29 Jun 2008

Juventud, divino tesoro: Una de "fri asosieishon"

A veces las buenas intenciones no bastan. Tienes tanto trabajo del que te paga los vicios que, por más que quieras darle un poquito de cariño a tu blog, que alguna vez tan hiperactivo fuese, el tiempo sencillamente no te da.

No obstante, miras algo y de repente te surge una idea… Sin darte cuenta, tienes un post cociéndose.

Resulta que en la sección de comentarios de otra entrega comencé un interesante diálogo con José Fuentes sobre la extraña disonancia que existe entre el sistema hoy día más aceptado de evaluar vinos, o sea, la cata con puntuación basada en el impacto del vino en un momento determinado. Para no dañarles la trama y ahorrar unos preciosos minutos, aquí el enlace a la conversación en cuestión:

http://blogs.larioja.com/otrabotella/2008/6/16/una-gotita-el-oceano-#c53087886

Mi vida tiende a ser de pasillos, espejos y enciclopedias a montones. Resulta que entraba a lomejordelvinoderioja.com por la puerta de enfrente, que es algo que no hago tan frecuentemente (prefiriendo las rutas de la herramienta de creación de blogs o de respuesta a un comentario) y me dí cuenta que el Foro de Discusión ha sido invadido por spam porno y nadie parece enterarse (como el cibercensor de porquería venga y no me permita introducir la palabra “porno” en esta entrada, te juro que…)

El asunto es que veo el montón de anuncios de viagra y cialis, idénticos a los que nos llegan neciamente a diario a casi todos los que usamos correo electrónico, por más filtros que pongamos, y en mi mente se formó una comparación peculiar entre las expectativas de envejecimeinto que tenemos hoy por hoy para las personas y las que tenemos para el vino.

Flota en mucha literatura del vino actualmente una noción de que el envejecimiento de un gran vino es cuestión de “cuanta fruta conserva” el vino tras X número de años. Para muchos opinantes sobre vino en nuestro tiempo, los atributos de un vino viejo deben ser, para ponerlo lo más simplemente posible, los de un vino joven, mantenidos. La “chicha” es la clave.

Veo a diario mucha gente con obvias señas de haber pasado por montones de cirugías plásticas “para verse jóvenes”. A otros los veo con injertos de cabello. Alguna se habrá quitado un par de costillas para hacer parecer que tiene cinturita de avispa. ¿Y qué decir del septuagenario teñido y engominado al que le dió el infarto en la ambulancia, mientras lo llevaban al hospital en pleno paroxismo priápico, tras haberse metido un puñado de pastillitas azules antes de una sesión amatoria?

Mi reflexión de hoy es sencilla. Los encantos de un vino, con el paso de los años, deben ser del mismo orden que los encantos de un ser humano que madura, que adquiere mundo, que se hace sabio, que puede mostrar con orgullo las marcas del camino recorrido… Existe una fragilidad implícita en la edad, pero también existe una profundidad, una capacidad de presentar sutilezas, que muy pocos jovenzuelos tienen. Tenemos menos “chicha”, eso es cierto, pero nos hacemos, con el tiempo, más frágiles, pero a la vez más complejos e interesantes. Así también debe ser el vino.

Me da por preguntarme si no habrá alguno que otro enólogo de esos que andan por ahí con tanta tecnología por detrás, inventando o quizás hasta ya aplicando un equivalente vínico a la cirugía plástica o una de esas pastillas para la “disfunción erectil”. Vinos con “chicha” frutal eterna… Les añades un polvito y ¡zas!, como el primer día, ¡100 puntos!

Pobre señor, el de la ambulancia. Ahora lo que me pregunto es cuánto tiempo les tomará a los señores administradores de este sitio en que habita mi humilde blog el retirar el spam que les cayó en el foro.

Escrito por: manuel-camblor 18 comentarios 29 Jun 2008 URL Permanente

24 Jun 2008

Venga la esperanza...

Aunque sigo acongojado por la inesperada muerte del gran George Carlin, creo que les debo el post feliz del que les conté. Sale, un tanto abreviado, pero sale…

Resulta que hace unos días compré la primera caja de un mismo vino aquí en Santo Domingo. No, no lo hice en desesperación, transándome por algo que no hubiese comprado teniendo a mano otras cosas. De este vino hubiese comprado igual una caja en Chambers Street Wines cuando vivía en Nueva York. De hecho, responde claramente a la pregunta: ¿Qué tienen en común mi tienda favorita de vinos de verdad en Manhattan y La Viña de El Catador en Santo Domingo? Pues el Georg Breuer, Riesling “Charm”, Rheingau 2005.

Esta maravilla con tapón de rosca es casi completamente seco, suculento, con mucha garra y un posgusto larguísimo. Trae mucha toronja con elementos de savia y polen, además de una maravillosa mineralidad. Muy fresco y puro. Muy “crunchy”. Un primor, sobre todo en este clima. De doce ya me he ventilado tres botellas, por lo que puede que pronto vaya a por otra cajita.

Hablando de lo bebido recientemente, pues tengo que contarle a mi buen amigo Gonzalo Lainez, quien me encomendara observar como andaban representados en la restauración local los vinos de la bodega para la cual trabaja, que por primera vez me encontré un Roda II en una lista local, aunque el precio me hizo optar por otra cosa. En este caso, la otra cosa fue un Contino, Reserva, Rioja 2001 que estaba muy sabroso, aunque quizás hubiese sido mejor compañero de baile para el cochinillo que esa noche me sirvieron en Casa Vicente si la acidez del vino anduviese menos tímida en estos momentos. Mucha madera y fruta aún muy primaria en este Contino. Es un riojazo modernote al que pudiese yo haber objetado, pero no. Debajo de todo el dulzor y la voluptuosidad sé que hay un alma clásica y una estructura buena. Además, aunque su danza con el puerquito no fuese una “command performance”, no es que lo hiciera mal.

Ah, echaré unas florecillas más a la gente de El Catador aquí en Santo Domingo porque, para mi grata sorpresa, también tienen, aparte del rieslingcito de Breuer, unas cuantas cositas de Mastroberardino. Contento estaba yo el otro día la llevarme el Mastroberardino, Fiano di Avellino DOCG 2006, si bien soy mucho más amigo de los tintos de esa casa que de los blancos, que nunca han acabado de justificarme el precio… Aromáticamente este fiano no dice mucho tras media hora abierto, así que le doy un golpe de jarra. Tampoco. Melón, uva, mandarina y un distante aspecto herbáceo. Globular en boca y simplón en boca, aunque con muy buena acidez. El problema es que la globularidad en cuestión al final se traduce en una sensación textural glicérico-oleaginosa que me molesta un poco. Pero parece que no molestó tanto, porque al final Josie y yo nos acabamos la botella sin pensarlo.

Siguiendo en la misma onda, me dí el Mastroberardino, Greco di Tufo DOCG 2006. A éste le tomó tres días abierto en la nevera darme alguito que reportar. Al principio su mutismo me alarmó y por eso lo dejé quieto. La recompensa a mi paciencia, eso sí, no es que fuera generosa… Manzana, pera, fruta de pan, un dejecito de tamarindo y una agradable notita salina fue lo que me encontré, todo muy tímidamente expresado, pero ahí. Buena acidez en un final medio. Limpio. Muy apretado.

Algo que debo comentar es que las botellas de Mastroberardino tienen un nuevo “look”, muy modernote él. En vez de etiquetas de papel ostentan coquetos “transfers: sintéticos con el viejo logo de Mastroberardino reestilizado. Eso me hizo temer un poco cuando compré las botellas. No sabía si la casa hab7a dado algún giro spoofulístico… El final de mi trío fue el siempre confiable Mastroberardino, Lachryma Christi del Vesuvio 2006. Pienso, al transcribir mi nota ahora, en como reaccionaría nuestro amigo el RP a la versión 2001 de este vino. Y como reaccionaría a esta botella. Muchas de las botellas de aquel lote del 2001 que compré baratísimo en Nueva York se traían pestazos que a veces resultaban—al menos inicialmente—demasiado ferales hasta para mí. Sin embargo, el vino, al dejarlo respirar, daba mucho de sí. Mucho. Este 2006 se siente un tanto más saneado y modernillo que aquello, aunque guarda su carácter. Aromas de potpurri, fresa, frambuesa, cuero, tierra negra, regaliz, Earl Grey y un tocino que, por lo de hacer honor al lado oscuro del brett, por momentos deja entreoler curitas. De cuerpo éste viene entre ligero y medio. Definitivamente no es el vinazo seriote, rústico y apretado del 2001. Fruta directa y limpia, con los aspectos térreos solamente apareciendo de fondo. Taninos vivaces, un poco granulosos. Largo. Se va acítricos en el final de forma muy simpática y te deja un amargor sabrosón en la boca durante buen rato. Muy bebible. Repetiré, estoy seguro.

Otro vino comprado junto con los de Mastroberardino, siguiendo una recomendación de la revista local El enófilo por lo de calibrar gustos, fue el Concha y Toro, Sauvignon Blanc “Terrunyo”, Viñedo el Triángulo, Valle de Casablanca, Chile 2007. Ya, ya. Otro chileno más. Predecible era que no iba a convencerme, aunque he de decir que no me gustó, particularmente por venderse a un precio comparable al de unos cuantos sancerres infinitamente mejores como ejemplos de sauvignon blanc que yo me sé. Nariz de cítricos atropicalados potentes (toronja y piña, notoriamente) con una cierta petulancia herbácea que pretende vendérsete como “autenticidad varietal”. Pero es demasiado sobrada como para poder tomármela en serio y, además, no viene respaldada por nada mineral que me haga interesarme más allá. Buena concentración en boca, pero se siente demasiado manipulado. Larguito, pero carente de dimensionalidad. Josie dice que no le molesta. Yo le digo lo que pagué por él y ella cambia rápidamente de parecer.

Se dirán que ya me voy aclimatando y que hasta es posible que se ablanden un poquito mis rigurosos criterios. Pero no. Lo que me gusta, lo digo honestamente. Lo que me deja indiferente, también. Y lo que me disgusta… Pues ya ustedes saben… No sería éste un buen episodio camblórico sin un poquito de vitriol, que esta vez dedicaré al francamente horrible Viña San Pedro, “Castillo de Molina” Cabernet Sauvignon Reserva, Valle de Colchagua, Chile 2006 que me sirvieron en algún momento de la semana pasada.

