La Rioja
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Regreso al Villa Rica
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Jorge Alacid | 23-12-2016 | 12:00| 0
La entrada del Villa Rica de la calle Laurel. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace una semana, publiqué en este mismo espacio una entrada dedicada a glosar al venerable Villa Rica de la calle Laurel, disparando los recuerdos de su época más gloriosa para mí a partir de una imagen donde un grupo de colegas de generación disfrutaban del bar y de su célebre juego del volante. Aquel dibujo, debido al ingenio de Néstor Santo Tomás a quien no me canso de agradecer su suculenta contribución, también disparó la nostalgia de unos cuantos lectores, a quienes igualmente agradezco sus felicitaciones y comentarios. Entre ellos, los de un antiguo colaborador de esta sección, el amigo Poty Foronda. Quien se vuelve a animar a compartir sus reflexiones, puestas por escrito con la clase que le distingue en sus correrías literarias. Así que, con mi gratitud eterna, publico a continuación el artículo que firma el señor Foronda. Espero que os guste tanto como a mí.

 

RODANDO EN EL VILLA RICA

 

Regresa de tomar un café con Jorge, me hace sentar frente a la máquina y me pide que escriba. Empieza confesándome que su aversión a las máquinas electrónicas le viene de la adolescencia. Es firme: era un maula. No tardó en darse cuenta. Un poco más en asumirlo, reconoce. Se conformó entonces con mirar, callar y dar tabaco. Mirar las bolas de los futbolines y los flippers del Toky. Callar ante cualquier pirula. Y, más que dar tabaco, sonríe, a darle unas caladas al cigarrillo que pasara por delante.

Cuando abandonó los recreativos y encontró refugio en los bares, las máquinas también cambiaron. Las máquinas mecánicas (petacos, futbolín, billar) dejaban su espacio a las primeras consolas de videojuegos (murmulla algo del Space Invaders y el pimpón del Tívoli) y a las tragaperras.

Sin embargo, sobrevivían algunas máquinas de habilidad analógica en locales impermeables a la modernidad. Uno de ellos era el Villa Rica: un bar con tres puertas en la mejor esquina de la Senda. Me pide que lo describa en tres brochazos: una barra llena de cazuelas de albóndigas, cazuelillas de callos y platos con banderillas dispuestas a convertirse en el almuerzo, la merienda o el bocado de hombres de paso (todo demasiado viejuno como para llamarlo pincho, rumia); unas mesas y unas sillas de formica al fondo, un retrete (en el que se acertaba mejor borracho, ironiza), clarete de San Asensio y unas máquinas sin bits. Estas máquinas eran la razón por la que me hace escribir.

Una de esas máquinas estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana que daba a Albornoz. Era un cajón con un volante con el que conducían, rodando de canto, una moneda (¿de pela, de duro?, no concreta) hasta llevarla a la meta por un circuito con curvas a izquierda y derecha. Cada una de las curvas tenía más caída en los extremos que la anterior. Él no superó jamás la segunda curva, reconoce. Como el premio no consistía en otra cosa que en recuperar la moneda, el dueño regalaba un mechero Bic a quien completaba el circuito. Pero antes había que avisarle en la última curva, pues no creía en milagros. Algunos tíos eran tan habilidosos que daban la última curva como Laudrup sus pases: mirando al árbitro. Y los había tan virgueros, me asegura, que llegados a esa última curva recorrían el circuito al revés, haciendo rodar hacia atrás y saltar hacia arriba la moneda. Él miraba, callaba y le daba unas caladas a lo que pasara.

La otra máquina, con la que uno se tropezaba nada más entrar, era una tragaperras, aunque no del estilo de las que llenaban de herraduras, campanas y vómitos metálicos los bares de la ciudad. Era como un flipper, tal vez algo más pequeña y con la pendiente de la base cambiada. Metían el duro por una ranura y la veías bajar por el canalillo, dirigible con una palanquita, y después rodar, con la expectativa de que hiciera diana contra alguno de los bolos que colgaban de unas lengüetas al fondo. Dependiendo del que acertaran caían dos, seis, diez o veinte duros. A diferencia de las máquinas de petacos, esta carecía de dispositivo de seguridad, por lo que en ocasiones la levantaban y la dejaban caer de golpe, con lo que lo bolos temblaban y soltaba unos duros. La máquina duró en el bar hasta que alguien hizo un agujerillo en el lateral, a la altura de los bolos, y con un alambre daba en el más cercano. Fue reemplazada por una tragaperras Ajofrín, una máquina fea y ruidosa, que, a pesar de ello, le alegró más de una noche en la que estaba, él me lo dice como en un blues, down and out.

La memoria es infiel, se defiende. Le gusta ordenar el caos de recuerdos que se amontonan cuando uno empieza a hurgar en ella, como queriendo llenar la nada infernal del olvido. La escritura busca hacer verosímil la memoria. Por eso me pide que coloque al final de la barra, junto al teléfono público, un tarro de cristal con el juego más analógico que conserva. Lo coloco allí donde me pide, aunque puede que estuviera en el Bretón (el de la Mayor) o en El Porvenir (en Herrerías). El juego consiste en colocar una moneda encima de un limón que flotaba en un tarro lleno de agua. Quien deja su moneda sobre el limón, se lleva todas las monedas. Suena sencillo. Asegura que el fondo estaba lleno de monedas.

Miró. Calló. Fumó. Nunca vio ganar a nadie. Y un día el bote, el limón y las monedas desaparecieron. Después él, la juventud, etc. Más tarde el matrimonio que lo regentaba (el hombre tenía el pelo como Moe Szyslak; la mujer, las pestañas como Marge). Aunque el Villa Rica sigue en la misma esquina (me hace comprobarlo en Google, él tampoco ha vuelto). Las máquinas son ya nosotros. No sé a quién cita cuando me dice que estamos hechos de la misma pasta que nuestros sueños. Le gustaba pensarlo entonces, mientras veía rodar las bolas en el Toky, mientras las monedas por las máquinas del Villa Rica, mientras se sentía como un canto rodado. Tantos años después, con los sueños intactos, se va por el pasillo diciendo que estamos hechos de la misma naturaleza de nuestros recuerdos. Y me deja tranquilo.

José Ignacio Foronda, replicante.

 

Dibujo del Villa Rica, obra de Néstor Santo Tomás

 

P. D. Menciona Foronda el replicante la incógnita desatada en torno a qué obtenía de premio el improbable as del volante que concluyera con éxito el circuito. Hay distintas versiones. Dos corresponsales del blog ofrecieron la suya: para quien se apoda nada menos que Bomberomauri, de premio el dueño regalaba un mechero. Y para el denominado ruizpra_4769, el premio consistía en “recuperar la misma peseta que el jugador había introducido”. “No salías más rico, pero sí más orgulloso”, añade. Más exactos parecen los recuerdos de Juan Luis Varona, el interlocutor que me puso sobre la pista del dibujo de Néstor, quien aparece por cierto inmortalizado en esa viñeta con el resto de la cuadrilla. Esto me cuenta, de nuevo con mi agradecimiento infinito por su amabilidad y buena memoria: “El premio fue variando con los años y con la pericia que iban adquiriendo los jugadores. Yo llegué a bajar la peseta (creo que era una peseta, pero quizás un duro, realmente de eso no estoy seguro) alguna vez, jajaja”. Y añade: “El que está jugando el el dibujo era el súper especialista de mi cuadrilla (uno de los hermanos de Néstor). La bajaba casi siempre. Lo complicado era parar la moneda justo en la última línea justo antes de caer, para poder enseñarle al del bar que la habías bajado. Tras eso, recuperabas la moneda y el del bar te hacía otro sorteo. Tiraba el dado con un cubilete que dejaba cubierto. Unas veces era con dado de póker y tenías que acertar el color. Otras, era un dado normal y tenías que acertar el número. Si acertabas, te regalaba un mechero”. Lo cual confirma lo que uno sospechaba: que en aquellos años, uno se conformaba con cualquier cosa. Sobre todo en la calle Laurel.

