La Rioja
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Malas noticias: hay ciudades con más bares
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Jorge Alacid | 16-06-2017 | 07:47| 3
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Hay mañanas en que uno se levanta con el cuerpo levantisco. Un 2 de mayo particular. Y como aquel de 1808, mientras repasas las noticias que llueven sobre la pantalla, te dan ganas de emular al célebre alcalde de Móstoles, don Andrés Torrejón, y promulgar la versión propia e indígena de su no menos célebre bando: “La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid a salvarle”. Qué más da que el mentado bando sea aprócrifo y genere serias dudas sobre su autoría. En mi actualización, quedaría más o menos así: “Logroño está en peligro. Sus bares perecen víctimas de la perfidia castellano-leonesa. Riojanos, acudid a salvarle”. Un llamamiento que me brota natural del alma cuando tropiezo con esa información según la cual nuestra amada ciudad se sitúa en un discreto sexto lugar en una clasificación que debería encabezar: el número de bares por habitante. Un reciente sondeo nos ilustra sobre nuestro mejorable desempeño en cuestión tan trascedental: nos superan cinco capitales de provincia, castellano-leonesas la mayoría como se observará en el gráfico adjunto. Enhorabuena a León, ciudad que ha merecido en este blog encedidos elogios por la calidad y encanto de los bares que aloja: lidera la tabla gracias a que dispone de un local por cada 5,03 habitantes. Nada que no pueda superarse.

Pero, de momento, Logroño mira desde muy lejos a la capital del Bernesga: se tiene que conformar con un bar por cada 3,53 vecinos. Un sexto puesto que puede (y debe) mejorarse. Todavía (¡todavía!) pueden abrirse más y más bares, quehacer en que están empeñados unos cuantos empresarios locales de cuyos afanes daremos cuenta un día de éstos. Si prosperan sus iniciativas, al menos podríamos alcanzar una plaza de podio, que ocupan ahora mismo otras dos ciudades de esa misma región vecina: Salamanca (con una ratio de 4,22) y Zamora (que acredita una marca de 4,14). Claro que para sobrepasar a ambas competidoras antes debería rebasar Logroño a otras dos ciudades: Ourense (que dispone de un registro de 4,05 vecinos por cada bar) y Palencia, que luce un promedio de 3,60 y dispara por lo tanto la pregunta que el improbable lector se estará haciendo. ¿Qué pasa por Castilla y León, que tiene a cuatro ciudades entre las cinco primeras? Ya le respondo yo: ni idea.

Y de paso le lanzo un aviso: ojo a los que vienen por detrás. Logroño no debería descuidarse porque aventaja en muy poca distancia a San Sebastián, La Coruña, Granada, Bilbao, Segovia, Valencia, Oviedo, Lugo y Soria: todas ellas con un coeficiente superior al de tres vecinos por cada bar. Lo cual refleja la exuberancia que carateriza al solar patrio y desmiente la singularidad que en otras cuestiones reclaman los españoles alojados en la periferia. Malas noticias para el nacionalismo rampante: no, no somos tan diferentes. Uno viaja por el país sin observar graves divergencias en una cuestión tan decisiva para configurar nuestra identidad: nuestra patria son los bares, así vivamos en Hernani, Agoncillo o Santa Coloma (de Gramanet). Somos miembros de una fraternidad única en el mundo, la constituida por los clientes de los bares predilectos y las barras de ocasión, los locales de guardia abiertos las 24 horas y los establecimientos que visitamos de cuando en cuando. Hay un bar en cada esquina del suelo español: imposible que seamos tan diferentes los unos de los otros. En lo único que nos distinguimos, e incluso esa tendencia está mutando, es respecto a los foráneos. Están locos esos paisanos que no disfrutan como nosotros: se pierden una de las cosas buenas de la vida. La vida en los bares.

Algo que se pierden quienes no viven en un estado tan autoritario como el nuestro, como advertía recientemente el conocido politólogo Pep Guardiola. En realidad, bares los hay por el universo mundo: es decir, un ciudadano de Arkansas, un paisano de Burdeos o un habitante de Nápoles dispone de numerosas alternativas para abrevar en su entorno más próximo. De lo que todos ellos carecen es de esa amplísima panoplia de garitos para regalarse esa actividad tan dichosa: la de ir de bares. Porque no es lo mismo ir que estar. De ahí esa proliferación abismal que caracteriza a las ciudades y pueblos de España, donde se observa una tendencia parecida al margen de los hechos diferenciales, de suyo tan postizos. Los bares hermanan a la España interior con la costera, ignoran las fronteras autonómicas y derraman sus bienes incluso por la tierra interior. Algo se muere en el alma cuando un bar se va: los municipios que los pierden saben de lo que hablo.

P.D. Hablando de pueblos, la información que adjunto en el enlace arriba incluido incorpora un mapa de España por municipios, que arroja como vencedor al pueblo aragones Sallent de Gállego. Ocurre que esta localidad, como las que encabezan esa clasificación, se ubican en zonas de verano, donde la acumulación de bares se desborda y la población habitual, no la flotante, es más bien escasa. De ahí que a menos vecinos, mejor posición en ese listado. Lo cual compruebo que sucede también en La Rioja: Torrecilla, municipio donde la segunda residencia es norma y en verano dispara su censo, registra una ratio de 5,78 vecinos por cada bar. Ezcaray, sin embargo, donde concurren semejantes factores se queda lejos: en 3,38. Menos incluso que Logroño.

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El hielo tenía un precio
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Jorge Alacid | 08-06-2017 | 08:29| 0

 

 

 

Este artículo dejará helado al improbable lector. O le encenderá el ánimo. Porque llega el verano y uno, cliente borrego donde los haya, tiende a solazarse con ese refrigerio tan peculiar llamado café con hielo. Peculiar porque la presencia de este último elemento amenaza con desnaturalizar el elemento central de semejante trago, pero qué importa: el parroquiano español es así. De modo que reclamará al camarero de confianza ese vaso conteniendo un manojo de cubitos, verterá la pócima contra el insomnio de la que es devoto y se refrescará el gaznate como es norma en los meses de calor. Y luego pedirá la cuenta y cruzará los dedos: a ver si este es uno de esos bares que también cobran el hielo.

Fin de la digresión: entramos a matar. Porque esta cuestión tiende a calentar los debates entre ambos lados de la barra. Los bares que facturan incluso el hielo tienen sus razones. Los clientes críticos con tal práctica, las suyas. Alegan los primeros que no se trata tanto de cobrar el hielo en sí, sino el servicio más exigente que es propio de ciertos tragos. Es decir, que no suelen tarifarlo cuando ayuda a congelar las copas o los refrescos, sino que se limitan a elevar el precio cuando acompañan al café mencionado: entonces, a la tacita le escolta el vaso donde nos lo tomamos, de modo que algún sentido tiende el alegato de la defensa.

Pero el tribunal popular llama ahora a declarar a los testigos de la acusación. La clientela convertida en celoso fiscal deduce que ese cobro adopta el aspecto de atraco, porque pocas cosas tan baratas como el humilde cubito de hielo: ingrese usted en el supermercado de la esquina o en la gasolinera más cercana, llévese por unas monedas unos cuantos sacos y observará que su economía doméstica no sufre grandes contratiempos. Y haga otra prueba, la prueba millones de veces repetida: meter agua en las cubiteras de la nevera familiar, sección congelado, y observará otro tanto, una generosa ración de hielo en formato cubito. Sólo comprar el periódico es más barato.

