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Laurel

Logroñeses para el mundo
Jorge Alacid 11-05-2018 | 10:24 | 0

Entrevistado por Canal Viajar, en Delicia Croqueta

 

La imagen que ilustra estas líneas se tomó hace unos días, en el establecimiento que las hermanas Loro acaban de abrir en la calle San Agustín. Se observa a quien esto escribe (perdón por el ataque de importancia, que diría Valdano) mientras atiende al equipo enviado por Canal Viajar para que recorriera con ellos los bares del centro de Logroño un sábado cualquiera, explicando sus virtudes a la audiencia que pasado el próximo verano podrá ver en sus pantallas el resultado de tantos desvelos. Respondía de esta manera a una invitación de la productora del programa llamado Ciudades de Noche, que se exhibe en Movistar Plus: sus ideólogos querían dedicar una entrada a Logroño y pensaron que esa parte de las rondas nocturnas de tragos y bocados podían tenerme como cicerone. Otros lugareños sirvieron para semejante propósito en franjas igualmente noctívagas: entre todos procuramos que, sobre todo quienes no conocen nuestra ciudad, sintieran que se están perdiendo algo. Espero haber contribuido con mi cuota alícuota.

Fue una invitación en cierto sentido envenenada. Tenía que elegir a cuatro bares. Sólo cuatro. En ellos debía condensar la experiencia que un indígena ha ido haciendo suya cuando se responde a sí mismo a esa pregunta: qué significa ir de bares por Logroño. De modo que a la hora de decantarme por unos o por otros, luego de darle alguna vuelta al caletre, concluí que que, más que en su condición de bares, debía pensar en esos cuatro elegidos como referencias. Como hitos para un viaje por la noche logroñesa a lo largo de su historia. Bares cuyo espíritu pudieran compartir también sus propias competidores locales: todos ellos forman parte de la misma gloriosa baraja de locales logroñeses. Integran una paleta común. Decidí que, aunque escogiera a los que finalmente elegí, quienes no aparecieran en el programa pudieran sentirse representados.

Bajo esa pretensión ideé un viaje por Logroño que seguía los preceptos de tantos y tantos veteranos de mil barras, a quienes debo la información de que, en realidad, la costumbre de las rondas nocturnas se inició no tanto en Laurel y alrededores como imaginamos sus nietos, sino en la calle Mayor y aledaños. De modo que me pareció que guardaba cierta justicia poética atacar el programa empezando por ahí. Por la calle Mayor. Me decanté por El Guardaviñas como símbolo de que las antiguas tabernas donde se destetaron como clientes los miembros de la generación de nuestros abuelos admiten una versión contemporánea que puede contribuir a dotar de un perfil renovado a la calle. Además, El Guardaviñas, como otros bares hermanos, fusiona con acierto en su carta de bocados (recetas clásicas adaptadas a los nuevos tiempos) y en la de tragos (referencias tradicionales de Rioja junto con las propuestas de los vinateros rocanroleros) esa doble alma: amor por las raíces, revisitadas a la luz de la modernidad.

Siguiente etapa: de la Mayor, a la Laurel. A cuyas puertas expliqué al improbable público las particularidades de nuestra calle más célebre, cuyas puertas franquea la Taberna del Tío Blas. Otro ejemplo de renovación que no por casualidad se aloja en una antigua farmacia, lo cual me dio pie para relatar a la audiencia un aspecto clave de la experiencia como parroquianos de nuestros bares predilectos: que son también farmacias. Administran con buen tino sus productos para aliviar nuestros maltratados espíritus y ayudar a sanarnos. A curarnos de males desconocidos, según las normas que el sentido común prescribe: porque estos bares/farmacia sirven, sobre todo, para celebrar la vida. Para festejarla. Para exaltar los valores de la camaradería y la amistad: de Logroño, para el mundo.

La visita por Laurel tuvo que incluir la advertencia que cualquier feligrés autóctono ya conoce: que en realidad la calle es una y trina. Al río madre se le añaden esos dos afluentes que tributan por su derecha, Albornoz y Travesía, las cuales desembocan a su vez en una cuarta calle que coloquialmente forma parte del mismo viaje: San Agustín. Que dispone de su propia personalidad, por supuesto, aunque incluida en el imaginario colectivo dentro del mismo concepto: el concepto Laurel. Con su leyenda sobre libertinas damas que adornaban con esas hojitas sus balcones para demostrar su predisposición al combate amoroso y resto de mitos locales: si non e vero… Etcétera. Así que se entenderá que nuestra ruta incluyera una reflexión semejante en torno a lo viejo y lo nuevo. Los bares de toda la vida y los recién llegados.

