La Rioja
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La caña de España
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Jorge Alacid | 19-02-2013 | 18:55| 5

La espuma de los días, según imagen de Justo Rodríguez
La caña de España, la bebida rubia (a ratos morena, gentileza de Mr. Guiness), el grifo del que mana esa pócima tan rica para sobrellevar los calores de la canícula, apta también para otras estaciones del año. La bebida que antes de la globalización se desdoblaba como si fuera el mapa de la España autonómica: en Cataluña se llamaba Damm, en San Sebastián Keler, en Galicia Estrella, en Andalucía Cruzcampo (aunque Córdoba tenía su Águila), en Madrid siempre Mahou… Hoy uno encuentra casi todas estas marcas en el súper de la esquina o en los bares de confianza, que en este asunto (como se verá) no son tantos. Con todos ustedes, nuestra amiga la cerveza, amable competidora de otro amigo, el vino (de Rioja), cuyas vidas sin embargo juzgo compatibles: yo, por ejemplo, observo que es común mi manía a empezar la ronda con una caña y seguir luego de vinos.

Así que se puede querer a ambos a la vez y no estar loco. Aunque si fuera posible que tanto la una como el otro se nos sirvieran con algo más de esmero, eso que saldríamos ganando. Frente a la opinión habitual, me parece que el vino recibe mejor trato en Logroño, sobre todo de un tiempo a esta parte, que la cerveza. ¿Recuerda alguien un bar donde se tire la caña (hermosa expresión piscícola) con garantías? Sí, a mi también me parece que no hay muchos. Una pena, porque sin ponernos demasiado estupendos, debemos reconocer que sólo entonces adquiere este bebedizo todo su sabor y despliega toda su potencia. ¿Para tomarla en condiciones habrá que resignarse a aprovechar cada visita a Madrid? Sería una lástima, aunque tengo observado que no hace falta irse tan lejos: en mis excursiones a Soria observo una feliz cultura cervecera cristalizar en la habilidad con que sirven la caña en cada bar, la maña con que manejan los grifos, el respeto que de ahí se deriva hacia el cliente.

Entrada al bar El Dorado de Logroño (Justo Rodrìguez)

Un reciente descubrimiento me permite sospechar que no está lejano el día en que la mayoría de los camareros logroñeses se dote de la misma habilidad. Ya sé que hay unos cuantos garitos donde se honra a la caña y tengo entre ellos debilidad por El Dorado de Portales, aunque sólo fuera (también) porque sus dueños me parecen de lo más simpático y he disfrutado mucho de sus ocurrencias cuando los tenía de vecinos en la grada del Palacio viendo al Naturhouse. Es un bar que lo tiene todo: una clientela amigable, un emplazamiento castizo (donde el añorado Félix Guallar defendía sus fotos), criterio para elegir la música y esa hermosa imagen en la puerta de uno de mis mitos cinéfilos, el gran John Wayne, que nos invita a entrar (como atestigua la foto de Justo Rodríguez).

Cervezas reposando en el grifo de El Andén

Pero El Dorado es una barra veterana, cuyos hallazgos son bien conocidos entre los parroquianos locales: lo novedoso, al menos para mí, es la buena nueva de la flamante aparición de El Andén, bar situado en Vara de Rey donde antaño lucía una degustación de café. Un sitio estupendo. Decorado con gusto, servicio profesional, música ambiente al volumen adecuado que no se entromete en las conversaciones… y una especial dedicación cervecera. La caña se tira sin alardes exagerados, pero según los cánones. El vaso es del tamaño adecuado, la cerveza se deja reposar lo suficiente (y ahí está la foto como prueba) y su Mahou es una garantía (al menos para quien esto escribe). Así que otra caña es posible, aunque veo que en este ámbito se prodiga últimamente mucho el mismo nivel de pedantería que ya cité en otra entrada del blog dedicada a la ginebra y la tónica: parece que las cervezas de toda la vida ceden en prestigio frente a otras que nadie conocemos de verdad, que seguramente pronunciamos mal y que luego saben parecido (o incluso peor) que las cañas de confianza. Lo dicho: pecadillos de nuevos ricos.

Que San Miguel nos perdone.

P.D. Mateo, Bernabé y Santiago son, como es conocido entre los aficionados cerveceros de la ciudad, las tres marcas de un proyecto de reivindicación de la cerveza autóctona ideado por unos jóvenes emprendedores riojanos. Enhorabuena por su valentía. Yo me he aficionado a catarlas, con resultados desiguales: me gusta mucho la nueva, Santiago, una tostada que te transporta a tu pub favorito de Londres, y también me parece muy lograda la llamada Mateo, cerveza de trigo bastante rica. Con Bernabé tengo más dudas. Se ofrecen en una presentación muy lograda, aunque (por poner alguna pega) detecto un exceso de ‘decoración’ en la botella que le aporta poco y, sin embargo, escasez de información para el consumidor.

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Cenicero en sus bares
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Jorge Alacid | 15-02-2013 | 18:39| 1
Julio Ezquerro, en la barra del bar El Puerto de Cenicero, retratado por Justo Rodríguez

Como había advertido cuando inicié este blog, alguna vez teníamos que irnos de excursión. Ya habíamos hecho algún viajecito a las afueras de Logroño, pero lo que propongo hoy es un desplazamiento en toda regla: nos vamos a Cenicero. El destino elegido es pertinente: quitando la capital de La Rioja, se trata del segundo municipio de la región cuyos bares más he frecuentado. Empezando por uno ya clausurado, aunque mantiene la hermosa rotulación que le distinguía: el Gallo de Oro.

