La Rioja
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Autor: salasmiguel_568
Bajo el fuego
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Bernardo Sánchez Salas | 29-07-2018 | 10:47| 0

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Este jueves, en un baño de esos de final de la tarde, los mejores, en el drive-in estival de las Franco-Españolas, me volví a tirar a la piscina con Benjamin Braddock. La primera vez sería con veinte años, calculo, en alguna reposición de El graduado en los ochenta. A los veinte años, digamos que aún flotas. Adivinas, sí, el fondo, pero todavía a varios metros de distancia bajo tus pies. Ni se te ocurre tocarlo –el fondo, digo- de no ser por ver cuánto aguantas sin respirar; por deporte, vaya. Y vuelves a subir, sin mayor problema. A lo veinte años, aún se aguanta bastante sin respirar. Y se saca, luego, la cabeza, tan ufano. El graduado –ahora te das cuenta, claro, a base de bracear, de inmersiones y de forzar tu capacidad pulmonar- trataba precisamente de cómo mantenerse por encima de la línea de flotación. La tuya y la general. A Benjamin tampoco le ha servido de nada un trabajo de fin de máster. Es graduarse y hundirse. Se ve -lo vemos- como a un buceador acoquinado en el córner del fondo de una piscina. Y con la cabeza metida en el interior de una pecera o de unas gafas de bucear. Desde esta profundidad abisal, el cerebro percibe la vida como si estuviera envasado al vacío: se oye hablar a gente sin que se les oiga; se ve escuchar a la gente sin que se oigan y se ve escribir canciones para ninguna voz. Simplemente se boquea. El cerebro permanece activado a duras penas, en medio de una oscuridad familiar, muy parecida a la ceguera provocada por un neón deslumbrante. O esto es lo que decían Simon y Garfunkel en El sonido del silencio, que acompañará a Benjamin en su inmovilidad de ahogado. En su apnea existencial. En su infancia no resuelta. En su miedo submarino. El joven Braddock, benjamín de los tiburones que condujeron a América desde Kennedy hasta Nixon y más allá (y más acá), demuestra –pese a ser un buen partido- no tener más estabilidad que la de una colchoneta de piscina. Benjamin se mantiene en la delgada línea existente entre la respiración y el ahogamiento, entre el éxito y el naufragio. Y como la colchoneta y las burbujas puede pinchar en cualquier momento. Mientras, se va quemando al sol. Todos están más o menos quemados en El graduado. Benjamin es un quemado prematuro. Se supone que tiene veintiún años. Sin embargo, véase a Mrs. Robinson, una quemada veterana; tatuada incluso por el tedio irradiado desde el solarium del american way of life. Porque lo más erótico de Mrs. Robinson -estarán conmigo- son las marcas blancas que sobre su piel ha dejado impresas el dos piezas, expuesto al sol de las piscinas que por entonces ya se estaban llenando de petróleo. Resulta un mapa de fronteras, de sendas de piel intacta, que Benjamin no se atreve a franquear. Los veranos, exceptuando el verano original, el de la vacación infantil y la felicidad acuática, son una especie de unidad de quemados, en varios sentidos, con quemaduras de diversa consideración. Lo que no está al rojo vivo (taxis en Barcelona, los mostradores de Ryan Air…), arde directamente. Arde Grecia en una tragedia pompeyana. Con parejas abrazadas en coches y en residencias de ancianos. Datos para que los graduados en arqueología interpreten el tipo de drama infame, a menudo criminal, en que han vivido estos siglos nuestros, tan abandonados de los dioses. Ha ardido Grecia como veía arder el río Agamenón en La Ilíada según Alessandro Baricco: «Un muralla de fuego que venía hacia mí. Ardían los olmos, los sauces, los tamariscos; ardían el loto y el junco y la juncia; ardían los cadáveres y las armas y los hombres. Me detuve. El fuego me alcanzó. Lo que nadie, nunca había visto, lo vieron todos ese día: un río en llamas. Las aguas hirviendo, los peces escabulléndose aterrorizados por entre los torbellinos incandescentes». Ha ardido, en el corazón de Atenas, la mirada de Ulises: los papeles, los libros, las notas, las cartas, los proyectos, la materia de Theo Angelopoulos (1935-2012), el último cineasta homérico, que filmó la niebla y el río primordiales. Y el sonido del silencio. Arde el Mediterráneo clásico, desde las cubiertas de embarcaciones a la deriva, cargadas de inmigrantes insolados. En tierra, arden los lanzallamas en la frontera ceutí. No es de extrañar que el viernes ardiera también la luna; o se desangrara. Pero hay esperanza: el mar del futuro acaba de aparecer bajo los adoquines de Marte. En septiembre, hablamos.