Cuando digo “francamente horrible”, no lo hago gratuitamente. El horror viene al comparar este asqueroso potingue con un vino del mismo nombre, si bien de añada muy distinta (y ya distante, considerando como es el mundo del vino hoy día), que yo alguna vez considerara muy digno de mi copa y mi cava. Bromeábamos en la mesa, copas en mano, diciendo que a este 2006 mejor le cambiaban el nombre por “Castigo de Molina”. Mermelada de frutas rojas indeterminadas y ciruelas pasas con una infusión agresiva de vainilla. Fofo, empalagoso y aceitoso de textura. Encima, calientemente alcohólico en su no-posgusto. Pero lo peor de todo es una discordante nota que me recuerda a insecticida, que resuena durante toda la breve y consistentemente desagradable experiencia. Uno que desde ahora evitaré. Lástima, porque recuerdo algún 96 que bebí repetidamente en Puerto Rico como verdaderamente muy bueno.

Escrito por: manuel-camblor 4 comentarios 24 Jun 2008 URL Permanente

23 Jun 2008

¿Cómo despedirse?

Hoy iba a escribir una entrega feliz. Ya la tenía más o menos diagramadita en mi cabeza e iba a sentarme a la computadora cuando ví en CNN una noticia que me sentó como una patada en la barriga. A los setenta y un años, George Carlin ha muerto.

No les contaré nada ni intentaré un obituario que no soy digno de escribir. George Carlin tenía setenta y un años, aunque bien podría haber tenido la edad que le diera la gana, o ninguna edad. Se jodió porque su corazón le falló. El mío se encoge al saber que él ya no estará, vestido de negro riguroso, iluminando mi vida y haciéndome sonreir totalmente como poquísimos comediantes hoy día lo logran.

A continuación, una memoria visual de George Carlin. Adiós, maestro… No, perdón, que implícita en esa despedida va una patraña imperdonable. En fin, nada, que me enseñaste, sin conocerme nunca, lo único que sé, que es que saber sirve de muy poco cuando la realidad carece de vergüenza. Encontraste la salida por pura ley biológica. O la salida te encontró a ti. ¿Podrías darle un golpe al letrerito, a ver si se enciende y al fin nos enteramos donde queda?

Tan devastado estoy que estoy hablando solo. Hoy iba a escribir una entrega feliz…

Escrito por: manuel-camblor 5 comentarios 23 Jun 2008 URL Permanente

18 Jun 2008

Real Wine Attack: Posdata

La idea era dar un espacio más amplio al “Real Wine Attack”. En las últimas tres entregas se habían suscitado comentarios sobre lo imposible que era catar y conversar cómodamente con los vignerons en el local de Chambers Street Wines, ya que la concurrencia cada año iba creciendo más y más. Al parecer, el número de gente interesada en vinos de verdad—naturales, distintivos y elocuentes en cuanto a sus orígenes—va alcanzando proporciones que no son ninguna bicoca.

Así, el “Real Wine Attack” fue a parar a Cercle Rouge, un restaurante a pocas cuadras de Chambers. Resulta que los organizadores creyeron que este local, más grande, no se les llenaría tanto como la tienda. Pero la vida te da sorpresas…

Me bajé del taxi y ví que, afuera de Cercle Rouge, como si de una discoteca o de la “Venta de Almacén” de Barney’s se tratase, había una considerable cola de gente con pinta de fashionistas y seudobohemios. Tras la proverbial cuerda de terciopelo que bloqueaba la entrada al sitio estaba Joe Dressner. Lo veía de lejos y lo imaginaba diciéndoles a un trío de chicas “in”: “Okey, tú y tú entren. La otra no”. O bueno, quizás eso era yo proyectándome. Siempre me intrigó el proceso mental de los porteros de Studio 54. Y siempre pensé que hubiese sido divertido tener su trabajo, aunque fuera por una horita.

En fin, que me acerqué a la cabeza de la línea y Joe, saludándome, levantó la cuerda roja para franquearme el paso. Alguna de la gente bonita en la fila me miró con cara no muy bonita. Seguro mascullaron algo sobre mi madre. Yo, por mi parte, seguí para dentro como si el resto del mundo no existiera, sintiéndome todo un VIP.

Lo que me encontré en Cercle Rouge fue un lleno total. De un lado ví a Marc Ollivier, sirviendo Muscadet a dos chicas muy guapas. De otro lado creí ver a Didier Barrouillet, de Clos Roche Blanche, detrás de una mesa asediada por una turba humana que profería copas vacías. En el centro del salón estaba el señor del burdeos aquel que me gustó en el evento de Polaner. No veía yo perspectiva alguna de catar nada, pues todas la muchedumbre era implacable y no soy yo de los de ponerme a dar empellones.

Recordando estaba yo los patrones de comportamiento de los más atiborrados sitios en Ibiza allá por los primeros noventas y como hacía para sortear aquello, que vamos, no era mucho más difícil que esto… De repente tuve una iluminación: Para llegar a la barra en aquellas discotecas sólo había que tener paciencia. El gentío era como la marea. De repente se abría un claro y era cuestión de correr a aprovecharlo, sabiendo muy bien lo que le ordenarías al bartender.

-Hordas de “fans” del vino de verdad en Cercle Rouge-

De ese modo pude llegar a la mesa de Radikon y hasta probar un par de vinos servidos y explicados por Sasa Radikon, fíjese usté. Uno de ellos—el único del que apunté algo en mi libreta, pues me era una novedad—fue el Radikon, “Jakot”, Venezia-Giulia 2003, todo un descubrimiento. Este vino se elabora de tocai friulano (“Jakot” es “tokaj” al revés), siguiendo los métodos típicos de Radikon y sus vecinos, o sea, levaduras naturales, maceración en contacto con la piel de la uva, fermentación sin controlar la temperatura en toneles usados, etc. El resultado es algo singularísimo y muy sexy, desbordándose la copa con aromas de albaricoque, pera, almendra fresca, cera, polen y talco. Un “blanco”, como todos los de Radikon, con alma de tinto. Potente y voluptuoso, pero a la vez impecablemente estructurado, con fruta muy masticable en boca y un genial agarre acídico-tánico-mineral en el posgusto. Fascinantes vinos los de esta casa, siempre.

Probé unas cuantas cosas más, pero el ambiente recargado por los efluvios corporales y la cercanía codo-con-codo con los vecinos me hicieron guardar la libreta en el bolsillo. Habré degustado los tintos de Eric Texier y todos estaban preciosos, eso creo que lo recuerdo. Pero pronto me entraron ganas de tomar las de Villadiego. Me fuí a casa de SFJoe, que queda convenientemente cerca de todo. Y allí estuve un rato, refrescándome, charlando con Joe y el famoso Fatboy, hasta que llegó la hora de cenar. Estábamos los tres invitados a retornar a Cercle Rouge para, terminada la fase multitudinaria del Real Wine Attack, cenar con los vignerons tranquilamente y abrir unas cuantas botellucas.

En nuestra mesa el elenco de vignerons rotó unas cuantas veces. Iban y venían botellas que utilizamos para acompañar la excelente cocina de bistro tradicional de Cercle Rouge. Lo que se bebió en la cena:

Clos Roche Blanche, Sauvignon Blanc, Touraine 2002: Los añitos en botella han hecho maravillas por esto. No que tuviese yo ningún problema consumiéndolo joven, pero ahora está perfectamente redondeado. Ligero, bien enfocado en sus aromas cítricos, florales, herbáceos, especiados y minerales. El ser así de grácil, pero sin dejar de dar una impresión de concentración, es una de sus mayores virtudes. Largo, mineral y muy fino.

F. & A. Quénard, Chignin Bergeron, Vin de Savoie 2004: Bebido con sus amables elaboradores delante. Su textura y la manera en que se mueve me recuerda encaje fino en una suave brisa. Puro y etéreo, con frutas amarillas dulces y una mineralidad talcosa. Deliciosamente delicado.

Marc Ollivier-Domaine de la Pépière, “Clos des Briords” Vieilles Vignes, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2000: Una versión voluptuosa del Briords. Carnoso, mineral, con vibrante acidez. La impresión de peso es lo que sorprende aquí. Un muscadet poderoso. Posgusto largo y complejo, con agradable salinidad.

Radikon, “Jakot” Venezia-Giulia 2002: Porque las cosas son así en estas noches, acababa de descubrir este vino de Radikon y aquí estaba el propietario de Chambers Street Wines con una botella un poquito más vieja que podría comparar. Educación acelerada. Perfumado. Agua de rosas, melocotón profundo, un toque de litchis, pera, cera y lirios que comienzan a marchitarse. Grande, especiado y tánico (raro decir eso de un blanco, ¿no?) en boca. Delicioso.

René & Vincent Dauvissat, “Les Clos”, Chablis Grand Cru 2000: Apretadísimo, con un nudo de mar y tiza envuelto en manzana verde, almendra fresca y cáscara de limón. Necesita tiempo.

J.-F. Coche-Dury, Pinot Noir, Bourgogne 1996: Es como la tercera vez en menos de un año que pruebo este vino y la impresión se mantiene consistente. Hay excelente fruta e interesantes aromas térreos, especiados y de hongos secos. La textura es sedosa. El problema es que todo eso se ve invadido por indiscreto roble que distrae demasiado.

Brunel, “Les Cailloux”, Châteauneuf du Pape 1988: Mi aportación a la mesa. Siempre he dicho que esta AOC no es santa de mi devoción y me esfuerzo porque poco quede de élla en mi bodega. Esta era una botella huérfana que en algún momento algún amigo me regalara y pensé que era cosa de “ahora o nunca”. Y lo pillé en bastante buen momento… Interesante nariz de romero, tomillo, salvia y lavanda secas, cuero, polvo, humo, cereza y caramelo. En boca es rusticón, pero sabroso, particularmente por poseer excelente acidez y un agradable deje salino. Buen largo y su agarroncito tánico aún.

Pierre Overnoy, Arbois Pupillin “Style Vin Jaune” 2000: Una botella “extraoficial”, de ésas sin etiquetar, pero con explicación del responsible, que es mejor que cualquier etiqueta en estos tiempos. Compacto, complejo y con mucha profundidad. Dulzor moderado. Aromas de heno y una profunda corriente anisada. Manzana dorada, cúrcuma y pimiente blanca. Piedra triturada. En boca está apretado, pero se deja beber. Excelente cuerpo y largo.

