La Rioja
img
Etiquetas de los Posts ‘

Logroño

Bares de altura
Jorge Alacid 10-03-2017 | 8:18 | 0

Bar de la Casa de Granada en Madrid

 

Como cualquiera de mis improbables lectores, yo también he frecuentado bares raros. Entre los más raros, siempre recordaré aquella olvidada cantina que albergaba el hangar del parque móvil de la Policía Armada, al final de Murrieta (frente al viejo Hospital). Un cubículo oscuro donde despachaban los botellines de cerveza más baratos de Logroño, incongruencia que nunca me tomé la molestia de aclarar. Así que si ahora escribo que acabo de conocer uno de los bares más raros (pero raros, raros) de mi vida, yo mismo siento una extrañeza genuina: porque, en efecto, tiene que ser muy raro. Muy pero que muy raro.

Se ubica en Madrid, junto a la plaza de Tirso de Molina. Su primera peculiaridad es el acceso: puesto que se aloja en un edificio de viviendas, el potencial cliente deberá pulsar el timbre del último piso. La puerta se abrirá como suele cuando el portero automático es más automático que de costumbre y se ingresará entonces en el portal, que es un portal como otro cualquiera: gemelo de los propios de todo inmueble construido durante el franquismo. Tan idéntico que el potencial parroquiano seguirá creyendo que se ha equivocado de sitio. Que aquí hay un malentendido, posibilidad corroborada por la cara de extrañeza que pone el (llamémosle) portero de la finca: un jovencito de aire latinoamericano, que atiende gentil y tímido a las visitas aunque no detrás del mostrador preceptivo, sino parapetado tras un pupitre, los buzones a la espalda. El caballero abre mucho los ojos cuando le preguntas por el inverosímil destino de tus andanzas pero resulta que sí: que has acertado. Que en esa casa se aloja un bar. Aunque luego añade más misterio a esta expedición titubeante cuando te señala el ascensor (sólo apto para tres personas, ojo) y te pregunta a su vez: “¿Va al bar o al concierto?”.

Sopla. Resulta que en los últimos pisos de este venerable edificio (Calle del Doctor Cortezo, 17 para quien esté interesado) que conoció días mejores (o tal vez no: tal vez siempre ofreció este mismo aire provisional y pelín destartalado) se duplica la oferta: música en el quinto piso, tragos y bocados en el sexto. Así que nuestros pasos no se equivocan, no. Acaban conduciendo hasta la sede que la Casa de Granada ha elegido en la capital del Reino para atender a los hijos de la ciudad nazarí repartidos por estas callejuelas: porque, por supuesto, la Casa de Granada colgada de esta azotea es también un bar.

Aunque el bar es uno de tantos. Lo cual equivale, ojo, a un elogio: uno de tantos como había antaño, de manera que el camarero te llamará eso de caballero y luego señalará hacia el fondo (donde siempre hay sitio) para que te acomodes y confirmes que sí: que hay vida para los bares allá en las alturas. Un sexto piso no es gran cosa, ya se sabe, comparado con las cumbres que hollan los rascacielos que con tan hortera contumacia se apoderan de Madrid, a los que presumo también adornados de bares en su última planta. Pero como esta es una zona castiza como pocas, no hay otros edificios que le hagan sombra, lo cual tiene sus ventajas: las vistas son desde luego memorables.

Veamos: en primer término, observamos un conjunto de edificios hermanos al nuestro que divisados desde este emplazamiento recuerdan poderosamente el añorado inmueble número 13 de la imaginaria Rúe del Percebe. Entre ellos, por cierto, el que alberga a la CNT: un imponente caserón que comparte vecindario con las exhaustas huestes del Madrid de toda la vida, hoy a punto de ser devoradas por el turista que todos llevamos dentro.

