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Laurel

Aquí hay caldo
Jorge Alacid 13-01-2017 | 9:52 | 0

Entrada al bar Gil de República Argentina. Foto de Justo Rodríguez

 

Laurel, primera glaciación. En medio del frío invernal, las huellas de los caminantes que peregrinan de bar en bar trazan un surco sobre la acera, orillada la nieve a ambos lados de la calle: dos muretes blanquísimos. Desde el Blanco y Negro baja a gran velocidad un hombrecillo que transporta en un carrito de la compra su mercancía. Ambos (el hombrecillo, el carrito) conocieron días mejores, lo cual no puede decirse del botín oculto en el interior de la bolsa: un jugoso arsenal de reconfortantes patatas calientes. El vendedor las parte en dos mitades según las normas de higiene de la época: es decir, inexistentes. Bajo el mismo criterio que atenta contra la salud pública esparce la sal y luego se marcha hasta el siguiente garito, una vez cobrada la breve miseria que pedía por semejante regalo. Regalo, sí: para nuestros maltrechos estómagos, que agradecían acompañar aquellos vinazos de carretero con algún bocado igual de bizarro y los engullían como si fueran un manjar.

Otra alternativa para combatir el frío ambiente en las eternas rutas invernales por Laurel y alrededores se materializó poco tiempo después. Algunos bares empezaron a repartir caldo entre su clientela, que agradecía de corazón el trago cuando ingresaba entre vaharadas en el local de turno, se calentaba por el método habitual (patadas contra el suelo) y atacaba la bendita pócima a cucharadas (los menos), directamente de la taza a la boca (la mayoría) o con un leve toque de vino blanco (servidor). Vino servido por cierto en porrón, utensilio hogaño casi desaparecido de nuestros bares favoritos: con los inspectores de consumo hemos topado.

La fiebre del caldo se fue popularizando mediados los años 80 y todavía hoy pueden observarse sus efectos en las barras conspicuas. Lo cual resulta una rareza logroñesa: según me asegura cierto forastero, alojado en esta misma casa, por otras tierras no suele ser tan común que los bares despachen caldo. De dónde viene semejante costumbre, me pregunto mientras yo mismo disfruto en casa del reparador tentempié. Me contesta desde el fondo de mi conciencia al maestro Eduardo Gómez, quien me recuerda que hace años ya publicó en Diario LA RIOJA una pieza que reivindicaba aquel universo logroñés donde el caldo aparecía prácticamente en cada barra. Es decir, que no se trataba ni se trata de novedad alguna. Con una particularidad propia de los años de su fundación, allá en el pleistoceno: que entonces, cuando Gómez gastaba pantalón corto, era gratis. Cortesía de la casa. Ahora nos cobran (no mucho; no llega al euro en el Gurugú, por ejemplo) lo que antes era una dádiva, porque los camareros se apiadaban de su gélida parroquia, según una norma implantada, como recuerda el amigo Eduardo, por el desaparecido bar Bilbao de la calle Mayor. “Salía de la cocina el camarero Gallastegui, portando una bandeja con tacitas que distribuía entre la clientela”, refresca su memoria. Aunque ojo: aquella parroquia rumbosa agradecía el detalle y a escote aportaba la voluntad. Unas monedas en la bandeja y al bar siguiente; por ejemplo, el Racimo de Oro de la misma calle, ducho también en el arte de servir caldo.

 

Oferta de caldo en el Gurugú

 

Yo no conocí tal costumbre. Cuando el caldo resucitó ante nosotros, ya era de pago. Pero no era un pago oneroso, de modo que por unas pesetas salías del bar algo mejor de como entrabas. Era usual que, además, al trago de caldo se añadiera el vino preceptivo propio de cada ronda, que también calentaba lo suyo aunque no con carácter tan vertiginoso. Y si además aparecía por allí el hombrecito con las patatas calientes como de contrabando, menú perfecto. Sobre todo, porque se tarifaba a precios muy contenidos. Aquellos caldos de verduras, que en algún caso se adornaban con el conocido perfume a Starlux o Avecrem; esos caldos que en los bares de mayor pedigrí añadían un toque a (hueso de) jamón nos aliviaron en mi mocedad de los rigores invernales. Que por cierto vuelven estos días a golpearnos mientras protagonizamos la misma ruta inmemorial por los bares logroñeses. Lo cual me lleva a confesar que no: que no tengo ni idea de por qué en otras localidades del norte de España nunca llegó a extenderse esta bonita costumbre, pese a que también acompañaba el mismo frío ambiente. Ellas se lo pierden. Ese termo siempre dispuesto, ese chorro que brota entre vapores, esa taza humeante que aguarda sobre el platillo, ese leve toque de porrón… Ah, el caldo. La particular magdalena de Proust de tantos y tantos logroñeses: por allí al fondo, mientras vuelve a nevar en mi imaginación, creo ver si cierro los ojos al hombrecillo que baja desde el Blanco y Negro por la calle Laurel a repartir su mercancía.

