La Rioja
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Etiqueta: Portales
Nuestro hombre en la barra: Cervezas y música (y balonmano)
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Jorge Alacid | 03-02-2017 | 10:49 |0

Alberto y Juan, en Eldorado. Foto de Justo Rodríguez

 

 

Logroño, interior día. Alberto trajina por Eldorado como suele, enfrentado a la tarea diaria de abrillantar su bar para que reluzca también como suele: mediante la generosa contribución de camareros y parroquianos a la construcción de una atmósfera inigualable. El tipo de ambiente que uno espera hallar cuando deja su domicilio: un bar donde se esté mejor que en casa. Proeza que Eldorado lleva ejecutando con acierto durante 25 años: acaba de soplar todas esas velas festejando su envidiable capacidad para desafiar todos aquellos elementos que cuando Alberto y su socio Pedro, hoy recién abandonada la actividad, se embarcaron en su aventura parecían atentar contra el éxito que luego recogieron. Un milagro: un bar a mayor gloria de un hilo musical rocanrolero, en una calle que entonces gozaba de la condición de oasis entre las distintas zonas logroñesas y consagrado al universo cervecero.

Pero resultó que Alberto algo sabía de los secretos que tienden a imantar a una clientela a ese tipo de bar que se acaba convirtiendo en destino predilecto de cada correría. Se había adiestrado como camarero en el Pasarena de la calle Bretón y gozado luego de cierta fama

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Merlín y amigos
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Jorge Alacid | 08-07-2016 | 08:17 |0

Rótulo Merlín

 

En alguna ocasión, este blog ha abierto sus puertas a aquellos corresponsales que algo tenían que decir sobre Logroño y sus bares. Hoy contamos de nuevo con estrella invitada: el amigo José Ignacio Foronda aceptó una invitación para que fantaseara con su acreditada clase en torno a un bar mítico donde los haya. El Merlín, icono de una generación logroñesa que alguna vez atracó a sus puertas y vio pasar el tiempo a esa velocidad propia de cuando frisas la veintena. Deprisa, deprisa voló Merlín, pero no tan rápido como para evitar que hoy lo sigamos recordando como lo que fue: EL BAR. El bar donde había que estar. Logroño, finales de los 70: con todos ustedes, Poty Foronda regresando al Merlín. Seguro que os gusta. Y que disfrutáis tanto como yo.

MERLÍN Y AMIGOS

Por José Ignacio Foronda

Igual que el veneno se guarda en frasco pequeño, la memoria se conserva en los nombres propios. Parte de la esencia de mi memoria musical está en el nombre de un bar de vida corta y accidentada que conserva el aroma de un tiempo en el que palabras como libertad o sueños aún tenían alas, un tiempo en el que nosotros aún nos creíamos capaces de volar. El nombre de

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Al pan, pan
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Jorge Alacid | 01-07-2016 | 07:06 |0

Panadería Primi, en la calle Mayor. Foto de Justo Rodríguez

 

En una entrada dedicada hace alguna semana a reflexionar sobre la pertinencia de que nuestros bares predilectos distinguieran a su clientela con productos hechos en La Rioja, ya avanzaba mi preferencia por aquellos donde, además de bocados jugosos y autóctonos, el cliente disfrutara de un elemento que juzgo indispensable para acreditar la valía de un local: el pan. Hay quien sostiene, y yo no lo desmentiré, que probando el pan de un bar y visitando sus aseos uno ya puede forjarse una idea cabal de qué servicio le van a dispensar.

Suele equivocarse poco quien someta a los bares a semejante escrutinio. Porque el pan acompaña las viandas más celebradas, cierto, pero en teoría no debería limitarse a un papel auxiliar. El peor manjar gana enteros exponencialmente si se digiere ayudado por un bollo que mejora cuanto rodea. También ocurre lo contrario: que una tapa de elevada calidad desmerece si se apoya en un pan de escasa altura. Cuando coinciden pinchos de gran nivel con panes de esa misma condición, fiesta para los paladares.

