30 Mar 2008

Relato: Castigo

A petición de Ignacio he escrito esta tarde un relato. En el, he utilizado un personaje que inventé hace casi cosa de dos años mientras estuve ingresado en el hospital. El relato no es la leche, era una idea que tenía pensada desde el día que cree al personaje a modo de presentación. En el pasado tenía intenciones de escribir varios relatos acerca del personaje o quizás adaptarlo para un tebeo. Como siempre la falta de tiempo y de ganas hizo que se quedase en otro proyecto mas sin terminar.

Castigo

-Y hasta aquí puedo leer.- Parodió Marina mientras cerraba el libro de lectura.-…Bueno, chiquillo, aquí te quedas durmiendo. La semana que viene volveré para verte. A ver si para la próxima vez aprendes a no quedarte dormido antes de que termine el relato. Descansa…

Marina se levantó de la silla que había enfrente de una cama de hospital donde yacía un joven dormido. Metió el pequeño libro que había traído para leerle al joven en un gran bolso que descansaba en el suelo y que ahora tenía que soportar con su hombro izquierdo. Se acercó al joven, le arropó como una madre arropa a sus hijos, le pasó la mano por el pelo y le besó la frente.

-Me marcho.- Susurró al oído del joven. Y Marina salió de una habitación cualquiera de ingresados del hospital. Se oían sus tacones, marcar un ritmo firme y repetitivo mientras se alejaban. Cuando el joven escuchó que Marina había recorrido el pasillo hasta el ascensor, lo había llamado, bajado cinco plantas, llegar al garaje, abrir el coche y sacar el coche del garaje, el joven abrió los ojos.

El joven observó la habitación en la que llevaba ingresado varios meses. Había estado en otras del mismo piso y todas le parecían iguales, iguales de frías, iguales de aburridas, iguales. Llevaba un par de días sin un compañero de habitación. El último había sido un hombre mayor al que le quedaba poco para dejar este mundo. El joven no habló con el durante la estancia del anciano pero supo que había tenido una vida triste y no merecía morir conectado a máquinas y tubos de plástico.

El chico miró el paisaje que ofrecía la ventana de su izquierda. Anochecía con velocidad ese día de invierno. Levantó los ojos, como intentando escuchar el ruido que se producía en el pasillo, a las afueras de la habitación. Las ruedecillas de una camilla rodaban como un automóvil por el circuito por el que entrena día tras día. El joven decidió perder su vista momentáneamente para agudizar su escucha. Al oír el chirrido de las ruedecitas de la camilla que alguna enfermera arrastraba calculó el peso del cuerpo que aguantaba la cama. Por el peso debía ser un hombre de unos 80 kilos, lo suficientemente alto como para ocupar la mayoría de la largura del colchón, si hubiese sido más pequeño, las ruedas de atrás hubiesen sufrido mas el peso del varón que por el momento era incógnita para el joven. Escuchó como la camilla iba perdiendo velocidad y dejó de afinar el oído para recuperar su vista ya que la camilla que ahora era la comidilla del joven iba a entrar por la puerta de su habitación.

-Necesito mi teléfono móvil, caballero, debo volver a casa.- Le replicaba un hombre de unos 35 años al enfermero mientras giraba absurdamente el cuello para intentar verle la cara al enfermero, por supuesto su cuello no era todo lo móvil que el quería y no veía al enfermero que desde detrás empujaba su cama.

-Ya le he dicho, señor, que no puede volver a casa hasta que se recupere. Podemos llamar a algún familiar para que se lo traiga…- El nuevo paciente de la habitación del chico se sobresaltó durante un segundo y luego intentó ocultarlo como buenamente pudo.
-No se preocupe, caballero.-cambió de idea el ingresado.- Ya los llamaré yo.

“Pero si no tiene el móvil a mano” pensó el joven que observaba la representación. El hombre de supuestos 35 años respondía al nombre de Carlos y despachó con prisas al enfermero que segundos antes le suplicaba ayuda. El enfermero acostumbrado a este tipo de chiflados, no tardó en abandonar la sala pensando en las horas que le quedaban para terminar el turno.

