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Logroño

¿2017? Nos vemos en los bares
Jorge Alacid 30-12-2016 | 11:30 | 0

Obra de Diego Ortega y Néstor Santo Tomás

 

Cierra el año y este blog le dedica su última entrada: no sé si el 2016 casi difunto se lo merece, pero como todo quien navega por la red (y por la vida analógica) ofrece su particular resumen, Logroño en sus bares no puede ser menos. Sobre todo, porque uno va recibiendo invitaciones a iniciarse en el noble ejercicio de los balances, listas y otras gaitas y, puesto que se debe a su público como cualquier cantante folclórica, acaba aceptando el reto.

Primera invitación. Javier García, seguidor de twitter a quien no tengo el gusto (pero al que envío un saludo), me propone lo siguiente: “Le animo a que elabore un raking de los bares de Logroño. De hoy y de ayer”. Y aunque también me advierte que semejante desafío “es complicado” de ejecutar, le contesto sin pausa. Porque la respuesta es sencilla: me decanto por los que ya no existen. Los que añoro. El Capri, el Continental y el viejo café La Granja. Y agradezco su oferta de crear con estas cavilaciones mías por los bares de confianza lo que el señor García llama ‘El tripalacisor’. Pero tengo que rechazarla: aparte de que el nombrecito propuesto se las trae, necesitaría otra vida para cumplir con semejante cometido.

Segunda invitación. Que tengo que declinar, amablemente. La creación de unos premios en plan ‘Lo mejor del 2016′, como esos discos recopilatorios a mayor gloria del reggaeton y otras calamidades contemporáneas. Me lo sugerían en una barra de confianza hace unos días y tengo que admitir que estuve dándole vueltas al magín. Pero se me ocurría algo tan poco convencional y un pelo gamberro que acabé por descartar la ocurrencia: todavía aspiro a que me sigan admitiendo en mis queridos bares. ¿Que qué me maliciaba? Algo así.

 

Premio Artadi: al bar donde sirvan peor el vino (de Rioja)

Premio Chicote: al camarero más borde.

Premio Salmonela: al bar con peor higiene

Premio Cruzcampo: al bar donde tiren peor la caña

Premio Tío Gilito: al bar donde tarifen más exageradamente

Premio Bar Turismo: al peor bar de Logroño

Como se ve, unos premios sin futuro. No se me ocurre ningún local que cumpliera semejantes requisitos. Preferí por lo tanto aceptar otra oferta que me hice a mí mismo: recopilar las iniciativas registradas a lo largo del año que más ilusión me han hecho como parroquiano y eventual cronista de la vida secreta de los bares logroñeses. En ese apartado, yo confieso: me tiene ganado el corazón la reapertura del Ibiza. Cuyo diseño recoge encendidas alabanzas como algún reproche, lo cual me parece fetén: viva la libertad. Porque mi alegría nace del mismo hecho de que esté abierto. Lo veo recibir a una clientela entusiasmada con la posibilidad de regresar al viejo café donde tan buenos ratos pasaron unas cuantas generaciones de logroñeses y me parece suficiente. Anoto otras aperturas recientes que me han hecho una ilusión semejante (Moderna Tradición, La Despensa del Marqués, Principal de Portales) y recomiendo los paseos genuinos que cualquiera tiene a su alcance: los de siempre, las rutas por los bares del viejo Logroño, o los itinerarios emergentes. Por ejemplo, el que me regalé la otra noche alrededor del parque Gallarza: Barrio Bar (vermú fetén), Serenella (y su tortilla multipremiada) y El Lagar, que me sorprendió gratamente por su cuidada decoración, esmerado servicio y estupenda oferta de tragos y bocados.

Voy acabando, con la vista puesta en el 2017. Registre el improbable lector en su caletre alguna apertura de postín que ya se anuncia. Una cervecería de inminente inauguración en Portales, allá donde acampaba el comercio de Foto Payá, y la resurrección del imprescindible Tahití de República Argentina, largo tiempo en obras pero anunciando ya su regreso a la actividad. Que se unirían en el nuevo mapa de bares a otra prometida recuperación muy cara a Logroño, la del añorado Baden. De modo que concluyo con un brindis. Por la salud de los beneméritos bares de toda la vida, que recibieron la visita de este blog (Soriano, Sebas, Lorenzo, Iturza, La Taranta y una larga y proteica nómina), por la salud de sus parroquianos y, sobre todo, por la de quienes siguen las andanzas de este blog. Que pronto dará cabida a una pieza en torno al eterno Chuchi del Junco (hoy se publica en el suplemento Degusta de Diario LA RIOJA) y que promete nuevas emociones en el año que se avecina. El 2017, donde seguro que volvemos a vernos donde solemos: en los bares.