Aquella sí que era una auténtica patata caliente.

P.D. Unos minutos patrocinados: Diario LA RIOJA, que con tanta generosidad y paciencia acoge estas correrías por Logroño y sus bares, ofrecerá a su propia parroquia el próximo domingo día 15 una ración de caldo. Sí, caldo: en tetrabrik, de la prestigiosa marca Aneto. Ideal para saborear en casa, aunque también existe la opción de transportarlo a la Laurel, rogar que lo caliente el camarero de confianza y a ver si por ensalmo aparece el hombrecillo con las patatas calientes. Milagros más raros se han visto en esta calle. Y fin de la publicidad.

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Nuestro hombre en la barra: el camarero de los mil bares
Jorge Alacid 05-01-2017 | 4:51 | 0

Chuchi, ideológo del bar Junco

 

Llega Chuchi al Junco, reparte cien saludos, regala mil sonrisas. Se sirve una cerveza («Tostada, eh?»), se sigue riendo a cada frase y pone a funcionar la moviola. Afuera acampan el frío y la niebla; dentro, guarecidos al calor de la fiel parroquia que jamás le abandona, en efecto Chuchi recuerda. Y recuerda bien, con tino y brío: Logroño, los bares de Logroño que ha defendido desde que se inició en el oficio a los 16 años, le caben en la cabeza. «Yo empecé en El Rincón de Pepe de la calle Oviedo». Primera catarata de imágenes. En blanco y negro: reaparecen ante nuestros ojos el tinto a dos pesetas y el gigantesco queso suizo que decoraba el castizo local que aún mantiene la luz encendida. Procedía Chuchi de Santa María de Cameros («Ponlo, ¿eh?»), población ignota perteneciente a San Román que el cronista no tiene el gusto. Su padre lo puso a trabajar a tan temprana edad, lo cual entonces no era raro, y de allí nace la segunda oleada de recuerdos, ya en color: segunda estación, el Majari de Jorge Vigón, propiedad entonces de otra familia camerana, los Espinosa.

¿Ya le gustaba esta profesión? Chuchi disuelve la pregunta mientras cabecea y sigue sonriendo a su estilo: con los ojos. «No sé, no sé… No sé si me gustó. Yo lo que trataba era de ir disfrutando con lo que tenía en cada momento». Y precisa: «No tengo la sensación de haber elegido este oficio, más bien creo que ocurrió al contrario: que el oficio me eligió a mí». Y del Majari de Ángel Mari y resto de la prole, a la tercera etapa: Vivero, imperial marisquería situada bien cerquita, una cuenta mayúscula del rosario de bares que en aquel tiempo (finales de los 70, primeros 80) alegraban toda esa esquina de Logroño a la hora del vermú masivo. Anote el improbable lector una pausa obligada (servicio militar se llama la figura) y recobre la pista de Chuchi por otros bares de sobresaliente enjundia, como el Borgia de la Gran Vía. Para entonces, nuestro hombre ya se ha permitido alguna escapada a Pamplona, siempre al otro lado de la barra, y su cara le empezará a sonar a quienes por esa época frecuentasen la añorada Zona logroñesa: sí, ese camarero sonriente del Braulio El Loco (pionero en aquella ruta) era Chuchi. El mismo que aguanta en su puesto cuando el pub muta a su siguiente encarnación, bautizada Yesterdey. El mismo que va hilando destinos como camarero aliado con su gran amiga: la casualidad.