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El volante del Villa Rica
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Jorge Alacid | 16-12-2016 | 09:31| 2
Néstor Santo Tomás dibujó a su cuadrilla en el Villa Rica de esta guisa en los años 80

 

Tomarse unos vinos por la calle Laurel exigía en mi mocedad el estricto cumplimiento de una serie de ritos que, luego de confirmarse, concedían a quienes superasen tales pruebas el carné de logroñés. Algunos ya se han citado aquí. Por ejemplo, aposentarse a comer pipas en la ventana del Tívoli, otro tanto en el alféizar del Taza. Engullir en invierno patatas asadas, que no calentaban tanto el estómago como las manos. Adivinar cuándo abría el Blanco y Negro, por supuesto. Someterse a la inclemencia del frío invernal en el wáter del Bambi, desde luego. Y hablando de wáteres, taza y media, con perdón: en el Villa Rica de la esquina con Albornoz aguardaba un examen doble. Hacer puntería en su inodoro de pedales (que tanto ayudó a reforzar nuestros abductores) e iniciar las prácticas del carné de conducir pilotando esa maquinita que se ofrecía a mano derecha según se entraba.

Esto último no era sencillo. Para empezar, porque solía estar ocupada. Los pasatiempos de aquella época eran tan escasos que cualquier nadería disparaba el entusiasmo y concitaba el interés de la potencial clientela. Además, había que aprovisionarse de calderilla, lo cual tampoco resultaba sencillo: porque, aunque suene paradójico, entonces todo el dinero que llevábamos era eso, calderilla, destinada a más altas ambiciones. Y porque el endiablado juguetito se las traía. Una especie de circuito de Fórmula Uno de juguete. Uno depositaba por la ranura su moneda y debía exprimir desde el primer segundo su capacidad de concentración: si no manteníamos desde el banderín de salida bien sujeto el volante, la moneda ignoraba las exigencias del circuito, sus curvas y sus contracurvas. A su libre albedrío, iba saltando y saltando hasta desaparecer, sin que pudiéramos dominarla a volantazos. Tilt.

Y si el jugador acertaba situando la moneda en el camino correcto, tampoco era el momento de cantar victoria: el recorrido que esperaba a continuación exigía una maestría que a muchos nos fue negada. Aún no había nacido Fernando Alonso, a quien me hubiera gustado ver domesticando aquella maldita moneda que se negaba a menudo a seguir su curso lógico y parecía disponer de vida propia. Aunque también ocurría alguna vez que ante nosotros se alzaba algún anónimo as del volante, cuyas filigranas en la maquinita nos dejaban mudos: el silencio se apoderaba del Villa Rica con una densidad de tal envergadura que bastaba ingresar por su puerta para saber que alguien estaba ejecutando con mayúsculo magisterio las maniobras reglamentarias que conducían a la monedita a su destino fetén.

¿Qué obtenía a cambio el exitoso jugador? Mis disculpas: se me ha olvidado. Debió suceder semejante proeza tan raras veces que no recuerdo nada. Nada de nada. Si el matrimonio que defendía aquella barra tan castiza le invitaba a un vino o si le permitía volver a intentarlo. Si recibía el aplauso sincero y emocionado del resto de la clientela (y salía por alguna de las dos puertas entre ovaciones) o si tal vez le convidaban a una bolsa de pipas. Logroño ya era así, según creo. Muy poco dado al elogio, aunque a todos nos constara que llevar la moneda dichosa por aquel carrusel de curvas y contracurvas, repechos endiablados y chicanes imposibles con mil trampas emboscadas para entorpecer el feliz itinerario representaba una hazaña magnífica. Es posible que incluso abucheáramos al mago del volante: nos ponía a los demás en evidencia.

Como se desprende, aquel juego tan tontorrón ocupó en nuestra iniciación a la calle Laurel una especie de hito tan formidable que se entenderá mi genuino entusiasmo cuando recibí por correo la imagen que ilustra esta entrada. Ahí verá el improbable lector, gracias a la pericia como dibujante de Néstor Santo Tomás, a dos jovencitos logroñeses extasiados al volante. Primeros años 80: cualquiera de esa generación puede reconocerse en la pareja de quintos, a quienes el resto de la cuadrilla no hace demasiado caso. Mejor dicho: los ignora por completo. Tal vez porque se disponían a completar con éxito la vuelta de reconocimiento y sólo se merecían eso: el desprecio que Logroño otorga a quien cosecha algún triunfo.

Todavía volví mil veces después de esa época al Villa Rica, seguí probando suerte con la máquina y vi crecer ante mis ojos a los hijos de aquel matrimonio que defendía el bar. Un día, sin embargo, encontré que todo había cambiado. Había cambiado la dirección del local y, horror máximo, había desaparecido el célebre pasatiempo, arrancado de la pared para morir (supongo) en el contenedor más cercano. Yo obré en consecuencia: nunca más regresé al Villa Rica. Alguna vez en que me vi tentado me he cerciorado de que la máquina sigue sin aparecer y me mantengo por lo tanto fiel a semejante boicot, tan marciano. Aunque tantos años esquivando esa barra donde pasé tantas y tantas tardes acodado viendo a tanto Fittipaldi de ocasión tiene ahora su recompensa: ese dibujo que me reconcilia con el Villa Rica que sobrevive en mi imaginación. El bar al que sí volvería.

Sobre todo, si recupera la maquinita.

P.D. Comenté con algún camarada de aquellos años estos recuerdos a propósito del dibujo que me envío don Néstor y comprobé que se trataba de añoranzas mutuas. Hasta el punto de que uno de ellos, el amigo Poty Foronda, me abrumó como suele: con el recordatorio detallado de este juego del Villa Rica… y de unos cuantos más. De los que yo no tenía ni tengo memoria. Fue tan preciso en sus propios recuerdos que le invité a que los comparta en este blog cualquier día de éstos. Compromiso que promete cumplir: así reviviremos de su mano los días en que una generación entera jugaba a poner una moneda encima de un limón sumergido en una fuente llena de agua. Para que luego nos digan que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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Quisimos tanto al Baden
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Jorge Alacid | 09-12-2016 | 08:48| 0
Obras en el edificio del Baden. Foto de Justo Rodríguez

 

Todo empezaba en el Mere. Una generación de logroñeses que hoy peinan alguna cana se acodaba por entonces en los preciosos y magros metros cuadrados disponibles, engullía el bocadillo como si fuera la última cena y observaba curioso el exterior, donde otra multitud demandaba su ración puertas afuera y se admiraba por la pericia magnífica con que los defensores de tan castiza barra liquidaban las peticiones de la clientela. Los tiempos en que desde la cocina se facturaba la riquísima tortilla con un engranaje laboral manchesteriano. Un espectáculo.

