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Laurel

Damas de la calle San Juan
Jorge Alacid 30-04-2016 | 11:20 | 0

Alhóndiga y La Travesía, con las damas a sus puertas. Foto de Justo Rodríguez

 

Una sección que se llame Nuestro hombre en la barra como la que alberga estas líneas no sólo homenajea a nuestros camareros de confianza mientras le guiña un ojo a Graham Green y su inmortal novela ‘Nuestro hombre en La Habana’ con un tontorrón juego de palabras, sino que acoge en su seno a todo lo contrario: a nuestra mujer en la barra. Mejor dicho: nuestras mujeres. Con todos ustedes, improbables lectores, Jaque y Chus, Chus y Jaque, damas de la San Juan, ejerciendo un oficio antaño casi relegado al uso exclusivo de varones que en manos femeninas alcanza otro grado de excelencia. Con un toque fetén y distinto. El nacido en la gracia y viveza con que nuestras heroínas defienden su bar La Travesía desde hace 23 años. Un local vecino del recién nacido, el aledaño Alhóndiga, que luce su primer año de vida con una barra donde triunfa el bacalao en cualquiera de sus encarnaciones, entre otras golosinas.

A Jaque y Chus las conocerá la clientela fiel de tan castizo rincón logroñés, esa Travesía de la San Juan que el imaginario popular sitúa como prolongación de la calle central de esta inmemorial ruta del chiquiteo, por su feliz desempeño al frente del bar donde se han hecho célebres gracias al manjar delicioso, la espléndida tortilla que tanto recuerda a la original. Mismo bar, distinto nombre: se llamaba Ignacio, lo atendía caballeroso el señor Extremiana y su mujer se ocupaba de la sartén, el aceite, la patata… También hacía lo mismo que quienes les sucedieron: echarle huevos.

En todos sus sentidos. Porque se exigía cierta valentía en los albores de los 90 para tomar bajo su tutela un bar en una calle, la San Juan, que no es desde luego la vigorosa arteria de hoy. «Entonces estaba casi muerta», rememora Jaque, portavoz oficial del dúo de camareras. Un dúo devenido en trío, porque en la aventura del Alhóndiga les siguió Lucía, quien se inició en este oficio con ellas en La Travesía, el más conocido periplo de una singladura que para Jaque y Chus empezó antes, mucho antes: en La Zona.

Allí, en el Gabinete de la calle Fundición, ya derrochaban clase y simpatía poniendo copas a los trasnochadores oficiales de Logroño. Se habían conocido un poco antes, cuando coincidieron de camareras en el difunto Trazos de Jorge Vigón; hicieron buenas migas y se animaron a ser sus propias jefas, al frente de ese local que animó la noche logroñesa. La animó tanto que casi pudo con ellas, de modo que cuando vieron que el depósito de energía empezaba a menguar se decantaron por dar un volantazo a su trayectoria hostelera: pasaron de la noche al día, nunca mejor dicho. Le echaron el ojo a este bar del Logroño antiguo, tomaron lecciones de los dueños que lo traspasaban hasta dar con el punto al jugoso bocado llamado tortilla y lo dicho: le echaron huevos.

El resto es historia. Una historia logroñesa que se sigue escribiendo. Jaque y Chus aguantaron como jabatas hasta que lograron, en compañía de más gente audaz como ellas, poner de moda este itinerario por la San Juan convenientemente renovado y ganaron fama con esa tortilla cuyo secreto es sencillo: no lo hay. «Es tradicional, clásica», explican. Su maestría en la cocina y la barra contagió luego al resto de la prole de camareras que han surcado el escaso espacio de que dispone La Travesía, de donde nacen sin parar tortillas y más tortillas. No sólo las despachadas en formato pincho, o las que se consumen enteras tanto en la barra interior como en la exterior: también es habitual que trabajen de encargo y así ocurrió el día memorable en que recibieron un encargo que no olvidan, doscientas tortillas para una celebración.

