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La primera hostia

Hoy me ha tocado cumplir con una de esas reuniones sociales que acontecen por estas fechas, las comuniones. Otro festejo religioso que ya en mi época había perdido todo el sentido espiritual.

A la edad de 7 y 8 años, los niños y niñas ya están listos para hacer su primera comunión. Después de dos años acudiendo a clases de catequismo, los niños están totalmente formados, o eso parece, para recibir el cuerpo de Cristo. Los chavalillos no tienen ni idea de lo que están a punto de hacer. Ellos lo ven como su primera carrera de fondo. Luego llegarán carreras de fondo más complicadas como ligarse a una chica, convencer a los padres para comprarse una moto ó llegar más tarde de las doce a casa. La comunión es como un año de Reyes doble, el problema es que has tenido que invertir los años anteriores para poder recibir el segundo día de Reyes. Tienes que sembrar todos las semanas una hora en la parroquia para luego recolectar posteriormente. Un verdadero coñazo.

El día de la primera comunión es un día en el que te conviertes en príncipe o princesa. Todo el mundo te adora y te quiere porque has recibido tu primera hostia y porque tus padres invitan a comer a tu familia y resto de invitados. Ni a tus padres les hace ilusión aflojar el dinero ni a tus familiares tener que comerse la misa, por eso siempre hay un “Comando Bar” que empieza el picoteo mientras se celebra la misa.

Y allí estaba yo esta mañana, en la casa de Dios. Con la tontería ya he tenido que acudir a misa dos veces este año, una la semana pasada con motivo de la fiesta de 1 de Mayo en Trevijano y hoy en la comunión de mi prima. No es que odie a los curas, ni nada parecido, he tenido trato con varios de ellos e incluso he tenido familiares dedicados al oficio de orador, pero es que después de haber tenido que acudir durante toda mi niñez a misa, uno ya se sabe todas las cartas a los corintios y todas los pasajes bíblicos. Da igual que te ausentes durante un tiempo, el cartel de las películas no se renueva.

Los catequistas tocan diana por el micrófono de la iglesia y todo el mundo se sienta en sus asientos, hoy no había muchos interesados en ver a sus sobrinos y nietos porque la iglesia estaba vacía. Debía haber mucho Comando Bar. Ahora llega el momento de gloria de las pequeñas criaturas. Como si de subir a un transbordador espacial se tratase, los enanos embutidos en trajes de marinero y en exageradas faldas de condesa van andando a cámara lenta hasta sus bancos con una sonrisa Vitaldent y peinados con raya a un lado cony un kilo de gomina que se llevaban cuando la televisión era en blanco y negro. A las madres se les cae una lágrima y se llevan la mano al pecho diciendo: Ese es mi hijo. Pero sus hijos no se van a la guerra o van a explotar de camino a la atmósfera.

El directo es un problema enorme para esos pequeños diablos. El cura empieza a hablar de lo bonito que es el acto de comulgar, lo mágico que es la fe y esta empeñado en juntar la religión con la paz. Cuando el micrófono cae en manos de los infantes, se les pregunta por quien se quieren acordar en este momento tan importante de sus vidas. Siempre son tres cosas, su familia, los pobres y sus amigos, no fallan, nunca. La famosa frase de los tres elementos. Como el primero de los chavales ha soltado la frase de los tres elementos y ha quedado como un señor, su compañero de banco no tiene más remedio que repetir la frase de los tres elementos para no ser menos que su colega de la izquierda. A mi me tocó en su momento decir la conocida frase de los tres elementos. Es un pequeño recurso que va pasando generación tras generación de comulgados, lo malo que yo no vi un pobre hasta mucho después de comulgarme. Por aquel entonces, los pobres eran entes que debían existir para pedir por ellos en misa.

Llega el momento en que la función termina. Los niños han terminado de comulgar y el cura dice la frase que todos conocemos “Podemos ir en paz, demos gracias al Reloj”. Pero una misa no es una misa si un niño no llora y un teléfono móvil no suena inesperadamente y a la hora de colgar la llamada, erras en el botón y el móvil suena más alto. Luego solo queda irse a comer.

Me entristece ver que un acto religioso se haya corrompido de tal forma. En la época de nuestros padres no había regalos exagerados. Tampoco tenían unos Reyes como hemos tenido nosotros. Es cierto que por aquel entonces la religión estaba mucho más presente y ¡Vive Dios que el niño se iba a comulgar! No vaya a ser que se corrompiese.

Yo era de los que en catequesis le preguntaban si se comulgaba por los regalos y decía que no y luego hacía cuentas de las cosas que podría comprarme con el dinero que me diesen mis familiares.

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Sobre este blog

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Mi madre no estará orgullosa

José Antonio Lázaro Espila. Nací y vivo en Logroño desde el 87. Estudio Ingeniería Técnica Informática en la Universidad de La Rioja, lo que me convierte en un chaval friki y me obliga a salir los jueves. Llevo pululando por internet desde hace tiempo. He creado varias comunidades virtuales que se hundieron como el Titanic (HispaMUGEN, Bitsunami..) y llevo "blogueando" unos cuantos años.

Vivo con papi y mami hasta que me peguen la patada o los precios de los pisos bajen. Busco ese negocio feliz que me haga dejar de estudiar. Hasta entonces, me pago los cubatas gracias a los derrochadores compradores compulsivos de eBay.

Mi correo: neokensou@hotmail.com

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