Carmen Herreros
01 Mar 2007
La embriaguez femenina en la antigüedad romana: Entre el placer y la prohibición
"Baño, vino, mujeres, éstas son las cosas importantes de la vida", esta afirmación es, en realidad, el epitafio que descansaba en una tumba de un romano de clase media de la ciudad de Roma. Similar a este epitafio existía un proverbio que decía: "Baño, vino y Venus desgastan el cuerpo, pero son la verdadera vida" He querido empezar la exposición con ambas expresiones porque creo que recogen de forma muy sintética y clara cuáles eran los principales placeres del hombre romano en la antigüedad.
Es curioso, por otro lado, que mientras que el hombre disfrutaba de vino y mujer al mismo tiempo, entre ellas no se podían mezclar, ya que la mujer romana no debía, ni podía relacionarse con el vino en ningún ámbito o aspecto: no podía administrarlo, no podía servirlo, no podía guardarlo y, no podía, ni muchísimo menos, beberlo.
El punto de partida fundamental para hablar de esta relación de la mujer con el vino, y por lo tanto de todas las prohibiciones al respecto, no se encuentra ni en el vino ni en la mujer, sino en el hombre y en la concepción que tenía de ambos elementos.
En el mundo romano existía por parte del varón un recelo hacia la figura de la mujer de forma generalizada, un ser al que consideraba diferente, extraño, difícil de controlar y fuera de toda comprensión. La mujer era considerada como un ser falto de dominio y que, incapaz de controlar sus emociones, muliebris impotentia, actuaba bajo los criterios de la irracionalidad. Todo esto provocó que desde tiempos muy antiguos intentara tenerla controlada y sometida mediante diferentes mecanismos.
Livio, por ejemplo, alertaba elocuentemente a los hombres de la conveniencia de que las mujeres estuvieran subordinadas a los hombres, pues de lo contrarío podrían revelarse como seres peligrosos que alteraban los mores maiorum, es decir las costumbres de los mayores, la tradición moral, las normas, las reglas. Lean sus palabras: "Examinad todas las leyes relativas a las mujeres con las que vuestros antepasados sujetaron las libertades de las mismas y mediante las cuales las sometieron a los maridos. Y aun cuando estando limitadas por todas estas restricciones, apenas las podéis dominar. ¿Qué ocurriría si les permitierais desbaratar esas leyes una a una, dislocarlas y, en fin, que se igualasen a sus maridos? ¿Creéis que podríais soportarlas? En cuanto comiencen a ser iguales serán superiores".
¡Simpático el amigo Livio¡
Así pues el hombre contaba con diferentes mecanismos para poder preservar el orden social establecido con el que pretendía mantener a la mujer en el lugar que le correspondía: en un auténtico segundo plano.
El primer mecanismo utilizado era la institución del matrimonio, que unido a la procreación se convirtió en la primera y casi en la única función de la mujer. El matrimonio era el estado civil por excelencia en el mundo romano por lo que no debe ser visto como algo negativo por definición pero sí en cuanto a que era la única posibilidad de futuro que tenía una mujer, mientras que para el hombre era diferente. La mujer debía casarse y si las expectativas no eran tales podían llegar a ser eliminadas de sus propias familias, ya que no tenían función en otro ámbito. Evidentemente del matrimonio se esperaba la castidad y la obediencia de la mujer.
Un segundo mecanismo, directamente ligado al matrimonio, fue el aislamiento de la mujer a un espacio muy concreto: el espacio doméstico, el de la casa, el espacio privado de la familia. Además el hombre privó a la mujer de la palabra, que es la que en el mundo romano definía al varón a través de su vida social pública en el foro y en la política, ámbitos completamente vedados a la matrona o mujer decente. Se consideraba que las mujeres no eran capaces de mantener conversaciones sino solamente de chismorrear, de hablar de lo que no debían y como no debían.
Y finalmente el hombre prohibió a la mujer que bebiera vino, siendo aquí donde nos adentraremos en profundidad.
Es evidente, hoy y siempre, que los efectos/poderes que la ingesta de vino produce son explícitos en ambos sexos, pero la realidad es que se han considerado completamente diferentes dependiendo de si se trataba de varones o de hembras, o por lo menos así lo consideraban en la antigüedad, convirtiéndose el beber vino en uno de los elementos de diferenciación de género más importantes.
