La Rioja
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Jorge Vigón, la tercera vía
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Jorge Alacid | 25-01-2013 | 16:12| 11
De Cristal a Goxo, hoy cerrado

A petición del público, cierro aquí la excursión por las tres zonas de copas nocturnas que en Logroño han sido… antes de que el Casco Antiguo se ofreciera a alojar dicha actividad. En el principio fue la Zona, la Zona única, la que todavía se sigue llamando así; a rebufo de su éxito nació otra que no llegó a cristalizar y también mereció unas líneas en este blog: era la que tuvo la calle San Millán como eje. Y la tercera, que surgió por aquella misma época (mediados de los años 80), ha sido citada aquí repetidamente en los comentarios de mis queridos corresponsales: se aposentaba en el tramo final de Jorge Vigón, con epicentro en el fallecido pub Cristal.

Yo no la frecuenté mucho. Si caía por allí casi siempre era para pasarme por el Isopo, garito con varias vidas ahora resucitado como cafetería de barrio y bautizado como Sol Nórdico (curioso e intrigante nombre, por cierto). Creo que su momento de esplendor me pilló ya demasiado veterano para apreciar la gracia del Cristal y su colección de vespinos en la puerta, que invitaban según recuerdo a conquistar la calle como si fuera Montmeló: aquellos émulos de Ángel Nieto instituyeron un circuito inofensivo que les llevaba hasta las famosas ‘eses’ de Albia de Castro, a la altura del D´Elhuyar. Unas curvas que no todos los pilotos supieron negociar como debían, de modo que regresaban tullidos (pero felices) al hogar materno: esto es, el Cristal.

Como se deduce, aquel fue un bar netamente juvenil, más propio para la clientela que daba sus primeros pasos nocturnos, de modo que estaba un poco como fuera de lugar en una ruta más propia para dipsómanos veteranos. Así ocurría en el vecino Pierrot, hoy transformado en otro bar de barrio, pero que en su buena época fue la primera piedra de aquel itinerario. La ronda seguía en el mentado Cristal y concluía en el Lyon, ahora también reconvertido en taberna british aunque con la clientela más fiel de la que tengo noticia por Logroño. Fin de la excursión, salvo para quienes como yo se animaban a cruzar la acera y penetrar en el Isopo, cuyo aliciente máximo no era tanto las copas como dos hallazgos en los que fue pionero: la recuperación del futbolín y el billar americano. Dos pasatiempos que triunfaron, como tantas cosas, en cuanto también supieron enganchar al público femenino: atraía como un imán a los parroquianos que  ingresaban en el garito y se topaban con unas cuantas damas en decúbito prono, taco en ristre, dándole a la carambola. Una propuesta imbatible que, sin embargo, ha ido declinando pero que entonces representó una curiosa conquista arrebatada a su hábitat natural, los salones de juegos. Claro que éstos eran casi cosa de hombres. Como el coñá.

Este repaso de la Zona de de Jorge Vigón, aquella tercera vía, quedaría sin embargo incompleto si no se añadieran a sus epígonos. Hemos citado Albia de Castro unas líneas arriba: la calle, la curiosa calle curvada y ahora truncada por la playa de cemento alrededor del polideportivo de Lobete. Volvemos sobre nuestros pasos para recordar que aquel recorrido se detenía allí, como una extensión con un punto más rocanrolero, rama jevi. Así se sustanciaba la oferta musical del veteranísmo Jake, venerable garito con inclinación metalera que resiste ya como solitario enclave y rebautizado desde su original denominación como Camarote. Antes le acompañaron otros garitos también memorables: casi pared con pared se erigía el Plas y un poco más allá, ya en la plaza, aquel exitoso Blue Moon que me tuvo entre su clientela sabatina unas cuantas noches, atraído por su buen gusto en la elección de los discos. Hoy, clausurado igual que su hermano de la esquina, el pub Los Delfines de insólita decoración (sí, en efecto: lleno de delfines), sirve para recordar lo que aquella Zona representó un día: una alternativa que no llegó a triunfar pero que hoy sobrevive, con bastante buena salud, como un itinerario de bares de barrio, propicios para el aperitivo, el almuerzo, el cafelito de media tarde, el vino de última hora y hasta alguna copa de madrugada. Es decir: Logroño en estado puro.

El Jake de Albia de Castro

P.D. El mentado Jake alcanzó como pronosticó Warhol su cuota de popularidad en los años 80. En su caso, porque estaba regentado por una de las chicas miembros del festivo grupo Las Vulpes, banda punk que alcanzó sus quince minutos de celebridad gracias a la censura a que fue sometido su tema ‘Me gusta ser una zorra’, cuya letra vista retrospectivamente sólo mueve a la sonrisa… salvo para aquellos que se escandalizan con cualquier cosa. Aquí os dejo un enlace a youtube con su mítica actuación en el no menos mítico ‘La caja de ritmos’ por si alguien lo quiere comprobar por sí mismo.

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Retrato de logroñés con bar al fondo
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Jorge Alacid | 22-01-2013 | 11:13| 3
Eduardo Gómez, retratado en la Taberna de Mere de Logroño

Sirva esta entrada como homenaje a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tanto han hecho por los hosteleros riojanos. Toda esa clientela que a lo largo de la historia ha contribuido a pagar el colegio de los niños de sus camareros de confianza. La parroquia conspicua que se ha hecho cargo de la hipoteca del patrón de tal o cual local, mientras sellaba una alianza eterna con los productos de las bodegas riojanas y resto de empresas del sector y permitía, en fin, la proliferación de las distintas actividades empresariales ligadas al consumo de alcohol, incluida la industria de mondadientes. Con todos ustedes, como representante de todos nosotros, Eduardo Gómez.