De modo que el jurado se retira a deliberar. En sus cavilaciones continúan frescas (mejor dicho, heladas) las opiniones de unos y otros. Las ha recopilado quien esto escribe a propósito de una polémica desatada en un grupo logroñés de Facebook, donde un particular tuvo la idea de registrar fotografiada la factura que calentó la polémica. Venía de disfrutar de su cortado con hielo y en efecto: el cortado costaba 2,40 y el puñado de cubitos, 0,30. Y claro: se armó un zafarrancho de orden bélico, como es propio de las redes sociales, donde el espíritu ingresa de suyo levantisco.

En los párrafos anteriores he resumido, más o menos, las dos vertientes de la controversia, aunque luego, a medida que iba comentando esta polémica, encontré a mi alrededor una tercera vía: la de quienes alertan de que hay bares que, en efecto, cobran los cubitos cuando sirven un café con hielo, pero evitan endosarlo por separado en la factura. Lo cobran de saque, sin dar más detalles y evitando que figure el detalle en la cuenta. El cliente mal informado paga la cifra que ponga en el papelito y se evita por lo tanto un sofoco añadido a los calores de la canícula: le parecerá exagerado el precio (o no), pero a otra cosa. Sin mayores discusiones.

Así que escuchadas todas las partes, llega el turno de presentar las conclusiones ante el jurado popular: el formado por los clientes de Logroño en sus bares. Ante quienes ofrezco mi propia opinión: la verdad, a mí eso de cobrar un suplemento por el servicio del café con hielo me parece exagerado. Uno se lo prepara a menudo en su domicilio y no tropieza con graves quebrantos adicionales en comparación con el humilde cafelito sin hielo ni nada. Sí: hay que allegar otro vaso, pasar el café de la tacita una vez azucarado, agregarle unos cubitos… Pero lo dicho: no creo que haya para tanto. Me resisto a pensar que tan modesto trajín equivale a 0,30 euros, aunque luego haya que limpiar el vaso y la cucharilla: se les hace hueco en el lavaplatos y a correr. ¿Eso cuesta cincuenta calas del antiguo sistema monetario? Me permito dudarlo.

Pero en fin: en estas cuestiones tiendo a sostener la opinión de que los comerciantes de cualquier gremio (es decir, no sólo el hostelero) nos cobran cuanto estemos dispuestos a pagar. No vale quejarse: uno apoquina la cifra preceptiva y en su mano está volver o no al bar donde se ha sentido perjudicado. Que es la mejor manera de mostrar su malestar: silencio administrativo. No hace falta calentarse ni dejar que se congele su mosqueo. Reservemos los calores y la frialdad para menesteres más trascendentes: por ejemplo, quién sirve las mejores patatas bravas de Logroño.

Porque seguimos con las votaciones.

P.D. El café con hielo ingresó en nuestra vida como parroquianos conspicuos allá en los lejanos años 70, como una versión contenida (también en su precio) de otra novedad que aterrizó en Logroño por esa época: el irlandés. O el escocés: se conoce que cualquier cosa con hielo y café que reclame una dosis de destilado tendía a confundir de tierra natal a quienes lo servían. Ese chorro de güisqui elevaba la factura exponencialmente, pero era una tarifa que se podía pagar (y de hecho se pagaba) porque a cambio uno se regalaba un trago fetén y modernísimo para entonces y fardaba una barbaridad cuando se lo despachaban porque veía al resto de clientes darse codazos estupefactos preguntándose sobre la naturaleza de semejante pócina. Según la amiga Wikipedia, el café irlandés consiste en mezclar por supuesto café y desde luego güisqui, pero también una densa crema de dos centímetros de espesor. Vale también la nata. Y no: no es lo mismo que el escocés, que recurre como elemento adicional al helado de vainila. En nuestros días, superado aquel impacto inicial de su aparición que nos dejó noqueados, su presencia en las barras de confianza tiende a declinar, aunque tengo observado que el Bretón preserva ambas especialidades en su carta de cafés, en compañía de otras variedades igualmente sabrosas. El café polar, por ejemplo. Que también te puede dejar helado.

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¿Qué bar sirve las mejores bravas de Logroño?
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Jorge Alacid | 02-06-2017 | 11:06| 17

 

 

La otra mañana volví al Jubera, reciente todavía su nueva reinvención. Perdón, error: en realidad, donde estuve fue en La Mejillonera. Porque así es como conocí este bar benemérito de la calle Laurel en mi remota mocedad y así le sigo llamando para mis adentros, aunque desde luego no ignoro que semejante ocurrencia no pasa de ser una de tantas marcianadas propias. Para el resto del mundo, el Jubera es por supuesto el Jubera. Bandera y faro del protagonista de estas líneas que aquí arrancan, su plato fetiche: las patatas bravas. Un bocado que ya ha merecido alguna entrada en este blog, puesto que se trata del tipo de cazuela que deberían honrar los bares indígenas: una golosina suculenta, tarifada a precios comedidos, ingeniosa y además nutritiviva.

Lo tienen todo las bravas, aunque por razones que se me escapan se trata de una vianda en peligro de extinción. No, no son tantos los bares patrios que la consagran en su carta, de modo que cuando uno hace memoria no aparecen a bote pronto las bravas en demasiadas barras. Una pena. O una alegría para aquellos locales que sí las tienen entronizadas como merecen, porque las convierten en parte de su identidad. Una estrategia de marketing que siguen en el Jubera, por volver sobre mis pasos, igual que hacen las gentes del Soriano con el champi. ¿Sabe alguien si en estos dos casos se sirve algún bocado más al margen de los mencionados? Yo sospecho que no. Ni falta que les hace: las bravas son al Jubera como una cuenta en Panamá al fiscal anticorrupción. Inseparables.

Así que llega la hora que el improbable lector estaba esperando, aunque tal vez no lo supiese. La hora de decantarse. Por tercera vez consecutiva, según una pauta recién instaurada de una encuesta al mes, toca votar. ¿Qué patatas bravas son las mejores de Logroño? En ocasiones precedentes, con motivo de consultas análogas sobre los morros y las hamburguesas, desde aquí ofrecimos un listado de sugerencias. Alternativas a las que podían sumarse cuantas se quisieran. Pero esta vez el sondeo se plantea a la brava, por aquello de ser consecuentes: que ponga cada cual las que más le gusten, haremos recuento cuando pasen unos días y llevaremos al galardonado el título que le adjudiquen quienes se animen a votar. ¿A qué bar? Ya se ha dicho: a cualquiera. Uno no tiene por el Jubera más preferencia que la citada: que regresa a su adolescencia cuando ataca esa barra, dispuesto el platillo con el suculento bocado, justo de picante y la patata en su punto (un punto crujiente por fuera, mullidita por dentro), y se vuelve a ver a sí mismo en La Mejillonera. Perdón, en el Jubera. Pero quien prefiera cualquier otra, ya sabe: en los comentarios a esta noticia puede dejar detalle de su bar predilecto

Porque hay más. En los bares castizos del centro y en los locales de la periferia, en las barras de barrio y hasta en los gastrobares cuentan que han sido (re)descubiertas. Las bravas nuestras de cada día continúan acompañando el deambular de las nuevas generaciones por sus garitos de confianza, puesto que devuelven corregida y aumentada la promesa que encierran cuando las pedimos: lo dicho, un bocado sabroso a precio razonable. Un clásico del recetario riojano que siempre vuelve porque en realidad nunca se ha ido. Sencillo de preparar, pero difícil de cocinarlo en casa: una de tantas cosas que nos gustan de nuestras incursiones lejos del hogar.

