La Rioja
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Categoría: ARTES
Piezas separadas

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Qué curioso: la filmografía de un mismo director –pegado en sus temas a la infancia latente, o incluso mucho antes- atesora dos secuencias fundamentales para entender el valor de nuestros residuos más entrañados, de las piezas que contienen sintetizado el ADN del mapa humano, entre la lactancia y el psicoanálisis: una muestra de nuestro tracto espiritual. Dos secuencias tan gráficas como poéticas, centradas en un chicle y en una mierda de niño. Y qué curioso, coinciden ahora también en Logroño estos dos asuntos: el chicle masticado y la mierda fósil. De lo primero se encarga el servicio de limpieza del Ayuntamiento y lo segundo es materia de la Casa de las Ciencias: la Exposición “Excreta”. Por cierto, ‘excreta’ (RAE), del latín excretus: lo separado, lo purgado (y ‘purgar’ es limpiar). De ahí, lo ‘discreto’ y lo ‘discrecional’: separar lo distinto, limpiamente, discretamente. Si embargo, chicle y heces son excrementos de la central de ciclo combinado de nuestra nutrición y ansiedades: de nuestro drama. ‘Excremento’, siguiendo con la cadena biológica gramatical: lo que se expulsa. Son piezas –chicle y heces- separadas finalmente de nosotros, pero contienen información clave sobre lo que nos pasa y no nos pasa por dentro. Y me viene ahora la expresión “Bebe para que pase”. De hecho, un miedo fundamental, filogenético es no poder expulsar; el que se te queden atravesadas: la asfixia o el estreñimiento: “Tragarse el chicle”. Con su advertencia: «cuidado, no te tragues el chicle». Y con su fatalidad: «mamá, me he tragado el chicle». ¿Y qué pasaba si te tragabas el chiche? ¿Qué te podía pasar con el chiche dentro? Nada. Acabaría en las heces, como todo; pero el miedo del niño –y aún después- es el miedo; y te imaginabas el chicle adherido a una pared intestinal; como están adheridos millares y millares de chiches a la pared de la casa de Julieta en Verona. Julieta no existió ni tuvo casa, pero los chicles sí existen; y besados, masticados y pegados hablan de cosas de verdad: de una idea degustativa del amor, que surge desde la intimidad de la saliva y se estampa en una pared, como un tatuaje, como un tributo. En casa de Julieta, que sólo existe en las paredes de la literatura, de la imaginación: superficies plagadas de adherencias, que se expanden como la yedra, como una ramificación arterial, como un sistema circulatorio del deseo. Se deja el chicle en casa de Julieta, en un gesto boca a boca. Bertolucci, que rodaría en Verona La Luna -fábula sobre el cordón umbilical como chicle estirado hasta el origen- llegó más lejos en otra escena de balcón –pero post Romeo y Julieta- mostrando el valor del chicle en toda su extensión. En su último instante, después de que Jeanne le dispara, en el balcón, Paul, expirando en El último tango en París, se saca de la boca un chicle y lo pega debajo de la barandilla, como última palabra (también de amor) y último aliento. Un chicle exánime. Una identidad. Quizás Paul estaba devolviendo, al final, el chicle que se había tragado de niño, en América. Ahora le salía. Había estado pegado en su interior toda su vida. Como un miedo. Porque el chicle es, por encima de una goma masticable, una actitud, un gesto, una forma de rumiar la existencia. Contaba estaba semana La Rioja que en Logroño, cada día quedan pegados –en sus paredes, aceras y escaparates- una media de 700 chicles, ya usados. Lo que supone 700 historias. Habrá de todo: amor, despedidas, pistas, olvidos, palabras, biopsias. Son más que un chicle; cuesta, de hecho, más dinero el sacarlo que el comprarlo. Y más esfuerzo que masticarlo, porque ni con una espátula se pueden rascar el mensaje que contienen. La colección de excrementos de “Excreta” constituye –como no puede ser de otra manera- otra colección de mensajes, pues –se dice en la Exposición- el ser humano fabrica cada día por los menos 150 gramos. Multipliquen. No creo que al día seamos capaces de fabricar 150 gramos de ideas. No digamos de buena calidad. Todo está, en cambio, en el excremento de calidad: purgado, discreto, elocuente. Y paso ahora a la otra secuencia, una de El último emperador: el momento fundamental de la jornada de Pu-Yi, con sólo tres años, era cuando al médico le eran servidas en un bol las heces del niño-emperador. Minúsculas, de cachorro. El médico las olía y las observaba como se lee el futuro en los posos del café. Y prescribía, por ejemplo: puré, otra vez, y nada de carne. Esos excrementos son un recuerdo de la infancia, y se pronunciarán de por vida en diminutivo. Recuerdo a un hombrón –cuando a eso se le llamaba ‘tener mucha humanidad’-, un emperador septuagenario, que me aseguraba que su mayor ilusión era la ‘caquita’ diaria.

