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Logroño

Que viene Gallarza
Jorge Alacid 03-10-2014 | 4:13 | 0

Hermosa vista de la calle Gallarza. Foto de Juan Marín

Ahora que reabre el Tívoli, parece llegada la hora de recordar que aunque siempre fue un bar incluido dentro de la ronda habitual por la Laurel, en realidad es en González Gallarza donde se cobija. Otra cosa es que, en efecto, se ofreciera como entrada, fielato y cabeza de puente para organizar el peregrinaje por la calle logroñesa más citada en este blog: el Tívoli se incorporó desde antaño en nuestro imaginario a la Laurel y vaya usted ahora a sostener lo contrario, frente a la evidencia de que su puerta principal daba como se ha comentado a Gallarza y el otro acceso, en pleno chaflán hacia Bretón de los Herreros. Ocurría, supongo, que la fama de la Laurel ejercía como un imán que atrapaba a los bares adscritos a su alrededor, cosa que sigue sucediendo: como hemos visto en otras entradas, hasta los bares de la vecina San Agustín forman parte de la asociación de la calle Laurel. Cualquier logroñés lo puede entender: nuestros trasiegos no siempre coinciden con el nomenclátor municipal.

Que el Tívoli se viera como un hito más en el itinerario de la Laurel obedecía también, supongo, a que en realidad la calle Gallarza, pese a ubicarse en el mismo ombligo logroñés, carece misteriosamente de atractivo para los bares. Mencione usted, improbable lector, algún local que recuerde en esta calle: yo casi desisto. Salvado sea el Niza, que también mereció nuestras atenciones tiempo atrás, y ese indeciso Tívoli que siempre pareció habitar en otra calle, hasta que Abadía abrió La Casa de los Quesos en la esquina donde se alzaba la barra del Carabanchel y desde hace unos meses también empezó a despachar vinos, la historia de esta calle se limita a ese exiguo racimo de bares. Lo cual me intriga y a la vez me permite vislumbrar un prometedor porvenir a muy corto plazo: bastaría con que algún intrépido hostelero se animara y añadiera su propio negocio al rosario que se inicia (repetimos) en el Tívoli, prosigue con ese paso de paloma que significan la Taberna del Tío Blas y La Tavina, alojados ambos en la esquina con Laurel; continúa con el mentado Niza y concluye (de momento) con el establecimiento de Abadía, con la duda de si admitimos el Noche y Día que hace esquina con Portales. Es sencillo imaginar que toda la mano izquierda según se viaja hacia la calle Portales admite nuevos usos hosteleros para los bajos allí ubicados; igual ocurre con los emplazados a la derecha nada más superar Hermanos Moroy.

Es un sueño y ya se sabe que soñar es gratis. Pero ingresados en el territorio de la utopía, cabe idear también un destino nuevo para González Gallarza que actualice la entrañable plaza de Abastos: esto es, incorporarla al circuito de bares según el exitoso modelo implantado en otras ciudades. Serviría de paso para insuflar algo de actividad a un mercado que llevo muy dentro del corazón (allá vendía los productos de la huerta familiar mi abuela Felisa) y que fue para muchos logroñeses de mi generación y de otras vecinas nuestro particular Corte Inglés. Desde hace demasiado tiempo, el mercado languidece. Cada ocurrencia municipal ha sido sólo eso: una ocurrencia que nunca trajo tiempos mejores. Más bien al contrario: tal vez sería mejor pedir a cada Corporación que se limitara a dejar la plaza tal y como la encontró…

Dicho lo cual, aprovechar sus coquetos espacios y su privilegiada sede en el Logroño de siempre parece una asignatura que casa bien con el mundo de la hostelería. Saborear un Rioja mientras alguna mano amiga allega desde Varea una ensalada de tomate o refrescar el gaznate acompañando el trago con alguno de los preciados embutidos que por allí se despachan… Encontrar sitio para una tertulia presidida por los vinos de la tierra, otorgar en definitiva una nueva vida a uno de los mejores edificios civiles de que dispone la ciudad y reanimar las calles circundantes… Ahí tenemos un estupendo plan de actuación: yo mismo me animaría a apoyar con mi voto al partido que se presentara con un programa donde incluyera un destino semejante para la plaza de Abastos.

