Despertar de una realidad

Desperté, y te vi allí. Mirándome, diciéndome con los ojos lo que tantas veces había soñado. Y ahí estabas, dispuesta a demostrarme lo que tan solo había podido imaginar, lo que siempre considere la mas inaccesible de las quimeras. Ahí estabas tú. Con la expresión cambiada, con esos ojos que ya no me decían lo que en sueños me daban a entender, con tu rostro permutado y no haciéndome sentir la eterna maldad que en tu mirada siempre vi. Dispuesta estabas. A entregarme lo que durante los sueños te solicite, lo que tantas veces me debiste, lo que siempre quise que me dieras, aquello que los seres humanos se dan. Así estabas, con una sonrisa sincera que me dejo perfectamente claro que todo lo que había creído sobre ti tan solo fueron meras suposiciones, golpeándome en la cara cuan engañado estaba acerca de ti.
Y viniste, te acercaste y me cogiste de la mano. “Tranquilo”, me dijiste, “ya todo paso, estoy aquí para ti”. Y me hiciste creer que era cierto, me dejaste perfectamente claro que siempre estarías ahí para mi, que siempre serias lo que estaba buscando, que jamás me abandonarías ni me dejarías solo. Solo ante el mundo, solo ante mi alma. Y te vi tan claramente. No tenias miedo a mirarme. Delante de mis ojos. Sin miedo a mirarlos, sin miedo a permanecer con tu mirada posada sobre la mía porque todo cuanto salía de ella era sinceridad. No tenias nada que ocultar, todo lo que creí era incierto, jamás me habías mentido, estaba totalmente equivocado.
Me abrazaste, me cogiste suavemente del cuello y me hiciste sentir la tan necesitada paz, la tan necesitada por mi armonía y tranquilidad. Y quise llorar. Llorar porque por primera vez actuabas como siempre quise que actuases, porque no era decepción lo que sentía ante todo lo que por mi creías hacer, y porque me daba cuenta que seria siempre así. La seguridad, la tan ansiada seguridad de pertenecer a alguien, de contar siempre con alguien y saber que siempre tendré su hombro sobre el que depositar mis penas. Me abrazaste, me hiciste tuyo.
Y me sentí feliz, me sentí calmado. Respire. Por una vez, las cosas salían como había deseado, estabas simplemente ahí por mi. Estabas. Respondías. Me mirabas fijamente y no tenías ningún pudor en apartar la vista. Todo lo que había pensado era mentira.
E inclinada mi cabeza sobre la tuya, dejaba caer todo el peso de mi mente sobre tus cabellos llenos de lágrimas. Mis lágrimas. Me sentía bien. No era mentira. Tenia la tranquilidad se saberte, de tocarte, de que me querías tocar, de que nada era como yo creía.
Te besaba. Te besaba como jamás nadie ha querido besar a otra persona. Te besaba traspasándote todo mi ser a través de tus labios, sintiendo como penetraba en mi todo el caudal de verdades que siempre me negaste, notando en toda la superficie de mi lengua como la tuya se posaba para darme a través de tu deliciosa saliva la seguridad que siempre había soñado. “Es tuya, te la mereces”.
Y te veía, te notaba, te tocaba, te sentía. Estabas junto a mi, querías estar. Querías desnudar tu cuerpo y unirlo al mío para que con un abrazo eterno, desnudo, se fundiesen nuestras almas en un todo infinito que sobreviviese a la raza humana, a lo físico, a lo mutable, a lo corpóreo. Te veía, te notaba. Y justo en el momento en el que mis labios se volvían a despegar para darle voz a todo el amor que por ti sentía, justo en el momento en el que mi boca se disponía a articular las palabras que siempre habías querido escuchar, las palabras que sellasen para siempre nuestro compromiso, justo en ese momento, volví a dormir, caí de nuevo en un sueño profundo en el que me di cuenta de que la realidad nunca se cumpliría, que me tocaría vivir eternamente encerrado en un horrendo sueño, el sueño de mi vida.
Continúo durmiendo para conseguir labrarme el futuro que me permita despertar.

TheVirusOfLife

Escribe tu comentario


Si prefieres firmar con tu avatar, haz login

Sobre este blog

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):