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Laurel

El mejor bar del mundo
Jorge Alacid 02-01-2016 | 11:09 | 0

Bar Savoia, en la localidad italiana de Amalfi

 

Muere el año, llegan las listas: tradición navideña que este blog no puede ignorar. Aunque será una lista heteredoxa: en la búsqueda del mejor bar del mundo, procuraremos no salir de Logroño. Porque esa clasificación que cada año elabora no sé quién (y elige en el primer puesto al bar Artesian, de Londres: no tengo el gusto) suele tener en cuenta aspectos que (me parece) nada tienen que ver en que este bar y no otro nos lleguen al corazón o nos dejen indiferentes. Se suele valorar dos aspectos que a mí me dejan frío: las elevadas tarifas concentradas en su lista de precios y ese tipo de lujos contemporáneos que quienes hemos sido educados en el añorado y confortable universo de cabezas de gamba y serrín en el suelo ignoramos con educada gentileza.

Así que olvidando lo que cuenten los gurús de este negocio, aporto mi propia lista. La suma de todas entradas debería formar el mejor bar del mundo, pero tampoco de eso estoy muy seguro: a veces el orden de los factores altera el producto final. Porque falta lo esencial: falta la magia. Y ese es un componente intangible que suele aparecer cuando no se le convoca… aunque yo no dejo de llamar a su puerta. Porque pienso de verdad que el mejor bar del mundo debería tener:

La barra de La Granja. Hermosa curva que dispara nuestros recuerdos al territorio de la nostalgia. Yo era un crío que se pedía una tostada con mantequilla, manjar consumido en el silloncito situado a la entrada, bajo la imperial escalera. Vale también la barra del Ibiza. Abstenerse los amantes del bar low cost.

La terraza del Tívoli. Veríamos aparecer a Maisi bandeja en ristre, lentísimo: procurando que la cerveza llegara siempre caliente. Y resucitaría Anita con sus pipas horneadas en la locomotora de juguete. Tratantes de ganado, abstenerse.

El camarero Santos. Regresamos a La Granja para homenajear a los camareros de antigua estirpe, profundos conocedores del oficio. Serviciales pero no serviles, discretos pero no olvidadizos: ese tipo de camarero que te despacha lo que tú quieres sin necesidad de pedirlo. Abstenerse tiquismiquis.

La gramola del Tigre. En el mejor bar del mundo sólo suena la música que tú quieres: algo demasiado importante para dejarlo en manos de los dueños. Sonarían los Rolling y Adriano Celentano, Paolo Conte y Las Grecas, Antonio Machín y Marvin Gaye, Los Amaya y Los Ángeles, Tom Jones y Suzy Quatro. Horteras, abstenerse.

Los pinchos del Pachuca. Honor a quien creó el universo de la tapa antes de que el concepto tapa existiera. Gloria por lo tanto al inventor del tentempié, concepto fetén y cañí al que tanto debe nuestro corazón tan logroñés: los calamares del Moderno, los ajos del Florida, las ensaladas del Soldado, los champis del Soriano y la tortilla del Sebas. Abstenerse finolis.

Los vinos del Turismo. Tinto con paracaidas, por favor. Y salvar el lumpen de la entrada, ignorar a la clientela bizarra apoltronada en las mesas de formica, la condescendencia del camarero de guardia, alguna lumi abandonada en una esquina de la barra. El mejor vino del mundo te tiene que dejar los labios desbordando melancolía. Brigadistas del ejército de salvación, abstenerse

Las copas del Saxo. Suenan los Smith por la megafonía y todo es perfecto: la compañía, sobre todo. Abstenerse fans de Pink Floyd. Y de ahí al Abraxas.

El espíritu de Cantabria. Y su bar, y el bar de la Hípica, las excursiones a La Pepa, el Joto y Los tres marqueses (ojo: en su anterior encarnación), y Las Losas de Oyón, y los huevos duros del Iturza, las cazuelitas del Cuatro Calles y la bodeguita Montiel, la infinita barra del Continental, la clase de Las Cañas, todas las declinaciones del Bretón, el alma resurrecta del Ibiza y la interminable cristalera del fenecido Capri por donde veíamos anochecer, en todos los sentidos. Forasteros, abstenerse.

