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Logroño

Bares soñados por mí
Jorge Alacid 30-05-2014 | 7:44 | 0

Taberna La Tana, en el corazón de Granada

El otro día me ocurrió algo extraordinario en un bar. Llegué con un grupo de amigos y nos aventuramos a pedir un vino que ninguno de nosotros había probado hasta entonces. En vista de nuestros titubeos, la amable tabernera que nos atendía sacó una copa, derramó un poco de vino y nos regaló una sucinta pero esclarecedora explicación de sus características: variedades, sabor, aroma… Unos diez segundos. Le encargamos una botella y nos la bebimos asombrados por semejante detalle de cortesía.

No fue el único suceso prodigioso que sucedió esa noche en el mismo bar. Para trasegar la botella que nos bebíamos, el hermano de la camarera que defendía con ella la barra nos acercó un plato rebosante de tapas que ninguno le habíamos pedido: una rebanada de exquisito pan con tomate y un chorro de aceite por cabeza, acompañado de un generoso dado de tortilla. Como nos llevó un rato ‘conversar la botella’, hallazgo genial del escritor chileno Jorge Edwards que me apresuro a copiarle, de la barra salió mientras tanto otra jugosa oferta gastronómica: una fuente con su correspondiente dosis de panecillos con anchoas.

Se ve que la noche iba de milagro en milagro, porque nuestra siguiente parada acaeció en otro bar cercano y allí vivimos una maravilla similar. Pedimos nuestros vinos, ya a tiro hecho y por lo tanto sin degustación previa, y con la consumición los diligentes camareros de este segundo garito nos convidaron a una estupenda ración de albóndigas como tomate. No nos lo podíamos creer, pero insistimos por si era un sueño. Así que proseguimos ruta: cervecita en una terraza y platillo de aceitunas con media docena de tapitas, una caña (muy bien tirada por cierto) en un cuarto local llegó servida junto a una tostada de revuelto de trigueros y, mientras nos acomodábamos para picar algo en un quinto bar, el camarero nos sirvió la bebida junto a otras tapas de cortesía.

Lo juro. Juro por Baco y el patrón de los hosteleros que todo esto que cuento ocurrió tal cual la semana pasada. Ocurrió… en Granada. Ya lo advirtió en este mismo blog un corresponsal hace unas cuantas entradas, cuando reflexionamos sobre la razón de que esa costumbre de invitar a la tapa gratis no se haya implantado en Logroño. Hubo algún comentario que se tomó a mal la idea que lancé pero en general el debate que se abrió entonces fue bastante templado, animado por las pistas que fueron dejando unos cuantos corresponsales: con ellas elaboró el admirado Diego Ortega un mapa de Logroño donde un reguero de bares demostraba que esa idea no era tan descabellada. Que otros bares son posibles.

Hoy, vuelvo de Granada asombrado. No he visto tanta generosidad en el sector de la hostelería en ningún otro punto de España. Y eso que he pisado unos cuantos. Y eso que hay ciudades donde ese detalle lleva tiempo implantado con extrema dadivosidad. Me cuentan que por Granada se puede de hecho almorzar (sí, almorzar) sólo a base de los pinchos y las cazuelitas con que obsequian los bares a su clientela. Bares, por cierto, rebosantes de público: una noche de miércoles la zona más típica de tapeo presentaba un aspecto muy animado. Imagino cómo estaría a esas horas la calle Laurel: la visité hace poco un lunes por la noche y tropecé con que gran parte de los bares estaban cerrados. Porque no va la gente, supongo que pensarán sus dueños. Aunque la ecuación se puede invertir: tal vez no va la gente por los bares están cerrados. De hecho, la noche del viernes ya era casi una locura transitar por los distintos itinerarios de bares granadinos. Y aunque no sé si existe una conexión entre esas dos imágenes (la tapa gratis, el bar rebosante), lo quería mencionar aquí. Por si acaso. Por dar alguna pista.