Pero atención: allá al fondo, las luces de la ciudad se difuminan y construyen su propia constelación. Se intuye la carretera de Andalucía, tal vez la de Extremadura… La noche me confunde. Más acá, en primer plano, una multitudinaria doble fila espera a que abra el teatro vecino: no es para menos, adentro aguardan Los Morancos y su fino humor de la Penibética. Es hermoso ver desde aquí a todas esas diminutas figuras sin que se enteren de que están siendo vistos, uno de los principales placeres de estos bares de altura diseminados por medio mundo que sin embargo nunca han cuajado en Logroño.

Uno, en su humilde experiencia, puede presumir de haber visitado unos cuantos garitos afines a esta tipología: los tragos desde el campamento base son más sosos comparados con la posibilidad de acodarte en la barra y contemplar la vida cenitalmente. Son esos bares con deuda de oxígeno de Nueva York y Los Ángeles (y pido perdón por la pedantería), pero también de la más cercana Córdoba, donde me maravillé de las espectaculares vistas sobre el Guadalquivir en un local cuya planta baja se ofrece expedita, al mando de un cancerbero cuya única misión es embutir a la parroquia en el ascensor y remitirlos a abrevar a los pisos superiores.

Pensando en aquellas añoradas expediciones para liquidar un trago de altura me distraigo mientras anoto las bondades de la Casa de Granada, al margen de su atractiva ubicación. Caña estupendamente tirada, como es propio por estos lares, y raciones de tapas andaluzas tarifadas comedidamente: los fans de la tortilla de camarones tienen aquí uno de tantos paraísos para saciar su devoción. Servicio profesional, también muy al estilo madrileño, y lo antedicho: vistas al corazón de la ciudad y su periferia. Pero oscurece del todo y corre algo de biruji madrileño, de modo que toca trayecto de vuelta. Tráfico denso de clientes que vienen y van engullidos en el misterioso ascensor triplaza, saludos al portero barbilampiño y nuevas cavilaciones, preguntas sin respuesta: por qué en Logroño no hay bares de altura.

Con perdón.

 

Torre Ónix, en Logroño

 

P.D. Puesto que me intriga desde hace tiempo la ausencia en Logroño de bares en terrazas, azoteas y similares, cada vez que cruzo ante el edificio que antecede estas líneas me respondo a mí mismo: ése es el sitio. La llamada Torre Ónix, un breve rascacielos que alojó en su planta baja un bar ya abandonado, que tal vez hubiera tenido más éxito de haberse ubicado en el último piso. Es pura elucubración, lo confieso. Se admiten otras ideas, igual de extravagantes. Siempre que estén a la misma altura, por favor.

Ver Post >
Una lágrima por el Suizo
Jorge Alacid 10-02-2017 | 10:51 | 0

Publicidad antigua del Suizo de Haro

 

Que no se moleste nadie, pero si tengo que elegir una cabecera de comarca riojana donde tenga puesta mis complacencias siempre reconoceré mi devoción por Haro, destino de habituales incursiones festivo-hosteleras. Aparcar cerca del coqueto Cid Paternina, curiosear por la carnicería Mendoza (prueben sus morcillas, perdón, delgadillas: imperiales, oiga usted), descender admirándome de la elegante sucesión de edificios finiseculares (dotados de una delicada carpintería propia de orfebres) y detenerme en la plaza de la Paz… Observar entonces su bello templete, la armoniosa porticada, la esbelta torre de Santo Tomás allá al fondo, la prometedora Herradura, el Beethoven, el Chamonix y tantos otros… Y, sobre todo, la posibilidad de maravillarnos porque todavía sobrevive entre nosotros su benemérito Café Suizo, testigo majestuoso de otra época. De otra época, sí: de la época en que su terraza no dejaba que pasara el tiempo y sus veladores del interior rebosaban de un gentío ahora ausente.

Esa otra época en que su barra no ofrecía el lánguido (pero encantador) aspecto que hasta hoy te recibía. Una imagen ya borrosa, difusa. Porque la propiedad del Suizo anuncia su inminente cierre, luego de vaticanas discusiones con la familia al frente del negocio. Y no: yo no me resisto a pensar que volveré a pisar las calles de Haro nuevamente sin la promesa del reconfortante cafelito esperándome en la plaza de la Paz. Una puñalada contra nuestra memoria sentimental, la clase de material intangible con que las ciudades construían su propio imaginario, el archivo emocional que se transmite de generación en generación hasta que, como sucede ahora, queda amputado: el Suizo se despide y Haro no será lo mismo.

