La Rioja
img
Etiquetas de los Posts ‘

Logroño

Lyon, cumpleaños feliz
Jorge Alacid 10-03-2018 | 9:33 | 1

Santi, al frente de su bar. Foto de Juan Marín

 

Como ha ocurrido en ocasiones precedentes, este blog se abre hoy a las aportaciones de una estrella invitada: el querido compañero Martín Schmitt, que comparte desvelos en esta casa que con tanta paciencia nos acoge. Dueño por cierto de su propio itinerario como cliente de tantos bares del barrio de Lobete que también compartidos. Y ahí ha puesto el ojo y afillado la pluma: para reseñar como merece el cumpleaños recién celebrado por una de las referencias de este rincón de Logroño, el Lyon. Así que allá va lo que nos cuenta.

El 9 de marzo de 1983 los hermanos Paulino y Santiago Robres abrían por primera vez la puerta del Lyon, un pub que se ha transformado en taberna con una coqueta decoración pero cuya alma continúa inalterable al paso del tiempo, siempre en el mismo sitio (Jorge Vigón, 55) y atendido desde hace más de dos décadas por el menor de los Robres, familia oriunda de Azofra. Nada menos que 35 años de historia, quizá el establecimiento más longevo de la ciudad que siempre ha estado bajo la misma tutela.

Con Joaquín Sabina, un clásico de la taberna de Lobete, sonando de fondo, el bar se montó en una lonja propiedad de su padre. Paulino, que por entonces tenía 22 años de edad, y Santi, de 19, siempre lo tuvieron claro: “Queríamos que fuese un pub, no un bar de barrio”. Por aquellos años, esta zona de Lobete “estaba muerta”. “Estaba el Pierrot y poco más”, rememora Santi. Con moqueta de la época, los vidrios tintados, elegantes sofás y una generosa barra bien surtida, el establecimiento arrancó con el horario de apertura de pub: a partir de las 15 horas.

Poco a poco, por el lugar empezaron a aflorar distintos establecimientos que hicieron de la zona una referencia en los años ochenta diferenciada de la zona de marcha. Con Manhattans, Brandy Alexander, licores y cócteles sobre la barra, el Lyon comenzó a reunir a una interesante clientela venida de distintas zonas de la ciudad, e incluso a celebrar cotillones de Nochevieja. “Bajaban unas cuadrillas muy majas”, afirma Santi y nombra a distintos empresarios, magistrados, deportistas (muchas plantillas del Logroñés, por ejemplo) y políticos de distintas épocas.

El Isopo, el Cristal, el Montevideo, el Bianco, los Delfines, el Jaque, el Piano… La zona se fue convirtiendo en un barrio de copas que atraía a muchos logroñeses. Fueron los años dorados de esta esquina del este de la capital hasta que se puso de moda la plaza del Mercado y el esplendor dejó paso al declive del barrio, a vivir su peor época. Pero el Lyon tuvo la capacidad y la clientela suficiente para no caer en ese ocaso que no solo destruyó pubs; también se llevó por delante alguna vida.

Paulino, ya por los años noventa, dejó el bar para centrarse en el negocio de los seguros y Santi continuó simultaneando su trabajo en un local de suministros industriales con el pub hasta hace tres años y medio, cuando cumplió medio siglo de vida. El negocio siempre fue una cuestión de familia. Su padre, también llamado Paulino, acudía cada mañana a limpiar. Al fallecer, hace diez años, el relevo lo tomó su madre, Beatriz, que hasta el día de hoy se encarga de dejar impoluto un local que con el paso del tiempo ha sufrido una metamorfosis. De hecho, en el 2011 cambió drásticamente de ‘look’ para transformarse en una coqueta taberna irlandesa.

Pero antes, con la construcción del aparcamiento subterráneo de Jorge Vigón, el barrio se revitalizó. Mucho tuvo que ver la apertura del Drunken Duck en la esquina de Jorge Vigón y Eliseo Pinedo, que empezó a atraer nuevamente a gente de fuera de Lobete. Los ‘camellos’ fueron desapareciendo, las redadas policiales en la zona fueron disminuyendo y aquellos antiguos pubs se transformaron en bares de barrio, como el Rincón de las Tapas, el Vigón, el Sol Nórdico o el Dos Torres. Y la taberna del Lyon como testigo de los continuos vaivenes de Lobete, siempre fiel a su estilo.

