La Rioja
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Los contertulios
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Jorge Alacid | 31-12-2017 | 10:14| 0
Vista de La Granja. Foto de Jalón Ángel (Archivo Casa de la ImagenI

 

En aquel tiempo ancestral los niños observábamos a nuestros padres a una distancia prudente, siguiendo el viejo mandato: no molestar. No importunar a los mayores, a quienes uno se acostumbró a ver de lejos en aquella cafetería La Granja que durante años ejerció como una prolongación del hogar familiar. Te sentaban en el sofacito bajo la escalera, te obsequiaban como mucho con un vaso de agua del grifo y ejercías de actor sin frase en la película que sólo protagonizaban ellos, los adultos. Ellos y nosotros éramos planetas aislados cuyas órbitas sólo de vez en cuando se rozaban entre sí. Los mayores también formaban su propia órbita, la construida en torno a la tertulia orquestada con sus afines, planetas de sí mismos: de la tertulia vecina podía desprenderse cierta mañana algún miembro que se encontraba de repente huérfano de compañía y buscaba algo de calor entre los semiextraños. Tertulias casi siempre multitudinarias: yo localizaba entre aquel barullo de ternos y corbatas, risotadas y chocar de cucharillas en las tacitas de café a mi padre como una sombra fugaz, subsumido entre la piña formada por el resto de contertulios y sentía una punzada de envidia. De mayor quería ser como ellos.

¿Y cómo eran ellos en aquella interminable tertulia que fue Logroño durante largos años? Lo antedicho. Señores pulcramente aseados y vestidos, la barba rasurada (salvo en el caso de aquel militar célebre o del médico apodado así, El Barbas), que procuraban arreglar el mundo cada día para comprobar al filo de la medianoche que su propósito había sido en vano. También algún grupo de mujeres, damas de distinguida indumentaria compartiendo risas o atacando en solitario el cafelito. Pero sobre todo hombres. Hombres sentados en las mesitas del fondo, convertidas en paso de paloma según los dictados del camarero Santos y del jefe de todo aquello, Dámaso, vigía sutil desde la máquina de café. Más hombres con el pie en el estribo de la barra, el pañuelo asomando por el bolsillo de la americana, que se dejaban limpiar los zapatos mientras se pedían una de gambas, hábito al que mi padre fue sin embargo siempre refractario y esa herencia me dejó: no permitir que nadie te lustre jamás el calzado.

Aquella tertulia de La Granja fue perdiendo integrantes por razones de pura biología, que tiene cosas que la razón no entiende. Del primitivo grupo se quedaron sólo unos pocos contertulios, embargados por esa clase de tristeza que se alcanza cuando sabes lo que antes ignorabas: que la vida es una enfermedad mortal. Sólo quedaban ya junto a mi padre el relojero Barrios, Antonio (el del Ayuntamiento) y el legendario Julio, cuya estatura alcanzaba para mí la aureola de un Matías Prats (senior), por la sencilla razón de que lo escuchaba de buena mañana hablando cada día desde el micrófono de Radio Rioja: como trabajaba en Obras Públicas, se encargaba del parte de carreteras. Yo los seguí viendo luego ya de adolescente tomando la misma distancia, la larga distancia. Me asombraba su tenacidad para sostener la costumbre de acodarse en aquella hermosa barra curvilínea manteniéndose fieles a unas pocas máximas, pero de imprescindible cumplimiento: por ejemplo, nunca quedaban con antelación. No existía la cita previa: cada cual se dejaba caer más o menos a la misma hora, de modo que todos ellos se agrupaban con la misma naturalidad y elegancia de los trozos de glaciar cuando se desprenden de la roca madre y vagan por la mar océana hasta dar con otro de los suyos.

Otra máxima era el silencio. Podían estar durante un largo rato cuchicheando, otras veces alzaban algo la voz o reían alguna ocurrencia del vecino, pero la mayor parte del tiempo la dedicaban a contemplar mudos la vida a través de los enormes ventanales que daban a la calle Sagasta. Vieron desaparecer a la plantilla clásica de camareros, dijeron adiós a la gallarda decoración icónica y se despidieron también de los miembros más veteranos de las otras tertulias, que en consecuencia dejaron de orbitar a su alrededor. Se transformaron sin saberlo en numantinos: resistían como (casi) los últimos logroñeses adictos al rito inmemorial de la confidencia ritual o el cotilleo repentino. Al hábito de jugarse la consumición a los chinos (o los dados). A la tendencia matinal de abandonarse a la conversación en principio intrascendente donde sin embargo anidaba a menudo la auténtica sustancia de los días.

Yo ignoraba todo esto, por supuesto, aunque algo intuía. Desde entonces mantengo un respecto secular hacia las tertulias en los bares y también a sus integrantes. Supongo que fue la clase de enseñanza que adquirí por el método que garantiza la perfección en el arte del adiestramiento: que lo entendieras por tu cuenta. Solito. Sin lecciones ni sermones. No se necesitaba a ningún maestro para concluir que la regla básica era sencilla: abrir muy bien los ojos y los oídos. Porque ahí se encerraba el misterio de la vida, que por entonces aún me parecía interminable.

No lo era. Este otoño se llevó a Antonio, el último miembro de aquella tertulia paterna. Mi padre fue el primero en caer, hace ahora veinticinco años: repaso la cifra y todavía me asombro. Porque aunque La Granja ha vivido mejores tiempos y su actual aspecto clausurado invita a la depresión, yo todavía sigo pasando por su puerta y siento su presencia fantasmal acompañando mis pasos logroñeses. Aún veo también a sus compañeros de tertulia, que militaban en una categoría distinta a la de amigo: ninguno lo era. No, no eran amigos. Eran otra cosa, más sutil y profunda. Camaradas. Compañeros de viaje. Así que terminada la cháchara mañanera, cada cual se iba por donde había venido, lo cual quedaba confirmado en cuanto veías al relojero Barrios haciendo de nuevo guardia ante su tienda de Portales, sardónico centinela de la calle, una de las personas más divertidas que he conocido. También él se fue, como Julio, cuya voz dejé de atender en Radio Rioja alertando de no sé qué peligro acechando en la carretera hacia Navajún por Valdemadera.

Hoy, una preciosa foto de Jalón Ángel retratando aquel bar tal y como lo conocí, tal y como lo recuerdo en estas ensoñaciones, me invita a contener algún sollozo por tanta y tanta pérdida. Por la de quienes nos precedieron en este valle de lágrimas y por la pérdida de esa antigua ceremonia de la tertulia, que apenas se practica ya entre nosotros. En esa foto, que se exhibe estos días en el Ayuntamiento cortesía de la Casa de la Imagen, La Granja es una presencia no menos fantasmal que la fantasmal presencia de quienes la habitaron: iluminada por una luz que haría feliz a Hopper, enfocada desde Hermanos Moroy, la elegante rotulación invita a ingresar en ese acogedor vientre tan rico en líquido amniótico donde aguarda la promesa de un Logroño mejor. Donde Santos te despacharía el cruasán que tú no sabías que querías pedir y Dámaso vigilaría desde la máquina del café como el timonel de una fragata. Donde los caballeros se darían codazos entre risas mientras lanzaban sus alegatos al aire repleto de humo, fumando con la distinguida parsimonia que sólo algún logroñés castizo preserva y arreglando cada mañana lo que al día siguiente se volvería a estropear, mientras jugaban a los chinos (o a los dados) en silencio.

Mientras la vida iba y venía alrededor de nuestro pequeño mundo.

