
Ha llegado el día. Hace unas semanas lancé una convocatoria a los amigos de este blog, pidiéndoles sugerencias de temas para mi centésima entrega. Es difícil de creer que tanto he escrito desde febrero, pero lo he hecho. Número cien. Llegamos. Dije que escogería de entre las sugerencias siguiendo mis propias ganas, y así lo he hecho. Pero eso no quiere decir que sean menos importantes para mí las demás ideas que me lanzaron. Al contrario. De hecho, pienso dedicar posts de La otra botella a todas y cada una de las sugerencias tan amablemente presentadas, cubriendo desde los vinos que han cambiado mi vida hasta una introducción personal a Borgoña, pasando por mis ideas sobre turismo enológico, chismes sobre la gente que hay detrás de los vinos que considero importantes, comentarios sobre regiones emergentes (aunque eso, en cierto modo, lo cubro también hoy) y alguna meditación sobre la virtud de intercambiar la experiencia del vino. También, en algún momento, verán resurgir un “Manifiesto cambloriano”, porque he de recordarme de vez en cuando de qué voy…
Pero hoy le voy a entrar a un tema que parecería altamente molesto para un campeón del subjetivismo absoluto como soy yo. Me lo sugirió mi amigo Iñaki Gómez Legorburu, pidiéndome que reflexionara sobre el estado actual y las posibilidades futuras del mundo del vino.
Me vienen ahora a la mente palabras de David Brin, autor de libros de ciencia ficción, en una entrevista este verano para la revista norteamericana Discover: “Cuando la predicción sirve como polémica, casi siempre fracasa. Nuestros lóbulos prefrontales pueden explorar el futuro únicamente cuando no están atados al dogma. El peor enemigo de la ágil pronosticación es nuestra humana propensidad al cómodo autoengaño.” En el siguiente párrafo advierte a cualquier aspirante a oráculo sobre lo fatal que es asumir que todo el mundo es tonto.
Zafarse del pernicioso dogmatismo me parece una excelente meta. Claro, más fácil dicho que hecho, porque en mi experiencia todo pensamiento humano, sea un análisis de lo pasado o lo actual, o una proyección de futuro, envuelve un contexto personal y una agenda. No surge, por así decirlo, de la inercia que implica la imparcialidad, pues uno siempre tiende a moverse en alguna dirección, a interpretar activamente desde el propio punto de vista. Claro, una cosa es tener ideas y otra es adherirse a dogmas. La idea uno puede pensarla y repensarla. El dogma no permite eso.
Pero creo que la expresión clave en esa cita que les doy de David Brin es la de “la humana propensidad al cómodo autoengaño”. Puede que yo mismo me engañe pretendiendo que mis ideas no son esclavas de un dogma. Lo más pernicioso del dogma es esa rara capacidad que tiene de hacéresete incuestionable, como si fuese algo basado en tu vida y lo más lógico del mundo. No puedo imaginar, si voy a ser completamente honesto (y desconozco otras maneras de ser honesto que no sean totales, quizás para mi desgracia), una predicción imparcial de mi parte. Todo lo que diga como pronóstico del porvenir proviene o de un miedo o de un deseo. A veces proviene de las dos cosas al mismo tiempo.
De ahí que lo que les voy a dar es algo muy personal, que estructuraré en contrapunto distópico-utópico de miedo-deseo. Lo que presenciarán es una especie de conversación conmigo mismo, mirando para todos lados, fragmentaria y caprichosa, pero de la cual pueden salir dos o tres cosillas interesantes. Iñaki me simplificó un poco la vida estableciendo temas concretos sobre los que quería mis análisis y profecías. Dada mi marcada tendencia a escribir demasiado, me ceñiré mayormente a lo que pregunta Iñaki (claro, siempre está la posibilidad de que sucumba al canto de sirena de una tangente guapetona…). No tengo gorra de oráculo, ni bata de pitoniso, así que lo único que puedo ofrecerles ponerme es un impermeable. No tengo bola de cristal, pero sí un montón de copas. Con una delante, a por el presente y el futuro voy…
1. Sístole y diástole, expansiones y contracciones
Me llegó ayer un paquete de Amazon.com que contenía la sexta edición del World Atlas of Wine de Hugh Johnson y Jancis Robinson. La Sra. Robinson en particualr ha estado muy ocupada recientemente promoviendo el volumen en diversos medios. Coincido con su apreciación, continuamente repetida, de que lo más sorprendente es la cantidad de contenido nuevo que tiene esta edición del atlas. La proliferación de nuevas zonas vinícolas es de alucinar. Las hay de todos los tamaños y colores. Las hay con aspiraciones de grand cru o de dar el próximo Yellowtail. En un mercado como Nueva York, el más cosmopolita de todos, la diversidad de novedosas etiquetas puede ser sobrecogedora. No se cansa el negocio de hablar de expansión, expansión y más expansión, lo que está claro en términos de oferta.