P.D. Por cierto, el vino a cuya degustación nos invitaron era granadino. Apenas unas semanas antes me acababa de enterar de que también elaboraban vino en aquella provincia, no en grandes cantidades, desde luego. A mí no me pareció gran cosa, un tinto demasiado potente para mi gusto educado en la elegante finura del Rioja. De modo que sigue siendo mi favorito.

 

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El tigre del Tigre
Jorge Alacid 24-05-2014 | 8:03 | 0

Dibujo de un tigre que ilustraba el relato

Por el amigo Eduardo Gómez me entero de que reabren el bar Tigre de la calle Mayor, que frecuenté con asiduidad y gusto durante largo tiempo. Lo cual me permite recuperar aquí este cuentecito que publiqué en una de aquellas colecciones que editaba Diario LA RIOJA hace años, porque precisamente su protagonista era un tigre: el tigre del bar Tigre. Se titula ‘Come on’

“De la mujer que atendía la barra de El Tigre sólo sabíamos que era zurda y yo tuve un sueño en que además era tuerta, no, peor, llevaba un ojo de cristal en la cuenca izquierda y a veces se lo sacaba si secaba los vasos y le pasaba también la Spontex. Pero sólo fue un sueño. La camarera zurda servía tiroleses a las mesas del fondo, donde se jugaba al siete-catorce-veintiuno y mandaba apartarse a quienes utilizaban la gramola para apoyar el culo. Viva el pop, abajo el sistema, escupía entonces, y sólo los muy novatos no entendían la consigna. Los veteranos ahuecaban el culo para que el vetusto altavoz tuviera vía libre hacia la cabeza de tigre disecada que le miraba desde enfrente. Recién llegada del Sajarahuit, la gramola perdió en algún punto entre avenida de Colón y la Calle Mayor su magnética carga. De Queen, nunca más se supo. De Deep Purple, quién sabe. De la ELO, qué se hizo.

Un repaso a la oferta del último jukebox de Logroño incluía: Pablo Abraira, O tú o nada; Miguel Gallardo, Hoy tiene ganas de ti, Vicente Fernández sigue siendo el Rey, la trompeta de Herb Albert, Danny Daniel y Donna Hightower bailan el vals de las mariposas, éxitos anacrónicos de Luis Aguilé y Palito Ortega, Rocío Dúrcal canta a Juan Gabriel, Phil Trim, Abba, Juan Pardo (Juan más que Juan: Pardo, más que Pardo, añadíamos nosotros), el joven Perales, Ángela Carrasco como María Magdalena en Jesucristo Superstar, Ana y Johnny, Jaime Morey, Emilio José canta a Soledad, es muchacha primorosa, que vivió siempre en el trigo sola, no sabe de amor ni engaños. El dúo Bácara, en fin.

Como un diamante en el estercolero brillaba un sencillo de los Stones. Come on, un discurso breve, eso es el pop, sencillez, decía la camarera zurda. Abajo el sistema, viva el pop. Era una pieza sincopada y con contratiempos, oíamos decir, que se escuchaba de cara a la gramola y no de espaldas a ella como era norma con el resto de temas. Come on en los últimos días de la última gramola, come on a cada rato, come on que cantaban los Rolling, aunque luego supimos que era una versión de un viejo éxito de Chubby Checker o de Chuck Berry, siempre los confundo. Ese era su encanto, precisamente, que eran los Rolling pero no lo parecían, una canción no tan salvaje, más irónica, sardónica y melódica, una canción extraña en un bar extraño, que presidía una cabeza de tigre disecada, un pintoresco hito del camino de Santiago, como si los Rolling Stones animaran desde el jukebox al peregrino. Come on, come on hasta Compostela.