 

lyon-combo

 

El nombre del establecimiento fue una casualidad. Querían los Robres un nombre corto para un pub. Y el escogido fue Lyon. Buscaron entonces el escudo de la ciudad gala y le sumaron unas uvas para riojanizar la imagen del pub. Una taberna que en sus inicios proyectaba películas, incluso antes que en los cines, aunque con el paso del tiempo (y con la marcha del negocio de Paulino) el fútbol fue ganando protagonismo. Las moquetas, los sofás de los ochenta y los cócteles dejaron paso a la madera, a las publicidades de taberna, a los adornos de un club de golf inglés, a las copas y la cerveza. Mucha cerveza.

Son muy pocos días los que en estos 35 años de vida ha cerrado sus puertas el Lyon Tavern. Quizá algún partido de su querido Barça al que acudía Santi con amigos o una época en la que estuvo saliendo con una joven dama del barrio, que le reclamaba más allá de las puertas de su local. Pero nunca hubo boda. “Me casé con mi bar, del que me fiaba más”, afirma con una sorna inocente el propietario. Gracia y orgullo, el mismo con el que puede llegar a hablar (no a mostrar) de su camiseta firmada del mismísimo Leo Messi. Un regalo que le dio el jugador del Athletic de Bilbao Óscar de Marcos, que también tiene un ronconcito en donde se le recuerda.

Luego de estos 35 años de vida, Santi tiene innumerables historias, algunas que no puede revelar por “secreto profesional” y otras que ya forman parte del decorado del Lyon, como las visitas casi diarias del extinto Taburete. Sobre su barra se han materializado fichajes del Logroñés, se han creado partidos políticos, se han escrito libros y creado canciones, entre otras mil anécdotas. Después de estas tres décadas y media, su propietario se confiesa “inmensamente feliz”. Santi tiene la clientela que quiere y disfruta de su trabajo como pocos. Seguirán pasando los años y seguramente allí estará el Lyon Tavern, “since 1983”, como reza el rótulo de la entrada, como testigo discreto de la hostelería logroñesa.

P. D. Como bien anota el compañero Martín Schmitt, el Lyon contribuye a forjar una dinámica zona de bares allá al fondo de Jorge Vigón, donde tiene su domicilio quien esto firma. Quien por otro lado reconoce que eso de acudir a los bares que le caen demasiado cerca de casa no goza de su predilección, de modo tiende a desertar tanto del vecino Lyon como de la mayoría de bares arriba incluidos. Porque nos gusta estar en los bares mejor que en casa: y si la casa pilla demasiado cerca, el bar de abajo parece más la prolongación del sofá familiar que una alternativa para nuestro pasatiempo favorito.

Ver Post >
Todos eran mis pinchos
Jorge Alacid 22-02-2018 | 4:56 | 0

Cartel con los pinchos a concurso

 

En el frontispicio de este blog ya quedó el improbable lector avisado: de qué hablamos cuando hablamos de bares. Respuesta: de sentimientos. De la construcción de nuestra identidad, tan asociada al itinerario eterno por nuestras barras predilectas. De emociones coincidentes. Así que todo trago debería contener una generosa dosis emotiva para conquistar de verdad nuestros corazones, igual que cuando atacamos nuestros bocados favoritos. ¿Puede cautivar nuestro espíritu la ingesta de un bocadillo de tortilla? Por supuesto. Sobre todo, si semejante prodigio ocurre en la coyuntura apropiada, rodeado del contexto adecuado. Esa magia. Cuando nos convertimos en parroquianos de nuestros templos de confianza. Cuando el entorno conspira para edificar momentos memorables, que apuntan a la parte sentimental de nuestras vidas: si alguien lo duda, le recomiendo que visite el bar Virginia de Nájera con el ánimo predispuesto a dejarse seducir no tanto por las golosinas que despacha (que también) como por la emoción con que son facturadas.

