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Laurel

Qué hay de nuevo, Ibiza
Jorge Alacid 28-11-2016 | 3:57 | 0

Inauguración del Ibiza, esta mañana en Logroño. Foto de Juan Marín

 

Hubo un tiempo que recordarán los logroñeses más veteranos donde el sol no se ponía en los bares del Espolón. Quiere decirse, hipérbole mediante, que la gavilla de negocios hosteleros arracimados
alrededor de la céntrica plaza permitía a un hipotético cliente no abandonar ese entorno y regalarse unas cuantas visitas a sus locales predilectos sin dejar de pisar las mismas baldosas. No hacía falta peregrinar a la cercana San Juan ni a la vecina Laurel: el Espolón se bastaba para satisfacer las necesidades de los logroñeses incondicionales de la ronda eterna.

Fueron los años del Ringo o el Aéreo Club, a los que siguieron los del inolvidable pub Duque; los años de Las Cañas, por supuesto, cuyo vacío ocupa ahora Wine Fandango. Y, desde luego, los años del Ibiza, inmemorial faro, guía y brújula para varias promociones de logroñeses. Que encontraban en el bar ahora recuperado el lugar donde quedar para esto o aquello: para las gestiones bancarias, el itinerario por la Plaza de Abastos o la línea de salida en su ruta hacia el vermú que invitaba a recorrer los bares aledaños. El Ibiza, sí: el Ibiza, el imaginario puerto de mar de que dispuso Logroño, que hoy reabre sus puertas para su enésima reinvención luego de una profunda transformación tras año y medio clausurado. Prevalece sin embargo su espíritu, su alma tan vinculada al corazón de la ciudad.

Que algo tiene que ver con su condición camaleónica. Porque el Ibiza jugó sus cartas con buena fortuna cuando decidió convertirse en uno de sus bares donde hay que estar. Para ver y para ser visto. Bajo esa misma filosofía reanuda este lunes su actividad, como explica David Houngbeme, portavoz del grupo empresarial que se hizo con la propiedad del local cuando sus anteriores gestores concluyeron su andadura. Se trata, por lo tanto, de reconvertir el Ibiza en lo que fue toda su vida: un café abierto siempre. O casi. Ese bar que nunca cerraba. O casi. Madrugador para el desayuno, operativo durante la mañana para el cafelito o el tentempié reparador, también funcionando para el aperitivo. Así se recuerda al Ibiza, a toda máquina también por la tarde y la noche, y así les gustaría a sus flamantes dueños que siguieran conociéndolo las nuevas generaciones de logroñeses a quienes tal vez nada les diga el viejo local. Cuando se hizo célebre por su terraza exterior y sus veladores del interior, limpiabotas incluido.

P. D. Hasta aquí el artículo publicado este lunes en Diario LA RIOJA, en vísperas de que se obrara el prodigio: en efecto, el Ibiza ha vuelto. Aunque hasta mañana no empezará a funcionar para gozo de sus incondicionales, este mediodía ha ofrecido un anticipo de lo que espera. Estupendo servicio, inmejorable imagen, un espacio confortable… Sólo le falta lo que ansían todos los negocios: llenarse de clientes. No creo que falten: el nuevo Ibiza, el Ibiza de siempre, lo tiene todo para triunfar. Y de paso completa una estupenda fachada de Logroño para deleite de indígenas y forasteros amigos de los bares.