Pero aquel circo gastronómico-festivo tenía más pistas. Porque la calle San Juan (la calle en sí: el Mere ahora medio resurrecto formaba parte de la Travesía, que no es lo mismo pero se parece) ofrecía un amplio abanico de posibilidades: un parque temático a la logroñesa para devotos del chiquiteo y de las ricas raciones de cocina casera. Cuya segunda estación podía ser cualquiera de los bares que en ambos manos custodiaban el legado eterno de las rondas interminables, la ruta que siempre conducía al Baden. Que ahora también amenaza con resucitar: bendito sea el dios de los bares.

Porque para unas cuantas quintas de logroñeses, aquel bar donde nos iniciamos en distintas clases de placeres (desde la ingesta de marisco a los tragos de cerveza negra) representó durante largo tiempo la playa donde desembocaban las correrías por la San Juan y alrededores. Hoy, ver los andamios trepando por su fachada encierra alguna promesa incierta. También hay algo de magia. La misma magia que se observaba en sus raciones de berberechos y navajas: la magia de un cuento. Igual que Hansel y Gretel vieron una luz iluminar aquella cabaña del bosque, cualquier adicto a la hermosa costumbre de frecuentar nuestros bares predilectos siente ahora la misma quemazón. Una curiosidad semejante. ¿Abrirá de nuevo el Baden?

Los peritos locales en bares no se ponen de acuerdo. Hay quien asegura que la reapertura es inminente y quien prefiere no pronunciarse. De momento, ganan quienes contemplan con alguna ilusión ese frenesí de andamios que se apodera de la calle San Juan y alcanza a esta minúscula arteria que conecta con la calle Ollerías, de tan triste recuerdo. La calle del Baden, como la conocieron tantos lugareños. Que ese es el éxito principal de cualquier negocio: acabar dando nombre a la calle que le aloja, galardón del que pocos pueden presumir. El Baden, al que tanto quisimos, es uno de esos raros ejemplos. Y autor de otra hazaña mayúscula: convertirse en icono local. Perpetuarse en la memoria de Logroño con tal fortaleza que todavía hoy, cuando comentas con alguna voz amiga que el Baden amaga con reabrirse, se dispare un entusiasmo genuino: «Qué bien se estaba allí adentro».

P. D. Publiqué este artículo, con algún leve cambio, en Diario LA RIOJA a propósito de la renovada operación de cirugía que tiene a la calle San Juan y aledaños pródiga en andamios. Entre ellos, el que decora la fachada del Baden. Desde entonces, he podido comprobar que en efecto las obras avanzan a buen ritmo. ¿Se dispone el bar a reabrir un día de estos? Espero confirmarlo en fechas sucesivas. Para quien esté interesado, le invito a que mitigue la curiosidad releyendo (o leyendo por primera vez) esta otra entrega que publiqué en este mismo blog con ocasión del fatídico día en que cerró. Cuando despedimos a nuestra hermosa marisquería.

 

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Nuestro hombre en la barra: Alfonso, una vida en dos bares
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Jorge Alacid | 02-12-2016 | 15:55| 0
Elena y Alfonso, en su bar de la calle Villegas

 

Hora del aperitivo en la calle Villegas. La parroquia ingresa en el bar sin cesar, aunque diseminada. Una pareja de sesentones acompaña el cafelito con la ingesta de los deliciosos pimientos rellenos, como si fueran pasteles. Llegan también clientes solitarios a acodarse a la barra, endulzando el vino con la prensa del día. El jugoso tentempié florece tentador allá al fondo de la barra: torreznos y choricillo. Bajo la vitrina brillan otras golosinas: bacalao en aceite, anchoas rebozadas, raciones de pulpo. Afuera se arraciman al sol del mediodía los feligreses recién salidos del rezo en la mezquita. El nuevo Logroño y el Logroño de toda la vida comparten metros cuadrados.

El Logroño castizo, en fin. Uno de cuyos embajadores ingresa ahora por la puerta del bar que defiende desde hace 16 años en este rincón de la ciudad. Es Alfonso Fernández García, jefe de todo esto. O jefe a medias: como un ángel tutelar, su esposa Elena sigue cada uno de sus pasos. Entra y sale de la cocina en un incesante trasiego de cazuelitas, atiende a cada cuadrilla y es posible que hasta se ría con los chistes de Alfonso. Que dispara por cierto su ingenio con la velocidad y el tino de quien lleva desde siempre, desde que tiene memoria, ejerciendo como camarero. Un camarero de sólo dos bares: el Lucans añorado donde se bautizó en el oficio, el Mesón Alfonso que lleva su nombre y defiende con maestría. Con la sabiduría propia de quien sabe que este tipo de bares, antaño tan comunes, representan hoy casi una rareza en el Logroño contemporáneo: un bar festoneado de mesitas para ese bocado que exige todo vermú cabal y en condiciones, ese asiento para las meriendas de media tarde… que pueden durar hasta bien entrada la noche.

Y, por supuesto, sirven para atacar ese reconfortante platillo de morros que le ha concedido merecida fama. «Morros, no», aclara raudo Alfonso. «Careta». «Que no es lo mismo», subraya. Careta suministrada desde la factoría de Alejandro Miguel, añade luego de carrerilla. Porque en el buen olfato para aprovisionarse de productos de garantía cifra nuestro hombre el éxito que distingue a su bar. En realidad, se trata de una enseñanza adquirida en sus lejanos tiempos de encargado del Lucans, la barra inmemorial alojada en avenida de Portugal, escenario en comandita con el Llacolén vecino de inolvidables aperitivos, largas mañanas consagradas al cafelito, partidas de naipes interminables a mayor gloria del café, copa y puro.

 

Alfonso, en su época en el Lucans

 

Nacido en Santa Cruz de Yanguas, un pueblito de Soria cercano a la frontera con La Rioja, Alfonso García desembarcó en aquel Lucans memorable para adiestrarse en esta profesión que sigue ejerciendo con parecido magisterio. Había fundado el legendario bar la alianza formada por Agustín Cañas y Luis Azcona, quien agregó a la primera sílaba de su nombre el apellido de su socio para bautizar así el local mítico, que dispuso de una fecunda vida. Fue la academia donde Alfonso vio pasar la vida imantada a los apellidos propios de ese Logroño: los Entrena, Mato, Reboiro, Baños… Los años en que Rafa Castejón ejercía de limpiabotas y catedrático en psicología, los años de la celebérrima gamba rebozada que algún cliente pedía desde la puerta. Los años de Viña Salceda, que entonces no era un vino más: era EL vino, recuerda Alfonso. EL vino de toda una época en Logroño.

De aquel tiempo, Alfonso rescata una palabra. La palabra gracias. Se siente de verdad agradecido a sus compa- ñeros, a sus jefes y a sus clientes, alguno de los cuales le acompañó hasta la calle Villegas cuando, luego de 28 años en aquel mítico local del centro de la ciudad, abrió su propio negocio. Si tenía dudas sobre el porvenir de semejante aventura, pronto se disiparon. Alfonso atrapó una clientela fiel, «que son más amigos que clientes», confiesa. Una clientela con nombres y apellidos que de algo le sonarán al improbable lector: el exconsejero Luis Alegre («Es un fenó- meno, viene casi todos los días»), el diputado César Luena y unos cuantos personajes más del Logroño de siempre que se dejan caer por aquí atraídos por la impagable buena mano que Elena acredita en la cocina y el trato distinguido que Alfonso garantiza a su parroquia.

