La Rioja
img
El misterio de la tapa gratis
img
Jorge Alacid | 30-04-2013 | 10:25| 62
Café con galleta y magdalena en un bar de Logroño: la tapa gratis es posible

“No es una tradición del norte de España”. Recuerdo que con motivo de una convocatoria de prensa la responsable de un bar del Logroño castizo saldó así de concluyente la pregunta de si alguna vez se habían planteado en el gremio servir una tapa de regalo a sus clientes. Y recuerdo que una periodista, asturiana ella, le invitó a que viajara un poco más: en efecto, la tradición de obsequiar a la parroquia con alguna de las especialidades de la casa está bien arraigada en el sur de España, es igualmente un rito que se observa en muchos bares de Madrid y anida además en numerosas ciudades del norte: por ejemplo, en las capitales castellanas. En Logroño, por el contrario, tan civilizada costumbre no se lleva. No se ha llevado nunca.

Lo cual es una pena. Ya sabemos que el bolsillo del hostelero anda como el del resto del parque laboral español, exánime y muy necesitado de cariño, pero siempre me he preguntado en qué escasa consideración tienen alguno a su clientela, sobre todo a la más adicta, si nunca, pero nunca-nunca-nunca, le convida a algo. Me vale cualquier cosa. Unas humildes aceitunas, unas modestas patatas fritas, las simpáticas peladillas. ¿Es mucho pedir? Me parece que no. Y me lo parece no sólo porque haya alcanzado esta conclusión por mí mismo, que mi opinión ya sé que no es gran cosa, sino porque cerebros más avezados que el mío han llegado a la misma queja: qué poco nos quieren nuestros camareros favoritos y los dueños de nuestros bares de confianza. Qué escasas veces se estiran. Y qué nulo ojo para el negocio: porque tengo la sospecha de que si mañana un local decide regalarnos un bocado (por minúsculo que sea) para que pase mejor el trago, se ganaría el corazón de su clientela. Que a menudo es tanto como ganarse su bolsillo.

A veces, este trato me duele especialmente. Sobre todo en los bares que más me gustan, aquellos que forman parte de la memoria más personal. Y, sobre todo, porque pienso que con un detalle de vez en cuando bastaría. Ya digo que me conformo con poco. No hace mucho me apoltroné en el Continental de Calvo Sotelo cerveza en mano y cuando pedí unas patatas fritas señalando hacia un sobre colgado de una pared, me invitaron a las que ofrecen gratis a la clientela. Gol por toda la escuadra. Otro bar que tiene este tipo de consideración es La Fundición del parque del Carmen, donde te regalan un platito de frutos secos y el vino sabe mejor. Así, a bote pronto, no recuerdo muchos otros. ¿Alguno más?

Dejo en manos de mis improbables lectores la respuesta a esta pregunta… Aunque me temo sin embargo que la lista será no muy larga. Curiosamente, esta manía de no pagarse ni un triste cacahuete coincide con otra moda bastante implantada recientemente y cada vez más extendida: la de incorporar un bomboncito o una galleta cuando pides un café. Un gesto cada vez más típico que demuestra que otros bares con otras costumbres son posibles en Logroño y que por lo tanto también debería ser posible incluir el equivalente salado cuando pedimos una caña, un Rioja o un refresco. Es cierto que en aquellos garitos donde uno guarda cierta relación de confianza y hasta cariño con los dueños suelen prodigarse este tipo de guiños, pero no hablo de eso: hablo de un detalle institucionalizado.

De esos que no son tradición en el norte de España.

P.D. De todas las ciudades cuyos bares más he frecuentado, pienso que León es la más hospitalaria con la clientela. Allí se despliega ese manual de cortesía consistente en procurar un bocado gratis al cliente, sin reparar en gastos: medias raciones de embutido, trozos de pizza de tamaño bien generoso, tacos de jugoso queso castellano… La lista está encabezada por un bar cuyo nombre he olvidado: frontera con el Barrio Húmedo, su especialidad es algo tan sencillo como las patatas fritas. Patatas que elabora el matrimonio que dirige el bar al borde del infarto, siempre sudoroso el caballero, con una sencilla receta: finísimas rebanadas redondeadas, fritas en abundante aceite, y espolvoreadas con un sencillo toque de pimentón, un punto picante. Éxito absoluto. Y gratis. A ver si la tradición se impone en este rincón del norte de España.

Ver Post >
Menudo pollo
img
Jorge Alacid | 26-04-2013 | 15:53| 0
Carpanta y su pollo, creación del dibujante Escobar

El pollo, gloria de la gastronomía española y mundial, que admite distintos usos y se manifiesta en nuestras mesas y nuestros bares en muy variopintas versiones, representó antaño una cumbre de la cocina popular. Eran años de precariedad culinaria, hasta el punto de que el pollo guisado era el plato que habitualmente reservaban los hogares patrios para la comida dominical, gran momento de la semana.

En el imaginario popular de la época, el pollo, aunque hoy cueste admitirlo, se izó por lo tanto como un monumento y así lo entronizó el dibujante Escobar cuando se le ocurrió la idea de crear al personaje bautizado como Carpanta, un tipo que hizo carrera hasta el punto de que su nombre fue durante años sinónimo de hambriento. “Más hambre que Carpanta” era un dicho muy común que dejó de tener sentido cuando dejamos de pasar hambre. Tal vez haya que recuperar ahora esa frase hecha…

Ocurría que Carpanta, cuando llevaba tiempo sin probar bocado y en consecuencia deliraba, a veces veía pollos. Pollos bien gorditos, pollos descabezados, pollos convertidos en el manjar al que tenía vetado el acceso el pobre monigote. Menudos pollos. El pollo era el alimento nacional por excelencia y cuando Carpanta soñaba, en sus ensoñaciones respetaba esa lógica que todos habíamos hecho nuestra: en el caso de Logroño, porque si uno paseaba por la calle Gallarza y fijaba la mirada a la altura del Niza, era inevitable topar con los hermanos pollos ensartados en fila de a cinco como si fueran banderillas, perfumando toda la manzana y haciéndole a uno salivar en el camino hacia casa. El propietario del bar, cuyo hijo cuida hoy con gran mimo y sentido del oficio, se pasó media vida según lo recuerdo moviendo aquellos pinchos pollunos, sudando como se puede imaginar, sudando como sólo suda un asador de pollos: que se lo pregunten al señor Daniel y el resto de la hermandad logroñesa que ha convertido avenida de Colón y aledaños en epicentro de esta popular delicia gastronómica.

