Despedida. Y debut…

Nada. Ha llegado el momento ya. Hoy se despide formalmente (aunque quizás no funcionalmente) La otra botella de Lomejordelvinoderioja.com, el portal que la vió nacer y donde ha residido durante los últimos veinte meses y docientos veintiocho entregas.

Antes de que los más dados al chisme entre quienes me la tienen jurada se entreguen a la especulación, les pongo claro que esta partida es amigable. Abandono el sitio, primariamente, en busca de una plataforma técnica más flexible y adecuable a las necesidades de mi blog.

En segundo plano, desde hacía tiempo venía yo sintiéndome un poco conflictuado. El espíritu de este blog ha sido y siempre sera independiente, inquisitivo hasta las últimas consecuencias, jodedor, temerario ante el poder y desconfiado ante los impulsos corporativo-globalistas que dominan los mercados en nuestros tiempos. Cuando lo inicié, el 26 de enero del 2007, lo hice a instancias de un par de amigos riojanos, periodistas del Diario de la Rioja. Tomé el portal como un proyecto de ellos y así me dediqué a colaborar desinteresadamente, enfocándome más bien en la diversion que derivo de escribir y conversar con gente afín.

Luego me fuí dando cuenta de que el portal al que me brindaba no era, ni de lejitos, un proyecto independiente. Entendí que Lomejordelvinoderioja era parte de una entidad corporativa grande. Comencé a ver como la publicidad invadía mi blog sin advertencia previa a mí, a veces interrumpiendo su feng shui de forma harto molesta (porque vamos, ¿cuántas veces hay que ver el mismo anuncio de un banco o una aseguradora mientras transitas lateralmente de post a post en un blog?). Me dí a pensar que proporcionaba contenido gratuito y creaba tráfico no para aquellos amigos del principio, sino para una corporación poderosa que se lucraba a costa de una obra que yo hacía por puro placer ajeno al lucro. Cuando empecé a toparme con pegas técnicas en la redacción e inserción de mis entregas en La otra botella presenté quejas, pero pocas fueron las soluciones reales que me fueron proporcionadas.

Ojo a la voz pasiva. Yo les mandaba mensajes a los amigos que me instaran originalmente a hacer el blog. Pero en realidad no estaba en ellos solucionar los problemas que yo anunciaba. Había todo un aparato burocrático—con la característica lentitud de todo aparato burocrático que se precie—dedicado, tal parecía, a ignorar mis necesidades. Mis frustraciones aumentaban casi con cada entrada que hacía. Tenía que hacer algo. Yo mismo.

Y hasta ahí mi versión. Cansadito de la dieta de ajo y agua y de regalar mi tiempo y energías a una entidad corporativa no especialmente agradecida, tomé una decisión que desemboca en este último mensaje, la última entrega de La otra botella a albergarse en este portal.

No es accidental tampoco la semántica de la oración precedente. La otra botella continúa. Tendrá ahora una nueva dirección:

http://laotrabotella.com/

Poseer mi propio dominio me da una paz que aquí no tenía. Si bien la sombra de alguna gran corporación me rozará, pues todo en esta internet es así, el responsable del sitio seré yo y la plataforma técnica habrá sido elegida por mí. Intentaré llevar las posibilidades de WordPress (el motor del nuevo blog) lo más lejos que pueda. E intentaré seguir “entregao”, dando el tipo de contenido al que he acostumbrado a quienes me honran leyéndome.

Sólo me queda reiterar que mi partida de aquí es en amistad y en busca de satisfacción personal más que nada. Los amigos que me motivaron a crear La otra botella saben que les estoy agradecido. Quizás sin sus arengas me hubiese tomado mucho más embarcarme en esto de hacer un blog. La verdad, el espacio ha dado mucho de sí, aún con las obvias trabas y los vicios de diseño del sistema. Gracias.

En el futuro no descarto en lo absoluto colaborar muevamente con Lomejordelvinoderioja.com, aunque probablemente la colaboración sería muy distinta en su carácter. Me parece un portal con inmenso potencial y sé que algo podremos hacer en conjunto, por el vino y por la convivialidad. Además, está el delicado asuntillo de todos los posts míos que aquí quedan. Tengo personal de mi lado trabajando en una migración, o al menos una copia, del contenido aquí vertido, incluyendo los valiosísimos comentarios que han dejado aquí tantas personas. Qué hacer con todo ese contenido será un reto.

Pero bueno, eso era. Nos vemos en mi nuevo chiringuito. Corra la voz, riéguese por foros y, amigos blogueros, actualicen su lista de enlaces. Aún no tengo nada colgado allí más que la “administrivia”, o sea que les agradezco una mini-paciencia hasta el 1 de octubre, cuando lanzaré la cosa de verdad-verdad. Como decían las dos canciones que abrían y cerraban aquella peli que tanto nos marcó a muchos, Nueve semanas y media, “Let It Go” y “The Best Is Yet to Come”. Ahora está si alguien se acuerda de quien las cantaba…

Con afecto,


Manuel Camblor

La otra botella

http://laotrabotella.com/

Adiós y homenaje a dos grandes, entre sismos

Resulta que sí, me pasé unos días en Nueva York, hacienda visitas a todos mis medicos (son unos cuantos, pero lamento desencantar a mis queridos enemigos: Estoy de muy Buena salud) y recargando las pilas imaginativas en general.

También resulta que, al regresar, todo parecía ser malas noticias. Primero, el suicidio de David Foster Wallace el fin de semana pasado. Wallace, autor de Infinite Jest (1996) fue un joven escritor dotado de habilidades casi joyceano-cortazáricas para el juego lingüístico. Tal disposición para con el lenguaje usualmente viene acompañada por un sentido del humor particularmente delicioso por lo cortante. David Foster Wallace fue una figura decididamente atípica en el tan prostituido mundo actual de la literature. Un escritor imaginativamente idiosincrático, su trágica muerte representa una inmensa pérdida. Encima, tenía solo un puñadito de años más que yo…

Por lo menos Santo Domingo no se ha visto afectada por ningún huracán más,

Sin embargo, se sienten los efectos aquí, como en todo el mundo, del inmenso cataclismo económico que ya ha comenzado. El derrumbe de Lehman Brothers, la venta de emergencia de Merrill-Lynch, y el rescate forzado de AIG son todas señales de que los tiempos de la economía irrealista a base de dinero “virtual” y crédito descaradamente ilimitado tocan su fin. No creo que exista economía en el mundo que no haya sentido sacudidas con esto. Y es, me atrevo a especular, solo el comienzo. Decía anoche un comentarista en CNN anoche que “Wall Street no volverá nunca a ser igual”. Yo no pude menos que exclamar: “¡No jooooooooooooooodas!”

El remache de todo lo malo que ha venido pasando es que anteayer tarde leía en Wine Disorder, un nuevo foro de vino y vida que surge de las cenizas del fenecido Wine Therapy (http://winedisorder.com/), un mensaje de Joe Dressner. Joe anunciaba la muerte de Didier Dagueneau, uno de los elaboradores de vino más emblemáticos de la AOC Pouilly-Fumé. Dagueneau murió ayer en un accidente aéreo.

Puedo concebir, un poco más allá del puro capricho y del pelo largo y las barbas, paralelos entre las obras de David Foster Wallace como escritor y Didier Dagueneau como vitivinicultor. Ambos tenían un marcado respeto por la tradición, pero no temían a la hora de explorer nuevas fronteras, siempre con gran atención al detalle, siempre con astucia y precision y, sobre todo, velando por la claridad y honestidad de expresión, fuera de la palabra escrita o del terroir. En ambos casos, la obra que queda—literaria y vínica—habla por sí sola.

Pero claro, andar reconociendo paralelos es una cuestión puramente personal. Le entré a David Foster Wallace por primera vez con un libro de relatos cortos llamado Brief Interviews with Hideous Men (1999) y he de confesar que no fue amor a primera lectura. Tuve luego que lidiar con las mil y tantas páginas de Infinite Jest porque un amigo me había dicho: “Ese es el que tienes que leerte”. En un principio me costó el mismo trabajo que, digamos, Pynchon en V o el Joyce de Finnegan’s Wake. No comprendía yo lo que intentaba hacer el autor, adonde pretendía llevarme. Sin embargo, no podia soltar aquel monumental libro y devoraba decena de páginas tras decena de páginas, sintiéndome provocado, pensando.

Algo similar me pasó con los vinos de Didier Dagueneau. Decir que mi relación con ellos es “conflictuada” es quedarse corto. Fuí introducido a ellos a través de algún Pur Sang de principios de los noventas que me parecía demasiado opulento y de Madera demasiado intrusive. Pero luego, sobre todo tras probar los vinos repetidamente y con tiempo de botella, mis percepciones fueron cambiando. Más allá de cualquier proclividad mía hacia vinos menos voluptuosos, había en los En Chailloux, Buisson Renard (leí una vez una anécdota sobre como este vino, que proviene de un viñedo llamado “Buisson Ménard”, fue rebautizado por Dagueneau tras que Michel Bettane escribiera mal el nombre en una revista; “Buisson Renard” significa más o menos “arbusto del zorro”, un nombre que apelaba más al sentido del humor de Dagueneau), Silex e incluso el mismo Pur Sang una profundidad, una autenticidad, una elocuencia que yo tenía que valorar.

Aunque no, quizás es solo fruto de mi imaginación, triste como estoy por dos maravillosas fuentes creativas que desaparecieron repentinamente.

De todos modos, en el mismo Wine Disorder leí, al levantarme esta mañana, una meditación más larga y muy elocuente de mi apreciado Dressner sobre la manera de ser y operar y el legado de Didier Dagueneau (vale aclarar que, al menos en los últimos años, Dressner importaba los vinos de Dagueneau a E.E.U.U.):

http://winedisorder.com/comment/56/281/

Bueno, y tres días le tomó a Decanter.com reporter sobre la muerte de Didier Dagueneau. Ya cuando vino a salir la noticia en ese sitio era tema Viejo para mí y para muchos más de quienes enérgicamente por la internet del vino. Pero este retraso lo perdono, pues me dieron esta mañana una noticia que me hizo reir:

http://www.decanter.com/news/268039.html

Aparentemente, la megaindustria del vino, particularmente del lado australiano, está muy indignada ante un documental realizado por la cadena BBC4, que denuncia la cantidad de aditivos que llevan los vinos comerciales de hoy. Según entendí, los vinos de muchos grandes productores (bueno, y si me preguntan a mí, muchos pequeños con aspiraciones corpporativo-globalistas) quedan pintados como poco menos que “alcoholicola”, o “galcohoseosa”, o como pueda traducirse alcopop.

Je, je… Como yo no llevo casi nada de tiempo hablando de esas cosas.

En otro orden de ideas, y volviendo a temas un poco más difíciles, al parecer el episodio del otro día y las quejas ventiladas en mi ultimo post han llevado a los encargados de este portal a intentar acción. Claro, tratándose de un grupo corporativo grande, con todas sus burocracias y tinglados administrativos, probablemente haya que esperar dichas soluciones y al final no sean exactamente lo que yo hubiese deseado. Pero bueno, no me pongo pesimista.

La cuestión es que en lo que ese particular hacha va y viene, he tomado una decision. A partir de la semana que viene, publicaré mis posts simultáneamente en un Nuevo sitio que creé en WordPress y en este portal. Es echarme una tarea extra, pero lo hago de la major fe, a ver si la solución que logran aquí es satisfactoria y luego podemos consolidarlo todo. En la medida en que le pongan ganas a la solución, tendré yo ánimos de continuar colaborando y copublicando. Claro, si las cosas no suceden a buen paso, pues, probablemente me limite a una sola dirección, que sera la nueva.

Luego les contaré más, Todavía tengo que familiarizarme bien con el interface de WordPress, subir imágenes, widgets y otras tonterías antes de comenzar a colgar artículos propiamente dichos. Se admiten consejos, per favore, pues considero que esto del blogueo no debiera ser tan complicado y el juego corporativo que está afectando el flujo de este blog como que no me va. Ustedes que me leen, opinen.



¿Proto-réquiem?

Ultimamente no le tengo muchas ganas al blog. Estoy muy ocupado en mi trabajo y, a decir verdad, me cuesta bastante justificar los ratos que he de dedicarle a pensar y crear nuevas entregas de La otra botella. Además—y esto es crucial—, como que no despiertan ya en mí la misma indignación o espíritu burlón los temas que se cuecen hoy en el mundo del vino. Me planteo frecuentemente que todo lo que tenía que decir, ya lo he dicho.


Encima, el otro día pensaba en como adjudicaría los premios El Botellazo™ este año. Desde mi mudanza a Santo Domingo se me ha acabado la aventurera promiscuidad vínica que gozaba en Manhattan. Donde antes tenía muchísimo que contar sobre muchísimos vinos interesantes, ahora me veo limitado a repetir de un puñado de vinos decentes que aquí he encontrado.


Tiene su peculiar encanto, lo de pasarse una caja de botellas de esto o aquello en noches cercanas una de la otra. Comprendes como se creaban nuestros padres o abuelos sus lealtades a marcas “de confianza” y creas una relación verdaderamente íntima con vinos que, si son buenos de verdad, te muestran facetas distintas cada vez y te mantienen atento. De ese orden puedo mencionarles por lo menos tres o cuatro. El Georg Breuer, Riesling “Charm”, Rheingau 2005 es una maravilla de personalidad bajo tapón de rosca. Llevo ya 16 botellas abiertas, cada una encantadora. El Foradori, Teroldego Rotaliano 2006 es un tinto encantador en su sencillez, con frescura y garra. Llevo media caja. El La Rioja Alta S.A., “Viña Alberdi” Reserva, Rioja 2000 (aproximadamente diez botellas) es todo lo que me piden los chuletones en mi steak house habitual. Y encima está muy bien de precio. Con estos vinos, como decía aquella canción de Prince, “There’s joy in repetition”.