P.D. Cualquier balance debería incluir un agradecimiento. Desde luego, estas líneas deben leerse como una demostración de gratitud infinita hacia quienes se sitúan al otro lado de la pantalla. Algunos, viejos (con perdón) conocidos; otros recién conocidos, que se manifiestan sólo a través del éter. Todos, en cualquier caso, se reúnen en una cifra: la de miles de seguidores que alguna vez se han asomado a esta ventana sobre Logroño y sus bares. Si alguien tenía alguna curiosidad (yo desde luego la tenía; vanidad, supongo), le dejo como regalo de Reyes la lista de las diez entradas más vistas este año, con un claro ganador: aquel artículo dedicado al cachopo, como se refleja en este dibujito que decora estas líneas, debido al ingenio del maestro Diego Ortega y del benemérito Néstor Santo Tomás. A quien también le doy las gracias.

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Como riojanos vuestros que son
Jorge Alacid 17-06-2016 | 10:41 | 0

Bodega del Riojano, en Santander. Foto publicada por El Diari Montañés

 

Pasatiempo marciano para amigos de los bares que sean naturales y residentes en La Rioja: navegar por google observando el largo cúmulo de referencias dedicadas a glosar cuantos bares llamados El Riojano, Riojano, Rioja o algo parecido encuentra uno a su paso por el éter. Más de 400.000 referencias. Gloria bendita. Sí, ya sé que no es nada científico, sino un paseo virtual que, en mi caso, acompaña al que me concedo cuando visito alguna ciudad y me maravillo ante un letrero donde una nomenclatura semejante me reconcilie con el añorado y perdido universo de las bodeguilla. Una tipología que apenas sobrevive en Logroño y alrededores. Y que, en efecto, lejos de entre nosotros tendía a ser así denominada: con la marca Rioja bien visible.

Se trataba de un tipo de bar que tuvo sentido, sentido pleno por cierto, cuando lo defendían aquellos paisanos que recorrieron España proclamando la buena nueva, que sabía a vino de Rioja. Y para que no hubiera dudas, en efecto bautizaban así sus negocios: Rioja, ya entonces, era sinónimo de vino, bebida por excelencia en aquel tiempo. Años 50, 60 o 70 del pasado siglo: sin la parafernalia actual, oculta en grandes barricas que luego servían de mostradores viajaba aquella mercancía para ser expedida a granel. Se beneficiaban de ella no sólo los chiquiteadores de guardia, sino el vecino de los alrededores: bajaba a la bodeguilla más cercana, aproximaba la botella al garrafón y se marchaba por donde había venido, para acompañar el almuerzo. Con o sin; con o sin gaseosa.

Con el tiempo, ese universo en blanco y negro ha ido mudando. Como tengo por aquí advertido, la propia costumbre del vino sin embotellar ha periclitado, de modo que su consumo ha quedado reducido a incondicionales de tales prácticas… que ya apenas encuentran dónde ejercerla. Por Logroño, donde durante largo tiempo fue una costumbre diaria, apenas quedan espacios consagrados a semejante rito: apunte el improbable lector la bodeguilla que Neira defiende al final de la calle Milicias y casi que debe parar de contar. Como es lógico, los bares que de esta guisa pululaban por Logroño evitaron siempre mencionar en el rótulo eso de El Riojano, La Riojana o cosas por el estilo. En esos casos, era redundante.

