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Los bares (nuevos) son para el verano
Jorge Alacid 14-07-2017 | 3:37 | 0

 

Ocurría antaño que las aperturas de bares en Logroño florecían allá por San Mateo. Como se ha contado aquí, no hace falta haber ganado el premio Nobel ni ocupar el Palacio de la Moncloa para poseer una inteligencia natural que permite concluir que los empresarios logroñeses se meten en ese jardín allá cuando pronostican mayor movimiento en la máquina registradora, un aliviador empujón muy agradecido cuando se empieza en todo negocio. Esto es, por fiestas mateas. Así que la lista de garitos que abrieron sus puertas en los días previos al cohete, que algún hortera llamará chupinazo, representa una fecunda tendencia logroñesa. Valga citar tres establecimientos emblemáticos, proteicos iconos de la historia local, para avalar semejante sentencia: nada menos que fue esa la época elegida, cada cual en su respectivo año, para inaugurar el café La Granja, la cafetería Milán y el pub Robinson. Que no son tres bares cualesquiera: son tres monumentos.

Con el paso del tiempo, ocurre que las fiestas no son lo que eran. O bien que cualquier momento del año es bueno para lanzarse a la piscina. Así se evidencia en el florecimiento de inauguraciones que han preludiado este verano pródigo en nuevos bares: porque, como ya avisamos aquí al improbable lector, renació el Baden bajo una nueva dirección, lo cual llenará de felicidad a quienes pensaban que Logroño quedaba medio amputado si perdía un local tan célebre.
Avanzamos. Seguimos nuestra caminata por la calle San Juan y observamos un curioso fenómeno: el Torres ha mutado. Mejor dicho, se ha desdoblado. Su segunda encarnación, sin renunciar por supuesto a mantener la actividad en la casa madre, se prolonga ahora hasta la calle Laurel, donde ofrece desde hace alguna semana su misma oferta. Estupendos bocados, prestigiosos vinos. Y un servicio eficaz, muy profesional, que rellena el hueco que ocupaba Casa Pali.

 

 

Este peculiar movimiento hostelero guarda alguna semejanza con otra pirueta protagonizada en el centro de Logroño. El Ritz, veterano y popular establecimiento, cerró durante unas cuantas semanas para someterse a una particular cirugía: reabrió luego de su cambio de manos, que vuelven a ser las originales, mientras que parte de quienes defendían hasta ahora esa barra se trasladan a avenida de España para situar bajo su tutela el Príncipe de Cameros.

Vamos concluyendo nuestra caminata. Regresamos al corazón de Logroño, donde El Rincón de Alberto también emigró hace nada unos pocos metros y abrió su nueva y esplendorosa sede en la misma calle San Agustín. Además, se anuncian otras aperturas en Herrerías y Portales, calle esta última donde ya iba haciendo falta algún que otro bar y alguna heladería (es sarcasmo). Y la pista de más y más estrenos se desperdiga por todo Logroño. Los nuevos bares, habrá que insistir, parece que son para el verano. Lo cual no evitará que cuando San Mateo asome por el horizonte germinen otros proyectos hoy en barbecho. Y que dentro de unos meses, quien esto escribe enchufe de nuevo el ordenador, afile el teclado y procure el interés del improbable lector mientras, inspirado por el ejemplo del colega Eduardo Gómez, ataque el enésimo listado de aperturas que se vislumbran en el horizonte: como decíamos ayer…

P.D. Como decíamos ayer… Tiene sentido la cita célebre porque el maestro Gómez guarda la saludable costumbre de recitar para esta casa los bares abiertos en las vísperas mateas. Que hace un año fueron abundantes: bastará recordar tres de ellos (Espacio Gastro 911, Donde Fede y Bar Vento) para acreditar que, en efecto, por Logroño somos fieles a esa tradición. Y que la tendencia contraria no tiene tantos adeptos: se abren bares en cada estación del año, pero ver alguno que cierra suele ser raro. Raro, raro, raro