Pero aquí viene la parte del miedo. ¿Y la demanda? ?¿Es tan ilimitada como parecería serlo la disposición de los productores de lanzar nuevas marcas? Además, más allá del tamaño de la demanda, ¿qué hay del tipo de demanda con respecto a la oferta?
Lo del tipo de demanda es crucial. En los noventas, la industria vinícola australiana experimentó un crecimiento tremendo. El gobierno de Australia realizó ambiciosas proyecciones del volumen de vino que vendería el país para el 2025, encontrándose tras poco tiempo, de golpe y porrazo, que las supermetas establecidas para el 2025 habían sido alcanzadas… ¡En el 2004-2005!
¿Qué problema hay en todo esto? Que Australia se convirtió en la proveedora de océanos de vino industrial, esencialmente jugo de frutas alcoholizado y goloso para lo que un periodista amigo ha llamado “un mercado de neófitos perpetuos o gente a la que en realidad no le gusta el vino”. Viendo el éxito de Australia, otras regiones productoras en el resto del mundo intentaron emular el perfil de los vinos australianos y, en algunos casos, los métodos de producción y mercadeo de los australianos. Los australianos aumentaron y aumentaron su producción industrial de vino de ese nivel y ahora se ven con un público que se ha aburrido de lo mismo siempre, que busca algo mejor. Están conscientes de la necesidad de reinventarse.
¿Pueden intuir adónde voy con esto? Hoy día el mercado se ve saturado (por no decir sobresaturado) de marcas de vinos, muchos de las cuales tienen perfiles muy similares y dolorosamente aburridos, sin importar la región de origen declarada. Y los neófitos, en muchos casos, han dejado de ser neófitos. Y los que en realidad no gustaban del vino, pues, han pasado a otras cosas, como suele ocurrir. Irónicamente, en paralelo con las incontables proclamas de “expansión del mercado” que oigo a diario, también oigo exclamaciones de tedio para con el estilo de vino que inunda el mercado actual, supuestamente destinado al “consumidor de a diario”.
La gente que ve el vino simplemente como un mojagaznates alcohólico tiende a ser bastante fiel a las marcas que reconoce. Pero, a la larga y en un cierto conflicto con los intereses de la corporaciones cuyo único interés es mover unidades, está ocurriendo quemucha gente no sólo ha descubierto el vino, sino que ha descubierto una cultura del vino y, según va profundizando en élla, va demandando más y más verdadera variedad de productos individualistas… El consumidor regular de vino, expuesto a ceirtos parámetros culturales, pero sin llegar a la enochaladura, requiere productos que, aparte de calmar la sed, sean especiales y le “vistan” culturalmente.
¿Qué es lo que viene? Pues que no bastará solamente con declarar nuevas marcas. La industria deberá esforzarse para que cada marca se haga lo más distintiva posible, al nivel superficial del mercadeo y al nivel más profundo de la identidad misma del vino. No es que el mercado vaya a verse regido por hordas de terroiristas empedernidos, pero está ocurriendo que la gente ya no se conforma con vinos de Jumilla, Napa, Mendoza, Maipo, Paarl, Burdeos o donde sea que todos sepan a australiano.
Así que aquí mi primer acercamiento a las afueras de los suburbios de un pronóstico: A medida de que adquiere sofisticación el consumidor de a pie, la demanda de vinos se irá transformando, adquiriendo niveles ya no basados solamente en precio, sino en características específicas inherentes de variedades y regiones productoras .
2. Del vino fetiche al vino para beber…
Se ha hablado mucho en tiempos recientes del aumento del consumo de vino entre la población norteamericana, convirtiendo a los EEUU en el mercado más atractivo en el mundo para muchísimos productores. Claro, hay acción en otras partes, pero en la exportación a EEUU parece ser donde todavía está el billete grande.
