15 May 2008

El día en que se metieron con la música...

Me acaba de llegar un mensaje de Decanter.com con las noticias del día. La verdad es que no puedo parar de reirme con un cierto terror ante los nadires a los que llegan algunos en el marketing del vino.

Resulta lo siguiente:

http://www.decanter.com/news/256206.html

Para los que insisten en no leer inglés, va de que Montes, el megaproductor de impotables chilenos, ha comisionado un “estudio” por científicos de la Universidad de Edinburgo para demostrar que acompañar ciertos vinos con ciertos tipos de música puede mejorar en X porciento la impresión que le hace a uno el vino. Así, según el artículo y por ejemplo, el cabernet sauvignon Montes Alpha resulta “un 60% más opulento cuando va acompañado por “una pieza poderosa como ‘O Fortuna’, del Carmina Burana de Carl Orff”.

¡Orff!. ¡Uf! Rimbombancia deluxe. Francamente, yo no podría. Bueno, para los efectos no es que se me vaya a ocurrir tampoco comprar y abrir el Montes Alpha. Pero bueno, se entiende la compatibilidad, dada en un individuo la confluencia de ciertas proclividades estéticas y sentimentales.

No quiero ni comenzar a imaginarme lo que maridaría esta gente con Luis Miguel. O, si son old school, con Julio Iglesias o El Puma. Porque no pueden estos “artistas” andar muy lejos de ese tipo de imaginación. Y me imagino que cuando hablan de oir “pop” con chardonnay, pues, será algo bien chusco y cuarentaprincipalero.

Que quede claro, no escribo estas breves líneas para objetar contra lo de los maridajes música-vino. Quienes me han leido aunque sea un par de entradas en este blog, o en alguno de esos foros de los que ya ni de coña participaría, sabrán que el nexo entre la música y el vino es para mí esencial. Este blog ha ofrecido a sus lectores una abundancia de sugerencias musicales. Incluso, algunos amigos han disfrutado de las ocurrencias pinchadísquicas de ese singular recluso, DJ Camblor NO, en dos discos que emitiera hace unos meses, uno de los cuales se titulaba: Confort y música para beber.

Y no sólo soy yo el que dedica buena parte de sus energías blogueriles a ofrecer música que acompañe al vino y la discusión sobre él. Un generoso puñado de ejemplos me vienen a la mente, como Iñaki Gómez Legorburu (¿ya me perdonaste?), Lyle Fass y Joe M. Le metemos mucha variedad musical y vínica a nuestros asuntos…

Mi problema con esto de Montes es que el marketing que pretenden hacer se basa en clichés insufriblemente horteras, a estas alturas. Claro, te meten un par de “clásicos” entre las pistas sugeridas para acompañar a sus vinos—pistas sobre cuyos méritos por sí solas no se discute. Así hablan de combinar sus cabernets con “All Along the Watchtower” de Hendrix o “Honky Tonk Women” de los Stones, el chardonnay con “Atomic” de Blondie y el merlot con “Sitting on the Dock of the Bay” de Otis Redding. ¿El resultado? Que hacen que piezas de música que he admirado de toda la vida de repente se me abaraten, hasta me den repelús.

Y luego están esas otras recomendaciones de canciones que me resultarían eméticos efectivísimos por sí solas… ¿Enya? ¿”Chariots of Fire” de Vangelis? ¿Cómo ingerir vino cuando se está combatiendo desesperadamente las náuseas y las ganas de abrirte las venas por culpa de cursilerías y horteradas del horripilante mainstream musical?

Ahora bien, también podemos pensar en de dónde viene la cosa. La gran industria internacional del vino, con su corporativismo, su marquismo, su agresividad de marketing y su obsesión con “lo que vende”—maldito mínimo común denominador que nos impone la multitud ovejil—por encima de lo que en realidad se pudiese (y debiese) hacer, es incapaz de visualizar las cosas más allá del prefab y el cliché. Si va a invadir la música y utilizarla como herramienta de marketing, probablemente lo haga de la forma más burda y reduccionista posible.

Me quedé yo pensando, tras leer el artículo de Decanter.com en lo raro que me resultaría recomendar música en el futuro, sin sentirme puteado. Pero se me pasó enseguida. La cosa con estos supermercantes de enoproducto es que no sabrían lo que es vino de verdad aún si éste viniera y les mordiera una nalga. Igual con la música… Ahora me voy a buscar un vino que vaya bien con este clásico moderno de los de verdad:

Escrito por: manuel-camblor 8 comentarios 15 May 2008 URL Permanente

09 May 2008

Batallitas del abuelo 2: Noche campestre, con maldición

Era la primera convocatoria cuyo tema incluía una “despedida”. También lanzaríamos una especie de pre-celebración de mis cuarenta, pero lo que más me impactaba era el recordatorio de mi inminente partida hacia un lugar de perspectivas vínicas muy inciertas.

Llegué temprano a Grand Central Station, donde había quedado con el Dr. K, Brad Kane y Victor L. Allí íbamos a tomar el tren expreso hasta Croton-on-Hudson y la residencia del Profesor Gilman, nuestro anfitrión para una velada con tema doble: Frédéric Emile y Rioja.


-Al fondo de la estación, jueves, seis de la tarde.-



Como les decía, me quedaron como quince minutos para darme un garbeo por ese gran edificio manhattaniano, escenario de tanta película memorable. Por más blasé que uno pretenda ser, ese gran salón de la estación siempre resulta imponente. Es inevitable hacer una pausa. Yo, aprovechando el ratito que tenía, ascendí una de las escalinatas principales para hacer una foto del lugar que pudiese luego contemplar, como memoria de mi antigua ciudad y de esa noche. Gracia me hizo un chiquillo que, parado al lado mío contemplando la estación, hablaba con su madre por el móvil y le decía: “¡Mamá, en este edificio hay más gente que en todo San Francisco!”

Exageraba un tanto. Pero la verdad es que sobrecoge ver, a las seis de la tarde, el torrencial tráfico de gente que retorna a los suburbios tras un día de trabajo en la metrópoli.

Perdonen. Esto en realidad no viene al caso y me estoy dejando llevar por un sentimentalismo nostálgico nada decoroso. Aquí en Santo Domingo me pongo a recordar tantos momentos en que algún aspecto de Manhattan me dejaba maravillado y me olvido de apreciar mi nuevo entorno, que puede ser maravilloso también, aunque de otra forma.

Pero vamos, Nueva York es Nueva York y rememorar episodios pasados me resulta muy reconfortante. Así, Croton y amigos viejos y nuevos, con vino y comida, unos días antes de que cumpliese yo los cuarenta… Aparte de los ya mencionados, estaba también presente Dan Sullivan, entre los viejos y un par de nuevos personajes que, a la media hora de iniciada la velada, me parecía conocer de toda la vida.

La cosa comenzó en la cocina del Profesor, con quesitos y piscolabis y la vertical de Frédéric Emile, lo que, en teoría, siempre debiera marcar el mejor comienzo. El primer vino fue el Trimbach, Riesling “Cuvée Frédéric Emile,” Alsacia 2001, que estaba cantando polifónicamente, con una armonía bastante rara, pero placentera. El primer impacto es graso, pero a la vez cítrico. El segundo es vivaz, floral. El tercero es de frutas de hueso, un impacto compacto, localizado. El cuarto es herbáceo y en diagonal. Y luego te das cuenta de una nota de acero vibrando en el fondo, uniéndolo todo. Otra manera de describir el efecto es “jugueteos celebrales atados a un corazón duro, durísimo, de piedra”. Un vino provocador, jovencísimo.

-Quesitos, piscolabis y riesling en la cocina, pero...-

Continuamos ocn una botella del el Trimbach, Riesling “Cuvée Frédéric Emile,” Alsacia 1997 que salió imperdonablemente oxidada. El corcho exhibía, según el Profesor, un jaspeado azul sospechoso. Nos dimos a especular un rato sobre si el problema de oxidación prematura en los blancos se habría extendido de Borgoña a Alsacia. El Profesor bajo veloz a su cava y apareció con una nueva botella del mismo vino. Esta segunda estaba bien. Respiro de alivio. Amplio en carnes, pero compacto y con el centro de mineralidad tremenda que uno espera de esta cuvée. Albaricoques entre vaporcillos hidrocarbúricos, especiados y minerales, con voluptuosa toronja añadiendo interés. Aquí existe el mismo juego de redondez carnosa y amable con mineralidad seria y austerizante. Vibrante. Delicioso. También un bebé.

El Trimbach, Riesling “Cuvée Frédéric Emile,” Alsacia 1996 que siguió estaba infernalmente oxidado, moribundo… De nuevo las especulaciones ante lo que de repente amenazaba con convertirse en nefasta racha. Por suerte apareció el Trimbach, Riesling “Cuvée Frédéric Emile,” Alsacia 1995 para clamar el negativismo. Perfecta botella, ésta. El implacablemente apretado centro mineral, rodeado de capas y exquisitas capas de cítricos, melocotón blanco y níspero. Larguísimo, con mucho nervio, pero suculento. P-R-E-C-I-O-S-O.

