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La ruta del pincho pote
Jorge Alacid 13-03-2015 | 5:28 | 7

 

Bar de la calle Labradores que invita a practicar el pincho pote. Foto de Juan MarínCualquier logroñés habrá podido comprobar de un tiempo a esta parte cómo se extiende entre nosotros esa práctica denominada al modo euskaldun: el llamado pincho pote. Se trata de una actividad desplegada también en distintas localidades de La Rioja, pero como pretendemos seguir siendo fieles en lo posible a la patria chica, en esta entrada abordaremos tan sólo los seguidores que ha encontrado entre los bares logroñeses. Que lo son en buen número: de hecho, se me ocurrió escribir estas líneas cuando tropecé en el venerable Beti con el anuncio de que también ese local forma parte de una reducida, aunque castiza, ruta de establecimientos dedicados a tal costumbre: integra un trío que completan los vecinos Pesos y Gaona.

Habrá que advertir en primer lugar de qué hablamos cuando hablamos de pincho pote. Cualquiera lo sabe porque es muy sencillo, pero si queda algún indígena ajeno a sus encantos, aquí va la aclaración: una fórmula barata de incentivar el chiquiteo adosando a precios muy razonables una tapa a la consumición habitual, esto es, el vino, la caña, el refresco… Por módicas tarifas se anima el público a dinamizar la máquina registradora, crece el ambiente en bares y alrededores, se reactiva en consecuencia el consumo. Una estupenda manera de guiñarle un ojo a la clientela y, de paso, demostrar lo que otros negocios (el del cine, por ejemplo) también han conocido recientemente: que los precios suelen ser un muro insalvable en estos tiempos sombríos cuando de alternar se trata. Que superado ese peaje, el cliente se anima.

Así que, milagro, milagro: resulta que cuando se tarifa económicamente volvemos a visitar los bares, tradición que no debería perderse. Resulta por lo tanto pertinente el experimento que aquí pretendemos: invitar a los improbables lectores a que nos ayuden a configurar una especie de ruta por el pincho pote de Logroño. Que nos cuenten qué bares se incluyen en esta tendencia y qué zonas de la ciudad disponen de su propio itinerario. Con sus aportaciones iremos configurando un mapa donde se visualice tanto la ruta de cada barrio como los locales que la integran, con el detalle adicional de explicar en qué consiste cada oferta.

Como ejemplo, además del citado caso del pincho pote trino del entorno de la Glorieta, habrá que mencionar también el que protagoniza la calle Labradores y sus alrededores, valga el pareado. Lo integran, según observo en la cartelería distribuida por Logroño, el Tío Tito, Nimar, Da Vinci, El Porteño, Cazador, Guevara, Chaplin, Roche 2, Teyma, Mi Bar, Versalles, Centro Cántabro y Kaiser, entre otros, que despachan su oferta los jueves y viernes (vino o cerveza más pincho, dos euros; euro y medio si el vino es joven) e incluyen un sorteo entre los participantes. Así lo contaba allá por octubre la compañera María José Lumbreras, quien recopilaba para Diario LA RIOJA algunas de las distintas rutas que se manejan por Logroño. Citaba el precedente de la mal llamada ‘Laurel pobre’, ese itinerario que proponen los bares de la zona de República Argentina y Gil de Gárate, cuyo ejemplo siguen otra zonas además de las mentadas: así ocurre con Albia de Castro y otras calles de Lobete, que limitan esta actividad a los viernes como suele ser habitual.

Pero hay más casos. En ese mismo artículo, Lumbreras recogía la propuesta de un grupo de bares situados por el nuevo Las Gaunas (Los Ángeles, La Guindalera, Bulevar y Toscana), cuya iniciativa tiene también bastante que ver con la aspiración de que los vecinos de esos nuevos sectores residenciales encuentren junto a su hogar la oferta hostelera y de ocio que a menudo les conduce hacia el centro de la ciudad. Pienso que se trata de una intención similar a la que anima a los demás bares: convencer a su clientela de que como cerca de casa, en ningún sitio. Porque una tendencia que domina todas estas nuevas modas de peregrinar por los bares es que ocurren en la periferia: el centro, el auténtico corazón de Logroño, con sus rutas ya consolidadas como Laurel, San Juan y similares, no participa de esta moda. Supongo que porque sus bares cuentan con un arsenal promocional suficiente que evita sumarse a la práctica del pincho pote. Su atractivo radica en su larga historia como zona hostelera, cuyo encanto divulgan las guías de viaje y otras publicaciones por tierra, mar y aire.