Porque por casualidad un día tropezó con otro ilustre de la hostelería logroñesa, el añorado Jesús, que defendía su propio bar allá en Murrieta. «Me preguntó si sabía de algún camarero para un proyecto nuevo que tenía intención de abrir en avenida de Portugal», vacía de nuevo Chuchi su memoria. «Y le dije algo que llevaba tiempo pensando: que algún día tenía que montar yo mi propio bar. Y que si me aceptaba de socio». Corría el año de 1982. La calle era muy distinta a la actual, mal iluminada y deficientemente urbanizada, pero ese Logroño empezaba a conquistar el sur para colonizarlo de bares y saludó con éxito la aventura. Sí, todo era distinto. Distinto como el bar que los dos Jesús pretendían levantar, un bar diferente, «lo cual con sus pros y sus contras, ¿eh?», dispara Chuchi. «Aunque fueron más los pros», acepta. El recién nacido se llamó Junco y como Junco sobrevive en perfecto estado de revista en esta ciudad que tanto ha cambiado con el paso del tiempo. «A mejor, ¿eh?», avisa.

«Cuando inauguramos el Junco pensamos que para hacer lo de siempre, mejor nos quedábamos donde estábamos», sonríe de nuevo Chuchi. De sus andanzas hosteleras por Pamplona se había traído la idea de ofrecer en Logroño una novedad que entonces tuvo carácter casi de conmoción social: zumos y batidos, hoy tan extendidos. Aunque el éxito tardó en llegar («Al principio fue duro, sobre todo los inviernos, claro: a ver quién se pedía entonces un batido en invierno»), finalmente una parroquia muy fiel empezó a poblar su barra y aposentarse en sus veladores. Donde usted la puede ver todavía hoy: y señala Chuchi hacia un grupito de clientes frisando la cuarentena que se desparrama con su chiquillería por el local. «Esos vienen desde que tenían dieciséis o diecisiete años».

Porque, en efecto, el tiempo pasa. Pasa incluso para el propio protagonista de esta historia, que sin embargo promete resistir en su fortín de avenida de Portugal: «No me pesa venir a trabajar». Y lanza la sonrisa número mil: «Además, todos los días me doy cuenta de que aquí dentro soy alguien para la gente, tengo ya una relación distinta con los clientes, casi de amistad». ¿Algo que añore? En la enésima mirada hacia atrás, la sonrisa se nubla: «A mi socio Jesús». El otro Jesús, fallecido hace unos años: «Bueno, yo era y soy Chuchi. A él yo siempre le llamaba don Jesús. Era una gran persona». Confesión postrera: «Sí, es lo único que echo de menos».

Y reflexión final. Explique usted por favor eso de que Logroño y sus bares han cambiado a mejor. Respuesta de Chuchi: «Es que la sociedad entera ha cambiado a mejor. La nuestra es una generación privilegiada, porque nosotros salimos de la nada. De la auténtica nada».

 

Chuchi, con su socio del Junco. Foto de Justo Rodríguez

 

 

P.D. Como suele ser norma en otros hombres del otro lado de la barra consultados en esta serie, también Chuchi se inclina por los bares del Logroño de siempre cuando se le pregunta por sus predilectos. Los locales adonde acude cuando se convierte en cliente y deja de ser camarero. Anote el improbable lector: el García de la calle San Juan, La Travesía de la cercana calle (que en efecto la atraviesa) y dos de Laurel. Por un lado, Sierra La Hez, con su impagable oferta de encurtidos, y el Gargonich.

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Regreso al Villa Rica
Jorge Alacid 23-12-2016 | 12:00 | 0

La entrada del Villa Rica de la calle Laurel. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace una semana, publiqué en este mismo espacio una entrada dedicada a glosar al venerable Villa Rica de la calle Laurel, disparando los recuerdos de su época más gloriosa para mí a partir de una imagen donde un grupo de colegas de generación disfrutaban del bar y de su célebre juego del volante. Aquel dibujo, debido al ingenio de Néstor Santo Tomás a quien no me canso de agradecer su suculenta contribución, también disparó la nostalgia de unos cuantos lectores, a quienes igualmente agradezco sus felicitaciones y comentarios. Entre ellos, los de un antiguo colaborador de esta sección, el amigo Poty Foronda. Quien se vuelve a animar a compartir sus reflexiones, puestas por escrito con la clase que le distingue en sus correrías literarias. Así que, con mi gratitud eterna, publico a continuación el artículo que firma el señor Foronda. Espero que os guste tanto como a mí.

