La Rioja
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Los encierros

Tengo un compañero de trabajo que corre los encierros. En la tele. Pero los corre. Y de hecho llega ya al despacho corrido, como desfogado y preparado para afrontar –como en ningún otro momento del año- la jornada, hasta en sus tramos más peligrosos. Él suele ir todos los días al gimnasio, nada más abrirse, y para entonces ya ha sacado dos perros que tiene. Así que cuando llega al curro ya lleva un rato en danza, y está más o menos espabilado y se ha duchado varias veces, entre casa y el gimnasio. Pero la semana de los encierros es otra cosa. Otro nivel de juego. Lo ves entrar y viene como purificado el tío. Está todavía algo sudado, las mejillas enrojecidas, resuella un poquito, las venosidades de los ojos candentes, estira los brazos como para relajarlos. Lo ves ufano, crecido, un puntito eufórico. En deportivas. Y lleva el periódico hecho un churro, agarrado con un puño. «¿Qué tal hoy?»: «¡Buaaaa!… Rápido, ni a dos minutos ha llegado; una carrera a tumba abierta, venía la manada como una locomotora; en el ángulo entre Mercaderes y la Estafeta se ha quedado uno rezagado y a poco empitona a unos despistados; luego ya se ha estirado la manada llegando a la plaza, y la cosa iba bien, pero al final, ya cerca del callejón, se ha formado un montón ¡y amigo!, ahí habido mucho peligro, pero mucho; fíjate que te lo cuento y aún me tiemblan las piernas; tengo todavía aquí en el cogote el aliento del bicho; me he tenido que meter por una gatera…». Y tendrían que ver bufar a mi compañero, y hacer figuras. Y mirar todo el rato para atrás, todo el rato. Está claro que cuando lo cuenta está soltando. No sé el qué; pero está soltando. Y no es exactamente adrenalina. Cuando finaliza su relato se queda unos segundos en silencio, con la mirada perdida. Y entonces se gira y se dirige a la máquina de café, y se trae uno solo largo. Y se lo mete de un trago. Todavía con la cabeza en la carrera. La semana del encierro mi compañero es que parece otro. Es otro. Y es así todos los días. Nunca se pide, además, vacaciones en esas fechas. Porque quiere estar para correr los encierros. En la tele. Y luego venir al despacho, como nuevo. «¿Y hoy qué tal?»: «Limpio». «¿Así, sin más, limpio?». «Limpio, pero trepidante». «¿Y en el tramo de Telefónica?»; porque, claro, ya vas aprendiendo, y te sabes más o menos los puntos clave del recorrido, y te interesas. «Uno se ha quedado suelto y luego ha habido un acelerón, pero vaya, como yo iba cerca del pastor y…». A veces mi compañero ha tenido una carrera accidentada y le veo un poco tocado. Del encierro del lunes vino cojeando: «¿Qué te ha pasado?»: «Un encontronazo, nada, en la curva de Mercaderes». Si algún día mi compañero se retrasa en llegar al despacho yo me empiezo a preocupar. Este lunes, por ejemplo, hasta le llamé al móvil. «Te he estado venga llamar al móvil»: «No, si yo cuando corro no llevo móvil, lo dejo en casa». Pero vamos, que raro es el día de la semana de encierros en que lo veo bajo. Mi compañero -ésa es la verdad- es un poco bajo de natural; aunque no tanto como yo, que además soy un cobardica; pero esa semana de encierros, a mi compañero lo veo como fajado, preparado para lo que venga. Y entonces, transcurridos unos minutos y otro café, el tío se sienta, respira hondo y lo que no hace nunca: coge el periódico, lo desenrolla y se pone a leerlo. Contemplando la portada yo noto que su respiración comienza a agitarse. Llega un momento en que se de decide y pasa la hoja, para enfrentarse a la sección de internacional. Aquí, ya se lo oye   hiperventilar. Aguanta unos minutos en internacional y no sin antes mirar para atrás –algo que no dejará de hacer hasta concluir la lectura del periódico- pasa a nacional. En nacional salta de página en página, agarrándose de vez en cuando al apoyabrazos de la silla. A punto de perder el equilibrio. Sale de nacional como puede, con algún rasguño y quemaduras de diversa consideración, y enfila local. Se le tensan los maxilares, aguanta el tirón y pasa de página como se da un volantazo en los autos de choque. Va más lento en el vado de opinión y editoriales. Toma aire, vigilante. Sin dejar de mirar a sus espaldas. Y ya está en cultura, sociedad y varios. No se distingue bien entre estas zonas y va un poco a tientas. Hasta salir escapado por deportes, que es para él un trayecto más fácil, que controla mejor. Aunque el otro día recibió un buen susto con un asunto de fichajes. Y así, con la lengua fuera, llega hasta la contraportada y a la columna de cierre de la que logra salir indemne. Y ya después abre el ordenador. Yo, ya digo que es que no tengo valor.

