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Laurel

Bares soñados por mí
Jorge Alacid 30-05-2014 | 7:44 | 0

Taberna La Tana, en el corazón de Granada

El otro día me ocurrió algo extraordinario en un bar. Llegué con un grupo de amigos y nos aventuramos a pedir un vino que ninguno de nosotros había probado hasta entonces. En vista de nuestros titubeos, la amable tabernera que nos atendía sacó una copa, derramó un poco de vino y nos regaló una sucinta pero esclarecedora explicación de sus características: variedades, sabor, aroma… Unos diez segundos. Le encargamos una botella y nos la bebimos asombrados por semejante detalle de cortesía.

No fue el único suceso prodigioso que sucedió esa noche en el mismo bar. Para trasegar la botella que nos bebíamos, el hermano de la camarera que defendía con ella la barra nos acercó un plato rebosante de tapas que ninguno le habíamos pedido: una rebanada de exquisito pan con tomate y un chorro de aceite por cabeza, acompañado de un generoso dado de tortilla. Como nos llevó un rato ‘conversar la botella’, hallazgo genial del escritor chileno Jorge Edwards que me apresuro a copiarle, de la barra salió mientras tanto otra jugosa oferta gastronómica: una fuente con su correspondiente dosis de panecillos con anchoas.

Se ve que la noche iba de milagro en milagro, porque nuestra siguiente parada acaeció en otro bar cercano y allí vivimos una maravilla similar. Pedimos nuestros vinos, ya a tiro hecho y por lo tanto sin degustación previa, y con la consumición los diligentes camareros de este segundo garito nos convidaron a una estupenda ración de albóndigas como tomate. No nos lo podíamos creer, pero insistimos por si era un sueño. Así que proseguimos ruta: cervecita en una terraza y platillo de aceitunas con media docena de tapitas, una caña (muy bien tirada por cierto) en un cuarto local llegó servida junto a una tostada de revuelto de trigueros y, mientras nos acomodábamos para picar algo en un quinto bar, el camarero nos sirvió la bebida junto a otras tapas de cortesía.

Lo juro. Juro por Baco y el patrón de los hosteleros que todo esto que cuento ocurrió tal cual la semana pasada. Ocurrió… en Granada. Ya lo advirtió en este mismo blog un corresponsal hace unas cuantas entradas, cuando reflexionamos sobre la razón de que esa costumbre de invitar a la tapa gratis no se haya implantado en Logroño. Hubo algún comentario que se tomó a mal la idea que lancé pero en general el debate que se abrió entonces fue bastante templado, animado por las pistas que fueron dejando unos cuantos corresponsales: con ellas elaboró el admirado Diego Ortega un mapa de Logroño donde un reguero de bares demostraba que esa idea no era tan descabellada. Que otros bares son posibles.

Hoy, vuelvo de Granada asombrado. No he visto tanta generosidad en el sector de la hostelería en ningún otro punto de España. Y eso que he pisado unos cuantos. Y eso que hay ciudades donde ese detalle lleva tiempo implantado con extrema dadivosidad. Me cuentan que por Granada se puede de hecho almorzar (sí, almorzar) sólo a base de los pinchos y las cazuelitas con que obsequian los bares a su clientela. Bares, por cierto, rebosantes de público: una noche de miércoles la zona más típica de tapeo presentaba un aspecto muy animado. Imagino cómo estaría a esas horas la calle Laurel: la visité hace poco un lunes por la noche y tropecé con que gran parte de los bares estaban cerrados. Porque no va la gente, supongo que pensarán sus dueños. Aunque la ecuación se puede invertir: tal vez no va la gente por los bares están cerrados. De hecho, la noche del viernes ya era casi una locura transitar por los distintos itinerarios de bares granadinos. Y aunque no sé si existe una conexión entre esas dos imágenes (la tapa gratis, el bar rebosante), lo quería mencionar aquí. Por si acaso. Por dar alguna pista.

P.D. Por cierto, el vino a cuya degustación nos invitaron era granadino. Apenas unas semanas antes me acababa de enterar de que también elaboraban vino en aquella provincia, no en grandes cantidades, desde luego. A mí no me pareció gran cosa, un tinto demasiado potente para mi gusto educado en la elegante finura del Rioja. De modo que sigue siendo mi favorito.