Fotografía Verona 1996 ©teresarodriguezmiguel

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(Casi) todo sobre mi madre

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Cuando no era todavía mi madre, a mediados de los cincuenta, vivía en la Calle San Juan y era una empleada de zapatería. Todos los días le escribía una carta a su novio, cuando todavía no era mi padre. Su novio, un contable de la Calle del Norte, se encontraba entonces alojado en una pensión de Madrid mientras los médicos intentaban acertarle con una apendicitis mal operada durante el servicio militar y que casi se lo lleva por delante. Ella le daba novedades desde Logroño; por ejemplo: que fuera de los andenes de El Espolón no podían pasear las parejas sin que los multaran los guardias. Y que no le alcanzaba para ir al cine o para tomarse un refresco; o que iban a mandarlas a ella y a su hermana María Luisa, mi tía Marisa, a una Colonia femenina en Castro, donde se comía tres veces al día y hacían excursiones. En una, llegó a conocer a una de las hijas de Ataúlfo Argenta. También le contaba cómo se paseaban vacilones los marineros americanos que hacían escala en Santander. Le contaba, también, cómo veía con envidia a muchas parejas de enamorados, que buscaban no amarse a pleno sol. En las cartas –largas, escritas con letra escolar, y en las que intercambiaba la ‘v’ y la ‘b’- le recomendaba a su novio que en Madrid aprovechara, si las curas y dolores se lo permitían, para ir a la Zarzuela, al Retiro y al Cinerama; y le confesaba que no veía el día en que regresara repuesto de Madrid, se casaran y todo se solucionara. Acababa cada carta firmando “tu pequeña”. Por entonces, hacía de damita joven en la comedia Los marqueses de Matute, con un grupo de aficionados, y salía vestida con un falda de tubo que mi padre siempre recordaría. Con las funciones se sacaban un dinero para los viajes que hacían con Gerardo Capellán, don Gerardo. A Roma y a otros sitios. Mi madre siempre hablaba de aquel viaje a Roma, de novios. Su ilusión era ir un día a Jerusalén. Fueron, ya jubilados, pero su corazón, que empezaba a debilitarse, le jugó una mala pasada en tierra santa. Era muy guapa, mi madre. Todo el mundo lo decía. En cada época de su vida se pareció a una actriz distinta. Su hermana Josefina, que regentaba con mi tío Félix Sáenz, el pianista, la franquicia de Pingouin Esmeralda, murió, con mi tío, en un accidente de tráfico en los San Mateos de 1971. Mi madre se puso a vender lanas y lencería en la tienda, “Salas”, en Sagasta con Hermanos Moroy. Para eso tuvo que hacer un curso en La Estambrera y le dieron el “Premio a la simpatía”, un mazacote con una chapa del Pingouin en medio. Desde ese momento, a mi madre la veíamos más detrás del mostrador que en casa. Tenía como compañeras dependientas a mi tía Marisa –que lo había sido también de “La Violeta”- y a Adoración Martínez, Dorita, como otra tía nuestra. Doblaba muy bien las prendas mi madre y los viajantes de las marcas –me acuerdo de “Mitjans”- la apreciaban mucho. Me llevó al Diana a ver La vuelta al mundo en 80 días. Luego yo la llevé a ver a ella, en plena estación catastrófica, El hundimiento del Japón, al Avenida (en cuyo salón de fiestas, por cierto, habían celebrado su convite de boda). Aún no me lo habrá perdonado lo del hundimiento. Cocinaba en días especiales ‘patatas a la importancia’. Y en cada festivo, un pollo al horno. Le gustaba mucho Madame Butterfly, y Aznavour, Venecia sin ti, la que más. Olvidó todo menos la música. Durante años, ahorraron ella y mi padre para ir a ver a la Caballé al Liceo, en Salomé. Cuando al final, en la Residencia, le poníamos la Butterfly con un ipod iba directa al lacrimal. Un día, en la tienda de “Salas”, le presenté a Imperio Argentina. Imperio le compró unas medias. Pese a ser de iglesia, no le gustaban las procesiones de Semana Santa ni visitar cementerios el 1-N, y nunca impidió que sus hijos nos casáramos por lo civil. Le daban miedo los aparatos eléctricos y le aterrorizaban las tiras de petardos y los fuegos artificiales. El fuego en general. Sobre todo desde que unas navidades ardió el Belén en casa por un cortocircuito en las bombillas del Palacio de Herodes. Todos los domingos leía la revista Semana. No permitió que entrara un ordenador en casa. Y con el café cortado con leche condesada se fumaba –sin tragarse el humo- un mentolado, un “Pipper”. Decía mucho «estilosa», «estafermo» y «fantástico». «Fantástico, fantástico, hijo; esto es fantástico». Dormía mal, muy mal, como yo. Me tuvo por cesárea. Pensaba que yo –que me pusieron Bernardo por Bernardo de Claraval- tenía que haber sido abogado o médico o del Císter. Ahora hay una serie de internet que lleva su nombre: Paquita Salas.