P. D. Tal vez la tertulia murió cuando murió la tipología de cafés que las cobijaban. Carentes de locales estilo La Granja, los logroñeses se resignaron a deambular en busca de la tertulia perdida y sólo hallada, según mi recuento, en dos bares: el Ibiza, donde al fondo puede tropezar la clientela cada mañana con un grupito de veteranos en el arte de hablar por los codos, y el Carlton, cuya tertulia alguna vez ha aparecido también por aquí. Donde acaba de causar baja otro de sus miembros, Félix Pedrosa, logroñés de esa misma estirpe. El linaje de logroñeses caballerosos y elegantes que nos dejan el listón casi insuperable a sus sucesores.

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El vino tenía un precio (III)
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Jorge Alacid | 22-12-2017 | 17:07| 0
Listado antiguo de precios de bodegas La Rioja Alta

 

El improbable lector tal vez recuerde un par de entregas recientes en este espacio que compartimos en el éter dedicadas a cavilar sobre qué (diantres) ocurre con el precio del vino. Por qué se tarifa una copa del mismo néctar a cotizaciones distintas en función de extraños sucesos paranormales cuya explicación a veces no satisface en demasía nuestras expectativas y genera incluso más y más dudas. Se trataba de una reflexión coral, que se benefició de las aportaciones nacidas al otro lado de la pantalla, alguna de las cuales llevaban la firma de Fernando Bóbeda, periodista y bloguero de fértil e interesante producción en un ámbito de coincidentes querencias: el mundo del vino. A su magisterio debo todas estas indicaciones adicionales que me ha hecho llegar, apuntando hacia el fondo del asunto: cuándo se jodió todo.

Es decir, cuándo empezamos a notar las bruscas oscilaciones en el precio que ahora tanto nos alarman. Fernando opina cuanto sigue: “Creo que el chiquitero es una raza a extinguir, al menos como nuestros padres la han conocido. Y más en el ‘territorio comanche’ de la calle Laurel, que es en lo que se ha convertido la que fue durante generaciones senda del alterne y las relaciones sociales”. Disparo inicial, al que añade otra observación: “El alternador de todo los días no interesa”. Se refiere al detonante de aquella primera entrada que dediqué en su día a glosar los avatares del precio del vino: “Esas cuadrillas que hace cuarenta años simularon una huelga porque habían subido el precio del vaso de 10 a 15 pesetas son carne de cañón para los nuevos propietarios, que no taberneros en su mayoría, de la Laurel”. Aunque ojo: Bóbeda juzga “legítimo” este tipo de estrategias hosteleras de nuevo cuño, “porque no deja de ser un negocio, pero triste”. Luego se pone melancólico: “Los tiempos en los que ibas con tu padre y su cuadrilla se han terminado. Allí veías, oías y callabas. Y si te daban permiso, echabas un trago. Siempre vino del año, por supuesto. Y de calzarte un pincho, ni hablar”.

Como se ve, el arriba firmante tampoco es inmune al efecto de la caída de hojas del calendario. Lo cual no le resta apetito investigador: resulta que por su cuenta ha ido recopilando una serie de facturas fruto de sus andanzas en pos del buen vino y mejor yantar por las barras de Logroño y alrededores. Alrededores en sentido amplio: incluyen desde San Sebastián a Salou, capital riojana para el exilio vacacional, próxima como sabemos a independizarse. Cuyo resultado resumo a continuación. Una jugosa propuesta que admite toda clase de lecturas: empezando por Salou, donde un par de tiques demuestran que incluso han adoptado por tierras tarraconenses la política logroñesa en materia de tarifas… Por el contrario, las facturas recopiladas a orillas de la Concha confirman lo apuntado. Que por regla general, y habrá excepciones para todos los paladares y retrogustos, en San Sebastián se tarifa el vino de Rioja más comedidamente.

Ahí va algún ejemplo. Anota en sus paseos chiquiteadores crianzas por 1,80 euros, aunque la mayoría se coloca en el entorno de los dos euros y apenas en un ejemplo se añade veinte céntimos más… Por el contrario, en sus andanzas por los queridos bares del Logroño castizo sólo en un caso le cobran el crianza por debajo de esa frontera de los dos euros. Y el vino joven observa fluctuaciones análogas por desconcertantes: la horquilla se sitúa entre el euro más 40 céntimos de su tope más alto, hasta los 80 céntimos de su cotización más conservadora. Vinos distintos, precios distintos… Tal vez porque también los bares son distintos.

Ahí es donde probablemente reside la almendra de este relato: que el mismo vino no puede costar el mismo precio porque ningún bar es lo mismo. Todos son diferentes. En el precio que cobran se añaden otros elementos que agregan valor. Algunos son casi intangibles, como la profesionalidad en el servicio, la atención a la clientela, el esmerado trato que reciben los miembros de su bodega, más valiosa cuanto más abundante… Uno supone que el estocaje inherente a esta política de respetuoso tratamiento del vino también tendrá su reflejo en la hoja de precios. Otros factores conspiran también para que las tarifas se alteren nerviosamente. Por ejemplo, la copa donde se arroja tan preciada ambrosía. Porque hay copas y copas: algunas, hermosas copas. De cristal transparente y delicado, limpiado obsesivamente, o ese otro material con que tropezamos tantas veces, que ha olvidado ya la última vez en que sus dueños recurrieron al Mistol o al Fairy. Ocurre que, como advierte Bóbeda aprovechando que le concedo de nuevo la palabra, “la profesionalidad del camarero es fundamental, pero cuántos profesionales hay detrás de las barras de la calle Laurel”. Se responde en términos muy pesasoros: “Con los dedos de la mano podríamos contarlos”. Y registra lo siguiente: “Descorchan una botella, no la mueven si se les pide un crianza genérico y se les muere sin terminarla. Y si intentas devolver un vino oxidado/aquinado/acorchado en Laurel… Habemus problema”.

Arrojados los dados sobre el tapete, quien se anime a participar en esta discusión civilizada como corresponde a los enamorados del Rioja, ya sabe: ésta es su casa. Sólo se pide respeto por la opinión contraria y argumentos (que no ocurrencias) para defender los postulados propios. Ahí va uno por si sirve de algo: según una experiencia reciente que me allegaba un caballero logroñés, las tendencias en consumo, así en ropa como en delicias gastronómicas, apuestan por los extremos. Esto es, que tendrán más éxito los vinos en nuestros bares cuanto más caros (por paradójico que suene) o cuanto más baratos. Una tesis que demuestra, amigos, que también en este sector la clase media tiene difícil llegar a fin de mes. Y que, como refleja la tarifa de precios que ilustra estas líneas (cortesía de La Rioja Alta), cualquier tiempo pasado fue anterior.

P. D. Entre su generosa aportación a este debate, con la común idea de arrojar alguna luz que permita hallar alguna esperanza al final de tan delicada controversia, Fernando Bóbeda incluye una interesante entrada que firmó en su blog hace un par de años. Una comparativa entre precios del vino a nivel logroñés, donostiarra y bordelés. De donde se desprende una pregunta que lanza al cielo en estos términos: “¿Por qué los riojanos vendemos tan mal lo nuestro y los que nos rodean tan bien?”. Cuestión sobre la que, por cierto, se interrogaba en parecidos términos no hace tanto el conocido (y multiestrellado) cocinero Dabiz Muñoz. Que entre encendidos elogios a un blanco de Rioja, un inmarcesible Tondonia, dudaba de que los vinos de la DOC acierten tarifándose a niveles tan bajos en el mercado internacional. Opinión con la que, por cierto, simpatizo.

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Una oportunidad para La Granja
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Jorge Alacid | 15-12-2017 | 12:45| 0
Foto del antiguo La Granja, de Justo Rodríguez

 

Con este título encabecé hace unos días un artículo publicado en Diario LA RIOJA, para compartir con el improbable lector mi esperanza de que un local tan querido se dote de una posibilidad de supervivencia ahora que acaba de ver clausuradas sus puertas. Para quienes no lo leyeron, lo lanzó por este conducto hacia el éter. Decía así.