Traspasé sus puertas hace un millón de años, convocado en su seno por una noticia aparecida en Diario LA RIOJA. La firmaba Eduardo Gómez, quien desvelaba a sus lectores que allí radicaba el bar más barato de La Rioja. No mentía: esa misma tarde comprobamos que, en efecto, una copa de anís y una rosquilla costaban lo que prometía Eduardo: 7 pesetas de los primeros años 80. Repito: 7 pesetas. Para los finolis, 0,04 euros. Así que a una hora inusual, la hora típica de la ronda de vinos, esa noche la cogimos de anís. Con gran éxito. Desde entonces, aquel bar, ocupado por una venerable clientela que ignoraba a santo de qué venía nuestra sorprendente visita, tiene un lugar en mi corazón. Y siempre que me doy una vuelta por allí y lo veo resistiendo aunque cerrado, en el recoleto espacio que le aloja, atrincherado tras los soportales, pienso lo mismo que cuando tropiezo con el Pachuca logroñés: qué pena que siga cerrado.

Desde aquella primera expedición, el Gallo de Oro no es el único bar de Cenicero que me fue conquistando. La ruta habitual podía continuar en el Marqués, Meri, City Sky, Juanan… La mayor parte, muy ricos en decibelios y entregados por lo general a la causa jevi, una iconografía que se rompía por completo a la altura del Joymi, decorado como si el tiempo se hubiera detenido en años 70 y atendido por unas encantadoras damas. Porque ahí radica el imbatible atractivo de los bares de Cenicero, que son como sus gentes: difícil encontrar otras más simpáticas ni con más salero. De modo que el buen humor y la hospitalidad estaban aseguradas en cada una de nuestras incursiones, que solían incluir el Baja Baja (subterráneo, como su nombre indica), alguna vez amagaron con ingresar en el Casino y finalmente desembocaban en el Verde Manzana, local que también disponía de un espacio bajo el nivel de la calle para el momento bailable.

Dejo sin embargo para el final lo mejor. Porque lo mejor para mí en cada expedición por los bares de Cenicero ocurría cuando la ronda paraba en El Puerto, cuyo encanto residía en… La verdad es que no lo sé, pero lo tenía. Un encanto mayúsculo. Para empezar, por su inigualable terraza, encajonada bajo el porche que recibía al visitante a mano derecha y le guiaba luego a la barra situada enfrente, una hermosa barra, decorada con motivos taurinos, desde donde se expedía a los veladores las vituallas a través de un gracioso ventanuco.

Con estas líneas intento compartir mi emoción por aquel local desaparecido pero no sé si lo consigo. Como ya tengo escrito, esto de los bares es una experiencia difícilmente compartible: para que uno se encuentre en un bar mejor que en casa se necesita algo etéreo, mágico, inefable. Complicado de explicar, casi imposible. Ese bar ideal tiene que reunir cierta inaprensible suma de talentos: camareros dotados por el don de la profesionalidad, unos parroquianos con quien uno siente que puede confraternizar aunque los acabe de conocer, una atmósfera propia… Bares con identidad. Con una personalidad innegociable: uno entra en ellos y sabe de pronto que ÉSE es su sitio.

Todas estas virtudes adornaban a El Puerto, otro más en la larga nómina de bares difuntos por quienes derramo una imaginaria lágrima de vez en cuando. Sus dueños, al menos, lo conservan tal cual lo recuerdo: Justo Rodríguez lo retrató como vemos en una reciente visita a Cenicero gracias a la amabilidad de su propietario, Julio Ezquerro, Santa Daría le bendiga. Observo la foto: tengo la sensación de que mientras se disparaba la cámara, se disparaba también una oleada de nostalgia. El Puerto, El Gallo de Oro, Cenicero: qué días los de aquellas noches.

P.D. Uno de los alicientes añadidos a cualquier ronda por Cenicero tenía que ver con la singular oferta de alcoholes que acredita: sus famosos vinos, quién lo duda, pero también su más desconocida bebida autóctona, el tirolés. ¿Qué es el tirolés? Bueno, el que lo haya probado ya lo sabe: un peligro. Y hecha esta advertencia, quienes quieran saborear tan sugerente pócima que en exageradas dosis depara inolvidables resacas (de las que exigen una bolsa de agua en la cabeza), deberán saber lo que sabe cualquier cenicerense: que el tirolés es un vermú. Nada más, pero nada menos. En algún bar recuerdo haberlo visto servir mezclado con moscatel: ése sí que era un cóctel batido y agitado. Muy agitado.

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Convención de ginebra
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Jorge Alacid | 12-02-2013 | 09:36| 2

La mítica ginebra Fockink, con su botella formato petaca
Ginebra, amante reina del rey Arturo, cuyos amoríos con Lancelot tanta literatura generaron. Ginebra, bonita población suiza que se asoma al lago Leman. Ginebra, en fin: aguardiente de origen inglés que hunde sus raíces en Holanda, se despliega por todo el mundo con las tropas británicas cuando sobre su Imperio no se ponía el sol y brota hoy ante nosotros formando imbatible pareja con otro bebedizo también muy rico en propiedades de toda laya, la tónica. Ante ustedes, el combinado de moda: el gin-tonic.

Sí, yo también he sucumbido. Probé antes suerte con otros tragos (vodka con lima, años 80; martini con soda, años 90) mezclados (y a veces batidos y muy agitados: mis noches de bourbon), antes de frecuentar los famosos destilados nacidos en las tierras altas de Escocia (lo que el vulgo llama güisqui, de apellido malta) para acabar cayendo en las redes de esta pócima que tanto ayuda a sobrellevar las comilonas, pues garantiza digestiones placenteras y de paso te refresca el gaznate. Antaño una copa casi residual, la actual resurrección ginebrina lo invade todo y dispara la estupidez humana en proporción directa a la factura que nos endosan.

Porque, en efecto, cuanto más raro el licor y más pija la botella, más estupendos nos ponemos y en consecuencia recibimos nuestro justo castigo: salimos del garito con el bolsillo aligerado, aunque a cambio podemos darnos más importancia que el caballo de un rejoneador. Quién lo hubiera dicho en los tiempos en que un vaso de ginebra se administraba casi como medicamento. A los niños que sufrían de dolor de muelas, puesto que la boca entera quedaba anestesiada. A las púberes que conocían los primeros efectos de la menstruación, con la pretensión de aliviar las molestias. Ignoro si con éxito.