El nuevo Zikos de Ingeniero Lacierva, con su asador de pollos

Aquel modo de preparar el pollo asado nos llegaba a menudo con etiqueta ´catalana, tal vez sin saberlo. Se llamaba ‘Pollos a l´ast’, denominación que muchas veces se transcribía erróneamente porque el propietario del asador no era muy ducho en el idioma de Guardiola y le sonaba mejor el nombre de ‘Pollos al last’, que nos parecía más fino que a la pepitoria. Durante largo tiempo, hasta la mentada irrupción de Daniel y compañía, el pollo asado del Niza fue para mí el pollo por antonomasia de Logroño, en competencia directa con los que salían del asador del Zikos, en sus sucesivas encarnaciones. La última, bien reciente: el número dos de Ingeniero Lacierva acaba de convertirse en La Granja de Zikos, una vez que el infatigable y ejemplar Alfonso Soldevilla lo ha hecho suyo. Mantiene la fidelidad al pollo de toda la vida, pero promete ampliar su carta. Seguirá por lo tanto vecino de otro Zikos, el número tres que hace esquina con la calle Oviedo, y supongo que echando de menos al viejo Zikos I, el original, el auténtico… Que no sabía situar exactamente hasta que vino en mi auxilio Eduardo Gómez y me refrescó la memoria: aquel bar primigenio se situó en avenida Portugal, “al lado de Radio Rioja, donde ahora hay otro bar”. Pues dicho queda, don Eduardo.

P.D. El pollo en formato tapa apenas puede verse en las barras de Logroño. Como pincho, sólo recuerdo haberlo visto en forma de alitas asadas en algún bar. Lejano por lo tanto el tiempo aquel en que era más habitual toparse con él, incluso en versiones bastante pintorescas. Por ejemplo, en modelo pezuña: el antiguo amor que teníamos por la cocina de despojos se reflejaba en nuestra devoción por el pincho que antaño ofrecían en el bar de Alejandro en la calle del Carmen. Para mi asombrada memoria, debo reconocer que alguna vez piqué aquel manjar: chupeteando entre los dedos tropezabas con algún trozo de carne viscosilla… Y poco más. A untar la cazuelita, porque la pezuña llegaba envuelta en salsa de tomate y eso sí que no admitía debate: la recuerdo bien suculenta. Tal vez su aliño era el único atractivo a aquella tapa, que generaba intenso debate entre los estómagos más finos y los más recios. Solían ganar estos últimos, no como ahora.

Ver Post >
El bar de toda la vida
img
Jorge Alacid | 23-04-2013 | 15:27| 6
Imagen antigua del bar Gurugú, facilitada por Daniel Velasco

El debate sobre cuál es el bar más antiguo de Logroño quedó hace años sentenciado a favor del Gurugú, castizo local enclavado en la mitad de dos mundos: el universo formado por el centro conspicuo, frontera con la Judería (barrio que otros llaman Villanueva) y el Logroño que nació con el Ensanche truncado. El Gurugú mira hacia la Glorieta desde su alojamiento en avenida de Navarra, calle antaño central que hoy… Digamos cariñosamente que ha conocido mejores días, cuando en ella habitó Rafael Azcona, nada menos, y anidaba una pequeña burguesía local que a mediados de los 70 inició un viaje hacia el sur de Logroño que todavía (¡Todavía!) no ha terminado.

El Gurugú es un bar simpático, que se mantiene fiel a esa idea de taberna de toda la vida y va evolucionando al ritmo que marca su barra, generosa en suculentas raciones de tapas de una tipología hoy más rara de ver que antaño. Hablo de sus callos, por ejemplo, difíciles ya de encontrar por Logroño; pero hablo más en general de una cierta atmósfera, de un espíritu indómito que le lleva a militar en ese tipo de bares que contribuyeron a forjar el alma de una ciudad

Esta es también una entrada dedicada. Dedicada a la familia Velasco, que pilota el bar casi desde su fundación y dedicada sobre todo a uno de sus últimos eslabones, Daniel, periodista que compartió alguna tarde con quien esto firma y a quien debo la generosa información que me proporciona para sellar esta historia del bar de los Demetrio, Domingo y compañía. “Sabemos que el Gurugú nació en 1909”, señala Daniel. “Se desconoce el nombre del fundador pero se sabe que participó en Melilla en la batalla del monte Gurugú en ese mismo año y de ahí el nombre”, añade. Así que aquel misterioso promotor apareció por Logroño, alumbró el bar… y poco más.