Y entre estos últimos, neófitos de ultimísima hora, Divina Croqueta. El mencionado local que las hermanas Loro han plantado entre nosotros luego de su trayecto desde Sorzano, a mayor gloria de la apabullante lista de croquetas que, en efecto, se despacha en este bar situado en el tramo final de San Agustín. Que además homenajea a los negocios de esa misma zona con una ensalada de tomate tan propia de otros bares vecinos que tiene truco: porque se oculta tras un trampantojo cuyos ingredientes no desvelaré y porque, aunque rinde tributo al amigo Manolo de El Soldado, en realidad el interesado no se da por aludido. No tenía ni idea, aunque agradece el detalle.

Lo sé de primera mano porque así nos lo confesó en la siguiente parada de nuestra ruta: de lo novísimo, a lo tradicional. El Soldado, bar del linaje propio de las bodeguillas tan caras antaño a Logroño, representaba en este itinerario para quienes menos conocen nuestros hábitos en materia de bares la entronización de aquellos establecimientos donde los clientes acudían con sus fiambreras para que les despacharan el vino, adornado a veces con algunas viandas características de estos locales. Lo proclama Manolo siempre que puede y lo proclamó igualmente ante la cámara de Canal Viajar, que se había enamorado de su verbo fácil y dicharachero. También se dejó conquistar por su endiablada habilidad para cortar el tomate de la ensalada famosa, cuyos secretos se resiste a desvelar: Manolo, ya se sabe, es un caballero.

De modo que concluida la gira por Logroño de noche, antes que nuestros invitados siguieran con su paseo por las zonas de copas indígenas en manos de otros anfitriones que tuvieron la amabilidad de relevarme, me retiré a la medianoche luego de pasearles por el Moderno, un café que les excitaba la curiosidad porque es más que un café: es un icono. También ha sido escenario de alguna película, como Calle Mayor, cuyo rodaje intrigaba igualmente a los amigos de Canal Viajar. Allá acabamos la singladura: en la Calle Mayor del cine, que en realidad es Portales. Una metáfora. El viaje moría donde se inició. De la auténtica Mayor a su encarnación cinematográfica. Con una reflexión en voz alta que me permití compartir con quienes alguna vez se asomen a su televisor y vean cómo es Logroño a la luz de la luna: la alianza que sellan en ese punto las trayectorias de nuestro inmortal Rafael Azcona con la de Juan Antonio Bardem, director de la legendaria cinta. Para ellos hace años que se hizo de noche. Al menos, a nosotros nos sigue iluminando el recuerdo que dejaron en nuestra memoria a la altura de un bar. A la altura de Los Leones: aquel bar de bares. El bar de cuando en Logroño no se ponía el sol.

P. D. Como preámbulo a la visita guiada por Logroño (de noche) en sus bares, tuve el privilegio de dirigir un periplo similar un día antes a un grupo formado igualmente por periodistas. En este caso, chinos. A quienes conduje hacia un itinerario más contenido: como querían saber qué se cuece en las cocinas de un típico bar logroñés, puse al equipo de informadores asiáticos en la jurisdicción de la Taberna de Baco, donde les atendieron con la hospitalidad conocida. Pedro y sus chicas explicaron las entrañas de su oficio, prepararon sus suculentos platos para asombro y delicia de los recién llegados y regaron las viandas con buen vino de Rioja, el favorito de aquel país de entre todas las denominaciones españolas. El proyecto se denomina ‘Un paseo por las Españas‘, lo cual no sé muy bien qué quiere decir: yo me limité a guiarles por Logroño. Que al cierre de esta edición, sigue siendo uno.

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El vino tenía un precio… superior
Jorge Alacid 20-04-2018 | 5:51 | 0

De vinos por Logroño. Foto de Justo Rodríguez

 

En anteriores capítulos, ya se mencionó en este espacio las vicisitudes vividas por el vino de Rioja en nuestros bares conspicuos, alrededor de los avatares acaecidos con ocasión de cada subida de precio. Desde aquel legendario boicot de los años 80, protagonizado por la chavalería de entonces, enervada a consecuencia de las tarifas disparatadas con que tropezaron sus pasos una tarde por la calle Laurel, a más recientes peripecias, que me sirvieron para otras entregas donde, gracias al auxilio de unos cuantos maestros en el arte del chiquiteo, reflexionaba en torno a cuánto debía cobrarse un vino de Rioja, fuera del año o crianza. Y alcanzaba una modesta conclusión: que en la política de precios cada local aplicaba la barra libre. Nunca mejor dicho.

