La Rioja

img
Etiquetas de los Posts ‘

Laurel

Los sorianos del Soriano
Jorge Alacid 26-09-2016 | 10:27 | 2

Larga vida al Soriano, plancha mediante Foto de Justo Rodríguez

 

A media mañana, Laurel está vacía. ¿Vacía? No. En un recodo de la Travesía, el Soriano resiste abierto. No está solo. Le acompañan La Tavina y La Taberna del Tío Blas, que saludan al paseante cuando ingresa en la calle y le acompañan también el Sebas y El Soldado de Tudelilla. Nada más. El resto de bares permanece con la cancela clausurada, aprovisionándose en su mayoría para albergar a los incondicionales del vermú. Tráfico de furgonetas y carretillas, la banda sonora típica de cuando entrechocan las botellas, chácharas improvisadas a la puerta del bar… Y en el Soriano, gloria bendita. Sus defensores aprovechan que todavía no aparece la clientela para regalarse un almuerzo como manda el cánon logroñés: picadillo y vino de la casa.

Y entre trago y bocado, la moviola se pone a funcionar. Los sorianos del Soriano (los hermanos Pepe, Santiago y Ángel, con Marisol en la cocina) miran hacia atrás sin nostalgia, afinan la plancha de donde saldrán las conocidas golosinas en forma de champis y, millones de tapas después, siguen sin sacar pecho: «Lo que hiciste ayer no sirve de nada», avisa Ángel. Y Pepe asiente desde el fondo del bar, mirando hacia el porvenir.

Ah, el futuro. El futuro se presenta prometedor, porque las nuevas generaciones de la saga ya van tomando su responsabilidades al frente de la castiza casa, nacida en 1972: los patriarcas, el matrimonio formado por Toribio y Úrsula, abandonaron el hogar familiar en Ventosa de San Pedro, rincón soriano próximo a San Pedro Manrique y con el espíritu audaz de los pioneros tomaron bajo su tutela este breve espacio. Apenas 40 metros cuadrados donde se arraciman desde entonces sus vástagos, leales al mandato bíblico de crecer y multiplicarse. Algunas cosas, sin embargo, se mantienen más o menos incólumes, como su pincho estrella. Esa ingeniosa banderilla donde se mezcla el campo (en modo de champiñón) con el mar (adoptando la forma de gamba), agitada por la suculenta salsa marca de la casa, cuyo secreto custodian como si fuera la versión logroñesa de la fórmula de la Coca Cola.

- Por los ingredientes de la salsa no os pregunto.

- No, porque no te lo vamos a decir.

Carcajada breve. El relato prosigue. Se remonta a esa década de los 70, recién fundado el bar y ya con sus champis como bandera, cuando a los dos o tres años la familia empezó a comprobar que su fórmula funcionaba. Que la parroquia distinguía con su presencia los afanes del Soriano por dotar de algo más de vida ese tramo de la calle Laurel que ni siquiera es la calle Laurel en sí: un espacio que se repartían entonces con el Blanco y Negro, La Rueda y el Perchas. Ningún otro bar acompañaba al Soriano y resto de hermanos de la Travesía en su indesmayable peripecia, que acabó triunfando. Hoy, ese rincón de Logroño ofrece el mismo bullicioso aspecto de la calle central y sirve además como pasadizo para completar el recorrido e incluir a la también muy animada San Agustín.

No siempre fue así: en el Soriano recuerdan que en sus orígenes servían alguna otra banderilla más, pero pronto la evolución natural del bar se inclinó por la monotapa, como es norma en otros bares de la calle. No es el único cambio. En general, ha desaparecido el rito del chiquiteo entre semana a cargo de esas cuadrillas multitudinarias de logroñeses conspicuos («Había rondas de hasta veinte vinos»), la feligresía se deriva de modo natural hacia el fin de semana, gana protagonismo el turista nacional y extranjero… Todos llegan atraídos por la fama del Soriano, beneficiario de las ventajas del mundo digital: «Cuando llega, el cliente ya sabe a qué viene». Aunque su corazón dedica un ancho espacio a la parroquia clásica: «El cliente de Logroño es fabuloso».