No flaquearon. Salieron las doscientas tortillas en su punto, como en perfecto estado de revista mantienen tanto La Travesía como su hermano pequeño, ese barcito llamado Alhóndiga por el que hoy se desviven y que contribuye a configurar el rico entramado de bares que conceden su fisonomía singular a la San Juan. Una calle que, como la Laurel, es una y trina. Una calle donde cada día se forja un vínculo especial entre camareros y clientes, «que son más que clientes, son amigos», reflexiona Jaque. Y sale afuera del Alhóndiga a ver pasar la vida, mientras hila tertulia con un grupito de parroquianos, saluda a otros que pasan y mira hacia lo lejos. Que es como mirar hacia atrás y tropezarse con ella misma cuando, junto a Chus, imaginaron que tras la noche (tras las copas del Gabinete), vendría la luz del día que ahora derrama sus dones sobre sus dos negocios en la San Juan. Resumen: «Que les vaya muy bien a todos los bares, sobre todo a nuestros vecinos, porque eso nos favorece a todos». Y petición final: «Ojalá el día tuviera 48 horas».

P.D. Jaque, natural de Torrecilla, y Chus, oriunda de Matute, hicieron tal vez un pacto con el diablo para que el tiempo no pase por ellas: así se desprende de las fotos que conserva el archivo de Diario LA RIOJA, donde se las puede ver más o menos como ahora. Con más experiencia, desde luego, de modo que Jaque no le pide gran cosa al futuro: “Lo único que echo de menos es que era más joven”, se ríe. Y no pierde la sonrisa cuando se le pregunta por sus bares favoritos, esos adonde acude cuando no está defendiendo el suyo: “Mis favoritos son los de la calle San Juan, me gusta entrar en prácticamente todos”. Y entre ellos, dos debilidades: sus desayunos en el Umm y sus excursiones al Tastavín, que no perdona “porque me encantan sus pinchos y, sobre todo, porque somos muy amigas de Pedro y Anca”.

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¿Perros en los bares?
Jorge Alacid 18-03-2016 | 11:50 | 23

Un perro en un bar de Zaragoza. Foto de El Periódico

 

Hace un millón de años, me impresionó toparme en mis correrías por la calle Laurel con una parejita que intentaba ingresar en el Blanco y Negro con un enorme cochecito de niño. Me froté los ojos y comprobé que, en efecto, ese era su propósito: miré al interior del vehículo y comprobé que desde luego allí viajaba un bebé. Calculé que neonato o casi: miré estupefacto a sus padres, preguntándome qué tipo de progenitores considera adecuado para sus vástagos recién nacidos una incursión de ese calibre, en un bar atestado de humo y vapores de todo tipo. Yo, que me consideró tan logroñés y tan adicto a la Laurel como cualquiera, me hubiera tentado un poco la ropa antes de protagonizar una experiencia de ese tenor, pero luego he ido comprobando que, como sospechaba, me he quedado anticuado. Proliferan desde entonces los niños de pecho por la calle Laurel y los chiguitos en edades también muy tiernas: se veía venir que cualquier día compartiéramos espacio con el reino animal.

Ese día ha llegado. Nada tengo contra el mundo perruno, sino más bien a favor: sobre todo, con las especies más maltratadas por la vida. La vida perra. Me parece estupendo que cada cual adopte la mascota que prefiera y comparta con ella sus días. Hay quien incluso peregrina con su perro en la ronda habitual de chiquiteo, cosa que me llama la atención, aunque no tanto como cuando entras en el bar de confianza y te encuentras allí con la pareja: el perro y su dueño. O los perros y sus dueños, que de todo hay.

Como mi asombro iba en aumento y no conseguía discernir por mi cuenta si esa tendencia ya tan habitual contaba o no con el plácet legal, consulté con dos personas: una, el propietario de un castizo local logroñés cuyo nombre no citaré. Otra, un experto jurídico. El primero, el dueño del bar, me respondió que no tenía ni idea de si podía permitir la entrada de perros en sus bares, pero que se había impuesto la norma que sigue: “Si me lo piden con educación, les dejo. Pero también les aviso de que si empiezan a molestar a los clientes, a la calle”. Cosa que por cierto me aseguró que alguna vez había ocurrido.

Como se deduce, la hostelería no sabe muy bien cómo conducirse en estos casos. ¿Pueden los perros y otros animales de cuatro patas entrar en sus bares? El citado experto me sacó de dudas. La respuesta es muy clara. La respuesta es no. No pueden. Ni siquiera vale que al dueño de tal o cual garito no le moleste esa costumbre o incluso le guste: no puede tomar esa decisión por su cuenta. Debe aplicar la ley, igual que en otros apartados de su vida empresarial. Y el marco legal, como me advierte el mentado experto, es muy preciso. Artículo 6.2 del Real Decreto 3484/2000 de 29 de diciembre, por el que se establecen las normas de higiene para la elaboración, distribución y comercio de comidas preparadas: “En los locales donde se realicen estas actividades, no se permitirá el contacto directo de los productos alimenticios con el suelo, ni la presencia de animales”.