Si regreso ahora sobre aquellas pistas es porque en un establecimiento de confianza del Logroño castizo me acaban de advertir en torno al impacto que tiene sobre sus tarifas otra subida más reciente: la registrada en origen por las bodegas que les proveen de vino de Rioja. Según su alarmado relato, luego de unos cuantos años conteniendo el precio de la copa de vino del año en los 80 céntimos, lleva unas semanas ya sirviéndolo a 90, fruto de la escalada similar registrada entre las bodegas que le abastecen. “Y no veo que los clientes protesten”, asegura esta amable tabernera. De donde deduce que en otros bares lo encontrarán más caro: “Seguro que por ahí lo están cobrando a un euro”. Se refiere, en concreto, a la celebrada marca Muñarrate, un tinto estupendo que cuenta también con las complacencias de quien esto escribe…

…Que se ha tomado la molestia de frecuentar otras barras y corroborar que, en efecto, el Muñarrate se está tarifando a un euro en más de una de ellas. Lo cual ratifican otros amigos chiquiteadores, quienes advierten lo siguiente: a) que prácticamente el precio del tinto joven a un euro se encuentra ya unificado entre la hostelería logroñesa. Y b) que hay locales donde incluso se cobran a 1,20 (Ostatu), a 1,40 (Murmurón) y escalan hasta 1,50 (Albiker). También hay quien resiste: el amigo Miguel, famoso entre nosotros defendiendo en Laurel su singular casa de Sierra La Hez, mantiene a 0,80 otro vino igual de estupendo que los arriba citados, el Urrechu.

Resumen. El chiquiteador humilde, el paisano que solo o en compañía de otros colegas mantenía viva la llama de tan acendrada tradición, observa cómo se complica su pasatiempo favorito porque según las últimas noticias llegadas a esta redacción las pagas de nuestros jubilados se contienen tanto como las nóminas de los asalariados. Ir de vinos, aunque sean del año, se convierte en un entretenimiento más caro que de costumbre. Y la culpa, ya se sabe: la tienen los forasteros. Forasteros de dos clases. El turista, por supuesto, que allega su derrama en forma de euros a los bares castizos durante la ingesta del fin de semana y provoca un efecto inflacionista sobre quienes soportan esa tradición de lunes a viernes. Y otro tipo de forastero: el forastero indígena, valga la paradoja. Esto es, aquel que visita Laurel y aledaños muy de vez en cuando: viernes y sábados, por ejemplo. El nuevo chiquiteador.

Así que haga usted, improbable lector, las cuentas, como si esto fuera el ‘Un, dos, tres’. Un tinto joven, a un euro, multiplicado por cuatro rondas, da como resultado cuatro euros por cada tarde. Por cinco días laborables, 20 euros. Si se alterna también al mediodía a semejante ritmo, 40 euros entre lunes y vienes, donde hace unas semanas, a 80 céntimos la copa, la cuenta salía por ocho euros menos si Pitágoras no me confunde. Semana tras semana, cuando vence el mes, la diferencia se va ensanchando, para dolor del bolsillo de quien sufra semejante subida. En el bar donde me avisaron de cómo empezaban a repercutir entre la parroquia el alza de precios que habían notado en origen también me aseguraron que no tenían más remedio. Que llevaban tiempo aguantando hasta que no han podido más. Y que lo sienten de verdad por esos abuelos que son sus clientes más fieles, cuya billetera juzgan menguada. Pero que puesto que en esa barra que no mencionaré se limitan a una subida de diez céntimos y dejan todavía la copa de vino del año por debajo del euro, habrá que concluir que su política de precios parece (todavía) bastante razonable. Hay tarifas más disparatadas, que con probabilidad atenderán a las leyes del mercado, pero no sé… Me malicio que fomentar el consumo (responsable, ojo) del néctar más riojano choca con esta reciente estrategia desestabilizadora, puesto que tarifarlos a precios exagerados puede conducirnos a un escenario temible: acabaríamos bebiendo por encima de nuestras posibilidades.

Continuará.

P.D. Hablando de vinos, cómo no iba a recoger este blog la alborozada noticia del regreso de El Guardaviñas de la calle Mayor, local ya mencionado en otras ocasiones que cuenta con distintos atractivos (por ejemplo: en su carta de tapeo figuran las ancas de rana) más allá de su interesante carta de vinos. Que no ignora otras denominaciones foráneas pero que rinde como debería ser norma en Logroño tributo a los vinos de Rioja, como se puede observar en la fotografía que ilustra estas líneas: su hermosa pizarra, de sabroso retrogusto.

