La Rioja
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Vermú, el retorno
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Jorge Alacid | 21-04-2017 | 11:04| 1
Oferta de vermús en el Barrio Bar de Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace alguna década, cuentan los asiduos de las rondas por la calle Somosierra y alrededores (es decir, territorio Balsamaiso) que empezó a frecuentar los bares de rigor un simpático caballero llegado de allende los mares. Se trataba de uno de los primeros logroñeses procedentes de la lejana África, que se ganó el favor de sus vecinos no sólo por su extremada educación y bonhomía, que todavía derrocha, sino porque implantó entre ellos una costumbre que los más veteranos del barrio siguen sin olvidar: a la hora del vermú, se pedía sólo media dosis. Así podía prolongar sus andanzas durante el aperitivo sin miedo a que le atrapara el sopor que tantas veces nos invade si exageramos la ingesta de tan delicioso néctar. Un hábito que luego ha ido conquistando a los parroquianos conspicuos: yo también recuerdo alucinado los días en que era usual tomarse el vermú sin racionarlo. Y también me pregunto cómo aguantábamos en pie. Cómo resistimos hasta la llegada del querido ‘marianito‘ trasegando vasazos y más vasazos de generosa medida, ahítos de Martini y resto de la cofradía vermuteril. De modo que su encarnación en formato mini en la mentada zona de Somosierra se denominó siempre ‘Bienve‘, en honor a su autor, de nombre Bienvenido. Ante quien me quito el sombrero.

Fin de la regresión. Que venía a cuento porque el improbable lector ya se habrá percatado de que el vermú, amigos, ha vuelto. Volvió hace años y aquí dimos cumplida noticia. Volvió sobre todo en su versión contenida, es decir, ese vaso corto donde la pócima magnífica se sirve ahora según marcan tendencia los influencers de semejante práctica, lo cual tiene sentido porque permite por lo tanto alargar el rito del aperitivo hasta donde sea menester. La hora de la cena, por ejemplo. Lo cual nos alegra desde luego a los incondicionales de la familia Martini y resto de referencias: quien esto escribe recuerda la botella presente siempre en el minibar familiar, acompañada de su inseparable amiga en aquellos tiempos fundacionales. Me refiero a la botella de sifón. Y no olvido el glorioso día en que conocí a su hermano pequeño, el vermú blanco, tarifado a sólo ochenta calas (primeros 80) en aquel añorado Amalís de Ciriaco Garrido, que luego ha conocido tantas declinaciones.

No, no olvido tampoco que por esa época me decantaba igualmente por el vermú para las correrías nocturnas, añadiendo a su versión blanca un toque de soda que me hacía creerme James Bond. Aquel trago agitado, no batido, garantizaba desde luego noches igual de agitadas y resacas muy acabadas. De modo que se entenderá la devoción profesada a tan rico bebedizo, que por supuesto también he catado en su versión cenicerense: el llamado Pascali, vermú autóctono nacido en las entrañas de la familia Pascual, estupendo por cierto si se toma como aconsejan sus ideólogos, es decir, frío. Casi helado. Y con el tiempo, desde luego, he ido saboreando otras manifestaciones de ese rico catálogo donde hoy proliferan marcas mil, oriundas algunas de exóticas procedencias, aunque inclinándome siempre que puedo por las más cercanas. Porque tengo puestas mis preferencias no sólo en el mencionado Pascali, sino en el jarrero Martínez Lacuesta: el reserva que elabora la benemérita bodega de Haro me parece una cumbre del vermú nacional. Tampoco le hago ascos al pequeño de la familia riojana, ese San Bernabé tan perfumado y tan rico. Rico, rico.

Vermús de grifo madrileños, vermús con denominación de origen, vermús en la abrumadora oferta de botellas y preparaciones que distingue por ejemplo al Barrio Bar, local que ha aparecido aquí alguna que otra vez y donde aconsejo probar su sabroso preparado, que en efecto se prepara con delicadeza y sentido del oficio. Vermús por tierra, mar y aire: desde Aragón y otros confines del solar patrio me allegan noticias abundantes sobre cómo por allí acampa asimismo esta moda… condenada como todas a lo que ya sabemos, a quedar cualquier siglo de éstos sepultada por la siguiente tendencia. Aunque mientras amanece ese día, podemos acompañar la espera abandonándonos al sugestivo mundo del vermú, el rito dominical por excelencia que ahora se extiende durante todo el fin de semana: ese universo que para muchos empieza ya el viernes, privilegiados miembros del mercado laboral que desconocen qué significa trabajar en sábado o prolongar los horarios hasta entrada la noche…

Fin de la segunda digresión. Regreso sobre mis pasos, al benéfico mundo vermutero que le tendrá ganado a cualquiera para la causa aunque sólo fuera para rendirse ante el ingenio popular, capaz de bautizar con la voz ‘marianito’ ese modelo corto del Martini. Admirable destreza verbal, de dimensiones parecidas a las que acreditaron quienes alumbraron esta pócima bendita: sombrerazo ante quienes idearon la versión primigenia, mezclando hierbas y más hierbas, los frutos que salían a su paso porque se extrujaron el magín hasta dar con la fórmula que nos legaron a sus predecesores para que nos entreguemos al hábito de estirar el aperitivo hasta la hora de cenar. Si hay alguien por ahí interesado, que sepa que según una fuente de autoridad tan prestigiosa como el llamado Museo del Vermú (restaurante así llamado y alojado en Reus, localidad tarraconense de ejemplar contribución al mundillo vermutero) el primer referente histórico se localizó en 1549, “cuando Constantino Cesare De Notevoli, en su obra Ammaestramenti dell’agricoltura, nos habla de una receta de vino con absenta que tenía fines terapéuticos y curativas”.

Así que con el vermú topamos, en efecto, hace casi 500 años. Palabra que por cierto yo siempre prefiero escribir sin la letra final, esa te tan traviesa que se atraganta frecuentemente. Y por supuesto que sin la w doble de la voz original, un invento al parecer alemán que contribuyó a popularizarse entre nosotros desde que se extendió la mentada costumbre del formato pequeño, el querido ‘marianito’ que por Bilbao aseguran que se descubrió allí. Lo cual no me parece mal: es una plaza donde se rinde tributo desde antaño al cortés hábito del aperitivo y en consecuencia se tiene entronizado al amigo vermú. Que, como los bilbaínos, puede nacer donde le plazca.

P.D. Otras fuentes de autoridad atribuyen la autoría del vermú nada menos que a Hipócrates, el griego famoso por su juramento. Se trataría por lo tanto de una bebida medicinal, una hipótesis contra la que nada tengo. Y no estoy solo en semejante devoción: observando la otra mañana la pizarra donde despliega su oferta el mentado Barrio Bar corroboré que el vermú, en efecto, ha retornado y aventuré que se quedará largo tiempo entre nosotros. Aunque sólo sea porque admite tantas combinaciones como quepan en los ingeniosos caletres de nuestros camareros favoritos, capaces de extender la magia de semejante trago en distintos formatos y preparaciones: quien no haya disfrutado todavía del célebre Aperol Spritz o del bienamado Negroni, tan propio del aperitivo milanés, ya sabe: esa es su casa.