Y sus bandejas de morros, por supuesto. Perdón: de careta. Un suculento bocado despachado a la brasa… que encierra algún misterio. «Algo hay, algo hay», sonríe nuestro hombre, refractario a compartir sus secretos pero pródigo en agradecimientos, como se ha dicho: «Sólo puedo dar las gracias a todos mis clientes pero sobre todo a los jóvenes, es algo asombroso: cuando tuve que cerrar el bar porque estaba de baja me paraban por la calle y todo». ¿Se emociona Alfonso? Pudiera ser.

Y haría bien. Porque en este tipo de ingredientes sentimentales se deposita la magia de bares como éste, donde tratan de tú a todo cliente, donde uno se reconcilia con aquellos años en que no era tan extraño este universo cañí y placentero, donde se llama a las cosas por su nombre. Bares auténticos y un recetario como los de antes, servido con esa clase de profesionalidad antigua tan añorada. Dignidad y decoro. Y un leve manto de ironía, el buen humor propio de un camarero castizo que nunca debería faltarnos. ¿Conclusión? Habla Alfonso: «Esto es lo que hay. Cualquier tiempo es mejor que el pasado”.

P.D. Preguntado como es norma en esta sección sobre a qué bares dedica su tiempo libre, Alfonso contesta como lo que es: un logroñés de principios. Amigo por lo tanto de las rutinas. Lo cual significa que como habita en su propio negocio de lunes a sábado, los domingos por la mañana se concede un lujo en forma de aperitivo del brazo de Elena alrededor de su barrio. Así que los tres bares que citará son del entorno de la plaza Primero de Mayo: La Encina, Camarote y Nuevo Plaza.

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Qué hay de nuevo, Ibiza
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Jorge Alacid | 28-11-2016 | 15:57| 0
Inauguración del Ibiza, esta mañana en Logroño. Foto de Juan Marín

 

Hubo un tiempo que recordarán los logroñeses más veteranos donde el sol no se ponía en los bares del Espolón. Quiere decirse, hipérbole mediante, que la gavilla de negocios hosteleros arracimados
alrededor de la céntrica plaza permitía a un hipotético cliente no abandonar ese entorno y regalarse unas cuantas visitas a sus locales predilectos sin dejar de pisar las mismas baldosas. No hacía falta peregrinar a la cercana San Juan ni a la vecina Laurel: el Espolón se bastaba para satisfacer las necesidades de los logroñeses incondicionales de la ronda eterna.

Fueron los años del Ringo o el Aéreo Club, a los que siguieron los del inolvidable pub Duque; los años de Las Cañas, por supuesto, cuyo vacío ocupa ahora Wine Fandango. Y, desde luego, los años del Ibiza, inmemorial faro, guía y brújula para varias promociones de logroñeses. Que encontraban en el bar ahora recuperado el lugar donde quedar para esto o aquello: para las gestiones bancarias, el itinerario por la Plaza de Abastos o la línea de salida en su ruta hacia el vermú que invitaba a recorrer los bares aledaños. El Ibiza, sí: el Ibiza, el imaginario puerto de mar de que dispuso Logroño, que hoy reabre sus puertas para su enésima reinvención luego de una profunda transformación tras año y medio clausurado. Prevalece sin embargo su espíritu, su alma tan vinculada al corazón de la ciudad.

Que algo tiene que ver con su condición camaleónica. Porque el Ibiza jugó sus cartas con buena fortuna cuando decidió convertirse en uno de sus bares donde hay que estar. Para ver y para ser visto. Bajo esa misma filosofía reanuda este lunes su actividad, como explica David Houngbeme, portavoz del grupo empresarial que se hizo con la propiedad del local cuando sus anteriores gestores concluyeron su andadura. Se trata, por lo tanto, de reconvertir el Ibiza en lo que fue toda su vida: un café abierto siempre. O casi. Ese bar que nunca cerraba. O casi. Madrugador para el desayuno, operativo durante la mañana para el cafelito o el tentempié reparador, también funcionando para el aperitivo. Así se recuerda al Ibiza, a toda máquina también por la tarde y la noche, y así les gustaría a sus flamantes dueños que siguieran conociéndolo las nuevas generaciones de logroñeses a quienes tal vez nada les diga el viejo local. Cuando se hizo célebre por su terraza exterior y sus veladores del interior, limpiabotas incluido.

P. D. Hasta aquí el artículo publicado este lunes en Diario LA RIOJA, en vísperas de que se obrara el prodigio: en efecto, el Ibiza ha vuelto. Aunque hasta mañana no empezará a funcionar para gozo de sus incondicionales, este mediodía ha ofrecido un anticipo de lo que espera. Estupendo servicio, inmejorable imagen, un espacio confortable… Sólo le falta lo que ansían todos los negocios: llenarse de clientes. No creo que falten: el nuevo Ibiza, el Ibiza de siempre, lo tiene todo para triunfar. Y de paso completa una estupenda fachada de Logroño para deleite de indígenas y forasteros amigos de los bares.

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Y el cachopo habitó entre nosotros
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Jorge Alacid | 18-11-2016 | 09:00| 0
El cachopo de La Taberna de Correos

 

También el mundo de los bares vive, como tantos sectores de la sociedad de consumo, sometido al imperio de las modas. De repente, un bar impone cierta tendencia, otros tantos le siguen a veces un poco tontorronamente, los medios de comunicación amplifican el impacto de la novedad y la clientela acaba rindiéndose a la ocurrencia de turno impulsada por ese extraño temor a quedarse fuera de juego. Por miedo a dar la sensación de que no se entera. Así ocurre por ejemplo con esta rara proliferación del cachopo asturiano en los menús de España entera, con las extravagancias propias de este tiempo donde se busca el más difícil todavía en cada ámbito, también en el gastronómico: el cachopo por sí solo no es suficiente. Debe manipularse su ADN hasta dejarlo irreconocible, retorcer la receta clásica… De modo que cuando el potencial cliente lo engulla piense que su abastecedor sí que sabe. Que en ese bar se acuerdan de verdad de sus parroquianos y les evitan en consecuencia una dieta formada por bocados vulgares. O por el cachopo de toda la vida.

Viene a cuento esta digresión porque las primeras muestras cachoperas ya habitan entre nosotros. Bienvenidas a Logroño. En formato de pincho las despachan en La Taberna de Correos, la barra de la castiza San Agustín. Y en formato plato, tenedor, cuchillo y tentetieso, es decir, bajo esa versión de generosas dimensiones a la que debe desde luego su reciente celebridad se nos aparece el cachopo en la barra de En las nubes, el bar de Gil de Gárate que ha aparecido alguna vez por aquí. Y cuentan sus responsables que con éxito. Se trata de un cachopo tradicional, construido a partir del recetario antiguo. ¿Cómo? Valga esta receta que proporciona Juanjo Cima, dueño del bar ovetense Las Tablas del Campillín y ganador del concurso organizado este año en Asturias, cuna de semejante bocado. “Algo tan sencillo como dos filetes de ternera rellenos de jamón y queso, empanados y fritos”, resume Cima. Con un secreto, claro: que estén crujientes por fuera y jugosos por dentro. Como el San Jabobo de toda la vida, vaya. Aunque sus defensores niegan cualquier similitud: el cachopo, avisan, es otra cosa. Por favor. Nada que ver con el San Jacobo.