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Diez pinchos de Logroño… para un amigo de Granada
Jorge Alacid 25-01-2018 | 4:33 | 5

Diez tapas de diez bares de Logroño. Fotos de Justo Rodríguez

 

Semanas atrás, a propósito de una entrada que publiqué sobre el concurso que busca por La Rioja la mejor tapa servida en alguno de nuestros venerables bares, el amigo Javi F. Barrera me retó a un duelo incruento a través del éter. El caballero, periodista como quien esto firma, despliega en el diario hermano Ideal de Granada una interesante propuesta informativa llamada Cableados que en algo emparenta con este blog: también procura callejear en cuanto puede. Así que, fruto de su intuición, el autor de Cableados me planteaba un desafío: que publicara una nueva pieza donde proporcionara al improbable lector, e hipotético turista granadino, una serie de pistas para deambular por los bares de Logroño atacando sus pinchos más beneméritos.

Luego de darle alguna vuelta al asunto y compartir confidencias con el colega Barrera, acordamos cuanto sigue: que, en efecto, publicaría en este blog un artículo como el que ahora perpetro. Algo así como mis diez pinchos favoritos de Logroño. Mejor dicho, aquellos diez más celebres. Los indispensables, más o menos. No porque a mí me lo parezcan, sino porque observo a su alrededor un acabado consenso. Esos diez pinchos que, nos gusten más o nos gusten menos, son los que concitan cierta unanimidad, nunca absoluta. Afortunadamente. A esta pieza responderá el amigo Barrera con otra semejante, aunque ya me advierte de lo siguiente: que eliminará de ella las diez tapas que, como es saludable norma en la patria de Boabdil, ofrecen de regalo los bares granadinos. No: las que proponga la próxima semana serán aquellas que, como éstas que aquí se incluyen, serían las que un logroñés de visita por los alrededores de la Alhambra debería catar inexcusablemente si quiere forjarse una idea cabal de las habilidades culinarias de los bares granadinos.

Así que manos a la obra. Tras consultarlo con la almohada, y con algunas opiniones expertas, lanzo en esta apresurada relación diez pistas, que no solo se destinan a saciar la curiosidad del potencial público, sino a estimular el apetitito de quienes lo lean un día de éstos por Granada. Si además luego se animan dejarse caer por Logroño y comprobar por sí mismos lo atinado (o no) de mis recomendaciones, doblemente agradecido: por haberme leído y por hacerme caso. De modo que oído cocina, en riguroso orden alfabético, con todos ustedes. Dos puntos:

 

Bravas del Jubera

 

1. Bravas. Las del Jubera. Las hay por doquier repartidas en formato cazuelilla por todo el mapa logroñés, pero como ya advirtieron los lectores de este blog (y ellos no pueden equivocarse): las mejores patatas bravas se sirven en esta acreditada casa de la calle Laurel, antes bautizada como La Mejillonera (yo la sigo llamando así). Despachadas como le gustan a un servidor: con simpatía. Con mucha simpatía. Crujientes por fuera, mullidas por dentro, justas de picante y tarifadas a precios de antes del euro. Gloria bendita: santo y seña de Logroño. (Jubera, calle Laurel 18)

 

Bocata de calamares del Torres

 

2. Calamares. En raciones o en bocadillo, los amigos calamares alegran la ingesta de vino con tanta tenacidad como adaptación al ecosistema culinario-hostelero. Quiere decirse que entre pan y pan alcanza su mejor encarnación en el Torres de la calle San Juan, porque sus ideólogos tienen la buena idea de servirlo con una ejemplar salsa alioli sobre la que evito todo comentario: hay que probarlos. Estupendo el punto de fritura, mercancía de primera clase y modélico el servicio: hay otros calamares, pero no son los del Torres. (Bar Torres, calle San Juan 31)

 

Bar Soriano

 

3. Champi. Sí, también hay otros champis que no factura el Soriano de la Laurel (de su travesía, más exactamente) pero estos bocados han alcanzado justa fama por vaya usted a saber qué razón. Lo encantador del bar, por ejemplo, minúsculo espacio que atesora un atractivo insondable no sólo para el indígena, sino también para el forastero, allá penas si no sabe comerse el pincho como debería ser norma. De un bocado, qué importa si lo sirven abrasando y qué más da si la suculenta salsilla se derrama por la pechera. Con gamba o sin ella, el Soriano es mucho Soriano. (Bar Soriano, Travesía de Laurel 2)

 

Ensalada de El Soldado de Tudelilla

 

