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Logroño

A la rica patata frita
Jorge Alacid 12-02-2016 | 8:57 | 0

Ración de patatas fritas gratis en El Flechazo de León

 

Cuando uno era crío solía, como los de su quinta, acostumbrarse con poco, entre otras cosas, porque no había alternativa. La resignación era tendencia nacional: más o menos, todo el mundo se conformaba con casi nada. En materia de bares, por ejemplo, valía con una tostada en La Granja repartida en plan asambleario con el resto de la prole para recompensarnos, bastaba una coca cola compartida en La Rosaleda también entre varios morros, un Cacaolat si era fiesta, pero fiesta grande… La consigna era no importunar a los mayores ni a sus bolsillos, doctrina que juzgo desaparecida: ahora se ha implantado la dictadura infanto-juvenil con aquiescencia generalizada, entre el beneplácito común. Una moda tan extendida, que si cuentas como me dispongo a hacer que hubo un día en que un humilde cucurucho de patatas fritas colmaba tus expectativas parecerá que retrocedo al pleistoceno. Lo cual por cierto es verdad.

Ese añorado cucurucho se servía en la churrería emplazada durante largos años en el tramo inicial de Portales, aunque entonces la calle se llamaba General Mola y era en realidad el tramo final: por aquella época se contaba desde Murrieta. Con ocasión de alguna efeméride, la familia caminaba hasta sus puertas y se procedía al convite anhelado, que en la mayoría de las ocasiones tenía de protagonista al querido churro (y no los habrá probado usted mejores, oiga), pero que en fechas menos señaladas se dedicaba a su hermana menor, la patata frita. Patata frita de churrería, vianda exquisita. Servida en efecto en cucurucho, como los propios churros, que íbamos saboreando como si fuera Beluga de regreso al hogar. Tampoco las he probado mejores. Patatas leves, incandescentes, pero sabrosas, siempre al punto de sal. Patatas fritas que se resquebrajaban al mínimo contacto con la dentadura y formaban un riquísimo puré pajizo, inolvidable. Desde entonces tengo para mí que las patatas fritas constituyen la prueba del nueve de cualquier bar, junto con el estado de sus aseos: si superan ambos requisitos, es que el cliente está en buenas manos.

Lo cual, ay, no suele suceder. Las patatas fritas de churrero pertenecen a otra glaciación, aunque ahora se reediten en formato bolsa: una imitación que sólo en contadas ocasiones recuerda al original. Si traigo a colación este fino manjar tan caro a los bares de nuestra infancia es porque acabo de probar unas de aquellas patatas fritas que me conquistaron de chaval. Bueno, casi: no son las mismas, pero las expedidas bajo la marca Pafritas, casa por cierto de raíz riojana, conservan el aroma y sabor de mi infancia. No tengo el gusto de conocer a sus ideólogos ni más pistas que las proporcionadas mientras me las zampo, aunque, de repente, brotan en cada lineal del supermercado y las  veo ofrecerse en unas cuantas barras de confianza, en distintas encarnaciones. Mi favorita, por si le interesa al improbable lector, llega manchada de pimentón. Un juguetón toque picante que le añade atractivo.

Porque lo habitual es lo contrario. En los muy contados bares logroñeses que se inclinan por obsequiar a la parroquia con algún detalle, es norma que ese obsequio adopte la forma de patata frita. Muchas gracias: visto el paisaje general, poco dado a este tipo de convites, a mí ya me sirve. Pero si además las patatas que se sirven tuvieran alguna gracia, el cliente sería casi feliz del todo. Es usual sin embargo que el platillo donde se ofrecerán las patatas ingrese vacío en un bolsón gigantesco, oculto bajo la barra, y reaparezca lleno de un fruto… Ejem, mejorable. Como si nos diera por masticar una servilleta.