Claro, también hay otros que no dan tan buenas relaciones. ¿Se acuerdan de aquel Abbazia di Novacella, Kerner, Alto Adige 2007 con 14% que no se le notaba y muy bonita floralidad en la primera botella? Resulta que, tras seis botellas abiertas, comienza a pesar el alcoholillo y las florecitas a empalagar un tanto. Cinco te dejan preguntándote qué carajos te habrá poseido a dejarte enchular por la primera.


La cuestión: ¿Da esto para mantener un blog animado? La otra cuestión: ¿Qué diablos ganaría con vivirme quejando de la monotonía que generalmente encuentro en las tiendas de vino de esta isla en que vivo? Pocos SKUs con muchos frentes y que “el consumidor” se sienta que está teniendo una experiencia amplia y variada del “vino” es el sueño de la actual gran industria de las enobebidas. Puedo protestar hasta el hartazgo, pero… ¿Y qué? La vida no me da tantas agradables sorpresas como antes… ¡Gran vaina!


Incluso cuando abro ahora una de esas botellas de la Reserva de Emergencia, importadas a mano con todo mi amor para aliviarme y ubirme los ánimos cuando la vida me apesta, ya ni me dan ganas de tomar notas de cata, mucho menos de colgarlas aquí. ¿Qué van a ser? ¿Otro inventario de la despensa? ¿Otra cantaleta sobre lo que es vino de verdad y lo que es enoproducto tecnobastardeado? ¿Otro sermón sobre si los “descriptores” analógicos tan abusados en las notas de cata de todo quisque son manifestaciones de tal o cual asqueroso doxa?

Lo dicho: ¿Y qué?

Pasó recientemente que un par de buenos amigos que bloguean sobre vino manifestaron una malaise similar a la que hoy me aqueja. Bloguear requiere un entusiasmo que a veces a uno—ser humano al fin—le falla. Uno se cansa. Se aburre. Se le van las ganas de seguir fastidiando. Los del gran negocio, que hagan su gran negocio. Mientras siga yo encontrando que beber, que es lo importante, podemos quedar en paz, ellos por su lado y yo por el mío.

Puede que lo mejor para La otra botella sea un sabático. O quizás deba fingir mi propio deceso y luego—como el personaje ambivalente interpretado por Rebecca Romijn en Ugly Betty, un programita de la tele que es uno de mis placeres más culpables—retornar con un cambio de sexo y una nueva personalidad… Bueno, no tanto como eso. Meramente me hablo figurativamente de cerrar este chirinquito y reinventarlo, como les pasa a ciertas discotecas. Quizás pudiera asumir la postura exactamente opuesta a la que he mantenido hasta ahora. Aunque no sé, eso requiere energía y una magnanimidad con el propio tiempo de la que últimamente ando justito. Nota añadida posteriormente: Molesta bastante la plataforma en la que estoy blogueando actualmente, reitero. No por continuar dando canna a los organizadores de este portal en que habita La otra botella. Intentar editar cualquier cosa en este software desde un buscador que no sea Explorer y un generador de texto que no sea Microsoft Word es una receta par alas más horribles frustraciones. A cada rato el formato de la página se violenta como por arte de magia negra. Ahora mismo intentaba corregir dos errorcillos ortográficos y todo se jodió, cambiando medalaganariamente a negritas o itálicas meramente porque estoy trabajando en la Mac de mi casa.  Y no digamos nada de que tan sólo intentar leer el blog desde un buscador que no sea Explorer es una zambullida en la frustración. El ámbito tecnológico es el otro aspecto que me tiene con estos pensamientos de escape. Esto no es lo que debiera ser, ni de lejitos…

En fin, que les dejo dos notas de lo que ha valido la pena beber últimamente y que ha sido diferente de lo que aparece en el mercado local. En una abrí el Jean-Paul Brun, “L’Ancien” Vieilles Vignes, Beaujolais 2006, un Ancien para más bien poca guarda, según muchos entendidos.

 

Lejos queda la ligereza perfumada de su llegada al mercado neoyorquino. Ha ganado peso y su fruta se ha oscurecido en cuanto a carácter. Donde antes había preciosa fresa fresca, ahora hay notas de frambuesa negra añadiendo profundidad. También presenta un deje de remolacha que me recuerda a ciertos pinots noirs de más al norte. Aroma y sabor pleno y puro, con capa tras capa de fruta sobre un fondo de cemento recién vertido. Aterciopelado y mullido en boca, con taninos vivaces y acidez marcada. Eso sí, se siente en la estructura menos solidez que de costumbre—como en un tejido menos apretado, que deja pasar aire. Quizás eso es lo que indica una potencial menro longevidad. Pero no importa. Está delicioso ahora mismo, carnoso y mineral. 




Otra noche, ante una dietética ensalada con gambas y aguacate, me abrí el Schnaitmann, Riesling Trocken Uhlbacher, Wurttemberg 2006. Este lo compré en Chambers Street Wines durante mi última estadía en Nueva York. La nariz es más bien reservadita, con melocotón blanco y limón tocando una económica melodía (la sinestesia es lo único que queda, diría un amigo mío) sobre el poderoso y sincopado ritmo que marca una mineralidad tremenda. Lo importante aquí, queda claro inmediatamente, es una monumental mineralidad tizoso-cuárzica. Completamente seco y con excelente acidez para complementar su mineralidad, esto te hace la boca agua. La mineralidad se manifiesta en capas de textura, una de grano fino sobre otra de grano grueso, sobre otras diez más dando distintas impresiones. Largo y muy sabroso precisamente por esa texturalidad.

Pero, ¿y qué? No deja de ser más que otra nota de cata de un vino que tendría que viajar lejos para conseguir de nuevo, si es que quedan existencias. Quizás no me empate con él nunca más, aunque quiera, lo que me pone en una situación parecida a la de algunos de los lectores de este espacio, que me dicen que los vinos de los que hablo son inconseguibles.


Justicia poética quizás.


Otra nota añadida posteriormente: Notarán que el texto aparece en el formato que le da la gana. Aparentemente, desde mi Mac no puedo insertar texto con formato de negritas o itálicas (aún en Word for Mac 2007) sin que el texto contiguo “adquiera” también el formato de la palabra en negritas, etc. Se imaginarán como a alguien tan entregado y perfeccionista como yo el que mis textos aparezcan como le da la gana a un software de porquería y no como yo quise que salieran me parece insultante. Al departamento tecnológico de como se llame la empresa que lleva esto: EL SISTEMA ES UN DESASTRE. DE CONTRA QUE ESTOY FRUSTRADO CON LA ACTIVIDAD MISMA DE BLOGUEAR, SI USTEDES INSISTEN EN SU INACCION CON RESPECTO A TODAS LAS PEGAS DE ESTE PORTAL, VqAN A ACABAR POR MANDARME AL CARAJO LAS GANAS DE SEGUIR DANDOLES CONTENIDO GRATIS. POR SI NO SE HAN DADO CUENTA, YA NO TENGO MUCHAS. O HACEN ALGO POR ARREGLAR ESTA PORQUERIA, O LO TOMARE MUY PERSONALMENTE.

 

Por lo pronto, no sé que hacer. Podría irme unos días a Nueva York, a comer y beber. Va y eso me da ganas de seguir escribiendo. Vida. Inyectable. Para un pobre blog que se nos muere. Les dejo una musiquita, en lo que me tomo un momento de reposo y meditación. Hace un ratito tenía puesta en la computadora aquella Missa Solemnis K337 de Mozart que me tiene, por momentos, más de criptozarzuela que de misa. De eso no hay video, pero de lo que he puesto después sí: Matt Johnson fue una de las figuras claves del rock alternativo cuando yo estaba en la universidad. Siempre esperaba con ansias la aparición de un nuevo disco de The The, su grupo. Se tomaba su tiempo y no sacó muchos. Me pregunto dónde andará metido. Esta se llama “Slow Emotion Replay”:



Interludio musical, aunque nadie hable de esas cosas…

La otra botella tiene un componente musical que para mí, al menos, es crucial. He visto estas páginas pasar a ser mucho más que mi blog, convirtiéndose en un intenso medio de discusión seria y no tan seria sobre el estado actual de la cultura del vino. Me esfuerzo por brindar temas interesantes, por estimular el intelecto de la gente y—hay que decirlo—por joder la paciencia y buscar camorra de vez en cuando. Y a todas éstas, siempre de frente y de fondo está la música.

Lo que me pregunto es por qué, con tanto que se habla aquí, casi nunca hablamos de toda esta música que les pongo. Hay cosas nuevas y cosas viejas, cosas convencionales y cosas rarísimas, se estiran y se pliegan géneros, hay euforia y languidez…

Esta tarde de sábado, penúltima del mes de agosto, estoy musical. Aunque no conversemos, aquí les tiro un set de Chill Out, muy acorde con el aire que se respira en un Santo Domingo que está de lo más bonito y sin tormentas. Mezclen las pistas ustedes mismos con la mente, a ver…

Jim White, “Book of Angels”: Country alternativo, atmosférico, profundo, fantasmal…


Junior Boys, “Teach Me How to Fight”: Pop electrónico minimalista, dulcemente melancólico. Magnífico video.

Yaël Naim, “Toxic”: Sí, es la canción de Britney Spears y ésta es la chica de la canción del anuncio de la MacBook Air, subvirtiendo a Britney exquisitamente…

French Kicks, “The Trial of the Century”: En Brooklyn hay de todo.


Solomon Burke, “None of Us Are Free”:
El soul del soul. ¿Hay que decir más?


Spearhead, “Hole In the Bucket”:
Clásico del rap consciente.


Macaco, “Giratuto”:
Lo bonito que puede ser el pop ibérico…


Les Nubians, “Temperature Rising”:
Estas chicas son prueba fiel de que aún algo bueno puede salir de Burdeos.


Josh Rouse, “Winter In the Hamptons”:
Cuando estoy aburrido, a mí también me da por imitar a los Smiths.


Los Amigos Invisibles, “Playa azul”:
Estoy seguro que vivo cerca de una…


The Bird and the Bee, “Psycho Killer”:
Una de mis canciones favoritas, pasada por la máquina de osmosis inversa. Dedicada a todo lo de eso que hay por ahí.

Mi agosto, casi hecho (y 3)

A cada rato alguien me pide que le haga una lista de “vinos recomendados” de alguna región, por lo de facilitarles su introducción a la misma. Esas peticiones, en la medida que puedo, las complazco a la mayor amplitud posible, pues siempre espero que, ante una amplitud de opciones se despierte una amplitud de curiosidad. Así, viéndose ante una cantidad considerable de ejemplos de buenos vinos de la Côte de Nuits, o de Galicia, o de Rioja, espero que mis interlocutores se sientan provocados. Claro, si logro mi cometido, pronto estarán ellos mismos recomendándome sus propios descubrimientos, cerrando así el bello ciclo de la enochaladura compartida.

Otra cosa que hago mucho es dar bibliografías sobre vino. Siempre he dicho que aprender de vino es cosa de beber mucho, de hablar con la gente del vino y también de leer. Yo, no hace falta que se los diga, disfruto muchísimo leyendo de vino. Bueno, eso de “leyendo de vino” es una frase engañosa. Se queda cortita, pues en realidad, bajo la rúbrica “Vino” cae mucho de historia, arte, política, economía, ciencias y mil cosas más. El vino, como tema literario, es de lo más transdisciplinar, digamos.

Este preámbulo no es un mero elogio a lo complaciente que tiendo a ser. Resulta que me ha asaltado una inquietud. Cada vez que construyo una de esas listas de lecturas vínicas obligadas, predominan libros en idiomas que no son mi lengua materna. Recientemente me encontraba desempacando mi biblioteca tras la mudanza de Nueva York y, mientras organizaba y colocaba libros sobre vino en estantes, me daba cuenta que, donde poseo muchísimos en inglés, francés e italiano, son muy pocos los que tengo en español. Y hacer una büsqueda en las webs de librerías en España y diversos puntos de Latinoamérica no ayuda mucho. Aparece—¡chacháaaaaaaan!—mucha traducción al castellano de las más obvias guías y los más populares cursos de introducción. Muy poco es lo que hay—al menos accesible a un gran público—de estudios críticos incisivos, de memorias de extraordinarios catadores, de tomos de historia y geografía de regiones específicas escritos originalmente en español… O al menos me resulta muy poco en comparación con todo lo publicado en inglés acerca de vino que cruza mi escritorio cada mes.

Ya este problema lo he discutido con varios amigos, copas de por medio. Invariablemente, todos me han sugerido que comience yo a escribir esos libros de vino que tanto extraño. No sé. Yo me siento conflictuado ante esa idea. Alguna vez escribí, en una mini-autobiografía que una profesora me asignó escribir en la universidad, la siguiente petición: “No me llamen “escritor”. Lo de “escritor” implica un profesionalismo del que carezco completamente. Soy tan profesional en la escritura como lo soy en la masturbación”.

Me dió buena nota, la profe. Y me aseguró que cambiaría de parecer algún día, cosa que aún, veinte años más tarde, no he hecho. Sigo con la misma actitud de amateur en todo. Y así estoy feliz. ¿Cambiará? ¿Me saldrá algún día de dentro lo de sentarme a escribir un libro, de vino o de lo que sea? ¿Qué forma tendrá?

Mientras todo eso se resuelve, sigo leyendo lo que escriben los profesionales. Se acaba agosto y ahora les comentaré un poco sobre mis lecturas vínicas del verano… La primera fue un libro cuya llegada al mercado esperaba con ganas: The Battle for Wine and Love, or How I Saved the World from Parkerization, de Alice Feiring (Harcourt, Nueva York, 2008). Alice es alguien a quien pude conocer personalmente y con quien he catado en múltiples ocasiones, como recordarán los que han seguido este blog de sus inicios, o sea que todo lo que diga de su libro va coloreado por el afecto que le profeso y la admiración que siento hacia ella como catadora.