Digo ginebra en singular y digo bien. En la España tenebrosa de los 40 años sólo había una ginebra: salvedad hecha de alguna marca menor, todo lo dominaba la afamada Fockink. Con ella atravesamos un desierto que a veces tenía forma de gin-kas, otro trago famoso, hasta desembocar en la actual exagerada panoplia de ginebras que exigen un anchísimo espacio en los anaqueles de todo bar que disponga de una clientela pelín pedante, dispuesta a perorar durante un rato si es mejor con enebro o con pepino (me refiero al gin-tonic) y unos camareros con un máster en química y conocimientos de gimnasia deportiva, puesto que su elaboración exige la cabeza de Severo Ochoa para calcular las dosis de líquidos, sólidos (frutas variadas) y gaseosos (ese nitrógeno) y la muñeca de Nadal para administrar los hielos.

En fin: que como en tantos hábitos nos hemos dejado dominar por la tontería. Finalmente, el gin-tonic es sólo eso, ginebra con tónica. Coja usted la mentada y venerable Fockink y únala con la Schwepps de toda la vida (salvo si encuentra la desaparecida Finley), añada una rodaja de limón y tendrá la copa que buscaba. Y probablemente, más barata: así me ocurrió en un bar ahora en trance de ser traspasado, el veterano Ginfizz de la calle Vitoria que tan buenos ratos me procuró cuando se llamaba Amalis. Su todavía propietario nos aleccionó una noche con las maravillas de la bodega que custodiaba, muy pródiga en ginebras: más de 80 referencias. Y entre ellas, en efecto, la añorada Fockink, con su botella en formato clásico de petaca, un diseño de otros tiempos. De cuando echar un trago no era tan complicado. No como ahora. Porque de eso habla el cómico Leo Harlem en este video que os dejo aquí: “Empezaron a ponerme la copa el viernes a las once de la noche y eran las dos de la mañana del sábado y todavía estaba el tío currando”. Atentos al minuto siete.

P.D. Yo confieso: también formo parte de la legión de clientes que se ponen estupendos cuando piden un gin-tonic. Y, sí: también creo que preparo los mejores del mundo. Por si alguien está interesado, esta es la receta que me regaló un amigo para agasajar a las visitas. En una copa de balón o de sidra (yo prefiero esta última), echamos cinco cubos de hielo bien macizos. Movemos la copa unos segundos y a continuación vertemos el mejor gin del mercado (ahora soy fan de Martin Miller´s, pero insisto: vale Fockink), con una dosis que calculo así: contando mil uno, mil dos, mil tres. Previamente, hemos pasado la parte interior de la corteza de un limón varias veces por el borde de la copa, interior incluido. Echamos la tónica procurando que no se vaya el gas, añadimos un par de enebros aplastados (los venden a granel en La Casa del Pimentón) y como se dice en Navidad: a pasar buena noche.

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Continental, bar de cuatro hojas
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Jorge Alacid | 08-02-2013 | 11:37| 7
Foto del bar Continental publicada en Diario LA RIOJA en el 2007, obra de J.M. Zorzano

Hoy traigo aquí un bar resucitado. Es una entrada antigua, datada en abril del 2007, cuando publiqué un artículo en Diario LA RIOJA dedicado a uno de los bares de Logroño que más frecuenté en mi lejana mocedad, el célebre Continental, acaso una de las barras más hermosas de la ciudad, curvada e interminable. Es un bar que llevo pegado al corazón; se situaba en el vientre de la Concha del Espolón y en su primera encarnación se llamó Trébol. Tal vez  alguien más comparta esta evocación. Ahí va.

“Los bolos son ese entretenimiento con que te distraías de crío a la orilla de la playa, el juego que llevaba bajo el sobaco Pedro Picapiedra camino del duelo semanal que mantenía con su colega (¿podía llamarse Rocabruno?) en la tele que emitía en blanco y negro desde Flinstone. Los mismos bolos que regresan a Logroño en formato yanqui ya fueron el argumento central de la historia escrita décadas atrás en esas boleras donde apenas penetraba la luz del sol, cuya clientela atemorizaba a la chavalería atraída por el lado oscuro de la ciudad. Su catedral se llamó Trébol y se cobijó en el corazón logroñés: en las mismísimas entrañas de El Espolón.

El Trébol forma parte de la larga lista de bares adictos a la resurrección que en la ciudad han sido. Con distintos formatos, desde su versión inicial como bolera, sobrevivió hasta la década de los 90 del  anterior siglo en busca de su identidad final: un espléndido bar de copas llamado Continental, evocador nombre con que sus dueños ya habían bautizado otro negocio, una hermosa librería en la calle de El Cristo, también desaparecida. En la Conti, (así, en femenino) la bolera desapareció.

Aquel espacio se transformó en ocasional sala de conciertos, un aliciente que añadía atractivo al local, penúltima etapa en la búsqueda de identidad de toda una generación que antes deambuló por Tívoli, Merlín y Tifus, aquel tridente trágico. (Final de trayecto en el Cacodilato). En lugar de los bolos, en el Continental se instaló una de las primeras mesas de billar americano conocida por Logroño, que ejerció como reclamo de aquella infinidad de tipos acodados en su barra al paso de paloma, viendo a las tías juguetear con el taco, manoseando el palo en decúbito prono mientras intentaban una carambola a menudo fallida. Hoy, los amables funcionarios de la Oficina de Turismo se sonríen si les preguntas qué queda de la Conti en el subsuelo de El Espolón. Nada recuerda allí aquel bar donde los clientes saltaban de vez en cuando tras la barra para ejercer de pinchadiscos o camareros, una familiaridad que tal vez fue la causa de su acelerado cierre, apenas aplazado por el éxito veraniego de su terraza a la sombra de los extintos cedros.