Sencillo no quiere decir simple. Mucho ojo. Ahí, en esa sutil utilización de materias primas que cualquiera encuentra en su despensa, reside el encanto de tantos y tantos platos. De modo que quien esto firma descarta ingresar en la cofradía de quienes sostienen que las bravas no pasan de ser una ración de patatas hervidas espolvoreadas con salsa de tomate y mahonesa, controversia reciente animada desde Gran Bretaña, ya saben: cuna de la gastronomía mundial con su pastel de riñones y otras deliciosas creaciones. Opinión de la que aquí mismo me desmarco: envidia. Nos tienen envidia. De las bravas, la paella y el tiquitaca. Y proclamo. Las bravas son un gran invento. Y tan español como Gribraltar. 

P. D. En anteriores entradas, mencionaba mi predilección por una versión renovada de las patatas bravas que saboreé unas cuantas veces en el Tondeluna. Se conoce que acabé siendo tan devoto de semejante bocado, preparado al estilo de Sergi Arola (y como tal se mencionaba en la carta), que incluso cuando lo habían retirado de la carta lo seguía incluyendo entre mis favoritos. Observo que sigue sin volver a servirse en el Tondeluna, lo cual encierra cierta lógica: el recetario de cualquier local debe adaptarse a la lógica de los tiempos, evolucionar, incluir nuevas entradas. Pero yo sigo siendo fiel al sabor delicioso de aquel manjar, una revisión muy inspirada de las bravas que servía para demostrar lo de siempre: que la cocina popular es un tesoro donde siempre se puede seguir indagando. Y que pocos bocados tan populares como las mencionadas bravas, a cuyas virtudes añade un atributo singular: ejerce como mullida alfombra para trasegar vino tras vino. 

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Nuestro hombre en la barra: Demetrio, patrón del decano
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Jorge Alacid | 27-05-2017 | 09:51| 0
Demetrio, patrón del Gurugú. Foto de Justo Rodríguez

 

Anote el improbable lector: mezcle una botella de clarete con una dosis (generosa) de sidra. Añada un abundante chorro de pilé 43 y remate la pócima con el toque genial: un golpe de zarzaparrilla. A continuación arroje el bebedizo resultante por un embudo bien pertrechado de hielo picado a una jarra, para tomarlo como manda el canon logroñés: bien frío. Casi helado. Enhorabuena: se está iniciando usted en la ingesta del célebre cóctel llamado americano, santo y seña del venerable Gurugú. Autor de la receta, Demetrio Velasco, quien sigue defendiendo la barra benemérita cuarenta años después de su estreno, depositario de esa fórmula mágica cuyos ingredientes exactos elude proporcionar y cuya patente custodia.

Sobra decir que el hielo lo pone Fontecha.

Será el primer apellido memorable del Logroño de toda la vida que irá surgiendo durante la charla, este bochornoso mediodía primaveral que regala Logroño. De la cocina del decano de los bares de la capital y resto de La Rioja, van apareciendo las golosinas conocidas. Cazuelas de callos y raciones de oreja, néctares que Demetrio despacha con profesionalidad académica: sin perder ripio de la tertulia, va impartiendo su magisterio mientras sirve este platillo, allega aquella copa de Rioja y exprime mientras tanto la memoria según le requiere el periodista.

Cuenta, Demetrio. Cuenta.

 

 

«Desde que cerraron el Suizo de Santo Domingo y luego el de Haro, ya somos los más veteranos», se enorgullece. «Sí, es un privilegio», acepta. Y pone la moviola a funcionar para recitar de carrerilla los hitos fundacionales del bar donde se destetó en el oficio, antes incluso de afeitarse: recién cumplidos los 14 añitos, bajó de Ventosa a ayudar en el negocio que entonces defendía su tío, llamado también Demetrio, quien había tomado bajo su dirección el bar donde antes ejerció de camarero, a las órdenes de Isaac Fernández. Un riojano de Hormilla que había rendido armas con el Ejército en el desastre de Annual y se trajo de aquella guerra el recuerdo del mítico monte melillense: ese Gurugú que le sirvió en 1909 para bautizar su negocio. Calle Los Yerros, esquina avenida de Navarra.
A Isaac le acompañaba al frente del negocio un catalán apellidado Bisbal, quien tomó el camino de vuelta a casa recién superada la Guerra Civil. El cambio en la dirección del local se completó mediados los años 40, cuando desembarcó la familia de nuestro Demetrio, que echa la mirada atrás con algún arrebato de nostalgia. «Es que Logroño era entonces otro, más pequeño. Cabía en un pañuelo», resalta, como justificando esa memoria prodigiosa que se recrea en los alrededores de su bar. Porque esos son sus dominios: Demetrio vive enfrente, «en la casa de Hogar Ciclos», explica. Y aclara para los iniciados: «Donde el difunto Bienve».

 

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Sí, van apareciendo nombres y más nombres. Por ejemplo, el de Ortega, empresario del cine cercano, especializado en «cine, baile y bodas», según el eslogan que nuestro hombre no olvida. O el de la familia Vivanco, cuyo negocio inicial se alojó puerta con puerta al Gurugú. Y entonces Demetrio se ríe, porque se recuerda a sí mismo aprendiendo a andar en bici por esta misma calle del Logroño castizo, auxiliado por Pedro Vivanco.

Aquel Gurugú de suelo de brea y barra de piedra, donde colgaban los paños de cocina que hacían las veces de servilleta. Aquel Gurugú que no olvidan los logroñeses más veteranos, con su insólito botellero colgando insospechadamente del techo: allí habían depositado sus dueños un ingenioso entramado de cepas, donde las botellas se ensartaban a disposición de los camareros. Ojo, no cualquier botella: porque Demetrio aprovecha para reivindicar los tragos de entonces, no aptos para finolis, como la mencionada zarzaparrilla y las añoradas botellas de tres cuartos de coñá. De coñá Soberano.

 

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Así que, en efecto, debe aceptarse que este Gurugú no es el mismo. Tampoco lo es su clientela, antaño devota del café, copa y puro, incondicional del porrón y por supuesto fanática del trago apodado americano. Ese parroquiano que se encendía con la última polémica taurina (y ahora Demetrio proclama su fe en Julio Robles) y veía partir hacia La Manzanera al séquito que protagonizaba cada tarde de feria, igual que observaba partir los autobuses que tuvieron en esa esquina su improvisada estación antes de que naciera la oficial. Clientela fiel a las gollerías que despacha Begoña, hermana de Demetrio y esposa de Santiago, su socio, con quien lleva en el Gurugú desde 1986, cuando se jubiló su tío. Ojo. Se ha pronunciado el verbo fatídico (jubilarse) y Demetrio se dispara. Revela que le queda poco más de un año para cortarse la coleta. ¿Qué vendrá luego? ¿Le sobrevivirá su bar, lo tomará bajo su tutela su descendencia? Se encoge de hombros. Tose. Pide el estoque: «A mí ya me gustaría». Y añade, los ojos pelín enrojecidos: «Cuando me retire, veré esa puerta cerrada y sentiré que algo me tira».