En los últimos años, unos cuantos bares históricos del corazón logroñés han reabierto sus puertas luego de delicadas operaciones quirúrgicas. Ocurrió con el Tívoli de la esquina entre Bretón y Gallarza; fue también el caso de la antigua cafetería Las Cañas, alojada en los bajos de lo que fue Gran Hotel, hoy resucitada como Wine Fandango; y hace ahora un año el Ibiza del Espolón reapareció también con gran éxito. No ha sido lastimosamente el caso de La Granja, el legendario café de la calle Sagasta, que acaba de clausurar una etapa fallida después de su intento de reconvertirse en bar de copas, modalidad ‘low cost’. Bajo la denominación de ‘Copas Rotas’, el veterano establecimiento (próximo a cumplir un siglo de actividad) volvió a la vida hace cuatro años, una experiencia recién truncada: sus clausurados ventanales con vistas al Logroño castizo aguardan hoy una mano amiga que le devuelva el pulso.

Así lo esperan los clientes conspicuos, que fueron declinando con el paso del tiempo, una vez que su transformación en bar de copas, apuntando hacia la parroquia propia de la noche, no alcanzó el acierto deseado. Y así lo esperan también los comerciantes de alrededor y vecinos del barrio, que se enteraron del cierre abruptamente. Por sorpresa, una mañana de hace un par de semanas lo vieron cerrado. Y cerrado sigue, sin ninguna señal visible en su exterior que permita confiar en la posibilidad de su reapertura.

Se trata de una opción que ha cobrado fuerza por su entorno: la resurrección de La Granja bajo un proyecto renovado que pilotaría un prestigioso grupo de la hostelería local. De momento, sólo una ilusión. Que choca contra la auténtica realidad: las puertas clausuradas y los sueños rotos de sus hasta ahora responsables. Que hace cuatro años, cuando ponían en marcha su negocio, recordaban su apuesta por un nuevo concepto de bar franquiciado, donde todo cuesta mayoritariamente un euro. Antes que en Logroño, la idea de este bar de bajo costo se había implantado en Madrid, Castilla y León, Comunidad Valenciana, Baleares, Galicia y Navarra. Según sus promotores, el bar nacía con un espíritu condensado en una frase con pinta de eslogan: que la calidad no está reñida «para nada» con los precios. Su propuesta hostelera aspiraba a abarcar un anchuroso horario: desde el desayuno mañanero hasta la franja nocturna. «Un lugar para la primera copa», como explicaban los jóvenes empresarios que impulsaron el proyecto.

Unos propósitos que el paso del tiempo ha frustrado. Queda, no obstante, la esperanza de que algún emprendedor se anime y resucite el local bajo su añejo espíritu, resumido en estas palabras de Eduardo Gómez, colaborador de este periódico y perito en bares. «Por su céntrica situación y la amplitud de sus instalaciones se convirtió en el centro de reunión de logroñeses y de forasteros en San Mateo, especialmente del mundo del toro y de la pelota», rememoraba hace cuatro años, cuando el local volvió a nacer. Era su himno a la antigua Granja de las bandejas de ensaladilla rusa y las raciones de almejas que suministraba la vecina pescadería Suso. La Granja que busca una nueva oportunidad.

P.D. El artículo añadía un par de aportaciones; una, debida como las anteriores líneas al ingenio y erudición logroñesa del maestro Eduardo Gómez, de quien recuperaba una pieza donde glosaba la historia del histórico café de Sagasta. El segundo apoyo a la información central servía para lanzar otra imaginaria lágrima por otra defunción: la reciente desaparición de otro local singular del centro de Logroño, el Viena de Muro de la Mata. Y recordaba allí que, aunque carente del carácter emblemático que confiere a La Granja su longevidad, Viena representó en su momento un ambicioso proyecto hostelero que reunía en un mismo local al menos un par de almas: por un lado, como pastelería; por otro, como cafetería, adornada con una sugerente terraza con vistas al Espolón. Luego de algunos contratiempos, el establecimiento tiene sus puertas cerradas desde hace algún mes, con el cartel de la inmobiliaria como sello de su defunción. Abierto en noviembre del 2008, luego de una inversión que sus promotores cifraron en 3 millones de euros en sus 200 metros cuadrados que buscan una nueva (y mejor) vida.

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Los domingos no son lo que eran
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Jorge Alacid | 08-12-2017 | 10:43| 0
Cartel con domingos cerrado

 

 

Hace algunos años, tropecé almorzando un domingo en una venerable casa de comidas de los alrededores de Logroño con el propietario de un conocido restaurante capitalino. Cuando le hice ver mi extrañeza por ese hábito de librar en festivos recién adquirido en su gremio, que de suyo solía abrir sus puertas 365 días al año (uno más si era bisiesto), desde muy temprana hora hasta rozar la medianoche, me contestó que mientras su banco se lo permitiera, pretendía disfrutar del asueto dominical como un cristiano más. Y que en realidad esa era la tendencia del resto del sector: que eran, y son, contados los restaurantes de Logroño que abren en domingo. Una moda que alcanza de un tiempo a esta parte a nuestros queridos bares.

Los hay, en efecto, que dedican ese día al descanso semanal, lo cual tiene su lógica aunque atenta contra un principio antiguo, según el cual el último día de la semana representaba antaño la jornada más feliz para la máquina registradora. Amiguitos, aquellos buenos días ya acabaron. Échadle la culpa al chachacha, a la segunda residencia, a la moda del senderismo o a todo pasatiempo que aleje a los lugareños de su sede natural para dedicar los domingos a otro tipo de aventuras. Los bares que cada mañana, de lunes a sábado como cantaban Carmen, Jesús e Iñaki, albergan a la clientela de confianza bajan la persiana el domingo. Ocurre en el centro y sucede en la periferia. Incluso en las zonas más queridas para el chiquiteador indómito. Esos bares de Laurel, San Agustín o San Juan que echan el candado ese día y contribuyen a ofrecer una imagen mejorable de la bandera de Logroño que todos ellos representan. El paseo se hace entonces más solitario, con menos competencia en las barras de guardia, lo cual suele garantizar a sus clientes una ruta más calmada, detenida y también más dichosa: no hay mal que por bien… Etcétera.

El mesonero Alfonso lo confirmaba una tarde desde su atalaya de la calle Villegas: “Los domingos no son lo que eran”. Una máxima corroborada por Dani desde el García de la San Juan y por quienes defienden otras barras castizas: los indígenas huyen (huimos) de la ciudad y el esfuerzo en recursos materiales y humanos que supone abrir las puertas del local no se corresponde con el negocio que se ve incapaz de asegurar la menguada parroquia que todavía se resiste a abandonar Logroño. Triunfa entonces entre el empresariado la tentación de concederse un respiro al frente de un negocio bastante esclavo. Es la pescadilla que se muerde la cola, o la pesadilla que se muerde la cola que diría mi subteniente Trujillo, personaje memorable: los bares no abren porque no detectan potencial clientela y la potencial clientela se pira por ahí porque los bares no abren. Vaya a usted a saber si fue antes el huevo o la gallina.

Lo cual encierra un peligro del que ignoro si son muy conscientes quienes se entregan a semejante práctica. Si los bares abandonan a sus feligreses, éstos suelen acudir allí donde saben que serán bien recibidos, domingos incluidos. Y es posible que les guste la novedad, que luego repitan y les sean en consecuencia infieles incluso durante la semana laborable: todo un peligro. Porque observo que hay bares que no se conforman con cerrar los domingos: además cierran los sábados por la tarde, cuando (siempre en teoría) llegaba el momento cumbre para la mayoría de ellos no hace tanto tiempo. También es cierto que forman legión los locales que sí abren en festivo para el vermú matinal: como cada vez encuentran menos competencia porque otros colegas del gremio cierran ese día, sus barras presentan un aspecto estupendo para su cuenta corriente en determinados momentos a partir del mediodía. Detecto que muchos de ellos, cuando el parroquiano se marcha a casa a almorzar, cierran la verja y hasta el lunes: pasear por ciertas calles un domingo de otoño invernal por la tarde recuerda en algo aquel pasaje famoso de la peli de Aménabar, ‘Abre los ojos’, con el protagonista recorriendo un Madrid fantasmal por vacío.