Con lo fácil que sería lo contrario. Hacerse con unas patatas fritas de confianza y regalar una ronda a la clientela. Incluso tengo observado que no resulta tan extraño que el propio bar las manufacture: así ocurre en el maravilloso local llamado muy apropiadamente El Flechazo, a las puertas del Barrio Húmedo de León. Un bar que dispara directamente al corazón de sus parroquianos cuando les invita a generosas raciones elaboradas en la freidora donde suda que te suda el dueño del establecimiento mientras las va alumbrando en su punto, estupendas de sal, diabólicas de picante. Un lujo, como se aprecia en la imagen. Un lujo a nuestro alcance… pero sólo el dichoso día en que nuestros admirados hosteleros se dejen contagiar por estas muestras de magnanimidad y se marquen uno de estos lujos.

Hasta entonces, toca resignarse. Esperar que en la ronda habitual nos encontremos con las mentadas Pafritas o hermanas de semejante calidad para acompañar los tragos o que se eleve el nivel de las que ofrecen de regalo en los bares más hospitalarios. También cabe hacer como servidor cuando iniciaba estas líneas: cerrar los ojos, imaginar Logroño a finales de los años 60 y regresar al calor de la querida churrería de Portales, para saborear de nuevo aquellas patatas fritas memorables. Patatas fritas que saben a infancia.

P.D. La costumbre frecuente en otros pagos de la tapa gratis motivó hace tiempo una entrada en este blog y alguna crítica de hosteleros. Nada tengo contra ellos, como se habrá observado. Más bien al contrario. Hubo también quien opinó que semejante práctica se podía imponer en Logroño y desde entonces observo que poco a poco algunos bares la van implantando. Humildemente. Para mí, suficiente. Porque de momento no aspiro a beneficiarme de la generosidad acreditada por los bares de estas ciudades que recopila este enlace.  Doy fe que en tres de ellas (Granada, Ávila, León) uno se marcha a casa almorzado a base de tapas gratis.

 

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Nuestro hombre en la barra: Colo Cortés, centinela de la calle Bretón
Jorge Alacid 30-01-2016 | 10:52 | 2

Colo Cortés, en una imagen antigua, en el Bretón

 

Centinela de la calle Bretón de Logroño, Colo Cortés y su café ejercen de faro de esa arteria principal de Logroño, cuya barra célebre pilota, así en su anterior ubicación como en su actual sede. A su condición de tabernero a la antigua (es decir, ese tipo de camarero que conoce por su nombre al parroquiano conspicuo y goza de visión periférica para atender con un ojo la terraza exterior, con el otro la barra indoor y con el sexto sentido, los veladores del piso superior), el profesional apodado Colo agrega su faceta como mecenas de la cultura local.

Así que larga vida al Bretón y larga vida por lo tanto a Colo, quien confiesa que ingresó en la cofradía de los bares hace 29 años. «Fue algo fortuito», admite. «En realidad, el Bretón lo montó el exmarido de mi mujer cuando ya llevaban dos años separados», prosigue. Y añade: «Le ayudamos en muchas cosas y le presentamos a su socio, pero luego tuvieron algunos problemillas entre ellos y nosotros lo solucionamos entrando de socios» del negocio. Era el 1 de enero de 1987. «Sin ninguna experiencia, Isabel y yo», rememora Cortés, «cogimos los mandos de la cafetera y la bandeja de servir mesas. Y hasta ahora».

Pasa el tiempo. El Bretón ve consolidarse su fama como referencia local, galvaniza a su alrededor a una pléyade de incondicionales que le reservan su más cálida lealtad y va navegando hasta hoy. «Siempre he sido propietario del negocio», recuerda Colo. «Primero, del propio Bretón, y luego, ya en 1998, del Tortilla Flat, actual Maltés, y dos años después, del Odeón». Desde hace dos años, a esa breve cartera de bares incorpora el Maravillas, también en la misma calle Bretón.