El joven volvió a observar la nocturnidad urbana que rodeaba el paisaje exterior mientras que Carlos revolvía su propia mente con nerviosismo para encontrar un plan para recuperar su móvil. Después de unos minutos cavilando una solución, no encontró una y golpeó el colchón que respondió con un sonido mudo.
-¡Mierda! Me van a despedir.
El comentario del adulto llamó la atención del ingresado mas joven de la sala que giró lentamente la cabeza –casi tetricamente- de un extremo al otro de la habitación. Se fijó en el hombre desesperado y resopló por la nariz a modo de corta risa.
-¿Te hace gracia, cabrón?
El joven levantó las cejas a modo de sorpresa y decidió seguirle el juego. El chico asintió con la cabeza con aires de superioridad. Carlos empezó a blasfemar y el chico volvió a girar la cabeza para volver a disfrutar del paisaje de la ventana. Esto irritó mas al tipo que se tiró hablando solo hasta que el enfermero trajo la cena. Después de cenar, los dos durmieron.

A las 3 de la mañana, el joven se desveló. Observó que el hombre mayor descansaba. Se aburría de sobremanera. Quería salir de la habitación. Decidió salir a dar una vuelta. Se levantó de la cama, se quitó la vía que lo unía al suero y se acercó hasta la taquilla de Carlos. Empezó a rebuscar por los bolsillos de la camisa y los pantalones hasta que dio con la cartera del “moviladicto”. Sacó el DNI del sujeto y descubrió donde vivía. “Vamos a traerle el teléfono al gilipollas este” pensó y se acercó a la ventana una vez se vistió y cogió las llaves del piso. Tras abrir la ventana, se subió al marco de esta y confirmó con un vistazo que los setos seguían cuatro pisos mas abajo. Perdió la vista, el tacto, el olfato, el gusto y tras verificar que nadie se encontraba cerca del lugar con el oido, perdió ese sentido también y se dejó caer.

“¡¡Jodeeeeeeeeeer!!” después de aterrizar en los setos y partirse la mayoría de huesos del cuerpo empezó a sentir un dolor terrible. El muy imbecil se había olvidado de desactivar el sistema nervioso. Y quince minutos después, tras que se le regenerase el cuerpo de las roturas y las heridas, se levantó. Se limpió como pudo y empezó a andar camino a casa de Carlos.

Cuando entró al piso, se dio cuenta de que era un piso alquilado por la forma en la que estaban dispuestos los muebles de diferentes estilos. Nadie podía tener un gusto tan malo para decorar una casa, era un piso de paso en que no se reparaba en su imagen. El lugar estaba bastante ordenado y pulcro. Revisó la cocina, el salón, el baño y finalmente el dormitorio. Al primer vistazo en este último cuarto se encontró el móvil que descansaba en la mesa de escritorio. Y cuando ya estaba lo bastante cerca para cogerlo con la mano, reparó en el ruido que producía un ventilador de ordenador que estaba encendido. El joven se sentó en el asiento destinado para el ordenador y encendió el monitor que previamente estaba apagado. La curiosidad de por qué el ordenador andaba encendido y trabajando pronto dio su respuesta. Un servidor casero, distribuía imágenes de niños desnudos, además de abusos y relaciones sexuales con niños y niñas. “Vaya” pensó para si mismo mientras recordaba la vez que intentaron abusar de el hace 10 años y hace 15 y hace 50 y hace 100 y hace 1000….
Formateó el ordenador de forma que no se encontrase foto y video alguno. Empezó a buscar por la casa y dio con cintas de video, dvds y álbumes de fotos. Los destrozó y los metió en una bolsa de basura. Cogió el teléfono móvil, lo guardó en el bolsillo y salió del piso. Tiro en el primer contenedor que vió todo el material que había encontrado.

Cuando ya estaba dentro de la habitación del hospital, cerró la ventana, se cambió de ropa y colocó el móvil en la mesilla del otro ingresado. Balanceó al hombre que dormía tranquilamente. -¡Eh! Despierta…

El tío abrió los ojos y vió al joven de pie observándolo. – Tu movil, ahí lo tienes.
El hombre descubrió el movil y empezaron a recorrerle sudores fríos.
-Y sí, lo he visto.
-¿Q-q-quien eres?- Le temblaba la voz, el cuerpo, no sabía si estaba soñando, si era una mala pesadilla o si en verdad estaba pasando lo que le acontecía. Era un manojo de nervios. El joven pulsó el botón del timbre de la camilla del hombre y se dirigió a la cama para tumbarse. El hombre miraba atónito la escena y veía como el joven se alejaba y cuando llegó a la otra cama, se metió y le dio la espalda.
-¿Quién soy?....Castigo…

La enfermera de guardia vió encenderse la luz de aviso y tiró por los aires la revista de prensa rosa que estaba leyendo por los aires y salió volando, como la revista, de camino a la habitación de donde procedía el timbre. Allí se encontró a un niño que dormía y un hombre que descansaba ya muerto por un infarto de corazón.

