La Rioja
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Autor: salasmiguel_568
El ministerio sin tiempo
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Bernardo Sánchez Salas | 17-06-2018 | 11:18| 0

Para no ser Màxim Huerta un atleta de toda la vida ha pulverizado uno tras otro, sin quitarse las bambas, varios récords: pasar del último nombramiento a las primeras planas; conversión súbita al espíritu deportivo (a la primera entrevista); estancia mínima conocida al frente de un ministerio (con dimisión casi pegada al juramento del cargo); refresco express del histórico fiscal; plusmarca en el lanzamiento de cartera (pues no le ha debido dar tiempo ni a dejarla sobre la mesa; una cartera con el peso de la cultura más el del deporte: como para un levantador de Leiza); oro en la carrera (política) de velocidad y la salida de Twitter más rápida que se recuerda en Twitter. Y todo esto en seis días. Prueba contrareloj superada. El ejemplo vivo de cómo no eternizarse en un cargo. De cómo ni siquiera aterrizar en él. Pasar como una exhalación, que es una expresión anticuada, pero muy gráfica. Visto no visto. Digital. Mátrix Huerta. Un destino de película de anticipación, o de precipitación. A mí me gustaba este programa que tuvo hace un par de años en la 1 (que tuvo poco, también: ocho entregas, dos más que en el ministerio): Destinos de película. En él, el futuro ministro –a la vez que pasado, todo en un mismo lapso; así transcurre todo actualmente, sin apreciarse apenas diferencias entre la toma de posesión y la de desposesión- se asomaba, por ejemplo, en Praga, a los lugares donde se había rodado Misión imposible: protocolo fantasma. De forma parecida ha sido destinado Huerta en la Moncloa. ¿Qué se rodó aquí, en La Moncloa? No ha dado lugar ni a que no le quedara ni un telediario. Es todavía pronto para hacer balance de su gestión al frente del ministerio, pero seguro que el balance ocupará más tiempo que la gestión. E igualmente, costará más horas leer la novela que este ministro de la semana pasada y novelista de más atrás estará ya abocetando para relatar su experiencia en la acción de gobierno. Una acción imposible, fantasma. El caso es que -hablando de justicia deportiva- me ha dado por detenerme, ya ven, en la foto finis de este episodio, que está más cerca de un reality que de la política al uso. Una especie de inversión de El jefe infiltrado: aquí, en cambio, al concursante le proponen que durante una semana se ponga en el papel del jefe. De la cultura y del deporte. Con todo, resulta más real que el presidente que había hasta hace muy poco, que era el presidente oficial, ya muy hecho al personaje, pero que apenas estaba visibilizado. O algunos de sus ministros o ministras a las que les sobraron centenares de días en el cargo y a los que -es curioso, cómo es la cabeza, ¿eh?- ahora ya no les pongo cara. El reality español, en fin, sigue acuciado por preguntas codornicescas. Del tipo –y cito por Azcona-: ¿A dónde vamos a llegar? ¿Le gusta a usted el pan? ¿Cómo se procede en casos apurados? De igual manera, yo me cuestiono: ¿Quiere usted probar a ser ministro durante un rato? (Entiéndase también ministra en todos los supuestos) ¿Se puede ser un buen ministro para sólo seis días? Es más –y aquí viene la cuestión-: ¿Es suficiente con ser ministro de algo durante seis días? ¿Se podría hacer más, pongamos, empleando un séptimo día? Ejemplos hay de que ese día -suplementario a todos los efectos, y seguro que mal pagado- conviene descansar. Porque igual estamos sobrevalorando la dedicación, la vocación, tanto café de máquina. Todo el protocolo de los antiguos ministerios, vaya, ahora muy sobrepasado por los postmodos de la inmersión, de la emprendeduría, de lo efímero. Ha sido Màxim Huerta un olímpico de lo efímero, un deportista de élite malgré lui. ¿Debieran ser los contratos de ministro para seis días, renovables? Hoy se promocionan trabajos con una precariedad mucho mayor. ¿Debiera implantarse un periodo de prueba en el trabajo de ministro? ¿Se puede ser directamente ex-ministro sin pasar por ser ministro? A lo mejor, con una cosa de seis días,… que ves un poco cómo está el asunto… y ya. En este caso, además, es que Huerta lo tenía a huevo: tres días para la Cultura y otros tres para el Deporte. La pena es que Huerta se ha marchado justo cuando ya habíamos aprendido a poner (y a pronunciar) hacia la izquierda la tilde de Màxim. Él también lo ha lamentado en los mismos términos. Esta tilde es lo que se conoce como acento grave, que se da un aire como más singular que el agudo común. La wiki afirma que este acento es indicador de apertura, intensidad y tono. Ya nunca lo sabremos.