Acaso murió de éxito, sin superar la maldición heredada del Trébol, angosto garito con dos escaleras de acceso luego periclitadas, que permitían a sus asiduos bajar a las catacumbas como los protagonistas de aquel libro de Julio Verne: también ellos viajaron al centro, pero no de la Tierra, sino de Logroño, según proclamaba el viejo lema de la Conti. Y como los héroes del novelista de Nantes, regresaron con la inocencia perdida y algunos tragos de más. Con las patas de gallo que han florecido y la nostalgia que no cesa por los bares, los mejores bares, que nunca más volverán”.

P.D.
Prueba de la adición de la Conti por las resurrecciones, un bar con el mismo nombre abrió sus puertas no hace tanto en Calvo Sotelo. Ignoro si bautizándolo así su dueño invocaba la magia que acreditaba el original, pero desde luego merece la mejor de las suertes: hay que ser muy valiente para defender hoy un negocio en ese tramo tan maltratado de la zona peatonal.

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Los Tres Marqueses
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Jorge Alacid | 05-02-2013 | 09:20| 4
Los Tres Marqueses, a ls salida de Logroño hacia Zaragoza. La foto es de Alfredo Iglesias para Diario LA RIOJA

Lo siento. Quien busque en esta entrada satisfacer su lado más… hum, sicalíptico, que abandone. Reitero mis disculpas: acepto que titular como he titulado estas líneas estimule la imaginación de algún improbable lector, pero tranquilos. Al margen de sus actuales actividades, ese chalecito enclavado a la entrada de Recajo será siempre para mí el escenario del vermú dominical en plan familia Alcántara. Años 70, primer 600 (la Tomasa, se llamaba: entonces los coches tenían nombre, como uno más de la familia) y aperitivo con aroma a gasolina: eso es para mí Los Tres Marqueses.

Unos cuantos logroñeses compartirán conmigo aquella experiencia. El edificio se alzaba como una venturosa promesa de ocio hostelero que para la grey infantil tenía forma de columpios, por aquella época, ave exótica para nuestros juegos. Eran tan escasos los que habían diseminados por Logroño y alrededores que frecuentar establecimientos como aquel representaba (supongo) lo mismo que para los críos de ahora viajar a Port Aventura. Nosotros no teníamos que ir tan lejos: mientras los progenitores le pegaban al Martini, al Bitter Kas o al trago de moda (incluido el Cynar, bebedizo extraído de ¡la alcachofa!), los renacuajos correteaban por alrededor sin miedo a que uno de los camiones que atronaban por la N-232 se nos llevara por delante. La infancia no estaba como se ve tan protegida. Aquella excursión representaba el colmo del dispendio familiar, porque había otra alternativa más comedida por la misma carretera: la Pepa, estupenda atalaya de entrada a la ciudad donde disfrutábamos de una experiencia similar, bien es cierto que los columpios eran menos atractivos. Entre la Pepa y Los Tres Marqueses, y siempre porl a vieja carretera de Zaragoza, se alzaba otra opción: un descampado en un breve bosquecillo, a pie de carretera, donde detenerse para sacar el balón del coche, darle un par de puntapiés y aguardar a que despachara su mercancía un vendedor de sandías y melones que allí se aposentaba.

Punto final. La escapada no iba muy lejos, como se deduce de estas líneas. Otra alternativa, que ha perdurado más, se situaba al sur de Logroño: un viaje alrededor del vermú dominical (y otros refrigerios) por la carretera de Soria, que se iniciaba en Villa Iregua, barra que mereció una entrada días atrás en este blog. No nos detendremos ahí por lo tanto. Nos limitaremos a tomar Villa Iregua como el primer eslabón (aunque todavía urbano, más o menos) de una cadena que conducía hacia el sur de Logroño por la ruta de los bares de carretera. Un poco más allá se alojó el hoy clausurado Garden Luz, negocio que yo siempre he pensado potencialmente como el colmo de la rentabilidad, habida cuenta el elevado número de población que por allí habita, a medias entre Logroño y Lardero. Pero el caso es que cerró y cerrado sigue, de modo que tampoco aquí nos pararemos.

Nos vamos un poco más lejos, hasta el larderano Barros y después a La Tapiada, ya en Albelda, y terminamos esta excursión en otro garito también difunto, en su caso engullido por la rotonda que da acceso a Nalda: el fenecido Joto. Se trata, lo admito, de un viaje de otro tiempo: las (bienaventuradas) campañas contra el alcohol al volante acabaron con aquella moda de los aperitivos (y similares) de carretera. Pero no pudieron con La Pepa, que parece incombustible, capaz incluso de superar la tenebrosa vecindad del cementerio de Varea que a otros garitos hubiera arredrado. Y tampoco pudieron con Los Tres Marqueses, que ahí sigue tan pichi.

Pero esa es otra historia.

P. D. Otra alternativa para ese viaje en pos del aperitivo nuestro de cada domingo consistía en peregrinar a la vecina Oyón, aunque el escenario de la ingesta de vermú no era exactamente un bar de carretera, sino el emblemático Las Losas, que cumplía las mismas exigencias que los arriba citados porque se enclavaba no tanto en la trama urbana del municipio alavés sino a su entrada, a pie de asfalto. Yo recuerdo llenos dominicales de no hay billetes a su entrada; sin embargo, no hace mucho lo visité y topé con una barra moribunda. Poco después falleció y creo que sigue sin resucitar. Su dueño resultó ser un tipo de lo más peculiar, amable en grado sumo y un punto excéntrico. Atendía a su clientela mientras se ocupaba también de un ave encerrada en una jaula enorme, no tan enorme sin embargo como el mastodóntico magnetófono prediluviano que de repente puso en marcha para (sorpresa, sorpresa) regalarnos ¡¡¡unas cuantas piezas de ópera!!! Así dejé Las Losas: mientras sonaban los toreadores de Carmen. Una de mis experiencias hosteleras más marcianas. Lo cual, en mi caso, es mucho decir.