La auténtica historia que los Velasco pueden acreditar arranca en los años 50, “cuando coge el bar el tío del actual propietario, es decir, mi padre, quien lo regenta con su hermana y su cuñado”. Y desde su sede en avenida Navarra esquina con la calle Los Yerros difunde al mundo desde tiempo inmemorial esa paleta gastronómica especializada en sardinas con guindilla, bacalao, bonito y los citados callos, convertida en cátedra del mus logroñés y epicentro del mundillo taurino: “Los toreros recorrían a pie el trayecto entre La Manzanera y el Gran Hotel y siempre paraban a tomar algo en nuestro bar”, relata Daniel. “Así surgió la expresión que se popularizó en Logroño: ‘Del Gurugú a los toros y de los toros al Gurugú’”. A su puerta paraban años ha los autobuses que venían de Estella y Viana hasta Logroño, de modo que el bar se convirtió en una suerte de embajada navarra en La Rioja, punto de encuentro para los vecinos de esas localidades fronterizas y sede oficiosa de tratantes de ganado y militares de toda condición. Lo resume así el mentado Daniel Velasco: “En definitiva, que ¡el Gurugú es el Gurugú, viva historia política-torera-civil de Logroño y su casco antiguo! Y hasta que a este servidor le quede una gota de sangre hará lo imposible para que el bar más antiguo de Logroño se mantenga en pie y prospere”.

P.D. Decía arriba que el Gurugú se enclava en la Judería, la Villanueva o como quiera que ese barrio se llame. Los expertos no se ponen de acuerdo y a mí me da un poco igual: para los críos del Logroño de mi época, sus siete calles serán siempre los siete pecados y que nadie se me enfade. Hacía alusión esta expresión popular a los garitos de dudosa reputación que albergaba sobre todo una de esas calles, Rodríguez Paterna, que ahí resisten aunque ya un poco en retirada. A mí nunca me pareció una denominación peyorativa: soy bastante partidario de cometer algunos pecadillos en esta perra vida. Uno de ellos, el de la gula, se satisfacía también sin salir de la mentada Rodríguez Paterna: lo saciaba el extinto bar La Viga, donde ingerí el primer bocadillo de tortilla pagado de mi bolsillo. Nunca lo olvidaré: por lo suculento del ingrediente y lo mayúsculo del bocado, media barra de pan hueco tamaño ‘king size’. Todavía estoy haciendo la digestión.

Ver Post >
Jamón, jamón
img
Jorge Alacid | 19-04-2013 | 12:00| 9
Mesón jamonero Rincón de Pepe, en la calle Oviedo de Logroño

Aquellos de mis improbables lectores que descubrieron recién nacidos que había microondas en la cocina y gozaron desde niños de aparatos en televisión a todo color con mando a distancia creerán que, en lógica consecuencia, esto de comer jamón cuando a uno le venga en gana es una costumbre que también frecuentaron sus mayores. Pues no, amiguitos: hay malas noticias. El suculento bocado nacido del exquisito pernil del cochino ibérico representaba no hace tanto tiempo un viaje por la excelencia gastronómica, puesto que su cotización se medía en un hermoso puñado de pesetas que en mi mocedad escaseaban. De modo que toparse por Logroño y resto del orbe con un bar cuya oferta gastronómica estuviera capitalizada por el jamón suponía una extrema rareza.

Un exotismo, vaya. Viajar por lo tanto hasta la calle Oviedo en busca del Rincón de Pepe equivalía a una peregrinación hasta tierra extraña, donde de repente el explorador tropezaba con un alimento como de dibujos animados. Una fantasía bicolor, blanquirroja como nuestro amado Logroñés. El bar que despachaba aquella mercancía fetén era, curiosamente, de lo más normalito. Era y es, porque todavía sigue allí anclado, un espacio rectangular, con la barra a mano izquierda muriendo a la altura de la cocina, desde donde salían los bocadillos con su prometedor ingrediente desbordando las rebanadas de pan, de modo que alguna loncha amenazaba con irse al suelo. Eran, como se deduce, raciones generosas, según la moda hostelera de aquel entonces (mediados de los 70, más o menos). Quiere decirse en consecuencia que quienes atendían el bar no racionaban sus manjares como es ahora tendencia, porque tenía probablemente en mejor consideración a su clientela: tal vez porque entendía que para llegar hasta la puerta de su local sus parroquianos tenían que cruzar medio Logroño y desdeñar por lo tanto otras invitaciones también muy jugosas. Aunque, cierto, no tanto como la suya: hago memoria y no consigno ningún otro bar de la época cuyo banderín de enganche fuera el jamón.

Hoy, esta imagen en blanco y negro ya no tiene sentido. El embutido estrella del padre cerdo puebla las barras logroñesas y en algunas de ellas es el rey. Son los llamados jamoneros, tipología hostelera que yo juzgo inventada por algún madrileño, puesto que en la capital del Reino rinden antiguo tributo a este producto, que cuenta allí incluso con su propio museo: el Museo del Jamón, en efecto,franquicia de extravagante denominación de cuyo techo cuelgan como estalacticas decenas de patas de cochino gritando cómeme. Sin ir tan lejos, Logroño cuenta también con unos cuantos bares de estas características, donde satisfacer razonablemente nuestra querencia por esta cumbre de la gastronomía española que tanto atrae a los turitas que nos visitan. Y, en efecto, ya sabemos todos que donde esté el de Jabugo o el de Guijuelo, que se quite el de Teruel o el cordobés de Pozoblanco, pero quienes tenemos un paladar no tan exquisito nos conformamos con que el jamón sea honrado y de calidad: no es necesario alcanzar todos los días el cielo.

¿Mis favoritos? Tampoco en esto soy muy original. Me decanto en mis excursiones por la calle Laurel por el Pata Negra, jamonero a quien le nació no hace mucho un hermano pequeño en San Agustín. Otras veces opto por el que sirven en El Soldado de Tudelilla, que a menudo llega acompañado por un chiste de Manolo: hay veces en que incluso tiene gracia. Tanta gracia como el toque de tomate con adorna el pan, un guiño catalán que le otorga encanto. Pero si soy sincero, el que sigo prefiriendo es el del Rincón de Pepe: me gusta tanto que no he vuelto a entrar en el bar desde niño. Supongo que para conservar su sabor en mi memoria.