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Nuestro hombre en la barra: Mere, camarero de camareros
Jorge Alacid 26-06-2017 | 7:52 | 0

LOGRONO. La Taberna del Mere. Duquesa de la Victoria. Hermenegildo Garcia Nájera, el Mere. 20 junio 2017. Justo Rodriguez

 

Hermenegildo García, Mere para el mundo. Hijo de Manolo y de Consuelo, nieto de Julia, «la de La Chatilla», sobrino de Amada, hermano de Manolo, Moisés y Enrique. Leyenda viva de Logroño, taurino indesmayable, fanático del frontón, eterno fumador de habanos («Me he llegado a fumar hasta nueve al día, apunta: Montecristo del tres, 898 o Fonseca del uno»), amigo de la buena mesa, inagotable conversador y mejorable contador de chistes. A quien el improbable lector recordará de cuando con apenas ocho añitos defendía ya la barra del negocio familiar en La Chatilla de Mercaderes. O de cuando, tres años después, estrenó con el resto de su progenie (su tío Lorenzo, asociado con el futbolista Zubillaga) el bar Bambi de la Laurel, fundado como marisquería y cafetería. Sí, ese es Mere: aquel crío que no olvidarán los logroñeses más veteranos, encargado de rellenar las botellas con vino de garrafón y otros menesteres menores en esa academia de camareros que fue la hostelería de su tiempo.

Sigamos su rastro, que Mere recita con su privilegiado memorión desde la barra (tapicería de cuero, filigrana de marquetería) que le hizo célebre en la ciudad donde nació hace 73 años. Logroñés castizo (mitad de Sagasta, mitad de la Mayor), se retiró hace tres años de esta taberna benemérita cuyo eslogan puede ser la frase que pronuncia silabeando mucho, como suele: «Si no has estado en mi bar, es que no has alternado mucho». Sentencia que uno acepta como la pulla que merece, mientras salva su deuda con la Taberna de Mere anotando el torrente de información que bombea a caudales. Un alud de datos, fechas y anécdotas imposible de resumir.

–Mere, necesitaría para ti un suplemento entero.
–Pues pídelo, chico.

Risotada. Y continúa avanzando su biografía, que le lleva hasta la San Juan, en cuya travesía abre con trece añitos (ha leído usted bien: trece, sólo trece) el bar que le dio nombre. Ese Mere de la Travesía y sus inolvidables tortillas que facturaba su madre, bautizado con su nombre por ocurrencia de su abuelo Moisés, «que me quería mucho». De donde Mere saltaría a Torredembarra, junto con su colega Agustín Cañas para desempeñarse en el hotel Costa Fina, nueva casilla de ese imaginario parchís hostelero que le devolvería luego a Logroño, empleado en la sala Ducal de Antonio Cendra bajo la dirección de otro mito de entonces, su encargado Óscar, a quien cubre de elogios: «Un campeón».

Pero tomemos un poco de aire. Mere llena unos vasos con clarete de San Asensio («De mi amigo Florentino, otro campeón»), sirve embutidos de Alejandro («También un campeón»: campeón es su palabra fetiche) y dispara sus recuerdos en dirección a su siguiente destino, la legendaria casa El Cocinero de Calvo Sotelo. Esa universidad donde se diplomó, bajo el magisterio de José María Sánchez, toda una saga de conocidos camareros entre quienes Mere destaca a Lorenzo Cañas. «Pon que es el mejor, un grande. Grande como profesional pero aún más grande como persona». Nueva cuenta en su rosario profesional: ahora vemos a Mere al frente del bar alojado en Villa Iregua, otra mítica barra que defendió con Agustín Cañas. Aquel chalecito de la carretera de Soria, propiedad de una familia bilbaína, los Toledo, engendró a una modélica generación de camareros a quienes Mere recuerda con un punto de emoción;la misma que regala cuando repasa la inacabable retahíla de clientes que se acodarían después en su propio local, puesto que con ellos ejecutaría un movimiento semejante al del flautista de Hamelín: los apellidos del Logroño de siempre (Adarraga, Quemada, Arzubialde y compañía) le acompañarían en su nueva odisea hacia Duquesa de la Victoria. Con los ojos cerrados, como si fuera un líder religioso. Un gurú. Año 1976. Bienvenidos a La Taberna de Mere.