¿Qué encontraba entre sus paredes el potencial cliente? Hablo por mí: la confirmación de que una gloriosa parte de nuestro pasado habita entre nosotros. Clientes solitarios calibrando las intenciones del forastero que acaba de ingresar en el bar, bebedores ocasionales y los habituales de la ronda eterna. Cuadrillas de tertulia al estilo riojano (esto es, hablando a gritos) y el cuarteto de guardia despachando la partida de rigor en las mesitas (naipes, creo recordar: si también dominó, lo he olvidado). Camareros diplomados en la universidad de la vida, con más mili que una botella de Kaskol, defendiendo la barra como era norma: un servicio eficaz, sin concesiones. Sin las odiosas familiaridades que hoy se toman los novatos en la profesión.

Adiós a todo eso. De todo eso se despide Haro, un denso capítulo en la biografía de la ciudad al que cada vecino aportará además su propia experiencia. Alguna pareja seguro que inició allí su idilio, será el café adonde el abuelo llevaba a merendar al nieto, que a su vez hoy será ese jubilado que conduce hasta el Suizo a su propia descendencia. Habrá quien note en el bar el vacío que dejó el amigo desaparecido, a quien sin embargo todavía seguirá viendo tal y como lo conoció, y habrá por supuesto quien se quede desamparado, sin saber adónde ir, cuando compruebe que la cancela se cierra y el Suizo pasa a la historia. Ese cliente triste, fané y descangallado, como en el tango: el parroquiano de siempre transformado en parroquiano a la intemperie.

Pero reservemos un tímido espacio para el optimismo. Dicen que una ventana emergente se abre al futuro y que el bar pasará a otras manos cualquier día de estos. Pero uno, como los visitantes del infierno que dibujó Dante, abandona en este terreno cualquier concesión a la esperanza: suele ocurrir que pasan los días y aquel ilusionante anuncio no se materializa nunca. O incluso puede suceder que el bar se reabra, en efecto, pero los nuevos dueños acometan tal reinvención del viejo local que del genuino Suizo luego no queden ni los huesos. Tampoco su alma. Despojados de su aspecto tradicional hemos visto perecer en nombre de la modernidad demasiados bares por Logroño, La Rioja y el resto de España: asusta pensar que similar destino aguarde al querido café de Haro. Que acabe convertido en uno de tantos parques temáticos hosteleros, de falsa decoración vintage, donde sólo triunfe el mal gusto. Y mientras por Haro discuten si son galgos o podencos buscando a quién echar la culpa del cierre, yo reconozco que me da un poco lo mismo: me resigno a derramar una imaginaria lágrima por el café que este lunes dice adiós. Pensando que ojalá sea un hasta luego.

 

Publicidad antigua del Suizo de Haro

 

P.D. La terminología de café suizo, que tanto furor causó en la España del siglo pasado, ya mereció en este cubil alguna entrada a propósito de un libro muy recomendable, obra del benemérito historiador Antonio Bonet, quien aludía al origen misterioso de semejante nomenclatura en su volumen ‘Los cafés históricos’ y atribuía su fundación a dos ciudadanos de origen helvético, llamados Matossi y Franconi, quienes idearon tan gran invento cuando encallaron en Bilbao esperando un navío que les debía llevar a América. No hubo tal: se quedaron en la villa fundada por nuestro paisano Diego de López Haro (Haro, sí: curiosa paradoja), alumbraron un horno para nutrir de bollos a la población, le añadieron poco después un café para acompañar el bocado y crearon así la tipología de café suizo. Quien esté interesado (y se aburra), aquí tiene aquel artículo publicado en el 2013 a propósito precisamente de una excursión a Haro con exploración incluida del Suizo ahora medio difunto. Y le añado un recordatorio: que también Logroño contó con su propio Suizo, en el Espolón, y que en el otro Espolón riojano, el de Santo Domingo, atendió a sus clientes durante largo tiempo el otro Suizo que yo conocí, aquel memorable bar que cayó derrotado por los nuevos tiempos. Como el de Logroño. Como el de Haro.