P.D. Hace poco, instalado en uno de los bares que la franquicia 5 Jotas tiene desplegados por Madrid, asistí a un prodigio: la apertura y corte de un jamón ante mis asombrados ojos. Un momento maravilloso. No porque fuera una escena inédita, sino porque uno no se cansa de verla. Siglos de sabiduría popular se concentran en cada rincón de este manjar, que marida bien con cualquier vino, entra también muy bien con cerveza y me parece que alcanza en Andalucía su excelencia: hasta en la más humilde taberna se sirve con garantías. Y los chistes de los camareros suelen ser mejores que los de Manolo. Dicho sea desde el cariño.

Ver Post >
El Buenos Aires querido (Bares dedicados XII)
img
Jorge Alacid | 16-04-2013 | 08:34| 10
Imagen del desaparecido bar Buenos Aires, en la calle Laurel

Esta entrada lleva dedicatoria doble. Doble, porque iba inicialmente destinada a Felipe Royo, uno de los más constantes corresponsales del blog, que desde hace tiempo me venía pidiendo que contara algo del bar Buenos Aires, difunto bar de la Laurel. Yo no quería desanimarle, pero en realidad tenía poco que decir de aquel local porque apenas la frecuenté. Su desaparición coincidió, más o menos, con mis primeras visitas a la calle que lo alojaba, de modo que apenas recuerdo otra cosa que una barra alta, altísima, desproporcionada; un camarero parlanchín y bastante peculiar; y una muy apetitosa sinfonía de cazuelas, tapas y banderillas.

El caso es que acabé por pedir ayuda al maestro Eduardo Gómez, porque me apetecía cumplir con la petición de Felipe Royo, y por una de esas coincidencias de la vida resulta que me envió el escrito que a continuación reproduciré apenas unas horas antes de que falleciera Carmelo Fernández, tan vinculado por lazos familiares y sentimentales al Buenos Aires. Así que estas líneas van también dedicadas a él y a los suyos; como un homenaje postrero a su memoria.

Cuenta Eduardo lo siguiente: “El desaparecido Buenos Aires, que cerró hace hace 25 años, fue uno de los bares más antiguos de la calle Laurel, compartiendo vecindad con otros establecimientos como el Cachetero, el Taza, el Matute. el Achuri el Chaval, La Taberna de Laurel,la carbonería de Santibáñez, la panadería de Anselmo, el almacén de plátanos de Viguera y el de Alamañac y los almacenes de Piazuelo y de Redón. Y poco más. En los años 50 lo abrió el pradejonero Carmelo Fernández, quien llegaba del Seis Doble que regentó durante varios años en la calle San Agustín, con pensión que albergaba a los futbolistas que llegaban para jugar en Logroño, como fue el caso de Miguel Royo, un madrileño que procedía del Atlético Aviación. Vino a hacer la mili y acabó casándose con Carmen, hija de Carmelo”.

“Del antiguo edificio se recuerda la imagen sedente probablemente de finales del XVI, de que fue bautizada como la Virgen de Laurel por encontrarse en esa calle y que se encuentra recogida en el patio del Museo Provincial, adonde llegó al derribarse la casa de Bretón de los Herreros, 26, en cuyas traseras, que daban a la calle Laurel, se encontraba el Buenos Aires. Estaba situada en una hornacina que la familia Fernández, propietaria del establecimiento, cuidaba de que tuviera adornos florales. Precisamente, antes de que el edificio desapareciera, aprovechando la presencia del pintor logroñés Antonio López Morales realizando la pintura del establecimiento, se brindó a restaurar la imagen, cuyo recubrimiento se encontraba deteriorado por encontrarse expuesta a las inclemencias del tiempo”.

“El bar Buenos Aires se convirtió en restaurante muy estimado, de actividad continuada donde se degustaba una cocina muy riojana, con gran afluencia en las mañanas para copiosos almuerzos. Como tenía también entrada por Bretón de los Herreros, frente al teatro Bretón, lo aprovechaban los funcionarios del juzgado y el personal del teatro para sus piscolabis y también como escapatoria para algún desaprensivo. Servía también para llevarles la cena a los artistas que actuaban en el teatro cuando había funciones tarde y noche. Fue sede de la Peña Logroño y se recuerda especialmente la presencia como camarero de Felisín, un personaje popular e irrepetible, ocurrente y dicharachero. Y sobre todo se recuerda la cocina tradicional que se degustaba, las gambas a la plancha que aparecían por la ventana de la cocina que daba al mostrador, donde la presencia de Miguel Royo, admirado como futbolista, realzaba el establecimiento”.

Vista de la calle Laurel, con el Buenos Aires a la derecha. La foto es de Teo

P. D. Recuerda también el gran Eduardo cómo en 1989 el edificio de la calle Laurel fue vendido por la familia Fernández. Ahora, en su antigua ubicación, se erige un edificio cuyos bajos acogen al restaurante El Muro. “No tardó mucho tiempo Pitu, nieta de los fundadores, casada con José Mari Soroa, también futbolista de fama. para establecer un nuevo Buenos Aires en República Argentina”, recalca el señor Gómez. Y ahí en República Argentina sigue el restaurante, funcionando ejemplarmente: que sea por muchos años.