Además, difícil que uno no se lea un libro vorazmente cuando en él aparece bastante gente que uno conoce y la autora, encima, es de ideas más o menos afines a las de uno. Josie, al verme leyendo, no se cansaba de decirme que el subtítulo del libro le parecía fatal. Yo, por mi parte, me concentré en otras cosas.

Les diré que al final de todo, mis sentimientos acerca de The Battle for Wine and Love son un tanto encontrados. Por una parte, se trata de un libro que aboga por el vino natural, conectado inextricablemente a un terruño, con energía y tensión vitales: Tout court, vino de verdad. Alice también denuncia apasionadamente la tecnologización desenfrenada que ocupa al mundo del vino hoy día. ¿Les suena? Es una reportera tan honesta como sagaz y temeraria, que se mete en la guarida de las fieras y hace preguntas atrevidísimas sin vacilar. Alice nos cuenta sus andanzas por el mundo en busca de vinos de verdad y sus pesquisas en torno al tecnovino. Su posición con respecto a este último queda perfectamente ilustrada temprano en el libto:



“Cuando Louis Pasteur se involucró con las levaduras, involuntariamente creó la base para que la industria del vino pasara de manos de agricultores al campo de las ciencias. El vinatero requiere herramientas, después de todo. Pero creo que la tecnología, la ciencia y el negocio han ahogado la creatividad, la inmediatez y la urgencia una vez inherentes al arte de hacer vino. En su lugar quedan la corrección y el control. Esta no es mi forma de ser en el amor y tampoco el tipo de vino que busco. Al llegar al aeropuerto de Sacramento [Alice concluía una visita a la Universidad de California-Davis] pensé: Lo que hace falta en esta escuela es un filósofo o dos. Eso lo arreglaría todo.” (p. 61, mi traducción)

Habiendo conocido unos cuantos filósofos bastante objecionables durante mis años de académico, puedo afirmar que no creo que sean la solución de nada. Vamos, que no es cualquier filósofo el que haría falta para que la gente de UC-Davis dé el giro que satisfaría a Alice. Pero bueno, ahí le doy licencia. Se trata de mera hipérbole romántica.

Hablando de “romántica”, ése es el punto en el que flaquea en verdad el libro. El tono narrativo coquetea con la idea de presentarnos el a Alice Feiring en un plan de “chica-soltera-busca-al-hombre-de-su-vida-en-Nueva-York” sonante a veces a Sex & the City que, a decir verdad, para mí no funciona. Alice introduce a sus amigas y a sus intereses amorosos en el texto de manera bastante pasajera. Se quedan bastante planos como personajes y no acaba uno de sentirse lo suficientemente interesado en ellos como para considerarlos más que una distracción innecesaria en un libro cuyo enfoque primario es la lucha por el vino de verdad. ¿Cosas de editores no particularmente certeros? Quizás… La cuestión es que eso queda como parte del libro cuya utilidad he de cuestionar. En cuanto a los amigos y las inspiraciones de Alice, se me hace un poco difícil de tragarme a mi tan apreciado y respetado Joe Dressner como el “Big Joe” en que lo convierte Alice, cruce entre maestro zen y gigantesco oso de peluche con perverso sentido del humr. El jugueteo estilístico intentando hacer una polinización cruzada de Chick Lit y análisis del mundo del vino me lo encuentro poco efectivo. Acaba uno sintiéndose que hay muy poco de romance como para que en realidad importe. Alice habla, por momentos, de guardarse los detalles de sus amoríos para una novela en la que está trabajando. La cuestión es que quizás debió separar la novela de este libro más radicalmente.

Además de lo del ángulo amorístico, está el supuesto gran nemesis del subtítulo: Robert Parker. Algunos críticos han acusado a Alice de ser muy dura con Parker. Yo opino sinceramente que se quedó corta, en el sentido de lo que hubiese podido decir y hasta donde hubiese podido atacar con datos y un análisis más cortante del fenómeno que es Parker, que va mucho más allá del individuo mismo. No que Alice deje de lograr grandes cosas cuando aborda el tema de Parker. Por ejemplo, está el fascinante capítulo “Mi cita con Bob”, casi al final del libro, que invita seriamente a ponderar las inconsistencias y los peculiares lapsus a la ignorancia en que incurre constantemente el Gran Gurú™. Pero el problema está en la prominencia de Parker en la portada del libro, que en realidad no se compagina con lo que hace Alice.ante este “malo de la película”, que al menos a mí acaba por no parecerme malo, sino desubicado. No queda claro que Alice haya “salvado al mundo de la parkerización” y tampoco—al menos para mí—que esa parkerización sea lo peor de lo que hay que salvar al mundo. En algunas reseñas del libro se acusa a Alice de ver las cosas demasiado en blanco y negro. Puedo ver el por qué de esas acusaciones y cederles un poco de razón. Las vastísimas áreas grises entre los polos es donde de verdad se cuece lo siniestro en el mundo actual del vino.

Claro, quizás todas estas quejas mías no son más que mera minucia. No puedo negar que disfruté mucho leyendo The Battle for Wine and Love—o, mejor dicho, devorándolo, porque me lo leí en cuestión de horas. Me reí un poquito, pensé otro poquito, me indigné otor poquito más (es que les tengo poca paciencia a los vegetarianos…) y aprendí cositas que no sabía, no digamos nada de enterarme de algún sabroso chisme. Además, pude rememorar sobre amigos que veía—o intuía, si no salían mencionados por su verdadero nombre. Eso, con vino, es bastante para una lectura de verano. Tendrá leves fallos como obra, pero no son tan importantes como para opacar la utilidad de este libro en cualquier debate sobre el estado del mundo del vino hoy día.

Uno que sí cae definitivamente en la categoría de “buen libro manqué es Reflections of a Wine Merchant, de Neal Rosenthal (Farrar, Straus & Giroux, Nueva York 2008). Rosenthal es, después de Joe Dressner, el importador de vinos de verdad que más admiro. Digo “después de Joe Dressner” porque creo que la mejor manifestación de mi admiración está en cuantas botellas de sus vinos compro cada año, y a Dressner, por un pequeño margen, le compro más. Pero la labor de Rosenthal y el portafolio que ha creado son verdaderamente admirables, que quede claro.

¿Qué me pasa con estas memorias, que digo que se quedan cortas? Pues, como en el caso del libro de Alice Feiring, asentía frecuentemente ante la visión expuesta por Rosenthal de lo que constituye un gran vino. En algunos momento hasta subrayé pronunciamientos que me parecieron citables (hubo uno que no encuentro ahora, que iba de la gnete que gusta de beber madera y no vino, que me pareció fenomenal). Aprendí unas cuantas cosas sobre productores de los que me declaro ferviente admirador. Vamos, que de nuevo me encontraba ante un espíritu afín, escribiendo sobre un tema que me fascina.

Entonces, ¿qué me pasó? Pues quizás que Reflections of a Wine Merchant aparece en el vigésimo aniversario de un libro escrito por un colega de Rosenthal que sale repetidamente mencionado por este último; un libro del cual orgullosamente preservo la primera edición; un libro que me marcó y sigue siendo uno de los favoritos en mi biblioteca vínica… Estoy hablando de Adventures on the Wine Route, de Kermit Lynch. Lynch sentó un precedente ante el cual es imposible no comparar cualquier memoria de importador de vinos. Su genial estilo, el contenido, la manera que tuvo de conectarnos con la tierra y la gente sobre la que narraba… Todo eso hizo de Adventures on the Wine Route una obra muy especial. Reflections of a Wine Merchant sufre por la comparación con el libro de Kermit Lynch—comparación que no sé si es evitable, pues el mismo Rosenthal a veces parece invitar a que la hagamos.

El estilo literario de Rosenthal es elegante y fluido en la mayoría del libro. Nos presenta a muchos de los elaboradores con que trabaja de un modo que refleja indudable amistad y respeto. Sus anécdotas son, en la mayoría de los casos, entretenidas y reveladoras en igual medida. Y sin embargo, el libro, como unidad, no me funciona. Puede que tenga que ver con la cantidad de espacio que Rosenthal dedica a describir como algunos elaboradores con que trabajara lo desencantaron. O puede que tenga que ver con un cierto “yoismo” que se le nota—como que el libro tiene ciertas lagunas en cuanto a dramatis personae en cuanto a colaboradores positivos que no sean vinateros se refiere. Digo “colaboradores positivos” porque Rosenthal presenta muy claramente las instancias en las que se sintió decepcionado, hasta traicionado. Eso acaba por pesar bastante y, al menos a mi entender, por no tener un contrapeso suficiente en el departamento de la alegría, el humor y la congenialidad. ¿Qué puedo decirles? Aparte de que coincido ideológicamente con Rosenthal en lo que a vino se refiere, lo mejor que tuvo este libro fue que me hizo querer releer una vez más a Kermit Lynch.

El tercer libro que me leí en estas últimas semanas fue, por mucho, el que más me cautivó. En parte historia de intriga, en parte invitación a excesos de Schadenfreude ante los infortunios de gente con más dinero que sentido común, en parte cuento de la caida de ídolos, en parte recuento histórico y en parte culebrón con beautiful people, The Billionaire’s Vinegar, de Benjamin Wallace (Crown, Nueva York, 2008) me absorbió completamente.

¿Se acuerdan de aquel magnífico artículo de Patrick Radden Keefe en The New Yorker sobre el escándalo de las “botellas de Thomas Jefferson”? Para refrescarles la memoria, está en http://www.newyorker.com/reporting/2007/09/03/070903fa_fact_keefe. The Billionaire’s Vinegar profundiza, llevando el tema a un libro excelentemente investigado y maravillosamente narrado. La trama básica: (a) Las botellas de vino más caras de la historia resultan ser falsas. (b) Los potentados que las adquirieron, al descubrir el fraude, toman o no toman acción. (c) Las autoridades que originalmente ratificaron la autenticidad de las botellas a la hora de venderlas caen en desgracia. Detrás de todo ello, una peculiar figura a lo Felix Krull. Así nos encontramos con Hardy Rodenstock, alguna vez considerado como el más grande connoisseur y coleccionista de vinos antiguos, de quien ahora se sospecha que pudiera ser el más tremendo falsificador de todos los tiempos. Se pondera el “descubrimiento” que hiciera Rodenstock de un hatajo de botellas antiguas en una casona en París. Aparecen las subastas en las que se vendieron las botellas más caras de la historia. Vemos a los compradores primero ufanos y ostentando los trofeos obtenidos, luego iracundos tras descubrir que aquellas botellas de prestigiosos burdeos, supuestamente pertenecientes al gran enófilo y tercer presidente de los Estados Unidos que fuese Thomas Jefferson, eran falsificaciones. El proceso por el cual se descubre la (“alegada”, que aún está en veremos el futuro legal de todas las demandas que le han metido a Hardy Rodenstock) estafa es absolutamente fascinante y la consideración de las consecuencias de todo esto para el mundo del vino en el futuro es crucial.

Espero que solamente con describirles de lo que va el libro les despierte la curiosidad. La investigación y el estilo narrativo de Benjamin Wallace son impecables y The Billionaire’s Vinegar acaba siendo de lo mejor que he leido este año. Ahora mismo me acuerdo de la simpática frase utilizada por un amigo hace unos días: “Dios dijo ‘hermanos’, no ‘primos’”, y me da por responderle que mire ujté, va y sí dijo ‘primos”, después de todo, al menos considerando el elenco de megaricachones, directores de casa de subasta y críticos de vino con grandes ínfulas que pueblan las páginas de este tremendo libro.

Hablando de primos, a Tyler Colman, mejor conocido como “Dr. Vino”, le debo aquella noticia sobre el Wine Spectator y su “Premio a la Excelencia” otorgado a un restaurante inexistente. También le debo otro de los libros de vino que me leí en agosto—Wine Politics: How Governments, Environmentalists, Mobsters, and Critics Influence the Wines We Drink (University of California Press, Berkeley 2008).

Aparentemente, este libro comenzó sus días como la tesis doctoral de Tyler. Según explica en su prefacio, lo sometió a evaluación por parte de lectores “de a pie” para que estos le ayudaran a limar las asperezas y aligerar las densidades académicas. Lo que queda al final es un texto altamente informativo e infinitamente distante en términos de legibilidad de una tesis doctoral como las conocí yo a montones en mis antedichos tiempos de académico. ¡Vaya coñazos que tuve que dispararme!

Pero me voy por la tangente… Que Wine Politics fue otro que también me gustó. Quizás no tiene el brio narrativo de The Billionaire’s Vinegar, pero expone muchísimo de lo que ocurre tras bastidores en la industria actual del vino. Hay política y politiquería, hay conflictos legítimos y hay arbitrariedades, hay causas históricas y consecuencias actuales… Siguiendo el tenor de nuestra reciente conversación sobre como comunicar la emoción que nos inspira el vino que bebemos, creo que leer este libro y pensar en todo lo que hay detrás de ese vino, o lo que no hay, es crucial. Breve y de fácil digestión, este librito, pero sumamente nutritivo. Además, para aquellos que solamente piensan en “el mercado”, el análisis socioeconómico e histórico de Tyler puede arrojar mucha luz sobre como se bate el cobre a la hora de vender vino en Estados Unidos.

Ahora me estoy leyendo uno traducido del francés al inglés que se titula Bordeaux/Burgundy: A Vintage Rivalry, de Jean-Robert Pitte (University of California Press, Berkeley 2008). Está escrito deliciosamente a la antigua y abunda en un simpático anecdotario de los insultos dedicados por los bordeleses a los borgoñones y por los borgoñones a los bordeleses a través de los siglos. No me he sorprendido al leer sobre algunos de los más ardientes partisanos de Burdeos (François Mauriac) y sí me he sorprendido con otros (Philippe Sollers). Ah, y me tiene muy intrigado que en el índice Robert M. Parker, Jr. y Michel Rolland sólo figuran mínimamente.