 

El cachopo al estilo de En las nubes, con patatas y pimientos

 

En fin: como quiera que cualquier interesado en esta moda reciente puede por su cuenta teclear la palabrita en internet y darse un festín con recetas, autores y demás parafernalia (por ejemplo, el debate en torno a su tamaño, que al parecer también en esto importa), lo que aquí queremos contar tiene que ver con su vertiente logroñesa. ¿Cómo es que un plato propio de la cocina asturiana triunfa entre nosotros? A lo cual responden desde los dos bares citados lo siguiente. Susana, de En las nubes, aclara rauda la cuestión: resulta que ella es asturiana. Así que hace año y medio implantó por amor al terruño el cachopo en su ecléctica carta, poblada por cierto de referencias propias de Alemania, de donde es oriunda su pareja. “Le dije que si él ponía codillo, yo cachopo”, relata entre risas. Se trata, en efecto, del cachopo de toda la vida, tarifado a 18 euros la pieza: enorme bandeja que se acompaña de guarnición de pimientos y patatas fritas. Quien quiera modernidades, puede decantarse por la versión actualizada, con cecina en vez de jamón y queso de cabra. “No es tan sencillo encontrar estas piezas de ternera en las carnicerías de Logroño”, subraya Susana. ¿Por qué? Por su exagerado tamaño, que ya hemos dicho que importa: una media de 42 centímetros de largo por 22 de ancho. “Fuimos los primeros en Logroño, pero ahora la gente ya lo conoce y nos lo pide”, recuerda Susana. Y concluye: “Tiene mucho éxito, la verdad. Sobre todo, porque es un plato que va muy bien para ser compartido y nos lo demanda mucha gente”.

Y desde La Taberna de Correos, Richard agrega lo siguiente: más o menos, que se lo quitan de las manos, oiga. El impacto de su pincho, alumbrado allá en septiembre, demuestra que había una clientela esperando esta clase de tapa. Porque lo suyo es tapa, aclara. Aunque no cualquier tapa: “Es un cachopo medio riojano”. La razón de que así lo bautice tiene que ver con la raíz indígena de uno de sus ingredientes: el queso, que es de Cameros. Le añade cecina y lo dicho: a triunfar. “Es muy sabroso y alimenta mucho”, asegura.

En fin, que todo conspira para que el cachopo se quede con los logroñeses una temporada. Lo cual guarda cierta justicia poética: me recuerda una voz amiga aquel tiempo en que alcanzó gran impacto servido en una barra célebre, ya desaparecida. El añorado Dólar de la calle Murrieta, que ejerció de improvisado embajador de la cocina del Principado. Que hoy planta su legación en la calle Lardero, donde se alza la sede del Centro Asturiano: también el cachopo figura entre sus atractivos… hasta ahora, en que se prepara para ser traspasado a otras manos. Quien lo reabra a partir de enero tendrá que decidir si mantiene el cachopo en su carta, hoy provisionalmente retirado, o si prefiere prescindir de este emblema de la gastronomía astur.

Me malicio que ya me sé la respuesta…

P.D. Rastreando por google en torno a la vida y milagros del cachopo, tropiezo con una asociación recurrente: su vínculo con el mundo de las despedidas de soltero. Observo que es habitual que se sirva en los actos organizados alrededor de ese distinguido mundillo de muñecas hinchables y otras muestras de elegante caballerosidad, tan popularizada entre nosotros. Al parecer, los menús que se despachan para los aficionados a despedir en manada el celibato incluye con frecuencia el simpático plato asturiano, puesto que almohadilla a la perfección la zona gástrica y permite en consecuencia la ingesta de alcoholes, consustancial a estas celebraciones. Es decir, como el bocata de calamares del Moderno en la glaciación propia de los chiquiteadores de mi quinta.

 

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Los bares añorados
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Jorge Alacid | 11-11-2016 | 08:52| 0
Dibujo de Néstor Santo Tomás

 

Hace un tiempo, un corresponsal de este blog me hizo llegar por correo el dibujo que decora estas líneas. Me enterneció: por ahí, por esa cuadrícula de bares logroñeses que festonean la calle Laurel y alrededores, debía andar yo en la lejana fecha en que el autor del croquis lo pintó, negro sobre blanco. Corría el año de 1984 y uno acababa de volver de la mili, con prisa por recuperar el tiempo perdido huérfano de sus barras predilectas. Como ahora compruebo, mientras tanto (en paralelo, sin yo saberlo), un paisano y compañero de quinta, Néstor Santo Tomás, se entretenía durante sus rondas por levantar este mapa que me sabe ahora a nostalgia, desde luego, pero también a vino negruzco servido en vasos, a los ajos del Florida y a la magia y la poesía depositadas en algunos locales que ya perecieron (ah, La Simpatía; ah, el Bambi) o en los que mudaron su piel. Y ya no: ya no son iguales.

Pero el dibujito también me despierta una emoción más profunda. Me desata el cariño. Hacia el Logroño que fue, hacia lo que nosotros fuimos. Así que mientras absuelvo a todos, a la ciudad y a las distintas generaciones que la han poblado, de nuestros innumerables pecados, pongo a funcionar la moviola e indago si el resto de improbables lectores de este blog comparten sentimientos semejantes. El primero que dispara es el propio Néstor, desde Zaragoza, adonde le llevó la vida. “Tenía más de veinte años y para entonces mi cuadrilla y yo conocíamos la mayoría de los establecimientos de primera mano”, recuerda. Y añade: “Y digo la mayoría dado que éramos parroquianos exigentes y vetábamos un bar a la primera ocasión que nos daban una mala contestación o habían subido el precio del vino. Éramos bastante gente y nos creíamos un lobby peligrosísimo teniendo en cuenta que salíamos todos los días, incluso en invierno”.

Néstor cree que el origen del dibujo “no era en principio otro que el de reproducir la ronda larga, la que hacíamos los fines de semana, comenzando en la actual arrocería que hay en San Agustín para enfilar luego la Mayor, la plaza de Martínez Zaporta donde el Moderno y  llegar a la Travesía del Laurel”. “Menudos ciegos”, confirma. “Está claro que en el dibujo no represento la gastronomía riojana, ni el gusto por el paseo y la conversación y el contraste de pareceres. No. Son tres personajes con un pedal nada agresivo, cierto, pero un pedal más que regular. Todo políticamente incorrecto. Aunque el estilo del dibujo recuerde a Max, el dibujante de El Víbora autor de Peter Punk, mi mayor inspiración era Azagra y sus personajes Pedro Piko y Piko Vena. Apología de fiesta sí y lucha también. Un skin y un punkarra aficionados a los tanques de cerveza”.

El amigo Néstor ha cogido carrerilla y sigue revisando su memoria logroñesa y noctívaga.  “Entonces la afición alcohólica la encauzábamos por el vino. El corto de cerveza era más caro y se ponía el doble de fondo si tenías idea de acabar con la tripa llena de gas sin apenas colocarte. Lo cierto, ahora que no nos oye nadie, es que en los años 80 no había turismo enológico ni nada que se le pareciese y la calidad del vino dejaba bastante que desear”. “Eso sí, era barato”, reconoce. Y entre trago y trago de melancolía, conclusión: Me sigue gustando nuestro Laurel a pesar de los turistas y solteros de despedida. Me encanta que el vino sea tan bueno a pesar de lo caro que se ha puesto  y también me alegra el auge de la calle San Agustín. En general me encanta el cambio que se ha operado en Logroño. Los que vivimos fuera lo apreciamos mejor, créeme. Tenéis, tenemos, una gran ciudad”.

