El profesor Álvarez Junco en el Congreso

El pasado 31 de enero, el Catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales de la Universidad Complutense de Madrid, José Álvarez Junco, compareció en la Comisión de Evaluación y Modernización del Estado autonómico del Congreso de los Diputados. A todos los que estábamos allí, nos pareció verdaderamente magistral la lección que dio sobre los nacionalismos y también sobre nuestra historia desde la Historia. A continuación os dejo, la primera parte de su intervención tal y como consta en el Diario de Sesiones. También podéis verlo en el siguiente enlace.

“Buenos días a todos. Les aseguro que para un historiador y politólogo estar en un sitio como el Congreso de los Diputados es no solo un enorme honor, sino también una emoción, a pesar de que todos sabemos cómo es la política y asistimos por los medios de comunicación a espectáculos a veces no muy ejemplares, pero estar en el sitio en el que ha estado, sin ir más lejos, don Práxedes, siempre suscita emoción para los que hemos hablado y leído tanto sobre él. Entonces, señor presidente, para hablar sobre este tema ¿dispongo de tres horas? (Risas). Se me ha ocurrido que en una comparecencia como la de hoy, para hablar de naciones, nacionalismos y del caso español, era mejor hacer un enfoque lo más distanciado posible. Es decir, a veces para entender mejor los problemas conviene no acercarse tanto a ellos, no vivirlos intensamente, no participar de las emociones que se están desarrollando allí. Se dice si no estás allí no puedes entenderlo, en fin, ese tipo de cosas; todo lo contrario, hay que ver cómo han tratado las ciencias sociales este tipo de fenómenos, qué ha ocurrido con los grandes libros de los últimos años o décadas, cuál es nuestra manera actual de verlos, y estudiar o mencionar brevemente algunos ejemplos que puedan ser comparables y arrojar alguna luz sobre el caso español.

Lo primero que tengo que decir es que sobre naciones y nacionalismos se ha escrito muchísimo en ciencias sociales en los últimos cuarenta o cincuenta años. Es realmente un tema estrella, hay miles y miles de libros. Yo trabajé bastante en este tema, sobre todo en los años noventa durante los diez años que pasé en Estados Unidos, leí los grandes libros de Benedict Anderson, Ernest Gellner, Eric Hobsbawm y tantos otros, y he escrito algunas cosas sobre la revolución que se ha producido. Sintetizándoles esta revolución, en contra de lo que nos enseñaban a los estudiantes hace cincuenta años; en contra de lo que piensa todavía mucha gente que lógicamente no está al día sobre cómo avanzan las ciencias sociales; y en contra sobre todo de lo que piensan los nacionalistas, las naciones no son fenómenos naturales ni eternos. En contra de lo que me enseñaban en las escuelas franquistas en las que nos decían que España es eterna; pues mire usted, si hay algo que la ciencia puede asegurar es que España no era eterna. Es decir, hace tres mil, cuatro mil o cinco mil años España no existía, y dentro de tres mil, cuatro mil o cinco mil años -para que nadie se ponga nervioso-, España no existirá. No sé cómo se va a producir ese proceso, si va a ser lento, rápido, violento, pacífico, pero desde luego no existirá. Cataluña tampoco, se lo dije una vez al presidente Pujol y me vino muy nervioso a decir luego: ¿Así que dentro de mil años no existirá? ¡Pues los judíos existen desde hace cinco mil! Se comparaba con el pueblo judío, lo cual es lógico, propio de los nacionalismos; todos se quieren comparar con el pueblo elegido y formado por Dios y destinado a un destino sobrenatural. Bien, pues no, las naciones no son naturales ni eternas; las naciones son productos de la historia, son productos de circunstancias políticas -subrayo políticas y vuelvo a subrayar políticas-, culturales, económicas, aunque poquito, poca importancia de la economía. De los grandes libros que se han escrito sobre estas cosas en los últimos años, algunos vienen de la antropología, otros de sociología, de historia, pero de economía más bien pocos, los economistas han aportado poco. No es un fenómeno fundamentalmente económico. Frente a lo que dice la gente de que todo es cuestión de dinero, pues no, mire, las naciones tienen mucho de emocionalidad, tienen mucho de cultura y tienen muchísimo de política. Se formaron centros políticos en un determinado sitio, y una institución, por ejemplo, una monarquía belicosa, acumuló recursos económicos, acumuló recursos políticos, acumuló burocracia, acumuló ejércitos, pudo ir controlando un territorio y, a continuación, convenció a los habitantes de ese territorio de que formaban parte de una entidad comunitaria llamada nación. Las naciones son, por tanto, productos de la historia, son productos coyunturales, aparecen y desaparecen, se hacen y se deshacen con el paso de los tiempos.

Segundo, las naciones son construidas muchas veces no intencionadamente,  pero a veces intencionadamente por unas élites a las que llamamos nacionalistas, que son normalmente las élites político-culturales que están en el centro que domina esa nación y las principales beneficiarias de que la población se convenza de que forman parte de una comunidad llamada nación. Por tanto, al revés de lo que piensan los nacionalistas, no son primero las naciones que están ahí y luego surgen unos nacionalistas que las descubren y las explican, sino que son primero los nacionalistas que se inventan las naciones y convencen a la población de que existen; primero los nacionalistas y luego las naciones, al revés de lo que dice una lógica muy extendida. Esto no quiere decir que sea plenamente instrumental, en fin, maquiavélico, que todo se hace al servicio de intereses; no, hay bloques construidos, elementos culturales heredados, por ejemplo, las lenguas, que están ahí y sin esos bloques culturales es muy difícil construir una nación. No puede llegar un señor y decir: pues me voy a inventar una cosa que se llama Padania. Y de repente, todo el mundo empieza a creer en Padania. Pues no, es bastante difícil que la gente empiece a creer en una cosa de la que nunca han oído hablar; en Tabarnia o en alguna otra invención que puede ser más o menos ingeniosa, pero no es fácil que la gente llegue a creer en ella. Es decir, hay una mezcla de herencias culturales y de utilización de esas herencias culturales al servicio de un proyecto político, que es construir un centro de poder que controle un territorio y sus habitantes.

