La Rioja

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Bares dedicados (I)
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Jorge Alacid | 07-11-2012 | 09:16| 10
Una imagen de la desaparecida Chocolatería Moreno. La foto es de Juan Marín

Por invitación de una seguidora de este blog, inauguro una sección con aroma a radio, aquella mítica sección de la postguerra de canciones dedicadas. En este caso, bares dedicados. Así que para Noemí, aquí tiene lo que pedía. Una entrada para recordar a la desaparecida Chocolatería Moreno; es un artículo que publiqué en Diario LA RIOJA en febrero del 2008 y que ahora recupero. Se titulaba ‘Chocolate feliz’.

Seguro que usted ha sido uno de ellos. Uno de tantos padres que cierta vez acudió a alguno de esos antros llamados chiquipark porque una de sus criaturas soplaba las velas que tocaran ese día y le habían organizado una fiestecita. Sí, seguro que usted también se ha resignado a aburrirse mientras la chavalería disfrutaba sudando en la pista de bolas y ha comprobado la escasa atención que la grey infantil prestaba a la merienda. Habrá regresado a casa después de hacer fila para secarle el pelo a su cachorro y cierta tarde se habrá tropezado con un rastro de globos recién inflados que en la carretera de Soria anunciaba algún cumpleaños infantil.
¿Cuándo empezó esta moda? ¿Quién la impuso? ¿Cuántos cafés llevo esperando a que acabe el dichoso guateque del crío? Las preguntas surgen espontáneas, pero, salvo para la tercera (calculo que voy por el tercero), apenas encuentro respuestas. Sospecho que se trata de una concesión más en este camino sin retorno que exige para estos querubines una infancia feliz y desahogada, sin sobresaltos, que incluya cada semana una fiesta. Cómo consentir que nuestros retoños tengan que conformarse con el humilde chocolate con churros, aquel clásico que embadurnó nuestra mocedad, y se les prive de payasos, magos y globos. Sobre todo, que no falten los globos.
Abandono. Me marcho a Moreno, la chocolatería que resiste el ataque de la modernidad desde su atalaya en la calle del Peso, entrañable rincón donde la formica aún impone su ley y una oleada de nostalgia invade su impagable vitrina, sus churros que siguen sabiendo milagrosamente a churros, los precios que ignoran los estropicios que el euro (y la codicia de algún hostelero) causaron a nuestros bolsillos. Uno iba a Moreno con cada cumpleaños, recibía el pescozón de rigor por mancharse el jersey de chocolate y volvía a casa: la fiesta había terminado. En eso consistía. En realidad, no había mucho donde escoger. Tu capacidad de elección se limitaba a optar por Moreno, esa deliciosa merienda en el subsuelo logroñés, o decantarte por Reyga, palacio de los cumpleaños, aunque sólo fuera por el colosal espacio que ocupaba en Víctor Pradera, una bajera siempre mal iluminada de donde nacía ese olor a galleta que acompañó alguna infancia. Había otras posibilidades: la misteriosa chocolatería de República Argentina, estrecha como el talle de Carla Bruni, o esa tercera vía que llevó el nombre de Manolo Iturbe, genial pastelero que oficiaba desde el obrador de Vara de Rey, aunque lo exiguo de su confitería aconsejase acudir a Moreno en cuanto el número de invitados superaba la media docena.

Sí, volvamos a Moreno, que son medio parientes: su anciano chucho, al que supongo ya desaparecido, cortejó un tiempo a mi perrita, pero aquel romance no cuajó, tal vez por la diferencia de edad. Volvamos a Moreno, donde descubriste lo feliz que puedes ser cuando mojas el churro.

P.D. Si alguien tiene interés en convertirse en la segunda entrada de esta sección; es decir, si le apetece que recordemos aquí algún otro garito, no tiene más que pedirlo. Como una folclórica más, uno se debe a su público

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Qué lugares
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Jorge Alacid | 05-11-2012 | 11:53| 12
Una imagen del bar Pachuca de Logroño, firmada por Justo Rodríguez

 

Siempre que desciendo por Marqués de Vallejo acabo dedicando alguna miradita al difunto bar Pachuca, cerrado desde hace décadas… aunque ahí sigue. En pie. De momento. Ocupando el mismo espacio que cuando funcionaba, con su hermoso rótulo adornando el acceso que franquearíamos si la puerta decorada por teselas multicolores no se empeñara en mantenerse cerrada. Y automáticamente, movido por un extraño mecanismo mental, a cada mirada que le dirijo le sigue una cavilación, un deseo que nunca se hará realidad: si un día la fortuna me convirtiera en millonario y quisiera concederme un capricho. Si en tal caso me volviera majareta y me diera por abrir un bar en Logroño, ese bar sería el Pachuca.
Ignoro qué extraño magnetismo oculta su barra desaparecida.

Tal vez sea solo un símbolo, porque siempre he mantenido que el alma auténtica de una ciudad española, el espíritu secreto de eso que llaman capital de provincias (Logroño, por ejemplo) suele encontrarse en este tipo de establecimientos. En sus bares. En sus bares, sus cafés, sus cafeterías y sus garitos de cualquier condición. Porque eso de beber hermana mucho a la ciudadanía. Hermana tanto que me pareció posible encontrar algún eco al otro lado de esta pantalla cuando se me ocurrió la aventura que aquí se inicia, un blog donde se irá explorando el mapa de los bares logroñeses, sin que deba descartarse alguna incursión fuera de las fronteras de la ciudad.

Y para recalcar esa idea de hermanamiento ciudadano con que hoy surge Logroño en sus bares, se admiten sugerencias. Desde luego, serán bienvenidos los comentarios, las dudas y hasta los reproches. Se considerarán sospechosas las alabanzas (si es que aparecen) y se intentará no conceder demasiada trascendencia a las palabras con que dibujemos este itinerario sentimental que para algunos de nosotros, para unos cuantos logroñeses, significa la historia de nuestros bares.

P.D. Aunque las fuentes consultadas no se ponen de acuerdo, y puesto que sólo de muy crío recuerdo haberme acodado en la barra del Pachuca en compañía de mis padres, el relato más plausible de su biografía que he logrado trazar es el siguiente, gentileza de un amable informador que prefiere permanecer en el anonimato. El Pachuca, según me cuenta, fue un bar montado por un sevillano llamado Ricardo, acrisolado hincha del Betis. Logroño acababa de inaugurar la década de los 60 cuando tropezó con este bar que anunciaba ya el desarrollismo en su sorprendente barra. Sorprendente, por la variedad y atractivos de sus pinchos. El más popular, bautizado ‘pachuquito’, consistía en huevo cocido y rebozado con jamón y queso. Pero había más ejemplos de gastronomía camp: canapés de queso roquefort, una tortilla de patata al parecer sabrosísima y la tapa estrella, los langostinos cocidos y sumergidos en mayonesa. Semejante festín duró hasta los años 80, cuando cerró luego de algún adiós provisional. Y así sigue, difunto y clausurado: esperando a ver si  algún valiente se anima.

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