P.D. La imagen que ilustra estas líneas pertenece al bar Savoia de Amalfi, donde recalé este verano. Me pareció que condensaba el encanto que uno busca en sus bares predilectos. Humildad pero grandeza, sabiduría y contención. Mucho estilo, incluyendo camareros insomnes apalancados en la puerta rascándose la cabeza, reluciente el mandil. De modo que me desmiento a mí mismo y decido viajar fuera de Logroño: el mejor bar del mundo debería incluir toda esa mentada lista de elementos logroñeses, depositarlos luego en el Savoia amalfitano y lanzar los dados para ver si surge la magia reclamada, con el Mediterráneo al fondo. Ese bar sí que sería perfecto.

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En torno al casticismo
Jorge Alacid 02-10-2015 | 8:31 | 0

Barrio Bar, en la calle Menéndez Pelayo de Logroño. Foto de Miguel Herreros para Diario LA RIOJA

 

San Mateo, exterior día. Intento ingresar (miedoso) en el renovado Perchas y… Y confirmo mis peores temores: el bar, ay, ya no es lo que era. Ojo, que me parece fetén: porque el caso es que, frente a lo sospechado, el garito ha vuelto a la vida luego de esos meses de actividad paralizada y cuenta con el favor de la parroquia, agolpada a sus puertas, llenando el escaso espacio disponible. Pero no es el mismo Perchas: aunque sus orejas célebres se dispongan en la barra al antiguo modo, la decoración ha cambiado de manera tan radical que al cliente conspicuo le resulta imposible reconocer al Perchas de toda la vida. Aquel bar con aspectos, ejem, mejorables, pero dotado de esa autenticidad tan castiza que confiere el paso de los años. Un factor, ese de la autenticidad, que juzgo en retroceso al menos en Laurel y aledaños, donde el progreso de la llamada ‘donostización‘ se va interiorizando en perjuicio de la tipología más bizarra.

¿Qué bares quedan que todavía profesen devoción a la imagen que de ellos tiene su clientela desde hace décadas? Los hay, los hay. El Soriano (desde luego), el Soldado (por supuesto), el Sebas (quién lo duda, incluido su misterioso ascensor)… Pero así como antaño esta era la forma habitual que adoptaban nuestros bares favoritos, un sencillo recuento a toda prisa desvela que ahora son más bien una minoría. Gana peso el bar muy rico en iluminación, decorado igual que tantos otros, barra estilo San Sebastián (es decir, ajena al modelo de pincho único) y camareros/as jovencitos/as a quienes aquella vieja calle Laurel no les dice nada.

A los veteranos, por el contrario, fue aquella Laurel la que nos amamantó como clientes y a la que aún rendimos pleitesía, al menos en la memoria. Nos hemos ido acostumbrando, qué remedio, a las novedades que se van incorporando y las honramos como merecen: porque está muy bien eso de que te pongan un vino (de Rioja, si es posible) en condiciones, en una copa en condiciones y con tapas en condiciones. Pero no sé, no sé… Me malicio que a medida que las nuevas generaciones vayan tomando a su mando cada negocio de sus predecesores, será inevitable ver cómo perecen los bares de siempre. Los castizos. Los que no necesitaban más decoración que un banderín del Atlético de Madrid para conquistarnos. Los que podían haraganear en materia de higiene pero aseguraban fidelidad a los viejos tiempos, lo cual es a menudo todo lo que necesitamos de nuestros garitos de confianza.

Para mi sorpresa y alegría, mientras los bares más veteranos de la Laurel empiezan a batirse en retirada, aprecio en otras esquinas de Logroño un movimiento de parecida intensidad pero en dirección opuesta. En garitos como La Guarida de la calle del Carmen observo esa lealtad hacia la tipología clásica del bar logroñés, un concepto que también hace suyo el Barrio de Menéndez Pelayo, donde sirven un estupendo vermú (preparado) y ofrecen una rica paleta de humus y otras gollerías… en mesas de formica, mobiliario cuya reaparición en nuestras vidas me consuela y reconforta, como reconforta la alegre imagen que regala el local, debida al ingenio de Jordi Frías, Mangolele para el mundo (en la foto que ilustra estas líneas).