 

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Regreso a la calle Ollerías
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Jorge Alacid | 13-04-2017 | 08:42| 0
Vista de la calle Ollerías, con Marqués de Vallejo al fondo. Foto de Justo Rodríguez

 

Alguna mañana debía ingresar quien esto escribe en territorio vetado: Ollerías. Ya curioseé cierta vez por sus alrededores, puesto que resulta difícil evitar una calle tan castiza, alojada como está en el corazón de Logroño y sus bares. Tan cercana a la San Juan por ejemplo, calle que ha merecido aquí alguna mención que otra. Fronteriza también con el querido Pachuca, cuyo deteriorado rótulo decora el frontispicio de este blog. Y Ollerías aparecía también de vez en cuando si poníamos en marcha la moviola: unos cuantos veteranos de las barras logroñesas se iniciaron en la profesión en aquellos bares que festoneaban la acera de los impares, porque la otra se limita a ejercer de trasera de los inmuebles de Muro de la Mata. Y no: en esa mano no hay otro bar que la puerta de servicio del ejemplar Tondeluna, más o menos donde antaño estuvo la del Aéreo Club. Enfrente, sólo habita ahora mismo el local llamado In vino veritas, emigrado de la San Juan. No tengo el gusto. Me resisto a ingresar entre sus muros, tal vez como un pueril tributo que rindo a la memoria de aquel Logroño que sí tuvo esta calle entre las más fetén para eso tan nuestro: ir de bares.

Es decir, eso de tomar unos vinos y acompañarlos de algún bocado. Curioso: porque como recuerda el benemérito Eduardo Gómez, Ollerías albergaba pocos bares, pero selectos, y todos ellos homenajeaban a Baco como suelen pero también rendían pleitesía al recetario local. Sus barras despachaban golosinas de alto nivel cuando semejante oferta gastronómica era más bien rara en la hostelería logroñesa. Así se dispara el recuerdo de aquellas gollerías, animado en este desempeño no sólo por el perito Gómez, sino por el memorión Chema Macua, funcionario del Parlamento, que me suele recibir cuando acudo a aburrirme a los plenos espetándome su frase célebre: “A ver cuándo escribes de Ollerías”. Sentencia que suele abrochar con la siguiente exclamación, expresada mientras contenemos la saliva: “¡Ah, aquellos bocatas de oreja de La Chistera!”.

Promesa cumplida, Chema. Aquí estoy recordándome a mí mismo tal y como fui, tal y como fuimos tantos logroñeses de mi quinta, cuando guiados por la mano paterna penetrábamos en aquel universo promisorio. Nuestro favorito era el Paco y sus champis inolvidables (y pioneros). El paseo continuaba a continuación hacia otras cuentas del breve rosario de locales, para saborear nuevas viandas igual de sugestivas. Las cazuelitas del Sergio, por supuesto. Paco, Sergio, La Chistera… y algunos otros locales que me recuerda el señor Gómez, de los que todo lo desconocía: el Turco, por ejemplo, precedente del citado Paco. El Nuevo Choco, El Trece, Mi Tierra… Una serie de bares que desembocaban en el Baden de la Travesía, por donde se abandonaba la calle hacia la San Juan aledaña, un paseo que yo también hago ahora alguna tarde: para recordarme a mí mismo de nuevo. Para recordar la calle que no se borra uno de la memoria, por un par de razones.

La primera, amable. Cariñosa: en un piso de esa calle vendía huevos por docenas una pareja de simpáticos ancianos a quien recurríamos en casa cuando se desabastecía el hogar familiar y había que echar a correr si queríamos cenar tortilla. Uno regresaba con el preciado botín, acompañado también por el inolvidable sabor de las mejores rosquillas que usted habrá probado nunca: puesto que en esa casa se rompían los huevos entre trajín y trajín igualmente por docenas, jamás faltaba por lo tanto materia prima para elaborar ese delicioso dulce de sartén. Y contengo de nuevo la saliva.

Pero el segundo fogonazo que dispara la memoria cuando alguien me menciona la calle Ollerías me borra la sonrisa de la cara. Es un recuerdo cruel. Aquel criminal atentado de ETA, con sus tres víctimas mortales y otro herido que salvó la vida de milagro. Fotos en blanco y negro de aquella barbarie, la ciudad azotada por el terror, el funeral en La Redonda desbordante de tensión. La calle Ollerías. A eso también me sabe Ollerías, qué le vamos a hacer.

Aunque tal vez si alguna bondadosa mano municipal ideara un siglo de éstos algún plan para reactivar la mortecina calle, casi moribunda a pesar de su paradójica vecindad con El Espolón, yo también me haría un favor a mí mismo y volvería sobre mis pasos sin nostalgia. Sólo para recordar al niño que fui y olvidar de paso aquel espanto, pero sobre todo para concederle una oportunidad a esa calle memorable como pocas para quien se destetó en las rondas por los bares de confianza pastoreado por sus mayores, iniciándose en el rito finisecular del pincho, la tapa, la banderilla y la cazuelita, por aquella memorable tríada de bares: Paco, La Chistera, Sergio…

Y también para que cuando me encuentre de nuevo con Chema Macua, mientras intento esquivar como puedo el sopor que domina tantas sesiones parlamentarias, pueda contestarle que sí: que ya he escrito sobre Ollerías. Y que ya estamos en paz.

En todos los sentidos. También contra el terrorismo etarra.

P.D. Me cuentan quienes deambulan a diario por la calle San Juan, entre comunes lamentos por el mejorable aspecto que ofrece Ollerías, que la calle ha sido colonizada por ese hito tan logroñés: el merendedro, que ocupa varias bajeras. Lo cual me devuelve también a la infancia, porque cierto condiscípulo de los Maristas celebraba en uno de esos locales su cumpleaños: su familia poseía allí un almacén, que se empleaba para fiestas infantiles en la etapa anterior a la invención del célebre chiquipark. Por ahí recuerda Eduardo Gómez que caía la trasera del bar El Tercio, alojado en la calle San Juan, cuyo excusado hacía frontera con Ollerías, de manera que algún gracioso solía gastar a quienes allí se aliviaban la siguiente broma: aprovechaba que el cliente del lavabo se encontraba apoltronado en la taza para tirar de la cisterna de improsivo, con gran estrépito de risas y ofendidas quejas del agraviado. Porque hasta para esas cosas tenía gracia Ollerías.

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¿Cuál es la mejor hamburguesa de Logroño?
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Jorge Alacid | 07-04-2017 | 08:20| 19
Cartel de hamburguesa vintage

 

Cualquier improbable lector de mi generación (cuaternario superior) recordará el día maravilloso en que ingresó en el recetario familiar un nuevo bocado que nuestras sabias madres tuvieron la gentileza de presentarnos: se llamaban filetes rusos. Eran los años postreros del franquismo, cuando la palabra ruso se podía pronunciar ya sin el temor atávico a que irrumpiera en el hogar familiar la Brigada Político Social y te llevara al calabozo, mano de grasa incluida. Aquel manjar disponía de grandes posibilidades para cautivarnos, empezando por su exótica denominación: no era un filete cualquiera, ojo. Era un filete ruso. Yo imaginaba grandes colectividades exproletarias en la lejana Siberia dedicadas a elaborar albóndigas, las albóndigas de toda la vida, que luego otra multitud de hombres y mujeres aplastaban con sus soviéticas manitas hasta convertir las primigenias bolas de carnes en filetes de magro tamaño. Filetes rusos.