Todo lo contrario de cuanto ocurre fuera de nuestras fronteras. Hay mesones, bares y tabernas así llamados por Cádiz, Madrid, Huesca, Marbella, Bilbao… El más célebre de esta familia se aloja en Santander: el Riojano, local emplazado en la céntrica calle Río de la Pila (junto a la plaza Pombo, suculenta zona de garbeo y tapeo), ganó justa fama a lo largo del pasado siglo merced al impulso propinado por su ideólogo, Víctor Merino, riojano en efecto. Nacido en Autol, fallecido prematuramente en accidente de tráfico, Merino construyó en el corazón de la capital cántabra una casa de comidas verdaderamente ejemplar, fruto de la herencia paterna. Aquel primitivo mesón Riojano se transformó durante su dirección en algo distinto al primigenio negocio: un acabadísimo restaurante que demostraba cómo se puede mantener fidelidad a las raíces y, a partir del respeto hacia la herencia familiar, crear algo distinto, de una envergadura mayor. Un Riojano a lo grande.

La foto que ilustra estas líneas, obtenida en el hermano El Diario Montañés, recuerda cómo era aquella Bodega del Riojano de Santander. Una hermosura de foto. Una belleza de establecimiento. Una herencia maravillosa que nadie debería dilapidar. Desde luego, menos que nadie, un riojano

P. D. Moderna Tradición, local de reciente inauguración, situó a su entrada un rosario de depósitos donde presumo que se esconde un jugoso botín en forma de vino de Rioja. Cuando todavía estaba en obras y entré una tarde a curiosear, me intrigó esa sucesión de depósitos. Pensé que se trataba de un guiño hacia el pasado: barricas contemporáneas donde se expide vino a granel por la canilla. Luego, cuando le he visitado unas cuantas veces (con resultados espléndidos, por cierto) he comprobado que tales depósitos parecen más bien formar parte de la decoración. Prometo preguntar, enterarme y divulgar los hallazgos que encuentre.

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A la rica patata frita
Jorge Alacid 12-02-2016 | 8:57 | 7

Ración de patatas fritas gratis en El Flechazo de León

 

Cuando uno era crío solía, como los de su quinta, acostumbrarse con poco, entre otras cosas, porque no había alternativa. La resignación era tendencia nacional: más o menos, todo el mundo se conformaba con casi nada. En materia de bares, por ejemplo, valía con una tostada en La Granja repartida en plan asambleario con el resto de la prole para recompensarnos, bastaba una coca cola compartida en La Rosaleda también entre varios morros, un Cacaolat si era fiesta, pero fiesta grande… La consigna era no importunar a los mayores ni a sus bolsillos, doctrina que juzgo desaparecida: ahora se ha implantado la dictadura infanto-juvenil con aquiescencia generalizada, entre el beneplácito común. Una moda tan extendida, que si cuentas como me dispongo a hacer que hubo un día en que un humilde cucurucho de patatas fritas colmaba tus expectativas parecerá que retrocedo al pleistoceno. Lo cual por cierto es verdad.

Ese añorado cucurucho se servía en la churrería emplazada durante largos años en el tramo inicial de Portales, aunque entonces la calle se llamaba General Mola y era en realidad el tramo final: por aquella época se contaba desde Murrieta. Con ocasión de alguna efeméride, la familia caminaba hasta sus puertas y se procedía al convite anhelado, que en la mayoría de las ocasiones tenía de protagonista al querido churro (y no los habrá probado usted mejores, oiga), pero que en fechas menos señaladas se dedicaba a su hermana menor, la patata frita. Patata frita de churrería, vianda exquisita. Servida en efecto en cucurucho, como los propios churros, que íbamos saboreando como si fuera Beluga de regreso al hogar. Tampoco las he probado mejores. Patatas leves, incandescentes, pero sabrosas, siempre al punto de sal. Patatas fritas que se resquebrajaban al mínimo contacto con la dentadura y formaban un riquísimo puré pajizo, inolvidable. Desde entonces tengo para mí que las patatas fritas constituyen la prueba del nueve de cualquier bar, junto con el estado de sus aseos: si superan ambos requisitos, es que el cliente está en buenas manos.