Ver Post >
El supersonido de los bares de los 70
img
Jorge Alacid | 12-04-2013 | 10:54| 4
Aquellas viejas gramolas

De entre todos los detalles que añoro de aquellos bares de mi mocedad figura singularmente uno muy especial: las gramolas. Los difuntos jukebox, hermosos armatostes que se aplastaban contra las paredes de nuestros garitos de confianza, hasta donde habían emigrado desde su lugar natural: los billares, también llamados futbolines o salas de juegos. Fue allí donde los conocí: saludando a la entrada del Nico o del Toky, por citar los dos que más frecuenté de crío. Ya cuando empecé a afeitarme, tropecé con las amadas gramolas en unos cuantos bares, de donde se fueron retirando a medida que otros artilugios, como las primeras máquinas de marcianitos o los pinballs, reclamaban ese espacio. Su acta de defunción se firmó cuando desembarcaron los tragaperras, de modo que se rompió ese matrimonio de acto que formaban la máquina de donde salía música y la máquina de donde salía tabaco… que a veces también se anunciaba con alguna melodía que apagaba las tonadas del juke box.

Una pena. Porque en aquellos aparatos se podía escuchar la música que nos negaban los 40 fundamentales o la propia discoteca familiar. Los discos costaban una pasta y hacerse con ellos exigía medir muy bien las monedas que tuviéramos en el bolsillo; de hecho, preferíamos gastarnos la pasta en los elepés que en los sencillos, así que algunos temas de moda sólo salían a nuestro encuentro en los bares. De modo que pasar la tarde sentado delante de la gramola, pulsando ese numerito enigmático del disco, verlo luego moviéndose como por control remoto, encajando en la aguja mágicamente, reintegrándose luego a su lugar tras la primera escucha… Aquello de darle al botoncito (K14, Credence; F3,Sandro Giacobbe; A1, Los Pecos) y que saliera la música por los bafles tenía su embrujo. Un embrujo magnético, que te llevaba a clasificar los bares en función de la música que ofertaban sus gramolas.

Durante largo tiempo, ese bar que contenía el supersonido de los 70 (y de los últimos 60, y de los primeros 80) fue para mí una barra ya difunta: el Sajarahuit de avenida de Colón. Bar de incierta nomenclatura (¿Qué nos querría decir el dueño con ese nombrecito? ¿Tal vez había servido como legionario en el antiguo Sahara español?), le confería un encanto singular su emplazamiento subterráneo y la mentada gramola que uno se topaba a la entrada, según descendía por las escaleras. La barra a la derecha y al final, semiocultas por un biombo, unas breves mesas para jugar las cartas: lo que se dice un bar de barrio, de esos que abundaban tanto por Logroño, que gozaba de una clientela fiel sobre todo los domingos a la hora del aperitivo y los sábados a media tarde. Allí veo aún a los parroquianos conspicuos, dándole al naipe, y allí me veo a mí, subido al taburete, siempre el mismo ritual: uno de la cuadrilla ponía Queen (su carrera de bicicletas, ¡¡¡aquel póster de ciclistas en top less!!!), el segundo subía un tema de Deep Purple (en efecto, fumando en el retrete) y al final caía mi favorito, la ELO, grupo que sólo los más incondicionales recordarán del que era muy fan por entonces. El tema se llamaba Dulce Mentirosa y era imposible de adquirir en las tiendas, ni siquiera lo mandaba Disco Play en su boletín mensual, tan deseado. Así que una tarde, cuando supimos por el dueño que el bar se cerraba al día siguiente y nunca más volvería a abrir sus puertas, le pedimos que nos vendiera a cada uno nuestro disco favoritos. Ingenuos, pensábamos que nos los regalaría, pero no: nos los cobró. Ni siquiera nos dio la carpeta: nos conformamos con el puro single, que nos llevamos a casa como un tesoro. Visto con perspectiva, en cada nueva audición compruebo que no estaba mal, pero que no era para tanto.
Como la nostalgia, en general.

P. D. Cuando las gramolas ya habían desaparecido de las barras logroñesas, encontrarse con una de ellas representaba para la trasiega un aliciente de gran envergadura, que justificaba excursiones a bares que en principio caían lejos de la jurisdicción personal. Así ocurría con el viejo Tigre, que se mantuvo durante años fiel al jukebox… aunque con una oferta musical digna de mejor causa. Su encanto tenía un punto kitsch: rancheras pasadas de moda, cantantes ignotos, canciones rancias más que rancias… Sólo brillaban los Rolling, que desempolvaron para aquel garito de la calle Mayor una versión del Come on de Chuck Berry: una bella antigualla que justificaba cada visita a un bar curioso como pocos, con su cabeza de (en efecto) tigre bengalí disecada vigilando a la clientela.

Ver Post >
Los bares circulares (Bares dedicados XI)
img
Jorge Alacid | 09-04-2013 | 11:46| 5
Casino de Alfaro

Nuestro protagonista de hoy es un tipo de bar que me resulta especialmente querido. Es una tipología que se bate en retirada pero que tal vez pueda resucitar si cambia la tendencia actual que uniformiza nuestras barras de siempre, de modo que las nuevas hornadas descubran el encanto de trasegar allí donde ya abrevaron sus antepasados. Son bares con una atmósfera especial, declinados en la voz pasiva: los bares de los casinos, de los círculos de toda condición que pueblan nuestra geografía en menor número (ay) que antaño.

Logroño posee algún ejemplo destacado. El bar del Círculo Logroñés, que he visitado últimamente, parece repuesto de sus distintas encarnaciones recientes, no todas fructíferas. Hoy se respira un ambiente otoñal, cierto, propio de la edad ya avanzada de sus incondicionales, pero supone un auténtico placer sentarse en sus sofás y ver cómo hasta nuestros logroñeses más veteranos conservan el buen humor y el entusiasmo de acudir al encuentro de la tertulia amiga mientras ven caer la tarde por los hermosos ventanales del majestuoso edificio. No hace falta ser socio para disfrutar de un trago tranquilo y servido con profesionalidad en el corazón de Logroño, suspirando por la Glorieta: a ver cuándo la arreglan.