Vuelvo al deseo y les comparto un sentimiento que tengo. Paseándome por la internet encuentro montones de blogs y foros de discusión dedicados al vino que surgen de lugares en este inmenso país donde no hubiese sospechado yo que la cultura del vino fuese atractiva. Se consume mucho más vino en EEUU pero, lo más importante, se habla mucho más de vino hoy día. El carácter del vino como lubricante social va adquiriendo dimensiones que antes no tenía. De repente ya el vino no es solamente una bebida alcohólica industrial consumida sin mucha atención, o un artículo de lujo sometido a los peores órdenes del fetichismo, tanto en el sentido freudiano como en el marxiano. El vino invade la cotidianeidad de una forma que la enriquece. Ese hablar de vino se generaliza más y más y hasta de los vinos de diario se requiere que “den de que hablar”.
Más y más consumidores pedirán verdadera variedad de vinos, me permito repetir. La multitud de etiquetas aplicadas a producto genérico, tecnológicamente homogenizado y sin ni vestigio de personalidad aburre y el consumidor que se educa comienza a requerir autenticidad, pide que el vino le diga algo “extra”. El origen y el arte del vino, el trasfondo narrable, predigo, se harán cada vez más importantes para más consumidores. Y esto no se limitará a vinos “premium”. Se verá un mayor interés en vinos con una historia singular e interesante detrás, que a la vez la ilustren en la copa.
Un paralelismo útil en esta visión del futuro del vino en EEUU (y otros países) es con el auge de la gastronomía en Norteamérica en los últimos treinta años. Esto ha ocurrido a nivel de restaurantes, pero, más importantemente, también lo ha hecho a nivel doméstico. Cocinar con ingredientes de temporada, de la mejor calidad posible, cultivados o criados artesanalmente, se ha onvertido en una especie de imperativo para la clase media en EEUU. La disponibilidad de ingredientes es sorprendente y el éxito de tiendas especializadas y “ farmer’s markets” ofertando productos que hace treinta años no solamente eran desconocidos, sino impensables, es fenomenal.
Donde antes tenías solamente lechuga iceberg de alguna multinacional agrícola en las estanterías del supermercado, hoy tienes cincuenta tipos de hojasdiferentes con que hacerte una ensalada, todas suculentas, todas orgánicas. Algo similar puede pasar con el vino, y si el surgimiento y triunfo de tiendas de vino especializadas en vinos más allá de las marcas corporativas y los tipos estandardizados que nos han aburrido hasta la náusea–naturales, orgánicos, biodinámicos, de un origen nacional, etc.–es señal, pues ya sucede.
El vino se convierte en parte integral de un cierto art de vivre, el estímulo intelectual y sensual que brinda se hace un hábito. Cuando pensamos en lo que prepararemos para la cena de cada noche, lo hacemos pensando también en el vino que beberemos. Bonito, ¿verdad? Ahora la cuestión es que sea realidad…
3. …Y del vino para beber al vino fetiche, o, “El rey ha muerto, ¡viva el rey!”
Claro está, en este mundo tan grande y tan chiquito a la vez, por cada mercado que comeinza a sofisticar su apreciación del vino surge uno nuevo dispuesto a tragar tecnovino y marketing marquista sin vacilar. El vino adquiere popularidad en Asia y Latinoamérica. Habrá neófitos dispuestos a gastar dinero en vino que no tengan quepensarse mucho, sea éste meramente un ribera pasable, de interés marginal pero de marca muy reconocible, o un trofeazo de burdeos con mil puntos de Robert Parker.
Por cada individuo que abandona la novatada y ahonda su pasión y conocimiento aparecerán miles de nuevos neófitos. O gente con dinero de sobra dispuesta a echar cantidades obscenas del mismo para poder ostentar etiquetas míticas.
Hablando de cantidades obscenas de dinero…
4. “¡Arriba las manos!”, o el futuro costo del placer
Hace un par de noches, entre uno de mis grupos de enómanos favorito, saqué a colación el tema de las predicciones para el futuro del mundo del vino. Uno de los amigos me dijo inmediatamente que vislumbraba el precio de lanzamiento de los grandes vinos de Burdeos metiéndose en 1000 euros o más la botella dentro de bien poco. Lo mismo pasaría con muchos “vinos de culto” de lugares tan diversos como Napa, Ribera del Duero, Priorat, Piamonte… Y de los grands crus de Borgoña ni hablemos.
