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Laurel

Saluda a todo el que veas
Jorge Alacid 18-09-2014 | 5:58 | 0

Hace un año, por estas fechas consigné una estupenda sorpresa en este mismo blog: en un bar de la calle Laurel nos convidaron a zurracapote, servido fresco en el porrón preceptivo. Ocurría que Logroño se preparaba para sus fiestas mateas y en ese local habían decidido recuperar una tradición perdida vaya usted a saber en nombre de qué nuevas y funestas costumbres. Porque antaño era casi obligatorio: en la mayoría de bares, sus propietarios preparaban la riquísima pócima para regalar al indígena y al forastero, a quien se iniciaba en ese brebaje escasamente conocido lejos de entre nosotros. Tengo observado que tal hábito se mantiene fuera de Logroño, en algunos municipios de La Rioja, lo cual me parece una manera muy apropiada para corroborar si, como dicen, por esta tierra somos o no somos hospitalarios. Con el porrón de zurracapote lo podemos saber: así se pasa de las palabras a los hechos.

Viene a cuento este prolegómeno de que veo llegada la hora de honrar al santo Mateo y revisar la curiosa metamorfosis que los bares patrios protagonizan cuando desembarcamos en el rito del cohete (que algún hortera llamará chupinazo), bullicio callejero y resto de tópicos que perpetramos por Logroño cada 21 de septiembre. Los bares, ay, dejan un poco de serlo: las muchedumbres que, sobre todo en fin de semana, se despliegan por nuestras calles y plazas exigen una respuesta inmediata para satisfacer sus necesidades en materia de tragos y bocados, los camareros necesitarían otra vida para atender cada demanda, es habitual por otro lado la derrama en forma de vomitonas y demás desperdicios entre quienes debutan esos días en la costumbre de desparramarse y, en fin, la ciudad es otra. Sus bares también: sus bares en determinados casos incluso cierran sus puertas, porque sus propietarios prefieren ahorrarse los sofocos mateos, y hay quienes abandonan su perfil tradicional para aceptar las exigencias de una clientela… poco exigente. Se trata de pasarlo bien, sin grandes pretensiones, y entonces nuestras barras de confianza se convierten simplemente en una excusa: parte del decorado.

No ignoro que se mezclan estas dos tendencias (el bar que se fuga y el bar que se maquilla) con otras menos llamativas. Fuera del centro, las barras conspicuas mantienen su fisonomía, adornadas sólo con algún detalle mateo (camareros con pañuelo al cuello), e incluso habitan entre nosotros las que procuran un esfuerzo adicional por estar a la altura del reto que supone recibir a una legión de visitantes que sólo viajan a Logroño por esos días y, por lo tanto, se llevarán de aquí la imagen que se desprenda de la semana festiva. Y luego están los bares que se inauguran por San Mateo, subgénero logroñés del que ya hablamos aquí hace nada, y los bares furtivos: se trata de esas casetas que aparecen por fiestas y amplían la oferta hostelera, con resultados… mejorables. Son como bares de compromiso, que añaden una nota de color al folclore local con mucho chunda-chunda por los bafles, versión macarrada pura o versión sevillanas. No los cuento entre mis favoritos, aunque confieso que sí: que los he frecuentado.

Y los he frecuentado desde la primera vez que una carpa de esta guisa brotó ante nuestros ojos: ocurrió en los primeros 80, allá en avenida de Portugal, donde antaño se alzó el garaje Elías. En el abandonado solar, la compañía andaluza de vinos llamada Terry instaló sus reales, con una enorme barra al fondo, con su suelo de madera para zapatearlo al ritmo de los bailes andaluces (cosa que no sucedía apenas: entonces casi nadie sabía bailar sevillanas por estas tierras) y con sus corrales donde un caballo blanco, fetiche de la marca desde los días de la tele con sólo dos cadenas, esperaba la hora de acudir enjaezado hasta la plaza de toros.

La novedad fue muy bien acogida entre la fauna local y fuimos muchos quienes descubrimos los vinos de Jerez y los amontillados. También descubrimos por entonces que la manzanilla no tenía necesariamente que ser ese bebedizo caliente que te daban si te dolían las tripas, sino un delicioso néctar alumbrado en un lugar de hermoso nombre: Sanlúcar de Barrameda. Nos acostumbramos al pan de picos para acompañar las tapas propias del sur, con su jamón finamente cortado y sus pescados fritos que en nada se parecían al de San Bernabé, y aceptamos lo que deberíamos aceptar estos días: que Logroño cambia por fiestas.