4. Ensalada de tomate. ¿Una ensalada es una tapa? Respuesta: sí. Sí… si la sirve el gran Manolo desde El Soldado de Tudelilla. No debemos llevarle la contraria porque amenazaría con contarnos un chiste. Y no, Manolo. No. Preferimos que saques del fregadero esos misteriosos tomates que siempre están maduros, los partas a la velocidad del rayo y les añadas a sus compañeras de viaje (gloriosa cebolla, jugosas aceitunas) antes de propinar el golpe genial. El toque maestro: sal, aceite y vinagre. Con el ingrediente fundamental: amor. Mucho amor. (El Soldado de Tudelilla, calle San Agustín 33)

 

Miguel, en la barra de La Hez

 

5. Gilda. Igual que el señor Fleming inventó la penicilina medio por descuido, nuestro inventor particular (Miguel le llaman) apareció un día por su bar de la Laurel (Sierra La Hez: con perdón) garrafón en ristre. Se le había echado a perder el vino que guardaba en casa pero una cata de urgencia confirmó el milagro: ese vinagre era un manjar de dioses, sólo apto para estómagos indómitos. Con ese néctar riega sus banderillas, concediendo un mimo especial a la amiga gilda, pincho tradicional que siempre admite reinvenciones. Finolis abstenerse. (Bar Sierra La Hez, Travesía de Laurel 1)

 

Alfonso y Elena, en su Mesón

 

6. Morros. Qué morros tienes, Alfonso: desde tu mesón de la calle Villegas despachas esta golosina marginada por lo culinariamente correcto, que depara grandes niveles de colesterol pero también inolvidables alegrías a quien los cata. Porque qué tienen tus morros, amigo Alfonso, que los hace iniguables. Será esa materia prima sin tacha, procedente de animales de toda garantía. o ese especiado mágico que afina su sabor. Aunque más me malicio que sea culpable de semejante placer la mano experta que en la cocina le procura un cariño sin igual. (Mesón Alfonso, calle Villegas 31)

 

Orejita del Perchas

 

7. Orejitas. El amigo granadino que viaje hasta Logroño deberá ser todo oídos: así está garantizado que sacie su curiosidad atacando la ración de orejas que propone el Perchas. Claro que el bar antiguo proponía una decoración vintage, con su banderín del Atlético de Madrid, que añadía un encanto bizarro a la ingesta de semejante bocado pero en su actual formato esa orejita rebozada asegura lo mismo que aseguraba su hermana mayor: un delicado aterrizaje en la panza, luego de mordisquear las sutiles membranas y confirmar lo tantas veces sabido. Que hay otras orejas, pero están en éstas. (Bar Perchas, Travesía de Laurel 3)

 

Un tigre del Cinco Pesos

 

8. Tigre. Dícese del selvático animal de piel pintarrajeada que tanto aporta al recetario clásico español. Porque en formato mejillón, adopta en efecto las características de esa fiera, una ingeniosa denominación que se despacha desde el Cinco Pesos según una receta personal e intrasferible. Como la fórmula de la Coca Cola. El discreto empanado, un leve embozo que multiplica las propiedades de esa jugosa carne mejillonera, administrada en esta casa con la sabiduría que proporciona saber el punto exacto de picante. Una textura memorable, que se recomienda degustar de dos en dos. (Bar Cinco Pesos, República Argentina 27)

 

Brindando en el Lorenzo

 

9. Tío Agus. Hablando de fórmulas secretas: en qué jugosa salsa se envuelve el bocatita denominado Tío Agus, que despachan por cientos, por miles, desde el Lorenzo. Se ignora, desde luego: sus custodios, alquimistas de este delicioso manjar que tiene cautivada a su clientela. Algo sí sabemos. Que se factura según la receta de la abuela Damiana, matriarca de la familia de reconocida pericia en los fogones, y que el condimento sirve para realzar las virtudes intrínsecas de la estupenda materia prima del bocata: lomo (“de parte trasera”, como matizan sus ideólogos). Que aproveche. (Mesón Lorenzo, Travesía de Laurel 4)

 

Juan, en la puerta del Sebas

 

10. Tortilla de patata. La del Sebas. Por supuesto, las hay de todos los gustos repartidas por el mapa del Logroño hostelero, pero la del Sebas añade atractivos adicionales. No es el menor de ellos observar cómo la mercancía viaja hacia el nivel de la calle desde el piso superior que aloja la cocina, a través de ese discreto montacargas que pertenece al imaginario propio de todo logroñés. Pero es que cuando la parroquia ataca el pincho comprueba que aquí todo está en su sitio: la perfecta carta de vinos acompaña la cata de un jugoso bocado, sutilmente deconstruido desde el siglo anterior al nacimiento de Ferrán Adrià. La tortilla que se deshace en la boca. (Bar Sebas, calle Albornoz 3)

P. D. El suculento duelo que aquí protagonizaremos está destinado a acabar en empate, porque de momento es un pugilato virtual. Salvo que alguien (los perpetradores de este experimento, por ejemplo) se animen a una cata en ambas ciudades protagonistas del experimento y puntúen la veintena de recomendaciones. Para lo cual, en todo caso, habrá que esperar: la próxima semana nos responderá Javi Barrera desde Granada. A ver qué nos ofrece, que promete ser jugoso. Aunque tal vez no tanto como la idea que le ronda la cabeza: desempatar un siglo de éstos en la otra ciudad que tan bien conoce, Donosti. Me pongo en sus manos.