¿El secreto de tan feliz y ya longeva trayectoria? Colo lo tiene claro. El Bretón, alega, ha sido leal al ideal que pretendía implantar cuando tomó sus riendas.«Mantener en lo posible esa forma de trabajar de la hostelería de servicio rápido y agradable, un tipo de bar donde el cliente se sienta como en casa». Con los inconvenientes sobrevenidos, por supuesto, consustanciales al sector y propios de quien se toma el oficio con sentido de la profesionalidad. «La burbuja inmobiliaria», subraya, «afectó a la hostelería como a otros sectores». Con una particularidad:que los jóvenes ya no querían ser camareros, sino que preferían trabajar en la construcción «porque se ganaba más dinero». En conclusión, malas noticias para visitar los bares de confianza. «Sí, fueron años en que la profesión se resintió, tanto en la formación de los camareros como en los intereses de los empresarios». Años de plomo para la hostelería, cuando se convirtió en perversa tendencia la idea de «montar bares para luego traspasarlos». Una moda que repercutió de mala manera, en forma de alquileres cada vez más caros, traspasos a precios astronómicos y, en definitiva, con la entronización de un modelo de gestión que primaba «explotar la novedad al máximo en contraposición al empresario convencional, para quien su negocio debía tener largo recorrido», bares «con ambición de durar muchos años», como advierte Colo. Bares que se arriesgan a ser pulverizados por los que optan por durar poco y ganar dinero en escaso tiempo.

¿Aquellos años se fueron? Tal vez. El improbable lector no debe albergar grandes esperanzas de que mute el signo de los tiempos y en consecuencia los bares vuelvan a ser lo que fueron. Le quedará no obstante al cliente leal a su bar favorito alguna certeza, como la que dispara el ideólogo del Bretón: que en todos sitios de España, avisa, «hay buena hostelería y hostelería de batalla». La admisión de que, en efecto, «Logroño tiene sus calles de pinchos, pero otros lugares de España también». La certeza, en definitiva, de que «las grandes ciudades han perdido más» en materia de bares.
Concluye Colo sus cavilaciones aceptando una propuesta: que se imagine fuera del bar. Que piense en su propia experiencia como cliente. ¿Qué bar logroñés elegiría? Respuesta:«Solía ir al Junco de mi amigo Jesús hasta que falleció». Así que ahora barre para casa: cuando no acude al Tastavin de la calle San Juan, se inclina por el Dover. ¿Razón? «Es de mis hijos».

P.D. Con este artículo inauguro una sección en papel que se podrá leer cada último sábado de mes en las páginas del suplemento Degusta que publica Diario LA RIOJA. Ahí nos veremos. Ahí, y donde siempre: en los bares.

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El mejor bar del mundo
Jorge Alacid 02-01-2016 | 11:09 | 0

Bar Savoia, en la localidad italiana de Amalfi

 

Muere el año, llegan las listas: tradición navideña que este blog no puede ignorar. Aunque será una lista heteredoxa: en la búsqueda del mejor bar del mundo, procuraremos no salir de Logroño. Porque esa clasificación que cada año elabora no sé quién (y elige en el primer puesto al bar Artesian, de Londres: no tengo el gusto) suele tener en cuenta aspectos que (me parece) nada tienen que ver en que este bar y no otro nos lleguen al corazón o nos dejen indiferentes. Se suele valorar dos aspectos que a mí me dejan frío: las elevadas tarifas concentradas en su lista de precios y ese tipo de lujos contemporáneos que quienes hemos sido educados en el añorado y confortable universo de cabezas de gamba y serrín en el suelo ignoramos con educada gentileza.

Así que olvidando lo que cuenten los gurús de este negocio, aporto mi propia lista. La suma de todas entradas debería formar el mejor bar del mundo, pero tampoco de eso estoy muy seguro: a veces el orden de los factores altera el producto final. Porque falta lo esencial: falta la magia. Y ese es un componente intangible que suele aparecer cuando no se le convoca… aunque yo no dejo de llamar a su puerta. Porque pienso de verdad que el mejor bar del mundo debería tener:

La barra de La Granja. Hermosa curva que dispara nuestros recuerdos al territorio de la nostalgia. Yo era un crío que se pedía una tostada con mantequilla, manjar consumido en el silloncito situado a la entrada, bajo la imperial escalera. Vale también la barra del Ibiza. Abstenerse los amantes del bar low cost.

La terraza del Tívoli. Veríamos aparecer a Maisi bandeja en ristre, lentísimo: procurando que la cerveza llegara siempre caliente. Y resucitaría Anita con sus pipas horneadas en la locomotora de juguete. Tratantes de ganado, abstenerse.