Yo espero que sea para bien, aunque desde que me recojo pronto tiendo a pensar lo contrario. Lo cual no me impide desear al improbable lector unas felices fiestas y rogarle humildemente que deje de orinar por las esquinas. Es preferible que siga el mandato de uno de mis refranes logroñeses favoritos: en estas fiestas mateas, saluda a todo el que veas.

P.D. Se ha citado antes el caso de los camareros que protegerán estos días sus gargantas con el pañuelo y traigo malas noticias: aunque se empeñen algunos en lo contrario, aunque los puristas seamos ya una minoría en plan abuelo Cebolleta, el pañuelo de fiestas es rojo. Rojo, repito: se decidió subvertir esta costumbre que sí preservan en los pueblos riojanos, sobre todo Ebro abajo, para no parecernos a los vecinos navarros. Pero la tradición es la tradición, así que insisto: el pañuelo mateo es rojo. Escrito lo cual, que cada uno se ponga el que más le guste, preferiblemente el que vende Diario LA RIOJA inspirado en nuestra baldosa indígena. Al fin y al cabo, en efecto, estos días Logroño será un pañuelo.

 

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… Y abierto por vacaciones
Jorge Alacid 31-08-2014 | 8:19 | 0

Inauguración de la Taberna de Baco, en su nueva etapa.Foto de Juan Marín para Diario LA RIOJA

Como decíamos ayer… Así como el verano ha traído para mi asombro una imagen algo alicaída de los bares logroñeses, con las persianas bajadas en más de un sorprendente caso, también debe consignarse el efecto contrario: que sigue habiendo almas intrépidas que se animan a ponerse detrás del mostrador. Son los que abren por vacaciones y a ver qué pasa. Uno tiene puestas todas sus complacencias en estos audaces vecinos que desafían el frío ambiente que continúa registrando eso tan español de consumir tragos y pinchos, de modo que sólo puedo desearles la mejor de las fortunas y dedicarles de paso unas cuantas líneas.

Lo merecen Rodrigo y María, quienes han decidido japoneizar con Sushicatessen ese tramo de Víctor Pradera que ha quedado tan chulo, con su hamburguesería diseño hipster (hoy parece que todo es hipster, etiqueta que sirve para un roto y para un descosido) y el renovado Victoria, que ya mereció una entrada en el blog. A la calle, que se prepara para días de sufrimiento en cuanto se muden los juzgados, ya sólo le queda para rematar su atractiva imagen que le cambien el nombre, esa nomenclatura tan aciaga. Pero esa es otra historia…

Y merecen también su espacio en esta entrada Tere y Marian, que afrontan el desafío mayúsculo de hacerse cargo de la exitosa Taberna de Baco (en la foto de Juan Marín para Diario LA RIOJA), puesto que se trata de un reto doble: por una parte, preservar a la fiel clientela que habían conseguido atrapar las anteriores propietarias, a quienes por cierto es fácil ver todavía por el bar, aunque a este lado de la barra; por otra, pretenden como es lógico imponer su propio estilo, manteniéndose fieles a la esencia del local pero dotando a su gestión de una impronta distinta. Se puede ver en su carta de tapas ese doble lenguaje: lealtad hacia las conquistas antiguas y un estilo diferente en los pinchos que ofrecen como novedad. Con un aliciente adicional, que debería ser norma en cada establecimiento: que al cliente le obsequian con una sonrisa.

Cito estos dos casos pero hay más ejemplos de movimiento en el sector. No había tenido hasta hace unas semanas la oportunidad de regresar al Pasapoga, que encontré muy mejorado respecto a sus últimas encarnaciones lo cual me alegra, porque fui cliente habitual del bar durante un tiempo y tiene un hueco por lo tanto en mi corazón. Y a la vuelta, frente a la Glorieta, el Pesos se dispone estos días para una renovación a fondo: otro garito cuya terraza me contó entre sus asiduos en la anterior glaciación… Me cuentan que abre pronto sus puertas otro bar en Portales frente a la Redonda y habrá que recordar ciertas aperturas recientes: el Tívoli y el Umm, recogidos también en este blog, y Las Cañas, cuya inauguración se avecina para dicha de quienes fuimos tan devotos antes de ser devorada la añorada cafetería por la multinacional de las hamburgueserías.