El vino era un emblema de reconocimiento exclusivamente masculino en el mundo romano, del que se debía alejar a la mujer absolutamente a cualquier precio. Este intento del hombre de apartar a la mujer del vino tiene su origen en Roma ya en los tiempos de Rómulo, pues como nos recuerda Plinio el Viejo (nat. 14, 13, 89) la mujer de Ignacio Metenio fue asesinada a golpes de bastón por su marido por haber bebido vino de una botella, marido al que después Rómulo absolvió de la imputación de asesinato porque ¡solo había hecho lo que le correspondía¡.
De hecho la prohibición de que la mujer bebiera vino era tan importante que entre las tareas domésticas, que formaban parte de las funciones de la mujer, había una que bajo ningún concepto debían realizar, que era la administración y el cuidado del vino, tarea realizada por el hombre. El vino era guardado en la bodega y la llave era custodiada exclusivamente por el pater familias. Además para controlar la abstinencia de la mujer los familiares cercanos a la misma masculinos debían efectuar la prueba del ius osculi, la prueba del beso, que consistía en besar a la mujer en la boca para comprobar el olor y el sabor de su aliento y así cerciorarse de que realmente no había bebido vino.
Efectivamente por ley y por tradición la mujer no podía beber vino, estaba prohibido legalmente, lo que se justificaba con la alusión a los efectos que la bebida tenía sobre la fémina, que según los romanos hacían aflorar su verdadera naturaleza, haciendo tambalear la seguridad del orden social y moral establecido que comentábamos al inicio.
El varón consideraba que cuando una mujer bebía vino desaparecía automáticamente la mujer decente, la matrona, y aparecía un nuevo sujeto completamente corrupto que no actuaba como debía alejando su comportamiento del que se esperaba de la matrona, casta, pura y obediente. De hecho si atendemos a la norma general transmitida por la mayoría de los textos, nos cercioramos de que en cada momento en el que la mujer llevó a cabo un acto de rebelión en el que se incumplía ese orden establecido, y que podía referirse a la ruptura de cualquiera de las normas que venimos citando como no casarse o no quedar recluida en la casa y dedicarse a otros menesteres, como podía ser la prostitución, o participar en conversaciones, o pasear sin reparo por el foro, o beber vino, la mujer era tratada literalmente como una loca y excluida de la "sociedad de los normales". Era la forma que el romano tenía de defenderse: si no podía controlar, excluía con cualquier excusa. La mujer se convertía así en una "paria social" fuera de toda consideración ¡simplemente por beber vino! Además las fuentes son muy irónicas e hirientes y presentan a la mujer que ha bebido vino como una auténtica borracha que no sabe lo que hace. Evidentemente son hombres los que transmiten la información.
Pero lo cierto es que el romano, como comentábamos, alegaba motivos muy concretos para justificar la prohibición de que la mujer bebiera vino.
En primer lugar porque provocaba una importante desinhibición, que directamente la inducía a la promiscuidad, castigada en el mundo romano incluso con la pena de muerte. Esto resulta muy curioso porque la promiscuidad aunque castigada por las leyes de Augusto, muy preocupado por recuperar el tradicionalismo romano, era socialmente aceptada para el varón, incluso aunque estuviese cometiendo adulterio De hecho sabemos que cuando el varón bebía mucho vino, al que por cierto tenía mucha menos resistencia que la mujer, se dedicaba a flirtear con cualquier fémina que se le acercara. Lo que valía para el hombre no valía para la mujer.
Directamente relacionado con este efecto atribuido por el romano al vino en la mujer (la promiscuidad), existía una creencia según la cual el vino injerido por la mujer pasaba a formar parte de su organismo y a cohabitar con él, la llamada commixtio sanguinis, que será interpretada como adulterio en las castas esposas, porque se consideraba que se había introducido un elemento extraño que, además de estar prohibido, destruía la pureza de la sangre de la mujer decente y, por extensión, de toda la familia
En segundo lugar los romanos creían, además, que el vino tenía propiedades abortivas y que las mujeres lo bebían con el fin de eliminar a los fetos que llevaban en sus vientres. Esta práctica era muy criticada en relación a las matronas porque una de sus pocas funciones, como decíamos al inicio, era la de procrear. De hecho Augusto dictó leyes para incitar la procreación y castigar las prácticas abortivas con el fin de elevar los índices de población.