 

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Están ustedes excusados
Jorge Alacid 16-05-2014 | 4:51 | 0

Gracias a la amiga Julia Baigorri, que incluyó en su perfil de facebook una divertida reflexión a raíz de un incidente en los lavabos de un bar, he decidido dedicar esta entrada a ese oscuro rincón que llamamos retrete, voz que prefiero al eufemismo excusado. Prometo no caer en la escatología, pero es que siempre recuerdo la máxima de un buen amigo según la cual puede colegirse la calidad de cualquier establecimiento hostelero visitando antes que nada sus váteres: así he caído en la cuenta de que este blog no había reservado ni una triste línea a tan trascendental cuestión.

¿Qué contaba Julia? Pues su extrañeza seguida de una cuantas dudas y cavilaciones cuando acudió al lavabo de cierto bar recientemente y tropezó con que en lugar del caballero y la dama habituales para distinguir con sus dibujitos una puerta u otra, las imágenes eran de… un volcán y una luna. Bonito acertijo. Lo cual es últimamente tan usual que casi se ha convertido en tendencia, como si los dueños de cada garito desistieran colocar las sencillas letritas de antaño (la c de caballeros, la s de señoras) y le hicieran un guiño a su clientela en plan te vas a enterar de los modernos que somos. Como cualquiera, yo también he visto crecer ante nuestros ojos esta manía funesta. Y digo funesta porque de suyo, cuando uno visita el lavabo, las prisas por aliviarse casan mal con tener que previamente solucionar un crucigrama, resolver un sudoku o despejar una ecuación. Que tales son las proezas que con frecuencia se nos plantean en la antesala del mingitorio, con un grado de dificultad que yo he decidido solventar a la bravas, perezosamente, mediante dos atajos.

El primer método, cuando no acierto a concluir cuál de las dos puertas es la mía, es echar un vistazo dentro, luego de asegurarme que no hay inquilinos en el interior, y comprobar si está dotado de urinario de caballeros, ese tótem empotrado en la pared que disipa no pocas dudas. Si falla este primer acercamiento, hay plan b: esperar. Esperar a ver si entra alguien más avispado, lo que en mi caso es fácil, y dilucida por mí la cuestión. Perruna y borreguilmente, me limito a copiar lo sus movimientos.

Como se deduce, incómoda tesitura la que atraviesa la parroquia en un momento clave, cuando no estamos para solventar enigmas y además no llevamos a mano las gafas de cerca, pero en fin: tendrá que ser así, aunque tanta modernidad nos acaba haciendo añorar, quién lo hubiera supuesto, los viejos y cutres váteres de nuestra mocedad, incluidos aquellos que el vulgo denominaba a pedales, que antaño colonizaron los bares de Logroño y alrededores. Poco a poco, aquellos infectos espacios que ayudaban fortalecer nuestras pantorrillas y adiestrar nuestra puntería, fueron reemplazados por relucientes sanitarios de la omnipresente marca Roca, pero algunos resistieron durante largo tiempo, inmunes tanto a la modernidad como a las más elementales normas de higiene. Ah, el váter del Tívoli, donde en los años de plomo podías tropezarte con los primeros yonquis logroñeses. Ah, el inodoro del Villarica, que ponía contumazmente a prueba nuestras pituitarias. Ah, el excusado favorito de tanto adicto a la Laurel, el del Bambi desaparecido: puesto que se situaba en el breve patio del bar, en invierno garantizaba alguna meada bajo cero. Pero eso sí: nunca por entonces nos confundimos de puerta. Quien se equivocaba, lo hacía a propósito.

Aunque esa es otra historia

P.D. Leyendo la peripecia de la Baigorri, he recordado la primera vez que me sucedió algo así: eso de no saber hacia qué taza tenía que apuntar. Ocurrió en Londres, en el muy pijo barrio de Chelsea, durante la visita al no menos pijo garito llamado The Botanist que recomiendo visitar. Al grano, que me paso de pedante: en la antesala del lavabo, dos puertas decoradas con sendos dibujos representando a una mariposa y una serpiente. Adivina, adivinanza: dónde estará mi váter. Y otra adivina, adivinanza: en cuál de ellas entró servidor. Y en cuál de ellas hubieran entrado mis improbables lectores.