Porque así quedaría custodiado para la eternidad el inolvidable legado que guardan estas paredes, memoria viva de Logroño. De aquel Logroño del tiempo en que los tratantes ajustaban en sus mesas de formica, entre bocado y bocado, algún negocio de ganado o de cereal. Del Logroño de las interminables partidas de naipes o las familias que atacaban la cocina del Gurugú, cuya compañía tanto agradece el patrón del decano de los bares riojanos. «Cuando viene la gente de siempre, yo gozo, la verdad», confiesa Demetrio. «Y bares como éste», prosigue, «ya no quedan muchos. Antes estaban el Royalty, el Somera y la bodeguita El Abuelo, pero ahora…». Puntos suspensivos que su memoria va rellenando, rápida de reflejos: «Entonces, los mejores bares estaban en la Mayor, no en la Laurel ni en la San Juan, porque esto de ahora, que parece de toda la vida, es sin embargo reciente». Reciente. Más o menos.
Va concluyendo la conferencia magistral. El catedrático Demetrio cita al legendario guarda de la Glorieta, don Nicanor, riojano de Sotés. Y menciona de pasada a Pepe Blanco, cuya familia residía en la vecina calle Hospital Viejo y fue cliente habitual de su Gurugú, el bar que sigue abriendo a las siete de la mañana y sólo cierra los domingos. Y ese mismo Pepe Blanco le sirve A Demetrio para cerrar el grifo de los recuerdos:«Aquí cantaba Pepe lo de ‘Tararí que te vi’».

Tararí que te vi, Demetrio.

P.D. No sólo del Gurugú vive Demetrio y familia. También a veces, qué cosas, les da por salir a tomar la fresca y visitar otros bares. Entonces, deja que sus pasos le guíen hasta el Notre Dame de Duquesa de la Victoria: cruza la Glorieta y se pone en manos de Candi y compañía. También le gusta el Virginia de avenida de la Paz y el Delicias, destino de sus vermús dominicales.

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Y la mejor hamburguesa es…
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Jorge Alacid | 22-05-2017 | 09:49| 2
Bugerheim Logroño

 

Ah, la hamburguesa. La hamburguesa, que se hizo carne y habitó entre nosotros. La hamburguesa, bocado merecedor de algunas líneas en este blog porque reúne algunos ingredientes que invitan a compartir las hazañas que le distinguen: a tarifas razonables, se engulle con facilidad y hasta gusta a los niños, ya saben ustedes, los reyes de la casa. La hamburguesa concitó hace unas semanas algunas cavilaciones entre aquellos improbables lectores que se confiesan fans de semejante vianda, impulsados como un resorte cuando desde este blog se les animó a votar. A comer y a votar: que declarasen haciendo clic cuál de las hamburguesas que se proponían como aspirantes al título de la mejor de Logroño gozaban de sus complacencias.

Como sucedió poco antes con otra propuesta análoga, entonces a propósito de los morros, la idea dispuso de amplio seguimiento y aplausos enfervorizados. También hubo algún dardo que cayó sobre la cabeza de quien esto escribe, pero en fin: el periodismo, profesión de riesgo. En aquella entrada se lanzaba una serie de candidaturas para que se animara quien lo desease, teniendo en cuenta siempre un planteamiento preliminar: que los participantes en este juego deberían tomarse la idea como lo que era, un pasatiempo sin pretensiones. Un entretenimiento que sólo aspiraba a divertir y, de paso, ofrecer alguna pista sobre dónde se despachan los mejores ejemplares de ese invento antes conocido como filete ruso.

Bueno, pues ya tenemos ganadores. Los cinco locales que presentamos al improvisado concurso se han clasificado en las siguientes posiciones: Burgerheim, Kaiser, Frabrikburger, Internacional, Bococa y Torres. Es decir, que gana la hamburguesa del Burgerheim, establecimiento donde no tengo el gusto: no, todavía no he catado sus gollerías, aunque cuento de primera mano con informes favorables. Así que enhorabuena. Que sigan haciendo felices a sus clientes por largo tiempo, con esa receta que tanto éxito cosecha.

Al primer grupo de bares recién mencionados se fueron uniendo otros que proponían los seguidores del blog. Los he ido apuntando porque, aunque por una falta de pericia de quien esto escribe en la organización de la encuesta, no aparecen entre los bares más votados debe consignarse que cuentan con una excepcional acogida y con su propio grupo de fans. Se trata de los siguientes locales: Sport Tavern, Muuu, Tequeños Take Away, Entrepuentes, Chester, En las nubes, Kenia, Doctor Zhivago, Route 66, Covent Garden… Espero no haberme olvidado de ninguno; a todos ellos, otra cerrada ovación. Felicidades: no es fácil concitar tan favorable respuesta de la clientela haciendo bandera de un producto con un muy elevado nivel de competencia.

Y a seguir currando. Cuando la otra tarde desembarqué por el local ganador, a esa hora en que todavía no había abierto sus puertas, la plantilla se encontraba en formación, pasando revista a mesas y sillas y demás utensilios, con la parrilla preparada para la faena que se avecinaba. El jefe, de picoteo en un rincón. Cogiendo fuerzas: llegaba el fin de semana y, como cualquier otro establecimiento de Logroño, no ignora que se encuentra ante el momento cumbre de su particular calendario. El caballero agradeció el detalle de haber sido elegido en esta consulta tan informal, comunicó la buena nueva a sus compañeros y se acercó hacia la calle: por Víctor Pradera ya se asomaban los primeros parroquianos. Viernes noche: la hamburguesa será, como defiende Samuel L. Jackson, el desayuno norteamericano por excelencia pero en la capital de La Rioja se prefiere su ingesta a otras horas: para almozar o o de cena. Cuando los bares especializados en semejante bocado se convierten en máquinas de picar carne.

P.D. Morros, hamburguesas y… Y de postre, patatas bravas. Las recias cazuelitas, ese bocado tan castizo, ya calientan la banda. Uno de estos días os animaremos a votar en la encuesta que preparemos. Así que como decía el periodismo clásico, seguiremos informando.

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Calle Laurel, huelga de chiquiteadores
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Jorge Alacid | 15-05-2017 | 07:33| 0
Imagen de la calle Laurel a finales de los años 80. Foto de Enrique del Río

 

La fértil conversación que propicia este blog con algunos conspicuos corresponsales suele degenerar en surrealistas intercambios de pareceres, la mayoría en privado para mantener a los niños fuera de nuestro alcance. Algunas chácharas sí que alcanzan el éter público, pero la que dispara las líneas que vienen a continuación arrancó confidencialmente: si hoy ve la luz es porque con ocasión de una pieza antigua a propósito del Villa Rica, el amigo Néstor Santo Tomás (autor del dibujo que alguien recordará donde se veía a su cuadrilla tomando vinos y creador también de otra imagen con un mapa de los bares de Logroño de los años 80) recordó una tarde en que acudió alarmado a la redacción de esta casa que me alberga. Le acompañaba otro colega de andanzas por Laurel y alrededores, incendiado como él ante el dramático aumento de precio que acababa de experimentar el vino en sus bares de confianza.

Porque el vino, en efecto, tenía un precio. Pero era un precio tan exagerado para los chiguitos de entonces que no se les ocurrió otra cosa, bendita sea tanta inconsciencia, que presentarse en la redacción de Diario LA RIOJA y reclamar la presencia del redactor de guardia, quien por cierto todavía resiste entre estas paredes. Ante este compañero Néstor y compañía expresaron sus amargas quejas, sostenidas por una cifra fundamental: el número 30. Porque a 30 pesetas se acababa de elevar el chato de tinto, desde las 25 hasta entonces imperantes, una subida de cinco calas que generó un alud de protestas… de las que servidor todo lo ignoraba. Y como advertía, tampoco se acordaba aquel colega que recibió la indignación de Santo Tomás y resto de chiquiteadores, a quienes les flaqueaba también la memoria: sabían que fue después de San Mateo, pero no recordaban el año. ¿1986? ¿Tal vez el año siguiente?

