La Rioja
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Categoría: OPINIÓN
Gajes del oficio

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A pie de obra de las historias, en la zanja, hay siempre alguien, un sujeto, un propio, un mandado, un práctico, un encargado, uno que sabe dónde está la caja de herramientas, la llave de paso, la del oxígeno, cambiar una bombilla, arreglar un puerta, manejar esto o lo otro; en fin, lo básico. Cómo hacer la cosas, hasta las que se nos antojan más complicadas, imposibles, para la mayoría de los mortales (y voy entrando en tema). Generalmente aparece al final; lo llaman o lo contratan o lo reclutan al final, para que actúe, al final de todo; y el tipo hace su papel; no sabe hasta qué punto categórico e incluso definitivo en lo material y en lo inmaterial; elevando –de una forma involuntaria- lo prosaico hasta una cota simbólica inalcanzable por el curso ordinario de los acontecimientos y por los protagonistas de capítulos anteriores: un peón de la Historia; anónimo pero imprescindible para que las cosas sucedan y se escriban. Que las escriban otros, claro, a veces de una forma épica, inflamada, retórica, falaz; inversamente proporcional a la vulgaridad de sus extremos, cuando no a la obscenidad de los mismos. Como conoce de primera mano el empleado al que le toca, por ejemplo, alicatar las postrimerías y las galas del difunto. Un caso reciente: podemos teorizar acerca de qué fue lo que enterró a Franco, pero sabemos con absoluta certeza quién lo enterró. Eso es incontrovertible. Quién metió bajo tierra al dictador. Y lo clausuró. Físicamente. Mucho antes que lo hiciera el peso de la Historia; porque el peso de la Historia, con frecuencia, cae mucho más tarde que el peso de la lápida. Y ahora me refiero al hombre que hizo caer todo el peso de la lápida sobre Franco el 23 de noviembre de 1975. Como un gaje del oficio. Lo que nadie había conseguido antes en cuarenta años. Gajes de la tragedia. Española. Enterrar a Franco. Lo ha contado la prensa esta semana, también La Rioja: quien organizó la operativa y albañilería de su entierro a dos metros bajo tierra y quien vio ceñirse la oscuridad –cortante como los ángulos de la lápida- sobre la caja que lo que contenía, que contenía los restos de Franco, fue un funerario, un Manfredi, un José Luis Rodríguez del 75, al que llamaron para un servicio especial. Tienes veintiocho o veintinueve