Que había nacido como pub, al estilo de la moda entonces pujante, bajo la denominación de Peter&John, nombre que abandonó por La Barca de Robinson, en honor al célebre local del final de la Gran Vía. Y llegados a este punto, nuestro hombre se acelera. Como un vendaval enumera los favores debidos a tantos amigos convertidos en clientes (¿O es al revés?), con quienes mantiene infinita deuda de gratitud. Alfredo Barquín y Julio Revuelta estrenan una lista muy prolija. Una especie de miniGotha logroñés de la época, que encabezan Cholo Eizaga, Francis Martínez Corbalán y Manel Reboiro. Y prosigue con «don Gabino», el llorado ejecutivo bancario que contó en sus últimos años con su butaca particular en este local: un asiento tapizado en azul que Mere hizo fabricar para que uno de sus parroquianos favoritos estuviera como en casa.

O mejor que en casa, puesto que ése es el secreto de nuestros bares predilectos. Que garanticen una atmósfera genuina, esa clase de ambiente que Mere aseguraba durante el largo tiempo en que estuvo al frente de este bar que hoy, ya clausurado, guarda una apariencia de museo. Donde el visitante tropieza todavía con un espíritu familiar, una presencia fantasmal pero cercana y grata. Tal vez porque si hablaran sus paredes, donde cuelgan las fotos de sus incondicionales, veríamos a la Niña Pastori charlar con Victoria Abril o Lolita Flores, a Arturo Fernández de cháchara con Curro Romero y una tertulia multitudinaria donde participarían El Viti, Arzak, Arguiñano, José Mari Manzanares, Titín, Francis Paniego, Niño de la Capea, Joaquín Cortés, Emilio Gutiérrez Caba («Hicimos la mili juntos»), Concha Velasco, Lucio, Palomo Linares y Pepe Blanco. Todos ellos, desde luego, unos campeones.

Como se deduce, Mere es un forofo del mundo del toro, lo cual le condenaba en la añeja feria de San Mateo a llevar los bolsillos desbordantes de encargos que repartía según la siguiente norma: «Al contado». Más carcajadas. Aunque alguna nube cruza su semblante. Mere se emociona si recuerda a su familia, empezando por su esposa. Y acuosa la retina, revisa el listado completo de clientes y amigos. O amigos y clientes: «Tú entrabas aquí y en una esquina veías a Miguel Ángel Baños y en la otra, a Pedro González Ripa». Más campeones: la cuadrilla de Luisja Rodríguez Moroy, la de Jaime García Calzada o la de Ignacio y resto de compañeros de Comercial Cantábrica… Los Chopera, el añorado Javier Echarri (¿Eso que asoma por sus ojos es una lagrimilla?), Eduardo Gómez («Otro fenómeno, ponlo, ponlo»), Manolo Montaña, Abundio Baños y resto de su prole, Pepe «el de Tebriz», Balta «el de Garel», Rosel, Cadiñanos, Dionisio Ruiz, su estanquero Julio, los Bezares, los Adarraga, Javier Pascual…

–¿Te dejas a alguien, Mere?
–No sé… Pon a Emilio Carreras. Un campeón.

Anotado queda. El bochorno de junio azota la Glorieta. Como las puertas de la Taberna, también la libreta se cierra. Sus páginas contienen algo más que el relato de una vida: encierran una suerte de atlas histórico de Logroño. La ciudad que fue, un estilo de vida desaparecido. Cuando el coñá era el rey de las barras y las damas preferían tragos como Calisay o Cointreau. Cuando media docena de anises llevaban marca de origen riojano. Cuando Mere, de terno siempre impecable, agitaba en su coctelera un Manhattan, un Gin Fizz o un Americano y, animado por una copa de chinchón, acababa ciertas noches de farra bailando jotas con los clientes que abarrotaban el bar. Llenos casi diarios: la auténtica medida de su éxito. «Yo creo que venían por mí. Porque contaba chistes a punta pala».