Dicho esto, si quieren ustedes casos europeos, en general las grandes identidades europeas se han construido alrededor de monarquías que surgen a finales de la Edad Media, algunas veces a mediados de la Edad Media, allá por el año mil, la francesa o la inglesa son las más antiguas. Algunos que incluso ocupan presidencias de Gobierno dicen que España es la nación más antigua, pues, perdón, lo lamento mucho, pero no; nadie podía hablar de España en el año mil, en absoluto, a no ser que se refirieran a Abderramán III, que no creo que sea el caso. En cambio, sí se podía hablar de monarquía francesa y de monarquía inglesa ya entonces, que no eran lo mismo que ahora, pero, en fin, ya se podía hablar de eso. Pues esas monarquías van constituyéndose en centros de poder, son grandes señores feudales que acaban imponiéndose sobre el resto de los señores feudales y controlando un territorio alrededor de una capital donde está la corte, París o Londres en estos casos, y van construyendo esas grandes identidades europeas. Ese es el origen en general.

En el caso español tiene ese origen también, es una monarquía igualmente. En el origen está una monarquía belicosa, Castilla, que por supuesto abarca la parte central y más extendida y la parte más poblada y más rica de la Península con gran diferencia allá por el año mil quinientos, a finales del siglo XV. Como todos sabemos, Castilla se funde con Aragón, es mas bien una ocupación de Castilla por Aragón que al revés, porque Castilla es la que se ha quedado sin rey. Hay dos mujeres, una es la hija – que no termina de estar claro si es legítima o no- y otra es la hermana del rey difunto, que están compitiendo y que están apoyadas una por el príncipe heredero de Portugal y otra por el príncipe heredero de Aragón. El príncipe heredero de Aragón es más rápido, falsifican una bula papal, consiguen casarse, forman un ejército y dominan Castilla derrotando a los portuguesistas de Juana la Beltraneja. Entonces, dos de las cinco unidades políticas que había en ese momento en la Península, Castilla y Aragón, se unen; con ese ejército que han formado en la guerra civil subsiguiente conquistan también Granada; muerta Isabel se conquista Navarra -ya son cuatro de las cinco unidades políticas- y todavía hacen enlaces matrimoniales para intentar unir a Portugal, que en algún momento se logra transitoriamente. Por tanto, lo primero que hay en el caso español es una unidad política mucho antes que una nación, no se habla entonces de naciones modernas. Nación en el sentido moderno del término quiere decir una comunidad humana que cree compartir ciertos rasgos culturales, que vive en un territorio y se considera dueña de ese territorio, y que como ente colectivo toma las decisiones fundamentales sobre ese territorio. Pues bien, en los siglos XV, XVI y XVII nadie pensaba eso de España. Si al padre Mariana -que repite la palabra nación y dice varias veces: Quiero defender las glorias de mi nación injustamente despreciada por otras naciones- le preguntan quién es el soberano de este territorio, hubiera dicho su majestad el rey Felipe II, no lo hubiera dudado, no hubiera dicho los españoles. Por consiguiente, no tenía una idea moderna de nación pues la soberanía no radica en la nación, en absoluto. Sin embargo, se va formando una identidad y esa monarquía adquiere un protagonismo mundial gracias sobre todo al descubrimiento del continente americano y a las rentas que le generan ese imperio, y gracias a la fusión con los Habsburgo que ocupan en ese momento el Sacro Imperio Romano Germánico, de modo que esa monarquía adquiere protagonismo mundial y se ve involucrada en múltiples guerras, prácticamente en todas las guerras a lo largo de trescientos años, entre los años 1500 y 1815, el final de las guerras napoleónicas. Es una potencia mundial importante, en algunos momentos potencia hegemónica y eso genera un sentimiento de solidaridad entre sus súbditos; alrededor del monarca al que servimos apenas hay guerras entre castellanos, aragoneses, vascos, etcétera y, en cambio, hay guerras constantes con los franceses, con los ingleses, con los protestantes, con los turcos. Eso genera un sentimiento de solidaridad entre los súbditos de esa monarquía y también alrededor de un segundo elemento importantísimo que es la religión, el catolicismo. Vivimos los tiempos de la Contrarreforma, el papado ha sido atacado por una sección rebelde de la Iglesia situada básicamente en el norte de Europa, acaudillada por Lutero y luego por otra serie de líderes religiosos. La monarquía española se alinea del lado del papado y es el puntal más importante de la Contrarreforma. Eso genera identidad hasta el punto de que la monarquía no se llama monarquía española ni hispánica, sino monarquía católica. No es que la monarquía sea católica, es que es monolíticamente católica y absolutamente todos los súbditos son católicos por definición. La legislación castiga a los no católicos o a los que se apartan de la ortodoxia católica por medio de instrumentos tan eficaces como la Inquisición. Incluso hay una operación de limpieza étnica con los procedentes de otras minorías religiosas como judíos y musulmanes a través de los estatutos de limpieza de sangre. Por tanto, se va formando una identidad cultural alrededor de la lealtad a la monarquía y la lealtad al catolicismo. De todos modos, eso sigue sin poderse llamar nación moderna hasta la guerra napoleónica.

Con la reunión de las Cortes de Cádiz, como ustedes saben, se produce un vacío de poder. La familia real está ausente del país al completo, Napoleón se cuida de que no quede ni un niño de cinco años de la familia real dentro del país y, por tanto, no hay nadie de quien recibir órdenes. Se convocan unas Cortes y los liberales, bien organizados, a pesar de no ser mayoritarios en la opinión del país toman el poder. Lo primero que hacen esas Cortes es declarar la soberanía nacional: España no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona; España pertenece a los españoles y los españoles representados por nosotros, por las Cortes de la nación, somos los que tomamos las decisiones fundamentales sobre el país. Ya está el nacionalismo moderno. Enunciado el nacionalismo moderno, no basta con enunciarlo, a continuación hay que construirlo, hay que convencer a todos o a la mayoría de los habitantes del país de que son españoles y tienen unos derechos individuales y colectivos. Esa es la tarea más difícil y la que, lógicamente, se realiza con mayores problemas porque el siglo XIX y tres cuartos del siglo XX son momentos muy agitados políticamente, de muchísimas divisiones políticas entre liberales y absolutistas, entre liberales moderados -que de moderados no tenían nada, eran extremadamente conservadores- y liberales progresistas, entre monárquicos y republicanos, republicanos unitarios y republicanos federales, vuelta a la monarquía, monárquicos de los Borbones y monárquicos de los Saboya, vuelta a la monarquía con los Borbones; en fin, constantes agitaciones políticas hacen que en el país sea muy difícil construir un sentimiento de comunidad nacional. Por ejemplo, una cosa básica para un nacionalista es diseñar una bandera que nos una. Lo primero que hace un grupo nacionalista que decide ponerse en marcha es diseñar una bandera. Pues bien, en el siglo XIX en España no se hereda una bandera, se heredan tres: la blanca con la Cruz de San Andrés de los carlistas, la roja y gualda de los monárquicos liberales y la tricolor de los republicanos. No se hereda un himno, se heredan dos como mínimo: el Himno de Riego y la Marcha Real. No se hereda una fiesta nacional porque el Dos de Mayo al final solo se celebra en Madrid, y pasamos por seis o siete fiestas nacionales sucesivas especialmente en el siglo XX. En fin, no hay unos símbolos comunes en los que reconocernos. Incluso el himno que se hereda es sin letra y no es por casualidad, sino porque es muy difícil ponerle letra. Es muy difícil hacer referencia a unos valores políticos comunes compartidos por todos. ¿Qué vamos a poner en el himno? ¿Vamos a cantar a las carabelas, la conquista de América y la defensa del catolicismo? ¿Vamos a cantar las libertades conseguidas tras la muerte de Franco? ¿Vamos a cantar a la pluralidad cultural? Es que no está claro, no estaríamos de acuerdo sobre qué es lo que tenemos en común todos los españoles como valores políticos. Esto viene de las dificultades políticas de los siglos XIX y XX.