Emoción. Los miembros del jurado que dilucida el mejor pincho riojano del 2018 nos sentamos en las mesitas del bar para asistir a ese milagro: el milagro de la emoción compartida. La que derrocha la matriarca de todo esto, Conchi, mientras nos va explicando cómo ha preparado esta delicia que se dispone a servirnos: el pincho es suculento, glorioso, pero lo que nos conmueve de verdad es su relato. Porque es un relato emotivo. Le tiemblan las manos, tal vez por el nerviosismo, y a veces titubea, también por culpa de la emoción: lo propio de los seres humanos. De los seres humanos racionales y emotivos.

El cronista ya ha llegado hasta este rincón najerino inclinado a dejarse enamorar por el bar Virginia y por su pincho participante en el concurso, porque algo sabe de todo esto: en las páginas de Diario LA RIOJA se publican con puntualidad ferroviaria las ejemplares peripecias que protagoniza Conchi, a quien apodan Mamá África por la generosa entrega con que atiende en verano a los temporeros que acampan por Nájera. Así que ya sospechamos de entrada que nos encontraremos ante una mujer excepcional, augurio que confirmamos en cuanto acude a nuestra vera con unos platillos donde observamos algo más que alimentos. Mucho más. Se trata de un alimento de otro linaje: alimento espiritual. En términos prosaicos, desde luego es un manjar: un milhojas perfecto de punto, en cuyas capas ha ido infiltrando distintas cremas de enorme sutileza y profundo sabor. Remata el pincho con una portada de papel comestible: no en vano, Conchi llama a su pincho La Voz del Najerilla, denominación donde se condensan varios homenajes. Al papel prensa, al periodista de guardia siempre por esa comarca y a los propios valores que atesoran Nájera y sus alrededores: el conjunto del pincho, nos avisará luego, pretende recrear los fardos de periódicos que aguardan cada mañana a sus potenciales lectores junto al quiosco de confianza. Brillante Conchi, brillante el bar Virginia.

Y brillantes en realidad todos esos hermanos que se disputan este sábado en Riojafórum la corona que pone en juego el ganador del año pasado, certamen que también me reclutó entonces para el bendito encargo de jurado. Reitero mi agradecimiento a la organización y reitero además mi enhorabuena: el concurso está milimétricamente bien planificado, cuenta cada año con más aspirantes (rozando los 70 este año), cubre más o menos todo el territorio (cariñoso tirón de orejas a las cabeceras cuyos bares siguen sin animarse: una pena) y sirve para hacernos una idea cabal de cómo están La Rioja y sus bares. Donde hay de todo, por supuesto, como en cualquier ámbito de la vida, pero al menos entre los concursantes se garantiza aquello que deberíamos dar siempre por supuesto pero que (ay) luego resulta que no es tan frecuente: amor por el oficio.

Todo ese arsenal de virtudes lo detecta uno en el Virginia, pero también en el resto de bares de Nájera que tuve la suerte de recorrer. Sus pinchos podrán conmover más o menos, pero todos aseguran un elevado nivel medio. Sus creadores ponen a prueban su ingenio, calibran lo atinado o intrépido de sus propuestas, las someten al inmejorable método de prueba y error. Cuando llega el tribunal, se afanan en defender a sus criaturas, explican con qué vino las deberíamos maridar, de dónde nace su inspiración. Se maravillan cuando ven los pinchos publicados en el cuadernillo que los recopila o en las páginas de Diario LA RIOJA, que les dedica ancho y generoso espacio. Y se emocionan contándonos satisfechos el esfuerzo final con que sirven ese pincho que nace de sus entrañas y someten al veredicto auténtico: el juicio de la clientela. Que nunca se equivoca, aunque a veces no lleve razón.

He ido observando el mismo comportamiento que aquí detallo no sólo en los bares de Nájera que le tocaron en suerte al grupo de jurados donde me alistó la organización. Las mismas conclusiones extraigo de mi deambular por Santo Domingo, Igea, Calahorra, Pradejón, Pradillo, Sorzano o Logroño. Alto sentido de la dignidad entre los profesionales de cada bar y una generosa dosis de compromiso, con su profesión y con la localidad que les alberga. En algún caso, compromiso mayúsculo, como es norma con los pequeños pueblos donde algunos tienen su sede, esa región interior donde el bar es algo más que un bar: brújula y faro del municipio.