Risotada final. Confesión.

– ¿Echas de menos el bar?
– A veces. Y lo volvería a abrir. Pero sólo con la gente que quiero.

Hermenegildo García, Mere para el mundo. Camarero de camareros. Un fenómeno. Un grande. Un campeón.

P. D. Cuando se le pregunta a Mere, como es norma en esta sección, sobre sus bares favoritos (salvando el suyo) de Logroño, contesta con una variante propia de su personalidad: derivando la respuesta a otro sector vecino, el de la restauración. Así que en vez de bares, enumera sus restaurantes favoritos, una relación que inaugura El Cachetero, que era como su segundo hogar en su anterior encarnación, y que incluye al Egüés, Buenos Aires, Taberna de Herrerías y La Cocina de Ramón. Que aproveche. Y un par de bares ya difuntos: el añorado El Duque (“Pon que su dueño Sufi era mi amigo”) y el Robinson también desaparecido.

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¿Qué bar sirve las mejores bravas de Logroño?
Jorge Alacid 02-06-2017 | 11:06 | 17

 

 

La otra mañana volví al Jubera, reciente todavía su nueva reinvención. Perdón, error: en realidad, donde estuve fue en La Mejillonera. Porque así es como conocí este bar benemérito de la calle Laurel en mi remota mocedad y así le sigo llamando para mis adentros, aunque desde luego no ignoro que semejante ocurrencia no pasa de ser una de tantas marcianadas propias. Para el resto del mundo, el Jubera es por supuesto el Jubera. Bandera y faro del protagonista de estas líneas que aquí arrancan, su plato fetiche: las patatas bravas. Un bocado que ya ha merecido alguna entrada en este blog, puesto que se trata del tipo de cazuela que deberían honrar los bares indígenas: una golosina suculenta, tarifada a precios comedidos, ingeniosa y además nutritiviva.

Lo tienen todo las bravas, aunque por razones que se me escapan se trata de una vianda en peligro de extinción. No, no son tantos los bares patrios que la consagran en su carta, de modo que cuando uno hace memoria no aparecen a bote pronto las bravas en demasiadas barras. Una pena. O una alegría para aquellos locales que sí las tienen entronizadas como merecen, porque las convierten en parte de su identidad. Una estrategia de marketing que siguen en el Jubera, por volver sobre mis pasos, igual que hacen las gentes del Soriano con el champi. ¿Sabe alguien si en estos dos casos se sirve algún bocado más al margen de los mencionados? Yo sospecho que no. Ni falta que les hace: las bravas son al Jubera como una cuenta en Panamá al fiscal anticorrupción. Inseparables.

Así que llega la hora que el improbable lector estaba esperando, aunque tal vez no lo supiese. La hora de decantarse. Por tercera vez consecutiva, según una pauta recién instaurada de una encuesta al mes, toca votar. ¿Qué patatas bravas son las mejores de Logroño? En ocasiones precedentes, con motivo de consultas análogas sobre los morros y las hamburguesas, desde aquí ofrecimos un listado de sugerencias. Alternativas a las que podían sumarse cuantas se quisieran. Pero esta vez el sondeo se plantea a la brava, por aquello de ser consecuentes: que ponga cada cual las que más le gusten, haremos recuento cuando pasen unos días y llevaremos al galardonado el título que le adjudiquen quienes se animen a votar. ¿A qué bar? Ya se ha dicho: a cualquiera. Uno no tiene por el Jubera más preferencia que la citada: que regresa a su adolescencia cuando ataca esa barra, dispuesto el platillo con el suculento bocado, justo de picante y la patata en su punto (un punto crujiente por fuera, mullidita por dentro), y se vuelve a ver a sí mismo en La Mejillonera. Perdón, en el Jubera. Pero quien prefiera cualquier otra, ya sabe: en los comentarios a esta noticia puede dejar detalle de su bar predilecto