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De la vida de las bolsas de plástico
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Bernardo Sánchez Salas | 11-06-2018 | 10:59| 0

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Una bolsa de plástico, de las del súper, o de las de la basura, dura más que el Renacimiento. O como toda la Edad Media, sumando la alta y la baja. Unos cuatrocientos años se ha calculado que dura una bolsa de plástico. Casi nada dura tanto. Podrían estar ahora muriendo bolsas de plástico –de haber existido entonces tal cosa- que se pusieron en circulación cuando se publicó el Quijote. Ya habrían aguantado bastante más que los huesos de su autor, que no sabemos ni dónde se encuentran ni en qué estado. En cambio, las bolsas de plástico están perfectamente localizadas: se sabe que forman arrecifes en el fondo del mar y que sirven de protector estomacal a los peces. Incluso que contribuyen a la evolución de las especies: al pez-martillo, al pez-sierra y al pez-espada se ha unido el pez-bolsa, que transporta víveres a muchos metros de profundidad, tiene asas y está esponsorizado por varias marcas blancas (o azules, dependiendo de si es pesca blanca o azul). Y forman bandadas de aves migratorias sobre las ciudades, quedando atrapadas en las vallas o anidadas en las antenas de telefonía móvil. Vallas que se convierten automáticamente en vallas publicitarias, del pequeño o del gran comercio, de ultramarinos José Mari o de Hipercost. No es un pájaro, no es un globo aerostático: es una bolsa de plástico. Y se funden con las nubes. Son un fenómeno atmosférico. Debieran existir meteorólogos de los bancos de nubes formados por bolsas de plástico, que al final del telediario advirtieran de su evolución variable y de sus precipitaciones. Expertos en bolsa. De plástico. Estos días se está informando a la población que el gobierno va a intentar –a través de medidas al por menor: céntimos por micras- reducir su longevidad; muy superior, por cierto, a la de cualquier gobierno conocido, por largos que se nos hagan algunos gobiernos. Porque hay cosas, desde luego, que se nos hacen eternas como bolsas de plástico. Pesadumbres indestructibles. Pesadillas de plástico de bolsa. Ni siquiera otros objetos fabricados con material plástico perduran tanto como una bolsa de plástico. Las películas de cine, pongamos, el celuloide, que es un plástico sintético: en unas pocas décadas, nada, se han podrido centenares y centenares de obras maestras del cine, avinagradas, oxidadas, ya invisibles. El cine mudo, por ejemplo, desapareció en un gran porcentaje. Sin embargo, la primera bolsa de plástico inventada a principios de los años setenta del siglo XX, que es cuando se inventan las bolsas de plástico, seguro que se conserva fresca. En algún museo, o en el fondo de un carrito de compra. Son los años setenta los del pensamiento plástico (ahora ya líquido, en licuefacción irreversible); el pensamiento irrigado por el bulbo raquídeo del petróleo, del que emergieron el plástico y los dólares. Hay todavía por ahí flotando bolsas de plástico que vieron el final de la Guerra de Vietnam, y el Watergate. Por muy poco no pudimos dejar unas bolsas de plástico en la luna, lo que hubiera sido un pequeño paso para el hombre pero un gran salto para algunas cadenas de supermercados. Y hablando de los dólares: el dinero que sale por las noches en bolsas de basura, por poner otro caso de resistencia plástica, se esfuma, se funde, pero la bolsa permanece, intacta en su aleación, acharolada y retornable. Tu edificio precisa de un seguro a todo riesgo –papeles, dinero, etc…-; sin embargo, el patrimonio de un mendigo se preserva seguro en varias bolsas de plástico, hechas a las inclemencias, a los traslados y a los accidentes. Se adaptan. Nada se adapta como una bolsa de plástico. Y casi nada pervive si en un momento dado no cabe en una bolsa de plástico. Las bolsas de plástico, en definitiva, han creado su propia civilización, su clima, su modelo económico. Su lenguaje: llevamos medio siglo, más o menos, enviando mensajes dentro de bolsas de plásticos. Hoy esos mensajes han llegado al intestino de un tiburón tigre, o se han trabado en un gancho antipalomas. También han creado su tipo de ciudadanía, integrada por individuos contrapesados con sendas bolsa de plástico (llenas), una en cada mano: la imagen del equilibrio perfecto. Y en fin: cuando, a consecuencia de nuestra naturaleza biodegradable, dejemos esta vida, la última bolsa de plástico que nos dieron en el súper nos sobrevivirá siglos, con publicidad del establecimiento y el ticket de compra dentro. Son las postrimerías modernas.