 

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Los veranos de Mary
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Bernardo Sánchez Salas | 22-07-2018 | 10:32| 0

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Le debe mucho la literatura a los malos veranos. Tanto escritores como lectores. Y hasta las criaturas literarias. En algunos casos coinciden las tres facetas. Caso de Mary, de Mary W. Shelley. La inspiración se parece mucho a una tormenta con aparato eléctrico. Las ideas, en cualquiera de sus formas, se alumbran con el mismo chispazo que trae a la vida a un monstruo como el de Frankenstein; o sea, el de Mary, su autora, su doctora, su hermana: él monstruo mismo -podría decirse con toda propiedad-, en su sutura espiritual, en su orfandad, en su anhelo, en su rebeldía, en su ambulancia, en su paralelo con la muerte. En su texto. La literatura, desde la palabra más corta hasta la totalidad del libro, pasando por sus otros miembros -la frase o el párrafo- es un tejido (un texto) de trazos, sonidos y pensamientos importados de zonas incógnitas, o en sombra, o sencillamente de otros. Y fundido por el calambrazo de una tormenta, como la erupción del Volcán indonesio apagó Europa en el verano de 1816 convirtiéndolo en un ‘no verano’ para las estadísticas climáticas; pero sí, en cambio, en un laboratorio poético, con epicentro en una villa ginebrina situada al borde de un lago –buen conductor para la electricidad- y habitada por una extraña y excéntrica comunidad de excelsos poetas pero malos veraneantes; entre ellos Mary, una adolescente que, pesa a su juventud, ya había pasado por varias vidas y por varias muertes. A su edad, ahora la vida se vive un tweet. Me refería a la literatura, a las emociones, a las palabras que la criatura –un niño a todos los efectos- se esforzaba en aprender y balbucear. El monstruo quería romper a expresarse, romper a ser. Romperse, lo que al fin y al cabo era su naturaleza, su configuración. Vendría a ser luego el cinematógrafo, a finales del mismo siglo, un invento frankensteiniano, materialmente: un corta y pega de millares de fragmentos necesitados de un haz eléctrico que los atravesara para poder existir, para poder ser visualizados, requisito actual para cualquier consideración social. Y como frankensteiniano y nigromante el invento tuvo sus detractores. Como los tuvo Mary, claro: como mujer, como autora de entre los muertos y de entre los poetas muertos. Como novia de Frankenstein, tal y como proclamaría el cine, que –por cierto- resucitaría a Frankenstein para el siglo XX. Y aquí sigue, en el XXI, desencadenado, más vigente que nunca, como nuestro walking dead más entrañado, más afín, más familiar, en todos los sentidos. Un igual. La efeméride de la publicación de Frankenstein en 1818 vuelve a situar a Mary en el escenario de este verano o no verano de 2018 en el que nos encontramos. Y su progenie es incesante: películas (Mary Shelley, la de Haifaa Al Mansour), re-ediciones de la novela (espectacular la de Akal), series (se rueda la segunda temporada de las Crónicas de Frankenstein, excelente serie), congresos (nunca otro igual a aquel ginebrino de 1816, el original). Tormentas. Acompañada en ocasiones, de piedra. La del domingo pasado. Una señal. Yo, cuando iba de veraneo de niño, sobre todo me gustaban los días sin playa, con mal tiempo pero con libro. Y si había tormenta fuera, pues mejor. Un libro, por ejemplo, de la “Colección HISTORIAS Selección”, que Bruguera editó entre mediados de los sesenta y de los setenta. Me tocó sobre los diez años, que es cuando antes te empezabas a electrocutar con la literatura o con las películas. De ambas cosas tenía esta colección: texto a la izquierda y viñetas en blanco y negro a la derecha, para contar la misma historia. 60 pesetas. Con ¡250 ilustraciones! se anunciaba en la portada. La de Los diez mandamientos –en versión novelizada- era, de hecho, una imagen sacada de la película. Conservo algunos ejemplares de aquellos no veranos: Simbad el marino, Aventuras de Dick Turpin, Tom Sawyer detective, Robin de los Bosques y los de Julio Verne. Mi primer Verne, en el cine y en los libros fue 20.000 leguas de viaje submarino. Y desde entonces, no hay verano que no me refugie en Verne. Abro el ejemplar de HISTORIAS Selección, de 1967, con traducción de Heliodoro Lillo Lutteroth. Don Heliodoro Lillo Lutteroth era, además de traductor (de Verne, sobre todo), doctor, e hijo del inventor de un célebre crecepelo. Luego no salimos del laboratorio. Veía yo los rayos sobre la playa de Cambrils y comenzaba a leer que varios navíos se habían encontrado en el mar con un objeto, largo, fusiforme, fosforescente, voluminoso y rápido como una ballena… Y ya tenía armada la tormenta perfecta.