Con el tiempo, nos enteramos de que en realidad aquella delicia se llamaba hamburguesa. Y puesto que se trataba de un plato típico en Yanquilandia, nosotros ejercimos como todo buen español que se viste por los pies: lo boicoteamos. Nada que pudiera llegar del país de Bob Dylan nos podía engatusar, salvo tal vez el propio Bob Dylan (y Ava Gardner, añado). Así que resistimos el avance del ejército gastronómico invasor, que tuvo entre nosotros su particular Vietnam. No, no transigimos… hasta cierto punto. Porque siguieron pasando los años, aquel antiamericanismo adolescente dejó de bombear con la energía de antaño y hubo incluso algún compañero de viaje que detectó grandes ventajas para la alimentación de la clase obrera en aquel trozo de carne que se tarifaba a precios comedidos. Cautivos y desarmados, McDonalds alcanzó sus últimos objetivos: la progresía española dobló la rodilla.

Ya nadie le llamaba filete ruso. Ya nadie le hacía ascos (bueno, algún antiyanqui recalcitrante quedará por ahí) y ya nadie se oponía de dejarse seducir por un bocado que acabó conquistando las barras de nuestros bares predilectos, donde empezaron a exhibirse con esa clase de entusiasmo tan español: de no querer saber nada de la hamburguesa, pasamos a ofrecerla en todas las encarnaciones posibles. Alguna de ellas, inventadas, ojo: las he visto hasta de pescado. Pero hasta que semejante conquista terminó de triunfar entre nosotros, algunos miembros de esta generación adiestrados en su consumo cuando aún se conocía por su nombre original nos iniciamos en su ingesta extradomiciliar en el añorado Bier Hause (o como se llamara en cristiano) de Gran Vía, local extinto que tanto hizo por divulgar las excelencias de la cocina internacional acompañada de cervezas igualmente exóticas para la época (finales de los años 70). Las despachaban también fetén en el vecino, e igualmente difunto, Robinson Grill y en semejante empeñó se distinguió poco después la no muy lejana Káiser, que ahí resiste en Labradores: como una hamburguesería pionera en tantas cosas. En la pantalla gigante de televisión, por ejemplo.

 

 

En este blog alguna vez hemos perpetrado algún artículo a propósito de la querida hamburguesa, recordando su rica aportación a la historia del cine y reivindicando por lo tanto con el maestro Quentin su condición principal: la base de un buen desayuno americano. Sobre todo, si hablamos de la célebre hamburguesa cajún. Pero a petición del público a quien tanto debo (como si fuera una folclórica), acojo la petición lanzada tiempo atrás por una fiel seguidora para lanzar la pregunta que ustedes estaban esperando: cuál es la mejor hamburguesa de Logroño. Y para animar la encuesta, allego algunas propuestas: la del Torres, la del Bococa y la del citado Káiser. O Burgerheim, por ejemplo. O la más reciente Fabrikburger. O la clásica Cervecería Internacional. Y vote. Vote usted, si hace el favor. Y también consuma hamburguesas sin remordimientos: los carnés de antiyanquis ya están todos repartidos. Y muchos de sus antiguos críticos se acabaron por convertir a esta religión hamburguesina. A la Coca Cola también. Y a Bob Dylan, por supuesto. Y Ava Gardner, añado.

P.D. Iremos recopilando las votaciones que tengan ustedes la amabilidad de depositar y un día de éstos proclamaremos los resultados. Como ocurrió hace poco en otra votación reciente, aquella en torno al universo de los morros, este artículo debe tomarse como lo que es: un juego, un pasatiempo, un entretenimiento. Una manera de reconocer que la hamburguesa forma parte de nuestros bares favoritos, que es tanto como decir de nuestros corazones. Y que es la base de un buen desayuno americano, como nos advirtió con razón el amigo Samuel L. Jackson.

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Nuestro hombre en la barra: García, la San Juan de siempre
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Jorge Alacid | 29-03-2017 | 08:08| 0
Marcos, Estefanía, Conchita y Dani, en el García. Foto de Justo Rodríguez

 

El logroñés veterano recordará la calle San Juan previa a su actual encarnación. Una calle de vida comercial riquísima, que contaba con establecimientos de acusado arraigo y que además incorporaba a una larga serie de gremios, como las tiendas de ultramarinos que hoy se baten en retirada (y hubo hasta tres en tan breve tramo), un par de carnicerías y su tienda de lanas. El local de Teo donde se revelaban los carretes familiares, la superlimpieza Mola (en seco), la joyería de Javi y otros clásicos del Logroño inmemorial. Había también bares, por supuesto; como los había en la vecina Ollerías, hoy medio moribunda. Bares que sin embargo no colonizaban toda la calle como ahora es norma: bares que el cliente conspicuo podía recitar porque cabían en los dedos de la mano y memorizarlos era sencillo: sí, el logroñés que peine alguna cana recordará el Duaso y el Noche y Día. Y no olvidará La Esquina o el Torres, que aún resisten aunque reinventados. O el García, que también sobrevive en perfecto estado de revista. Con Dani y Marcos al frente, media vida viendo cómo la calle se transforma. Cómo todo Logroño ha cambiado igualmente.

También ellos mismos han cambiado, ojo. Porque ese mismo logroñés ya entrado en años que recuerde la San Juan en su primigenio estado tal vez fuera uno de tantos parroquianos que tuvo que sortear al propio Marcos cuando de mocoso corría tras un balón, convertida la calle entera en improvisado campo de fútbol. «Jugábamos hasta veinte críos al fútbol aquí mismo», sonríe Marcos mientras señala a la calle. Será más improbable que alguien también conociera las andanzas futbolísticas de su hermano mayor cuando estuvo enrolado en el difunto Huesca Apolo: Dani también se ríe mientras se recuerda a sí mismo enfundándose aquella camiseta, poco antes de viajar a Zaragoza como estudiante recién concluido el COU en el D´Elhuyar y de regresar al hogar familiar, que en su caso adoptaba la forma de bar.

El bar García, en efecto, que su padre tomó en traspaso luego de que su anterior inquilino lo refundara con ese nombre sobre los cimientos del desaparecido Regio. Desde entonces, más de cincuenta años después, el García acompañaba los pasos del logroñés castizo desde una de las calles más cañís, donde la vida ciudadana conoció antaño un dinamismo del que hogaño (ay) carece. Anote usted como herencia de aquel pasado comercial la tienda de curtidos alojada junto al García y casi que pare de contar: bares y más bares. «Hasta 37 contando las dos travesías», anota preciso Dani. Un festín que agradece desde luego el aficionado a deambular entre ellos y también maravilla al nuevo cliente, al cliente moderno: el turista. «Los fines de semana son una locura», confirman al unísono los dos hermanos, a quienes acompañan en su desempeño Conchita (y no Rosa, como por erro apareció en papel prensa) y Estefanía. Un parece que confirmarían todos los veteranos de cada barra de Logroño, que habrán observado la misma evolución que asombra a Dani y Marcos. Un diagnóstico compartido: el parroquiano de toda la vida va desapareciendo, las cuadrillas tradicionales entran en declive y el elemento foráneo releva a todos ellos como corresponde a su linaje: desembarcando los viernes y sábado y despidiéndose los domingos.

Esos domingos «que ya no son lo que eran», apunta Dani, quien subraya que su bar se mantiene fiel a la estirpe de quienes no cierran por descanso dominical. Bares que abren casi de seguido, desde primera hora de la mañana como en su caso, porque disponen de una clientela leal que lo agradece y porque además la familia regenta también la pensión situada enfrente, de modo que sus pasos les llevan casi por inercia hasta la calle San Juan, donde por cierto nació el propio Marcos: eso de ver la vida desde el bar en su caso es algo más que una metáfora.