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Refugiados

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Ahora lo llaman Complejo Educativo de Cheste pero fue siempre ‘la Laboral’. ‘La Laboral’ de Cheste, donde las motos. Veo que está sólo a 26 kilómetros de Valencia; pero a mí entonces me parecía que estaba muchísimo más lejos. Era un horizonte que atisbábamos desde las Residencias, iluminado por la luz de la ciudad y en tiempo de Fallas, de noche, por una bruma incandescente. Pero de donde realmente estaba lejos, a una distancia incalculable, inconcebible aún habiéndola recorrido kilómetro a kilómetro, durante y horas, un día entero, en un autobús de 1973 y en las carreteras de 1973, con doce años, una tristeza aún por estrenar, unos bocadillos que me hacía mi madre, alguna paguilla que me daba mi abuela y una maletita marrón con toda mi ropa marcada con un número 13572 y mi nombre, para que no se equivocaran luego en los sacos de la lavandería. Todo estaba lejos, lejísimos, de ‘la Laboral’ de Cheste; incluso Cheste, el pueblo, hasta donde caminábamos más de un domingo algunos de mi colegio, el Urogallo, de la Residencia dedicada a las aves, para ir a su cine; un cine de pueblo de 1973, con la pantalla como una cama desecha, paredes de almacén, copias deshilachadas, luminosidad de candil y unas butacas de pupitre de colegio; a ver, entre otras, La aventura del Poseidón o Verano del 42. Peregrinamos desde ‘la Laboral’ hasta el pueblo para ver Verano del 42, y nos dejaron entrar aunque era para dieciocho y nosotros teníamos trece; trece de años de 1974, segundo año en ‘la Laboral’ de Cheste; a riesgo, claro, de quedarnos sin cenar a la vuelta –que nos quedamos- y de ganarnos una penitencia –que nos la ganamos- por ver a Jennifer O’Neill, amante de un chaval que sólo nos sacaba a mí y a mis compañeros un par de años (y un par de mundos). No llegamos a cenar a aquellos comedores como ruedas, como bombos de proyector de cine, apaisados, donde desayunábamos –casi de madrugada-, comíamos y cenábamos cinco mil niños, sin que por la forma circular del comedor pudiéramos vernos los cinco mil comiendo a la vez. O al menos, ésa era la intención, según su arquitecto, el ceutí de nacimiento Fernando Moreno Barberá (1913-1998). Sólo ahora conozco a Moreno Barbera. Nunca supe quién había construido aquella de ciudad de hormigón, en medio de la nada, entre un cine desvencijado de pueblo y el recuerdo de mi casa y de mi familia, remotas; y en la que viví entre los doce y los quince años. Ahora me intereso por el autor del espacio donde me llevaron a practicar la EGB, junto a otros cinco mil niños, inmigrantes interiores de las provincias españolas (así descubrí yo la existencia de algunas provincias); hermanos que fuimos durante tres años en que España mudaba en el exterior. Mataron a Carrero con nosotros dentro de ‘la Laboral’ –conferencias desde casa, alarmados, el niño tan lejos, con todo lo que estaba pasando-. Franco murió con nosotros dentro de ‘la Laboral’ –luces del edificio que se encienden en mitad de la noche, vigilancia en los pasillos y luego una extraña vacación-. Entre los cinco mil que estuvimos allí, llegados en autobús, con el