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Los encierros
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Bernardo Sánchez Salas | 15-07-2018 | 12:37| 0

Tengo un compañero de trabajo que corre los encierros. En la tele. Pero los corre. Y de hecho llega ya al despacho corrido, como desfogado y preparado para afrontar –como en ningún otro momento del año- la jornada, hasta en sus tramos más peligrosos. Él suele ir todos los días al gimnasio, nada más abrirse, y para entonces ya ha sacado dos perros que tiene. Así que cuando llega al curro ya lleva un rato en danza, y está más o menos espabilado y se ha duchado varias veces, entre casa y el gimnasio. Pero la semana de los encierros es otra cosa. Otro nivel de juego. Lo ves entrar y viene como purificado el tío. Está todavía algo sudado, las mejillas enrojecidas, resuella un poquito, las venosidades de los ojos candentes, estira los brazos como para relajarlos. Lo ves ufano, crecido, un puntito eufórico. En deportivas. Y lleva el periódico hecho un churro, agarrado con un puño. «¿Qué tal hoy?»: «¡Buaaaa!… Rápido, ni a dos minutos ha llegado; una carrera a tumba abierta, venía la manada como una locomotora; en el ángulo entre Mercaderes y la Estafeta se ha quedado uno rezagado y a poco empitona a unos despistados; luego ya se ha estirado la manada llegando a la plaza, y la cosa iba bien, pero al final, ya cerca del callejón, se ha formado un montón ¡y amigo!, ahí habido mucho peligro, pero mucho; fíjate que te lo cuento y aún me tiemblan las piernas; tengo todavía aquí en el cogote el aliento del bicho; me he tenido que meter por una gatera…». Y tendrían que ver bufar a mi compañero, y hacer figuras. Y mirar todo el rato para atrás, todo el rato. Está claro que cuando lo cuenta está soltando. No sé el qué; pero está soltando. Y no es exactamente adrenalina. Cuando finaliza su relato se queda unos segundos en silencio, con la mirada perdida. Y entonces se gira y se dirige a la máquina de café, y se trae uno solo largo. Y se lo mete de un trago. Todavía con la cabeza en la carrera. La semana del encierro mi compañero es que parece otro. Es otro. Y es así todos los días. Nunca se pide, además, vacaciones en esas fechas. Porque quiere estar para correr los encierros. En la tele. Y luego venir al despacho, como nuevo. «¿Y hoy qué tal?»: «Limpio». «¿Así, sin más, limpio?». «Limpio, pero trepidante». «¿Y en el tramo de Telefónica?»; porque, claro, ya vas aprendiendo, y te sabes más o menos los puntos clave del recorrido, y te interesas. «Uno se ha quedado suelto y luego ha habido un acelerón, pero vaya, como yo iba cerca del pastor y…». A veces mi compañero ha tenido una carrera accidentada y le veo un poco tocado. Del encierro del lunes vino cojeando: «¿Qué te ha pasado?»: «Un encontronazo, nada, en la curva de Mercaderes». Si algún día mi compañero se retrasa en llegar al despacho yo me empiezo a preocupar. Este lunes, por ejemplo, hasta le llamé al móvil. «Te he estado venga llamar al móvil»: «No, si yo cuando corro no llevo móvil, lo dejo en casa». Pero vamos, que raro es el día de la semana de encierros en que lo veo bajo. Mi compañero -ésa es la verdad- es un poco bajo de natural; aunque no tanto como yo, que además soy un cobardica; pero esa semana de encierros, a mi compañero lo veo como fajado, preparado para lo que venga. Y entonces, transcurridos unos minutos y otro café, el tío se sienta, respira hondo y lo que no hace nunca: coge el periódico, lo desenrolla y se pone a leerlo. Contemplando la portada yo noto que su respiración comienza a agitarse. Llega un momento en que se de decide y pasa la hoja, para enfrentarse a la sección de internacional. Aquí, ya se lo oye   hiperventilar. Aguanta unos minutos en internacional y no sin antes mirar para atrás –algo que no dejará de hacer hasta concluir la lectura del periódico- pasa a nacional. En nacional salta de página en página, agarrándose de vez en cuando al apoyabrazos de la silla. A punto de perder el equilibrio. Sale de nacional como puede, con algún rasguño y quemaduras de diversa consideración, y enfila local. Se le tensan los maxilares, aguanta el tirón y pasa de página como se da un volantazo en los autos de choque. Va más lento en el vado de opinión y editoriales. Toma aire, vigilante. Sin dejar de mirar a sus espaldas. Y ya está en cultura, sociedad y varios. No se distingue bien entre estas zonas y va un poco a tientas. Hasta salir escapado por deportes, que es para él un trayecto más fácil, que controla mejor. Aunque el otro día recibió un buen susto con un asunto de fichajes. Y así, con la lengua fuera, llega hasta la contraportada y a la columna de cierre de la que logra salir indemne. Y ya después abre el ordenador. Yo, ya digo que es que no tengo valor.

