La Rioja
img
Bares de hotel
img
Jorge Alacid | 10-12-2012 | 08:50| 2

 

Publicidad del Gran Hotel de Logroño

En el mapa de bares que hemos podido cartografiar durante toda nuestra vida de consumidores de distintas clases de refrescos, tragos e infusiones, figura un tipo único, de encanto singular: el bar de hotel. Puesto que este blog de momento no tiene pensado salir de casa (aunque todo se andará), mencionaré solo de pasada algunos de los que recuerdo más vivamente del resto de España, que pueden ser compartidos por unos cuantos: la rotonda del madrileño Palace, repleta de atractivo fin de siglo; los salones del Reconquista ovetense, donde el tiempo permanece dormido; la terraza del Real de Santander, porque tomarse una copa equivale a saborear la mar océana… Vaya, me ha salido una lista bastante pija, pero en fin. Añada el lector cuantos ejemplos quiera de sus viajes que (como el Capitán Tan) haya hecho a lo largo y ancho de este mundo (incluido el espectacular y vecino Los Agustinos de Haro), pero yo me quedo en Logroño.

Y me quedo con una conclusión: los bares de hotel no tienen demasiada suerte entre nosotros. A mí me gustaba ir al del NH Herencia Rioja, porque gozaba de eso que tampoco es tan habitual en otras barras: un servicio más esmerado que el común. Dejé de ir porque sentía que la cuenta también se esmeraba en parecida proporción. De alguno he tenido que huir por las mismas razones que atropellan nuestros sentidos (y el buen gusto) en otros locales: la televisión a todo volumen que nadie atiende, las charlas a gritos (a la riojana, vaya) y el resto de ruido ambiente que forman esa sinfonía tan conocida entre nosotros llamada contaminación acústica. Lo cual era precisamente lo que uno no encontraba en los bares de hotel, de suyo presididos por cierto amor por la armonía: las horas pasando más despacio, mobiliario con cierta vocación de confort más allá de lo habitual, la promesa de una clientela más cosmopolita (cosmopolita por Logroño solía ser incluso un señor de Burgos)…

Así ocurría antaño en los salones del desaparecido y (al menos por mí) muy llorado Gran Hotel, una de esas pérdidas irreparables para la fisonomía urbana de nuestra ciudad, que carecía de barra propiamente dicha pero que compensaba esta ausencia con una opción doble: bien la de echarle jeta y que te sirvieran algo en sus inmarcesibles salones, bien la posibilidad de saltar apenas unos metros y presentarte en el vecino Las Cañas, otro bar difunto que merecerá una entrada en este blog cualquier día de éstos. De hecho, para muchos de nosotros Las Cañas ejerció a menudo como el auténtico bar del Gran Hotel, cuya clientela también lo sentía así mientras se acomodaba en los veladores con vistas al Espolón o se acodaba a al pie de la barra que con tanto arte manejaron los Remón.

Ese hueco en el imaginario logroñés que ocupó el Gran Hotel me parece que lo defiende ahora el Carlton desde su atalaya en la Gran Vía. Porque se aloja en un espacio igualmente céntrico, porque va siendo ya mayor y por lo tanto venerable, porque se mantiene fiel a esa idea de hotel de toda la vida… Y el bar tiene su punto. Coqueto, recogido, con estupendas vistas a la calle y un cuerpo de camareros atento y servicial. Su mayor interés reside para mí a eso del mediodía, cuando un grupo de seniors logroñeses se reúne allí para el aperitivo o el cafelito tardío y, la verdad, da gusto verlos. Todavía activos, aún inquietos, con un aire juvenil a pesar de los achaques, alguna vez me ha parecido que jugaban a los chinos, entrañable pasatiempo desaparecido que sin embargo fue el método clásico años ha para ver quién pagaba la ronda. Son los Pumpido, Alloza y compañía, testimonio del Logroño de siempre, como la atmósfera que se respira en las estancias del hotel. Un sabor de otra época.

P.D.
Acabo esta entrada con un recuerdo emocionado (ahora que viven días sombríos) para todos los bares de paradores, hermosos rincones que he frecuentado con gran gozo. Los de Santo Domingo y Calahorra, por supuesto, pero también sus hermanos: la llamativa galería del parador de Sos, los solemnes espacios de los de Segovia o Sigüenza, el recoleto patio del de Mérida, el enigmático ambigú del de León y, sobre todo, el maravilloso Parador de Cádiz, cuyo barra se asoma a la bahía y mirando al mar se queda un poco como su clientela: colgada.

Ver Post >
Laurel se empina (Bares dedicados IV)
img
Jorge Alacid | 07-12-2012 | 09:07| 1
Bar Soriano de la calle Laurel de Logroño. La foto es de Justo Rodríguez

El amigo Justo Rodríguez me envía esta foto del Soriano por si acaso le reservo alguna entrada a nuestra calle más popular, la Laurel. Lo cual me recuerda un artículo que allá en el 2006 publiqué en Diario LA RIOJA y ahora  recupero, con dedicatoria para el caballero. Se titulaba ‘Laurel se empina’. Me temo que, aunque ha perdido vigencia en estos seis años (algún bar ha desaparecido, por ejemplo), ahora todavía se empina más. Ahí va.