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Los bares añorados
Jorge Alacid 11-11-2016 | 8:52 | 0

Dibujo de Néstor Santo Tomás

 

Hace un tiempo, un corresponsal de este blog me hizo llegar por correo el dibujo que decora estas líneas. Me enterneció: por ahí, por esa cuadrícula de bares logroñeses que festonean la calle Laurel y alrededores, debía andar yo en la lejana fecha en que el autor del croquis lo pintó, negro sobre blanco. Corría el año de 1984 y uno acababa de volver de la mili, con prisa por recuperar el tiempo perdido huérfano de sus barras predilectas. Como ahora compruebo, mientras tanto (en paralelo, sin yo saberlo), un paisano y compañero de quinta, Néstor Santo Tomás, se entretenía durante sus rondas por levantar este mapa que me sabe ahora a nostalgia, desde luego, pero también a vino negruzco servido en vasos, a los ajos del Florida y a la magia y la poesía depositadas en algunos locales que ya perecieron (ah, La Simpatía; ah, el Bambi) o en los que mudaron su piel. Y ya no: ya no son iguales.

Pero el dibujito también me despierta una emoción más profunda. Me desata el cariño. Hacia el Logroño que fue, hacia lo que nosotros fuimos. Así que mientras absuelvo a todos, a la ciudad y a las distintas generaciones que la han poblado, de nuestros innumerables pecados, pongo a funcionar la moviola e indago si el resto de improbables lectores de este blog comparten sentimientos semejantes. El primero que dispara es el propio Néstor, desde Zaragoza, adonde le llevó la vida. “Tenía más de veinte años y para entonces mi cuadrilla y yo conocíamos la mayoría de los establecimientos de primera mano”, recuerda. Y añade: “Y digo la mayoría dado que éramos parroquianos exigentes y vetábamos un bar a la primera ocasión que nos daban una mala contestación o habían subido el precio del vino. Éramos bastante gente y nos creíamos un lobby peligrosísimo teniendo en cuenta que salíamos todos los días, incluso en invierno”.

Néstor cree que el origen del dibujo “no era en principio otro que el de reproducir la ronda larga, la que hacíamos los fines de semana, comenzando en la actual arrocería que hay en San Agustín para enfilar luego la Mayor, la plaza de Martínez Zaporta donde el Moderno y  llegar a la Travesía del Laurel”. “Menudos ciegos”, confirma. “Está claro que en el dibujo no represento la gastronomía riojana, ni el gusto por el paseo y la conversación y el contraste de pareceres. No. Son tres personajes con un pedal nada agresivo, cierto, pero un pedal más que regular. Todo políticamente incorrecto. Aunque el estilo del dibujo recuerde a Max, el dibujante de El Víbora autor de Peter Punk, mi mayor inspiración era Azagra y sus personajes Pedro Piko y Piko Vena. Apología de fiesta sí y lucha también. Un skin y un punkarra aficionados a los tanques de cerveza”.

El amigo Néstor ha cogido carrerilla y sigue revisando su memoria logroñesa y noctívaga.  “Entonces la afición alcohólica la encauzábamos por el vino. El corto de cerveza era más caro y se ponía el doble de fondo si tenías idea de acabar con la tripa llena de gas sin apenas colocarte. Lo cierto, ahora que no nos oye nadie, es que en los años 80 no había turismo enológico ni nada que se le pareciese y la calidad del vino dejaba bastante que desear”. “Eso sí, era barato”, reconoce. Y entre trago y trago de melancolía, conclusión: Me sigue gustando nuestro Laurel a pesar de los turistas y solteros de despedida. Me encanta que el vino sea tan bueno a pesar de lo caro que se ha puesto  y también me alegra el auge de la calle San Agustín. En general me encanta el cambio que se ha operado en Logroño. Los que vivimos fuera lo apreciamos mejor, créeme. Tenéis, tenemos, una gran ciudad”.