De modo que, en resumen, aquí se ha citado una serie de bares adictos al pincho pote. Estaría muy bien que entre todos dibujáramos una ruta logroñesa, una idea que nace con vocación de servicio. Completar ese mapa depende de que alguien al otro lado del blog se anime. Y así podremos concluir entre todos con esa frase tan periodística: seguiremos informando.

P.D. El pincho pote es una variante, en realidad, de una práctica hostelera que ya encontró algún eco en este blog. Aquel mapa de los tapas gratis con que algunos bares imitan la costumbre de otros puntos de la geografía española de obsequiar a su clientela tuvo cierta repercusión gracias a la generosa contribución de los lectores de este blog. En conclusión, lo que tanto una como otra modalidad intentan es que el personal visite sus barras y que, mediante ambas fórmulas, no pueda alegar que el precio es una barrera que le impide disfrutar de su ocio favorito.

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Solteros y solteras
Jorge Alacid 06-03-2015 | 8:13 | 2

Despedida de soltera en la calle Laurel. Foto de Juan Marín

Rebrota estos días el viejo debate sobre la pertinencia de tolerar, limitar, vetar o directamente prohibir (vaya usted a saber cómo) las despedidas de soltero en los bares del centro de Logroño, puesto que en ocasiones sus participantes suelen alborotar de modo exagerado la tranquila ingesta de bebidas propia de los autóctonos y además derivan alguna vez en espectáculos de dudoso gusto, con exhibición de material plastificado que apela a las contingencias propias de la noche de bodas. Y puesto que los integrantes de tales jolgorios se abandonan a los excesos etílicos, cuyas consecuencias en forma de vómitos, deposiciones y otros fluidos decoran calles y plazas, resulta frecuente entre nosotros que cunda la indignación entre quienes tienen (tenemos) que convivir con dichos espectáculos. Una indignación que tiene su punto farisaico: que levante la mano quien no haya protagonizado allá por su mocedad exhibiciones semejantes, cuyo recuerdo todavía le sonroja.

La penúltima controversia en torno a esta cuestión lleva la firma de UGT, cuyo apartado de autónomos reclamó esta misma semana una regulación (¿?) de estas actividades, que enlaza de manera a mi juicio misteriosa con la pérdida de empleos en el sector hostelero y el cierre de unos cuantos bares logroñeses. Yo juraría que pasa todo lo contrario: que aquellos establecimientos que prefieren negarse a ser invadidos por la cofradía del novio/a en ciernes acompañado/a por sus colegas ven cómo mengua el movimiento de la caja registradora. Y que, al revés, los que acogen con indisimulada satisfacción a estos neoturistas observan cómo crece el negocio. De ahí que me sorprenda esta reclamación sindical.¿Regular las despedidas de soltero dará oxígeno a la economía local? ¿Prescindir de los ingresos que aseguran, no sólo a los bares sino a otros sectores limítrofes, estas visitas de jóvenes y no tan jóvenes dispuestos a gastarse en Logroño lo que probablemente racanean en su lugar de residencia servirá para mejorar la alicaída hostelería logroñesa?

Yo lo dudo. Y lo digo como nada ejemplar ejemplo de cómo se puede cambiar de opinión sobre este asunto, o sobre otro cualquiera, simplemente dejando pasar el tiempo. En un primer momento, superada la fase inicial de asombro, a mí también me incordiaba la presencia de estas legiones de forasteros que con su derroche de ímpetu alteraban la paz que uno desea alcanzar cuando zanganea por la calle Laurel. Y sí: también a mí me llamaba la atención el mal gusto que les caracterizaba, aunque sobre esas cuestiones de gustos prefiero no pronunciarme. Cada cual tiene el suyo y todos son legítimos. (Hay a quien le conmueven los gorgoritos del trovador llamado Pablo Alborán, fíjese usted). Con el discurrir de los años, he ido confirmando que las manifestaciones más exaltadas propias de las despedidas se han ido apaciguando. Que sus promotores observan una conducta menos expansiva. Más contenida. Sí, se les ve mareadillos en el mejor de los casos, por el abuso de distintas sustancias (se supone), pero yo los recordaba antaño más osados. Menos proclives a dejarse seducir por los encantos de la ciudad que visitan, a confraternizar con los indígenas, a la tertulia con los amigos que forman parte de su cuadrilla, objetivos que deberían ser compatibles con el deseado desenfreno y frenesí propio de quienes se disponen a despedir la vida de soltero.