años; eres un funerario con futuro en la profesión (lo tuvo, llegó a ser un directivo nacional en estos asuntos) y recibes una llamada telefónica para que vayas a enterrar a Franco. Sí, sí, me ha oído bien lo que le digo, Abánades –porque se llama Gabino Abánades el hombre-… Tiene que coger usted a una cuadrilla e ir a enterrar a Franco al Valle de los Caídos… Lo que está oyendo… Con cuatro o cinco operarios será suficiente… Ir al Valle de los Caídos, como le digo, eso es… y enterrar al Generalísimo, que se ha muerto; viene en todos los periódicos… Pues mire Abánades –entonces se llamaba mucho por el apellido-, estaríamos hablando de una losa de unos 1500 de kilos,… de piedra blanca de Alpedrete, sí… y la fosa tiene dos metros de profundidad… Parece como si el encargo lo estuviera realizando el propio difunto; pónganle su vocecita y su antebrazo autómata… Ya le advierto, Abánades, que, con seguridad, estará el NO-DO y… Y el joven funerario lo organiza todo para enterrar a Franco, en un hueco de una cripta. Enterrar a Franco, que se dice pronto. Según Abánades «fue fácil» (sic), ‘Fácil’ enterrar a Franco. ¿Dónde toca hoy, Abánades? Pues un servicio en el Valle de los Caídos, a enterrar a Franco. Gajes del oficio. «Cuatro personas lo hicimos y fue fácil» (sic). Al final, mira, entre cuatro desconocidos enterraron a Franco. No sabemos quienes fueron el resto de la cuadrilla; quizás funcionarios o fosores, o qué se yo; pero aquella mañana de noviembre se levantaron para sellar a Franco. Otra cosa fue sellar el franquismo, pero de ese gas todavía se producirían fugas durante años por entre alguna ranura mal pulida de la losa. Ese ajuste fino, ni el marmolista más profesional. Ahora, con esa misma facilidad, se puede discutir sobre la exhumación de Franco, pero lo que resulta indiscutible es cómo exhumarlo: es como enterrarlo otra vez pero al revés. Lo ha explicado con suma facilidad, claro, con esa facilidad alucinante, de José Luis Rodríguez, el funerario ya jubilado: «sólo hay que colocar rodillos y tiros de cuerda por debajo del ataúd y elevarlo. Se tardaría una hora. Para esta tarea sólo volverían a necesitarse cuatro personas» (sic). Fácil, pues, otra vez. Si no fuera porque todo lo demás fue y sigue siendo jodidamente difícil. Pero esto es otra Historia. O la misma, pero desde una pared del Valle y de sus auténticos caídos mucho menos accesible. De un oficio de tinieblas.