Esta idea sobre las propiedades abortivas del vino en las mujeres se contradice con algunos tratados de medicina y agricultura en la época clásica, en los que las propiedades terapéuticas del vino eran utilizadas para varias cosas, incluso para favorecer la concepción según algunos (Plin. nat. 22, 83, Cael. Aurel. Gyn. 1599). Esta confusión tiene que ver con que los antiguos romanos no tenían muy claras las diferencias entre los métodos anticonceptivos y los métodos abortivos, porque había un gran desconocimiento sobre el período de gestación de forma precisa, ya que no se sabía de forma exacta cuándo una mujer se había quedado embarazada. También tiene que ver con el hecho de que de nuevo son los hombres los que escriben y debemos preguntarnos hasta qué punto ellos podrían conocer realmente los métodos utilizados por las mujeres en general para evitar quedarse embarazadas.
Una tercera causa relacionada con el vino y por la que también se prohibía su ingesta a las mujeres en general era porque se le atribuían propiedades divinas como la inmortalidad y el poder de vaticinio a través de la celebración de determinados ritos, consideraciones heredadas del mundo griego y de patrimonio exclusivamente masculino. El vino era utilizado en muchos ritos religiosos en los que a través de las libaciones se creía que llegaba a identificarse con la propia divinidad, adquiriendo así esas dos cualidades que comentábamos y que se traspasaban a su vez a la persona que lo injería, que era el que había llevado a cabo el rito. Pero el vino también se utilizaba en rituales propiciatorios privados, que muchas veces fueron llevados a cabo por mujeres. Nos estamos refiriendo, sobre todo, a ritos relacionados con cuestiones de amor y que han sido transmitidos por la poesía elegíaca. Por ejemplo, cuando una joven quería saber su futuro o cuando deseaba un conjuro para conseguir al hombre amado o fastidiarlo. Cuando no salían bien se les echaba la culpa a las supuestas vaticinadoras, que habrían tenido que beberse el vino que habían usado en el conjuro y a las que Ovidio llama muy significativamente y en numerosas ocasiones ebria, es decir, adivinas borrachas, les estaba diciendo que bebían vino pero que ese vino sagrado, en contra de lo que sucedía con el sexo masculino, no les proporcionaba verdaderas cualidades proféticas, sino vulgares borracheras que las hacían desvariar.
Otra de las causas por las que el romano prohibía la ingesta del vino a la mujer era porque mientras que las mujeres romanas se caracterizan por la falta de la palabra, la ingesta de vino inducía a la locuacidad y esta era muy mal vista en una mujer. Que el vino hiciera hablar a la mujer era considerado muy peligroso porque podía llegar a desvelar a los demás secretos de su familia.
Todas las razones que acabamos de ver son un claro ejemplo de la manipulación que el hombre romano hacía sobre los efectos del vino según le convenía y presentan, de forma muy clara y evidente, cómo el no dejar beber vino a la mujer es un claro ejemplo del intento de control social por parte del varón y están directamente relacionados con la pérdida de las virtudes y cualidades propias que el romano varón les atribuía: castidad, obediencia, silencio... Por lo tanto esa prohibición es una forma más de control social sobre la mujer, una forma de evitar que se rompiera el código moral que él había establecido y en el que la mujer quedaba en un claro segundo plano.
De hecho igual que eran castigadas otras transgresiones realizadas por la mujer en otros ámbitos el beber vino, y sobre todo si la mujer se emborrachaba, estaba brutalmente penalizado. Plinio, Valerio Máximo, Tertuliano o Plutarco son algunos de los autores clásicos que nos recuerdan los castigos, entre los que destacan siempre las fuertes palizas con bastones, como la que Metenio propinó a su esposa, que acababan en fatales asesinatos. Solían ser castigos tan duros a nivel físico que han llegado a compararse con los infligidos a las vestales si rompían su voto de castidad.