P.D. Aunque en puridad tanto La Tavina como la Taberna del Tío Blas se alojan en la Laurel y sirven como espléndido acceso hacia la emblemática calle para vecinos y forasteros (nada que ver con la tristona imagen de apenas unos años atrás, como se aprecia en la imagen del compañero Juan Marín), ambos locales se abren también a la calle Gallarza, imprescindibles pasos de paloma para esa costumbre tan logroñesa: ver sin ser (demasiado) vistos. De paso, ayudan según me cuentan a que los miembros de una de nuestras cuadrillas más veteranas acaten la orden de sus médicos: puesto que el galeno les ha dicho aquello tan común del “el vino, fuera”, eso hacen nuestros hombres. El vino, en efecto, se lo toman fuera.

 

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Tus bares favoritos
Jorge Alacid 05-09-2014 | 8:23 | 0

 

Iba yo a tomar un vino por la calle Laurel cuando… Cuando de repente, de cháchara con los amigos, surgió un animado debate: cuál es nuestro bar favorito de Logroño. Como es lógico y muy saludable, no nos pusimos de acuerdo en absoluto, pero en aquella discusión germinó la idea de convertir esa controversia en una entrada de este blog: cuál es el bar favorito… de mis seguidores de facebook. Así que lancé la idea a una decena de ellos y aquí resumo lo que me contestan. Mi idea es seguir haciendo la misma pregunta al resto de seguidores. A todos, muchas gracias. Y a quienes se sumen espontáneamente, también muy agradecido.

Allá vamos. El amigo José Luis Alonso nos cuenta lo siguiente:  “Para tomar unas cervezas un jueves o viernes me gusta El Dorado y el Route 66 por ambiente, música y variedad/calidad de cervezas. Si el plan es tomar unos vinos y pinchos me gustan sobre todo La Tavina y Torres también por calidad y oferta además de iniciativas”. Y se confiesa: “Vamos, supongo que no seré muy “.

A caballo entre Logroño y Zaragoza, aquí llega Jorge Gascón: “Yo, que soy un casta, no renuncio al Sebas y al Soldado de Tudelilla. Fueraparte, el Bretón; y para el copeteo, siguen estando La Luna, El Dorado y el Stereo”. Otra confesión: “Me estoy dando cuenta que cuando voy a Logroño sólo voy de bares”. Y coda final: “Me sigue gustando ir a bares en los que conoces el nombre de pila del camarero”.

Con todos ustedes, la gran Noemí Iruzubieta: “De Logrono, el Single Rock y La Fama en la plaza del Mercado. De la Mayor el Menhir, el Iturza y la Jala. Para tomar algo a cualquier hora el Fax”. ¿Su favorito? “El Malabar, en Portales”.

Ahora, veamos qué opina el colega Rubén Vinagre: “Berlín en Bretón de los Herreros (Impagable la tortilla con bollo de las mañanas entre semana. Para las 12 ha volado. Buen precio y mejor conversación); Pasapoga, frente Escuela de Artes (renovado pero con el espíritu Logroño de Toda la Vida LTV); y La Tavina (pinchos singulares y vino en condiciones)”.

Julia Baigorri ofrece un completo surtido de sus preferencias, por zonas geográficas y usos horarios: “Extrarradio: El embarcadero, en verano. Te sientas en la barandilla mirando al río al atardecer y se está de maravilla. No sé si ha sido cosa de suerte pero no he tenido problema con los mosquitos. En la Laurel, Taberna del tío Blas y su barra increíble y el Blanco y Negro con su bocatita de bacalao. Alternativos, que se dice ahora, La Retro: las chicas encantadoras y se está como en el salón de tu casa. Para el café de media mañana se estaba muy a gusto en el Millenium, pero tiene toda la pinta de que han cerrado; en invierno se está de gloria ‘cara al sol’ (con perdón) en La Mercedes y los que más frecuento, por cercanía, son Rocío y As de Copas”.

Logroñés trasterrado, desde Madrid se pronuncia Guillermo Sáez en estos términos: 1) El Perchas: Cada vez que vuelvo a Logroño compruebo que el tsunami de donostización de la calle Laurel se ha tragado algún bar más. Por eso me reconforta tanto saber que se mantienen en pie sitios como el Perchas, donde solo hay un pincho (y maravilloso), banderines de fútbol de los años setenta y la radio cuelga de una cuerda en la pared. El día del Apocalipsis, me refugiaré en este bar incunable abrazado a una montaña de orejas rebozadas. 2) Maldeamores: soy de los que priorizan la música por encima de cualquier otro activo en un bar. Extinguido el ilustre Bossa Nova, el Menhir y el Maldeamores cogieron el testigo para respiro del puñado de raros que usamos más los oídos que los ojos en la jungla nocturna. Y además, tiene al mando a un fenómeno como Rafa, garante de larga vida a Los Planetas en Logroño”.