En un artículo de “predicciones del futuro del vino” que hizo Robert Parker para la revista norteamericana Food & Wine en el 2004 (artículo que fue ampliamente discutido en el foro de debate de Verema.com, si mal no recuerdo) se proyectaba para el 2015 una demanda de vinos de lujo diez veces mayor que la del momento en que fue escrita la pieza. Yo, personalmente, creo que Parker pudo bien quedarse corto, pues nada más con los chinos hay no para multiplicar por diez, sino por cientos, la neuva demanda de vinos “ultrapremium”. Sería ingenuo pensar que la demanda o los absurdos precios de los vinos más legendarios vaya a disminuir. Por el contrario, seguirá aumentando. Demanda creciente ante oferta limitada da eso y nada más.
Ahora bien, ¿dónde nos deja eso a nosotros, los que queremos beber bien a diario? Perderemos hasta la última ilusión de acceso a los vinos con que, cuando nos educamos con el tema, se nos enseñó a soñar.
Yo, lo que soy yo, podré vivir sin Burdeos. Ya lo hago. Burdeos se ha convertido en algo que no se parece en nada a la gloria que una vez fuera. O sea que esas botellas de Château X a mil del ala o más me importan poco. Igual podré hacerlo sin Napa, o hasta sin mi querida Rioja, si las cosas se ponen demasiado ridículas (quítenme a Borgoña y Piamonte y ahí no sé qué me hago, eso sí…)
Pero creo que el aumento desmedido en los precios de vinos “de lujo” tiende a tener efectos secundarios. Ocurre que productores más modestos, viendo que otros se atreven a pedir un dineral por sus botellas, aunque sean las más “básicas”, van decidiendo subir la parada. Y entre subidita y subidita, pues… Además está el problema, para los americanos, de lo débil que tienen su dólar hoy por hoy. Ya sí es verdad qeu US$20 son los nuevos US$10, particularmente en vino importado de Europa. Y si la oferta está cada vez más cara y la divisa cada vez más pachucha, puede eso mover el mercado en una dirección no muy deseable para los exportadores de vino europeo.
Just sayin’…
A fin de cuentas, volviendo al deseo y la esperanza en este punto, lo que veo en el futuro es a un consumidor más educado haciéndose mucho más recursivo. Si un burdeos, un pinot noir de California, un gran Rioja o un barbaresco se hacen impagables, pues, el que quiera seguir bebiendo bien tendrá que buscar alternativas de menos prestigio, pero que le den el placer que quiere. Les brindo una instancia del futuro en el presente con el más reciente post de Lyle Fass (okey, está en el negocio del vino, pero también es un consumidor que dedica mucha energía a buscar cositas excelentes y asequibles, y encima amigo mío, o sea que…) en su blog Rockss & Fruit: http://rockssandfruit.blogspot.com/2007/10/best-irouleguy-i-have-ever-had.html.
Ah, oigo al bueno de Juan Luis Guerra en la distancia canturreando: “El costoelavida sube otra veeeee….” y recuerdo lo irresponsable que sería de mi parte no dedicar un momento en estos modestos diagnósticos y pronósticos a quienes considero en gran parte motores de muchos males que encuentro en la industria actual.
5. El ocaso de los ídolos
Démosle la cara al asunto: En los últimos veinticinco años hemos adjudicado demasiado poder a unos pocos creadores de opinión en torno al vino. Así mismo: Utilicé la primera persona del plural. Robert Parker, el Wine Spectator, dos o tres MWs con talento mediático… Algunos les hemos dado el poder por creer ciegamente en lo que dicen. Otros lo hemos hecho oponiéndonos a lo que dicen como si nos fuera algo verdaderamente grande en ello. De cualquier modo, hemos puesto a unos cuantos en un lugar especial y ahora nos vemos en el deber de cuestionar por qué. Las opiniones emitidas por estas figuras tan idolatradas o aborrecidas tienen un decidido efecto en el mercado. Ironía de ironías es que algunos se vanaglorian de ser grandes didactas y “democratizadores” que han hecho el vino “accesible” a las masas. Claro, también, creando furores con sus puntuaciones e hipérbole, han logrado subir los precios de muchos vinos a un nivel que hace a esos vinos inaccesible al entusiasta promedio.