Mi bar favorito de la calle Laurel es el Donosti. Le tengo un cariño que ha superado incluso las reformas contra él perpetradas, que acabaron por deteriorar su alma, de suyo tan castiza. En el Donosti vi el 12-1 de España a Malta, así que cada vez que oigo el gallo de José Ángel de la Casa cantando el gol de Señor lo asocio con su empinada barra, con su atmósfera muy familiar: el padre, Juanito, ejercía de capataz y su mujer dominaba la cocina, mientras los críos hacían los deberes en las mesas del fondo. El Donosti era un sorprendente bar cuesta arriba, que servía como metáfora de la calle donde se aloja: Laurel, la misma que sólo ciertos horteras o algún despistado osa denominar ‘La senda’, apelativo que los indígenas detestamos.
Ahora regreso al Donosti de nuevo reconfortado, porque una de las chicas del desaparecido Iruña ha tomado el relevo de los anteriores dueños, lo cual interpreto como un presagio, la intuición de que sigue valiendo la pena trepar por esta cuesta y destripar su secreto. Porque Laurel no es una calle, es una religión, la Iglesia laica de Logroño, con su colegio episcopal, su feligresía, sus sacristanes y hasta sus beatas. Con su propio misterio trinitario: Laurel es una y trina, porque en realidad hay otras dos calles (la Travesía, Albornoz) tributarias, una más si contamos el tramo inicial de San Agustín, allí donde tantas rondas desembocan.

Últimamente, noto la calle aún más cuesta arriba. He comprobado que eso de empinar (el codo) es contagioso, porque también se empinan las cajas registradoras, cuyos propietarios se valen de la debilidad que sus parroquianos sentimos por sus bares. Los fieles ni nos inmutamos ante la minuta ni ante el prodigioso efecto multiplicador que le sucede al vino cuando llega a esta calle: su valor se dispara en la misma proporción en que mengua la cantidad depositada en la copa.
A mí me da lo mismo. Amo la calle Laurel y escalaré por ella aunque todavía se empine más. Disfruto viendo las manos de prestidigitador de Manolo, que parte tomates a velocidad endiablada mientras cuenta algún chiste en El Soldado. Adoro la bella voz de jotero con que Javi pide un cojonudo en La Simpatía y me hipnotiza el montacargas por donde la buena gente del Sebas arría su exquisita tortilla de patata. El Blanco y Negro, el Taza, el recuperado Donosti… Todos forman parte de mi corazón tan logroñés y a todos he vuelto tras algún exilio temporal en San Juan y la Mayor, cuando esta última calle aún no había sido tomada por las hordas adolescentes, cuando aún la reconocía como la de toda la vida. Así que seguiré sonriendo con las ocurrencias de Manolo, saboreando los calamares que preparan donde Javi y maravillándome con las referencias de Rioja que han ido coleccionando los herederos de Sebas. Soy un cliente fácil que sólo desea precisamente eso: que nos lo pongan algo más fácil.

P.D. El Soriano no se aloja estrictamente en la Laurel, pero ya advierto arriba que la calle es una especie de tres en una. El imaginario popular también denomina como Laurel a la calle Albornoz y a la Travesía, en cuyo número dos radica en realidad esta barra tan célebre, dedicada al monocultivo del pincho único que le da fama: ese champiñón cuyo misterio (dicen) está en la salsa, una fórmula tan secreta como la de la Coca Cola. Ese champi que yo sigo intentando tomar sin pringarme: en vano, lo confieso.

Ver Post >
Llanto por el vermú desaparecido
img
Jorge Alacid | 03-12-2012 | 08:53| 11

Allá por el 2006 publiqué en Diario LA RIOJA un artículo titulado ‘Vuelve el Tontódromo’  donde elucubraba sobre la reaparición de hordas adolescentes en el paseo de las Cien Tiendas. Ignoro si la recuperación de tal enclave como paso de paloma para los púberes logroñeses ha fraguado finalmente: lo que tengo seguro es que su recuperación como cabeza de puente para el vermú dominical sigue sin cuajar. Entre otras cosas, porque el vermú en general ha dimitido. Falleció años ha en Logroño, vaya usted a saber por qué. En aquel artículo me maliciaba si habría perecido a manos de Valdezcaray: la costumbre de visitar la estación de esquí riojana y sus gemelas pirenaicas despobló de potencial clientela aquellos bares del entorno de Jorge Vigón y Juan XIII, así como al resto del sector hostelero. También admito que los nuevos usos noctámbulos que imponen regresar a casa de amanecida quita encanto a eso de despertarse al mediodía y encaminarse hacia la barra favorita, de modo que Logroño parece un desierto a la hora del aperitivo cada domingo. Excuso comentar entre semana. Una pena.

Sobre todo, si se compara con las ciudades vecinas, donde tan civilizada costumbre se mantiene. Uno alarga la hora de volver a casa a por el almuerzo, picotea allí o allá, va saltando de tertulia en tertulia y pasa revista al censo logroñés. Así sucede, según he comprobado, en las vecinas Bilbao (ciudad de gran tamaño) o Soria (menos poblada). Pero en nuestras calles… Parece un imposible, porque los domingos ni siquiera están abiertos muchos bares. Cerrados gran parte de ellos, el paseo matutino acaba en la Estación Nostalgia. Nostalgia por aquel tiempo en que uno ni siquiera podía entrar en Cibeles: lo impedía una multitud acodada en la barra y otra de similar tamaño parapetada afuera en torno a la puerta. El vecino Torcuato presentaba el mismo llenazo de no hay billetes, de modo que la masa acudía  al Napoli… y más de lo mismo. El Porto Novo, parecido. El Amalis, otro tanto.