Lo corroboran mientras recuerdan cuando abrían en San Mateo y antes de poner la plancha a funcionar «el día del cohete ya teníamos a un montón de chavales esperando a la entrada». Una costumbre superada: el Soriano lleva casi una década cerrando en fiestas, aunque sus responsables se quedan por Logroño, tal vez porque les gusta ver los demás bares desde la barrera. Que se reparta el sudor. Porque en el Soriano desde luego se suda. Se suda la camiseta («La plancha se pone a 250 grados», avisan) y se continuará sudando, como confirma el benjamín de la familia, mientras atiende las palabras de sus mayores: «El éxito nunca viene solo, pero no se te puede subir a la cabeza».

– O sea: hay Soriano para rato.

– Sí, lo hay. Para mucho rato.

Larga vida al Soriano.

P. D. Este artículo se publicó el sábado pasado, en el suplemento Degusta que cada semana entrega Diario LA RIOJA. Con periodicidad mensual, acoge en sus páginas esta sección, ‘Nuestro hombre en la barra’, enfocada como homenaje a las buenas gentes que con tanta paciencia nos aguantan desde tiempo inmemorial. A todos les pregunto lo mismo cuando acabo de entrevistarles: a qué bares suelen ir cuando dejan el suyo propio y se convierten en clientes. Y esto me responden desde el Soriano, a través del amigo Santiago: que le gusta el San Mateo de avenida de la Paz y el cercano Claret, también ubicado en ese rincón de Logroño. “Y por la calle Laurel, el Blanco y Negro, el Sebas, el Jubera…”, añade. Como se ve, los bares de siempre.

Ver Post >
La Simpatía ya no vive aquí
Jorge Alacid 16-09-2016 | 7:24 | 2

Local que albergaba al bar La Simpatía

 

Paseo matinal por el corazón de Logroño. Aprovecho para atravesar por la Laurel: me gusta el olor a bar por la mañana. Me gusta sobre todo cuando apenas pasean por la calle sus dueños, que se quitan las legañas de tertulia con sus proveedores, se afanan con la escoba, se preparan para el inminente aperitivo. De repente, en el tramo central tropiezo con una agradable sorpresa: obras en el local que alojó el querido La Simpatía, escenario de tan buenos y frecuentes ratos. Tomo unas fotos con el móvil mientras entran y salen los operarios, a quienes pregunto ingenuo cuándo reabre el bar. Uno de ellos me mira asombrado y me comunica la mala noticia: no abre. Al revés: ocurre que van a rehabilitar el edificio, incluida su fachada por Bretón de los Herreros.

Puñalada en el corazón. En efecto, afino la mirada y me encuentro con que los trabajadores van retirando en esos momentos el material arrumbado en sus rincones. Incluido por cierto un misterioso colchón: parece que alguna vez anidó el amor en La Simpatía… Otro operario se ayuda de una carretilla para ir derribando el material más grueso, mientras confirma lo adelantado por su compañero: “Van a construir otro edificio para oficinas”. Habituales de la calle Laurel, apostados de miranda en ese tramo, corroboran la información. Termino mis fotos. Sigo trepando por la calle hacia el Blanco y Negro: atrás dejo a mi otro yo, el que encontró tantas veces consuelo en La Simpatía para sus itinerarios por la Laurel.

Porque La Simpatía era uno de mis bares favoritos por varias razones. Entre ellas, una que alguna vez he citado, así que perdón si me repito demasiado: un póster del Logroñés que colgado allí, fuera de contexto puesto que quienes posaban para el fotógrafo llevaban años retirados, me devolvía directamente a la infancia. Al crío que iba a Las Gaunas a ver a García Fernández, Simarro y otros ídolos setenteros. Me sentaba a consumir un porroncito en la mesa de formica, vigilado por el bigote del futbolista Cenitagoya y resto de dioses tutelares en blanco y rojo, y en cuanto cerraba los ojos volvía a comer pipas en el banquito corrido de General mientras me helaba de frío.