Ya les contaré más de mis lecturas, pero luego. Por el momento, y en el espíritu del que aún no cree que pudiese yo decir que una porción de concierto de Duran Duran me encantó, o que pudiese yo andar por el Carrefour de Santo Domingo empujando un carrito como cualquier paterfamilias más en domingo, aquí otro choc al sistema, que los amigos de DJ CamblorNO conocen bien, pues es una de las favoritas perennes de dicho pincha-mp3s:

Mi agosto, casi hecho (2)

Creo que no es ningún secreto que he estado tratando de adelgazar. Bueno, ya lo dije ayer, ¿no? Mi cocina de por las noches se ha convertido no solamente en hipocalórica, sino específicamente en hipocarbohidrática. Mucha ensalada con sustancia es lo que estoy cenando y creo—al menos eso me dice la gente—que los resultados comienzan a notarse. A continuación imágenes de lo que crea Camblor cada noche para ayudar a la causa y muy pese a las limitaciones del mercado local en cuanto a buenos vegetales o carnes orgánicos.


Algo poseyó a Josie uno de los domingos de agosto, creándole un irresistible deseo de explorar el Carrefour de Santo Domingo. Había visto no sé qué en los diarios sobre “productos franceses” y, pues, quería averiguar de lo que se trataba. Yo hice mi poquito por disuadirla de hacerse ilusiones, pues al final es Carrefour de lo que estamos hablando. Pero claro, no iba al híper desde hacía años, o sea que tampoco es que le metiera verdadera voluntad. Al final le dije: “Bueno, vamos…” Después de todo, no es que tengamos muchas opciones en cuanto a buenos ingredientes aquí y hay que apañarse con lo que aparece.

Muy para mi sorpresa, el Carrefour de la Autopista Duarte ostenta una sección de “productos biológicos”. Okey, no se tratará de hortalizas frescas, pero al menos pude abastecerme de granos integrales diversos para amenizar las comidas y llenar la tripa sin hacer mucho desarreglo: Bulgur, quinoa, etc.

En lo que Josie exploraba la sección de chismes bebológicos, yo me dí un paseito por el área de vinos. No esperaba encontrarme nada particularmente apetecible. Si bien Carrefour es el único sitio donde sabía que encontraría vino de apelaciones francesas de las que tanto gustaba durante mi residencia en Nueva York, pero que en Santo Domingo no aparecen ni a jodidas, lo que apareció en mis anteriores visitas fue invariablemente producto industrial que no tiene nada que ver con lo que yo espero de dichas apelaciones, o sea, aquello a lo que me han acostumbrado en la última década sus mejores representantes.

Pues, la selección francesa no había cambiado en lo absoluto. Nada a lo que entrarle. Me dediqué, ante esta carencia, a ver lo que había en las estanterías españolas, notando unas cuantas etiquetas que no conocía. Entre éllas habían una decena (más o menos) de diseño bastante similar, con gráficas modernas y coloridas. Los vinos que las vestían alegaban ser de muchas denominaciones, desde Ribeiro hasta Rioja hasta Somontano hasta Montsant hasta Ribera del Duero hasta Cariñena. Las contraetiquetas indicaban, bajo descripciones “organolépticas” de las que se han vuelto estándar en el marketing del vino hoy día, que estos productos habían sido “Seleccionados por expertos enólogos para C. C. Carrefour”. Una pega: La secciones de los estantes donde estaban estos vinos no siempre daba los precios. Me fuí, con una botella que decía ser elaborada por una bodega que conocía por sus vinitos más bien pasables, a un escáner y me dió un precio que, en la moneda local, equivalía a poquito menos de US$10, lo que para acá es barato.

Pensando yo que quizás me daría este fenómeno de los vinos “elegidos por expertos enólogos” una buena entradita de blog y que, en un improbable mejor caso, hasta podía aparecérseme algo potable, decidí comprar media docenita variada.

Al llegar a la caja me encontré con un problema. El precio del ribeiro (de 10% de alcohol por volumen, nada menos) no le aparecía a la cajera. Lo mismo pasó con un rosado de Rioja. Ambos se quedaron en Carrefour. Y luego, otro problema: Viendo la factura final, el crianza riojano rompía con el patrón de precios de todos los demás, saliendo por más de US$25. Eso no me lo esperaba, pero ya había pagado, estaba montado en el carro a medio camino hacia mi casa y no tenía ganas de volver a Carrefour para ponerme a reclamar. Además. En realidad la culpa fue mía por no revisar lo que me cobraban antes de pagar. A veces uno tiene que elegir sus batallas.

Mis expectativas para estos vinos eran lo que eran. Sabía que no iban a darme nada extraordinario, así que me ajusté a ellos. El primero fue el Bodegas Fábregas, “Vega Milano” Rosado (Elaborado para Carrefour), Somontano 2007. Según la contraetiqueta, syrah 100%. Color frambuesa afucsiado, de leve fluorescencia. Nariz tranquilona de gelatina de frambuesa con leves notas pirazínicas (o sea, de pimiento morrón). Correcto en boca, jugosito y simple, con una refrescante mordida cítrica. Corto. El segundo vino fue el Bodegas Frutos Vilar, “Barbaldos” Rosado (Elaborado para Carrefour), Cigales 2007: Aquí el color es fresa luminoso con destellos violáceos. La nariz es discretaal principio, pero con el aire va ampliándose para dar sandía, fresa y ciruela fresca. Lo mismo en boca. Suculentillo y fácil de beber, pero cortito y olvidable. De hecho, aunque puedo enunciar diferentes descriptores del cigales al somontano, creo que tienen mucho más de iguales que de diferentes. Texturalmente parece que uno está tomando el mismo vino, aunque ubique una que otra notita aromática distinta. Y la clave de la similitud es una cierta sensación de implacable esterilidad e inercia en ambos vinos.

Lo que no quiere decir que estén malos.

El del problema pecuniario era el Bodegas Luis Gurpegui Muga, “Viña Espolón” Crianza (Seleccionado para Carrefour), Rioja 2004. Abre bastante bien, con aromas de coco, hinojo y toffee sobre fruta rojinegra decentita. También hay un dejecillo de cáscara de naranja y un toque de volatilidad. En boca es sencillito y jugoso, con acentos de hinojo y menta sobre ciruela roja y un golpe toronjesco de amargor-acidez final. Es un riojita—para usar la expresión de Jose—suficiente. Me intriga la idea que pueda tener esta gente sobre las virtudes de este vino, pues en realidad, tras añadir los impuestos de rigor, acaba saliendo de la tienda por casi US$30, que no es—para usar la expresión de mi padre—pellizco ‘e ñoco. Por esa cantidad de dinero puedo encontrar cualquier número de buenos crianzas y hasta reservas riojanos en el mercado local que le dan veinte vueltas a este “Espolón”. Por cierto, ¡vaya nombre! Me trajo recuerdos de uno de mis difuntos abuelos, que pasó sus últimos años aquejado, precisamente, por un ídem.

El último de los elaborados o seleccionados para Carrefour que compré fue el Bodegas San Valero, “Río Mayor” Reserva (Seleccionado para Carrefour), Cariñena 2004. Josie desaprobó de plano: “Está vulgar”, declaró. Yo le otrogué, quién sabe por qué, el proverbial “beneficio de la duda”. “Por lo menos no quiere ser merlot chileno o shiraz australiano”, repliqué. Y creo que es verdad. Esto es una cuvée, la contraetiqueta dixit, de tempranillo, garnacha y cariñena. La nariz es pasablemente agradable de un modo rusticón y otoñal. Tonos de violeta desecada, nueces, cereza, ciruela y cuero. Además, un airecito cálidamente cremoso, como de natillas. Jugosito en boca, de cuerpo medio. Bastante llano. Cortito. Como a todos los demás, le falta vida y dimensionalidad, algo que sé posible en vinos baratos. Pero bueno, dejémoslo en que se trata de un tintillo estable y potable.

Otra cosa saqué del viajecito a Carrefour: En la sección dedicada a diversos burdeos de tercera, cuarta o quinta división pude ver lotes de Clementin de Pape Clément y Château Fombrauge que ostentaban, debajo de sus respectivas etiquetas, banditas blancas y doradas que ponían “Bernard Magrez”. M. Magrez es, por si alguno no ha estado prestando atención a mis diatribas, el responsible de lo que para mí equivale a la muerte de Château Pape Clément. Sí, el megamillonario negociante que contrató a Michel Rolland para que “mejorara” un vino que no necesitaba mejoría alguna, uno de mis antiguos favoritos de Graves.

Según entiendo, M. Magrez continúa ampliando su portafolio y, como todo lo que toca se me hace tan terrible, es bueno que ahora esté poniendo su rúbrica en cada botella. Así puedo identificar lo suyo y seguir de largo para que no me pase lo que me pasó con aquel Pape Clément 98. Cada vez que lo pienso, me invade una inmensa tristeza…

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Hay noches en las que llego a la casa molesto, sin ganas de más que abrir una botella de algo vivo, vibrante, elocuente, que me provoque y me haga olvidar las diarias cargas. ¿Les suena? Pues eché mano a otra de mis botellas reafirmantes y reconstituyentes importadas a mano desde Nueva York para casos de emergencia. Así. Mi piedra de salvación, casi literalmente, lo fue el delicioso Emrich Schõnleber, Riesling Trocken “Mineral”, Nahe 2007: Un vino delicado como fino encaje—para usar un cliché putón—pero con un carácter interno que hace honor ampliamente a su nombre: Mineral. Esto es un ejemplo perfecto de “Truth In Advertising”. Lo que es, es lo que dice ser. En boca empieza carnoso y juguetón, pero rápidamente encuentra su ritmo y orden. El limón, la toronja blanca y la manzana verde manifiestan, se hacen sentir, pero sin pasarse. Ceden el verdadero protagonismo a mineralidad que oscila entre piedra caliza y talco. Muy largo. Muy refrescante. Con aromas y sabores muy definidos. No lo acusaría de ser complejo, eso sí. Pero a veces complejidad no es lo que pide el cuerpo, sino pureza y precisión.

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El verano en Santo Domingo siempre trae ansiedad y actividad. Lo digo por las tormentas tropicales, que a veces se suceden rápidamente. Bueno, y a veces van y se convierten en huracanes. Y a veces esos huracanes vienen y nos parten por mitad. Este año todavía no pasa nada y esperemos salir ilesos.

El verano no está siendo tan piadoso con algunas zonas vinícolas de Europa. Ya les dije de lo del Beaujolais. Y recién me enteré de que en Toscana una granizada se cargó la mayor parte de la cosecha de Brunello de Montalcino. Como si no tuviera esa gente suficientes problemas con todos los alegatos de fraude y escandalitos que se les vinieron encima hace unos meses… Ahora va la naturaleza y les da el tiro de gracia.

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Otra, comprada aquí a sobreprecio sin pensármela mucho… El Ceretto, “Siana”, Barbera d’Alba 2006: Térreo, con mucha carne curada y una notita de consommé que me hace pensar que la botella estaba en condición menos que pristina.Un barbera rústico y oscuro, con taninos vivos que dan una sensación granulosa al paladar. No muy largo, pero sabroso, sobre todo con unos farfalle en pesto de espinaca con setas y salchicha picante. Receta humilde para romper la dieta un viernes en la noche, vino sencillo. Claro, el problema hoy día es que cualquier vino sencillo te sale por US$30, y eso fastidia lo suyo la jugada.

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Recibí un mensaje el otro día de mi apreciado DJR refiriéndome a un artículo de Gabriela Malizia (les sonará el nombre; fue la autora de aquel artículo que ya discutimos sobre el marketing a “jóvenes” y “mujeres”) en Area del vino. Aquí tienen el enlace, para que saquen sus propias conclusiones:

http://www.areadelvino.com/Contenido1.aspx?pID=8900

Básicamente la trama va de como se ha modificado genéticamente en el laboratorio la levadura S. cerevisiae “para que durante el proceso de fermentación sea capaz de producir monoterpenos, que tienen un papel destacado como componentes del aroma afrutado y floral.”

Lo de las levaduras genéticamente manipuladas no es cosa nueva. En ciertos círculos he estado platicando sobre el tema por lo menos desde el 2005. Sé que en la Unión Europea existen reglas que impiden la utilización de materia genéticamente modificada en productos alimenticios sin etiquetar claramente para indicar la presencia de dicha materia. En Estados Unidos, en cambio, el reglamento es más laxo, por no decir turbio. Y allá en el Cono Sur no quiero ni imaginarme… Al menos en Estados Unidos sé que se permite utilizar levaduras genéticamente modificadas en la elaboración de vino, pues las levaduras son consideradas “agentes de procesado” y no parte del vino en sí (como lo son en la Unión Europea). Así, aunque no te lo dicen ni de casualidad, hay productores norteamericanos utilizando levaduras genéticamente modificadas como la ML01 (que provoca la fermentación maloláctica al mismo tiempo que la alcohólica) y la ECMo01 (ésa no tengo muy claro lo que hace, pero creo que tiene que ver con la eliminación de uretano en el vino). Las autoridades no requieren que se anuncie el uso de estas levaduras, o sea que…

Chocante (y no poco hilarante) en el reporte de Malizia es lo que cuenta uno de los directivos de la Asociación de Profesionales en Enología y Alimentos de Argentina sobre variedades de uva “de baja vocación enológica”. ¡Y yo que pensaba que la de la “vocación enológica” era la gente, pues el jugo de la uva lo que hacía era convertirse en vino cuando fermentaba, un proceso natural! Se aprende algo nuevo todos los días… Vamos, que pensaba yo que si una variedad no daba buen vino en un lugar, pues mejor dedicarse a otra, o quizás a otro cultivo que sí diera algo bueno. Siempre dije que en algunos viñedos muy cotizados de este mundo se darían tremendos melones o aguacates si la gente no insistiese tanto en ser viticultores dizque “porque eso viste”.