Compruebo además que estas observaciones que aquí comparto con el improbable lector coinciden con el punto de vista de unos cuantos dueños de bares. Alguno me confiesa que sin las ricas aportaciones crematísticas de las despedidas de soltero sería harto difícil llegar incólumes a final de mes. La mayoría me confirma que, en efecto, los excesos de antaño se han civilizado. Que nuestros bares no sufren con ellos más que con las impertinencias propias del resto de la clientela, porque todos los parroquianos podemos montar alguna vez el espectáculo y ponernos muy pesados aunque no participemos en estas algabarías. Que muchos de ellos se acomodan casi durante todo el fin de semana en su bar favorito, una vez que confirman que son bien recibidos y que cuentan con el beneplácito del propietario tanto para el vermú como para el picoteo, tanto para la ronda nocturna como incluso para la copa ya de madrugada en aquellos locales que también las sirven. Y que dinamizan el ambiente, aportando su propia cuota de color al folclore habitual. Y, sobre todo, me dicen lo mismo que yo pienso: cómo se puede regular una despedida de soltero. ¿Poniendo un policía en cada grupo?

Mala ideas: podrían pensar que es un estriper.

P.D. Las quejas de los autónomos afiliados a UGT, más allá de la polémica sobre las despedidas de soltero, incluyen algún dato incontestable: por ejemplo, que sólo en enero de este 2015 casi neonato se han perdido en Logroño 15 bares. Una pérdida que se añade a la caída del empleo en el sector y a la mengua de beneficios. Cifras que cualquiera puede comprobar dándose una vuelta por la calle, sobre todo entre semana. Y entre las bajas, una que duele especialmente en este blog: el adiós de La Retro, local insólito y lleno de encanto de la calle Calvo Sotelo, que mereció una entrada hace cerca de un año y que ha bajado la persiana. Suerte al caballero Jota en sus próximas aventuras.

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Saluda a todo el que veas
Jorge Alacid 18-09-2014 | 5:58 | 0

Hace un año, por estas fechas consigné una estupenda sorpresa en este mismo blog: en un bar de la calle Laurel nos convidaron a zurracapote, servido fresco en el porrón preceptivo. Ocurría que Logroño se preparaba para sus fiestas mateas y en ese local habían decidido recuperar una tradición perdida vaya usted a saber en nombre de qué nuevas y funestas costumbres. Porque antaño era casi obligatorio: en la mayoría de bares, sus propietarios preparaban la riquísima pócima para regalar al indígena y al forastero, a quien se iniciaba en ese brebaje escasamente conocido lejos de entre nosotros. Tengo observado que tal hábito se mantiene fuera de Logroño, en algunos municipios de La Rioja, lo cual me parece una manera muy apropiada para corroborar si, como dicen, por esta tierra somos o no somos hospitalarios. Con el porrón de zurracapote lo podemos saber: así se pasa de las palabras a los hechos.

Viene a cuento este prolegómeno de que veo llegada la hora de honrar al santo Mateo y revisar la curiosa metamorfosis que los bares patrios protagonizan cuando desembarcamos en el rito del cohete (que algún hortera llamará chupinazo), bullicio callejero y resto de tópicos que perpetramos por Logroño cada 21 de septiembre. Los bares, ay, dejan un poco de serlo: las muchedumbres que, sobre todo en fin de semana, se despliegan por nuestras calles y plazas exigen una respuesta inmediata para satisfacer sus necesidades en materia de tragos y bocados, los camareros necesitarían otra vida para atender cada demanda, es habitual por otro lado la derrama en forma de vomitonas y demás desperdicios entre quienes debutan esos días en la costumbre de desparramarse y, en fin, la ciudad es otra. Sus bares también: sus bares en determinados casos incluso cierran sus puertas, porque sus propietarios prefieren ahorrarse los sofocos mateos, y hay quienes abandonan su perfil tradicional para aceptar las exigencias de una clientela… poco exigente. Se trata de pasarlo bien, sin grandes pretensiones, y entonces nuestras barras de confianza se convierten simplemente en una excusa: parte del decorado.