Lo cual, ay, no siempre sucede. También a algunos de nuestros locales favoritos ha llegado la moda del pan todo a cien, elaborado a toda

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Portales, nuevos en esta calle
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Jorge Alacid | 10-06-2016 | 08:13 |0

Principal de Portales, vista desde San Agustín. Foto de Justo Rodríguez

 

Una entrada reciente a propósito del bar llamado Calenda, antaño Doblón, condujo mis pasos hacia la calle donde se asienta, Portales, que fue la mía durante mis primeros veinte años de vida. Y recordé que hasta la apertura del mentado local, y de su vecino Merlín al que prometo regresar un día de éstos a través de persona interpuesta, la calle apenas contaba con bar alguno. El sector hostelero le era ajeno, salvedad sea la añorada churrería de Samaniego y algún otro hito que ahora no recuerdo. Nada que ver, por lo tanto, con su fisonomía actual. La calle ha mudado su piel casi por completo. Han desaparecido algunos de los comercios más queridos (¡Dulín y La Mariposa de Oro resisten!) y en su lugar, ya se sabe: aparecen bares. Bares y nada más que bares. Que será el destino de otros negocios próximos a agonizar, por razones que la razón no entiende.

No me extenderé más en esta manía de ampliar el sector hostelero que nos ha dado ahora por Logroño. Prefiero centrarme en aquello que tiene de positivo. Por ejemplo, una apertura reciente: se llama Principal, ocupa un ancho espacio en la manzana lindante entre San Agustín y Gallarza donde se alzó

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Doblón, Doblón
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Jorge Alacid | 13-05-2016 | 07:32 |0

Bar Calenda, antes Doblón. Foto de Justo Rodríguez

 

Como mis padres eran de La Granja, yo me marché a Doblón.

Alcanzaba entonces la adolescencia, esa tierna edad: cuando uno empieza a reivindicar su propio espacio y huye por lo tanto de cuanto le puedan enseñar sus mayores porque ya lo sabe todo de la vida y no admite lecciones. Así que una de las primeras señales que envié a mis progenitores respecto a mis particulares gustos tuvo que ver con una trascendental elección en materia de bares: acababan de abrir una elegante y espaciosa cafetería enfrente del hogar familiar, lo cual representaba toda una invitación a abandonar la tutela paterna (las tertulias de La Granja) y decantarme por mi propio universo, donde pronto encontré recompensa. No había dudas: con la impertinencia propia de mi condición juvenil, deserté de los hábitos conspicuos de las generaciones anteriores y opté por trazar mi itinerario personal. Tendría unos 15 años cuando tomé tal decisión: ya no volvería a La Granja. Ah, la edad: cuántas estupideces… Pero esa es otra historia.

Yo adopté semejante renuncia no sólo porque uno estuviera más a gusto lejos del radar de sus padres, consumiendo sus propios tragos (el cafelito del

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Los Leones, un bar de cine (II)
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Jorge Alacid | 08-04-2016 | 14:22 |0

Orquestina Maipú, que actuaba en Los Leones (foto cedida por el blog Recuerdos de Logroño)

 

Como decíamos ayer…

Los Leones era más que un bar: era un casón majestuoso, donde hoy se levanta el edificio al que aún da nombre, convertido en pasaje en aquellos años 70 que tanto daño hicieron por la memoria de Logroño. Aquel Los Leones, fundado por la familia Barrenengoa al estilo de los grandes cafés centroeuropeos, con su acabada estética ‘fin de siècle’, protagonizó un prodigio inaudito para los logroñeses: de la mano de los Bellido, supo preservar ese legado en los detalles de su elegante decoración (un poco al estilo del cine Diana, como apunta juiciosa Maite Bellido), mientras abrazaba la modernidad mejor entendida gracias a la sabiduría del decorador Arturo Menac, protagonista indispensable de esta historia. Parece un actor secundario, porque se limitó a redecorar el local, pero acabará convertido en actor principal, como ocurre en las mejores películas. Menac aportó su ingenio para que Los Leones se convirtiera en una cafetería a la americana sin borrar nunca de sus espaciosos salones ese perfume a la antigua. Un mismo bar, dos almas: ahí residía probablemente el encanto que todavía atesora en la memoria de los logroñeses más

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Los Leones, un bar de cine (I)
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Jorge Alacid | 01-04-2016 | 08:34 |0

Entrada por Portales a Los Leones, durante el rodaje de Calle Mayor

 

Cuando uno pasea en Logroño la mirada por la nostalgia, sus pasos le conducen hacia la misma conclusión: lo que pudo haber sido. Lo que pudo ser esta ciudad si sus vecinos y dirigentes hubieran mostrado algo más de amor por su pasado, más cariño por sus calles, más afecto hacia sus rincones más entrañables. Una desolada visión que vale también para el universo de los bares, porque Logroño acoge un cementerio consagrado a la memoria de los locales difuntos, algunos de los cuales han tenido ya espacio en este blog.