Yo, como podrán adivinar quienes me conocen, estoy copletamente opuesto al uso de materiales genéticamente modificados en el vino que me bebo. Sencillamente no me da la gana de aceptar ciertas artimañas tecnológicas aplicadas a los alimentos que me meto en el cuerpo, siendo el vino uno de ellos. Creo fielmente que debemos luchar contra esta desmadrada tecnologización del vino, si es que vino queremos seguir bebiendo. Lo mínimo que hay que exigir es que se nos indique toda esta porquería que al parecer se pretende incluir como si nada en el vino bajo el alegato de “mejorarlo”.

Antes de invitar al habitual commentez et discutez, les exhortaría a considerar la culpa que tiene de todo este despelote el lenguaje que utilizamos para comunicar nuestras catas. Yo soy el peor de todos, que vivo diciendo que voy a abandonar las “frambuesas” y la “madreselva” y la “canela” o el “café” o el “tomillo” o la “toronja” a la hora de describir los vinos y a concentrarme eb ek carácter de lo que bebo a un nivel más profundo e íntimo. Pero vuelvo a caer en la bobería del listado de alacena. Eso me jode infinitamente. Lo considero un grave fallo personal mío y pido disculpas constantemente por él. Algún día podré abandonar esos “descriptores” que no describen nada y verdaderamente trabajar el lenguaje para sacarle vino. Mientras tanto, piénsense un poco esto: “los terpenos son aromas y sabores muy seductores. Recuerdan a flores blancas, cítricos, litchi, lavanda, rosas, té, drupas, hierbas de campo: tomillo, ruda, manzanilla, etcétera. Son los aromas que distinguen los varietales de la familia Muscat (Torrontes, Gewürztraminer, Moscatel)”.

Con nuestras listicas de supermercado, ¿no les hemos indicado a estos laboratoristas ym ercadólogos exactamente qué buscar? ¿No hemos creado el monstruo tecnológico que sólo desea “potenciar aromas y sabores” con nuestro propio lenguaje, que parecería indicar que esos aromas y sabores son lo único que deseamos en el vino?

Ahora mejor me callo, porque la verdad es que se me calientan las orejas pensando en esto como algo a lo que yo he contribuido malgré moi.

Para calmarme, algo de buena música: Dr. John, en vivo en Abbey Road, que es puro lujo. Lo mejor de todo es cuando habla. Me recuerda a mi gran amigo Gerry Dawes, pero haciendo música…

(Concluye en la próxima entrega…)

Mi agosto, casi hecho (1)

Post #222 de La otra botella. No sé por qué me da con que son cifras así las que debiera celebrar…

El mes de agosto, tras el disco party que les dejé en mi penúltima intervención acá, transcurrió tranquilo.

La segunda semana comenzó bien. En una me ví comiendo y bebiendo feliz en una mesa donde yo era el único hombre, cosa rarísima en esto de la enochaladura y que me gustaría ver mucho más. No que en el pasado haya yo dejado de disfrutar en un montón de ocasiones libatorias bastante machocéntircas sencillamente porque la compaña fuera toda masculina, pero hay que decirlo, en esto de la vinomanía nos hacen falta más chicas bebiendo junto a nosotros y, sobre todo, opinando. Opinando mucho.

Pues estaba yo en Davy Crockett, mi steak house favorito en la capital dominicana, junto a Josie, Elizabeth Peña, la editora de la revista local de vinos El Enófilo y Carolina García Viadero, de Bodegas Valduero, quien estaba de visita en Santo Domingo. A Elizabeth le había parecido buena idea que yo conociese a Carolina y la agenda de esta última permitió, o sea que allí apareció Camblor con su bella esposa, la que siempre protesta porque las reuniones de vino son todo hombres y “demasiado tecnicistas”.

Aparte de lo simpatiquísima y ocurrente que es Carolina, ayuda mucho a las cosas que Valduero es una de las pocas bodegas de Ribera del Duero cuyos vinos este servidor de ustedes aún bebe con relativa regularidad. Esto, porque no son vinos dados a los excesos que dicta la moda puntillisto-billetera en esa región. Los crianzas y reservas de Valduero son, al menos para mí, buenos vinos para la hora de la comida, mesurados, muy bebibles y no están mal de precio—no debiera esto hacerlos “raros” de ningún modo, pero en Ribera del Duero hoy por hoy hay muy poco así.

Yo había traido un par de botellas conmigo al restaurante. Una era del François Cotat, “Les Monts Damnés”, Chavignol, Sancerre 2005, cuidadosamente doble-decantado un par de horas antes de la cena. La razón para ofrecer esta botella en un obvio acto de infanticidio era que había conocido a Elizabeth Peña tras leer en su revista una nota de cata en la que atribuía aromas de “sílex” a un sauvignon neozelandés. Yo, curioso, le mandé un e-mail a su revista pidiéndole que me contara más sobre esos aromas silíceos y sobre sus ideas acerca de los demás aromas que encontraba en ese sauvignon. Entablamos un animado intercambio de correo electrónico sobre un montón de temas vínicos locales e internacionales que continúa hasta el día de hoy. Quería yo mostrarle a Elizabeth lo que considero un sauvignon blanc de verdad, con concentración y estructura admirables, así como una mineralidad a la vez profunda y precisa. Hubiera preferido un ejemplar un poquito más viejo, pero cuando estuve en Nueva York el otro día éste fue el único que tuve a mano.

Sin duda, la jarreada lo ayuda, pero está apretadísimo ahora mismo. Bonitos aspectos florales y especiados sobre cítricos limpios. El cotatiano golpe sulfuroso. Mucha viveza, con un espinazo acídico firme y mucha piedra blanca. Pero lo que está dejando ver actualmente es una mera fracción de la realidad. Compacto y muy primario.

Mi otra botella fue de un vino recomendado por Lyle Fass en Chambers Street Wines. Iba a llevarlo a un jeebus en Manhattan, pero luego aparecieron otras cosas y tuve que echarlo en la maleta, o sea que a Santo Domingo vino a parar. Era el Rapet Père et Fils, Aloxe-Corton 2006 y estaba delicioso. Ligero de cuerpo y volador de nariz, con fruta negra muy compacta, jazmín, violetas y una banda salina muy interesante que, por momentos, me recordaba a sangre y quizás tenga que ver con contenido férrico en el suelo del viñedo, no sé. Muy sabroso en boca, con una suavidad de entrada un tanto engañosa, pues en el posgusto te salen unos taninos de cuidado. Además, las sutiles notas de roble que presenta aún podrían integrar mejor. Sospecho que esto va a estar muy bueno en cuatro o cinco años. Una cosa que me preocupa y que me hace estimar la longevidad de este vino tan modestamente es precisamente que los taninos se mostraran tan marcados. Eso lo digo porque la acidez, aunque suficiente, no es tampoco especialmente alta y esto puede hacer que los taninos parezcan más agresivos de lo que en realidad son.

Carolina manifestó su creencia de que no existen borgoñas buenos por debajo de los US$100, al mismo tiempo que declaraba lo encantada que estaba con éste de Rapet. Se sorprendió mucho cuando le dije que era un vino que se vende en Nueva York no sólo por debajo de los cien, sino por debajo de los cuarenta dólares. Es que me da tanto placer pulverizar estereotipos erróneos… Pronto tendré que mandarle una lista de por lo menos un centenar de borgoñas diversos que reunen los requerimientos de ser excepcionales y de precio módico, para que nunca vuelva a sentirse que Borgoña es un lujo inasequible.

Probamos un par de vinos de Valduero con los platos principales. El primero fue el Valduero, Reserva, Ribera del Duero 2004. Amplio, cálido y especiado, como era de esperarse, lleva su madera bastante por delante, pero sin excesos. Aterciopelado en boca, con bastante cuerpo. Creo que necesita algo de tiempo y se verá mejor con alguna canita de aroma secundario. Josie me dice que le gustó y que me da permiso para comprárselo en el futuro. A mí me hizo plantearle a Carolina la idea de utilizar receptáculos de roble de mayor volumen para un tratamiento maderero más gentil. Entendiendo las triunfales experiencias de cierto productor californiano con su Füder de zinfandel (ya saben de quien hablo…), pudiera imaginar tempranillo ribereño dando algo muy bonito con una madera menos obvia. Pero bueno, fue una sugerencia no más.

Siguió un Valduero, Reserva “6 Años”, Ribera del Duero 1998 bastante hermético. Fruta negra salina y seriota entre aspectos de peletería y roble. Potente y muy tánico. Esto necesitaba o varias horas de aire para consumirlo esa noche, o necesita unos cuantos años más de botella. Mucha estructura. Lo que digo siempre: Si la Ribera diese más vinos como estos de Valduero, mi opinión de la región sería muy, muy diferente.

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Andaba yo un poquito estresado en el trabajo y con algo de mal humor. Llegué un jueves a casa determinado a agarrar algo de la reserva que hice de vinos para reafirmarle a uno las ganas de vivir. Abrí el Alice et Olivier de Moor, “Rosette”, Chablis 2006 con una ensalada de pescado (estoy a dieta de nuevo; quiero botar treinta libras y es ya). Comienza un poquito raro, en términos de lo que esperaba: Todo crema, manzana dorada, jengibre y almendra. Parecería demasiado carnoso y opulento para un chablis “básico” y, encima, resulta de un tenor golosón que me perturba. Me lo encuentro regordete, saltarín y simpático, pero eso en un principio me molesta en vez de agradarme. Afortunadamente, con un par de horas de aire da un cambio radical. Sus carnes adquieren firmeza y la fruta va de manzana a naranja y limón, conservando la misma nota de jengibre del principio, que ahora aviva, sobre todo porque la acompañan aspectos florales. A todo esto hay que añadir una potente veta mineral que emerge y fluctúa entre tiza, talco y marinidad. Escribo en mi libretita: “Un planetoide mineral sólido rodeado por una nube perfumada”. Muy buena acidez lo amarra todo. Eso sí, no deja de ser un vino con una corpulencia de alucine. Lo que pasa es que hay cosas interesantes y no solamente cuerpo y por eso me gana. En el posgusto surge un toque de melón maduro y miel que resulta sumamente peculiar. Definitivamente hay que flexibilizar los estándares para apreciar esto si uno lo que busca en un chablis fuera de ciertos grands crus es elegancia austera o austeridad elegante. Por suerte yo me adapté y al final me dan ganas de tener más botellas para ver como evoluciona este peculiar vino.


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Una segunda botella del Pol Roger, Brut, Champagne 1998 me ha convencido de que es el primer vino de Pol Roger en muchos años que, francamente, no me gusta. Muy briochesco-cremoso-mermeládico y con una molesta falta de precisión, muestra unos tonos dulces casi clicquotescos que me empalagan bastante rápido. ¿Qué habrá pasado? ¿Un giro estilístico? Esperemos que sea cosa de una sola añada en esta casa que tanto he admirado a lo largo de las últimas dos décadas por la rectitud y elegancia de sus vinos.

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Creo que a la muchacha que me atendía en la tienda de uno de los distribuidores locales de vino le resulté curioso. Me pareció notarle una cierta superciliaridad cuando vió la botella de Marqués de Riscal, Rosado, Rioja 2006 que había colocado sobre el mostrador junto a media docena de otras variadas. Le dije: “Me imagino que no son muchos los hombres aquí que compran rosado”. Ella respondió: “No señor”. Vamos, que al ser esto y un par de cositas más lo que hay disponible en Santo Domingo en materia de rosados, no me extrañaría, si la gente es tan exigente para estas cosas como yo. Pero sé que detrás de la extrañeza de un hombre comprándose una botella de rosado en tiempos de calor lo que hay es el rampante tintocentrismo que no deja de maravillarme, considerando que vivo en una isla del Caribe.

En fin, que el rosadito de Riscal, de un color fresa-coral afucsiado y con destellos cobrizos… Aromas un tanto balbuciantes (o sea, no claros de expresión) de fresa, pasa dorada, mentol y nueces. En boca es de cuerpo medio, ciruelesco y simplón. Tiene buena acidez en un posgusto medio donde surge un agradable amargor naranjesco y un no sé qué de pimiento morrón asado. Como rosado seco, de dejarse beber, déjase. Sin embargo, no puedo imaginármelo como un vino que le cree a nadie mayor interés en las posibilidades del rosado como vino “serio”.

La botella del rosado de Riscal cayó la misma noche en la que, rezagado, me enteré de las terribles granizadas que han devastado gran parte del Mâconnais y el Beaujolais. Según algunos comentaristas, las implicaciones de esta catástrofe van mucho más allá de la añada en curso y probablemente se verá afectada la cosecha del 2009 también, tan severos son los daños al viñedo. Porque sé que hay mucha gente muy buena haciendo vinos verdaderamente valiosos, de los que animan la mente y alegran el alma, este desastre me apena muchísimo. Justo ahora me apetece un “L’Ancien” de Jean-Paul Brun, o un morgon de Lapierre…

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Llegué yo a casa tras otra de mis tardes estresantes, de viernes bajo la torrencial lluvia que virtiera sobre Santo Domingo la tormenta tropical Fay (o como se llamara). No había podido ir a comprar vituallas, o sea que dependía de lo que apareciese en la despensa para la cocina de la noche. Acabé preparando rigatoni en salsa de tomate con crema, pancetta y rúcola. Es que me conformo casi que con nada últimamente, les digo…

En fin, que echando mano a lo que había en la neverilla de vinos del apartamento y sin querer hacer ningún desarreglo, me topé con un Achaval Ferrer, Malbec, Mendoza, Argentina 2005. Achaval Ferrer hizo alguna vez una cuvée de malbec llamada Quimera que no me desagradó, cosa rara cuando de tintos argentinos actuales se trata. Incluso hasta apunté que podía repetirlo. El problema es que ese Quimera anda casi por US$50 aquí (no deja de sorprenderme lo poco que vale el dinero del consumidor para la industria contemporánea del vino; ya cualquier cosa anda tan fresca por la media centuria…), lo que lo pone a uno a pensarse dos veces eso de las repeticiones. Este otro malbec es, aparentemente, el tercer o cuarto vino de la bodega, no sé (entiendo que hacen uno ultrapremium por encima del “Quimera”), el “básico”. Por US$25 no es ningún pellizco de ñoco tampoco, que quede claro, pero le entré.