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Sobre el daño que hace el tabaco
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Bernardo Sánchez Salas | 03-06-2018 | 10:56| 0

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Fumar perjudica seriamente el Gobierno. Si ya lo pone en las cajetillas, hombre. Al final, mira, ha sido el tabaco lo que ha acabado con la presidencia de Mariano Rajoy. La moción se ha hecho esperar hasta este jueves 31 de mayo, día mundial sin tabaco. Por ahí lo han pillado, por donde menos se lo esperaba: su condición de fumador de puros -no sé si todavía en activo, pero en su momento muy pregonao, como diría Mota- le ha pasado la factura definitiva. Por todo lo fumado. Por abusar del principio de «y me fumo un puro», que suena a ese otro adagio tan español de «trago y cigarro que la difunta no vuelve». Ese fumar desahogado, con cuajo; ese fumeque que es un placer genial, sensual; que quien fumando su vida no consume porque el humo cuando flota le suele adormecer. Tango. Lo que sucede es que nos hallamos en el día 2 (y medio) sin Rajoy presidente y no se nota nada. Pero es que en su caso no se aprecia la diferencia entre cuando estaba y cuando no está. E incluso, si miras hacia atrás, parece impensable que haya estado ocho años o casi, ¿no? Y sin embargo los ha estado. ‘Estar’… de aquellas maneras: en esa forma de no estar que tenía de estar. En política ha sido como una especie de fumador de cigarrillos electrónicos. Un fumador para el plasma. Un adormecimiento. Claro que también, si lo piensas, nos parece ahora de todo punto inconcebible el que hasta 2006 se pudiera fumar en el interior de un autobús, o en el pasillo de un hospital, o en un restaurante. Y sin embargo, se hacía. No le sirvió de atenuante este jueves a Rajoy el que votara a favor de la ley antitabaco en 2006; quizá porque también se recordaba que, al tiempo, dijo que era una ley extrema y que vería de suavizarla. Se tuvo él mismo que marchar de España en 2012 a fumarse un puro a la sexta avenida de Nueva York, acosado por el extremismo antitabaquista –eso sería, sí- de un país que por aquellos días lo que fumaba era en pipa. El acto, el momentazo del puro, ha venido siendo para Rajoy como el acto estelar del sentido común. El sentido común, la normalidad, lo que importa a los españoles, el plato tautológico adoptaban, en su pensamiento político, la forma de los hilillos de la fumarola de una Faria. Total, ¿para qué da esto?: nada, puro humo. Cualquier asunto se consume en dos caladas. Y tres telediarios. Llegó a ser Rajoy portada de la revista El fumador, allá por 1996, cuando era Ministro de Administraciones Publicas con Aznar. Y ya dio el titular, la doxa: «fumar es una virtud». El método. Y una fuente de humor marxista. ¿No fue Groucho el que dijo aquello de «Yo puedo asegurarles a ustedes que haré todo lo que pueda y un poco más de lo que pueda si es que eso es posible; y haré todo lo posible, incluso lo imposible, si también lo imposible es posible»; o lo de «Tenemos que fabricar máquinas que nos permitan seguir fabricando máquinas porque lo que no va a hacer nunca la máquina es fabricar máquinas»? El caso es que -volviendo a Rajoy- si el hombre había dejado el tabaco, el jueves, como desquite, se fumó la sesión de la tarde. Esfumándose. Al día siguiente, viernes, y minutos después de que Pedro Sánchez mantuviera una conversación con un escaño vacío –o lleno, al modo de Rajoy-, las penúltimas palabras de Mariano Rajoy Brey, antes de entrar al hemiciclo, ya muy al final, tras fumarse también la sesión de la mañana fueron: «¿Qué hago? ¿Entro?». Impresionante síntesis del personaje. Chejov hubiera dado un brazo por ponerlas en boca de Ivan Ivanovich Niujin, protagonista de su monólogo sobre el daño que hace el tabaco, en el instante previo a subirse al estrado donde se ve obligado –contra su voluntad y su carácter- a dar una conferencia que trata pero sobre todo no trata sobre los males del tabaco, sino sobre los males (propios) de todo lo demás. «¿Qué hago? ¿Entro?»: Rajoy consistió exactamente en esas dos preguntas. Siempre. Y no puedo, en fin, imaginarme mejor figura para interpretar el monólogo de Chejov que al propio Rajoy. Lo que hubiera dado por vérselo interpretar subido en la Tribuna del Congreso; en la misma mañana del viernes, diciendo lo de Ivan Ivanovich Niujin cuando comienza a dirigirse a su audiencia (los escaños llenos pero también vacíos de un teatro): que el asunto de la conferencia le es indiferente; «¿qué hay que dar una conferencia?, pues a dar una conferencia; ¿qué hay que hablar del tabaco? Se habla del tabaco» Aunque no entienda; le da igual a Ivan Ivanovich Niujin. Y en, fin, esto ya es para Sánchez: queremos que el Gobierno sea un espacio sin humo.