Paco Pérez Abad, andarín, bloguero y parroquiano ilustre de Logroño, nos deja este recado: “Mis bares favoritos son el Morry, de la calle Galicia, y el Berlín, de Bretón de los Herreros. El Morry es nuestro centro de reunión de los amigos, buena cerveza, buena gente detrás de la barra, buena terraza… Un sitio muy agradable en definitiva. El Berlín: buen servicio, muy bien situado, hacen unos mojitos estupendos, ponen bien los gintonics, y la cerveza la sirven en vasos grandes a un buen precio. Citaré también el Villarreal, que a pesar de que son forofos del Real Madrid, en su terraza paso infinidad de tardes. Cerveza en copa de balón helada a buen precio, detalles del dueño con nosotros casi siempre, sitio muy agradable en pleno parque del Carmen”.

Y Cristina Garay me contesta así desde Italia, recientes aún sus andanzas logroñesas: “¿Mis bares favoritos de Logroño? ¡Tengo tantos! Pero una vuelta siempre me doy por el Baden y sus encantadoras navajas a la plancha, y por el Blanco y Negro con su ‘matrimonio’, aunque no me convezca demasiado el nombre…”

Turno para el compañero Toño del Río, quien nos cuenta lo que sigue: “En mi barrio, Mesón Alfonso, por sus extraordinarios morros a la brasa, su caña de cerveza (cremosa, no espumosa) y su respetuoso tratamiento al vino. Más lejos, Tastavin, una de las mejores barras de la ciudad y una carta de vinos sobresaliente.Y para tomar una copa, se marcha fuera de la capital hasta el Troika de Ezcaray, “tras cuya barra donde reina uno de los últimos grandes profesionales del ramo en la región”.

Y la décima aportación la firma la siempre gentil Vicky Pujades: “El Junco, de avenida de Portugal. Llevo más de 30 años yendo a ese bar que regentan Jesús (ahora un poco pachucho) y Chuchi. Empecé a frecuentarlo a mediados de los 80 con mis amigas, y ya cuando empecé a salir con Rubén, descubrí que su cuadrilla también era asidua. Todas las Nocheviejas desde hace 25 años (¡Madre mía, un cuarto de siglo!) es el lugar de reunión con todos los amigos antes de ir a cenar. Y siempre que salimos terminamos allí tomando una café, un zumo, un quemadillo, una copa… Y el Calderas de la Laurel es el otro. Lo descubrí hace escasamente dos años pero tiene unos bocatitas de calamares que quitan el ‘sentío´: será porque están hechos con harina de Cádiz…   Atienden tras la barra Conmar y su hija que se llama Macarena, aunque nosotros siempre decimos “Maca hija”, que es lo que su madre le dice: ¡Maca hija, dos de calamares!, ¡Maca hija, dos tintos!”.

P.D. Esta entrada es la primera de una serie que iré publicando de semana en semana, sin un ritmo fijo, incluyendo la propia lista del autor. Por cierto, que repasando la nómina de locales predilectos aquí recogidos, observo que no hay unanimidad, lo cual está muy bien. Y que sólo se repiten por duplicado los siguientes: Eldorado, Menhir, Berlín, Blanco y Negro y La Tavina.

 

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Bares soñados por mí
Jorge Alacid 30-05-2014 | 7:44 | 0

Taberna La Tana, en el corazón de Granada

El otro día me ocurrió algo extraordinario en un bar. Llegué con un grupo de amigos y nos aventuramos a pedir un vino que ninguno de nosotros había probado hasta entonces. En vista de nuestros titubeos, la amable tabernera que nos atendía sacó una copa, derramó un poco de vino y nos regaló una sucinta pero esclarecedora explicación de sus características: variedades, sabor, aroma… Unos diez segundos. Le encargamos una botella y nos la bebimos asombrados por semejante detalle de cortesía.