Seguimos un rato en Cercle Rouge y luego, a instancias de SFJoe, marchamos a un “after party” en su casa. Yo, por mi parte, me encontraba agotado. Había estado hasta el cuello en la preparación de mi mudanza y comenzaba a sentirme el vino y los efectos del trabajo físico. Llego un punto en el preámbulo a los extra-innings en que insistí en llamar “Thierry” a Didier Barrouillet, de Clos Roche Blanche. Espro que me perdone. Lo estaba confundiendo con Thierry Puzelat.

No dí mucho más. No tomé notas. Tras media horita estaba en un taxi camino a casa, a dormir.

Escrito por: manuel-camblor 11 comentarios 18 Jun 2008 URL Permanente

16 Jun 2008

Una gotita en el océano...

Pues me quedé pensando el viernes por la mañana en como puedo practicar lo que predico, o al menos intentarlo, aunque de repente me encuentre moralizando en calzoncillos. Se me ocurrió, ante las protestas del RP por lo poco que he estado escribiendo, que debo aprovechar y coltgar algo sabatino. No quiero anquilosarme. Además, si no hago uso ahora de este material, que es de abril, puede que se haga completamente irrelevante…

Era la de mis cuarenta, coincidencialmente, semana del “Real Wine Attack” en Nueva York. Ese gran festival del vino de verdad, organizado y ejecutado por mi amigo el gran Joe Dressner con su genial colectivo de elaboradores artesanales, es uno que espero ansiosamente cada año. Ahí puedo probar todas las primicias de las luminarias del vino natural y, mejor aún, compartir un poco con dichas luminarias, lo que es un auténtico lujo.

Este año, como me encontraba en plena mudanza, tuve que aporcionar muy bien mi tiempo. Usualmente el “Real Wine Attack”, en su versión abierta al público en general, ocurre en el local de Chambers Street Wines, en una orgiástica tarde de sábado. Este año, sin embargo, porque la tienda resultaba estrecha, la fiesta se fue a Cercle Rouge, un restaurante cercano en TriBeCa.

Pero me adelanto… Lo de “aporcionar muy bien mi tiempo” va porque tuve que dividir mi experiencia del “Real Wine Attack” en dos eventos, el de Cercle Rouge y, un par de días antes, la gran cata para profesionales del vino que celebra Douglas Polaner, distribuidor de los vinos de Louis/Dressner, con todos los vinos de su extensísimo y variadísimo portafolio (para que se hagan una idea de cuan extenso, Polaner distribuye tanto a Dressner como a Eric Solomon; no creo que haya que explicar mucho más; ahí se juntan mansos y cimarrones, “spoofulators” y naturalistas acérrimos…). Por suerte, mi labor como periodista ciudadano, o sea, bloguero, ahora me permite colarme en todo tipo de eventos de estos “For the Trade Only”. Bueno, ayudó que Joe Dressner, pensando que bien podía ser mi último “Real Wine Attack”, tuvo la gentileza de ponerme en su lista de invitados.

Llegué al mediodía del 15 de abril a la Gotham Hall en la 39. Tenía un par de horas esa tarde para catar lo más posible, conversar con elaboradores y despedirme de muchos conocidos neoyorquinos que me encontraría. Al final no caté casi nada, considerando todo lo que había. Entre lo que se me quedó: Los maravillosos alvarinhos de Dorado, los madeiras dela “Historic Series” de la Rare Wine Company, los rieslings de Steinmetz, Busch y los Knebel, todos los 2007 de Clos Roche Blanche y Clos du Tue-Boeuf, los mâcons de Jean Marciat, los tres vinos de Foradori que había en oferta (demasiada gente delante de la mesa), los barolos “Cascina Francia” de Giacomo Conterno, las sidras de pera de Eric Bordelet, lo nuevo de Pazo de Señorans, un reguero de sakés y los vinos de todos los parientes de Alvaro Palacios, que también los distribuye Polaner (para que veas que uno no se olvida de los amigos más que para olvidarse, RP).

En fin, que se preguntarán ustedes si probé algo a fin de cuentas. Les confesaré que penosamente poco. No sé por qué, pero el cuerpo me pedía más interacción social que cata.

Recién llegado no hice más que dar un giro a la derecha y me encontré con la mesa de López de Heredia-Viña Tondonia. Ahí estaba María José, en las de siempre, un bólido de energía y alegría. Su entusiasmo a uno se le contagia. Aunque los vinos casi todos eran viejos amigos, por lo de disfrutar de la presencia de María José y un par de amigos más, los probé todos.

Comenzamos con el López de Heredia, “Viña Gravonia” Blanco Crianza, Rioja 1998, que andaba un tanto peculiar de aromas, con un deje de tienda de neumáticos que me sorprendió. Por lo demás, muy enérgico y presente, con cítricos insistentes y notas salinas que me recuerdan a palmito en conserva. Dándole un poquito de juego de muñeca a la copa la pestecilla a Pirelli se disipa y lo que tengo delante es un excelente Gravonia, con mucha persistencia y una interesante textura mineralesca al final.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Reserva, Rioja 1989 está angular de primera impresión, con cítricos exotistas, algo de aceite de almendras y los sabrosos saladillos que siempre trae un buen tondonia. En boca se las arregla para dar simultáneamente impresiones de brillo y ligereza y de bastante densidad. El López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1981 me recibe abierto, con una sonrisa. Graso, con más cítricos exóticos. Más especiado que los anteriores y con mayor complejidad. Engañosamente amigable, eso sí. Entra en boca y de repente sientes un potente agarre mineral y esa acidez a prueba de balas. Largo y amplio, perfectamente seco de principio a fin.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Rosado Crianza, Rioja 1997 ha dado un giro muy positivo desde nuestro último encuentro. Es un vino esbelto y grácil de movimiento en la boca, donde los elementos fluyen bellamente de fresa silvestre a cáscara de naranja con especias. Perdón, que dije que no quería utilizar listillas de “descriptores”. Lo interesante aquí no es un aroma o sabor u otro, sino la progresión entre ellos, enérgica y sin el más mínimo tropiezo. La acidez y la salinidad en el posgusto añaden interés. Fresco y delicioso.

La revelación de la tarde entre lo que traía María José fue muy inesperada: El López de Heredia, “Viña Cubillo” Crianza, Rioja 2002. Sí, leyeron bien, el Cubillo se quedó con mi corazón. Cálido, afrutado y térreo, esto podría ponerlo como ejemplo didáctico de rioja clásico sin temor a pasar vergüenzas. Entra sedoso, limpio, preciso y elegante en sus caricias. Un vino que no necesita discursos, claro y conciso al invitarte a beber. ¿La botella entera? No problem.

El López de Heredia, “Viña Bosconia” Reserva, Rioja 2000 traía mucho de hierbas y flores secas por delante, con algo de caballo sudado. Entre ligero e intermedio de cuerpo y movimiento, pero se siente sustancial—quizás demasiado, considerando que en el posgusto, aunque te da un golpecito de cáscara de naranja, la acidez está más o menos justa. Aquí falta bosconia… Un pequeño desencanto. Pero bueno, con la trayectoriaza que lleva esta bodega conmigo, si fallan una vez no ha pasado nada.

En contraste, el López de Heredia, “Viña Tondonia” Reserva, Rioja 1999 es una maravilla: Frutalmente oscuro y abundante, con un aspecto de carne asada muy interesante. Pero que esto no engañe a nadie, aunque tiene tremendo cuerpo, esto es un tinto de excelente agilidad y mucha elocuencia. Bonito, especiado y muy largo, con una coqueta mordida acídica que reverbera todo el final.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1987 también estaba fenomenal. Cárnico y carnoso, especiado, térreo y envuelto en cuero fino. Frutillas rojas muy frescas y bonitas notas florales en un vino que se muestra completamente cómodo en su elegancia. Es noble, lo sabe y lo acepta como su estado natural. Bellísimo.

El López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1981 es emblemático de su tipo, con el habitual golpe de mineralidad disfrazada de guisantes. Compacto y seriote, con fruta suculenta—frambuesa de varios tonos que parece haber venido con todo y arbusto. Posgusto largo y especiado, pero apretado. No parece querer ponerse muy sociable en este momento.


-María José López de Heredia en plena faena-

El López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1976 se parecía tanto de natiz al 81 que en un principio pensé que se habían equivocado y me habían servido el mismo vino dos veces. Pero no. Aquí hay amplitud mucho más generosa y un cierto dulzor frutal tocado con flores silvestres. El posgusto, eso sí, es tánico y con mucho nervio.

El López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1973 se presentó con una nariz preciosa, perfumada, de tono altito. Marcadamente salino y especiado, con una corriente que me recuerda a flores y cirios en la nave de una iglesia, entre todo lo demás que trae. Vibrante. Sabroso. Saladito. Este vino por sí solo es un almuerzo. Fresco, largo y complejo.

Interesante, entre toda esta catadera entusiasta de vinos de una de mis bodegas favoritas en todo el mundo, fue una conversación que tuve con José Fuentes, un puertorriqueño universal que es apasionado del vino español en todos sus aspectos. José tiene la valiosísima virtud de poder darte una apreciación justa igualmetne de uno de estos tondonias que del más moderno de los iberomodernazos enológicos de Toro, Priorat, Ribera del Duero o cualquier otro punto de la geografía española. La equilibrada agudeza de sus observaciones me merece mucho respeto.

Pues hablábamos José y yo de lo bonitos que envejecín tondonias y bosconias, de lo complejos, profundos y adultos que se hacían, cambiando como uno cambia, o sea, ganando con el tiempo y la vida. Comparábamos eso con la manera que tienen de sencillamente no sobrevivir mucho tiempo tantos vinos españoles de esos “de ahora”. El caso es que José tocó un punto muy importante en cuanto a las expectativas de la gente sobre como debe envejecer un vino. Me decía que para muchos conocidos suyos el único parámetro a considerar a la hora de evaluar un vino con algunos años encima es “si conserva fruta”, en el sentido de fruta primaria, simplemente designable y a una intensidad “juvenil”. Esto, claro está, reduce el vino a la categoría de algo que no evoluciona sino de la cumbre al hoyo, de una plenitud al declive.

Si la cuestión es “lo que el vino aguante”, me decía José, eso excluye la verdadera vida y evolución plena del vino.

Quizás semejante mentalidad, que tan clara y terminantemente refutan lso vinos de López de Heredia, sea producto de la forma en que se enseña a los nuevos amantes del vino a evaluar lo que se toman. ¿Cuchumil puntos? Pues de ahí pa’bajo. Sólo interesa el vino que se ganó esos puntos, que es el que “no ha perdido facultades”.