23 Feb 2008

Agredió a la mujer de su vida hasta la muerte

Esta tarde me he puesto a escribir y ha salido esto. El relato puede resultar violento. Esta ambientado en una transfondo para un juego de rol que empecé a escribir hace unos años en la que los protagonistas eran personajes con una doble personalidad en la que cada una de ellas tenía unas habilidades especiales que la otra no tenía. Al juego lo llamé Alter Ego y lleva bastante tiempo muerto. OZN me pidió hace unos días que escribiese sobre esa ambientación y esto es lo que se me ha ocurrido. Si alguien se queda con dudas después del relato, quizás le venga bien leer este artículo.

Agredió a la mujer de su vida hasta la muerte.

Cascote se refugiaba de la lluvia bajo el techo de un par de cartones. El ruido de la ciudad había dado paso a la sinfonía de la lluvia. Cascote no había reparado en ello, estaba concentrado. Como todos los días, Castote rellenaba cuadernos de hojas cuadriculadas sin descanso. Escribía sin parar formulas y ecuaciones que una musa le susurraba al oído. Su cerebro trabajaba a unas velocidades que jamás había pensado. Parecía que escribía por intervención divina. Sin embargo, Cascote estaba seguro de que si un Dios existiese, no iba a reparar en un sin techo como el.

No todos hemos nacido para ser buenas personas.

Javier Hernández nunca fue un tipo con suerte. De pequeño vivió en una casa destrozada por el alcohol y las drogas. Su padre era un camello que siempre volvía a casa bastante afectado por las drogas. Sus cambios de humor eran bastante drásticos y su madre o él eran conscientes físicamente de la furia del patriarca de la casa. Javi, como le llamaba su madre, no se preguntaba porque su progenitor se comportaba así, era como lo había conocido y no tenía otra razón de ser. Su madre decidió abandonar a su padre y se llevó a Javier con ella. La pobre mujer recibía amenazas de su marido y un día fueron localizados en el piso alquilado que su madre tenía. Su padre tiró la puerta del nuevo hogar de Javier abajo y agredió a la mujer de su vida hasta la muerte. Javier echó a correr por la calle.

Javier fue encontrado un día después por una amble vieja que le llevó ante la policía. Se le llevó a un piso de acogida y creció con otros jóvenes de similares características: Una familia que no podía seguir viviendo con el. Javier hizo amigos y cuando cumplió la edad necesaria pudo salir de la casa de acogida.

Consiguió un trabajo en un garaje. No estaba mal pagado y podía pagarse un piso en alquiler. Pasaron los años y conoció a Marta. Se conocieron en un bar y terminaron viviendo juntos. Tuvieron un hijo y tenían en camino un segundo, decidieron casarse. El nunca fue el mejor marido ni ella la mejor esposa del mundo, pero se soportaban y apartaban sus almas del vacío existencial.

Una noche Javier se desveló. No podía volver a dormir y empezó a pensar en cosas en las que nunca había reparado. Preguntas sobre el por qué de las cosas. Tras un cigarro, se dio cuenta de que la inquietud que le devoraba por dentro no era calmada con la nicotina. Se fue hasta el salón, abrió un cuaderno, se sentó en el sofá y empezó a escribir.

Al día siguiente, fue despertado por su mujer alarmada.

-Cariño, te has quedado dormido, vas a llegar tarde a trabajar.

-¡Cállate puta! – Respondió mientras se despertaba, la golpeó, cogió el cuaderno y salió por la puerta de casa.

Ese día, Javier Hernández no acudió al trabajo. Se sentó en un banco de un parque cercano a su casa y siguió rellenando el cuaderno. Cuando terminó de escribirlo, paró un segundo y repasó todo lo que había escrito durante la noche anterior. Eran fórmulas físicas, ecuaciones matemáticas y datos de genética que jamás había estudiado porque nunca había mostrado el mas mínimo interés por los estudios. Lo que mas preocupaba a Javier es que entendía el trabajo que había realizado. Decidió ir a la biblioteca.