Siguió el Trimbach, Riesling “Cuvée Frédéric Emile,” Alsacia 1994—otra botella alarmante pues, aunque no estaba estropeada, se mostraba demasiado avanzadita para su edad. Llana, con tonos de anís, cardo, piel de limón y minerales, pero falta de chicha y frescura, cosas que debería tener en cantidad. Hay que joderse.


-El Dr. K busca palabras; su cara lo dice todo...-

Estábamos ya encontrando un peculiar patrón de intermitencia en las botellas. Salía una buena y una mala… Con el corazón en la boca vimos como el infinitamente generoso Victor L descorchaba el mágnum de Trimbach, Riesling “Cuvée Frédéric Emile,” Alsacia 1992 que nos había traido. Es una dicha conocer a dos o tres del puñado de personas con acceso a mágnums de estas cosas. Me vinieron recuerdos de la verticalilla de botellones de Fred que hicimos en la ocasión de los cuarenta del Dr. K. Una maravilla. Por suerte la grande del 92 estaba estelar. Delicadeza de puro encaje, con capas cítricas y florales, una agradable corriente de crema de naranja y una mineralidad menos agresiva que de costumbre. Complejamente etéreo. Una maravilla con el risotto de gambas que nos sirvió el Profesor.


-Sonrisita picarona de caballero con gran botella entre manos-

Pero claro, ya casi ni pudimos disfrutarlo, pensando en que la maldición intermitente nos depararía un Trimbach, Riesling “Cuvée Frédéric Emile,” Alsacia 1990 de algún modo fastidiado. Porque como se dice en la tierra de mi padre, est࣏bamos “cagaos de aura”. En efecto, el 90 exhibía, entre airecillos de cáscara de queso, la terrible peste a moho que anuncia una botella corchada.

M-E-R-D-R-E (No es un error, espero que lo sepan).

¿No sospecharían ustedes tongo en una situación así?

Me entraron dudas existenciales sobre si la suerte me sonreiría en mis cuarenta, pues parecía venir de mala hostia, la muy…

Bueno, interlúdicamente había yo infiltrado en el asunto dos botellas de vinos riojanos elaborados por amigos nuestros. El primero era un Contino, Blanco, Rioja 2006 en una botella sin etiqueta, dedicada por Jesús Madrazo a nuestro grupo de su puño y letra. El vino es una cuvée experimental, no comercializada en lo absoluto. Si mal no recuerdo está hecho con viura, malvasía y garnacha blanca (aquí me puedes corregir, Chus, si me equivoco, aunque creo que te me vas a mosquear por lo que he de reportar).

Indignación, protestas y luego coñas típicas de los miembros de mi círculo, que no tienen piedad con nadie. De la copa sube madera. Demasiada madera. Luego sube alcohol y compota de banano, almendra, tabaco rubio y un deje oxidativo. Yo, como presentador de la botella, cargo con la responsabilidad indirecta de haber sometido al personal a algo que, según me dejan saber bien claramente, no les gusta en lo absoluto. A decir verdad, yo lo perdono por el afecto que me merece su elaborador. Además, los experimentos son eso, oportunidades de darse cuenta de lo que funciona y lo que no. Pero es que éste cayó delante de una audiencia muy, muy severa…

Luego vino el primer tinto de la noche, también infiltrado por mí, de otro amigo al que imagino bien cabreado en un par de minutos, cuando termine de leer lo que viene. El Aldonia, Rioja 2004 lo habíamos probado junto con Iñaki Gómez Legorburu cuando éste nos visitó en Manhattan hace unos meses. La botella que abrimos cuando cenamos con Iñaki se veía aquejada del atontamiento que produce en cualquier vino haber cruzado el Atlántico unos días antes. Yo me quedé con otra botella, que prometí abrir para el grupo un tiempo más tarde, dando al vino oportunidad de recuperarse. Y ahí estaba, sobre la mesa de Gilman… El consenso es que falta estructura. Algunos declararon que les parecía mermelada de cereza fermentada. Yo, por mi parte, noté el vino bastante simple y fofo, lo que me sorprendió, pues verdaderamente no me lo esperaba así. Era un golpe de fruta confitada y nada más. No había casi posgusto.

Yo traté de dar un giro positivo al asunto, señalando que al menos el Aldonia no andaba todo enmaderado y que además, tanto Iñaki como Chus son buenos chicos, y amigos de la casa y les tengo mucho cariño, pero de nada valió; ya habíamos pasado a otro vino. El Contino, Reserva, Rioja 1981 era una botella que se me había quedado en casa del Profesor tiempo atrás y que él guardó gentilmente hasta que yo regresase. No la mejor botella, por cierto. Notas de consommé de carne, pasas al ron, cerezas y caramelo. Una versión más llana, corta e incómodamente salina de este vino que las que me he encontrado en otros ejemplares consumidos recientemente. Falta complejidad.

En este punto y en otras circunstancias hubiese yo estado declarando “Una pena”, o algo por el estilo. Pero el comportamiento de la suerte ya estaba cargándome desde hacía rato. La muy puñetera no daba señales de querernos dejar disfrutar tranquilos.

Y entonces apareció un R. López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1981: Bellísima botella. Abre especiado, con notas de agua salada, violetas, té negro y ciruela roja. Y muchísimo más, expresado con una serena elegancia, en voz moderada y armónica, incluso cuando suelta un tonito volátil. Vivaz y muy complejo en boca. Te deja un elemento floral en el posgusto que me recuerda un poco a incienso. Largo y delicioso.

Un Bodegas Riojanas, “Viña Albina” Gran Reserva 1978 salió de tono altísimo, casi supracanino en el registro, con una volatilidad lacerante. Carnes curadas, canela, comino, nueces tostadas, cuero, arándano seco, cereza, piel de naranja… Hay muchos aroma y sabores y bastante persistencia, pero al final la volatilidad resultó demasiado impertinente, aún para los amantes del madeira que había en la mesa.

Llegó un delicioso asado de cerdo con pilaf de cuscus y hierbas. Pretnedíamos acompañar al menos una primera ronda con el Marqués de Murrieta Ygay, Reserva, Rioja 1978, pero el vino nos salión más cocinado que el cerdo. Completamente estropeado y sin salvación. Yo comencé a decir que quizás alguno de mis enemigos se había ideado una maldición de vudú especialmente dolorosa y estaba viendo los primeros efectos… Alguien me señaló que mi inglés parecía haber adquirido repentinamente un extraño acento hindú. Me preocupé. Puede que la brujería sea más compleja de lo que imagino.

Esforzándome para normalizar mi habla me enfoqué en el Profesor, que comparecía a la mesa, botella de Bodegas Riojanas, “Monte Real” Gran Reserva, Rioja 1968. No traía buena cara. Esa la había aportado yo, del año de mi natalicio. “Corchado”, dijo.

Yo:

“¡&^%$#$@$%♣≠®%$#^*&^%^*)__(*@♫◊◙₪ﭏﭲﭯﭱﭳﭫﮏﮍﮌ1###(&^Oﯕﯔﯤﯟﻰﻟﻍﻌۻ۩۷۵۳۞ڽמҰлЉЃЂǾŹ۞ڽќӨ†•™€₧₣⅜╬◘◄שּׁךּזּבּﮮﯓﻼ!”

Usualmente no me corto en lo absoluto a la hora de incluir tacos en mis narraciones. Este es un blog para adultos, que refleja los pormenores de la vida de un individuo que, aparte de enochalado, alguna vez fue profesor de filología y siempre ha sido bastante malhablado. Amén. Aquí lo que dije hasta a mí me ruboriza. Creo haber inventado un par de nuevas expresiones, de paso. Brad Kane pareció, por primera vez en muchos años, genuinamente alarmado por el despliegue de improperios que salía de mi boca, aparentemente an con el acento hindú del demonio que parecía haber tomado posesión de mí.

Es que no hay derecho, carajo… Vale que me hayan salido corchadas la mitad de las botellas de aquel sustancial lote de Monte Real Gran Reserva 73 que compré muy barato en Puerto Rico y que las dejara pasar. Si me siento magnánimo, puedo perdonarlas. ¡¿Pero el de mi cumpleaños?!

Tratando de no pensar en este nuevo trauma me concentré en la botella que tenía delante, de uno de los riojas más radicalmente variables que conozco, el Marqués de Riscal, Reserva, Rioja 1968. Cuando lo llamo “variable” es porque en los últimos veinte años lo habré probado unas veinte veces de especímenes sanos y todas las botellas han sido tremendamente distintas una de otra, abarcando todos los registros, desde la abyecta mediocridad hasta el esplendor. El resto de los comensales tenía similar experiencia con el vino y se aprestaba al juego de ruleta rusa que era de esperarse.