Primera visita a la hemeroteca. Éxito nulo. Pasamos a la siguiente pantalla: preguntar, como buen periodista. De nuevo, sin éxito. Manolo responde encogiéndose de hombros desde la barra de El Soldado de Tudelilla: “Aquello me suena, pero no tuvo mucho… Esto. ¿Cómo se dice ahora? Mucho discurso”. Como observamos, el arquitecto de las célebres ensaladas se ha levantado sarcástico, pero empiezan a aflorar los recuerdos hacia fechas más lejanas y esto me cuenta a continuación: “Cuando verdaderamente se castigó al cliente fue cuando se subió de 50 céntimos a una peseta pero cuídate: eso fue a finales de los 50 o primeros años 60”. Y añade mientras riega de vinagre sus legendarios tomates: “Fue una verdadera revolución: la gente se ponía en la puerta del bar con una bota de vino: si veía que no habían subido el precio, entraba. Y si no, trago de vino de la bota”.

Todo muy homérico. Gracias, Manolo. Pero tu testimonio no ayuda mucho (la verdad) en nuestras pesquisas, que carecen también del auxilio del casi siempre eficaz Eduardo Gómez. Le suena, le suena la protesta popular, pero poco más. Así que acudimos a otra fuente cabal: Míchel, alma del Calderas, confirma que hacia 1980 “estaba el chiquito a 10 pesetas y una cántara nos costaba a los bares 850 pesetas; un año después”, prosigue su relato, “subió la cántara a 3.500 y en 1982, a 4.500”. “Una exageración”, opina. “Creo que entonces ya se puso el vino a 25 pesetas y que acabó la década así, más o menos”, añade. Con una advertencia adicional: “En aquellos tiempos, no todos los bares teníamos el mismo precio”. Lo cual tampoco ahora sucede a menudo, según la modesta experiencia de quien esto firma.

Pero volvamos al grano: a nuestras nuevas incursiones en la hemeroteca en busca de la noticia sobre aquel remoto plante de chiquiteadores. Gatillazo tras gatillazo, recurro otra vez al amigo Juan Luis Varona, habitual de esta sección en su condición de leal lector. Un memorión, que suele garantizar información exacta y fiable. Pero esta vez sin éxito. Sí, también le suena aquella airada protesta de sus colegas de cuadrilla, que sitúa hacia mediados los años 80 pero… Nada más. Así que va pasando el tiempo, uno no termina de datar aquel acontecimiento y cree llegada la hora de compartir sus cuitas con el improbable lector. No tanto por saber si algún alma caritativa arroja algo de luz, sino por iluminar humildemente aquel pasado no tan lejano en que las cuadrillas todavía perpetraban sus romerías por Laurel y alrededores a razón de una ronda diaria, el vinazo se servía en vasos de duralex y el chiquiteador salía de casa dotado de un perfil beligerante que, ay, ahora algunos añoramos: aquel parroquiano logroñés no permitía que le tomaran el pelo en sus barras de confianza y lo denunciaba donde debía. En las páginas de Diario LA RIOJA.

Lo cual certifica que, en efecto, cualquier tiempo pasado fue anterior.

P.D. Intrigado por esta viejuna polémica, recurrí también al célebre bloguero Fernando Bóbeda, a quien recomiendo seguir en esta dirección, porque además mantiene la inveterada costumbre de homenajear al vino de Rioja por nuestras rondas más castizas. No, tampoco le suena aquella controversia, pero sí que aprovecha para comprometerse a compartir en este espacio sus reflexiones en torno a la cuestión central: a cuánto se tarifa hoy un vino en Laurel, San Juan y alrededores. Así que, como los folletines antiguos, continuará.

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Los bares sorianos
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Jorge Alacid | 05-05-2017 | 09:23| 0
Bar Soriano, soriano entre sorianos. Foto de Juan Marín

 

El periodista penetra (con perdón) en el bar, afila el boli, abre la libreta y pregunta al caballero que defiende la barra.
– A ver, cuéntame tus andanzas. ¿Dónde naciste?
– En Soria.
– Ah, en Soria. Qué curioso.

La escena se repite una y otra vez. Sí, es curioso: se repite hasta en el Soriano. Resulta que los dueños son de Soria, vaya casualidad. Así que sarcasmos al margen, al periodista le da por estrujarse el magín y compartir sus cavilaciones con el improbable lector, puesto que ha descubierto que los bares logroñeses ejercen como una especie de embajada de Soria en la capital de La Rioja. Una legación multisede: se daba por descontado que las buenas gentes del Soriano habían cruzado Piqueras para instalarse entre nosotros con sólo leer su rótulo, pero uno no calculaba que esa misma aventura la habían protagonizado unos cuantos de nuestros camareros favoritos.

Repase usted esta lista: Alfonso, que tutela el benemérito mesón así llamado en la calle Villegas echándole por cierto bastante morro, también es natural de la provincia aledaña. Otro tanto ocurre con el amigo Lorenzo, que dejó las frías tierras de la Meseta que tanto conmovían a Machado para buscarse la vida profesional en Logroño y alcanzar un éxito innegable, de la calle Ollerías a la calle Laurel donde su descendencia perpetúa hoy el oficio. También Abel Carazo, ideólogo del Mesón Chufo, nació en Soria y también salió tarifando en cuanto pudo según confiesa. Y así ocurre con Jesús, que se jubiló no hace tanto del oficio de tabernero en el Tizona y antes ejerció con el mismo sentido de la profesionalidad otras barras igual de añoradas, como el Mesón del Rey.

De modo que no extrañará la escena que encabeza estas líneas: uno ingresa en un bar cualquiera de Logroño, le da palique al dueño, le pregunta cómo cayó por aquí y ya imagina la respuesta: soriano, por supuesto. Y de ahí estas reflexiones en búsqueda de la relación causa/efecto… que está clara, clarita (clarinete) para cualquiera que haya visitado la amada Soria, así la capital como su interior, en repetidas oportunidades como quien esto escribe: el inhóspito clima, además de otras consideraciones de tipo sociológico que dan para alguna tesis, empuja a los habitantes de tan gélido territorio a escapar de allí y peregrinar por el universo patrio para encauzar sus vidas.

Así que hay sorianos por Zaragoza a puñados, como los encontrará usted por supuesto en Madrid y también en Barcelona. Un futuro mejor, un porvenir que suponían repleto de oportunidades, o al menos más halagüeño que el observado a su alrededor, empujaba lejos de casa a los paisanos de Fermín Cacho. Y, ojo, les sigue empujando: se trata de la provincia más despoblada de España, en reñida competencia con Teruel, un desierto demográfico que últimamente produce una elevada literatura al respecto. De modo que tiene sentido que también Logroño, por cercanía o por simpatía o por una coalición entre ambos factores, sirviera como tierra de acogida para los queridos vecinos.

Y guarda asimismo coherencia que quienes emigraban de su tierra a buscarse más o menos la vida ingresaran en el ámbito hostelero, porque se trata de un oficio donde en aquellos tiempos se cumplía la máxima de iniciarse desde abajo, sin hacer demasiadas preguntas al neófito, casi siempre un alevín. Quien luego iría trepando por los escalones de la profesión y superaría las distintas etapas: del relato de los camareros sorianos arriba citados y de otros cuantos compañeros de generación se deduce que todos cumplían itinerarios parecidos. Se empleaba alistado cada cual a las órdenes del jefe del bar donde caían en suerte, procuraban después mejorar en sus condiciones laborales y en todos iba mientras anidando la idea de independizarse en cuanto se dieran las condiciones que lo permitiesen. Ponerse al frente de su propio negocio y materializar sus sueños.