Y, de repente, la cabeza de tigre disecada que te mira desde un stand del salón de anticuarios. Este año, los años cincuenta son la estrella del salón. Como si deambulara por el decorado de la serie Embrujada, tropiezo con batidoras color cobalto, molinillos de café verdes pistacho, las primeras olivettis, las primeras planchas, las primeras aspiradoras y las viejas secadoras hoy misteriosamente desplazadas de nuestros hogares, estilizadas cafeteras italianas, pick ups de maleta. Se trata de adquirir un magnífico ejemplar de radio, marca Tombstone, año 1933, para un coleccionista italiano o griego que llega cada verano a Cadaqués, pero la oferta es muy limitada. El viejo arcón estilo castellano sigue siendo el rey, como Vicente Fernández, hay también falsos iconos y falsas antigüedades góticas y un tipo aún más falso haciendo como que sabe al frente del stand. “Ah, la vieja Tombstone, hemos tenido unas cuantas, pero ahora mismo, es que no… Cada vez se cotizan más  altas. Nosotros, es que eso no lo tocamos. Lo nuestro es otra cosa. ¿Ve aquel tríptico? Es del legado de Erik el Belga, de una ermita de Lérida nos ha llegado. Viene muy, pero que muy bajo de precio. Pero, no. La vieja Tombstone, no. Quizá después de comer.

Después de comer, no estaba ni la vieja Tombstone ni el falso vendedor falso. Comparece en su lugar una joven de mirada huidiza, bizca tal vez, media melena estilo Verónica Lake, que ignora todo sobre lo que la radio Tombstone supuso para los hogares europeos de la posguerra, de cualquier posguerra. La vieja cabeza de tigre vigila nuestra conversación, también un poco bizca. “De los años cincuenta, tenemos poca cosa. Casi nada. Lo nuestro es el arte medieval. Trípticos, ya sabe usted.

-              ¿Y esa cabeza?

-              Nuestra mascota. Un recuerdo familiar. Nos trae suerte.

-              No parece muy a gusto aquí.

-              ¿Quién? ¿Yo?

-              No, la cabeza. Tiene cara de haberlo visto ya todo.

-              Estará aburrida. Son muchos años viniendo a este salón.

De la Tombstone, ni rastro. Ni siquiera en el stand vecino, repleto de electrodomésticos, otro paseo por el decorado de Embrujada, con la suegra aquella moviendo la nariz y su hija, la anoréxica Samantha Eggar, moviéndola también. Batidoras y exprimidoras en toda la gama de colores acompañan al visitante en su recorrido por los primeros años de la tele, cuando se cubría el aparato con sus hermosas fundas de ganchillo. Aquellos perritos que movían la cabeza desde el asiento de atrás del coche y llevaban el compás del traqueteo, ahora llega un bache y digo que sí, ahora una cuesta y digo que no. La cabeza de tigre no dice nada. Su mirada oblicua es definitivamente la misma que me dirige la Verónica Lake que dirige esta tarde el stand cuando me hace señas con un brazo. Con el izquierdo.

-              Me he acordado de repente. De los años cincuenta no tenemos nada, pero tenemos varias flipper de un poco después. Los primeros sesenta. Son americanas, un poco caras.

Le acompaño a la trastienda -el trastand, propiamente- y tropezamos con un parapeto de flipper, que divide estratégicamente la mercancía: hacia aquí, el lado ye-yé. Al norte, reinan el falso Erik el Belga y sus falsos epígonos. Las flipper, no están mal. Fundida la más atractiva y coja de una pata la más conocida, la que yo más recuerdo, la menos sensible a la falta, se le podía golpear en cualquier costado, especialmente, el derecho a la altura del mando, sin riesgo de que se apagaran los fusibles y la bola se resignara a regresar a la cueva donde vivía con sus hermanas, un lóbrego viaje, una peregrinación fatal. El percutor del saque venía muy flojo, era difícil ajustarlo para que la bola golpeara hasta el infinito en los bloques de arriba y acumulara puntos y más puntos antes de que el jugador entrara realmente en acción. La flipper trípode no está nada mal, pero el coleccionista de Cadaqués probablemente no sabrá valorarlo.