Sirva este preámbulo como antesala de las líneas que se disponen a honrar a uno de los más hermosos bares que acogió Logroño, hermoso desde su misma nomenclatura: Los Leones. Un establecimiento heredero de una tipología muy cara a la vieja Europa que dejó sin embargo escasos ejemplos entre nosotros: el café. El gran café. Eso era Los Leones. Un gran café, el mejor de su género con que contaron los logroñeses del siglo pasado para emplearlo en lo que se emplean este tipo de garitos: para ver pasar la vida. El cliente deviene en observador atento de las cuitas de su ciudad, anota en su caletre las variaciones que observa tras los ventanales,

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Que viene Gallarza
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Jorge Alacid | 03-10-2014 | 16:13 |0

Hermosa vista de la calle Gallarza. Foto de Juan Marín

Ahora que reabre el Tívoli, parece llegada la hora de recordar que aunque siempre fue un bar incluido dentro de la ronda habitual por la Laurel, en realidad es en González Gallarza donde se cobija. Otra cosa es que, en efecto, se ofreciera como entrada, fielato y cabeza de puente para organizar el peregrinaje por la calle logroñesa más citada en este blog: el Tívoli se incorporó desde antaño en nuestro imaginario a la Laurel y vaya usted ahora a sostener lo contrario, frente a la evidencia de que su puerta principal daba como se ha comentado a Gallarza y el otro acceso, en pleno chaflán hacia Bretón de los Herreros. Ocurría, supongo, que la fama de la Laurel ejercía como un imán que atrapaba a los bares adscritos a su alrededor, cosa que sigue sucediendo: como hemos visto en otras entradas, hasta los bares de la vecina San Agustín forman parte de la asociación de la calle Laurel. Cualquier logroñés lo puede entender: nuestros trasiegos no siempre coinciden con el nomenclátor municipal.

Que el Tívoli se viera como un hito más en el itinerario de la Laurel obedecía también, supongo, a que en realidad la calle Gallarza, pese a ubicarse en el mismo ombligo

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Tívoli, de noche y de día
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Jorge Alacid | 04-07-2014 | 08:45 |0

Entrada al nuevo Tívoli, llamado Noche y Día. Foto de Jonathan Herreros

La historia del Tívoli se ha contado un millón de veces. Entre otros sitios, aquí mismo: este blog ha ido haciendo memoria de la aportación decisiva del castizo bar a la construcción de un cierto Logroño, de una cierta mirada sobre Logroño. Se ha relatado su condición de antro favorito de la abigarrada multitud empleada en variopintos oficios en la aledaña plaza de Abastos, recordado su condición de faro ciudadano en los convulsos años 80, cuando una nueva generación se aposentó en los garitos que hasta entonces detentaban más sus abuelos que sus padres, y saludado su inminente reapertura en cuando se tuvo noticia de que la manzana que otros apodarán Los Gabrieles (pero que aquí siempre defenderemos como la del Tívoli) se preparaba para su reconversión, luego de tantos, de demasiados años varada.

Bueno, pues el nuevo Tívoli acaba de abrir sus puertas y suma su atractiva barra a la renovada oferta hostelera de Logroño. Lo hace bajo una nueva encarnación, un exitoso capítulo más de la factoría conocida como Noche y Día, que tomando como ejemplo el primitivo local de la calle San Juan, ha ido sembrando de negocios con ese nombre media ciudad. En la

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Laurel, al filo de la medianoche
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Jorge Alacid | 13-06-2014 | 07:56 |0

Vista de la calle Laurel. Foto de Miguel Herreros

El pasado 9 de junio, Diario LA RIOJA regaló a sus lectores un espectacular suplemento que pretendía retratar (más o menos) la vida en nuestra región durante 24 horas. Me tocó recorrer un rincón muy sensible de nuestra tierra: la calle Laurel durante un sábado por la noche. Me ha parecido oportuno rescatar aquí el reportaje de mis andanzas.

Uno lleva cerrados unos cuantos bares de la calle Laurel. A medianoche, en el eterno invierno logroñés, descendíamos hacia el Tívoli cuya luz ejercía como imán para la última ronda (la espuela, que le llaman) y a sus dos flancos nos saludaban los bares a punto de echar la persiana, iluminados por el lánguido fluorescente. Camareros fregando vasos y echando un ojo al Telefunken, en la triste compañía de los clientes habituales al filo del cierre: bebedores furtivos, dipsómanos habituales, una pareja de mirada turbia que renuncia a regresar a casa, un viajante despistado. Con el buen tiempo, nos resignábamos a las mismas escenas cuando asomaba la medianoche. Quiere decirse que Laurel siempre fue una fiesta para los sentidos, cierto, pero entonces carecía de su polifonía actual, esa paleta muy rica en colores con que ha

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