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La buena tristeza

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Existe una tristeza benéfica, lenitiva, que sana, que te reconcilia, que te quita peso. Una tristeza que no es nostálgica, sino sabia, irónica, cantable, desenchufada. Una tristeza que no es letal sino –muy al contrario- un reflejo, un estímulo, sin el que no se puede ni se debe vivir. Una tristeza que te hacer vivir con los ojos abiertos. Una tristeza asendereada, rodada, cómplice. Posterior a la orfandad. Que lo ha aprendido todo de ella. Una tristeza protectora, como el cielo protector. Una tristeza que -administrada sin dramatismo, y es el caso- es una segunda y definitiva juventud. Es la que rezuma Casi 40, la última película de David Trueba. Su mejor película. El mejor, el más despojado y más libre viaje de todos los que ha trazado en su literatura y en su cine, tan pegado a los recorridos y a las carreteras del interior (de uno mismo y de España). A las carreteras domiciliarias. Se ha estrenado este fin de semana, en medio del Mundial y del VAR. Los personajes de Casi 40 –que también somos nosotros, por supuesto, los espectadores de La buena vida, su origen, hace casi 22- no disponen, no disponemos de VAR. Nunca hay nadie en una cabina advirtiéndote a través de un pinganillo de los límites del área de juego; de cómo se traman las jugadas de peligro o dilucidando si se ha producido o no se ha producido una falta; o si la que te pitaron era justa o infundada; o si el gol que te metieron fue de reglamento o furtivo. Un VAR que restaure de inmediato tus razones, si es que se vulneraron, o –si no juegas limpio- que impugne tus movimientos en evitación de lesiones mayores. No, no hay arbitraje que te asista; que aclare los términos en que se han producido las jugadas y el papel que has jugado en ellas. No hay un VAR que vaya, en tiempo real, corrigiendo el partido para que no pierdas por goleada; o por lo menos posible. Un VAR que dictamine si te encuentras o no te encuentras en fuera de juego. En las decisiones, en el amor. En el amor. Es la carencia de VAR de los personajes de Casi 40, Lucía Jiménez y Fernando Ramallo –los mismos y distintos de La buena vida de 1996, cuando los conocimos, cuando se conocieron-, extraviados, al cabo de los años -propios y extraños-, en una segunda salida, quijotesca, sin más equipaje ni identidad que la prestada por la memoria del cine a la que pertenecen y se deben; indistinguible, no obstante, de la memoria fuera del cine; de la vida que ha corrido entre películas (de cine y de las otras). Las de cada cual. Ahora son los dos, Lucía y Ramallo, mucho mejores en todos los sentidos. El tiempo transcurrido ha perfeccionado sus personajes. Son más que actores. Actúan, se actúan, nos actúan. Reencontrarlos veintidós años después, tristes y vivos, es una alegría impagable. Familiar. Los habíamos dejado al final de La buena vida soñando, sobrevolando París en una cama como de Peter Pan, como de niños perdidos. Mientras sonaba Charles Trenet. Él con 16 y ella con 18 o casi 18. En Casi 40 están ya muy aterrizados; y extraviados, decía yo antes, en una ruta mesetaria, en cierto modo desolada, deshabitada, quijotesca: en una tierra de campos, como la que recorría David en su última novela. Porque Lucía Jiménez –que hace el mejor personaje femenino (y por momentos masculino) que he visto en el cine español en bastante tiempo- y Fernando Ramallo –contrafigura del cactus en que se mira y con su (dedo) corazón escayolado como una peineta que detectaría cualquier VAR- también son David Trueba, en mayor medida que en La buena vida. El cineasta, autor, hermano (mayor), amigo y compañero de viajes, se desdobla en ellos y respira a través de ellos las enseñanzas y accidentes del camino recorrido hasta este punto de la vida, casi 50. Y se divierte. Porque Casi 40 pertenece al género del ‘viaje entretenido’. Como el anterior suyo hasta el desierto almeriense en pos de Lennon. Casi 40 es cervantina. Llena de coloquios amenos, ventas, garitos, relatos intercalados, explanadas, librerías, lugares fantasmas, romances, discursos sobre las letras (de canciones), personajes episódicos y hasta un entremés memorable, el de la psicodóntologa. Lucía y Ramallo comparten, se alternan, los papeles de caballero y de escudero, aunque sin duda es ella -la que más ha crecido, la que tiene más kilómetros a la espalda- la que lleve la voz cantante, la que cante los 40. En lo que parece habrá de ser el último bolo de un amor inventado hace dos décadas en el interior de una película: un área de contornos vagos. En consecuencia, Casi 40 es la historia de tres personas –incluyo a David- que como le dice Lucía a Ramallo en un momento dado se tienen un ‘amor prehistórico’.