 

Interior de La Simpatía, durante las obras en el edificio de la calle Laurel

 

No era su único atractivo. Con el tiempo, me aficioné a consumir en La Simpatía sus inolvidables raciones de rabas, que Javi coreaba con su bonita voz de jotero. También le reía los chistes como el resto de la parroquia: como si tuvieran gracia. Me gustaba La Simpatía por su punto castizo, porque no había sucumbido a la moda gastrobarística que entonces empezaba a ser tendencia. Y porque había conseguido que cristalizara entre sus paredes ese intangible tan caro: una atmósfera distinta. Para mí era un bar especial y se entenderá por lo tanto que cuando cerró, luego de mil peripecias con la propiedad del inmueble, también desapareciera de repente una parte de la calle Laurel, tal y como tantos y tantos la habíamos conocido. Para mitigar el dolor, hubo que conformarse con el exitoso traslado de uno de sus pinchos fetiches, el famoso cojonudo, al cercano Donosti, donde custodian el secreto de semejante manjar.

Luego he pasado un millón de veces ante su puerta. Siempre cerrada. Y pensaba para mí lo mismo: qué pena. Qué estupendo bar sería un renacido La Simpatía, aunque no estuviera Javi cantando más que pidiendo otra de calamares. Aunque tampoco reapareciera el querido póster del Logroñés. Cuando la otra mañana volví a pisar su suelo, mientras retrataba su interior en las fotos que ilustran estas líneas, sentí una lástima todavía amplificada. Aunque luego me maliciaba que una vez reconstruido el edificio su planta baja muy bien podría albergar otro bar, sospecho que ese hipotético garito nunca será el mismo.

Que Cenitagoya nos perdone a los logroñeses.

P.D. Comparto con el improbable lector una anécdota revelada por un querido miembro de la cofradía de adictos a los bares de Logroño, quien tenía por costumbre zamparse un embuchado en La Simpatía. Una tradición bruscamente alterada: una tarde, Javi le comentó que ya no iba a despachar esa golosina tan estupenda porque no le salía rentable. Pero entre ambos dieron con una solución alternativa: desde entonces, este caballero se proveía de embuchados en la cercana Plaza de Abastos, acudía con ellos a la plancha de La Simpatía y sus buenas gentes le preparaban tal manjar, tarifado ad hoc. Que me diga alguien dónde se obra hoy en Logroño un prodigio semejante.

Ver Post >
Bravo por las bravas
Jorge Alacid 09-09-2016 | 7:33 | 3

Las bravas del Jubera

 

La sección de entradas dedicadas que alguna vez alberga este blog abre hoy sus puertas a la sugerencia veraniega de una lectora, quien me comentó que durante una ronda de vinos había hilado tertulia con su cuadrilla en torno a una cuestión trascendental. ¿La política de pactos? No. ¿La sesión de investidura, que por entonces amagaba? Tampoco. ¿Trump, Clinton, Lopetegui? No, no y no. Su charla derivó hacia un asunto todavía más decisivo para nuestras vidas: en dónde se despachan las mejores patatas bravas de Logroño.

Por esos días había surgido en una web nacional una especie de mapa español de esa cazuela tan cañí, cuya ingesta asegura que los tragos que la acompañen se adocenarán en tan mullida almohadilla. Procuran un bocado rápido y jugoso, a menudo barato. ¿Barato? Me desmiento. En un bar logroñés cuyo nombre he olvidado (aunque no olvido pasar de largo) tuve que ardillar allá en el pleistoceno quinientas de las antiguas pesetas, cosa de la que me enteré cuando me hice cargo de la factura: como la ración era tan escuálida cometí el error de pedir dos de esas cazuelitas. Como diría Victoria Abril, dos cazuelas a quinientas pesetas cada una, mil napos del ala. Más la bebida tarifada, un rejón que todavía me duele.

Lo cual me parece ciertamente un abuso. Habrá que preparar desde luego las bravas con mimo y por supuesto que llevarán su tiempo, al igual que deberá afrontarse el pago por la materia prima, pero se trata de productos humildes, donde precisamente radica el atractivo de este bocado. De una sencilla patata, sumada al encanto de la mahonesa y la salsa de tomate, dos manjares también al alcance de cualquier bolsillo, nace una tapa de gran raigambre en las barras españolas, también en las logroñesas. Y tarifadas sensatamente, procuran un goce automático y duradero.