atillo, de Logroño o de Cádiz, hijos la mayoría de trabajadores, de clases media bajas, de las mutualidades, del alcantarismo. Para ser reeducados en el desclasamiento. Pero no le pudo salir peor a Girón –su ideólogo- la operación. Allí conocimos a hijos y nietos de exiliados políticos; parte del profesorado -con la excepción del de FEN- estaba, digamos, ‘separado’ de los colegios de la capital por sus ideas; el cura, don Vicente, era progre, y la iglesia parecía como de Gerardo Cuadra o de Le Corbusier. Escucho ahora decir a un arquitecto que las obras de Moreno Barbera limitaban al norte con Mies Van Der Roe y al sur con Le Corbusier. Vivimos los cinco mil hermanos entre dos polos: dormíamos más cerca de la cara Mies y comíamos o paseábamos en la cara Le Corbusier. Pero no éramos conscientes de estar internos en un geografía de la arquitectura del Movimiento moderno. Tampoco Girón, que era sólo del Movimiento. Becados, inmigrantes, bastante huérfanos pasamos el final de la infancia en aquella ‘ciudad de los muchachos’ –la película del padre Flanagan, que ya había visto yo en el Avenida de aquí, un verano del 70, o así, me recordaba a lo de la ‘Laboral’-; una ciudad en la que no vimos en directo más chicas que a la fallera infantil y a su comitiva, que se acercaban, como una beneficencia, a saludar a los niños de ‘la Laboral’ de Cheste. Y luego ya sí, a las estudiantes de Magisterio, que eran más mayores, que eran ya como Jennifer O’Neill. Vi el martes a los 630 del “Aquarius” en ‘la Laboral’ de Cheste, ahora llamada Complejo Educativo, pero es ‘la Laboral’. Yo viví allí, entre los trece y los quince. Reconozco los lugares en los que están alojados los rescatados. Quizá es mi colegio. Y no puedo evitar el volver a verme allí, náufrago, medio refugiado, a muchas millas de casa.

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El ministerio sin tiempo

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Para no ser Màxim Huerta un atleta de toda la vida ha pulverizado uno tras otro, sin quitarse las bambas, varios récords: pasar del último nombramiento a las primeras planas; conversión súbita al espíritu deportivo (a la primera entrevista); estancia mínima conocida al frente de un ministerio (con dimisión casi pegada al juramento del cargo); refresco express del histórico fiscal; plusmarca en el lanzamiento de cartera (pues no le ha debido dar tiempo ni a dejarla sobre la mesa; una cartera con el peso de la cultura más el del deporte: como para un levantador de Leiza); oro en la carrera (política) de velocidad y la salida de Twitter más rápida que se recuerda en Twitter. Y todo esto en seis días. Prueba contrareloj superada. El ejemplo vivo de cómo no eternizarse en un cargo. De cómo ni siquiera aterrizar en él. Pasar como una exhalación, que es una expresión anticuada, pero muy gráfica. Visto no visto. Digital. Mátrix Huerta. Un destino de película de anticipación, o de precipitación. A mí me gustaba este programa que tuvo hace un par de años en la 1 (que tuvo poco, también: ocho entregas, dos más que en el ministerio): Destinos de película. En él, el futuro ministro –a la vez que pasado, todo en un mismo lapso; así transcurre todo