La ruta proseguía hacia la mentada Jorge Vigón con parada en Dickens (local enanísimo en la esquina con Juan XXIII que más tarde devino en bar de copas) y Wellington, como si estuviéramos en Londres. Era igualmente vano intentar tomarse un vino en Majari, por lo angosto del espacio y por el gentío que lo asaltaba. Más sencillo era ocupar un hueco en la larguísima barra del Drugstore, mi preferido de entre todos los citados, que contaba con la ventaja de pinchar música bastante decente… si Simple Minds te gustaba tan obsesivamente como a su dueño. La muchedumbre se diseminaba a la altura del Amazonas (con su coqueto reservado para ver la tele y jugar la partida) y, sobre todo, por Vivero, una barra muy chic así llamada por las piezas de marisco que ofrecía… pero que casi nadie se podía permitir.

El viaje acabó alcanzando a la aledaña avenida de Colón (Apolo, Tizona, Texas) hasta conquistar incluso la calle Villamediana, donde se emplazó la primera sede del Bodegón Andaluz: la ronda acababa por lo tanto con sabor a amontillado y aroma de aceitunas negras. Que intente alguien este próximo domingo una excursión semejante: acabará como yo, derramando una imaginaria lágrima por aquel rito desaparecido.

P.D. Me temo que desaparecida la costumbre del aperitivo, las ventas de vermú habrán declinado en consecuencia. Nada que ver con la época en que triunfaba el Martini y resto de productos de sello italiano (Campari, Cinzano: aquellas bebidas tenían nombre de ciclistas), con algún momento de auge francés: sí, también llegamos a sucumbir al Pastis y derivados. Ignorábamos entonces que La Rioja contaba con su propia contribución al célebre trago que siempre imaginamos originario de la soleada península: sí, el vermú también puede ser autóctono. Basta un recorrido por nuestros bares para confirmarlo: allí brotan los apellidos del cenicerense Pascali o del jarrero Lacuesta, en cuyo honor brindo esta entrada.

Ver Post >
Carrusel del Negresco (Bares dedicados III)
img
Jorge Alacid | 29-11-2012 | 09:23| 0
Luis Santos, fotografiado por Justo Rodríguez

Puesto que en una entrada anterior me pidió Felipe Royo, fiel corresponsal de este blog, que algún día contara mis recuerdos del Negresco, aprovecho para recuperar este artículo dedicado al desaparecido bar de Martínez Zaporta que publiqué en el 2007 en Diario LA RIOJA, dentro una serie de retratos logroñeses titulada ‘Desde Portales’. Se lo dedico al propio Felipe y, de paso, a Luis Santos. Con la esperanza de que me perdone por lo que cuento al final.

Tengo un vago recuerdo de la pizarra que instalaba el Carabanchel para informar al peatón logroñés de los resultados de la jornada de liga. No he olvidado sin embargo a su hermana pequeña, la exhibida durante años en el Negresco. A su calor, cada domingo se congregaba en el castizo bar de Martínez Zaporta una cofradía de futboleros, ahítos de información. Qué lejos quedaba entonces Internet; ni siquiera había llegado el tiempo de la radio portátil formato minimal. Sí te podías tropezar con algún enfermo del Madrid o del Athletic (los forofos riojanos del Barcelona cabíamos entonces en un taxi) transportando el tremendo transistor por la calle, bien pegado a la oreja, con ocasión de algún partido de la máxima rivalidad, como se decía por entonces: aún no se había popularizado el concepto de derbi, mucho menos el de clásico, otro invento de Valdano.

Aquel era un carrusel deportivo de tiza. Un camarero del bar, o a veces el mismísimo Luis Santos, dejaba de despachar mejillones picantes y se abría paso entre los parroquianos para acercarse hasta la pizarra. Digo pizarra en singular, pero la verdad es que había más de una, casi tocaba a pizarra por categoría. Pizarra de primera división, para anunciar los éxitos
de los equipos grandes y corroborar la información recién divulgada por Vicente Marco. Pizarra de segunda, donde solíamos ver al Logroñés, cuando sólo había uno y el auténtico todavía no había sido secuestrado por la cuadrilla que hoy lo dirige. Pizarra de tercera y pizarra de regional, sin olvidar el día en que el Berceo juvenil militó en las ligas nacionales y fue preciso habilitarle un hueco.

En el Negresco, el equipo verde jugaba en casa, pero sus resultados había que buscarlos por el mismo método con que se rastreaban todos los demás: mirando por entre las cabezas de los futboleros de aquella época, haciéndose sitio a codazos, aguardando con una emoción incomparable el momento en que alguien surgía bayeta en ristre, borraba el marcador de tal o
cual partido ya anticuado y pintaba con tiza el nuevo resultado. Alguna vez, terminado ese lentísimo rito, se escuchó a alguien gritar ¡gol!, un gol coreado con minutos de retraso pero con el mismo entusiasmo que hubiera desplegado su autor de encontrarse en San Mamés, Mestalla o Los Cármenes. También hubo ocasiones en que el camarero que acababa de apuntar un cambio en el simultáneo de tiza, no bien había regresado a la barra cuando ya estaba de vuelta, subido a un taburete para corregir el resultado que acababa de hacerse viejo de repente.

