La Rioja
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Etiqueta: laurel
Nuestro hombre en la barra: Mere, camarero de camareros
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Jorge Alacid | hace 9 horas |0

LOGRONO. La Taberna del Mere. Duquesa de la Victoria. Hermenegildo Garcia Nájera, el Mere. 20 junio 2017. Justo Rodriguez

 

Hermenegildo García, Mere para el mundo. Hijo de Manolo y de Consuelo, nieto de Julia, «la de La Chatilla», sobrino de Amada, hermano de Manolo, Moisés y Enrique. Leyenda viva de Logroño, taurino indesmayable, fanático del frontón, eterno fumador de habanos («Me he llegado a fumar hasta nueve al día, apunta: Montecristo del tres, 898 o Fonseca del uno»), amigo de la buena mesa, inagotable conversador y mejorable contador de chistes. A quien el improbable lector recordará de cuando con apenas ocho añitos defendía ya la barra del negocio familiar en La Chatilla de Mercaderes. O de cuando, tres años después, estrenó con el resto de su progenie (su tío Lorenzo, asociado con el futbolista Zubillaga) el bar Bambi de la Laurel, fundado como marisquería y cafetería. Sí, ese es Mere: aquel crío que no olvidarán los logroñeses más veteranos, encargado de rellenar las botellas con vino de garrafón y otros menesteres menores en esa academia de camareros que fue la hostelería de su tiempo.

Sigamos su rastro, que Mere recita con su privilegiado memorión desde la barra (tapicería de cuero, filigrana de marquetería) que le hizo célebre en la ciudad

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¿Qué bar sirve las mejores bravas de Logroño?
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Jorge Alacid | 02-06-2017 | 11:06 |0

 

 

La otra mañana volví al Jubera, reciente todavía su nueva reinvención. Perdón, error: en realidad, donde estuve fue en La Mejillonera. Porque así es como conocí este bar benemérito de la calle Laurel en mi remota mocedad y así le sigo llamando para mis adentros, aunque desde luego no ignoro que semejante ocurrencia no pasa de ser una de tantas marcianadas propias. Para el resto del mundo, el Jubera es por supuesto el Jubera. Bandera y faro del protagonista de estas líneas que aquí arrancan, su plato fetiche: las patatas bravas. Un bocado que ya ha merecido alguna entrada en este blog, puesto que se trata del tipo de cazuela que deberían honrar los bares indígenas: una golosina suculenta, tarifada a precios comedidos, ingeniosa y además nutritiviva.

Lo tienen todo las bravas, aunque por razones que se me escapan se trata de una vianda en peligro de extinción. No, no son tantos los bares patrios que la consagran en su carta, de modo que cuando uno hace memoria no aparecen a bote pronto las bravas en demasiadas barras. Una pena. O una alegría para aquellos locales que sí las tienen entronizadas como merecen, porque las convierten en parte de su

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Nuestro hombre en la barra: Demetrio, patrón del decano
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Jorge Alacid | 27-05-2017 | 09:51 |0

Demetrio, patrón del Gurugú. Foto de Justo Rodríguez

 

Anote el improbable lector: mezcle una botella de clarete con una dosis (generosa) de sidra. Añada un abundante chorro de pilé 43 y remate la pócima con el toque genial: un golpe de zarzaparrilla. A continuación arroje el bebedizo resultante por un embudo bien pertrechado de hielo picado a una jarra, para tomarlo como manda el canon logroñés: bien frío. Casi helado. Enhorabuena: se está iniciando usted en la ingesta del célebre cóctel llamado americano, santo y seña del venerable Gurugú. Autor de la receta, Demetrio Velasco, quien sigue defendiendo la barra benemérita cuarenta años después de su estreno, depositario de esa fórmula mágica cuyos ingredientes exactos elude proporcionar y cuya patente custodia.

Sobra decir que el hielo lo pone Fontecha.

Será el primer apellido memorable del Logroño de toda la vida que irá surgiendo durante la charla, este bochornoso mediodía primaveral que regala Logroño. De la cocina del decano de los bares de la capital y resto de La Rioja, van apareciendo las golosinas conocidas. Cazuelas de callos y raciones de oreja, néctares que Demetrio despacha con profesionalidad académica: sin perder ripio de la

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Nuestro hombre en la barra: El bar soy yo (y mis clientes)
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Jorge Alacid | 27-02-2017 | 08:16 |0

Miguel, en la barra de su bar. Foto de Justo Rodríguez

 

Una mañana de 1991, Miguel se desayunaba como debe todo riojano: leyendo este periódico. Desconocía entonces que se aproximaba la hora de la magia: en sus páginas, su mujer tropezó con un anuncio donde leyó ‘Se traspasa’. Le dio un codazo a su marido, quien telefoneó al número donde daban razón del traspaso. Oh, casualidad: respondió Antonio, un navarro al que Miguel conocía de su etapa como camarero en el mítico Junco de avenida de Portugal. «Yo llevaba tiempo queriendo ponerme por mi cuenta y cuando vimos el anuncio, mi mujer me dijo: ‘Ahí lo tienes’». Arreglado en efecto el contrato con el anterior defensor de esta breve barra, veterano icono de la calle Laurel, se obró el milagro: el bar Sierra La Hez pasó a sus manos. Y ahí sigue.