Una última coincidencia termina de hermanar a los protagonistas de estas líneas: en ninguno de los casos mencionados germinó la idea de regresar sobre sus pasos una vez conquistado cierto éxito en la pequeña historia de la hostelería logroñesa. Todos ellos mantienen desde luego el vínculo con su tierra natal y visitan cuando pueden a la parentela que les sobrevive, como les sobrevive la casa familiar y algún terrenito donde cultivan la nostalgia. Pero ninguno de los consultados, ni tampoco otros paisanos que según sus noticias asimismo ejercieron de camareros por estas buenas barras logroñesas, sintió la tentación de volver a casa. De donde se deduce que les fue bien por Logroño. O al menos no les fue mal. También se deduce que aquí forjaron su propio camino, se ennoviaron, formaron su familia y el resto de detalles que le terminan de anclar a uno al suelo. Y tercera deducción: que los logroñeses les trataron bien. Que no se sintieron extraños, una certeza que no debería sorprendernos: aunque tengo para mí que Logroño le da un poco la espalda a Soria, deambular por sus calles y someterse al rito de las rondas de bar en bar resulta una experiencia no sólo gratificante, sino cercana. En pocos rincones como en el Tubo soriano se siente uno como si paseara por la calle Laurel. De donde se alcanza la cuarta y última deducción: que cualquier logroñés es un poco soriano.

Sobre todo, un logroñés en sus bares

P.D. Y hablando de Soria, capítulo de recomendaciones: quien no conozoca la taberna de Lázaro en El Collado, ya está tardando. Un bar de otra época. De otra época mejor, claro. Donde triunfan los platillos de cacacuhetes, el vino dulce servido en frascas y la decoración más fetén, con sus carteles taurinos, las fotos del venerado diestro local José Luis Palomar y ese memorable corcho donde la clientela lleva alguna década llenándolo de fotos de carné. Y las cortinillas de la entrada de abalorios, las puertas de varias hojas… El bar de Lázaro desde luego es todo un milagro.

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Nuestro hombre en la barra: Abel, mesonero oficial de Logroño
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Jorge Alacid | 01-05-2017 | 08:03| 0
Abel y Rosa, en el Mesón Chufo. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace unos días fue viernes. Y como cada viernes siguiente a los Jueves Flamencos que llenan de cante y baile el Bretón, el Mesón Chufo se levanta con resaca. Una resaca benéfica: el singular recuerdo que deja entre sus paredes el paso de los artistas que la noche anterior pusieron el teatro en pie, puesto que desde hace tiempo quienes desfilan por sus tablas guardan la modélica costumbre de venir luego a cenar aquí. A rendirse ante la cocina prodigiosa que despacha Rosa desde los fogones y Abel sirve con ese tipo de profesionalidad de camarero antiguo tan añorada. Un mesonero como los de antes. El mesonero oficial de Logroño. O uno de ellos.

Y hoy ya es sábado. Alejado el eco de la familia flamenca, cuyas juergas legendarias acabaron vetadas por la ley antitabaco pero sobreviven en su versión más contenida, llega el momento cumbre del fin de semana para este castizo local que soplará en junio 25 velas en la imaginaria tarta que sus dueños levantan a mayor gloria de ese tipo de bares, los bares de siempre, del Logroño de siempre. Un bar que Abel Carazo pilota desde la barra como el capitán de navío explora el horizonte de su singladura: paciente, metódico, señorial. El tipo de aristocracia profesional que puebla los mejores bares, adiestrados sus protagonistas en la mejor universidad: la escuela de la vida.

Que en su caso es larga. El boli se queda sin tinta mientras Abel derrama los grandes hitos de su carrera, iniciada pronto: a los 14 años, en su Soria natal. Y va desgranando bares como el Alcázar donde se destetó, o el Pacho, primeras cuentas de un rosario laboral que le llevó luego a la lejana Costa Brava, jovencito empleado en una discoteca de Playa de Aro que recuerda llena de guiris. Donde conoció a Julio Iglesias, nada menos. Entonces, otro primerizo que se asomaba al mundo cantando ‘Manuela’ a francesas y alemanas. Y se ríe Abel mientras rememora la anécdota célebre, según la cual el futuro suegro de la Kournikova le pidió una noche que le presentara a unas chicas que apuraban sus consumiciones en un rincón de la disco. Pero Abel se negó y lo dicho: todavía se está riendo.

Nueva vuelta de manivela a su particular moviola: nos vamos de viaje hasta Tenerife, donde se perfeccionó en un cometido al que había llegado no por casualidad. Porque desde luego a Abel le gustaban los bares, asegura, mientras recoge los últimos vasos de las rondas del mediodía. Le gustaban tanto que regresó a Soria decidido a abrirse camino en ese gremio, donde pensaba entrar por la puerta grande: pensaba ser camarero en Madrid. Una idea que duró apenas unos minutos: se apeó del autobús en la capital, vio a los grises interrumpir una manifestación a golpe de porrazos y regresó sobre sus pasos.¿ Siguiente destino? «El primer autobús salía para Burgos y ese cogí». Nueva oleada de risas.

Pero, ay, Burgos no le convenció. Así que nuestro hombre se imitó a sí mismo: acudió a la estación y se volvió a subir al primer autobús sin elegir destino, dejando que la fortuna guiara sus pasos. La tuvo: tuvo fortuna. Ese autobús le depositó en Logroño, donde inició su prolongada carrera profesional. Apunte usted, señor periodista: Abel Carazo se inició en las barras logroñesas en el llorado Llacolén que regentaba Raúl Adán, acumuló puntos en el carné de camarero haciendo horas extras en barras igual de míticas, como El Pasaje o el Tívoli, y desembocó allá donde le conoció quien firma estas líneas, defendiendo el bar de las queridas piscinas de Cantabria. Donde multiplicó su suerte exponencialmente: allí conoció a su mujer, Rosa, y de allí salieron ya convertidos en pareja para explorar nuevos mundos.

Mundos no demasiado remotos. Porque su primer empleo como recién casados se alojaba en una esquina de ese mismo Logroño, el de toda la vida: en Puente Madre se acodaban los incondicionales de los baños en el Iregua al calor de los dos chiringuitos acostados junto a la Fuente de los Zapateros. Uno de ellos lo regentaba el famoso Cordero; el otro lo llevaron Abel y Rosa durante un verano calamitoso («No paró de llover», apunta ella) pero inolvidable. Echa la vista atrás Abel y se recuerda a sí mismo de jovencito, desplegando su ingenio por los veladores donde la parroquia se disputaba sus ensaladas, sus tortillas y sus porrones. Un ambiente como de familia Ulises que los logroñeses más veteranos no olvidan.

Lo cual queda atestiguado por la atención que le presta en plena cháchara una pareja de parroquianos que mientras pone la oreja va rellenando los vacíos de su relato si la memoria flaquea. De la orilla del Iregua saltó Abel a ejercer como camarero en Los Bracos y aquí su historia es un jardín de senderos que se bifurcan, como en aquel cuento de Borges: un ramal le mantenía anclado al hotel de la calle Bretón, mientras otro conducía sus pasos hacia el Mesón Chufo, una criatura recién nacida en este rincón de Logroño que se ofrecía entonces como ruta alternativa a las rondas tradicionales. Porque habían nacido de repente no sólo el Chufo, sino el Secre, que también alojó al lado su Cava. Y luego brotaron Las Tejas y otras referencias que más o menos resisten, cirugía mediante. Idéntica transformación a la operada en el Chufo, cuya carta de cazuelitas se ha ido ampliando a medida que crecían las exigencias de la clientela. Que ya no se conforma con lo de siempre, que reclama tradición a sus bocados (y ahí vemos sus memorables alcachofas con foie y huevo), pero también modernidad. «El otro día vino una cuadrilla de chavales y nos dijo que no esperaban encontrar una barra tan moderna», subraya Rosa, mientras presume de incluir hoy en su recetario gollerías tan insólitas por Logroño como los erizos de mar.