Clarinete. Una ordenanza municipal que regulara estas actividades no podría imponer un criterio distinto al fijado por un Real Decreto, documento de orden jurídico superior. Otra cosa es la fuerza de la costumbre en los usos hosteleros, cuestión que sin embargo no afecta a lo esencial: la obligación de cada bar de velar por la higiene de los alimentos que se consumen en un local y, en consecuencia, por la salud de los clientes, que debe ser su objetivo central. Si al dueño le gustan o le molestan los animales, es cosa distinta. El marco legal le prohíbe como se ve aceptar su entrada y eso no es negociable: pero como estamos en Logroño, paraíso de la doble fila y otras calamidades, también esta prohibición nos la saltaremos con el habitual desenfado.

P.D. Que esté prohibido entrar con la mascota en un bar no implica que no esté ocurriendo. Coincide además esta tendencia con una serie de movimientos de amigos de los animales, que promueven iniciativas en distintos puntos de España para que se les permita echar un trago con el perro al lado. Así lo evidencia la foto que ilustra estas líneas, tomada por El Periódico de Aragón, y otras referencias que se encuentran rastreando por internet. Que uno sepa, todavía no se conoce una pretensión similar por Logroño. Aunque todo llegará.

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Pongamos que hablo de Laurel
Jorge Alacid 11-03-2016 | 9:43 | 8

Vista antigua de la calle Laurel

 

Una reciente incursión a una hora bastante temprana para los usos habituales en la Laurel me permitió conocer una calle distinta: eran las once de la mañana y sólo estaban abiertos el Sebas y el Soldado, como me corroboró el propio Manolo en esta última parada de semejante viacrucis. Acudí a entrevistarle para una entrada recién publicada en este mismo espacio y acabé entablando tertulia improvisada en torno a la calle Laurel, su vida y sus milagros. Sobre cómo era antaño, cómo se ejercía en consecuencia el rito del chiquiteo. Porque mi propia experiencia apenas es nada comparada con la suya. Mis primeros recuerdos llegan de finales de los años 70, cuando la calle ya era otra, no la fundacional que sí conoció el jefe de El Soldado. “Para esa época, esa calle Laurel ya era más o menos la Laurel actual, la que hemos ido conociendo”, me informó Manolo.

Así que le pedí un ejercicio de memoria que puede también perpetrar cualquier logroñés que peine alguna cana. Porque, según sus estimaciones, en realidad la costumbre de las rondas por Laurel son recientes, en términos históricos. Quienes homologaron esa costumbre por las calles de Logroño destinadas a tal cometido lo solían ejecutar por la Mayor, cuyos bares fue recitando el amigo Manolo con precisión… y con ayuda de un caballero, de quien no tengo el gusto, que acodado en un extremo de la barra iba apuntando aquí, añadiendo allá, recuperando de la memoria algún nombre perdido en el tiempo o confirmando los datos que iba desgranando nuestro legendario camarero logroñés.

De modo que anote el improbable lector. Los pioneros del chiquiteo por Logroño deambulaban por el tramo superior de la calle Mayor entre el Cuatro Calles, el Bretón de Ventura, el Iturza todavía vivo, el Racimo de Oro y el Govi ya periclitados… Superaban el Tigre y la Fonda San Antón, regateaban la bodega Montiel de la cercana calle Santiago y embocaban en el tramo inferior, donde disfrutaban de otro buen rosario de locales de confianza: Bilbao, Relicario, Cosecheros, El Cortijo, Pedro el Riojano, Cuatro Vientos, 600… Estaban también el bar de Chasco, otro garito de nombre olvidado propiedad al parecer de un boxeador, algún local con misteriosa luz roja a la entrada y, finalmente, el Canarias.