No fue el único suceso prodigioso que sucedió esa noche en el mismo bar. Para trasegar la botella que nos bebíamos, el hermano de la camarera que defendía con ella la barra nos acercó un plato rebosante de tapas que ninguno le habíamos pedido: una rebanada de exquisito pan con tomate y un chorro de aceite por cabeza, acompañado de un generoso dado de tortilla. Como nos llevó un rato ‘conversar la botella’, hallazgo genial del escritor chileno Jorge Edwards que me apresuro a copiarle, de la barra salió mientras tanto otra jugosa oferta gastronómica: una fuente con su correspondiente dosis de panecillos con anchoas.

Se ve que la noche iba de milagro en milagro, porque nuestra siguiente parada acaeció en otro bar cercano y allí vivimos una maravilla similar. Pedimos nuestros vinos, ya a tiro hecho y por lo tanto sin degustación previa, y con la consumición los diligentes camareros de este segundo garito nos convidaron a una estupenda ración de albóndigas como tomate. No nos lo podíamos creer, pero insistimos por si era un sueño. Así que proseguimos ruta: cervecita en una terraza y platillo de aceitunas con media docena de tapitas, una caña (muy bien tirada por cierto) en un cuarto local llegó servida junto a una tostada de revuelto de trigueros y, mientras nos acomodábamos para picar algo en un quinto bar, el camarero nos sirvió la bebida junto a otras tapas de cortesía.

Lo juro. Juro por Baco y el patrón de los hosteleros que todo esto que cuento ocurrió tal cual la semana pasada. Ocurrió… en Granada. Ya lo advirtió en este mismo blog un corresponsal hace unas cuantas entradas, cuando reflexionamos sobre la razón de que esa costumbre de invitar a la tapa gratis no se haya implantado en Logroño. Hubo algún comentario que se tomó a mal la idea que lancé pero en general el debate que se abrió entonces fue bastante templado, animado por las pistas que fueron dejando unos cuantos corresponsales: con ellas elaboró el admirado Diego Ortega un mapa de Logroño donde un reguero de bares demostraba que esa idea no era tan descabellada. Que otros bares son posibles.

Hoy, vuelvo de Granada asombrado. No he visto tanta generosidad en el sector de la hostelería en ningún otro punto de España. Y eso que he pisado unos cuantos. Y eso que hay ciudades donde ese detalle lleva tiempo implantado con extrema dadivosidad. Me cuentan que por Granada se puede de hecho almorzar (sí, almorzar) sólo a base de los pinchos y las cazuelitas con que obsequian los bares a su clientela. Bares, por cierto, rebosantes de público: una noche de miércoles la zona más típica de tapeo presentaba un aspecto muy animado. Imagino cómo estaría a esas horas la calle Laurel: la visité hace poco un lunes por la noche y tropecé con que gran parte de los bares estaban cerrados. Porque no va la gente, supongo que pensarán sus dueños. Aunque la ecuación se puede invertir: tal vez no va la gente por los bares están cerrados. De hecho, la noche del viernes ya era casi una locura transitar por los distintos itinerarios de bares granadinos. Y aunque no sé si existe una conexión entre esas dos imágenes (la tapa gratis, el bar rebosante), lo quería mencionar aquí. Por si acaso. Por dar alguna pista.

P.D. Por cierto, el vino a cuya degustación nos invitaron era granadino. Apenas unas semanas antes me acababa de enterar de que también elaboraban vino en aquella provincia, no en grandes cantidades, desde luego. A mí no me pareció gran cosa, un tinto demasiado potente para mi gusto educado en la elegante finura del Rioja. De modo que sigue siendo mi favorito.

 

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El tigre del Tigre
Jorge Alacid 24-05-2014 | 8:03 | 0

Dibujo de un tigre que ilustraba el relato

Por el amigo Eduardo Gómez me entero de que reabren el bar Tigre de la calle Mayor, que frecuenté con asiduidad y gusto durante largo tiempo. Lo cual me permite recuperar aquí este cuentecito que publiqué en una de aquellas colecciones que editaba Diario LA RIOJA hace años, porque precisamente su protagonista era un tigre: el tigre del bar Tigre. Se titula ‘Come on’

“De la mujer que atendía la barra de El Tigre sólo sabíamos que era zurda y yo tuve un sueño en que además era tuerta, no, peor, llevaba un ojo de cristal en la cuenca izquierda y a veces se lo sacaba si secaba los vasos y le pasaba también la Spontex. Pero sólo fue un sueño. La camarera zurda servía tiroleses a las mesas del fondo, donde se jugaba al siete-catorce-veintiuno y mandaba apartarse a quienes utilizaban la gramola para apoyar el culo. Viva el pop, abajo el sistema, escupía entonces, y sólo los muy novatos no entendían la consigna. Los veteranos ahuecaban el culo para que el vetusto altavoz tuviera vía libre hacia la cabeza de tigre disecada que le miraba desde enfrente. Recién llegada del Sajarahuit, la gramola perdió en algún punto entre avenida de Colón y la Calle Mayor su magnética carga. De Queen, nunca más se supo. De Deep Purple, quién sabe. De la ELO, qué se hizo.