Ahí reside tal vez la magia del Chufo, que sabe atraer a una legión de seguidores de su doble alma: un bar de siempre, pero reinventado. Fiel al espíritu de aquel local inaugurado por Julio Bayano, donde Abel ofició de camarero hasta que lo hizo suyo. El Chufo así bautizado en tributo a un pastor, navarro de Los Arcos como el propio Bayano, que dejó atrás aquellas fuentes de cogollos de Tudela que le labraron justa fama. El Chufo cuyos dueños siguen buscando inspiración entre los libros de cocina desparramados por el hogar familiar («Tenemos recetarios hasta por el baño») y mirando hacia el porvenir fiados a una esperanza común:#«Que la gente no deje de venir».

 

Abel Carazo, retratado de jovencito, según la estética de los 70

 

P.D. Norma de esta sección: preguntar a sus protagonistas qué bares eligen para sus escarceos al otro lado de la barra propia. El periodista invita a seleccionar tres referencias pero luego cada entrevistado contesta como le place, lo cual está fetén. Abel y Rosa, no: se someten a los rigores de ese número mágico y aportan tres bares de su confianza. Tres. Sólo tres. A saber, Claret, Cuatro y El Refugio. Y una lágrima final: por esas cosas del azar, en los días mediados entre la publicación de este reportaje en Diario LA RIOJA y esta versión digital, ha fallecido el mencionado Raúl Adán, creador que fue del Llacolén. DEP.

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Vermú, el retorno
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Jorge Alacid | 21-04-2017 | 11:04| 1
Oferta de vermús en el Barrio Bar de Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace alguna década, cuentan los asiduos de las rondas por la calle Somosierra y alrededores (es decir, territorio Balsamaiso) que empezó a frecuentar los bares de rigor un simpático caballero llegado de allende los mares. Se trataba de uno de los primeros logroñeses procedentes de la lejana África, que se ganó el favor de sus vecinos no sólo por su extremada educación y bonhomía, que todavía derrocha, sino porque implantó entre ellos una costumbre que los más veteranos del barrio siguen sin olvidar: a la hora del vermú, se pedía sólo media dosis. Así podía prolongar sus andanzas durante el aperitivo sin miedo a que le atrapara el sopor que tantas veces nos invade si exageramos la ingesta de tan delicioso néctar. Un hábito que luego ha ido conquistando a los parroquianos conspicuos: yo también recuerdo alucinado los días en que era usual tomarse el vermú sin racionarlo. Y también me pregunto cómo aguantábamos en pie. Cómo resistimos hasta la llegada del querido ‘marianito‘ trasegando vasazos y más vasazos de generosa medida, ahítos de Martini y resto de la cofradía vermuteril. De modo que su encarnación en formato mini en la mentada zona de Somosierra se denominó siempre ‘Bienve‘, en honor a su autor, de nombre Bienvenido. Ante quien me quito el sombrero.

Fin de la regresión. Que venía a cuento porque el improbable lector ya se habrá percatado de que el vermú, amigos, ha vuelto. Volvió hace años y aquí dimos cumplida noticia. Volvió sobre todo en su versión contenida, es decir, ese vaso corto donde la pócima magnífica se sirve ahora según marcan tendencia los influencers de semejante práctica, lo cual tiene sentido porque permite por lo tanto alargar el rito del aperitivo hasta donde sea menester. La hora de la cena, por ejemplo. Lo cual nos alegra desde luego a los incondicionales de la familia Martini y resto de referencias: quien esto escribe recuerda la botella presente siempre en el minibar familiar, acompañada de su inseparable amiga en aquellos tiempos fundacionales. Me refiero a la botella de sifón. Y no olvido el glorioso día en que conocí a su hermano pequeño, el vermú blanco, tarifado a sólo ochenta calas (primeros 80) en aquel añorado Amalís de Ciriaco Garrido, que luego ha conocido tantas declinaciones.

No, no olvido tampoco que por esa época me decantaba igualmente por el vermú para las correrías nocturnas, añadiendo a su versión blanca un toque de soda que me hacía creerme James Bond. Aquel trago agitado, no batido, garantizaba desde luego noches igual de agitadas y resacas muy acabadas. De modo que se entenderá la devoción profesada a tan rico bebedizo, que por supuesto también he catado en su versión cenicerense: el llamado Pascali, vermú autóctono nacido en las entrañas de la familia Pascual, estupendo por cierto si se toma como aconsejan sus ideólogos, es decir, frío. Casi helado. Y con el tiempo, desde luego, he ido saboreando otras manifestaciones de ese rico catálogo donde hoy proliferan marcas mil, oriundas algunas de exóticas procedencias, aunque inclinándome siempre que puedo por las más cercanas. Porque tengo puestas mis preferencias no sólo en el mencionado Pascali, sino en el jarrero Martínez Lacuesta: el reserva que elabora la benemérita bodega de Haro me parece una cumbre del vermú nacional. Tampoco le hago ascos al pequeño de la familia riojana, ese San Bernabé tan perfumado y tan rico. Rico, rico.

Vermús de grifo madrileños, vermús con denominación de origen, vermús en la abrumadora oferta de botellas y preparaciones que distingue por ejemplo al Barrio Bar, local que ha aparecido aquí alguna que otra vez y donde aconsejo probar su sabroso preparado, que en efecto se prepara con delicadeza y sentido del oficio. Vermús por tierra, mar y aire: desde Aragón y otros confines del solar patrio me allegan noticias abundantes sobre cómo por allí acampa asimismo esta moda… condenada como todas a lo que ya sabemos, a quedar cualquier siglo de éstos sepultada por la siguiente tendencia. Aunque mientras amanece ese día, podemos acompañar la espera abandonándonos al sugestivo mundo del vermú, el rito dominical por excelencia que ahora se extiende durante todo el fin de semana: ese universo que para muchos empieza ya el viernes, privilegiados miembros del mercado laboral que desconocen qué significa trabajar en sábado o prolongar los horarios hasta entrada la noche…

Fin de la segunda digresión. Regreso sobre mis pasos, al benéfico mundo vermutero que le tendrá ganado a cualquiera para la causa aunque sólo fuera para rendirse ante el ingenio popular, capaz de bautizar con la voz ‘marianito’ ese modelo corto del Martini. Admirable destreza verbal, de dimensiones parecidas a las que acreditaron quienes alumbraron esta pócima bendita: sombrerazo ante quienes idearon la versión primigenia, mezclando hierbas y más hierbas, los frutos que salían a su paso porque se extrujaron el magín hasta dar con la fórmula que nos legaron a sus predecesores para que nos entreguemos al hábito de estirar el aperitivo hasta la hora de cenar. Si hay alguien por ahí interesado, que sepa que según una fuente de autoridad tan prestigiosa como el llamado Museo del Vermú (restaurante así llamado y alojado en Reus, localidad tarraconense de ejemplar contribución al mundillo vermutero) el primer referente histórico se localizó en 1549, “cuando Constantino Cesare De Notevoli, en su obra Ammaestramenti dell’agricoltura, nos habla de una receta de vino con absenta que tenía fines terapéuticos y curativas”.