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Gajes del oficio
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Bernardo Sánchez Salas | 08-07-2018 | 11:06| 0

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A pie de obra de las historias, en la zanja, hay siempre alguien, un sujeto, un propio, un mandado, un práctico, un encargado, uno que sabe dónde está la caja de herramientas, la llave de paso, la del oxígeno, cambiar una bombilla, arreglar un puerta, manejar esto o lo otro; en fin, lo básico. Cómo hacer la cosas, hasta las que se nos antojan más complicadas, imposibles, para la mayoría de los mortales (y voy entrando en tema). Generalmente aparece al final; lo llaman o lo contratan o lo reclutan al final, para que actúe, al final de todo; y el tipo hace su papel; no sabe hasta qué punto categórico e incluso definitivo en lo material y en lo inmaterial; elevando –de una forma involuntaria- lo prosaico hasta una cota simbólica inalcanzable por el curso ordinario de los acontecimientos y por los protagonistas de capítulos anteriores: un peón de la Historia; anónimo pero imprescindible para que las cosas sucedan y se escriban. Que las escriban otros, claro, a veces de una forma épica, inflamada, retórica, falaz; inversamente proporcional a la vulgaridad de sus extremos, cuando no a la obscenidad de los mismos. Como conoce de primera mano el empleado al que le toca, por ejemplo, alicatar las postrimerías y las galas del difunto. Un caso reciente: podemos teorizar acerca de qué fue lo que enterró a Franco, pero sabemos con absoluta certeza quién lo enterró. Eso es incontrovertible. Quién metió bajo tierra al dictador. Y lo clausuró. Físicamente. Mucho antes que lo hiciera el peso de la Historia; porque el peso de la Historia, con frecuencia, cae mucho más tarde que el peso de la lápida. Y ahora me refiero al hombre que hizo caer todo el peso de la lápida sobre Franco el 23 de noviembre de 1975. Como un gaje del oficio. Lo que nadie había conseguido antes en cuarenta años. Gajes de la tragedia. Española. Enterrar a Franco. Lo ha contado la prensa esta semana, también La Rioja: quien organizó la operativa y albañilería de su entierro a dos metros bajo tierra y quien vio ceñirse la oscuridad –cortante como los ángulos de la lápida- sobre la caja que lo que contenía, que contenía los restos de Franco, fue un funerario, un Manfredi, un José Luis Rodríguez del 75, al que llamaron para un servicio especial. Tienes veintiocho o veintinueve años; eres un funerario con futuro en la profesión (lo tuvo, llegó a ser un directivo nacional en estos asuntos) y recibes una llamada telefónica para que vayas a enterrar a Franco. Sí, sí, me ha oído bien lo que le digo, Abánades –porque se llama Gabino Abánades el hombre-… Tiene que coger usted a una cuadrilla e ir a enterrar a Franco al Valle de los Caídos… Lo que está oyendo… Con cuatro o cinco operarios será suficiente… Ir al Valle de los Caídos, como le digo, eso es… y enterrar al Generalísimo, que se ha muerto; viene en todos los periódicos… Pues mire Abánades –entonces se llamaba mucho por el apellido-, estaríamos hablando de una losa de unos 1500 de kilos,… de piedra blanca de Alpedrete, sí… y la fosa tiene dos metros de profundidad… Parece como si el encargo lo estuviera realizando el propio difunto; pónganle su vocecita y su antebrazo autómata… Ya le advierto, Abánades, que, con seguridad, estará el NO-DO y… Y el joven funerario lo organiza todo para enterrar a Franco, en un hueco de una cripta. Enterrar a Franco, que se dice pronto. Según Abánades «fue fácil» (sic), ‘Fácil’ enterrar a Franco. ¿Dónde toca hoy, Abánades? Pues un servicio en el Valle de los Caídos, a enterrar a Franco. Gajes del oficio. «Cuatro personas lo hicimos y fue fácil» (sic). Al final, mira, entre cuatro desconocidos enterraron a Franco. No sabemos quienes fueron el resto de la cuadrilla; quizás funcionarios o fosores, o qué se yo; pero aquella mañana de noviembre se levantaron para sellar a Franco. Otra cosa fue sellar el franquismo, pero de ese gas todavía se producirían fugas durante años por entre alguna ranura mal pulida de la losa. Ese ajuste fino, ni el marmolista más profesional. Ahora, con esa misma facilidad, se puede discutir sobre la exhumación de Franco, pero lo que resulta indiscutible es cómo exhumarlo: es como enterrarlo otra vez pero al revés. Lo ha explicado con suma facilidad, claro, con esa facilidad alucinante, de José Luis Rodríguez, el funerario ya jubilado: «sólo hay que colocar rodillos y tiros de cuerda por debajo del ataúd y elevarlo. Se tardaría una hora. Para esta tarea sólo volverían a necesitarse cuatro personas» (sic). Fácil, pues, otra vez. Si no fuera porque todo lo demás fue y sigue siendo jodidamente difícil. Pero esto es otra Historia. O la misma, pero desde una pared del Valle y de sus auténticos caídos mucho menos accesible. De un oficio de tinieblas.

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La buena tristeza
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Bernardo Sánchez Salas | 01-07-2018 | 12:04| 0