Si bien es cierto que pese a todas estas prohibiciones la mujer seguía bebiendo vino, en primer lugar porque existían de forma legal un conjunto de vinos que sí podían ser consumidos por la mujer y en segundo lugar porque la mujer empezó a partir del siglo I a. C. un proceso de emancipación e independencia muy importante, como ya han señalado algunos autores, que todavía hoy no ha finalizado.
A partir de la llegada de Augusto las cosas cambiaron notablemente en relación a los marcados roles sociales que cada uno debía desempeñar porque se produjo un ambiente de paz generalizado que desembocó en una situación de libertad, placer y tiempo libre de la que tanto hombres como mujeres se aprovecharon.
La mujer, harta de su papel de hija casta y esposa abnegada empezó poco a poco a introducirse en el ámbito masculino, a hacer lo que le daba la gana, sumándose sin reparo a todo lo que eran actividades propias del campo de los hombres, actividades como la asistencia continuada a los banquetes con entera libertad, la entrega a la diversión, a los placeres sexuales... Es en estos momentos, por ejemplo, cuando muchas mujeres decentes se registraron como prostitutas en los burdeles, con el fin de poder dedicarse libremente a las prácticas sexuales, tan restringidas dentro de su vida matrimonial. Incluso la propia Mesalina, esposa del emperador Claudio, se apuntó a tales prácticas. Las mujeres empezaron a participar en conversaciones, a ir y participar en los juegos, bailes... actividades entre las que no va a faltar el acceso a todo aquello que les estaba prohibido, como el beber vino, un acto que se reveló como el más desafiador al código moral.
Esta nueva actitud fue muy mal vista por parte de los hombres, que intentaron dañarlas y desprestigiarlas en todo lo que les fue posible. Juvenal, Horacio, Marcial o Propercio vas a ser los principales detractores de las mujeres, contando de forma muy hiriente y exagerada sus actos. Un epigrama de Marcial, por ejemplo, que ironiza y ridiculiza a la mujer por beber vino cuando ellos llevaban siglos haciéndolo, reza así: "El que cree que Acerra huele a vino del día anterior, se equivoca: Acerra bebe siempre hasta el amanecer" (Epi 1, 28)
También es verdad que este proceso arrancó durante la republica pero fue durante el imperio cuando se crearon las condiciones para que tuviera más relevancia. Las mujeres adquirieron mucho protagonismo tanto por esa nueva actitud que habían tomado como por el uso placentero que el hombre hacía de ellas. Si bien es cierto que hablar de emancipación femenina es, quizá, excesivo, porque todas estas transgresiones las realizarían las mujeres decentes de la clase alta, con posibilidades reales de actuación y nunca las clases sociales bajas que se debían a su supervivencia, ¿quién se imagina a una esclava transgrediendo las normas? Simplemente si quería sobrevivir, no podía.
Por lo tanto y a pesar de todo, la ingesta de vino, de la que venimos hablando desde el inicio, estaba prohibida por igual a todas las clases sociales de mujeres, fueran libres o esclavas, casadas o solteras. Solamente las mujeres mayores, "las viejas", podían beber vino a placer, porque dada su edad y su inutilidad ya no se consideraban peligrosas, simplemente no valían para nada.
Para finalizar me gustaría señalar una paradoja importante y es que pese a los intentos del hombre de que bajo ningún concepto el vino y la mujer se unieran, ambos tenían muchos elementos en común, no solo porque se elevaban como los elementos de proporción de placer masculinos más importantes sino también por la dualidad que siempre los acompañó y definió: ambos representan la civilización, el vino romano frente a la cerveza de los bárbaros, y la mujer, como pilar del matrimonio y la procreación y, por lo tanto, de la continuidad, pero a la vez ambos eran barbarie, el vino por los efectos que podía producir y la mujer por su naturaleza. Además ambos eran símbolos de fertilidad el vino, de vida, igual que la mujer, con su capacidad de procreación, representada a través de la sangre de la menstruación y equiparada en este sentido en muchas ocasiones al vino.
Vino y mujer, iguales y diferentes, juntos y separados, fueron considerados en el mundo romano como dos de los elementos más importantes y es por eso que les hemos dedicado aquí estas breves líneas.