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La república de tu idea
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Bernardo Sánchez Salas | 27-05-2018 | 11:01| 0

El asunto éste del chalé plantea un asunto interesante: la relación entre tus ideas políticas y los metros cuadrados que se le suponen a tu vivienda. Igual que se te suponen las ideas, claro. Un conversor de ideas en metros. Rige, actualmente, una bolsa de valores para esto. Un mercado. He dicho ideas políticas, pero podríamos peritar otro tipo de ideas, de igual o más complicado asiento. Y es que las ideas es fácil tenerlas; pero luego muy difícil cubicarlas. No digamos habitarlas. Habitar una idea, la república de tu idea –como diría el poeta sueco-, es un embrollo. Y no hay día en que no te tropieces con los muebles o te quedes sin presión de agua. Con las ideas pasa también que no sabes nunca si es mejor comprar o alquilar. Y por las mismas, estás una noche sentado en el salón de tu idea, viendo la televisión, empiezas a no sentirte cómodo y decides vender. O irte a vivir a una idea más pequeña. Como un personaje de Tono. O peor: meterte en reformas. Repintar, por ejemplo, la idea. No me extraña que exista un portal inmobiliario que se llame idealista. Porque es en esto de las ideas donde hay quien vive por encima de sus posibilidades. También está la idea que los demás se hacen de la casa en que tú debieras vivir; o sea, de -así, a ojímetro, por la pinta- en cuántos metros de casa te cabe el tipo de ideas que manejas. Que vendes. No sé por qué me viene a la cabeza (tan complicada de amueblar, por cierto) una anécdota sobre el número de habitaciones de que disponen las ideologías: cuando Billy Wilder fue a presentar a la Unión Soviética El apartamento, las autoridades le manifestaron su satisfacción porque la situación que presentaba su argumento era una humillación propia del capitalismo y nunca se podría producir en su país, dada la relación justa entre obrero y patrón lograda por el comunismo; a lo que Wilder respondió que efectivamente lo veía materialmente imposible; pero porque un apartamento como el de su película, en la Unión Soviética estaría ocupado por tres o cuatro familias. Entonces, la cuestión es: ¿tiene el pensamiento un valor catastral? Y a partir de aquí, todo son preguntas en cascada: ¿deben traducirse las ideas políticas en un número predeterminado de metros cuadrados habitables? Ser, o declararse, o considerarse de izquierdas, por ejemplo, ¿presupone no poder habitar una casa de, pongamos, más de… 50 metros cuadrados? ¿Quién establece la equivalencia entre ambas áreas? ¿Cuánto mide una idea? ¿Y el precio del metro cuadrado de idea? Pasándote de esos 50 metros, que igual hasta deben ser menos de 50, que yo no sé calcular estas cosas, ¿estás invadiendo el ideario o incluso la finca del vecino (que tendrá unas ideas distintas a las tuyas)? ¿Se puede seguir siendo, o soñándose de izquierdas en un piso algo más grande? ¿Cuánto más grande? Y si no eres muy muy de izquierdas; si no eres un radical de izquierdas, ¿podrías optar, sin vulnerar la ley de propiedad horizontal, ¡perdón, de propiedad intelectual!, a un trastero? Y si tú eres de izquierdas en un nivel medio, pasable, pero tenías un pariente, se me ocurre, de derechas, ¿puedes aceptar la herencia que te ha dejado de un piso con 120 de los antiguos metros cuadros; o la casa de los abuelos en el pueblo, que tenía hasta galería y cuadras? No sé, estoy pensando en alto, ¿eh? Un socialista auténtico ¿sería lógico que tuviera plaza de garaje? ¿Y uno o dos baños en casa? ¿Y un anticapitalista, armario empotrado? ¿Y un comunista, tiestos? ¿Es de recibo que tenga las mismas dimensiones el pasillo de un social demócrata que el de un demócrata cristiano? ¿Es propio de un anarquista montar una cocina office? ¿Son los duplex patrimonio de los ultraliberales? ¿Con cuánto espacio vital se apaña un nacionalista? ¿Si eres de una marea puedes disfrutar de ascensor? ¿Si eres de un par de mareas o de tres tendrías derecho a asomarte a un patio de luces? ¿Qué tienes que tener en la cabeza para poder tocar fondo, de inversión digo? ¿Podría un dirigente de izquierdas –esto es ya es la pregunta del millón- ser siquiera entrevistado por Bertín Osborne en uno de los casoplones en que entrevista; o como mucho en el plató de una televisión local? Bertín Osborne. Ancho lo que se dice sentirse ancho, en España; lo que es cogerle la medida al habitat y al discurso sólo Bertín Osborne, en mi casa o en la tuya. Qué envidia. ¿Ocupan, en fin, las ideas de izquierda menos espacio que las de derechas? ¿Cabría todo en una maleta? ¿Se puede cambiar más fácilmente de ideas que de casa? ¿Podemos, Pablo? ¿Podemos, Irene?

 

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El vuelo interior
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Bernardo Sánchez Salas | 20-05-2018 | 9:29| 0