A nuestro hombre (Miguel Ángel Ruiz Rivas, para el mundo) le había inoculado el veneno de la hostelería la diosa del azar. Recuerda que solía andar con otros chiquillos callejeando por su barrio, la Zona Oeste, y el dueño de cierto añorado jamonero de la calle Industria le permitió un día pasar al otro lado de la barra. Tenía catorce añitos.

– ¿Te atreves?
– ¿Cómo que si me atrevo? Ahora verás.

Han

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Aquí hay caldo
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Jorge Alacid | 13-01-2017 | 09:52 |0

Entrada al bar Gil de República Argentina. Foto de Justo Rodríguez

 

Laurel, primera glaciación. En medio del frío invernal, las huellas de los caminantes que peregrinan de bar en bar trazan un surco sobre la acera, orillada la nieve a ambos lados de la calle: dos muretes blanquísimos. Desde el Blanco y Negro baja a gran velocidad un hombrecillo que transporta en un carrito de la compra su mercancía. Ambos (el hombrecillo, el carrito) conocieron días mejores, lo cual no puede decirse del botín oculto en el interior de la bolsa: un jugoso arsenal de reconfortantes patatas calientes. El vendedor las parte en dos mitades según las normas de higiene de la época: es decir, inexistentes. Bajo el mismo criterio que atenta contra la salud pública esparce la sal y luego se marcha hasta el siguiente garito, una vez cobrada la breve miseria que pedía por semejante regalo. Regalo, sí: para nuestros maltrechos estómagos, que agradecían acompañar aquellos vinazos de carretero con algún bocado igual de bizarro y los engullían como si fueran un manjar.

Otra alternativa para combatir el frío ambiente en las eternas rutas invernales por Laurel y alrededores se materializó poco tiempo después. Algunos bares empezaron a repartir caldo entre

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Nuestro hombre en la barra: el camarero de los mil bares
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Jorge Alacid | 05-01-2017 | 16:51 |0

Chuchi, ideológo del bar Junco

 

Llega Chuchi al Junco, reparte cien saludos, regala mil sonrisas. Se sirve una cerveza («Tostada, eh?»), se sigue riendo a cada frase y pone a funcionar la moviola. Afuera acampan el frío y la niebla; dentro, guarecidos al calor de la fiel parroquia que jamás le abandona, en efecto Chuchi recuerda. Y recuerda bien, con tino y brío: Logroño, los bares de Logroño que ha defendido desde que se inició en el oficio a los 16 años, le caben en la cabeza. «Yo empecé en El Rincón de Pepe de la calle Oviedo». Primera catarata de imágenes. En blanco y negro: reaparecen ante nuestros ojos el tinto a dos pesetas y el gigantesco queso suizo que decoraba el castizo local que aún mantiene la luz encendida. Procedía Chuchi de Santa María de Cameros («Ponlo, ¿eh?»), población ignota perteneciente a San Román que el cronista no tiene el gusto. Su padre lo puso a trabajar a tan temprana edad, lo cual entonces no era raro, y de allí nace la segunda oleada de recuerdos, ya en color: segunda estación, el Majari de Jorge Vigón, propiedad entonces de otra familia camerana, los Espinosa.

¿Ya le gustaba esta profesión? Chuchi disuelve la pregunta mientras cabecea y sigue

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Regreso al Villa Rica
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Jorge Alacid | 23-12-2016 | 12:00 |0

La entrada del Villa Rica de la calle Laurel. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace una semana, publiqué en este mismo espacio una entrada dedicada a glosar al venerable Villa Rica de la calle Laurel, disparando los recuerdos de su época más gloriosa para mí a partir de una imagen donde un grupo de colegas de generación disfrutaban del bar y de su célebre juego del volante. Aquel dibujo, debido al ingenio de Néstor Santo Tomás a quien no me canso de agradecer su suculenta contribución, también disparó la nostalgia de unos cuantos lectores, a quienes igualmente agradezco sus felicitaciones y comentarios. Entre ellos, los de un antiguo colaborador de esta sección, el amigo Poty Foronda. Quien se vuelve a animar a compartir sus reflexiones, puestas por escrito con la clase que le distingue en sus correrías literarias. Así que, con mi gratitud eterna, publico a continuación el artículo que firma el señor Foronda. Espero que os guste tanto como a mí.