A eso se añade que el Estado está sin construir. El Estado es muy viejo, he dicho que viene de finales de la Edad Media. Lo primero que se construyó es el Estado al unirse Castilla y Aragón; sí, pero ese Estado que se ha construido es un imperio que desaparece justamente en tiempos de la guerra napoleónica, y las estructuras que vienen del imperio no sirven para el siglo XIX. Por ejemplo, la estructura fiscal no sirve para nada, desde luego los metales preciosos de América ya no llegan y otra serie de cosas; hay que inventarse todo un sistema fiscal, hay que inventarse todo un sistema administrativo, hay que inventarse una normativa jurídica, que viene toda del siglo XIX porque el Estado se construye en este siglo a la vez que se construye la nación. Y si el Estado es instrumental para la construcción de la nación y no hay Estado, pues es un bucle difícilmente superable, es muy difícil construir la nación y el Estado a la vez. Ahí no tendríamos que ir a ejemplos europeos, iríamos más bien a ejemplos latinoamericanos; lo que fue el viejo imperio español en América Latina a lo largo del siglo XIX pasó dificultades parecidas a las que estaba pasando España en ese momento o en general las excolonias en el mundo, han tenido que construir el Estado y la nación a la vez.

Un Estado que es débil, que no tiene recursos y que no puede crear, por ejemplo, un sistema escolar, difícilmente puede difundir la idea de nación, difícilmente puede construir españoles si al final el sistema educativo -el escaso sistema educativo que había- se acaba dejando en manos de la Iglesia Católica, puesto que la Iglesia Católica lógicamente no construye españoles, construye católicos, como es natural. Sin ir más lejos, en los años cuarenta y cincuenta del franquismo lo primero que me enseñaron fue desde luego historia sagrada, mucho antes que historia de España; lo primero que te enseñan lógicamente son los mitos católicos antes que los mitos nacionales españoles. Un Estado que es muy débil tampoco puede tener un buen sistema militar. En un sistema de reclutamiento como tiene la III República Francesa, todos los franceses salen de su pueblo durante dos, tres o más años, aprenden una lengua que no es la que hablan en su pueblo, sino el francés de París, y les enseñan unos valores patrióticos que se creerán más o menos, pero que están ahí y forman parte de su preparación. Un Estado que es débil no puede crear una buena red de infraestructuras, de carreteras, de ferrocarriles, etcétera, que cree un mercado único. Las noticias que se elaboran en los periódicos de París la tarde anterior, a la mañana siguiente están hasta en el último pueblo de la república. Eso no ocurre en España porque no hay un mercado cultural unificado. Francia que tenía tanta diversidad lingüística como España a comienzos del siglo XIX, desde luego tiene muchísima menos que España a finales de ese siglo XIX y comienzos del XX. ¿Por qué? Porque han alfabetizado y qué quiere decir alfabetizar, pues enseñar a leer y escribir en el francés de París, no en los patois que se hablan en las distintas regiones. Todas estas cosas el Estado español no las puede hacer porque está dividido, peleándose, y muy escaso de recursos a largo del siglo XIX.

Toda esta situación complicada acaba culminando en los regeneracionismos del primer tercio del siglo XX, distintos proyectos para rehacer el país y el sistema político que casi siempre incluyen un proyecto de nacionalización en distintos sentidos según los esquemas políticos de cada cual, y finalmente en la guerra civil de 1936 a 1939. La guerra civil es ganada por los rebeldes, por Franco, y a continuación viene una dictadura de casi cuarenta años, en la cual sí que se nacionaliza o se intenta nacionalizar fuertemente. Se hace el mayor esfuerzo nacionalizador de la historia de España, sin duda ninguna, pero con unas características bastante negativas que socavaban su mismo intento. Una nacionalización bastante impuesta, bastante brutal, con métodos militares. Por supuesto, una nacionalización católico-conservadora excluyendo a lo que llamaban la anti-España, más o menos media España que no estaba de acuerdo con sus presupuestos, y una nacionalización contra la cual nos acabamos rebelando los jóvenes de los años sesenta. Así como la España representada por el régimen era lo arcaico, lo autoritario, en las otras identidades que se oponían o que competían con la española, en la catalana, la vasca o la gallega, veíamos refugios de modernidad, de democracia y de europeísmo. Naturalmente en ese ambiente se hizo la Transición con una descentralización muy seria y muy importante del país, completamente irrenunciable frente al Estado extremadamente centralizado que había sido el franquismo. Y eso no ha terminado con el problema porque sobre todo los más radicales de los nacionalistas siguen estando en unas posiciones en las que piden el máximo que es la independencia y, entonces, habría que buscar un término medio porque, si no, el futuro es la balcanización, es la creación de una serie de Estados independientes que nunca estarían satisfechos ni con las fronteras ni con la población que les ha tocado dentro, siempre seguirían los irredentismos que tratarían como población de segunda a las minorías culturales que hubieran quedado en su interior, etcétera. Ese es el origen histórico del problema, como ustedes comprenderán, simplificando muchísimo porque el tiempo me obliga”.