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Si no me ves sonreír
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Jorge Alacid | 01-02-2013 | 18:03| 6
Placa de acceso a la calle San Juan de Logroño

En marzo del año 2007 publiqué en Diario LA RIOJA un artículo sobre la calle San Juan, centrado no sólo en su oferta hostelera (que también), sino en su condición de arteria revitalizadora del corazón de Logroño. Aunque el paso del tiempo deje algún detalle desfasado (cerró el Mere y cerró también la singular tienda de ultramarinos, por ejemplo), releyendo estas líneas me parece que tiene bastante sentido traerlas aquí, como homenaje a tan simpático rincón de la ciudad, a su rica oferta de bares y su legendaria población de camareros y clientes. Ahí va.

“Me inicié en la calle San Juan el día en que empecé a acompañar a su casa a mi amigo Dani cuando salíamos de clase. Para mí, aquella calle se limitaba hasta entonces a unos escasos metros, que además nisiquiera estaban situados en ella, sino en la adyacente travesía: el espacio que ocupaba (y ocupa) el bar Mere, con sus legendarios bocadillos de tortilla que alguna vez fueron mi cena y que hoy sigue despachando milagrosamente desde una cocina minúscula.

Porque la San Juan, como su hermana la calle Laurel, es una y trina: las venas que surcan la arteria principal (calle del Carmen, travesía de Ollerías) tejen con ella una tupida red de bares, donde también florecen otros negocios, dominados todos por un instinto de camaradería insólito en otros rincones de Logroño. La fraternidad que forman los viejos bares y las nuevas librerías, las flamantes casas de comidas y los negocios de siempre ha desembocado en una especie de puré común, una sopa sabrosa donde cualquiera puede meter la cuchara y contagiarse del espíritu castizo de esta calle tan plural.

Así que, en efecto, otro Casco Antiguo es posible. Uno cruza por la mañana y ve concentrarse la vida en las tiendas que resisten el vendaval de la globalización. Si no encuentra usted cordones para las zapatillas del crío, no se preocupe: vaya a la calle San Juan. De paso, le pueden hacer un par de agujeros en el cinturón si se acaba de poner a dieta (con éxito). Y cuando quiera conocer la tienda de ultramarinos pionera en el transporte a domicilio, que no cunda el pánico: también la puede hallar aquí. No, ya no tropezará con superlimpieza Mola, un clásico de otro tiempo, ni podrá entregar a Teo un carrete para que lo revele. A cambio, le garantizo dos cosas: que se cruzará con Carlos Muntión a cualquier hora y con Eduardo Gómez a la del aperitivo.

Porque a diferencia del resto del Logroño histórico, aquí la rueda no deja de girar. Unos comercios sustituyen a otros y los bares reemplazan con nuevos feligreses a sus parroquianos más veteranos, con una peculiaridad añadida: la mayoría ejerce su derecho de veto sobre la Laurel. Hay también quien se consagra a la doble militancia y no reniega de un trago o un bocado en una u otra calle. Y yo, que no olvido la gentileza con que la gente del bar Ignacio ofrecía aquellas generosas raciones de tortilla a las que fui tan adicto, soy sin embargo carne de Laurel y, como Neruda, confieso que he bebido, pero poco, en esta otra calle cuya militancia exhibe una buena salud envidiable: son esos compañeros de generación que pasean por aquí los viernes con los críos y han hecho de su ronda por la San Juan una manera de vivir. Lo siento si a veces no me ven sonreír: para mí esta calle siempre quedará demasiado cerca de Ollerías“.

P.D. La referencia a Ollerías, como es obvio, tiene que ver con el salvaje atentado que ETA perpetró en 1980 en esa calle y dejó tres muertos. Nada menos. Para mí sigue siendo imposible olvidar aquella noche aciaga cada vez que paso por allí, aunque la calle también representa una esquina sin explorar todavía en este blog: hace un par de glaciaciones, albergó en su seno unos cuantos estupendos bares que merecerán que algún día me olvide de ETA y les dedique una entrada.

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La bodega perdida
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Jorge Alacid | 30-01-2013 | 12:53| 7

Vinos Néstor, un clásico logroñés
Dicen que la modernidad acabó con ciertos hábitos hosteleros pero en esta regresión al pasado en que nos movemos veo posible que vuelvan también los tiempos en que armados con sus tarteras los logroñeses tomaban asiento en las bodeguillas repartidas por la ciudad, reclamaban el vino que allí se expendía y merendaban con los amigos. También existía otra alternativa: hacerlo solitos. Yo solía ver a algún cliente de estos castizos establecimientos acudir en soledad a un rincón de las mesas corridas y dar cuenta de su bocado con un triste porrón por toda compañía. Eran años en blanco y negro o es que yo los recuerdo sombríos, aunque barnizados por el paso del tiempo. Lo que predomina mientras miro por el retrovisor es una cierta nostalgia: me parece que si supiéramos poner al día el encanto de aquellas bodeguillas donde mi generación todavía acertó a pasar algún buen rato sería posible reivindicarlas como una alternativa de la hostelería más popular. Sobre todo, porque en esta era de la globalización corremos el riesgo de que todos los bares nos parezcan iguales.