Fantasmal y vacío también Logroño en según qué calles en según qué tardes de domingo. Algún bar que sobrevive a la marea del cierre dominical presenta un aspecto desolador, nada atractivo. Mal iluminado, una exigua parroquia formada a veces por un solitario cliente con pinta de necesitar mucho cariño, el camarero absorto con la tele, sin que nada conspire a su alrededor en fomento del hábito de ingresar en ese recinto habitualmente propicio para celebrar la vida… Una pena. Una pena entendible. Los camareros también tienen su corazón, que pueden alimentar con mayor dedicación y energía si se conceden un respiro de este tipo. A costa de que entre nosotros prolifere lo que llama la medicina moderna ‘síndrome del domingo por la tarde’, con efectos conocidos ya analizados por la literatura científica: introspección, melancolía, frustración… Aunque hasta hace poco era peor: podías poner la tele un domingo por la tarde y que apareciese algún ejemplar de la familia Campos acampado en Tele 5.

Una excusa inigualable para acudir al bar más cercano. Si es que estaba abierto.

P.D. Los domingos no son lo que eran tampoco para un sector de la hostelería que jugaba ese día al fijo en la quiniela: siempre cantaba bingo. Me refiero a la gremio de las churrerías. No tanto las de Logroño, del subsector portátil, que alegran la mañana desde las plazas y parques que las alojan: pongamos que hablo de las churrerías de Madrid. Como la que regenta ejemplarmente (modélicos sus churros y porras) la familia Cuenca en la chamberilera calle Ponzano, que encontré clausurada en una reciente excursión dominical: al sábado siguiente, sus ideológos se apresuraron a justificar el cierre, con el argumento de que su clientela fetén ya no son los parroquianos que se apretujaban antaño en sus escasos metros cuadrados para llevarse un manjar inigualable. Su negocio estriba ahora en los bares adyacentes, que pugnan por tan rica mercancía para garantizar un desayuno más español que la bata de cola. Y como los bares madrileños de esa jurisdicción (y de otros tantos barrios del centro) han tomado la costumbre de cerrar en domingo, el amigo churrero hace otro tanto. Y se encoge de hombros: “Algún día habrá que descansar, ¿no?”.

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Porque nos gustan los bares: qué pasa (y los ganadores son…)
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Jorge Alacid | 01-12-2017 | 09:11| 0
Fiesta de aniversario del Ibiza. Foto de Justo Rodríguez

 

Gracias, gracias, gracias… Me confieso abrumado por la respuesta de tanto y tanto improbable lector que aceptó participar en este juego/pasatiempo/sorteo que propuse hace una semana para festejar los cinco años de vida del blog. Y me reconozco agradecido por supuesto a las buenas gentes del Ibiza, Wine Fandango y Gurugú que generosamente aceptaron participar invitando a los ganadores a una consumición para celebrar lo que celebramos siempre que visitamos un bar (la vida, creo), mientras repaso en estas líneas algunas de las aportaciones que me han hecho llegar con la gentileza habitual los corresponsales desde el otro lado de la pantalla.

Así que ahí va una selección de algunas ideas arrojadas en respuesta a la consulta formulada entre signos de interrogación. Atención, pregunta: ¿por qué nos gustan los bares? A lo cual responde un amable lector con esta consideración que suscribo fervientemente: “Porque lo llevamos en el ADN. No hay que fiarse de aquellos que recelen de los bares”. Amén. Coincido asimismo con otra respuesta: “Porque el bar es la vida”. Y con esta tercera: “Son espacios en los que la razón se deja llevar por el aroma, el ruido y la sensación de que TODO está bien”. Hay quien subraya que acudir a los bares de guardia resulta una diversión preferible a quedarse en el sofá de casa, quien resalta que le parecen el escenario más pertinente para disfrutar “de los pequeños placeres de la vida” y quien reivindica su adecuación para lo antedicho: para celebrar la vida; ergo, para “compartir los buenos momentos con los amigos”.

 

Fiesta de aniversario del Wine Fandango

 

En total, he recogido más de sesenta respuestas a lo largo de esta semana. Las hay de todas las categorías. Las remitidas en tono humorístico (“Porque el camarero está leyendo el As con avidez. Ya en serio. Porque en alguno de ellos te encuentras como en casa y así te tratan”) y en tono melancólico: “Porque nos gusta disfrutar de los pequeños momentos de descanso y libertad que podemos tener fuera del trabajo o charlando con los nuestros”. También las hay de índole sociológica. O psicológica: “Porque dejamos los problemas en casa”. Aunque para concluir esta apresurada recopilación de las contestaciones que más me han llamado la atención rescato la que me lanza un lector con quien no puedo estar más de acuerdo: “Porque Logroño son sus bares”. Y porque a veces me parece acertada la frase célebre según la cual una imagen vale más que mil palabras, dejo que hablen por mí las dos fotos que ilustran estas líneas. Una, tomada el jueves en el Ibiza por Justo Rodríguez, durante los festejos de su primer año de vida: en esas caras de felicidad de su clientela puede reconocerse el improbable lector. Aunque para rostros dichosos, los semblantes de los ideológos del Wine Fandango durante su propia celebración: las propias de quienes festejan la alegría de vivir.

Concluyo con mi propia opinión. He reflexionado al respecto, mientras iba recopilando las contestaciones aportadas, y concluyo recordando lo que decía el maestro García Márquez. Cuando alguien le preguntaba por qué escribía, el maestro colombiano solía contestar que escribía para hacer feliz a sus amigos. Yo opino algo parecido: la idea del bar está en mi corazón íntimamente unida a la idea de amistad. En realidad, la vinculo con un concepto todavía más profundo, distinto. La noción de camaradería. Me malicio que en una barra tendemos a hermanarnos no sólo con los amigos y conocidos, sino también con los desconocidos. Nos reconocemos como miembros de una misma fraternidad, contra quienes suelen conspirar los poderes establecidos y la dictadura de lo políticamente correcto. Y, en efecto, como sentenciaba la célebre tonada: “No hay (nada) como el calor del amor en un bar”. Sí, ese calorcito amigo, que predispone a bucear alrededor de una sensación de la que soy muy fan, la que proclamaba Blanche DuBois en ‘Un tranvía llamado deseo’, cuando anunciaba que se disponía a entregarse “a la amabilidad de los extraños”. Lo cual asegura cierta dicha, aunque sea pasajera. Y en pocos lugares como los bares de Logroño uno ha sido tan felizmente dichoso. Tal vez sólo en Las Gaunas, dueño de una sensación parecida. La felicidad de la derrota.

P.D. Los ganadores del sorteo son… Se hizo por riguroso orden telemático: introduciendo una cifra aleatoria en una maquinita que fue alumbrando tres numeritos, mediante el sistema llamado Random Number Generator, que resultaron se los correspondientes a Esmeralda León, destinataria de la generosidad del Wine Fandango; Rosa Larrea, a quien le invitarán a una ronda en el Gurugú; y Rafa Benito, que se lleva el premio del Ibiza. A todos ellos, mi gratitud infinita. Por haber participado en este entretenimiento y por integrar el grupo de improbables lectores a quienes uno no pone cara pero a quienes siente al otro lado de la pantalla.