Porque hay más. En los bares castizos del centro y en los locales de la periferia, en las barras de barrio y hasta en los gastrobares cuentan que han sido (re)descubiertas. Las bravas nuestras de cada día continúan acompañando el deambular de las nuevas generaciones por sus garitos de confianza, puesto que devuelven corregida y aumentada la promesa que encierran cuando las pedimos: lo dicho, un bocado sabroso a precio razonable. Un clásico del recetario riojano que siempre vuelve porque en realidad nunca se ha ido. Sencillo de preparar, pero difícil de cocinarlo en casa: una de tantas cosas que nos gustan de nuestras incursiones lejos del hogar.

Sencillo no quiere decir simple. Mucho ojo. Ahí, en esa sutil utilización de materias primas que cualquiera encuentra en su despensa, reside el encanto de tantos y tantos platos. De modo que quien esto firma descarta ingresar en la cofradía de quienes sostienen que las bravas no pasan de ser una ración de patatas hervidas espolvoreadas con salsa de tomate y mahonesa, controversia reciente animada desde Gran Bretaña, ya saben: cuna de la gastronomía mundial con su pastel de riñones y otras deliciosas creaciones. Opinión de la que aquí mismo me desmarco: envidia. Nos tienen envidia. De las bravas, la paella y el tiquitaca. Y proclamo. Las bravas son un gran invento. Y tan español como Gribraltar. 

P. D. En anteriores entradas, mencionaba mi predilección por una versión renovada de las patatas bravas que saboreé unas cuantas veces en el Tondeluna. Se conoce que acabé siendo tan devoto de semejante bocado, preparado al estilo de Sergi Arola (y como tal se mencionaba en la carta), que incluso cuando lo habían retirado de la carta lo seguía incluyendo entre mis favoritos. Observo que sigue sin volver a servirse en el Tondeluna, lo cual encierra cierta lógica: el recetario de cualquier local debe adaptarse a la lógica de los tiempos, evolucionar, incluir nuevas entradas. Pero yo sigo siendo fiel al sabor delicioso de aquel manjar, una revisión muy inspirada de las bravas que servía para demostrar lo de siempre: que la cocina popular es un tesoro donde siempre se puede seguir indagando. Y que pocos bocados tan populares como las mencionadas bravas, a cuyas virtudes añade un atributo singular: ejerce como mullida alfombra para trasegar vino tras vino. 

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Nuestro hombre en la barra: Demetrio, patrón del decano
Jorge Alacid 27-05-2017 | 9:51 | 0

Demetrio, patrón del Gurugú. Foto de Justo Rodríguez

 

Anote el improbable lector: mezcle una botella de clarete con una dosis (generosa) de sidra. Añada un abundante chorro de pilé 43 y remate la pócima con el toque genial: un golpe de zarzaparrilla. A continuación arroje el bebedizo resultante por un embudo bien pertrechado de hielo picado a una jarra, para tomarlo como manda el canon logroñés: bien frío. Casi helado. Enhorabuena: se está iniciando usted en la ingesta del célebre cóctel llamado americano, santo y seña del venerable Gurugú. Autor de la receta, Demetrio Velasco, quien sigue defendiendo la barra benemérita cuarenta años después de su estreno, depositario de esa fórmula mágica cuyos ingredientes exactos elude proporcionar y cuya patente custodia.

Sobra decir que el hielo lo pone Fontecha.