El camarero Santos. Regresamos a La Granja para homenajear a los camareros de antigua estirpe, profundos conocedores del oficio. Serviciales pero no serviles, discretos pero no olvidadizos: ese tipo de camarero que te despacha lo que tú quieres sin necesidad de pedirlo. Abstenerse tiquismiquis.

La gramola del Tigre. En el mejor bar del mundo sólo suena la música que tú quieres: algo demasiado importante para dejarlo en manos de los dueños. Sonarían los Rolling y Adriano Celentano, Paolo Conte y Las Grecas, Antonio Machín y Marvin Gaye, Los Amaya y Los Ángeles, Tom Jones y Suzy Quatro. Horteras, abstenerse.

Los pinchos del Pachuca. Honor a quien creó el universo de la tapa antes de que el concepto tapa existiera. Gloria por lo tanto al inventor del tentempié, concepto fetén y cañí al que tanto debe nuestro corazón tan logroñés: los calamares del Moderno, los ajos del Florida, las ensaladas del Soldado, los champis del Soriano y la tortilla del Sebas. Abstenerse finolis.

Los vinos del Turismo. Tinto con paracaidas, por favor. Y salvar el lumpen de la entrada, ignorar a la clientela bizarra apoltronada en las mesas de formica, la condescendencia del camarero de guardia, alguna lumi abandonada en una esquina de la barra. El mejor vino del mundo te tiene que dejar los labios desbordando melancolía. Brigadistas del ejército de salvación, abstenerse

Las copas del Saxo. Suenan los Smith por la megafonía y todo es perfecto: la compañía, sobre todo. Abstenerse fans de Pink Floyd. Y de ahí al Abraxas.

El espíritu de Cantabria. Y su bar, y el bar de la Hípica, las excursiones a La Pepa, el Joto y Los tres marqueses (ojo: en su anterior encarnación), y Las Losas de Oyón, y los huevos duros del Iturza, las cazuelitas del Cuatro Calles y la bodeguita Montiel, la infinita barra del Continental, la clase de Las Cañas, todas las declinaciones del Bretón, el alma resurrecta del Ibiza y la interminable cristalera del fenecido Capri por donde veíamos anochecer, en todos los sentidos. Forasteros, abstenerse.

P.D. La imagen que ilustra estas líneas pertenece al bar Savoia de Amalfi, donde recalé este verano. Me pareció que condensaba el encanto que uno busca en sus bares predilectos. Humildad pero grandeza, sabiduría y contención. Mucho estilo, incluyendo camareros insomnes apalancados en la puerta rascándose la cabeza, reluciente el mandil. De modo que me desmiento a mí mismo y decido viajar fuera de Logroño: el mejor bar del mundo debería incluir toda esa mentada lista de elementos logroñeses, depositarlos luego en el Savoia amalfitano y lanzar los dados para ver si surge la magia reclamada, con el Mediterráneo al fondo. Ese bar sí que sería perfecto.

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A las cinco en Chevalier (Relato corto)
Jorge Alacid 12-09-2015 | 9:59 | 4

Chevalier

 

El amigo César Cantabrana se dirigió al guardián de este blog meses atrás, animado a compartir aquí sus reflexiones a partir de una mención entonces reciente al bar Chevalier, garito ubicado en avenida de Colón allá en el Pleistoceno. Como me encantó lo que escribió, le propuse publicarlo aquí, cosa que aceptó encantado. Así que allá va, con mi agradecimiento. Seguro que quienes lo lean disfrutan tanto como yo. Sobre todo, si conocieron el Chevalier en su época de mayor esplendor.

“Entraron los cuatro amigos riéndose a carcajadas, dándose empujones como los borricos, vamos como cada sábado por la tarde en la que, después de ver la serie Heidi, quedaban a las 5 en punto en la puerta del Chevalier. Nadie entraba hasta que el último amigo llegaba para pasar todos juntos una divertida tarde de sábado. El Chevalier era una cafetería que se inauguró algunos años antes con muchas pretensiones y que, pasado el tiempo, no había sido capaz de cuajar entre la gente mayor y bien de Logroño que seguía prefiriendo los viejos establecimientos instalados en el Espolón como el Ibiza, el Ringo o el Noche y Día, en la calle Sagasta La Granja, el mítico Los Leones en Portales o las nuevas propuestas abiertas en Gran Vía o en Avenida de Portugal como el Alevi o el Llacolén.