Que son los atributos que adornan mis dos favoritas, un particular sobre el que ya había escrito ya una entrada allá en abril del 2013. Como soy poco original, compruebo que en esto coincido con los resultados de esa apresurada encuesta que citaba arriba: las patatas bravas predilectas de los encuestados son también las mías. La primera, en orden cronológico, es la cazuela que ofrecen desde tiempo inmemorial en el Jubera de la calle Laurel, que frecuento (ay) menos de lo que debiera. Aunque siendo sincero me cuesta llamarle a ese bar por su nombre actual: para mí siempre será La Mejillonera. Porque así fue cómo lo conocí cuando me convertí en asiduo de sus castizos metros cuadrados, cuando supongo que la tapa fetiche era el mejillón, cosa de la que no estoy tan seguro: yo siempre me recuerdo a mí mismo atacando el platillo de bravas. Así que lo mismo aquel nombre fundacional era sólo para despistar.

 

Las bravas del Tondeluna

 

La segunda ración de bravas a que convida esta casa la sirven en el fetén Tondeluna, asomado al Espolón, donde el gran Francis Paniego rinde homenaje al ideológo de esta tapa revisitada según la versión de su colega Sergi Arola. Nuestro cocinero más reconocido las despacha de acuerdo con este renovado estilo: crujientes por fuera, blanditas por dentro aunque no completamente desparramadas. Adoptan la forma de canutillo como se observa en la imagen, de modo que la salsa aguarda en su interior: engullidas de un solo golpe, suenan aplausos en el paladar.

Una ovación parecida arrancan también las bravas de La Mejillonera (perdón: del Jubera), donde se cocinan a partir del mismo canon: crujientes por fuera, tiernas en su interior. El bar, como puede observar cualquier incondicional de la Laurel, merece las bendiciones de la clientela, que asegura llenos cada fin de semana. Y garantiza la compañía inmediata de un trago: el picante es lo que tiene. Que ayuda a superar el sofoco que procura una patata cuando es brava. Pero brava de verdad. Donde reside por cierto otro de los debates que acompaña su ingesta: el grado de picante que admitimos los clientes. Si mi experiencia sirve de algo, a medida que pasa el tiempo las bravas me gustan cada vez más picantes.

Una atinada metáfora de la vida y del paso de los años.

P. D. Las distintas escuelas de pensamiento en torno a la elaboración de bravas proponen dos vías hacia la perfección: una salsa clásica, mezcla de mahonesa y tomate, y la propia de cierto rincón meridional de España llamado Cataluña al cierre de esta edición, donde aliñan la cazuela con su conocida devoción hacia el ali oli. Manjar que me tiene entre sus fieles, aunque no precisamente me parece lo más atinado para las bravas: en esta cuestión, soy un clásico. El ajo me parece que nada añade a las bravas y tiende a desvirtuar su esencia, así que dicho queda: espero haber despejado las dudas de la lectora que me trasladó su inquietud mientras España contenía el aliento porque estaba en juego la formación de Gobierno… y saber qué bravas preferimos. Será más fácil alcanzar un consenso sobre esta última cuestión.

 

Ver Post >
Soriano, bar de bares
Jorge Alacid 29-07-2016 | 7:56 | 0

Bar Soriano, de Logroño. Página web de la calle Laurel

 

Desde el año pasado, este blog ha incorporado una sección llamada Nuestro hombre en la barra destinada a glosar las peripecias de nuestros camareros favoritos. Nació primero en la web, luego se trasladó a papel (puede leerse cada sábado un reportaje de este tenor en el suplemento Degusta que se entrega gratis con Diario LA RIOJA) y luego se publica de nuevo en digital. Por la sección han desfilado unos cuantos hombres y mujeres que merecen semejante honor y que ahora recuento: Jesús (Iturza), Emiliano (padre e hijo, del Tívoli a La Tarasca), Nuria (Maltés), Jaque y Chus (La Travesía y Alhóndiga), Juan (del Sebas), Manolo (de El Soldado), Colo (Bretón), Míchel (Calderas), Mariano (Moderno) y Paco Martínez Bergés, que inauguró la sección en su doble condición de jefe de la patronal riojana del sector y defensor de la popula barra del Ópera de la calle San Antón.