Un repaso a la oferta del último jukebox de Logroño incluía: Pablo Abraira, O tú o nada; Miguel Gallardo, Hoy tiene ganas de ti, Vicente Fernández sigue siendo el Rey, la trompeta de Herb Albert, Danny Daniel y Donna Hightower bailan el vals de las mariposas, éxitos anacrónicos de Luis Aguilé y Palito Ortega, Rocío Dúrcal canta a Juan Gabriel, Phil Trim, Abba, Juan Pardo (Juan más que Juan: Pardo, más que Pardo, añadíamos nosotros), el joven Perales, Ángela Carrasco como María Magdalena en Jesucristo Superstar, Ana y Johnny, Jaime Morey, Emilio José canta a Soledad, es muchacha primorosa, que vivió siempre en el trigo sola, no sabe de amor ni engaños. El dúo Bácara, en fin.

Como un diamante en el estercolero brillaba un sencillo de los Stones. Come on, un discurso breve, eso es el pop, sencillez, decía la camarera zurda. Abajo el sistema, viva el pop. Era una pieza sincopada y con contratiempos, oíamos decir, que se escuchaba de cara a la gramola y no de espaldas a ella como era norma con el resto de temas. Come on en los últimos días de la última gramola, come on a cada rato, come on que cantaban los Rolling, aunque luego supimos que era una versión de un viejo éxito de Chubby Checker o de Chuck Berry, siempre los confundo. Ese era su encanto, precisamente, que eran los Rolling pero no lo parecían, una canción no tan salvaje, más irónica, sardónica y melódica, una canción extraña en un bar extraño, que presidía una cabeza de tigre disecada, un pintoresco hito del camino de Santiago, como si los Rolling Stones animaran desde el jukebox al peregrino. Come on, come on hasta Compostela.

Y, de repente, la cabeza de tigre disecada que te mira desde un stand del salón de anticuarios. Este año, los años cincuenta son la estrella del salón. Como si deambulara por el decorado de la serie Embrujada, tropiezo con batidoras color cobalto, molinillos de café verdes pistacho, las primeras olivettis, las primeras planchas, las primeras aspiradoras y las viejas secadoras hoy misteriosamente desplazadas de nuestros hogares, estilizadas cafeteras italianas, pick ups de maleta. Se trata de adquirir un magnífico ejemplar de radio, marca Tombstone, año 1933, para un coleccionista italiano o griego que llega cada verano a Cadaqués, pero la oferta es muy limitada. El viejo arcón estilo castellano sigue siendo el rey, como Vicente Fernández, hay también falsos iconos y falsas antigüedades góticas y un tipo aún más falso haciendo como que sabe al frente del stand. “Ah, la vieja Tombstone, hemos tenido unas cuantas, pero ahora mismo, es que no… Cada vez se cotizan más  altas. Nosotros, es que eso no lo tocamos. Lo nuestro es otra cosa. ¿Ve aquel tríptico? Es del legado de Erik el Belga, de una ermita de Lérida nos ha llegado. Viene muy, pero que muy bajo de precio. Pero, no. La vieja Tombstone, no. Quizá después de comer.

Después de comer, no estaba ni la vieja Tombstone ni el falso vendedor falso. Comparece en su lugar una joven de mirada huidiza, bizca tal vez, media melena estilo Verónica Lake, que ignora todo sobre lo que la radio Tombstone supuso para los hogares europeos de la posguerra, de cualquier posguerra. La vieja cabeza de tigre vigila nuestra conversación, también un poco bizca. “De los años cincuenta, tenemos poca cosa. Casi nada. Lo nuestro es el arte medieval. Trípticos, ya sabe usted.

-              ¿Y esa cabeza?

-              Nuestra mascota. Un recuerdo familiar. Nos trae suerte.