Avenida de Colón no había sido una buena elección. Pero lo que los dueños no habían previsto es que iba a ser tomada, literalmente, por bandadas de adolescentes del colegio de enfrente. Aunque mayoritariamente la grey era de los hermanos Maristas, rápidamente se incorporaron al local las cuadrillitas de niñas de colegios próximos y algunos chavales de Escolapios y otras bandas rivales de los temidos Jesuitas. El orgullo de pertenencia a un grupo estudiantil, la rivalidad deportiva, la presencia de jóvenes pollitas y los ardores guerreros propios de adolescentes hormonados hacían del Chevalier, en aquel sábado del 77, un polvorín apunto de estallar. Pero no. Por aquel entonces, los chicos de colegio bien dirimían sus conflictos no en peleas tabernarias si no sobre la arena o el barro de los campos de fútbol donde podían clavarse a placer los tacos en las espinillas o gemelos, darse unos buenos codazos en la cara o un buen rodillazo en la rabadilla. Estaba permitido: estaban jugando al fútbol y por aquel entonces la masa de enfebrecidos padres aún no habían llegado a los campos del anexo de Las Gaunas, a los del Loyola, Balsamaiso, Berceo, Atlético Riojano, La Unión en el barrio de Ballesteros, Villegas o el del Yagüe, cuyo equipo estaba formado por los más temidos camorros de Logroño. Era su guerra y allí, en el rectángulo de juego, cada mañana de domingo ardía el hacha. Luego, una pasada por la enfermería, la ducha y a casa cojeando, pero satisfechos.

Los amigos, que hacía poco habían cumplido los 16, pidieron la cerveza con gaseosa de rigor y se sentaron en su mesa. Porque tenían la mesa del rincón del fondo, al lado de la máquina Juke Box, en propiedad. Era una cuadrilla curiosa y un poco a contracorriente formada por un marista, un jesuita y dos hermanos que vivían desde hacía ya algún tiempo en Pamplona pero que no dejaban de volver a Logroño cada viernes después terminar sus labores escolares en el colegio claretiano. Esa cuadrilla era la más guapa, la más chula, la más lista y la más fuerte. O eso les parecía a ellos. Los cuatro eran amigos desde que abrieron los ojos ya que tres de ellos en tercera generación, ya que sus padres y abuelos también lo eran. En aquel tiempo, en una pequeña ciudad de provincias, no resultaba raro. Y eran amigos a muerte, con todas sus consecuencias. Desde el punto de la mañana hasta las diez de la noche, en que tenían que volver obligatoriamente a sus casas, estaban juntos. Se les veía pasear por Logroño con las sempiternas bolsas de deporte Adidas Munich 72 ya que entre la gimnasia del colegio, el fútbol en el Logroñés Junior con sus entrenamientos, ligas y torneos, la bicicleta, tenis, natación y piraguas en la Hípica no había día al año que las dejaran descansar.

Los sábados por la tarde quedaban muy prontito y se iban a motear por el camino viejo de Lardero hasta el monte La Pila donde apartados de miradas indiscretas encendían unos celtas cortos y sin boquilla. De vuelta a casa, a cambiarse y al Chevalier donde ya estaría el grupito de chavalas con las luego darían unas vueltas por el ‘tontódromo’ oficial de la ciudad, marcándose delante de las pandillas rivales. El ruido del Chevalier era a todas horas ensordecedor, las risas, los gritos, las llamadas de mesa a mesa.. Tan solo alguna vez la ruidos muchachada, como por encantamiento, se callaba para escuchar la música que salía de la juke box. La vieja máquina de discos del Chevalier era uno de los últimos ejemplares que aún quedaban en los bares de Logroño. Aún se podía encontrar a alguno de esos dinosaurios musicales como en el bar Bambi y en el Torrecilla de la Laurel. Máquinas que todavía cumplían su labor y que por un pavo los tipos más duritos podían escuchar el Hurricane de Bob Dylan o el I´m you de Peter Frampton y las chicas más románticas el Linda de Miguel Bosé o El jardín prohibido del empalagoso Sandro Giacobbe.