No ignoro que se mezclan estas dos tendencias (el bar que se fuga y el bar que se maquilla) con otras menos llamativas. Fuera del centro, las barras conspicuas mantienen su fisonomía, adornadas sólo con algún detalle mateo (camareros con pañuelo al cuello), e incluso habitan entre nosotros las que procuran un esfuerzo adicional por estar a la altura del reto que supone recibir a una legión de visitantes que sólo viajan a Logroño por esos días y, por lo tanto, se llevarán de aquí la imagen que se desprenda de la semana festiva. Y luego están los bares que se inauguran por San Mateo, subgénero logroñés del que ya hablamos aquí hace nada, y los bares furtivos: se trata de esas casetas que aparecen por fiestas y amplían la oferta hostelera, con resultados… mejorables. Son como bares de compromiso, que añaden una nota de color al folclore local con mucho chunda-chunda por los bafles, versión macarrada pura o versión sevillanas. No los cuento entre mis favoritos, aunque confieso que sí: que los he frecuentado.

Y los he frecuentado desde la primera vez que una carpa de esta guisa brotó ante nuestros ojos: ocurrió en los primeros 80, allá en avenida de Portugal, donde antaño se alzó el garaje Elías. En el abandonado solar, la compañía andaluza de vinos llamada Terry instaló sus reales, con una enorme barra al fondo, con su suelo de madera para zapatearlo al ritmo de los bailes andaluces (cosa que no sucedía apenas: entonces casi nadie sabía bailar sevillanas por estas tierras) y con sus corrales donde un caballo blanco, fetiche de la marca desde los días de la tele con sólo dos cadenas, esperaba la hora de acudir enjaezado hasta la plaza de toros.

La novedad fue muy bien acogida entre la fauna local y fuimos muchos quienes descubrimos los vinos de Jerez y los amontillados. También descubrimos por entonces que la manzanilla no tenía necesariamente que ser ese bebedizo caliente que te daban si te dolían las tripas, sino un delicioso néctar alumbrado en un lugar de hermoso nombre: Sanlúcar de Barrameda. Nos acostumbramos al pan de picos para acompañar las tapas propias del sur, con su jamón finamente cortado y sus pescados fritos que en nada se parecían al de San Bernabé, y aceptamos lo que deberíamos aceptar estos días: que Logroño cambia por fiestas.

Yo espero que sea para bien, aunque desde que me recojo pronto tiendo a pensar lo contrario. Lo cual no me impide desear al improbable lector unas felices fiestas y rogarle humildemente que deje de orinar por las esquinas. Es preferible que siga el mandato de uno de mis refranes logroñeses favoritos: en estas fiestas mateas, saluda a todo el que veas.

P.D. Se ha citado antes el caso de los camareros que protegerán estos días sus gargantas con el pañuelo y traigo malas noticias: aunque se empeñen algunos en lo contrario, aunque los puristas seamos ya una minoría en plan abuelo Cebolleta, el pañuelo de fiestas es rojo. Rojo, repito: se decidió subvertir esta costumbre que sí preservan en los pueblos riojanos, sobre todo Ebro abajo, para no parecernos a los vecinos navarros. Pero la tradición es la tradición, así que insisto: el pañuelo mateo es rojo. Escrito lo cual, que cada uno se ponga el que más le guste, preferiblemente el que vende Diario LA RIOJA inspirado en nuestra baldosa indígena. Al fin y al cabo, en efecto, estos días Logroño será un pañuelo.