El PP y la sequía: el triste año 2017

De los distintos desaires y perjuicios que el Gobierno Rajoy ha ido provocando en La Rioja a lo largo del año que acaba de finalizar, hay uno que sobresale, que desborda, paradójicamente, los niveles de desdén, insensibilidad e incompetencia. Me refiero al trato que el Gobierno del PP y el organismo Confederación Hidrográfica del Ebro han dado a los agricultores y ganaderos riojanos afectados por la sequía, un trato discriminatorio y que roza lo vejatorio.

En varias ocasiones, hemos pedido los socialistas que se aprobase una declaración de sequía, pero ésta no ha llegado nunca. Peor aún. Cuando el PP tenía la posibilidad de enmendar todos sus errores, ha metido aún más el pie en el barro de la desconsideración hacia La Rioja. ¿Era posible? Sí, votando en contra de los acuerdos entre distintos partidos, adoptados a iniciativa del PSOE, que perseguían ampliar las ayudas y otras medidas para agricultores y ganaderos de otras cuencas, como la nuestra del río Ebro y especialmente su margen derecha, que están teniendo muchos problemas en forma de pérdidas cuantiosas y más gastos de los previstos. Un desastre sin paliativos, como se diría.

El PP no tiene culpa de la sequía, nadie puede tenerla. Pero ni ha sabido ni ha querido anticiparse a la sequía, ni tampoco gestionar los riesgos que advertían de unos ciclos de sequía cada vez más intensos y frecuentes. Ese es el problema de concebir el agua como un  tema de utilización partidista y electoral. Reitero, el PP no tiene la culpa de la sequía, pero sí es responsable de sus peores consecuencias por no planificar debidamente, sobre todo las infraestructuras de regadío, y por no tomar las decisiones políticas a su tiempo.

Ahora bien, de lo que sí tiene culpa el PP es de las decisiones políticas que (no) se han ido tomando durante este año, decisiones que, una tras otra, han ido dejando fuera de juego a La Rioja, por más que el propio Gobierno regional, patéticamente, pidiera a su propio Gobierno, del mismo color, que atendiese las peticiones de regantes, agricultores y ganaderos. La culpa de tolerar actitudes displicentes como la del inefable responsable, esperemos que no por mucho tiempo, de la CHE o de los burócratas del ministerio, siempre dispuestos a repetir de pepitoria las condiciones legales que prevén la declaración de sequía, condiciones que utilizan como obstáculo siempre.

Estábamos en éstas, cuando llegó la tramitación del Real Decreto que atiende, desde hace meses, la situación gravísima en la cuenca del Duero, y que el PSOE, junto con otros grupos políticos, pidieron que se tramitase como Ley con el objetivo de poder ampliar el número y tipo de ayudas, y además de poder extender éstas a otras Demarcaciones Hidrográficas, como la del Ebro.

Y aquí ya no vale esconderse detrás del inefable responsable de la CHE, de la burocracia ministerial o de las estadísticas. Hay que fijar una posición política. Y ya lo creo que la fijaron. Y que mantienen, por cierto.  En contra. Dirán ustedes, pero ¿de qué? En contra de todo. De todo.

El PSOE planteó entonces, hace escasos días, “establecer medidas de apoyo y, en su caso, la concesión de ayudas a los titulares de las explotaciones agrarias situadas en los ámbitos territoriales afectados por la sequía en el presente año agrícola, que hayan sufrido pérdidas de producción bruta en los cultivos o en los aprovechamientos ganaderos”. Esta propuesta salió adelante, y el PP votó en contra.

El PSOE planteó también flexibilizar la aplicación de las medidas para atender las situaciones de sequía, como la sufrida durante el 2017. Se aprobó, y el PP votó en contra.

El PSOE pidió la creación “de un Fondo Extraordinario de lucha contra la sequía y sus consecuencias destinada a financiar medidas de ayuda para compensar las pérdidas producidas por la sequía y otras adversidades climáticas en las explotaciones agrícolas y ganaderas”, propuesta que salió adelante, y el PP votó en contra.

Por último, el PSOE planteó que se contemplase la posibilidad de poder contratar dos potencias diferentes en cuanto a las redes de transporte y distribución eléctrica para regadíos que tuviese en cuenta la necesidad de suministro en cada momento del año. También se aprobó, y (para no estropear la función) con el voto en contra del PP.

Este texto está en el Senado y volverá al Congreso. Desde estas líneas le pido al PP que, aunque sea tarde, mal y nunca, corrijan su incomprensible posición y apoyen las decisiones que una mayoría en las Cortes están impulsando, y que no bloqueen estas medidas en el Senado, porque, de hacerlo, solo ustedes serán los responsables de las pérdidas enormes de muchas familias agrícolas y ganaderas de la región que no merecen su displicencia como partido y el olvido como Gobierno.

De la Serna, el viaje y las alforjas. Mejor enmedalla que sostenella.

No recuerdo un viaje tan innecesario como el que el ministro actual de fomento emprendió hace unas semanas para justificar que el PP había perdido diez años en relación con la puesta en marcha de la alta velocidad en el tramo Castejón-Logroño. Ha sido (espero que el empleo del pretérito sea correcto) un pitorreo. No es serio este cambio de planes, máxime cuando un ministro no puede cambiar el plan de infraestructuras porque le dé la gana. Es una falta de consideración y de respeto a los riojanos.

Al señor De la Serna habría que pedirle menos declaración sin fundamento y más responsabilidad. Desde que se conoció que se habían dejado caducar la declaración de impacto ambiental del tramo Castejón-Logroño han ido de disparate en disparate hasta darse cuenta de que ese tramo debe ser alta velocidad, como está planificado. Lo que ocurre es que lo será dentro de muchos años después de lo debido por la negligencia del PP. Esa es la cuestión. Estaremos vigilantes para que esto no sea otra mentira más, la continuación del pitorreo. Y si se tramitan los PGE en las próximas semanas podremos ver si van en serio o es otra mentira más.

P.D. La sociedad riojana ha estado a la altura reivindicando lo que necesitamos en el marco nacional y comunitario de infraestructuras ferroviarias, empezando por  medios de comunicación como el que aloja este blog. No bajemos la guardia. El actual ministro y su propensión comprobada a meterse en jardines estúpidos deben ponernos alertas. En cualquier momento, puede volver a perdonarnos la vida, cuando lo sencillo era reconocer que se habían equivocado, rectificar y enmendalla, no sostenella.