-              ¿Y gramolas?

-              Gramolas, tenemos varias, pero más estropeadas todavía que las flipper.

Limitando con la sección de iconos falsamente bizantinos, aún más falsamente rusos, dos gramolas vigiladas entre las cortinas por la cabeza de tigre dormitaban desconectadas. La primera anodina, con el cargamento de discos en el bajo vientre y los títulos de las canciones pintados a boli, Bic probablemente. La otra, un auténtico jukebox, con tracción mecánica para elevar el lote de singles y una pesada colección de títulos de los Beach Boys y la Motown, algún éxito de Dean Martin incluido y la hija de Frank Sinatra cantando estas botas están hechas para montar. Viva el pop, abajo el sistema. Trae también el Money, money y al enchufarla la muchacha bizca con melena a lo Verónica Lake -me mira ya sólo con un ojo- se enciende un carrusel de colores, una noria fluorescente sube y baja y la voz de Nancy Sinatra llega desde muy lejos, desde un punto situado entre Las Vegas y la primera parte de El Padrino, desde aquellas radios Tombstone que surgen del decorado de Embrujada a través de un televisor modelo Zenith o Telefunken, aún en blanco y negro. De la otra gramola llega un rumor seco, aunque más cercano, como de un manantial que ya no fluye, el sordo eco de una edad que el coleccionista de Cadaqués ya superó, como ha ido superándolo todo. De la vieja gramola llegan los discos de Hispavox que perdió sus tesoros en el traslado desde el bar Sajarahuit y ha ido soltando lastre desde entonces. Come on, cantaban los Rolling, come on en la trastienda donde la joven bizca ya no bizquea, tal vez sólo era zurda y parece que envía esa mirada esquinada por su melena a lo Verónica Lake. Tal vez el que bizquea es el tigre. Ella, simplemente, es zurda y se ríe de mí de medio lado. “Abajo el sistema, viva el pop”.

P.D. Espero que los nuevos dueños del bar sean congruentes con su historia: es decir, que por favor recuperen la cabeza del tigre y decoren con ella el local. Pedir que recuperen la gramola ya sería demasiado.

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Bares con nombre de mujer
Jorge Alacid 07-03-2014 | 6:32 | 0

Mosaico de fotos con camareras de Logroño. Obra de Diego Ortega, gracias al archivo de Diario LA RIOJA

A medida que avanza este blog, compruebo cómo ha ido recogiendo la vertiente femenina en nuestros bares. Cada día más. Igual que la mujer ha ido poblando escenarios en principio dominados por el sector masculino, también en nuestros garitos de confianza las chicas ocupan su espacio sin que a nadie le llame ya la atención, demos gracias a Baco. Habrá que explicar a las generaciones menos talluditas que no siempre fue así; que antaño una mujer defendiendo una barra, como también sucedía al frente de otros negocios con exceso de testosterona, llamaba la atención y fomentaba las maledicencias. Igual que no podían abrir una cuenta en el banco sin permiso de su marido ni bajar a la mina ni fichar por el Ejército, las mujeres parecían tener vetado su ingreso en la hostelería.

Aunque es cierto que siempre fue un gremio más generoso con su presencia que el resto del paisaje laboral. Tal vez, porque como se trataba de negocios familiares en gran parte, el matriarcado quedaba entonces justificado. De modo que los logroñeses más veteranos sí que recordarán algunos ejemplos de mujeres trabajando en su bar, solas o en compañía de sus esposos, aunque preferentemente al mando de la cocina. Así ocurría en tantos y tantos casos. El Buenos Aires, con Carmen y Pilar faenando en los fogones aunque asomando poco en la barra, el Negresco, con María Luisa como sombra eterna de Luis Santos, el Jubera, también pródigo en explorar su lado femenino…