actualmente, sin apreciarse apenas diferencias entre la toma de posesión y la de desposesión- se asomaba, por ejemplo, en Praga, a los lugares donde se había rodado Misión imposible: protocolo fantasma. De forma parecida ha sido destinado Huerta en la Moncloa. ¿Qué se rodó aquí, en La Moncloa? No ha dado lugar ni a que no le quedara ni un telediario. Es todavía pronto para hacer balance de su gestión al frente del ministerio, pero seguro que el balance ocupará más tiempo que la gestión. E igualmente, costará más horas leer la novela que este ministro de la semana pasada y novelista de más atrás estará ya abocetando para relatar su experiencia en la acción de gobierno. Una acción imposible, fantasma. El caso es que -hablando de justicia deportiva- me ha dado por detenerme, ya ven, en la foto finis de este episodio, que está más cerca de un reality que de la política al uso. Una especie de inversión de El jefe infiltrado: aquí, en cambio, al concursante le proponen que durante una semana se ponga en el papel del jefe. De la cultura y del deporte. Con todo, resulta más real que el presidente que había hasta hace muy poco, que era el presidente oficial, ya muy hecho al personaje, pero que apenas estaba visibilizado. O algunos de sus ministros o ministras a las que les sobraron centenares de días en el cargo y a los que -es curioso, cómo es la cabeza, ¿eh?- ahora ya no les pongo cara. El reality español, en fin, sigue acuciado por preguntas codornicescas. Del tipo –y cito por Azcona-: ¿A dónde vamos a llegar? ¿Le gusta a usted el pan? ¿Cómo se procede en casos apurados? De igual manera, yo me cuestiono: ¿Quiere usted probar a ser ministro durante un rato? (Entiéndase también ministra en todos los supuestos) ¿Se puede ser un buen ministro para sólo seis días? Es más –y aquí viene la cuestión-: ¿Es suficiente con ser ministro de algo durante seis días? ¿Se podría hacer más, pongamos, empleando un séptimo día? Ejemplos hay de que ese día -suplementario a todos los efectos, y seguro que mal pagado- conviene descansar. Porque igual estamos sobrevalorando la dedicación, la vocación, tanto café de máquina. Todo el protocolo de los antiguos ministerios, vaya, ahora muy sobrepasado por los postmodos de la inmersión, de la emprendeduría, de lo efímero. Ha sido Màxim Huerta un olímpico de lo efímero, un deportista de élite malgré lui. ¿Debieran ser los contratos de ministro para seis días, renovables? Hoy se promocionan trabajos con una precariedad mucho mayor. ¿Debiera implantarse un periodo de prueba en el trabajo de ministro? ¿Se puede ser directamente ex-ministro sin pasar por ser ministro? A lo mejor, con una cosa de seis días,… que ves un poco cómo está el asunto… y ya. En este caso, además, es que Huerta lo tenía a huevo: tres días para la Cultura y otros tres para el Deporte. La pena es que Huerta se ha marchado justo cuando ya habíamos aprendido a poner (y a pronunciar) hacia la izquierda la tilde de Màxim. Él también lo ha lamentado en los mismos términos. Esta tilde es lo que se conoce como acento grave, que se da un aire como más singular que el agudo común. La wiki afirma que este acento es indicador de apertura, intensidad y tono. Ya nunca lo sabremos.