Despedimos a Néstor con un agradecido saludo para afrontar la segunda oleada nostálgica. Desde Milán donde reside, Cristina Garay lanza sus dados: su trío de bares más añorados, los imprescindibles en cada visita a su casa logroñesa está formado por Picasso, Tívoli y Blanco y Negro. Un terceto perfumado por un baño de melancolía, porque para sus andanzas de bar en bar reclama un componente adicional: los aromas que llegan desde la cercana plaza de Abastos, el olor a pimentón y otras delicias logroñesas…

Oído, cocina. De dama en dama, nuestra improvisada encuesta recala en Madrid, donde mora la encantadora Clara Isabel Francia, princesa de la televisión y maestra de periodistas. Quien contesta lo que sigue:  “Conste que mi añoranza me lleva a la noche de los tiempos… Nunca olvidaré el Danubio ni el Pachuca. Y un tugurio estupendo del entorno de La Senda, especializado en anchoas preparadas de todas las maneras posibles. No sé si sigue existiendo. Tengo que buscarlo en mi próxima visita a Logroño”. A lo que servidor responde lo que cualquiera hubiera respondido: “Existe y se sigue llamando como siempre: Blanco y Negro”.

Vamos concluyendo. Desde Zaragoza, el conspicuo Jorge Gascón repasa mentalmente sus preferencias en esta materia, salivea fantaseando con su próxima visita para aprovisionarse de las queridas guindillas picantes y suelta sus tres favoritos: Sebas, El Soldado de Tudelilla y La Guarida. Y añade un icono menos conocido: la tortilla de patata del San Mateo en la avenida de la Paz.

De donde se deduce que en materia de bares y añoranzas, el lector improbable detectará que triunfa lo tradicional. Las barras de siempre, tan adictivas. Les ayuda su carácter longevo: han tenido más posibilidades de acoger entre sus muros a los encuestados y resto de la tropa logroñesa. Sobre todo, si la mentada tropa peina canas. Sobre todo, si alguna vez deambuló (hermoso verbo) por las venas y arterias que dibujó allá en el Pleistoceno Néstor Santo Tomás, desatando con el paso del tiempo una elevada dosis de añoranza por unos bares pasados que ya no volverán. Los bares más añorados.

P.D. Este punto melancólico que preside estas líneas viene contaminado de origen: porque echando la vista atrás he comprobado que el blog cumple cuatro años. Cuatro grandes años, desbordantes de sorpresas, pródigos en satisfacción y de extraordinario impacto personal y profesional para quien esto escribe. Cuatro años de agradecimientos por tantos buenos ratos compartidos que por lo tanto sólo pueden resumirse en esa palabra que uno no se cansa de pronunciar: gracias. Y que nos sigamos viendo en los bares.

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Barras americanas
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Jorge Alacid | 04-11-2016 | 08:17| 2
Bar de Nueva York

 

Suena Meat Loaf por los altavoces del bar, donde abreva un grupo de cuarentones como suelen por aquí: en silencio. Mirando su reflejo en la cristalera que festonea la barra. Llega una pareja de mujeres, rozando la treintena y la obesidad mórbida. No sin dificultades, consiguen auparse hasta el taburete: como es norma, una larga serie de ellos siluetea la estilizada barra, sin apenas espacio entre unos y otros. Por la tele sin voz hay un partido de la liga nacional de béisbol juvenil. O algo así. Rhode Island contra Iowa. Aparece chispeante la camarera, que regala sonrisas que parecen sinceras en dirección a la propina que aguarda al final de la comanda, cuando concluye la ingesta del bocadillo que llaman cheespeak (algo así como filete con queso, especialidad de Filadelfia: recomendable), se apagan los sones de Paradise by the dashboard light, el cuarteto de caballeros se disuelve en silencio (corbata desabrochada, camisa empapada de sudor, coderas de las americanas desgastadas por el uso) y el dúo de gorditas sigue sin parar de cotorrear.

El corazón de Estados Unidos aguarda ahí afuera, frente a las puertas del bar bautizado como El búho rojo, nombre de pub inglés que sin embargo encaja bastante bien en la cuna del gigante norteamericano: estamos en Filadelfia, cuyo centro histórico sirve como condensado breve de la historia de todo el país, aunque mientras saboreo este bocadillo de queso con ternera que jamás pensé devorar pienso que en realidad el alma estadounidense muy bien podría ocultarse entre las paredes de El búho rojo. El típico-bar-yanqui, en cuya fisonomía no falta nada. Desde luego, no falta ese grupo de hombres que beben en solitario aunque acompañados: siempre me ha parecido que representa la esencia de lo que uno espera en un bar de esta nación. El bar como escenario de la derrota y del abandono. El bar como antónimo del espacio recreativo, propio para relajarse, que por el contrario resulta habitual entre nosotros.

Me parece que en este tipo de barras americanas siempre hay un personaje de Arthur Miller o de Eugene O´Neill al borde de la desesperación más absoluta. O como en Fat City de John Houston. Claro que en los bares americanos habitan el jolgorio y el hedonismo y cualquier epicúreo será bienvenido. Pero la impronta de muchos de ellos, la que nos han legado la literatura y el cine, también el teatro y la música o la televisión, se perfila contra un telón de fondo donde los mejores días ya han pasado. Habitados por una clientela devota de ese tipo de soledad tan adictiva: la soledad acompañada. Y, sin embargo, son bares memorables. Y lo son porque quienes los defienden saben que contribuyen a levantar el imaginario común. De modo que si algo fallara. Si carecieran de camarero cascarrabias o resabiado, de decoración ad hoc y de parroquianos al borde de la desolación, no servirían como bares al servicio del sueño americano o de su hermana: la pesadilla. No servirían como los bares que espera encontrar su clientela conspicua. Bares donde la profesionalidad no se negocia. Donde hay un sentido del oficio que antes era también norma en España, como si sus responsables custodiaran en realidad algo más que un bar. Una manera de sentirse vivo aunque sea mediante respiración asistida.

 

Un collage de bares yanquis

 

A lo largo del viaje surgirán muchos bares como este, diseminados por la Costa Este imagino que en igual proporción que en cualquier otro rincón del país. Bares repletos de magia, de esa tan especial que muchos bares poseen a pesar de sí mismos. Como si renunciaran a ser agradables y prefiriesen ser interesantes. En esa renuncia se deposita su escondido atractivo. Veremos el Amanda de Filadelfia, con su carta falsamente española, o el Cafe Reggio de Manhattan, donde garantizan que se sirvió el primer capuccino conocido por Nueva York, donde aseguran que también preparan la mejor tarta de queso de la isla. Veremos más bares hispanizados y veremos otros depositarios del genuino espíritu norteamericano, como el Mellon, cuya hamburguesa deliciosa no alimenta tanto como su decoración atrabiliaria, su tropa de camareras tan ágiles como sonrientes, el ventanal mirando hacia la calle como en un cuadro de Hoopper, con vistas a la Tercera Avenida y al desamparo. Sentado en Il Cortile de la calle Mulberry, espina dorsal de Little Italy (o lo que queda de la Pequeña Italia), imagino a Tony Soprano (perdón, James Gandolfini) sentado en su mesa favorita que ahora ocupo yo espiando como quien escribe estas líneas la puerta de entrada por si ocurre lo que tanto temía: un disparo al corazón. O que los canolis no se sirvan en su punto.