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El vino tenía un precio (III)
Jorge Alacid 22-12-2017 | 5:07 | 0

Listado antiguo de precios de bodegas La Rioja Alta

 

El improbable lector tal vez recuerde un par de entregas recientes en este espacio que compartimos en el éter dedicadas a cavilar sobre qué (diantres) ocurre con el precio del vino. Por qué se tarifa una copa del mismo néctar a cotizaciones distintas en función de extraños sucesos paranormales cuya explicación a veces no satisface en demasía nuestras expectativas y genera incluso más y más dudas. Se trataba de una reflexión coral, que se benefició de las aportaciones nacidas al otro lado de la pantalla, alguna de las cuales llevaban la firma de Fernando Bóbeda, periodista y bloguero de fértil e interesante producción en un ámbito de coincidentes querencias: el mundo del vino. A su magisterio debo todas estas indicaciones adicionales que me ha hecho llegar, apuntando hacia el fondo del asunto: cuándo se jodió todo.

Es decir, cuándo empezamos a notar las bruscas oscilaciones en el precio que ahora tanto nos alarman. Fernando opina cuanto sigue: “Creo que el chiquitero es una raza a extinguir, al menos como nuestros padres la han conocido. Y más en el ‘territorio comanche’ de la calle Laurel, que es en lo que se ha convertido la que fue durante generaciones senda del alterne y las relaciones sociales”. Disparo inicial, al que añade otra observación: “El alternador de todo los días no interesa”. Se refiere al detonante de aquella primera entrada que dediqué en su día a glosar los avatares del precio del vino: “Esas cuadrillas que hace cuarenta años simularon una huelga porque habían subido el precio del vaso de 10 a 15 pesetas son carne de cañón para los nuevos propietarios, que no taberneros en su mayoría, de la Laurel”. Aunque ojo: Bóbeda juzga “legítimo” este tipo de estrategias hosteleras de nuevo cuño, “porque no deja de ser un negocio, pero triste”. Luego se pone melancólico: “Los tiempos en los que ibas con tu padre y su cuadrilla se han terminado. Allí veías, oías y callabas. Y si te daban permiso, echabas un trago. Siempre vino del año, por supuesto. Y de calzarte un pincho, ni hablar”.

Como se ve, el arriba firmante tampoco es inmune al efecto de la caída de hojas del calendario. Lo cual no le resta apetito investigador: resulta que por su cuenta ha ido recopilando una serie de facturas fruto de sus andanzas en pos del buen vino y mejor yantar por las barras de Logroño y alrededores. Alrededores en sentido amplio: incluyen desde San Sebastián a Salou, capital riojana para el exilio vacacional, próxima como sabemos a independizarse. Cuyo resultado resumo a continuación. Una jugosa propuesta que admite toda clase de lecturas: empezando por Salou, donde un par de tiques demuestran que incluso han adoptado por tierras tarraconenses la política logroñesa en materia de tarifas… Por el contrario, las facturas recopiladas a orillas de la Concha confirman lo apuntado. Que por regla general, y habrá excepciones para todos los paladares y retrogustos, en San Sebastián se tarifa el vino de Rioja más comedidamente.

Ahí va algún ejemplo. Anota en sus paseos chiquiteadores crianzas por 1,80 euros, aunque la mayoría se coloca en el entorno de los dos euros y apenas en un ejemplo se añade veinte céntimos más… Por el contrario, en sus andanzas por los queridos bares del Logroño castizo sólo en un caso le cobran el crianza por debajo de esa frontera de los dos euros. Y el vino joven observa fluctuaciones análogas por desconcertantes: la horquilla se sitúa entre el euro más 40 céntimos de su tope más alto, hasta los 80 céntimos de su cotización más conservadora. Vinos distintos, precios distintos… Tal vez porque también los bares son distintos.