Segundo ejemplo, también circular: el Círculo de la Amistad, cuya barra no se aloja a pie de calle como la anterior, sino que exige trepar por las escaleras del inmueble de Portales que la acoge y tropezarse con un bar de otro mundo, de cuando estas entidades contaban con un acusado arraigo social. Quien haya acudido alguna vez al local sabrá que merece la pena: un oasis de otro siglo empotrado en medio de la ciudad, donde alguna vez nuestros abuelos pidieron baile a nuestras abuelas y las consumiciones exhiben tarifas también muy propias de aquella época, lo cual es otro de sus atractivos.

No hace tanto tiempo, este modelo de establecimientos se repartía por todo el país, ayudando a vertebrar la España ociosa y hostelera. Dotaban de singularidad incluso a municipios poco poblados y contribuían a formar cierta idea de comunidad colectiva. De hecho, los logroñeses que más canas peinen recordarán el viejo casino de las Azpilicueta en el Espolón, donde hoy se alza el BBVA: una institución que parecía sólidamente anclada en el imaginario local… hasta que se derribó el bello palacete. Acababa de llegar la modernidad, que en esta tierra adopta la forma de piqueta. Parecida suerte han corrido otros casos semejantes: de Fuenmayor conservo el recuerdo de una institución semejante, alojada en la plaza frente a la iglesia. Resiste sin embargo el de Cenicero y desde su atalaya en la hermosa plaza saluda al visitante el casino de Soto, icono camerano.

Dejo para el final mi favorito, el que motiva estas líneas dedicadas a la amiga Inés: el Casino de Alfaro. Siempre que voy de visita procuro detenerme en su barra y ver la vida pasar. La vida de la provincia, la vida que guarda lealtad a cómo éramos en una antigüedad aún reciente, la que nos cuenta de dónde venimos para que sepamos hacia dónde vamos… Según lo recuerdo, apenas ha cambiado desde tiempo inmemorial y a mí me gusta que así sea, porque se mantiene fiel a la idea que de él forjaron los socios fundadores: aunque haya quien vea arcaico su mobiliario o anacrónico el concepto mismo de tal institución, yo opino lo contrario. Que debería protegerse como se protegen a las especies en extinción. Desde la hermosura del edificio a su emplazamiento privilegiado, el Casino de Alfaro representa lo mismo que representaron sus hermanos, los vivos y los ya difuntos: el termómetro ideal para medir el estado de ánimo de los municipios que los albergan. Lo cual no es poca cosa.

P.D. Que este tipo de bares representa una oportunidad de negocio y consolidan el centro histórico de las ciudades lo sabe bien cualquiera que visite en Madrid el Círculo de Bellas Artes. Un coqueto espacio, idóneo para comer razonablemente bien a precios ajustados, así como para una copa, un vino, un café o un tentempié (me encanta esta palabra). Y una terraza en la calle también muy agradable. El recorrido por tan magno inmueble incluye por unos cuantos euros un viaje hasta su azotea, que depara inigualables vistas de la capital del Reino. Quedan ustedes informados.

Ver Post >
La taberna de la tele (Bares televisados III)
img
Jorge Alacid | 05-04-2013 | 16:35| 0
Resines, camarero antes de Los Serrano

Cuando la televisión visita Norteamérica, su visión es semejante a la cinematográfica: una visión de grandeza. Una mirada que adquiere un aire trascendente, incluso cuando se posa sobre lo banal, lo popular. Me parece que el argumento central de las series nacidas en USA no es, como solemos pensar, la publicidad en Manhattan en los años 60, el crimen en Baltimore en nuestra era o la mafia en todas sus épocas y declinaciones. En realidad, tratan sobre la vida y a mí me parece que captan muy bien, sobre todo, esos largos tiempos muertos en que no sucede nada y que son, sin embargo, la fuente principal de nuestras vidas. Por el contrario, cuando la televisión visita España brota el mal endémico de las ficciones patrias: el costumbrismo. No hay grandeza.

No hay grandeza porque brota el costumbrismo en su faceta más atroz. Los bares que retrata la tele militan en la estirpe de suelo rociado con serrín, clientes con mondadientes en la comisura de los labios que escupen al suelo las cabezas de las gambas. Hay un camarero risueño, otro cuentachistes, otro taciturno o huraño veterano de mil batallas… Hay una parroquia que grita como sólo grita un español cuando charla (es un decir) en los bares, con ese aire de conciliábulo que formamos, como si estuviéramos debatiendo sobre Nietzsche o Schopenhauer cuando en realidad hablamos de lo siempre (en el caso de los tíos, de tías y de fútbol: lo juro). Una clientela que conspira apoyando el pie en el estribo de la barra, según la imagen que de nosotros tienen los extanjeros que nos visitan, a quienes les parecemos una especie de patio de Monipodio eterno: así son los bares de la tele nacional, desde el más lejano que recuerdo (Los ladrones van a la oficina, donde Resines se estrenó de camarero antes de dirigir Los Serrano, mesón jamonero cañí), hasta los más recientes.

Confieso que apenas veo las series españolas por una razón: me parecen muy mejorables, siendo muy caritativo. Guiones predecibles, personajes estereotipados, humor tipo teatro de Manolita Chen, abuso del final feliz… Falta de grandeza, en resumen. Y los bares que allí aparecen se caracterizan a mi juicio por los mismos defectos: no trascienden. ¿Un ejemplo? Ahí va. El bar de Periodistas reunía las mismas toneladas de clichés de la propia serie… que sin embargo alcanzó un éxito abrumador, reflejado en cómo multiplicó la matrícula en las facultades de Periodismo: los chicos pensaban que se toparían de prácticas con Esther Arroyo y las chicas confiaban en encontrarse de becarias con José Coronado. Unos y otras podían concluir incluso que el jefe de Local de aquel periódico de ficción ¡¡¡tenía despacho propio!!! Gran chiste. El bar de Aída, más de lo mismo: cambio de canal en cuanto asoma la jeta de su dueño y sus clientes. Enfermo me ponen los bares de las series para adolescentes, copados por esa nueva hornada de intérpretes con graves problemas de prosodia y dicción, conducidos al abismo actoral por unos guiones dotados con la misma profundidad que las memorias de Belén Esteban. Repaso la lista de comedias a la española y me siguen saliendo bares donde nunca osaría detenerme: incluso el bar de Siete Vidas parecía la sala de espera de un centro de salud… aunque, la verdad, era una sala muy divertida. Confieso que en la época de Santi Millán y su amigo frutero alguna vez lloré de risa. (El bar también era para llorar, insisto).