Como quiera que en pleno verano las meninges se adormecen y discurrir una entrada para despedirme hasta la vuelta de vacaciones me resultó más complicado de lo habitual, se me ocurre lo siguiente: recopilar las menciones que cada uno de ellos ha ido haciendo al final de cada reportaje, cuando se les pregunta por sus bares favoritos. Es decir, aquellos que prefieren cuando abandonan el local propio y se transforman en clientes. Me pareció que era una manera curiosa de elaborar una especie de mapa logroñés de bares. Pero no de cualquier bares: de bares entre los bares. Los elegidos por quienes en teoría más saben de esto.

El resultado es curioso: ganan los de siempre. Los bares de toda la vida, los imantados al corazón de la parroquia. Hubo quien como Mariano y Míchel evitaron pronuciarse: ambos alegaron más o menos lo mismo, que frecuentan tantos y tantos que escoger unos cuantos entre ellos les resultaba misión imposible. Hubo quien, como Emiliano, no sólo incluyó los actuales: también incorporó a su listado algunos ya desaparecidos.

Lo cual tiene justificación: cuando se les preguntaba por sus locales favoritos no se trataba tanto de establecer una clasificación profesional en función de los distintos baremos que se manejan en estos casos, sino aquellos que directamente les llegaban más al corazón. Porque al final eso es un bar: un hito en nuestra memoria sentimental. Y así se desprende de la enumeración de aquellos que han ido surgiendo a medida que la sección avanzaba: son los bares más vinculados al alma de sus clientes. En este caso, de esa clientela formada por quienes a su vez también se dejan la vida en sus propios bares.

 

Lista de bares

 

En fin, que vamos a lo que vamos. Según se desprende de esta recopilación, el bar que más menciones suscita es uno bien conocido, el Soriano, que recoge tres citas. Con dos le escoltan en ese imaginario podio otros dos castizos locales del Logroño hostelero, el García y El Soldado. La lista es larga, como se observa en el papelito donde fui anotando cada entrada. Y se puede enriquecer como uno quiera, a partir de sus propias preferencias. Por ejemplo, durante este verano que comenzó hace tiempo pero que todavía tiene recorrido. Un estupendo plan para la canícula: recorrer cada una de las barras que han ido mencionando algunos de los camareros más acreditados de la ciudad. Un plan mejor, mucho mejor, que un circuito por los Balcanes, una peregrinación por las Rías Baixas o un crucero por el Báltico. Idea que regalo a cualquier touroperador logroñés con afán innovador: llevar a nuestros turistas (e indígenas) por este itinerario de bares.

 

Grupo de camareras de confianza del autor de este blog

 

P.D. Como suele, este blog se toma unos días de asueto. Volverá, también como suele, en septiembre. Hasta entonces, sin embargo, su autor no estará quieto: aprovechará la libranza para su trabajo de campo, auxiliado por las señoritas de la foto, que ejercen de camareras en un local cuyo nombre no mencionaré. De modo que, como dijo el clásico, nos vemos en los bares.

Ver Post >
A la rica chuletilla
Jorge Alacid 15-07-2016 | 7:26 | 1

Comiendo chuletillas en el festival de San Mateo, Logroño (años 70)

 

Cuando me inicié en la peregrinacion por la calle Laurel y resto de templos logroñeses pensaba a menudo (en plena elucubración dipsómano-festiva) que si un día ponía un bar, mi pincho fetiche seria la muy autóctona chuletilla. Al sarmiento. Luego reparé en su inexistencia entre la oferta propia de tales locales, así que concluí que tal vez no era tan buena idea… puesto que nadie la había llevado a la práctica. Tal vez porque se necesita para semejante fin ingredientes que no figuran al alcance de cualquier bar: espacio generoso, sobre todo, para instalar las parrillas y garantizar una adecuada salida de humos. Espacio y tiempo: porque facturar un ración en su punto exige un esfuerzo en recursos humanos que atenta contra la economía del negocio.

Espacio y tiempo. La tarea de un dios. De ahí que la chuletilla siguiera años y años ausente de la oferta gastronómica de nuestros bares más castizos, hasta que el benemérito Charro de la Laurel puso tal bocado en el mapa local de pinchos. Con ellos se mudó luego el maestro apodado Pibe a San Agustín, donde cosecha éxitos parecidos. Pero casi hay que parar de contar: la chuletilla adorna que yo sepa la oferta de la enoteca Crixto 14, donde recibe por cierto grandes ovaciones de la clientela. Las asan en un breve patio al fondo del local, suelen salir sabrosas y bien tostadas, se tarifan a precios razonables… Aunque habrá que insistir en lo antedicho: para que la chuletilla se instale como algo más que una curiosidad entre las tapas indígenas se necesita, en efecto, un espacio mayor de lo habitual y cierta predisposición de los dueños del establecimiento a embarcarse en un bocado cuya ejecución fetén lleva su tiempo.