El mejor pacto de nuestra historia

Es de celebrar la aparición del libro Transición. Más aún en un momento en el que las diversas crisis que sufre nuestra sociedad impidenanalizar y tratar con ecuanimidad los logros alcanzados por la democracia española en los últimos cuarenta años, y cuando la “obligación” de impulsar las necesarias iniciativas de reforma hace que se ponga el foco en lo que no funciona o en lo que ha funcionado bien pero funciona ahora peorolvidándonos casi siempre de los avances, conquistas y mejoras de los últimos cuarenta años. 

transicionLa versión española de la corriente/tendencia populista mundial (Podemos) lleva años, desde su aparición, ajustando cuentas con nuestro pasado más reciente, sin que más allá de la política o del periodismo, y no en tantas ocasiones como requiere la cuestión, se le haya contrarrestado adecuadamente, es decir: con la contundencia que aporta el estudio e interpretación de los hechos históricos. 

Soy de los que cree que la Transición, a la luz de la historia, es el mejor pacto de cuantos hemos llevado a cabo los españoles en nuestra historiaPor su alcance democrático, de bienestar colectivo y de progreso social y colectivo. La publicación reciente del trabajo de historia política Transición, de Santos Juliá, es una oportunidad para conocer de primera mano ese pacto, sus orígenes, fundamentos y desarrollo. Y también su enorme impacto positivo sobre la historia contemporánea de España. De nuevo, el adecuado y profesional trato de la historia aporta una respuesta, ofrece una explicación y corta el paso de raíz a tanto interesado en falsear el pasado para seguir falseando el presente. 

Para todo aquel que esté interesado en la historia política de nuestro país de los últimos ochenta años, leer Transición le suministrará el placer de encontrarse con un texto netamente histórico, prolijo en documentos, datos, textos y referencias, y por encima de todo ello, con una narración rigurosa orientada a contar cómo transitamos los españoles de lo peor (la Guerra Civil) a lo mejor, la esperanza imperfecta de la democracia a través de (y a partir de) la Transición. 

Tránsito que si bien se ejecutó, por así decir, en un año, tal como marca el autor, se gestó durante los cuarenta anteriores. Porque los principales movimientos y organizaciones políticos, sociales y culturales, tanto en el exilio como en el interior, protagonizaron un proceso de construcción muy largo y gradual, que se origina en la propia guerra, y que siempre persiguió una meta compartida por todos: unareconciliación nacional que fuera capaz de “cerrar el periodo de guerra civil estableciendo un régimen de convivencia” (p. 192). 

Leyendo a Juliá, quien escribe siempre y sólo desde la historia, se comprende muy bienpor qué la palabra Transición es para nosotros el sinónimo de las cosas bien hechas, de la concordia, de la convivencia, de la prosperidad, significado que todavía hoy conserva, y que este trabajo nos ayuda a recordar, preservando en la reivindicación de sus principales logros: la libertad, la Constitución y Europa.

Quien esté interesado en conocer nuestra historia política más reciente, libre de prejuicios, lemas, consignas y apriorismos, encontrará, reitero, placer en esta lectura. Pero digo más, quien quiera hablar con propiedad sobre nuestra historia políticareciente, debería antes, cuando menos, hojear Transición de Santos Juliá, un libro que se echaba en falta en los tiempos que corren y cuya lectura y consulta ya es obligatoria.

Mal presagio. Sin reacción, seremos menos

La noticia conocida a través del Diario LA RIOJA de que la licitación de la Declaración de Impacto Ambiental del subtramo Castejón-Logroño de alta velocidad ferroviaria (se desconoce si puede seguir llamándose así) había caducado en 2013 sin que el gobierno del PP realizase trámite alguno para que ésta siguiera su curso nos pone ante un escenario en el que se confunden las mentiras descaradas con la resignación de quienes quieren salvar la cara camuflando la situación de una verdad incómoda que se nos desvela a golpe de hechos. Ésta sería la siguiente: La Rioja no formará parte del mapa de comunicaciones europeas del futuro porque debe conformarse con adaptar y mejorar las actuales vías de ancho convencional de momento y después (¿años, décadas?) ya se verá. Ese verá es, en la versión oficial, que no se renuncia a la incorporación del trazado de alta velocidad. ¿Cuándo? Pues como pronto cuando todas las capitales del entorno ya estén incorporadas a este mapa.

¿Habrá una reacción social y política (por ese orden) que sea capaz de revertir esta renuncia de La Rioja a la modernidad? Está por ver, pero ya les digo, como se ha visto estos días, que el PSOE reaccionará. Y tratará de que la reacción sea racional y justa (también por ese orden).

Racional. Porque es evidente que una infraestructura de esa dimensión necesita mucho tiempo para llevarse a cabo. Pero un tiempo que no puede emplearse en engañar, confundir y marear la perdiz. La razón debe destapar las mentiras descaradas con las que el PP de Ceniceros y de Rajoy han tratado a nuestra región en los últimos años.

Y justa. Porque es justo reconocer que el PSOE también ha cometido errores en la incorporación de La Rioja a la alta velocidad. Como es justo recordar que todos (todos son todos) los trámites para alcanzar esa meta han sido realizados por gobiernos socialistas: el soterramiento de la vía en Logroño y la planificación de la nueva estación por un lado, y la proyección del corredor Cantábrico-Mediterráneo y todos sus procesos previos a la construcción que el PP ha dejado que caduquen.

Llegados a este punto, ¿de qué estamos hablando? Estamos hablando de pelear (o no) por que el corredor ferroviario planeado entre el Mediterráneo y el Cantábrico siga contando con un ramal entre Castejón y Miranda (la vía natural de incardinación de La Rioja en el eje del Ebro y en el corredor pensado por Europa como de alta capacidad) que sea de tráfico mixto (altas prestaciones) para viajeros y mercancías, dotado de plataforma de alta velocidad por tanto, y que permita alcanzar una velocidad de hasta 210 kilómetros por hora máximo en algunos tramos, lo que reducirá los tiempos de viaje y transporte y asegurará así la prestación de un servicio altamente competitivo, que es el objetivo fijado por las instituciones comunitarias para crear los ejes de comunicación de la economía del siglo XXI.

Las noticias conocidas estos días y la persistente propaganda mentirosa oficial del PP (dudo que los rusos lo hubieran hecho mejor) son un mal presagio. Pero si renunciamos y no pelamos racionalmente por una razón justa seremos menos en el futuro. Un futuro que no es tan lejano.