Ver Post >
¿2017? Nos vemos en los bares
Jorge Alacid 30-12-2016 | 11:30 | 0

Obra de Diego Ortega y Néstor Santo Tomás

 

Cierra el año y este blog le dedica su última entrada: no sé si el 2016 casi difunto se lo merece, pero como todo quien navega por la red (y por la vida analógica) ofrece su particular resumen, Logroño en sus bares no puede ser menos. Sobre todo, porque uno va recibiendo invitaciones a iniciarse en el noble ejercicio de los balances, listas y otras gaitas y, puesto que se debe a su público como cualquier cantante folclórica, acaba aceptando el reto.

Primera invitación. Javier García, seguidor de twitter a quien no tengo el gusto (pero al que envío un saludo), me propone lo siguiente: “Le animo a que elabore un raking de los bares de Logroño. De hoy y de ayer”. Y aunque también me advierte que semejante desafío “es complicado” de ejecutar, le contesto sin pausa. Porque la respuesta es sencilla: me decanto por los que ya no existen. Los que añoro. El Capri, el Continental y el viejo café La Granja. Y agradezco su oferta de crear con estas cavilaciones mías por los bares de confianza lo que el señor García llama ‘El tripalacisor’. Pero tengo que rechazarla: aparte de que el nombrecito propuesto se las trae, necesitaría otra vida para cumplir con semejante cometido.

Segunda invitación. Que tengo que declinar, amablemente. La creación de unos premios en plan ‘Lo mejor del 2016’, como esos discos recopilatorios a mayor gloria del reggaeton y otras calamidades contemporáneas. Me lo sugerían en una barra de confianza hace unos días y tengo que admitir que estuve dándole vueltas al magín. Pero se me ocurría algo tan poco convencional y un pelo gamberro que acabé por descartar la ocurrencia: todavía aspiro a que me sigan admitiendo en mis queridos bares. ¿Que qué me maliciaba? Algo así.

 

Premio Artadi: al bar donde sirvan peor el vino (de Rioja)

Premio Chicote: al camarero más borde.

Premio Salmonela: al bar con peor higiene

Premio Cruzcampo: al bar donde tiren peor la caña

Premio Tío Gilito: al bar donde tarifen más exageradamente

Premio Bar Turismo: al peor bar de Logroño

Como se ve, unos premios sin futuro. No se me ocurre ningún local que cumpliera semejantes requisitos. Preferí por lo tanto aceptar otra oferta que me hice a mí mismo: recopilar las iniciativas registradas a lo largo del año que más ilusión me han hecho como parroquiano y eventual cronista de la vida secreta de los bares logroñeses. En ese apartado, yo confieso: me tiene ganado el corazón la reapertura del Ibiza. Cuyo diseño recoge encendidas alabanzas como algún reproche, lo cual me parece fetén: viva la libertad. Porque mi alegría nace del mismo hecho de que esté abierto. Lo veo recibir a una clientela entusiasmada con la posibilidad de regresar al viejo café donde tan buenos ratos pasaron unas cuantas generaciones de logroñeses y me parece suficiente. Anoto otras aperturas recientes que me han hecho una ilusión semejante (Moderna Tradición, La Despensa del Marqués, Principal de Portales) y recomiendo los paseos genuinos que cualquiera tiene a su alcance: los de siempre, las rutas por los bares del viejo Logroño, o los itinerarios emergentes. Por ejemplo, el que me regalé la otra noche alrededor del parque Gallarza: Barrio Bar (vermú fetén), Serenella (y su tortilla multipremiada) y El Lagar, que me sorprendió gratamente por su cuidada decoración, esmerado servicio y estupenda oferta de tragos y bocados.