Y fin de la historia. El único bar digno de tal nombre que puedo tolerar lo dirige Juan Echanove en Cuéntame. Si lo destaco por encima de la mediocridad habitual es porque su propietario es un actor que me encanta y a quien envidio de veras, porque conduce con Imanol Arias el programa que me hubiera gustado protagonizar a mí. Ese de Un país para comérselo, que sigue buscando sin éxito un bar donde bebérselo.

Chanquete y su amigo, el camarero apodado Frasco

P.D. He citado antes como antigualla Los ladrones van a la oficina pero yo confieso: las series más antiguas que recuerdo se remontan a más tiempo atrás. Por ejemplo, todas aquellas tabernas donde abrevaba Curro Jiménez con su banda. En una de ellas creo que salía de posadera la Pantoja, generosa espetera incluida. Y otro mito más camp todavía es el bar de Verano Azul. No, no me refiero al chiringuito donde se aposentaban los papás de Curro, Desi, Bea y compañía, sino el garito que defendía en el corazón del pueblo un tabernero fiel al modelo de camarero confidente que tanto debe al cine y a la televisión. Aquel tipo que soportaba las cuitas de Chanquete respondía al muy original nombre de Frasco, lo interpretaba el mítico secundario Fernando Sánchez Polack (sí, era hermano del gran Tip) y su garito es de verdad. Se puede visitar en la granadina Nerja y se llama El Molino: un tablao flamenco.

 

Ver Post >
Las barras bravas
img
Jorge Alacid | 02-04-2013 | 16:51| 1

Cazuelita de bravas en el Jubera, con vistas a la calle Laurel (11870)
Así como hay bares logroñeses vinculados a una cierta decoración, determinados hábitos o una tipología muy particular. Y al igual que existen otros conectados con la personalidad de sus dueños y/o camareros y unos cuantos se relacionan con la ingesta de una bebida peculiar, también habitan entre nosotros aquellos asociados a una tapa, un pincho, un bocado. Los tomates de El Soldado, los champis del Soriano, la tortilla del Sebas, sin ir más lejos que a la Laurel y aledaños. Y sin salir de la celebérrima calle, ahí radica nuestro invitado de hoy: el Jubera. El Jubera y, por lo tanto, sus patatas bravas.

De qué hablamos cuando hablamos de patatas bravas. Bueno, pues de una de esas cazuelas que sobre todo delatan el genio de quien tuvo la ocurrencia. Es, como tantos otros platos de nuestra gastronomía popular (pienso en las migas, por ejemplo), una muestra de cómo el hambre aguza el ingenio: unas humildes patatas fritas se pueden transformar en una experiencia gozosa a poco que alguien decida bañarlas en un ungüento bicolor, fruto de la confluencia de unas salsas humildes pero muy sabrosas, la de tomate y la mayonesa (a veces, alioli). Si además le agrega un poco de picante, donde antes veíamos unas patatas más o menos rojigualdas tendremos ahora una experiencia gastronómica de lo más intensa. Bravo por las bravas.

Y bravo por el Jubera, barra con nombre de futbolista, aquel jovencito de Murillo que todavía juvenil llegó a entrenarse alguna vez con el gran Logroñés y acabó haciéndose con la elástica blanquirroja: estaba en el primer equipo, en las grandes ligas, donde también militan sus patatas bravas, un pincho miembro de la aristocracia de la Laurel. Al menos dos bares de la calle tienen este tapa como imán para atraer a la clientela: el citado Jubera, veterano local pionero en eso de ofrecer un bocado para ayudar a pasar el vino cuando tal práctica era casi desconocida, y la Taberna, que mantiene la misma fidelidad a la cazuelita famosa en cuanto a textura y presentación. No nos engañemos: esto no es alta cocina, pero sí es gran cocina, elevada sobre la naturaleza en principio humilde de sus ingredientes. Un tratado sobre cómo extraer un suculento placer de algo tan sencillo como lo siguiente: corte usted unas patatas en dados, páselas por la sartén en abundante aceite de oliva y, una vez retirado el embadurnador pringue, rocíelas de la salsa citada, que en algunos casos sólo lleva tomate reforzado por cayena y en otros tantos se caracteriza por añadirle mayonesa, alioli (sobre todo en Levante) o algún aderezo más.

Las bravas enhiestas de Sergi Arola

En La Rioja es común apostar por esa militancia blanca y roja, mientras que en otros puntos de España es habitual cubrir las patatas sólo con salsa de tomate. Yo las prefiero al estilo riojano: cubiertas de esa doble capa, porque me parece que ahí radica su encanto. Y porque es una de esas recetas que sirven para vertebrar el país y merecen de vez en cuando ser revisitadas: así lo hizo el famoso cocinero Sergi Arola con una propuesta que pone en valor a las bravas sin por ello desnaturalizarlas. ¿Su secreto? En realidad son varios: extraer el interior con un descorazonador (utensilio de desconcertante nombre), confitarlas en aceite antes de freír y ponerlas de pie, de modo que la salsa corone cada unidad con esa mezcla gloriosa. El Tondeluna homenajea desde sus mesas de El Espolón a la fórmula Arola y lo hace a lo grande: es uno de mis platos favoritos de esa casa, muy bien dotada de atractivos. Pero si pienso en las patatas asociadas a un bar de Logroño, confieso que ése es el Jubera. La barra más brava.