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Interés (personal) en la Laurel
Jorge Alacid 02-05-2014 | 4:30 | 0

Entrada a la calle Laurel, vista por Justo Rodríguez

La madre de todas las calles para los bares de Logroño está de enhorabuena: es de interés. De interés turístico, lo cual es como descubrir América: así lo acaban de sancionar las autoridades competentes (riojanas, por supuesto) pero así lo sabía ya el pueblo soberano, tanto indígena como forastero. Bajo esa apabullante distinción de oscuro sentido se oculta sin embargo algo serio: una suerte de compromiso generalizado en defensa del corazón de Logroño, puesto que el sello de calidad obliga no sólo a la mentada calle, sino a la adyacente San Agustín y a la muy vecina San Juan. Y porque no sólo exige un esfuerzo al cliente, que hará muy bien en observar una cierta cortesía en su conducta como parroquiano, sino que sobre todo reclama más dedicación, gusto por los detalles e imaginación a los dueños de los bares, los más directos beneficiarios del título recién adquirido.

Quiere decirse que si el Gobierno regional proclama que el itinerario turístico-gastronómico que forman las tres calles queda declarado de interés turístico regional, deberá en consecuencia preservarse la calidad de los ingredientes que se sirven en los bares allí alojados, así los comestibles como los bebibles. Uno piensa que además se aprovechará para perfeccionar la profesionalidad con que se desempeña el oficio en cada local de dicha ruta, que se mejorarán los elementos decorativos (desde el diseño de los propios establecimientos, tanto interior como exterior, hasta la rotulación y resto de factores añadidos), que las administraciones velarán para que se cumplan las ordenanzas en materia de higiene y buenas costumbres… Uno incluso espera, porque es así de ingenuo, que esas muestras de escaso decoro y falta de buen gusto bautizadas como despedidas de soltero, especialmente las que más público convocan, serán por lo tanto expulsadas al extrarradio, pero me temo que no van por ahí las intenciones de la Administración. Incluso sospecho que más de un bar que ha encontrado ahí un filón de clientela preferirá que semejante tradición, por muy chabacana que resulte, se mantenga bien musculada. Aunque haya que mirar hacia otro lado: todo sea por el bien de la máquina registradora.

Son sólo deseos, esperanzas vanas tal vez. Lo que realmente me ha interesado de esta distinción que acaban de recibir las calles más castizas de mi ciudad es que me invitan a revisar mi propia biografía y preguntarme cuándo las declaré yo de interés personal. De interés personal. Y en el caso de la calle Laurel, concluyo que fue hace mil años: yo tendría diez o doce cuando mi padre me llevó junto a mi hermano a dar por allí nuestra primera vuelta. Nuestra primera ronda, nuestra primera vez. Fue poca cosa: ingresamos en un bar cuyo nombre no recuerdo, que luego fue tienda de restauración y ahora se llama La Ribera. Nos pidió un par de emparedados vegetales que servían a la plancha sin acompañamiento de bebida alguna, nos supieron a gloria y regreso a casa. No he vuelto a entrar al citado bar, ignoro la razón. Lo cual no evita que cada vez que cruzo ante su puerta mire hacia dentro por si se obra el prodigio y veo materializarse ante mí a aquel chavalito que fui. De momento, sin suerte. Me consuela pensar en ese emparedado como si fuera la magdalena de Proust. Y me consuela pensar que no estoy solo: que para muchos logroñeses habrá habido también una primera vez en la Laurel.

Así que si alguien más se anima… Si a algún improbable lector le apetece relatar su bautismo como miembro de la cofradía del santo chiquiteo, ya sabe que esta es su casa.

P.D. Repasando mi ingreso como cadete en la calle Laurel, he caído en la cuenta de que era más propio de aquella época (primeros 70) acompañar a la tribu familiar de peregrinaje por los bares de una calle hoy en plena decadencia: Ollerías, donde tengo puestas algunas esperanzas. Se me ocurre que es una calle muy recuperable para ir de bares… en cuanto abran alguno. De momento, sólo figura como puerta de atrás de Los Rotos de la calle San Juan, cuando en esa época que cito era todo lo contrario, una calle en ebullición hostelera muy apropiada para iniciarnos en esa costumbre tan logroñesa: ir de bares. En busca de los champiñones de Paco, por ejemplo, o recalando en el resto de locales que completaban el recorrido: Sergio, Chistera y El Trece, según me recuerda el amigo Eduardo Gómez. Ollerías fue en realidad la calle que sirvió para caerme del caballo. Mi camino de Damasco.