¿Mi predicción? Que el endiosamiento de estos creadores de opinión llegó a su cénit, y de ahí sólo se va en una dirección.
En todas las recopilaciones recientes de predicciones sobre el futuro de la cultura del vino hay algo con lo que coincido plenamente: Esta internet del vino ha abierto campo a todo tipo de nuevas voces, verdaderamente diversas y, en muchísimos caoss, poseedoras de mucho conocimiento sobre diversos temas del mundo del vino. Blogs, foros de debate y otras comunidades virtuales son cada vez más la fuente a la que va la gente a buscar información y opinión sobre el vino. Mientras más independientes sean estos foros y blogs, más fiable la información, creo yo. No sé, pero se me hace mucho más atractiva la opinión de alguien que ha tenido que dar su propio dinero por esa botella de tal o cual supervino que la de un supuesto “experto” que hace catas clínicas de muestras gratis. Aquí vendrá el triunfo del amateur, como le he explicado ya en este blog, por encima de los “profesionales”. Comenzaremos a reconocer el valor del consejo de gente como nosotros, a la que le duele el dinero que mete en una botella de vino, sin importar cual sea.
A los malpensados les parecerá que me estoy autopromocionando aquí, pero me importa un bledo, tengo que decirlo: La crítica independiente, de parte de consumidores verdaderamente instruidos y capaces de emitir opiniones informadas, será la ola del futuro. Con los prejuicios y predilecciones por delante, con las admisiones de potencial falibilidad en la manga, vendrá una nueva onda crítica desde los consumidores mismos que de verdad dará una democratización pura y dura del vino y su cultura.
Bueno, y a los que insistan en creer en la infalibilidad de los ídolos de la “crítica” puntuadora les tengo dos palabras para hoy, mañana y siempre: Hardy Rodenstock.
6. Cómo hacer una pequeña fortuna en el mundo del vino…
El chistecito ya se ha vuelto un cliché. Ustedes saben: “¿Cómo hacer una pequeña fortuna en el negocio del vino? Comenzando con una gran fortuna…”
Hacer y mercadear vino actualmente cuesta muchísimo. O bueno, cuesta muchísimo hacer y mercadear un cierto tip;o de vino, altamente tecnologizado y maquillado óptimamente para agradar a los todopoderosos gurús puntillistas, etc. Tienes que invertir en viñedo “premium”, en enólogos y consultores “extrapremium”, en tecnología “superpremium”, en roble “supermaxipremium”, en botellas, corchos y parafernalia de etiquetado y brand management “supermaximegapremiumplus” y en un aparato promocional… Bueno, acojonante. Para hacer vino de megapuntos hoy por hoy, la mínima inversión inicial es considerable. Aún si te lo montas en plan “garagiste”, la cosa no es para gente de billetera flaca y espíritu tímido. Se atreven individuos que han ganado demasiado en otra cosa o, cada vez más, megacorporaciones multinacionales a las que el vino, en realidad, les da lo mismo, pero el cachet no.
Como modelo de negocios, lo de convertirse en elaborador de vinos que busca cierto prestigio parecería hasta ridículo. Gente con mucho mayor conocimiento empresarial que yo les dirá de plano que funciona en plan de imagen, si a uno no le importa pagar millones en pos de cachet. Pero hacer el tipo de tecnovino hiperadornado que es favorecido por la crítica actual es algo que no me imagino recomendable para alquien que comienza desde cero.
Contrapongo a esto una sentencia de mi querido amigo Laureano Serres, un elaborador catalán a quien he visto discurrir hacia un modelo vínico muy interesante en los últimos años. Laureano comentaba a raíz del último post en este blog (“¡Ay, Prometeo! Una de tecnología”): “[H]acer vino natural no es tan caro; al menos ahorras bastante en levaduras, ácidos, máquinas, barricas, etc.”
Como siempre aparecerá gente que se apasiona por el vino y acaba queriendo producirlo, probablemente éste del “vino natural” sea el modelo meas recomendable para el futuro. Menor inversión de capital monetario, menor riesgo y más ganancia potencial, ¿no? Buscar lo que da la tierra naturalmente es mucho más efectivo, si no se tiene previamente una inmensa fortuna y ganas de reducirla, que buscar lo que recompensan los dadores de puntos.