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¿Por qué nos gustan los bares? (Con premio para que el responda)
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Jorge Alacid | 24-11-2017 | 18:21| 5
Listado de las entradas más visitadas en el blog

 

Debo a Mr. Google la feliz noticia de que hace cinco años alumbramos aquí este blog que tantas satisfacciones me reporta. Al menos a mi corazón tan logroñés. Y hablo en primera persona del plural porque el gozo que me procura abrir con frecuencia más o menos semanal esta ventana al universo mundo se vincula directamente con la posibilidad de interactuar con quienes se encuentran al otro lado de la pantalla. He descubierto mi propio expediente X: sí, hay alguien ahí fuera. Lo cual representa la parte más dichosa de esta experiencia iniciada sin saber muy bien por qué, sin una razón genuina. Sin método. O sin otro método que la pura intuición: pensaba entonces, y sigo pensando todavía hoy con más motivo, que en los bares se encierra un capítulo particularmente interesante de eso que el maestro Vázquez Montalbán llamaba nuestra educación sentimental (tomando de prestado de Flaubert). Y que dedicar un rato a reflexionar por qué nos gustan (tanto) los bares podía representar una aventura compartida por quienes se hagan la misma pregunta.

Cinco años después, confieso que he visto cosas que nadie de vosotros creería. Bares llamados gastrobares, por ejemplo. Bares rotulados en inglés, por añadir otra dosis de magia. Bares de Logroño y del resto del mundo. Camareros de confianza, parroquianos conspicuos, clientela de aluvión y feligreses fieles hasta el tuétano a su bar predilecto, que ahí siguen: acodados en su barra de guardia. Hemos visto desaparecer y aparecer de nuevo las orejas del Perchas. Y otro tanto añado del Ibiza o del Tívoli. Algunos garitos murieron, tal vez para siempre, aunque siempre queda viva la esperanza de verlos alguna mañana resucitar… Cruzaron por esta pantalla los gintonic con pepino, nada menos, que parecen haber pasado a mejor vida: sólo pensar en ellos se me funden las meninges. Cruzaron también otros tragos y otros bocados, pero sobre todo cruzaron ante mis asombrados ojos las muestras de reconocimiento de tantos y tantos lectores que alguna vez me hicieron llegar sus parabienes, así virtual como presencialmente (adverbio que detesto, por cierto). También algún reproche, que admití (creo) con sentido de la deportividad. Y algún insulto, por supuesto: cosas de este tiempo tan proclive al cainismo.

Cuando digo que me siento emocionado y agradecido como Lina Morgan en Hostal Royal Manzanares, no rebajo un ápice (ni un adarme) la placentera sensación que me procura el impacto generado por estas líneas perpetradas a mayor gloria de nuestro pasatiempo favorito. Las cifras hablan por mí. Según los datos que me facilitan, el blog se acerca en estos años a los 300.00 usuarios únicos. Otros tantos escalofríos. Aún me alucina más la estadística de páginas vistas: supera el medio millón. Si alguien siente la misma curiosidad que yo, le aporto otra clasificación: las entradas más vistas en este tiempo. En el 2013, una sobre las tapas gratis que sirven en algunos bares de Logroño; al año siguiente, encabezó esa tabla una reflexión en torno a los bares viejunos que todavía resisten entre nosotros; en el 2015, la pieza titulada ‘Nueva vida para el Ibiza’ y en el 2016, ‘Y el cachopo habitó entre nosotros’. Este año, se sube a lo más alto de ese imaginario podio una entrada publicada hace ya unos meses: una encuesta sobre qué bar sirve las mejores bravas de Logroño. Se ve que al público lector le gusta tanto como a mí este tipo de consultas, porque la entrada número dos iba sobre los mejores morros y la tercera, otrosí de las hamburguesas.

Así que me remito a lo antedicho: gracias. Gracias infinitas. Alguna vez he pensado que esta andadura tendrá que acabar un día. Que puede morir solita porque llegará el instante trágico en que lo haya contado todo (o casi todo) de Logroño en sus bares, pero es un pensamiento fugaz que la realidad se encarga de desmentir. Porque ocurre lo antedicho (bis): que el universo de los sentimientos es infinito y perdón por ponerme cursi. Y eso es un bar. Un depositario de nuestras emociones más auténticas, el espacio donde nos reconocemos a nosotros mismos, a nuestro pasado común e inagotable. De modo que me parece que hay blog para rato. Además, sucede que cualquier andanza que uno perpetre por estas calles y plazas logroñesas (y alrededores) le lleva inevitablemente a ese universo tan querido, así que tiendo a condicionar mi mirada y dirigirla hacia el objeto de este blog: todos los caminos conducen a los bares. Y sucede también que con frecuencia tropiezo con voces amigas que me animan a perseverar. Me lanzan sugerencias, proponen pistas, me invitan a proseguir con estas cavilaciones que, como digo, se escriben en primera persona del plural. Así que sólo por la deuda de gratitud que reservo a tan leales corresponsales me siento animado a proseguir dando guerra al menos otros cinco años.

Será un paseo romántico: de la mano. Autor y lectores, a quienes invito a acompañarme en este itinerario emocional. Ya digo que hoy me he levantado especialmente cursi. Y para corroborar que cuanto prometo se cumple, allá va este desafío: quien me responda a la pregunta que intitula estas líneas (¿Por qué nos gustan los bares?), participará en un sorteo cuyo premio corre a cargo de tres bares de absoluta garantía, muy caros a este blog, que también andan de cumpleaños. El Wine Fandango, que sopla ahora tres velitas, y el Ibiza, que celebra su primer aniversario de su exitosa reencarnación. Y el tercero, en representación de todos los demás bares logroñeses, el decano: el Gurugú. Los tres obsequiarán a los agraciados con algunas de las golosinas que les han procurado justa fama, así que les dirijo a todos ellos un agradecimiento adicional. Porque yo me limitaré a hacer eso tan habitual de Logroño y del resto de España. Algo tan propio de tantos bares: invitar a los parroquianos, siempre que la cuenta la pague otro.

También me encargaré de lo de siempre: de contarlo.

Pero esa es otra historia. Y lo dicho: para participar, puedes hacer clic en este enlace: http://especial.larioja.com/concursos/logronobares/index.php

P.D. No quisiera ponerme fúnebre, pero como he mencionado arriba estos cinco años han dado también para alguna despedida. Dos de ellas, más o menos recientes. Una ocurrió en mayo, aunque la he conocido hace apenas unos días. El veterano patrón del Hostal El Duque de Medinaceli, aquí alguna vez glosado como ejemplo de honorable desempeño al frente de esa tipología tan querida de bar de carretera, dejó de defender entonces la barra donde sigo parando para el tentempié camino de Madrid: una llorada pérdida. Aunque más llorada, porque me toca más de cerca, es el reciente fallecimiento de Pilar Santander, ejemplar leyenda del Logroño hostelero. La veo asomada al hueco de la cocina vigilando el correcto funcionamiento del bar de Cantabria, siempre gentil y siempre eficaz. Y siempre haciendo gala de una virtud que juzgo hoy en retroceso: la generosidad. Cuando pienso en alguien generoso, pero generoso de raíz, pienso en ella. Y derramo por Pili una imaginaria lágrima. Por su bondad infinita. Por una persona buena de verdad. Buena, como pedía Machado, en el buen sentido de la palabra.

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Una de calamares
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Jorge Alacid | 17-11-2017 | 09:35| 1
Calamares en cucurucho en La Tarasca. Foto de Justo Rodríguez

 

A petición del querido público, al que tanto debo, como si fuera una folclórica de los años bizarros reclamo la atención del improbable lector a cuenta de una pregunta que me intriga: dónde sirven los mejores calamares de Logroño. Lanzo al aire este interrogante en espera de pronta respuesta, movilizado en efecto por las inquietudes que me trasladó un corresponsal de este blog, que me animó a enviar esta consulta por el éter a partir de sus propias cuitas. Yo le comenté que en su momento ya había tributado cumplido reconocimiento a semejante golosina, que me tiene desde antiguo entre sus devotos confesos, como se espera de todo feligrés que alguna tarde cayera en los dominios de la familia Moracia y engullera sus legendarios bocatas de calamares. O como se presupone de todo riojano que un día viajara hasta Madrid e hiciera lo que cualquier logroñés que se viste por los pies nada más aterrizar en la capital del Reino: a) Peregrinar hasta El Corte Inglés más cercano. Y b) Pedir una de calamares en la plaza Mayor y aledaños.