 

RODANDO EN EL VILLA RICA

 

Regresa de tomar un café con Jorge, me hace sentar frente a la máquina y me pide que escriba. Empieza confesándome que su aversión a las máquinas electrónicas le viene de la adolescencia. Es firme: era un maula. No tardó en darse cuenta. Un poco más en asumirlo, reconoce. Se conformó entonces con mirar, callar y dar tabaco. Mirar las bolas de los futbolines y los flippers del Toky. Callar ante cualquier pirula. Y, más que dar tabaco, sonríe, a darle unas caladas al cigarrillo que pasara por delante.

Cuando abandonó los recreativos y encontró refugio en los bares, las máquinas también cambiaron. Las máquinas mecánicas (petacos, futbolín, billar) dejaban su espacio a las primeras consolas de videojuegos (murmulla algo del Space Invaders y el pimpón del Tívoli) y a las tragaperras.

Sin embargo, sobrevivían algunas máquinas de habilidad analógica en locales impermeables a la modernidad. Uno de ellos era el Villa Rica: un bar con tres puertas en la mejor esquina de la Senda. Me pide que lo describa en tres brochazos: una barra llena de cazuelas de albóndigas, cazuelillas de callos y platos con banderillas dispuestas a convertirse en el almuerzo, la merienda o el bocado de hombres de paso (todo demasiado viejuno como para llamarlo pincho, rumia); unas mesas y unas sillas de formica al fondo, un retrete (en el que se acertaba mejor borracho, ironiza), clarete de San Asensio y unas máquinas sin bits. Estas máquinas eran la razón por la que me hace escribir.

Una de esas máquinas estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana que daba a Albornoz. Era un cajón con un volante con el que conducían, rodando de canto, una moneda (¿de pela, de duro?, no concreta) hasta llevarla a la meta por un circuito con curvas a izquierda y derecha. Cada una de las curvas tenía más caída en los extremos que la anterior. Él no superó jamás la segunda curva, reconoce. Como el premio no consistía en otra cosa que en recuperar la moneda, el dueño regalaba un mechero Bic a quien completaba el circuito. Pero antes había que avisarle en la última curva, pues no creía en milagros. Algunos tíos eran tan habilidosos que daban la última curva como Laudrup sus pases: mirando al árbitro. Y los había tan virgueros, me asegura, que llegados a esa última curva recorrían el circuito al revés, haciendo rodar hacia atrás y saltar hacia arriba la moneda. Él miraba, callaba y le daba unas caladas a lo que pasara.

La otra máquina, con la que uno se tropezaba nada más entrar, era una tragaperras, aunque no del estilo de las que llenaban de herraduras, campanas y vómitos metálicos los bares de la ciudad. Era como un flipper, tal vez algo más pequeña y con la pendiente de la base cambiada. Metían el duro por una ranura y la veías bajar por el canalillo, dirigible con una palanquita, y después rodar, con la expectativa de que hiciera diana contra alguno de los bolos que colgaban de unas lengüetas al fondo. Dependiendo del que acertaran caían dos, seis, diez o veinte duros. A diferencia de las máquinas de petacos, esta carecía de dispositivo de seguridad, por lo que en ocasiones la levantaban y la dejaban caer de golpe, con lo que lo bolos temblaban y soltaba unos duros. La máquina duró en el bar hasta que alguien hizo un agujerillo en el lateral, a la altura de los bolos, y con un alambre daba en el más cercano. Fue reemplazada por una tragaperras Ajofrín, una máquina fea y ruidosa, que, a pesar de ello, le alegró más de una noche en la que estaba, él me lo dice como en un blues, down and out.