Hasta que no llegó la noche, Javier se había pasado el día entero en la biblioteca leyendo libros. Estudios, biografías, proyectos… Nunca había sido aficionado a los libros y recordaba costarle mucho leer. Ahora pasaba las hojas en segundos, entendiendo todo lo que sus ojos repasaban. Conseguía memorizar las páginas de memoria y llevaba 42 libros leídos más otros 54 hojeados. Volvió a casa con 7 libros en préstamo. No dijo ni hola al entrar por la puerta de casa, se encerró en un cuarto y no salió hasta la mañana siguiente. Oía a su mujer Marta preguntar por el, si andaba todo bien, mas tarde escuchaba como lloraba mientras golpeaba la puerta y finalmente notaba como seguía acurrucada al lado de la puerta, sentada en el suelo, sollozando.

Amaneció y Javier Hernández había rellenado 11 cuadernos de 500 hojas cada uno. Repitió la jugada del día anterior, acudió a la biblioteca y siguió revisando libros. Cada día trabajaba mas rápido, necesitaba alimentarse varias veces al día para producir la energía suficiente para no quedarse dormido. Rendía más de lo normal. Para el cuarto día, se había quedado sin libros en la biblioteca que pudiese leer. Esto le hizo enloquecer. De vuelta a casa, su mujer le esperaba en el pasillo de su casa. Le llamó de todo a su marido. Marta lo empujó y empezó a golpearle en el pecho. Javier, en un ataque de ira como la primera vez que golpeó a su mujer, pocos días antes, agarró a la mujer y la estampó contra la pared del pasillo. La mujer empezó a chillar y a intentar escurrirse de la nueva amenaza de casa. Javier la agarró del pelo y la arrastró hasta el baño. Allá empezó a golpearla, cogió la cabeza de su mujer y la estampó repetidas veces contra el bidé. El charco de sangre empezó a hacerse demasiado grande, Javier cerró los ojos y los volvió a abrir. Se asustó de lo que veía. Su mujer sangrando en el suelo, sus manos manchadas de sangre. Se notaba cansado, terriblemente cansado. Oía la voz de su hijo preguntando entre lloros si todo iba bien. Su mujer no paraba de llorar tumbada en el suelo pidiéndole entre ahogadas voces que la dejase en paz. Se intentó quitar las manchas de sangre y salió corriendo del que un día había sido su hogar con todos los cuadernos que había escrito.

Pasaron los días y Javier Hernández era un hombre buscado por maltrato. Durante esos días, Javier empezó a preguntarse que había pasado. No entendía ni un dígito de lo escrito en sus cuadernos que solo sabía que eran importantes. Recordaba la imagen de su mujer llorando ensangrentada. No entendía como pudo pasar aquello. Nunca había seguido los ejemplos de su padre maltratador y sin embargo, la historia se volvía a repetir una vez más. La ira se había apoderado de él en varios momentos pasados en los que trabajaba sobre aquellos cuadernos misteriosos. No encontraba una razón lógica al asunto. Su cerebro ya no trabajaba tan rápidamente como antes y su comprensión lectora era ridícula. Mientras caminaba por un callejón dándole vueltas a la cabeza, varias personas le dieron el alto. Hombres encapuchados le cerraron el paso, le golpearon hasta que lo dejaron inconsciente y se lo llevaron junto con los cuadernos.

Cascote no recuerda muchos datos de su pasado. Se acuerda de pequeños recuerdos demasiado distorsionados. Siempre que recuerda uno, se lo apunta en otro cuaderno que tiene específicamente para ello. Ya lleva escritas varias páginas, sabe que aún le queda mucho para recordar quien fue una vez. Tiene una marca debajo del brazo que simula un siete y que a veces le duele. No recuerda haber nacido con ella. También recuerda haber trabajado con los datos que ahora escribe en sus cuadernos pero no sabe porque no tiene los cuadernos en los que juraría que un día los escribió anteriormente. En sus cuadernos se encuentra una nueva forma de energía renovable, la cura contra el Cáncer y el Sida y la forma de viajar a la velocidad de la luz. Por el momento guarda estos descubrimientos con recelo, han venido varias veces a arrebatárselos. Ha conseguido recudir a 15 de estos curiosos y tuvo que matar en varias ocasiones a sus perseguidores. Su fuerza y reflejos son humanamente imposibles pero todavía siguen viniendo. Un día le paró una mujer por la calle. Ella rompió a llorar y le pidió que volviese a casa con ella y sus hijos, le dijo que le perdonaba mientras le abrazaba. Cascote con miedo a que fuese otra trampa de sus perseguidores, echó a correr y dejó a la mujer llorando de rodillas.