La verdad es que esta, fiel al tenor de la velada, estaba entre las malucas. Menta y mucho roble americano viejo. En boca resulta denso, un tanto rústico, dominado por la madera y recortado de posgusto.

Canturreaba yo la letra de “Pedro Navaja”, aquel versito que va “éste no es mi día/hoy estoy salá…” cuando se suscitó, como para confirmármelo, una botella de R. López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1976, cocinadita y oxidada ella. Olía a potaje de chícharos con talco y azúcar quemado, que definitivamente no es el aroma usual de este vino.

Estaba la mesa de un deprimido que no veas, pero de repente apareció un mágnum de CVNE, “Imperial” Reserva, Rioja 1973 que resultó ser uno de los poquísimos puntos brillantes de esta noche de infelicidades. Muchas veces he dicho que los reservas tienden a sorprender por la longevidad que muestran. Mi hipótesis es que se embotellan preservando aún mucha más chicha que los grandes reservas, aunque estos últimos sean—al menos en teoría—vinos superiores. Este es un Imperial clásico donde lso haya, elegante, delicado y complejo de aromas y sabores. Especias de pastelería, cuero, cedro, cáscara de naranja, té blanco, anís, fresa y cereza. Se va a cítricos bellamente después de un paso de boca fresco y especiado.



-Lo que nadie entendía era por qué Brad estaba tan risueño...-

Gran parte de la mesa erade la opinión de que ya debíamos dejarlo ahí—marcharnos en una nota positiva. Pero el Profesor desapareció, emergiendo de su cava con otra cosa en un decantador. Yo juraba que si era otra botella jodida al día siguiente tendría que ir a ver al santero, o algo por el estilo. Pero lo que cayó en mi copa estaba en perfecto estado. A todas luces, un vino viejo, pero aún vital. Complejo, cálido, térreo, especiado, cárnico, masculino, pero con una cierta delicadeza floral en las esquinitas de su perfume que dejaba intuir otras ideas. Corpulento y compacto en boca, pero muy expresivo, con brillante acidez y un abanico de tonos terciarios en el posgusto. Un vino muy enérgico, profundamente provocador.

Era el Marqués de Murrieta, “Castillo de Ygay” Gran Reserva, Rioja 1934, la última botella que le quedaba a mi querido amigo John. Cuando digo “querido” es con sentimiento, de verdad. Uno piensa que las mejores relaciones humanas obedecen a aquellas “afinidades electivas”, como las llamaba Goethe. El que gente afín a uno sea tan espléndidamente generosa hace el asunto aún más fácil. En el tren de vuelta a Manhattan se lo decía al Dr. K y a Kane: “Lo que me hace más difícil dejar esta ciudad son ustedes. Mira que tuvimos mala noche, y sin embargo, yo me siento agradecido…”

Bueno, retrospectivamente quizás la mala suerte de esa noche fuese lo mejor, pues me ayudaría a apreciar más aún las bondades de las que siguieron sin idealizar demasiado las cosas. Pero no me adelantaré. Otro día les cuento. Ahora, como siempre he de hacer, el videito. Fun Lovin’ Criminals, que siempre fue una de las bandas que más me gustaba tener en los auriculares cuando viajaba en el Subway. “Blues for Suckers” me parece un título apropiado para la nefasta saga con final feliz que acabo de narrarles.

Escrito por: manuel-camblor 5 comentarios 09 May 2008 URL Permanente

08 May 2008

¡Ay, el fregadero! Coda


-Jean-Paul Brun-

Ayer acababa yo de colgar mi post—lamentando la penosa suerte de tantos pobres fregaderos en el mundo y hablando de los peligros del comercio global del vino de gran marca—cuando leí una noticia que me provocó no poca indignación. Dicha noticia ha inspirado un hilo genial en Wine Therapy. Tiene de todo: Tragedia, comedia, intriga política, ciencia ficción, sátira/// En prosa y verso, nada menos. Visiten el foro y dense cuenta ustedes mismos de como brilla la pepita:

http://enemyvessel.com/forum/topic.asp?TOPIC_ID=9917&FORUM_ID=28&CAT_ID=1&Topic_Title=Jean%2DPaul+Brun+Loses+AOC+for+5222+Cases+of+2007&Forum_Title=The+New+Exciting+Place+for+Wine+Discussions

Puede que, dada la nueva normativa de seguridad instituida después de que el foro fuese hackeado y su base de datos borrada, tengan que inscribirse. Háganlo. Vale la pena. Es el mejor lugar de la red para discutir sobre vino. Lo prometo.

El caso es que mi buen amigo e importador estrella de vinos de verdad a EEUU, Joe Dressner, reporta que fue denegada la AOC a más de cinco mil cajas del Beaujolais “L’Ancienne” 2007 de Jean-Paul Brun, una de las indiscutibles luminarias autenticistas de la región. ¿La razón que dió el organismo regulador? Que este vino, siempre tan fiel a su terroir, tradicional, puro, transparente y delicioso sencillamente “no es típico”.

El hilo de Wine Therapy lleva al blog de Dressner, quien importa los vinos de Brun, y Dressner da una explicación muy a su manera de las razones por las cuales se negó el sello de AOC al vino. Siempre hay más de una versión de la historia y seguro que surgirán muchos que pondrán en duda la conspiración corporativa que imagina Dressner. Por mi parte, aunque sé lo dado a la coña que es mi amigo Joe, me encuentro su versión del asunto perfectamente plausible. Sencillamente, el nuevo establishment del Beaujolais ha instituido sus métodos como “típicos” y ya cualquier cosa que se salga de ellos, aunque obedezca a un deseo de expresar el terruño lo más auténticamente posible—de dar verdadera tipicidad—queda como aberrante.

Vamos, me encuentro el escenario plausible pues, aunque no viniera la condena y la descalificación de parte de autoridades oficiales (¿o sí?), recuerdo como hace algunos años tuvimos algunos que defender fieramente el honor de marcas como López de Heredia y otras históricas de la Rioja contra modernistas empedernidos que se empecinaban en instituir el mamarracho superalcohólico, megaextraido e hiperebanístico de “alta expresión” como el único estándar a emular, el “eso o nada”. Se instauró un flaz sentido de que los vinos tradicionales sencillamente no debían existir, pues la "alta expresión: era la verdadera expresión de la gloria riojana, etc., etc. Vamos, una imbecilidad total, propagada con toda la insolente arrogancia del farsante, el timador, o el loco perdido.

Y la anécdota aquella del individuo que desechó su cosecha entera pues ésta le parecía “demasiado francesa” y él “quería hacer vino californiano” como que también se siente reverberando.

Joe Dressner achaca responsabilidad por la declasificación del vino de Brun a la casa Georges Duboeuf, famosísima por haber propulsado la región del Beaujolais en el mercado global y por sus peculiares métodos de vinificación. Duboeuf es un gigante del tecnoenoproducto cuya influencia, si leo bien a Dressner, está aplastando a productores pequeños (pero excelentísimos, y eso me consta) de vino de verdad.

Me gustaría tener mucha ms información antes de llegar a alguna conclusión, pero la verdad es que esto me da mucho que pensar en cuanto al clima actual del mundo del vino. A la vez expande y contrae las reflexiones que pretendí lanzar ayer con lo del fregadero. Expandir. Contraer. Eso es una palpitación, ¿no? Pero bueno, como el corazón que palpita repitiendo, revisito un video de una banda favorita de allá a finales de los ochentas. El mensaje de la canción ya lo he citado alguna vez en estas páginas, pero he de volver a ponerlo, pues hoy me parece sumamente relevante, relevantísimo... Por cierto, no sé si les conté que los de Georges Duboeuf son los únicos, o casi los únicos, enoproductos del Beaujolais que se importan a Santo Domingo. Y no sé si tampoco les conté que es precisamente una del "L'Ancienne" 2006 de Brun la que vino entre mi "cajita de crisis" junto con mi equipaje cuando volé acá. Son las botellas que tendré como reserva para cuando sienta que se me come la depresión.

Escrito por: manuel-camblor 25 comentarios 08 May 2008 URL Permanente

06 May 2008

¡Ay, el fregadero!

Estoy esperando que me llegue en los próximos días el nuevo libro de Alice Feiring. Entre tanto, hoy me leí este artículo de Alice en el Los Angeles Times y no pude evitar una cierta risita malévola, seguida por ese sentimiento terrible que me inspira el estar tan alejado como estoy ahora del mundo del vino de verdad.