Voy acabando, con la vista puesta en el 2017. Registre el improbable lector en su caletre alguna apertura de postín que ya se anuncia. Una cervecería de inminente inauguración en Portales, allá donde acampaba el comercio de Foto Payá, y la resurrección del imprescindible Tahití de República Argentina, largo tiempo en obras pero anunciando ya su regreso a la actividad. Que se unirían en el nuevo mapa de bares a otra prometida recuperación muy cara a Logroño, la del añorado Baden. De modo que concluyo con un brindis. Por la salud de los beneméritos bares de toda la vida, que recibieron la visita de este blog (Soriano, Sebas, Lorenzo, Iturza, La Taranta y una larga y proteica nómina), por la salud de sus parroquianos y, sobre todo, por la de quienes siguen las andanzas de este blog. Que pronto dará cabida a una pieza en torno al eterno Chuchi del Junco (hoy se publica en el suplemento Degusta de Diario LA RIOJA) y que promete nuevas emociones en el año que se avecina. El 2017, donde seguro que volvemos a vernos donde solemos: en los bares.

P.D. Cualquier balance debería incluir un agradecimiento. Desde luego, estas líneas deben leerse como una demostración de gratitud infinita hacia quienes se sitúan al otro lado de la pantalla. Algunos, viejos (con perdón) conocidos; otros recién conocidos, que se manifiestan sólo a través del éter. Todos, en cualquier caso, se reúnen en una cifra: la de miles de seguidores que alguna vez se han asomado a esta ventana sobre Logroño y sus bares. Si alguien tenía alguna curiosidad (yo desde luego la tenía; vanidad, supongo), le dejo como regalo de Reyes la lista de las diez entradas más vistas este año, con un claro ganador: aquel artículo dedicado al cachopo, como se refleja en este dibujito que decora estas líneas, debido al ingenio del maestro Diego Ortega y del benemérito Néstor Santo Tomás. A quien también le doy las gracias.

Ver Post >
Como riojanos vuestros que son
Jorge Alacid 17-06-2016 | 10:41 | 0

Bodega del Riojano, en Santander. Foto publicada por El Diari Montañés

 

Pasatiempo marciano para amigos de los bares que sean naturales y residentes en La Rioja: navegar por google observando el largo cúmulo de referencias dedicadas a glosar cuantos bares llamados El Riojano, Riojano, Rioja o algo parecido encuentra uno a su paso por el éter. Más de 400.000 referencias. Gloria bendita. Sí, ya sé que no es nada científico, sino un paseo virtual que, en mi caso, acompaña al que me concedo cuando visito alguna ciudad y me maravillo ante un letrero donde una nomenclatura semejante me reconcilie con el añorado y perdido universo de las bodeguilla. Una tipología que apenas sobrevive en Logroño y alrededores. Y que, en efecto, lejos de entre nosotros tendía a ser así denominada: con la marca Rioja bien visible.

Se trataba de un tipo de bar que tuvo sentido, sentido pleno por cierto, cuando lo defendían aquellos paisanos que recorrieron España proclamando la buena nueva, que sabía a vino de Rioja. Y para que no hubiera dudas, en efecto bautizaban así sus negocios: Rioja, ya entonces, era sinónimo de vino, bebida por excelencia en aquel tiempo. Años 50, 60 o 70 del pasado siglo: sin la parafernalia actual, oculta en grandes barricas que luego servían de mostradores viajaba aquella mercancía para ser expedida a granel. Se beneficiaban de ella no sólo los chiquiteadores de guardia, sino el vecino de los alrededores: bajaba a la bodeguilla más cercana, aproximaba la botella al garrafón y se marchaba por donde había venido, para acompañar el almuerzo. Con o sin; con o sin gaseosa.

Con el tiempo, ese universo en blanco y negro ha ido mudando. Como tengo por aquí advertido, la propia costumbre del vino sin embotellar ha periclitado, de modo que su consumo ha quedado reducido a incondicionales de tales prácticas… que ya apenas encuentran dónde ejercerla. Por Logroño, donde durante largo tiempo fue una costumbre diaria, apenas quedan espacios consagrados a semejante rito: apunte el improbable lector la bodeguilla que Neira defiende al final de la calle Milicias y casi que debe parar de contar. Como es lógico, los bares que de esta guisa pululaban por Logroño evitaron siempre mencionar en el rótulo eso de El Riojano, La Riojana o cosas por el estilo. En esos casos, era redundante.