Fotografía de ©teresarodríguezmiguel

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La miniserie

El arco de esta miniserie es de los más currados que recuerdo. Me gustan mucho las miniseries, o las de una única temporada. Seis o diez capítulos máximo. El equivalente a una novela medianamente larga. Cifuentes ha sido muy breve en emisión, un mes y pico –incluidas redifusiones, entrevistas al equipo y debates, como se hace ahora con la ficción nacional, con El ministerio del tiempo, Cuéntame o Fariña-, pero intensa, habilísima, bien graduada, implacable y absorbente, hasta culminar en un final que, resultando absolutamente inesperado para el espectador, era, sin duda –sé lo que es confeccionar la biblia de una serie-, el punto de partida de los guionistas; la secuencia que les sirvió para comenzar a trabajar el arco de Cifuentes desde el principio. Una vez que tuvieron clara esta secuencia –tan clara como blindada- ya pensaron en cómo desarrollar los capítulos que iban a componer la serie completa. Es el típico final que justifica por sí sólo el meterse a elaborar el resto de una serie; porque una serie es cara y la cadena de trabajo es complicada (y ésta, desde luego, tiene pinta de haber costado una pasta y de haber participado en ella mucha gente, de muchos departamentos distintos). Este tipo de final es la idea que en la primera vuelta se echa sobre la mesa de trabajo como si echaras un as de picas, mortífero pero fulgurante. Esto no le debe extrañar a nadie: es el modus operandi habitual de muchos guionistas de cine, de televisión y de cualquier otro formato dramático: tener previsto antes que nada el desenlace; saber hacia dónde se va, y luego ya se decide de qué manera hay que llegar hasta ese desenlace, cómo alcanzarlo: cómo ‘escaletearlo’, que se dice en la profesión. «¿Cómo vamos a acabar esta temporada?» es lo que se preguntan los guionistas el primer día que se sientan a pensar el arranque. Una vez acordado el final, falta por escaletear todo lo de en medio: trabajar en las tramas secundarias, paralelas o directamente distractivas; crear personajes más o menos periféricos; multiplicar las hipótesis sobre el curso que podría tomar la acción, etc… Marear la perdiz, vaya. Tras ver este miércoles los últimos segundos de la última entrega de Cifuentes, está claro, ahora se ve, que lo primero que tenían entre manos era el final. Un final que ni siquiera, en este caso, era lo que se llama en el argot un ‘giro’ –es decir, un golpe de efecto, una simple sorpresa- sino algo más importante: un agujero, un vacío. De los que desfondan al protagonista y al espectador. No es el final de Los Serrano; está más cerca de un final Twin Peaks. Ahora se ve que en Cifuentes nos han tenido muy bien engañados desde el minuto uno: todo lo del trabajo de fin de máster y, en general, lo de la trama universitaria –los personajes del rector y de los miembros del tribunal…- y el suspense de la dimisión de ella era un macguffin, un despiste superficial; porque –y advierto que la siguientes líneas contienen spoilers, por si alguien no vio el capítulo el miércoles- la clave era una ‘pieza aparte’ inscrita en la caja negra del asunto; un episodio casi onírico; una secuencia obscena, insoportable de contemplar, localizada en una salida de servicio de un híper, en medio de cajas vacías y material de limpieza, registrada en un plano picado de cámara de video vigilancia; ese tipo de plano que graba robos o agresiones. Muy al fondo del argumento académico-político latía, siniestro, de siniestro total, un presunto hurto de productos de belleza. Una cuestión nada vulgar. Y todo lo demás, lo visto en capítulos anteriores, ascendía desde el abismo de ese hecho, de ese miedo. No era, todo lo demás, sino una ficción diurna de la protagonista, porque lo real dormía en esa escena oculta. Acaba la cosa con que al final –que en realidad era el origen- ella tiene que vaciar el bolso delante del segurata, como le abres el alma a un desconocido. Es un plano, es una secuencia, es un miedo, como de Hitchcock (¿la secuencia del water de la gasolinera de Psicosis, cuando Marion repasa el fajo con los 40.000 dólares?); de Haneke (podría ser Isabelle Huppert con una peluca rubia) o de Chabrol. François Truffaut, que creía que Marnie tenía que haber durado no menos de tres horas -o sea: una miniserie- definía esta formidable película, Marnie –repleta de moradas idénticas a ésta del hurto de Cifuentes-, con un concepto que usaba mucho Chabrol para aplicarlo a sus propios personajes: «la tentación de la decadencia». Muy pensado todo, ya digo, en Cifuentes. Como mínimo, años de trabajo, siete u ocho, por ahí. Esperamos con ansiedad la edición en DVD de la miniserie Cifuentes; con los extras, el making of, las secuencias eliminadas y las tomas falsas. Perdón, las verdaderas.