Alice (alguno de ustedes quizás recuerde el nombre como parte de mis relatos de las veladas con la League of Distinguished Spanish Wine Tasters en Manhattan) explica en

http://www.latimes.com/news/opinion/commentary/la-oe-feiring5-2008may05,0,2812496.story

como perdió casi completamente el interés por los vinos de California al convertirse estos en horrores hiperalcohólicos, hiperenmaderados, hipermanipulados e hipercaros, entre otros hipers que se me olvidan ahora.

Casualmente, estas mismas razones hicieron que yo también abandonara el vino californiano a mediados de los noventas sin mucha esperanza de retorno. Tal como declara Alice Feiring: “Vinos afrutados, alcohólicos y aburridos se han convertido en la incontrovertible identidad vínica de California”.

Claro, como en todo, hay excepciones. Cuesta muchísimo trabajo hallarlas, pero las hay. Incluso, antes de marcharme de Nueva York tuve ocasión de probar alguna de las que menciona Alice en el artículo. Ya les contaré de esta maravilla de la enología Lo-Tech.

La cosa es que el título del artículo me recordó una controversia que generé hace algunos años, cuando me acerqué a Buenos Aires y me dió por probar una centenilla de vinos argentinos diversos. Muchos de ellos fueron destinados a un desagüe similar al del título de la Feiring. El hecho de que anunciase yo que ciertos caldos argentinos altamente puntuados por revistas de esas que prefabrican opinión para públicos impensantes sólo eran aptos para el fregadero de mi cocina me granjeó unos cuantos enemigos en aquella bella tierra del Sur.

Lo de los enemigos a mí igual… Pero resulta que los vinos argentinos en cuestión podían haber respondido muy bien a la descripción que da Alice de “la incontrovertible identidad vínica de California”. Y no es que mi actitud, dadas las realidades actuales, se limite a California y Argentina. Quienes me leen desde algún tiempo saben que el 95% de España, una buena tajada de Francia, otra de Italia, Australia, Chile y dos o tres sitios más que ahora olvido me merecen un desprecio similar en cuanto al producto vínico pos-posmoderno que generan. ¡Y el pobre fregadero, que paga las culpas del mundo!

¿Que a qué viene esto, que suena—la veldá—un tanto a refrito? Pues a que es precisamente así la mayoría de lso productos vínicos que me he encontrado en oferta al llegar a Santo Domingo. Noto un gran interés entre mucha gente por el vino y un espíritu comercial muy vivo entre quienes vino venden. Veo una gran cantidad de marcas, sí, pero desafortunadamente no veo casi nada de diversidad estilística. Podré haber probado dos docenas de botellas desde que llegué y casi todas ellas responden, provengan de donde provengan, a perfiles comerciales preordenados más que a ningún tipo de verdadero carácter inherente en la fruta, la planta o la tierra.

No es que vaya yo a condenar a quienes sientan una predilección—en este mercado que ahora me ocupa o en cualquier otro mercado—por syrahs que sepan (como lo describiría Alice Feiring) a yogurín de vainilla con cereza. Por algo tenemos el dicho aquel de “para los gustos se hicieron los colores”. Excepto que observo un fenómeno muy peculiar, que me parece que aplica no solamente a la República Dominicana, sino a cualquier otro mercado de vino que se va abriendo en esta época nuestra.

No diré yo nunca nada en contra de cualquier mercado que se abre al vino. Ahora bien, en estos tiempos de globalización rampante, me parece que debemos considerar la cosa desde más de un par de ángulos, tratando de entender que por cada beneficiario del sistema quizás hay otros que no quedan tan bien parados. Miro a mi alrededor aquí en Santo Domingo o en Puerto Rico y veo una predominancia absoluta de grandes marcas con portafolios multirregionales de producto vínico; ganan aquí siempre los que pueden ofrecerte un buen número de etiquetas para llenar estantes, así como una cierta infraestructura promocional. Estas supermarcas con aparato corporativo por detrás son “lo que vende” por acá. Pero también son básciamente lo único que hay. Los productos artesanales, sin poderío comercial global, no sólo se ven excluidos—se ven precluidos de participar equitativamente en este medio. El consumidor, por su parte, no tiene acceso a un producto distinto. Su concepto de “vino” se ve determinado exclusivamente por la oferta que encuentra, que, si vamos a hablar claro, no es ni remotamente representativa de la auténtica diversidad existente en el mundo del vino.

No criticaré a nadie que pretenda ceñirse a vender un producto exitoso, que se le hace fácil vender. De lo que me maravillo es de la infinita dificultad que enfrentarían los que hacen y aspiran a vender un producto agrícola artesanal a nivel de la multitud de mercados internacionales que hoy se presentan. ¿Cómo compite en un mercado incipiente un elaborador pequeño y desconocido contra Concha y Toro o Yellowtail? ¿O confundo las cosas y sencillamente no tiene nada que ver el negocio del uno con el del otro? ¿Y cómo orientamos al consumidor que de repente le entra a esto del vino a considerar una diversidad inmensa, cuyo conocimiento requiere un cierto esfuerzo físico e intelectual?

Nada, una para los que creen en “marketing alternativo”. Commentez et discutez. De paso va y alguien se atreve a explicarme la extraña resistencia que tenemos en los países hispanos al vino francés. Es la tercera vez esta semana que alguien me dice que la Francia vínica más allá de Burdeos es “demasiado complicada”. Y sólo es martes…

Un videito, precisamente porque es el día que es: Josh Rouse es un tipo que encuentra su inspiración en partes de los setentas que en realidad no debieran inspirar a nadie que haya pasado la preadolescencia. Pero de las cursilerías que alguna vez fuesen las leyendas de AM este muchacho saca algo extrañamente mágico y definitivamente adulto…

Escrito por: manuel-camblor 18 comentarios 06 May 2008 URL Permanente

01 May 2008

Batallitas del abuelo 1: Improvisaciones con Montsant

Inicio aquí una serie de entregas retrospectivas que tratan sobre las últimas semanas de mi residencia en Nueva York. Algunos podrán argumentar que bebí suficiente como para mantenerme blogueando y sin mono de vino de verdad durante meses. Ojalá así sea.

Por lo de mantener los pies, por virtuales que sean, sobre la tierra, intercalaré entre estos posts otros referentes al presente, quizáscomparando mis situaciones de entonces y ahora para entretenerme un poquito, quizás buscando comprender mejor lo que voy observando en Santo Domingo.

Pero remontémonos a la Gran Ciudad…

Lo bueno de las presentaciones de la Peñín Guide en Nueva York—o al menos lo bueno cuando podía asistir a ellas con tan solo un breve recorrido en un taxi amarillo desde el Upper East Side hasta Union Square—es que siempre traen cola. Llega algún elaborador que conozco, u otro que muestra interés en conocerme y que promete en cuanto a estar abierto a ideas diferentes sobre lo que constituye “vino de calidad…” En fin, que de que ocurren un par de comiditas interesantes en torno a estos eventos, ocurren.

Ya les conté hace unas semanas que mi amigo Alfredo Arribas, célebre arquitecto barcelonés convertido ahora en bodeguero, estaba entre los que presentaban sus vinos como los “Nuevos Valores del Vino Español” según Peñín. Su Santbru blanco está verdaderamente delicioso y merece halagos, ya lo dije: Si más blancos catalanes de garnacha fuesen así, mi canto sería definitivamente distinto en cuanto a sus virtudes.

Pues tenía pendiente hacerle un jeebusito a Alfredo. Durante su anterior visita a Manhattan solamente pudimos almorzar en Trestle on Tenth y, aunque cayeron unas cuantas botellas, en realidad eso no es ni de lejos representativo de las virtudes festivas de mi grupo neoyorquino. Se requería una noche de verdadero exceso.

Nos reunimos, de manera bastante improvisada, en casa de SFJoe, como en tantas ocasiones. Mi gran amigo el superchef acababa de llegar de un viaje de negocios, por lo que no cocinó (mucho), sino que se valió del servicio de entrega a domicilio de Bouley, haciendo él solamente la guarnición. Nuestro grupo era pequeño y no enteramente constituido por enochalados. Pero eso no impidió que nos la pasaramos en grande. A continuación, un recuento de los vinos sobre los cuales apunté algo. Mis apuntes fueron más bien esquemáticos, sin el habitual detalle. Quizás mi estado mental no era el mejor para apuntar minuciosamente, sabiendo que pronto abandonaría la ciudad que tanta calidez humana, diversión y educación me ha dado; me concentré mucho más en la joda y el compartir. ¿Me culpan?

Pero bueno, lo que apunté… Comenzamos con un Luneau-Papin, “L d’Or”, Muscadet de Svre et Maine Sur Lie 1989, vino del que les conté cuando la visita a Nueva York de Iñaki Gómez Legorburu y que, desde entonces, no se ha movido mucho en ninguna dirección. Sigue siendo la más efectiva lección sobre las verdaderas bondades de un gran muscadet, manteniéndose eminentemente fresco y enérgico a sus casi veinte años. Recién abierto muestra una deliciosa redondez frutal, aunque en el paladar medio aprieta y te muestra su verdadera sustancia con un despliegue mineral alucinante. Con aire la redondez comienza a traducirse específicamente en crema de naranja y la mineralidad se traduce en algo deliciosamente marino, entre caracolas y ostras. Largo, profundo y precioso. Un gran vino donde los haya.