La memoria es infiel, se defiende. Le gusta ordenar el caos de recuerdos que se amontonan cuando uno empieza a hurgar en ella, como queriendo llenar la nada infernal del olvido. La escritura busca hacer verosímil la memoria. Por eso me pide que coloque al final de la barra, junto al teléfono público, un tarro de cristal con el juego más analógico que conserva. Lo coloco allí donde me pide, aunque puede que estuviera en el Bretón (el de la Mayor) o en El Porvenir (en Herrerías). El juego consiste en colocar una moneda encima de un limón que flotaba en un tarro lleno de agua. Quien deja su moneda sobre el limón, se lleva todas las monedas. Suena sencillo. Asegura que el fondo estaba lleno de monedas.

Miró. Calló. Fumó. Nunca vio ganar a nadie. Y un día el bote, el limón y las monedas desaparecieron. Después él, la juventud, etc. Más tarde el matrimonio que lo regentaba (el hombre tenía el pelo como Moe Szyslak; la mujer, las pestañas como Marge). Aunque el Villa Rica sigue en la misma esquina (me hace comprobarlo en Google, él tampoco ha vuelto). Las máquinas son ya nosotros. No sé a quién cita cuando me dice que estamos hechos de la misma pasta que nuestros sueños. Le gustaba pensarlo entonces, mientras veía rodar las bolas en el Toky, mientras las monedas por las máquinas del Villa Rica, mientras se sentía como un canto rodado. Tantos años después, con los sueños intactos, se va por el pasillo diciendo que estamos hechos de la misma naturaleza de nuestros recuerdos. Y me deja tranquilo.

José Ignacio Foronda, replicante.

 

Dibujo del Villa Rica, obra de Néstor Santo Tomás

 

P. D. Menciona Foronda el replicante la incógnita desatada en torno a qué obtenía de premio el improbable as del volante que concluyera con éxito el circuito. Hay distintas versiones. Dos corresponsales del blog ofrecieron la suya: para quien se apoda nada menos que Bomberomauri, de premio el dueño regalaba un mechero. Y para el denominado ruizpra_4769, el premio consistía en “recuperar la misma peseta que el jugador había introducido”. “No salías más rico, pero sí más orgulloso”, añade. Más exactos parecen los recuerdos de Juan Luis Varona, el interlocutor que me puso sobre la pista del dibujo de Néstor, quien aparece por cierto inmortalizado en esa viñeta con el resto de la cuadrilla. Esto me cuenta, de nuevo con mi agradecimiento infinito por su amabilidad y buena memoria: “El premio fue variando con los años y con la pericia que iban adquiriendo los jugadores. Yo llegué a bajar la peseta (creo que era una peseta, pero quizás un duro, realmente de eso no estoy seguro) alguna vez, jajaja”. Y añade: “El que está jugando el el dibujo era el súper especialista de mi cuadrilla (uno de los hermanos de Néstor). La bajaba casi siempre. Lo complicado era parar la moneda justo en la última línea justo antes de caer, para poder enseñarle al del bar que la habías bajado. Tras eso, recuperabas la moneda y el del bar te hacía otro sorteo. Tiraba el dado con un cubilete que dejaba cubierto. Unas veces era con dado de póker y tenías que acertar el color. Otras, era un dado normal y tenías que acertar el número. Si acertabas, te regalaba un mechero”. Lo cual confirma lo que uno sospechaba: que en aquellos años, uno se conformaba con cualquier cosa. Sobre todo en la calle Laurel.

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El volante del Villa Rica
Jorge Alacid 16-12-2016 | 9:31 | 2

Néstor Santo Tomás dibujó a su cuadrilla en el Villa Rica de esta guisa en los años 80

 

Tomarse unos vinos por la calle Laurel exigía en mi mocedad el estricto cumplimiento de una serie de ritos que, luego de confirmarse, concedían a quienes superasen tales pruebas el carné de logroñés. Algunos ya se han citado aquí. Por ejemplo, aposentarse a comer pipas en la ventana del Tívoli, otro tanto en el alféizar del Taza. Engullir en invierno patatas asadas, que no calentaban tanto el estómago como las manos. Adivinar cuándo abría el Blanco y Negro, por supuesto. Someterse a la inclemencia del frío invernal en el wáter del Bambi, desde luego. Y hablando de wáteres, taza y media, con perdón: en el Villa Rica de la esquina con Albornoz aguardaba un examen doble. Hacer puntería en su inodoro de pedales (que tanto ayudó a reforzar nuestros abductores) e iniciar las prácticas del carné de conducir pilotando esa maquinita que se ofrecía a mano derecha según se entraba.