Eduardo es un archivo viviente y andante de los bares de Logroño. Acumula en sus libretas el historial completo de cientos, miles de garitos, cuya fecha de inauguración atesora como otros guardan las reliquias de un santo. En esas fichas que actualiza casi a diario se encuentra depositada la historia de esta ciudad, o al menos la historia de su lado festivo y ocioso. Nuestro hombre refresca a menudo sus datos con la visita perenne a los bares de confianza y también explora las nuevas barras que conquistan los barrios emergentes; con el mismo afán del entomólogo anota las novedades que se concitan en cada bar y derrama alguna lágrima cuando toca informar del cierre de alguno que formaba parte de nuestra historia sentimental.
Cuando decidí convertir a Eduardo Gómez en protagonista de estas líneas, pensé en una entrada única donde vertiera su ingente memoria como cliente de los bares logroñeses. Apenas llevaba unos minutos charlando con él en la casa que nos cobija a ambos, Diario LA RIOJA, cuando caí en la cuenta de que necesitaría varias entradas para acoger tanta memoria, tanto dato, tanta anécdota. Así que esta entrega es sólo la primera de una serie. En este caso, limitada a su experiencia primeriza a este lado de la barra de unos cuantos locales logroñeses. Es decir, sus rondas como novato, miembro de una cuadrilla cuya relación recita como si fuera la alineación del equipo de sus amores: “Íbamos de chiquiteo Pedro Rábanos, Agustín Pinillos, mi hermano Eugenio Gómez, Elías Fernández, Santiago Pastor, Ricardo Segura y un servidor”.

–    ¿Qué edad tenías por entonces?
–    Dieciocho, veinte años. Una ronda típica era la de los domingos, después del fútbol. Quedábamos en el Negresco y de ahí, a la calle Mayor. Se empezaba por El España, que llevaba Terete, y luego cruzábamos Sagasta y entrábamos en el Juanito, famoso por sus sardinas, el Bilbao, primer bar de Logroño en poner televisión para seguir las etapas del Tour de Francia y muy famoso en Navidad por su espectacular Belén, y el de Pedro el Riojano. Luego venían el Cosecheros, que al fondo tenía un patio para jugar a la ranita, y el Cuatro Vientos, junto al negocio de guitarras de Paulino. De ahí seguíamos por la calle El Puente hacia Herrerías, donde se paraba en el bar de La Tita, y se acababa en el Royalti de Amós Salvador.
–    ¿Qué echas en falta de entonces?
–    Una costumbre que se ha perdido. Cuando una cuadrilla se juntaba con otra y charlabas de esto y aquello, casi siempre se terminaba por cantar alguna coplilla en plan de pique. Eran jotas, habaneras, bilbaínadas… Y en Navidad, se cantaban villancicos con letras alusivas a la actualidad, que solían concluir con la petición para que el dueño del bar nos invitara.
–    ¿Y os invitaba?
–    Casi nunca, que yo recuerde.

P.D. En fechas posteriores seguiré contando las andanzas de Eduardo a lo largo de los bares de la ciudad que nos vio nacer a ambos y todavía nos aguanta. De momento, aquí dejo una relación de sus preferencias en esta materia.
.- Tu bar favorito de Logroño.
.- Hombre, no quiero que se moleste nadie, porque en esto hay que tener en cuenta matices de simpatía, de amistad, pero tengo que responder que mi favorito es el Mere, porque es un campeón. El Mere es un auténtico campeón. (Justo después de esta charla, el bar echaba el cierre y dejaba un poco huérfana a su parroquia).
.- ¿Y cuál echas más de menos?
.- En eso no hay duda: el Negresco.
.- ¿Y tu favorito del resto de La Rioja?
.- El Nelson, de Haro.
.- ¿Y del resto de España?
.- Uno que ya no está abierto, el Korinto de Madrid.
(Continuarà)

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Tejero en el Bambi
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- | 18-01-2013 | 13:17| 9
Tejero, pistola en mano, en la tribuna del Congreso durante el 23F

Ahora que el venerable Bambi de la calle Laurel reabre bajo nueva dirección, desprovisto de su entrañable aspecto y carente (me temo: no lo he comprobado aún) de su patio interior con lavabos; y ahora que la familia Alcántara actualiza el 23F, traigo aquí este artículo publicado hace cuatro años en Diario LA RIOJA. Lo recupero para contestar a esa pregunta que todos nos hemos hemos hecho alguna vez: tú, ¿dónde estabas el 23 de febrero de 1981? Pues yo, en el Bambi. Así que aquí va.

El Bambi era uno de aquellos bares que durante años custodió el legado de los antiguos váteres a pedales. Mientras la modernidad alcanzaba ya a otros establecimientos del ramo en forma de taza con el logotipo de la empresa Roca, el Bambi, como el Villa Rica o el Tívoli, siguió fiel a esa antigua forma de obrar que nos musculaba el muslamen mientras ponía a prueba nuestra puntería. No era su único encanto. A bote pronto, se me ocurren otros dos: el primero, que para llegar al excusado había que pasar por un breve patio donde se apilaban las cajas de cerveza, de modo que en invierno se garantizaba alguna meada bajo cero. Su otra aportación consistía en despachar un vino de la casa que propició los primeros neogóticos de Logroño: dejaba un cerco tan negruzco en los labios que ríase usted del cantante de The Cure.

Lo antedicho explica el cariño que algunos sentimos por esta veterana barra de la calle Laurel, donde cierto día de 1981 nos sorprendió el famoso ‘Tejerazo’. En la noche célebre, entramos un poco alborotados a refugiarnos del frío en tan acogedor establecimiento cuando sus parroquianos nos chistaron al unísono, reclamando silencio (el dedo índice en los morros): por la radio hablaba Jordi Pujol. Venía de conversar con el Rey y trasladaba a la audiencia de la emisora el contenido de su conversación. «Dice que todo está controlado », anunció el Honorable. Y añadió: «El Rey me ha dicho:
‘Tranquilo, Jordi, tranquilo’». La clientela del Bambi recibió aquellas palabras con una carcajada general, acentuada por el acusado acento catalán con que fueron pronunciadas. Unos cuantos se pusieron a imitar al inimitable Pujol y el resto le rió la ocurrencia.