Seguimos con un Nigl, Urgesteins-Riesling “Senftenner Hochhacker”, Kremstal, Austria 1995. Me encanta de Nigl la especificidad con la que asocia el lugar a la variedad, entendiendo clarísimamente que no es lo mismo riesling en un sitio que en otro y esa “no-mismez” es crucial para visualizar “calidad”. El vino abre bastante sulfúrico, aunque eso se disipa pronto, dando paso a un golpe de botritis, azahar, pino, melocotón y toronja blanca. Amplio y mullido. Potente, pero suave de textura, lo que lo hace muy fácil de trago. Fruta golosa con buena garra acídica y mineral. Rico ahora mismo.

Yo, en mi espíritu eternamente provocador, había traido un blanco mediterráneo que considero ejemplar, para reforzar a Alfredo en su dirección de crear blancos de Montsant frescos, característicos y de verdadero detalle. Ya, ya… Seguro que adivinaron que le serví el famoso “muscadet del norte de Africa”, como le hemos llamado mis amigos y yo desde hace tiempo al Gulfi, “Carjcanti”, Sicilia IGT 2002. Creo que de esta añada ésta es ya mi antepenúltima botella, tanto le he pegado… Los aromas son deliciosamente distintivos: Manzana dorada, almendra cruda, plátano verde y cáscara de limón enmarcados en esa maravillosa mineralidad volcánica. Tremenda estructura tiene esto entre muy interesantes sabores. Largo y cautivador, pero sobre todo impresionantemente fresco. Una delicia de botella.

Siendo SFJoe SFJoe, no faltó una saludable dosis de Huet con edad. El primero de la velada fue el Huet, “Le Haut Lieu” Sec, Vouvray, Vouvray 1956. En un principio hay un aroma conflictivo de mejillones en conserva que me aturde un poco, pero luego se va, dejando paso a una panoplia de bellezas térreas. Manzanas asadas, especias, rayadura de limón, jengibre en conserva, licor de naranja, yerbabuena… En boca es ligero y muy preciso, con bonita frescura cítrica y un posgusto muy largo.

Un Domaine du Closel, “Clos du Papillon Cuvée Spéciale”, Savennières 1996 estaba muy pulido y redondito de entrada, con aromas y sabores de membrillo, humo y pera. Ligero en boca, considerando… Aprieta de repente en el paladar medio, dejando pulsaciones especiadas, cítricas y minerales en un final ni muy corto, ni muy largo.

No hay que decir que probamos también los Santbru blancos de Alfredo en sus versiones del 2006 y 2007. No tomé notas, pues poco tenía que añadir a mis impresiones de la cata de Peñín un par de días antes (pueden releer lo que dije en http://blogs.larioja.com/otrabotella/2008/4/13/escenas-manhattan-primavera-con-penin-y-2-). Al menos a Joe el vino le gustó mucho y le llevó a declarar que Alfredo y su equipo definitivamente “lo están haciendo bien”.

Pasamos a un par de tintos exóticos salidos de mi haber, botellas únicas de mi cava que ya debían ser consumidas, para bien o para mal. Como un tiempecito atrás Joe nos había presentado un romorantin de cepas prefiloxéricas del mismo productor, había decidido presentarle yo el Henry Marionnet, “Vinifera” Gamay, Touraine 2001, igualmente de vides de pie franco viejísimas. Donde el romorantin había resultado delicioso, este gamay aparecía completamente hueco, con un caparazón de mineralidad y verdores que no funcionaban en lo absoluto. Descarnado y moribundo. Sin encanto alguno.

Continuando, abrí la única botella un pelín más antigua que tenía de un vino que mereció, con su añada 2005, uno de mis premios El Botellazo™ el pasado diciembre. Pero donde brillara el 2005, el Bertalde, “Gorrondona”, Bizkaiko Txakolina 2004 cargaba un nivel de bretanomices más allá de lo tolerable. Demasiado culo en mi copa… Suerte que el 2005 y el 2006 resultaron como resultaron, porque si ésta hubiese sido la única impresión de chacolí tinto que me hubiera quedado, no estaría nada feliz con el género.

Sentados a la mesa y con la comida nos dedicamos a una botella del Ridge, “Monte Bello”, Santa Cruz Mountains, California 1991. Mi única nota sobre él consistía en la exclamación: “¡Coño, cómo me gustaba a mí el vino californiano!”

Y es que es verdad. A principios de los noventas quien me conociera sabe que yo era un gran amante de California y sus caldos y que el Monte Bello siempre ocupó un lugar especial en mi estima. Esta botella estaba perfecta, de maravilla, con amplia fruta, pero también con caracteres térreos secundarios sumamente atractivos. Estructurado, pero generoso. Largo y profundo. Otro gran vino, indiscutiblemente. Lástima que toda California haya dejado, con vinos más recientes, de causarme este tipo de placer.

Alfredo nos había traido también algo de sus tintos. Probamos el Portal del Montsant, Santbru, Montsant 2005 y la verdad es que toda duda que me quedara después de la otra vez en que lo caté, en Trestle on Tenth hace unos meses (me llevé a casa las sobras de una botella, que decayó rápidamente tras 24 horas en mi nevera) se disipó. Un vino moderno muy bonito y sabroso (pace, Beny Moré), aterciopelado de textura y con excelente estructura. Como ejemplo de lo que puede dar su región, me parece magnífico y anuncia a Montsant como posible futura cumplidora de las promesas que, a causa de veleidades enológicas y tonterías puntistas, ha incumplido para mí el Priorato. Aquí hay calidez mediterránea, pero con frescura y viveza, a la vez que una intrigante mineralidad. El tratamiento de madera es felizmente mesurado.

De este punto en adelante en mi libreta todo se vuelve confuso. En algún instante posé una copa de pie mojado sobre la página y lo que escribí se ha vuelto ilegible. Sé que dice algo de que con los quesos (creo) tomamos un Huet, “Le Haut Lieu” Demi-Sec, Vouvray 1971 y que estba divino, etéreo pero con tremenda presencia y persistencia. “Profundamente delicado y delicadamente profundo”, lo llamé.

Claudia, la hija de Alfredo, quien nos acompañó durante una buena parte de esa noche, dice que contó muchas más botellas al final de las que aquí menciono. Es enteramente posible y probable. Yo, al menos, puedo imaginarlas, desfilando sobre la mesa y provocando una de esas conversaciones excelentemente lubricadas por buen (y alguno que otor pintorescamente mal) vino que tanto me deleitan y animan y que ahora mismo, en mi escritorio del Caribe, tanto echo de menos. Por el momento les dejo de nuevo con el clip de una canción que a cada rato les canto a mis bebés, a la hora de dormir. El grupo—o mejor dicho, el duo—es The Weepies y la canción, en mi actual ánimo (de abuelo que cuenta sus batallas y capea con ellas una realidad que le resulta tan tormentosa como ajena), es otra que tiene todo el sentido del universo y un poco más…

Escrito por: manuel-camblor 18 comentarios 01 May 2008 URL Permanente

30 Abr 2008

Señales de vida...

Hace siete días que caí y, al despertar cada mañana, aún me invade esa extrañeza y la pregunta: “¿On toy?”

Sospecho que pasaré así mucho tiempo. Pero bueno, es como todo en la vida: Adaptarse o perecer.

La mañana el jueves 24 de abril me monté en la limosina del hotel donde me hospedaba—ni loco hubiese permanecido yo en el apartamento después de la invasión de los mudanceros, que en un par de días empacaron todo, dejando mi antigua residencia manhattaniana inhabitable. Salí camino al aeropuerto de Kennedy y mi nueva vida con una maleta gigantesca (que no sabía que poseía, pero apareció, así que le dí uso) y media docena de botellas de vino.

El vuelo de Nueva York a Santo Domingo fue rápido y sin incidentes. Para relajarme y a la vez dejarme llevar por nostalgias tontas, me había hecho un playlist en el iPod de temas que me recordaban mis infinitas andanzas por las calles de Manhattan durante la última década. El rap-jazz-soul de The Square Egg, un poquito de Coltrane en el Vanguard, otro poquito de 33Hz, Velvet Underground, Talking Heads, Maya Azucena, Suzanne Vega, Hector Lavoe y Willie Colón… Y tambié alguno autoexilado como yo, que hizo de Nueva York su casa: Francis Dunnery cantando lo de “I look outside to see what’s going on… And there’s only New York going on.”