P.D. Los expertos culinarios que he consultado por internet no se ponen de acuerdo sobre el origen de las patatas bravas. Hay quien las sitúa colonizando los bares de España allá por los años 50, hay quien atribuye esta creación a un bar madrileño ya desaparecido, Casa Pellico, situada en la calle Toledo, y fecha su génesis en 1960… En la web compromadrid.com encuentro la explicación más verosímil, que sitúa en otro bar madrileño también demolido, el Casona de la calle Echegaray, el nacimiento de este plato que si hoy conquista este blog es también por una razón coyuntural: se trata de una cazuela sabrosa y barata. Muy barata. Ideal para estos tiempos nuestros de penumbra.

 

Ver Post >
Cómo conocí a vuestros jefes (Bares televisados II)
img
Jorge Alacid | 29-03-2013 | 15:34| 3
Amigos en Central Perk

Como avisaba en una entrada anterior, la evolución de las series televisivas consagra un esquema de guión que, en el caso de las comedias de situación, puede formularse así: una historia general más dos secundarias es igual a un decorado principal y dos secundarios. Es entonces cuando aparece por regla general nuestro amigo el bar. Que ocupa un espacio episódico en series como ‘Dos hombres y medio’ (y ahí tenemos a Charlie Sheen haciendo de sí mismo mientras pide otra copa en el bar de guardia, que en algún lado leí que se llamaba Harpers), pero que ejerce a veces un papel protagonista: qué seria de los amigos de ‘Fiends’ sin su Central Perk, falso café regentado por el gran Gunter, con su sofá y sus mastodónticas tazas y sus gigantescos platos…

Amigos en McLaren´s

Imposible imaginar a sus hermanos pequeños (Barney y el resto del elenco de ‘Cómo conocí a vuestra madre’) lejos de McLaren´s, bar imaginario (aunque por internet encuentras a quien asegura que es real… y también que Elvis vive) empotrados siempre en la misma mesa y sometidos a una dieta que definitivamente ha dejado atrás las infusiones y la cafeína de Ross, Phoebe y resto de la alegre pandilla en favor de tragos más maduros, más acordes con la nueva era. Ahí tenemos la primera (gran) diferencia: el punto bobalicón de los clientes de Central Perk frente a la obsesión por el alcohol y el sexo de la cofradía de McLaren´s. Es decir, del humor naif y un punto ñoño a la comedia gamberra: eso es lo que denominan un salto generacional.

Amigos, el Bada Bing

Los dos bares quedan emparentados en nuestro imaginario televisivo por una razón de peso: tienen muy buena pinta. No son Cheers, pero a uno no le hubiera importado tomarse un capuccino con Jennifer Aniston o una copa con cualquiera de las amiguitas de Barney. Ambas son barras a la neoyorquina, sin ese punto canalla que sin embargo el cine ha sabido capturar mejor: desventajas de tener que inventarse una historia para todos los públicos. Problema del que carece el rey de los bares televisados, situado al otro lado del río Hudson: esto es, la diferencia entre la glamurosa Manhattan y la sórdida Nueva Jersey. La diferencia llamada Bada Bing, estupendo tugurio multitarea propiedad de Silvio Dante, lugarteniente de Tony Soprano.

En el Bada Bing, clave de arco del conjunto de la serie, se puede tomar una copa de alta graduación etílica, por supuesto, pero sirve para más cosas: ver cómo se contorsionan las remesas de siliconadas bailarinas en top less que forman parte de los atractivos del local. Sirve para los almuerzos de la tropa del gang mafioso, instalados sus miembros eternamente en esa rebotica que también se puede emplear como escenario de un crimen o de varios. Sirve para el trapicheo de droga a cargo de los amigos de Bin Laden. Sirve para tertulias inacabables sobre esto o aquello, bien regadas de pastrami. Sirve como centro de negocios, puesto que en su seno se diseñan operaciones de cierta envergadura delictiva como bien sabe el FBI, cuyos agentes acostumbran a visitar el garito para sortear (o no) la tentación del soborno. Además, pone buena música: Jefferson Airplane, Elvis Costello, Otis Redding, los Kinks, los Rolling, Dylan…

No tiene gran mérito: conocemos al pinchadiscos, porque a Silvio lo encarna con singular intuición Steve Van Zant, músico fetiche de Bruce Springsteen. El hostelero perfecto: aguien acostumbrado a hacer la vida mejor a sus jefes. A The Boss, por supuesto; también al cabecilla de los Soprano; y, obviamente, a nosotros: a los que pagamos esta ronda televisada.

P.D Gracias a Gustavo Franco, creador del blog tribunalatina.com, me entero de que ‘bada bing’ es una expresión reconocida por el Diccionario Oxford de Inglés para enfatizar que algo predecible y con esfuerzo ocurrirá. Algo violento. Según relata Franco, los creadores de Los Soprano, se inspiraron para bautizar su garito en una escena de El Padrino: cuando Al Pacino (Michael Corleone) explica a su hermano mayor heredoro del clan, Sonny Corleone (interpretado por James Caan), cómo hacerse con la supremacía de las familias mafiosas, éste lo subestima y le asegura que muy probablemente alguien podría apuntarle en la sien con un arma y hacer “bada bing!”.  Y por cierto que el club existe, aunque no con ese nombre: es en realidad un club nocturno en la Ruta 17 en Lodi (Nueva Jersey) llamado Satin Dolls.

Ver Post >