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Existe una tristeza benéfica, lenitiva, que sana, que te reconcilia, que te quita peso. Una tristeza que no es nostálgica, sino sabia, irónica, cantable, desenchufada. Una tristeza que no es letal sino –muy al contrario- un reflejo, un estímulo, sin el que no se puede ni se debe vivir. Una tristeza que te hacer vivir con los ojos abiertos. Una tristeza asendereada, rodada, cómplice. Posterior a la orfandad. Que lo ha aprendido todo de ella. Una tristeza protectora, como el cielo protector. Una tristeza que -administrada sin dramatismo, y es el caso- es una segunda y definitiva juventud. Es la que rezuma Casi 40, la última película de David Trueba. Su mejor película. El mejor, el más despojado y más libre viaje de todos los que ha trazado en su literatura y en su cine, tan pegado a los recorridos y a las carreteras del interior (de uno mismo y de España). A las carreteras domiciliarias. Se ha estrenado este fin de semana, en medio del Mundial y del VAR. Los personajes de Casi 40 –que también somos nosotros, por supuesto, los espectadores de La buena vida, su origen, hace casi 22- no disponen, no disponemos de VAR. Nunca hay nadie en una cabina advirtiéndote a través de un pinganillo de los límites del área de juego; de cómo se traman las jugadas de peligro o dilucidando si se ha producido o no se ha producido una falta; o si la que te pitaron era justa o infundada; o si el gol que te metieron fue de reglamento o furtivo. Un VAR que restaure de inmediato tus razones, si es que se vulneraron, o –si no juegas limpio- que impugne tus movimientos en evitación de lesiones mayores. No, no hay arbitraje que te asista; que aclare los términos en que se han producido las jugadas y el papel que has jugado en ellas. No hay un VAR que vaya, en tiempo real, corrigiendo el partido para que no pierdas por goleada; o por lo menos posible. Un VAR que dictamine si te encuentras o no te encuentras en fuera de juego. En las decisiones, en el amor. En el amor. Es la carencia de VAR de los personajes de Casi 40, Lucía Jiménez y Fernando Ramallo –los mismos y distintos de La buena vida de 1996, cuando los conocimos, cuando se conocieron-, extraviados, al cabo de los años -propios y extraños-, en una segunda salida, quijotesca, sin más equipaje ni identidad que la prestada por la memoria del cine a la que pertenecen y se deben; indistinguible, no obstante, de la memoria fuera del cine; de la vida que ha corrido entre películas (de cine y de las otras). Las de cada cual. Ahora son los dos, Lucía y Ramallo, mucho mejores en todos los sentidos. El tiempo transcurrido ha perfeccionado sus personajes. Son más que actores. Actúan, se actúan, nos actúan. Reencontrarlos veintidós años después, tristes y vivos, es una alegría impagable. Familiar. Los habíamos dejado al final de La buena vida soñando, sobrevolando París en una cama como de Peter Pan, como de niños perdidos. Mientras sonaba Charles Trenet. Él con 16 y ella con 18 o casi 18. En Casi 40 están ya muy aterrizados; y extraviados, decía yo antes, en una ruta mesetaria, en cierto modo desolada, deshabitada, quijotesca: en una tierra de campos, como la que recorría David en su última novela. Porque Lucía Jiménez –que hace el mejor personaje femenino (y por momentos masculino) que he visto en el cine español en bastante tiempo- y Fernando Ramallo –contrafigura del cactus en que se mira y con su (dedo) corazón escayolado como una peineta que detectaría cualquier VAR- también son David Trueba, en mayor medida que en La buena vida. El cineasta, autor, hermano (mayor), amigo y compañero de viajes, se desdobla en ellos y respira a través de ellos las enseñanzas y accidentes del camino recorrido hasta este punto de la vida, casi 50. Y se divierte. Porque Casi 40 pertenece al género del ‘viaje entretenido’. Como el anterior suyo hasta el desierto almeriense en pos de Lennon. Casi 40 es cervantina. Llena de coloquios amenos, ventas, garitos, relatos intercalados, explanadas, librerías, lugares fantasmas, romances, discursos sobre las letras (de canciones), personajes episódicos y hasta un entremés memorable, el de la psicodóntologa. Lucía y Ramallo comparten, se alternan, los papeles de caballero y de escudero, aunque sin duda es ella -la que más ha crecido, la que tiene más kilómetros a la espalda- la que lleve la voz cantante, la que cante los 40. En lo que parece habrá de ser el último bolo de un amor inventado hace dos décadas en el interior de una película: un área de contornos vagos. En consecuencia, Casi 40 es la historia de tres personas –incluyo a David- que como le dice Lucía a Ramallo en un momento dado se tienen un ‘amor prehistórico’.

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Sobre el autor Bernardo Sánchez Salas
Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.