Despedimos a Néstor con un agradecido saludo para afrontar la segunda oleada nostálgica. Desde Milán donde reside, Cristina Garay lanza sus dados: su trío de bares más añorados, los imprescindibles en cada visita a su casa logroñesa está formado por Picasso, Tívoli y Blanco y Negro. Un terceto perfumado por un baño de melancolía, porque para sus andanzas de bar en bar reclama un componente adicional: los aromas que llegan desde la cercana plaza de Abastos, el olor a pimentón y otras delicias logroñesas…

Oído, cocina. De dama en dama, nuestra improvisada encuesta recala en Madrid, donde mora la encantadora Clara Isabel Francia, princesa de la televisión y maestra de periodistas. Quien contesta lo que sigue:  “Conste que mi añoranza me lleva a la noche de los tiempos… Nunca olvidaré el Danubio ni el Pachuca. Y un tugurio estupendo del entorno de La Senda, especializado en anchoas preparadas de todas las maneras posibles. No sé si sigue existiendo. Tengo que buscarlo en mi próxima visita a Logroño”. A lo que servidor responde lo que cualquiera hubiera respondido: “Existe y se sigue llamando como siempre: Blanco y Negro”.

Vamos concluyendo. Desde Zaragoza, el conspicuo Jorge Gascón repasa mentalmente sus preferencias en esta materia, salivea fantaseando con su próxima visita para aprovisionarse de las queridas guindillas picantes y suelta sus tres favoritos: Sebas, El Soldado de Tudelilla y La Guarida. Y añade un icono menos conocido: la tortilla de patata del San Mateo en la avenida de la Paz.

De donde se deduce que en materia de bares y añoranzas, el lector improbable detectará que triunfa lo tradicional. Las barras de siempre, tan adictivas. Les ayuda su carácter longevo: han tenido más posibilidades de acoger entre sus muros a los encuestados y resto de la tropa logroñesa. Sobre todo, si la mentada tropa peina canas. Sobre todo, si alguna vez deambuló (hermoso verbo) por las venas y arterias que dibujó allá en el Pleistoceno Néstor Santo Tomás, desatando con el paso del tiempo una elevada dosis de añoranza por unos bares pasados que ya no volverán. Los bares más añorados.

P.D. Este punto melancólico que preside estas líneas viene contaminado de origen: porque echando la vista atrás he comprobado que el blog cumple cuatro años. Cuatro grandes años, desbordantes de sorpresas, pródigos en satisfacción y de extraordinario impacto personal y profesional para quien esto escribe. Cuatro años de agradecimientos por tantos buenos ratos compartidos que por lo tanto sólo pueden resumirse en esa palabra que uno no se cansa de pronunciar: gracias. Y que nos sigamos viendo en los bares.

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Hay otras calles
Jorge Alacid 14-10-2016 | 11:42 | 0

En las nubes, bar de la calle Gil de Gárate de Logroño

 

Una charla reciente con la buena gente del bar Soriano me llevó a peregrinar en mi imaginación hasta avenida de la Paz, cuando la calle se dedicaba aún al innombrable general. Porque cuando les pregunté por sus bares predilectos en las horas en que abandonan el propio y se convierten en clientes, en el Soriano citaron una referencia que me resultó muy querida antaño, pero que ahora apenas frecuento: el bar San Mateo. Ah, el San Mateo, el Iris, Atenea y demás miembros de la cofradía de locales que aguardan a su parroquia en ese extremo oriental de Logroño, donde la clientela protagoniza su particular ronda rivalizando con la propia de los bares del centro.

Es decir, que hay vida más allá de la calle Laurel. Vida más allá de San Agustín, San Juan y demás rincones del corazón castizo de Logroño. Lo cual fui a volví a confirmar el pasado fin de semana, cuando deambulé por ciertos bares de esa zona que alguna vez alguien denominó Laurel pobre. Una nomenclatura muy mejorable, de la que yo huiría, salvo que aluda a un factor decisivo para su creciente popularidad: que se tarifa más económicamente en todos esos locales de República Argentina, Gil de Gárate, Somosierra y calles adyacentes, donde se ha reunido una oferta muy atractiva… aunque menos novedosa de lo que algunos imberbes creen. Que les pregunten si tiene dudas a los logroñeses más veteranos. Porque en realidad la resurrección de las rondas alrededor del parque Gallarza puede leerse como una suerte de homenaje a los gloriosos e impenitentes adictos a los bares que hace unos años proclamaron ya a República Argentina como una alternativa no menos céntrica a la calle Laurel y alrededores.