¡Pobrecita cultura del vino!

En fin, pido disculpas a José por la chapucera perífrasis que he hecho de nuestra conversación, pero me pareció importante reportar su esencia. A ver, compadre, si te animas y amplías la idea…

Seguí mi camino hacia el fondo del inmenso salón. Lo primero que probé a continuación fue la línea de beaujolais de Jean-Paul Brun, incluyendo cierto vino que ha dado alguito de que hablar posteriormente, tras haberle sido denegada a varias partidas del mismo la AOC Beaujolais.

El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Chardonnay, Beaujolais Blanc 2007 es de un perfume etéreo; femenino en plan “chica natural” con vestidito de algodón y sandalias. Los florales son de madreselva y lirio. Los de fruta son cítricos vivísimos con un subtexto carnoso de melocotón. Un blanco puro, fresco, vivísimo y “extra-crunchy”. Divertido. Otro del que me podría beber la botella entera y desear que fuese un mágnum.

El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Rosé d’Folie, Beaujolais 2007 es otra belleza en plan natural, quizás un poquito más de “hippie intelectual” que el chardonnay. La esencia de la fresa, vestida en una mineralidad francamente I-M-P-O-N-E-N-T-E y espolvoreada juguetonamente con cardamomo. Las notas son pocas, pero los ecos son muchos y muy persistentes.

Llegamos al vino-controversia, el Jean-Paul Brun/Terres Dorées, “L’Ancien” Vieilles Vignes, Beaujolais 2007. Varias partidas de este vino han sido declasificadas—en un acto vergonzoso por parte de los “jueces” del INAO—y relegado a mero Vin de Table, pero la botella de la que me sirvió Jean-Paul no parecía ser de ellas, pues llevaba claramente la AOC en la etiqueta.

Un Ancien ligerito, que se deja beber espectacularmente ahora mismo, con fruta muy ágil y alegre, acentos de comino y su corazón mineral en la manga. Taninos vivaces en un final precioso.

Seguí a los crus, comenzando por el Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Fléurie 2007, que es otro sublime coctel de frambuesa y piedras. En la superficie parecería ligero como una brisa, pero en el paladar medio se abre y te muestra una estructura y una garra tremendas. Largo, térreo, firme… El Jean-Paul Brun/Terres Dorées, Côte-de-Brouilly 2007 es ligero y de trago fácil, lo que parece ser la marca de la añada. Trae lavanda, agua de violetas y arándano con una mineralidad decididamente salina. Muy refrescante y seguramente delicioso para almorzar. Un vino que te abre el apetito.

Por último probé el Jean-Paul Brun/Terres Dorées Moulin-à-Vent 2007, que era todo fresa pura con el más sutil toque de especias—algo así como cuando te le añaden un poquito de sal a una piña para acentuarle el sabor, pues aquí la nota especiada acentuaba la pureza de la fresa. Largo, limpio y delicioso.

Seguí a la mesa de los Desvignes, cuyos vinos he comentado aquí abundantemente, especialmente como ejemplos imprecables de vins de terroir. De sus 2005 compré montones en todos los formatos disponibles. Me parecieron vinos que recompensarían enormemente la guarda durante diez o quince añitos.

¿Les he comentado alguna vez sobre la cantidad de beaujolais que hay en mi bodega? Cajas y cajas… Quienes entiendan por “beaujolais” únicamente los potingues tecnológicamente bastardeados de ciertos negociantes seguramente se maravillarán ante esta aseveración mía, pero puedo decir con certeza que vale la pena dedicar espacio en la cava a los beaujolais de los mejores productores. Nombres como Brun, Desvignes, Tête, Chermette, Lapierre, Coudert y Descombes me lo han demostrado ampliamente. Encima, los vinos se mantienen a precios muy para la vida real de los que no queremos andar sacando segundas hipotecas para beber. Si pensamos en lo que anda costando hoy día cualquier cosilla de las apelaciones más chic de Borgoña y consideramos que un gran gamay, con la edad se “pinotea”, o sea, envejece para adquirir características muy similares a un buen pinot noir de la misma edad, de repente tenemos un buen sustituto que nos deja con alguito de plata en la cartera para comprarnos una buena camisa.

Pero se me va el hilo. Los Desvignes tenían un par de vinos. El primero era el Louis-Claude Desvignes, Morgon “Côte du Pÿ” 2006. Muy elegante vino, sí señor. Floral, con buena concentración de fruta negra y taninos masticables. Cuerpo entre ligero y medio, con una agradable ligereza en el paladar medio y un posgusto frutal perfectamente limpio. Del Louis-Claude Desvignes, Morgon “Javernières” 2006 únicamente apunté: “Tierra. Profunda tierra en la que crecen violetas y arbustos con frutillas rojas.”

La mesa de al lado era la de Michel Tête, donde probé un Michel Tête, Juliénas 2006 muy rico. Perfume de tono altito, pero sin molestias volátiles. Térreo, con fruta negra muy pura y un posgusto muy mineral que es largo y, aunque comienza amplio, se va compactando con cada segundo que pasa. Probé también el Michel Tête, Juliénas “Cuvée Prestige” 2005, del que tnego guardados unos cuantos magnums. Apretadísimo. Huraño. Se siente mucha sustancia, muchísima. Pero no quiere saber de vida social ahora mismo. Hay que dejarlo quieto.

Nada como poder compartir, junto con mi admiración por su trabajo, estos pensamientos míos con los elaboradores de estos vinos, tan puros, naturales y prometedores.

Seguí a la mesa de Georges Descombes. Comencé con un Georges Descombes, Régnie 2006 un tanto rústico y haciéndose el difícil al principio. Notas animales, térreas, con algo de flores marchitas y anís. La fruta se asoma por momentos entre todo esto, cubierta en una mineralidad arenosa. Un vino interesante, pero difícil de interpretar.

El Georges Descombes, Morgon 2006 resulta curioso después de los de Desvignes por lo fuertemente apretado que anda. Fruta roja donde sobresale un aspecto de cereza, además de una mineralidad marcadísima (¿granito?). Otro que prefiero esperar.

El Georges Descombes, Morgon “Vieilles Vignes” 2006—recuerden que su hermano del 2005 me hizo vibrar hace unos meses—está aún más cerrado que la cuvée “regular”. Especiado, con notitas de arbusto y fruta sumamente compacta. Creo que aquí, como siempre, es donde va a estar la verdadera acción tras unos años en botella.

El Georges Descombes, Brouilly “Vieilles Vignes” 2006 resultó ser el más inmediatamente atractivo del trio de 2006 que probé de Descombes. Aromas de fruta roja con una nota olivesca. Taninos enérgicos. Excelente acidez. Puro. Se deja beber muy fácilmente, pero uno no tarda en hacer pausa y pensar que es demasiado fácil, que aquí hay algo más y no debe pasar desapercibido… En efecto, hay una mineralidad profunda de fondo que es en realidad lo que une el todo, haciéndolo verdaderamente armónico.

Una cosa que no debo dejar de apuntar sobre los vinos de Descombes en el 2006 es que todos poseen esa cualidad “acuosa” que tanto valoro en un buen tinto. No se te paran en el gaznate, sino que pasan refrescantemente.

Alarmado, me dí cuenta de que el tiempo se me había ido volando, entre conversar y catar lo poco que había catado. Encima, no había comido nada desde el desayuno y eran ya pasadas las tres de la tarde. Aunque fuí muy disciplinado en mi uso de las escupideras, me sentía ya un tanto fatigado. Paré a saludar a Marc Ollivier y probé unos cuantos de sus vinos, pero no tomé notas. Le hablé a Marc de que del 2007, año del nacimiento de mis hijos, quería ver mucho formato grande de su Granite de Clisson, el más fenomenal muscadet que conozco. Me dijo que, aunque en otras partes del Loira la añada no había sido particularmente buena, a él y al resto del Nantais le había ido muy bien y que sí, probablemente habría Granite de Clisson. A ver si me lo embotella en talla jacuzzi… Tanto la muestra de su Domaine de la Pépière, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2007 como la del Domaine de la Pépière, “Clos des Briords” Vieilles Vignes, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2007 que me dió a probar mostraban excelente concentración y persistencia.

Probé también de Marc su tinto de cabernet franc, côt, merlot y gamay Domaine de la Pépière. “Cuvée Granit”, Vin de Pays du Jardin de la France 2006 que estaba riquísimo. Fresco, ligero, frutal y con esa garra mineral tan bonita que lo caracteriza. Pero la sorpresa fue una muestra del Domaine de la Pépière, “Granite de Clisson”, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2005, un vino que esperaba encontrarme cerrado a cal y canto, pero que estaba alucinantemente accesible, floral, marino y frutal. Largo y ancho, esto. Marc no quiso decirme cuanto tiempo llevaba abierta la botella, pero sospecho que no debe haber sido poco. Un fenómeno.

El salón era una especie de laberinto circular. Yo veía mesas, muchedumbre, botellas… Sentía que había fracasado en lo de administrar mi tiempo. ¿Qué me había hecho perder mi sentido de la aventura? ¿Por qué había dedicado todo mi tiempo a gente cuyos vinos conozco muy bien? ¿Estaba expresando de forma proactiva y subconsciente lo mucho que extrañaría a Nueva York, dado que vinos como lso de López de Heredia, Brun o Desvignes han formado una parte tan vital de mi experiencia en la enochaladuta neoyorquina?

Además, hablando de fallos, no se me escapan las veces que he caido en esta crónica en el fresocerezoflorismo que denunciaba precisamente en mi última entrada de blog. Está visto que lo de inventarse un nuevo lenguaje para expresar lo que uno cata va a ser dificilillo. Perdonen. Hay que joderse. O hay que joderse, perdonen…Quizás esas asociaciones tengan algo de válido, pero hay que fijarse muy bien en como funcionan. No bastará en el futuro con declarar que el vino da “limón, grosella blanca, cardo borriquero, tiza y anís”. Habrá que pensar bien en las interacciones, armonías, tensiones que entre estos elementos puedan existir, pues el vino—el vino de verdad—es un ser vivo y de tales fenómenos está precisamente hecha su vida.