Otro tanto ocurre con su hermano mayor, quien se ocupa de elaborar por sí mismo los jamones que le han dado justa fama a su negocio «aunque cuando lo llevaban mis padres era también popular el pincho de tortilla». «No creo que entre aquí nadie que no coma algo», aventura, mientras repasa su oferta culinaria deteniéndose en un hito reciente: la ganada celebridad de su cecina, oriunda de Astorga. Que la parroquia ataca mientras la acompaña de una copa de vino, porque aquí cada trago se cuida también con mimo: «Tenemos hasta cinco vinos distintos de cosechero para el chiquiteo».

Embutidos, vinos de Rioja y un servicio fetén y disciplinado: bajo tales atributos, en esta universidad adiestraron a Dani y Marcos sus padres y aquí permanecen ellos resistiendo, depositarios de la esencia de esta calle donde hoy deben iniciarse en nuevas asignaturas. El enoturismo, por ejemplo, acerca hasta el García a esa nueva clientela mucho más entendida que antes en el mundo del Rioja, clientela como se ha dicho adicta al fin de semana: «Aquí de cuatro a ocho de la tarde no se ve un alma», reiteran los dos hermanos, que han observado cómo el rito de las rondas de bares sí se mantiene en ciertos barrios de la periferia mientras deserta del centro de Logroño, dominadas sus calles por las incesantes aperturas de bares. «No sé cómo acabará todo esto ni si la ciudad se lo puede permitir», cabecea Dani. «Hay calles como Portales que ya son casi monotemáticas», añade, con ese punto de ironía que siempre le asoma en los labios: la propia de un filósofo de la escuela senequista, como corresponde a cada hincha del Atlético de Madrid y a todo incondicional del Logroñés. La misma sonrisa que aflora cuando le preguntan por la hora del retiro: «Esperemos que no nos jubilen».

No. Que no jubilen el García. La calle San Juan, la calle San Juan de siempre, no sería lo mismo.

 

Clientes en el García. Una foto antigua de Teo
P.D. El amigo Dani advierte que su afición al universo de los bares no se limita a su actividad profesional: de vez en cuando, se le puede encontrar a este lado de la barra, visitando alguno de sus locales predilectos. Cuando se le pregunta que los enumere, responde lo siguiente: “Uffff”. Lo cual significa que sus favoritos ocupan un ancho espacio en su corazón de cliente y que preferiría no incomodar a nadie. Si se le aprieta un poco, admite que cada bar de la calle San Juan goza de sus complacencias, como el Samaray o el Tastavín, por poner dos ejemplos. Una relación donde incluye al Junco, El Soldado de Tudelila… Y tantos otros.

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Bares underground
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Jorge Alacid | 24-03-2017 | 08:31| 0
Bar Badulaque, en Logroño

 

Respondo a una amable invitación lanzada días atrás por un fiel seguidor de este blog, el amigo José Luis Ouro, quien a propósito de una entrada dedicada a los bares alojados en las cimas de ciertos edificios del universo mundo echaba en falta algún artículo destinado precisamente a lo contrario: los bares underground. Esos abrevaderos subterráneos cuya mística los emparenta con un turbio universo de tragos clandestinos, propios del Chicago aquel de los años de la prohibición y garitos semejantes. En Logroño, cavilaba yo mientras sopesaba si aceptar la invitación de Ouro, algún local de tales características ha alumbrado nuestro desempeño como clientes: así que finalmente reconocí que, en efecto, merecía la pena pasar a limpio el listado de aquellos bares que albergó o alberga el subsuelo logroñés, porque encarnan una cierta mirada distinta sobre un sector demasiadas veces demasiado predecible.

Y si asumí el encargo fue porque, revisitando mi propio archivo de entradas, descubrí que alguna vez me había detenido en homenajear a una serie de bares difuntos que exigían descender a sus entrañas como en aquella novela de Julio Verne: ahí figura por ejemplo el legendario Continental, bar que siempre incluiré en mi lista de favoritos. Era emocionante bajar por las escalerillas que en su anterior encarnación conducían a la famosa bolera Trébol y apurar los tragos desde el centro del centro de Logroño, como rezaba su atinada propaganda. Clientes de un refugio posnuclear, alguna vez reaparecimos a la luz del Espolón mientras dejábamos atrás la noche. Sí, recuerdo el Continental y no olvido tampoco otros bares igualmente subterráneos aquí glosados, como el añorado Sajarahuit de avenida de Colón y su legendaria gramola donde tantas veces coreé aquel himno de la ELO. Y rescato de mi memoria también la encantadora bodeguita ya igualmente desaparecida que se ubicaba en las tripas de avenida de España…

Observo de paso que contra la tendencia de situar en las entrañas de nuestra ciudad este tipo de establecimientos conspira sobre todo la normativa vigente, muy celosa en la prevención de posibles incidentes cuya resolución se complica cuando debe evacuarse a la parroquia hacia el exterior y ese exterior se emplaza escaleras arriba. En un rápido recuento, ahora mismo me viene a la memoria un local de estas características de inauguración más o menos reciente: la discoteca que alberga el Casino de la calle Sagasta. ¿Algún improbable lector sabe de otros similares? Se agradecerá cualquier aportación, aunque ya digo que flamantes aperturas de bares logroñeses me invitan a concluir que estos casos son realmente extraños entre nosotros porque así lo prescribe la ordenanza municipal: es el caso del Ibiza, por ejemplo, cuyo subsuelo está vetado para acoger a la clientela, que deberá conformarse con la planta baja para tal propósito.

De modo que aquellos bares que usted y yo llevamos en la cabeza cuando pensamos en los situados bajo nuestros pies (Tívoli, Maltés, La Luna o el Chiqui, encarnado ahora como Badulaque luego de convulsas peripecias, como recuerda el propio Ouro) ofrecen esa fisonomía porque se abrieron tal vez cuando las limitaciones legales no lo eran tanto: cuando se aceptaba ese gesto tan común de descender al corazón de Logroño para un trago o para un bocado. Wine Fandango, por citar otro caso, también puede incluirse en esta lista underground, y disculpas por la cita en inglés. Lo cual era, habrá que reiterar, más usual antaño que hogaño: esos formalismos burocráticos han ido configurando ante nuestros ojos una ordenanza en materia de bares muy tiquismiquis, de modo que se amputa a las rondas por nuestros bares favoritos esa aureola de misterio que caracteriza el descenso hacia tantas barras subterráneas donde tan dichosos fuimos.

La defensa llama a declarar dos casos que algún improbable lector que ingresara como parroquiano allá en la primera glaciación puede compartir: la chocolatería Moreno, alguna vez citada aquí, ese festín que alborotaba nuestra primera infancia. Y el bar Colón de la avenida homónima, que regentaba maese Basilio: allá al fondo, luego de superar un desnivel, se dilucidaban unas cuantas partidas de naipes según la parafernalia propia de otra época. Uno apareció alguna vez por aquellas mesas, cátedra oficiosa del mus logroñés, como si peregrinara en efecto por el Chicago de los felices 20. Pero no había chicas bailando charlestón ni los secuaces de Al Capone: sólo unos paisanos con boina alrededor de los tapetes de felpa, que alargaban las tardes concentrados en la partida y sus tragos furtivos con esa seguridad que ofrece saber que en las entrañas de tu ciudad, en los territorios fronterizos con la clandestinidad, todo sabe mejor. O al menos distinto.

Y que abajo siempre hay sitio.