Pero un bar que incorporarse a su plantilla, sin mediar vínculo familiar alguno, a una mujer como camarera… Un bar que eligiera a una mujer en vez de un hombre para atender su barra… Antaño no era algo tan frecuente como hoy. Eduardo Gómez siempre me recuerda el caso del extinto Bahía de Marqués de Vallejo, pionero en contratación de barwoman. Con el paso del tiempo, las mujeres se fueron haciendo fuertes al frente de sus negocios, demostraron que los prejuicios son sólo eso, lamentables mentecatadas, y floreció una primera gran promoción de camareras logroñesas que allá a finales de los 80 empezó a desempeñar su oficio en el escenario entonces más bullicioso de la ciudad: los bares de la Zona. Poniendo copas a deshoras, aguantando al mirón de guardia y las impertinencias de rigor, aquellas muchachas que hoy peinarán alguna cana se licenciaron como maestras en un oficio que exige buen ojo para catalogar al cliente, mano izquierda para despachar la consumición y entrega casi total, porque ya se sabe que en esta profesión los horarios casi no existen. Virtudes todas ellas que la mujer suele acreditar en igual (o mayor) medida que un hombre.

Así que las chicas triunfaron. Y siguen triunfando. Entro en Vinissimo y confirmo esta apreciación, paso por La Travesía y me sucede algo parecido, no digamos si paro en el Donosti de la Laurel. Añada el improbable lector cuantos ejemplos conozca y comprobará que son legión las barras donde las mujeres dominan.  Y mientras voy reflexionando sobre esta evolución tan halagüeña en el universo de nuestros bares, desemboco en una carambola: resulta que mañana es el Día de la Mujer Trabajadora, valga la redundancia. Juro que no lo tenía en cuenta mientras semanas atrás repasaba la dichosa lista de bares donde alguna vez me atendió una mujer a quien no he olvidado y pienso que tan feliz coincidencia merece dedicar estas líneas a ellas. A todas las mujeres que uno ha ido conociendo en los bares de Logroño, a los dos lados de la barra.

P.D. Si tengo que elegir la primera camarera que me impresionó como cliente aún barbilampiño, yo confieso: fue Julia, la entonces propietaria de El Soldado de Tudelilla cuando el bar aún se alojaba en la calle Laurel. Aquella dama, a quien veo de vez en cuando por Logroño sobrellevando con airoso garbo la jubilación, me sirvió un inolvidable bocadillo de aceitunas que hubiera hecho feliz a Dalí. Puro surrealismo. Y sin salir del confesionario, lo admito: la camarera que conquistó el corazón de los logroñeses de mi quinta fue  María Luisa, icono de La Universidad. Derrochaba estilo, clase y elegancia: como si Elizabeth Taylor hubiera fichado por la calle Laurel.

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Bares de todo el mundo
Jorge Alacid 05-12-2013 | 7:37 | 10

Nieves, en su restaurante de Logroño. Foto de Sonia Tercero

En el principio, fueron los chinos. Quiere decirse que los primeros garitos regentados en tierra logroñesa llegaron de Oriente, como los Reyes Magos. En su caso, cambiaron el oro, el incienso y la mirra por el chop suey, las setas con bambú y el rollito de primavera. Y como les ocurre a tantos extranjeros que aterrizan por La Rioja, pronto muchos de ellos se integraron entre nosotros. Amigos para siempre: aquí vemos, en la foto de Sonia Tercero que ilustra este comentario, a la emblemática Nieves, cuyo restaurante chino ejerce desde antaño como faro para toda esa comunidad de nuevos logroñeses. Hay restaurantes de esa denominación de origen por cada barrio de Logroño; yo confieso que mi primera vez (me refiero a cenar en un chino) ocurrió en una casa de comidas ubicada en Pérez Galdós, ya desaparecida. Luego frecuenté esta costumbre en una rica panoplia de ellos, desperdigados por toda la ciudad: ya no había que viajar a Madrid para practicar el uso de esos demoniacos utensilios que llaman palillos.