Yo no entendía nada. Hasta esa hora, desconocía lo que Tejero y sus secuaces perpetraban. Había salido temprano de casa y dado por buena la primera versión, según la cual un grupo de guardias había entrado en el Congreso porque
temían que hubiese un atentado de ETA. Permanecía ignorante al ‘Se sienten, coño’, al bochornoso forcejeo con Suárez y Gutiérrez Mellado y a la frase sobre la enigmática autoridad competente «militar, por supuesto». Un veterano de la Laurel tuvo a bien explicarme estos detalles, pero como el tipo parecía al borde del coma etílico (el mismo aspecto por cierto con que le sigo viendo aún, casi treinta años después), procuré ganar raudo la calle, alcanzar el hogar familiar y ponerme en manos de ‘El Butanito’: esa noche, José María García alcanzó la gloria radiofónica con su programa en directo desde el Palace. Aún no había señal de televisión, secuestrada como la soberanía popular durante unas horas que para mí seguían presididas por la llamada a la calma que proponía Pujol. Tranquilo, Jorge, tranquilo.

El resto, ya se sabe. Historia contemporánea. Salió el Rey por la tele, se marcharon los golpistas por un tragaluz del Congreso ya de buena mañana y se firmó el dichoso pacto del capó. Yo me aficioné al periodismo de tribunales siguiendo las crónicas de Martín Prieto sobre el juicio y atendí las batallitas de algún paisano a quien la mili había sorprendido en la Brunete o subido a un tanque de la base de Bétera, esos que Miláns paseó por Valencia. También asistí a la macromanifestación que tomó las calles de Logroño y poco después volví al escenario del crimen: en otro bar de la Laurel disfruté del amistoso que jugó España enWembley, donde íbamos festejando el triunfo de Santamaría y sus chicos. De repente la cámara se apartó de la cancha y se fijó en la grada, donde un tipo empuñaba una pancarta: había dibujado la efigie de Tejero y escrito algo en inglés. A su alrededor, todos se reían. En el bar, todos nos quedamos mudos; la mayoría, sospecho que por vergüenza. Lo que yo sentí fue una tristeza infinita. La misma que me asalta alguna vez, cuando pasó por el Bambi y pienso en su váter de pedales, en Pujol y en Tejero. Tristeza y una cierta tendencia a la ira, que logro controlar.

Tranquilo, Jorge, tranquilo.

P.D. Revisando los artículos que, como éste sobre el Bambi, escribí durante unos años en Diario LA RIOJA en una sección titulada ‘Desde Portales’, compruebo que unos cuantos divagaban en torno a Logroño y sus bares. Prometo irlos publicando aquí a medida que me parezca que siguen teniendo sentido.

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Logroño confidencial
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Jorge Alacid | 14-01-2013 | 16:28| 8

Parcela de la carretera de Soria donde se alojaba Villa Iregua
En busca del bar perfecto peregriné una vez por Logroño, tiempo ha, sin gran éxito. Por entonces ignoraba lo que luego he sabido: que ese Grial no existe. O más bien, que el bar perfecto es una suma de todos. De todos y cada uno de los bares de donde uno va rescatando algún detalle, cierta atmósfera, un determinado ambiente… No tanto la garantía de un trago o un café bien preparado, o la intuición de un servicio ágil, eficaz y discreto. No tanto la esperanza de un interior construido con buen gusto ni la promesa de emboscarse en esa zona de sombra entre la barra y los veladores donde se ejecuta cada noche algún milagro. Lo que buscamos los adictos, me parece, en los garitos de confianza es algo inaprensible, inmaterial. Un espíritu. Un fantasma. A menudo, el recuerdo de una tarde feliz, una tertulia evocadora, una sonrisa amiga, un gesto cómplice, un destello de luz.

Yo sentí que había encontrado lo que buscaba una noche de sábado, cuando caí por casualidad en Villa Iregua. Aunque por entonces ya declinaba, el chalecito (hoy, un solar abandonado: qué pena) de la carretera de Soria albergaba aún los mejores banquetes de Logroño, con aquella cocina burguesa, estilo imperio, que empezó a quedarse un poco desfasada cuando de golpe nos volvimos todos tan modernos. Eso era Villa Iregua para mí: el escenario de las mejores galas capitalinas, el gran teatro de bodas para princesas logroñesas, el perfume de su célebre cóctel de champán, un trago hoy también superado por el tiempo. Ignoraba sin embargo que a un costado del edificio se cobijaba un bar, apenas una barra breve según la recuerdo, decorada con cierto buen gusto insólito por estos lares.

Allí me llevó el azar y allí me dejé conducir unas cuantas noches más. El ambiente era peculiar, por lo veterano de la clientela. Público eminentemente masculino, agolpado en improvisadas tertulias bien provistas del humo de los cigarrillos y los habanos, también adecuadamente regadas. En un espacio no demasiado amplio cabía sin embargo de todo,  medio Logroño, porque yo me las arreglé para procurarme un sitio con visión panorámica y, como el héroe de Dickens, dedicarme a mi pasatiempo favorito: convertirme por un rato en “humilde observador de la naturalaza humana”. En invierno, que fue cuando yo lo frecuenté, la función se iniciaba a esa hora confusa que los cronistas deportivos denominan tarde/noche. Los parroquianos más conspicuos se hacían fuertes alrededor de la barra y en una mesita aledaña alguna pareja entrada en años consumía un cigarrillo con la misma desgana con que atacaba la copa. En las chácharas vecinas parecía ventilarse algún negocio de postín, habida cuenta de que en él participaban esos caballeros que (benditos sean) a esa hora todavía vestían de traje. Al otro lado de la barra, un barman eficaz y taciturno iba a lo suyo, sin alardes, con esa eficacia de profesional antiguo que ya se ha glosado antes en este blog y que parece destinada a desaparecer de nuestros bares de confianza.