Lo primero que le dije a Josie al servir el vino en la mesa fue una perversión de la letra de una bellísima canción irlandesa del s. XVIII: “Black is the colour of my true love’s hair, carajo, not my wine”. El vino es de capa bastante cerrada. Púrpura negruzco en el centro, con destellos—si así puede llamárseles—de granate oscuro en los bordes y alguna que otra lucecilla de rubí. Como me he vuelto un ávido lector de las simpáticas contraetiquetas que ponen muchas bodegas hoy día, decidí echarle una ojeada a la de este malbec: “Potente, fresco, aterciopelado…” Bueeeeeeeeeeeeeeeeeeeeenooooooooooo, okey.

De nariz es bastante recatado, considerando lo que suele hacer el promedio de los tecnotintos argentinos de lujo hoy día. Mermelada de cereza y frambuesa negra, yerbabuena, canela y borra de café. Huele sobremaduro, pero hay una peculiar armonía entre los componentes. Nada se hace exagerado ni se sale de lugar. En boca entra con un aire ketchupesco. Sí, “potente” y “aterciopelado” lo es. Dulzor de mermelada de frutas negras con toquecitos de amargor agradable. Muy cálido de primera impresión, aunque lo sirvo más bien fresquito, por este clima en que vivo ahora y porque es verano. La relación de este vino con la acidez que se le nota es un tanto incómoda. La acidez anda por una banda del posgusto, murmurando de forma no particularmente coherente. El resto es fruta y especias que persisten bastante.

Nos bebemos la botella sin particular protesta. Lo único viene cuando le digo a Josie lo que costó. Ahí ella dicta sentencia: “Mullidez genérica; demasiado caro para lo que es”.

Yo concurro. ¿En qué quedaremos, si, como lo hacen, cada día más bodegas ambicionan ver el rango de los US$20-30 como el “de entrada”?

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Les mencioné el otro día a Bengodi, el “deli market” cerca de mis oficinas donde encontré los vinos de Cantina Terlan, Abbazia di Novacella y Foradori. Pues tienen un restaurante al lado de la tienda y Josie y yo nos aventuramos a ir, viendo que había pasado la tormenta tropical Fay sin mayores consecuencias que el aburrimiento de los bebés, quienes hacía días habían tenido que limitar su área de juegos a nuestro apartamento.

Pues bien, nos sentaron en “la cava:, un área del restaurante con paredes cubiertas por estanterías de botellas de vino. La comida, bastante competente, si bien no particularmente impresionante. Platos de trattoria decentemente ejecutados. La lista de vinos era una expansión de lo que Bengodi tiene en la tienda, cosa que me place. Pedimos el Cantina Terlan, Sauvignon “Quarz”, Alto Adige 2005 para combinar con ensalada de rúcola con bresaola y filete de atún a la plancha (Josie) y carpaccio de pulpo y gambas a la plancha con tocineta y vegetales (yo, que sigo a dieta de poco carbohidrato por la noche). El vinbo estaba sabroso, amplio, con bonitos cítricos y notas de manzana y pera (además de alguillo tropical entre piña y maracuyá) sobre fondo arenoso. Buena estructura y persistencia. El problema fue que para apreciar aquello hubo que obviar durante buen rato un tufillo sulfuroso bastante necio. Tomó tiempo en irse, tanto así que al final sentí que me había robado demasiado placer.

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Experiencia extraña. Abro una botella del Mastroberardino, Aglianico, Campania IGT 2005 para acompañar una ensalada asiática con churrasco marinado en hoisin, ajo y un toquecito leve de chipotle. No porque esperara un maridaje especialmente feliz, sino porque fue la primera botella que me miró desde la neverita y no estaba en las de ponerme a buscar más. Por suerte, funcionó.

Ciruela fresca, cuero, lavanda y notas térreas en nariz y boca, con un deje de fresas y otro de violetas en la retronasalidad que resultan sumamente interesantes. Vamos, que levantan aún más un vino de por sí jugoso y fresco. Pos eso, jugoso y fresco al entrar en boca, pero con unos taninos de cuidado en el paladar medio. El posgusto es larguete y especiado, con un toque de punta de lápiz. El plato hace resaltar la jugosidad del vino. Y el vino juega bastante bien con el sutil pique ahumado del chipotle en la marinada del churrasco.

Lo extraño de la experiencia es que cuando iba a vertir la última copa, de repente y sin provocación alguna la cabeza de la botella se desprendió del cuello, cayendo al piso y haciéndose añicos. En ningún momento recibió esta botella golpe alguno. La extracción del corcho ocurrió sin contratiempos, suavemente con mi habitual Laguiole. Si hubiese sido responsabilidad mía, la hubiese asumido de todas todas. Pero no puedo encontrar como echarme la culpa. Analizando lo que quedó de la cabeza noto que se trata de un anillo grueso de como una pulgada de ancho. La botella es muy recta, especie de estilización de bordelesa, más espigadilla y geométrica, casi bauháusica. El vidrio en el anillo en cuestión es obviamente más grueso y pesado que en el resto de la botella. Quizás el “descocote” ocurriese por una debilidad en la juntura entre el cuello y esa cabeza pesada. No sé. Pero fue un sustillo. Y, obviamente, esa última copita tuvo que irse por el fregadero, pues no íbamos a arriesgarnos a beberla con la posibilidad de que contuviera alguna astilla de vidrio.


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Dos canciones que he estado oyendo mucho en mi computadora, en el carro, o cantadas por mí con el reverb de losetas de la ducha. La primera es de un músico al que admiro muchísimo y que sigo desde los primeros ochentas, cuando lidereaba a The Jam. Paul Weller sigue haciendo soul y magia. Su más reciente disco, 22 Dreams ha sido una de las alegrías de mi verano. “Have You Made Up Your Mind?” me recuerda algo setentero entre Detroit y California, dulce, pero con garra. En los comentarios a este video alguien cita a Jools Holland sobre Paul Weller en este nuevo álbum. Holland dijo que Weller “es como un buen vino; mejora con la edad”. Concurro plenamente.


La otra canción es “The Dynamo of Volition”, una irresistible tonadita de Jason Mraz. A Jason lo oí por primera vez a causa de mis hijos. Como algunos ya saben, los bebos Camblor tienen iPod desde antes de nacer. Ya cuando llevaban siete meses de gestación, yo me dediqué a recopilar música que creía que les sería útil, divertida, reconfortante, o lo que necesitasen dos bebés en su primer año y pico.

Pues en una de ésas me encontré en una tienda con dos CDs titulados For the Kids y For the Kids Too. Eran de excelentes artistas alternativos haciendo sus versiones de canciones infantiles. Instantáneamente me enamoré de lo que hizo este Jason Mraz con “The Rainbow Connection”, aquella canción que cantaba la rana René en la secuencia inicial de la primera película de los Muppets (yo la ví en el cine…). La letra sigue siendo preciosa y la melodía, pues igual. Desde entonces he seguido lo que hace este muchacho y sus discos me gustan por lo naturales y divertidos. No se anda con jodiendas. Hace pop orgánico que a veces peca de tener excelentes letras, muy irónicas y mordaces en un contexto implacablemente pegajoso. Pues, aquí, gracias a la televisión australiana, una versión acústica de la canción más tarareada por Camblor en agosto, de un álbum cuyo título me fascina: We Sing, We Dance, We Steal Things

(Continuará)

Je, je, je…

Entrada cortita, mientras continúo mi meditación acerca de si vale la pena seguir blogueando aquí—veo a lomejordelvinoderioja un tanto abandonado, el foro aún lleno de ofertas fatulas de viagra todavía e historias supergastadas en portada y me pregunto en qué anda la gente (irónico que el único suministrando contenido fresco y al filo de las cosas aquí sea un bloguero no remunerado; se pregunta uno donde andará todo el staff pagado de este medio poderoso…), porque el mundo entero no está de vacaciones y la vida y el texto siguen su fluir… Pero bueno, nada, vainas que me cruzan por la cabeza y debo manifestarlas antes de aquello a lo que venía.

Resulta que pasan cosas a la vez muy raras y muy cómicas en este mundo del vino que nos ha tocado vivir. Hay algunas que son tan fantásticas que me hubiese gustado ser yo su autor.

Como ejemplo, les refiero a esto en el magistral blog de Tyler Colman, “Dr. Vino”:

http://www.drvino.com/2008/08/19/fictitious-restaurant-wins-wine-spectator-award-of-excellence/

Para los no angloleyentes, resumo: Robin Goldstein, autor del libro The Wine Trials (no, no lo he leido, o sea que no puedo comentar), presentó la lista de vinos y el menú ficticios de un restaurante inexistente como candidata a los “Premios a la Excelencia” otorgados anualmente por la revista Wine Spectator a restaurantes con programas de vino supuestamente superlativos, etc., etc. Junto con sus menús, Goldstein sometió la cuota de entrada a concurso, US$250. Su restaurante inexistente, llamado Osteria L’Intrepido y definitivamente no ubicado en Milán, recibió el Wine Spectator Award of Excellence, egún se anunció en el número de agosto 2008 de la revista. Según Goldstein, parece que lo único que hace falta para ostentar ese premio es los dos y medio del ala y Microsoft Word.

Les recomiendo, a partir de “Dr. Vino” seguir los enlaces a la web de Robin Goldstein, donde se explica con lujo de detalles la bromita a costa de esa tan reconocida revista de vinos que tantos puntos da y tanta influencia dizque tiene. Esto es de pelarse de la risa. La mejor parte es lo de la lista privilegiada de la Osteria, que contenía una buena tajada de los vinos italianos peor puntuados por el Wine Spectator en las últimas décadas.

A todos los que creen en las revistas, los puntos, los galardones… Pues nada, sírvanse una copita de algo que sepan que es decente. Les hará falta. Y ahora, a los que queden vivos, commentez et discutez.

De jóvenes, rock alternativo con merlot, vino en la maleta y el verano que hay

Andaba yo ya un poquito desesperado, entre tienda y tienda, distribuidor y distribuidor de vinos… Encontraba en la oferta una gran mayoría de chilenitos, españoles y californianos industrialones, y alguno que otro argentino de consultoría y comenzaba a desesperarme. Cierto es que tenía de vez en cuando uno que otro consuelo del que ya habré contado aquí (el delicioso “Charm” 2005 de Georg Breuer, o lo de Mastroberardino, o lo de La Rioja Alta S.A.), pero, siendo como soy, tenía mono de la absoluta promiscuidad vínica que me permitía Nueva York. No estoy listo para la monogamia vínica, digámoslo así.

Pues, en un momento de frustración me dije que era hora de echar mano a alguna de aquellas botellas que trajera de Nueva York conmigo, específicamente para casos así. Se trataba del Thierry Puzelat, “Pouillé”, Touraine 2006, un gamay bio, puro donde los haya. Bella nariz, ligeramente medicinal, con acentos de jazmín, higo, frambuesa y fresa sobre concreto recién vertido. Hay también la más sutil nota fecal, pero no molesta en lo absoluto. En boca es de cuerpo ligero-intermedio—el peso perfecto, según Josie, para buen gamay. La fruta es fresca y limpia, vibrante, de una fenomenal transparencia a mineralidad. Sabroso amargor en un posgusto rebosante de frescura, con frambuesa negra, fresa, anís y piedras. Largo y R-E-A-L.

Eso último tengo que añadirlo porque, a decir verdad, este humilde tinto de Puzelat hace parecer cadáveres momificados a muchísimos de los enoproductos que he tenido que zumbarme últimamente. Hasta incluso algunos vinos más decentes que he encontrado, bendecidos por supestamente por vitivinicultura natural, o al menos por una intervención enológica mucho menor, como que se perjudican de la comparación con algo tan natural y vivaz.

Pero bueno, no es que estén tan mal, estos de “menor intervención” de los que hablo. Me siento que, en realidad, últimamente no he estado bebiendo taaaaaaaaaaaaan mal gracias a Bengodi Deli Market, una tienda italiana cerca de mi oficina en la cual descubrí varias cositas del noreste italiano.

Tuve—y creo que ya lo mencioné aquí—la sorpresa de encontrar en Bengodi varios vinos de Cantina Terlan. Esta casa de Alto Adige, si mal no recuerdo, es la cooperativa de su zona , con una centena de miembros, y produce un montón de vinos distintos, entre los cuales en el pasado habré encontrado alguno que me ha gustado. También si mal no recuerdo, tienden a agricultura natural y producción sostenible.

Lo primero que abrí en esta ronda fue el Cantina Terlan, Chardonnay “Kreuth”, Alto Adige 2006. Huele a natillas de naranja con jengibre. Regordete y facilón de entrada, anda un poquito bajo de acidez para mi gusto, pero se deja beber y hasta te suelta una cosita mineral interesante entre la cremosidad final, para mantenerte despierto.

También abrí un Cantina Terlan, Gewurztraminer, Alto Adige 2007 que fue todo un éxito con las señoras que esa noche nos acompañaban. Floral y graso, con un cierto deje tropical entre fruta melocotonesca. Bastante glicérico, pero si se sirve bien fresquito no se le siente.