Será el primer apellido memorable del Logroño de toda la vida que irá surgiendo durante la charla, este bochornoso mediodía primaveral que regala Logroño. De la cocina del decano de los bares de la capital y resto de La Rioja, van apareciendo las golosinas conocidas. Cazuelas de callos y raciones de oreja, néctares que Demetrio despacha con profesionalidad académica: sin perder ripio de la tertulia, va impartiendo su magisterio mientras sirve este platillo, allega aquella copa de Rioja y exprime mientras tanto la memoria según le requiere el periodista.

Cuenta, Demetrio. Cuenta.

 

 

«Desde que cerraron el Suizo de Santo Domingo y luego el de Haro, ya somos los más veteranos», se enorgullece. «Sí, es un privilegio», acepta. Y pone la moviola a funcionar para recitar de carrerilla los hitos fundacionales del bar donde se destetó en el oficio, antes incluso de afeitarse: recién cumplidos los 14 añitos, bajó de Ventosa a ayudar en el negocio que entonces defendía su tío, llamado también Demetrio, quien había tomado bajo su dirección el bar donde antes ejerció de camarero, a las órdenes de Isaac Fernández. Un riojano de Hormilla que había rendido armas con el Ejército en el desastre de Annual y se trajo de aquella guerra el recuerdo del mítico monte melillense: ese Gurugú que le sirvió en 1909 para bautizar su negocio. Calle Los Yerros, esquina avenida de Navarra.
A Isaac le acompañaba al frente del negocio un catalán apellidado Bisbal, quien tomó el camino de vuelta a casa recién superada la Guerra Civil. El cambio en la dirección del local se completó mediados los años 40, cuando desembarcó la familia de nuestro Demetrio, que echa la mirada atrás con algún arrebato de nostalgia. «Es que Logroño era entonces otro, más pequeño. Cabía en un pañuelo», resalta, como justificando esa memoria prodigiosa que se recrea en los alrededores de su bar. Porque esos son sus dominios: Demetrio vive enfrente, «en la casa de Hogar Ciclos», explica. Y aclara para los iniciados: «Donde el difunto Bienve».

 

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Sí, van apareciendo nombres y más nombres. Por ejemplo, el de Ortega, empresario del cine cercano, especializado en «cine, baile y bodas», según el eslogan que nuestro hombre no olvida. O el de la familia Vivanco, cuyo negocio inicial se alojó puerta con puerta al Gurugú. Y entonces Demetrio se ríe, porque se recuerda a sí mismo aprendiendo a andar en bici por esta misma calle del Logroño castizo, auxiliado por Pedro Vivanco.

Aquel Gurugú de suelo de brea y barra de piedra, donde colgaban los paños de cocina que hacían las veces de servilleta. Aquel Gurugú que no olvidan los logroñeses más veteranos, con su insólito botellero colgando insospechadamente del techo: allí habían depositado sus dueños un ingenioso entramado de cepas, donde las botellas se ensartaban a disposición de los camareros. Ojo, no cualquier botella: porque Demetrio aprovecha para reivindicar los tragos de entonces, no aptos para finolis, como la mencionada zarzaparrilla y las añoradas botellas de tres cuartos de coñá. De coñá Soberano.

 

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Así que, en efecto, debe aceptarse que este Gurugú no es el mismo. Tampoco lo es su clientela, antaño devota del café, copa y puro, incondicional del porrón y por supuesto fanática del trago apodado americano. Ese parroquiano que se encendía con la última polémica taurina (y ahora Demetrio proclama su fe en Julio Robles) y veía partir hacia La Manzanera al séquito que protagonizaba cada tarde de feria, igual que observaba partir los autobuses que tuvieron en esa esquina su improvisada estación antes de que naciera la oficial. Clientela fiel a las gollerías que despacha Begoña, hermana de Demetrio y esposa de Santiago, su socio, con quien lleva en el Gurugú desde 1986, cuando se jubiló su tío. Ojo. Se ha pronunciado el verbo fatídico (jubilarse) y Demetrio se dispara. Revela que le queda poco más de un año para cortarse la coleta. ¿Qué vendrá luego? ¿Le sobrevivirá su bar, lo tomará bajo su tutela su descendencia? Se encoge de hombros. Tose. Pide el estoque: «A mí ya me gustaría». Y añade, los ojos pelín enrojecidos: «Cuando me retire, veré esa puerta cerrada y sentiré que algo me tira».