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Distopic Park

España se consolida como una potencia mundial en distopías. Falta rentabilizarlo para beneficio del PIB y para el turismo, pero se está trabajando en ello. El término, sin embargo, no aparece recogido por nuestro diccionario de la RAE, que es más utópico que distópico, pues lo suyo –por definición- es atender a lo limpio, a lo fijo y a lo que da esplendor. Este mismo ‘finde’ nos hallamos inmersos en un auténtico parque temático distópico, un Distopic Park, o algo así. Y proliferan las atracciones. Puedes quemar más adrenalina que en la planta 135 de El coloso en llamas. Con un ‘finde’ no haces, vaya. Conviene coger varias noches de hotel para asomarse a todas. Pero si el forastero –ya sea de otros países o de otro planeta- sólo dispone de tiempo para recorrer una, la que tiene un poco de todo es “Un partido de alto riesgo”. Ahí estamos. Es entrar en un capítulo de Westworld, la serie. Yo me imagino al visitante que a su regreso intente el lunes contar lo visto en la oficina: «pues mirad,… el ‘finde’ en España comenzó con unos tipos de capucha blanca y boina negra que pertenecían a una banda armada que había asesinado a quemarropa a centenares de personas –clasificadas por los bandidos en dos tipos: las que fueron ‘parte del conflicto’ y las que no; pero da igual, muertas a todos los efectos- afirmando públicamente que la cosa empezó, en realidad, en ¡el bombardeo de Guernika! –donde el cuadro-, pero que, no obstante, sentían de veras lo sucedido (sic) y que a ver si apagan entre todos las llamas de Guernika. Pero también, de querer completar el espectáculo, hay algún pueblo en el que la gente sale en manifestación para apoyar a los matones de esa banda, o hacerles un monumento, y cuando tú preguntas por tal o cual linchamiento producido –por ejemplo- en un bar de la localidad, nadie ha visto nada, ni nadie estaba allí y resulta que los agredidos poco menos que se autolesionaron; es como Conspiración de silencio, ¿os acordáis?, la de Spencer Tracy, que llega a Black Rock, manco el tío, y descubre que los lugareños, desde el cacique al último, esconden un crimen horrendo del que fueron cómplices. Y luego, para multiplicar las tramas, se montó el sábado en un Estadio patrocinado por un chino multimillonario la final de la Copa del Rey de fútbol y se preparó todo –incluso con el consentimiento de algún directivo- para que quien quisiera abucheara al Rey anfitrión y al himno de la nación marco, ¿fuerte, eh?; y jugaban un equipo