En fin, tal vez aquel bar no era para tanto y como tantos otros lo tengo idealizado. Tal vez sólo sucede que aquel tiempo en que clientela y camareros gastaban terno y corbata ya ha desaparecido. También han perdido su sentido bares como aquel, recoleto y noctívago, que atrapaba toda su esencia cuando se ponía el sol y ejercía de (posible) decorado como para una (imposible) peli de cine negro, con su breve aparcamiento de gravilla y esos tragos solitarios, que así lo parecían aunque se tomaran en grupo. De modo que hoy, cuando atravieso la carretera de Soria y veo anidar el polvo en la parcela que fue de Villa Iregua, pienso en su clientela fantasma, huérfana desde la demolición del chalecito. Huérfano Logroño también de un bar como aquel, tan idóneo para la confidencia.

P.D. Justo cuando la semana pasada empezaba a escribir estas líneas, tropecé con un artículo de Eduardo Gómez que despedía al gran Mere, camarero que fue de Villa Iregua. Os dejo el enlace de larioja.com, muy recomendable (http://www.larioja.com/v/20130108/rioja-logrono/adios-clasico-logrones-20130108.html)

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Los bares bizarros
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Jorge Alacid | 11-01-2013 | 10:08| 12
Entrada al bar Iturza, esta misma semana, según la cámara de Justo Rodríguez

Un corresponsal me advirtió hace tiempo de que el uso que yo atribuía al adjetivo tan de moda, bizarro, era incorrecto. Lo comprobé en la RAE y concluí que llevaba razón. Bizarro, advierte la Academia, significa valiente en su primera acepción y generoso, lúcido o espléndido en una segunda entrada. De unos años a esta parte, bizarro es sin embargo una palabra que se adjudica a algo más indefinible: personas, cosas o conductas un pelo fuera de lo normal, singulares. Con una singularidad, añado yo, como de otra época, cercana al casticismo. Un punto cañí. Por eso hablamos a veces de bares bizarros: aquellos que funcionan como una máquina del tiempo y te transportan a un momento de la historia ajeno al común de los presentes días, pero al mismo tiempo muy vigente.
Los bares bizarros de Logroño siempre serán para mí por lo tanto las veteranas barras de la calle Mayor. Es decir, no aquellos garitos contra los que hoy se empotra la clientela más joven en las noches del fin de semana, que han transformado la calle hasta dejarla irreconocible para unos cuantos entre quienes me incluyo. No, los bares bizarros son aquellos otros cuya parroquia envejece con ellos y mantiene una extraña lealtad a los antiguos hábitos y tradiciones. De ahí su encanto.
Hacia los primeros 80, nadie con menos de 30 años se daba una vuelta por la Mayor, de modo que descubrir aquellos bares donde se aparcaba la generación de nuestros padres y abuelos tuvo algo de epifanía. Lo he contado aquí en la entrada dedicada al Moderno: uno salía por la puerta trasera que daba al restaurante La Bombilla y de repente se le abría un mundo desconocido, con bares anónimos e intercambiables que sin embargo eran también al mismo tiempo únicos en su condición. Supervivientes de cuando la calle contaba con mucha más vida, vida vecinal y vida comercial, vida por supuesto hostelera. La ronda solía empezar en el Iturza, se detenía en un bar situado enfrente cuyo nombre he olvidado, cruzaba de nuevo la acera para una parada en el Bretón y concluía en el aledaño Cuatro Calles, garito que disponía de otros alicientes añadidos a la trasiega de alcohol: su dueño, que era pelirrojo y tanto nos recordaba al actor Danny Kaye (ya olvidado, supongo). Y, rareza máxima, el tipo era del Barça, lo cual entonces representaba una extravagancia. Además, reservaba en un rincón unas mesas para servir cazuelitas, otro exotismo en aquella época donde lo habitual eran bares sin ningún tipo de aliciente culinario.
Se exceptúa, eso sí, el Iturza, que ofrecía el pincho más raro que yo recuerde: un huevo duro. Repito: un huevo duro. El dueño extraía de una nevera contemporánea de Napoleón las bebidas y si la clientela le jaleaba, a veces aceptaba pelar el huevo duro luego de machacarlo ¡contra la frente! Se me saltan las lágrimas. Hoy todavía no puedo entrar en el Iturza sin refrescar esos prodigiosos días, cuando quienes empezábamos a afeitarnos pensamos que había una alternativa a la Laurel a poco que otra generación explorase los viejos territorios del Logroño de siempre. De hecho, poco después se abrió en la Mayor el primer bar ‘moderno’ que hizo bueno nuestro pronóstico: se llamó La Costanilla, ya disponía de una tapa digna de tal nombre (una zapatilla: esto es, una rebanada de pan con jamón y tomate) y su estilo era definitivamente otro, más acorde con los nuevos tiempos que se avecinaban y que se concretarían luego en el vecino Tifus de Travesía de Santiago. Nada que ver con esos antros que fueron declinando con la excepción mentada del resucitado Iturza, que funciona hoy un poco como me parece que funcionó en aquellos días. Como una especie de faro del fin de los tiempos, orgulloso de su estirpe, el último bar de toda una época. Un bar que hace bueno el adjetivo bizarro. Valiente, generoso, lúcido, espléndido y también singular.
P.D. Esa antigua exploración por la calle Mayor representó un descubrimiento de un puñado de bares que estaban ahí, esperando a que alguien los incorporase a la habitual ruta dipsómana. Un viaje que incluyó alguna cata en el Negresco, ya mencionada en este blog, y la conquista para los nuevos usos juveniles de otro garito muy querido, el Tigre, con su (en efecto) hermosa cabeza de tigre disecada. También disponía de  una estupenda juke box, una de las últimas de Logroño, que me invitó hace años a un escribir un relato corto publicado en una antología que editaba entonces Diario LA RIOJA. Cualquier día lo traigo por aquí.