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Piezas separadas

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Qué curioso: la filmografía de un mismo director –pegado en sus temas a la infancia latente, o incluso mucho antes- atesora dos secuencias fundamentales para entender el valor de nuestros residuos más entrañados, de las piezas que contienen sintetizado el ADN del mapa humano, entre la lactancia y el psicoanálisis: una muestra de nuestro tracto espiritual. Dos secuencias tan gráficas como poéticas, centradas en un chicle y en una mierda de niño. Y qué curioso, coinciden ahora también en Logroño estos dos asuntos: el chicle masticado y la mierda fósil. De lo primero se encarga el servicio de limpieza del Ayuntamiento y lo segundo es materia de la Casa de las Ciencias: la Exposición “Excreta”. Por cierto, ‘excreta’ (RAE), del latín excretus: lo separado, lo purgado (y ‘purgar’ es limpiar). De ahí, lo ‘discreto’ y lo ‘discrecional’: separar lo distinto, limpiamente, discretamente. Si embargo, chicle y heces son excrementos de la central de ciclo combinado de nuestra nutrición y ansiedades: de nuestro drama. ‘Excremento’, siguiendo con la cadena biológica gramatical: lo que se expulsa. Son piezas –chicle y heces- separadas finalmente de nosotros, pero contienen información clave sobre lo que nos pasa y no nos pasa por dentro. Y me viene ahora la expresión “Bebe para que pase”. De hecho, un miedo fundamental, filogenético es no poder expulsar; el que se te queden atravesadas: la asfixia o el estreñimiento: “Tragarse el chicle”. Con su advertencia: «cuidado, no te tragues el chicle». Y con su fatalidad: «mamá, me he tragado el chicle». ¿Y qué pasaba si te tragabas el chiche? ¿Qué te podía pasar con el chiche dentro? Nada. Acabaría en las heces, como todo; pero el miedo del niño –y aún después- es el miedo; y te imaginabas el chicle adherido a una pared intestinal; como están adheridos millares y millares de chiches a la pared de la casa de Julieta en Verona. Julieta no existió ni tuvo casa, pero los chicles sí existen; y besados, masticados y pegados hablan de cosas de verdad: de una idea degustativa del amor, que surge desde la intimidad de la saliva y se estampa en una pared, como un tatuaje, como un tributo. En casa de Julieta, que sólo existe en las paredes de la literatura, de la imaginación: superficies plagadas de adherencias, que se expanden como la yedra, como una ramificación arterial, como un sistema circulatorio del deseo. Se deja el chicle en casa de Julieta, en un gesto boca a boca. Bertolucci, que rodaría en Verona La Luna -fábula sobre el cordón umbilical como chicle estirado hasta el origen- llegó más lejos en otra escena de balcón –pero post Romeo y Julieta- mostrando el valor del chicle en toda su extensión. En su último instante, después de que Jeanne le dispara, en el balcón, Paul, expirando en El último tango en París, se saca de la boca un chicle y lo pega debajo de la barandilla, como última palabra (también de amor) y último aliento. Un chicle exánime. Una identidad. Quizás Paul estaba devolviendo, al final, el chicle que se había tragado de niño, en América. Ahora le salía. Había estado pegado en su interior toda su vida. Como un miedo. Porque el chicle es, por encima de una goma masticable, una actitud, un gesto, una forma de rumiar la existencia. Contaba estaba semana La Rioja que en Logroño, cada día quedan pegados –en sus paredes, aceras y escaparates- una media de 700 chicles, ya usados. Lo que supone 700 historias. Habrá de todo: amor, despedidas, pistas, olvidos, palabras, biopsias. Son más que un chicle; cuesta, de hecho, más dinero el sacarlo que el comprarlo. Y más esfuerzo que masticarlo, porque ni con una espátula se pueden rascar el mensaje que contienen. La colección de excrementos de “Excreta” constituye –como no puede ser de otra manera- otra colección de mensajes, pues –se dice en la Exposición- el ser humano fabrica cada día por los menos 150 gramos. Multipliquen. No creo que al día seamos capaces de fabricar 150 gramos de ideas. No digamos de buena calidad. Todo está, en cambio, en el excremento de calidad: purgado, discreto, elocuente. Y paso ahora a la otra secuencia, una de El último emperador: el momento fundamental de la jornada de Pu-Yi, con sólo tres años, era cuando al médico le eran servidas en un bol las heces del niño-emperador. Minúsculas, de cachorro. El médico las olía y las observaba como se lee el futuro en los posos del café. Y prescribía, por ejemplo: puré, otra vez, y nada de carne. Esos excrementos son un recuerdo de la infancia, y se pronunciarán de por vida en diminutivo. Recuerdo a un hombrón –cuando a eso se le llamaba ‘tener mucha humanidad’-, un emperador septuagenario, que me aseguraba que su mayor ilusión era la ‘caquita’ diaria.