Mientras escribo estas líneas, todavía está pendiente de dictaminarse qué bares se llevarán los mejores premios. Pero este artículo no va de eso. Es una reflexión más panorámica, sin vencedores ni vencidos. Porque según mi veredicto, lamentando de nuevo que no se animen a participar bares de tan entrañables lugares como Alfaro, Ezcaray y algún otro rincón, mi ganador está claro. Ganan La Rioja. Ganan sus bares y ganan quienes los defienden. Y también ganamos quienes les visitamos. Quienes asistimos a la sagrada tradición de salir al indesmayable encuentro con nuestros bares favoritos para que nos atienda, nos den conversación y alivien nuestra hambre y nuestra sed. Para que incluso nos emocionen.

 

Lorenzo, con su pincho. Foto de Justo Rodríguez

 

P.D. Mi admiración por Lorenzo Cañas no cabe en estas líneas. Para corresponder a los altos merecimientos que le adornan, tendría que consagrar un blog para él solito, cosa que el propio Lorenzo descartaría: entre sus virtudes, no es la menor la humildad. Una modestia genuina que hasta hace no tanto tiempo resultaba bastante usual entre nosotros, una actitud muy alejada de estos días en que cualquier medianía de cualquier ámbito reclama la atención del universo mundo para cuanto se le ocurra perpetrar. Naderías, casi siempre. Cañas, todo lo contrario: tiende a huir de la notoriedad, aunque sin gran éxito. Tengo para mí que pocas personas concitan una unanimidad tan coincidente cuando se trata de elegir a un riojano cabal que pudiera representar nuestros mejores atributos. Lorenzo Cañas sería el tipo ideal que los resumiera. Su última y desprendida propuesta se acaba de alumbrar. Con motivo de Fitur, el Ayuntamiento de Logroño pidió a nuestro hombre que ideara un pincho cuyas características resumieran el espíritu (culinario) de la ciudad. Cañas, que ejerce entre sus muchas aficiones como cofrade del pez, lo tuvo claro: unió la sutil línea de puntos (cocina, Logroño, peces) y preparó en consecuencia un pincho llamado Bernabé (la originalidad no es su fuerte). Que recogió generalizados aplausos entre quienes lo cataron y animó al colega Sergio Moreno a peregrinar a La Grajera, detenerse ante los fogones de Cañas y guisar el reportaje que el improbable lector puede catar en este enlace y vislumbrar en esta foto. Y como estas líneas iban de eso, de pinchos, me parece de justicia rematarlas con ese bocado que lleva el nombre del patrón pero a quien yo me permito bautizar a mi bola: el pincho de Lorenzo. Y me marcho: que me tengo que poner mi sombrero para descubrirme ante Cañas.

Ver Post >
Malas noticias: hay ciudades con más bares
Jorge Alacid 16-06-2017 | 7:47 | 3

blog-bares-jorge

 

 

Hay mañanas en que uno se levanta con el cuerpo levantisco. Un 2 de mayo particular. Y como aquel de 1808, mientras repasas las noticias que llueven sobre la pantalla, te dan ganas de emular al célebre alcalde de Móstoles, don Andrés Torrejón, y promulgar la versión propia e indígena de su no menos célebre bando: “La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid a salvarle”. Qué más da que el mentado bando sea aprócrifo y genere serias dudas sobre su autoría. En mi actualización, quedaría más o menos así: “Logroño está en peligro. Sus bares perecen víctimas de la perfidia castellano-leonesa. Riojanos, acudid a salvarle”. Un llamamiento que me brota natural del alma cuando tropiezo con esa información según la cual nuestra amada ciudad se sitúa en un discreto sexto lugar en una clasificación que debería encabezar: el número de bares por habitante. Un reciente sondeo nos ilustra sobre nuestro mejorable desempeño en cuestión tan trascedental: nos superan cinco capitales de provincia, castellano-leonesas la mayoría como se observará en el gráfico adjunto. Enhorabuena a León, ciudad que ha merecido en este blog encedidos elogios por la calidad y encanto de los bares que aloja: lidera la tabla gracias a que dispone de un local por cada 5,03 habitantes. Nada que no pueda superarse.