Eran tiempos de cambio, el anciano general había muerto hacía muy poco pero ya se podían escuchar los ritmos frenéticos del after punk de los Ramones o el propio punk, que los más adelantados traían, o hacían traer de las misteriosas islas británicas, vinilos calentitos de grupos de los más raro, como los Smiths. Tiempos de transición musical en los que convivían Manolo Escobar con su Que viva España y los Sex Pistols con su God save the Queen. Los cuatro amigos apostaban decididamente por la música americana de los Chicago, Boston, Supertramp, Simon&Garfunkel, Pink Floyd y, por supuesto, los Eagles, modernos donde los hubiera. En sus míticos guateques a oscuras en la bodega de la calle Mayor era lo que se escuchaba los domingos de 5 a 8.

El Chevalier servía como base de operaciones donde las amistades y los primeros amores se fraguaban en las atestadas mesas entre montones de cáscaras de pipas, ceniceros llenos de colillas y vasos vacíos de Coca Cola. La tarde salía barata en el Chevalier, unas 20 pelas a escote, 15 más en la obligada salida al Nico a jugar al futbolín y algunas pesetillas extra si comprabas algunos ducados por unidades. Tardes en las que muchas parejitas salieron de la mano pensando que su amor duraría toda la vida y casi todas no llegaron ni al final del curso. En esos tiempos las parejas las juntaban los amigos, es decir, a un chico le gustaba una chica de la cuadrilla de niñas de la mesa de enfrente, se designaba un portavoz que hacía las labores de celestino con una de las amigas de la novia, generalmente la más fea porque hacía con sus amigas las labores de consejera o madre. Ésta pasaba el recado a la interesada que veía en la mesa de enfrente al pollo colorado como un tomate y decidía que sí o que no, entre las risas histéricas y codazos de sus amigas. Si la respuesta era positiva, ya podían empezar a salir agarrados del Chevalier con su recién conseguido status de novios oficiales.

Así pasaba una generación, la mía, la vida en aquellos años adolescentes de finales de los felices años 70 cuando todo era pura emoción, alegría, risa, primeros cigarrillos y la música de vinilo en las inolvidables tardes de sábado que empezaban, obligatoriamente, a las 5 en Chevalier”.

Fin
Junio 2015

A la memoria de Richard y Alvarito, dos de los cuatro magníficos, que subieron al cielo antes de tiempo.

P.D. Reitero mi agradecimiento a César, fiel seguidor de este blog. Y animo a quien quiera seguir su ejemplo a, si lo desea, ponerse en contacto con servidor y enriquecer este blog que no sería nada, literalmente nada, sin la generosa colaboración de sus improbables lectores.

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Réquiem por Las Escalerillas
Jorge Alacid 04-09-2015 | 10:01 | 0

Aspecto que presenta el antiguo edificio de Las Escalerillas.

 

Cuando este blog inició su andadura, aproveché para proclamar mi devoción incondicional por el desaparecido bar Pachuca, cuya imagen me sirve como emblema (foto cortesía de Justo Rodríguez). El Pachuca era un bar alojado en Marqués de Vallejo como podrá observar cualquier logroñés que descienda hacia Portales y detecte su elegante rótulo saludando entre Ollerías y Hermanos Moroy. Un bar que me tuvo de cliente de muy niño. Tan de niño que mis recuerdos son más bien vagas fantasías, inconcretas. Se trata en consecuencia no tanto de un bar como de un Grial, un ensueño al que agarrarse cuando repasas tu historia sentimental de bebedor de fondo y compruebas que pasan los años. Y que cuando despiertas, el Pachuca sigue ahí.