P.D. Se ha incluido unas líneas arriba al difunto Chiqui entre ese listado de bares underground, aunque ahora luce una nueva encarnación: se llama, como se observa en la imagen, Badulaque. Que viene a ser el mismo rótulo que brilla en el imaginario comercio que regenta el no menos imaginario indio Apu en la también imaginaria serie de televisión célebre en el universo mundo, Los Simpson. Pero el televisivo Badulaque no es un bar, ojo: ese negocio hostelero lo gestiona en la mentada serie otro personaje famoso, llamado Moe. Ocurre que Badulaque es una palabra que ha adquirido últimamente relevancia gracias a su impacto en la tele y como tal se denominan unos cuantos establecimientos de toda laya (tipo tienda para todo, mayoritariamente), aunque en realidad se trata de una voz que admite muy variadas acepciones, todas extrañas para definir a un bar: como anota la RAE, badulaque significa “afeite compuesto de varios ingredientes”. O bien “chanfaina, guisado de bofes o livianos”. Y también “persona necia, inconsistente”. De donde se deduce que cuando los traductores de Los Simpson otorgaron ese nombre al local de Apu pensaban probablemente en la primera acepción: un sitio donde se encuentra un poco de todo, en efecto. Aunque desconocían que también significa bar underground en su manifestación logroñesa.

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Qué morros tienes: y el ganador es…
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Jorge Alacid | 17-03-2017 | 11:07| 0
Ricardo, del Monterrey, con su diploma 'oficioso'

 

Este artículo es una sucesión de agradecimientos. Gratitud profunda por la exagerada, inesperada y fenomenal acogida que tuvo la idea lanzada aquí hace cosa de un mes: plantear al improbable lector que se pronunciara sobre qué bar de Logroño sirve los mejores morros. Que resultó no recibir tan improbable respuesta: nada menos que 2.319 votos recogió aquella pregunta. Ojo, atención, aviso: como ya se anunciaba en aquel artículo, no abrigaba quien lo escribió ningún ánimo científico. Era algo más sencillo y divertido, una competición inocente, que sirviera para avivar el debate sobre la pertinencia de que semejante bocado figure todavía, en plena era vegana y políticamente correcta también en lo culinario, en las cartas de algunos locales castizos. Con éxito, por cierto, como atestigua no sólo esta encuesta tan informal que alojamos en este blog, sino la demanda que semejante golosina suscita entre la clientela.

En aquel artículo ofrecía mi particular triunvirato de bares con sus respectivos morros ofreciéndose (con perdón) a la parroquia, pero había muchos más, desde luego. A mis predilectos Claret, Alfonso y Monterrey animaba a quien se apuntara a este entretenimiento a sumar sus preferencias. Hubo apelaciones al Charli de la Laurel, el Vinuesa, Perejil, La Rueda… Un largo etcétera, puesto que a las propuestas que incorporaban los lectores del propio blog debe añadirse las alojadas en las redes sociales: allí florecieron los elogios a bares como Dame Caña, Jovari, Álvaro o El Resbalón. Se registraron incluso encendidas alabanzas hacia algunos ya difuntos, porque desaparecieron los locales que los despachaban: El Cazador, por ejemplo, o el Numanci. Y repasando el listado de respuestas observo algunas otras propuestas interesantes, cuyo relato completo se extiende hasta el infinito, así que citaré sólo algunas que se repiten más: 19 gansos, por ejemplo, o el bar de Prado Viejo. Figuran también Yeda, Las Huertas, Darwin, La Cortijana y un larguísimo etcétera. Quien esté interesado, aquí tiene el enlace donde se incluyen todas las contestaciones, que en algún caso se extiende hasta la periferia logroñesa.

En fin, que fueron pasando los días, el debate se encendió y también se apagó. Cosas del vértigo informativo. Llegó por lo tanto el momento de hacer balance, cuadrar resultados y otorgar este oficioso premio al ganador: que ha resultado ser el Monterrey, barra que defiende el amigo Ricardo con los suyos y donde el cliente puede solazarse con otras gollerías, como los torreznos sorianos o las deliciosas migas. En la foto que ilustra estas líneas le vemos con el ‘diploma’ que le entregué el pasado miércoles, luego de saborear sus (en efecto) exquisitos morros: me estoy refiriendo a los que llenaban el platillo donde nos los sirvió.

Ricardo agradeció el detalle y yo creo que alguna gracia le hizo eso de proclamarse campeón oficioso de este incruento torneo cuyo único objetivo era pasar el rato. A quien le gusten más otros morros (de nuevo, con perdón) pues que disfrute de ellos y persevere en su afición mientras el cardiólogo se lo permita. Quedó informado de que el título oficial todavía está pendiente de ser organizado por una hipotética Academia Riojana del Morro, que ya está tardando en constituirse: porque si de algo podemos presumir por esta tierra, desde luego, es de morro. Morro nunca falta. Y al creador de este pasatiempo (es decir, servidor de ustedes) también le hizo tilín eso de que el premio se quedara en casa, o más o menos. Para cualquier habitante de la redacción que con tanta paciencia nos aloja, el Monterrey fue durante largo tiempo una extensión del periódico. Y yo, que llevaba tiempo sin entrar luego de los contratiempos observados desde la marcha de la familia Zapata, he vuelto a acudir atraído por la excelente barra que ahora le caracteriza y me alegra que contribuya a dotar de atractivo a esa minironda de tres bares en la misma manzana. Y me congratula también saber gracias al propio Ricardo que estamos en buenas manos: sus morros proceden de cerdos riojanos. Son por lo tanto cerdos de confianza.

 

Gráfico con la encuesta, obra de Diego Ortega

 

P.D. En el gráfico que adjunto se observa la evolución de las votaciones y el resultado final: el Monterrey acumuló 921 votos, el Alfonso se lleva la medalla de plata con 549 y tercero quedó el Claret, con 364 votos. Un elevado porcentaje se distribuyó en el capítulo de otros a los bares que mencionaba arriba. Así que este artículo acaba como empezó: dando las gracias a todos, clientes, encuestados y bares aludidos. Y anunciando para próximas entregas una votación semejante a propósito de un bocado menos castizo: la hamburguesa.

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Bares de altura
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Jorge Alacid | 10-03-2017 | 08:18| 0
Bar de la Casa de Granada en Madrid

 

Como cualquiera de mis improbables lectores, yo también he frecuentado bares raros. Entre los más raros, siempre recordaré aquella olvidada cantina que albergaba el hangar del parque móvil de la Policía Armada, al final de Murrieta (frente al viejo Hospital). Un cubículo oscuro donde despachaban los botellines de cerveza más baratos de Logroño, incongruencia que nunca me tomé la molestia de aclarar. Así que si ahora escribo que acabo de conocer uno de los bares más raros (pero raros, raros) de mi vida, yo mismo siento una extrañeza genuina: porque, en efecto, tiene que ser muy raro. Muy pero que muy raro.

Se ubica en Madrid, junto a la plaza de Tirso de Molina. Su primera peculiaridad es el acceso: puesto que se aloja en un edificio de viviendas, el potencial cliente deberá pulsar el timbre del último piso. La puerta se abrirá como suele cuando el portero automático es más automático que de costumbre y se ingresará entonces en el portal, que es un portal como otro cualquiera: gemelo de los propios de todo inmueble construido durante el franquismo. Tan idéntico que el potencial parroquiano seguirá creyendo que se ha equivocado de sitio. Que aquí hay un malentendido, posibilidad corroborada por la cara de extrañeza que pone el (llamémosle) portero de la finca: un jovencito de aire latinoamericano, que atiende gentil y tímido a las visitas aunque no detrás del mostrador preceptivo, sino parapetado tras un pupitre, los buzones a la espalda. El caballero abre mucho los ojos cuando le preguntas por el inverosímil destino de tus andanzas pero resulta que sí: que has acertado. Que en esa casa se aloja un bar. Aunque luego añade más misterio a esta expedición titubeante cuando te señala el ascensor (sólo apto para tres personas, ojo) y te pregunta a su vez: “¿Va al bar o al concierto?”.