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De la vida de las bolsas de plástico

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Una bolsa de plástico, de las del súper, o de las de la basura, dura más que el Renacimiento. O como toda la Edad Media, sumando la alta y la baja. Unos cuatrocientos años se ha calculado que dura una bolsa de plástico. Casi nada dura tanto. Podrían estar ahora muriendo bolsas de plástico –de haber existido entonces tal cosa- que se pusieron en circulación cuando se publicó el Quijote. Ya habrían aguantado bastante más que los huesos de su autor, que no sabemos ni dónde se encuentran ni en qué estado. En cambio, las bolsas de plástico están perfectamente localizadas: se sabe que forman arrecifes en el fondo del mar y que sirven de protector estomacal a los peces. Incluso que contribuyen a la evolución de las especies: al pez-martillo, al pez-sierra y al pez-espada se ha unido el pez-bolsa, que transporta víveres a muchos metros de profundidad, tiene asas y está esponsorizado por varias marcas blancas (o azules, dependiendo de si es pesca blanca o azul). Y forman bandadas de aves migratorias sobre las ciudades, quedando atrapadas en las vallas o anidadas en las antenas de telefonía móvil. Vallas que se convierten automáticamente en vallas publicitarias, del pequeño o del gran comercio, de ultramarinos José Mari o de Hipercost. No es un pájaro, no es un globo aerostático: es una bolsa de plástico. Y se funden con las nubes. Son un fenómeno atmosférico. Debieran existir meteorólogos de los bancos de nubes formados por bolsas de plástico, que al final del telediario advirtieran de su evolución variable y de sus precipitaciones. Expertos en bolsa. De plástico. Estos días se está informando a la población que el gobierno va a intentar –a través de medidas al por menor: céntimos por micras- reducir su longevidad; muy superior, por cierto, a la de cualquier gobierno conocido, por largos que se nos hagan algunos gobiernos. Porque hay cosas, desde luego, que se nos hacen eternas como bolsas de plástico. Pesadumbres indestructibles. Pesadillas de plástico de bolsa. Ni siquiera otros objetos fabricados con material plástico perduran tanto como una bolsa de plástico. Las películas de cine, pongamos, el celuloide, que es un plástico sintético: en unas pocas décadas, nada, se han podrido centenares y centenares de obras maestras del cine, avinagradas, oxidadas, ya invisibles. El cine mudo, por ejemplo, desapareció en un gran porcentaje. Sin embargo, la primera bolsa de plástico inventada a principios de los años setenta del siglo XX, que es cuando se inventan las bolsas de plástico, seguro que se conserva fresca. En algún museo, o en el fondo de un carrito de compra. Son los años setenta los del pensamiento plástico (ahora ya líquido, en licuefacción irreversible); el pensamiento irrigado por el bulbo raquídeo del petróleo, del que emergieron el plástico y los dólares. Hay todavía por ahí flotando bolsas de plástico que vieron el final de la Guerra de Vietnam, y el Watergate. Por muy poco no pudimos dejar unas bolsas de plástico en la luna, lo que hubiera sido un pequeño paso para el hombre pero un gran salto para algunas cadenas de supermercados. Y hablando de los dólares: el dinero que sale por las noches en bolsas de basura, por poner otro caso de resistencia plástica, se esfuma, se funde, pero la bolsa permanece, intacta en su aleación, acharolada y retornable. Tu edificio precisa de un seguro a todo riesgo –papeles, dinero, etc…-; sin embargo, el patrimonio de un mendigo se preserva seguro en varias bolsas de plástico, hechas a las inclemencias, a los traslados y a los accidentes. Se adaptan. Nada se adapta como una bolsa de plástico. Y casi nada pervive si en un momento dado no cabe en una bolsa de plástico. Las bolsas de plástico, en definitiva, han creado su propia civilización, su clima, su modelo económico. Su lenguaje: llevamos medio siglo, más o menos, enviando mensajes dentro de bolsas de plásticos. Hoy esos mensajes han llegado al intestino de un tiburón tigre, o se han trabado en un gancho antipalomas. También han creado su tipo de ciudadanía, integrada por individuos contrapesados con sendas bolsa de plástico (llenas), una en cada mano: la imagen del equilibrio perfecto. Y en fin: cuando, a consecuencia de nuestra naturaleza biodegradable, dejemos esta vida, la última bolsa de plástico que nos dieron en el súper nos sobrevivirá siglos, con publicidad del establecimiento y el ticket de compra dentro. Son las postrimerías modernas.