Señalé entonces al Pachuca como el bar que yo abriría en Logroño si un día los astros se aliaran para permitirme semejante ocurrencia. Ahora añado otra, de parecido destino: irrealizable, me temo. Recientes expediciones nacionales e internacionales me invitan a concluir que hay un tipo de bar que merece su propia resurrección, porque engarza con una línea de garitos que menudean lejos de nosotros, a los que Logroño ha ido renunciando. Otro local al que conceder una nueva vida: Las Escalerillas. Garito castizo y fetén, bizarro como ninguno, pereció hace ya unos cuantos años aunque preservó durante un tiempo la fachada intacta, como ofreciéndose para una improbable reapertura que nunca llegará. Porque si su cierre tuvo algo de tragedia logroñesa, el fatal desenlace que aguardaba a la vuelta de la piqueta tiene toda la pinta de ser una enfermedad. Grave, mortal. La enfermedad que se llevará de nuestro equipaje emocional el Logroño inmemorial a medida que sus vecinos vayamos tolerando desaguisados semejantes.

 

Vista del desaparecido inmueble desde la calle Carnicerías

 

Porque la piqueta, en efecto, arrasó con el edificio donde se alojaba el peculiar asador de cuyos fogones salieron algunos de los mejores corderos nacidos para ser sacrificados en Logroño. Otro tanto sucedía con un bocado célebre en mi mocedad, que yo adoraba aunque ahora admito que genere más bien… ¿Asco? Tal vez. Me refiero a las cabecillas, jugosas viandas que me tuvieron entre sus más fanáticos degustadores y que han ido retrocediendo en nombre de la cocina políticamente correcta. Cabecillas en Las Escalerillas, local muy adecuadamente bautizado porque se emplazaba precisamente en ese tramo de Carnicerías que ingresa en la plaza del Mercado peldaños mediante y que conoció sus mejores años en los años 70. Mesas corridas, manteles a cuadros y una oferta gastronómica que apostaba por el monocultivo de carne asada, piezas que salían perfectas de punto, excelsa gloria para los paladares. Ensaladas de lechuga, cebolla y aceitunas completaban el festín. Una cocina auténtica, virgen, pura. Una cocina que ya no volverá.

 

Interior de la antigua casa de comidas

 

Y  sin embargo… Sin embargo, quien esto firma observa que locales de semejante índole sobreviven con muy buena pinta fuera de Logroño y piensa por lo tanto que si el dios de la hostelería logroñesa le concediera un día un segundo deseo, luego de reabrir el Pachuca para servir de nuevo sus pachuquitas, uno elegiría sin duda Las Escalerillas como el local que volvería a poner en marcha. Olvidaría la mejorable presencia que ofrecía en sus últimos días y recuperaría su espíritu, tan cañí. Derramaría otra vez magia desde sus fogones, despachando sólo corderos, cabritos y cabecillas, qué pasa. Mantendría la liturgia de las ensaladas sucintas y encargaría renovados manteles de cuadros. Conservaría desde luego los bancos corridos, ejemplar modo de atacar la ingesta de calorías que en otros pagos cuenta con una fanática feligresía. Procuraría, por supuesto, modernizar la gestión de higiene y limpieza a costa de perder autenticidad (qué le vamos a hacer). Y enseñaría que otros bares son posibles: son los bares de antes. Los bares de siempre, merecedores como sus clientes de una vida mejor.

 

Degustando cordero en Las Escalerillas

 

P.D. Un par de las fotos que acompañan este post recuerda los últimos días de Las Escalerillas y otro par refleja cómo la incuria municipal permitió, como suele ser norma en Logroño, el derribo del edificio en cuyos bajos se albergaba Las Escalerillas. Un desdén sólo equiparable al desinterés también municipal cuando pasado el tiempo se comprueba que ese agujero se mantiene intacto en el corazón de Logroño. Es también equiparable al pasotimos vecinal, que tolera como también es norma entre los logroñeses esa fea fachada desdentada cuya sola visión causa grima y desazón. Así que el sueño de recuperar Las Escalerillas con que retomo este blog luego del descanso agosteño deberá esperar a que antes se haga realidad otro sueño, otra fantasía: que los bárbaros que fomentan tales estropicios deserten de la manía que le han cogido a Logroño. Y que dejen de maltratarnos a los logroñeses.

 

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