 

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… Y abierto por vacaciones
Jorge Alacid 31-08-2014 | 8:19 | 0

Inauguración de la Taberna de Baco, en su nueva etapa.Foto de Juan Marín para Diario LA RIOJA

Como decíamos ayer… Así como el verano ha traído para mi asombro una imagen algo alicaída de los bares logroñeses, con las persianas bajadas en más de un sorprendente caso, también debe consignarse el efecto contrario: que sigue habiendo almas intrépidas que se animan a ponerse detrás del mostrador. Son los que abren por vacaciones y a ver qué pasa. Uno tiene puestas todas sus complacencias en estos audaces vecinos que desafían el frío ambiente que continúa registrando eso tan español de consumir tragos y pinchos, de modo que sólo puedo desearles la mejor de las fortunas y dedicarles de paso unas cuantas líneas.

Lo merecen Rodrigo y María, quienes han decidido japoneizar con Sushicatessen ese tramo de Víctor Pradera que ha quedado tan chulo, con su hamburguesería diseño hipster (hoy parece que todo es hipster, etiqueta que sirve para un roto y para un descosido) y el renovado Victoria, que ya mereció una entrada en el blog. A la calle, que se prepara para días de sufrimiento en cuanto se muden los juzgados, ya sólo le queda para rematar su atractiva imagen que le cambien el nombre, esa nomenclatura tan aciaga. Pero esa es otra historia…

Y merecen también su espacio en esta entrada Tere y Marian, que afrontan el desafío mayúsculo de hacerse cargo de la exitosa Taberna de Baco (en la foto de Juan Marín para Diario LA RIOJA), puesto que se trata de un reto doble: por una parte, preservar a la fiel clientela que habían conseguido atrapar las anteriores propietarias, a quienes por cierto es fácil ver todavía por el bar, aunque a este lado de la barra; por otra, pretenden como es lógico imponer su propio estilo, manteniéndose fieles a la esencia del local pero dotando a su gestión de una impronta distinta. Se puede ver en su carta de tapas ese doble lenguaje: lealtad hacia las conquistas antiguas y un estilo diferente en los pinchos que ofrecen como novedad. Con un aliciente adicional, que debería ser norma en cada establecimiento: que al cliente le obsequian con una sonrisa.

Cito estos dos casos pero hay más ejemplos de movimiento en el sector. No había tenido hasta hace unas semanas la oportunidad de regresar al Pasapoga, que encontré muy mejorado respecto a sus últimas encarnaciones lo cual me alegra, porque fui cliente habitual del bar durante un tiempo y tiene un hueco por lo tanto en mi corazón. Y a la vuelta, frente a la Glorieta, el Pesos se dispone estos días para una renovación a fondo: otro garito cuya terraza me contó entre sus asiduos en la anterior glaciación… Me cuentan que abre pronto sus puertas otro bar en Portales frente a la Redonda y habrá que recordar ciertas aperturas recientes: el Tívoli y el Umm, recogidos también en este blog, y Las Cañas, cuya inauguración se avecina para dicha de quienes fuimos tan devotos antes de ser devorada la añorada cafetería por la multinacional de las hamburgueserías.

Y más estrenos: en Albia de Castro ocupa flamante esquina un bar llamado The Corner con buena pinta (al menos desde fuera) y hay nuevos inquilinos para la calle Laurel acaba de abrir sus puertas…. Tal vez para desmentirme a mí mismo en mis sombríos vaticinios de la anterior entrada, tal vez porque Logroño mantiene su hábito de animarse de cara a San Mateo: con las fiestas asomando ya por el horizonte próximo, suele ser costumbre que el sector hostelero aproveche para darle un homenaje a la caja registradora abriendo negocios justo cuando más logroñeses (y forasteros) se lanzan a la calle. Confío en que todos estos movimientos sean de largo alcance: que no se trate de una moda pasajera, sino que contribuyan a aliviar el lánguido paisaje que atravesamos. Así que a todos, a los citados en estas líneas y también aquellos a quienes sin querer me haya olvidado, les deseo lo mismo: larga vida para ellos y para sus clientes.

P.D. Las novedades en el sector de la hostelería logroñesa acaecidas durante este verano alcanzan también a la aparición de un simpático elefante a la entrada de la calle Laurel, cortesía de la Taberna del Tío Blas. El animalito tiene su gracia, aunque según las últimas noticias llegadas a esta redacción carece de nombre: desde el bar cuya pared decora están abiertos a sugerencias. Quien se anime, ya sabe: le esperan en su página de facebook.