Y más estrenos: en Albia de Castro ocupa flamante esquina un bar llamado The Corner con buena pinta (al menos desde fuera) y hay nuevos inquilinos para la calle Laurel acaba de abrir sus puertas…. Tal vez para desmentirme a mí mismo en mis sombríos vaticinios de la anterior entrada, tal vez porque Logroño mantiene su hábito de animarse de cara a San Mateo: con las fiestas asomando ya por el horizonte próximo, suele ser costumbre que el sector hostelero aproveche para darle un homenaje a la caja registradora abriendo negocios justo cuando más logroñeses (y forasteros) se lanzan a la calle. Confío en que todos estos movimientos sean de largo alcance: que no se trate de una moda pasajera, sino que contribuyan a aliviar el lánguido paisaje que atravesamos. Así que a todos, a los citados en estas líneas y también aquellos a quienes sin querer me haya olvidado, les deseo lo mismo: larga vida para ellos y para sus clientes.

P.D. Las novedades en el sector de la hostelería logroñesa acaecidas durante este verano alcanzan también a la aparición de un simpático elefante a la entrada de la calle Laurel, cortesía de la Taberna del Tío Blas. El animalito tiene su gracia, aunque según las últimas noticias llegadas a esta redacción carece de nombre: desde el bar cuya pared decora están abiertos a sugerencias. Quien se anime, ya sabe: le esperan en su página de facebook.

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Cerrado por vacaciones…
Jorge Alacid 30-08-2014 | 7:54 | 0

Paseo agosteño por la Laurel y calles adyacentes. Uno sale de su retiro estival y tropieza con la cruda realidad del consumo hostelero: bares semivacíos y, sorpresa, sorpresa, muchos locales con este cartel colgado: Cerrado por vacaciones. Quiere decirse que, como se supone que nadie se pega tiros en el propio pie, los dueños de nuestros garitos de confianza habrán calibrado qué impacto puede tener sobre su negocio bajar la persiana por unos días y han obrado en consecuencia: la máquina registradora dejará de sonar pero caerá también el gasto corriente y el empresariado hostelero se concederá un descanso. Nada que objetar, aunque da para pensar: no recuerdo que antaño un bar de la calle Laurel cerrara en estas fechas, justo cuando se supone que los nativos contamos con más tiempo libre para enlazar una ronda con otra. Sí que hubo quienes, como el difunto La Simpatía o el Soriano, sellaban siempre sus puertas en San Mateo para evitarse la habitual turba de beodos, pero cerrar en pleno verano es algo que nunca vieron mis ojos. Y si tal cosa sucede en frecuencia sospechosa, es que la visita a los bares amenaza con dejar de ser tendencia. También en la canícula. Feo asunto.

Esto es: si el dueño del local calcula que se puede permitir un respiro en las fechas en teoría más propicias al consumo, la terracita veraniega, la tertulia con los amigos y la afluencia de turistas, se pueden extraer unas cuantas conclusiones pesarosas. La primera, que los hábitos de la clientela han cambiado. Radicalmente. En verano gana peso (supongo: todo esto son meras suposiciones) la vida en la segunda residencia, la visita constante al pueblo de adopción, las exigencias de la agenda en la urbanización hacia donde tanto logroñés ha emigrado. La segunda teoría, que discurre en paralelo, es que el consumo no acaba de remontar, lo cual se aprecia en diversos detalles: por ejemplo, que cada vez menos camareros atienden la barra, lo cual genera un servicio, hum, mejorable, así como largas estancias para ser despachado.

La tercera conclusión que uno, convertido en sociólogo aficionado, extrae de todo esto es que han cambiado también los hábitos al otro lado de la barra: el sector hostelero, antaño tan esclavo, seguro que hoy también exige una dedicación exhaustiva, pero ha dejado de ser en general ese tipo de negocio familiar que ataba al tajo a la parentela directa. Sin apenas vacaciones, pausas ni descansos. Poco que ver con esta imagen: hace unas cuantas décadas vi cerrar apresuradamente el bar una mañana de sábado a su dueño, porque se marchaba a toda prisa… a casarse. Nada menos. Una exagerada entrega al negocio, ya lo sé, pero que da una idea de cómo se ejercía antes este oficio y cómo se ejerce hoy.

Las comparaciones son odiosas. Que cada cual se decante por un modelo o por otro: aquellos bares que siempre parecían estar abiertos y estos otros que, en pleno verano, cuando llevas a los amigos residentes fuera de Logroño a acodarse en su barra favorita se dan con la puerta en las narices. Y yo los entiendo: viendo la lánguida parroquia que acude a los que resisten sin bajar la persiana comprendo perfectamente que el hostelero actual, ese que ya no tiene a la familia pegada a sus pies y que prefiere contratar a una plantilla (ahora más bien cortita) para que le ayude en el negocio, husmee que el contexto económico no arranca y se marche de vacaciones. Desde hace tiempo, ya va siendo usual que el sector cierre los domingos: una manera de explorar si pasa algo cuando decides desertar por un día de las continuas exigencias que genera el trabajo, larguísimas mañanas y tardes aguardando a que alguien se anime a entrar… Hasta decidirse por colgar en verano el cartelito de cerrado y a otra cosa. Aunque es posible también una visión menos sombría: que sí, que la crisis se ha marchado, los bares funcionan a pleno pulmón y con las renovadas ganancias sus dueños echan el candado y se piran a Benidorm. Ojalá esta versión sea la buena. Aunque no sé, no sé…