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Sobre el daño que hace el tabaco

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Fumar perjudica seriamente el Gobierno. Si ya lo pone en las cajetillas, hombre. Al final, mira, ha sido el tabaco lo que ha acabado con la presidencia de Mariano Rajoy. La moción se ha hecho esperar hasta este jueves 31 de mayo, día mundial sin tabaco. Por ahí lo han pillado, por donde menos se lo esperaba: su condición de fumador de puros -no sé si todavía en activo, pero en su momento muy pregonao, como diría Mota- le ha pasado la factura definitiva. Por todo lo fumado. Por abusar del principio de «y me fumo un puro», que suena a ese otro adagio tan español de «trago y cigarro que la difunta no vuelve». Ese fumar desahogado, con cuajo; ese fumeque que es un placer genial, sensual; que quien fumando su vida no consume porque el humo cuando flota le suele adormecer. Tango. Lo que sucede es que nos hallamos en el día 2 (y medio) sin Rajoy presidente y no se nota nada. Pero es que en su caso no se aprecia la diferencia entre cuando estaba y cuando no está. E incluso, si miras hacia atrás, parece impensable que haya estado ocho años o casi, ¿no? Y sin embargo los ha estado. ‘Estar’… de aquellas maneras: en esa forma de no estar que tenía de estar. En política ha sido como una especie de fumador de cigarrillos electrónicos. Un fumador para el plasma. Un adormecimiento. Claro que también, si lo piensas, nos parece ahora de todo punto inconcebible el que hasta 2006 se pudiera fumar en el interior de un autobús, o en el pasillo de un hospital, o en un restaurante. Y sin embargo, se hacía. No le sirvió de atenuante este jueves a Rajoy el que votara a favor de la ley antitabaco en 2006; quizá porque también se recordaba que, al tiempo, dijo que era una ley extrema y que vería de suavizarla. Se tuvo él mismo que marchar de España en 2012 a fumarse un puro a la sexta avenida de Nueva York, acosado por el extremismo antitabaquista –eso sería, sí- de un país que por aquellos días lo que fumaba era en pipa. El acto, el momentazo del puro, ha venido siendo para Rajoy como el acto estelar del sentido común. El sentido común, la normalidad, lo que importa a los españoles, el plato tautológico adoptaban, en su pensamiento político, la forma de los hilillos de la fumarola de una Faria. Total, ¿para qué da esto?: nada, puro humo. Cualquier asunto se consume en dos caladas. Y tres telediarios. Llegó a ser Rajoy portada de la revista El fumador, allá por 1996, cuando era Ministro de Administraciones Publicas con Aznar. Y ya dio el titular, la doxa: «fumar es una virtud». El método. Y una fuente de humor marxista. ¿No fue Groucho el que dijo aquello de «Yo puedo asegurarles a ustedes que haré todo lo que pueda y un poco más de lo que pueda si es que eso es posible; y haré todo lo posible, incluso lo imposible, si también lo imposible es posible»; o lo de «Tenemos que fabricar máquinas que nos permitan seguir fabricando máquinas porque lo que no va a hacer nunca la máquina es fabricar máquinas»? El caso es que -volviendo a Rajoy- si el hombre había dejado el tabaco, el jueves, como desquite, se fumó la sesión de la tarde. Esfumándose. Al día siguiente, viernes, y minutos después de que Pedro Sánchez mantuviera una conversación con un escaño vacío –o lleno, al modo de Rajoy-, las penúltimas palabras de Mariano Rajoy Brey, antes de entrar al hemiciclo, ya muy al final, tras fumarse también la sesión de la mañana fueron: «¿Qué hago? ¿Entro?». Impresionante síntesis del personaje. Chejov hubiera dado un brazo por ponerlas en boca de Ivan Ivanovich Niujin, protagonista de su monólogo sobre el daño que hace el tabaco, en el instante previo a subirse al estrado donde se ve obligado –contra su voluntad y su carácter- a dar una conferencia que trata pero sobre todo no trata sobre los males del tabaco, sino sobre los males (propios) de todo lo demás. «¿Qué hago? ¿Entro?»: Rajoy consistió exactamente en esas dos preguntas. Siempre. Y no puedo, en fin, imaginarme mejor figura para interpretar el monólogo de Chejov que al propio Rajoy. Lo que hubiera dado por vérselo interpretar subido en la Tribuna del Congreso; en la misma mañana del viernes, diciendo lo de Ivan Ivanovich Niujin cuando comienza a dirigirse a su audiencia (los escaños llenos pero también vacíos de un teatro): que el asunto de la conferencia le es indiferente; «¿qué hay que dar una conferencia?, pues a dar una conferencia; ¿qué hay que hablar del tabaco? Se habla del tabaco» Aunque no entienda; le da igual a Ivan Ivanovich Niujin. Y en, fin, esto ya es para Sánchez: queremos que el Gobierno sea un espacio sin humo.