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Cerrado por vacaciones…
Jorge Alacid 30-08-2014 | 7:54 | 0

Paseo agosteño por la Laurel y calles adyacentes. Uno sale de su retiro estival y tropieza con la cruda realidad del consumo hostelero: bares semivacíos y, sorpresa, sorpresa, muchos locales con este cartel colgado: Cerrado por vacaciones. Quiere decirse que, como se supone que nadie se pega tiros en el propio pie, los dueños de nuestros garitos de confianza habrán calibrado qué impacto puede tener sobre su negocio bajar la persiana por unos días y han obrado en consecuencia: la máquina registradora dejará de sonar pero caerá también el gasto corriente y el empresariado hostelero se concederá un descanso. Nada que objetar, aunque da para pensar: no recuerdo que antaño un bar de la calle Laurel cerrara en estas fechas, justo cuando se supone que los nativos contamos con más tiempo libre para enlazar una ronda con otra. Sí que hubo quienes, como el difunto La Simpatía o el Soriano, sellaban siempre sus puertas en San Mateo para evitarse la habitual turba de beodos, pero cerrar en pleno verano es algo que nunca vieron mis ojos. Y si tal cosa sucede en frecuencia sospechosa, es que la visita a los bares amenaza con dejar de ser tendencia. También en la canícula. Feo asunto.

Esto es: si el dueño del local calcula que se puede permitir un respiro en las fechas en teoría más propicias al consumo, la terracita veraniega, la tertulia con los amigos y la afluencia de turistas, se pueden extraer unas cuantas conclusiones pesarosas. La primera, que los hábitos de la clientela han cambiado. Radicalmente. En verano gana peso (supongo: todo esto son meras suposiciones) la vida en la segunda residencia, la visita constante al pueblo de adopción, las exigencias de la agenda en la urbanización hacia donde tanto logroñés ha emigrado. La segunda teoría, que discurre en paralelo, es que el consumo no acaba de remontar, lo cual se aprecia en diversos detalles: por ejemplo, que cada vez menos camareros atienden la barra, lo cual genera un servicio, hum, mejorable, así como largas estancias para ser despachado.

La tercera conclusión que uno, convertido en sociólogo aficionado, extrae de todo esto es que han cambiado también los hábitos al otro lado de la barra: el sector hostelero, antaño tan esclavo, seguro que hoy también exige una dedicación exhaustiva, pero ha dejado de ser en general ese tipo de negocio familiar que ataba al tajo a la parentela directa. Sin apenas vacaciones, pausas ni descansos. Poco que ver con esta imagen: hace unas cuantas décadas vi cerrar apresuradamente el bar una mañana de sábado a su dueño, porque se marchaba a toda prisa… a casarse. Nada menos. Una exagerada entrega al negocio, ya lo sé, pero que da una idea de cómo se ejercía antes este oficio y cómo se ejerce hoy.

Las comparaciones son odiosas. Que cada cual se decante por un modelo o por otro: aquellos bares que siempre parecían estar abiertos y estos otros que, en pleno verano, cuando llevas a los amigos residentes fuera de Logroño a acodarse en su barra favorita se dan con la puerta en las narices. Y yo los entiendo: viendo la lánguida parroquia que acude a los que resisten sin bajar la persiana comprendo perfectamente que el hostelero actual, ese que ya no tiene a la familia pegada a sus pies y que prefiere contratar a una plantilla (ahora más bien cortita) para que le ayude en el negocio, husmee que el contexto económico no arranca y se marche de vacaciones. Desde hace tiempo, ya va siendo usual que el sector cierre los domingos: una manera de explorar si pasa algo cuando decides desertar por un día de las continuas exigencias que genera el trabajo, larguísimas mañanas y tardes aguardando a que alguien se anime a entrar… Hasta decidirse por colgar en verano el cartelito de cerrado y a otra cosa. Aunque es posible también una visión menos sombría: que sí, que la crisis se ha marchado, los bares funcionan a pleno pulmón y con las renovadas ganancias sus dueños echan el candado y se piran a Benidorm. Ojalá esta versión sea la buena. Aunque no sé, no sé…

P.D. A favor de una visión más optimista del sector hostelero, que es la que yo prefiero (aunque no sé, no sé), juega la saludable novedad de recientes aperturas y traspasos, un movimiento saludable que protagonizará la próxima entrada.

 

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