Esto último no era sencillo. Para empezar, porque solía estar ocupada. Los pasatiempos de aquella época eran tan escasos que cualquier nadería disparaba el entusiasmo y concitaba el interés de la potencial clientela. Además, había que aprovisionarse de calderilla, lo cual tampoco resultaba sencillo: porque, aunque suene paradójico, entonces todo el dinero que llevábamos era eso, calderilla, destinada a más altas ambiciones. Y porque el endiablado juguetito se las traía. Una especie de circuito de Fórmula Uno de juguete. Uno depositaba por la ranura su moneda y debía exprimir desde el primer segundo su capacidad de concentración: si no manteníamos desde el banderín de salida bien sujeto el volante, la moneda ignoraba las exigencias del circuito, sus curvas y sus contracurvas. A su libre albedrío, iba saltando y saltando hasta desaparecer, sin que pudiéramos dominarla a volantazos. Tilt.

Y si el jugador acertaba situando la moneda en el camino correcto, tampoco era el momento de cantar victoria: el recorrido que esperaba a continuación exigía una maestría que a muchos nos fue negada. Aún no había nacido Fernando Alonso, a quien me hubiera gustado ver domesticando aquella maldita moneda que se negaba a menudo a seguir su curso lógico y parecía disponer de vida propia. Aunque también ocurría alguna vez que ante nosotros se alzaba algún anónimo as del volante, cuyas filigranas en la maquinita nos dejaban mudos: el silencio se apoderaba del Villa Rica con una densidad de tal envergadura que bastaba ingresar por su puerta para saber que alguien estaba ejecutando con mayúsculo magisterio las maniobras reglamentarias que conducían a la monedita a su destino fetén.

¿Qué obtenía a cambio el exitoso jugador? Mis disculpas: se me ha olvidado. Debió suceder semejante proeza tan raras veces que no recuerdo nada. Nada de nada. Si el matrimonio que defendía aquella barra tan castiza le invitaba a un vino o si le permitía volver a intentarlo. Si recibía el aplauso sincero y emocionado del resto de la clientela (y salía por alguna de las dos puertas entre ovaciones) o si tal vez le convidaban a una bolsa de pipas. Logroño ya era así, según creo. Muy poco dado al elogio, aunque a todos nos constara que llevar la moneda dichosa por aquel carrusel de curvas y contracurvas, repechos endiablados y chicanes imposibles con mil trampas emboscadas para entorpecer el feliz itinerario representaba una hazaña magnífica. Es posible que incluso abucheáramos al mago del volante: nos ponía a los demás en evidencia.

Como se desprende, aquel juego tan tontorrón ocupó en nuestra iniciación a la calle Laurel una especie de hito tan formidable que se entenderá mi genuino entusiasmo cuando recibí por correo la imagen que ilustra esta entrada. Ahí verá el improbable lector, gracias a la pericia como dibujante de Néstor Santo Tomás, a dos jovencitos logroñeses extasiados al volante. Primeros años 80: cualquiera de esa generación puede reconocerse en la pareja de quintos, a quienes el resto de la cuadrilla no hace demasiado caso. Mejor dicho: los ignora por completo. Tal vez porque se disponían a completar con éxito la vuelta de reconocimiento y sólo se merecían eso: el desprecio que Logroño otorga a quien cosecha algún triunfo.

Todavía volví mil veces después de esa época al Villa Rica, seguí probando suerte con la máquina y vi crecer ante mis ojos a los hijos de aquel matrimonio que defendía el bar. Un día, sin embargo, encontré que todo había cambiado. Había cambiado la dirección del local y, horror máximo, había desaparecido el célebre pasatiempo, arrancado de la pared para morir (supongo) en el contenedor más cercano. Yo obré en consecuencia: nunca más regresé al Villa Rica. Alguna vez en que me vi tentado me he cerciorado de que la máquina sigue sin aparecer y me mantengo por lo tanto fiel a semejante boicot, tan marciano. Aunque tantos años esquivando esa barra donde pasé tantas y tantas tardes acodado viendo a tanto Fittipaldi de ocasión tiene ahora su recompensa: ese dibujo que me reconcilia con el Villa Rica que sobrevive en mi imaginación. El bar al que sí volvería.