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San Millán, patrimonio de la humanidad (Bares dedicados VIII)
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Jorge Alacid | 08-01-2013 | 18:20| 10

Bohemios, en la calle San Millán
Vuelvo sobre mis pasos por un rincón de Logroño que apenas atravieso para atender la invitación de una corresponsal. Corroboro lo que sospechaba: que hay una parte de esta ciudad que apenas cambia. Así sucede con algunos confines que exploré décadas atrás, cuando un poco por cansancio buscaba como tantos una alternativa a las rutas clásicas del fin de semana, muy a menudo liquidadas en ese itinerario tan común que conducía del Laurel a la Zona y pare usted de contar. Aburridos de pisar siempre las mismas baldosas, intentábamos encontrar nuevos alicientes en barrios todavía más o menos vírgenes, bares apartados del recorrido habitual. Hubo un intento de fundar una zona paralela a la auténtica en el tramo final de Jorge Vigón (Cristal y alrededores, decisivos para una generación logroñesa) y hubo otro ensayo que tampoco llegó a fraguar del todo en el entorno de la calle San Millán: fracasó el experimento como parque temático de bares pero triunfaron algunos de ellos por sí solitos. Y ahí siguen algunos, resistiendo.
El más veterano si mis cuentas no fallan es el Bohemios, barra inclasificable porque nació más bien como disco-pub, ofera hostelera que tuvo sentido en la década de los 80 pero que ahora uno no sabría definir muy bien en qué consistía: mitad discoteca, mitad pub, finalmente se conformó con ser un bar, lo cual no es poco. Un bar singular, con gran encanto. Aquel acogedor espacio en el epicentro de San José-Madre de Dios sirvió también como cabeza de puente para un viaje por todo aquel barrio que no fructificó, aunque me tuvo entre sus fieles en una lejana época: sus dueños conseguían eso tan difícil de que uno se sintiera allí no como en casa sino mejor. Como la música no estaba mal y sintonicé con el resto de la parroquia, un grupo de habituales que también habían encontrado allí una extensión de su hogar, me dio tiempo a cavilar refugiado entre los mullidos cojines si aquel local podría liderar la mentada ruta alternativa.
No hubo tal. Sólo algún local vecino soportó ese ritmo. Un poco más hacia avenida de la Paz, en la acera de enfrente se ubicaba y se ubica otro veterano, el Top, uno de tantos bares en plan navaja suiza, porque servía para el aperitivo dominical, el cafelito de media mañana, la partida de sobremesa… Un clásico logroñés. Cerca sobrevive también (con muy buena salud, me parece) el venerable Iris, castizo rincón donde se podía tomar la última copa igual que el primer desayuno, uno de esos locales todoterreno que tanto abundan en Logroño. Darma, Reading… La zona de San Millán estuvo a punto de cristalizar como tal con motivo de la apertura del Cacodilato, garito de divertida denominación que ejerció un acusado magnetismo sobre un sector bastante amplio de la adolescencia logroñesa de la época, primeros 80. Transformado luego en su actual encarnación como La Conejera, lo recuerdo bioen regado de vespinos a la puerta, antes de emigrar sus ideólogos a otro enclave también de curioso nombre, el Isopo, la longeva barra de Jorge Vigón, culpable de haber provocado un pequeño seísmo en los usos hosteleros riojanos: fue de los primeros bares en sacar el futbolín y el billar americano de la cárcel de los salones de juegos, una tendencia que luego siguieron unos cuantos garitos (Abraxas, Continental) con notable éxito.
El corazón de aquel breve mapa de bares latía en San Millán, calle cuyo resonante nombre nos remite al valle homónimo, hoy bendecido por la Unesco. Justicia poética: tal reconocimiento debería extenderse a la calle logroñesa que alberga los bares mentados, espinazo de esa hipotética zona de garitos patrimonio de la humanidad logroñesa que ha funcionado durante lustros como fuente de goces epicúreos y factor de cohesión social para la vida de todo el barrio, cuya clientela observo que los recuerda con más complacencia que nostalgia. Que no es poco.
P.D. La corresponsal que me invita a esta entrada se confiesa como una habitual de San Millán y adláteres. Recuerda a Luis y Valentín defendiendo la barra del Bohemios y cómo el citado Luis fundó luego por su cuenta el Darma en la misma calle. Menciona también a Ramón y Luismi al frente del Reading, quienes según sus noticias fueron quienes se hicieron con el Cacodilato y lo transformaron como La Conejera. Los tirantes de Manolo el del Top, el Venecia vecino, el bar Caballero de Mena y Navarrete que regentaron Isi y su hermano, cuyas legendarias patatas bravas siguen sin ser olvidadas…

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Nos vemos en los bares (Bares dedicados VII)
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Jorge Alacid | 04-01-2013 | 09:14| 6
Portada del disco 'Nos vemos en los bares', de Celtas Cortos

A petición de una gentil corresponsal, dedico esta entrada a la reivindicación no tanto de un bar o de una ruta de bares como de una tendencia hostelero-sentimental a la que, de verdad, yo he sido bastante ajeno. Ella se refería a ese rito iniciático en las cosas de Cupido que tenía como escenario el entorno de ciertos garitos, improvisados pasos de paloma para la exhibición hormonal y el coqueteo juvenil a la hora del recreo escolar. Según su experiencia, lo de menos era el bocado que sirviera de tentempié a media mañana: lo esencial de aquellas excursiones entre clase y clase era acertar con un punto de encuentro a mitad de camino entre los colegios de chicos y de chicas, división entonces habitual. Un lugar intermedio donde observar la correcta evolución de cada objeto de deseo generacional o comprobar si las nuevas hornadas se desarrollaban según lo previsto. Un sitio para ver y ser visto, donde hacer buena esa frase hecha según la cual todos en Logroño nos vemos en los bares. Como dirían (y cantarían) los Celtas Cortos. Que sin embargo eran de Valladolid. Y bastante pesados, por cierto.