Porque así quedaría custodiado para la eternidad el inolvidable legado que guardan estas paredes, memoria viva de Logroño. De aquel Logroño del tiempo en que los tratantes ajustaban en sus mesas de formica, entre bocado y bocado, algún negocio de ganado o de cereal. Del Logroño de las interminables partidas de naipes o las familias que atacaban la cocina del Gurugú, cuya compañía tanto agradece el patrón del decano de los bares riojanos. «Cuando viene la gente de siempre, yo gozo, la verdad», confiesa Demetrio. «Y bares como éste», prosigue, «ya no quedan muchos. Antes estaban el Royalty, el Somera y la bodeguita El Abuelo, pero ahora…». Puntos suspensivos que su memoria va rellenando, rápida de reflejos: «Entonces, los mejores bares estaban en la Mayor, no en la Laurel ni en la San Juan, porque esto de ahora, que parece de toda la vida, es sin embargo reciente». Reciente. Más o menos.
Va concluyendo la conferencia magistral. El catedrático Demetrio cita al legendario guarda de la Glorieta, don Nicanor, riojano de Sotés. Y menciona de pasada a Pepe Blanco, cuya familia residía en la vecina calle Hospital Viejo y fue cliente habitual de su Gurugú, el bar que sigue abriendo a las siete de la mañana y sólo cierra los domingos. Y ese mismo Pepe Blanco le sirve A Demetrio para cerrar el grifo de los recuerdos:«Aquí cantaba Pepe lo de ‘Tararí que te vi’».

Tararí que te vi, Demetrio.

P.D. No sólo del Gurugú vive Demetrio y familia. También a veces, qué cosas, les da por salir a tomar la fresca y visitar otros bares. Entonces, deja que sus pasos le guíen hasta el Notre Dame de Duquesa de la Victoria: cruza la Glorieta y se pone en manos de Candi y compañía. También le gusta el Virginia de avenida de la Paz y el Delicias, destino de sus vermús dominicales.

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Calle Laurel, huelga de chiquiteadores
Jorge Alacid 15-05-2017 | 7:33 | 0

Imagen de la calle Laurel a finales de los años 80. Foto de Enrique del Río

 

La fértil conversación que propicia este blog con algunos conspicuos corresponsales suele degenerar en surrealistas intercambios de pareceres, la mayoría en privado para mantener a los niños fuera de nuestro alcance. Algunas chácharas sí que alcanzan el éter público, pero la que dispara las líneas que vienen a continuación arrancó confidencialmente: si hoy ve la luz es porque con ocasión de una pieza antigua a propósito del Villa Rica, el amigo Néstor Santo Tomás (autor del dibujo que alguien recordará donde se veía a su cuadrilla tomando vinos y creador también de otra imagen con un mapa de los bares de Logroño de los años 80) recordó una tarde en que acudió alarmado a la redacción de esta casa que me alberga. Le acompañaba otro colega de andanzas por Laurel y alrededores, incendiado como él ante el dramático aumento de precio que acababa de experimentar el vino en sus bares de confianza.

Porque el vino, en efecto, tenía un precio. Pero era un precio tan exagerado para los chiguitos de entonces que no se les ocurrió otra cosa, bendita sea tanta inconsciencia, que presentarse en la redacción de Diario LA RIOJA y reclamar la presencia del redactor de guardia, quien por cierto todavía resiste entre estas paredes. Ante este compañero Néstor y compañía expresaron sus amargas quejas, sostenidas por una cifra fundamental: el número 30. Porque a 30 pesetas se acababa de elevar el chato de tinto, desde las 25 hasta entonces imperantes, una subida de cinco calas que generó un alud de protestas… de las que servidor todo lo ignoraba. Y como advertía, tampoco se acordaba aquel colega que recibió la indignación de Santo Tomás y resto de chiquiteadores, a quienes les flaqueaba también la memoria: sabían que fue después de San Mateo, pero no recordaban el año. ¿1986? ¿Tal vez el año siguiente?