Lo cual, ay, no suele suceder. Las patatas fritas de churrero pertenecen a otra glaciación, aunque ahora se reediten en formato bolsa: una imitación que sólo en contadas ocasiones recuerda al original. Si traigo a colación este fino manjar tan caro a los bares de nuestra infancia es porque acabo de probar unas de aquellas patatas fritas que me conquistaron de chaval. Bueno, casi: no son las mismas, pero las expedidas bajo la marca Pafritas, casa por cierto de raíz riojana, conservan el aroma y sabor de mi infancia. No tengo el gusto de conocer a sus ideólogos ni más pistas que las proporcionadas mientras me las zampo, aunque, de repente, brotan en cada lineal del supermercado y las  veo ofrecerse en unas cuantas barras de confianza, en distintas encarnaciones. Mi favorita, por si le interesa al improbable lector, llega manchada de pimentón. Un juguetón toque picante que le añade atractivo.

Porque lo habitual es lo contrario. En los muy contados bares logroñeses que se inclinan por obsequiar a la parroquia con algún detalle, es norma que ese obsequio adopte la forma de patata frita. Muchas gracias: visto el paisaje general, poco dado a este tipo de convites, a mí ya me sirve. Pero si además las patatas que se sirven tuvieran alguna gracia, el cliente sería casi feliz del todo. Es usual sin embargo que el platillo donde se ofrecerán las patatas ingrese vacío en un bolsón gigantesco, oculto bajo la barra, y reaparezca lleno de un fruto… Ejem, mejorable. Como si nos diera por masticar una servilleta.

Con lo fácil que sería lo contrario. Hacerse con unas patatas fritas de confianza y regalar una ronda a la clientela. Incluso tengo observado que no resulta tan extraño que el propio bar las manufacture: así ocurre en el maravilloso local llamado muy apropiadamente El Flechazo, a las puertas del Barrio Húmedo de León. Un bar que dispara directamente al corazón de sus parroquianos cuando les invita a generosas raciones elaboradas en la freidora donde suda que te suda el dueño del establecimiento mientras las va alumbrando en su punto, estupendas de sal, diabólicas de picante. Un lujo, como se aprecia en la imagen. Un lujo a nuestro alcance… pero sólo el dichoso día en que nuestros admirados hosteleros se dejen contagiar por estas muestras de magnanimidad y se marquen uno de estos lujos.

Hasta entonces, toca resignarse. Esperar que en la ronda habitual nos encontremos con las mentadas Pafritas o hermanas de semejante calidad para acompañar los tragos o que se eleve el nivel de las que ofrecen de regalo en los bares más hospitalarios. También cabe hacer como servidor cuando iniciaba estas líneas: cerrar los ojos, imaginar Logroño a finales de los años 60 y regresar al calor de la querida churrería de Portales, para saborear de nuevo aquellas patatas fritas memorables. Patatas fritas que saben a infancia.

P.D. La costumbre frecuente en otros pagos de la tapa gratis motivó hace tiempo una entrada en este blog y alguna crítica de hosteleros. Nada tengo contra ellos, como se habrá observado. Más bien al contrario. Hubo también quien opinó que semejante práctica se podía imponer en Logroño y desde entonces observo que poco a poco algunos bares la van implantando. Humildemente. Para mí, suficiente. Porque de momento no aspiro a beneficiarme de la generosidad acreditada por los bares de estas ciudades que recopila este enlace.  Doy fe que en tres de ellas (Granada, Ávila, León) uno se marcha a casa almorzado a base de tapas gratis.

 

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Nuestro hombre en la barra: Colo Cortés, centinela de la calle Bretón
Jorge Alacid 30-01-2016 | 10:52 | 2

Colo Cortés, en una imagen antigua, en el Bretón

 

Centinela de la calle Bretón de Logroño, Colo Cortés y su café ejercen de faro de esa arteria principal de Logroño, cuya barra célebre pilota, así en su anterior ubicación como en su actual sede. A su condición de tabernero a la antigua (es decir, ese tipo de camarero que conoce por su nombre al parroquiano conspicuo y goza de visión periférica para atender con un ojo la terraza exterior, con el otro la barra indoor y con el sexto sentido, los veladores del piso superior), el profesional apodado Colo agrega su faceta como mecenas de la cultura local.

Así que larga vida al Bretón y larga vida por lo tanto a Colo, quien confiesa que ingresó en la cofradía de los bares hace 29 años. «Fue algo fortuito», admite. «En realidad, el Bretón lo montó el exmarido de mi mujer cuando ya llevaban dos años separados», prosigue. Y añade: «Le ayudamos en muchas cosas y le presentamos a su socio, pero luego tuvieron algunos problemillas entre ellos y nosotros lo solucionamos entrando de socios» del negocio. Era el 1 de enero de 1987. «Sin ninguna experiencia, Isabel y yo», rememora Cortés, «cogimos los mandos de la cafetera y la bandeja de servir mesas. Y hasta ahora».