Ahí es donde probablemente reside la almendra de este relato: que el mismo vino no puede costar el mismo precio porque ningún bar es lo mismo. Todos son diferentes. En el precio que cobran se añaden otros elementos que agregan valor. Algunos son casi intangibles, como la profesionalidad en el servicio, la atención a la clientela, el esmerado trato que reciben los miembros de su bodega, más valiosa cuanto más abundante… Uno supone que el estocaje inherente a esta política de respetuoso tratamiento del vino también tendrá su reflejo en la hoja de precios. Otros factores conspiran también para que las tarifas se alteren nerviosamente. Por ejemplo, la copa donde se arroja tan preciada ambrosía. Porque hay copas y copas: algunas, hermosas copas. De cristal transparente y delicado, limpiado obsesivamente, o ese otro material con que tropezamos tantas veces, que ha olvidado ya la última vez en que sus dueños recurrieron al Mistol o al Fairy. Ocurre que, como advierte Bóbeda aprovechando que le concedo de nuevo la palabra, “la profesionalidad del camarero es fundamental, pero cuántos profesionales hay detrás de las barras de la calle Laurel”. Se responde en términos muy pesasoros: “Con los dedos de la mano podríamos contarlos”. Y registra lo siguiente: “Descorchan una botella, no la mueven si se les pide un crianza genérico y se les muere sin terminarla. Y si intentas devolver un vino oxidado/aquinado/acorchado en Laurel… Habemus problema”.

Arrojados los dados sobre el tapete, quien se anime a participar en esta discusión civilizada como corresponde a los enamorados del Rioja, ya sabe: ésta es su casa. Sólo se pide respeto por la opinión contraria y argumentos (que no ocurrencias) para defender los postulados propios. Ahí va uno por si sirve de algo: según una experiencia reciente que me allegaba un caballero logroñés, las tendencias en consumo, así en ropa como en delicias gastronómicas, apuestan por los extremos. Esto es, que tendrán más éxito los vinos en nuestros bares cuanto más caros (por paradójico que suene) o cuanto más baratos. Una tesis que demuestra, amigos, que también en este sector la clase media tiene difícil llegar a fin de mes. Y que, como refleja la tarifa de precios que ilustra estas líneas (cortesía de La Rioja Alta), cualquier tiempo pasado fue anterior.

P. D. Entre su generosa aportación a este debate, con la común idea de arrojar alguna luz que permita hallar alguna esperanza al final de tan delicada controversia, Fernando Bóbeda incluye una interesante entrada que firmó en su blog hace un par de años. Una comparativa entre precios del vino a nivel logroñés, donostiarra y bordelés. De donde se desprende una pregunta que lanza al cielo en estos términos: “¿Por qué los riojanos vendemos tan mal lo nuestro y los que nos rodean tan bien?”. Cuestión sobre la que, por cierto, se interrogaba en parecidos términos no hace tanto el conocido (y multiestrellado) cocinero Dabiz Muñoz. Que entre encendidos elogios a un blanco de Rioja, un inmarcesible Tondonia, dudaba de que los vinos de la DOC acierten tarifándose a niveles tan bajos en el mercado internacional. Opinión con la que, por cierto, simpatizo.

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Los domingos no son lo que eran
Jorge Alacid 08-12-2017 | 10:43 | 0

Cartel con domingos cerrado

 

 

Hace algunos años, tropecé almorzando un domingo en una venerable casa de comidas de los alrededores de Logroño con el propietario de un conocido restaurante capitalino. Cuando le hice ver mi extrañeza por ese hábito de librar en festivos recién adquirido en su gremio, que de suyo solía abrir sus puertas 365 días al año (uno más si era bisiesto), desde muy temprana hora hasta rozar la medianoche, me contestó que mientras su banco se lo permitiera, pretendía disfrutar del asueto dominical como un cristiano más. Y que en realidad esa era la tendencia del resto del sector: que eran, y son, contados los restaurantes de Logroño que abren en domingo. Una moda que alcanza de un tiempo a esta parte a nuestros queridos bares.

Los hay, en efecto, que dedican ese día al descanso semanal, lo cual tiene su lógica aunque atenta contra un principio antiguo, según el cual el último día de la semana representaba antaño la jornada más feliz para la máquina registradora. Amiguitos, aquellos buenos días ya acabaron. Échadle la culpa al chachacha, a la segunda residencia, a la moda del senderismo o a todo pasatiempo que aleje a los lugareños de su sede natural para dedicar los domingos a otro tipo de aventuras. Los bares que cada mañana, de lunes a sábado como cantaban Carmen, Jesús e Iñaki, albergan a la clientela de confianza bajan la persiana el domingo. Ocurre en el centro y sucede en la periferia. Incluso en las zonas más queridas para el chiquiteador indómito. Esos bares de Laurel, San Agustín o San Juan que echan el candado ese día y contribuyen a ofrecer una imagen mejorable de la bandera de Logroño que todos ellos representan. El paseo se hace entonces más solitario, con menos competencia en las barras de guardia, lo cual suele garantizar a sus clientes una ruta más calmada, detenida y también más dichosa: no hay mal que por bien… Etcétera.