Como nosotros. Se nos ha caído encima la liga de las estrellas de ésta y otras galaxias, sin tiempo de decir adiós a las pizarras y a las hojas volantes llamadas ‘Balonazos’. Sin tiempo de despedir a Luis Santos y su colección de tizas y sin haberle pedido nunca perdón por aquella vez en que me preguntó si quería algo de picar y sólo supe contestarle con una pregunta:
– «¿Tiene usted orejas?».

P.D. El 20 de marzo del 2005, mi compañera  Estibaliz Espinosa entrevistó a Luis Santos para Diario LA RIOJA, de donde procede la foto de esta entrada, obra de Justo Rodríguez. Os dejo aquí este párrafo a modo de saludo o de resumen: “Tan asumido tiene Luis su apodo -‘El Orejas‘- que él mismo se lo aplica. «El que no me llama así, es porque no me conoce. Incluso a los desconocidos les digo que es mi tercer apellido», bromea. Y vuelve a la pizarra del ‘Negresco’, donde también apuntaba en primicia los números del sorteo de Navidad o los resultados del Tour. «En el bar estábamos todo el día de chufla» -dice-, y con esta intención gastó en una ocasión una broma a un grupo de requetés que regresaban de Montejurra y que pudo costarle cara. «Entraron ocho o diez y parecía que se comían el mundo. Yo, sin pensarlo, lancé el trapo que tenía para limpiar la barra y le di a uno en la gorra colorada, que salió lanzada. ¿Cómo se puso! Afortunadamente, la cosa no llegó a más».

Ver Post >
La belleza está en el interior
img
Jorge Alacid | 26-11-2012 | 17:42| 6
Las célebres patitas del Cachetero

Hubo un tiempo en que las barras de Logroño apenas se veían pobladas de pinchos. Así como hoy resulta imposible tomarse un vino sin caer en la tentación de probar algún bocado, no hace tanto pasaba lo contrario: que la sana costumbre de picar se veía limitada a algunos bares castizos, donde el protagonismo gastronómico oscilaba entre la simpática tortilla, el venerable emparedado y ciertas aportaciones cuyo recuerdo todavía me emociona. Los ajos del Florida de la calle San Agustín, por ejemplo. Y la casquería, protagonista de esta entrada.

Porque en aquel Logroño que empezaba a quitarse la caspa, era habitual emprender por sus bares la ruta de los despojos, cuyas sucesivas encarnaciones ocupaban también en esa época los menús domésticos… de donde han ido desapareciendo a medida que se imponía la moda light, los alimentos que sí aprobaría nuestro endocrino, la dieta fetén para matricularte en el gimnasio. Nos queda por lo tanto la añoranza: nostalgia del hígado empanado, sin ir más lejos… que a los días de la infancia, cuando constituía un ingrediente común que luego nos persiguió hasta el servicio militar. Sucedía que así en los pucheros de las abuelas como en las perolas del Ejército, las vísceras ocupaban un sitio destacado por una razón fácil de entender: que eran baratas. Muy baratas. Y yo añado: sabrosas. Muy sabrosas. Aunque alguna más que otras. Uno tiene que confesar el odio antiguo que profesa precisamente hacia el hígado, un plato que detestaré de por vida y que sin embargo fue un clásico en la oferta alimenticia de los bares logroñeses del siglo pasado. Aún resiste en alguno de ellos (el Sebas, por ejemplo), pero en general creo que se bate en retirada.

Ocurre algo parecido con el resto de su parentela, en su mayoría desaparecida, con una gloriosa excepción que ya presidía mis adolescentes paseos por Laurel: la suculenta orejita rebozada del Perchas, el Cielo le asista. Sé de algún veterano logroñés, avecindado hoy lejos de su tierra, cuya primera visita a la ciudad donde nació tiene siempre como destino este bar fiel a sus principios. Pero el pincho estrella del Perchas (un clásico también del entrañable Gurugú) es un oasis en el desierto logroñés de la casquería: dónde comerse hoy unos huevos fritos con asadurilla. Dónde una cazuela de callos, un plato de embuchados (con eficiente control sanitario), una ración de delgadillas. Dónde la sangrecilla, dónde los sesos, dónde los riñones… Porque de las criadillas (con perdón), ni hablamos.

Y, sin embargo… Tengo para mí que en esta hora, cuando la crisis aprieta y también ahoga, nuestros bares acabarán volviendo a sus orígenes para rescatar del recetario de la abuela los platos con despojos, una palabra que no debería intimidarnos. Por la misma razón arriba citada: porque es una cocina barata. E insisto: también sabrosa. Mi presentimiento se basa en una razón: que hasta el Cachetero Tapas Bar, la barra que acaban de abrir los Arechinolaza en la calle Albornoz, les ha seguido una de las estrellas de la carta del restaurante vecino, las patitas, mi plato favorito en el tenebroso mundo de las entrañas. Toda una exhibición de sabiduría popular. Mientras las saboreo, me pregunto a quién se le ocurrió que en ese humilde rincón de la anatomía animal se ocultaba un bocado tan suculento, qué ingenioso cerebro intuyó que la belleza reside en el interior y puede esconder una maravillosa oferta gastronómica. Y a medida que me voy pringando con la grasilla que desprende el pan que unto, entiendo de dónde nace esa expresión tan gráfica de chuparse los dedos. Lo entiendo literalmente. Y de nuevo con perdón.