Fotografía Verona 1996 ©teresarodriguezmiguel

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(Casi) todo sobre mi madre

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Cuando no era todavía mi madre, a mediados de los cincuenta, vivía en la Calle San Juan y era una empleada de zapatería. Todos los días le escribía una carta a su novio, cuando todavía no era mi padre. Su novio, un contable de la Calle del Norte, se encontraba entonces alojado en una pensión de Madrid mientras los médicos intentaban acertarle con una apendicitis mal operada durante el servicio militar y que casi se lo lleva por delante. Ella le daba novedades desde Logroño; por ejemplo: que fuera de los andenes de El Espolón no podían pasear las parejas sin que los multaran los guardias. Y que no le alcanzaba para ir al cine o para tomarse un refresco; o que iban a mandarlas a ella y a su hermana María Luisa, mi tía Marisa, a una Colonia femenina en Castro, donde se comía tres veces al día y hacían excursiones. En una, llegó a conocer a una de las hijas de Ataúlfo Argenta. También le contaba cómo se paseaban vacilones los marineros americanos que hacían escala en Santander. Le contaba, también, cómo veía con envidia a muchas parejas de enamorados, que buscaban no amarse a pleno sol. En las cartas –largas, escritas con letra escolar, y en las que intercambiaba la ‘v’ y la ‘b’- le recomendaba a su novio que en Madrid aprovechara, si las curas y dolores se lo permitían, para ir a la Zarzuela, al Retiro y al Cinerama; y le confesaba que no veía el día en que regresara repuesto de Madrid, se casaran y todo se solucionara. Acababa cada carta firmando “tu pequeña”. Por entonces, hacía de damita joven en la comedia Los marqueses de Matute, con un grupo de aficionados, y salía vestida con un falda de tubo que mi padre siempre recordaría. Con las funciones se sacaban un dinero para los viajes que hacían con Gerardo Capellán, don Gerardo. A Roma y a otros sitios. Mi madre siempre hablaba de aquel viaje a Roma, de novios. Su ilusión era ir un día a Jerusalén. Fueron, ya jubilados, pero su corazón, que empezaba a debilitarse, le jugó una mala pasada en tierra santa. Era muy guapa, mi madre. Todo el mundo lo decía. En cada época de su vida se pareció a una actriz distinta. Su hermana Josefina, que regentaba con mi tío Félix Sáenz, el pianista, la franquicia de Pingouin Esmeralda, murió, con mi tío, en un accidente de tráfico en los San Mateos de 1971. Mi madre se puso a vender lanas y lencería en la tienda, “Salas”, en Sagasta con Hermanos Moroy. Para eso tuvo que hacer un curso en La Estambrera y le dieron el “Premio a la simpatía”, un mazacote con una chapa del Pingouin en medio. Desde ese momento, a mi madre la veíamos más detrás del mostrador que en casa. Tenía como compañeras dependientas a mi tía Marisa –que lo había sido también de “La Violeta”- y a Adoración Martínez, Dorita, como otra tía nuestra. Doblaba muy bien las prendas mi madre y los viajantes de las marcas –me acuerdo de “Mitjans”- la apreciaban mucho. Me llevó al Diana a ver La vuelta al mundo en 80 días. Luego yo la llevé a ver a ella, en plena estación catastrófica, El hundimiento del Japón, al Avenida (en cuyo salón de fiestas, por cierto, habían celebrado su convite de boda). Aún no me lo habrá perdonado lo del hundimiento. Cocinaba en días especiales ‘patatas a la importancia’. Y en cada festivo, un pollo al horno. Le gustaba mucho Madame Butterfly, y Aznavour, Venecia sin ti, la que más. Olvidó todo menos la música. Durante años, ahorraron ella y mi padre para ir a ver a la Caballé al Liceo, en Salomé. Cuando al final, en la Residencia, le poníamos la Butterfly con un ipod iba directa al lacrimal. Un día, en la tienda de “Salas”, le presenté a Imperio Argentina. Imperio le compró unas medias. Pese a ser de iglesia, no le gustaban las procesiones de Semana Santa ni visitar cementerios el 1-N, y nunca impidió que sus hijos nos casáramos por lo civil. Le daban miedo los aparatos eléctricos y le aterrorizaban las tiras de petardos y los fuegos artificiales. El fuego en general. Sobre todo desde que unas navidades ardió el Belén en casa por un cortocircuito en las bombillas del Palacio de Herodes. Todos los domingos leía la revista Semana. No permitió que entrara un ordenador en casa. Y con el café cortado con leche condesada se fumaba –sin tragarse el humo- un mentolado, un “Pipper”. Decía mucho «estilosa», «estafermo» y «fantástico». «Fantástico, fantástico, hijo; esto es fantástico». Dormía mal, muy mal, como yo. Me tuvo por cesárea. Pensaba que yo –que me pusieron Bernardo por Bernardo de Claraval- tenía que haber sido abogado o médico o del Císter. Ahora hay una serie de internet que lleva su nombre: Paquita Salas.