Yo desconocía gran parte de ellos, sobre todo los citados en último lugar. Sí que he frecuentado algunos otros, pero la verdad que el chiquiteo mentado, con esa ronda casi infinita, pertenece al universo de mis abuelos según mis cálculos. Más me sonaba la otra serie de garitos donde aquellas cofradías empalmaban su itinerario por la Mayor, puesto que sus pasos les llevaban también por la calle San Juan que entonces todavía no era la que hoy conocemos, aunque algunos bares aún resisten. Es el caso de La Esquina o del Regio (hoy, García), y también del Torres y el Samaray, pero ya han ido falleciendo otros como el Noche y Día y el Mere de la Travesía. Sobrevive el Ignacio en esa misma calle con otra denominación y dijimos también adiós a otros como El Quijote. La ronda por San Juan, aclara Manolo, contaba con una particularidad: que era más precoz. “Los bares, no sé la razón, abrían antes y también cerraban antes”.

Ya estamos allí donde queríamos: en la calle Laurel que conocieron nuestros antepasados. Poco que ver con la actual, aunque algún viejo bar permanece más o menos incólume. En aquel tiempo, recita Manolo, estaban el Taza, Achuri, Torrecilla, Donosti y Buenos Aires; seguimos subiendo la leve cuesta y tropezamos con el Sebas, el Bambi, el Calderas… Y allá al fondo vemos el Blanco y Negro, el Perchas al doblar la esquna y ni siquiera asomaba entonces el Soriano: eran los tiempos anteriores a su fundación, cuando aquella casa se llamaba Gabasa… Poco más. Habrá algún bar que se le olvide a Manolo y se me olvida a mí, así que mil perdones por adelantado. Desde luego estaba El Soldado, a caballo de San Agustín y Laurel, y por supuesto que la ronda era otra: el vino del año era el rey, las tapas ni siquiera existían como concepto y la actividad chiquiteril se prolongaba durante toda la semana, con familias enteras viviendo casi dentro del bar y un febril dinamismo comercial, porque la calle contaba con su buen racimo de tiendas, adosadas a las peripecias propias de los logroñeses que allí también tenían su domicilio.

Porque cuando hablemos de la Laurel, pongamos que hablamos de una calle distinta para cada generación. La mía se hizo mayor en alguno de esos bares citados pero añadió otros (La Mejillonera, los dos locales de la inolvidable gallega, el Bambi, el Páganos) y quienes nos siguieron en semejante práctica habrán añadido los suyos. Como la historia se estudia por capas y siempre es pendular, será curioso saber cómo se reirán nuestros nietos de las andanzas laurelianas de sus abuelos. Sin caer por supuesto en la nostalgia: ya sabemos que todo tiempo fue anterior.

P.D. San Agustín, la vecina calle que a menudo se confunde con la propia Laurel porque forma parte de ese universo uno y trino que incluye también a Albornoz y la Travesía, tampoco ofrece hoy la imagen de antaño. Rememora Manolo los tiempos en que, además de El Soldado, allí apenas se alojaban Las Cubanas, el Florida, Baigorri y el Carabanchel, con los añorados Moi, Nicolás o la Banda Dominguera. Hoy, como entonces, la calle es un estupendo escenario para atender el consejo que nos legó precisamente el santo al que da nombre: porque, como decía San Agustín, “una vez al año es lícito hacer locuras”.

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Nuestro hombre en la barra: Manolo, el del Soldado
Jorge Alacid 27-02-2016 | 6:37 | 4

Manolo y Jacinta, en sus primeros años en El Soldado de Tudelilla

 

Érase una vez un hombre a una barra pegado. Érase una bodeguilla superlativa. Érase que se era El Soldado de Tudelilla, palabras mayores. Érase un bar castizo como pocos, miembro de la ilustre cofradía de locales logroñeses que honran al dios de los bares desde el ejercicio cabal de un oficio milenario. En el caso que nos ocupa, casi centenario: porque El Soldado de Tudelilla nació en su sede original en 1947, así que ya ronda el siglo. Algunos logroñeses aún recordarán aquel primitivo bar, ubicado como ahora en la calle San Agustín aunque en su tramo inicial: más o menos, donde luego se ubicaría el restaurante La Unión, junto a la desaparecida licorería de Ursicino Espinosa.

Aquella sede fundacional duró poco. Tres o cuatro años después, El Soldado emigró a la calle Laurel, donde alcanzó justa fama: era una bodeguilla como las de antes, como tantas repartidas por Logroño. Bancos corridos, mesas de mármol: allí se acodaba la parroquia, formada por un tipo de cliente ya en trance de desaparición, que se traía la fiambrera de casa y sólo requería que le despacharan vino.