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A este lado de la barra
Jorge Alacid 18-04-2014 | 8:30 | 0

Clientes en un bar de la calle Laurel, a finales de los años 80

La lectura de una entrada que me pareció muy curiosa en un diario digital sobre nuestra condición de clientes me ha llevado a reflexionar sobre mi conducta a este lado de la barra: es decir, cómo nos comportamos cuando nos acodamos en el garito que toque y, pie en el estribo, pedimos una ronda. Concluyo que como parroquianos de nuestros locales de confianza obramos igual que como ciudadanos: con mucho, poco o mediano decoro. Depende. Ya sentenció el clásico que hay gente que tiene mucha educación… pero es porque no la usa. Y algo así ocurre en el universo hostelero: que la clientela deja (dejamos) también de desear demasiadas veces. De modo que me golpeo el pecho, me arrepiento y confieso: sí, como cliente también uno ha cometido sus pecadillos. El  más grave, cometido allá por la primera glaciación, algún que otro ‘sinpa’.

El ‘sinpa’, y que el dios de los bares me perdone, no me parece sin embargo el peor pecado en que uno puede incurrir. A fin de cuentas, cuando uno perpetraba tales pillerías de chaval lo hacía por dos razones: por divertirse, cierto, pero también por descuido. No olvido el más descarado que ejecuté: en un bar muy castizo de Laurel cuyo nombre no citaré, una noche de frío invierno, con una nevada que había despachado de clientela toda la calle, yo solito en la barra. Estuve hilando la hebra cháchara con el dueño del local, charla que te charla, comentando lo que salía por la tele y me piré sin pagarle. Sólo me faltó darle un abrazo. Hasta que un buen rato después, de regreso en casa, reparé en que me había ido sin abonar la consumición, tan fresco. En fin: que pido disculpas retrospectivamente, aunque sigo pensando que hay cosas peores.

Por ejemplo: comportarse groseramente con el camarero que, agobiado entre tragos, frituras y tapas varias, faena al frente de su barra. Exigir la consumición según se entra en el local, de malos modos. Reclamar airadamente, despreocuparse de los niños y que campen a sus anchas, molestar al resto de clientes incluso si no hay despedida de soltero de por medio… La lista es ancha: se puede incluir el uso inadecuado de mondadientes, el escupitajo de costadillo tan celtibérico y alguna otra grosería habitual. Porque si uno repasa la relación de diez reglas básicas para conducirse correctamente en un bar (según los camareros citados por elconfidencial en la información mencionada) y a continuación reflexiona consigo mismo sobre su conducta como parroquiano… Deberá concluir conmigo que nos comportamos de manera manifiestamente mejorable: por ejemplo, yo acepto que he cometido todos los pecados citados en esta relación, salvo uno de ellos, eso de pedir una ronda gratis. De hecho, siendo sincero, también en ese he incurrido aunque sólo sea de pensamiento. Lo cual, según recuerdo del catecismo, era igualmente pecado: muchas, muchas veces he pensado ante la tacañería exhibida por algún hostelero que tenía derecho a una ronda por la cara, aunque sólo fuera por mi fidelidad como cliente. Pero tomar la barra como perchero… Muchas veces. Pedir todas las rondas a la vez… También, muchas veces. Y eso de reclamar una consumición imposible… No tantas, pero alguna cayó: todavía recuerdo a un camarero de cierto bar de la calle Bretón que me contestó con mucha gracia bien cañí cuando, luego de un larguísimo rodeo, terminé de pedir lo que quería, una auténtica tontería: “No, si todavía me vas a volver loco”.

Le pido perdón humildemente a él y al resto del gremio. En justa correspondencia, ruego lo mismo: buena educación, esmerados modales, adecuada higiene, sentido del deber, profesionalidad y, de vez en cuando, una sonrisa. Porque lo de una tapa gratis todavía sigue sin cuajar por Logroño.

P.D. Aunque alguna vez habremos merecido un cero en conducta como clientes, también es verdad que son mayoría las ocasiones en que ocurre lo contrario. Confraternizamos con alto nivel de lealtad con nuestros camareros de confianza y alguna tarde incluso les echamos una mano si les veíamos desbordados. El bar, como extensión de nuestra casa, con sus virtudes y sus defectos. El bar donde los camareros parecían de la cuadrilla: como muestra, esta foto de finales de los 80. Y mis disculpas a los varones retratados: las damas seguro que están tan guapas como entonces.