Todas estas barras americanas te reconcilian con la mejor versión de los bares que uno aspira a visitar. Desde luego que hay otros donde el listón de las expectativas no se sitúa demasiado alto, bares más bien olvidables. Pero aquellos locales que forman una suerte de patriciado merecen al menos ser recordados ahora que el viaje concluyó y sólo queda la nostalgia por aquellos días de verano, la ruta magnífica por Nueva York en sus bares. El majestuoso garito del Hotel Plaza. El encantador Blind Tiger en la calle Bleecker, el delicado Café Sabarsky alojado en la Neue Gallery, el imperial The Smith cuyo hermoso nombre emociona tanto como su elegantísima barra o su hermoso suelo de damero. Y bares, sobre todo, como no hay entre nosotros. Como el más acabado ejemplo de la tipología propia del país: el dinner. Uno de ellos ilustra estas líneas; alguno más aparece en el collage de fotos situado a continuación. Bares de otro tiempo que se preparan para la piqueta si la movilización popular no lo evita: así salvó la amenazante demolición que se avecinaba el más célebre de ellos, ubicado en el corazón de Chelsea, donde ahora duerme esperando que estos años tan inmisericordes expidan su certificado de defunción. Ese bar donde siempre hay una camarera con demasiada mili en su cofia esperando a servir otra taza de café americano o un bisté con patatas a los trasnochadores de guardia; ese bar de asientos corridos entronizado desde luego por el cine pero también por la televisión. Ese bar cuya estructura parece empotrada contra el edificio que le sirve como útero materno, ideal para repostar a deshoras y para erigirse como ese monumento al bar tantas veces soñado. El bar donde despeñarse.

O el bar donde celebrar la vida. Por ejemplo, el venerable y encantador P.J. Clarks, uno de los mil garitos que aspiran al título de bar-más-antiguo-de-Manhattan. Da lo mismo su fecha de nacimiento. Lo que importa es su atmósfera inigualable, el tipo de bar donde uno se quedaría toda una eternidad, donde no te importa siquiera que la cerveza se sirva caliente. Porque prevalece su espíritu proteico, su ambiente de camaradería tan propicia a esta clase de auténtica confraternización, propia de los bares que nos gustan. Donde suena Meat Loaf por los altavoces, la tele vomita un partido de béisbol juvenil que a nadie interesa, la camarera se toma las confianzas justas, la charla fluye ingeniosa y sin desmayo y la contemplación de la vida estimula el ritmo neuronal hasta desembocar en esa conclusión tan manoseada como certera: que hay bares donde se está mejor que en casa.

Incluidas ciertas barras americanas.

 

Foto de Diane Arbus

 

P.D. La visita a los Estados Unidos de América cuyos vecinos se disponen este martes, como sucede en algún otro lugar del planeta, a elegir entre dos males y determinar cuál es el mejor, permite corroborar lo ya sabido: el papel protagonista que el bar ejerce en la construcción de la identidad de este gran país. Grande en todos los sentidos. Una certeza que cualquiera podía hacer suya este verano mientras recorría las salas del Met Breuer, uno de los hermanos pequeños el gigantesco Metropolitan. Allí colgaba sus totémicas imágenes la legendaria fotógrafa Diane Arbus, cuyos retratos reflejan a la perfección esa sensación de desamparo consustancial a la gran ciudad. A toda gran ciudad y a la gran ciudad por excelencia: Nueva York. Es esa foto aquí reproducida, donde reinan la desolación y la poesía. Lo que uno espera encontrar tantas veces en su bar favorito, aunque tema confesarlo.

 

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Nuestro hombre en la barra: un hombre, dos bares
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Jorge Alacid | 31-10-2016 | 09:09| 0
Enrique Lorenzo, en el centro, junto a miembros de su equipo. Foto de Justo Rodríguez

 

Desde los once años, Enrique Lorenzo ve la vida desfilar desde el otro lado de la barra. Hoy, ya cincuentón, observa los avatares del negocio con el punto de lucidez que otorga eso que llaman experiencia y va engarzando en su cháchara una verdad tras otra con el aplomo de un joven veterano. Uno de tantos camareros peritos en el arte de la filosofía menor, el conocimiento cabal de la psique humana que le han regalado sus clientes: los que empezó a tratar en el primitivo bar familiar de la calle Ollerías, el mítico La Chistera, y los que militan en su propia parroquia de incondicionales, a quienes atiende por colleras. En el Lorenzo de la Travesía de la calle Laurel y en La Gota de Vino, la barra vecina alojada en la no menos castiza San Agustín.

Dos bares fieles a un estilo similar. Siendo tan distintos, rinden tributo al bar-deLogroño-de-toda-la-vida, esto es: que cuando la clientela ingresa en ellos ya sabe a lo qué va. Sabe también lo que va a encontrar y se despide luego satisfecha: la sorpresa sería la ausencia de sorpresas. El amor por el trabajo bien hecho que Enrique heredó de su padre, Lorenzo por partida doble: una leyenda del Logroño hostelero que educó a su prole en los valores genuinos del oficio. Así que Enrique se destetó en la escuela paterna ayudando a su madre Rebeca en la cocina del bar primitivo, limpiando champis, y luego se hizo mayor cuando ya en la veintena la familia adquirió ese local bautizado Lorenzo sin ninguna imaginación.

Adiós a Ollerías, hola a la calle Laurel. Allí han conocido a Enrique algunas generaciones de logroñeses, como confirma con ese espíritu burlón con que va disparando sus ocurrencias: «De las cosas que más me gustan de este oficio es que he visto a padres y madres cuando aún eran novios, luego han venido al bar con sus hijos y ahora me traen también a los nietos».

Que encuentran en el Lorenzo, entre estas paredes decoradas con un collage de viejas fotos familiares (donde el bar es siempre el protagonista) lo que viene buscando: su pincho estrella, el célebre Tío Agus. Tanta fama alcanzó tal banderilla, recuerda Enrique, que un grupo de universitarios le dedicó tiempo y esfuerzo a estudiar sus entrañas, aunque seguramente tuvieron que hincar la rodilla: el secreto del legendario pincho moruno no reside en su carne, sino en la jugosa salsa que ideó hace algún siglo la abuela Damiana. Un cóctel de especies, una pó- cima que Enrique se resiste a desvelar mientras recuerda que la apuesta de la familia Lorenzo por homenajear a la cocina en miniatura que ofrece en sus locales viene de antiguo: la impulsó desde luego la citada Damiana, pero su propio padre se ocupó de preservar ese legado en los bares que fue defendiendo. Visionario, Lorenzo incorporó por ejemplo el pulpo a la vinagreta al recetario de tapas. Hizo lo propio con el chorizo al infiernillo. Y añadió a su oferta los imprescindibles escabeches. Ah, las banderillas de nuestros padres. Como enfatiza su hijo, Lorenzo Lorenzo fue algo más que un camarero: honraba con su espíritu audaz a sus orígenes como maître, profesión que ejerció con la donosura que revelan esos retratos donde aparece de impoluto smoking blanco. El Cary Grant de los bares de Logroño.

Así, siguiendo la estela de su padre, Enrique Lorenzo acabó dirigiendo desde parecidos propósitos el Lorenzo, su propio bar. Hace una treintena larga de años se puso al frente del local en compañía de su hermano y abrió luego La Gota de Vino, en paralelo a la experiencia de disponer de su propio restaurante: el Mesón Lorenzo, esa casa de comidas aupada a un primer piso de San Agustín. Fue una actividad fugaz, cuyo desenlace permitió a Enrique y compañía centrar sus esfuerzos en los dos bares que hoy sigue comandando, superando algún desengaño que ahora cuenta (de nuevo, como siempre) entre sonrisas: «Había gente que no quería entrar en La Gota porque les parecía muy moderno». Y recuerda: «Son las mismas cuadrillas que ahora vienen todos los días». ¿El secreto? Que el bar ejerce como una suerte de neotaberna, mezclando contemporaneidad en su fisonomía y tradición en su contenido: véase su tremenda carta donde rinde tributo a la querida casquería, productos que se baten sin embargo en retirada. «Los médicos, ya se sabe»: nuevo dardo irónico.