Pasa el tiempo. El Bretón ve consolidarse su fama como referencia local, galvaniza a su alrededor a una pléyade de incondicionales que le reservan su más cálida lealtad y va navegando hasta hoy. «Siempre he sido propietario del negocio», recuerda Colo. «Primero, del propio Bretón, y luego, ya en 1998, del Tortilla Flat, actual Maltés, y dos años después, del Odeón». Desde hace dos años, a esa breve cartera de bares incorpora el Maravillas, también en la misma calle Bretón.

¿El secreto de tan feliz y ya longeva trayectoria? Colo lo tiene claro. El Bretón, alega, ha sido leal al ideal que pretendía implantar cuando tomó sus riendas.«Mantener en lo posible esa forma de trabajar de la hostelería de servicio rápido y agradable, un tipo de bar donde el cliente se sienta como en casa». Con los inconvenientes sobrevenidos, por supuesto, consustanciales al sector y propios de quien se toma el oficio con sentido de la profesionalidad. «La burbuja inmobiliaria», subraya, «afectó a la hostelería como a otros sectores». Con una particularidad:que los jóvenes ya no querían ser camareros, sino que preferían trabajar en la construcción «porque se ganaba más dinero». En conclusión, malas noticias para visitar los bares de confianza. «Sí, fueron años en que la profesión se resintió, tanto en la formación de los camareros como en los intereses de los empresarios». Años de plomo para la hostelería, cuando se convirtió en perversa tendencia la idea de «montar bares para luego traspasarlos». Una moda que repercutió de mala manera, en forma de alquileres cada vez más caros, traspasos a precios astronómicos y, en definitiva, con la entronización de un modelo de gestión que primaba «explotar la novedad al máximo en contraposición al empresario convencional, para quien su negocio debía tener largo recorrido», bares «con ambición de durar muchos años», como advierte Colo. Bares que se arriesgan a ser pulverizados por los que optan por durar poco y ganar dinero en escaso tiempo.

¿Aquellos años se fueron? Tal vez. El improbable lector no debe albergar grandes esperanzas de que mute el signo de los tiempos y en consecuencia los bares vuelvan a ser lo que fueron. Le quedará no obstante al cliente leal a su bar favorito alguna certeza, como la que dispara el ideólogo del Bretón: que en todos sitios de España, avisa, «hay buena hostelería y hostelería de batalla». La admisión de que, en efecto, «Logroño tiene sus calles de pinchos, pero otros lugares de España también». La certeza, en definitiva, de que «las grandes ciudades han perdido más» en materia de bares.
Concluye Colo sus cavilaciones aceptando una propuesta: que se imagine fuera del bar. Que piense en su propia experiencia como cliente. ¿Qué bar logroñés elegiría? Respuesta:«Solía ir al Junco de mi amigo Jesús hasta que falleció». Así que ahora barre para casa: cuando no acude al Tastavin de la calle San Juan, se inclina por el Dover. ¿Razón? «Es de mis hijos».

P.D. Con este artículo inauguro una sección en papel que se podrá leer cada último sábado de mes en las páginas del suplemento Degusta que publica Diario LA RIOJA. Ahí nos veremos. Ahí, y donde siempre: en los bares.

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El mejor bar del mundo
Jorge Alacid 02-01-2016 | 11:09 | 0

Bar Savoia, en la localidad italiana de Amalfi

 

Muere el año, llegan las listas: tradición navideña que este blog no puede ignorar. Aunque será una lista heteredoxa: en la búsqueda del mejor bar del mundo, procuraremos no salir de Logroño. Porque esa clasificación que cada año elabora no sé quién (y elige en el primer puesto al bar Artesian, de Londres: no tengo el gusto) suele tener en cuenta aspectos que (me parece) nada tienen que ver en que este bar y no otro nos lleguen al corazón o nos dejen indiferentes. Se suele valorar dos aspectos que a mí me dejan frío: las elevadas tarifas concentradas en su lista de precios y ese tipo de lujos contemporáneos que quienes hemos sido educados en el añorado y confortable universo de cabezas de gamba y serrín en el suelo ignoramos con educada gentileza.