Pero, de momento, Logroño mira desde muy lejos a la capital del Bernesga: se tiene que conformar con un bar por cada 3,53 vecinos. Un sexto puesto que puede (y debe) mejorarse. Todavía (¡todavía!) pueden abrirse más y más bares, quehacer en que están empeñados unos cuantos empresarios locales de cuyos afanes daremos cuenta un día de éstos. Si prosperan sus iniciativas, al menos podríamos alcanzar una plaza de podio, que ocupan ahora mismo otras dos ciudades de esa misma región vecina: Salamanca (con una ratio de 4,22) y Zamora (que acredita una marca de 4,14). Claro que para sobrepasar a ambas competidoras antes debería rebasar Logroño a otras dos ciudades: Ourense (que dispone de un registro de 4,05 vecinos por cada bar) y Palencia, que luce un promedio de 3,60 y dispara por lo tanto la pregunta que el improbable lector se estará haciendo. ¿Qué pasa por Castilla y León, que tiene a cuatro ciudades entre las cinco primeras? Ya le respondo yo: ni idea.

Y de paso le lanzo un aviso: ojo a los que vienen por detrás. Logroño no debería descuidarse porque aventaja en muy poca distancia a San Sebastián, La Coruña, Granada, Bilbao, Segovia, Valencia, Oviedo, Lugo y Soria: todas ellas con un coeficiente superior al de tres vecinos por cada bar. Lo cual refleja la exuberancia que carateriza al solar patrio y desmiente la singularidad que en otras cuestiones reclaman los españoles alojados en la periferia. Malas noticias para el nacionalismo rampante: no, no somos tan diferentes. Uno viaja por el país sin observar graves divergencias en una cuestión tan decisiva para configurar nuestra identidad: nuestra patria son los bares, así vivamos en Hernani, Agoncillo o Santa Coloma (de Gramanet). Somos miembros de una fraternidad única en el mundo, la constituida por los clientes de los bares predilectos y las barras de ocasión, los locales de guardia abiertos las 24 horas y los establecimientos que visitamos de cuando en cuando. Hay un bar en cada esquina del suelo español: imposible que seamos tan diferentes los unos de los otros. En lo único que nos distinguimos, e incluso esa tendencia está mutando, es respecto a los foráneos. Están locos esos paisanos que no disfrutan como nosotros: se pierden una de las cosas buenas de la vida. La vida en los bares.

Algo que se pierden quienes no viven en un estado tan autoritario como el nuestro, como advertía recientemente el conocido politólogo Pep Guardiola. En realidad, bares los hay por el universo mundo: es decir, un ciudadano de Arkansas, un paisano de Burdeos o un habitante de Nápoles dispone de numerosas alternativas para abrevar en su entorno más próximo. De lo que todos ellos carecen es de esa amplísima panoplia de garitos para regalarse esa actividad tan dichosa: la de ir de bares. Porque no es lo mismo ir que estar. De ahí esa proliferación abismal que caracteriza a las ciudades y pueblos de España, donde se observa una tendencia parecida al margen de los hechos diferenciales, de suyo tan postizos. Los bares hermanan a la España interior con la costera, ignoran las fronteras autonómicas y derraman sus bienes incluso por la tierra interior. Algo se muere en el alma cuando un bar se va: los municipios que los pierden saben de lo que hablo.

P.D. Hablando de pueblos, la información que adjunto en el enlace arriba incluido incorpora un mapa de España por municipios, que arroja como vencedor al pueblo aragones Sallent de Gállego. Ocurre que esta localidad, como las que encabezan esa clasificación, se ubican en zonas de verano, donde la acumulación de bares se desborda y la población habitual, no la flotante, es más bien escasa. De ahí que a menos vecinos, mejor posición en ese listado. Lo cual compruebo que sucede también en La Rioja: Torrecilla, municipio donde la segunda residencia es norma y en verano dispara su censo, registra una ratio de 5,78 vecinos por cada bar. Ezcaray, sin embargo, donde concurren semejantes factores se queda lejos: en 3,38. Menos incluso que Logroño.