Agazapado tras sus gafas de duende, Enrique va clausurando la charla reclamando una ovación del respetable para la generación que le precedió en su oficio y echando la vista atrás: no, no hay añoranza. Le gustaría, eso sí, que se instaurase en el sector un horario más razonable en favor de lo que llama con guasa logroñesa «reconciliación familiar», de modo que los bares de Laurel dejaran de cerrar al filo de la medianoche. «Hasta hace nada, a las diez nos íbamos todos para casa, porque también se abría antes», rememora.

Es su única queja. Porque luego confiesa su idilio eterno con la tipología actual de clientela, incluyendo a esas parejas jóvenes de vermú dominical «que se toman su vino y su pincho mientras le dan el biberón al chiquillo». Y reconoce también su felicidad por la buena reputación que para bares como los suyos generan las redes sociales, versión moderna del boca a boca, hasta concluir: «El cliente actual no se queja como el de antes. Si algo no le gusta, se marcha sin decir nada, pero al minuto lo tienes criticando por Internet». «Pero eso está muy bien, ¿eh?», lanza una nueva sonrisa. Y un par de conclusiones. Una, corta: «En un bar no puedes estar solo por dinero: también tienes que estar por diversión». Y la larga, la reflexión de fondo: «Lo importante cuando abres un bar es tener un plan. Lo pones por escrito y luego tal vez ese papel no valga de nada, pero al final te das cuenta de que en ese papelito estaba todo. La identidad propia del bar.  Lo que permite que tu bar sea distinto».

P. D. Como otros clásicos del Logroño castizo que han ido apareciendo en esta sección, también Enrique Lorenzo se decanta por preferencias tradicionales cuando se le pregunta a qué bares acude cuando abandona el suyo y se convierte en cliente. Ahí va su lista, sin grandes sorpresas: “Me gustan el Soriano, el Blanco y Negro, el Donosti, La Pulpería…” Con una novedad: cuando acompaña al patriarca de la saga de ronda, les gusta acodarse en el Gran Vía de la calle homónima. Un bar regentado por cierto por una familia de origen chino: los nuevos logroñeses.

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Están ustedes invitados
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Jorge Alacid | 21-10-2016 | 10:33| 2
Cartel en un bar

 

 

De mi más tierna infancia tengo grabadas dos imágenes en materia de bares que me parece pertinente traer aquí a colación (hermosa expresión) porque ilustran de modo fetén esta reflexión en voz alta en forma de pregunta: por qué hemos dejado de invitar a amigos, conocidos y hasta desconocidos cuando coincidimos en nuestros bares de guardia. Ambas imágenes ocurrieron en La Granja, el querido café de Sagasta que ejercía para mí de crío como una prolongación del hogar familiar tan cercano. Protagoniza la primera escena el gran Pepe Blanco: cierro los ojos y lo ve entrar saludando como un torero, apoyar luego el pie en el estribo de la barra y (de nuevo como un torero) extender el brazo como cuando se brinda un toro a la concurrencia y proclamar: “Están todos ustedes invitados”. El resto de parroquianos le ríe la gracia, dilucidando si se trata de una broma o si el autor de ‘Cocidito madrileño’ va en serio, rodeándole entre agasajos (“Pero mira que eres rumboso, Pepe”) y pidiendo su propia ronda los más avispados al camarero Santos, por si acaso el señor Blanco de verdad va en serio.

Era una escena que tenía algo de irreal por la magnífica personalidad del protagonista, pero que no era tan extraña antaño. Como no lo era la otra imagen que tengo asociada a la memoria y que ocurrió también en la barra de La Granja: dos clientes llegaron a las manos porque querían invitarse mutuamente. No sé qué me da pero intuyo que hoy esa escena sería imposible. Tal vez porque ahí se entablaba un duelo de honor soterrado (yo tengo más dinero que tú y por eso te invito), pero sobre todo porque la generosidad ha conocido mejores tiempos. Resulta raro eso de ir pagando las rondas de los demás. Tan raro como que te paguen la tuya.

Una reflexión apuntalada por una conversación reciente con Francisco Bergés, jefe de máquinas del Ópera de la calle San Antón. Cuando le preguntaba qué tendencias se había llevado el viento en materia de usos hosteleros, se tomaba un segundo y luego disparaba: no, ya no se estila eso de invitar al persona. “Antes era habitual que entrara en el bar un cliente”, recuerda, “coincidiera con unos conocidos y se hiciera cargo de la factura”. Ojo, no de cualquier factura: Bergés recupera de su memoria escenas donde un generoso parroquiano ardillaba una consumición que se elevaba casi una decena larga de cubatas: si alguien tiene noticia de sucesos semejantes en nuestros días, soy todo oídos.

Porque me malicio que no. Que no hay constancia de prodigios similares a nuestro alrededor. Si hoy resucitara Pepe Blanco y apareciera ante nuestros asombrados ojos pongamos por caso que en el Ibiza a punto de reabrirse, donde antes paraba con su taxi, y pronunciara las palabras mágicas (“Están todos ustedes invitados”), pensaríamos que el hombre sufría alucinaciones. Y nosotros también. Todo lo más, abonamos el cafecito del conocido de la esquina de la barra, allá al fondo, con quien nos hemos saludado cuando ingresábamos en el bar o obsequiamos a alguna damisela con un detalle semejante por un sentido de la caballerosidad que también se bate en retirada, puesto que se trata de un gesto que puede malinterpretarse: como un rescoldo del machismo que sigue acampando entre nosotros o como un testimonio de que uno tiene la billetera más larga que el vecino. Normal que se acabe llegando a las manos: eso no me lo dice usted en la calle.

Confirmo de tertulia con camareros de confianza que esto de invitar pasó hace tiempo a mejor vida. Una costumbre que ha quedado postergada entre nuestros hábitos como clientes a una única función: hacerle la pelota al obsequiado. A mí me sucedió hace unos años: de vermú en el Victoria con alguien cuya identidad no revelaré asistí a una escena tan impagable como aquellas de La Granja. Una escena que hubiera hecho feliz a Rafael Azcona: cómo brotaban tal que hongos parroquianos en cada esquina que se acercaban a invitar a mi acompañante a esto y aquello. Yo iba en el mismo lote y pensé para mí que ni la generosidad es hoy lo que era. Ahora se distingue por ser interesada. Y que tal vez siempre lo ha sido. Aunque yo siempre recordaré a Pepe Blanco como un vestigio de aquel tiempo en que podías tropezar con logroñeses desprendidos de verdad.

P. D. Desde El Soldado de Tudelilla atrona el autorizado vozarrón de Manolo para confirmar lo antedicho: que eso de esta ronda corre de mi cuenta es una frase en vías de extinción. “Los jóvenes ni conocen esa costumbre”, corrobora. “Lo de invitar ya sólo lo practican los mayores”, añade. Y mientras abre la puerta del bar de la calle San Agustín, Manolo confirma lo que cualquier improbable lector: que todo tiempo pasado fue anterior.

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