Todo lo contrario de cuanto ocurre fuera de nuestras fronteras. Hay mesones, bares y tabernas así llamados por Cádiz, Madrid, Huesca, Marbella, Bilbao… El más célebre de esta familia se aloja en Santander: el Riojano, local emplazado en la céntrica calle Río de la Pila (junto a la plaza Pombo, suculenta zona de garbeo y tapeo), ganó justa fama a lo largo del pasado siglo merced al impulso propinado por su ideólogo, Víctor Merino, riojano en efecto. Nacido en Autol, fallecido prematuramente en accidente de tráfico, Merino construyó en el corazón de la capital cántabra una casa de comidas verdaderamente ejemplar, fruto de la herencia paterna. Aquel primitivo mesón Riojano se transformó durante su dirección en algo distinto al primigenio negocio: un acabadísimo restaurante que demostraba cómo se puede mantener fidelidad a las raíces y, a partir del respeto hacia la herencia familiar, crear algo distinto, de una envergadura mayor. Un Riojano a lo grande.

La foto que ilustra estas líneas, obtenida en el hermano El Diario Montañés, recuerda cómo era aquella Bodega del Riojano de Santander. Una hermosura de foto. Una belleza de establecimiento. Una herencia maravillosa que nadie debería dilapidar. Desde luego, menos que nadie, un riojano

P. D. Moderna Tradición, local de reciente inauguración, situó a su entrada un rosario de depósitos donde presumo que se esconde un jugoso botín en forma de vino de Rioja. Cuando todavía estaba en obras y entré una tarde a curiosear, me intrigó esa sucesión de depósitos. Pensé que se trataba de un guiño hacia el pasado: barricas contemporáneas donde se expide vino a granel por la canilla. Luego, cuando le he visitado unas cuantas veces (con resultados espléndidos, por cierto) he comprobado que tales depósitos parecen más bien formar parte de la decoración. Prometo preguntar, enterarme y divulgar los hallazgos que encuentre.

Ver Post >
A la rica patata frita
Jorge Alacid 12-02-2016 | 8:57 | 7

Ración de patatas fritas gratis en El Flechazo de León

 

Cuando uno era crío solía, como los de su quinta, acostumbrarse con poco, entre otras cosas, porque no había alternativa. La resignación era tendencia nacional: más o menos, todo el mundo se conformaba con casi nada. En materia de bares, por ejemplo, valía con una tostada en La Granja repartida en plan asambleario con el resto de la prole para recompensarnos, bastaba una coca cola compartida en La Rosaleda también entre varios morros, un Cacaolat si era fiesta, pero fiesta grande… La consigna era no importunar a los mayores ni a sus bolsillos, doctrina que juzgo desaparecida: ahora se ha implantado la dictadura infanto-juvenil con aquiescencia generalizada, entre el beneplácito común. Una moda tan extendida, que si cuentas como me dispongo a hacer que hubo un día en que un humilde cucurucho de patatas fritas colmaba tus expectativas parecerá que retrocedo al pleistoceno. Lo cual por cierto es verdad.

Ese añorado cucurucho se servía en la churrería emplazada durante largos años en el tramo inicial de Portales, aunque entonces la calle se llamaba General Mola y era en realidad el tramo final: por aquella época se contaba desde Murrieta. Con ocasión de alguna efeméride, la familia caminaba hasta sus puertas y se procedía al convite anhelado, que en la mayoría de las ocasiones tenía de protagonista al querido churro (y no los habrá probado usted mejores, oiga), pero que en fechas menos señaladas se dedicaba a su hermana menor, la patata frita. Patata frita de churrería, vianda exquisita. Servida en efecto en cucurucho, como los propios churros, que íbamos saboreando como si fuera Beluga de regreso al hogar. Tampoco las he probado mejores. Patatas leves, incandescentes, pero sabrosas, siempre al punto de sal. Patatas fritas que se resquebrajaban al mínimo contacto con la dentadura y formaban un riquísimo puré pajizo, inolvidable. Desde entonces tengo para mí que las patatas fritas constituyen la prueba del nueve de cualquier bar, junto con el estado de sus aseos: si superan ambos requisitos, es que el cliente está en buenas manos.