Sopla. Resulta que en los últimos pisos de este venerable edificio (Calle del Doctor Cortezo, 17 para quien esté interesado) que conoció días mejores (o tal vez no: tal vez siempre ofreció este mismo aire provisional y pelín destartalado) se duplica la oferta: música en el quinto piso, tragos y bocados en el sexto. Así que nuestros pasos no se equivocan, no. Acaban conduciendo hasta la sede que la Casa de Granada ha elegido en la capital del Reino para atender a los hijos de la ciudad nazarí repartidos por estas callejuelas: porque, por supuesto, la Casa de Granada colgada de esta azotea es también un bar.

Aunque el bar es uno de tantos. Lo cual equivale, ojo, a un elogio: uno de tantos como había antaño, de manera que el camarero te llamará eso de caballero y luego señalará hacia el fondo (donde siempre hay sitio) para que te acomodes y confirmes que sí: que hay vida para los bares allá en las alturas. Un sexto piso no es gran cosa, ya se sabe, comparado con las cumbres que hollan los rascacielos que con tan hortera contumacia se apoderan de Madrid, a los que presumo también adornados de bares en su última planta. Pero como esta es una zona castiza como pocas, no hay otros edificios que le hagan sombra, lo cual tiene sus ventajas: las vistas son desde luego memorables.

Veamos: en primer término, observamos un conjunto de edificios hermanos al nuestro que divisados desde este emplazamiento recuerdan poderosamente el añorado inmueble número 13 de la imaginaria Rúe del Percebe. Entre ellos, por cierto, el que alberga a la CNT: un imponente caserón que comparte vecindario con las exhaustas huestes del Madrid de toda la vida, hoy a punto de ser devoradas por el turista que todos llevamos dentro.

Pero atención: allá al fondo, las luces de la ciudad se difuminan y construyen su propia constelación. Se intuye la carretera de Andalucía, tal vez la de Extremadura… La noche me confunde. Más acá, en primer plano, una multitudinaria doble fila espera a que abra el teatro vecino: no es para menos, adentro aguardan Los Morancos y su fino humor de la Penibética. Es hermoso ver desde aquí a todas esas diminutas figuras sin que se enteren de que están siendo vistos, uno de los principales placeres de estos bares de altura diseminados por medio mundo que sin embargo nunca han cuajado en Logroño.

Uno, en su humilde experiencia, puede presumir de haber visitado unos cuantos garitos afines a esta tipología: los tragos desde el campamento base son más sosos comparados con la posibilidad de acodarte en la barra y contemplar la vida cenitalmente. Son esos bares con deuda de oxígeno de Nueva York y Los Ángeles (y pido perdón por la pedantería), pero también de la más cercana Córdoba, donde me maravillé de las espectaculares vistas sobre el Guadalquivir en un local cuya planta baja se ofrece expedita, al mando de un cancerbero cuya única misión es embutir a la parroquia en el ascensor y remitirlos a abrevar a los pisos superiores.

Pensando en aquellas añoradas expediciones para liquidar un trago de altura me distraigo mientras anoto las bondades de la Casa de Granada, al margen de su atractiva ubicación. Caña estupendamente tirada, como es propio por estos lares, y raciones de tapas andaluzas tarifadas comedidamente: los fans de la tortilla de camarones tienen aquí uno de tantos paraísos para saciar su devoción. Servicio profesional, también muy al estilo madrileño, y lo antedicho: vistas al corazón de la ciudad y su periferia. Pero oscurece del todo y corre algo de biruji madrileño, de modo que toca trayecto de vuelta. Tráfico denso de clientes que vienen y van engullidos en el misterioso ascensor triplaza, saludos al portero barbilampiño y nuevas cavilaciones, preguntas sin respuesta: por qué en Logroño no hay bares de altura.

Con perdón.

 

Torre Ónix, en Logroño

 

P.D. Puesto que me intriga desde hace tiempo la ausencia en Logroño de bares en terrazas, azoteas y similares, cada vez que cruzo ante el edificio que antecede estas líneas me respondo a mí mismo: ése es el sitio. La llamada Torre Ónix, un breve rascacielos que alojó en su planta baja un bar ya abandonado, que tal vez hubiera tenido más éxito de haberse ubicado en el último piso. Es pura elucubración, lo confieso. Se admiten otras ideas, igual de extravagantes. Siempre que estén a la misma altura, por favor.

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¿Qué es una tapa?
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Jorge Alacid | 03-03-2017 | 08:28| 0
Proclamación de la ganadora como mejor tapa, del bar Letras de Laurel. Foto de Juan Marín

 

De buena mañana, nos convocan en Riojafórum a una feligresía de paisanos llegados de aquí y de allá. Saludas a los conocidos, te presentas a los desconocidos e ingresas en una sala donde el verbo tronante, tan juicioso, de Mikel Zeberio lanzará a continuación una de esas preguntas que todos nos hemos hecho alguna vez: quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. ¿Estamos solos en la galaxia o acompañados? Pero, sobre todo, sobre todo, sobre todo: qué es una tapa. Qué cosa es un pincho. Qué una banderilla. Los congregados nos removemos incómodos en nuestros asientos, miramos al techo, garabateamos en los cuadernos… Cualquier coartada vale con tal de no reconocer lo obvio: que no tenemos ni idea. Al menos, quien esto suscribe. Pero va a intentar responder a Zeberio, la voz de la conciencia.

Porque ojo: claro que sabemos distinguir de qué hablamos cuando hablamos de tapas, pero resulta que ese universo es de uso personal. Para empezar: ¿tapa es sinónimo de pincho? Y seguimos para bingo: un pincho de tortilla, ¿es una tapa? Porque hay quien advierte, como recuerda el propio Zeberio, que los más talibanes de entre la clientela conspicua que abarrota los bares de confianza piensa (con cierta razón) que una tapa debe permitir su ingesta de golpe. Si se necesita cubertería, ya no es tapa. Lo cual eliminaría de este ámbito al pincho de tortilla, desde luego, pero también al pimiento relleno y otros venerables hermanos del recetario regional.

En fin, que de tanto estrujar el magín, a uno le empiezan a doler las entrañas. Zeberio, en compañía de las buenas gentes que organizan el concurso de tapas de La Rioja, nos va proporcionando pistas, indicios, una leve guía. Las piezas oportunas para que nosotros, honorables miembros del jurado que dictaminará cuáles de los más de 50 platos inscritos pasan a la gran final, construyamos el rompecabezas. Con el resultado conocido: el mejor pincho riojano se elabora en el bar Letras de Laurel, de la calle homónima. Y es una orejita.

Pero lo que sirve como detonante para estas líneas no es tanto felicitar a los participantes y, por supuesto, honrar al ganador, coronado por la opinión del llamado jurado técnico, a cuyos integrantes también habrá que dar la enhorabuena. Lo pertinente es hacernos la pregunta con que se iniciaron nuestras cavilaciones. Cómo distinguir una tapa de una cazuela y un pincho de una banderilla. ¿La gilda es una tapa? Yo creo que sí, pero es sólo mi opinión. También me lo parecen los mentados pimientos rellenos, así como la tortilla de patata en formato pincho. A mi humilde juicio, en este concurso que pretende elegir el mejor bocado nacido de los bares riojanos debe abandonarse cualquier pelea terminológica y centrarse en lo auténticamente relevante: reconocer al más suculento de los platos candidatos.