En general, los bares de la calle citada (Menéndez Pelayo) tienen algo de territorio comanche: una especie de reserva donde es posible coincidir con miembros del Gobierno de La Rioja disfrutando del aperitivo (milagro, milagro). Bares que nos recuerdan cómo eran los bares de nuestra mocedad, tal vez menos pródigos en modernidades (ya saben, tipo piruleta de foie a la miel de Cameros sobre lecho de escarola de Varea), pero más ricos en encantos. En esa clase de encantos intangibles que, valga la paradoja, son muy tangibles: porque nos tocan el corazón.

P.D. Los bares más auténticos nos tocan más el corazón… y menos el bolsillo. Porque la modernidad ha traído al sector hostelero tarifas tan desconcertantes que exigen continuas derramas para proseguir la ronda. Será que los bares, a medida que dejan de ser auténticos, se convierten en más caros, siguiendo una juguetona e inexplicable ley nacida hace ya demasiados años, cuando nos volvimos locos de repente, euro mediante. Asi que a nadie le extrañe que el éxito creciente de los bares mentados (y de otros tantos: Copas Rotas, La Gitana, El 77, que ni siquiera necesitan ser auténticamente longevos) porque ejercen como una especie de parque temático: nos devuelven al Logroño de hace unas cuantas décadas. Cuando lo auténtico era también barato.

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A las cinco en Chevalier (Relato corto)
Jorge Alacid 12-09-2015 | 9:59 | 4

Chevalier

 

El amigo César Cantabrana se dirigió al guardián de este blog meses atrás, animado a compartir aquí sus reflexiones a partir de una mención entonces reciente al bar Chevalier, garito ubicado en avenida de Colón allá en el Pleistoceno. Como me encantó lo que escribió, le propuse publicarlo aquí, cosa que aceptó encantado. Así que allá va, con mi agradecimiento. Seguro que quienes lo lean disfrutan tanto como yo. Sobre todo, si conocieron el Chevalier en su época de mayor esplendor.

“Entraron los cuatro amigos riéndose a carcajadas, dándose empujones como los borricos, vamos como cada sábado por la tarde en la que, después de ver la serie Heidi, quedaban a las 5 en punto en la puerta del Chevalier. Nadie entraba hasta que el último amigo llegaba para pasar todos juntos una divertida tarde de sábado. El Chevalier era una cafetería que se inauguró algunos años antes con muchas pretensiones y que, pasado el tiempo, no había sido capaz de cuajar entre la gente mayor y bien de Logroño que seguía prefiriendo los viejos establecimientos instalados en el Espolón como el Ibiza, el Ringo o el Noche y Día, en la calle Sagasta La Granja, el mítico Los Leones en Portales o las nuevas propuestas abiertas en Gran Vía o en Avenida de Portugal como el Alevi o el Llacolén.

Avenida de Colón no había sido una buena elección. Pero lo que los dueños no habían previsto es que iba a ser tomada, literalmente, por bandadas de adolescentes del colegio de enfrente. Aunque mayoritariamente la grey era de los hermanos Maristas, rápidamente se incorporaron al local las cuadrillitas de niñas de colegios próximos y algunos chavales de Escolapios y otras bandas rivales de los temidos Jesuitas. El orgullo de pertenencia a un grupo estudiantil, la rivalidad deportiva, la presencia de jóvenes pollitas y los ardores guerreros propios de adolescentes hormonados hacían del Chevalier, en aquel sábado del 77, un polvorín apunto de estallar. Pero no. Por aquel entonces, los chicos de colegio bien dirimían sus conflictos no en peleas tabernarias si no sobre la arena o el barro de los campos de fútbol donde podían clavarse a placer los tacos en las espinillas o gemelos, darse unos buenos codazos en la cara o un buen rodillazo en la rabadilla. Estaba permitido: estaban jugando al fútbol y por aquel entonces la masa de enfebrecidos padres aún no habían llegado a los campos del anexo de Las Gaunas, a los del Loyola, Balsamaiso, Berceo, Atlético Riojano, La Unión en el barrio de Ballesteros, Villegas o el del Yagüe, cuyo equipo estaba formado por los más temidos camorros de Logroño. Era su guerra y allí, en el rectángulo de juego, cada mañana de domingo ardía el hacha. Luego, una pasada por la enfermería, la ducha y a casa cojeando, pero satisfechos.