Si reflexiono hoy sobre el desembarco en Logroño de los sabores del resto del mundo, es porque de la restauración hemos pasado a la hostelería. No sólo los chinos; hermanos rumanos y sudamericanos, sobre todo, defienden una rica variedad de barras repartidas entre nuestras calles, con un aliento distinto en cada caso que, sin embargo, se resiste a iniciarnos del todo en los aromas de sus orígenes. Carecemos por lo tanto de la cultura gastronómico/alcohólica de que sí gozan en otros lares, sobre todo extranjeros, lo cual suele constituir un aliciente festivo y turístico de primer orden del que aquí carecemos. Una pena: porque se pierde la contribución de ese ejército de camareros llegados de medio planeta y de las manos extranjeras que se ponen al frente de estos negocios. Ya se ha dicho que los hay regentados por rumanos, como el Rincón de las Tapas de Jorge Vigón, y con el dulce acento español de las Américas, como el Mamá Inés; y también los hay, gran novedad más o menos reciente, con orientación china. Sí, china. Porque desde aquel restaurante de Nieves y compañía, hemos pasado al bar y yo me malicio que aunque ahora mismo las muestras de esta tendencia son escasas, todo se andará: primero fueron los restaurantes, luego los bazares, más tarde las tiendas de ultramarinos… La hora de los bares tenía que llegar. Y ya ha llegado.

¿En qué se diferencian estos bares de los bares logroñeses de toda la vida? A simple vista, en nada. Yo observo algunos de ellos con frecuencia y nada en su aspecto exterior ni en el corazón de su barra los distingue del resto del parque autóctono. De hecho, mantienen incluso la misma decoración de la propiedad anterior cuando asumen su traspaso, hasta el punto de que te enteras de que han llegado los chinos porque alguien te lo dice y porque si te fijas, en efecto, ves a estos caballeros y damas asiáticos al frente del mostrador, dispensando… Dispensando la oferta habitual en el resto de bares, salvo una leve variación que tiene su importancia: el precio. Intuyo que van hallando su nicho de mercado gracias a tarifas más comedidas de lo habitual, que despliegan con gran alarde tipográfico en las pizarras que saludan a la entrada. Cafés (y cañas) a un euro encierran hoy su mejor reclamo: el improbable lector los divisará desplegando esta táctica en el café Gran Vía, por ejemplo, o en el Punto de avenida de Colón. Cito los que conozco; ignoro si hay más y desconozco también si su parroquia está contenta. Todavía no he entrado en ninguno, pero las referencias que me llegan de clientes asiduos me invitan a pensar que están aquí para quedarse: que son una competencia seria para los bares de toda la vida, a quienes les empieza a brotar una china en el zapato.

Y perdón por este chiste tan malo.

P.D.  Las primeras noticias de inmigrantes en nuestros bares nos llegaron no tanto gracias a los bares que han fundado sino merced a su presencia como profesionales al servicio de jefes indígenas. Eran aquellos años anteriores a la crisis, cuando nos volvimos locos: una manifestación de nuestra paranoia fue que nos volvimos ricos de repente, de modo que los oficios más sacrificados no encontraron mano de obra local y pasaron a ser desempeñados por extranjeros. Al principio, te hacía gracia ver su impericia tirando una caña; hoy, los que resisten son profesionales tan capaces como los de toda la vida, con quienes tiendo a simpatizar de modo natural: basta pensar en los avatares que habrán sufrido hasta buscar entre nosotros su lugar bajo el sol. O a ese lado de la barra.