Artículo de opinión publicado en Diario La Rioja el 03/12/2017

Hace 35 años… el cambio

Tuñón de Lara, al estudiar la problemática de la historiográfica española en 1973, nos dejaba una reflexión medular en torno a lo que llamará «problemas de articulación de un tema concreto con la globalidad histórica en que está inserto», con la que trataba de ofrecer una propuesta de límites en nuestra historia contemporánea. Acabaría fijando el inicio en 1868 y la ‘fechagozne’ en el trienio 1917-1920. Hoy en día, y a la espera de conocer la importantísima aportación que Santos Juliá ha efectuado con su Transición, no erramos si ubicamos 1982 como año tope de otra fechagozne, la de 1977-1982, que daba por concluida, con éxito, la Transición. Comenzaba el cambio.

El pasado 28 de octubre se cumplieron 35 años desde que el PSOE ganó por primera vez las elecciones legislativas en España. Y como en la actualidad se ‘enreda’ tanto en el mundo de los conceptos con el objetivo de mutar los significados, propio del adanismo imperante en algunas tendencias y formaciones políticas, me he animado a contribuir a través de estas líneas al debate público sobre el significante cambio, con el significado que 35 años de historia le confieren.

El cambio fue, sobre todo, la asunción, bajo una mezcla necesaria y en adecuadas dosis de ambición y pragmatismo, por parte de un partido y de sus dirigentes, de la responsabilidad para que la evolución y continuidad del país en un sentido democrático y socialmente justo se hiciese real y con solidez. Santos Juliá lo expresó de la siguiente manera: «Los socialistas no están fuera de la sociedad y, por tanto, no sienten ninguna revolución en el horizonte y no tienen necesidad alguna de dividir en dos los tiempos de la historia. Han desaparecido, pues, los fundamentos de la dualidad entre el discurso ideológico y la práctica política. Para un socialista actual, la única práctica posible es la de la acumulación de reformas y el único tiempo real es aquel que por medio del uso del poder se procede a la racionalización y modernización del Estado y de la sociedad».

Desde esa posición racionalista y modernizadora, se entiende mejor todavía la enorme profundidad de las grandes contribuciones que se abrían paso hoy hace 35 años: la consolidación de la democracia como sistema de gobierno y de valores, como gustaba decir al profesor López Aranguren; la construcción de un sistema público de políticas sociales a la manera europea con sanidad universal, educación pública y gratuita, ayudas y becas al estudio o inversión en pensiones mínimas y no contributivas; el desarrollo de las garantías públicas y derechos individuales (las libertades) o nuestra incorporación a una comunidad de valores, derechos e intereses comunes como Europa. Y el desarrollo del Estado de las Autonomías, por supuesto.

El paso del tiempo, estos 35 años que contemplan ya la formación en aquel diciembre de 1982 del primer gobierno monocolor de un partido de izquierdas en nuestro país, debe servirnos para extraer algunas reflexiones más allá de este hecho, más aún hoy con las numerosas crisis que nos acucian y ante la extrema gravedad de la problemática catalana, el desafío más importante al que se ha enfrentado hasta hoy la España democrática.

Primera. Que en nuestro pasado reciente, y en la generación que lo lideró, tenemos muchas referencias de las que no solo aprender, sino además, en la mayoría de los casos, enorgullecernos. Sí, orgullosos de nuestra historia reciente. Y también, cómo no, encontramos muchas advertencias en forma de errores, que debemos convertir en estímulos para mejorar. No todo se hizo bien, pero el saldo es, en mucho, positivo.

Segunda. Que la contribución del PSOE desde su fundación a la modernidad y racionalización de España merece una atención específica. Con sus luces y sombras, como suele decirse, la aportación del socialismo democrático, nucleado en España en torno al PSOE, fue decisiva para que esa fecha-gozne diera paso a una de las mejores etapas de nuestra historia, particularmente a la década de los años 80 del pasado siglo.

Y tercera. Que dicho todo lo anterior, ningún proyecto de futuro se alimenta con añoranza, nostalgia o animadversión con respecto al ayer, si bien puede inspirarse en el pasado como terreno de conocimiento y experiencia. Que no es poco. Hoy, 35 años después, es grato observar cómo el relevo definitivo entre generaciones y proyectos puede darse en España con normalidad y en todos los ámbitos, con un espíritu cómplice y cooperativo. Y más grato es comprobar cómo ese relevo se produce día a día por encima de cualquier reescritura o revancha sectaria, aunque no debamos negar la existencia de tal realidad, ni mucho menos no tenerla en consideración, a tenor de lo que estamos viviendo y sufriendo ante la desleal actuación de la minoría separatista en Cataluña.

Desde 2014, todo indica que de nuevo estamos viviendo una fecha-gozne en España. Un tiempo que va a necesitar a un PSOE al nivel de los grandes momentos, continuador pero nuevo, inspirado en la historia pero no nostálgico. Un PSOE capaz de liderar el necesario avance en un sentido reformista de los cambios que nuestro país requiere. Estos días de sobresaltos y de malas noticias no es fácil concebirlo, pero creo que 35 años después, vamos camino de ello.

N-232, la prioridad

Hace unos días, tomaba la palabra en la Comisión de Fomento del Congreso de los Diputados para, una vez más y por otro medio más, hacerle llegar al Gobierno la necesidad de concebir las actuaciones en la carretera nacional 232 como la prioridad en nuestra región.

Los 140,81 kilómetros de la N 232 en La Rioja constituyen uno de los tramos más peligrosos (cinco puntos negros señalados por la DGT en 2016) y mortales de las carreteras españolas. Al intensísimo tráfico, se le une la infrautilización de una autopista paralela (AP 68) que ya debiera ser libre desde 2011, pero que el PP se encargó de que no fuera así, protegiendo los intereses de la concesionaria por delante de los derechos de los ciudadanos.

Esos 140 kilómetros acumulan 39 muertos en los últimos seis años (1 en 2012, 2 en 2013, 2 en 2014, 10 en 2015, 8 en 2016 y 15 en lo que va de 2017) y 196 muertos en 142 accidentes desde el año 2000, año en el que se prorrogó la concesión de la AP 68.

Hasta hoy, lo que nos encontramos por parte del Gobierno son compromisos y firmas administrativas al ritmo de los caracoles, rayas continuas como única medida para evitar la alta siniestralidad, un convenio restrictivo para el desvío del tráfico pesado por la autopista y un protocolo que es una especie de disfraz de la incompetencia. El PP riojano y el nacional se ocultan con él de los últimos seis años de la nada, la peor etapa de (no) inversión en infraestructuras de toda la etapa democrática. No ha existido ni planificación, ni presupuesto, ni ejecución.