En fin, que de los de Dressner me quedaban muchos. Igual que en el caso de Marc Ollivier, me paré a saludar a Eric Texier, cuyos vinos del Ródano (y el Mâconnais) tantos gustos me han dado. Sab7a que vería a Eric más tarde en la semana y decidí, en una última vana intentona de economía temporal, probar solamente sus blancos. El Eric Texier, Brézème Blanc, Côtes du Rhône 2006 tienen una nariz floral muy provocadora, con acentos de melocotón y manzana. También hay algo de fondo que me recueda a los regordetes platanitos manzanos que tanto gustaban a mi abuela, carnosos, dulces, pero con una mordidita acídica. Mucho nervio en boca. Buena fruta y gran tensión, con un posgusto largo en el que domina una textura de grano fino en la que hay mucho de mineral.

El Eric Téxier, Brézème Blanc “Domaine de Pergault”, Côtes du Rhône 2006 es notablemente más concentrado y profundo, con aromas de polen y piedras. En boca es sedoso y pulido de textura, pero firme de carnes y muy enérgico, con sabores de naranja y melocotón envueltos alrededor de una poderosísima veta mineral. Un blanco con mucho carácter, largo, con dejes herbáceos muy sutiles entre la mineralidad final.

El Eric Texier, Châteauneuf-du-Pape Blanc 2005 ya es otro juego… Mucho más glicérico y lento de movimientos, aunque estos movimientos son muy deliberados y acaban siendo tan acertados como si se tratase de un vino más ligero y ágil. Mirabelle, jengibre cristalizado, melón, limón en conserva, melón, cardamomo—y allá voy con la jodida lista de compras… Pero es que en realidad no encuentro otra forma de explicarlo. Exótico, con mineralidad muy, muy “crunchy” en un posgusto inmenso. Tiene muy buena acidez, lo que lo hace particularmente atractivo. Miren que para yo decir que un châteauneuf blanco está tan bueno, muy sabroso tuvo que estar, porque esta región, como bien saben los que me leen regularmente, no es santa de mi devoción.

Para acabar con los blancos de Eric, una muestra de barrica del Eric Texier, Condrieu 2007 muy floral y carnosa, con un deje dulce en la nariz que lleva a un toquecito de miel en la boca. Melón, crema de limón y semilla de cilantro en boca, con un destellito distante de yerbabuena. Suculento y muy enfocado.

Me habían hablado de una nueva adición al grupo de elaboradores importados por Joe Dressner, que venía nada menos que de Burdeos, región por la mayoría de la cual—de nuevo apelo a la buena memoria de mis lectores asiduos y a la indulgencia de los recienvenidos—tiendo yo a no dar ni un duro. Decidí que tenía que probar los burdeos que habían capturado la atención de mi querido Joe y salí rumbo a la mesa indicada… Pero por el camino me ví atraido por los vinos de Saboya de Pascal y Annick Quénard. Paré a probar, claro está. Primero fue el P. & A. Quénard, Jacquère Vieilles Vignes, Chignin, Vin de Savoie 2006. La mayor parte de las vides de jacquère que poseen los Quénard son de más de cien años de edad, o sea que lo de “vieilles vignes” lo merecen. De nuevo estaba yo ante un vino engañosamente etéreo. En un principio mi nota decía sólo “jugo de madreselva que se hace aire”, pero dedicándole un minutito de atención se da uno cuenta de que hay mucho más detrás. La ligereza no quita que haya excelente concentración frutal y brillante mineralidad. Largo, fresco y jugoso. El P. & A. Quénard, Chignin Bergeron, Vin de Savoie 2006 tiene mucho más peso y una frutosidad manzanil por delante, seguida por notas minerales y de madreselva. Suculento, vibrante, con excleente acidez. Tremendamente bebible.

El tinto que tenían los Quénard, del cual he reseñado añadas anteriores en estas páginas, era el P. & A. Quénard, Mondeuse, Vin de Savoie 2007. Un vino ligero, refrescante y sencillo, con un toquecito medicinal sobre cereza y frambuesa negra, a su vez sobre una mineralidad sensacional. De un minimalismo hiperpreciso. Largo. Para beber sin pensar, aunque resulta infinitamente mejro si uno se deja llevar y lo piensa.

El burdeos que buscaba era el de Château Moulin Pey-Labrie y pude probar cuatro añadas para hacerme una idea más clara de lo que puede ser el vino. La cosa es que uno de los propietarios servía las muestras y te explicaba como, de añada a añada se utilizaba más o menos fruta proveniente de distintos tipos de suelo. Así hay añadas más “de arcilla”, o más calcáreas. El viñedo es de 99% merlot y 1% malbec, por cierto.

El 2005 es un bonito ejemplo de esa especie en vías de extinción que tanto me encantaba cuando pululaba libremente por la tierra, el lunchtime claret. Ciruela y cereza cálidas, voluptuosas, pero que no pierden ligereza y gracia ni por un momento. Taninos aterciopelados y excelente acidez. Pero lo que más me gusta al final es que te da esa “acuosidad” en el paladar. La mineralidad en el posgusto me recuerda, no sé por qué, a la ceniza de un habano finísimo.

El 2003 tiene una suerte fenomenal, y es que la añada no se le nota en lo absoluto. Perfumado y sedoso, con potente mineralidad clacárea envuelta en frutas negras y sobretonos de rosas secas. Suculento en boca y con muy buen agarre en el posgusto.

El 2001 resulta marcadamente distinto en virtud de estar bastante cerrado. Tonos florales con notas de especias dulces (canela y malagueta mayormente). Térreo, con taninos como lso músculos de un bailarín de ballet.

El 2000 vuelve a una onda mucho más amigable. Algo de caballo sudado sobre fruta roja dulce y potpourri. Lo que sorprende es que resulta muy transparente, dejando apreciar muy claramente su alma mineral. Mullido por fuera, “crunchy” por dentro. Me encanta. Así sí bebo vinos de burdeos y no me quejo.

Me dió un poco de trabajo decidir mi próxima movida. Me revienta un poco, aunque sea verdad, que se diga por ahí que soy demasiado galocéntrico en mis proclividades vínicas, o sea que decidí darme un garbeo a ver si había algo español. Pero no. Todo lo que no fuese López de Heredia ya lo tenía visto y no me apetecía. Y no encontré lo de Señorans. O sea que a otra cosa, mariposa. Pasé por delante de la mesa de Ojai Vineyards. Esa es la bodega de aquel tipo que dijo que estaba cansado de hacer vinos para Parker… O por lo menos eso se reportó que dijo. Luego un dimeydirete sobre si sus palabras fueron sacadas de contexto y si el periodista que le entrevistó era un irresponsable, etc. Pendejadas. Sentí curiosidad por los vinos durante una fracción de nanosegundo, pero ví de reojo que al otro lado del pasillo estaba la mesa de Antichi Vigneti di Cantalupo, una bodega cuyos vinos de la parte casi alpina de Piamonte siempre me han interesado mucho.

El primer vino fue el Antichi Vigneti di Cantalupo, Agamium 2005. Ligeramente apestosillo, con un toque de rosas ya muy marchitas. Pero resulta atractivo, de peculiar manera. Fruta del bosque sazonada con comino, cardamomo y nuez moscada—se me antoja un aroma muy otoñal. Cálido, envolvente y largo en boca, con excelente acidez que se te queda en el medio de la lengua como un punto pulsante.

El Antichi Vigneti di Cantalupo, Ghemme 2003 sí que muestra su añada, pero lo hace elegantemente. Se le siente m5s peso y dulzor al nebbiolo que de costumbre. Térreo, con notas de flores blancas (yes, flores blancas) e incienso. Taninos maduros en un posgusto suculento de acidez media. Uno para beber mejor antes que después, creo.

El vino “top” de la casa es el Antichi Vigneti di Cantalupo, “Collis Breclemae”, Ghemme 2000 y está escandalosamente apretado ahora mismo. No quiere saber de nadie y no duda en decirlo. Volátil, térreo, con notas de hongos y menta desecada flotando sobre un cuerpo frutal y mineral impenetrable. Un vino que no dudo estará excepcional en X años, pero que ahora mismo me manda p’al carajo sin dudar. Quiere dormir.

Intenté a continuación colarme ante la mesa de Francesco Rinaldi, pero de eso nada. La masa humana que me impedía el paso era sencillamente demasiado. Seguí de largo, doblé una esquina y de repente comprendí que todo te pasa por algo. Estaba ante la mesa de un productor que admiro muchísimo, Emidio Pepe. Digamos que Pepe es el López de Heredia del Abruzzo, algo para no perderse. Les traduzco lo que pone la útil libreta con todo lo presentado que le daban a uno en la puerta de este maxi-evento: “Las uvas se cultivan orgánicamente, son vendimiadas a mano, despalilladas a mano, fermentadas naturalmente y el vino es envejecido de 18 a 24 meses en depósitos recubiertos de vidrio. Los vinos se embotellan sin filtración y sin adición de sulfuroso y se dejan desarrollarse en la bodega. Un extenso inventario de añadas viejas permanece en la bodega. Antes de salir al mercado, los vinos son decantados a mano a botellas nuevas y etiquetados.”

Una chica muy guapa me dió a probar el Emidio Pepe, Trebbiano d’Abruzzo 2004, que llevaba un penetrante carácter herbáceo muy suyo y muy atractivo (perifollo, estragón, yerbabuena) sobre melón verde. Poderoso blanco, con un magnífico espinazo acídico en torno al cual hay deliciosa carnosidad. Largo y palpitante. Según entendí, aún no ha salido al mercado, siendo la añada comercializada actualmente el Emidio Pepe, Trebbiano d’Abruzzo 2001. Interesantísima nariz de cera, especias, estragón, fruta de pan y membrillo, con un toque volátil y otro toque de crema de limón. Especiado y sutilmente salino en boca. Compacto, pero largo y complejo.

Seguí a los tintos. El Emidio Pepe, Montepulciano d’Abruzzo 2001 es es[eciado de una forma tan tremenda que hasta sobrecoge un poco. Tremenda complejidad desde la primera olisqueada, con montones de facetas que se dejan entrever fugazmente. Debajo hay una corriente de aceituna negra, tierra, cereza y frambuesa negra con atractivos dejes salinos. Voluptuoso y vibrante al entrar en boca, se aprieta considerablemente en el posgusto.

Si el 2001 suena delicioso, he de decirles que donde se luce Pepe es en los vinos con sus añitos encima. Así, el Emidio Pepe, Montepulciano d’Abruzzo 1985… Presenta aromas de carne curada con acentos de yodo, especias, hierbas secas y fruta muy juvenil y brillante. Cálido, suculento y muy complejo en la boca. Un tintazo sumamente sexy, que te absorbe completamente.