P.D. A favor de una visión más optimista del sector hostelero, que es la que yo prefiero (aunque no sé, no sé), juega la saludable novedad de recientes aperturas y traspasos, un movimiento saludable que protagonizará la próxima entrada.

 

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Bares soñados por mí
Jorge Alacid 30-05-2014 | 7:44 | 0

Taberna La Tana, en el corazón de Granada

El otro día me ocurrió algo extraordinario en un bar. Llegué con un grupo de amigos y nos aventuramos a pedir un vino que ninguno de nosotros había probado hasta entonces. En vista de nuestros titubeos, la amable tabernera que nos atendía sacó una copa, derramó un poco de vino y nos regaló una sucinta pero esclarecedora explicación de sus características: variedades, sabor, aroma… Unos diez segundos. Le encargamos una botella y nos la bebimos asombrados por semejante detalle de cortesía.

No fue el único suceso prodigioso que sucedió esa noche en el mismo bar. Para trasegar la botella que nos bebíamos, el hermano de la camarera que defendía con ella la barra nos acercó un plato rebosante de tapas que ninguno le habíamos pedido: una rebanada de exquisito pan con tomate y un chorro de aceite por cabeza, acompañado de un generoso dado de tortilla. Como nos llevó un rato ‘conversar la botella’, hallazgo genial del escritor chileno Jorge Edwards que me apresuro a copiarle, de la barra salió mientras tanto otra jugosa oferta gastronómica: una fuente con su correspondiente dosis de panecillos con anchoas.

Se ve que la noche iba de milagro en milagro, porque nuestra siguiente parada acaeció en otro bar cercano y allí vivimos una maravilla similar. Pedimos nuestros vinos, ya a tiro hecho y por lo tanto sin degustación previa, y con la consumición los diligentes camareros de este segundo garito nos convidaron a una estupenda ración de albóndigas como tomate. No nos lo podíamos creer, pero insistimos por si era un sueño. Así que proseguimos ruta: cervecita en una terraza y platillo de aceitunas con media docena de tapitas, una caña (muy bien tirada por cierto) en un cuarto local llegó servida junto a una tostada de revuelto de trigueros y, mientras nos acomodábamos para picar algo en un quinto bar, el camarero nos sirvió la bebida junto a otras tapas de cortesía.

Lo juro. Juro por Baco y el patrón de los hosteleros que todo esto que cuento ocurrió tal cual la semana pasada. Ocurrió… en Granada. Ya lo advirtió en este mismo blog un corresponsal hace unas cuantas entradas, cuando reflexionamos sobre la razón de que esa costumbre de invitar a la tapa gratis no se haya implantado en Logroño. Hubo algún comentario que se tomó a mal la idea que lancé pero en general el debate que se abrió entonces fue bastante templado, animado por las pistas que fueron dejando unos cuantos corresponsales: con ellas elaboró el admirado Diego Ortega un mapa de Logroño donde un reguero de bares demostraba que esa idea no era tan descabellada. Que otros bares son posibles.

Hoy, vuelvo de Granada asombrado. No he visto tanta generosidad en el sector de la hostelería en ningún otro punto de España. Y eso que he pisado unos cuantos. Y eso que hay ciudades donde ese detalle lleva tiempo implantado con extrema dadivosidad. Me cuentan que por Granada se puede de hecho almorzar (sí, almorzar) sólo a base de los pinchos y las cazuelitas con que obsequian los bares a su clientela. Bares, por cierto, rebosantes de público: una noche de miércoles la zona más típica de tapeo presentaba un aspecto muy animado. Imagino cómo estaría a esas horas la calle Laurel: la visité hace poco un lunes por la noche y tropecé con que gran parte de los bares estaban cerrados. Porque no va la gente, supongo que pensarán sus dueños. Aunque la ecuación se puede invertir: tal vez no va la gente por los bares están cerrados. De hecho, la noche del viernes ya era casi una locura transitar por los distintos itinerarios de bares granadinos. Y aunque no sé si existe una conexión entre esas dos imágenes (la tapa gratis, el bar rebosante), lo quería mencionar aquí. Por si acaso. Por dar alguna pista.