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El orden de tu nombre
Jorge Alacid 28-06-2013 | 5:56 | 0

No se lo digas a papá, bar de Barcelona

Repasando la última entrada dedicada al Bretón, compruebo que Logroño no escapa a una tendencia nacional en la rotulación de bares: falta de originalidad. En grado sumo. Los más comunes en toda España, según informa Coca Cola en la campaña que acaba de lanzar dedicada a lo mismo que este blog (la reivindicación del bar como depositario del espíritu español), son tres denominaciones que tampoco descubrieron América: Plaza, Avenida y La Parada. Con las dos primeras pueden encontrarse bares en Logroño; de La Parada, por el contrario, no tengo noticias.

Más corriente resulta titular al local con el nombre de la calle o plaza donde se ubica: ahí tenemos al mentado Bretón, a quien acompañan el Vigón (sí, de Jorge Vigón), el Colón de la avenida homónima, el San Juan de la calle San Juan y la Taberna del Laurel que, en efecto, se ubica en la calle Laurel… Hay tantos ejemplos logroñeses de esta corriente que no caben esta entrada. También son frecuentes los bares que te permiten repasar el atlas mundial. Londres, Roma, Lyon, Niza, Monterrey… Es común igualmente darles un aire extranjero (si no te gusta Londres, siempre nos quedará London) o bautizarlos con el nombre del propietario: aunque algunos no lo sepan, siempre he sospechado que quien puso en marcha el bar Sebas se llamaba Sebastián. Pero igual me equivoco.

Mis favoritos son sin embargo aquellos que incluyen alguna gracia, un gesto, un guiño que busca desde la rotulación la complicidad con la clientela. ¿Por ejemplo? Por ejemplo me encanta la humorada de quien le puso a su local nada menos que El Perchas, como el famoso taxista de aquella época en que parecía que sólo había un taxista en Logroño. Y sigo sin olvidar otros garitos desaparecidos cuyo nombre se repiten como un eco en mi cabeza: el bar Capri de Murrieta, ya citado aquí, donde sin embargo nunca vimos el Mediterráneo. O aquel pub situado más o menos enfrente, que impuso la moda de nombres con mensaje, tan ochentera: No se lo digas a papá. Que por cierto es un nombre que he encontrado en otros puntos de España (el de la foto es de Barcelona). Aquello de no se lo digas a papá era un consejo que los dueños se podían haber evitado: no, nunca se cuentan a papá según qué cosas. Ni a mamá. Aquel bar era contemporáneo del célebre y también difunto Yo qué sé, denominación harto curiosa que permitía el juego de palabras que su inventor probablemente deseaba. Algo así:
- Hija mía adorada, ¿dónde estuviste anoche?
- Yo qué sé, mamá querida.

Las últimas modas en hostelería me parecen que trabajan más este flanco de la nomenclatura, que para mí tiene más importancia de la que parece. Si nuestro bar de confianza carece de un nombre del que enorgullecerse, un imán que nos atrape desde el brillo del neón… Mal asunto. Les exigimos siempre un poco más. Saxo, Tivoli, Moderno, Donosti, Iturza, Gurugú, Bretón… Suenan contundentes, nos atraen desde que pronunciamos cada sílaba, porque poseen imagen de marca. Una poderosa imagen de marca, pese a que quienes así los llamaron lo ignoraran todo sobre mercadotecnia, que es un arte reciente. Aunque para mago del marketing, el artista a quien se le ocurrió aquello de El Soldado de Tudelilla, hermoso nombre que aún suena mejor en inglés como sugería Eduardo Gómez: The Soldier from Tudelilla.

P.D. Estas líneas se iniciaron recordando la campaña que Coca Cola ha impulsado más o menos coincidiendo con la apertura de este blog. Mientras sopeso si me querello contra la bebida de Atlanta y les pido que me indemnicen por los royalties que me han usuprado, no está mal eso de celebrar a  este sábado, un puñado de bares logroñeses se suma a la iniciativa, que promete animar los ya de por sí animados garitos de la ciudad. Incluso aquellos donde se toma Coca Cola.

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