Y por si esto fuera poco, el Emidio Pepe, Montepulciano d’Abruzzo 1977, que huele a sirop de maple, silla de montar sudada, polvo, cardos, laurel, cáscara de naranja, jengibre en conseva del que te ponen con el sushi, hongos desecados, menta y ciruela. Complejísimo. En boca, sedoso de textura, pero aún con mucha garra. Potente. Larguísimo. Un fenómeno natural, vamos…

Sentía yo los síntomas de una incipiente hipoglicemia cuando salí a la calle. Medio centenar de vinos catados en tres horas y alguito no son poco, pero tampoco son lo suficiente si uno considera la bárbara cantidad de bodegas representadas en esta muestra. Cubrirlas todas en una semana hubiese sido imposible. En tres horas, pues, hice lo que pude. Por suerte, en Manhattan te encuentras pizza más o menos decente en cada esquina. Me metí en un garito de mala muerte y allí, al fin, pude almorzar.


Luego les contaré sobre lo que pude y no pude hacer en el “Real Wine Attack”. Esos últimos días viviendo en Nueva York fueron una tremenda gozada. Y claro, creo justo contarles sobre ellos antes de contarles de mi viaje la semana pasada.



Escrito por: manuel-camblor 9 comentarios 16 Jun 2008 URL Permanente

13 Jun 2008

"El sabor que los niños aman"

He estado sosteniendo una correspondencia electrónica con Elizabeth Peña (hasta donde sé no es parienta de la actriz cubano-norteamericana del mismo nombre), la editora de una revista local sobre el vino y su parafernalia titulada El enófilo. Elizabeth me ha resultado sumamente simpática y, de plano, le recomendé que se diera un garbeo por La otra botella—por lo de ilustrarle mi peculiar modo de pensar y expresar mi pensamiento acerca del vino y la vida.

Parte de nuestra conversación ha girado en torno a lo “machocéntrica” que resulta la apreciación del vino en República Dominicana. Igual que en tantos otros lugares, digo yo, y una pena, pero bueno… Informé a Elizabeth que mi esposa Josie es parte integral de mi cultura personal del vino, que valoro muchísimo sus opiniones y que me encanta cuando participa en eventos enómanos diversos. También le dije que, como puede bien apreciarse, Josie es parte crucial de la trama de este humilde blog. Sus bons mots dan mucho sabor y sus observaciones sobre los vinos son tan económicas como incisivas.

Pues, me comentaba Elizabeth que lo que le sorprendía era que a Josie, según la cito yo, no se le había pegado el “lenguaje especializado” que parecería imperar en La otra botella.

Fue algo que me intrigó mucho, eso del “lenguaje especializado”. ¿Acaso había comenzado yo sin darme cuenta a soltar frases corridas de jerga técnica de ésa que tanto me molesta? Okey, sé que en algún momento habré soltado lo de “micro-ox”, o dicho no sé qué de “diálisis”. Pero al final creo que hablo en un lenguaje bastante poco viciado por el tecnicismo.

Releyendo unos cuantos de mis posts (cosa nada fácil, pues en estos tiempos estoy ocupadísimo en el trabajo de verdad) me doy cuenta de que quizás Elizabeth se refería al lenguaje “estándar” de notas de cata, con sus “descriptores” en plan lista de supermercado. Maldito vicio. ¡Mira que he tratado veces de cambiar de onda! Pero uno siempre vuelve a las jodidas fresas y frambuesas, a la toronja, el limón y la fruta de la pasión, al tabaco, el espresso y los balsámicos, la vainilla, la pimienta, el alcanfor, el dulce de coco y las cerezas en licor. Al final todas las notas que uno cuelga suenan iguales y, si uno no se esfuerza por encontrar un elemento diferenciador, podrían ser del mismo condenado vino.

Claro, ya esto es tema viejo. Y si no he podido dejar ese vicio, será por algo. Pero me asalta un pensamiento cuando recuerdo que ese mismo lenguaje tan coñázico aparece repetido ad nauseam en millares y millares de contraetiquetas de todo el mundo: Esos “descriptores” tan abusados se han vuelto la lingua franca del marketing del vino, pero también, si llevamos las cosas a una conclusión que no por retorcida deja de ser bastante lógica, su uso constante sirve para dictar a los marketistas y enotecnólogos el perfil de sabores a buscar para “optimizar el producto”.

Me explico con otra voltereta: Hace un par de noches me salió en la tele un comercial en el que hablaban (en inglés que traduzco, pues era en el cable) de “el sabor que los niños aman”. El anuncio era de una bebida hiperazucarada y totalmente artificial que jamás en la vida se me ocurriría dar a uno de mis hijos. Te mencionaban frutas, pero obviamente “el sabor que los niños aman” es cosa de mimesis laboratorística, no de nada natural.

Pues me pareció que había una analogía ahí con la industria actual de las bebidas enotecnológicas. Un crítico dice que este vino, con “aromas y sabores de cereza en licor y frambuesa negra, ciruela pasa, chocolate, regaliz, etc.” merece “1000 puntos”. Una horda de consumidores se dedican a utilizar un lenguaje similar (todo se pega menos la belleza, como digo yo siempre) para comentar positivamente sobre ese mismo u otros vinos. Cualquier mercadólogo atento automáticamente asume que ahí está el “perfil del consumidor” y que no hay más que modelar el producto para que presente aromas como los utilizados por las masas colgadoras de notas de cata para aumentar las ventas, bla, bla, bla.

¿Estaremos lejos de un punto en nuestra historia en que “el sabor que los niños enómanos aman” sea algo fabricable en el laboratorio? ¿Habremos llegado ya? ¿Viviremos en la barriga de un mostruo creado por nuestro propio lenguaje, que creíamos inocente? ¿Tenemos alguna idea de como huele esa arquetípica frambuesa en la que se basan tantas notas de cata y tantas contraetiquetas? ¿Nos daría pesadillas de vainilla tal arquetipo?

Una pequeña reflexión distópica un viernes por la mañana. No es que me sienta negativo, pero he de escribir mis entradas de blog muy rápidamente en estos tiempos. Perdonen. Esto es lo que tengo hasta que haya un poco de calma y pueda sentarme a contarles de los muchos vinos que bebí en mi primer regreso a la Gran Manzana.

Comí y bebí muy bien, eso se los aseguro.

Mientras tanto, les propongo un ejercicio, inspirado por esa manera tan precisa y efectiva que tiene mi señora esposa y que tanto me gusta citar y porque a ella no creo haberla oido hablando nunca de fresas. ni moras, ni grosellas, ni coquito, ni punta de lapicito. Tratemos lo mejor que podamos de plasmar nuestras impresiones del vino sin utilizar los cansados “descriptores” habituales. Traicionemos a los marketianos que esperan que siempre les expresemos nuestros gustos y disgustos de la misma forma. Ricemos el rizo. En vez de lenguaje “especializado” que se repite hasta perder todo el sentido, inventémonos un lenguaje realmente especial para desglosar el vino de verdad que tanto amamos. Puede ser divertido…

Escrito por: manuel-camblor 8 comentarios 13 Jun 2008 URL Permanente

02 Jun 2008

Viviendo bien y bebiendo mal en el Caribe

”Recuerda que vives en Santo Domingo, República Dominicana.”

Esta oración la recito todas las mañanas al levantarme y todas las noches al acostarme. La he escrito en la portada de la libretita negra Clairefontaine que uso para tomar notas de cata. Incluso intenté ponerla en el screensaver de mi computadora, pero era demasiado. Intentaré un día de estos destilarla a un monosílabo para utilizarla como mantra.

Mi realidad personal ha cambiado radicalmente desde que me mudé acá. Es una tierra maravillosa, de gente tan cálida como el clima.Tengo muchísimo trabajo, por lo que mi pensamiento se ve canalizado en nuevas direcciones que antes no consideraba. Mis hijos y mi mujer se van acostumbrando ya, “aplatanándose”, como se dice en dominicano (siendo el plátano, en todas sus guisas, comida nacional por excelencia y especie de emblema popular nacional). Yo voy encontrando un ritmo para mi otredad, un distinto modo de interpretarme que tenga sentido en este entorno. Aquí se vive bien, si uno se adecúa aciertas cosas y aprende a prescindir de otras.

Claro, no puedo evitar a veces irme por la ruta del recuerdo a un pasado reciente. Esto me pasa particularmente cuando voy a buscar en el mercado local vino que beber con mis comidas. Cuando pienso en acusar al mercado local de esto o lo otro, en despotricar por la falta del tipo de vino auténtico, vital y estimulante sensual e intelectualmente que yo favorezco, paro, cuento hasta cuatro y repito, con cualquier tonadita tonta que surque por mi cabeza:

”Recuerda que vives en Santo Domingo, República Dominicana.”

Así he estado perdonando muchas cosas e intentando entender. Así también he estado bebiendo sumamente mal.

No que no haya tenido algún momento de alivio, pero también el alivio hay que contextualizarlo. Está claro que mis décadas de vida cosmopolita me han dañado, que me he vuelto muy exigente y ahora caigo en un medio donde más vale mitigar ese aspecto de mi personalidad.

¿De tripas, corazones? No sé. Les invito a contemplar lo que hace un enómano de mi tipo, transplantado aquí, en su primer mes. Con cierta distancia, es divertido de contemplar como me hago y me deshago.

Lo que he bebido, de un tiempecito a esta parte…

Bodegas de la Marquesa, “Valserrano” Crianza, Rioja 2001: Aunque con bastante madera de frente, no deja de resultarme simpático este crianza que me encontré en casa de mi padre. Simpático, digo, porque la madera no es de la nueva y maquillísticamente superimpuesta, la que usualmente me ofende, sino integradita y respetuosa. Los tonos de anís, cedro, caramelo, cuero y chocolate piden permiso y dan paso a cereza, frambuesa y arándano negro. Sencillo, jugoso y equilibrado. Posgusto medio. Puedo repetir.


Santa Carolina, Sauvignon Blanc, Se-Me-Olvidó-Dónde-en-Chile 2007 y Santa Rita, “120” Sauvignon Blanc, Valle-de-la-Tuya-Por-Si-Acaso-en-Chile 2007: Continuando con mi ejercicio de inmersión en la mediocridad chilena, dos sauvignons más, ambos aniquilables en una sola nota. La misma tontería tropical artificial seguida por verdores desagradables y un paladar completamente hueco. Tratando de determinar, por tenue que fuera, alguna diferencia entre estas dos “santas”, me atrevería a decir que Rita por un nanosegundo ofrece un espejismo gustatorio de carácter, pero se disipa rápidamente. Carolina sí que no deja lugar a dudas. Es vacua y abrupta al punto de resultar imperdonable.

