La Rioja

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Etiqueta: Junco
Nuestro hombre en la barra: El bar soy yo (y mis clientes)
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Jorge Alacid | 27-02-2017 | 08:16 |0

Miguel, en la barra de su bar. Foto de Justo Rodríguez

 

Una mañana de 1991, Miguel se desayunaba como debe todo riojano: leyendo este periódico. Desconocía entonces que se aproximaba la hora de la magia: en sus páginas, su mujer tropezó con un anuncio donde leyó ‘Se traspasa’. Le dio un codazo a su marido, quien telefoneó al número donde daban razón del traspaso. Oh, casualidad: respondió Antonio, un navarro al que Miguel conocía de su etapa como camarero en el mítico Junco de avenida de Portugal. «Yo llevaba tiempo queriendo ponerme por mi cuenta y cuando vimos el anuncio, mi mujer me dijo: ‘Ahí lo tienes’». Arreglado en efecto el contrato con el anterior defensor de esta breve barra, veterano icono de la calle Laurel, se obró el milagro: el bar Sierra La Hez pasó a sus manos. Y ahí sigue.

A nuestro hombre (Miguel Ángel Ruiz Rivas, para el mundo) le había inoculado el veneno de la hostelería la diosa del azar. Recuerda que solía andar con otros chiquillos callejeando por su barrio, la Zona Oeste, y el dueño de cierto añorado jamonero de la calle Industria le permitió un día pasar al otro lado de la barra. Tenía catorce añitos.

- ¿Te atreves?
- ¿Cómo que si me atrevo? Ahora

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Nuestro hombre en la barra: el camarero de los mil bares
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Jorge Alacid | 05-01-2017 | 16:52 |0

Chuchi, ideológo del bar Junco

 

Llega Chuchi al Junco, reparte cien saludos, regala mil sonrisas. Se sirve una cerveza («Tostada, eh?»), se sigue riendo a cada frase y pone a funcionar la moviola. Afuera acampan el frío y la niebla; dentro, guarecidos al calor de la fiel parroquia que jamás le abandona, en efecto Chuchi recuerda. Y recuerda bien, con tino y brío: Logroño, los bares de Logroño que ha defendido desde que se inició en el oficio a los 16 años, le caben en la cabeza. «Yo empecé en El Rincón de Pepe de la calle Oviedo». Primera catarata de imágenes. En blanco y negro: reaparecen ante nuestros ojos el tinto a dos pesetas y el gigantesco queso suizo que decoraba el castizo local que aún mantiene la luz encendida. Procedía Chuchi de Santa María de Cameros («Ponlo, ¿eh?»), población ignota perteneciente a San Román que el cronista no tiene el gusto. Su padre lo puso a trabajar a tan temprana edad, lo cual entonces no era raro, y de allí nace la segunda oleada de recuerdos, ya en color: segunda estación, el Majari de Jorge Vigón, propiedad entonces de otra familia camerana, los Espinosa.

¿Ya le gustaba esta profesión? Chuchi disuelve la pregunta mientras cabecea y

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