7. Olvídense de “nuevas estrellas”, yo lo que quiero es algo de beber…
Habitual en todo juego de predicciones es lanzar unas cuantas regiones que pronto llegarán al “estrellato” internacional. Como yo no soy ese tipo de chico y, francamente, no me gustan las “estrellas” si no están en el cielo, les diré a las claras que lo que quiero son regiones que me den vino bueno de beber, que pueda pagarme sin que se me contraigan las gónadas. En un mercado tan sobresaturado de vinos idénticos y tan viciado por tonterías mediáticas, éstas son unas cuantas de las zonas donde valdrá la pena buscar vinos en el futuro. Creo que he abundado mucho en este blog sobre como los “supervinos” de hipermadurez, hiperextracto, megaalcohol, alta ebanistería, etc. ya comienzan—por suerte—a pasar de moda. Cada día hay más consumidores cuestionando este estilo, por no decir indignados con él. Creo que la nueva onda llevará a vinos más ligeros y limpios, con menos impacto inicial, pero más profundidad de aromas y sabores. Se valorará la frescura y el poder beber, en vez de catar. Vinos para eso nos vendran deeeeeeeeeeeeeeeeee…
En España, Ribeira Sacra y el resto de Galicia. Creo que he dicho bastante sobre eso recientemente, ¿no? También las zonas productoras de Txakolinas. En términos de pureza y expresión de terroir español, creo que aquí también está la acción. Donde ahora hay tantísimo vino idéntico en España, de estas regiones pueden surgir vinos realmente diferentes e interesantes y. al fin, la cura del aburrimiento…
En Francia, el Beaujolais. Para aquellos que andan frustrados con los precios de los vinos de Borgoña en los últimos tiempos (premiers crus por los que pagué US$35 en la añada 2000 salen por US$100 en la 2005, lo que impresiona…), los crus de Beaujolais, particularmente en manos de ciertos productores artesanales (Coudert, Brun, Chermette, Desvignes, Granger, Lapierre, Tête, Chignard, Rochette…), están dando vinos de excepcional calidad y capacidad de guarda, tan dignos de mi copa y mi bodega como muchos pinot noirs de partes más famosas de Borgoña. También vale la pena pensar en el Jura. Blancos y tintos de verdadero carácter, con una capacidad de guarda tremenda. Y claro, el Loira, particularmente Touraine. Anda diciendo Jancis Robinson que por el calentamiento global esa zona ha “mejorado” desde un tiempo a esta parte. Yo digo que siempre ha sido buena, siempre y cuando los elaboradores cuidaran su trabajo. Quizás la única parte de esa extensa área del Valle del Loira que me represente motivo de preocupación sea Savennières, peus la chenin allí está alcanzando unas graduaciones alcohólicas alarmantes. O será que yo soy muy tiquis-miquis.
En Italia, el norte de Piamonte y Val d’Aosta. Tintos puros, elegantes y profundos. Los precios de barolos y barbarescos no bajarán, siendo las cosas como son, y uno necesita nebbiolo. Así que más vale aprenderse nombres como Lessona, Bramaterra, Carema y Ghemme.
Austria. La más impresioannte oferta de vinos blancos potentes, pero elegantísimos y con una impecable expresión de terruño viene hoy día de Austria. Los precios han ido subiendo, pero aún se consiguen maravillas por menos de US$30. Hay que aprovechar y guardar ahora para beber en las próximas décadas.
Eslovenia: Gravner, Radikon y Damilan marcaron el camino desde el lado italiano de la frontera, pero productores como Movia están revelando que hay potencial de sobra al cruzar a la parte eslovena.
En Grecia, Santorini. Quizás no les he hablado lo suficiente de lo mucho que me están gustando los vinos de assyrtiko que he probado recientemente de esa zona. Pureza y mineralidad, fruta amplia, pero sin pesar. Blancos mediterráneos de verdad que se dejan beber admirablemente.
Perdonen si paso del llamado Nuevo Mundo. Aunque hay vinos verdaderamente buenos en California, Oregon, Washington y Nueva York, creo que son las honrosísimas excepciones a una corriente de errores humanos y vanidades que me resulta imperdonable. Lo mismo puedo decir de Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Argentina, Chile… Podría hartarme de hablar del potencial de los viñedos, pero mientras los productores insistan en hacer lo que han estado haciendo, de poco vale.
Y hasta aquí este ejercicio especulatorio. No porque esté ni de cera agotado