Pero la 232 no puede esperar. Porque necesita, en primer lugar, una actuación urgente e integral, con dotación presupuestaria suficiente e inmediata para acortar plazos y poner en servicio una doble vía en el menor tiempo posible.

Segundo, necesita que se acorten y agilicen los plazos en los trámites previos a la adjudicación de la obra en todo el tramo entre el límite de Navarra y Arrúbal.

Tercero, que comiencen las obras de la circunvalación sur de Logroño. Y en particular dos peajes troncales con la autopista de manera inmediata.

Y por último, necesita que se le den prioridad a las variantes de Villar de Arnedo Fuenmayor y Briones. Han pasado seis años para que se licite el proyecto de la primera, y de la segunda y de la tercera no sabemos nada.

El gobierno debe actuar ya. Fue el PP el que condenó a la 232 a convertirse en el infierno que es hoy al prorrogar la concesión de la autopista. Y es el PP el que se ha olvidado de La Rioja en estos seis años, de la 232 y del resto de infraestructuras de comunicación.

Pero la actuación en la 232 es la prioridad, porque más que un problema, es un drama. Hace poco más de un año, en su editorial de 27 de octubre de 2016, este mismo diario lo expresaba de la siguiente manera: «Urge, pues, que Fomento mueva ficha, que decida y resuelva. Y no hay coyuntura económica que valga para justificar la inacción contra esta sangría». ¿Entendido?

Artículo de opinión publicado en Diario La Rioja el 05/11/2017

Con decisión: AVE, sí

Con más o menos frecuencia e intensidad, en los últimos años vienen introduciéndose en el debate político regional ideas y propuestas que tienen como objetivo cuestionar la conveniencia (necesidad para mí) de que La Rioja quede dentro de la red de alta velocidad de los grandes corredores europeos, que, a veces, llevan implícitas también fórmulas alternativas.

Los llamados nuevos partidos abrieron la veda, paradójicamente, e instalaron el discurso de «todo no se puede tener» o «esto es demasiado para nosotros», bajo la apariencia de ser posiciones muy bien fundamentadas en cifras económicas, pero que en realidad dejaban asomar un extraño complejo de inferioridad en quienes, dada su novedad, debieran pecar de ambición y nunca de resignación.

Pero es verdad que el discurso sobre la inconveniencia de que la red ferroviaria de alta velocidad incluya a la red riojana no es patrimonio exclusivo de Ciudadanos o Podemos, y pueden oírse, y leerse en este mismo diario, voces a las que considero hay que responder (para contrastar las distintas opiniones) con decisión y contundencia.

¿Por qué creo que la alta velocidad es el medio de transporte del futuro? Básicamente por tres razones.

Una. La estrategia europea de comunicaciones pasa por la alta velocidad como el medio prioritario. Desde principios de esta década, los estados miembros, el Parlamento y la Comisión Europea llevan discutiendo esta política y el presupuesto necesario para llevarla a cabo con un único objetivo: lograr la conectividad plena entre los grandes focos socioeconómicos del continente a través de grandes corredores comunitarios. La unidad europea debe quedar asegurada mediante la pertinente red ferroviaria de alta velocidad, a imagen y semejanza de la pionera Alta Velocidad Española, AVE.

Dos. Toda vez que ya solo Trump niega el cambio climático en el planeta y la necesidad de pasar a una economía que reduzca la emisión de gases contaminantes a la atmósfera, el resto del mundo coincide en que el tren es el único medio que, de forma paulatina, puede ocupar más peso en la oferta de transporte y reducir así la contaminación. La sostenibilidad medioambiental ya no es una elección, es el único camino.

Tres. En relación a la rentabilidad económica y social de la inversión pública en esta infraestructura, es seguro que el AVE sólo genera bienestar y riqueza a partir de su puesta en servicio, a pesar incluso de las tarifas y precios de sus servicios. Otra cosa es recuperar los niveles de inversión pública que se necesitan a corto plazo. Marcarnos ese propósito sería una trampa burda.

Estas tres razones de conectividad continental, sostenibilidad ambiental y rentabilidad económica y social son las que sostienen la siguiente idea: el AVE solo puede ser una solución, nunca un problema.

Hace casi dos años, escribí otro artículo con el mismo objetivo que el presente: defender que, pese a las dudas que pueda suscitar la apuesta por la alta velocidad, no estamos en condiciones de renunciar al pasaporte con la modernidad, no estamos en condiciones de aceptar competir en un mundo de primera división con medios de segunda.

Termino con unas palabras que decía entonces, y que, tristemente, hoy deben repetirse: «No entiendo que se considere un derroche la inversión ferroviaria para un pequeño tramo de 150 km, que es el que comprende Castejón-Miranda, en una planificación de alta velocidad global prevista de 4.000 km aproximadamente, y todavía menos comprendo cómo se puede renunciar a ello cuando en este año 2015 van a ser diez las capitales que acceden a la Alta Velocidad, como son Zamora, Palencia, Burgos, León, Pontevedra, Vigo, Castellón, Murcia, Granada o Cádiz. ¿Por qué Logroño, asentada entre Bilbao y Barcelona, va a renunciar? El PSOE no lo va a hacer. Vamos a apostar por el AVE de forma decidida, a corto o a medio plazo, pero no vamos a renunciar».

Artículo de opinión publicado en Diario La Rioja el 15/10/2017

Conocer, orientar, enseñar: 125 años de la Enológica

La Estación de Viticultura y Enología (EVE) de Haro cumple 125 años. La Enológica es una institución sin la que no se puede comprender la evolución del vino de Rioja en el siglo XX, particularmente su prestigio, consecuencia del alto nivel del centro en el control de la calidad, en la investigación y en la formación de cultivadores y bodegueros.

Desde 1944 a 1971, la Estación fue dirigida por Antonio Larrea, un ingeniero agrónomo con gran vocación humanística que le dedicó los mejores años de su vida. Por eso dejó muy profunda su huella, perdurable hoy todavía, tanto en el centro como en la memoria de cientos de capataces a los que formó. La labor de Larrea en la Estación fue la necesaria e imprescindible en aquellos años de posguerra hasta el inicio del desarrollismo: modernizarla, consolidar su espacio institucional y ponerla al servicio de la calidad del Rioja, su más grande distintivo y de todos los hombres y mujeres del cultivo social que han generado sus vinos.