Fotografía de ©teresarodríguezmiguel

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La miniserie

El arco de esta miniserie es de los más currados que recuerdo. Me gustan mucho las miniseries, o las de una única temporada. Seis o diez capítulos máximo. El equivalente a una novela medianamente larga. Cifuentes ha sido muy breve en emisión, un mes y pico –incluidas redifusiones, entrevistas al equipo y debates, como se hace ahora con la ficción nacional, con El ministerio del tiempo, Cuéntame o Fariña-, pero intensa, habilísima, bien graduada, implacable y absorbente, hasta culminar en un final que, resultando absolutamente inesperado para el espectador, era, sin duda –sé lo que es confeccionar la biblia de una serie-, el punto de partida de los guionistas; la secuencia que les sirvió para comenzar a trabajar el arco de Cifuentes desde el principio. Una vez que tuvieron clara esta secuencia –tan clara como blindada- ya pensaron en cómo desarrollar los capítulos que iban a componer la serie completa. Es el típico final que justifica por sí sólo el meterse a elaborar el resto de una serie; porque una serie es cara y la cadena de trabajo es complicada (y ésta, desde luego, tiene pinta de haber costado una pasta y de haber participado en ella mucha gente, de muchos departamentos distintos). Este tipo de final es la idea que en la primera vuelta se echa sobre la mesa de trabajo como si echaras un as de picas, mortífero pero fulgurante. Esto no le debe extrañar a nadie: es el modus operandi habitual de muchos guionistas de cine, de televisión y de cualquier otro formato dramático: tener previsto antes que nada el desenlace; saber hacia dónde se va, y luego ya se decide de qué manera hay que llegar hasta ese desenlace, cómo alcanzarlo: cómo ‘escaletearlo’, que se dice en la profesión. «¿Cómo vamos a acabar esta temporada?» es lo que se preguntan los guionistas el primer día que se sientan a pensar el arranque. Una vez acordado el final, falta por escaletear todo lo de en medio: trabajar en las tramas secundarias, paralelas o directamente distractivas; crear personajes más o menos periféricos; multiplicar las hipótesis sobre el curso que podría tomar la acción, etc… Marear la perdiz, vaya. Tras ver este miércoles los últimos segundos de la última entrega de Cifuentes, está claro, ahora se ve, que lo primero que tenían entre manos era el final. Un final que ni siquiera, en este caso, era lo que se llama en el argot un ‘giro’ –es decir, un golpe de efecto, una simple sorpresa- sino algo más importante: un agujero, un vacío. De los que desfondan al protagonista y al espectador. No es el final de Los Serrano; está más cerca de un final Twin Peaks. Ahora se ve que en Cifuentes nos han tenido muy bien engañados desde el minuto uno: todo lo del trabajo de fin de máster y, en general, lo de la trama universitaria –los personajes del rector y de los miembros del tribunal…- y el suspense de la dimisión de ella era un macguffin, un despiste superficial; porque –y advierto que la siguientes líneas contienen spoilers, por si alguien no vio el capítulo el miércoles- la clave era una ‘pieza aparte’ inscrita en la caja negra del asunto; un episodio casi onírico; una secuencia obscena, insoportable de contemplar, localizada en una salida de servicio de un híper, en medio de cajas vacías y material de limpieza, registrada en un plano picado de cámara de video vigilancia; ese tipo de plano que graba robos o agresiones. Muy al fondo del argumento académico-político latía, siniestro, de siniestro total, un presunto hurto de productos de belleza. Una cuestión nada vulgar. Y todo lo demás, lo visto en capítulos anteriores, ascendía desde el abismo de ese hecho, de ese miedo. No era, todo lo demás, sino una ficción diurna de la protagonista, porque lo real dormía en esa escena oculta. Acaba la cosa con que al final –que en realidad era el origen- ella tiene que vaciar el bolso delante del segurata, como le abres el alma a un desconocido. Es un plano, es una secuencia, es un miedo, como de Hitchcock (¿la secuencia del water de la gasolinera de Psicosis, cuando Marion repasa el fajo con los 40.000 dólares?); de Haneke (podría ser Isabelle Huppert con una peluca rubia) o de Chabrol. François Truffaut, que creía que Marnie tenía que haber durado no menos de tres horas -o sea: una miniserie- definía esta formidable película, Marnie –repleta de moradas idénticas a ésta del hurto de Cifuentes-, con un concepto que usaba mucho Chabrol para aplicarlo a sus propios personajes: «la tentación de la decadencia». Muy pensado todo, ya digo, en Cifuentes. Como mínimo, años de trabajo, siete u ocho, por ahí. Esperamos con ansiedad la edición en DVD de la miniserie Cifuentes; con los extras, el making of, las secuencias eliminadas y las tomas falsas. Perdón, las verdaderas.