P.D. La Tavina, el estupendo bar recién inaugurado a la entrada en la calle Laurel, ofrece en su barra del piso inferior una versión modernizada de los despojos de toda la vida: los morros, convertidos aquí en una fina lámina muy sugerente que no renuncia a ese sabor tan particular. No sé qué pensará la Sociedad Española de Cardiología, pero a mí me encantan. Igual que su hermana menor, la careta, o su prima, la lengua, otro manjar en vías de extinción. Rebozada o en salsa, me parece otro bocado delicioso. Que por cierto sería el pincho que Karlos Arguiñano ofrecería en la hipotética barra del bar que nunca ha tenido, según confesó una mañana en la tele. Amigo Karlos, yo iría a ese bar de rodillas.

Ver Post >
Dos paredes (Bares dedicados II)
img
Jorge Alacid | 23-11-2012 | 09:21| 12

La voz emparedado ha hecho carrera en España, luego de castellanizar el original (sándwich) con bastante ingenio. Porque, en efecto, este pincho tan clásico de los bares patrios, ¿qué otra cosa es sino un bocado cuyo interior resguardan dos paredes de mullido pan de molde? Se trata, por otro lado, del bocadillo de toda la vida, aunque puesto al día con un nuevo aire anglosajón. El emparedado revisa eso de colocar embutido o queso entre pan y pan: resulta que también cabe desde una humilde hoja de lechuga a un sencillo trozo de tomate. Al mismo tiempo, resuelve de modo funcional y barato ese bocado rápido que tantas veces exige nuestro estómago.

Es obvio que el emparedado debe mucho al éxito que entre nosotros alcanzó la marca Bimbo. Su popularidad se extendió allá por los años 60, porque contaba con un factor que lo hacía preferible al pan clásico: se mantenía fresco unos cuantos días más. De modo que el sector de la hostelería tomó nota y se lanzó a experimentar, así en el resto del país como en La Rioja. Paz Villar, a quien debo la idea de esta entrada, me recordaba hace unas semanas los que ella tomaba de cría en el fenecido Danubio, lo cual me recordó el tiempo en que fuimos víctimas del debate que de mocete nos planteaban, al modo de las dos Españas, dos bares del Tontódromo: Torcuato y Cibeles. Hubo que elegir y yo me decanté por el último, que se ofrecía como era usual en dos gustos: de tomate o de lechuga.


En aquel Logroño (últimos 70/primeros 80), hubo no obstante una tercera vía, que también me mencionaba Paz Villar: los emparedados del Beti, la castiza barra de Juan XXIII . Para mí, los mejores. Aunque como reconocía arriba fui más bien adicto a Cibeles, no lo hacía tanto atraído por sus emparedados como imantado por su clientela (sector femenino). Porque cuando quería regalarme un bocado de calidad, un emparedado que no se parecía a ningún otro, recurría al Beti. Mediaba también una razón estética: en vez de partir el Bimbo en diagonal, en el Beti lo hacían longitudinalmente. Aquel rectángulo constituía la cena más habitual de los feligreses del Diana: uno salía del cine e incluso en sus peores tiempos, cuando era evidente que el bar languidecía, de su cocina seguía saliendo esa suculenta mercancía que a mí me resultaba… No sé, poco logroñesa.

Sí, el emparedado del Beti me recordaba los que probaba en la catedral del emparedado, el madrileño Rodilla, cuyas franquicias conquistan hoy múltiples rincones de la capital del Reino diversificando su oferta, cierto, pero manteniéndose fiel al producto que les dio fama. Todavía ignoro a qué se debía mi devoción por el emparedado del Beti. Toño del Río, compañero en esta casa que comparte la misma añoranza, define aquel emparedado con una palabra: “Espectacular”. A su juicio, el secreto del emparedado residía en tres elementos: unas anchoas “sensacionales”, una mayonesa “también sensacional” y, sobre todo, “que el pan, aunque de molde, era hecho en panadería”.

P.D. El emparedado hoy, me parece, está en crisis. Otros bocados más elaborados y sugestivos pueblan los bares de Logroño; apenas resiste en alguna barra que se mantiene fiel a tan popular producto, como si a nuestros hosteleros les avergonzara ofrecer algo que estuvo de moda hace demasiado tiempo, cuando era común taparlos con una servilleta o un trapo humedecidos. Yo sospecho que si alguien se animara hoy a lanzar una oferta de emparedados según las viejas leyes, aunque adaptando su formato a las nuevas exigencias del consumidor, arrasaría. Intuición que hago extensible a su derivada, los célebres vegetales a la plancha que tanto éxito cosecharon en otra época y que ahora me permiten despedirme recordando los que preparaba Ángel Martín Vítores en el México de Vara de Rey. Que tantas noches fueron mi cena.

Ver Post >
Lo más Moderno
img
Jorge Alacid | 19-11-2012 | 10:55| 3

El elenco de 'Calle Mayor', a las puertas del Moderno
Manda la tradición que junto a la sede de cualquier periódico se aloje un bar. Por ejemplo, el decano de la prensa regional, el más que centenario Diario LA RIOJA, ha quedado asociado en la memoria ciudadana con el emplazamiento donde todavía lo recuerdan los más veteranos logroñeses: puesto que sentó sus reales en Martínez Zaporta, puede concluirse que la barra que acogería con mayor frecuencia y cariño a sus redactores sería la del Moderno. Eduardo Gómez, perito en bares y doctor en periodismo por la universidad de la calle, lo confirma, aunque agrega: “También se iba mucho al Tigre y al Negresco”.