Así que olvidando lo que cuenten los gurús de este negocio, aporto mi propia lista. La suma de todas entradas debería formar el mejor bar del mundo, pero tampoco de eso estoy muy seguro: a veces el orden de los factores altera el producto final. Porque falta lo esencial: falta la magia. Y ese es un componente intangible que suele aparecer cuando no se le convoca… aunque yo no dejo de llamar a su puerta. Porque pienso de verdad que el mejor bar del mundo debería tener:

La barra de La Granja. Hermosa curva que dispara nuestros recuerdos al territorio de la nostalgia. Yo era un crío que se pedía una tostada con mantequilla, manjar consumido en el silloncito situado a la entrada, bajo la imperial escalera. Vale también la barra del Ibiza. Abstenerse los amantes del bar low cost.

La terraza del Tívoli. Veríamos aparecer a Maisi bandeja en ristre, lentísimo: procurando que la cerveza llegara siempre caliente. Y resucitaría Anita con sus pipas horneadas en la locomotora de juguete. Tratantes de ganado, abstenerse.

El camarero Santos. Regresamos a La Granja para homenajear a los camareros de antigua estirpe, profundos conocedores del oficio. Serviciales pero no serviles, discretos pero no olvidadizos: ese tipo de camarero que te despacha lo que tú quieres sin necesidad de pedirlo. Abstenerse tiquismiquis.

La gramola del Tigre. En el mejor bar del mundo sólo suena la música que tú quieres: algo demasiado importante para dejarlo en manos de los dueños. Sonarían los Rolling y Adriano Celentano, Paolo Conte y Las Grecas, Antonio Machín y Marvin Gaye, Los Amaya y Los Ángeles, Tom Jones y Suzy Quatro. Horteras, abstenerse.

Los pinchos del Pachuca. Honor a quien creó el universo de la tapa antes de que el concepto tapa existiera. Gloria por lo tanto al inventor del tentempié, concepto fetén y cañí al que tanto debe nuestro corazón tan logroñés: los calamares del Moderno, los ajos del Florida, las ensaladas del Soldado, los champis del Soriano y la tortilla del Sebas. Abstenerse finolis.

Los vinos del Turismo. Tinto con paracaidas, por favor. Y salvar el lumpen de la entrada, ignorar a la clientela bizarra apoltronada en las mesas de formica, la condescendencia del camarero de guardia, alguna lumi abandonada en una esquina de la barra. El mejor vino del mundo te tiene que dejar los labios desbordando melancolía. Brigadistas del ejército de salvación, abstenerse

Las copas del Saxo. Suenan los Smith por la megafonía y todo es perfecto: la compañía, sobre todo. Abstenerse fans de Pink Floyd. Y de ahí al Abraxas.

El espíritu de Cantabria. Y su bar, y el bar de la Hípica, las excursiones a La Pepa, el Joto y Los tres marqueses (ojo: en su anterior encarnación), y Las Losas de Oyón, y los huevos duros del Iturza, las cazuelitas del Cuatro Calles y la bodeguita Montiel, la infinita barra del Continental, la clase de Las Cañas, todas las declinaciones del Bretón, el alma resurrecta del Ibiza y la interminable cristalera del fenecido Capri por donde veíamos anochecer, en todos los sentidos. Forasteros, abstenerse.

P.D. La imagen que ilustra estas líneas pertenece al bar Savoia de Amalfi, donde recalé este verano. Me pareció que condensaba el encanto que uno busca en sus bares predilectos. Humildad pero grandeza, sabiduría y contención. Mucho estilo, incluyendo camareros insomnes apalancados en la puerta rascándose la cabeza, reluciente el mandil. De modo que me desmiento a mí mismo y decido viajar fuera de Logroño: el mejor bar del mundo debería incluir toda esa mentada lista de elementos logroñeses, depositarlos luego en el Savoia amalfitano y lanzar los dados para ver si surge la magia reclamada, con el Mediterráneo al fondo. Ese bar sí que sería perfecto.

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