Pero debo admitir que nunca me había hecho a mí mismo la citada pregunta: dónde sirven los mejores calamares de Logroño. Añado a continuación que me declaro incondicional de una de sus encarnaciones recientes, que también han aparecido por aquí alguna vez: los que despachan en el Torres, en formato bocata como homenajeando a la versión original del Moderno, y aliñados con un estupendo alioli, salsa de la que soy muy fan. Pero servido en plan ración… Reconozco que no caigo. Porque ocurre con esta tapa castiza, integrante de lo mejor del recetario clásico, que exige una elaboración a menudo tan compleja que se descarta su presencia en las barras conspicuas entre semana. Sus incondicionales tendrán que conformarse con saborearla en los fines de semana, lo cual limita un poco cualquier seguimiento.

Dicho lo cual, ahí va una apresurada lista que me proporcionan fuentes de toda confianza. Que invitan a darse un festín con las raciones que despachan, por ejemplo, en el Samaray de la calle San Juan, establecimiento con solera donde los haya. O las que ofrece, segunda recomendación, el Sella de República Argentina. En ambos casos debo reconocer que toco de oído. Sí que me atrevo a soltar una sugerencia de primera mano: en La Tarasca del barrio de Siete Infantes se despachan en gracioso cucurucho unas raciones deliciosas, que consume ávida su clientela del fin de semana según tengo observado.

Aunque yo confieso: mis rabas favoritas de siempre se sirven en un bar… donostiarra. Esto es, de San Sebastián, para quienes no dominen el idioma vascuence. Se trata del Intza, por si alguien está interesado, aunque tal vez le suene más por su anterior denominación: se llamaba España, con perdón. Bar España de San Sebastián… Lo que hay que ver Y ahí lo dejo. Tropecé hace un par de glaciaciones por casualidad frente a su barra multicolor, donde brillaba la promesa de un sinfín de gollerías, que descarté en cuanto vi que desde la pizarra me llamaba el anuncio mil veces contemplado en otros tantos locales: ‘Hay rabas’. Desde entonces, no me permito pasear por la capital de Guipúzcoa sin concederme ese regalo, consistente en efecto en una espléndida ración de calamares presentada como yo prefiero. Un rebozo sutil, casi inexistente. Nada que ver con esas masas exageradas en donde uno acaba buscando el tuétano del calamar como el haba en el rosco de Reyes: allá al fondo parece que se divisa. Los calamares del Intza se preparan según una norma radicalmente contraria: una leve capa enharinada, la evanescente huella del huevo batido… Lo cual desvela el secreto de tal bocado: el producto. Calamares de primera para una ración de primera.

Así que lo dicho: si en Logroño los preparan igual de bien en cualquier barra, aquí se consignarán las aportaciones de sus seguidores. Esta es su casa. De paso se agradecerá de quien posea información fetén que aclare ese tipo de preguntas que uno se ha hecho siempre, del tipo ‘Quiénes somos’, ‘De dónde venimos’ o ‘Por qué cantamos bajo la ducha’. Esto es, por qué le llaman calamares cuando quieren decir rabas. También llamado el juego de las siete diferencias: yo, la verdad, reconozco que no distingo los unos de las otras. Pero las engullo con un placer similar, incluyendo factores de índole sentimental: al contacto con el paladar, regreso a la tierna adolescencia y me vuelvo a ver a mí mismo atacando el bocata del Moderno. La dicha culinaria costaba entonces quince tristes pesetas. Y disponía de una ventaja adicional: como se elaboraban con una materia parecida al chicle, aquellos calamares sabían a gloria. Porque se podían estirar hasta bien entrada la madrugada.

Pero ésa es otra historia.

P.D. La Rioja, como es sabido, dispone de su propio puerto de mar. Hasta no hace tanto, eran célebres las anchoas en conserva elaboradas en la factoría de… Albelda. Supongo que las pescaban en el vecino Iregua. Dispone también la región de sus propios calamares autóctonos, naturales como es lógico de Tricio: a la vega del Najerilla se cultivan estos apreciados ejemplares, que aparecen con elevada frecuencia y sobresaliente garantía de calidad en los mejores bares de Logroño. Y que son además mis favoritos cuando me someto a semejante placer en la intimidad del hogar.

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El vino tenía un precio (primera parte)
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Jorge Alacid | 10-11-2017 | 09:23| 3
Copas de vino de Rioja. Foto de Justo Rodríguez para Diario LA RIOJA

 

Hace unos meses, este blog alojó una reflexión retrospectiva sobre cierto boicot de la clientela conspicua de los bares castizos con ocasión de una fulgurante (aunque lejana) subida del precio del vino, allá en el pleistoceno. Bueno, no tan lejana. Porque aquella rebelión ocurrió en los años 80 (ochenta): las tarifas se dispararon de un día para otro y los parroquianos reaccionaron como corresponde. Cabalmente. Es decir, que no sólo se indignaron, sino que peregrinaron hasta su red social favorita para proclamar su ira: las páginas de Diario LA RIOJA. Allí se consignó su protesta… con nulo éxito, la verdad: el precio del vino siguió por las nubes, pero al menos los firmantes del manifiesto tuvieron la oportunidad de divulgar al mundo su enojo explayándose a conciencia. Sin limitarse como hoy a la dictadura de los 140 caracteres. (perdón: 280 al cierre de esta edición).

Aquel episodio (bastante camp, hay que admitirlo) me intrigó. Más allá de la exploración arqueológica, me parecía que fomentaba alguna clase de pesquisa en torno al presente. Al aquí y al ahora. Así que, atención: pregunta. A cuánto se cobra la copa de vino en nuestros bares favoritos. Porque el lector habrá observado que la política de precios en el gremio de la hostelería puede calificarse como oscilante, o (por no tildarlo de veleta) veleta. Es decir, que no hay un precio único para el mismo producto, puesto que en determinarlo intervienen distintos factores que acaban por distorsionar la realidad. Se llama economía de mercado. Es una rama de la parapsicología. Así que, habida cuenta mis muchas limitaciones en este ámbito y en otros cuantos, hice lo de siempre. Consultar a fuentes generalmente bien informadas, como se decía antes en el periodismo. Con todos ustedes, el logroñés Fernando Bóbeda, observador agudo y dueño de un blog sobre vino cuya lectura recomiendo vivamente.

Quien recogió con la cortesía y sagacidad habituales la invitación, que se sustanciaba en la siguiente propuesta: que fuera anotando en sus periplos chiquiteadores que le llevan de la San Juan a la Laurel y zonas aledañas (y bebo porque me toca) a cuánto se cobra un vino. Se trata por lo tanto de una prueba muy arbitraria, que no pretende molestar a nadie sino que se limita a medir a título de ejemplo muy empírico qué le pasa a una botella de vino cuando ingresa en un bar y contribuye a rellenar unas cuantas copas. Qué sucede en ese momento en que el camarero de guardia acude a la máquina registradora y te trae la factura. Valga esta experiencia que relata el amigo Bóbeda para hacernos una idea, teniendo en cuenta que inició su peregrinaje en el ya remoto verano.

“Tomé como referencia el Tobías Selección, de Cuzcurrita”, relata. “Encontré precios que van de 1,50 a 2,10 euros en una botella que a precio de bar oscila entre los 5 y los 6 euros”. Siguiente ejemplo, Tobelos, la bodega de Briñas. “Es más constante”, explica. “Se cobra a una horquilla entre 2 y 2,30 euros, cuando en precio de origen es sólo ligeramente superior”, añade. “Mi referencia”, apunta sobre este particular, “es precio de botella en origen multiplicado por 2,5, contando siete copas por botella en crianza y ocho en cosechero”.