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Incondicionales de Laurel
Jorge Alacid 05-04-2014 | 8:35 | 0

Gonzalo, Torres y Nicolás, longeva cuadrilla de la calle Laurel, retratados por Víctor Rubio en el Sebas
Supongo que por estas fechas en el Ayuntamiento logroñés empiezan a darle al caletre (también llamado magín o cacumen) para acertar con los destinatarios de las insignias que suelen imponerse por San Bernabé entre personas o instituciones que más se hayan comprometido en la defensa y el cariño hacia su ciudad. Viene esta digresión a cuento de que  como aquí somos apóstoles del periodismo llamado de servicio, se le ha ocurrido al autor de estas líneas ayudar a sus munícipes y sugerirles que este año piensen para tal reconocimiento en aquellos paisanos que honran nuestra más acendrada tradición: irse de vinos. Irse de vinos cada día desde el comienzo de los tiempos. Son los que llamo incondicionales del Laurel, a quienes considero merecedores de ese detalle del Ayuntamiento y de cuantas otras distinciones ciudadanas se nos ocurran. Eximirles del IBI, por ejemplo.
Porque entre los distintos méritos que adornan sus trayectorias figura en puesto destacado haber contribuido con las generosas y cotidianas donaciones de sus billeteras a sufragar unas cuantas hipotecas a sus camareros de confianza, pagar los estudios de los chavales del dueño del bar de turno y contribuir a la segunda residencia de aquellos privilegiados hosteleros que hayan accedido a ella. No es su única aportación gloriosa y digna de premio: acudiendo día tras día, así en el frío invernal o en las nevadas noches, así cuando llueve a cántaros o abruma el sofocante calor, esta bendita legión de chiquiteadores natos preserva el rito logroñés por excelencia y permite entregar el relevo a las siguientes generaciones. Yo conozco a unas cuantas de estas cuadrillas y cuando me cruzo con sus miembros (con perdón) dan ganas de aplaudir, porque observo que en esta querencia hacia su calle favorita se encierra también un extraordinario cariño hacia su ciudad, que ellos manifiestan mediante la ingesta del vino de la tierra y las golosinas que aguardan en sus barras predilectas.
Antaño yo fui uno de ellos. Recorría esta calle en cualquier condición atmosférica, inasequible al mal tiempo, pero los hábitos que se van adhiriendo con la edad imponen cierto alejamiento de esta ruta, al menos diariamente. Así que yo confieso: siento una punzada de envidia cuando contemplo a las cuadrillas que sí mantienen esta tradición y compruebo además que la tozuda manía de ingresar cada tarde en la Laurel tiene efectos secundarios positivos. Porque algunos de los más conspicuos aficionados a esta costumbre frisan la condición de octogenarios y oiga usted: parecen chavalillos cuando van de ronda en ronda. Me cuenta los hermanos Rubio (Víctor y Eduardo, a quienes tanto debo) que alguna de estas cuadrillas de seniors opera como un reloj: sus integrantes empiezan en El Soldado y van luego enlazando un bar tras otro, siempre los mismos y en el mismo orden, de modo que quien se ha perdido la primera visita ya sabe dónde encontrarlos y reanudar la marcha otra vez prietas las filas. Ahí va la alineación: Gonzalo, Torres, Nicolás y Cengotita (este último causa baja últimamente, cosas de la edad).
También por el Bretón me confirman que cuentan con su propia e inveterada cuadrilla, adicta al mismo rito que ejecutan en parecidos términos. Veo chiquiteadores solitarios que rápidamente encuentran refugio en algún grupo de conocidos para arreglar con ellos el mundo cada tarde entre trago y trago y veo parejas con quienes uno ya compartía la misma calle y la misma afición de chaval que todavía hoy mantienen la fidelidad a Laurel, lo cual me parece que es una manera de honrar a quienes les precedieron en tan civilizado hábito. Por ejemplo, a don Eduardo Gómez, veterana presencia en este blog, adiestrado desde cadete en la certeza de que formar parte de los incondicionales de Laurel es una de las mejores maneras de ser logroñés y en consecuencia de merecer la medalla del Ayuntamiento. Como la que él ya tiene.
P.D. Se ha citado Laurel como epicentro de las andanzas de estas tribus urbanas de chiquiteadores pero a uno le vale cualquier otra calle, porque cualquiera habrá observado que semejante rito se perpetra también por la San Juan, que cuenta con su propia legión de adictos, por los bares de República Argentina y su entorno o por el recorrido que proponen otros locales de cada rincón de la ciudad. Las cuadrillas que nunca fallan merecen desde luego el reconocimiento del Logroño de siempre; espero que también merezcan algún detalle de los establecimientos que frecuentan, porque la economía riojana no se puede permitir el lujo de prescindir de esta aportación diaria al mantenimiento del consumo doméstico y familiar. Porque hoy, irse de vinos en España es una demostración de patriotismo.

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