Me cuentan que un enclave estratégico para este intercambio bastante inocente de miradas y chismorreos fue el Porto Novo de Ciriaco Garrido, que unía al atractivo de su oferta gastronómica (la sempiterna tortilla de patata, que ahí sigue, encarnada ahora como Porto Vecchio) lo ajustado de sus precios y, sobre todo, una situación inmejorable para el tráfico de emociones juveniles entre los alumnos de Maristas y las estudiantes de Agustinas. No excluyo que también acudieran las más intrépidas de entre las jovencitas de la Enseñanza, aunque les quedara a desmano, ni que asistieran también (como es obvio) las chicas de Adoratrices, a quienes les caía más bien al lado. Como se puede deducir, demasiado trabajo para el alumnado masculino del colegio San José, del que fui miembro durante una lejana época, cuando perpetrar tales actividades resultaba imposible: más que nada, porque los bolsillos no estaban para grandes fiestas. O llegabas a clase con el almuerzo solucionado desde casa o te lo procurabas a costa de codazos en la mínima barrita que daba a Calvo Sotelo, donde el bocata se despachaba barato, barato. Muy barato. Tanto, que una pequeña marea humana se echaba literalmente encima del religioso encargado del bar y liquidaba las existencias en apenas cinco minutos, una prisa entendible porque había que destinar el tiempo restante del asueto a lo realmente importante: el fútbol.

Las chicas estaban por entonces tan alejadas de nuestro horizonte más cercano como los chicos para ellas; desde luego, nadie imaginaba que pudiera coincidir con el respectivo objeto de deseo en bar alguno, porque esa práctica, la de ir a los bares, estaba vetada para nuestra quinta salvo que fuéramos acompañados de padres o tutores. Como en el cine. Lo máximo que se nos concedía era frecuentarlas en alguna sala de juegos, donde solo ingresaban las más audaces con la excusa de poner música en alguna maquinita. Pienso en el Nico, tan vinculado también a Maristas, o en el vecino Toky. Los bares como nexo de encuentro mixto eran cosa del fin de semana, en la ya citada ruta por Cibeles, Vivero y demás templos del vermú dominical, que según me entero ahora sirvieron también para ese jueguecillo seductor del bocata del recreo aliñado con miraditas. Una vez que colegios e institutos se poblaron de chicas y chicos a la vez, hubo que consignar otros enclaves decisivos en la educación sentimental de los púberes logroñeses. Así, las hordas del Sagasta tomaron al asalto el Chup Chup de avenida de Navarra (con algún desertor que optaba por La Esquina de la calle San Juan); en el D´Elhuyar se decantaron por el Neira; y, en fin, desde el ya extinto COU Valvanera se invadió el Sebas de Laurel, que a la hora del recreo no ofrecía resistencia. Es posible que en aquellas barras, entre bocado y bocado, se fraguara algún noviazgo. Y seguro que para alguna parejita el primer beso tendrá siempre sabor a tortilla de patata.

P.D La tendencia de trasladar los centros escolares al extrarradio puede provocar dos efectos en materia de bares: uno, que el sector hostelero decida plantar sus locales allá donde vea niños y niñas en edad de consumir. Dos, el más probable: que vuelvan el táper, el bocata envuelto en papel de aluminio, el taco de galletas y demás golosinas propias del avituallamiento a la hora del recreo. El nuevo Maristas carece de garitos a su alrededor, de modo que resulta temerario pensar en excursiones a Cascajos o al bar del San Pedro en busca del bocata perdido; otro tanto ocurre en Marianistas, excepto que algún valiente se anime a salvar la rotonda e ingresar en el barrio de La Estrella a la hora del almuerzo; más suerte tienen por Alcaste: al menos el vecino ambigú del Adarraga sirve como escenario para el esparcimiento infantil al salir de clase.

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Nuestro hombre en la barra
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Jorge Alacid | 31-12-2012 | 08:48| 4
Escena de 'Gilda': a este lado de la barra, la Hayworth; al otro, el camarero Tío Pío (Steven Geray)

Aquí os presento a mi camarero favorito. Se llama Tío Pío y no: no es de verdad, aunque a mí me parece más real que otros personajes que no son de ficción, como le ocurre a él. Tío Pío se encarnó en el cine en la piel de Steven Geray como secundario de una de mis pelis preferidas, la mítica ‘Gilda’ con la no menos mítica Rita Hayworth: era ese hombrecito con bigote de morsa parapetado tras la barra que oficiaba como una suerte de coro griego en aquella cinta. Un camarero de los de antes. Se limitaba a poner la copa cuando se la pedían y no ofrecía conversación salvo si la reclamaba su clientela, con dos excepciones: para incordiar a Glenn Ford y para masajear el ego de la Hayworth. Dueño de un fino sentido del humor, en algunas escenas desaparecía del foco con su tic favorito: una especie de cómico resoplido. No recuerdo que dejara para la posteridad ninguna otra interpretación memorable, pero su aparición en ‘Gilda’ le bastó para conquistar mi corazón y de paso situarme en la senda adecuada: desde entonces, comparo a cada camarero con él. De momento, todos salen perdiendo.