Además, el Cantina Terlan, Müller-Thurgau, Alto Adige 2007, que se cayó de bruces nada más salir de la botella. Fofo y quemón, sin particular interés aromático más allá de compota de manzana y una floralidad un tanto artificial. Pero la reivindicación vino pronto con un Cantina Terlan, Sauvignon “Winkl”, Alto Adige 2007 consumido la noche siguiente. Esto no es un vino que consideraría yo cómodo para crearle a alguien una afición a la variedad sauvignon. Pero a mí me gusta. Mucho nervio, incluso al punto del exceso. Aroma potente de furta de la pasión verdosa y grosella espinosa, luego manzana Granny Smith y piedras de río. Aún luego, un golpe de melón según el vino va agarrando temperatura. Un tanto angular en boca, pero fresco y muy mineral. Buen largo, con la angularidad pasándosele bastante al final y dejándote una bonita y persistente nota cítrica. Uno que demanda comida, vamos.

También, como son muchas mis noches y hay que ocuparlas con variedad, probé un par de tintos de Terlan. El Cantina Terlan, Pinot Noir, Alto Adige 2006 puede que ya se los haya mencionado en estas páginas. Seis botellas más, abiertas en diversas cenas con familia y amistades, se mostraron bastante variables. No que saliera laguna mala, pero sorprendía que de una te saliera un vino redondito, morado, carnoso y juguetón y de otra te saliera algo mucho más austero, con fruta de un carácter mucho más rojo y elementos de hojarasca. Otra botella más te dejaba una cierta impresión de rusticidad y aspectos cárnicos que no encontrabas en las anteriores. No se me había ocurrido que sería difícil de juzgar, así, con una botella tras la otra tras la otra, este vino. Incluso, esta variabilidad me lleva a cuestionar por qué espero tanta consistencia, yo que abogo por un cierto azar natural. ¿Debo estar extrañado ante estas botellas?

El último de Terlan que probé fue el Cantina Terlan, Merlot Riserva “Siebeneich”, Alto Adige 2004. Ya, ya, merlot… Pero es que el señor de la tienda se entusiasmó cuando me vió llevándome todo lo que me llevaba y me lo recomendó, aconsejándome un rato de aire para que se exhibiese mejor el vino. Yo acepté la recomendación y, a decir verdad, no tengo por que arrepentirme. Un sabroso merlotico que me hace pensar en un buen cru bourgeois nidernito, pero sin pretensiones de puntos y no avergonzado por sus pirazinas. Se dejó beber notablemente bien con farfalle al pesto de porcini y nueces. El tratamiento de roble aquí es, por suerte, moderado. Aporta un toque bizcochesco que nunca se sale de control. Notas de pimiento morrón, goma de borrar, arbusto sobre una base de ciruela roja, cereza y rocas trituradas. En boca es jugoso, primario y sabrosón de entrada. En el paladar medio se unen a la fruta roja aspectos térreos y ahumados. Buen largo, con taninos bastante pulidos y admirable frescura. Me da curiosidad como esto se comportaría con unos añitos de botella… Sé que, si quiero ilustrarle a alguien aquí en Santo Domingo a qué sabe un merlot decente, tengo a que acudir.

En la misma tienda de Bengodi aparecieron vinos blancos de otro productor de Alto Adige que conocía de antes y que recordaba como bueno, Abbazia di Novacella. En efecto, es una abadía y tiene la peculiaridad de ser también la bodega más septentrional de Italia. Igual que la Cantina Terlan, trabajan una buena cantidad de variedades y yo, ni corto ni perezoso, me compré todo lo que tenían en Bengodi, para probar. Primero le entré al Abbazia di Novacella, Sauvignon, Alto Adige 2007, un ejemplar mucho más amigable para paladares tiquis-miquis que el “Winkl” de Terlan en la misma añada. Que sea más ligero de cuerpo y menos cítrica y mineralmente agresivo que el Terlan no quiere decir que no sea un vino de nervio y vivacidad a montones. La mineralidad la trae muy de frente y es algo entre arena y flúor (quien haya ido recientemente al dentista sabrá del olor de que hablo), bajo la cual hay cítricos muy despiertos, algo que me recuerda a claveles frescos y una notita de jalapeño. En boca es ligero y preciso, con excelente acidez y un amargor agradable como de cáscara de naranja en conserva. Largo y mineral.

También le entré al Abbazia di Novacella, Müller-Thurgau, Alto Adige 2007 y la diferencia con el de Terlan fue muy marcada. Tengo que hacer la salvedad de que a Josie éste tampoco le gustó, o sea que esta apreciación la doy en solitario absoluto. Muy bonita floralidad aquí, y una fruta que, aunque tiene una cierta carnosidad pera-melonesca, mantiene buena ligereza y enfoque. Jugoso y con un aspecto de madreselva muy agradable, a la vez que algo que me recuerda a nísperos en un posgusto medio, con un suave amargor mineral. Va muy bien con una fritatta de espárragos, pancetta stessa y queso de cabra. Con el Abbazia di Novacella, Gewurztraminer, Alto Adige 2007 me queda claro que la principal diferencia entre los blancos de Terlan y los de la abadía radica en la ligereza de estos últimos. Aqu, aunque se sienten los usuales aspectos dulzones y de lanilool típicos de la variedad, la carga glicérica es menor y el vino se beneficia bastante. La ligereza se traduce en una sensación táctil delicada y en unos aromas menos obvios, que sugieren mayor profundidad. Buena acidez y persistencia.

Pero de este conjunto de vinos, el que me atrapó de verdad fue el Abbazia di Novacella, Kerner, Alto Adige 2007. Cuando digo “me atrapó” es que en realidad me siento un poquito raro, pues es un blanco de un viñedo alto a 14% de alcohol que, sin embargo, me engaña y me hace pensar que carga muchísimo menos. La kerner es una variedad híbrida de riesling y trollinger creada para climas extremos, que, aparentemente, es la especialidad de Abbazia di Novacella. Aquí los aromas son florales y uvosos en primer plano, pasando inmediatamente a pera, banano verde, manzana, talco y caliche, con un deje goloso que por momentos me recuerda a algodón de azúcar. Lo dicho, 14%… Pero en boca es un vino elegante, fresco y de paso suave, completamente equilibrado y sin nada que indique su nivel alcohólico. El posgusto es largo y vaporoso, con un interesante amargor entre toronja y kiwi, además de una mineralidad fina. Sigo yo alucinando por como esto se proyecta tan grácil y elegante. Un vino que me rompe ciertos esquemas y me deja pensando. Compré seis botellas, por lo de ver si es cosa de una noche o tengo experiencias consistentes luego.

En la misma tienda encontré unos días después algo que, si es el vino de que tan bien hablase hace un tiempo Joan Gómez Pallarès, tenía como asignatura pendiente por no haberlo encontrado en Manhattan. ¡Figúrense ustedes, en Bengodi apareció! Era el Foradori, Teroldego Rotaliano DOC 2006. Lindo color granate-rubí, con excelente brillo. Inicialmente la nariz resulta bastante reticente, pero con una horita de aire el vino se va abriendo y dejando oler agua de rosas, fresa silvestre, frambuesa, arándano negro, anís, tierra negra y piedras calientes. De cuerpo medio en boca, es un vino de tensión, con musculatura muy visible. Fruta roja y negra muy primaria. Esto es un joven bailarín, practicando el ballet con el que algún día aspira a consagrarse. Muy buena persistencia, con taninos masticables y mucha mineralidad. Me da mucha curiosidad enterarme adonde irá esto con unos añitos de botella.

Bueno, y otro blanco de por esos lados en Italia que cayó, casualmente, el Ronco dei Tassi, Pinot Grigio, Collio 2007. Interesante color dorado intermedio con unos destellos cobrizos muy atractivos. ¿Contacto con el hollejo? Posiblemente… En la nariz es interesante, aunque en realidad lo siento como que un poquito demasiado sanitario. Los aromas de pera, cera, almendra, mirabelle y madreselva aparecen ahí, sin exactamente dar mucho juego. Falta algo. ¿Profundidad? Me parecería que esto lleva levaduras inoculadas. Quizás eso es. No que esté mal. De hecho, me gusta, si no me pongo a pensarlo mucho. Especiado, con peso medio en boca, aunque se le siente un tanto graso. Es largo y el posgusto, junto a significativa mineralidad, presenta un aspecto de frutas rojas que me parece muy atractivo. Sentimientos encontradillos, aquí. Pero puedo decir que es el mejor pinot grigio disponible en Santo Domingo, y por mucho.

Okey, okey. No, no ha caído nada de Rioja últimamente. Hasta me siento mal por eso, pero no es mi culpa, si no se me planta nada interesante delante. Como “premio de consolación, les digo que en una recepción a la que fuí me sirvieron un blanquito que me provocó a tomar una breve nota de cata en una servilleta. Era el Señorío de Nava, Verdejo, Rueda 2007 y la nota que tomé decía: “Agua de piscina aromatizada con fruta de la pasión; ya no saben que inventar…”

Pero un momento, que tnego algo que me hala las partes privadas…

Este fin de semana se celebra un aniversario que probablemente pasará desapercibido por muchos. Bueno, pasará desapercibido, al menos, por aquellos que tengan la desventura de no ser amantes del vino, que a la vez tienen la cuestionable suerte de no montarse en un avión frecuentemente.

El aniversario en cuestión es el segundo de esa necia prohibición de llevar líquidos en el equipaje de mano que va en la cabina de pasajeros de los aviones, instaurada por la Administración de Transporte Aéreo el 10 de agosto del 2006, otro de tantos días que vivirá en la infamia (que parece que hay tantos últimamente, dígameujté…) Aquellos terroristas de pacotilla que montaron aquella idiotez en Heathrow lo peor que lograron fue obligarnos a mí y a muchos como yo a tener que pasar de traer vino a algún lugar cuando viajamos o, si nos aventuramos a cargar con algo, tener que facturarlo con el equipaje grande.

Hay que joderse. A mí que tanto me gustaba viajar ligero con mi micromaletica negra que cabía en cualquier parte y mi mochila, igualmente negra, donde iba la electrónica que siemnpre me acompaña, casi siempre por dos o tres botellucas selectas.

Ahora me veo condenado al maletón facturado y a toda una serie de chismes diversos para proteger las botellas que mando a la panza de los aviones que frecuentemente he de utilizar.

Dos años de esto. Es que la barbarie tiene una peculiar manera de instalarse y hacerse permanente…

En otro orden de ideas, el artículo sobre las estrategias de mercadeo para “captar nuevos paladares” me dejó pensando simultáneamente en el futuro y en el pasado. Temo por que mis hijos—si los marketingones estos se salen con la suya—pierdan la oportunidad de desarrollar un amor profundo por el vino, esa pasión que a mí me mueve tanto y que tanto me enriquece culturalmente. A la vez no puedo evitar extrapolar estas estrategias de los argentinos del artículo (ojo, quien se crea que el resto de la Industria Grande del tecnovino no anda en las mismas y no abarca todo el globo va a tener un infeliz despertar un día de estos…) y pensar en como le hubieran sentado al joven principiante en el vino que una vez fuí.

Ya sé; me dirán que esa parte de los ochentas queda muy lejos y hoy “la juventud” es distinta. Pero yo pienso y pensaré siemrpe que en cada generación nace gente inteligente, de espíritu independiente, voraz curiosidad intelectual y una cierta proclividad tanto hacia los principios como el apasionamiento. El grupo de esta generación será, con suerte, no solamente inmune a esos ardides burdos de marketing, sino que sentirá una repulsión visceral ante quienes los tratan como meras cifras y estereotipos. El grupo de esta generación buscará las alternativas, no tendrá miedo a pedir vino de verdad, reconocerá que la “perfección técnica” obtenida artificialmente es algo estéril.

O bueno, ¿y si quizás no son así? ¿Y si los del marketing tienen razón viendo cero individuos libres y millones de borreguillos?

Porque entiendo que la posibilidad está, para un lado y para otro. Miren ustedes, por ejemplo, en http://www.decanter.com/news/265097.html. No se escape a nadie la ironía, grasienta y sudorosa, de “vino” de un gigante multinacional de; tecnoenoproducto corporativo en un festival de música supuestamente “alternativo”.


Recuerdo a Manuel Camblor, de diecinueve años y sumamente interesado por el tema del vino mientras la mayoría de sus amigos andaban aún consumiendo cerveza norteamericana mirando mucho más a la cantidad que la calidad. En aquellos tiempos yo me creía muchas cosas y, por sorprendente que les parezca a ustedes, leía el Wine Spectator (Robert Parker, sin embargo, nunca me atrajo; no sé, desde un principio como que no hubo conexión…) Me dejaba aconsejar por la gente de las tiendas y, si podía, compraba. Tenía muchos deseos de probar cosas nuevas y distintas. Todavía no había en mí una conciencia de “vinos truco” y vino de verdad. Todo me entraba y andaba yo tranquilito, absorbiendo información. Aquella versión de mí hubiera, probablemente, asistido a un festival de música alternativa.

Eran otros tiempos, la verdad. Podías darte un gran Burdeos aún por cincuenta dólares. Es más, muchos que en aquellos tiempos descubrí y reconocí inmediatamente como buenísimos, pero que después se han desvirtuado a manos de consultores enológicos y se han encarecido tremendamente te los aplicabas por menos de veinte dólares. Si querías ir en plan anti-establishment, de California salían maravillas a excelentes precios. Nadie estaba sondeándote. Los vinos los elegía el encargado de esos menesteres en la tienda, estaban ahí y tú curioseabas. Así ibas haciéndote ideas y creando nexos afectivos con regiones y bodegas.