Sobre todo, si recupera la maquinita.

P.D. Comenté con algún camarada de aquellos años estos recuerdos a propósito del dibujo que me envío don Néstor y comprobé que se trataba de añoranzas mutuas. Hasta el punto de que uno de ellos, el amigo Poty Foronda, me abrumó como suele: con el recordatorio detallado de este juego del Villa Rica… y de unos cuantos más. De los que yo no tenía ni tengo memoria. Fue tan preciso en sus propios recuerdos que le invité a que los comparta en este blog cualquier día de éstos. Compromiso que promete cumplir: así reviviremos de su mano los días en que una generación entera jugaba a poner una moneda encima de un limón sumergido en una fuente llena de agua. Para que luego nos digan que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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Qué hay de nuevo, Ibiza
Jorge Alacid 28-11-2016 | 3:57 | 0

Inauguración del Ibiza, esta mañana en Logroño. Foto de Juan Marín

 

Hubo un tiempo que recordarán los logroñeses más veteranos donde el sol no se ponía en los bares del Espolón. Quiere decirse, hipérbole mediante, que la gavilla de negocios hosteleros arracimados
alrededor de la céntrica plaza permitía a un hipotético cliente no abandonar ese entorno y regalarse unas cuantas visitas a sus locales predilectos sin dejar de pisar las mismas baldosas. No hacía falta peregrinar a la cercana San Juan ni a la vecina Laurel: el Espolón se bastaba para satisfacer las necesidades de los logroñeses incondicionales de la ronda eterna.

Fueron los años del Ringo o el Aéreo Club, a los que siguieron los del inolvidable pub Duque; los años de Las Cañas, por supuesto, cuyo vacío ocupa ahora Wine Fandango. Y, desde luego, los años del Ibiza, inmemorial faro, guía y brújula para varias promociones de logroñeses. Que encontraban en el bar ahora recuperado el lugar donde quedar para esto o aquello: para las gestiones bancarias, el itinerario por la Plaza de Abastos o la línea de salida en su ruta hacia el vermú que invitaba a recorrer los bares aledaños. El Ibiza, sí: el Ibiza, el imaginario puerto de mar de que dispuso Logroño, que hoy reabre sus puertas para su enésima reinvención luego de una profunda transformación tras año y medio clausurado. Prevalece sin embargo su espíritu, su alma tan vinculada al corazón de la ciudad.

Que algo tiene que ver con su condición camaleónica. Porque el Ibiza jugó sus cartas con buena fortuna cuando decidió convertirse en uno de sus bares donde hay que estar. Para ver y para ser visto. Bajo esa misma filosofía reanuda este lunes su actividad, como explica David Houngbeme, portavoz del grupo empresarial que se hizo con la propiedad del local cuando sus anteriores gestores concluyeron su andadura. Se trata, por lo tanto, de reconvertir el Ibiza en lo que fue toda su vida: un café abierto siempre. O casi. Ese bar que nunca cerraba. O casi. Madrugador para el desayuno, operativo durante la mañana para el cafelito o el tentempié reparador, también funcionando para el aperitivo. Así se recuerda al Ibiza, a toda máquina también por la tarde y la noche, y así les gustaría a sus flamantes dueños que siguieran conociéndolo las nuevas generaciones de logroñeses a quienes tal vez nada les diga el viejo local. Cuando se hizo célebre por su terraza exterior y sus veladores del interior, limpiabotas incluido.

P. D. Hasta aquí el artículo publicado este lunes en Diario LA RIOJA, en vísperas de que se obrara el prodigio: en efecto, el Ibiza ha vuelto. Aunque hasta mañana no empezará a funcionar para gozo de sus incondicionales, este mediodía ha ofrecido un anticipo de lo que espera. Estupendo servicio, inmejorable imagen, un espacio confortable… Sólo le falta lo que ansían todos los negocios: llenarse de clientes. No creo que falten: el nuevo Ibiza, el Ibiza de siempre, lo tiene todo para triunfar. Y de paso completa una estupenda fachada de Logroño para deleite de indígenas y forasteros amigos de los bares.

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