”Adaptarse o perecer”, dije. La verdad es que aquí me siento como el más desubicado de los alienígenas. Pero quizás algún día entenderé y me acostumbraré.

No sé si se trataba de un peculiar momento de Schadenfreude, pero alguien comentó el otro día que me imaginaba buscando vino en las góndolas de los supermercados. Eso precisamente he hecho ya un par de veces y el panorama es tan deprimente como anticipé. No sólo en vinos, sino también en ingredientes para mi cocina. Pero eso es otra historia…

La primera noche en nuestro espacioso nuevo domicilio Josie y yo decidimos aplazar lo inevitable, bebiendo con la cena ese divino néctar nacional dominicano que es la Cerveza Presidente, Tipo Pilsner, Cervecería Nacional Dominicana NV: Ligera, fresca y con una serie de dejes florales y cítricos que por momentos me recuerdan a un buen riesling QbA seco cruzado con un igualmente buen muscadet.

Con subsecuentes comidas hemos ingerido otras cosas, ya designadas en el lenguaje actual como “vino”. Probamos un Santa Rita, Sauvignon Blanc Reserva, No-Sé-Dónde-en-Chile 2007. Misterioso vinito, éste… Se las arregla para parecer verde y arisco y voluptuosamente tropical al mismo tiempo. Milagros de la enología moderna. Guisantes, una nota de pis de gato y guayaba verde. En boca entra con ese torpicalismo forzado, pero resulta vacío y cortito. Vamos, no que no me lo bebiera, porque bebible estaba. Pero pensando yo en como compara esto con los maravillosos sancerres que bebía rutinariamente sólo hace unas semanas, me dan ganas de…

Pero no. Los chicos no lloran. También, en el espíritu de no someterme innecesariamente a aspiraciones madereras seguí con otro chileno del cual me llevé una impresión mucho más negativa. El Cousiño-Macul, “Sauvignon Blanc “Don Luis”, Creo-que-Maipo, Chile 2007 es imperdonablemente fláccido y raro, con una textura oleaginosa que me resultó tremendamente molesta. Carga 14% de alcohol y se nota demasiado. Fofo, torpe y piadosamente corto, pues el final es meramente calor.

Por lo de no parecer ensañado contra Chile, entre las compras de supermercado incluí un Torres, Gran Viña Sol, Penedès 2006, blanquito catalán de chardonnay del que no recuerdo haber probado una botella como desde como 1996. Huele a almendras ahumadas,manzana asada, miel y jalea de naranja. También una sutil corriente de alcaravea. Ligero, correcto y sin excesos, pero, como es de esperarse de algo así, también patológicamente aburrido. En boca es redondito, cremoso, con notas de compota de manzana y cáscara de naranja; sencillo y corto. Se deja beber, pero cuando te vienen a servir otra copa te preguntas si en realidad necesitas las calorías y las unidades alcohólicas adicionales, porque de excitación, lo que se dice excitación, hay poquito.

Concluyo la secuencia de blancos de precio módico en el supermercado con un Solar de la Vega, Verdejo, Rueda 2006: Un deje volátil, luego lanilool (ese químico del olorcito de los Froot Loops, el cereal gringo para niños con el tucán en la caja) y una tropicalidad maquillística de las que me provocan mi tan habitual mueca superciliar—piñita y fruta de la pasión (chinola, como le dicen aquí en Santo Domingo) en versión vitamina para párvulos (parecería ser tema recurrente lo del infantilismo, ¿no?). Nada más de ahí, me temo. Globular y fofo en boca, con acidez marginal. Anónimo y sin rastro de alma, con un empalagoso aspecto de coctel de frutas enlatado en lo que resultaría un estiramiento imperdonable de la realidad llamar un “posgusto”.

Claro, no podía faltar, en un producto ibérico pos-posmoderno de este género, la contraetiqueta pintoresca. Aquí es donde viene la diversión. Les copio parte del texto, de regalo…


“NOTA DE CATA: Tonos verdosos de múltiples matices, brillante, de fino y delicado perfume, fresco, vivo, sedoso, con amplitud de caracteres sensoriales.

SUGERIMOS servir muy frío, de 4-6 grados C y su atrevida y jovial personalidad hará disfrutar de la espléndida cocina de nuestros mares y campos mediterráneos”.

El derroche adjetival es de pelarse de la risa. Lo de "servir muy frío", pues, lo dejo a la imaginación de cada lector.

Puedo asegurar que el único vino bebido en estos cinco días que llevo aquí dle cual voy a comprar más es el La Rioja Alta S.A,, “Viña Arana” Reserva, Rioja 1997. Abrí esto el lunes y, sonriendo deseé todo lo mejor a mi amigo y cobloguero de Lomejordelvinoderioja.com, Julio Sánz. El vino está bonito y gentil. Tiene aún bastante madera por delante en este momento, pero no ofende particularmente, dando más bien aromas del orden de cuero, eneldo, especias de pastelería y dulce de coco que se integran muy bien con ciruela roja y arándano vivaces y limpios. Hay en el fondo un par de interesantes notitas de brea caliente y rosas desecadas que provocan que tanto Josie como yo comentemos sobre si éste no es un rioja disfrazado de nebbiolo d’Alba. Fruta dulce, alegre y fresca en boca, en un marco ligero y sedoso, pero de acidez marcada, con algún tonito secundario añadiendo interés. Largo y sabroso, te invita a una segunda y una tercera copa. Así sí.

Inspirado porque a alguien se le ha ocurrido traer los vinos de La Rioja Alta acá, abrí anoche una botella de La Rioja Alta S.A., “Viña Ardanza” Reserva, Rioja 1999 de las que sobraron de mi boda hace año y medio. Esta vez acompañaba un improvisado y muy dominicanizado moussaka elaborado por mí ya tardecito en la noche. Un ardanza de tono alto, con mucho nervio, pero perfumado y sabroso. Sorprendentemente achocolatado en estos momentos y con excelente acidez. Otro para repetir.

Ya dirán algunos que la comparación es injusta entre los pobrecitos blancos que probé y estos dos tintos, que debo irme a tiendas “especializadas” en vez de a supermercados y que debo abrir mi mente a otro concepto de “calidad”. Lamentablemente, las primeras impresiones son lo que son y, acabado de llegar, tengo que apañarme con lo que encuentro. Trato de no sacar conclusiones aún y, si los rumores que oigo son correctos, va y hasta más cosas decentes que beber hay. Pero a ellas no he llegado.

Luego les contaré más sobre el inexplicable tintocentrismo en esta calurosa isla del Caribe (en uno de los supermercados que visité había un solo vino blanco entre un montón de tintos) y sobre una multitud de revistas sobre vino de las cuales me esperaba un montón de ejemplares de muestra en mi oficina cuando llegué.

Por lo pronto, seguimos vivos. Los próximos posts me verán en Nueva York, en los últimos días de aquel período de gloria, que ahora parece distante. Se bebió mucho de bueno y no tan bueno. Mis amigos me celebraron y despidieron como no me merezco, en verdad. Hay historias que contar y las contaré. Les dejo un video de los de dar aliento. Sintiéndome como un extraterrestre, me parece apropiado…

Escrito por: manuel-camblor 7 comentarios 30 Abr 2008 URL Permanente

18 Abr 2008

Aprieto el botón y...

Se habrán dado cuenta de que no estoy ni posteando ni respondiendo a mucho comentario. Ayer en la madrugada Josie salió para Santo Domingo con Julián y Sabina. Ya llegaron y al parecer se adaptan. Josie está muy cansada y es comprensible. Es quien preside sobre una transición tremebunda, de nuevas niñeras, nuevo medioambiente, nueva alimentación infantil, nuevo horario…

Yo, por mi parte, quedo en Manhattan haciendo lo indecible e inhacible para avanzar la causa de nuestra mudanza. Llevo días empacando libros. Hoy se fue el contenido de mi cava casera a almacén. Los discos esperan… El lunes y el martes estarán aquí los mudanceros para empacar el resto y llevárselo todo. La experiencia es muy física y, la verdad,, sí que no deja un segundo para bloguear.

Mis prioridades… Una, lamentablemente, no va a ser La otra botella. Me tomo un tiempecito para mudarme tranquilo. Si me extrañan, lean posts viejos, que aún, si mi e-mail es algún indicio, dan lucha (Hoy recibí una queja-diatriba sobre algo que escribí en enero, vaya ujté a sabé). Por lo pronto, estaré fuera de servicio por una, dos, tres, o las semanas que sea. Cuando vuelva les contaré sobre los últimos días en Manhattan (no ha pasado una noche de menos de tres botellas) y los primeros en Santo Domingo, donde nadie se ha enterado de que hay un escándalo en Montalcino. Concluye una importante etapa de mi vida y comienza otra etap que no sé como va a ser ni como me va a marcar. A quienes me odian, piensen en mí cargando cajas y jodiéndome hasta la médula con minucias que me resultan detestables. Los otros, entiéndanme y deséenme suerte.