Lo cual, ay, no suele suceder. Las patatas fritas de churrero pertenecen a otra glaciación, aunque ahora se reediten en formato bolsa: una imitación que sólo en contadas ocasiones recuerda al original. Si traigo a colación este fino manjar tan caro a los bares de nuestra infancia es porque acabo de probar unas de aquellas patatas fritas que me conquistaron de chaval. Bueno, casi: no son las mismas, pero las expedidas bajo la marca Pafritas, casa por cierto de raíz riojana, conservan el aroma y sabor de mi infancia. No tengo el gusto de conocer a sus ideólogos ni más pistas que las proporcionadas mientras me las zampo, aunque, de repente, brotan en cada lineal del supermercado y las  veo ofrecerse en unas cuantas barras de confianza, en distintas encarnaciones. Mi favorita, por si le interesa al improbable lector, llega manchada de pimentón. Un juguetón toque picante que le añade atractivo.

Porque lo habitual es lo contrario. En los muy contados bares logroñeses que se inclinan por obsequiar a la parroquia con algún detalle, es norma que ese obsequio adopte la forma de patata frita. Muchas gracias: visto el paisaje general, poco dado a este tipo de convites, a mí ya me sirve. Pero si además las patatas que se sirven tuvieran alguna gracia, el cliente sería casi feliz del todo. Es usual sin embargo que el platillo donde se ofrecerán las patatas ingrese vacío en un bolsón gigantesco, oculto bajo la barra, y reaparezca lleno de un fruto… Ejem, mejorable. Como si nos diera por masticar una servilleta.

Con lo fácil que sería lo contrario. Hacerse con unas patatas fritas de confianza y regalar una ronda a la clientela. Incluso tengo observado que no resulta tan extraño que el propio bar las manufacture: así ocurre en el maravilloso local llamado muy apropiadamente El Flechazo, a las puertas del Barrio Húmedo de León. Un bar que dispara directamente al corazón de sus parroquianos cuando les invita a generosas raciones elaboradas en la freidora donde suda que te suda el dueño del establecimiento mientras las va alumbrando en su punto, estupendas de sal, diabólicas de picante. Un lujo, como se aprecia en la imagen. Un lujo a nuestro alcance… pero sólo el dichoso día en que nuestros admirados hosteleros se dejen contagiar por estas muestras de magnanimidad y se marquen uno de estos lujos.

Hasta entonces, toca resignarse. Esperar que en la ronda habitual nos encontremos con las mentadas Pafritas o hermanas de semejante calidad para acompañar los tragos o que se eleve el nivel de las que ofrecen de regalo en los bares más hospitalarios. También cabe hacer como servidor cuando iniciaba estas líneas: cerrar los ojos, imaginar Logroño a finales de los años 60 y regresar al calor de la querida churrería de Portales, para saborear de nuevo aquellas patatas fritas memorables. Patatas fritas que saben a infancia.

P.D. La costumbre frecuente en otros pagos de la tapa gratis motivó hace tiempo una entrada en este blog y alguna crítica de hosteleros. Nada tengo contra ellos, como se habrá observado. Más bien al contrario. Hubo también quien opinó que semejante práctica se podía imponer en Logroño y desde entonces observo que poco a poco algunos bares la van implantando. Humildemente. Para mí, suficiente. Porque de momento no aspiro a beneficiarme de la generosidad acreditada por los bares de estas ciudades que recopila este enlace.  Doy fe que en tres de ellas (Granada, Ávila, León) uno se marcha a casa almorzado a base de tapas gratis.

 

Ver Post >