Concha y Toro, “Casillero del Diablo” Sauvignon Blanc Reserva, ¿De verdad importa de dónde es en Chile? 2007: Me hace recordar muchas de esas novelas de la Segunda Guerra Mundial que tanto gustan a mi padre, en las que lees frases como “ersatz coffee”. Pues esto, en su golpecito cítrico inicial trae una fruta de la pasión tan “ersatz” como el café del antihéroe detectivesco que investiga un asesinato en el Tiergarten en 1944. Y después de eso, nada más. Un protovino completamente vacío. Este es el de la botella de tapón de rosca con “descorchador de regalo”.


Norton, Malbec, Mendoza, Argentina 2007 y Norton, Cabernet Sauvignon, Mendoza, Argentina 2007: Puede que se haga hábito esto de las impresiones dadas por parejas. Me parece muy significativo que ambos vinos llevan casi exactamente la misma contraetiqueta, que habla sobre como la vinificación busca “resaltar el carácter frutal de la variedad”, o algo por el estilo. Ambos vinos no aspiran a ser más que tintos modernos de fácil beba, triviales. El malbec acaba por gustarme más, en la medida en que sus aromas y sabores de frutas rojas resultan más nítidos. El cabernet es un poco más recio y presenta un aspecto achocolatado algo desligado del corazón frutal y, por ende, peligrosamente distrayente de lo que, según el propósito preestablecido, debe ser la verdadera acción. Vinitos correctos, pero eso nada más.

Paul Jaboulet Ainé, “Parallèle 45”, Côtes du Rhône 2006: En Manhattan le hubiera pasado por al lado a este Côtes du Rhône genérico de Jaboulet sin ni siquiera percatarme de su presencia y optado por muchas otras cosas más atractivas. Pero en Santo Domingo uno tiene que hacerse menos estricto, tiene que aprender a conformarse, tiene que joderse. Y lo compré. La verdad es que no ofende, como tantos otros vinitos, pero me parte el corazón saber que es el único ejemplar de Côtes du Rhône potable al que tengo acceso. Carnes ahumadas, mermelada de frambuesa, cereza desecada, carbón y canela. Jugoso, redondo, con taninos maduros en un final bastante limpio y largo. Podía haberme ido peor, pero no se imaginan cuanto extraño a Eric Texier…

Cantina Terlan, Lagrein Riserva “Gries”, Alto Adige 2004: En una tienda “gourmet” italianesca cerca de mi lugar de trabajo me encontré con una serie de botellas de Cantina Terlan, aparentemente importadas a pequeña escala por la tienda misma. Aunque no es lo más excitante de su zona, creo que son vinos que puedo respetar, así que eché mano a este lagrein para acompañar un chorizo mexicano a la parrilla. Aromas ahumados, de chocolate amargo, canela, ciruela roja y cereza, con una notilla alzada como de manzana que resulta intrigante. En boca es amplio, afrutado, térreo y rusticón, pero amigable. Buen largo, con un aspecto de amargor medicinal al final que no me desagrada. Probablemente lo vuelva a comprar.

Cantina Terlan, Pinot Nero, Alto Adige 2005: Ya saben, porque estaba ahí… No podía dejar de llevármelo, sin ironía lo digo, porque estaba desesperado por encontrar palo donde ahorcarme. No tenía grandes expectativas y quizás eso lo ayudó, pues me gustó tanto o más que el “Gries”. Color granate-rubí con bonita transparencia, que suscitó un cierto comentario sobre “clarete” por parte del invitado que teníamos esa tarde. Aromas de hojarasca, cuero, ciruela, cereza, fresa y arena caliente. Un toquecito distante de alcaravea, también. En boca es ligero y probablemente muy austero para los gustos locales. La fruta es despiertilla y viva, eso sí, con excelente acidez y taninos de grano fino. No es que sea nada del otro mundo, pero me gana por su frescura y carnes apretaditas.

Trimbach, Riesling, Alsace 2005: Me lo encontré en la misma tienda donde encontré el Côtes du Rhône de Jaboulet y les agoté las existencias inmediatamente. No podía hacer menos. Llevaba demasiado tiempo sin beber nada que me devolviera a la esfera de lo familiar, a esa vida que se me quedó en Nueva York. Nunca imaginé que me pondría tan contento de encontrar el riesling básico de Trimbach, un vino que abundaba tanto en mi antigua ciudad. Pegué un gritico de lo más cursi al ver las botellas y me reía solo cuando declaré que me lo llevaba todo. Esta nota sale de las primeras tres botellas, que consumí en tres noches consecutivas, a manera de limpieza espiritual… Nariz vivamente cítrica con un exótico toque kumquatesco. Se nota una alta madurez en la fruta, pero no demasiada. Pino, flores blancas y pronunciada mineralidad. No lo acusaré de gran complejidad, pero ante la sequía de vino de verdad que he estado viviendo, su frescura, viveza, persistencia y “crunch” mineral eran exactamente lo que me hacía falta.

Ridge, “Geyserville”, Sonoma County, California 2005: Aparentemente conmemorativo de cuarenta años de la bodega, o el viñedo, o algo… En realidad no sé por qué compré esto. Pero bueno, lo hice. Mermelada de cereza-frambuesa, humo, vainilla, romero y cuero en nariz y boca. Corpulento y goloso. Muy primario. Sorprende por presentar buena acidez y taninos finos y vivos en un marco tan confituresco y de tal peso. Aunque tengo severas objeciones a un vino de mesa con 14.6% de alcohol, se siente en un cierto tipo de equilibrio. Pero para la próxima, paso…

Finca Allende, Blanco, Rioja 2004: Ya, ya… Déjense de tanto abucheo. El aburrimiento desesperante me llevó a incluir en una compra este blanco de la House of De Gregorio, de la que, en otras circunstancias, hubiese pasado olímpicamente. Pero estoy en Santo Domingo y hay que apañarse con lo que hay. El notición en este caso es que esto, si me olvido de mis estándares personales para vino blanco y para rioja blanco en particular, al final resulta bebible. De primera intención parecería que se cree primo de un Smith-Haut-Lafitte o algún otro burdeos blanco con demasiada madera. El guantazo vainillesco que pega es de órdago—me recuerda a los peores excesos californianos de los noventas—y casi que me hace retirar mi nariz, horrorizado. Pero le doy su oportunidad y emergen del fondo notas de membrillo, uva, compota de melocotón y dulce de naranja bastante resultonas. Josie me pregunta de qué esta hecho esto y le digo que probablmente de un poco de viura y malvasía, pero mayormente de madera. En boca de compota de melocotón pasamos a melocotones enlatados con buena acidez toronjesca y cantidades de vainilla como para poner en órbita a un volador de esos de Mazatlán… Tratando de ponerme positivo, pienso que al menos hay algo de fruta y un cierto frescor bajo el vainillón. Incluso hasta podría acusarle de persistencia… Pero un toquecito goloso, como de azúcar residual, me molesta y me hace volver a la realidad.

Amistani Guarda Venegazzi, “Raso Chiaro”, Bianco delle Venezie 2005: Cuvée de chardonnay y pinot noir vinificada en blanco, con el chardonnay pasando cuatro meses en barrica. Concepto interesante para un vino quieto. Cremoso, con fruta de hueso, mandarina y una notita peresca. Alguito mineral distante. Un blanquito redondito, sin mucho para provocar la imaginación.

Poggio Gagliardo, Montescudaio DOC 2003: Otro de la tienda italiana anteriormente mencionada. Huele a silla de montar sudada, cocoa, lavanda y ciruela fresca. Lo mismo más o menos en boca. Otro tinto sencillo y rústico. Enel paladar medio aparece una nota que me recuerda a azafrán. Taninos recios en el final. Que es bastante cortito.

Viña San Pedro, “Castillo de Molina” Sauvignon Blanc Fumé, Valle de Casablanca, Chile 2006:Piña verdosa, limón y crema que se va al final a un agrito yoguresco. Se puede beber, pero es de los que me dejan pensando que puede que las unidades alcohólicas deba invertirlas en otra cosa..

Bodegas Artazu, “Artazuri” Garnacha, Navarra 2005: Aunque “sólo” carga 13.5%, la primera impresión es de un incómodo lastre alcohólico que sencillamente no debía estar. Antes de que alguien venga a protestar que estoy sirviendo un tinto con cuerpo en el Caribe, probablemente a temperatura indebida, diré que ocurrió recién salido de mi nueva neverita de vinos y con el acondicionador de aire a toda pastilla. El golpe alcohólico no impide apreciar buena fruta detrás, bastante pura y sin complejos. Aromas y sabores de ciruela roja, cereza, hueso de melocotón y té negro. Acidez justa y taninos bien redondeados. Si bien es bebible, me lo encuentro bastante aburrido.

Villa Giulia, Trebbiano de Romagna 2006: un blanquito sencillo, cítrico, con una textura sutilmente grasa y algo que me recuerda el sabor de los piñones. Perfectamente olvidable. Se deja beber si no hay más nada.