17 Feb 2008

No todos los hogares son para siempre

He escrito un pequeño relato. Hacía mucho tiempo que no escribía. Antes tenía mucho mas tiempo que ahora. No es nada del otro mundo pero me apetecía escribir algo:

No todos los hogares son para siempre.

Le quito el trapo de la cara. Me pregunto por qué tapan la cara de los muertos. ¿No quieren recordar que está muerta? ¿Les repugna la muerte? Sus ojos están cerrados y su cuerpo yace en el suelo, inerte, frío. No tuve mucho tiempo para conocerla. Dijo venir de un refugio que terminó siendo reducido. Aunque tenía síntomas de inanición, sonreía al ver que existía vida en esta casa. No se le trató con la amabilidad y el respeto que merecía. Dos de los nuestros salieron de la casa cuando ella intentaba lentamente llegar hasta la puerta. Apuntándola con armas automáticas se le obligó a tirarse en el suelo y quedarse quieta. Si no respondía a la orden estaba claro que no estaba entre nosotros y había que mandarla con San Pedro. Nuestros hombres la inmovilizaron y la llevaron a rastras hasta un cuarto oscuro. La desataron, la empujaron, introdujeron una caja de galletas y cerraron la puerta con llave. Allí debería permanecer dos días.

Mientras tanto, la vida en la casa no era un lujo. Los supervivientes nos sorteábamos cada día el tener que ir a por cualquier cosa que nos sirviese. Comida, ropa, mantas, combustible… Perdías la noción del tiempo. No importaba si era de día o de noche, las ganas de vivir disminuían según avanzaba el calendario. Salir de la casa era la mayor posibilidad de acabar en el otro barrio. No sabias donde se escondían, ni cuando te encontrarías con ellos. Nadie se quería convertir en uno de ellos.

Los nervios se suprimían con golpes. El dialogo había sido derrumbado por el poder de la pólvora. Eras libre de irte de la casa pero si te ibas por tu propia voluntad, era para siempre. No era recomendable entrelazar sentimientos con los demás. Eso solo hacía mas difícil acabar con el individuo que te pedía a gritos que acabases con su vida en caso de ser infectado.

Pasaron los dos días. No había habido golpes en la puerta del cuarto oscuro. Eso significaba que la chica no se había convertido en una amenaza directa para la casa. Se le abrió la puerta. Se le ofreció una muda limpia. Se duchó y comió.

No todos los hogares son para siempre. Ellos llegaron un día a la casa y arrasaron. Terminamos con los que pudimos y huimos de la casa.

Ahora estoy en un pequeño descampado a las afueras de la ciudad. Tomamos un respiro para que los motores de los vehículos se enfríen. Ella fue mordida y tuve que apretar el gatillo. No sentí absolutamente nada cuando su cabeza golpeó el suelo. Pero después de eso, decidí llevarme el cuerpo y enterrarlo. Uno de mis compañeros le ha puesto un trapo en la cara. Lo retiro. Ella no tenía la culpa de haberle tocado vivir esta vida. No se por qué tapan las caras de los muertos.

Sobre este blog

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Mi madre no estará orgullosa

José Antonio Lázaro Espila. Nací y vivo en Logroño desde el 87. Estudio Ingeniería Técnica Informática en la Universidad de La Rioja, lo que me convierte en un chaval friki y me obliga a salir los jueves. Llevo pululando por internet desde hace tiempo. He creado varias comunidades virtuales que se hundieron como el Titanic (HispaMUGEN, Bitsunami..) y llevo "blogueando" unos cuantos años.

Vivo con papi y mami hasta que me peguen la patada o los precios de los pisos bajen. Busco ese negocio feliz que me haga dejar de estudiar. Hasta entonces, me pago los cubatas gracias a los derrochadores compradores compulsivos de eBay.

Mi correo: neokensou@hotmail.com

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