¿Sirven de algo a alguien estas correrías cronometradas calculadora en mano de nuestro hombre? Veamos. Porque avanzando el estío se dejó caer el amigo Bóbeda por la querida León, donde prosiguió sus investigaciones. Con estos resultados. “Un corto y un Ramón Bilbao Reserva, más tapa de chorizo y cecina con media barra de pan, nos salió por 3,60 euros”, anota. En otro local, registra lo siguiente: “Un corto y un Zuazo Gastón, más dos lonchas generosas de queso, 3 euros”. Y subraya: “Lo dejo a tu criterio”. Como insinuando que… Como insinuando que rellene el improbable lector los puntos suspensivos y luego tome nota de la siguiente parada leonesa del referido peritador: “Corto de cerveza más Rioja Bordón y dos croquetas, 3,50”.

Proseguimos, con pesquisas más recientes. “Estar poteando por San Juan y pedir un Bozeto de Tom Puyaubert en dos bares ejemplares sirviendo vino –prácticamente pared con pared por dar más datos-, y pagar en uno 1,70 y 2,20 en el otro”, añade. Se pueden agregar puntos suspensivos (licencia de quien firma estas líneas) o concluir que, en efecto, la economía de mercado es una rama de la parapsicología. Para comprender algunos de sus estropicios, se necesita la güija. O bien concluir con el mentado Bóbeda su siguiente dictamen. Primer principio, compartido por cierto, en forma de pregunta: “¿El vino se vende caro en Logroño? Te diré que el del cosechero sí me parece un precio abusivo”. Y dos: “La idea final es que las cuadrillas de chiquiteros como las hemos conocido no interesan. Y si sobreviven únicamente podemos encontrarlas en los barrios. Ellos, los chiquiteadores, no alternan a vinos con crianza, únicamente a cosecheros. Resultado: Laurel y San Juan están vedadas para ellos por razones económicas”.

A lo cual, servidor, que carece de semejante ciencia, sólo puede añadir la frase célebre de Tony Soprano: “Amén a todo”. Y que, como los folletines antiguos, continuará.

P.D. A este menester de calibrar el precio de un vino, que ya insisto en que carece de validez científica y debe tomarse como lo que es (un pasatiempo), contribuye el autor de estas líneas con su propio trabajo de campo. Una factura recién endosada en un bar de Madrid, bastante chulo por cierto: se aloja en la calle Ponzano esquina a Bretón, zona hoy en pleno proceso de gentrificación, bajo el nombre de La Malcriada. El precio puede quitar el hipo: 7,80 euros, a suerte de 3,90 por cabeza. Era un Rioja de Luis Cañas, fetén por cierto. Que en Logroño se tarifa mucho más económico, aunque aquí debo añadir alguna advertencia que matiza la conclusión más apresurada. Una, que como es costumbre en Madrid, la dosis de vino era generosa, tirando a exagerada: con esa ración se llenan entre nosotros un par de copas, así que el vino te saldría por la mitad (1,95 euros). Segundo aviso: que, como también es costumbre en la capital del Reino de España, se acompaña de una tapa de regalo, un jugoso huevo relleno que me transportó a la infancia, cuando semejante bocado poblaba las mesas familiares de media España. Tercera apostilla: que hubo otro obsequio de la casa, a petición del consumidor, consistente en un platillo de estupendas aceitunas, una de mis devociones. Y cuarto: que todo lo antedicho fue despachado con gracia, simpatía y sentido de la profesionalidad por una espabiladísima camarera. De donde concluyo que el precio final, inicialmente astronómico, finalmente no fue para tanto. Y que el poeta tenía razón: es de necios confundir valor con precio.

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Camareros, vida y milagros
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Jorge Alacid | 03-11-2017 | 10:51| 0
Artículo de Belezos, Foto de Justo Rodríguez

 

 

Hace un tiempo, me animé a ir recopilando en formato entrevista las confesiones de algunos de los más acreditados camareros de Logroño con la idea de construir a partir de sus experiencias algo parecido a un mapa sentimental de nuestros bares favoritos. El relato de sus peripecias se fue publicando, a razón de un artículo por mes, en el suplemento Degusta que Diario LA RIOJA entrega cada sábado a sus lectores. Acto seguido, se publicaban también en este rincón, con un anexo que no figuraba en la versión de papel: los locales favoritos de todos ellos. Es decir, los bares entre los bares, aquellos donde estos maestros en el arte de la hostelería tenían puestas sus complacencias. Los bares hacia donde dirigían sus pasos cuando saltaban al otro lado de la barra.

Con aquellas aportaciones publiqué en junio un artículo que me supo a poco. Me parecía que reunir en una sola publicación el resumen de sus opiniones, anécdotas y reflexiones merecía la pena, porque alguno se ha jubilado ya, otros están a punto de bajar la persiana y en general disponían de un rico punto de vista, más o menos coincidente, que reflejaba de manera cabal no sólo el devenir de su oficio: también servían como brújula sociológica. El Logroño que fue, el Logroño que es. La vida que han visto pasar desde sus respectivas atalayas.

Así que cavilando, cavilando. Dando algunas vueltas al magín (también llamado caletre o cacúmen), caí en la jurisdicción de las buenas gentes que acometen con un entusiasmo contagioso la tarea de editar la revista Belezos. Una producción del IER que se ocupa de estas cosas que llamamos cultura popular o tradiciones. Qué mejor escaparate para que luzcan sus mejores galas nuestros camareros de confianza, concluí mis meditaciones: con la generosidad habitual, Belezos abrió sus puertas a esta idea que me rondaba y me propuso lo antedicho. Resumir en unas páginas las andanzas de Mere, Alfonso y compañía.

De modo que durante el verano encontré algún tiempo para repasar sus luminosas ocurrencias. Y corroboré que la mayoría encerraban una profunda sabiduría en el noble pasatiempo de acompañar nuestros tragos y bocados con la maestría que esperamos encontrar cuando salimos de casa. Detecté también un lamento común por la desaparición de las antiguas rondas logroñesas, la extinción de hábitos que parecían eternos (lo de invitar a la parroquia, por ejemplo: una costumbre difunta) y la acomodación común de todos ellos a las nuevas normas que exige la clientela contemporánea.

El caso es que el artículo acudió a la imprenta junto a sus hermanos en el último número de Belezos y la buena nueva es que se encuentra ya a disposición de los potenciales interesados en las librerías más acreditadas de La Rioja. Y el caso (segundo caso) es que me permito a mí mismo unos minutos de publicidad: creo de corazón que hacerse con uno de estos ejemplares merece la pena. Uno se siente ya recompensado como destinatario (intermediario mejor dicho) de las brillantes respuestas que fueron disparando contra la libreta donde yo iba apuntando esa recopilación de su ingenio, pero tiendo a pensar que ese regalo que me hicieron debería ser un regalo compartido con la improbable comunidad de lectores que sientan alguna curiosidad por disponer reunido en unas pocas páginas del compendio de tanto talento disgregado.