LOGRONO. Album de cromos de la pelicula Superman. 19.05.2018 Justo Rodriguez

Coleccioné cromos hasta los dieciocho. Luego ya empiezas a coleccionar otras cosas: años, por ejemplo. Puedes ir a un mercadillo y cambiar cromos, pero no puedes cambiar años. Aunque algunos los tengas –o te parezcan- repetidos. Los que te faltan, no los encuentras. La colección de cromos puedes llegar a completarla; la de años nunca. Siempre te faltará alguno. Cromo nº 15: «Lois Lane, la periodista más hábil e inteligente del diario Daily Planet». Superman, la película, fue mi última colección de cromos. En 1978. 180 cromos. Los años amarillean como los cromos: es por los pegamentos, que envejecen mal y se comen el color de las páginas. Cromo nº 121: «Aquella noche, mientras espera en su casa, Lois cree que encontrará la mejor noticia de su vida. No se equivoca: ¡Superman aparece allí, junto a ella!». El álbum me parece ahora como el pasaporte de haber pasado por muchos sitios. Cada cromo un visado. Desde un lugar sin nombre del Estado de Kansas hasta las azoteas de Metropolis. De haber pasado, sobre todo, por el Cine SAHOR, que entonces era un cielo nocturno maravilloso, mi estratosfera. Sin salir de la Calle San Antón. Su pantalla tenía exactamente las dimensiones de Superman en modo vuelo: todo lo grande que era desde el rizo hasta las calzas. Cromo nº 124: «Lois, que ama a Superman, y a él le pasa lo mismo [nota.- que ama a Lois, se entiende, no que Superman ame a Superman, que igual también]. El héroe le invita a un vuelo fantástico sobre Metrópolis y ella acepta encantada». La colección resumen en seis cromos –como seis ventanitas- el vuelo de Superman con Lois sobre el Manhattan de Metropolis. Lois, Margot Kidder, le sacaba cuatro años al superhombre, que sólo tenía 26: un gafapasta que vestía un pijama de Superman. Si no es por Lois, él no hubiera remontado el vuelo, viniendo de la infancia que venía, allá en la nevera de Krypton. Lois sí sabía lo que era un traje de noche, y volar en camisón, como Wendy, ligera de equipaje. No sabemos, en cambio, nada de la infancia de Lois. La cogemos ya con la carrera de periodismo acabada. Intuimos que acumula soledad, anhelo. Mi cromo preferido, el nº 124: «Desde aquella altura, la ciudad parece que se mueve dando vueltas despacio». Pero los cromos no se oyen, claro. Y como las palabras tampoco se escuchan en el espacio, los personajes, a