Los amigos, que hacía poco habían cumplido los 16, pidieron la cerveza con gaseosa de rigor y se sentaron en su mesa. Porque tenían la mesa del rincón del fondo, al lado de la máquina Juke Box, en propiedad. Era una cuadrilla curiosa y un poco a contracorriente formada por un marista, un jesuita y dos hermanos que vivían desde hacía ya algún tiempo en Pamplona pero que no dejaban de volver a Logroño cada viernes después terminar sus labores escolares en el colegio claretiano. Esa cuadrilla era la más guapa, la más chula, la más lista y la más fuerte. O eso les parecía a ellos. Los cuatro eran amigos desde que abrieron los ojos ya que tres de ellos en tercera generación, ya que sus padres y abuelos también lo eran. En aquel tiempo, en una pequeña ciudad de provincias, no resultaba raro. Y eran amigos a muerte, con todas sus consecuencias. Desde el punto de la mañana hasta las diez de la noche, en que tenían que volver obligatoriamente a sus casas, estaban juntos. Se les veía pasear por Logroño con las sempiternas bolsas de deporte Adidas Munich 72 ya que entre la gimnasia del colegio, el fútbol en el Logroñés Junior con sus entrenamientos, ligas y torneos, la bicicleta, tenis, natación y piraguas en la Hípica no había día al año que las dejaran descansar.

Los sábados por la tarde quedaban muy prontito y se iban a motear por el camino viejo de Lardero hasta el monte La Pila donde apartados de miradas indiscretas encendían unos celtas cortos y sin boquilla. De vuelta a casa, a cambiarse y al Chevalier donde ya estaría el grupito de chavalas con las luego darían unas vueltas por el ‘tontódromo’ oficial de la ciudad, marcándose delante de las pandillas rivales. El ruido del Chevalier era a todas horas ensordecedor, las risas, los gritos, las llamadas de mesa a mesa.. Tan solo alguna vez la ruidos muchachada, como por encantamiento, se callaba para escuchar la música que salía de la juke box. La vieja máquina de discos del Chevalier era uno de los últimos ejemplares que aún quedaban en los bares de Logroño. Aún se podía encontrar a alguno de esos dinosaurios musicales como en el bar Bambi y en el Torrecilla de la Laurel. Máquinas que todavía cumplían su labor y que por un pavo los tipos más duritos podían escuchar el Hurricane de Bob Dylan o el I´m you de Peter Frampton y las chicas más románticas el Linda de Miguel Bosé o El jardín prohibido del empalagoso Sandro Giacobbe.

Eran tiempos de cambio, el anciano general había muerto hacía muy poco pero ya se podían escuchar los ritmos frenéticos del after punk de los Ramones o el propio punk, que los más adelantados traían, o hacían traer de las misteriosas islas británicas, vinilos calentitos de grupos de los más raro, como los Smiths. Tiempos de transición musical en los que convivían Manolo Escobar con su Que viva España y los Sex Pistols con su God save the Queen. Los cuatro amigos apostaban decididamente por la música americana de los Chicago, Boston, Supertramp, Simon&Garfunkel, Pink Floyd y, por supuesto, los Eagles, modernos donde los hubiera. En sus míticos guateques a oscuras en la bodega de la calle Mayor era lo que se escuchaba los domingos de 5 a 8.