Y eso que los he conocido muy buenos a este lado de la pantalla. Y también muy pintorescos, como aquel tan parsimonioso del Tívoli, que defendía la terraza de la calle Bretón a cámara lenta y se las arreglaba para que la cerveza siempre te llegara caliente y el café, frío. Ah, aquellos aristócratas de las barras más castizas, como la saga de los Moracia en el Moderno o los veteranos de la Laurel, alguno ya jubilado: Juanito del Donosti, Sebas del bar homónimo, Manolo de El Soldado de Tudelilla… Y, sobre todo, mis muy predilectos camareros de La Granja, cantera de grandes profesionales (la quinta de Alfonso Soldevilla, por ejemplo). Allá Dámaso, que tripulaba la máquina de café como imagino que un almirante gobierna el puente de mando, aquí el eficaz Joaquín y por todos los lados, Santos, el infatigable Santos, barman y prestidigitador: de sus manos mágicas salía como por ensalmo el cruasán que nadie le había pedido y que te servía solícito incluso a la hora del aperitivo. Cierto que también te lo cobraba: ese era el truco final.

Todos estos camareros senior representaban un eslabón en la cadena según la cual este oficio se ejercía con un señorío antiguo: no digo que ahora se carezca de él, pero a mí me irrita ese aire confianzudo con que a menudo nos tratan desde el otro lado de la barra gentes con quien nunca nos hemos sentado a cenar. Me parece que sus predecesores eran otra cosa. Los habría antipáticos, quién lo duda, pero la mayoría pertenecía a la misma estirpe de todos esos estupendos camareros de Madrid que todavía van a trabajar con corbata y cada minuto te llaman caballero, una debilidad que confieso. “Caballero, qué va a ser”. “Caballero, su cafelito”. “Caballero, al fondo hay sitio”.

Antaño, la relación camarero-cliente se establecía más o menos según estas pautas de respeto, porque pienso que en la hostelería existía un mayor grado de profesionalidad y que no se me enfade nadie. Tal vez porque a menudo era un oficio transmitido de padres a hijos, a quienes les era legado un código de claves que resistía bastante bien el salto generacional porque se transmitía con una sobredosis de cariño y porque consistía en tratarnos como si, en efecto, fuéramos auténticos caballeros. Y damas.

P.D. Como despedida, un regalo. Una línea de diálogo de la mentada ‘Gilda’, entre la Hayworth y nuestro amigo Steven Geray, el gran Tío Pío.
Gilda: ¿Tienes fuego?
Tío Pío: Sí, señora Mundson. Este lugar está tan lleno y usted tan solitaria, ¿no es así?
Gilda: ¿Cómo lo sabes?
Tío Pío: Fuma demasiado. Lo he notado. Sólo la gente frustrada fuma demasiado y sólo los solitarios están frustrados.
(Por cierto, gracias a la Wikipedia me entero de que Geray acabó sus días en un sitio llamado Este Park, villorrio del estado de Colorado. Había abandonado la escena y elegido para vivir sus últimos días un paradójico negocio: un bar. Es decir, que Tío Pío acabó de camarero. Me hubiera encantado que me sirviera un trago).

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El bar de Hopper
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Jorge Alacid | 24-12-2012 | 09:44| 2
Nighthawks, 1942. Óleo sobre lienzo ( Chicago, Art Institute), obra de Edward Hopper

Paso cada mañana por su puerta desde hace meses y todavía no he visto adentro a ningún cliente. Supongo que en algún momento de su vida habrá conocido a alguien acodado en su barra, o sentado en las mesas interiores, o bien disfrutando de su terraza, pero sospecho que tal prodigio no será muy habitual. Y lo supongo por el aire conformista con que veo al dueño del bar abrir sus puertas, acomodarse en una silla y ponerse a rellenar crucigramas. Apilados a su vera, observo también un puñado de periódicos y revistas atrasadas, a la espera de ser consultados como terapia para afrontar cada jornada, que a primera hora ya tiene la pinta de ser larga. Muy larga. Mientras su amo se entretiene leyendo, nadie entra tampoco en el bar. La resignación invade ya cada rincón: ni siquiera se ha molestado en dar las luces.
Ya es de noche. Cuando regreso a casa, apenas una débil bombilla ilumina el interior. Nuestro hombre sigue aguardando al misterioso cliente que nunca aparece; el día languidece y tan solo una charla casual y furtiva con un vecino le alegra un par de minutos. Luego regresa a su guarida, donde a veces parpadea un televisor que parece anclado en la edad analógica. A veces, cuando cruzo ante su puerta, desearía que un milagro se hubiera obrado y la clientela acudiera en masa a tomarse un café o paladear un vino. En otras ocasiones, pienso sin embargo que hay algo cautivador en esta atmósfera sombría que derrama el bar y me parece que si su suerte cambiara también le abandonaría el encanto destartalado que me ha conquistado. Lo siento por el dueño, pero yo lo prefiero así.
El ambiente peculiar de los bares sin clientes ha inspirado una hermosa literatura, sobre todo norteamericana, y resulta muy caro también al cine. Recuerdo el bar de Fat City, donde paseaba sus miserias el héroe de John Huston, y no olvido tampoco a todos esos innumerables bares sin nombre donde ahogan sus penas en alcohol los protagonistas de tantas películas, aliviados por un camarero eficaz y silencioso contra quien rebota el eco de sus fracasos. Y me viene a la memoria el estupendo lienzo de Hopper, artista cuya sabiduría supo atrapar el alma de nuestra civilización, la soledad que rodea al hombre contemporáneo en cuadros como el que acompaña estas líneas. En su barra, al menos sí hay algún cliente. Exactamente tres. Un caballero de espaldas y una pareja que parece conversar con el camarero; en realidad, podría ocurrir que no hablaran con nadie, que se limitaran a mirar hacia el horizonte que aquí parece poco prometedor. A través del ventanal asoma una calle inhóspita, intercambiable. Intuimos que pertenece a Estados Unidos pero ese paisaje urbano que se precipita sobre el abismo de la oscuridad puede pertenecer a cualquier ciudad.
Incluso a Logroño. Si Hopper resucitara un día y se diera una vuelta por nuestras calles, tal vez reparase en este bar sin clientes que me tiene hipnotizado. Hasta es posible que en lugar de retratar su espíritu fúnebre, prefiriese penetrar en él y saltar al otro lado del cuadro. El arte dentro del arte. El auténtico bar de Hopper.