esas alturas, sólo pueden hablar para sus adentros. Para los adentros del cine. Todo el firmamento pasa por la cabeza de Lois. Ella ocupa todo el espacio de la noche. La noche se hace en ella. Por encima de las nubes y desde la primera hasta la última fila del SAHOR arriba –ya en su terraza, como la del apartamento de Lois, desde donde despegamos- sólo se escucha a Lois. Porque la cosa es al revés: Superman no hace volar a Lois: es Superman quien vuela dentro de la cabeza de Lois. Y nosotros con ella. Y entonces escuchamos a Lois –a la periodista, a la novia- en el silencio estratosférico, en una de las grandes secuencias de la historia del amor; por su vértigo, por las mariposas en el estómago. Le escribió las líneas –quién lo iba decir- el autor de El padrino, Mario Puzo, guionista también de Superman: «Lee en mi corazón, y verás la razón de mi existir». Esto sólo se puede decir a unos cuantos palmos por encima del suelo. Y Lois prosigue el poema, que desafía las leyes de la gravedad: «En realidad soy una mujer. Ámame. Lee mi pensamiento. Lo que pasa por mi imaginación. Sí buscas amor, aquí estoy. Lee mi mente». Y toda su vida anterior, y la ciudad, y los apuntes de la carrera y el planeta completo giran delante de ella. En cinco minutos. La vida es eterna en cinco minutos. Si Superman acepta el reto, podrá llegar a convertirse en un hombre, que es un superpoder más preciado que ser un superhombre. Y éste era el vuelo. La exclusiva, el scoop. Claro que de este vuelo no se regresa. El aterrizaje era imposible. La tensión, bipolar. Tuvieron los dos amantes una mala caída. Pero mereció la pena el vuelo. Gracias a él, el cine, sus cromos, convirtieron el romanticismo en superomanticismo. Y es que el amor es muy raro en el mundo de los superhéroes, un continuo equilibrismo, sin red. Spiderman, por ejemplo, sólo puede besar a Mary Jane colgado bocabajo, pendiente de un hilo. De igual manera a Lois y a Superman, a Margot Kidder y a Christopher Reeve, en su paso a dos, sólo les sostenía la música de John Williams y unos hilos de algo, invisibles, que les sujetaban. Como los que nos sujetan a todos. Cogiditos, como estamos, con hilvanes.

Fotografía. Album de cromos de la película Superman. 19.05.2018 @Justo Rodríguez

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Sobre el autor Bernardo Sánchez Salas
Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.