El mesonero Alfonso lo confirmaba una tarde desde su atalaya de la calle Villegas: “Los domingos no son lo que eran”. Una máxima corroborada por Dani desde el García de la San Juan y por quienes defienden otras barras castizas: los indígenas huyen (huimos) de la ciudad y el esfuerzo en recursos materiales y humanos que supone abrir las puertas del local no se corresponde con el negocio que se ve incapaz de asegurar la menguada parroquia que todavía se resiste a abandonar Logroño. Triunfa entonces entre el empresariado la tentación de concederse un respiro al frente de un negocio bastante esclavo. Es la pescadilla que se muerde la cola, o la pesadilla que se muerde la cola que diría mi subteniente Trujillo, personaje memorable: los bares no abren porque no detectan potencial clientela y la potencial clientela se pira por ahí porque los bares no abren. Vaya a usted a saber si fue antes el huevo o la gallina.

Lo cual encierra un peligro del que ignoro si son muy conscientes quienes se entregan a semejante práctica. Si los bares abandonan a sus feligreses, éstos suelen acudir allí donde saben que serán bien recibidos, domingos incluidos. Y es posible que les guste la novedad, que luego repitan y les sean en consecuencia infieles incluso durante la semana laborable: todo un peligro. Porque observo que hay bares que no se conforman con cerrar los domingos: además cierran los sábados por la tarde, cuando (siempre en teoría) llegaba el momento cumbre para la mayoría de ellos no hace tanto tiempo. También es cierto que forman legión los locales que sí abren en festivo para el vermú matinal: como cada vez encuentran menos competencia porque otros colegas del gremio cierran ese día, sus barras presentan un aspecto estupendo para su cuenta corriente en determinados momentos a partir del mediodía. Detecto que muchos de ellos, cuando el parroquiano se marcha a casa a almorzar, cierran la verja y hasta el lunes: pasear por ciertas calles un domingo de otoño invernal por la tarde recuerda en algo aquel pasaje famoso de la peli de Aménabar, ‘Abre los ojos’, con el protagonista recorriendo un Madrid fantasmal por vacío.

Fantasmal y vacío también Logroño en según qué calles en según qué tardes de domingo. Algún bar que sobrevive a la marea del cierre dominical presenta un aspecto desolador, nada atractivo. Mal iluminado, una exigua parroquia formada a veces por un solitario cliente con pinta de necesitar mucho cariño, el camarero absorto con la tele, sin que nada conspire a su alrededor en fomento del hábito de ingresar en ese recinto habitualmente propicio para celebrar la vida… Una pena. Una pena entendible. Los camareros también tienen su corazón, que pueden alimentar con mayor dedicación y energía si se conceden un respiro de este tipo. A costa de que entre nosotros prolifere lo que llama la medicina moderna ‘síndrome del domingo por la tarde’, con efectos conocidos ya analizados por la literatura científica: introspección, melancolía, frustración… Aunque hasta hace poco era peor: podías poner la tele un domingo por la tarde y que apareciese algún ejemplar de la familia Campos acampado en Tele 5.

Una excusa inigualable para acudir al bar más cercano. Si es que estaba abierto.

P.D. Los domingos no son lo que eran tampoco para un sector de la hostelería que jugaba ese día al fijo en la quiniela: siempre cantaba bingo. Me refiero a la gremio de las churrerías. No tanto las de Logroño, del subsector portátil, que alegran la mañana desde las plazas y parques que las alojan: pongamos que hablo de las churrerías de Madrid. Como la que regenta ejemplarmente (modélicos sus churros y porras) la familia Cuenca en la chamberilera calle Ponzano, que encontré clausurada en una reciente excursión dominical: al sábado siguiente, sus ideológos se apresuraron a justificar el cierre, con el argumento de que su clientela fetén ya no son los parroquianos que se apretujaban antaño en sus escasos metros cuadrados para llevarse un manjar inigualable. Su negocio estriba ahora en los bares adyacentes, que pugnan por tan rica mercancía para garantizar un desayuno más español que la bata de cola. Y como los bares madrileños de esa jurisdicción (y de otros tantos barrios del centro) han tomado la costumbre de cerrar en domingo, el amigo churrero hace otro tanto. Y se encoge de hombros: “Algún día habrá que descansar, ¿no?”.

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