Son numerosas y muy buenas las publicaciones que dan cuenta de la historia de la Enológica. Esa es la razón por la que este artículo, cuya base es mi tesis doctoral sobre Antonio Larrea, solo pretende mostrar lo que para uno de sus principales impulsores y defensores en las décadas centrales del pasado siglo fueron siempre los grandes objetivos históricos de la Estación: conocer, orientar y enseñar. Para Larrea, el concepto de Estación Agraria respondía a este marco:

«Cuando era necesario en nuestro país adquirir el conocimiento de una realidad comarcal, o difundir unas prácticas agrícolas determinadas, se disponía de un equipo técnico, con el material adecuado, que se situase –hiciese estación– en la comarca, hasta que se consiguiese el objetivo señalado. En ocasiones, por no estar muy definido el momento de conseguirse lo que se pretendía, el existir costosas instalaciones, u otras circunstancias, hacía que la Estación dejara de serlo para convertirse en Centro permanente».

Conocer el estudio de planta y vino, los portainjertos más usados en Rioja, las viníferas más importantes; estudios sobre las labores del viñedo, estudios de adaptación, de longevidad, de homologación de productos para viñedo, de marqueo, de variedades y prácticas de cultivo; estudios de los vinos que pueden obtenerse de cada variedad de uva, de mezclas convenientes y del tipo genuino de vino de Rioja resultante; también se realizaban estudios enológicos, tales como la definición del tipo de vino (recogida en la Enología de Riberau Gayon), la mezcla más conveniente para hacer vino de Rioja y prácticas de elaboración.

Orientar para mejorar, mediante consultas de los particulares, consultas verbales de las que no queda descripción –pero sí un apunte día a día, que luego servirá para comprender cada época–, a pesar de que el protocolo lo exigía (sin embargo, algunos consultantes no deseaban aparecer en registro o documento alguno, porque aunque las consultas solían ser corrientes, el interesado temía una baja del precio de su vino si se conocía que había sometido el caldo a consulta). Fue sin embargo la que más se desarrolló, puesto que asesorar al agricultor o a la bodega era preferente siempre en la Estación. Había años en que se llegó a diez mil consultas y no sólo de Rioja, incluso de otros países. El control de muestras que entraban en el laboratorio era muy riguroso y el de consultas resueltas, en cambio, más aleatoria. Por cantidad de consultas recibidas, Logroño era el territorio central del origen de las consultas, después Álava y Navarra; de forma esporádica, se recibían consultas de otras provincias españolas y también del extranjero.

Y enseñar, porque era la obsesión del tiempo en que fue creada EVE, por eso la enseñanza arrancó en el primer año de vida de la Estación, siendo el de 1892-1893 el primer curso de año completo. La carrera de dos años se impartió, con altibajos, en el periodo comprendido entre 1892 y 1936. Hasta 1936 el título que se obtenía era el de Aprendiz y al final del segundo año de estudios se alcanzaba el título de Maestro Bodeguero, ambos certificados y otorgados por la Dirección General de Capacitación. Tras la guerra y la larga posguerra, se reanudaron los cursos en el 1946, estructurados en tres meses intensivos (70 días lectivos), mañana y tarde con lecciones diarias de todas las asignaturas y prácticas también diarias, de tal forma que equivalían al año completo de la antigua enseñanza (ocho meses corrientes con asignaturas alternas). Al exigirse estudios previos para ingresar (conocimientos de cultura general y matemáticas, que debían demostrarse en un examen de ingreso), las enseñanzas fueron prácticamente las mismas.

Muchos han sido los problemas y las asechanzas que ha sufrido EVE en estos 125 años. Pero, al final, se ha impuesto siempre el tesón de sus directores, como Larrea, y la fuerza de sus tres grandes objetivos históricos, los que la conformaron y le dieron un inequívoco perfil pionero y los que hoy le auguran mucho futuro por delante.

*Artículo de opinión publicado el viernes 06/10/2017 en Diario La Rioja.

Seminario: cien años de la huelga de 1917

whatsapp-image-2017-09-27-at-16-30-34Esta tarde y la tarde de mañana, celebraremos el Seminario para estudiar el contexto histórico en nuestro país hace justo 100 años. Contexto que propició la convocatoria de varias huelgas generales, una de ellas revolucionaria. Tendremos la oportunidad de escuchar a grandes historiadores como Santos Juliá, que afirmó en Un siglo de España: Política y Sociedad[1], que la huelga había sido un “punto culminante de la oposición al régimen monárquico protagonizado por los sindicatos  y por los partidos ajenos al turno con el propósito de instaurar una república o de forzar la apertura de un proceso constituyente utilizando una mezcla de violencia y de presión pacífica ejercida desde fuera de las instituciones”.

Y también a Juan Pablo Fusi, quien en España (1808-1996): El desafío de la modernidad, firmada junto a Jordi Palafox[2], enmarcó el movimiento huelguístico dentro una crisis general del sistema, también de la oposición, en el que el primero surge como una oportunidad de “renovación” que fracasó por la dura represión y porque el objetivo final, la reforma constitucional, no vio la luz.

La construcción historiográfica de la crisis sistémica de 1917 ha colocado a la huelga como punto álgido del periodo. La huelga de agosto se constituye, al margen de su impacto inmediatamente posterior, en una especie de punto de inflexión que marca el inicio de un periodo nuevo caracterizado por la decadencia del sistema y que desemboca, como punto final, en 1931, con la proclamación de la II República, porque siguiendo a Domínguez Ortiz, “la huella de la huelga revolucionaria de 1917 era aún profunda en 1931”.[3]

Tuñón de Lara sentencia así: “la fecha queda como expresión de la primera ruptura importante del consenso nacional”.[4]


[1] JULIÁ, Santos: Un siglo de España: política y sociedad, Madrid, Marcial Pons, 1999, pp. 54-57

[2] FUSI, Juan Pablo, PALAFOX, Jordi: España (1808-1996): El desafío de la modernidad, Barcelona, Espasa Calpe, 1997, pp. 183-190

[3] DOMINGUEZ ORTIZ, Antonio: España, tres milenios de Historia, Madrid, Ed. Marcial Pons, 2000, p. 308

[4] TUÑÓN DE LARA, Manuel: Historia y realidad el poder. El poder y las élites en el primer tercio de la España del siglo XX. Madrid, Editorial Cuadernos para el Diálogo, 1967, p.113