa entrevistó a Luis Santos para Diario LA RIOJA, de donde procede la foto de esta entrada, obra de Justo Rodríguez. Os dejo aquí este párrafo a modo de saludo o de resumen: “Tan asumido tiene Luis su apodo -‘El Orejas‘- que él mismo se lo aplica. «El que no me llama así, es porque no me conoce. Incluso a los desconocidos les digo que es mi tercer apellido», bromea. Y vuelve a la pizarra del ‘Negresco’, donde también apuntaba en primicia los números del sorteo de Navidad o los resultados del Tour. «En el bar estábamos todo el día de chufla» -dice-, y con esta intención gastó en una ocasión una broma a un grupo de requetés que regresaban de Montejurra y que pudo costarle cara. «Entraron ocho o diez y parecía que se comían el mundo. Yo, sin pensarlo, lancé el trapo que tenía para limpiar la barra y le di a uno en la gorra colorada, que salió lanzada. ¿Cómo se puso! Afortunadamente, la cosa no llegó a más».

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La belleza está en el interior
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Jorge Alacid | 26-11-2012 | 17:42| 6
Las célebres patitas del Cachetero

Hubo un tiempo en que las barras de Logroño apenas se veían pobladas de pinchos. Así como hoy resulta imposible tomarse un vino sin caer en la tentación de probar algún bocado, no hace tanto pasaba lo contrario: que la sana costumbre de picar se veía limitada a algunos bares castizos, donde el protagonismo gastronómico oscilaba entre la simpática tortilla, el venerable emparedado y ciertas aportaciones cuyo recuerdo todavía me emociona. Los ajos del Florida de la calle San Agustín, por ejemplo. Y la casquería, protagonista de esta entrada.

Porque en aquel Logroño que empezaba a quitarse la caspa, era habitual emprender por sus bares la ruta de los despojos, cuyas sucesivas encarnaciones ocupaban también en esa época los menús domésticos… de donde han ido desapareciendo a medida que se imponía la moda light, los alimentos que sí aprobaría nuestro endocrino, la dieta fetén para matricularte en el gimnasio. Nos queda por lo tanto la añoranza: nostalgia del hígado empanado, sin ir más lejos… que a los días de la infancia, cuando constituía un ingrediente común que luego nos persiguió hasta el servicio militar. Sucedía que así en los pucheros de las abuelas como en las perolas del Ejército, las vísceras ocupaban un sitio destacado por una razón fácil de entender: que eran baratas. Muy baratas. Y yo añado: sabrosas. Muy sabrosas. Aunque alguna más que otras. Uno tiene que confesar el odio antiguo que profesa precisamente hacia el hígado, un plato que detestaré de por vida y que sin embargo fue un clásico en la oferta alimenticia de los bares logroñeses del siglo pasado. Aún resiste en alguno de ellos (el Sebas, por ejemplo), pero en general creo que se bate en retirada.

Ocurre algo parecido con el resto de su parentela, en su mayoría desaparecida, con una gloriosa excepción que ya presidía mis adolescentes paseos por Laurel: la suculenta orejita rebozada del Perchas, el Cielo le asista. Sé de algún veterano logroñés, avecindado hoy lejos de su tierra, cuya primera visita a la ciudad donde nació tiene siempre como destino este bar fiel a sus principios. Pero el pincho estrella del Perchas (un clásico también del entrañable Gurugú) es un oasis en el desierto logroñés de la casquería: dónde comerse hoy unos huevos fritos con asadurilla. Dónde una cazuela de callos, un plato de embuchados (con eficiente control sanitario), una ración de delgadillas. Dónde la sangrecilla, dónde los sesos, dónde los riñones… Porque de las criadillas (con perdón), ni hablamos.

Y, sin embargo… Tengo para mí que en esta hora, cuando la crisis aprieta y también ahoga, nuestros bares acabarán volviendo a sus orígenes para rescatar del recetario de la abuela los platos con despojos, una palabra que no debería intimidarnos. Por la misma razón arriba citada: porque es una cocina barata. E insisto: también sabrosa. Mi presentimiento se basa en una razón: que hasta el Cachetero Tapas Bar, la barra que acaban de abrir los Arechinolaza en la calle Albornoz, les ha seguido una de las estrellas de la carta del restaurante vecino, las patitas, mi plato favorito en el tenebroso mundo de las entrañas. Toda una exhibición de sabiduría popular. Mientras las saboreo, me pregunto a quién se le ocurrió que en ese humilde rincón de la anatomía animal se ocultaba un bocado tan suculento, qué ingenioso cerebro intuyó que la belleza reside en el interior y puede esconder una maravillosa oferta gastronómica. Y a medida que me voy pringando con la grasilla que desprende el pan que unto, entiendo de dónde nace esa expresión tan gráfica de chuparse los dedos. Lo entiendo literalmente. Y de nuevo con perdón.

P.D. La Tavina, el estupendo bar recién inaugurado a la entrada en la calle Laurel, ofrece en su barra del piso inferior una versión modernizada de los despojos de toda la vida: los morros, convertidos aquí en una fina lámina muy sugerente que no renuncia a ese sabor tan particular. No sé qué pensará la Sociedad Española de Cardiología, pero a mí me encantan. Igual que su hermana menor, la careta, o su prima, la lengua, otro manjar en vías de extinción. Rebozada o en salsa, me parece otro bocado delicioso. Que por cierto sería el pincho que Karlos Arguiñano ofrecería en la hipotética barra del bar que nunca ha tenido, según confesó una mañana en la tele. Amigo Karlos, yo iría a ese bar de rodillas.

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