Eso es algo que desde luego no sucede hoy cuando el cliente se detiene en las puertas de las que aún resisten. Hablo de Vinos Néstor, que sienta sus reales en la calle Ingeniero Lacierva; hablo del bar Gil, ubicado en República Argentina, enfrente de otra de sus hermanas, Vinos Murillo. Hablo de Neira en Milicias o de La Rioja en Labradores, mi favorita para los sábados por la noche antes de cada incursión en la Zona. Y hablo, sobre todo, de las bodegas ya perdidas, representadas para mí en un trío que juzgo imbatible. La primera, el antiguo Soldado de Tudelilla, cuya sede se emplazaba en plena calle Laurel. La recuerdo enorme, con una zona de merendero que daba (como ocurre con otros bares allí ubicados) a la calle Bretón; encajonados en sus cubículos, sus clientes atacábamos el porrón de tinto, que solía venir escoltado por dos tapas que todavía se sirven en el actual bar de San Agustín: el plato de aceitunas con anchoas (rociadas con un chorrito de vinagre) y las célebres sardinas con guindilla. Aunque lo usual era, sin embargo, que la clientela acudiera con su propia comida, fenómeno que también ocurría en la siguiente bodeguita que quiero rescatar del olvido.

Alojada en la travesía de Santiago (a mano derecha según se entraba desde la calle Mayor), la bodeguita Montiel (cuya estrella era el hígado empanado, según me informa Eduardo Gómez) aguantó como pocas de sus compañeras de quinta, pero finalmente también sucumbió. Yo la conocí en su otoño, cuando esa calle era una ruta alternativa para el público más joven, porque la ruta acababa ya cerca de Santiago en el famoso Tifus ya mencionado en otra entrada. En Montiel uno topaba con los últimos abuelos que mantenían la costumbre de llevarse la merienda desde casa y despacharla entre tragos de cosechero.

Acaba el viaje. La tercera pata de este triunvirato se alojaba en avenida de España. Me lo recuerda Pablo García Mancha, quien sigue sin olvidar el encanto de aquel bar, llamado precisamente La Bodeguina, una barra subterránea donde era habitual ver a un grupo de contertulios jugando a las cartas o almorzando mientras aguardaban a que alguien les contratara para acarrear mercancías en La Alhóndiga vecina. Yo topé con este singular garito, al que había que descender por unas escalerillas puesto que estaba por debajo del nivel de la calle, ya de veinteañero, cuando tomé conciencia de lo raro de este tipo de establecimientos y me permití ingresar en ellos para conocer a la curiosa fauna que allí se reunía. En busca tal vez de la esencia del Logroño que por entonces moría y que cualquier día resucita.

P.D. Todas estas bodeguitas tienen su correlato fuera de las fronteras riojanas: quien repase el nomenclátor de ciudades vecinas (norteñas, sobre todo) comprobará que allí resisten todavía, casi todas presididas por el mismo nombre con algunas variantes: Bodega El Riojano, Vinos El Riojano… Fueron las embajadas desplegadas para diseminar por toda España la buena nueva en forma de vino, así que quienes las abrieron ejercieron también un poco como misioneros, porque propagaron la fe en el Rioja en los años en que esta tarea exigía mayor esfuerzo. Sirva por lo tanto esta entrada como homenaje a todos ellos, esos riojanos que durante el siglo XX derrocharon espíritu de sacrificio defendiendo aquellas embajadas con denominación de origen.

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Jorge Vigón, la tercera vía
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Jorge Alacid | 25-01-2013 | 16:12| 11
De Cristal a Goxo, hoy cerrado

A petición del público, cierro aquí la excursión por las tres zonas de copas nocturnas que en Logroño han sido… antes de que el Casco Antiguo se ofreciera a alojar dicha actividad. En el principio fue la Zona, la Zona única, la que todavía se sigue llamando así; a rebufo de su éxito nació otra que no llegó a cristalizar y también mereció unas líneas en este blog: era la que tuvo la calle San Millán como eje. Y la tercera, que surgió por aquella misma época (mediados de los años 80), ha sido citada aquí repetidamente en los comentarios de mis queridos corresponsales: se aposentaba en el tramo final de Jorge Vigón, con epicentro en el fallecido pub Cristal.

Yo no la frecuenté mucho. Si caía por allí casi siempre era para pasarme por el Isopo, garito con varias vidas ahora resucitado como cafetería de barrio y bautizado como Sol Nórdico (curioso e intrigante nombre, por cierto). Creo que su momento de esplendor me pilló ya demasiado veterano para apreciar la gracia del Cristal y su colección de vespinos en la puerta, que invitaban según recuerdo a conquistar la calle como si fuera Montmeló: aquellos émulos de Ángel Nieto instituyeron un circuito inofensivo que les llevaba hasta las famosas ‘eses’ de Albia de Castro, a la altura del D´Elhuyar. Unas curvas que no todos los pilotos supieron negociar como debían, de modo que regresaban tullidos (pero felices) al hogar materno: esto es, el Cristal.

Como se deduce, aquel fue un bar netamente juvenil, más propio para la clientela que daba sus primeros pasos nocturnos, de modo que estaba un poco como fuera de lugar en una ruta más propia para dipsómanos veteranos. Así ocurría en el vecino Pierrot, hoy transformado en otro bar de barrio, pero que en su buena época fue la primera piedra de aquel itinerario. La ronda seguía en el mentado Cristal y concluía en el Lyon, ahora también reconvertido en taberna british aunque con la clientela más fiel de la que tengo noticia por Logroño. Fin de la excursión, salvo para quienes como yo se animaban a cruzar la acera y penetrar en el Isopo, cuyo aliciente máximo no era tanto las copas como dos hallazgos en los que fue pionero: la recuperación del futbolín y el billar americano. Dos pasatiempos que triunfaron, como tantas cosas, en cuanto también supieron enganchar al público femenino: atraía como un imán a los parroquianos que  ingresaban en el garito y se topaban con unas cuantas damas en decúbito prono, taco en ristre, dándole a la carambola. Una propuesta imbatible que, sin embargo, ha ido declinando pero que entonces representó una curiosa conquista arrebatada a su hábitat natural, los salones de juegos. Claro que éstos eran casi cosa de hombres. Como el coñá.