Así que con el vermú topamos, en efecto, hace casi 500 años. Palabra que por cierto yo siempre prefiero escribir sin la letra final, esa te tan traviesa que se atraganta frecuentemente. Y por supuesto que sin la w doble de la voz original, un invento al parecer alemán que contribuyó a popularizarse entre nosotros desde que se extendió la mentada costumbre del formato pequeño, el querido ‘marianito’ que por Bilbao aseguran que se descubrió allí. Lo cual no me parece mal: es una plaza donde se rinde tributo desde antaño al cortés hábito del aperitivo y en consecuencia se tiene entronizado al amigo vermú. Que, como los bilbaínos, puede nacer donde le plazca.

P.D. Otras fuentes de autoridad atribuyen la autoría del vermú nada menos que a Hipócrates, el griego famoso por su juramento. Se trataría por lo tanto de una bebida medicinal, una hipótesis contra la que nada tengo. Y no estoy solo en semejante devoción: observando la otra mañana la pizarra donde despliega su oferta el mentado Barrio Bar corroboré que el vermú, en efecto, ha retornado y aventuré que se quedará largo tiempo entre nosotros. Aunque sólo sea porque admite tantas combinaciones como quepan en los ingeniosos caletres de nuestros camareros favoritos, capaces de extender la magia de semejante trago en distintos formatos y preparaciones: quien no haya disfrutado todavía del célebre Aperol Spritz o del bienamado Negroni, tan propio del aperitivo milanés, ya sabe: esa es su casa.

 

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Regreso a la calle Ollerías
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Jorge Alacid | 13-04-2017 | 08:42| 0
Vista de la calle Ollerías, con Marqués de Vallejo al fondo. Foto de Justo Rodríguez

 

Alguna mañana debía ingresar quien esto escribe en territorio vetado: Ollerías. Ya curioseé cierta vez por sus alrededores, puesto que resulta difícil evitar una calle tan castiza, alojada como está en el corazón de Logroño y sus bares. Tan cercana a la San Juan por ejemplo, calle que ha merecido aquí alguna mención que otra. Fronteriza también con el querido Pachuca, cuyo deteriorado rótulo decora el frontispicio de este blog. Y Ollerías aparecía también de vez en cuando si poníamos en marcha la moviola: unos cuantos veteranos de las barras logroñesas se iniciaron en la profesión en aquellos bares que festoneaban la acera de los impares, porque la otra se limita a ejercer de trasera de los inmuebles de Muro de la Mata. Y no: en esa mano no hay otro bar que la puerta de servicio del ejemplar Tondeluna, más o menos donde antaño estuvo la del Aéreo Club. Enfrente, sólo habita ahora mismo el local llamado In vino veritas, emigrado de la San Juan. No tengo el gusto. Me resisto a ingresar entre sus muros, tal vez como un pueril tributo que rindo a la memoria de aquel Logroño que sí tuvo esta calle entre las más fetén para eso tan nuestro: ir de bares.

Es decir, eso de tomar unos vinos y acompañarlos de algún bocado. Curioso: porque como recuerda el benemérito Eduardo Gómez, Ollerías albergaba pocos bares, pero selectos, y todos ellos homenajeaban a Baco como suelen pero también rendían pleitesía al recetario local. Sus barras despachaban golosinas de alto nivel cuando semejante oferta gastronómica era más bien rara en la hostelería logroñesa. Así se dispara el recuerdo de aquellas gollerías, animado en este desempeño no sólo por el perito Gómez, sino por el memorión Chema Macua, funcionario del Parlamento, que me suele recibir cuando acudo a aburrirme a los plenos espetándome su frase célebre: “A ver cuándo escribes de Ollerías”. Sentencia que suele abrochar con la siguiente exclamación, expresada mientras contenemos la saliva: “¡Ah, aquellos bocatas de oreja de La Chistera!”.

Promesa cumplida, Chema. Aquí estoy recordándome a mí mismo tal y como fui, tal y como fuimos tantos logroñeses de mi quinta, cuando guiados por la mano paterna penetrábamos en aquel universo promisorio. Nuestro favorito era el Paco y sus champis inolvidables (y pioneros). El paseo continuaba a continuación hacia otras cuentas del breve rosario de locales, para saborear nuevas viandas igual de sugestivas. Las cazuelitas del Sergio, por supuesto. Paco, Sergio, La Chistera… y algunos otros locales que me recuerda el señor Gómez, de los que todo lo desconocía: el Turco, por ejemplo, precedente del citado Paco. El Nuevo Choco, El Trece, Mi Tierra… Una serie de bares que desembocaban en el Baden de la Travesía, por donde se abandonaba la calle hacia la San Juan aledaña, un paseo que yo también hago ahora alguna tarde: para recordarme a mí mismo de nuevo. Para recordar la calle que no se borra uno de la memoria, por un par de razones.

La primera, amable. Cariñosa: en un piso de esa calle vendía huevos por docenas una pareja de simpáticos ancianos a quien recurríamos en casa cuando se desabastecía el hogar familiar y había que echar a correr si queríamos cenar tortilla. Uno regresaba con el preciado botín, acompañado también por el inolvidable sabor de las mejores rosquillas que usted habrá probado nunca: puesto que en esa casa se rompían los huevos entre trajín y trajín igualmente por docenas, jamás faltaba por lo tanto materia prima para elaborar ese delicioso dulce de sartén. Y contengo de nuevo la saliva.

Pero el segundo fogonazo que dispara la memoria cuando alguien me menciona la calle Ollerías me borra la sonrisa de la cara. Es un recuerdo cruel. Aquel criminal atentado de ETA, con sus tres víctimas mortales y otro herido que salvó la vida de milagro. Fotos en blanco y negro de aquella barbarie, la ciudad azotada por el terror, el funeral en La Redonda desbordante de tensión. La calle Ollerías. A eso también me sabe Ollerías, qué le vamos a hacer.

Aunque tal vez si alguna bondadosa mano municipal ideara un siglo de éstos algún plan para reactivar la mortecina calle, casi moribunda a pesar de su paradójica vecindad con El Espolón, yo también me haría un favor a mí mismo y volvería sobre mis pasos sin nostalgia. Sólo para recordar al niño que fui y olvidar de paso aquel espanto, pero sobre todo para concederle una oportunidad a esa calle memorable como pocas para quien se destetó en las rondas por los bares de confianza pastoreado por sus mayores, iniciándose en el rito finisecular del pincho, la tapa, la banderilla y la cazuelita, por aquella memorable tríada de bares: Paco, La Chistera, Sergio…

Y también para que cuando me encuentre de nuevo con Chema Macua, mientras intento esquivar como puedo el sopor que domina tantas sesiones parlamentarias, pueda contestarle que sí: que ya he escrito sobre Ollerías. Y que ya estamos en paz.

En todos los sentidos. También contra el terrorismo etarra.

P.D. Me cuentan quienes deambulan a diario por la calle San Juan, entre comunes lamentos por el mejorable aspecto que ofrece Ollerías, que la calle ha sido colonizada por ese hito tan logroñés: el merendedro, que ocupa varias bajeras. Lo cual me devuelve también a la infancia, porque cierto condiscípulo de los Maristas celebraba en uno de esos locales su cumpleaños: su familia poseía allí un almacén, que se empleaba para fiestas infantiles en la etapa anterior a la invención del célebre chiquipark. Por ahí recuerda Eduardo Gómez que caía la trasera del bar El Tercio, alojado en la calle San Juan, cuyo excusado hacía frontera con Ollerías, de manera que algún gracioso solía gastar a quienes allí se aliviaban la siguiente broma: aprovechaba que el cliente del lavabo se encontraba apoltronado en la taza para tirar de la cisterna de improsivo, con gran estrépito de risas y ofendidas quejas del agraviado. Porque hasta para esas cosas tenía gracia Ollerías.

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