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Distopic Park

España se consolida como una potencia mundial en distopías. Falta rentabilizarlo para beneficio del PIB y para el turismo, pero se está trabajando en ello. El término, sin embargo, no aparece recogido por nuestro diccionario de la RAE, que es más utópico que distópico, pues lo suyo –por definición- es atender a lo limpio, a lo fijo y a lo que da esplendor. Este mismo ‘finde’ nos hallamos inmersos en un auténtico parque temático distópico, un Distopic Park, o algo así. Y proliferan las atracciones. Puedes quemar más adrenalina que en la planta 135 de El coloso en llamas. Con un ‘finde’ no haces, vaya. Conviene coger varias noches de hotel para asomarse a todas. Pero si el forastero –ya sea de otros países o de otro planeta- sólo dispone de tiempo para recorrer una, la que tiene un poco de todo es “Un partido de alto riesgo”. Ahí estamos. Es entrar en un capítulo de Westworld, la serie. Yo me imagino al visitante que a su regreso intente el lunes contar lo visto en la oficina: «pues mirad,… el ‘finde’ en España comenzó con unos tipos de capucha blanca y boina negra que pertenecían a una banda armada que había asesinado a quemarropa a centenares de personas –clasificadas por los bandidos en dos tipos: las que fueron ‘parte del conflicto’ y las que no; pero da igual, muertas a todos los efectos- afirmando públicamente que la cosa empezó, en realidad, en ¡el bombardeo de Guernika! –donde el cuadro-, pero que, no obstante, sentían de veras lo sucedido (sic) y que a ver si apagan entre todos las llamas de Guernika. Pero también, de querer completar el espectáculo, hay algún pueblo en el que la gente sale en manifestación para apoyar a los matones de esa banda, o hacerles un monumento, y cuando tú preguntas por tal o cual linchamiento producido –por ejemplo- en un bar de la localidad, nadie ha visto nada, ni nadie estaba allí y resulta que los agredidos poco menos que se autolesionaron; es como Conspiración de silencio, ¿os acordáis?, la de Spencer Tracy, que llega a Black Rock, manco el tío, y descubre que los lugareños, desde el cacique al último, esconden un crimen horrendo del que fueron cómplices. Y luego, para multiplicar las tramas, se montó el sábado en un Estadio patrocinado por un chino multimillonario la final de la Copa del Rey de fútbol y se preparó todo –incluso con el consentimiento de algún directivo- para que quien quisiera abucheara al Rey anfitrión y al himno de la nación marco, ¿fuerte, eh?; y jugaban un equipo de futbol de una ciudad que lleva toda la semana en su feria, entre rebujitos, casetas y regañás, y un club que por lo visto se cree ‘más que un club’ (?), y que luce el nombre de la capital de una autonomía -otro lunes, ya si eso, os explico lo de las autonomías en España- ahora mismo desgobernada, intervenida por un artículo de la Constitución que hace, no obstante, que puedan seguir cobrando los funcionarios de esa autonomía, y con su ex-presidente autonómico en Waterloo; una autonomía con menos de la mitad de su población a favor de forzar la secesión de una Constitución y de una nación cuya Copa real fueron a jugar; y esto a causa, argumentan, de un contencioso que mantienen desde el siglo XVII con otro Felipe, el IV, no el de la Copa de fútbol-; una final, por cierto, que sólo se pudo ver a pie de campo chino si el nombre de tu carnet de identidad coincidía con el de la entrada, y al que asistieron –además de 3200 policías- delegaciones políticas de cada afición con el propósito de -fuera cual fuera el resultado- guardar, aunque con DNI español todos, la máxima distancia patriótica y deportiva. Hay, a todo esto, un partido político que quiere fichar al ex-primer ministro ¡de Francia! para que sea alcalde de la capital de esa autonomía; e incluso el magistrado del Tribunal Supremo que instruye el caso del ex-presidente autonómico en Waterloo –a donde trasladó su residencia tras conducir a su autonomía a una República simbólica, exceptuando la cárcel a donde fueron trasladados sus comilitones- duda si el mismísimo Ministro de Economía de España sabía o no sabía si se habría utilizado dinero público –de toda la nación- en el llamado ‘1-O’, que es como se conoce al referéndum que se celebró y no se celebró ese día, y en el que hubo o no un número incomprobable de votos, introducidos en urnas también chinas, urnas ‘Wanda’, o por ahí, de Guangzhou. Pero, por si fuera poco, luego colea el asunto de una presidenta de otra autonomía que se inventó un máster -y ahora esta todo el mundo en España enmarcando sus orlas y sus títulos y buscando la cartilla militar para que te dejen jubilarte- e igual se manda a la cárcel a un ex-balomanista yerno del rey emérito y cuñado del Felipe de la Copa. Sí un asunto como de ‘zarzuela’, ¿no? «¡Venga hombre (o mujer)! ¿Qué te echaron en la sangría?» Respondieron los compañeros de Oficina de Recursos exoplanetarios de Alderaan.

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Sobre el autor Bernardo Sánchez Salas
Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.