Matua Valley, Sauvignon Blanc, Marlborough, Nueva Zelanda 2006: Este lo compré tras leer una reseña en El enófilo, una revista local de vino. Ponían que “llena la nariz completamente con un sílex complejo” y decidí que tenía que probarlo, para saber como habían logrado en Marlborough una expresión silícea tan dramática… Al final estoy que no sé. Habiendo bebido muchas botellas procedentes de viñedos sobre sílica ludiana que expresaban su mineralidad muy claramente, debo confesar que no había nada semejante a eso aquí. Pero no está mal, para neozelandés, este sauvignon. Más bien había la peste reductiva que traen muchos vinos bajo tapón de rosca, la que por suerte se disipó rápidamente. Luego, un golpe claro de cítricos tropicales que se van por esa ruta pirazínica que me recuerda a jalapeños frescos y que tiendo a asociar con sauvignon industrial neozelandés. Bastante amplitud en boca, con buena mordida acídica y una distante salinidad. Posgusto medio y un tanto simple, pero refrescante en una noche calurosa. No sería mi tipo de sauvignon jamás si tuviera acceso inmediato, digamos, a algo de Thomas Labaille, Lucien Crochet o Gérard Boulay. Pero dadas mis nuevas circunstancias, quizás tenga que hacerlo mi tipo. Aunqueeeeeeeee…

Doña Paula, Sauvignon Blanc, Tupungato, Mendoza, Argentina 2006: Se habrán dado cuenta de que, aquí en Santo Domingo, quien vaya buscando vino blanco tiene la cosa limitadísima. La vastísima mayoría de la oferta consiste en chardonnay y sauvignon blanc. Claro, hay uno que otro albariño aquí y allí, algún verdejo y un par de rieslings. Pero nada que se compare con la proporción de chardonnays y sauvignons. Ah, y no olvidemos que se trata de chardonnays y sauvignons de esos del “Nuevo Mundo”, lo que quiere decir lo que quiere decir… He dado oportunidades a unos cuantos sauvignons, pensándolos el menor de dos males. Me he encontrado vinitos industriales, diluidos, vacíos, todos maquillados de forma idéntica. Es lo que hay en este “mejor momento enológico de la historia”. Claro, alguien como yo no puede menos que preguntarse qué le encuentra la gente vinos así, qué es lo que los hace tan atractivos al comercio…

En fin, que, habiendo pasado por Nueva Zelanda en mi análisis de los sauvignons disponibles localmente, decidí dar una oportunidad a este argentino (aunque entiendo que esta bodega pertenece a un grupo chileno, ¿no?) con una contraetiqueta que habla rimbombantemente de terroir. Al final, resultó ser un vino un tanto incómodo, aunque, hay que decirlo, bastante interesante en comparación con sus primos chilenos. Aromas y sabores de toronja, piña verde, malvavisco y aspirina triturada, con un peculiar eco de alcachofas en conserva. La acidez es cortante y se manifiesta en marcado contraste con una carnosidad frutal muy lisa. Tienta a decir que no hay armonía, pero relajo mis preceptos y me atrevo a decir que en una boca un tanto cacofónica se disciernen interesantes rejuegos tonales. Buen largo. Otro al que, desesperado, podría intentar acostumbrarme.

Valduero, Crianza, Ribera del Duero 2004: En cuanto a este vino y su bodega, debo confesar estar maravillado por un par de cosas. Desde que me mudé a Santo Domingo me lo encuentro en todas partes. Vinoteca, restaurante, supermercado, club de descuentos… Valduero, que era hasta no hace mucho una bodega que mantenía yo como una de las “ joyitas mejor guardadas” de esa región que tan poca alegría me ha dado en los últimos diez años, ahora ha adquirido un perfil mucho más visible—casi tanto como los de las marcas más ineludibles en este medio: Viña Mayor y Protos. Encima, un par de revistas sobre vino que hay en el ambiente tienen una profusión de artículos ampliamente ilustrados sobre las hermanas García Viadero, cabezas aparentes de la operación Valduero. Incluso hasta en una de las revistas sociales de los diarios dominicanos apareció un perfil de una de ellas con su marido, en alguna playa de por acá. En fin, que mucho promo, mucho promo. Un tremendo esfuerzo que me imagino que envuelve, más acá de la bodega, a importadores, distribuidores, publicistas, etc.

En una vinoteca local me encontré en un estante con toda la colección de vinos que elabora la bodega, incluyendo algo extraultrasuperespecial llamado “Una Cepa”. Según reza la literatura, se llama así porque cada botella contiene la producción de una cepa, que fue podada depuradoramente hasta dejar únicamente un kilito de uvas especiales, perfectas.

Pues estaba yo delante de aquella botella y no dejaba de plantearme algun culebrón hollywoodense de distopía eugénica tipo Gattaca. En fin, que cómo no pasar de esa botella, sobre todo porque llevaba un precio muy requetepremium… También había que considerar que Valduero anda muy ufano por noventipico de puntos recibidos del papelucho de Mr. Parker. Pero yo tenía deliciosos recuerdos de un Reserva 1991 (¿o era 1989?) consumido en el Ateneu Gastronomic de Barcelona hace ya casi un lustro. Opté por el crianza, pensando en que, si me desagradaba, sería la menor pérdida monetaria.

Dicho todo esto, que es bastante, debo confesar que últimamente me maravillo ante el marketing latinoamericano de Ribera del Duero y la manera en que han logrado penetrar en la conciencia de la gente acá. Preguntas sobre vino español y, usualmente, el consumidor dizque informadito tiene a los riberas como emblema, en vez de, digamos, a Rioja. Y me maravillo particularmente porque, a decir verdad, Ribera del Duero no es que dé vinos particularmente excitantes. De hecho, el nivel de excitación que me produce un ribera promedio hoy por hoy es casi nulo. Pero vamos, creo que ya he dejado clara mi posición ante cuvées monovarietales de tempranillo forzadamente sobrepulidas y maquilladas con roble nuevo. En los mejores casos, un ribera actual puede resultarme meramente potable y olvidable. Nada más.

Tal es el caso de este Valduero Crianza. Notas de cocoa, regaliz, cuero, polvorones de vainilla y semilla de eneldo llevan por encimita un toque volátil. La madera, a la que en mi mente se adhieren todos los anteriores descriptores, está obviamente presente, pero no es agresiva. Detrás hay cereza y frambuesa negra confitadas que, al menos para mí, tienen toda la dimensionalidad de una mermelada genérico. En boca entra igual de llano. Acidez marginal intenta atarlo en un posgusto medio que te deja más o menos lo mismo que te dejaría una cucharada de helado de Cherry Vanilla. Viendo el lado positivo de las cosas, por lo menos aquí no te vienen taninazos secantes de barrica nueva a fastidiarlo todo al final. Lo que se te queda, aunque no provoque a pensar ni a emocionarse, tampoco ofende texturalmente.

Perdonarán los señores y las señoras que estas canciones desesperadas (con algún asomo peregrino de canción de amor) no incluyan mis habituales fotos de botellas vacías. Todavía no me he figurado como quiero fotografiar lo que bebo en mi nueva residencia. Además, tantas de estas botellas tienen una difusión tan global que a muy pocos de nosotros nos quedarán muchas dudas sobre qué pinta tienen. Si el bloque de texto se ve muy en blanco y negro y deprimente, pues, sorry amigos y amigas, hay que joderse. Ya ven, yo soy enochalado y también me jodo (disculpas por este bastardeo nerudiano que me traigo, pero es que ayer pasé un rato con un elemento muy recitón y se me quedó algún versito que creía olvidado por lo cursi).

Este próximo jueves regreso a Nueva York para atender algunos asuntos médicos y de trabajo. Aprovecharé al máximo para pasar buenos ratos con los viejos amigos y, sobre todo, para recobrar el contacto con esos vinos de verdad que tanto extraño.

Bien saben que ya les contaré…

Escrito por: manuel-camblor 25 comentarios 02 Jun 2008 URL Permanente

31 May 2008

¡Al rico tecnovino!

Leí un articulito sumamente interesante en Wines & Vines hace un par de días:

http://winesandvines.com/template.cfm?section=news&content=55771

Aparentemente la firma californiana G3, perteneciente a miembros de la famosa familia vinícola Gallo, ha descubierto una nueva tecnología de filtración para remover el TCA y otros compuestos que causan el “gusto corchado” en el vino. Según G3, sus filtros quitan el corchado afectando mínimamente el perfil aromático y gustatorio original del vino.

Obviamente, este sistema de filtración solamente le quitaría el TCA al vino si se detecta en la bodega. Después de embotellado, sigue no habiendo nada que hacer.

Gente muy inteligente en un foro de vinos de inteligencia prodigiosa ya ha iniciado un interesantísimo debate sobre posibilidades y peligros de esta tecnología. Ver:

http://enemyvessel.com/forum/topic.asp?TOPIC_ID=10309&FORUM_ID=28&CAT_ID=1&Topic_Title=TCA%3F+No+problem%21&Forum_Title=The+New+Exciting+Place+for+Wine+Discussions

Por otro lado, ya que estamos en noticias del mundo de la tecnología, el siempre útil y muchas veces hilarante Decanter.com reporta hoy que el gobierno francés ha introducido grandes cambios en los reglamentos de clasificación de los vinos de su país (http://www.decanter.com/news/257471.html). Muy notable en esta noticia es el pasaje referente a la nueva categoría “Vignobles de France”, que viene a sustituir a la tradicional de “Vin de Table Français”. Pone el artículo que “[Los vinos con la denominación “Vignobles de France”] indicarán ambas la variedad de uva y la cosecha en la etiqueta y serán producidos utilizando muchas tcnicas enológicas económicas ya adoptadas por el Nuevo Mundo, incluyendo el uso de chips de roble, la adición de taninos y ácido sórbico como preservativo y el endulzamiento utilizando mosto de uva concentrado”.

De ahora en adelante la categoría “Vin de Table Français” ha dejado de ofrecer un refugio para genios de la vitivinicultura natural cuyos vinos fuesen a veces rechazados por ciertas AOCs (me vienen a la mente, por ejemplo, los hermanos Puzelat). Ahora el oficialato la convierte en hogar de la esperpentificación tecnoenológica con sanción gubernamental. ¡Como si al mundo le hicieran falta más de los potingues chilenos, argentinos y australianos que he tenido que probar aquí en Santo Domingo últimamente! Les faltó incluir que las etiquetas irán convenientemente “in English” y deberán incluir colorido diseño gráfico con caricaturas de animalillos, por lo de mejor competir en el mercado global.

Tanto tecno me recuerda este clip, que un amiguete me envió hace unos meses, y que me resulta muy à propos, con el humor que llevo hoy…

Escrito por: manuel-camblor 0 comentarios 31 May 2008 URL Permanente

26 May 2008

Batallitas del abuelo 4: Histoire d'une belle nuit II

Avanzaba la noche y el festejo de mis cuarenta. De la cocina contibuaban saliendo delicias cárnicas. Entramos de lleno a los tintos, pequeños grupitos de los celebrantes moviéndose anárquicamente por todo el apartamento de SFJoe.

Eché mano a mi mochila. Ahí traía unas cuantas botellas que quería compartir en esta gran ocasión. Bueno, y un par que no quería irme de Nueva York sin probar junto a este grupo en particular. La primera de la mochila fue el Bodegas Riojanas, “Monte Real” Gran Reserva, Rioja 1968: En revancha por la botella corchada de casa de John Gilman, me traje otra para la celebración y, por suerte, estaba cantando preciosamente. Viva nariz e igual boca; cuero, canela tostada, comino, coco, hojarasca, ciruela roja, regaliz y ese aspecto cerezesco entre dulzor y amargor que tanto