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La república de tu idea

El asunto éste del chalé plantea un asunto interesante: la relación entre tus ideas políticas y los metros cuadrados que se le suponen a tu vivienda. Igual que se te suponen las ideas, claro. Un conversor de ideas en metros. Rige, actualmente, una bolsa de valores para esto. Un mercado. He dicho ideas políticas, pero podríamos peritar otro tipo de ideas, de igual o más complicado asiento. Y es que las ideas es fácil tenerlas; pero luego muy difícil cubicarlas. No digamos habitarlas. Habitar una idea, la república de tu idea –como diría el poeta sueco-, es un embrollo. Y no hay día en que no te tropieces con los muebles o te quedes sin presión de agua. Con las ideas pasa también que no sabes nunca si es mejor comprar o alquilar. Y por las mismas, estás una noche sentado en el salón de tu idea, viendo la televisión, empiezas a no sentirte cómodo y decides vender. O irte a vivir a una idea más pequeña. Como un personaje de Tono. O peor: meterte en reformas. Repintar, por ejemplo, la idea. No me extraña que exista un portal inmobiliario que se llame idealista. Porque es en esto de las ideas donde hay quien vive por encima de sus posibilidades. También está la idea que los demás se hacen de la casa en que tú debieras vivir; o sea, de -así, a ojímetro, por la pinta- en cuántos metros de casa te cabe el tipo de ideas que manejas. Que vendes. No sé por qué me viene a la cabeza (tan complicada de amueblar, por cierto) una anécdota sobre el número de habitaciones de que disponen las ideologías: cuando Billy Wilder fue a presentar a la Unión Soviética El apartamento, las autoridades le manifestaron su satisfacción porque la situación que presentaba su argumento era una humillación propia del capitalismo y nunca se podría producir en su país, dada la relación justa entre obrero y patrón lograda por el comunismo; a lo que Wilder respondió que efectivamente lo veía materialmente imposible; pero porque un apartamento como el de su película, en la Unión Soviética estaría ocupado por tres o cuatro familias. Entonces, la cuestión es: ¿tiene el pensamiento un valor catastral? Y a partir de aquí, todo son preguntas en cascada: ¿deben traducirse las ideas políticas en un número predeterminado de metros cuadrados habitables? Ser, o declararse, o considerarse de izquierdas, por ejemplo, ¿presupone no poder habitar una casa de, pongamos, más de… 50 metros cuadrados? ¿Quién establece la equivalencia entre ambas áreas? ¿Cuánto mide una idea? ¿Y el precio del metro cuadrado de idea? Pasándote de esos 50 metros, que igual hasta deben ser menos de 50, que yo no sé calcular estas cosas, ¿estás invadiendo el ideario o incluso la finca del vecino (que tendrá unas ideas distintas a las tuyas)? ¿Se puede seguir siendo, o soñándose de izquierdas en un piso algo más grande? ¿Cuánto más grande? Y si no eres muy muy de izquierdas; si no eres un radical de izquierdas, ¿podrías optar, sin vulnerar la ley de propiedad horizontal, ¡perdón, de propiedad intelectual!, a un trastero? Y si tú eres de izquierdas en un nivel medio, pasable, pero tenías un pariente, se me ocurre, de derechas, ¿puedes