Primera visita a la hemeroteca. Éxito nulo. Pasamos a la siguiente pantalla: preguntar, como buen periodista. De nuevo, sin éxito. Manolo responde encogiéndose de hombros desde la barra de El Soldado de Tudelilla: “Aquello me suena, pero no tuvo mucho… Esto. ¿Cómo se dice ahora? Mucho discurso”. Como observamos, el arquitecto de las célebres ensaladas se ha levantado sarcástico, pero empiezan a aflorar los recuerdos hacia fechas más lejanas y esto me cuenta a continuación: “Cuando verdaderamente se castigó al cliente fue cuando se subió de 50 céntimos a una peseta pero cuídate: eso fue a finales de los 50 o primeros años 60”. Y añade mientras riega de vinagre sus legendarios tomates: “Fue una verdadera revolución: la gente se ponía en la puerta del bar con una bota de vino: si veía que no habían subido el precio, entraba. Y si no, trago de vino de la bota”.

Todo muy homérico. Gracias, Manolo. Pero tu testimonio no ayuda mucho (la verdad) en nuestras pesquisas, que carecen también del auxilio del casi siempre eficaz Eduardo Gómez. Le suena, le suena la protesta popular, pero poco más. Así que acudimos a otra fuente cabal: Míchel, alma del Calderas, confirma que hacia 1980 “estaba el chiquito a 10 pesetas y una cántara nos costaba a los bares 850 pesetas; un año después”, prosigue su relato, “subió la cántara a 3.500 y en 1982, a 4.500”. “Una exageración”, opina. “Creo que entonces ya se puso el vino a 25 pesetas y que acabó la década así, más o menos”, añade. Con una advertencia adicional: “En aquellos tiempos, no todos los bares teníamos el mismo precio”. Lo cual tampoco ahora sucede a menudo, según la modesta experiencia de quien esto firma.

Pero volvamos al grano: a nuestras nuevas incursiones en la hemeroteca en busca de la noticia sobre aquel remoto plante de chiquiteadores. Gatillazo tras gatillazo, recurro otra vez al amigo Juan Luis Varona, habitual de esta sección en su condición de leal lector. Un memorión, que suele garantizar información exacta y fiable. Pero esta vez sin éxito. Sí, también le suena aquella airada protesta de sus colegas de cuadrilla, que sitúa hacia mediados los años 80 pero… Nada más. Así que va pasando el tiempo, uno no termina de datar aquel acontecimiento y cree llegada la hora de compartir sus cuitas con el improbable lector. No tanto por saber si algún alma caritativa arroja algo de luz, sino por iluminar humildemente aquel pasado no tan lejano en que las cuadrillas todavía perpetraban sus romerías por Laurel y alrededores a razón de una ronda diaria, el vinazo se servía en vasos de duralex y el chiquiteador salía de casa dotado de un perfil beligerante que, ay, ahora algunos añoramos: aquel parroquiano logroñés no permitía que le tomaran el pelo en sus barras de confianza y lo denunciaba donde debía. En las páginas de Diario LA RIOJA.

Lo cual certifica que, en efecto, cualquier tiempo pasado fue anterior.

P.D. Intrigado por esta viejuna polémica, recurrí también al célebre bloguero Fernando Bóbeda, a quien recomiendo seguir en esta dirección, porque además mantiene la inveterada costumbre de homenajear al vino de Rioja por nuestras rondas más castizas. No, tampoco le suena aquella controversia, pero sí que aprovecha para comprometerse a compartir en este espacio sus reflexiones en torno a la cuestión central: a cuánto se tarifa hoy un vino en Laurel, San Juan y alrededores. Así que, como los folletines antiguos, continuará.

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