Para mí, sin embargo, la barra del Moderno es otra cosa: el eslabón que conducía desde la cercana Laurel hacia la Mayor, en la época en que esta última calle aún no había sido abducida por las legiones juveniles. Un semiclandestino pasadizo facilitaba el tránsito entre los dos ventrículos de este corazón tan logroñés, de modo que uno muy bien podía acceder al Moderno por la puerta central (junto al teatro, hoy multicines) y ausentarse por la que conducía hacia la Mayor, donde emergía a la altura del restaurante La Bombilla: ese mismo espacio hoy ganado para la casa mayor (al final de la barra, a mano derecha).

Pero antes de despedirse por una puerta u otra, la clientela detenía su trayecto en la alborotada barra, siempre muy rica en público de toda condición (con preeminencia del más castizo) para ingerir algunos de los vinos que en aquella época garantizaban por apenas un duro un labio ribeteado en negro, como si sus parroquianos fuéramos pioneros de la moda neogótica. Era un vinillo servido en vaso que ayudaba en la ingesta del pincho estrella: sus bocadillos de calamares, que no consigo olvidar. Reforzaban el estómago con tanta maña como el Omeoprazol y eran bastante más sabrosos. Y baratos: calculo que engullí los primeros bocatas por apenas 15 calas de la época (primeros 80), lo cual bastó para imantarme a su barra durante unos cuantos siglos más.

Su encanto, sin embargo, su singular encanto residía en que uno podía imaginar allí, refugiado en su rico maderamen, que estaba en el único café que permitía comparar a Logroño con ciudades gemelas que sí cuentan con establecimientos parecidos. El Iruña de Pamplona o el Novelty de Salamanca: veteranos abrevaderos fundados cuando se inició la civilizada costumbre de pasar el día en los cafés, alargando la hora de regresar a casa, picoteando de una tertulia a otra. El Moderno daba ese tipo: cuando estrenaron ‘La Colmena’, la novela de Cela llevada al cine por Mario Camus en 1982, pensé que así podría ser el Moderno. Mejor dicho: así debería haber sido, pero Logroño, ya se sabe… Antes que la tertulia, por aquí preferimos la ingesta a pie de barra, el tinto rápido y fulminante cuya rápida degustación nos permite lanzarnos raudos a por el bar siguiente.



Hoy, cuando regreso sobre mis pasos y me sumerjo en la hospitalidad de la familia Moracia o mientras saludo a los conocidos a quienes encuentro aquí acodados. Mientras contemplo desfilar a las nuevas promociones de logroñeses ganados para la causa a los sones de ‘Fibra de pájaro’, el himno que atruena a medianoche los fines de semana… Mientras todo eso sucede, vuelve a obrarse el milagro: me veo a mí mismo engullendo el rico bocadillo de calamares que tanto añoro. Veo también abandonando el Moderno al elenco de ‘Calle Mayor’, con Manolito Alexandre al frente en una de las más conseguidas escenas de la película. Y veo, sobre todo, la magia del tiempo detenido: lo que ocurre cuando eres de verdad moderno.

P.D. He invitado a Eduardo Gómez a que escriba unas líneas recordando aquella relación entre periodismo y hostelería, alrededor de Martínez Zaporta. Esto nos cuenta: “Cuando la redacción y los talleres de Nueva Rioja se encontraban el edificio que daba a la plaza de Martínez Zaporta 7 y a la calle Mayor, se vivía un animado entorno del que disfrutaban periodistas y empleados. A unos metros estaba el bar Negresco, donde se respiraba un gran ambiente deportivo que solucionaba algunos problemas que surgían en la sección de deportes de la redacción, que dirigía entonces Norberto Santarén. Cerca, en el inicio de Carnicerías, se encontraba el bar Victoria que también visitaban los redactores cuando hacían un receso. Enfrente de este bar estaba una magnífica tienda de comestibles de Rosi Bellido que junto a la de Bastida, que estaba justo debajo del despacho del director del periódico, solucionaban cualquier necesidad culinaria. Y frente a la entrada de los talleres, en la calle Mayor, estaba el bar Tigre, que también aprovisionaba a linotipistas y empleados cuando necesitaban apagar la sed”.

Ver Post >
Lo que hay que echarle
img
Jorge Alacid | 09-11-2012 | 11:38| 3

Huevos. Lo que hay que echarle son huevos. Batirlos bien, mezclarlos con la rica patata de la tierra y darle el toque personal, el detalle secreto que garantice que esta tortilla que ve usted en nuestra barra es única, es exquisita. No tiene rival. El pincho español por antonomasia siempre será la tortilla de patata, ese plato donde se une el alma de una nación que reconvirtió a su aire un plato traído de la vecina Galia: los españoles le echamos más huevos y, sobre todo, patatas, hasta hacer nuestra la omelette francesa. De paso, abrimos uno de esos debates que nos dividen a los celtíberos según nuestra mejor tradición cainita: a ver quién le echa más huevos. Es decir, qué tortilla es la mejor.