Este repaso de la Zona de de Jorge Vigón, aquella tercera vía, quedaría sin embargo incompleto si no se añadieran a sus epígonos. Hemos citado Albia de Castro unas líneas arriba: la calle, la curiosa calle curvada y ahora truncada por la playa de cemento alrededor del polideportivo de Lobete. Volvemos sobre nuestros pasos para recordar que aquel recorrido se detenía allí, como una extensión con un punto más rocanrolero, rama jevi. Así se sustanciaba la oferta musical del veteranísmo Jake, venerable garito con inclinación metalera que resiste ya como solitario enclave y rebautizado desde su original denominación como Camarote. Antes le acompañaron otros garitos también memorables: casi pared con pared se erigía el Plas y un poco más allá, ya en la plaza, aquel exitoso Blue Moon que me tuvo entre su clientela sabatina unas cuantas noches, atraído por su buen gusto en la elección de los discos. Hoy, clausurado igual que su hermano de la esquina, el pub Los Delfines de insólita decoración (sí, en efecto: lleno de delfines), sirve para recordar lo que aquella Zona representó un día: una alternativa que no llegó a triunfar pero que hoy sobrevive, con bastante buena salud, como un itinerario de bares de barrio, propicios para el aperitivo, el almuerzo, el cafelito de media tarde, el vino de última hora y hasta alguna copa de madrugada. Es decir: Logroño en estado puro.

El Jake de Albia de Castro

P.D. El mentado Jake alcanzó como pronosticó Warhol su cuota de popularidad en los años 80. En su caso, porque estaba regentado por una de las chicas miembros del festivo grupo Las Vulpes, banda punk que alcanzó sus quince minutos de celebridad gracias a la censura a que fue sometido su tema ‘Me gusta ser una zorra’, cuya letra vista retrospectivamente sólo mueve a la sonrisa… salvo para aquellos que se escandalizan con cualquier cosa. Aquí os dejo un enlace a youtube con su mítica actuación en el no menos mítico ‘La caja de ritmos’ por si alguien lo quiere comprobar por sí mismo.

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Retrato de logroñés con bar al fondo
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Jorge Alacid | 22-01-2013 | 11:13| 3
Eduardo Gómez, retratado en la Taberna de Mere de Logroño

Sirva esta entrada como homenaje a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tanto han hecho por los hosteleros riojanos. Toda esa clientela que a lo largo de la historia ha contribuido a pagar el colegio de los niños de sus camareros de confianza. La parroquia conspicua que se ha hecho cargo de la hipoteca del patrón de tal o cual local, mientras sellaba una alianza eterna con los productos de las bodegas riojanas y resto de empresas del sector y permitía, en fin, la proliferación de las distintas actividades empresariales ligadas al consumo de alcohol, incluida la industria de mondadientes. Con todos ustedes, como representante de todos nosotros, Eduardo Gómez.

Eduardo es un archivo viviente y andante de los bares de Logroño. Acumula en sus libretas el historial completo de cientos, miles de garitos, cuya fecha de inauguración atesora como otros guardan las reliquias de un santo. En esas fichas que actualiza casi a diario se encuentra depositada la historia de esta ciudad, o al menos la historia de su lado festivo y ocioso. Nuestro hombre refresca a menudo sus datos con la visita perenne a los bares de confianza y también explora las nuevas barras que conquistan los barrios emergentes; con el mismo afán del entomólogo anota las novedades que se concitan en cada bar y derrama alguna lágrima cuando toca informar del cierre de alguno que formaba parte de nuestra historia sentimental.
Cuando decidí convertir a Eduardo Gómez en protagonista de estas líneas, pensé en una entrada única donde vertiera su ingente memoria como cliente de los bares logroñeses. Apenas llevaba unos minutos charlando con él en la casa que nos cobija a ambos, Diario LA RIOJA, cuando caí en la cuenta de que necesitaría varias entradas para acoger tanta memoria, tanto dato, tanta anécdota. Así que esta entrega es sólo la primera de una serie. En este caso, limitada a su experiencia primeriza a este lado de la barra de unos cuantos locales logroñeses. Es decir, sus rondas como novato, miembro de una cuadrilla cuya relación recita como si fuera la alineación del equipo de sus amores: “Íbamos de chiquiteo Pedro Rábanos, Agustín Pinillos, mi hermano Eugenio Gómez, Elías Fernández, Santiago Pastor, Ricardo Segura y un servidor”.

–    ¿Qué edad tenías por entonces?
–    Dieciocho, veinte años. Una ronda típica era la de los domingos, después del fútbol. Quedábamos en el Negresco y de ahí, a la calle Mayor. Se empezaba por El España, que llevaba Terete, y luego cruzábamos Sagasta y entrábamos en el Juanito, famoso por sus sardinas, el Bilbao, primer bar de Logroño en poner televisión para seguir las etapas del Tour de Francia y muy famoso en Navidad por su espectacular Belén, y el de Pedro el Riojano. Luego venían el Cosecheros, que al fondo tenía un patio para jugar a la ranita, y el Cuatro Vientos, junto al negocio de guitarras de Paulino. De ahí seguíamos por la calle El Puente hacia Herrerías, donde se paraba en el bar de La Tita, y se acababa en el Royalti de Amós Salvador.
–    ¿Qué echas en falta de entonces?
–    Una costumbre que se ha perdido. Cuando una cuadrilla se juntaba con otra y charlabas de esto y aquello, casi siempre se terminaba por cantar alguna coplilla en plan de pique. Eran jotas, habaneras, bilbaínadas… Y en Navidad, se cantaban villancicos con letras alusivas a la actualidad, que solían concluir con la petición para que el dueño del bar nos invitara.
–    ¿Y os invitaba?
–    Casi nunca, que yo recuerde.