de futbol de una ciudad que lleva toda la semana en su feria, entre rebujitos, casetas y regañás, y un club que por lo visto se cree ‘más que un club’ (?), y que luce el nombre de la capital de una autonomía -otro lunes, ya si eso, os explico lo de las autonomías en España- ahora mismo desgobernada, intervenida por un artículo de la Constitución que hace, no obstante, que puedan seguir cobrando los funcionarios de esa autonomía, y con su ex-presidente autonómico en Waterloo; una autonomía con menos de la mitad de su población a favor de forzar la secesión de una Constitución y de una nación cuya Copa real fueron a jugar; y esto a causa, argumentan, de un contencioso que mantienen desde el siglo XVII con otro Felipe, el IV, no el de la Copa de fútbol-; una final, por cierto, que sólo se pudo ver a pie de campo chino si el nombre de tu carnet de identidad coincidía con el de la entrada, y al que asistieron –además de 3200 policías- delegaciones políticas de cada afición con el propósito de -fuera cual fuera el resultado- guardar, aunque con DNI español todos, la máxima distancia patriótica y deportiva. Hay, a todo esto, un partido político que quiere fichar al ex-primer ministro ¡de Francia! para que sea alcalde de la capital de esa autonomía; e incluso el magistrado del Tribunal Supremo que instruye el caso del ex-presidente autonómico en Waterloo –a donde trasladó su residencia tras conducir a su autonomía a una República simbólica, exceptuando la cárcel a donde fueron trasladados sus comilitones- duda si el mismísimo Ministro de Economía de España sabía o no sabía si se habría utilizado dinero público –de toda la nación- en el llamado ‘1-O’, que es como se conoce al referéndum que se celebró y no se celebró ese día, y en el que hubo o no un número incomprobable de votos, introducidos en urnas también chinas, urnas ‘Wanda’, o por ahí, de Guangzhou. Pero, por si fuera poco, luego colea el asunto de una presidenta de otra autonomía que se inventó un máster -y ahora esta todo el mundo en España enmarcando sus orlas y sus títulos y buscando la cartilla militar para que te dejen jubilarte- e igual se manda a la cárcel a un ex-balomanista yerno del rey emérito y cuñado del Felipe de la Copa. Sí un asunto como de ‘zarzuela’, ¿no? «¡Venga hombre (o mujer)! ¿Qué te echaron en la sangría?» Respondieron los compañeros de Oficina de Recursos exoplanetarios de Alderaan.

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La potagia

(Para el querido profesor y amigo Antonio Recarte. In memoriam)

 