Pues de acuerdo: le echaremos huevos. O sea, que habrá que mojarse. Quien suscribe profesaba veneración por la que despachaba el Oslo de Doctores Castroviejo, prima hermana del Porto Novo antes de que el bar de Ciriaco Garrido se transformara en Vecchio. Hoy, en cualquiera de sus exitosas encarnaciones, Porto Vecchio garantiza un producto sabroso y muy bien presentado, que en su formato para llevar a casa nos ahorra de paso meternos en la cocina.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, cuando de tortillas se trata yo suelo encaminar mis pasos hacia el viejo Logroño. Allí sienta sus reales desde no hace tanto el entrañable Tahití de República Argentina, cuya tortilla tiene bien ganada su fama en forma de premios como los recogidos en San Sebastián durante su festival gastronómico y en forma de elogios de su clientela, que ha emigrado hasta la calle Laurel en demanda de sus celebrados fogones. Muy cerca se aloja otra de mis favoritas: la del Sebas.

Yo mantengo un cariño antiguo hacia el Sebas por variadas razones. La primera, el propio Sebas, a quien recuerdo defendiendo la barra de la calle Albornoz… y escapándose en cuanto podía con su cuadrilla para la ronda diaria por los bares vecinos. Era un síndrome que sufrían unos cuantos hosteleros de su generación: parecían estar más a gusto al otro lado de la barra, compartiendo vinos, risas y chácharas con los amigos. Del Sebas también me tiene enamorado su ascensor: ese ingenioso montacargas que despacha las mercancías desde el enigmático piso de arriba. Y del Sebas me encanta su interminable carta de vinos, formidable panoplia donde se alojan los de toda la vida (viva Murmurón…) y los recién llegados, los indígenas (que son mayoría) y los foráneos, que no solo de Rioja viven nuestros paladares. Y, por fin, del Sebas destaco su tortilla, con o sin (picante), en esta ruta que ahora me lleva hasta la calle San Juan.
Las dueñas de La Travesía, foto de Juan Marín
Mejor dicho, a su travesía. Allí se alojaba el Mere, que tanto bien hizo por nuestros estómagos adolescentes. Pero en esta España de las dos tortillas, en este país donde uno debe decidir entre Joselito y Belmonte y por lo tanto comprometerse y significarse, yo confieso: mi predilecta se despacha en el bar Ignacio. Quiero decir que se despachaba, porque el Ignacio desapareció, aunque no su secreto, que supo legar a quienes lo regentan desde su jubilación, convertido en La Travesía (cuyas responsables aparecen en la foto, cortesía de Juan Marín). De natural jugosa, con el huevo no demasiado hecho y la patata un poco bailando, en el camino hacia la deconstrucción que tan feliz haría al señor Adriá. Es mi favorita aunque creo que también por un componente sentimental, tipo Proust: como para el escritor francés las magdalenas, para mí esta tortilla representa el regreso al edén de la adolescencia. Porque hasta esa barra peregrinaba los domingos a la salida de Las Gaunas, cuando solo había un Logroñés, para reconfortarme con su suculento pincho, que hoy me sigue sabiendo a la grada de General, al marcador simultáneo Dardo. A Belaza, Lavernia y Amantegui. A patata y a huevos. Muchos huevos.

P.D. larioja.com, el portal que alberga estas líneas, organizó este año un concurso para determinar cuál es la mejor tortilla de La Rioja. Vano intento, pero meritorio. Vano, porque en cuestión de gustos, ya se sabe… Nada está escrito. Meritorio, porque al menos nos permite descubrir unos cuantos bares que merecen una visita. Menciono aquí a los ganadores, ambos de Logroño: Bar Mirvi (Obispo Fidel García, 4), en la categoría tradicional, y Robusta (Doctor Múgica, 2), en la categoría de con… Que en su caso se traduce en con… pimiento y cebolla.

Ver Post >
Bares dedicados (I)
img
Jorge Alacid | 07-11-2012 | 09:16| 10
Una imagen de la desaparecida Chocolatería Moreno. La foto es de Juan Marín

Por invitación de una seguidora de este blog, inauguro una sección con aroma a radio, aquella mítica sección de la postguerra de canciones dedicadas. En este caso, bares dedicados. Así que para Noemí, aquí tiene lo que pedía. Una entrada para recordar a la desaparecida Chocolatería Moreno; es un artículo que publiqué en Diario LA RIOJA en febrero del 2008 y que ahora recupero. Se titulaba ‘Chocolate feliz’.