En mi caso, ir a comprar vinos era, más o menos, como ir a comprar música (los discos y los instrumentos musicales, junto a los libros, son mis otras grandes debilidades aparte del vino). Si tus gustos se iban más bien a lo polimórficamente perverso y eras aventurero, podías crearte un montón de nociones distintas de lo que constituía “calidad” y respetar las idiosincrasias de cada terruño expresadas en sus vinos. Los cabernets de Napa cargaban tremendos aromas de eucalipto y aprendías que tenían que ver, quizás, con los árboles de eucalipto que había alrededor de ciertos buenos viñedos. Ciertos pomerols te daban un olor a sangre, o a hierro, y podías averiguar que en algunos viñedos, pues, ese elemento estaba presente en el suelo. Escuchabas las historias en torno a los diversos vinos y sus lugares de origen y te fascinaban tanto como, digamos, los excesos alcohólicos de The Replacements, o de dónde venía tal elemento de una letra en una canción de The Clash, o tal o cual referencia cinematográfica en una canción de Lloyd Cole, o el tipo de caja de ritmos que usaba Afrika Bambataa. O hasta la cantidad de spray de pelo que usara semanalmente el miembro X de Duran Duran.

Descubrir bandas interesantes… Descubrir vinos interesantes… Ahondar en lo que los hacía interesantes… Eso era su propia recompensa. La gente miraba raro el entusiasmo que algunos amigos y yo adjudicábamos a estas cosas. Eramos “alternativos” a nuestra manera.

¿Les he contado alguna vez lo mucho que me identifico con los personajes (todos los personajes) de aquella novela sentimentalona de Nick Hornby, High Fidelity? Si están hastiados de tanto leer aquí, pues también se pueden alquilar o bajar la película, comiquísima, con John Cusack y Jack Black. Esos personajes vivían la música intensamente, sin casarse con ningún movimiento o estilo en particular. Eran capaces, a la hora de juzgas, de reconocer la calidad en buen punk, funk, soul, gótico, alterno, jazz, pop, o lo que fuera. Omnívoros, obsesivos coleccionistas de experiencias y memorias. Cierro los ojos y me aceurdo de tardes enteras explorando tiendas de discos de segunda mano, buscando rarezas, o metido en tiendas de vino de Miami, hablando con los empleados, decidiendo lo que el presupuesto daba para probar esa noche. A veces me iba a la casa con algo terrible. Otras tenía suerte. Pero en ambos casos sentía que había profundizado mi entendimiento al ampliar mi registro experiencial.

No es esto, en realidad, muy diferente de como soy hoy, dos décadas más tarde. El problema es que si estuviera en los zapatos de aquel chico de pelo rizado y sonrisita burlona que leía ávidamente a Camus, ahora me sentiría muy molesto. Todos mis placeres estarían regulados y me sentiría constantemente encasillado en tal o cual “segmento del mercado”. Descubrir una banda prometedora ser7a un ejercicio en ansiedad y frustración, pues tendr7a que estar pensando constantemente en que la “descubriría” también algún morlaco de un conglomerado multimedia que pondría su música en tal o cual seriecilla de televisión gringa y hasta ahí—pronto verías a los integrantes de la banda haciendo alfombra roja en los Grammys, etc., etc. y dónde queda el inodoro que tengo náuseas…

El vino, pues, lo mismo. ¿Un vinito de un terroir magnífico, elaborado artesanalmente por alguien que no sabe la pinta que tienen los taninos en polvo, mucho menos lo que tiene que ver un grupo de enfoque con su vino, o para qué sirve un punto Parker? Pues ojalá el vigneron en cuestión tenga descendencia de mentalidad afín, porque si no, a la hora de jubilarse va y viene el gigante multinacional X y le ofrece una millonada por su tierrita, y adiós vino, hello enoproducto elaborado bajo el más estricto control de los consultores que de seguro traerá la supercorporación de fuera. Claro, y los vecinos, viendo que el ex-vigneron, ahora jubilado y acomodado, comienzan a vender también, a la misma corproación o a cualquier superinversionista que venga pretendiendo hacerse de viñedos trofeo. Y uno aquí, ya no amante del vino, sino puro target.

Bueno, ya. Resulta que es agosto y como que va siendo hora de dar unas pequeñas vacaciones a La otra botella. No teman, que es un hiato breve, un descansito para recargar pilas y dejar fermentar ciertos temas que podremos discutir con nuevo brío a la vuelta, en dos o tres semanas. Claro, y este hiato es solamente en cuanto a entregas nuevas. Seguiremos comentando los contertulios que aquí quedemos y que estemos en ánimo de conversar sobre los temas que ya están.

Mientras tanto, DJ Camblor NO ha levantado su cabeza y quiere dejarles un regalito. Como no sabe en realidad quien lo oirá o no en estos días, no es que pueda ponerse a enviar discos por correo. Además, el tipo se ha puesto nostálgico y quiere ofrecerles un set de inmediato, todo de música de la que oía el chico de los rizos que, aún obsesionado con La chute, no perdía su sensibilidad “pop”. El set es de videos, perdonen ustedes, pero ¿qué le vamos a hacer? Imagínense impecables transiciones entre estilos musicales compatibles o radiclamente incompatibles. El ex-joven Camblor les dedica…




Now that’s entertainment!

“Captar nuevos paladares”

Muchísimas veces, lo mejor de este blog sale con las contribuciones de sus lectores. Así, ayer mi estimadísimo Jose lanzísimo Jose lanzó el siguiente enlace, a propósito de mis dos últimas meditaciones fatalistas:

http://www.verema.com/articulos/509256-consumidores-no-tradicionales-como-captar-nuevos-paladares

Este artículo de Gabriela Malizia, titulado “Consumidores no tradicionales: ¿Cómo captar nuevos paladares?” y publicado en Verema, me dejó erizado y me llevó a sacar un par de conclusiones, a la vez que me motivaba unas cuantas interrogantes.

La más importante conclusión: Jamás podré tomarme en serio ningún producto vínico de ninguna bodega que emplee un “director de marketing” (o cualuqiera de las infinitas variantes de dicho cargo) y que base su estrategia en “estudios de mercado”.

Lo siento por aquellas bodegas a las cuales he manifestado respeto y admiración en el pasado y que empleaban “expertos” de ese orden sin que yo me hubiese enterado. En el momento que me entere, se acabó lo que se daba.

No que tenga yo nada contra los mercadólogos, en principio, pero en el momento en que se convierten en motores de la creación de “vino”, la verdad es que no es bonita la reevaluación que hago de las cosas. El vino de verdad, al menos para mí, es un producto agrícola que debe obedecer primero y por encima de todo, a la naturaleza. Elaborarlo a base de reverse engineering desde el consumidor hasta el viñedo es algo que lo desvirtúa completa e imperdonablemente, lo hace dejar de ser vino para convertirlo en otra cosa.

Los “nuevos paladares” de los que trata el artículo de la Sra. Malizia son los de “jóvenes” y los de “mujeres” a los que la industria argentina (con entrevistas a directores de marketing y propietarios de bodegas argentinas es que se sustenta el julepe) pretende hacer atractivo el vino como bebida social.

Claro, desde un principio se nota una de las más terribles enfermedades del mercadeo a grupos de consumidores: Mientras más agresivo el plan, más reduccionista es del grupo a quien va dirigido, estudiándolo en base a unas cualidades que, necesariamente, fluctúan de individuo a individuo. Este marketing se basa en juicios que, desgraciadamente para el mercadólogo, aplican a una manada, pero no a los individuos altamente diferenciados, con gustos y fobias propias, que componen un grupo humano. Vamos, si tomamos a un grupo de individuos postadolescentes, encontraremos en él diversos perfiles gustatorios en cuanto a la bebida X de cola, pongamos. A alguno le gustará la Cola X “clásica”, con azúcar y efervescencia de la fórmula original. A otros dos quizás les guste la “Cola X Light”, pero a uno porque se siente gordito y no puede darse el lujo de las calorías adicionales y al otro porque sencillamente le empalaga el azúcar. A otro más va y le gusta un chorrito de limón en su Cola X. Y al de más arriba hasta le gusta sin la efervescencia… Claro, tratándose de un producto industrial, la Cola X puede ser modificada a base de aditivos nuevos según vayan surgiendo nuevos nichos de consumo. ¿Pero puede obrarse así con el vino?

Y otra cosa muy importante en esto de “captar nuevos paladares…” Considerando que el vino es un producto agrícola con ciertas limitaciones en cuanto a la cantidad producible, hasta por los más grandes productores, ¿No resulta un poquito raro eso de andar buscando seducir a segmentos enteros de la población, digamos, robándolos del consumo de cerveza? ¿Qué hacen si de repente ganan la batalla y tienen millones de nuevos consumidores cuyo gusto se creó en base a un producto que va etiquetado con añada? ¿Fabricar más vino de esa añada ad infinitum? ¿O deja la cronología de importar en la producción, pasándose sencillamente a “Lote A”, “Lote B”, etc.?

Pero nos complicamos demasiado… Sólo quería sugerir una ruta de objeción a nivel del carácter del producto mismo. Volvamos al perfil de los potenciales clientes a “capturar”. Una cita harto irónica del artículo:

”Jean Pierre Thibaud, dueño de la bodega Ruca Malén subraya que, en especial los jóvenes no se sienten cómodos con los vinos tranquilos. ‘Los chicos, casi sin excepción, rechazan los vinos. Les parecen demasiado amargos, duros, ácidos o astringentes, con un alcohol que les quema la boca. Las burbujas, a las que los acostumbraron las tan populares gaseosas, y el bajo tenor alcohólico de la cerveza hacen que esa bebida les parezca más amigable. Entonces empiezan con ella.”

Cómica me resulta, con respecto al estado actual de la industria tecnovínica, la objeción “casi sin excepción” de estos jóvenes a productos “amargos” o “astringentes”, particularmente porque esa misma objeción la tengo yo a los “vinos” tan dependientes del roble que circulan hoy por hoy. Vamos, que no hay nada como una dosis abundante de roble nuevo (y debemos recordar que otro representante de bodega declara boca de jarro que “el roble es vainilla”, y claro, eso les encanta a los chicos) para impartir una sensación astringente-secante en la boca y, si por desgracia el roble es verdón por lo mozo (como los potenciales bebedores), el amargo no te lo quita ni Zeus. Pero más jocoso aún es lo del alcohol: Considerando la intolerancia de estos “jóvenes” teóricos a la acidez, la materia prima para el producto a crear será más bien de pH alto y un cierto contenido de azúcar. ¿En qué se traduce eso en una vasta mayoría de los casos? ¿Pues en el “alcohol que quema la boca”. Yo objeto severamente a esa quemazón. Vociferantemente, es más. Será que soy “joven” y se me ha olvidado.

Luego los ejecutivos vinícolas citados entran al tema de “las mujeres”, ese otro grupo tan homogéneo. Ahí me resulta curioso que las declaran parcialesa vinos más ligeros (peferiblemente blancos afrutados) por naturaleza, pero que en los últimos años se ha visto entre un segmento de éllas una proclividad a los mismos tintos “estructurados” que antes fuesen la provincia exclusiva de los machos. ¿Les resulta a ustedes tan rara como a mí la dicotomía de “vino ligero versus vino estructurado”? ¿No se confunde ahí un poco la gimnasia con la magnesia? ¿Acaso la ligereza de cuerpo en un vino precluye estrictamente la estructura?

Otra que les dejo ahí, para comentar y discutir…

Hay alguno que otro entre todos estos ejecutivos que ven el enoproducto en plan “big business” que habla de rechazar la producción de vinos a la medida de tal o cual segmento del mercado. Sin embargo, en el mismo trago te sirven lo de que el mercado pide un producto con tal perfil, a tal precio y siempre consistente. ¿Les eludirá la ironía?

Yo, para finalizar aquí ya, que el tema me da picazón en los pies, les brindo otra cita del artículo de la Malizia, ésta de José Manuel Ortega, gerente de Bodegas O. Fournier, describiendo la clientela a la que va destinada la línea “introductoria” de enoproductos de su empresa: “Los ‘Urban’ son vinos muy frutados, con taninos suaves, con la fotografía como concepto de etiqueta y de imagen, con una marca que intenta servir de espejo a ese consumidor: urbano, cosmopolita, sofisticado. Todo está pensado para seducir a este consumidor con su primera experiencia en vino y que más adelante podrá adentrarse en otros estilos de vino más potentes”.

¡Es que tiene tanto materiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaal! Imagínense ustedes a cualquier postadolescente medianamente sofisticado cayendo en ésa… Porque la sofisticación y el cosmopolitanismo real creo que llevarían a cualquiera a huir de un producto tan obviamente calculado, especialmente en un joven adulto que opta por el vino en igual medida por gusto propio que por diferenciarse de la manada cervecero-gaseósica. Hmmmmmmmm… Bueno, y si potencia es el próximo escalafón en la cadena de deseabilidad para el joven consumidor de enoproducto, pues, les tengo un eslogan de lo más sabrosón: “¡Red Bull te da aaaaaaalaaaaas!”

¿Que ya está cogido? Qué pena.

Recuerdo yo mis primeros años universitarios cuando pienso en esos “jóvenes” que tienen todos estos mercadólogos en su mirilla. Estudiaba yo en Miami y uno de mis tintos preferidos en aquel entonces, yo con dieciocho años y utilizando todo tipo de trucos para esquivar la ley norteamericana, que no permite la venta de bebida alcohólica a menores de veintiuno, aunque estos lo que quieran sea un buen vino para acompañar la cena que van a compartir con su noviecita… Uno de mis favoritos era un tinto un tanto rusticón, pero sabroso y, sobre todo, barato. Tenía carácter por los dos pesos que te costaba la botella. Su único problema era su nombre. Se llamaba Gallo North Coast Zinfandel (¡Lo que hemos perdido!” canta un coro de tragedia griega en mi cabeza…) Tremendo vinito, se los juro, más o menos en la misma liga que los Borsaos de aquella época en términos de lo que daba por mi dinerito.

Ahora me pregunto si en Gallo había algún mercadólogo calculando friamente como convertirme en un consumidor asiduo de vinos. Y me pregunto lo que pensaría dicho mercadólogo si nos encontrásemos hoy.

Un videito. Clásico de The Replacements. Lo dedico a esos “jóvenes” del marketing…


La Rioja

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