Yo recuerdo bien a esa humanidad que deambulaba por el Tahití, el Tucumán, el Cinco Pesos, el Mar de Plata… Eran tal vez los papás de esta breve muchedumbre que hoy se arremolina en alguno de ellos (sobrevive el Cinco Pesos) o los abuelos de estas familias en la treintena y alrededores que han entronizado el Barrio Bar como el destino fetén de su vermú sabatino y dominical. En su entorno confluyen otros locales igual de recomendables. O al menos a mí me los recomienda alguna voz autorizada que me ruega de paso que no divulgue sus nombres: teme en su ingenuidad que se popularicen demasiado, vaya luego demasiada gente y reste encanto a la ingesta de alcoholes y bocados, suban los propietarios los precios… Así que haré caso a tan juiciosa opinión y me limitaré a sugerir un paseo por uno de ellos, cuyo nombre me parece perfeccionable (En las nubes), aunque no sirve para eliminar el resto de encantos que le distingue.

Pinchos suculentos, cerveza tirada con estilo (mola la tostada), decoración juguetona… Un bar distinto. Aunque no tan distinto. Proliferan por cualquier rincón de España este tipo de locales pródigos en guiños a la formica y los años 70, incluyendo la recuperación de la querida guilda en cualquiera de sus encarnaciones y el renacido triunfo del mobiliario de color crema que nos acompañó durante nuestra infancia (en la Chocolatería Moreno, por ejemplo)… En las nubes ofrece todo eso, una especie de ronda por la nostalgia, y lo empaqueta con clase para ofrecerse como solitario exponente de esta tipología de bar en una ronda donde lo habitual es lo contrario. El bar de toda la vida. Las bravas picantes del Perejil, sin salir de esa calle. Y unos cuantos casos más… que no citaré: he prometido unas líneas arriba no contribuir a que se divulgue su fama más allá de estas calles.

De modo que voy concluyendo. Lo hago como empecé: aceptando, por supuesto, que hay otras calles. Hay vida inteligente para quienes aman los bares más allá de los itinerarios clásicos. Yo reconozco que nunca dejaré de regresar una y otra vez a los garitos del Logroño de toda la vida porque es como una excursión hacia mi adolescencia ya lejana (ay). Porque están llenos de referencias sentimentales que me hacen una melancólica compañía, una especie de calefacción interior impagable. Pero también reconozco que cuando salgo de lo más trillado encuentro la recompensa de lo desconocido. Tanto en En las nubes como en el resto de hermanos de esa fraternidad de las calles Somosierra, República Argentina, Pérez Galdós, Menéndez Pelayo… Por donde alguna vez también transitamos: las calles que conducían al viejo Las Gaunas. Un arsenal de recuerdos inolvidables que empezaban a gestarse en ese Cinco Pesos que aún sobrevive. Que me sigue sabiendo a café (solo), copa (solysombra) y puro (faria gallega, opcional Rosli).

Así que habrá otros bares, pero están en éste.

P.D. El Cinco Pesos atesora una bien ganada fama como depositario de un título que nadie le discute: el bar con los mejores tigres de Logroño. Para quienes lo frecuentan me parece que ejercen como sucedáneo logroñés de la magdalena de Proust. Alla verá usted al veterano camarero depositario de este legado trajinando desde la cocina con las bandejitas donde despacha tan codiciado manjar. Lo supongo próximo a la jubilación, aunque me cuentan que sigue aguardando un relevo adecuado para que maneje con el mismo esmero e idéntica discreción la fórmula secreta de sus envidiables bocados. Porque los tigres siguen sabiendo a gloria bendita. Con un aliciente adicional: que mientras los engulles te vuelves a ver a ti mismo unos cuantos años atrás en el mismo bar, minutos antes de ingresar en Las Gaunas. Sacando aquí todavía la entrada de cadete… cuando en realidad ya te afeitabas todos los días y estabas a punto de irte a la mili.