aceptar la herencia que te ha dejado de un piso con 120 de los antiguos metros cuadros; o la casa de los abuelos en el pueblo, que tenía hasta galería y cuadras? No sé, estoy pensando en alto, ¿eh? Un socialista auténtico ¿sería lógico que tuviera plaza de garaje? ¿Y uno o dos baños en casa? ¿Y un anticapitalista, armario empotrado? ¿Y un comunista, tiestos? ¿Es de recibo que tenga las mismas dimensiones el pasillo de un social demócrata que el de un demócrata cristiano? ¿Es propio de un anarquista montar una cocina office? ¿Son los duplex patrimonio de los ultraliberales? ¿Con cuánto espacio vital se apaña un nacionalista? ¿Si eres de una marea puedes disfrutar de ascensor? ¿Si eres de un par de mareas o de tres tendrías derecho a asomarte a un patio de luces? ¿Qué tienes que tener en la cabeza para poder tocar fondo, de inversión digo? ¿Podría un dirigente de izquierdas –esto es ya es la pregunta del millón- ser siquiera entrevistado por Bertín Osborne en uno de los casoplones en que entrevista; o como mucho en el plató de una televisión local? Bertín Osborne. Ancho lo que se dice sentirse ancho, en España; lo que es cogerle la medida al habitat y al discurso sólo Bertín Osborne, en mi casa o en la tuya. Qué envidia. ¿Ocupan, en fin, las ideas de izquierda menos espacio que las de derechas? ¿Cabría todo en una maleta? ¿Se puede cambiar más fácilmente de ideas que de casa? ¿Podemos, Pablo? ¿Podemos, Irene?

 

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Sobre el autor Bernardo Sánchez Salas
Bernardo Sánchez Salas (Logroño, 1961) Escritor, Doctor en Filología Hispánica, guionista de cine y televisión y autor teatral: Premio Max en 2001 por la adaptación escénica de la película El verdugo y adaptador, también, de obras de Arthur Miller (El precio, nominado en 2003 al Max a la mejor adaptación), Tirso de Molina (La celosa de sí misma), Antonio de Solís y Rivadeneyra (Un bobo hace ciento) –ambas para la Compañía Nacional de Teatro Clásico-, Aristófanes (La asamblea de las mujeres), Edgar Neville (El baile), Howard Carter Beane (Como abejas atrapadas en la miel), Jeff Baron (Visitando al señor Green, nominado en 2007 al Max a la mejor adaptación) o Rafael Azcona (El pisito). Sus trabajos teatrales –realizados para unidades de producción públicas y privadas- han sido dirigidas por Luis Olmos, Jorge Eines, Tamzin Townsend, Juan Echanove, Sergio Renán, Esteve Ferrer, o Juan Carlos Pérez de La Fuente. Es también autor de textos teatrales originales como Donde cubre y La sonrisa del monstruo (dirigidos por Laura Ortega para la RESAD), El sillón de Sagasta (dirigido por Ricardo Romanos) y La vida inmóvil (dirigida por Frederic Roda). Ha publicado estudios sobre el dramaturgo del siglo XIX Bretón de los Herreros y editado algunas de sus obras; fue corresponsal de la revista El público. Autor del conjunto de relatos Sombras Saavedra (2001), publicado por José Luis Borau en “El Imán” y de monografías individuales y/o colectivas sobre Rafael Azcona, Bigas Luna, Luchino Visconti, Viçenc Lluch, José Luis Borau, Eduardo Ducay, Antonio Mingote, Pedro Olea, el Documental Español, la Literatura y el Cine en España o El Quijote y el Cine.