Seguimos con el ciclo de literatura en blogs que durará hasta el Día Del Libro: Hoy la protagonista es Paula Ortega, con su blog ‘Reclamando Incongruencias’. Este fragmento se titula “Podrida” y os recomiendo muy muy encarecidamente que le eches un vistazo al fragmento y al blog completo
Era el momento, ese momento ansiado por muchos y vivido por otros, el momento en el que comienza la resaca del placer, donde cada elemento del todo parece perfecto y cada pieza después de encajar se convierte en algo único, singular. O al menos eso pensaba en otros tiempos, mejores o peores, o simplemente diferentes. En esos en que esperaba a fumarse el cigarrillo al menos los tres minutos que tardaba su respiración en normalizarse. En otros tiempos donde el instante era sagrado y por ello lo resguardaba, mimaba y protegía de cualquier estímulo externo, de cualquier cosa que pudiera infectarlo, pudrirlo hasta convertirlo en algo banal. Pero ya no era así, lo había permitido, el virus del recuerdo se había esparcido por su mente dándole a todo ese matiz insignificante, sucio.
Las frases y excusas martillearon su cabeza todo el rato.
“¿Por qué me lo has contado?, ¿para darme celos o algo parecido?, ¿para volver a acostarme contigo?” Una sonrisa. “No siento nada, creo que no me importa”.
“Quiero que te importe”.
“Sé que quieres”.
“Sabes perfectamente que me quieres”.
Un predecible cambio de planes.
Pero volvamos al presente, ¿qué ha pasado? La realidad se había evaporado, como en un sueño había volado y de repente se encontraba allí, desnuda en la parte de atrás de un coche con un desconocido fumando Marlboro, ni siquiera le gustaba joder. Necesitaba otro trago de whisky, como anoche. La cabeza le daba vueltas y las ganas de reír se le habían pasado con el éxtasis. El desconocido que no era otro que un viejo amigo la abrazaba con dulzura, tenía náuseas. Al igual que segundos antes volvía a recordar la conversación de no hace tantas horas.
“Vacía y totalmente hueca”. Esa, esa era la frase con la cual se habían despedido y al recordarla empezaba a encajar todo. Ya no le quería y dudaba de querer algo, tanto que la necesidad de que alguien se lo recordara, de que alguien la deseara y notara que la sangre corría por sus venas, era tan imperiosa que la había impulsado a venderse a la noche con un vestido y dos tacones. Y ese alguien estaba allí, susurrándole al oído palabras que posiblemente fueran bonitas, palabras acordes con la idea de que estos momentos deben ser mágicos, importantes. Pero ni siquiera las escuchaba, solo el final, que para su sorpresa terminaba con un “te quiero”.
“Por favor, cállate un segundo y llévame a casa. Mi marido estará esperando”.
Paula Ortega, Reclamando Incongruencias. Podrida