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¿El día del cliente?
Jorge Alacid 07-10-2016 | 7:45 | 17

Paco Bergés, a la puerta del Ópera. Foto de Justo Rodríguez

 

“Algo hay que hacer”: puede el improbable lector consultar a cuantos dueños de bares logroñeses quiera que acabará recogiendo múltiples alternativas a la pregunta de cómo reanimar su actividad en días laborables, así como una frase mil veces repetida. Algo hay que hacer. Porque el sector languidece entre semana. Es una evidencia palpable, que no afecta sólo a Logroño. Los hábitos de consumo han cambiado tan radicalmente que el antiguo peregrinaje diario de bar en bar se ha convertido en una costumbre que sólo mantienen los chiquiteros conspicuos, que merecerán algún día un detalle de su Ayuntamiento o de la Sociedad Española de Hepatología. El resto de la población se resiste a libar más allá del fin de semana: lo prueba cualquier visita por las lánguidas calles del centro de lunes a miércoles. Numerosos bares incluso cierran.

Surge por lo tanto la pregunta. ¿Cierran los bares porque no hay clientela? ¿O sucede al revés? Al parecer, se trata de una preocupación común al resto del sector en España, hasta el punto de que la Federación Española de Hostelería anuncia que pretende implantar alguna medida que mitigue la caída del negocio en esos días grises, sobre todo en invierno. Por ejemplo, la creación de un día dedicado al cliente, que clonaría la idea lanzada tiempo atrás por otro sector con problemas, el del cine. Así como hay un día del espectador en que bajan los precios para el visionado de películas e ingesta de palomitas, los bares patrios se dotarían de una jornada propia dedicada a honrar a la parroquia con algún atractivo adicional.

¿Cuál? Promociones, descuentos… La iniciativa parece aún muy incipiente, aunque sus promotores anuncian que les gustaría ponerla en marcha ya mismo: el próximo 11 de octubre. Que no sólo es martes: también es un martes víspera de fiesta. Lo cual sería un poco engañoso: habría que esperar unas cuantas semanas, hasta dar con un martes convencional, para ver si cuaja la idea, que cuenta por lo demás con el respaldo, entre escéptico y entusiasta, de algunos hosteleros logroñeses consultados. Que coinciden en la frase arriba citada (eso de que algo hay que hacer), pero discrepan sobre la fórmula. Cándido Fernández, que defiende el Torres de la calle San Juan y el Notre Dame de Duquesa de la Victoria, lanza de entrada una advertencia que pueden hacer suya la mayoría de sus colegas: “En nuestro bar todos los días es el día del cliente”. “Procuramos dar siempre el mejor servicio posible”, añade. Luego, cavila y cavila: “Desde luego, lo que yo no haría es algo tipo pincho/pote, porque es una fórmula que nunca me ha gustado”. Y agrega: “Más que bajar los precios, porque en muchos casos los márgenes ya están muy ajustados, lo que haría es subir la calidad”.

En términos parecidos se pronuncia Tere, que lidia a diario con el Donosti de la calle Laurel y La Taberna de Baco con sus socias, Ana y Marián. Aunque con algún matiz, tampoco es muy partidaria del llamado ‘pinchato‘ que por ese rincón de Logroño se organiza los jueves (“La verdad es que no tiene mucho éxito, hay que reconocerlo”, advierte); por el contrario, apuesta por una promoción que los martes condujera a más público hasta sus locales. “Por ejemplo, regalar el pincho. Que fuera una versión más contenida que el pincho habitual, pero que fuera el mismo que ofrece cada bar el resto de días”, sugiere. “Por supuesto, nada de servir un trozo de salchichón”, prosigue. “Porque algo hay que hacer: entre semana, la calle está muerta”, afirma. Y concluye: “Lo que se haga me parecerá bien para reanimar los martes, pero tiene que ser algo impactante, no cualquier cosa”.