Ver Post >
Bares de altura
Jorge Alacid 10-03-2017 | 8:18 | 0

Bar de la Casa de Granada en Madrid

 

Como cualquiera de mis improbables lectores, yo también he frecuentado bares raros. Entre los más raros, siempre recordaré aquella olvidada cantina que albergaba el hangar del parque móvil de la Policía Armada, al final de Murrieta (frente al viejo Hospital). Un cubículo oscuro donde despachaban los botellines de cerveza más baratos de Logroño, incongruencia que nunca me tomé la molestia de aclarar. Así que si ahora escribo que acabo de conocer uno de los bares más raros (pero raros, raros) de mi vida, yo mismo siento una extrañeza genuina: porque, en efecto, tiene que ser muy raro. Muy pero que muy raro.

Se ubica en Madrid, junto a la plaza de Tirso de Molina. Su primera peculiaridad es el acceso: puesto que se aloja en un edificio de viviendas, el potencial cliente deberá pulsar el timbre del último piso. La puerta se abrirá como suele cuando el portero automático es más automático que de costumbre y se ingresará entonces en el portal, que es un portal como otro cualquiera: gemelo de los propios de todo inmueble construido durante el franquismo. Tan idéntico que el potencial parroquiano seguirá creyendo que se ha equivocado de sitio. Que aquí hay un malentendido, posibilidad corroborada por la cara de extrañeza que pone el (llamémosle) portero de la finca: un jovencito de aire latinoamericano, que atiende gentil y tímido a las visitas aunque no detrás del mostrador preceptivo, sino parapetado tras un pupitre, los buzones a la espalda. El caballero abre mucho los ojos cuando le preguntas por el inverosímil destino de tus andanzas pero resulta que sí: que has acertado. Que en esa casa se aloja un bar. Aunque luego añade más misterio a esta expedición titubeante cuando te señala el ascensor (sólo apto para tres personas, ojo) y te pregunta a su vez: “¿Va al bar o al concierto?”.

Sopla. Resulta que en los últimos pisos de este venerable edificio (Calle del Doctor Cortezo, 17 para quien esté interesado) que conoció días mejores (o tal vez no: tal vez siempre ofreció este mismo aire provisional y pelín destartalado) se duplica la oferta: música en el quinto piso, tragos y bocados en el sexto. Así que nuestros pasos no se equivocan, no. Acaban conduciendo hasta la sede que la Casa de Granada ha elegido en la capital del Reino para atender a los hijos de la ciudad nazarí repartidos por estas callejuelas: porque, por supuesto, la Casa de Granada colgada de esta azotea es también un bar.

Aunque el bar es uno de tantos. Lo cual equivale, ojo, a un elogio: uno de tantos como había antaño, de manera que el camarero te llamará eso de caballero y luego señalará hacia el fondo (donde siempre hay sitio) para que te acomodes y confirmes que sí: que hay vida para los bares allá en las alturas. Un sexto piso no es gran cosa, ya se sabe, comparado con las cumbres que hollan los rascacielos que con tan hortera contumacia se apoderan de Madrid, a los que presumo también adornados de bares en su última planta. Pero como esta es una zona castiza como pocas, no hay otros edificios que le hagan sombra, lo cual tiene sus ventajas: las vistas son desde luego memorables.

Veamos: en primer término, observamos un conjunto de edificios hermanos al nuestro que divisados desde este emplazamiento recuerdan poderosamente el añorado inmueble número 13 de la imaginaria Rúe del Percebe. Entre ellos, por cierto, el que alberga a la CNT: un imponente caserón que comparte vecindario con las exhaustas huestes del Madrid de toda la vida, hoy a punto de ser devoradas por el turista que todos llevamos dentro.

Pero atención: allá al fondo, las luces de la ciudad se difuminan y construyen su propia constelación. Se intuye la carretera de Andalucía, tal vez la de Extremadura… La noche me confunde. Más acá, en primer plano, una multitudinaria doble fila espera a que abra el teatro vecino: no es para menos, adentro aguardan Los Morancos y su fino humor de la Penibética. Es hermoso ver desde aquí a todas esas diminutas figuras sin que se enteren de que están siendo vistos, uno de los principales placeres de estos bares de altura diseminados por medio mundo que sin embargo nunca han cuajado en Logroño.