Porque desde luego asar la chuletilla es un rito. Todo un rito. En un hipotético ‘Manual del buen riojano’ debería figurar un capítulo dedicado a este manjar, cuya elaboración propicia esos grandes momentos del cuñadismo regional. Quiere decirse que cuando se inician los preparativos del asado ya surgen los primeros debates: gavilla grande o pequeña. Tal vez mediana. Luego prosigue la liturgia. Siguiente discusión: disposición de las piezas, cuya colocación desemboca por supuesto en otro encendido coloquio que suele resolverse con unos tragos al porrón. Vale también a la bota.

Avanzamos… pero por poco tiempo. De nuevo se encalla el asado en un interminable debate sobre la adecuada temperatura de las brasas y/o si el fuego debe mantenerse vivo o si por el contrario es preferible acercar la parrilla cuando se sofoque para que el humeante rescoldo se encargue de la perfecta puesta a punto de las piezas. Aunque calma, calma. Mucha calma. Un momento: se nos olvidaba ese pulso tan habitual entre partidarios de echar ya entonces la sal o quienes se decantan por arrojarla una vez asadas las chuletillas. Mientras esperamos sentencia, nuevo trago al porrón: opcional, acompañarlo de choricillo, careta o panceta que se han asado en la primera tanda de parrillas para que pase mejor el rico vino de Rioja por el gaznate.

Proseguimos. Vamos dejando atrás ese solemne momento en que se da la vuelta a la parrilla con muñequeo incluido como si el maestro asador fuera un as de la halterofilia (movimiento en tres tiempos, ale hop). El asado va llegando a su fin: malas noticias para los discutidores natos, aunque todavía les queda una bala. La bala de plata, la clave de arco de una buena discusión en torno al fascinante mundo de la chuletilla. ¿Están ya asadas o no lo están todavía? Se acaloran entonces los ánimos, fruto de la cercana combustión de los sarmientos. El maestro asador se quema algún dedo extrayendo de la parrilla un trozo que confirme sus teorías: ya están hechas, claro que sí. Pero tropieza con el gran-momento-cuñado, ese paisano que mientras se va liquidando solito el porrón y entrando en todas las discusiones, siempre reclama una vuelta más a la parrilla. “No están, no están hechas. ¿No ves que no están hechas?” es la frase que surge entonces y que suele generar, ay, una recreación de las dos Españas. Porque el maestro asador peregrina enfadado con su fuente de chuletillas a la mesa donde aguardan los demás comensales y no le importa comérselas crudas antes que reconocer que el otro lleva razón. Y el otro se queda junto a la parrilla, en compañía de algún compinche, que le da la razón mientras se van comiendo las chuletas. Chuletillas calcinadas.

Sí, cualquiera habrá asistido alguna vez a tan emocionante rito. Por esa misma razón es una auténtica pena que los bares logroñeses excluyan de su oferta una función semejante para acompañar la ingesta de chuletillas: chuletillas al sarmiento al estilo del club de la comedia.

P.D. Mencionar la palabra chuletilla en Logroño retrotrae a quienes peinen alguna cana al extinto festival que poblaba de indígenas y forasteros avenida de Colón por San Mateo. Todo un espectáculo. Tan bizarro, que resulta en efecto de otra época. Acabó muriendo, ay, pese a los desvelos del singular maese Basilio, ideólogo de un instante cumbre en el programa festivo que luego se ha intentado resucitar… aunque sin la misma gracia. De aquellos sanmateos habla la foto que encabeza estas líneas: y de cómo el rito chuleteril puede servir para ejercitar una suave ironía logroñesa habla por su parte el video donde con gracia retrechera el gran Alberto Vidal acompañado por la Banaluse Big Band emula al no menos grande Pepe Blanco con una cancioncilla para chuparse los dedos.

Ver Post >