Lo que está a punto de suceder con David Copperfield, el mago, puede trascender el episodio judicial para convertirse en un auto… sacramental. Y no en cualquier auto, sino en la versión definitiva de El gran teatro del mundo. Con Copperfield en el papel de un AUTOR trilero. Será para no perderse ni una línea del argumentario de las partes porque aquí se va a destapar todo el meollo. Se va a liar un congreso que quedará visto (y no visto) para un tractatus y no para sentencia. Se va a hacer público, tras siglos, civilizaciones, especulaciones y doctrinas, cómo funciona la tramoya de trampillas y -sobre todo- de trampas en que consiste el número estrella de la existencia humana. Y se van a pedir daños y perjuicios (además de las costas) por las disfunciones y fallos que, a lo largo de su desarrollo, vienen causando tantos disgustos, accidentes, promesas rotas y averías irreparables. Se le va a interrogar al sumo hacedor por los fallos del truco, o sea del sistema; lo que provocará que, por mandato judicial, se descubra la maquinaria. Estamos, pues, en vísperas de la causa máxima. Les pongo en antecedentes. Sucedió en el Hotel de la MGM en Las Vegas, durante la ejecución de “Trece”, un número en el que Copperfield elije presuntamente al azar (¡el AZAR!, ese personaje clave en los autos sacramentales, como la FORTUNA o la GRACIA) a trece personas a las que hace desaparecer sentadas bajo una lona para luego hacerlos reaparecer de pie al otro lado de la platea. Suele bromear (?) Copperfield en su presentación advirtiendo que prefiere que entre los trece no haya ningún abogado. Y también bromea (?) diciendo que los trece (una cifra ya de por sí, estigmatizada) van directos al infierno. El caso es que esta vez uno de los trece, un famoso chef inglés, Gavin Cox, se partió la crisma en los intestinos del truco y ahora, los abogados de Cox, exigen que el mago revele cómo es ese pasadizo que los elegidos tienen que atravesar de punta a punta en tiempo récord si quieren reaparecer y por qué no estaba suficiente despejado y señalizado para no tropezar: como la vida misma, ¿no? El aparecer, desaparecer y reaparecer (o no) es el argumento de nuestro drama; y en medio, todo son impedimentos; un túnel de feria con sustos y risas. Y al final, el ilusionista, por aparatoso que sea (en el sentido de aparato teatral), acaba pareciendo como uno de esos magos de las películas de Woody Allen: o torpes, o anticuados. Como el que él mismo interpretaba en Scoop. O como aquel chinesco que en Historias de Nueva York hacía desaparecer a su madre, a la de Allen, para luego hacerla reaparecer, agigantada, sobre el cielo de Manhattan, lo que le acarreaba al personaje un incordio erótico notable. De hecho, esto de hacer desaparecer a un gran chef suena a una trama muy de Allen. Se sabe, en fin, que algo no funciona durante el truco en que vivimos. A lo largo de sus pasadizos interiores hay poca visibilidad y las salidas no están claras. El propio mago, o quien diablos maneje los mandos, procura que el espectador mire hacia otro lado de donde se está produciendo el truco, la cosa, la potagia. La potagia es ésa: un despiste, un grado de ceguera. Ya lo sabían los trágicos griegos. Ahora, Copperfield va a pagar daños a terceros por todos los demiurgos que han sido. Desde que vi Houdini, de niño, me encantan (literalmente) las películas de magos, porque hablan de lo frágil y a la vez de lo fascinante de nuestro teatrino. Hacer desaparecer la estatua de la Libertad es insignificante comparado con la desaparición inexplicable –un extravío en algún punto, seguramente mal acabado, del subterráneo entre la platea y el escenario- de una palabra, de una verdad, de una idea, de un sentimiento o de un ser querido. A esto no le encontrábamos el truco. Quizás aflore ahora, en el juicio contra Copperfield. Michael Caine, en El truco final, contaba, como el mago experto –y por tanto tocado y fatalista- que era, que un truco se desarrollaba siempre en tres tiempos –como los tres actos del teatro y de la vida-: la ‘Promesa’, en el que el mago presenta ante los ojos de los espectadores un objeto ordinario, común; el ‘Giro’, en el que el objeto se transforma en extraordinario, y el ‘Prestigio’, instante en el que aquel objeto –que también puede ser una persona- es regresado, devuelto. Pero el tercer acto es siempre el complicado, el imposible. Sólo un truco de guionista puede librarlo. Preguntado por lo sucedido, el abogado de Copperfield ya ha alegado que lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas.