El Chevalier servía como base de operaciones donde las amistades y los primeros amores se fraguaban en las atestadas mesas entre montones de cáscaras de pipas, ceniceros llenos de colillas y vasos vacíos de Coca Cola. La tarde salía barata en el Chevalier, unas 20 pelas a escote, 15 más en la obligada salida al Nico a jugar al futbolín y algunas pesetillas extra si comprabas algunos ducados por unidades. Tardes en las que muchas parejitas salieron de la mano pensando que su amor duraría toda la vida y casi todas no llegaron ni al final del curso. En esos tiempos las parejas las juntaban los amigos, es decir, a un chico le gustaba una chica de la cuadrilla de niñas de la mesa de enfrente, se designaba un portavoz que hacía las labores de celestino con una de las amigas de la novia, generalmente la más fea porque hacía con sus amigas las labores de consejera o madre. Ésta pasaba el recado a la interesada que veía en la mesa de enfrente al pollo colorado como un tomate y decidía que sí o que no, entre las risas histéricas y codazos de sus amigas. Si la respuesta era positiva, ya podían empezar a salir agarrados del Chevalier con su recién conseguido status de novios oficiales.

Así pasaba una generación, la mía, la vida en aquellos años adolescentes de finales de los felices años 70 cuando todo era pura emoción, alegría, risa, primeros cigarrillos y la música de vinilo en las inolvidables tardes de sábado que empezaban, obligatoriamente, a las 5 en Chevalier”.

Fin
Junio 2015

A la memoria de Richard y Alvarito, dos de los cuatro magníficos, que subieron al cielo antes de tiempo.

P.D. Reitero mi agradecimiento a César, fiel seguidor de este blog. Y animo a quien quiera seguir su ejemplo a, si lo desea, ponerse en contacto con servidor y enriquecer este blog que no sería nada, literalmente nada, sin la generosa colaboración de sus improbables lectores.

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¿Todos los bares son iguales?
Jorge Alacid 08-05-2015 | 8:23 | 1

Imagen del desaparecido Casa Taza de la calle Laurel. Foto de la web de La Rioja Turismo

Cerró el Perchas, falleció hace tiempo La Simpatía, resisten el Sebas, el Iturza, el Gurugú, el Soldado y otros clásicos, llegan otros nuevos y… Peligro: regreso sobre mis pasos para hacer mío (con permiso del copyright) el concepto que acuñó en este blog el trasterrado colega Guillermo Sáez y aprovecho para alertar sobre el riesgo de caer en ese fenómeno que llamó con acierto donostización. Es decir, que todos los bares logroñeses corren el riesgo de ser iguales, en el vano intento de emular a los pretendidamente hermanos ricos de San Sebastián, que desde luego lo son… por las facturas que endosan. Y si nuestros queridos bares pierden su identidad, perderán también su misterio y su encanto, una amenaza que cualquier parroquiano puede atisbar con sólo darse una vuelta por sus bares de confianza.

Ocurre que algún decorador ha debido entregar original y copia de algún hallazgo en materia de bares y de repente todos son casi idénticos. Si además los disfrazas con vocablos tipo gastrobar o neotaberna, el resultado es que llegará el día en que pasear por Valladolid, Granada o Logroño mientras te zampas un pincho o te tomas un trago será como jugar al juego de las siete diferencias: adivina en qué se distingue esta barra de aquella otra. El último en rendirse a semejante plaga es el venerable Casa Taza de la Laurel, la misma calle donde se están perpetrando últimamente todos estos atentados. Pocos bares como el Taza tan unidos a mi corazón, pocos garitos donde uno haya malgastado tantas horas con el pasatiempo favorito de la adolescencia: perder el tiempo…

… Que es una manera inteligente de ganarlo. Ganarlo aposentado en el paso de paloma que representaba el ventanal situado a la diestra según se entraba, custodiado por un anciano pariente de los propietarios a quien no le hacía demasiada gracia ver allí apoltronados a los más jóvenes de su clientela. Circulen, circulen: no lo decía pero lo insinuaba, un mandato tácito al que respondíamos como suele, haciéndonos el longuis, el sueco o el orejas. Sólo cuando de modo expreso nos aclaraba el buen hombre que no estaba demasiado conforme con que lleváramos allí media hora apalancados por el triste precio de un vaso de vino (servido en Duralex, entre cinco y seis pesetas: finales de los 70) decidíamos hacerle caso y aposentarnos en el vecino Tívoli, que disponía del mismo servicio de centinelas y por un precio parecido (e idéntico modelo de cristalería) nos convertía en custodios de la calle Laurel, cuyo acceso vigilábamos desde el ventanal que daba a la barra. De paso, nos comíamos un millón de pipas del tren de Anita.