Porque la discusión entre pinchos o tapas es bizantina: yo creo que, en realidad, todos sabemos muy bien de qué estamos hablando. La clave, la genuina clave, es el tiempo: que ese manjar que nos ofrecen para acompañar el vino se consuma con rapidez. Es decir, que si tardamos más de la cuenta en finiquitarlo, si necesitamos de servicios auxiliares (tipo cucharilla de moka o cuchillo de pescado) demasiado rebuscados… Si exige un plato de dimensiones tipo ensaladera y una ornamentación versallesca de puro barroca… Entonces, improbable lector, eso que nos ofrecen será un condumio rico y hasta riquísimo. Habrá que arrodillarse ante sus autores y reclamar para ellos las bendiciones del cielo. Pero no: no será una tapa.

Las diez finalistas reunían, a mi parecer, esos requisitos. Bocados de rápida degustación, los que todos buscamos cuando peregrinamos para las rondas habituales. Si necesitas auxiliarte de tenedor, será en formato mínimo, como ese platillo de café donde cabe una ración breve pero sabrosa de lo que sea. Desde luego, bajo esta tipología se despachan las creaciones de los concursantes que tuve el privilegio de catar en mis excursiones por Logroño y alrededores. Que me permitieron alcanzar una conclusión que cualquiera puede compartir: también aquí lo que triunfa es el ingenio. La imaginación y la creatividad, por supuesto, pero contenidas. Puestas al servicio del producto sin artificios. Pensar en el recetario clásico y adaptarlo tanto al futuro como al presente. Entre los miembros del tribunal que tuvieron la paciencia de acogerme triunfó esta idea de premiar no tanto lo original por rebuscado sino por genuino: porque encerraba el sabor de siempre, aunque reinventando con éxito en los casos mejor puntuados.

Que en el caso de los bares que me tocó en suerte visitar no citaré. Es de mala educación: prefiero destacar la sensación dominante, la buena salud que presentan los bares riojanos. Hemos visto honradez extrema en el ejercicio del noble oficio de tabernero, hombres y mujeres que desafían los inconvenientes de su profesión retorciéndose el caletre hasta dar con la idea fetén que no se le ocurrió al colega. Que saben presentar sus creaciones con mimo y dulzura, defenderlas ante el tribunal con sensatez y un poco de chispa. Cuidar su presentación y, sobre todo, rendir tributo al dios del sabor. Durante nuestro itinerario catamos bocados que eran auténticas bendiciones de la ciencia gastronómica pero, en realidad, lo mejor fue saborear el estupendo estado de revista que presentan nuestros bares.

Y, de paso, logramos regresar a casa para contestarle a Zeberio que ya sabemos qué es una tapa. Una tapa es eso que te comes en tu bar favorito en menos tiempo del que tardas en leerte estas líneas.

 

Sebas, con su hijo, tras recibir el homenaje en Riojafórum. Foto de Juan Marín

 

P.D. No había ingresado nunca en un tribunal de esta índole, así que debo confesar que me inicié en la experiencia con algo de temor. Un temor pronto disipado: la estupenda organización, la medida orientación que nos proporcionaron a los neófitos, el clima de saludable discusión que manteníamos en cada bar entre nosotros, las reflexivas respuestas que nos ofrecían los participantes cuando les preguntábamos por las entretelas de sus creaciones… Todos esos ingredientes sirvieron para coronar a los mejores del 2017. Que, en realidad, todavía no lo son: yo creo que ganarán de verdad ese título cuando todos ustedes los visiten, les despachen sus golosinas y ofrezcan sus comentarios a los artistas que nos esperan donde siempre. En los bares. Como, por ejemplo, en el Sebas: a cuyo emperador tuve el honor de redactar estas líneas de homenaje que aquí reproduzco.

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Nuestro hombre en la barra: El bar soy yo (y mis clientes)
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Jorge Alacid | 27-02-2017 | 08:16| 1
Miguel, en la barra de su bar. Foto de Justo Rodríguez

 

Una mañana de 1991, Miguel se desayunaba como debe todo riojano: leyendo este periódico. Desconocía entonces que se aproximaba la hora de la magia: en sus páginas, su mujer tropezó con un anuncio donde leyó ‘Se traspasa’. Le dio un codazo a su marido, quien telefoneó al número donde daban razón del traspaso. Oh, casualidad: respondió Antonio, un navarro al que Miguel conocía de su etapa como camarero en el mítico Junco de avenida de Portugal. «Yo llevaba tiempo queriendo ponerme por mi cuenta y cuando vimos el anuncio, mi mujer me dijo: ‘Ahí lo tienes’». Arreglado en efecto el contrato con el anterior defensor de esta breve barra, veterano icono de la calle Laurel, se obró el milagro: el bar Sierra La Hez pasó a sus manos. Y ahí sigue.

A nuestro hombre (Miguel Ángel Ruiz Rivas, para el mundo) le había inoculado el veneno de la hostelería la diosa del azar. Recuerda que solía andar con otros chiquillos callejeando por su barrio, la Zona Oeste, y el dueño de cierto añorado jamonero de la calle Industria le permitió un día pasar al otro lado de la barra. Tenía catorce añitos.

– ¿Te atreves?
– ¿Cómo que si me atrevo? Ahora verás.

Han pasado cuarenta años. Hoy, Miguel se confiesa en deuda con una actividad a la que ha consagrado toda su vida, «aunque la verdad es que tampoco he cambiado mucho de bares». En efecto, el logroñés castizo le recordará defendiendo el simpático ambigú del cine Avenida, donde luego se desempeñó durante un tiempo su mujer: para entonces, Miguel ya había sido alistado en la mencionada academia del Junco, a cargo de los catedráticos Jesús y Chuchi, a cuyas órdenes militó durante ocho años. Bajo su padrinazgo peregrinó luego durante unos pocos meses hasta otro negocio que abrió la misma pareja, el Bulevar, de donde le rescató ese anuncio de Diario LA RIOJA. Apalabró el traspaso y se hizo fuerte entre estos veinte escasos metros cuadrados donde, en efecto, hace magia: La Hez se ha convertido en indispensable para cualquier itinerario por la calle central de Logroño en sus bares. Como ya lo era desde que vio la luz en 1987. Una criatura alumbrada por aquella pareja formada por el llorado Félix, ese riojano de El Redal a quien apodaban El Coronel, y su socio José Luis.

Convertirse en un clásico no es tarea sencilla en ningún negociado.Desde luego, tampoco en el hostelero. Se precisa estilo, clase. Entender cabalmente esa máxima que Miguel enuncia con sencillez suprema, una frase imposible de desmentir: «El bar soy yo. Y, claro, mis clientes». Dictamen que luego desarrolla juicioso:«He cogido verdadero cariño a muchos de mis clientes, pero lo más importante para mí es que es un cariño mutuo: en muchos casos me siento muy querido». Y sentencia ante el periodista:«Te puedo asegurar que esto no lo cambio por nada en el mundo». No hace falta que lo jure: hasta el bar se ha acercado este mediodía un parroquiano que le allega el reconfortante (y tardío) cafelito matinal, con quien entabla la tertulia propia de los camaradas. Y a la cháchara se suma pronto otro incondicional, quien hoy descarta tomarse un vino: prefiere atacar directamente sus banderillas. Gloria bendita para cualquier paladar autóctono.