Peace out, amigos. Me silencio un tiempecito. Pero volveré en cuanto recobre las energías.

Un abrazo en tránsito a todos,

Manuel

p.d. Quizás al final de esta odisea pueda cantarles algo así, aunque no con la sublime gracia de Róisin Y Moloko... Es un disco que estoy oyendo mucho en mi iPod en estos días. No sé por qué. La vida es así y su banda sonora la hace un loco genial.

Escrito por: manuel-camblor 12 comentarios 18 Abr 2008 URL Permanente

14 Abr 2008

Tengo 40 años...

Eso.


Nací un 14 de abril de 1968 y la cuenta no es muy complicada. Hoy cumplo cuarenta años. Es una mañana preciosa, soleada y fresca en Manhattan. Tengo una leve resaca tras los festejos de anoche, que incluyeron muchos vinos, algunos de ellos memorables. También tengo la sonrisa que me dejó sentirme querido por buenos amigos, gente inteligente y alegre, pero sobre todo afín. Y tengo una lagrimita furtiva porque no puedo evitar pensar que me voy de esta ciudad que tanto adoro.

Tengo mucho que agradecer. Están esos amigos, claro. Está mi bella mujer, que me dió mis bellísimos y risueños hijos mágicos. Están mis padres y mi hermano. Están todas las posibilidades que da una cierta prosperidad. Están la comida y el vino que llevo más de media vida amando. Está la voluntad de aprender, entender, escribir, joder la paciencia… Está el hecho de que sigo vivo aún, tras veintinueve años de luchar contra una cruel enfermedad que a cada rato me roba una tajada de dignidad u otra de bienestar. ¿Por qué saco a colación esto? Pues porque me diagnosticaron la diabetes un par de días después de mi undécimo cumpleaños. Desde entonces, cada vez que cumplo años no puedo evitar recordar.

Es extraño, sentirse que ya ni de casualidad nadie va a pensar en ti como un “muchacho”. Recuerdo cuando mi padre cumplió cuarenta años. Yo entraba en la adolescencia y no hubiese podido imaginarme quien sería yo cuando me llegara el turno, como me habría dejado el cuerpo y la mente el mundo recorrido desde entonces hasta ahora. Miro a mis propios hijos, tan pequeños, y me pregunto como se sentiría mi padre en realidad aquel día. Es extraño, entrar en la madurez, por suavemente que uno pretenda efectuar la entrada.

Esta mañana, al levantarme, me puse a mirar el regalo que me hice en nombre de mis hijos. Lo ven en la foto.

Algunos hombres, cuando entran en esta edad, van y se compran un Ferrari (en mi caso hubiese sido un Maserati, que son los que me gustan ahora), o se echan una querida. Yo, por mi parte, afrontando la peculiar versión de una “crisis de media vida” que he elegido, opto por recuperar la música una vez más. Quizás forme una banda con otros gordos viejos y calvos, escriba canciones… O quizás me dedique a tocar las canciones de otro. Como ésta, tan apropiada en este momento…

Escrito por: manuel-camblor 55 comentarios 14 Abr 2008 URL Permanente

13 Abr 2008

Escenas de Manhattan en primavera, con Peñín (y 2)

Nunca he sido amante de las “catas” multitudinarias en las que has de ir de mesa en mesa, copita de cristal barato (o algo peor) en mano, pidiendo muestras a distintos representantes de comercios y bodegas. En mi experiencia acaba uno agobiado y sin catar mucho en realidad. Y en las más concurridas se agrava el tema con el tener que competir contra cientos de otros asistentes para obtener la atención del bodeguero X o Y, las maniobras estratégicas para mantenerse uno al lado de la escupidera (único modo de no terminar ebrio perdido a los veinte minutos), el andar con la pila de brochures que te van dando en ristre, el calorcillo y los tufillos que despide la masa humana, aún con el aire acondicionado a toda pastilla...


Vamos, que es que como deporte está muy lejos de gustarme.


En el caso de la muestra de vinos que siguió a la dscusión de panel para el lanzamiento de la Peñín Guide 2008, había un par de elementos reconfortantes. El primero es que, al celebrarse en el mismo lugar que el año anterior, conocía ya bien los recovecos del recinto y podía trazarme una especie de plan de acción. El segundo es que los organizadores son muy amables y te dan la libretita verde con el santo, seña y descripción metodológica de todos los elaboradores de vino que se presentan. Así tienes un cedazo de relativa efectividad y puedes pasar de torturas gustatorias innecesarias, por ejemplo, si lees que tal productor está en una región famosa por sus chapapotes, su vino tiene 16% de alcohol, utiliza cual porciento de roble francés tostadote, o su “cuvée prestige” tiene por nombre uno de esos latinajos que tanto desprecias y que desearías pasaran de moda de una puta vez... La libretita es una buena despertadora de prejuicios. Esto sería, a un nivel muy findamental, negativo, pues puede que pases de algo valioso en base a poca información, mal interpretada. Pero si tienes delante cuchucientas muestras de vino posibles para probar en un tiempo limitado, siempre pasarás de unos cuantos como quiera, o sea que vale la pena tener aún la más vaga pista.


Ya, ya... Algunos estarán dando chilliditos preorgásmicos y exclamando: “¡Mira, primo, Camblor se contradice! ¡Ahora está declarando que, después de todo, las guías pueden ser útiles! ¡Lo mangamos, joio!” Y yo me veré obligado a aguarles un poco el festejo diciendo que utilizo la guía en polaridad inversa. Me importan poco los puntos y las loas hiperbólicas, la propaganda y la plepla. Allá el grueso de los vinos españoles que se mueva en el rango de puntuación que se mueva. Si me informas con datos sobre la elaboración del vino, ya puedo tomar una decisión más justa para conmigo mismo, pues hay una gran probabilidad de que me guste o no me guste el vino presentado.


Bueno, claro, existe una instancia en que los puntos también me sirven para eliminar un vino de mi lista de “posiblemente interesantes”: Cuando sé que el puntuador es un enohortera perdido, como tantos hay hoy día. Entonces tiendo a buscar los vinos que peor puntúa, que por lo general resultan muy bebibles.


No que éste sea el caso con la Peñín Guide, valga la aclaración. Ya en el evento del año pasado me sorprendí encontrando, entre los altamente puntuados, algunos vinos honestos y verdaderamente atractivos, algo que, muy para mi placer, se repetiría en esta ocasión.


Pero perdón por el rollo descriptivo del cambloriano epistema. Iba a decirles que estaba en el salón, entre la multitud, listo para pegarle a los vinitos que se ofrecieran, y me fuí directamente a la mesa detrás de la cual estaban mi buen amigo Alfredo Arribas y su hija, Claudia. Unos meses atrás, cuando este genial arquitecto barcelonés convertido en bodeguero nos visitara, les conté sobre los tintos que me había traido para probar. A ambos se nos quedó la espinita de que tenía yo también que probar sus blancos y su rosado de Montsant, y precisamente era el blanco el que venía recomendado por la Peñín Guide 2008.


El Portal del Montsant, Santbru Blanc, Montsant 2006 es una cuvée de 90% garnacha blanca, 7% macabeo y 3% chardonnay con cinco meses en barrica y me sorprende a la primera olida por varios factores. Lo primero es que carga solamente 13.5% de alcohol, lo que en estos días y en su región es casi un milagro de moderación. Lo segundo es que, a diferencia de tanto vino de garnacha blanca de por esos rumbos que he tenido que sufrirme, no resulta ni pesado, ni sobreglicérico, ni fofo. Todo lo contrario. La nariz es dulcemente voluptuosa, pero muy fresca. Manzana y pera con acentos de jengibre en conserva, lirio y una mineralidad juguetona. Limpio. En boca es redondeado, pero con acidez bien puesta. Cremoso en el paladar medio y largo de posgusto. Lo que se me ocurrió poner en mi libreta sobre el final es que resulta “transparente”, con todos los componentes claramente a la vista y en armonía.


Alfredo también me dió a probar el Portal del Montsant, Santbru Blanc, Montsant 2007, recién embotellado. Este vino trae como novedad la introducción de garnacha gris en el coupage, y esta es una variedad de cuya existencia había leido, pero que nunca había tenido ocasión de probar. Esta versión del Santbru se presenta aún dominada por aromas de lías, pero detrás hay algo que me gusta. Resulta más ligero y vibrante que el 2006, con un sabroso centro cítrico de naranja y limón. La floralidad es más bien de madreselva. Fresco, enérgico, limpio y muy sexy. Habrá que ver como se porta de aquí a un añito, cuando se asiente un poco. Tiene muy buena persistencia y, lo más curioso, el final logra una eterealidad muy elegante, algo raro en un blanco mediterráneo.