Casa Taza bajó un día la persiana, como el Tívoli mentado. Pero así como el Tívoli tardó alguna década en reaparecer ante nosotros con muy buena pinta, fruto (se supone) de un esforzado proyecto empresarial, del viejo Taza al nuevo apenas mediaron unos meses: lo que tardaron los nuevos dueños en liquidar cualquier rastro de vida inteligente anterior y convertirlo, cambio de nombre mediante, a la nueva fe de los bares de diseño, que lo mismo te asaltan en Logroño que en cualquier otra ciudad española. Ofician esta recién adoptada religión a través de un altar donde se exhiben las golosinas de rigor, usted ya me entiende: piruleta de no sé qué, esencia de esto, perfume de aquello, homenaje a mi abuela en forma de galleta de foie con reducción de Pedro Ximénez y mucha, mucha, mucha cebolla caramelizada…

Supongo que habrá algún término medio entre el viejo vinazo servido en duralex y estos nuevos hábitos. Y proclamo de paso que cada empresario que se lanza a la aventura de poner un bar, defender su barra, pagar las nóminas y resto del gasto corriente, conquistar a la clientela… Bueno, es una aventura que merecerá siempre el respeto de quien esto firma. Lo que subyace en estas líneas no es tanto una crítica concreta como una reflexión de fondo: lo mismo cualquier día nos liquidan el entrañable depósito donde el Calderas pone el vino a refrescar.

P.D. En materia de ‘donostización’, por Logroño no se ha extendido sin embargo la costumbre de exhibir los pinchos en la barra sin tapar propia de San Sebastián. Así como el inspector de guardia de nuestro Ayuntamiento exige cubrir con hasta tres trincheras las tapas de cada local, con alguna salvedad cuya justificación se me escapa, por San Sebastián reina una conspiración entre Administración, administrados y turistas para que cada bar salude a la clientela mostrando su rica oferta sin obstáculos ni cortapisas. Ignoro la razón: o por aquí somos más escrupulosos, o por las vascongadas menos. Pero el resultado es que mientras allí las tapas te entran por los ojos, en Logroño hay que salvar unos cuantos fielatos. Y en eso sí que todos los bares de España no son iguales.

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La ruta del pincho pote
Jorge Alacid 13-03-2015 | 5:28 | 7

 

Bar de la calle Labradores que invita a practicar el pincho pote. Foto de Juan MarínCualquier logroñés habrá podido comprobar de un tiempo a esta parte cómo se extiende entre nosotros esa práctica denominada al modo euskaldun: el llamado pincho pote. Se trata de una actividad desplegada también en distintas localidades de La Rioja, pero como pretendemos seguir siendo fieles en lo posible a la patria chica, en esta entrada abordaremos tan sólo los seguidores que ha encontrado entre los bares logroñeses. Que lo son en buen número: de hecho, se me ocurrió escribir estas líneas cuando tropecé en el venerable Beti con el anuncio de que también ese local forma parte de una reducida, aunque castiza, ruta de establecimientos dedicados a tal costumbre: integra un trío que completan los vecinos Pesos y Gaona.

Habrá que advertir en primer lugar de qué hablamos cuando hablamos de pincho pote. Cualquiera lo sabe porque es muy sencillo, pero si queda algún indígena ajeno a sus encantos, aquí va la aclaración: una fórmula barata de incentivar el chiquiteo adosando a precios muy razonables una tapa a la consumición habitual, esto es, el vino, la caña, el refresco… Por módicas tarifas se anima el público a dinamizar la máquina registradora, crece el ambiente en bares y alrededores, se reactiva en consecuencia el consumo. Una estupenda manera de guiñarle un ojo a la clientela y, de paso, demostrar lo que otros negocios (el del cine, por ejemplo) también han conocido recientemente: que los precios suelen ser un muro insalvable en estos tiempos sombríos cuando de alternar se trata. Que superado ese peaje, el cliente se anima.