Fin de la pausa publicitaria. Capítulo de agradecimientos. La lista es prolija, con una cierta aureola legendaria, porque la integran gigantes del sector. Ya he citado antes a un par de veteranos, Mere y Alfonso. Añado ahora a Colo, a Jaque y a Chus. A Dani y resto de la prole del García. A Chuchi del Junco, Miguel de La Hez, a Manolo de El Soldado y a Abel del Chufo (y demás familia). A las entrañables gentes del Soriano, Gurugú, Eldorado y Lorenzo. A Juanito, heredero del Sebas. A Mariano Moracia y a los dos Emilianos, del Tívoli a La Taranta. A la hechicera Nuria del Maltés. Fue un placer y un privilegio compartir con todos ellos confidencias y chistes. También algún trago. En todos veo encarnado al conjunto de su profesión, que esta baraja de camareros ejerce con donosura simpar y alto nivel de eficacia. Una forma de entender el oficio que debería ser guía para las nuevas generaciones: en el artículo, bautizo a sus protagonistas como académicos de la universidad de la vida. Cursiladas al margen, creo que en ese campus podrían matricularse unos cuantos jovencitos que usted y yo conocemos, cuyo desempeño al frente de ciertas acreditadas barras es mejorable: acabo de sufrir una experiencia estupefaciente en un local de postín, de la cual salí tan patidifuso que me fui pitando al Mere a contárselo. Para que sepa, cosa que por otro lado no ignoraba, en qué manos dejó el sector. Y para reconocer en él y al resto de camaradas reseñados en estas páginas de Belezos a los depositarios de las esencias de su profesión: catedráticos sin diploma, psicológos ocasionales, improvisados terapeutas, brujos de guardia y alquimistas si se tercia. Camareros, en fin.

O barman, como prefiere el propio Mere que le llamen.

P. D. Habrá observado el lector atento de las páginas de Diario LA RIOJA el singular olfato que distingue al fotógrafo Justo Rodríguez, autor de las imágenes que acompañan estas líneas, sin las cuales cada artículo hubiera perdido gran parte de su sentido. Se trata de un avezado profesional, de la estirpe de los grandes fotoperiodistas alojados en el solar logroñés: a veces me recuerda a Teo, otras a Alfredo Iglesias. Dicho sea como reconocimiento a su talento, que alcanza a mi juicio un nivel sublime en una tipología del mundo de la fotografía harto complicada: el retrato. Para mí, Justo lo borda. El primer plano (y hasta el primerísimo, del que soy muy fan), el medio plano y el cuerpo entero. Lo prueba que muchas veces los retratados son los primeros disconformes con la imagen que de ellos arranca: señal de que Justo ha acertado. Y que además de Justo, es necesario. Para muestra, varios botones: tantos como fotos acompañan la pieza que acaba de alumbrar Belezos.

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Bares con dos puertas
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Jorge Alacid | 27-10-2017 | 09:00| 2
El Villa Rica de Logroño, con sus dos puertas

 

Una reciente excursión a Ezcaray me permitió refrescar ese prodigioso milagro que se llama Tres Puertas. El célebre bar así denominado porque, en efecto, dispone de ese trío de entradas para que quien lo desee se regale un homenaje con sus aclamadas patatas fritas, estilo churrero, mientras se felicita para sus adentros por esa maravilla que le obsequia a su vez un local tan curioso y fetén. Porque lo usual, así en la hostelería como en el resto del mundo, es que una propiedad se defienda mediante un único acceso: más de dos puertas, ya se sabe… Como advierte el refrán, bares malos de guardar.

Lo cual me invitó a mi propio peregrinaje mental por aquellos establecimientos de Logroño que disponen de más de una puerta. Porque no había caído hasta ahora en que ofrecen una invitación a ser frecuentados por partida doble, una promesa de gozo por duplicado que les confiere además una imagen singular. Si visitar un bar es siempre (o casi) una experiencia recomendable, ingresar en aquellos que cuentan con doble ingreso predispone para una diversión adicional. Sobre todo en aquellos pretéritos tiempos mozos: ah, los tiempos del ‘simpa’.

No era mi caso, por supuesto, porque me distingue desde antiguo la costumbre de apoquinar cada trago y cada bocado, pero debe admitirse que era una tentación acodarse por ejemplo en la barra del Villa Rica ingresando por la puerta que da a la Laurel y marcharse (luego de jugar a la maquinita dichosa del cochecito que ya mereció aquí alguna divagación) por la puerta que da a Albornoz, para pasmo de la familia que defendía aquella barra conspicua: ale hop, y ya nos habíamos escapado, los labios bien ennegrecidos por aquel vinazo servido en duralex. Previa derrama, eso sí. Abstenerse malpensados.

La trama urbana logroñesa, tan rica en meandros y proclive a la gestación de zonas de oscuridad muy propicias para la ingesta, configura una jugosa panoplia de bares donde tal milagro es posible. Los alojados en la orilla de la calle San Agustín con vistas a Bretón cuentan en algún caso de ese doble acceso, que sólo algunos ejecutan con convencimiento, al igual que ocurre con los ubicados en la Laurel: los que aceptan semejante posibilidad dotan de un encanto adicional a la parroquia. Quien quiera frecuentarlos, ya sabe que además puede jugar de paso al despiste: confundir a quien estuviera vigilando sus pasos…

…Divertimento que yo por ejemplo sigo practicando cada vez que me pongo en manos de Mariano Moracia y resto de la gran familia del Moderno. Exterior noche: entrada por las castizas puertas de Martínez Zaporta, ingesta subsiguiente recreando la mirada con aquel Logroño que fue (y que todavía resiste) y mutis por la puerta de atrás, salvando las mesas que albergan a los incondicionales del menú del día y demás golosinas: previo saludo a quien se ocupa de los fogones en la dependencia vecina, salida a la calle Mayor por la puerta mediocamuflada. Tan emboscada que pocos logroñeses conocen su existencia: el improbable lector que lo ignorase ya queda informado.

Como lo está de aquel prodigioso bar llamado Aéreo Club, que disponía de acceso principal por el Muro de la Mata pero también de puerta alternativa (de servicio, digamos) en la calle Ollerías. Quien hoy transite por tan maltratada calle podrá observar allá al fondo la parte trasera del Tondeluna, establecimiento hostelero donde no consta que se aproveche de tal ingreso salvo para allegar viandas a la cocina. Sí que cuenta con esa opción Los Rotos de la vecina calle San Juan, donde por cierto acaba de inaugurarse otro bar que también cuenta con puertas por duplicado. Valonsadero, local de soriana nomenclatura, despacha su oferta tanto a la clientela que acceda por esa calle como a la feligresía que se decante por la calle Marqués de Vallejo.

Un apresurado recuento de este tipo de locales confirma que está en nuestras manos dibujar un hipotético mapa logroñés con este tipo de bares. Iguazú o Vinuesa, por citar otros casos, podrían figurar en ese listado. Claro que ninguno de ellos (que yo sepa) alcanza la categoría de prodigio sobrenatural del que encabeza estas líneas: el ezcarayense bar Tres Puertas. El paraíso para los fanáticos de la castiza costumbre de frecuentarlos.

P. D. Uno de los bares más raros en que he estado (corrijo: el más raro) se ubica en México DF y tiene como protagonista principal a su puerta. Su única puerta. Que estaba cerrada. Había que tocar el timbre y esperar a que por la mirilla nos inspeccionara un caballero cuya epidermis había conocido mejores días, dueño de un mostacho intimidante. No era Pablo Escobar, pero se le parecía. Igual que el interior recordaba a ese tipo de antros tan caros a las pelis de narcos, incluyendo el personal que lo decoraba. Un tipo de bar como aquellos de Estados Unidos durante la época de la prohibición, cuyas puertas también solían estar cerradas: sólo se abrían si el Alí Babá de guardia lo permitía. Les llamaba ‘spekeasies‘ y todavía hoy sobreviven en la capital del imperio. Esta ruta que publico aquí propone un itinerario por Nueva York a través de esos locales donde te piden la contraseña cuando aporreas su puerta. En cuya barra te acodarías luego de despistar a tus potenciales seguidores cruzando por ejemplo por el interior de la cocina. Como si te fueras a marchar por la puerta de servicio. Un juego del que Logroño también dispone de su propio representante. Aunque en esa guarida, como en estos garitos del actual Manhattan, el alcohol ya no está prohibido.

 

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