P.D. En fechas posteriores seguiré contando las andanzas de Eduardo a lo largo de los bares de la ciudad que nos vio nacer a ambos y todavía nos aguanta. De momento, aquí dejo una relación de sus preferencias en esta materia.
.- Tu bar favorito de Logroño.
.- Hombre, no quiero que se moleste nadie, porque en esto hay que tener en cuenta matices de simpatía, de amistad, pero tengo que responder que mi favorito es el Mere, porque es un campeón. El Mere es un auténtico campeón. (Justo después de esta charla, el bar echaba el cierre y dejaba un poco huérfana a su parroquia).
.- ¿Y cuál echas más de menos?
.- En eso no hay duda: el Negresco.
.- ¿Y tu favorito del resto de La Rioja?
.- El Nelson, de Haro.
.- ¿Y del resto de España?
.- Uno que ya no está abierto, el Korinto de Madrid.
(Continuarà)

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Tejero en el Bambi
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- | 18-01-2013 | 13:17| 9
Tejero, pistola en mano, en la tribuna del Congreso durante el 23F

Ahora que el venerable Bambi de la calle Laurel reabre bajo nueva dirección, desprovisto de su entrañable aspecto y carente (me temo: no lo he comprobado aún) de su patio interior con lavabos; y ahora que la familia Alcántara actualiza el 23F, traigo aquí este artículo publicado hace cuatro años en Diario LA RIOJA. Lo recupero para contestar a esa pregunta que todos nos hemos hemos hecho alguna vez: tú, ¿dónde estabas el 23 de febrero de 1981? Pues yo, en el Bambi. Así que aquí va.

El Bambi era uno de aquellos bares que durante años custodió el legado de los antiguos váteres a pedales. Mientras la modernidad alcanzaba ya a otros establecimientos del ramo en forma de taza con el logotipo de la empresa Roca, el Bambi, como el Villa Rica o el Tívoli, siguió fiel a esa antigua forma de obrar que nos musculaba el muslamen mientras ponía a prueba nuestra puntería. No era su único encanto. A bote pronto, se me ocurren otros dos: el primero, que para llegar al excusado había que pasar por un breve patio donde se apilaban las cajas de cerveza, de modo que en invierno se garantizaba alguna meada bajo cero. Su otra aportación consistía en despachar un vino de la casa que propició los primeros neogóticos de Logroño: dejaba un cerco tan negruzco en los labios que ríase usted del cantante de The Cure.

Lo antedicho explica el cariño que algunos sentimos por esta veterana barra de la calle Laurel, donde cierto día de 1981 nos sorprendió el famoso ‘Tejerazo’. En la noche célebre, entramos un poco alborotados a refugiarnos del frío en tan acogedor establecimiento cuando sus parroquianos nos chistaron al unísono, reclamando silencio (el dedo índice en los morros): por la radio hablaba Jordi Pujol. Venía de conversar con el Rey y trasladaba a la audiencia de la emisora el contenido de su conversación. «Dice que todo está controlado », anunció el Honorable. Y añadió: «El Rey me ha dicho:
‘Tranquilo, Jordi, tranquilo’». La clientela del Bambi recibió aquellas palabras con una carcajada general, acentuada por el acusado acento catalán con que fueron pronunciadas. Unos cuantos se pusieron a imitar al inimitable Pujol y el resto le rió la ocurrencia.

Yo no entendía nada. Hasta esa hora, desconocía lo que Tejero y sus secuaces perpetraban. Había salido temprano de casa y dado por buena la primera versión, según la cual un grupo de guardias había entrado en el Congreso porque
temían que hubiese un atentado de ETA. Permanecía ignorante al ‘Se sienten, coño’, al bochornoso forcejeo con Suárez y Gutiérrez Mellado y a la frase sobre la enigmática autoridad competente «militar, por supuesto». Un veterano de la Laurel tuvo a bien explicarme estos detalles, pero como el tipo parecía al borde del coma etílico (el mismo aspecto por cierto con que le sigo viendo aún, casi treinta años después), procuré ganar raudo la calle, alcanzar el hogar familiar y ponerme en manos de ‘El Butanito’: esa noche, José María García alcanzó la gloria radiofónica con su programa en directo desde el Palace. Aún no había señal de televisión, secuestrada como la soberanía popular durante unas horas que para mí seguían presididas por la llamada a la calma que proponía Pujol. Tranquilo, Jorge, tranquilo.

El resto, ya se sabe. Historia contemporánea. Salió el Rey por la tele, se marcharon los golpistas por un tragaluz del Congreso ya de buena mañana y se firmó el dichoso pacto del capó. Yo me aficioné al periodismo de tribunales siguiendo las crónicas de Martín Prieto sobre el juicio y atendí las batallitas de algún paisano a quien la mili había sorprendido en la Brunete o subido a un tanque de la base de Bétera, esos que Miláns paseó por Valencia. También asistí a la macromanifestación que tomó las calles de Logroño y poco después volví al escenario del crimen: en otro bar de la Laurel disfruté del amistoso que jugó España enWembley, donde íbamos festejando el triunfo de Santamaría y sus chicos. De repente la cámara se apartó de la cancha y se fijó en la grada, donde un tipo empuñaba una pancarta: había dibujado la efigie de Tejero y escrito algo en inglés. A su alrededor, todos se reían. En el bar, todos nos quedamos mudos; la mayoría, sospecho que por vergüenza. Lo que yo sentí fue una tristeza infinita. La misma que me asalta alguna vez, cuando pasó por el Bambi y pienso en su váter de pedales, en Pujol y en Tejero. Tristeza y una cierta tendencia a la ira, que logro controlar.

Tranquilo, Jorge, tranquilo.

P.D. Revisando los artículos que, como éste sobre el Bambi, escribí durante unos años en Diario LA RIOJA en una sección titulada ‘Desde Portales’, compruebo que unos cuantos divagaban en torno a Logroño y sus bares. Prometo irlos publicando aquí a medida que me parezca que siguen teniendo sentido.

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