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Máster en Cifuentes

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La universidad es la caña. Ha logrado sustituir en la calle a cualquier otro tema de conversación. En las peluquerías en las que antes se leía el Hola mientras aguardabas turno, ahora se leen Guías Docentes de asignaturas, con sus Cronogramas correspondientes. En las televisiones, los programas de máxima audiencia son los Programas de Doctorado, con diferencia sobre cualquier otro reality. De hecho, la tribuna donde se ha debatido la precaria situación de los miles de profesores asociados de la universidad española no ha sido la tribuna del parlamento sino un concurso de Antena-3 llamado ¡Boom! En él, un profesor asociado confesó hace un mes su conversión en concursante asociado, porque le sale más a cuenta: «he dejado el trabajo para dedicarme de lleno al programa», explicó el antiguo docente de Bellas Artes y ahora miembro del equipo “Los Lobos”. «Hubo un momento en el que tuve que decidir y me quedé con el programa». La segunda vuelta a la pregunta de la primera juventud: ¿y tú qué quieres hacer? Los asociados han sido, por fin, trending topic, un ¡Boom! televisivo. Alguien estará ya ingeniando un concurso de supervivencia de profesores asociados en algún Cayo hondureño. Un concurso de televisión, bien jugado, tiene más salidas que un concurso de méritos, aquella original -por auténtica- pero hoy empobrecida versión del mérito y de las bellas artes. Un, dos, tres, responda otra vez. ¡Boom! Incluso, en la estela de esto que hablamos, la postverdad ha sido sustituida por el postgrado, y el talento ya alcanzado el rango de genero de prime-time: ahora es ¡talent!, ¡talent show!, un factor X. La contraseña, en fin, la comidilla, es la cosa del TFM. Tú, hace sólo un par de semanas, preguntabas por ahí quién sabia lo que era un TFM y lógicamente mucha gente te hubiera respondido que una Radio-fórmula o así. Pero, amigos míos, últimamente en España no se leen periódicos, sólo actas; y en los domicilios particulares se ha sustituido el calendario zaragozano por el calendario de calificación de actas: de TFM, claro. Un ¡Boom! el TFM. Ya no se habla en ningún sitio del tiempo sino de los plazos: de convocatorias de los TFM. Los temas de conversación –y de discusión- más habituales en la fila de la compra, o en el ascensor, o en las sobremesas familiares, o en la media hora del café giran en torno a la composición correcta y ajustada a ley de los tribunales de un TFM. Es más, se sabe de algún hijo que, en un tenso aparte con su padres, les ha preguntado si tienen en regla las notas de la EGB, porque se oyen comentarios. Nadie sabe a estas alturas –no sé si ni ella misma, dedicada ya de lleno a otras cosas, al ‘programa’, vaya-; nadie sabe, digo, si Cristina Cifuentes hizo alguna vez un máster, y cómo, entonces, pudo llegar a su ‘fin de’ máster; nadie sabe si en estos tiempos de tiniebla no presencial si la Presidenta pasó por un aula o por una defensa o por una plataforma informática o por la cafetería; ni nadie sabe qué documentos son esos ni qué firmas (ni qué mano las rubrica) ni, bueno… todo eso que mostró ante las cámaras, en la comisión del otro día; nadie sabe si el presunto TFM era, por tanto, en ilusionismo, en escamoteo o en cuadros disolventes. ¿O venía a constituir lo del otro día la verdadera defensa del máster? Porque lo cierto es que España entera lleva semanas cursando este TFM que, con el tiempo, sobre lo que único que parece tratar es sobre la propia Cristina Cifuentes. ¿Era ella el tema, el principio y fin de su propio máster? Rajoy, por ejemplo, cuando le preguntan al respecto, es como si ya la tuviera aprobada o amortizada: «¿Cifuentes? Ah, bien», contesto el martes ¡en Argel!; como quien dice: si ésa asignatura ya me la sé, hombre, la de Cifuentes, claro. Pero, en cambio, para la mayoría de los españoles, que no somos Rajoy, todo es nuevo y está suponiendo una inmersión acelerada, todo un máster, en los protocolos de la universidad y en la materia cifuentina. Y es gloria bendita interceptar en el tiempo de espera en un semáforo una conversación acerca de los porcentajes de calificación que, en un TFM, otorga el tutor y el que otorga la comisión juzgadora. Pues hay mucho, pero que mucho más. Esto es sólo es el principio. Verán en cuanto entren en el mundo de los asociados y vean que estos se pueden clasificar en P3, P4, P5 ó P6; que el personal universitario en general se divide en PDI o PAS; que existe un POD que hay que hay que gestionar cada curso; que están la CRUE o la ANECA, y que además del TFM existe el TFG. Qué caña.

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Sobre el autor Bernardo Sánchez Salas
Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.