Paco Bergés, al frente de la asociación que agrupa al sector en toda La Rioja, reflexiona desde el Ópera de la calle San Antón. Recuerda que se trata de un comentario surgido dentro de las reuniones que mantiene con sus homólogos de otras regiones de España pero avisa: “Hay que tener en cuenta que cada ciudad tiene su manera de ser en materia de bares”. En todo caso, no parece demasiado entusiasmado con la idea; a su juicio, serviría en el caso de Logroño para hacer la competencia a todos esos barrios que ya promueven sus propias ofertas (casi siempre los jueves). Más partidario se muestra de una variante, muy similar a la que preconiza el sector del cine: un día del cliente al año. “Me parece que el resto de las semanas no serviría de nada”, opina.

Porque su parecer es eso: una opinión. Más autorizada que otras, pero una opinión. Así que habría que ampliar el catálogo de dictámenes a propósito de esta cuestión, abarcando al conjunto de bares por supuesto y también a su clientela… que tal vez tendría una opinión muy distinta. Que es, en realidad, lo que pretenden estas líneas lanzadas al improbable lector. Eso del día del cliente, ¿a usted qué le parece?

P.D. La propuesta de la Federación de Hostelería encaja dentro de una reflexión más amplia, destinada a reflejar el estado actual del sector en España. Concluyen sus dirigentes que ahora hace menos frío. Es decir, que la máquina registradora, sin dar saltos de alegría, parece más animada que antaño. Una conclusión que Paco Bergés matiza: “Habría que preguntar de qué tipo de bares hablamos, de qué barrios y de qué gremios”. Dicho lo cual, admite que al menos hay algún motivo para la alegría del empresariado hostelero: “En Logroño sí que se nota más actividad en el centro”. Y añade, más escéptico: “Pero los bares de copas… Cómo están de mal los bares de copas”.

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Los sorianos del Soriano
Jorge Alacid 26-09-2016 | 10:27 | 2

Larga vida al Soriano, plancha mediante Foto de Justo Rodríguez

 

A media mañana, Laurel está vacía. ¿Vacía? No. En un recodo de la Travesía, el Soriano resiste abierto. No está solo. Le acompañan La Tavina y La Taberna del Tío Blas, que saludan al paseante cuando ingresa en la calle y le acompañan también el Sebas y El Soldado de Tudelilla. Nada más. El resto de bares permanece con la cancela clausurada, aprovisionándose en su mayoría para albergar a los incondicionales del vermú. Tráfico de furgonetas y carretillas, la banda sonora típica de cuando entrechocan las botellas, chácharas improvisadas a la puerta del bar… Y en el Soriano, gloria bendita. Sus defensores aprovechan que todavía no aparece la clientela para regalarse un almuerzo como manda el cánon logroñés: picadillo y vino de la casa.

Y entre trago y bocado, la moviola se pone a funcionar. Los sorianos del Soriano (los hermanos Pepe, Santiago y Ángel, con Marisol en la cocina) miran hacia atrás sin nostalgia, afinan la plancha de donde saldrán las conocidas golosinas en forma de champis y, millones de tapas después, siguen sin sacar pecho: «Lo que hiciste ayer no sirve de nada», avisa Ángel. Y Pepe asiente desde el fondo del bar, mirando hacia el porvenir.