Ah, los vinagres. Los vinagres que configuran la sucinta pero suculenta oferta gastronómica de La Hez, para dicha de los fanáticos del encurtido. Pinchos que encierran sus secretos, por supuesto: resulta que este vinagre que derrama Miguel con generosidad sobre sus gildas, pepinillos y demás familia nace directamente de su casa, donde lo custodia con mimo y sentido de la profesionalidad. Con tanta destreza que hay clientes que se lo llevan embotellados hasta sus destinos de residencia, allá penas si son peninsulares o moran en las Baleares o las Canarias. Porque este vinagre de Rioja, un producto natural que nada sabe de conservantes o edulcorantes, poco apto para estómagos finolis, alegra el más triste condumio: de paso, engullir una de estas banderillas equivale a la concesión del carné de logroñés.

Aunque no es el único misterio que ocultan estas paredes. Miguel alardea, con justa razón, de que en esta «caja de cerillas» se condensa la mejor oferta de vinos de Rioja de la calle en proporción a su menguado espacio. Media docena de marcas de buenos cosecheros y esas otras señoriales referencias protagonizadas por los blancos de Rioja que deberían figurar en todas las casas del lugar: Viña Soledad, por ejemplo, ese néctar tan raro de hallar demasiadas veces. Banderillas divinas, vinos fetén y el tercer vértice que completa la jugada: la música. Pero ojo: no cualquier música. Lo atestiguan esas hileras de casetes ya en desuso donde se alinea la gozosa oferta propia de todo universo pop. Que en La Hez también ejerce como aduana: suenan Los Pekenikes y la clientela ingresa en la máquina del tiempo. «Me gustan las viejas glorias, pero también la música clásica», advierte Miguel, mientras apunta hacia el moderno aparato que reemplazó hace nada al anterior magnetofón mastodóntico. El signo de los tiempos: lo pequeño es hermoso, pero lo grande también lo era.

Se trata de un cambio sólo cosmético: porque aquí sigue sonando la misma banda sonora, el supersonido de los 70. ¿Alguna otra añoranza? «Las cuadrillas tradicionales han desaparecido», reflexiona como lo hace el común de los taberneros logroñeses. «Pero las pocas que quedan, siguen viniendo», prosigue, «y algunas vienen ahora con los nietos. «También he cambiado yo. He pasado de camarero a tasquero», acaba con una risotada.

La charla va concluyendo. Se acoda en la barra un trío de logroñesas frisando la cincuentena, a quienes Miguel saluda según el manual del buen riojano («¿Qué queréis, chicas?»), les sirve la bebida, les propone algún bocado y se interesa por la salud de una de ellas, convertido de repente en médico de cabecera. Porque eso espera todo cliente de sus camareros favoritos: una atención servicial, cortés. Cordial sin ser empalagosa. Y algo de filosofía, escuela mundana. «Esto es un escaparate a la vida», señala hacia la calle. «He visto a Logroño cambiar de pueblo grande a ciudad pequeña», cavila en voz alta. «Por mí, encantado. Y que dure, siempre que nos sigamos todos conociendo por el nombre».

P.D. La Hez es un clásico. Nuestro hombre en su barra, también. Se nota en la nómina de bares que cita Miguel cuando le preguntan por sus favoritos a la hora de ejercer como cliente. Elimina elegante del listado cualquier referencia a la calle Laurel, para que no se moleste nada, y se centra en los alrededores: Junco, Gaudí, Galdós, Géminis, Samper, Álvaro y Alfonso. Anote por cierto el improbable lector que algunos de ellos ya han aparecido en esta sección.

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¿Quién tiene los mejores morros de Logroño?
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Jorge Alacid | 17-02-2017 | 10:18| 7
Un simpático cerdito

 

Sostiene la literatura científica respecto a Logroño y sus bares que la santa trinidad que todo mesonero debería despachar a su clientela, la triple corona de nuestras barras predilectas, está formada por los siguientes ingredientes: caldo, morro y vino de la casa. No puedo estar más de acuerdo, filosofaba para mi caletre mientras me flagelaba consumiendo precisamente el morro que sirven en el Alfonso de la calle Villegas, una reciente epifanía cuyo autor rápidamente me corregirá: no es morro, es careta. Hecha la precisión, me abandono a la degustación de tan exquisito manjar propio de catadores recios de la antigua escuela de parroquianos castizos y me pregunto la bobada que sigue a continuación: quién tiene los mejores morros de Logroño. Con perdón.

Una pregunta pertinente. No hace tanto tiempo, un camarero benemérito me reprochaba que no hubiera catado los que sirven en el venerable Claret de la mencionada calle: aunque me pilla al lado de casa, tenía que aceptar que no. Que no los había probado jamás, laguna que me apresuré a corregir poco después. Con efecto automático: allí mismo me afilié al sindicato de clientes que le reserva profunda devoción, aunque todavía me declaré incapaz de decidir si le daría mi voto como el mejor de Logroño en esa estirpe.

De modo que acabé conduciendo mis pasos a la siguiente conclusión: dejar que los morros vengan a mí. O, mejor dicho, que espero las respuestas del improbable lector que tropiece con estas líneas. A esa doble candidatura, el Alfonso y el Claret, debo añadir para que formen un bonito trío otros morros recién catados, que me dejaron tan satisfecho como el resto de su impresionante barra: el Monterrey de Vara de Rey, donde recomiendo también sus estupendos torreznos y prometo visitar cuanto antes sus prometedoras migas, que pintan fetén. Tres morros, tres: Alfonso, Claret y Monterrey. A los que cualquiera puede añadir los que más le gusten. Clásicos o renovados, da igual: vale con que rindan tributo a este señorial plato, antaño tan común en cada barra, hoy en retirada como el resto del recetario tradicional construido alrededor de la querida casquería.

Una pena. Porque la clientela contemporánea se lo está perdiendo. El jovencito que hoy peregrine sin demasiada información por las barras conspicuas desconocerá, si no ha sido iniciado en semejante periplo por el consejo de ancianos del lugar, que hubo un tiempo en que un bar despachaba morros como el churrero churros. Porque constituían un elemento indispensable para ingresar en la culinaria autóctona y porque se tarifaban a precios comedidos, como era norma entre el llamado material de despojo. Y porque además los más novatos parroquianos de los bares logroñeses nunca sabrán qué divertido era aquello de penetrar en tu bar favorito, pedirte un caldo, tomarte luego un vino y esperar a que el camarero te preguntara lo siguiente:

-¿Quieres algo de picar?

Y la respuesta subsiguiente:

– Sí. Por favor, acércame los morros.

Así que lo dicho: hala, a votar. Quién tiene los mejores morros de Logroño. Con perdón, de nuevo.

 

 

P.D. Una versión renovada de los morros de toda la vida se despacha en La Tavina: su célebre tapa de careta reinventada, que tantos elogios mereció del gran Ferrán Adrià. Quien escribe estas líneas milita entre sus devotos: ahí tiene usted, improbable lector, un acabado ejemplo de cómo la modernidad gastronómica puede celebrar unos felices esponsales con el recetario clásico y cautivar a la parroquia. Pero aquí, habrá que insistir, hablamos de otra cosa: hablamos de morros. Del plato de morros de toda la vida que por cierto en algún bar de confianza sirven también en salsa: por ejemplo, Moderna Tradición, que lo incluye bajo esta apariencia en su carta. Una delicia, por cierto.

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