Uno, en su humilde experiencia, puede presumir de haber visitado unos cuantos garitos afines a esta tipología: los tragos desde el campamento base son más sosos comparados con la posibilidad de acodarte en la barra y contemplar la vida cenitalmente. Son esos bares con deuda de oxígeno de Nueva York y Los Ángeles (y pido perdón por la pedantería), pero también de la más cercana Córdoba, donde me maravillé de las espectaculares vistas sobre el Guadalquivir en un local cuya planta baja se ofrece expedita, al mando de un cancerbero cuya única misión es embutir a la parroquia en el ascensor y remitirlos a abrevar a los pisos superiores.

Pensando en aquellas añoradas expediciones para liquidar un trago de altura me distraigo mientras anoto las bondades de la Casa de Granada, al margen de su atractiva ubicación. Caña estupendamente tirada, como es propio por estos lares, y raciones de tapas andaluzas tarifadas comedidamente: los fans de la tortilla de camarones tienen aquí uno de tantos paraísos para saciar su devoción. Servicio profesional, también muy al estilo madrileño, y lo antedicho: vistas al corazón de la ciudad y su periferia. Pero oscurece del todo y corre algo de biruji madrileño, de modo que toca trayecto de vuelta. Tráfico denso de clientes que vienen y van engullidos en el misterioso ascensor triplaza, saludos al portero barbilampiño y nuevas cavilaciones, preguntas sin respuesta: por qué en Logroño no hay bares de altura.

Con perdón.

 

Torre Ónix, en Logroño

 

P.D. Puesto que me intriga desde hace tiempo la ausencia en Logroño de bares en terrazas, azoteas y similares, cada vez que cruzo ante el edificio que antecede estas líneas me respondo a mí mismo: ése es el sitio. La llamada Torre Ónix, un breve rascacielos que alojó en su planta baja un bar ya abandonado, que tal vez hubiera tenido más éxito de haberse ubicado en el último piso. Es pura elucubración, lo confieso. Se admiten otras ideas, igual de extravagantes. Siempre que estén a la misma altura, por favor.

Ver Post >
Una lágrima por el Suizo
Jorge Alacid 10-02-2017 | 10:51 | 0

Publicidad antigua del Suizo de Haro

 

Que no se moleste nadie, pero si tengo que elegir una cabecera de comarca riojana donde tenga puesta mis complacencias siempre reconoceré mi devoción por Haro, destino de habituales incursiones festivo-hosteleras. Aparcar cerca del coqueto Cid Paternina, curiosear por la carnicería Mendoza (prueben sus morcillas, perdón, delgadillas: imperiales, oiga usted), descender admirándome de la elegante sucesión de edificios finiseculares (dotados de una delicada carpintería propia de orfebres) y detenerme en la plaza de la Paz… Observar entonces su bello templete, la armoniosa porticada, la esbelta torre de Santo Tomás allá al fondo, la prometedora Herradura, el Beethoven, el Chamonix y tantos otros… Y, sobre todo, la posibilidad de maravillarnos porque todavía sobrevive entre nosotros su benemérito Café Suizo, testigo majestuoso de otra época. De otra época, sí: de la época en que su terraza no dejaba que pasara el tiempo y sus veladores del interior rebosaban de un gentío ahora ausente.

Esa otra época en que su barra no ofrecía el lánguido (pero encantador) aspecto que hasta hoy te recibía. Una imagen ya borrosa, difusa. Porque la propiedad del Suizo anuncia su inminente cierre, luego de vaticanas discusiones con la familia al frente del negocio. Y no: yo no me resisto a pensar que volveré a pisar las calles de Haro nuevamente sin la promesa del reconfortante cafelito esperándome en la plaza de la Paz. Una puñalada contra nuestra memoria sentimental, la clase de material intangible con que las ciudades construían su propio imaginario, el archivo emocional que se transmite de generación en generación hasta que, como sucede ahora, queda amputado: el Suizo se despide y Haro no será lo mismo.