Ah, el futuro. El futuro se presenta prometedor, porque las nuevas generaciones de la saga ya van tomando su responsabilidades al frente de la castiza casa, nacida en 1972: los patriarcas, el matrimonio formado por Toribio y Úrsula, abandonaron el hogar familiar en Ventosa de San Pedro, rincón soriano próximo a San Pedro Manrique y con el espíritu audaz de los pioneros tomaron bajo su tutela este breve espacio. Apenas 40 metros cuadrados donde se arraciman desde entonces sus vástagos, leales al mandato bíblico de crecer y multiplicarse. Algunas cosas, sin embargo, se mantienen más o menos incólumes, como su pincho estrella. Esa ingeniosa banderilla donde se mezcla el campo (en modo de champiñón) con el mar (adoptando la forma de gamba), agitada por la suculenta salsa marca de la casa, cuyo secreto custodian como si fuera la versión logroñesa de la fórmula de la Coca Cola.

- Por los ingredientes de la salsa no os pregunto.

- No, porque no te lo vamos a decir.

Carcajada breve. El relato prosigue. Se remonta a esa década de los 70, recién fundado el bar y ya con sus champis como bandera, cuando a los dos o tres años la familia empezó a comprobar que su fórmula funcionaba. Que la parroquia distinguía con su presencia los afanes del Soriano por dotar de algo más de vida ese tramo de la calle Laurel que ni siquiera es la calle Laurel en sí: un espacio que se repartían entonces con el Blanco y Negro, La Rueda y el Perchas. Ningún otro bar acompañaba al Soriano y resto de hermanos de la Travesía en su indesmayable peripecia, que acabó triunfando. Hoy, ese rincón de Logroño ofrece el mismo bullicioso aspecto de la calle central y sirve además como pasadizo para completar el recorrido e incluir a la también muy animada San Agustín.

No siempre fue así: en el Soriano recuerdan que en sus orígenes servían alguna otra banderilla más, pero pronto la evolución natural del bar se inclinó por la monotapa, como es norma en otros bares de la calle. No es el único cambio. En general, ha desaparecido el rito del chiquiteo entre semana a cargo de esas cuadrillas multitudinarias de logroñeses conspicuos («Había rondas de hasta veinte vinos»), la feligresía se deriva de modo natural hacia el fin de semana, gana protagonismo el turista nacional y extranjero… Todos llegan atraídos por la fama del Soriano, beneficiario de las ventajas del mundo digital: «Cuando llega, el cliente ya sabe a qué viene». Aunque su corazón dedica un ancho espacio a la parroquia clásica: «El cliente de Logroño es fabuloso».

Lo corroboran mientras recuerdan cuando abrían en San Mateo y antes de poner la plancha a funcionar «el día del cohete ya teníamos a un montón de chavales esperando a la entrada». Una costumbre superada: el Soriano lleva casi una década cerrando en fiestas, aunque sus responsables se quedan por Logroño, tal vez porque les gusta ver los demás bares desde la barrera. Que se reparta el sudor. Porque en el Soriano desde luego se suda. Se suda la camiseta («La plancha se pone a 250 grados», avisan) y se continuará sudando, como confirma el benjamín de la familia, mientras atiende las palabras de sus mayores: «El éxito nunca viene solo, pero no se te puede subir a la cabeza».

– O sea: hay Soriano para rato.

– Sí, lo hay. Para mucho rato.

Larga vida al Soriano.

P. D. Este artículo se publicó el sábado pasado, en el suplemento Degusta que cada semana entrega Diario LA RIOJA. Con periodicidad mensual, acoge en sus páginas esta sección, ‘Nuestro hombre en la barra’, enfocada como homenaje a las buenas gentes que con tanta paciencia nos aguantan desde tiempo inmemorial. A todos les pregunto lo mismo cuando acabo de entrevistarles: a qué bares suelen ir cuando dejan el suyo propio y se convierten en clientes. Y esto me responden desde el Soriano, a través del amigo Santiago: que le gusta el San Mateo de avenida de la Paz y el cercano Claret, también ubicado en ese rincón de Logroño. “Y por la calle Laurel, el Blanco y Negro, el Sebas, el Jubera…”, añade. Como se ve, los bares de siempre.

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