-              No parece muy a gusto aquí.

-              ¿Quién? ¿Yo?

-              No, la cabeza. Tiene cara de haberlo visto ya todo.

-              Estará aburrida. Son muchos años viniendo a este salón.

De la Tombstone, ni rastro. Ni siquiera en el stand vecino, repleto de electrodomésticos, otro paseo por el decorado de Embrujada, con la suegra aquella moviendo la nariz y su hija, la anoréxica Samantha Eggar, moviéndola también. Batidoras y exprimidoras en toda la gama de colores acompañan al visitante en su recorrido por los primeros años de la tele, cuando se cubría el aparato con sus hermosas fundas de ganchillo. Aquellos perritos que movían la cabeza desde el asiento de atrás del coche y llevaban el compás del traqueteo, ahora llega un bache y digo que sí, ahora una cuesta y digo que no. La cabeza de tigre no dice nada. Su mirada oblicua es definitivamente la misma que me dirige la Verónica Lake que dirige esta tarde el stand cuando me hace señas con un brazo. Con el izquierdo.

-              Me he acordado de repente. De los años cincuenta no tenemos nada, pero tenemos varias flipper de un poco después. Los primeros sesenta. Son americanas, un poco caras.

Le acompaño a la trastienda -el trastand, propiamente- y tropezamos con un parapeto de flipper, que divide estratégicamente la mercancía: hacia aquí, el lado ye-yé. Al norte, reinan el falso Erik el Belga y sus falsos epígonos. Las flipper, no están mal. Fundida la más atractiva y coja de una pata la más conocida, la que yo más recuerdo, la menos sensible a la falta, se le podía golpear en cualquier costado, especialmente, el derecho a la altura del mando, sin riesgo de que se apagaran los fusibles y la bola se resignara a regresar a la cueva donde vivía con sus hermanas, un lóbrego viaje, una peregrinación fatal. El percutor del saque venía muy flojo, era difícil ajustarlo para que la bola golpeara hasta el infinito en los bloques de arriba y acumulara puntos y más puntos antes de que el jugador entrara realmente en acción. La flipper trípode no está nada mal, pero el coleccionista de Cadaqués probablemente no sabrá valorarlo.

-              ¿Y gramolas?

-              Gramolas, tenemos varias, pero más estropeadas todavía que las flipper.

Limitando con la sección de iconos falsamente bizantinos, aún más falsamente rusos, dos gramolas vigiladas entre las cortinas por la cabeza de tigre dormitaban desconectadas. La primera anodina, con el cargamento de discos en el bajo vientre y los títulos de las canciones pintados a boli, Bic probablemente. La otra, un auténtico jukebox, con tracción mecánica para elevar el lote de singles y una pesada colección de títulos de los Beach Boys y la Motown, algún éxito de Dean Martin incluido y la hija de Frank Sinatra cantando estas botas están hechas para montar. Viva el pop, abajo el sistema. Trae también el Money, money y al enchufarla la muchacha bizca con melena a lo Verónica Lake -me mira ya sólo con un ojo- se enciende un carrusel de colores, una noria fluorescente sube y baja y la voz de Nancy Sinatra llega desde muy lejos, desde un punto situado entre Las Vegas y la primera parte de El Padrino, desde aquellas radios Tombstone que surgen del decorado de Embrujada a través de un televisor modelo Zenith o Telefunken, aún en blanco y negro. De la otra gramola llega un rumor seco, aunque más cercano, como de un manantial que ya no fluye, el sordo eco de una edad que el coleccionista de Cadaqués ya superó, como ha ido superándolo todo. De la vieja gramola llegan los discos de Hispavox que perdió sus tesoros en el traslado desde el bar Sajarahuit y ha ido soltando lastre desde entonces. Come on, cantaban los Rolling, come on en la trastienda donde la joven bizca ya no bizquea, tal vez sólo era zurda y parece que envía esa mirada esquinada por su melena a lo Verónica Lake. Tal vez el que bizquea es el tigre. Ella, simplemente, es zurda y se ríe de mí de medio lado. “Abajo el sistema, viva el pop”.

P.D. Espero que los nuevos dueños del bar sean congruentes con su historia: es decir, que por favor recuperen la cabeza del tigre y decoren con ella el local. Pedir que recuperen la gramola ya sería demasiado.