P.D. La crisis, la dichosa crisis, ha golpeado el consumo y se ha cebado con el sector de la hostelería. Así que bares donde entre poca gente… En fin, que hay unos cuantos. Una pena. Una pena cuantificada. Amablemente, Juan Donaire me pasa desde la Cámara de Comercio unos datos que deparan una sombría fotografía de la situación: entre el 2006 y el 2011, desapareció cerca del 9% por ciento de bares y restaurantes en Logroño. La caída es mayor en La Rioja: en el entorno del 30%. Lo dicho: una pena.

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Tívoli, hay otros bares pero están en éste (Bares dedicados VI)
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Jorge Alacid | 24-12-2012 | 09:36| 0

Bar Tívoli, alojado en un edificio ya derribado, hoy en reconstrucción

En noviembre de 1999 cerró sus puertas el Tívoli, estupenda atalaya situada en una esquina de alto poder estratégico: entre Bretón de los Herreros y Gallarza. Mi personal adiós tuvo forma de artículo, publicado entonces en Diario LA RIOJA, que ahora recupero gracias a José Ignacio Foronda. Lo traigo aquí a petición popular, porque desde que inicié la aventura de este blog unos cuantos corresponsales lo han citado entre los bares de Logroño que más añoranza provocan. Para mí fue durante un largo tiempo como una extensión de mi casa, así que pocos garitos llevo tan dentro de mi corazón. Ahí va.

“Hubo un Tívoli oculto, un Tívoli fantasmal que abría aún de noche, cuando amanecía, poblado por una turbamulta de tratantes de ganado, empleados de abastos y vendedores de lotería, una tropa canalla adicta al solysombra y al subastao. Pero no fue aquel Tívoli silente en cuyos lavabos desapareció una generación de logroñeses el que importa ahora en que dice adiós. El que nos ocupa brotó de repente a finales de los 70, reflotado por la legión de desheredados del Merlín, aquel fumadero de opio de la calle Portales. Los primeros frutos de la España democrática tomaron al asalto la terraza del Tívoli, se hicieron fuertes tras la montaña de pipas que, embutidas en saco de papel blanco, distribuía la locomotora del tren y vieron llegar los 80; el ‘Tejerazo’ y el ‘Naranjito’, la visita del Papa y la victoria del PSOE. Demasiado en demasiado poco tiempo.

Creció el tráfico en dirección a los urinarios, por seis pesetas que costaba un vino (un mal vino) se podía asistir en su barra a espectáculos insólitos para el Logroño de entonces: el rito iniciático de los primeros yonquis locales, cuando ni ellos mismos sabían que lo eran ni casi existía tal palabra, yonqui. Uno de ellos salió una noche del lavabo con la jeringuilla colgada del brazo y nadie en el bar se inmutó; recibió el trato común al resto de fenómenos extraordinarios que entonces se sucedían (la huelga del metal, la Cruz de los Caídos que se derribaba) e ignorado marchó con su ‘pico’ Gallarza abajo, tal vez en dirección al Moderno, constituido de súbito en el otro polo que compitió en magnetismo con el Tívoli en atrapar a la juventud local.

Pero el que nos ocupaba tampoco es ese Tívoli. El auténtico fue aquel que demostró que era posible la convivencia entre una nueva generación que reinó festiva en los antros de sus mayores y los parroquianos de toda la vida, que asistieron divertidos al ingreso en los nuevos tiempos. El puré que formaron unos y otros representó durante años el triunfo de una nueva manera de entender la vida, cuando todo Logroño cabía en el Tívoli y había que sentarse en sus veladores para mirar y ser mirados. Años en que el sigiloso Emiliano imperaba tras la barra decorada con fotos del Panaderito de Oyón y algún póster del Real Madrid de los Garcías, los años de Maisi, el camarero más lento del mundo, que surtía la terraza tras superar inverosímil cada tarde la cuestecita hacia Bretón, despachaba las consumiciones, recogía las cáscaras de pipas y se equivocaba en la cuenta, flotando siempre en una nube vagamente dipsómana.

Su sustituto, un joven camarero chisgarabís, desconocía que en su bandeja llevaba el adiós a los buenos tiempos. Más veladores poblaron la calle Bretón arriba, surgieron terrazas en cada confín de la ciudad, el Casco Antiguo se desmembró y el Logroño juvenil votó por la Mayor. El Tívoli se sumergió entonces en una dulce decadencia. Clausurada la verja que daba a Gallarza (alternativa portátil a la terraza propiamente dicha), empezó a ofrecerse como tantas esquinas logroñesas: qué gran chaflán para un banco. Hoy, quienes un día plantaron la tienda en su terraza, arrojan una lágrima por él; en realidad, habían empezado a prepararse para este día hace poco más de un año, cuando vieron que la salida del aparcamiento se había comido media calle, un montón de sueños”.

Emiliano, dueño del Tívoli, el último día de funcionamiento del bar
P.D. Emiliano y familia fueron los últimos del Tívoli. Yo les tenía especial simpatía porque habían defendido antes otro bar por mí muy querido, el de las piscinas de Cantabria, mi segundo hogar de tantos veranos. A él le dediqué un relato, ‘Échale la culpa a Emiliano’, recogido en un libro sobre la historia de la Federación Riojana de Pelota. A ver si un día de éstos lo recupero en este blog.

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