¿Qué encontraba entre sus paredes el potencial cliente? Hablo por mí: la confirmación de que una gloriosa parte de nuestro pasado habita entre nosotros. Clientes solitarios calibrando las intenciones del forastero que acaba de ingresar en el bar, bebedores ocasionales y los habituales de la ronda eterna. Cuadrillas de tertulia al estilo riojano (esto es, hablando a gritos) y el cuarteto de guardia despachando la partida de rigor en las mesitas (naipes, creo recordar: si también dominó, lo he olvidado). Camareros diplomados en la universidad de la vida, con más mili que una botella de Kaskol, defendiendo la barra como era norma: un servicio eficaz, sin concesiones. Sin las odiosas familiaridades que hoy se toman los novatos en la profesión.

Adiós a todo eso. De todo eso se despide Haro, un denso capítulo en la biografía de la ciudad al que cada vecino aportará además su propia experiencia. Alguna pareja seguro que inició allí su idilio, será el café adonde el abuelo llevaba a merendar al nieto, que a su vez hoy será ese jubilado que conduce hasta el Suizo a su propia descendencia. Habrá quien note en el bar el vacío que dejó el amigo desaparecido, a quien sin embargo todavía seguirá viendo tal y como lo conoció, y habrá por supuesto quien se quede desamparado, sin saber adónde ir, cuando compruebe que la cancela se cierra y el Suizo pasa a la historia. Ese cliente triste, fané y descangallado, como en el tango: el parroquiano de siempre transformado en parroquiano a la intemperie.

Pero reservemos un tímido espacio para el optimismo. Dicen que una ventana emergente se abre al futuro y que el bar pasará a otras manos cualquier día de estos. Pero uno, como los visitantes del infierno que dibujó Dante, abandona en este terreno cualquier concesión a la esperanza: suele ocurrir que pasan los días y aquel ilusionante anuncio no se materializa nunca. O incluso puede suceder que el bar se reabra, en efecto, pero los nuevos dueños acometan tal reinvención del viejo local que del genuino Suizo luego no queden ni los huesos. Tampoco su alma. Despojados de su aspecto tradicional hemos visto perecer en nombre de la modernidad demasiados bares por Logroño, La Rioja y el resto de España: asusta pensar que similar destino aguarde al querido café de Haro. Que acabe convertido en uno de tantos parques temáticos hosteleros, de falsa decoración vintage, donde sólo triunfe el mal gusto. Y mientras por Haro discuten si son galgos o podencos buscando a quién echar la culpa del cierre, yo reconozco que me da un poco lo mismo: me resigno a derramar una imaginaria lágrima por el café que este lunes dice adiós. Pensando que ojalá sea un hasta luego.

 

Publicidad antigua del Suizo de Haro

 

P.D. La terminología de café suizo, que tanto furor causó en la España del siglo pasado, ya mereció en este cubil alguna entrada a propósito de un libro muy recomendable, obra del benemérito historiador Antonio Bonet, quien aludía al origen misterioso de semejante nomenclatura en su volumen ‘Los cafés históricos’ y atribuía su fundación a dos ciudadanos de origen helvético, llamados Matossi y Franconi, quienes idearon tan gran invento cuando encallaron en Bilbao esperando un navío que les debía llevar a América. No hubo tal: se quedaron en la villa fundada por nuestro paisano Diego de López Haro (Haro, sí: curiosa paradoja), alumbraron un horno para nutrir de bollos a la población, le añadieron poco después un café para acompañar el bocado y crearon así la tipología de café suizo. Quien esté interesado (y se aburra), aquí tiene aquel artículo publicado en el 2013 a propósito precisamente de una excursión a Haro con exploración incluida del Suizo ahora medio difunto. Y le añado un recordatorio: que también Logroño contó con su propio Suizo, en el Espolón, y que en el otro Espolón riojano, el de Santo Domingo, atendió a sus clientes durante largo tiempo el otro Suizo que yo conocí, aquel memorable bar que cayó derrotado por los nuevos tiempos. Como el de Logroño. Como el de Haro.

Ver Post >