Dos vinos muy bien logrados. Y, para los malpensados, que siempre los hay , no lo digo porque considere a Alfredo Arribas un buen amigo. Más vinos así, puros, expresivos y con tratamientos discretos de madera, harían que mi opinión sobre ciertas regiones catalanas cambiase radicalmente. Eso lo puedo asegurar. Si la tendencia en Montsant es hacia vinos de este tipo de perfil, sean blancos, rosados o tintos, me ganarán como fan rápidamente.


Yo aquí, llena que te llena cuartillas, y voy sólo por dos vinos. Hay que seguir... Pasé a la mesa de al lado, a probar algo de Monterrei. El Quinta da Muradella, Gorvia Blanco, Monterrei 2005 me lo sirven un tanto frío, pero las lías y el battonage son obvias desde un principio. Luego, entre notas florales, se cuela una vainilla que, al menos para mí, no viene mucho al caso. Según me explica el amable joven de la bodega, este vino es 1005 doña blanca y fermentado en barrica. Una pena, porque me hubiese gustado enterarme lo que da esa variedad pura, en esa región, antes de que intervenga la madera. Tras el toque de vainilla, aromas de mandarina, melocotón enlatado y una mineralidad distante. En boca es bastante graso, con un buen impacto frutal y acidez marcada. Mis problemas con esto vienen al final. Primero, se siente una extraña rugosidad textural que podría bien venir de la madera y que no beneficia al vino en lo absoluto. Segundo, hay una cierta torpeza de movimiento en el posgusto, que se debe a lo que me parece un exceso de peso. Pone la libretita verde que la vendimia para este vino ocurrió la primera semana de septiembre del 2005. Y con fruta de esas fechas en una zona atlántica, el vino carga 14% de alcohol... ¿Soy el único a quien esto le parece un poco raro?


Con los tintos de esta bodega me fue mejor. Lo que me había atraido originalmente a la mesa era la mención en la libretita verde de que elaboran vinos a partir de variedades como doña blanca, treixadura, verdello, monstruosa y torrontés para blancos y mencía, caiño redondo, brancellao, sousón, verdello tinto, zamarrica y tinto zerodio para los tintos. Tras mis gratísimas experiencias con el tinto de Torroxal el año pasado, todo lo que sea probar variedades gallegas autóctonas me llama la atención muchísimo.


El Quinta da Muradella, Gorvia Tinto, Monterrei 2005 es mencía, caiño redondo y bastardo. Floral y jugoso. Un tinto fresco y limpio que te hace la boca agua.Aromas y sabores de cereza con un deje de anís. Facilísimo de beber. Esto con un filete de salmón a la plancha tiene que ir muy bien.


El Quinta da Muradella, Bastardo, Monterrei 2005 ya intenta ser un vino más grandecito. Aromas de bombón de frambuesa, crema de vainilla y una interesante mineralidad de fondo. Hay en el todo un deje fresesco sin llegar a aparecer aromas o sabores directamente de fresa, lo que es un efecto interesante. Frutal y sabroso en boca, con buen agarre de acidez y taninos.


Me dí una vueltecita, cotejando las mesas con la información de la libretita verde. Una bodega de Ribera del Duero se autodefinía como “Garage Winery”. ¡No jodaaaas! Descartada. Así de fácil. Otras ponían que los vinos cargan más de 14% de alcohol y yo digo que al diablo aquello que dijera Peñín sobre “gastronomía de vino tinto”. No quiero tanto alcohol ni en blancos ni en tintos y me cuesta mucho trabajo visualizar una comida en la que quiera pedir otra botella de vinos así. Bueno, y había alguito de Toro, que Peñín había anunciado como lugar de distintivo terroir. Pero considerando mi trayectoria afectiva con los vinos de esa región, como que no estaba yo para andar probando más vinos que me disgustaran y aniquilándolos en mis notas. Es que se cansa uno de hacer enemigos.


De repente, en esta ronda eliminatoria me ví ante una mesa con dos individuos detrás donde se proponían unos cuantos vinos gallegos más. Los dos personajes eran Rodrigo Méndez y Fleki Barruti. Me presenté y resulta que Fleki me conocía de foros de debate en esta internet del vino que tanto nos ocupa. Traía un vino suyo que me tocaría probar luego. Pero antes entré a saco con los de Rodrigo, de sus Bodegas Forjas del Salnés. Más uvas gallegas y, por añadidura, unas elegantes etiquetas con el reclamo “Tintos de Mar” debajo del nombre del vino. ¿Cómo podía resistirme? Estoy muy a favor del orgullo atlántico. Es algo definitivamente a fomentar en España después de tanto “mediterranismo”.


Primero, el albariño. El Forjas del Salnés, Albariño “Leirana”, Rías Baixas 2006 carece de los afeites fermentatorios de la gran industria albariñera. Me dice Rodrigo que levaduras naturales y dejar que la uva haga y dé. El vino es delicadamente floral, con notas de lías que no dominan, pero están presentes sobre un corazón cítrico. Sobre el todo se siente un decidido aire marino. Ligero y firme en boca. Erguido, fresco y bonito. Posgusto pronunciadamente mineral. Crustáceos acabados de capturar y sal era lo único que me hubiese faltado para completarme una feliz mesa.


Seguimos con los tintos. El Forjas del Salnés, Loureiro, Rías Baixas 2006 es un tinto limpio, firme y apretado con aromas y sabores de frutas negras, eucalipto y una potente mineralidad tocadita de sal. Interesante y muy expresivo. Creo que necesita algo de tiempo.


El Forjas del Salnés, Goliardo, Rías Baixas 2006 es caiño y me gusta inmediatamente. Violetas, té negro, jazmín y la misma salinidad de los otros sobre fondo de frutas del bosque perfectamente maduras. De cuerpo medio. Puro. largo y muy bien enfocado.


Mientras yo cataba todo esto, Fleki había desaparecido. Las obligacioens del networking en estos eventos, sería. Pero Rodrigo, diligentemente, se encargó de que no dejara de probar el vino que había traido Fleki, creo que hors concours del peñineo, pues mi nota aparece en la contraportada de la libretita y no veo su bodega en el índice. El vino era el Ziries, Vino de la Tierra de Toledo 2007 y automáticamente vulneraba mi regla de los alcoholes, peus cargaba 14.8%. Pero la cosa es que la carga, a decir verdad, ni se le notaba. Nariz bastante reductiva, como es de esperarse de un vino muy recientemente embotellado. Pero detrás de esa reducción aparecen notas de violetas y tomillo sobre cereza y frambuesa negra. Suculento en boca, limpio, con excleente enfoque. Obviamente, está un tanto achocado por el embotellado y el cruce del charco, pero promete. Quisiera reencontrármelo en seis meses. Lo más curioso es que, a pesar de la alta graduación, no se siente calor ni excesiva untuosidad. Por el contrario, hay frescura. Me deja rascándome la cabeza. Creo que Rodrigo me dijo que se trataba de 100% garnacha.

Entre lo que de verdad valió la pena: Rodrigo en la mesa de Forjas del Salnés


Gerry Dawes me había dicho que entre el contingente de la DO Vinos de Madrid había alguno que otro ejemplar que mostraba “sorprendente mesura”. Como mi exposición a esa DO se limita a mis cada día (lamentablemente) menos frecuentes visitas a La Pinta y la Viña, un delicioso local cerca de donde suelo quedarme en muchas de mis visitas a Madrid, me había asignado catar alguito, a ver. Pero la agenda de eventos en torno a la Peñín Guide 2008, incluía al día siguiente un almuerzo en Boquería con protagonismo, precisamente, de Vinos de Madrid. Decidí dejar para mañana y cometí un error, pues el día del almuerzo me levanté horriblemente descompuesto y no pude asistir.


Otra vez será.


Dos bodegas nuevas de Rioja presentaban sus vinos y, habitando mi blog donde habita, decidí que ambas requerían mi atención indivisa durante un rato.


La primera de las bodegas era Launa, donde comencé probando el Bodegas Launa, Antonio Alcaraz Crianza, Rioja 2004. Cuenta la libretita que esto es 90% tempranillo y 10% mazuelo. Me erizo un poquitín cuando veo que la crianza declarada es en “new barrels” y consiste en “French and American oak for 15 months, with rotation every six months”. Le entor y me encuentro con un rioja moderno competentemente hecho, pero, la verdad, sin nada especial que me haga vibrar. Anís, regaliz, coco tostado, café y cuero sobre frambuesa, arándano y fresa. Hay también notas lácteas. En boca es cremoso y con acidez justa. Los sabores y, sobre todo, los taninos de madera dominan demasiado el final, que se siente recortado y un tanto áspero.


Siguió el Bodegas Launa, Antonio Alcaraz Reserva, Rioja 2001, que, de plano, lleva su roble de primer año bastante discretamente en comparación con el crianza. Cremoso, con aromas y sabores de