P.D. Por cierto, el vino a cuya degustación nos invitaron era granadino. Apenas unas semanas antes me acababa de enterar de que también elaboraban vino en aquella provincia, no en grandes cantidades, desde luego. A mí no me pareció gran cosa, un tinto demasiado potente para mi gusto educado en la elegante finura del Rioja. De modo que sigue siendo mi favorito.

 

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Están ustedes excusados
Jorge Alacid 16-05-2014 | 4:51 | 0

Gracias a la amiga Julia Baigorri, que incluyó en su perfil de facebook una divertida reflexión a raíz de un incidente en los lavabos de un bar, he decidido dedicar esta entrada a ese oscuro rincón que llamamos retrete, voz que prefiero al eufemismo excusado. Prometo no caer en la escatología, pero es que siempre recuerdo la máxima de un buen amigo según la cual puede colegirse la calidad de cualquier establecimiento hostelero visitando antes que nada sus váteres: así he caído en la cuenta de que este blog no había reservado ni una triste línea a tan trascendental cuestión.

¿Qué contaba Julia? Pues su extrañeza seguida de una cuantas dudas y cavilaciones cuando acudió al lavabo de cierto bar recientemente y tropezó con que en lugar del caballero y la dama habituales para distinguir con sus dibujitos una puerta u otra, las imágenes eran de… un volcán y una luna. Bonito acertijo. Lo cual es últimamente tan usual que casi se ha convertido en tendencia, como si los dueños de cada garito desistieran colocar las sencillas letritas de antaño (la c de caballeros, la s de señoras) y le hicieran un guiño a su clientela en plan te vas a enterar de los modernos que somos. Como cualquiera, yo también he visto crecer ante nuestros ojos esta manía funesta. Y digo funesta porque de suyo, cuando uno visita el lavabo, las prisas por aliviarse casan mal con tener que previamente solucionar un crucigrama, resolver un sudoku o despejar una ecuación. Que tales son las proezas que con frecuencia se nos plantean en la antesala del mingitorio, con un grado de dificultad que yo he decidido solventar a la bravas, perezosamente, mediante dos atajos.

El primer método, cuando no acierto a concluir cuál de las dos puertas es la mía, es echar un vistazo dentro, luego de asegurarme que no hay inquilinos en el interior, y comprobar si está dotado de urinario de caballeros, ese tótem empotrado en la pared que disipa no pocas dudas. Si falla este primer acercamiento, hay plan b: esperar. Esperar a ver si entra alguien más avispado, lo que en mi caso es fácil, y dilucida por mí la cuestión. Perruna y borreguilmente, me limito a copiar lo sus movimientos.

Como se deduce, incómoda tesitura la que atraviesa la parroquia en un momento clave, cuando no estamos para solventar enigmas y además no llevamos a mano las gafas de cerca, pero en fin: tendrá que ser así, aunque tanta modernidad nos acaba haciendo añorar, quién lo hubiera supuesto, los viejos y cutres váteres de nuestra mocedad, incluidos aquellos que el vulgo denominaba a pedales, que antaño colonizaron los bares de Logroño y alrededores. Poco a poco, aquellos infectos espacios que ayudaban fortalecer nuestras pantorrillas y adiestrar nuestra puntería, fueron reemplazados por relucientes sanitarios de la omnipresente marca Roca, pero algunos resistieron durante largo tiempo, inmunes tanto a la modernidad como a las más elementales normas de higiene. Ah, el váter del Tívoli, donde en los años de plomo podías tropezarte con los primeros yonquis logroñeses. Ah, el inodoro del Villarica, que ponía contumazmente a prueba nuestras pituitarias. Ah, el excusado favorito de tanto adicto a la Laurel, el del Bambi desaparecido: puesto que se situaba en el breve patio del bar, en invierno garantizaba alguna meada bajo cero. Pero eso sí: nunca por entonces nos confundimos de puerta. Quien se equivocaba, lo hacía a propósito.

Aunque esa es otra historia

P.D. Leyendo la peripecia de la Baigorri, he recordado la primera vez que me sucedió algo así: eso de no saber hacia qué taza tenía que apuntar. Ocurrió en Londres, en el muy pijo barrio de Chelsea, durante la visita al no menos pijo garito llamado The Botanist que recomiendo visitar. Al grano, que me paso de pedante: en la antesala del lavabo, dos puertas decoradas con sendos dibujos representando a una mariposa y una serpiente. Adivina, adivinanza: dónde estará mi váter. Y otra adivina, adivinanza: en cuál de ellas entró servidor. Y en cuál de ellas hubieran entrado mis improbables lectores.

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