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Bares con nombre de mujer
Jorge Alacid 07-03-2014 | 6:32 | 0

Mosaico de fotos con camareras de Logroño. Obra de Diego Ortega, gracias al archivo de Diario LA RIOJA

A medida que avanza este blog, compruebo cómo ha ido recogiendo la vertiente femenina en nuestros bares. Cada día más. Igual que la mujer ha ido poblando escenarios en principio dominados por el sector masculino, también en nuestros garitos de confianza las chicas ocupan su espacio sin que a nadie le llame ya la atención, demos gracias a Baco. Habrá que explicar a las generaciones menos talluditas que no siempre fue así; que antaño una mujer defendiendo una barra, como también sucedía al frente de otros negocios con exceso de testosterona, llamaba la atención y fomentaba las maledicencias. Igual que no podían abrir una cuenta en el banco sin permiso de su marido ni bajar a la mina ni fichar por el Ejército, las mujeres parecían tener vetado su ingreso en la hostelería.

Aunque es cierto que siempre fue un gremio más generoso con su presencia que el resto del paisaje laboral. Tal vez, porque como se trataba de negocios familiares en gran parte, el matriarcado quedaba entonces justificado. De modo que los logroñeses más veteranos sí que recordarán algunos ejemplos de mujeres trabajando en su bar, solas o en compañía de sus esposos, aunque preferentemente al mando de la cocina. Así ocurría en tantos y tantos casos. El Buenos Aires, con Carmen y Pilar faenando en los fogones aunque asomando poco en la barra, el Negresco, con María Luisa como sombra eterna de Luis Santos, el Jubera, también pródigo en explorar su lado femenino…

Pero un bar que incorporarse a su plantilla, sin mediar vínculo familiar alguno, a una mujer como camarera… Un bar que eligiera a una mujer en vez de un hombre para atender su barra… Antaño no era algo tan frecuente como hoy. Eduardo Gómez siempre me recuerda el caso del extinto Bahía de Marqués de Vallejo, pionero en contratación de barwoman. Con el paso del tiempo, las mujeres se fueron haciendo fuertes al frente de sus negocios, demostraron que los prejuicios son sólo eso, lamentables mentecatadas, y floreció una primera gran promoción de camareras logroñesas que allá a finales de los 80 empezó a desempeñar su oficio en el escenario entonces más bullicioso de la ciudad: los bares de la Zona. Poniendo copas a deshoras, aguantando al mirón de guardia y las impertinencias de rigor, aquellas muchachas que hoy peinarán alguna cana se licenciaron como maestras en un oficio que exige buen ojo para catalogar al cliente, mano izquierda para despachar la consumición y entrega casi total, porque ya se sabe que en esta profesión los horarios casi no existen. Virtudes todas ellas que la mujer suele acreditar en igual (o mayor) medida que un hombre.

Así que las chicas triunfaron. Y siguen triunfando. Entro en Vinissimo y confirmo esta apreciación, paso por La Travesía y me sucede algo parecido, no digamos si paro en el Donosti de la Laurel. Añada el improbable lector cuantos ejemplos conozca y comprobará que son legión las barras donde las mujeres dominan.  Y mientras voy reflexionando sobre esta evolución tan halagüeña en el universo de nuestros bares, desemboco en una carambola: resulta que mañana es el Día de la Mujer Trabajadora, valga la redundancia. Juro que no lo tenía en cuenta mientras semanas atrás repasaba la dichosa lista de bares donde alguna vez me atendió una mujer a quien no he olvidado y pienso que tan feliz coincidencia merece dedicar estas líneas a ellas. A todas las mujeres que uno ha ido conociendo en los bares de Logroño, a los dos lados de la barra.

P.D. Si tengo que elegir la primera camarera que me impresionó como cliente aún barbilampiño, yo confieso: fue Julia, la entonces propietaria de El Soldado de Tudelilla cuando el bar aún se alojaba en la calle Laurel. Aquella dama, a quien veo de vez en cuando por Logroño sobrellevando con airoso garbo la jubilación, me sirvió un inolvidable bocadillo de aceitunas que hubiera hecho feliz a Dalí. Puro surrealismo. Y sin salir del confesionario, lo admito: la camarera que conquistó el corazón de los logroñeses de mi quinta fue  María Luisa, icono de La Universidad. Derrochaba estilo, clase y elegancia: como si Elizabeth Taylor hubiera fichado por la calle Laurel.

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