18 May 2006
Sobre Epitafios
"Baño, vino, mujeres, éstas son las cosas importantes de la vida", ¿lo son?, en realidad no se trata de mi opinión, sino del epitafio que un ciudadano romano del siglo I d. C. ordenó que se grabara en su tumba al fallecer. Y su familia así lo hizo. Era un hombre apegado a su vida y a sus costumbres, un hombre que seguramente amó a su familia tanto como a los que él consideraba los mejores placeres terrenales. Murió y quiso que su máxima fuera conocida por los demás. Estaba dando un consejo, una norma de vida que decidió que iba a presidir las horas de su muerte. En definitiva, era un romano normal
De hecho en general todos los romanos, daba igual la clase social, hacían grabar en sus tumbas variados tipo de mensajes, desde recuerdos para sus amadísimos familiares hasta exhortaciones para disfrutar de la vida, pasando por sugerencias de cómo repartir entre los herederos el terreno funerario, por saludos a los viandantes que pasarían por allí e incluso por consejos picantes o máximas llenas de humor. Era importante durante la vida tener preparado un buen epitafio para la muerte. Era importante dedicarle algo de tiempo. Y así durante todos los siglos que duró su civilización. Después solamente las personas más o menos "célebres" continuaron con la labor y en la actualidad en cada cementerio, según dicen las estadísticas, solamente se pueden encontrar uno o dos epitafios de este tipo, y en algunos ni siquiera eso
Si miramos hacia un pasado más reciente solamente poetas y escritores, actores y directores, han mostrado preocupación por elaborarse divertidos, tristes o irónicos mensajes póstumos. Groucho Marx, por ejemplo, haciendo gala de su cortesía se hizo grabar: "Disculpe que no me levante, señora", también a él se le atribuye otro que con un tono más ¿vengativo? dice "¡R.I.P. R.I.P. Hurra¡", era para su suegra. Miguel Mihura, el escritor de comedias, eligió: "Ya decía yo que este médico no valía mucho" y en una tumba de Nueva Inglaterra se puede leer: "Las lágrimas más tristes que se lloran sobre las tumbas son para las palabras que nunca se dijeron". Pero el que sin duda más se ajusta a un aspecto de la cruda realidad, que quizá algún joven decida elegir cuando lo conozca, puesto que todavía no se ha utilizado debido a que ha sido presentado nada más y nada menos que en concurso sobre epitafios que actualmente existe por Internet, reza así: "Gracias Señor, por aliviarme del pago de la hipoteca", ¡Cuánta razón¡, seguro que pensarán algunos.
A mi todo esto no me deja indiferente, ¿a ustedes sí? Romanos que se preocupan por titular a sus tumbas, personajes célebres que también, concursos por Internet... Yo voto por recuperar esa curiosa costumbre. Hemos tomado de nuestros antepasados muchas cosas, casi todas positivas, por lo que, ¿por qué no hacernos con esta? ¿No sería un halo de aire fresco entrar en un cementerio con un sentimiento que no fuera el dolor o la aprensión sino la curiosidad? ¿No nos haría más humanos? ¿Más terrenales? Una idea, un pensamiento, un sentimiento, un poco de humor. El interés social es evidente, importan, gustan, aunque luego nadie se atreve a hacerlos realidad. ¿Miedo al qué dirán?, parece bastante probable
A pesar de todo a mi la idea me gusta y ya he comenzado a pensar en el mensaje póstumo que dejaré, pero no es tan fácil como parecía. No me caracterizo precisamente por tener un gran sentido del humor, así que quizá, por eso, debería lanzarme por una vez. ¡Los que me conocen bien no lo creerían¡ Ya veremos. Tengo toda la vida para pensarlo aunque, ¿quien sabe cuanto dura la vida?
Sobre este blog
Por mi mirilla
carhergonzCarmen Herreros (Arnedo, 1979), es Licenciada en Historia por la UZ con D. E. A. y Suficiencia Investigadora por la UR. Becaria de Investigación del Gobierno de La Rioja durante cuatro años cuenta con experiencia docente universitaria en Historia Antigua, con numerosos artículos científicos publicados y con conferencias impartidas sobre la antigüedad, el vino, la mujer y el turismo. Ha realizado estancias de investigación en Alemania e Italia y tiene un Master y un Postgrado en Turismo y Patrimonio Cultural entre otros méritos.
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