Así que, milagro, milagro: resulta que cuando se tarifa económicamente volvemos a visitar los bares, tradición que no debería perderse. Resulta por lo tanto pertinente el experimento que aquí pretendemos: invitar a los improbables lectores a que nos ayuden a configurar una especie de ruta por el pincho pote de Logroño. Que nos cuenten qué bares se incluyen en esta tendencia y qué zonas de la ciudad disponen de su propio itinerario. Con sus aportaciones iremos configurando un mapa donde se visualice tanto la ruta de cada barrio como los locales que la integran, con el detalle adicional de explicar en qué consiste cada oferta.

Como ejemplo, además del citado caso del pincho pote trino del entorno de la Glorieta, habrá que mencionar también el que protagoniza la calle Labradores y sus alrededores, valga el pareado. Lo integran, según observo en la cartelería distribuida por Logroño, el Tío Tito, Nimar, Da Vinci, El Porteño, Cazador, Guevara, Chaplin, Roche 2, Teyma, Mi Bar, Versalles, Centro Cántabro y Kaiser, entre otros, que despachan su oferta los jueves y viernes (vino o cerveza más pincho, dos euros; euro y medio si el vino es joven) e incluyen un sorteo entre los participantes. Así lo contaba allá por octubre la compañera María José Lumbreras, quien recopilaba para Diario LA RIOJA algunas de las distintas rutas que se manejan por Logroño. Citaba el precedente de la mal llamada ‘Laurel pobre’, ese itinerario que proponen los bares de la zona de República Argentina y Gil de Gárate, cuyo ejemplo siguen otra zonas además de las mentadas: así ocurre con Albia de Castro y otras calles de Lobete, que limitan esta actividad a los viernes como suele ser habitual.

Pero hay más casos. En ese mismo artículo, Lumbreras recogía la propuesta de un grupo de bares situados por el nuevo Las Gaunas (Los Ángeles, La Guindalera, Bulevar y Toscana), cuya iniciativa tiene también bastante que ver con la aspiración de que los vecinos de esos nuevos sectores residenciales encuentren junto a su hogar la oferta hostelera y de ocio que a menudo les conduce hacia el centro de la ciudad. Pienso que se trata de una intención similar a la que anima a los demás bares: convencer a su clientela de que como cerca de casa, en ningún sitio. Porque una tendencia que domina todas estas nuevas modas de peregrinar por los bares es que ocurren en la periferia: el centro, el auténtico corazón de Logroño, con sus rutas ya consolidadas como Laurel, San Juan y similares, no participa de esta moda. Supongo que porque sus bares cuentan con un arsenal promocional suficiente que evita sumarse a la práctica del pincho pote. Su atractivo radica en su larga historia como zona hostelera, cuyo encanto divulgan las guías de viaje y otras publicaciones por tierra, mar y aire.

De modo que, en resumen, aquí se ha citado una serie de bares adictos al pincho pote. Estaría muy bien que entre todos dibujáramos una ruta logroñesa, una idea que nace con vocación de servicio. Completar ese mapa depende de que alguien al otro lado del blog se anime. Y así podremos concluir entre todos con esa frase tan periodística: seguiremos informando.

P.D. El pincho pote es una variante, en realidad, de una práctica hostelera que ya encontró algún eco en este blog. Aquel mapa de los tapas gratis con que algunos bares imitan la costumbre de otros puntos de la geografía española de obsequiar a su clientela tuvo cierta repercusión gracias a la generosa contribución de los lectores de este blog. En conclusión, lo que tanto una como otra modalidad intentan es que el personal visite sus barras y que, mediante ambas fórmulas, no pueda alegar que el precio es una barrera que le impide disfrutar de su ocio favorito.

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