Todo esto lo cuenta Manolo García Nájera, penúltimo eslabón de la cadena de El Soldado, mientras sirve unos cosecheros, despacha unas raciones de chicharrillos y prepara unos bocadillos de sardina con guindillas, especialidad de la casa entre tantas otras. «Es lo que más nos piden», confirma. No falta tampoco en su oferta los célebres tomates, esa ensalada cuyo secreto es… que no hay secretos. Aunque el periodista se malicia que Manolo se guarda alguno, el toque maestro. «No, qué va. Nada más que calidad: buenos tomates y buen aceite», garantiza. «Y mucho amor».

De amor anda bien nutrida la historia de este mítico camarero del Logroño de toda la vida. Amor desde luego a su ciudad, que conoce con la pasión del historiador; y amor al oficio, que aprendió muy pronto: con catorce añitos ya ejercía de recadero en el negocio familiar, el añorado Mere de la travesía de San Juan, que defendían sus padres, Manolo y Consuelo. Militaba la pareja en una conocida saga de hosteleros logroñeses, puesto que el abuelo Moisés había alcanzado celebridad al frente de La Chatilla de la calle El Peso, aunque cuando Manolo entra realmente en acción en el mundo de los bares es por la vertiente conyugal: sus suegros, Jacinta y Tomás, habían fundado en 1947 recién llegados de Tudelilla (donde a Tomás apodaban soldado: héte aquí dónde nace el nombre del bar) un almacén de vino en Murrieta y allí conoció nuestro hombre los pormenores de esta profesión que promete desempeñar durante largo tiempo: «Hasta que me corte la coleta».

 

Jacinta y Tomás, fundadores de El Soldado, en la sede inicial de San Agustín

 

Del almacén de vinos, su familia política pasó a defender la bodeguilla mentada en sus dos sedes y luego cedió el testigo a otros familiares, Julia y Andrés, a quienes los logroñeses que alguna cana peinen sin duda no olvidan. Ellos hicieron el tránsito desde Laurel a San Agustín hace 30 años y a ellos les relevó Manolo y resto de la prole. Era por supuesto otro bar, porque aquel era otro Logroño y otras las costumbres. La zona fetén de chiquiteo se beneficiaba de las cuadrillas formadas por operarios de los vecinos centros de trabajo (del cuartel a Tabacalera, pasando por Telefónica y Correos), de modo que eran habituales tanto la ronda matinal como la vespertina. Igual que era usual aquellas cuadrillas formadas por docenas de miembros, cuando los bares no cerraban al mediodía, tampoco había fiesta los domingos y el oficio de camarero algo tenía que ver con la condición de esclavo.

Manolo no añora esos años. Asegura que las cuadrillas actuales, más jóvenes, «son también muy educadas», aunque su rito chiquitero se limita al fin de semana. Con una peculiaridad:al cliente actual hay que preguntarle qué vino quiere «mientras que al de antes no había ni que decirle nada». Un tipo de parroquiano tan adicto al vino del año («El mejor para chiquitear», proclama Manolo) como al lema que firma el jefe de ElSoldado:«Que nos dejen como estamos».

 

Manolo, en una imagen más reciente

 

P.D. Cuando al amigo Manolo se le pregunta qué otros bares de Logroño frecuenta con más gusto, confiesa que se decanta por lo clásico. Ahí va su lista de los tres locales predilectos par demostrarlo: “El García de la calle San Juan, el Charro del Pibe de San Agustín y La Guarida, el antiguo Alejandro de la calle del Carmen”. Casticismo en estado puro. “Yo soy así, qué quieres: a mí déjame de reconstrucciones y deconstrucciones”.

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El mejor bar del mundo
Jorge Alacid 02-01-2016 | 11:09 | 0

Bar Savoia, en la localidad italiana de Amalfi

 

Muere el año, llegan las listas: tradición navideña que este blog no puede ignorar. Aunque será una lista heteredoxa: en la búsqueda del mejor bar del mundo, procuraremos no salir de Logroño. Porque esa clasificación que cada año elabora no sé quién (y elige en el primer puesto al bar Artesian, de Londres: no tengo el gusto) suele tener en cuenta aspectos que (me parece) nada tienen que ver en que este bar y no otro nos lleguen al corazón o nos dejen indiferentes. Se suele valorar dos aspectos que a mí me dejan frío: las elevadas tarifas concentradas en su lista de precios y ese tipo de lujos contemporáneos que quienes hemos sido educados en el añorado y confortable universo de cabezas de gamba y serrín en el suelo ignoramos con educada gentileza.