Seguro que usted ha sido uno de ellos. Uno de tantos padres que cierta vez acudió a alguno de esos antros llamados chiquipark porque una de sus criaturas soplaba las velas que tocaran ese día y le habían organizado una fiestecita. Sí, seguro que usted también se ha resignado a aburrirse mientras la chavalería disfrutaba sudando en la pista de bolas y ha comprobado la escasa atención que la grey infantil prestaba a la merienda. Habrá regresado a casa después de hacer fila para secarle el pelo a su cachorro y cierta tarde se habrá tropezado con un rastro de globos recién inflados que en la carretera de Soria anunciaba algún cumpleaños infantil.
¿Cuándo empezó esta moda? ¿Quién la impuso? ¿Cuántos cafés llevo esperando a que acabe el dichoso guateque del crío? Las preguntas surgen espontáneas, pero, salvo para la tercera (calculo que voy por el tercero), apenas encuentro respuestas. Sospecho que se trata de una concesión más en este camino sin retorno que exige para estos querubines una infancia feliz y desahogada, sin sobresaltos, que incluya cada semana una fiesta. Cómo consentir que nuestros retoños tengan que conformarse con el humilde chocolate con churros, aquel clásico que embadurnó nuestra mocedad, y se les prive de payasos, magos y globos. Sobre todo, que no falten los globos.
Abandono. Me marcho a Moreno, la chocolatería que resiste el ataque de la modernidad desde su atalaya en la calle del Peso, entrañable rincón donde la formica aún impone su ley y una oleada de nostalgia invade su impagable vitrina, sus churros que siguen sabiendo milagrosamente a churros, los precios que ignoran los estropicios que el euro (y la codicia de algún hostelero) causaron a nuestros bolsillos. Uno iba a Moreno con cada cumpleaños, recibía el pescozón de rigor por mancharse el jersey de chocolate y volvía a casa: la fiesta había terminado. En eso consistía. En realidad, no había mucho donde escoger. Tu capacidad de elección se limitaba a optar por Moreno, esa deliciosa merienda en el subsuelo logroñés, o decantarte por Reyga, palacio de los cumpleaños, aunque sólo fuera por el colosal espacio que ocupaba en Víctor Pradera, una bajera siempre mal iluminada de donde nacía ese olor a galleta que acompañó alguna infancia. Había otras posibilidades: la misteriosa chocolatería de República Argentina, estrecha como el talle de Carla Bruni, o esa tercera vía que llevó el nombre de Manolo Iturbe, genial pastelero que oficiaba desde el obrador de Vara de Rey, aunque lo exiguo de su confitería aconsejase acudir a Moreno en cuanto el número de invitados superaba la media docena.

Sí, volvamos a Moreno, que son medio parientes: su anciano chucho, al que supongo ya desaparecido, cortejó un tiempo a mi perrita, pero aquel romance no cuajó, tal vez por la diferencia de edad. Volvamos a Moreno, donde descubriste lo feliz que puedes ser cuando mojas el churro.

P.D. Si alguien tiene interés en convertirse en la segunda entrada de esta sección; es decir, si le apetece que recordemos aquí algún otro garito, no tiene más que pedirlo. Como una folclórica más, uno se debe a su público

Ver Post >
Qué lugares
img
Jorge Alacid | 05-11-2012 | 11:44| 12
Una imagen del bar Pachuca de Logroño, firmada por Justo Rodríguez

 

Siempre que desciendo por Marqués de Vallejo acabo dedicando alguna miradita al difunto bar Pachuca, cerrado desde hace décadas… aunque ahí sigue. En pie. De momento. Ocupando el mismo espacio que cuando funcionaba, con su hermoso rótulo adornando el acceso que franquearíamos si la puerta decorada por teselas multicolores no se empeñara en mantenerse cerrada. Y automáticamente, movido por un extraño mecanismo mental, a cada mirada que le dirijo le sigue una cavilación, un deseo que nunca se hará realidad: si un día la fortuna me convirtiera en millonario y quisiera concederme un capricho. Si en tal caso me volviera majareta y me diera por abrir un bar en Logroño, ese bar sería el Pachuca.
Ignoro qué extraño magnetismo oculta su barra desaparecida.

Tal vez sea solo un símbolo, porque siempre he mantenido que el alma auténtica de una ciudad española, el espíritu secreto de eso que llaman capital de provincias (Logroño, por ejemplo) suele encontrarse en este tipo de establecimientos. En sus bares. En sus bares, sus cafés, sus cafeterías y sus garitos de cualquier condición. Porque eso de beber hermana mucho a la ciudadanía. Hermana tanto que me pareció posible encontrar algún eco al otro lado de esta pantalla cuando se me ocurrió la aventura que aquí se inicia, un blog donde se irá explorando el mapa de los bares logroñeses, sin que deba descartarse alguna incursión fuera de las fronteras de la ciudad.

Y para recalcar esa idea de hermanamiento ciudadano con que hoy surge Logroño en sus bares, se admiten sugerencias. Desde luego, serán bienvenidos los comentarios, las dudas y hasta los reproches. Se considerarán sospechosas las alabanzas (si es que aparecen) y se intentará no conceder demasiada trascendencia a las palabras con que dibujemos este itinerario sentimental que para algunos de nosotros, para unos cuantos logroñeses, significa la historia de nuestros bares.

P.D. Aunque las fuentes consultadas no se ponen de acuerdo, y puesto que sólo de muy crío recuerdo haberme acodado en la barra del Pachuca en compañía de mis padres, el relato más plausible de su biografía que he logrado trazar es el siguiente, gentileza de un amable informador que prefiere permanecer en el anonimato. El Pachuca, según me cuenta, fue un bar montado por un sevillano llamado Ricardo, acrisolado hincha del Betis. Logroño acababa de inaugurar la década de los 60 cuando tropezó con este bar que anunciaba ya el desarrollismo en su sorprendente barra. Sorprendente, por la variedad y atractivos de sus pinchos. El más popular, bautizado ‘pachuquito’, consistía en huevo cocido y rebozado con jamón y queso. Pero había más ejemplos de gastronomía camp: canapés de queso roquefort, una tortilla de patata al parecer sabrosísima y la tapa estrella, los langostinos cocidos y sumergidos en mayonesa. Semejante festín duró hasta los años 80, cuando cerró luego de algún adiós provisional. Y así sigue, difunto y clausurado: esperando a ver si  algún valiente se anima.

Ver Post >