 

RODANDO EN EL VILLA RICA

 

Regresa de tomar un café con Jorge, me hace sentar frente a la máquina y me pide que escriba. Empieza confesándome que su aversión a las máquinas electrónicas le viene de la adolescencia. Es firme: era un maula. No tardó en darse cuenta. Un poco más

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El volante del Villa Rica
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Jorge Alacid | 16-12-2016 | 09:31 |0

Néstor Santo Tomás dibujó a su cuadrilla en el Villa Rica de esta guisa en los años 80

 

Tomarse unos vinos por la calle Laurel exigía en mi mocedad el estricto cumplimiento de una serie de ritos que, luego de confirmarse, concedían a quienes superasen tales pruebas el carné de logroñés. Algunos ya se han citado aquí. Por ejemplo, aposentarse a comer pipas en la ventana del Tívoli, otro tanto en el alféizar del Taza. Engullir en invierno patatas asadas, que no calentaban tanto el estómago como las manos. Adivinar cuándo abría el Blanco y Negro, por supuesto. Someterse a la inclemencia del frío invernal en el wáter del Bambi, desde luego. Y hablando de wáteres, taza y media, con perdón: en el Villa Rica de la esquina con Albornoz aguardaba un examen doble. Hacer puntería en su inodoro de pedales (que tanto ayudó a reforzar nuestros abductores) e iniciar las prácticas del carné de conducir pilotando esa maquinita que se ofrecía a mano derecha según se entraba.

Esto último no era sencillo. Para empezar, porque solía estar ocupada. Los pasatiempos de aquella época eran tan escasos que cualquier nadería disparaba el entusiasmo y concitaba el interés de la potencial clientela. Además, había que aprovisionarse de calderilla, lo cual

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Qué hay de nuevo, Ibiza
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Jorge Alacid | 28-11-2016 | 15:57 |0

Inauguración del Ibiza, esta mañana en Logroño. Foto de Juan Marín

 

Hubo un tiempo que recordarán los logroñeses más veteranos donde el sol no se ponía en los bares del Espolón. Quiere decirse, hipérbole mediante, que la gavilla de negocios hosteleros arracimados
alrededor de la céntrica plaza permitía a un hipotético cliente no abandonar ese entorno y regalarse unas cuantas visitas a sus locales predilectos sin dejar de pisar las mismas baldosas. No hacía falta peregrinar a la cercana San Juan ni a la vecina Laurel: el Espolón se bastaba para satisfacer las necesidades de los logroñeses incondicionales de la ronda eterna.

Fueron los años del Ringo o el Aéreo Club, a los que siguieron los del inolvidable pub Duque; los años de Las Cañas, por supuesto, cuyo vacío ocupa ahora Wine Fandango. Y, desde luego, los años del Ibiza, inmemorial faro, guía y brújula para varias promociones de logroñeses. Que encontraban en el bar ahora recuperado el lugar donde quedar para esto o aquello: para las gestiones bancarias, el itinerario por la Plaza de Abastos o la línea de salida en su ruta hacia el vermú que invitaba a recorrer los bares aledaños. El Ibiza, sí: el Ibiza, el imaginario puerto de mar de que dispuso Logroño, que

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Los bares añorados
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Jorge Alacid | 11-11-2016 | 08:52 |0

Dibujo de Néstor Santo Tomás

 

Hace un tiempo, un corresponsal de este blog me hizo llegar por correo el dibujo que decora estas líneas. Me enterneció: por ahí, por esa cuadrícula de bares logroñeses que festonean la calle Laurel y alrededores, debía andar yo en la lejana fecha en que el autor del croquis lo pintó, negro sobre blanco. Corría el año de 1984 y uno acababa de volver de la mili, con prisa por recuperar el tiempo perdido huérfano de sus barras predilectas. Como ahora compruebo, mientras tanto (en paralelo, sin yo saberlo), un paisano y compañero de quinta, Néstor Santo Tomás, se entretenía durante sus rondas por levantar este mapa que me sabe ahora a nostalgia, desde luego, pero también a vino negruzco servido en vasos, a los ajos del Florida y a la magia y la poesía depositadas en algunos locales que ya perecieron (ah, La Simpatía; ah, el Bambi) o en los que mudaron su piel. Y ya no: ya no son iguales.

Pero el dibujito también me despierta una emoción más profunda. Me desata el cariño. Hacia el Logroño que fue, hacia lo que nosotros fuimos. Así que mientras absuelvo a todos, a la ciudad y a las distintas generaciones que la han poblado, de nuestros innumerables

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