Así que olvidando lo que cuenten los gurús de este negocio, aporto mi propia lista. La suma de todas entradas debería formar el mejor bar del mundo, pero tampoco de eso estoy muy seguro: a veces el orden de los factores altera el producto final. Porque falta lo esencial: falta la magia. Y ese es un componente intangible que suele aparecer cuando no se le convoca… aunque yo no dejo de llamar a su puerta. Porque pienso de verdad que el mejor bar del mundo debería tener:

La barra de La Granja. Hermosa curva que dispara nuestros recuerdos al territorio de la nostalgia. Yo era un crío que se pedía una tostada con mantequilla, manjar consumido en el silloncito situado a la entrada, bajo la imperial escalera. Vale también la barra del Ibiza. Abstenerse los amantes del bar low cost.

La terraza del Tívoli. Veríamos aparecer a Maisi bandeja en ristre, lentísimo: procurando que la cerveza llegara siempre caliente. Y resucitaría Anita con sus pipas horneadas en la locomotora de juguete. Tratantes de ganado, abstenerse.

El camarero Santos. Regresamos a La Granja para homenajear a los camareros de antigua estirpe, profundos conocedores del oficio. Serviciales pero no serviles, discretos pero no olvidadizos: ese tipo de camarero que te despacha lo que tú quieres sin necesidad de pedirlo. Abstenerse tiquismiquis.

La gramola del Tigre. En el mejor bar del mundo sólo suena la música que tú quieres: algo demasiado importante para dejarlo en manos de los dueños. Sonarían los Rolling y Adriano Celentano, Paolo Conte y Las Grecas, Antonio Machín y Marvin Gaye, Los Amaya y Los Ángeles, Tom Jones y Suzy Quatro. Horteras, abstenerse.

Los pinchos del Pachuca. Honor a quien creó el universo de la tapa antes de que el concepto tapa existiera. Gloria por lo tanto al inventor del tentempié, concepto fetén y cañí al que tanto debe nuestro corazón tan logroñés: los calamares del Moderno, los ajos del Florida, las ensaladas del Soldado, los champis del Soriano y la tortilla del Sebas. Abstenerse finolis.

Los vinos del Turismo. Tinto con paracaidas, por favor. Y salvar el lumpen de la entrada, ignorar a la clientela bizarra apoltronada en las mesas de formica, la condescendencia del camarero de guardia, alguna lumi abandonada en una esquina de la barra. El mejor vino del mundo te tiene que dejar los labios desbordando melancolía. Brigadistas del ejército de salvación, abstenerse

Las copas del Saxo. Suenan los Smith por la megafonía y todo es perfecto: la compañía, sobre todo. Abstenerse fans de Pink Floyd. Y de ahí al Abraxas.

El espíritu de Cantabria. Y su bar, y el bar de la Hípica, las excursiones a La Pepa, el Joto y Los tres marqueses (ojo: en su anterior encarnación), y Las Losas de Oyón, y los huevos duros del Iturza, las cazuelitas del Cuatro Calles y la bodeguita Montiel, la infinita barra del Continental, la clase de Las Cañas, todas las declinaciones del Bretón, el alma resurrecta del Ibiza y la interminable cristalera del fenecido Capri por donde veíamos anochecer, en todos los sentidos. Forasteros, abstenerse.

P.D. La imagen que ilustra estas líneas pertenece al bar Savoia de Amalfi, donde recalé este verano. Me pareció que condensaba el encanto que uno busca en sus bares predilectos. Humildad pero grandeza, sabiduría y contención. Mucho estilo, incluyendo camareros insomnes apalancados en la puerta rascándose la cabeza, reluciente el mandil. De modo que me desmiento a mí mismo y decido viajar fuera de Logroño: el mejor bar del mundo debería incluir toda esa mentada lista de elementos logroñeses, depositarlos luego en el Savoia amalfitano y lanzar los dados para ver si surge la magia reclamada, con el Mediterráneo al fondo. Ese bar sí que sería perfecto.

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